Capítulo 26

Laura hizo una pausa en la puerta de entrada sin saber si tocar el timbre o abrir la puerta. Parada sobre el escalón de entrada a la casa en donde había vivido toda su vida, le pareció una decisión extraña. ¿Se abriría la puerta si intentaba girar el pomo? Recordó demasiado vívidamente la última vez que había regresado a su casa y había hallado que estaba cerrada con llave para evitar su ingreso.

Cuadró sus hombros y decidió intentar con el pomo de la puerta. Si cedía, entraría. Y si no… Si no, tocaría el timbre y seguiría tocando hasta que abriera su padre. Melody tenía razón. Este disparate ya había durado demasiado tiempo. Se suponía que el Día de Acción de Gracias era para compartir en familia. Y ella lo compartiría con el único miembro familiar que tenía, tanto si la invitaba como si no.

Para su alivio, el pomo cedió. Abriendo la puerta lentamente, traspasó el umbral con paso vacilante. El momento en que le cerró la puerta al frío viento del otoño, la quietud de la casa la envolvió como un viejo amigo rodeándola en un cálido abrazo. Los objetos y olores familiares colmaron sus sentidos. Respiró hondo y sonrió ante el aroma de aceite de limón y cera de piso… y otra cosa más. ¿Sería el olor a pavo recién horneado y panecillos caseros?

Debió saber que su padre no permanecería sentado en la oscuridad, muriéndose de hambre por su propia terquedad. En Beason’s Ferry, los vecinos se cuidaban entre sí, aunque el que necesitara de cuidados fuera el viudo más obstinado del pueblo.

El sonido de un partido de fútbol por televisión la atrajo a la sala de estar. Caminó lentamente, advirtiendo la limpieza de la sala principal. La luz filtrada del Sol brillaba sobre la mesa de centro de madera de cerezo, con sus estatuas de porcelana colocadas en los lugares indicados. Al menos su padre había conservado a Clarice durante todos esos meses. Incluso si rara vez intercambiaban una palabra, la sola presencia de otro ser humano en la casa resultaba un consuelo. Lo sabía muy bien, ya que la soledad había aparecido de improviso en su vida en el instante en que Greg había venido a Houston para llevarse a Melody de vacaciones a la casa de sus padres en un pueblo vecino.

No es que envidara la felicidad de Melody y Greg; pero se sorprendió por la calidez que los padres ultraconservadores de Greg prodigaron a Melody. Aparentemente, los Smith tenían a su futura nuera en gran estima por su talento artístico. Asimismo, la gente de Beason’s Ferry se había encariñado con la novia del farmacéutico, especialmente el comité de recaudación de fondos, que ya había comprometido a Melody para organizar la muestra de arte para el siguiente Tour de las Mansiones.

Aun así, Laura se había sentido un tanto abandonada cuando su amiga se marchó. Eso, además de la imagen persistente de su padre en iguales circunstancias, hicieron que finalmente diera ese paso largamente postergado hacia la reconciliación.

Una ovación y un anunciador que gritaba “touchdown” la atrajeron los últimos pasos hacia la sala de estar en donde ella y su padre habían pasado tantas noches juntos. Estaba distendido sobre su sillón reclinable, delante de la televisión. Una tibia quietud la embargó al apoyarse contra el marco de la puerta y disfrutó viéndolo. Jamás había sido muy aficionado a los deportes por televisión, y prefería una buena película de John Wayne en una tarde tranquila. Pero no ver los Longhorns y los Aggies el Día de Acción de Gracias era casi un sacrilegio en Texas. Y el doctor Walter Morgan estaba orgulloso de ser un ex alumno de UT como lo estaba de ser un Hijo de la República.

Su padre era un hombre apegado a la tradición; un hombre que se aferraba a los principios de la fortaleza, el honor y la integridad. Por encima de todo, creía que el papel del hombre en el mundo era proteger y proveer. Proveer jamás había sido un problema para él. Pero se estremeció al recordar que se veía como un fracaso en el otro aspecto. No había podido salvar a su esposa de su propia autodestrucción, ni salvaguardar a su hija del sufrimiento de crecer.

Las lágrimas humedecieron sus ojos inesperadamente. Inhaló para atajarlas. Ante el sonido, su padre miró hacia atrás, y se sobresaltó en su silla. Las emociones se cruzaron por su rostro, desde la sorpresa pasando por el gozo y algo más que se parecía a la culpa, antes de que la máscara volviera a caer con firmeza en su lugar.

– Hola, papá -dijo con una triste sonrisa. Sabía que esto no sería fácil, pero no había esperado sentirse tan incómoda. Él no hizo gesto ni movimiento alguno, y ella hizo lo posible por no moverse nerviosamente-. Debí llamar antes, pero…

Pero tenía miedo de que me dijeras que no viniera. Quería gritar “¡Soy tu hija! ¡Y yo también estoy sufriendo!”. En cambio, suspiró resignada, suplicándole que comprendiera.

– Papá, es el Día de Acción de Gracias. Y aunque no lo quieras, seguimos siendo una familia. Y no veo por qué tú o yo debemos pasar este día solos.

– Yo, este… -sus ojos se dirigieron rápidamente hacia la cocina, y para su sorpresa, un tinte rosado le tiñó el cuello-. No estoy exactamente solo.

– ¿Walter querido? -se oyó una voz femenina desde la cocina-. ¿Quieres crema batida sobre tu pastel de pecanas?

Los ojos de Laura se agrandaron. Conocía esa voz. Sabía que la conocía, salvo que no lo podía creer. Posó la mirada sobre su padre para confirmarlo, pero él se mantuvo erecto en su lugar, con el mentón en alto al tiempo que sus mejillas se encendían con un brillo rosado.

– ¿Walter? -la voz de la mujer se oyó más fuerte al aparecer a la puerta en frente de Laura, con un delantal en la cintura, y un plato con pastel en una mano. Se paró en seco cuando la vio.

– ¿Señorita Miller?

– Cierra la boca, querida -dijo la señorita Miller-. Es poco digno mirar fijo a una persona.

– Sí, señorita -dijo Laura. La mujer lucía tan prolija como siempre en un vestido camisero.

– ¿Y, Walter? -la maestra le dirigió al padre de Walter una mirada deliberada.

– ¿Y qué, Ellie? -farfulló.

La señorita Miller apoyó la mano sobre su delgada cadera.

– ¿Te vas a quedar parado allí todo el día, o vas a invitar a tu hija a comer pastel con nosotros?

Los labios de su padre se adelgazaron, como un niño obstinado.

– Gracias, de todas formas -se apuró en decir Laura-. Pero no tengo hambre… por ahora. ¿Tal vez más tarde? -añadió esto último con voz esperanzada, echando un vistazo a su padre. Sus ojos se suavizaron, aunque su postura continuaba rígida.

– Oh, ¡por todos los cielos! -la señorita Miller entró con paso firme en la habitación como el general Patton en tacos de cinco centímetros-. Siéntate, Walter -señaló su sillón reclinable. Para sorpresa de Laura, su padre se hundió obedientemente en el sillón-. Ahora, come tu pastel y charla con tu hija mientras yo termino de lavar los platos.

– No tengo hambre -dijo.

– ¡Como quieras! -la señorita Miller apoyó con fuerza el plato al lado de la silla de su padre, tomó el control remoto, y apretó el botón de silencio-. Así no tendrás la boca llena cuando le digas a tu hija lo contento que estás de verla. Laura Beth -la mujer se volvió con los ojos entornados-. Toma asiento y cuéntale a tu padre cómo has estado estos últimos meses. Estuvo carcomido por la preocupación, aunque no lo quiera admitir.

Laura se sentó en el sillón.

La señorita Miller se volvió para salir pero hizo una pausa en la puerta. Mirando al padre de Laura, sus rasgos se suavizaron de una manera que la hicieron casi bonita.

– Walter Morgan, eres la persona más fantástica que he conocido en mi vida, pero guárdeme Dios, si sigues castigando a esa niña por los pecados de su madre, te juro que no me detengo hasta marcharme de esta casa.

Su padre se puso rígido en su asiento.

– Jamás he castigado a Laura por lo que hizo su madre.

La señorita Miller sacudió la cabeza, suplicándole con los ojos.

– Olvídalo, Walter. Jamás quedarás librado de esa mujer y del dolor que te provocó si no intentas olvidar.

Apenas se marchó la señorita Miller, el silencio se instaló en la sala. Laura esperó. Ahora que había dado el primer paso en venir, estaba decidida a que su padre diera el siguiente. Del rabillo del ojo, lo vio moverse nerviosamente y frunció el entrecejo. Había visto a su padre enojado, estoico y orgulloso; incluso lo había visto emocionalmente deshecho. Pero no podía recordar haberlo visto jamás nervioso.

– Yo… -carraspeó-. Me enteré de que estás trabajando para un pediatra.

– Sí, el doctor Velásquez -Laura se cruzó de brazos, y los descruzó y se alisó los pliegues de sus pantalones.

– Me dijeron que es muy bueno -su padre tamborileó los dedos sobre el apoyabrazos de su sillón-. ¿Te gusta trabajar con él?

– Sí, mucho. Aunque estoy pensando en postularme para un puesto de directora en la Administración de Seguro Social de KIND [5], Niños con Necesidad de Médicos. Es una organización nacional que recauda fondos para ayudar a los niños a recibir tratamiento médico.

– ¿Ah, sí? -se mostró interesado.

Laura unió las manos por delante, y deseó no haber sacado el tema. Se había enterado del puesto de trabajo a través de una amiga que había conocido mientras ayudaba a Brent con su informe especial. La fundación tenía su sede en Washington, D. C, y le habían dicho que el empleo era suyo con tan sólo postularse. Pero se trataba de una decisión que no estaba preparada para enfrentar. Al menos, no hoy.

– Sí, bueno, aún no me he decidido, pero creo que me gustará.

No estaba segura, pero creyó ver una sonrisa de orgullo que le asomaba en los labios.

– Sí, siempre te gustó ayudar a los demás.

– Supongo que lo heredé de ti -manifestó-. Eres una de las personas más generosas que conozco. Siempre admiré eso de ti.

Él volvió su cabeza, y ella vio un movimiento en su garganta, como si estuviera intentando tragar un nudo de dolor.

Respirando hondo, pensó en un tema diferente:

– Supongo que te enteraste de que se casa Greg Smith.

– Sí, me enteré -tenía la voz demasiado tensa para su modo casual-. Me sorprendió bastante que de repente decidiera casarse con la amiga de su ex novia. Por acá, todas las viejas chismosas estuvieron cotorreando durante días; las jóvenes, también.

– Me imagino que sí -apartó la mirada, sabiendo que si se había enterado de dónde trabajaba y acerca de Greg y Melody, también sabía que había puesto fin a su relación con Brent. En los pueblos pequeños, los chismes volaban. Rezó para que no sacara el tema. Aún no. Tal vez más tarde, después de superar este primer encuentro. Si lo superaban.

– ¿Te cayó bien? -preguntó-. ¿Que Greg se casara con tu amiga?

– No hay nada que me alegre más -su sonrisa fue genuina aunque fugaz-. De hecho, seré la dama de honor de Melody. La ceremonia es este sábado, en la Primera Iglesia Metodista.

– Así me dijeron.

– ¿Te gustaría… este… -alisó los frunces del pantalón-… venir?

Hubo un breve silencio.

– Tal vez -sus dedos tamborilearon el apoyabrazos-. Si no crees que a los novios les importe.

– Estarán encantados.

– ¿Crees que les importe si llevo a… una amiga?

Sus ojos se abrieron sorprendidos:

– Creo que no habría ningún problema con que lleves a una amiga. De hecho, creo que sería maravilloso.

– ¿En serio? -su mirada finalmente se encontró con la suya.

Los ojos de Laura se llenaron de lágrimas:

– Sí, papá, en serio.

– ¿Entonces no te molesta que salga con Ellie?

– ¡No por supuesto que no! ¿Creíste que me molestaría?

– No, lo sé -se lo veía frustrado y confundido-. A veces, los hijos nos sorprenden frente a este tipo de situaciones. Y yo… -se interrumpió abruptamente, al tiempo que su rostro se desmoronaba.

En un instante, ella cruzó la habitación y se arrodilló delante de él. Los brazos de su padre la apretaron con fuerza. Sintió que le besaba la parte superior de la cabeza mientras le acariciaba el cabello.

– Oh, cielos, Laura Beth, te extrañé. Te extrañé tanto, pero después de todas las cosas que te dije, sabía que estabas dolida, y no sabía cómo arreglarlo. No podía enfrentarte, aunque estuve muy preocupado. Sé que no he sido un buen padre. Y lo siento. Perdóname.

– ¿Quién dice que no fuiste un buen padre? -se apartó para mirarlo a los ojos-. Fuiste el mejor padre que pudo tener una niña, a pesar de todo lo que sufriste. Criar a una hija solo sería difícil para cualquier hombre. Pero tú siempre estuviste presente, y jamás cuestioné el amor que sentías por mí.

– Fuiste tú quien cuidaste de mí -ahuecó su rostro y le sonrió con tristeza-. Jamás supe exactamente qué hacer contigo. Aun de niña, eras tan tranquila y solemne, como un adulto en miniatura. Al menos cuando tu madre vivía, sabía cómo hacerte reír y jugar como los otros niños. Luego, de repente… -una lágrima se deslizó por su mejilla.

Ella alargó su mano y tomó la suya, estrechándola.

– De repente falleció -dijo-, y quedé tan angustiado, que… me olvidé de cuidarte. Sólo podía quedarme sentado, compadeciéndome de mí mismo, dejando que tú me cuidaras. Antes de que me pudiera dar cuenta, habías crecido y querías marcharte de casa, y no pude entender cómo había sucedido. Todos esos años que desperdicié… y los quería recuperar, Laura Beth. Aún los quiero recuperar.

– Oh, papá, lo siento -lo abrazó otra vez, inhalando el aroma a almidón y agua de Colonia masculina-. ¿Me podrás perdonar alguna vez?

– Cariño, no tengo nada que perdonar. Soy yo quien…

– No -se recostó hacia atrás, y se cubrió la boca con las puntas de los dedos-. Por favor, escúchame. No eres el único que estaba confundido. Durante todos esos años que te cuidé, me mantenía ocupada para no tener que sufrir. Pero me olvidé de darte aquello que más precisabas: sentir que te necesitaban. Debí haber dejado que me cuidaras, también. De hecho, debí obligarte a hacerlo. En cambio, te dejé solo, porque era más fácil para mí. No te puedo devolver todos los años que perdimos, pero si estás dispuesto, podemos intentarlo de aquí en más.

Él sacudió la cabeza:

– Si sólo pudiera retractarme de todo lo que te dije ese día…

– No te arrepientas -lo miró con los ojos entornados-. Avancemos de aquí en adelante, y veamos qué sucede. ¿Estás de acuerdo?

Cuando sus gestos se suavizaron, ella pudo ver con mayor claridad al hombre que habitaba detrás de la máscara orgullosa. Parecía solo, humillado y más vulnerable que lo que incluso ella había pensado.

– Está bien -dijo por fin.

Ella resistió el impulso de echar sus brazos alrededor de él, sabiendo que necesitaba tiempo para recuperarse.

– Entonces -dijo con alegría forzada-, ¿qué te parece si le llevo este pastel a la cocina y le pido a la señorita Miller que le ponga la salsa que corresponda? Después de todo, si va a frecuentar esta casa, necesita saber que a mi papá le gusta el helado sobre el pastel de pecanas y no la crema batida.

Él le dirigió una mirada de enojo fingida:

– ¿Estás intentando cuidarme, jovencita?

– Lo siento -Laura se mordió el labio, pero la risa brilló en sus ojos-. ¿Tal vez podamos llevarlo a la cocina juntos?

– Con una condición. Que le digas Ellie a mi chica -su voz bajó a un susurro-. Dice que cuando le dicen señorita Miller, se siente como una solterona.

– Oh. -Laura se abstuvo de señalar que la señorita Miller era una solterona. Aunque al ver el entusiasmo en la mirada de su padre, se preguntó cuánto tiempo más seguiría siéndolo-. Entonces la llamaremos Ellie -aceptó, y se levantó con la mano extendida.

En el instante en que su mano se deslizó dentro de la suya, sintió que volvía el orden. No importa cuánto tiempo habían perdido, siempre sería su papá, y una parte de ella seguiría siendo su niñita.


Brent maldijo cuando reconoció el sonido de un segundo cilindro que fallaba, seguido por una tercera y una cuarta explosión. El primero había comenzado a estallar poco después de la última vez que había llenado el tanque, en las afueras de Memphis, donde aparentemente había comprado nafta adulterada. Toda esperanza de que los inyectores se destaparan mágicamente desapareció cuando el vehículo se detuvo como si se hubiera chocado contra una pared de agua. Sacó el pie del acelerador y dejó que el Porsche rodara a la banquina.

Salió del auto, cerró la puerta con fuerza y dio la vuelta para revisar el motor. No parecía haber ninguna falla; todos los niveles de líquidos parecían estar en orden. Miró fijo el motor, sabiendo que tenían que ser los inyectores. Y eso significaba que todo el sistema de inyección debía ser limpiado por un mecánico competente.

Cerró el capó con violencia y echó una mirada a ambos lados de la autopista desierta. De acuerdo con una señal que había pasado unos kilómetros atrás, aún faltaban varias horas para llegar a Little Rock. Las líneas de teléfono se extendían a lo largo de la carretera, y desaparecían en la distancia; y sólo algunos árboles y colinas rompían el horizonte. Por encima, un buitre volaba en círculos en el cielo sin nubes.

Regresando al auto, tomó el teléfono celular y un mapa. El pueblo más cercano era poco más que un punto sobre la carretera nacional 70, que corría paralela a la carretera interestatal donde estaba él. Un instante después, una operadora lo conectó con el taller mecánico Earl.

– Hola -respondió un hombre del otro lado de la línea. De fondo se podían oír niños que gritaban. Una mujer vociferaba:

– Carter, si le pegas a tu hermana con esa espada Ninja una vez más, te voy a moler a golpes, ¿entendiste?

– Disculpe -dijo Brent malhumorado-, ¿hablo con el taller mecánico de Earl?

– No, pero yo soy Earl. ¿Qué puedo hacer por usted, señor?

– Estoy varado en la autopista interestatal y necesito un remolque.

– Pues, gracias Jesús, ¡hay un Dios! -anunció el hombre emocionado.

– ¿Cariño? -la mujer en el fondo lo llamó-. ¿Entró una llamada?

Cuando Earl respondió, su voz sonaba distante, como si se hubiera puesto el auricular sobre el pecho.

– Sí, mi amor, lo siento, pero vamos a tener que marcharnos enseguida de casa de tu madre.

– Pero Earl… -gimoteó la mujer por encima de los gritos de los niños y los ladridos de un perro-. Prometiste que este año nos podíamos quedar todo el Día de Acción de Gracias.

– Lo siento, mi amor -dijo Earl, poco convincentemente-, pero tengo un vehículo en la ruta que necesita un remolque. Diles a los niños que se despidan de todos sus primos ahora y haz que se suban al camión. Estaré allí en un minuto.

– ¿Ves, Marlene? -se oyó la voz de otra mujer-. Te dije que no te casaras con un conductor de remolques. Cada vez que vienes de visita, te obliga a marcharte en seguida.

– Lo siento -dijo Earl a Brent-. ¿Me puede decir dónde está?

Brent echó un vistazo a su alrededor.

– En el medio de la nada.

– Sí, por acá es muy común. ¿Cuál fue la última salida que vio?

Luego de unos minutos, Earl le aseguró a Brent que sabía dónde estaba.

– No se mueva. Estaré allí antes de que se dé cuenta.

Luego de colgar, Brent se derrumbó contra el auto, agotado. Había conducido toda la noche, deteniéndose cada tanto a la vera del camino para descansar los ojos. Pero cada vez que se dormía, se le aparecían imágenes de Laura: la manera en que lucía cuando se reía, se sonreía, y se le encendían las mejillas con pasión… o el día que se había despedido, con lágrimas en los ojos. Pero la imagen que no dejaba de sacudirlo era la de ella de pie frente al altar vestida de blanco, mirando a Greg Smith con ojos de adoración mientras el pastor los declaraba marido y mujer. Se imaginaba corriendo hacia el altar… y llegando demasiado tarde. Siempre demasiado tarde. Sacudiendo la cabeza, se pasó una mano por el rostro para que desapareciera la visión. La aspereza de sus bigotes le recordó que no se había bañado o afeitado desde ayer por la mañana. Incluso llevaba el traje, sin el abrigo, del cual se había despojado después de dejar atrás las montañas de Tennessee.

Miró de arriba abajo la carretera desierta, y luego echó una ojeada a su reloj. Las cuatro y veintiocho. Tenía cuarenta y siete horas y treinta y dos minutos para interrumpir el casamiento de Laura y convencerla en cambio de que se casara con él. Tiempo de sobra. Inclinando la cabeza hacia atrás, le sonrió a los buitres que giraban en círculos perezosos arriba de él.

– ¡Lárguense, amigos! ¡Aún no estoy muerto!


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