Capítulo 5

Murat dejó a Daphne y volvió a su despacho. A pesar de que tenía una reunión concertada, le dijo a su secretaria que no quería que lo molestaran y cerró la puerta.

La estancia era grande y abierta, como correspondía al príncipe heredero de una nación tan rica. La zona de conversación consistía en tres sofás colocados junto a grandes ventanales y la mesa de conferencias tenía espacio para dieciséis personas.

Murat pasó de largo ante los muebles y fue directamente al balcón que daba a un jardín privado.

El aire olía a primavera, pero Murat lo ignoró, así como a los pájaros que cantaban; se quedó mirando el horizonte y recordó el pasado.

Así que Daphne no sabía por qué no había ido tras ella cuando lo había abandonado. ¿Por qué iba a salir corriendo detrás de una mujer? Aunque se le hubiera ocurrido hacerlo, lo que no había ocurrido, no hubiera podido.

Si Daphne hubiera querido seguir manteniendo contacto con él, tendría que haberle pedido perdón de rodillas por haberle hecho lo que le había hecho.

Daphne debería saberlo pues procedía de una familia que estaba acostumbrada al poder y que sabía cómo funcionaba. Murat sabía que su familia estaba encantada con la boda y lo había sorprendido sobremanera que Daphne se opusiera a sus deseos.

Murat se giró y recordó lo que había sucedido aquel día. Su padre fue la persona que le dijo que Daphne se había ido. Inmediatamente, el rey le dijo que iba a hacer todo lo que estuviera en su mano para que volviera, pero Murat se había negado porque no estaba dispuesto a ir tras ella por medio mundo.

Si Daphne quería irse, que se fuera.

Sólo era una mujer.

Sería muy fácil sustituirla.

Ahora, con el paso del tiempo, admitía que Daphne era diferente a cualquier otra mujer. Por eso, jamás había podido sustituirla. Por supuesto, había conocido a otras mujeres, había hecho el amor con ellas e incluso se había enamorado, pero nunca había querido casarse con ninguna.

Murat se preguntó qué tenía Daphne que la hacía tan diferente.

Era una mujer atractiva y sensual, pero Murat había conocido a mujeres mucho más bellas, así que no era porque fuera más guapa que ninguna. Aunque Daphne era una mujer muy inteligente, Murat había conocido a otras mujeres versadas en asuntos técnicos y científicos que lo habían dejado con la boca abierta. Daphne era divertida y encantadora, pero Murat había conocido a otras mujeres así.

¿Qué combinación de cualidades tenía aquella mujer que la convertía en la elegida?

Murat entró en su despacho y recordó lo que había sucedido cuando Daphne se había ido. No se había permitido sufrir, había prohibido a la gente que hablara de ella y había hecho como si Daphne jamás hubiera existido.

Y ahora había vuelto y se iba a casar con él.

Murat se sentó, abrió un cajón de su mesa y sacó una caja roja de la cual extrajo un diamante. Aquel anillo había sido un regalo de uno de sus antepasados al gran amor de su vida, una concubina a la que había sido fiel durante más de treinta años y con la que se había casado cuando su esposa de conveniencia, la reina, había muerto.

Según contaba la leyenda, aquel anillo era mágico.

Aquél había sido el anillo que Murat había elegido para Daphne diez años atrás.

Murat se dijo que aquello no eran más que tonterías, guardó el diamante de nuevo y llamó al joyero real para que aquella misma tarde le llevara varios anillos para escoger.

El anillo de compromiso de Daphne sería un anillo sin historia ni significado.

Y sin magia.


Daphne se pasó toda la mañana considerando sus opciones. Murat se había ido sin decirle nada, negándose a admitir que no se iban a casar y sin haber contestado a cómo era posible que su hermana y la prensa se hubieran enterado tan rápido de su compromiso.

Obviamente, había sido él quien se lo había contado, así que ¿por qué no lo admitía?

Daphne se dijo una y otra vez que era imposible que la obligaran a casarse con Murat, pero no sabía si eso era así en aquel país.

Daphne iba a tener que mostrarse muy firme si quería evitar que la boda siguiera adelante. Casarse con aquel nombre sería un desastre de proporciones monumentales, así que tenía que romper aquel compromiso como fuera.

Tenía que confeccionar un plan, para lo cual iba a necesitar más información, pero ¿cómo conseguirla?

– Hola, ¿hay alguien en casa?

Daphne, que estaba en el jardín, se giró al oír una voz femenina y entró corriendo en el harén.

– Hola -dijo una vez en el salón.

Había tres mujeres esperándola, tres mujeres guapas, vestidas muy elegantes y sonrientes. Dos eran rubias y una, pelirroja. Una de las rubias, una mujer menuda con pelo corto y un cuerpo maravilloso, dio un paso al frente.

– Somos el contingente básico de princesas y hemos venido a hablar con la prisionera -sonrió-. Es broma. Por supuesto, no estás prisionera.

Eres la mujer que se va casar con Murat, así que somos casi familia. Soy Cleo, la mujer de Sadik.

Vaya, ya he vuelto a presentarme como la mujer de alguien, a ver si me acostumbro a no hacerlo -añadió poniendo los ojos en blanco.

– Desde luego, Cleo, esa forma de hacer las cosas no ayuda en absoluto a las mujeres -bromeó la otra rubia, que era un poco más alta y llevaba unas sandalias con un tacón elevadísimo a pesar de estar embarazada.

– Yo soy Daphne Snowden.

– Hola -se presentó la pelirroja-. Yo me llamo Emma y soy la mujer de Reyhan. Ella se llama Billie -añadió señalando a la embarazada.

– Vaya, ¿no me he presentado? -se disculpó Billie.

– No -contestaron Cleo y Emma al unísono-. Billie se cree la bomba porque sabe pilotar aviones -suspiró Cleo-. Tampoco es para tanto.

– Por supuesto que es para tanto y, de hecho, ya hemos hablado de esto en otras ocasiones – murmuró Emma.

– Sí, pero no se lo digas muy a menudo porque se le va a subir a la cabeza.

Daphne no sabía qué decir.

– ¿Te importa que me siente? -dijo la cuñada de Murat que estaba embarazada.

– No, por supuesto -contestó Daphne-. Por favor, poneos cómodas.

Las tres mujeres se sentaron y, en ese momento, apareció una perrita que se sentó a los pies de Billie.

– Creía que el rey sólo tenía gatos -comentó Daphne.

– Sí, bueno eso fue hasta que conoció a Muffin. Ahora está completamente enamorado de ella -contestó Billie.

– Leí sobre vuestras bodas en la prensa -dijo Daphne-. Bueno, sobre la tuya, no -añadió mirando a Emma.

– No, la mía fue todo un escándalo -contestó la pelirroja.

– ¿Y tú estás casada con Jefri? -le pregunto Daphne a Billie.

La embarazada asintió.

– Admito que me hizo levitar cuando lo conocí. Si lo intentara ahora, con esta barriga que tengo, tal vez no le fuera posible -bromeó haciendo reír a las demás.

Daphne se dio cuenta de que entre aquellas tres mujeres había una relación maravillosa y sintió envidia pues ella jamás había tenido una relación así con sus hermanas.

– Somos cinco mujeres, ¿sabes? -la informó Cleo-. El rey tiene cuatro hijos y dos hijas. Tres de sus hijos están casados con nosotras y, luego, está Sabrina, casada con Kardal, y Zara, casada con Rafe. Zara no sabía que el rey era su padre. Se enteró hace unos años.

– Sí, recuerdo haberlo leído. Me parece una historia preciosa.

– A mí también -contestó Cleo.

– ¿Vivís las tres en palacio? -quiso saber Daphne.

– Ellas sí -contestó Emma-. Reyhan y yo vivimos en el desierto-. Ellos cuatro viven aquí. Billie y Jefri son instructores de vuelo del Ejército del Aire.

Daphne miró sorprendida a la embarazada. Lo cierto era que le costaba imaginarse a aquella mujer tan elegante y femenina pilotando un caza.

– No me lo puedo creer -comentó.

– No subestimes jamás el poder de una mujer – sonrió Billie.

– Por supuesto que no.

– Reyhan tenía que hacer unas cosas en la ciudad y hemos venido a pasar unos días con nuestra hija -le contó Emma.

– Nosotros también tenemos una hija -añadió Billie-. Sería genial que la próxima reina fuera una mujer, ¿verdad?

Las demás sonrieron encantadas ante la posibilidad.

– Zara y Sabrina vendrán dentro de unos días a conocerte. Me han dicho que te saludáramos de su parte.

– Muchas gracias por venir a visitarme -contestó Daphne.

– Sí, hemos venido porque queremos que nos cuentes todos los detalles. Esto de que hayáis decidido casaros tan repentinamente nos ha pillado a todos por sorpresa -contestó Emma.

– Lo cierto es que no nos vamos a casar – contestó Daphne decidiendo que no quería mentir-. No sé por qué ha dicho que va a haber una boda porque no es cierto.

Las tres mujeres se miraron entre sí.

– Vaya, eso cambia las cosas -comentó Cleo.

A continuación, Daphne les contó lo que había sucedido hacía diez años entre Murat y ella, cómo se habían conocido y cómo se había ido sin casarse con él a pesar de estar prometidos. También les habló de Brittany y de cómo le había abierto los ojos a la adolescente para que no cometiera un error casándose con Murat.

– Así que mi sobrina se volvió a Estados Unidos sin salir del aeropuerto y yo me vine a hablar con Murat, al que no se le ocurrió otra cosa que encerrarme en el harén y anunciar que se va a casar conmigo.

– Qué romántico -suspiró Emma.

– Esto es un secuestro -comentó Cleo.

– Sí, pero debe de estar completamente enamorado de ella para secuestrarla, ¿no os parece? -insistió Emma.

– Murat nunca ha estado enamorado de mí – objetó Daphne-. Han pasado diez años desde la última vez que nos vimos. Ni siquiera me conoce como persona.

– Entonces, ¿por qué ha anunciado que se va casar contigo? -quiso saber Billie.

– No tengo ni idea -contestó Daphne.

– Tiene que tener una razón -intervino Cleo-. ¿Ha intentado ponerse en contacto contigo durante todo este tiempo?

– No, supongo que habrá estado muy ocupado saliendo con otras mujeres -contestó Daphne.

– Es cierto que ha salido con otras, pero no ha tenido nada serio.

– Perdona por preguntarte algo tan personal, pero ¿por qué te fuiste? -le preguntó Emma.

Buena pregunta.

– Por muchas razones -contestó Daphne-. Las cosas estaban yendo demasiado deprisa. No me dio tiempo a pensar si casarme con Murat era lo que yo de verdad quería hacer y, de repente, me encontré prometida con él. Me entró miedo y me fui.

– Pero estabas enamorada de él, ¿no?

– Sí, pero yo era una chica muy joven y muy inocente por aquel entonces y Murat era el primer hombre que me tomaba en serio. No tenía muy claro lo que era el amor y éramos muy diferentes.

– Si pudieras volver a ser la Daphne de aquel entonces ¿qué te dirías a ti misma? -le preguntó Billie.

– No lo sé.

– ¿No elegirías quedarte y casarte con Murat? -quiso saber Emma.

– No.

– ¿Por qué no? -insistió Cleo-. Perdona si nos estamos metiendo en tu vida personal. A lo mejor, nos estamos pasando.

– No, no os preocupéis. Estoy bien. Me viene bien hablar de ello. No me hubiera quedado porque sé lo que ocurrió después. Murat no estaba enamorado de mí. Lo sé porque no se molestó en ir a buscarme, ni me llamó por teléfono ni me escribió una carta. Nunca se molestó en averiguar por qué me había ido y eso demuestra que nunca me quiso.

Daphne creía que las tres princesas se iban a sorprender, pero Cleo suspiró, Billie sacudió la cabeza y Emma se puso triste.

– Es su orgullo -le dijo Emma-. A todos les pasa lo mismo. Son hombres demasiado orgullosos.

– No sé si fue por orgullo -objetó Daphne.

– Intenta entenderlo desde su punto de vista – le aconsejó Cleo-. Él te había ofrecido todo y tú lo rechazaste y lo abandonaste. Eso lo debió de dejar bastante abatido y los príncipes abatidos no van en busca de las mujeres que los han abandonado.

– No eras más que una mujer -sonrió Billie.

– Sí, resulta de lo más cómico ver a un príncipe en plan imperial -sonrió Emma.

Daphne no entendía nada.

– Daphne, no deberías juzgar los sentimientos de Murat porque no fuera detrás de ti cuando te fuiste -le aconsejó Cleo-. Es el príncipe heredero y tiene un ego tan grande que no le permite actuar con naturalidad aunque quiera. Seguramente, pensó que, si iba detrás de ti, sería una debilidad por su parte.

– Pero si me amaba…

– Sí, tienes toda la razón del mundo, pero nosotras somos mujeres y lo entendemos de otra manera. Reyhan estaba enamorado de mí, pero lo ocultó durante años porque su orgullo le impedía hablar con una persona que él creía que lo había rechazado. Seguramente, a Murat le pasó lo mismo.

– ¿Y todas las mujeres con las que ha salido en estos diez años? No creo que sufriera mucho por mi partida, la verdad.

– No sé, piénsatelo -insistió Cleo.

En ese momento, se abrieron las puertas doradas y entraron unos cuantos sirvientes con varios carritos de comida.

– ¿Te habíamos dicho que habíamos encargado comida para comer todas juntas? -sonrió Billie.

Tras comer con las princesas, que se fueron sobre las tres, Daphne se quedó a solas y se sentó junto al sofá que había frente al jardín.

A pesar de todo, había tenido un día maravilloso. Si su compromiso con Murat hubiera sido cierto, le habría encantado conocer a sus futuras cuñadas, pero no era de verdad y su teoría sobre que Murat no había ido tras ella porque su orgullo se lo había impedido a pesar de que la amaba era muy bonita, pero no era cierta.

– Ya no importa -murmuró Daphne.

No, ya no importaba porque, aunque le había costado muchos años, había conseguido olvidarse de Murat.

Su corazón estaba a salvo.


Aquella tarde y para sorpresa de Daphne, las puertas doradas volvieron a abrirse, pero en aquella ocasión no recibió la visita de Murat sino del rey.

– Es un placer volver a tenerte entre nosotros -dijo el monarca abrazándola.

Aunque Daphne no estaba de acuerdo con lo que Murat se traía entre manos, ella también estaba encantada de volver a ver al rey Hassan, un hombre que siempre se había portado de maravilla con ella, sobre todo al verla joven, enamorada y aterrorizada.

– Ven, vamos a sentarnos -le indicó el monarca yendo hacia los sofás-. Mi hijo te envía una sorpresa.

En aquel momento, volvieron a abrirse las puertas y aparecieron unos cuantos sirvientes con carritos, pero esta vez no era fruta lo que llevaban sino útiles de escultura y arcilla.

Al instante, Daphne sintió un intenso cosquilleo en las yemas de los dedos. Se moría por sentir la arcilla entre las manos.

¿Pero acaso creía Murat que podía sobornarla así?

– Déle las gracias de mi parte.

– Podrás dárselas tú misma dentro de un rato porque me ha dicho que pasará a verte.

«Qué ilusión», pensó Daphne mientras sonreía educadamente.

– Supongo que sabrás que la boda se va a celebrar dentro de cuatro meses. Es poco tiempo, pero, si contratamos al personal adecuado, yo creo que nos dará tiempo de tenerlo todo listo.

Daphne dio un respingo.

– Majestad, sin ánimo de ofender, encontrar al personal adecuado no es el problema. El problema es que no me voy a casar con Murat.

– Esto va a ser una lucha de titanes porque los dos sois muy testarudos -comentó el monarca chasqueando con la lengua-. Me pregunto quién ganará al final.

– Yo, por supuesto. Esto es como la fábula del conejo y el perro de caza. El conejo gana porque, mientras que el perro corre para cenar, el conejo corre para salvar la vida.

– Interesante -comentó el rey tomándole la mano entre las suyas-. Muchas veces me he preguntado cómo habrían sido las cosas si te hubieras casado con Murat. ¿Tú nunca te lo has planteado?

– No -mintió Daphne-. En aquel entonces, yo no quería casarme. Era demasiado joven, igual que Murat.

– Él no se ha casado.

– Ya lo sé. De haber estado casado, no me mantendría prisionera en el harén.

– Sabes que no me refiero a eso -sonrió Hassan-. Tú tampoco te has casado.

– He estado muy ocupada con mis estudios y con mi trabajo.

– Menuda excusa. ¿Y no será que estabais los dos esperando a que el otro diera el primer paso?

– En mi caso, le aseguro que no -contestó Daphne-. En cuanto a su hijo, por lo que tengo entendido ha disfrutado de la compañía de tantas mujeres que no creo que se acuerde ya de aquélla con la que estuvo prometido hace más de una década.

– ¿Y ahora?

– Apenas nos conocemos.

– Tal vez, ha llegado el momento de que empecéis a hacerlo -apuntó el rey poniéndose en pie -. Murat quiere casarse contigo. Tus padres aprueban la boda y yo, también. ¿Tú qué dices?

Daphne no contestó.

– ¿De verdad te parece que casarte con mi hijo sería tan horrible?

– Sí -contestó Daphne mordiéndose el labio inferior-. Majestad, ¿usted me obligaría a casarme con Murat en contra de mi voluntad?

– Si tuviera que hacerlo, sí -contestó el rey sin pestañear.


Cuando Murat llegó al harén, encontró a Daphne en el jardín. Estaba sentada en un banco de piedra, con la cabeza echada hacia delante en actitud abatida, así que corrió a su lado, la tomó de las manos y la abrazó.

Daphne estaba tan destrozada que lo dejó hacer.

– Nadie me quiere ayudar -comentó-. De mi familia, no me sorprende, pero mis amigos ni siquiera se creen que me tengas cautiva en contra de mi voluntad. Lo único que quieren es que los invite a la boda.

– Pues ya sabes lo que tienes que hacer -contestó Murat.

Daphne levantó la mirada con lágrimas en los ojos.

– No era eso lo que yo esperaba oír.

Murat sabía que lo que Daphne quería oír era que la dejaba libre, pero no estaba dispuesto a hacerlo.

– Te va a encantar ser reina. Las reinas tienen mucho poder.

– El poder nunca me ha interesado.

– Eso es porque nunca lo has tenido.

– Murat, sabes que esto no está bien.

– ¿Porqué?

– Porque yo no me quiero casar contigo. Lo que quiero es recuperar mi libertad.

– ¿Para qué? ¿Para vacunar a perros y gatos obesos? Aquí ocuparías un lugar en la historia del país, serías reina, madre y abuela de los futuros reyes.

– No es suficiente.

¿Aquella mujer había sido siempre así de cabezota?

– ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me abandonaste hace diez años?

Daphne lo miró con un tremendo dolor en los ojos.

– Ya no importa.

– A mí me gustaría saberlo.

– No lo entenderías.

– Pues explícamelo tú.

– Murat, tienes que dejarme ir.

En lugar de contestar, Murat la besó, lo que tomó a Daphne completamente por sorpresa. Sin embargo, a pesar de la reticencia inicial, ella también lo besó y Murat sintió un deseo tan desesperado de hacerle el amor que estuvo a punto de desnudarla allí mismo.

Por supuesto, no lo hizo, pero sí estuvo un buen rato besándola lenta y apasionadamente… hasta que el deseo también se apoderó de Daphne.

– ¿Lo ves? -le dijo apartándose-. Entre nosotros hay mucho más de lo que parece. Ahora vamos a tener tiempo de conocernos bien para que te vayas haciendo a la idea de casarte conmigo.

– Yo no estaría tan seguro -contestó Daphne a pesar de que su deseo la traicionaba.

Murat le acarició la mejilla y se fue.

La victoria estaba cercana.

Su plan era dejar a Daphne sin defensas para que así entendiera que su boda era inevitable. Tarde o temprano, lo aceptaría, se casaría con él y sería feliz y él…

Él volvería a su vida normal, contento, pero sin haber dejado que la experiencia lo conmoviera ni lo más mínimo.

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