CUARTO CUADERNO. PRIMERA FUGA (CONTINUACIÓN)

Trinidad


Veo de nuevo, como si fuese ayer, aquella primera noche de libertad pasada en esa ciudad inglesa. Íbamos a todas partes, borrachos de luz, de calor en nuestros corazones, palpando a cada momento el alma de aquella multitud dichosa y risueña que rebosaba felicidad. Un bar lleno de marineros y de esas chicas de los trópicos que les aguardan para desplumarlos. Pero esas chicas no tienen en absoluto la sordidez de las mujeres de los bajos fondos de París, El Havre o Marsella. Es una cosa diferente. En vez de aquellas caras demasiado maquilladas, marcadas por el vicio, iluminadas por ojos febriles llenos de astucia, hay chicas de todos los colores de piel, de la china a la negra africana, pasando por el chocolate claro de pelo liso, a la hindú o a la javanesa cuyos padres se conocieron en las plantaciones de cacao o de azúcar, o la coolí mestiza de chino e hindú con la concha de oro en la nariz, la llapana de perfil romano, con su rostro cobrizo iluminado por dos ojos enormes, negros, brillantes, de pestañas larguísimas, que abomba un pecho generosamente descubierto como diciendo: “Mira mis senos, qué perfectos son”; todas esas chicas, cada una con flores multicolores en el pelo, exteriorizan el amor, provocan el gusto del sexo, sin nada de sucio, de comercial; no dan la impresión de hacer un trabajo, se divierten de veras con él y es que el dinero, para ellas, no es lo principal en sus vidas.

Como dos abejorros que, atraídos por la luz, topan con las bombillas, Maturette y yo vamos tropezando de bar en bar. Al desembocar en una placita inundada de luz, veo la hora en el reloj de una iglesia o templo. Las dos. ¡Las dos de la mañana! De prisa, volvamos de prisa al hotel. Hemos abusado de la situación. El capitán del Ejército de Salvación debe haber sacado una extraña opinión de nosotros. Pronto, volvámonos. Paro un taxi que nos lleva, two dollars. Pago y entramos muy avergonzados en el hotel. En el vestíbulo, una mujer soldado del Ejército de Salvación, rubia› muy joven, de veinticinco o treinta años, nos recibe amablemente. No parece sorprendida ni irritada de que regresemos tan tarde. Tras decirnos unas cuantas palabras en inglés que nos parecen amables y acogedoras, nos da la llave de la habitación y nos desea buenas noches. Nos acostamos. En la maleta, he encontrado un pijama. Cuando voy a apagar la luz, Maturette me dice:

– Deberíamos dar gracias a Dios por habernos dado tantas cosas en tan poco tiempo. ¿Qué te parece, Papi?

– Dale las gracias por mí, a tu Dios; es un gran tipo. Y, como muy bien dices, ha sido la mar de generoso con nosotros. Buenas noches.

Y apago la luz.

Esa resurrección, ese retorno de la tumba, esa salida del cementerio donde estaba enterrado, todas las emociones sucesivas y el baño de esta noche que me ha reincorporado a la vida entre otros seres, me han excitado tanto que no consigo dormir. En el caleidoscopio de mis ojos cerrados, las imágenes, las cosas, toda esa mezcla de sensaciones que llegan sin orden cronológico y se presentan con precisión, pero de una manera completamente deshilvanada: la Audiencia, la Conciergerie, luego los leprosos, después Saint-Martin-de-Ré, Tribouillard, Jésus, la tempestad… Es una danza fantasmagórica, diríase que todo cuanto he vivido desde hace un año quiere presentarse al mismo tiempo en la galería de mis recuerdos. Por mucho que intente alejar esas imágenes, no lo consigo. Y lo más raro es que van mezcladas con los chillidos de puercos, de guacos, con el ulular del viento, el ruido de las olas, todo ello envuelto en la música de los violines de una cuerda que los hindúes tocaban hace unos instantes en los diversos bares por los que hemos pasado.

Por fin, cuando ya despunta el día, me duermo. Sobre las diez, llaman a la puerta. Es Master Bowen, sonriente.

– Buenos días, amigos míos. ¿Acostados todavía? Han vuelto tarde. ¿Se han divertido mucho?

– Buenos días. Sí, hemos vuelto tarde, dispénsenos.

– ¡Nada de eso, hombre! Es normal, después de todo lo que han sufrido. Hacía falta aprovechar bien su primera noche de hombres libres. Vengo para acompañarles al puesto de Policía. Deben ustedes presentarse a la Policía para declarar de modo oficial que han entrado clandestinamente en el país. Después de esa formalidad, iremos a ver a su amigo, Le han hecho radiografías muy temprano. El resultado se sabrá más tarde.

Tras un rápido aseo, bajamos a la sala donde, en compañía del capitán, nos ha estado esperando Bowen.

– Buenos días, amigos míos -dice en mal francés el capitán -Buenos días a todos ustedes. ¿Qué tal?

Una mujer del Ejército de Salvación con graduación, nos dice: -¿Les ha parecido simpático, Port of Spain?

– ¡Oh, sí, señora! Nos ha gustado.

Una tacita de café y nos vamos al puesto de Policía. A pie, queda a doscientos metros aproximadamente. Todos los policías nos saludan y nos miran sin especial curiosidad. Tras haber pasado ante dos centinelas de ébano con uniforme caqui, entramos en un despacho severo e imponente. Un oficial cincuentón, con camisa y corbata caqui, cuajado de insignias y medallas, se pone en pie. Lleva pantalón corto y nos dice en francés:

– Buenos días. Siéntense. Antes de tomar oficialmente su declaración, deseo hablar un poco con ustedes. ¿Qué edad tienen?

– Veintiséis y diecinueve años.

– ¿Por qué han sido condenados?

– Por homicidio.

– ¿Cuál es su pena?

– Trabajos forzados a perpetuidad.

– Entonces, no es por homicidio. ¿Es por asesinato?

– No, señor, en mi caso es por homicidio.

– En el mío, por asesinato dice Maturette-. Tenía diecisiete años.

– A los diecisiete años, uno sabe lo que se hace, dice el oficial. En Inglaterra, si el hecho hubiese sido probado, le habrían ahorcado a usted. Bien, las autoridades inglesas no tienen por qué juzgar a la justicia francesa. Pero en lo que no estamos de acuerdo es en que manden a la Guayana francesa a los condenados. Sabemos que es un castigo infrahumano y poco digno de una nación civilizada como Francia. Pero, por desgracia, no pueden ustedes quedarse en Trinidad ni en ninguna otra isla inglesa. Es imposible. Por lo cual, les pido que se jueguen la partida honradamente y no busquen escapatoria, enfermedad u otro pretexto, a fin de retrasar la marcha. Podrán ustedes descansar libremente en Port of Spain de quince a dieciocho días. Su canoa es buena, al parecer. Haré que se la traigan aquí, al puerto. Si hay que hacer reparaciones, los carpinteros de la Marina Real se encargarán de ello. Para irse recibirán ustedes todos los víveres necesarios, así como una buena brújula y una carta marina. Espero que los países sudamericanos les acepten. No vayan a Venezuela, pues serán detenidos y obligados a trabajar en las carreteras hasta el día en que les entregarán a las autoridades francesas. Después de una grave falta, un hombre no está obligado a ser un perdido toda la vida. Son ustedes jóvenes y sanos, parecen simpáticos. Por eso, espero que, después de lo que han debido soportar, no querrán ser vencidos para siempre. El mero hecho de haber venido aquí demuestra lo contrario. Me alegro de ser uno de los elementos que les ayudarán a convertirse en hombres buenos y responsables. Buena suerte. Si tienen algún problema, telefoneen a este número; les contestarán en francés.

Llama y un paisano viene a buscarnos. En una sala donde varios policías y paisanos escriben a máquina, un paisano toma nuestra declaración.

– ¿Por qué han venido a Trinidad?

– Para descansar.

– ¿De dónde vienen?

– De la Guayana francesa.

– Para evadirse, ¿han cometido ustedes un delito, causando lesiones o la muerte de otras personas?

– No hemos herido gravemente a nadie.

– ¿Cómo lo saben?

– Lo supimos antes de marcharnos.

– Suedad, su situación penal con respecto a Francia… Señores, tienen ustedes de quince a dieciocho días para descansar aquí. Son completamente libres de hacer lo que quieran durante ese tiempo. Si cambian de hotel, avisen. Soy el sargento Willy. Aquí, en mi tarjeta, hay dos teléfonos: éste es mi número oficial de la Policía; ése, mi número particular. Sea lo que sea, si les pasa algo y necesitan ayuda, llámenme inmediatamente. Sabemos que la confianza que les otorgamos está en buenas manos. Estoy seguro de que se portarán bien.

Unos instantes más tarde, Mr. Boweri nos acompaña a la clínica. Clousiot está contento de vernos. No le contamos nada de la noche pasada en la ciudad. Le decimos tan sólo que somos libres de ir adonde nos venga en gana. Se queda tan sorprendido que dice:

– ¿Sin escolta?

– Sí, sin escolta.

– Pues ¡mira que son raros los rosbifs!'.

Bowen, que había salido en busca del doctor, regresa con éste. El doctor pregunta a Clousiot:

– ¿Quién le redujo la fractura, antes de atarle las tablillas?

– Yo mismo y otro que no está aquí.

– Lo hicieron tan bien que no hay necesidad de refracturar la pierna. El peroné fracturado ha quedado bien encajado. Nos limitaremos a escayolar y poner un hierro para que pueda usted andar un poco. ¿Prefiere quedarse aquí o ir con sus compañeros?

– Irme con ellos.

– Bien, mañana podrá usted reunirse con ellos.

Nos deshacemos en palabras de agradecimiento. Mr. Boweri y el doctor se retiran y pasamos el fin de la mañana y parte de la tarde con nuestro amigo. Estamos radiantes cuando, al día siguiente, nos encontramos reunidos los tres en nuestra habitación de hotel, con la ventana abierta de par en par y los ventiladores en marcha para refrescar el ambiente. Nos felicitamos recíprocamente por el buen semblante que tenemos y el excelente aspecto que nos dan nuestros nuevos trajes, Cuando veo que la conversación se reanuda acerca del pasado, les digo:

– Ahora, esforcémonos en olvidar el pasado y fijémonos más bien en el presente y el futuro. ¿Adónde iremos? ¿Colombia? ¿Panamá? ¿Costa Rica? Habría que consultar a Bowen sobre los países donde tenemos posibilidades de ser admitidos.

Llamo a Bowen a su bufete, no está. Llamo a su casa, en San Fernando. Su hija se pone al aparato. Tras cruzarnos varias frases amables, me dice:

– Monsieur Henri, cerca del hotel, en el Frencb Market, hay autobuses que vienen a San Fernando. ¿Por qué no vienen a pasar la tarde en casa? Vengan, les espero.

Y hétenos aquí a los tres camino de San Fernando. Clousiot está magnífico con su traje semimilitar de color regaliz.

Ese retorno a la casa que con tanta bondad nos acogiera nos emociona a los tres. Parece como si esas mujeres comprendiesen nuestra emoción, pues dicen al unísono:

– Ya están de regreso en su casa, queridos amigos. Siéntense cómodamente.

Y en vez de decirnos “señor”, cada vez que se dirigen a nosotros nos llaman por el nombre de pila:

– Henri, páseme el azúcar.

André -Maturette se llama André-, ¿un poco más pudding?

Mrs. y Miss Bowen, espero que Dios las haya recompensado por tanta bondad como tuvieron para con nosotros y que sus elevadas almas, que tantas finas alegrías nos prodigaron, hayan gozado de inefables dichas.

Discutimos con ellas y desplegamos el mapa sobre una mesa. Las distancias son grandes: mil doscientos kilómetros para llegar al primer puerto colombiano: Santa Marta; dos mil cien kilómetros, para Panamá; dos mil quinientos para Costa Rica. Llega Master Bowen:

– He telefoneado a todos los Consulados y traigo una buena noticia: pueden recalar, algunos días en Curasao para descansar. Colombia no tiene establecido ningún compromiso a propósito de los evadidos. Que sepa el cónsul, nunca han llegado evadidos por mar a Colombia. En Panamá y otras partes, tampoco.

– Conozco un sitio seguro para ustedes -dice Margaret, la hija de Mr. Bowen-. Pero queda muy lejos, a tres mil kilómetros por lo menos.

– ¿Dónde es? -pregunta su padre.

– En Honduras británica. El gobernador es mi padrino.

Miro a mis amigos y les digo:

– Destino: Honduras británica.

Es una posesión inglesa, que, al Sur, linda con la República de Honduras y, al Norte, con México.

Pasamos la tarde, ayudados por Margaret y su madre, trazando la ruta. Primera etapa: Trinidad-Curasao, mil kilómetros. Segunda etapa: de Curasao a una isla cualquiera en nuestra derrota. Tercera etapa: Honduras británica.

Como nunca se sabe lo que puede pasar en el mar, además de víveres que nos dará la Policía, decidimos que en una caja especial, cargaremos conservas de reserva: carne, legumbres, mermelada, pescado, etc. Margaret nos dice que el supermercado “Salvattori” estará encantado de regalarnos esas conservas.

– En caso de negativa -añade con sencillez-, se las compraremos mamá y yo.

– No, señorita.

Cállese usted, Henri.

– No, no es posible, pues tenemos dinero y no estaría bien que nos aprovecháramos de la bondad de ustedes, cuando podemos comprar perfectamente esos víveres.

La canoa está en Port of Spain, botada, bajo un refugio de la Marina de Guerra. Nos separamos prometiendo una visita antes de la gran marcha. Todas las noches, salimos religiosamente a las once. Clousiot se sienta en un banco del square más animado y, por turno, Maturette o yo le hacemos compañía, mientras el otro vagabundea por la ciudad.

Hace ocho días que estamos aquí. Clousiot camina sin demasiada dificultad gracias al hierro fijado bajo la escayola. Hemos aprendido a ir hasta el puerto en tranvía. Solemos ir por la tarde y todas las noches. Somos conocidos y adoptados en algunos bares del puerto. Los policías de servicio nos saludan, todo el mundo sabe quiénes somos y de dónde venimos, nadie hace nunca alusión a nada. Pero hemos notado que en los bares donde somos conocidos nos hacen pagar lo que comemos o bebemos menos caro que a los marineros. Igual ocurre con las chicas. Por, lo general, cuando se sientan a las mesas de marineros, oficiales o turistas, beben sin parar y procuran hacerles gastar lo más posible. En los bares donde se baila, nunca lo hacen con nadie sin que antes les hayan invitado a varias copas. Pero, con nosotros, todas se comportan de diferente modo. Se sientan largos ratos y hay que insistir para que se tomen un drink- Si aceptan, no es para soplarse su famoso minúsculo vaso, sino una cerveza o un auténtico whisky con soda. Todo eso nos produce mucha alegría, pues es una manera indirecta de decirnos que conocen nuestra situación y que, sentimentalmente, están a nuestro lado.

La embarcación ha sido repintada y le han añadido una borda de diez centímetros de alto. La quilla ha sido afianzada, ninguna nervadura interior ha sufrido daños, la embarcación está intacta. El mástil ha sido sustituido por otro más alto, pero más ligero, que el anterior: el foque y el trinquete hechos con sacos de harina, por buena lona de color ocre. En la Marina, un capitán de navío me ha entregado una brújula con rosa de los vientos (ellos la llama compás) y me han explicado, cómo con ayuda de la carta, puedo saber aproximadamente dónde me encuentro. La derrota está trazada Oeste un cuarto Norte para llegar a Curasao.

El capitán de navío me ha presentado a un oficial de Marina, comandante del buque Esnaela Tarpon, quien me ha preguntado si me apetecería hacerme a la mar sobre las ocho de la mañana del día siguiente y salir un poco de puerto. No comprendo el porqué, pero se lo prometo. Al día siguiente, estoy en la Marina a la hora antedicha con Maturette. Un marinero sube con nosotros y salgo de puerto con buen viento. Dos horas después, cuando estamos dando bandazos entrando y saliendo de puerto, un buque de guerra viene sobre nosotros. En cubierta, alineados, la tripulación y los oficiales todos de blanco. Pasan cerca de nuestra embarcación y gritan “¡Hurra!”, dan la vuelta alrededor de nosotros e izan y arrían dos veces el pabellón. Es un saludo oficial cuyo significado no comprendo. Volvemos a la Marina, donde el buque de guerra ha atracado ya en el desembarcadero.

Nosotros amarramos en el muelle. El marinero nos indica que le sigamos y subimos a bordo, donde el comandante del buque nos recibe en el puente de mando. Un toque de silbato modulado saluda nuestra llegada y, tras habernos presentado a los oficiales, nos hacen pasar ante los cadetes y suboficiales, que están formados en posición de firmes. El comandante les dice unas palabras y, luego, rompen filas. Un joven oficial me explica que el comandante acaba de decir a los cadetes de la dotación que merecíamos el respeto de los marinos por haber hecho, en una embarcación tan pequeña, un trayecto tan largo, y que nos disponíamos a efectuar otro más largo aún y más peligroso. Damos las gracias al oficial por tanto honor. Nos regala tres impermeables de mar que luego nos habrán de ser muy útiles. Son impermeables negros con una gran cremallera de cierre.

Dos días antes de partir, Master Bowen viene a vernos y nos pide, de parte del superintendente de Policía, que nos llevemos con nosotros a tres relegados que fueron detenidos hace una semana. Esos relegados fueron desembarcados en la isla mientras sus compañeros proseguían el viaje hacia Venezuela, según contaron. Esto no me gusta, pero hemos sido tratados con demasiada nobleza para negarnos a acoger a esos tres hombres a bordo. Pido verles antes de dar mi respuesta. Un coche de la Policía viene a buscarme. Paso a hablar con el superintendente, el oficial lleno de galones que nos interrogó cuando llegamos. El sargento Willy hace de intérprete.

– ¿Qué tal les va?

– Bien, gracias. Necesitamos que nos haga usted un favor.

– Si es posible, con mucho gusto.

– En la prisión hay tres franceses relegados. Han vivido algunas semanas clandestinamente en la isla y pretenden que sus compañeros les abandonaron aquí y se fueron. Creemos que han hundido su canoa, pero cada uno de ellos dice que no sabe conducir una embarcación. Creemos que es una maniobra para que les facilitemos una. Tenemos que hacerles marchar: sería lamentable que me viese obligado a entregarlos al comisario del primer buque francés que pase.

– Señor superintendente, haré lo imposible, pero antes quiero hablar con ellos. Comprenda que es peligroso embarcar a bordo a tres desconocidos.

Comprendo. Willy, ordene que hagan salir a los tres franceses al patio.

Quiero verles a solas y pido al sargento que se retire.

– ¿Sois relegados?

– No, somos duros.

– ¿Por qué habéis dicho que erais relegados?

– Pensamos que preferirían a un hombre que ha cometido un delito pequeño que uno grave. Ahora vemos que nos hemos equivocado. ¿Y tú quién eres?

– Un duro.

– No te conocemos.

– Soy del último convoy. ¿Y vosotros?

– Del convoy de 1929.

– Yo del de 1927 -dice el tercero.

– Bien: el superintendente me ha mandado llamar para pedirme que os acoja a bordo. Nosotros ya somos tres. Dice que si no acepto, como ninguno de vosotros sabe manejar una embarcación, se verá en la obligación de entregaros al primer buque francés que pase. ¿Qué decís a eso?

– Por razones que nos atañen, no queremos hacernos de nuevo a la mar. Podríamos fingir que nos vamos con vosotros, tú nos dejas en la punta de la isla y, luego, te vas.

– No puedo hacer eso.

– ¿Por qué?

– Porque no quiero pagar las buenas atenciones que los ingleses han tenido con nosotros con una canallada.

– Mira, macho, creo que antes que los rosbifs, importan los duros.

– ¿Por qué?

– Porque tú eres un duro.

– Sí, pero existen tantas clases de duros, que quizás haya más diferencia entre vosotros y yo que entre yo y los rosbifs, depende de cómo se mire.

– Entonces, ¿vas a dejar que nos entreguen a las autoridades francesas?

– No, pero tampoco os desembarcaré hasta Curasao.

– No me siento con valor para volver a empezar -dice uno.

– Escuchadme, primero ved la canoa. Quizá la embarcación con que vinisteis era mala.

– Bien, vamos a probar -dicen los otros dos.

– De acuerdo. Pediré al superintendente que os deje ver la canoa.

Acompañados por el sargento Willy, vamos al puerto. Aquellos tres tipos parecen tener más confianza tras haber visto la canoa.


Nueva lucha


Dos días después, nos vamos (nosotros tres y los tres desconocidos). No sé como lo han sabido, pero una docena de chicas de los bares asisten a la partida, así como la familia Bowen y el capitán del Ejército de Salvación. Cuando una de las chicas me besa, Margaret dice, riendo:

– Henri, ¿tan de prisa ha encontrado usted novia? ¡Eso no es serio!

– Hasta la vista a todos. ¡No, adiós! Pero sepan que en nuestros corazones han ocupado un lugar considerable que nunca se borrará.

Y, a las cuatro de la tarde, salimos, arrastrados por un remolcador. No tardamos mucho en estar fuera de puerto, no sin habernos enjugado una lágrima y contemplado hasta el último momento el grupo que ha acudido a despedirnos y que agita grandes pañuelos blancos. Tan pronto sueltan el cable que nos amarra al remolcador, a todo trapo y viento en popa afrontamos la primera de los millones de olas que deberemos salvar antes de llegar a destino.

A bordo hay dos cuchillos, uno lo llevo yo, el otro, Maturette.

El hacha está junto a Clousiot, así como el machete. Estamos seguros de que ninguno de los otros tres va armado. Hemos tomado medidas para que sólo duerma uno de nosotros durante la travesía. Al ocaso, el buque-escuela viene a acompañarnos durante casi media hora. Después, saluda y se va.

– ¿Cómo te llamas?

– Leblond.

– ¿De qué convoy?

– El 27.

– ¿Pena?

– Veinte años.

– ¿Y tú?

– Kargueret. Convoy 29, quince años, soy bretón.

– ¿Eres bretón y no sabes manejar una embarcación?

– No.

– Yo me llamo Dufils, soy de Angers. Tengo la perpetua por una frase tonta que dije en la Audiencia, de lo contrario Sólo tendría diez años a lo sumo. Convoy 29.

– ¿Qué frase?

– Pues, mira, maté a mi mujer con una plancha. Cuando me procesaron, uno del jurado me preguntó por qué había usado una plancha para golpearla- No sé por qué, pero la cuestión es que contesté que la había matado con una plancha porque Mi mujer hacía malas arrugas. Y fue por aquella frase idiota por la que, según mi abogado, me cascaron tanto.

– ¿De dónde salisteis?

– De un campo de trabajo forestal llamado Cascade, a ochenta kilómetros de Saint-Laurent. No fue difícil largarnos porque teníamos mucha libertad. Nos las piramos cinco, y con toda facilidad.

– ¿Cómo que cinco? ¿Y dónde están los otros dos?

Un silencio embarazoso. Clousiot dice:

– Oye, aquí sólo hay hombres y, como estamos juntos, se puede hablar libremente. Así, pues…

– Os lo diré todo -dice el bretón-. En efecto, nos fuimos, cinco, pero los dos de Cannois que faltan nos dijeron que eran pescadores de la costa. No habían pagado nada para darse el piro y decían que su trabajo a bordo valía más que el dinero. Ahora bien, ya en ruta nos dimos cuenta de que ni uno ni otro sabían nada de navegación. Estuvimos a punto de ahogarnos veinte veces. Íbamos rasando las costas, primero la Guayana holandesa, luego la inglesa y, por fin, Trinidad. Entre Georgetown y Trinidad maté al que decía poder ser el capitán de la fuga. Aquel tipo se merecía la muerte, pues, para salir sin apoquinar ni un chavo, había engañado a todo el mundo sobre sus conocimientos de marino. El otro creyó que también íbamos a matarle y, con el mar embravecido, se arrojó voluntariamente al agua, abandonando el gobernalle de la canoa. Nos las arreglamos como, pudimos. Embarcamos agua varias veces, chocamos con una roca y nos salvamos de milagro. Doy mi palabra de hombre que todo lo que digo es la pura verdad.

– Es cierto -dicen los otros dos-. Así fue, y los tres estábamos de acuerdo para matar a aquel tipo. ¿Qué dices a eso, Papillon?

– Me faltan elementos de juicio para opinar.

– Pero -insiste el bretón-, ¿qué habrías hecho tú en nuestro caso?

– Habría que pensarlo. Para hablar con justicia, hay que haber vivido el momento, de lo contrario no se sabe dónde está la verdad.

– Yo le habría matado -dice Clousiot-, pues una mentira como ésa podía haberles costado la vida a todos.

– Bien, no hablemos más de este asunto. Pero tengo la impresión de que habéis pasado mucho miedo, que el miedo no os ha dejado aún y que estáis en el mar por fuerza, ¿no es verdad?

– ¡Oh, sí! contestaron a coro.

– En cualquier caso, aquí, pase lo que pase, no quiero muestras de pánico. Nadie debe, en absoluto, exteriorizar su miedo. El que tenga miedo, que se calle. Esta embarcación ha demostrado ser buena. Ahora, llevamos más carga que antes, pero también tiene diez centímetros más de borda. Eso compensa holgadamente la sobrecarga.

Fumamos, tomamos café. Comimos bien antes de salir y decidimos no comer más hasta mañana por la mañana.

Estamos a 9 de diciembre de 1933, hace cuarenta y dos días que la fuga empezó a prepararse en la sala blindada del hospital de Saint-Laurent. Es Clousiot, el contable de la sociedad, quien nos informa. Tengo tres cosas inapreciables más que al principio: un reloj hermético de acero comprado en Trinidad, una brújula de verdad con su doble caja de suspensión, y muy precisa y con rosa de los vientos, y unas gafas negras de celuloide. Clousiot y Maturette, una gorra cada uno.

Pasan tres días sin novedad, de no ser que, por dos veces, hemos topado con manadas de delfines. Nos han hecho sudar tinta, pues un equipo de ocho se puso a jugar con la canoa. Pasaban por debajo, en longitud. y emergían delante mismo de la canoa. A veces chocábamos con alguno. Pero lo que más nos impresiona es el juego siguiente: tres delfines en triángulo, uno delante y dos paralelamente detrás, nos embisten de proa, a una velocidad de locura. En el momento en que, virtualmente, están encima de nosotros, se sumergen y, luego, surgen de nuevo a derecha e izquierda de la canoa. Pese a que el viento es fuerte y navegamos a todo trapo, aún corren más que nosotros. Ese juego dura horas y horas, es alucinante. ¡El menor error en sus cálculos y zozobramos, Los tres nuevos no han dicho nada, pero ¡había que ver la cara que ponían!

En plena noche del cuarto día se desata una abominable tempestad. Fue, en verdad algo espantoso. Lo peor era que las olas no seguían el mismo sentido. A menudo, chocaban entre sí unas contra otras. Algunas eran profundas, otras breves, era como para no entenderlo. Nadie ha dicho ni una palabra, a excepción de Clousiot, quien me gritaba de vez en cuando:

– ¡Dale, mi amigo! ¡A ésa también le podrás!

– ¡Cuidado con esa que viene detrás!

Cosa rara: a veces, el oleaje llegaba sesgado, rugiendo y levantando espuma. Entonces, yo estimaba su velocidad y preveía muy bien de antemano el ángulo de ataque. E, ilógicamente, de golpe, batía la popa de la embarcación, completamente enderezada. Esas olas rompían varias veces sobre mis hombros y, desde luego, buena parte de ellas entraba en la embarcación. Los cinco hombres, empuñando cacerolas y latas, achicaban el agua sin parar. Pese a todo, nunca se llenó más de un cuarto de canoa, así que nunca corrimos peligro de irnos a pique. Aquella juerga duró toda la mitad de la noche, casi siete horas. A causa de la lluvia, no vimos el sol hasta las ocho aproximadamente.

Calmada la tempestad, aquel sol nuevo, flamante del comienzo de la jornada, que resplandecía con todo su fulgor, fue saludado por todos, incluido yo, con alegría. Antes que nada, café. Un café con leche “Nestlé caliente, galletas de marinero, duras como el hierro, pero que, una vez mojadas en el café son deliciosas. La lucha que he sostenido durante toda la noche con la tempestad me ha reventado, ya no puedo más, y aunque el viento sea todavía fuerte y las olas, altas e indisciplinadas, pido a Maturette que me sustituya un rato. Quiero dormir. No hace ni diez minutos que estoy echado, cuando Maturette se deja pillar de través y la canoa queda en sus tres cuartas partes anegada. Todo flota: latas, hornillo, mantas… Con el agua hasta el vientre, llego al gobernalle y tengo el tiempo justo de cogerlo para evitar una ola rota que pica recto sobre nosotros. Giro el gobernalle y me pongo de popa a la ola, que no ha podido meterse en la canoa y nos empuja muy fuerte a más de diez metros del lugar del impacto.

Todos nos ponemos a achicar agua. La marmita grande, manejada por Maturette, arroja quince litros cada vez. Nadie se preocupa de recuperar cualquier cosa, todos tienen una sola idea fija: achicar, achicar lo más de prisa posible el agua que hace tan pesada la embarcación y le impide defenderse bien del oleaje. Debo reconocer que los tres nuevos se han portado bien. El bretón, al ver que todo se iba al garete, toma la decisión, él solo, para deslastrar la canoa, de tirar el barril de agua, empujándolo fuera de la canoa. Dos horas después, todo está seco, pero hemos perdido las mantas, el “primus”, el hornillo, los sacos de carbón de leña, la bombona de gasolina y el barril de agua, éste deliberadamente.

Es mediodía cuando al querer ponerme otros pantalones me percato de que mi maletita también se ha ido con la ola, así como dos impermeables de los tres que teníamos. En el fondo de la canoa, hemos encontrado dos botellas de ron, todo el tabaco se ha perdido o está mojado, las hojas han desaparecido con su caja de hojalata que cerraba herméticamente. Digo:

– Machos, de momento un buen trago de ron, y, luego abrid la caja de reserva para ver con qué podemos contar. Hay zumos de fruta. Nos racionaremos la bebida. Hay cajas de bizcochos con mantequilla, vaciad una y haremos lumbre con las tablas de la caja. Todos hemos tenido miedo hace un rato, pero ahora, el peligro ha pasado ya. Todos debemos recobrarnos para estar a la altura de las circunstancias. A partir de este momento, nadie debe decir: Tengo sed; nadie debe decir: Tengo hambre; y nadie debe decir: Tengo ganas de fumar. ¿De acuerdo?

– Sí, Papi, de acuerdo.

Todos se han portado bien y la Providencia ha hecho que el viento remita para permitirnos preparar un rancho a base de corned-beef. Con una escudilla colmada de esa sopa, en la que mojamos las galletas de marino, nos hemos metido un buen y caliente emplasto en el vientre, en todo caso lo bastante copioso para poder esperar a mañana. Hemos calentado un poco de té verde para cada uno. En la caja intacta, hemos encontrado un cartón de cigarrillos. Son paquetillos de ocho cigarrillos y hay veinticuatro. Los otros cinco deciden que sólo yo debo fumar para ayudarme a permanecer en vela y, para que no haya envidias, Clousiot se niega a encenderme los cigarrillos, sólo me da lumbre. Gracias a esta comprensión, no se produce ningún incidente desagradable entre nosotros.

Hace seis días que hemos salido y aún no he podido dormir. como esta noche el mar es una balsa de aceite, duermo, duermo a pierna suelta durante casi cinco horas. Cuando despierto son las diez de la noche. Sigue la calma chicha. Ellos han comido sin mí y encuentro una especie de polenta muy bien hecha con harina de maíz, de lata, naturalmente, que como con algunas salchichas ahumadas. Es delicioso. El té está casi frío, pero no importa. Fumo y espero que el viento se digne a levantarse.

La noche está maravillosamente estrellada. La estrella Polar brilla con todo su fulgor y sólo la Cruz del Sur la gana en luminosidad. Se percibe claramente la Osa Mayor y la Menor. Ni una nube. La luna llena está bien instalada ya en el cielo estrellado. El bretón tirita. Ha perdido su guerrera y va en mangas de camisa. Le presto el impermeable. Iniciamos el séptimo día.

– Machos, no podemos estar lejos de Curasao. Tengo la impresión de que me he ido un poco demasiado hacia el norte. En adelante, voy a hacer pleno Oeste, Pues no debemos dejarnos atrás las Antillas holandesas. Sería grave, pues ya no tenemos agua potable y hemos perdido todos los víveres salvo los de reserva.

– En ti confiamos, Papillon -dice el bretón.

– Sí, en ti confiamos -repiten todos a coro-. Haz lo que te parezca.

– Gracias.

Creo que el acierto ha acompañado mis palabras. El viento se hace de rogar toda la noche y sólo hacia las cuatro de la mañana una buena brisa nos permite seguir adelante. Esta brisa, que aumentará de fuerza durante la mañana, seguirá durante más de treinta y seis horas con una potencia suficiente para que la embarcación navegue a buen ritmo, pero con olas tan pequeñas que ya no baten la quilla.


Curasao


Gaviotas. Primero los chillidos, pues es de noche. Luego, ellas, girando en torno de la embarcación. Una se posa en el mástil, se va, vuelve a posarse. Ese ajetreo dura más de tres horas, hasta que despunta el día con un sol radiante. Nada en el horizonte que nos indique tierra. ¿De dónde diablos vienen esas gaviotas? Durante todo el día, nuestros ojos escrutan en vano el horizonte Ni el menor indicio de tierra próxima. La luna llena sale cuando el sol se pone y esa luna tropical es tan brillante que su reverberación me lastima los ojos. Ya no tengo mis gafas ahumadas, se fueron con la famosa ola, así como todas mis gorras. Sobre las ocho de la noche, en el horizonte, lejísimos en esa luz lunar, percibimos una línea negra.

– Eso es tierra, ¡seguro! -exclamo, antes que nadie.

– Sí, en efecto.

En suma, todos están de acuerdo y dicen que ven una línea oscura que debe ser tierra. Durante todo el resto de la noche sigo con la proa puesta hacia esa sombra que poco a poco se hace precisa. Llegamos. Con fuerte viento, sin nubes y olas altas, pero largas y disciplinadas, nos acercamos a todo trapo. Esa masa negra no se eleva mucho sobre el agua y nada indica si la costa es de acantilados, escollos o arena. La luna, que se está poniendo al otro lado de esa tierra, hace una sombra que sólo me permite ver, a ras del agua, una cadena de luz, primero lisa y, luego, fragmentada. Me acerco, me acerco y, a un kilómetro aproximadamente echo el ancla. El viento es fuerte, la embarcación gira sobre sí misma y se encara con la ola, que la levanta cada vez que pasa. Es muy inquieto, o sea, muy incómodo. Por supuesto, las velas están arriadas y enrolladas. Hubiésemos podido esperar el día en esta desagradable pero segura posición, mas desgraciadamente de repente, el ancla se suelta. Para poder dirigir la embarcación, es necesario que se desplace, de lo contrario no se puede gobernar. Izamos el foque y el trinquete pero,-cosa rara, el ancla no engancha con facilidad. Mis compañeros tiran de la soga hacia bordo, pero el extremo final nos llega sin ancla, la hemos perdido. Pese a todos mis esfuerzos, las olas nos acercan tan peligrosamente a las rocas de esta tierra, que decido izar la vela e ir sin reservar hacia ella, con ímpetu. Hago tan bien la maniobra que nos encontramos encallados entre dos rocas con la canoa completamente desencajada. Nadie grita el “sálvese el que pueda”, pero cuando viene la ola siguiente, todos nos arrojamos a ella para llegar a tierra, arrollados, magullados, pero vivos. Sólo Clousiot, con su escayolado, ha sido más maltratado que nosotros por las olas. Tienen brazos, cara y manos ensangrentados, llenos de rasguños. Nosotros, algunos golpes en las rodillas, manos y tobillos. A mí me sangra una oreja que ha rozado con demasiada dureza con una roca.

Sea lo que sea, todos estamos vivos y a resguardo de las olas en tierra seca. Cuando sale el sol, recuperamos el impermeable y yo vuelvo a la embarcación, que empieza a desmontarse. Consigo arrancar el compás, clavado en el banco de popa. Nadie en las proximidades ni en los alrededores. Viramos hacia el sitio de las famosas luces, es una hilera de linternas que sirven para indicar a los pescadores -más adelante nos enteraremos de ello- que el paraje es peligroso. Nos vamos a pie tierra adentro. No hay más que cactos, enormes cactos y borricos. Llegamos a un pozo, muy cansados, pues, por turno, dos de nosotros hemos de llevar a Clousiot haciendo silla con los brazos. En torno del pozo, esqueletos de asnos y cabras. El pozo está seco, las aspas del molino que antaño lo hacían funcionar giran 'inútilmente sin subir agua. Ni un alma viviente, sólo asnos y cabras.

Nos acercamos a una casita cuyas puertas abiertas nos invitan a entrar. Gritamos:

– ¡Ah de la casa!

Nadie. Sobre la chimenea, un talego de lona atado con un cordón, lo cojo y lo abro. Al abrirlo, el cordón se rompe: está lleno de florines, moneda holandesa. Así, pues, estamos en territorio holandés: Bonaire, Curasao o Aruba. Dejamos el talego sin llevarnos nada, encontramos agua y cada uno de nosotros bebe un cazo. Nadie en la casa, nadie en los alrededores. Nos vamos y caminamos muy despacio, a causa de Clousiot, cuando un viejo “Ford” nos corta el paso.

– ¿Son ustedes franceses?

– Sí, señor.

– Hagan el favor de subir al coche.

Acomodamos a Clousiot sobre las rodillas de los tres que van atrás. Yo me siento al lado del conductor y Maturette en el mío.

– ¿Han naufragado?

– Sí.

– ¿Se ha ahogado alguien?

– No.

– ¿De dónde vienen?

– De Trinidad.

– ¿Y antes?

– De la Guayana francesa.

– ¿Presidiarios o relegados?

– Presidiarios.

– Soy el doctor Naal, propietario de esta lengua de terreno, que es una península de Curasao. Esta península es denominada la isla de los Asnos. Asnos y cabras viven aquí comiendo cactos espinosos. A las espinas el pueblo las llama “señoritas de Curasao”.

– No es muy lisonjero para las verdaderas señoritas de Curasao -le digo.

El gordo y alto caballero ríe estrepitosamente. El “Ford” jadeante, con un resoplido de asmático, se para solo. Señalando las manadas de asnos, digo:

– Si el coche ya no va, podemos hacernos arrastrar.

– Tengo una especie de arnés en el portaequipajes, pero todo estriba en que se pueda atrapar a un par de ellos y enjaezarlos. No es fácil, no.

El gordo señor levanta el capó y en seguida ve que un traqueteo demasiado fuerte ha desconectado un hilo que va a las bujías. Antes de subir al coche, mira a todos los lados, parece preocupado. Arrancamos y, tras haber cruzado por senderos abarrancados, desembocamos en un cercado pintado de blanco que nos corta el paso. Hay una casita blanca también. El señor habla en holandés a un negro muy claro y pulcramente vestido, que dice a cada momento: “Ya master, ya master.” Tras lo cual, él nos dice:

– He ordenado a ese hombre que les haga compañía y les dé de beber, si tienen sed, hasta que yo vuelva. Hagan el favor de apearse.

Nos apeamos y nos sentamos junto a la camioneta, en la hierba, a la sombra. El “Ford” destartalado se va. Apenas ha recorrido cincuenta metros, cuando el negro nos dice en papiamento, dialecto holandés de las Antillas, compuesto de palabras inglesas, holandesas, francesas y españolas, que su amo, el doctor Naal, ha ido a buscar a la Policía, pues tiene mucho miedo de nosotros, que le ha dicho que vaya con cuidado, pues nosotros éramos ladrones fugados. Y el pobre diablo de mulato no sabe qué hacer para sernos agradable. Prepara un café muy flojo pero que, con el calor, nos sienta bien. Aguardamos más de una hora hasta que llega un camión tipo coche celular, con seis policías vestidos a la alemana, y un coche descapotable con el conductor vestido con uniforme de la Policía y tres caballeros, uno de los cuales es el doctor Naal, atrás.

Bajan, y uno de ellos, el más bajito, con cara de cura recién afeitado, nos dice:

– Soy el jefe de la seguridad de la isla de Curasao. Por esa responsabilidad, me veo obligado a hacerles detener. ¿Han cometido ustedes algún delito desde que han llegado a la isla? Y si lo han cometido, ¿cuál es? ¿Y quién de ustedes?

– Señor, somos Presidiarios evadidos. Venimos de Trinidad y hace pocas horas que hemos estrellado nuestra embarcación en sus rocas. Soy el capitán de este pequeño grupo y puedo afirmar que ninguno de nosotros ha cometido el más leve delito.

El comisario se vuelve hacia el gordo doctor Naal y le habla en holandés. Ambos discuten todavía, cuando llega un individuo en bicicleta. Tanto al doctor Naal como al comisario les habla rápida y ruidosamente.

– Señor Naal, ¿por qué dijo usted a ese hombre que somos ladrones?

– Porque ese hombre que usted ve ahí me informó antes de que les encontrase a ustedes, que, escondido detrás de un cacto, les vio entrar y salir de su casa. Ese hombre es un empleado mío que cuida parte de los asnos.

– ¿Y porque hemos entrado en la casa somos ladrones? Lo que dice usted es una tontería, caballero. Sólo hemos tomado agua, ¿le parece eso un robo?

– ¿Y el talego de florines?

– El talego lo he abierto, en efecto, y hasta he roto el cordón al abrirlo. Pero sólo me he limitado a ver qué moneda contenía para saber en qué país estábamos. Escrupulosamente, he repuesto el dinero y el talego en el mismo sitio donde estaban, en la repisa de una chimenea.

El comisario me mira en los ojos y, volviéndose bruscamente hacia el hombre de la bicicleta, le habla con mucha dureza. El doctor Naal. hace un ademán y quiere hablar. Muy secamente, a la alemana, el comisario le impide que intervenga. El comisario hace subir al hombre de la bicicleta junto al chófer de su coche, sube a su vez y, acompañado de dos policías, se va. Naal y el otro hombre que ha llegado con él entran en la casa junto a nosotros.

– Les debo una explicación -nos dice-. Ese hombre me dijo que el talego había desaparecido. Antes de hacerles cachear a ustedes, el comisario le interrogó por suponer que mentía. Si son ustedes inocentes, lamento el incidente, pero no ha sido por mi culpa.

Antes de un cuarto de hora, vuelve el coche y el comisario me dice:

– Ha dicho usted la verdad, ese hombre es un infame embustero. Será castigado por haber pretendido causarle un grave perjuicio.

Entretanto, el tipo aquel es obligado a subir en el coche celular, los otros cinco suben también y yo iba a hacerlo, cuando el comisario me retiene y me dice:

– Siéntese en mi coche, al lado del chófer.

Salimos antes que el camión y, muy pronto, lo perdemos de vista. Vamos por carreteras bien asfaltadas y, luego, entramos en la ciudad, cuyas casas son de estilo holandés. Todo es muy limpio y la mayoría de la gente va en bicicleta. Cientos de personas sobre dos ruedas van y vienen así por la ciudad. Entramos en el puesto de Policía. De un gran despacho donde hay varios oficiales de Policía, todos de blanco, cada uno en su escritorio, pasamos a otra pieza que tiene aire acondicionado. Hace fresco. Un hombre alto y fuerte, rubio, de unos cuarenta años aproximadamente, está sentado en un sillón. Se levanta y habla en holandés. Terminada la conversación, el comisario dice en francés:

– Le presento al primer comandante de Policía de Curasao. Mi comandante, este hombre es un francés, jefe del grupo de seis hombres que hemos detenido.

– Bien, comisario. Sean ustedes bien venidos a Curasao a título de náufragos. ¿Cuál es su nombre de pila?

– Henri.

– Bien, Henri, ha debido usted pasar un mal rato con el incidente del talego, pero ese incidente le favorece también, pues demuestra sin lugar a dudas que es usted un hombre honrado. Voy a hacer que le den una sala bien alumbrada con litera para que descanse. Su caso será sometido al gobernador, quien dará las órdenes pertinentes. Tanto el comisario como yo intervendremos en favor de ustedes.

Me tiende la mano y salimos. En el patio, el doctor Naal se disculpa de nuevo y me promete intervenir también en favor de nosotros. Dos horas después, estamos todos encerrados en una sala muy grande, rectangular, con una docena de camas y una larga mesa de madera con bancos en medio. Con los dólares de Trinidad pedimos a un policía, por la puerta enrejada, que nos compre tabaco, papel y fósforos. No toma el dinero y no comprendemos lo que ha contestado.

– Ese negro de ébano dice Clousiot- tiene aspecto de ser muy servicial. Pero el tabaco no llega.

Voy a llamar a la puerta, cuando, en el mismo instante ésta se abre. Un hombrecillo, tipo coolí, con un traje gris de preso y un número en el pecho para que no haya dudas nos dice:

– El dinero cigarrillos.

– No. Tabaco, fósforos y papel.

Pocos minutos después vuelve con todo ello, y un gran puchero humeante que contiene chocolate o cacao. Cada cual bebe uno de los tazones que ha traído el preso.

Por la tarde vienen a buscarme. Voy otra vez al despacho del comandante de Policía.

– El gobernador me ha dado orden de dejarles libres en el patio de la prisión. Diga a sus compañeros que no intenten evadirse, pues las consecuencias serían graves para todos. Usted, en tanto que capitán, puede salir a la ciudad cada mañana durante dos horas, de diez a doce, y cada tarde de tres a cinco. ¿Tiene usted dinero?

– Sí. Inglés y francés.

– Un policía de paisano le acompañará adonde usted quiera en sus paseos.

– ¿Qué van a hacer de nosotros?

– Creo que intentaremos embarcarles uno a uno en petroleros de diferentes naciones. Como Curasao tiene una de las mayores refinerías del mundo que trata el petróleo de Venezuela cada día entran y salen de veinte a veinticinco petroleros de todos los países. Para ustedes sería la solución ideal, pues llegarían a esos Estados sin ningún problema.

– ¿Qué países, por ejemplo? ¿Panamá, Costa Rica, Guatemala, Nicaragua, México, Canadá, Cuba, Estados Unidos y los países de leyes inglesas?

– Imposible, y Europa tampoco es posible. Sin embargo, estén tranquilos, tengan confianza, déjennos hacer algo para ayudarles a poner el pie en el estribo del camino de una vida nueva.

– Gracias, comandante.

Lo cuento todo fielmente a mis camaradas. Clousiot, el más marrullero de la pandilla, me dice:

– ¿Qué piensas tú de eso, Papillon?

– Todavía no lo sé, me temo que se trate de un camelo para que nos estemos quietos, para que no nos fuguemos.

– Me temo que tengas razón dice él.

El bretón cree en ese plan maravilloso. El tipo de la plancha está exultante. Dice:

– Si no hay canoa, no hay aventura, eso es seguro. Cada uno llega a un país cualquiera en un gran petrolero y entra oficialmente en territorio amigo.

Leblond es del mismo parecer.

– ¿Y tú, Maturette? ¿Qué opinas?

Y ese chaval de diecinueve años, ese cabrito transformado accidentalmente en presidiario, ese chiquillo de rasgos más finos que una mujer, dice con su dulce voz:

– ¿Creéis que esos cabezas cuadradas de policías amañarán o falsificarán documentos de identidad para nosotros? No lo creo. Todo lo más, podrían hacer la vista gorda para que, uno a uno, embarcásemos clandestinamente a bordo de un petrolero cuando zarpase. Más, no. Y aún lo harían para desembarazarse de nosotros sin quebraderos de cabeza. Esta es mi opinión. El cuento ese no me lo trago.

Salgo muy raramente, un poco por la mañana, para hacer algunas compras. Hace una semana que estamos aquí y no hay novedad. Empezamos a ponernos nerviosos. Una tarde, vemos a tres curas rodeados de policías que visitan celdas y salas sucesivamente. Se paran largo rato en la celda más próxima a nosotros, donde está un negro acusado de violación. Suponiendo que vendrán donde nosotros estamos, entramos todos en la sala y nos sentamos en nuestras respectivas camas. En efecto, al poco rato, entran los tres, acompañados por el doctor Naal, el comandante de Policía y un graduado vestido de blanco que debe ser oficial de Marina.

– Monseñor, he aquí a los franceses,dice en francés el comandante de Policía-. Llevan una conducta ejemplar.

– Les felicito, hijos míos. Sentémonos en los bancos en torno de esa mesa, estaremos mejor para conversar.

Todo el mundo se sienta, incluidos los que acompañan al obispo. Traen un taburete que estaba delante de la puerta, en el patio, y lo ponen junto al extremo de la mesa. Así, el obispo ve bien a todo el mundo.

– Los franceses son casi todos católicos, ¿quién de vosotros no lo es?

Nadie levanta la mano. Pienso que el cura de la Conciergerie casi me bautizó y yo también debo considerarme católico.

– Amigos míos, desciendo de franceses, me llamo Iréneé de Bruyne. Mis antepasados eran protestantes hugonotes que se refugiaron en Holanda cuando Catalina de Médicís les perseguía a muerte. Soy, pues, de sangre francesa, obispo de Curasao, ciudad donde hay más protestantes que católicos pero donde los católicos son plenamente creyentes y practicantes. ¿Cuál es vuestra situación?

– Esperamos ser embarcados uno después de otro en petroleros.

– ¿Cuántos se han ido de esa manera?

– Ninguno, todavía.

– ¡Vaya! ¿Qué dice usted a eso, comandante? Contésteme, por favor, en francés, lo habla usted muy bien.

– Monseñor, el gobernador ha tenido sinceramente la idea de ayudar a esos hombres empleando dicha fórmula, pero debo decir, sinceramente también, que, hasta la fecha, ni un solo capitán de barco ha querido aceptar encargarse de uno solo de ellos, sobre todo porque no tienen pasaporte,

– Por ahí debe empezarse. ¿No podría el gobernador darles a cada uno un pasaporte excepcional?

– No lo sé. Nunca me ha hablado de eso.

– Pasado mañana, diré una misa por vosotros. ¿Queréis venir, mañana por la tarde, a confesaros? Os confesaré personalmente, a fin de ayudaros para que Dios perdone vuestros pecados. ¿Puede mandármelos usted a la catedral a las tres?

– Sí.

– Me gustaría que viniesen en taxi o en coche particular.

– Les acompañaré yo mismo, monseñor -dice el doctor Naal.

– Gracias, hijo mío. Hijos míos, no os prometo nada. Sólo os diré una cosa: a partir de este momento, me esforzaré por seros lo más útil posible.

Al ver que Naal le besa el anillo y tras él el bretón, rozamos con nuestros labios el anillo episcopal y le acompañamos hasta su coche, que está aparcado en el patio.

El día siguiente, todos nos confesamos con el obispo. Yo soy el último.

– Anda, hijo, empieza por el pecado más grave.

– Padre, en primer lugar, no estoy bautizado, pero un cura, en la prisión de Francia, me dijo que, bautizado o no, todos somos hijos de Dios.

– Tenía razón. Bien. Salgamos del confesionario y cuéntamelo todo.

Le cuento mi vida detalladamente. Durante mucho rato, con paciencia, muy atentamente, ese príncipe de la Iglesia me escucha sin interrumpirme. Ha tomado mis manos en las suyas y, a menudo, me mira en los ojos y, algunas veces, en los pasajes difíciles de declarar, baja los ojos para ayudarme en mi confesión. Ese sacerdote de sesenta años tiene los ojos y el semblante tan puros, que refleja un no sé qué infantil. Su alma límpida y seguramente henchida de infinita bondad irradia en todos sus rasgos, y su mirada color gris claro penetra en mí como un bálsamo en una herida. Quedamente, muy quedamente, siempre con mis manos en las suyas, me habla con tanta suavidad que parece un murmullo:

– A veces, Dios hace que sus hijos soporten la maldad humana para que aquel que ha escogido como víctima salga de ello más fuerte y más noble que nunca. Ves tú, hijo mío, si no hubieses tenido que subir ese calvario, nunca habrías podido elevar te tan arriba y acercarte tan intensamente a la verdad de Dios. Diré más: las gentes, los sistemas, los engranajes de esa horrible máquina que te ha triturado, los seres fundamentalmente malos que te han torturado y perjudicado de diferentes maneras te han hecho el mayor favor que podían hacerte. Han provocado en ti un nuevo ser, superior al primero y, hoy, si tienes el sentido del honor, de la bondad, de la caridad y la energía necesaria para superar todos los obstáculos y volverte superior, a ellos se lo debes. Esas ideas de venganza, de castigar a cada cual en razón de la importancia del daño que te haya hecho, no pueden prosperar en un ser como tú. Debes ser un salvador de hombres y no vivir para hacer daño, aunque creas que este daño sea justificado. Dios ha sido generoso contigo. Te ha dicho: “Ayúdate, que yo te ayudaré.” Te ha ayudado en todo y hasta te ha permitido salvar a otros hombres y llevarles hacia la libertad. Sobre todo, no creas que todos esos pecados que has cometido sean muy graves. Hay muchas personas de elevada posición social que se han hecho culpables de hechos mucho más graves que los tuyos. Sólo que ellas no han tenido, en el castigo infligido por la justicia de los hombres, la ocasión de elevarse como la has tenido tú.

– Gracias, padre. Me ha hecho usted un bien enorme, para toda mi vida. No lo olvidaré jamás.

Y le beso las manos.

– Vas a irte de nuevo, hijo mío, y arrostrarás otros peligros. Quisiera bautizarte antes de tu marcha. ¿Qué te parece?

– Padre mío, déjeme así por el momento. Mi papá me crió sin religión. Tiene un corazón de oro. Cuando mamá murió, supo hallar, para quererme más aún, gestos, palabras, atenciones de madre. Creo que si me dejo bautizar cometería una especie de traición hacia él. Déjeme tiempo de ser completamente libre con una identidad establecida, una forma de vida normal, para que, cuando le escriba, le pregunte si puedo, sin causarle pena, abandonar su filosofía y hacerme bautizar.

– Te comprendo, hijo mío, y estoy seguro de que Dios está contigo. Te bendigo y pido a Dios que te proteja.

– He aquí cómo monseñor Iréneé de Bruyne se describe enteramente en ese sermón -me dice el doctor Naal.

– Es verdad, señor. Y ahora, ¿qué piensa usted hacer?

– Pediré al gobernador que dé orden a la aduana de que me concedan prioridad en la primera venta de embarcaciones secuestradas a los contrabandistas. Irá usted conmigo para dar su opinión y escoger la que le convenga. Para todo lo demás, alimentos y ropas, no habrá problemas.

Desde el día del sermón del obispo, tenemos visitas constantemente sobre todo por la tarde hacia las seis. Esas personas quieren conocernos. Se sientan en los bancos de la mesa y cada una trae algo que deja sobre una cama, pero lo deja sin tan siquiera decir: Le he traído esto. Sobre las dos de la tarde, acuden siempre hermanitas de los pobres acompañadas por la superiora que hablan muy bien francés. Su capazo siempre está lleno de cosas buenas cocinadas por ellas. La superiora es muy joven, menos de cuarenta años. No se le ve el cabello, recogido en una toca blanca, pero sus ojos son azules y sus cejas rubias. Pertenece a una importante familia holandesa (información del doctor Naal) y ha escrito a Holanda para que se busque otro medio que el de mandarnos fuera por mar. Pasamos buenos momentos juntos y, repetidas veces me hace relatar nuestra evasión.

En ocasiones, me pide que le cuente directamente a las hermanas que la acompañan y que hablan francés. Y si me olvido o paso por alto un detalle, me llama suavemente al orden:

– Henri, no corra tanto. Se salta usted la historia del guaco… ¿Por qué se olvida de las hormigas, hoy? ¡Es muy importante lo de las hormigas, pues gracias a ellas fue usted sorprendido por el bretón de la máscara!

Lo cuento todo porque aquellos son momentos tan dulces, tan completamente opuestos a todo cuanto hemos vivido, que una luz celestial ilumina de un modo irreal ese camino de la podredumbre en vías de desaparecer.

He visto la embarcación, un magnífico batel de ocho metros de largo, con muy buena quilla, mástil muy alto y velas inmensas. Está construido especialmente para pasar contrabando. El equipo está completo, pero hay sellos lacrados de la aduana por todas partes. Un caballero inicia la subasta con seis mil florines, aproximadamente mil dólares. Total, que nos lo dan por seis mil un florines, después de que el doctor Naal haya musitado unas palabras a ese caballero.

En cinco días, estamos preparados. Recién pintada, atiborrada de vituallas bien guardadas en la bodega, esta embarcación con media cubierta es un regalo regio. Seis maletas, una para cada uno, con ropas nuevas, zapatos, todo lo necesario para vestirse, son envueltas en una lona impermeable, y, luego, colocadas en el rool de la embarcación.


La prisión de Río Hacha


Al despuntar el día, zarpamos. El doctor y las hermanitas han venido a decirnos adiós. Desatracamos con facilidad del muelle, el viento nos toma en seguida y navegamos normalmente. Sale el sol, radiante. Una jornada sin tropiezos nos aguarda. Enseguida me percato de que la embarcación tiene demasiado velamen y no está lo suficientemente lastrada. Decido ser prudente. Avanzamos a toda velocidad. Este batel es un pura sangre en cuanto a rapidez se refiere, pero envidioso e irritable. Hago pleno Oeste. Hemos tomado el acuerdo de desembarcar clandestinamente en la costa colombiana a los tres hombres que se nos unieron en Trinidad. No quieren saber nada de una larga travesía, dicen que confían en mí, pero en el tiempo ya no. En efecto, según los boletines meteorológicos de los diarios que leímos en la prisión, se espera mal tiempo y hasta huracanes. Reconozco su derecho y queda convenido que les desembarcaré en una península solitaria y deshabitada, llamada la Guajira. Nosotros tres proseguiremos hasta Honduras británica. El tiempo es espléndido y la noche estrellada que sigue a esta jornada radiante nos facilita, gracias a una media luna potente, ese proyecto de desembarco. Vamos recto hacia la costa colombiana, echo el ancla y, poco a poco, sondeamos para ver si pueden desembarcar. Por desgracia, el agua es muy profunda y hemos de acercarnos peligrosamente a una costa rocosa para llegar a tener menos de un metro cincuenta de agua. Nos estrechamos la mano, todos ellos bajan, ponen pie y, luego, con la maleta a la cabeza, avanzan hacia tierra. Observamos la maniobra con interés y un poco de tristeza. Esos camaradas se han portado bien con nosotros, han estado a la altura de las circunstancias. Es una lástima que abandonen el batel. Mientras se acercan a la costa, el viento remite completamente. ¡Mierda! ¡Con tal de que no sean vistos desde la población señalada en el mapa que se llama Río Hacha! Es el primer puerto donde hay autoridades policíacas. Esperemos que no. Me parece que nos encontramos bastante más arriba del punto indicado por razón del pequeño faro que está en la punta que acabamos de rebasar.

Esperar, esperar… Los tres han desaparecido tras habernos dicho adiós con sus pañuelos blancos. ¡El viento, maldita sea! ¡Viento para despegar de esta tierra colombiana que es un signo de interrogación para nosotros! En efecto, no sabemos si entregan a los presos evadidos o no. Nosotros tres preferimos la certidumbre de Honduras Británica a la incógnita de Colombia. El viento no se levanta hasta las tres de la tarde. Podemos irnos. Izo todo el velamen e, inclinado quizá un poco demasiado, navego despacio durante más de dos horas cuando, de pronto, una lancha rápida se dirige recto sobre nosotros y dispara tiros de fusil al aire para hacernos parar. Sigo adelante sin obedecer, tratando de ganar alta mar fuera de las aguas jurisdiccionales. Imposible. Esta poderosa lancha nos alcanza en menos de hora y media de caza y, apuntados por diez hombres, fusil en mano, nos vemos obligados a rendirnos.

Esos soldados o policías que nos han detenido tienen todos unas pintas muy particulares: pantalón sucio que en un principio fue -blanco, jerseys de lana que, seguramente, jamás han sido lavados, con rotos, todos descalzos, salvo el “comandante”, mejor vestido y más limpio. Van mal vestidos, pero armados hasta los dientes: cartuchera llena de balas al cinto, fusiles de guerra bien cuidado! y, por si esto fuese poco, una funda con un gran puñal y el mango al alcance de la mano. El que ellos llaman “comandante” tiene cara de mestizo asesino. Lleva una gran pistola que pende, a su vez, de un cinto lleno de balas. Como sólo hablan español, no comprendemos lo que dicen, pero ni su mirada, ni sus gestos, ni el tono de su voz son simpáticos, todo es hostil.

Vamos a pie desde el puerto a la cárcel, cruzando la aldea que, en efecto, es Río Hacha, encuadrados por seis ganapanes, tres que caminan a dos metros, con el arma dirigida contra nosotros. La llegada no resulta, pues, demasiado simpática.

Llegamos al patio de una prisión rodeada por un pequeño muro. Una veintena de presos barbudos y sucios están sentados o de pie, y también nos miran con ojos hostiles.

– Vamos, vamos'.

Comprendemos lo que quieren decir. Lo cual nos resulta difícil, pues Clousiot, aunque vaya mucho mejor sigue caminando sobre el hierro de su pierna escayolada y no puede ir de prisa. El “comandante”, que se ha quedado atrás, nos alcanza llevando bajo el brazo la brújula y el impermeable. Come nuestras galletas con nuestro chocolate, y en seguida comprendemos que se nos despojará de todo. No nos hemos engañado. Estamos encerrados en una sala cochambrosa con una ventana de gruesos barrotes. En el suelo, tablas con una especie de almohada de madera a un lado: son camas. “Franceses, franceses”, viene a decirnos en la ventana un preso, cuando los policías se han ido tras habernos encerrado.

– ¿Qué quieres?

– ¡Franceses, no bueno, no bueno!

– ¿No bueno, qué?

– Policía.

– ¿Policía?

– Sí, policía no bueno.

Y se va. Ha caído la noche, la sala está alumbrada por una bombilla eléctrica que debe ser de poca potencia, pues apenas ilumina. Los mosquitos zumban en nuestros oídos y se meten en nuestras narices.

– ¡Vaya, estamos frescos! Nos costará caro haber desembarcado a aquellos tipos.

– ¡Qué se le va a hacer! No lo sabíamos. De todos modos, si hubiésemos tenido viento…

1. En castellano en el original, así como todas las palabras españolas que aparezcan en cursiva.

– Te has acercado demasiado -dice Clousiot.

– Cállate ya. No es el momento de acusarse o de acusar a los demás, es el momento de juntar los codos. Debemos estar más unidos que nunca.

– Perdón, tienes razón, Papi. No es culpa de nadie.

¡Oh! Sería injusto haber luchado tanto para que la fuga terminase aquí de manera lamentable. No nos han registrado. Llevo mi estuche en el bolsillo y me apresuro a colocármelo en su escondrijo. Clousiot se mete también el suyo. Hemos hecho bien no deshaciéndonos de ellos. Por lo demás, es un portamonedas hermético y poco voluminoso, fácil de guardar en el interior de nosotros. Mi reloj marca las ocho de la noche. Nos traen azúcar sin refinar, color marrón, un pedazo como el puño para cada uno, y tres paquetes de pasta de arroz hervida con sal.

– ¡Buenas noches!

– Eso debe significar: bonne nuit -dice Maturette.

El día siguiente, a las siete, nos sirven en el patio un excelente café en vasos de madera. Sobre las ocho, pasa el “comandante”. Le pido que me deje ir al barco para recoger nuestros trastos. O no lo ha entendido, o lo hace ver. Cuanto más le miro, más pinta de asesino le encuentro. En el costado izquierdo lleva una botellita en una funda de cuero, la saca, bebe un trago, escupe y me alarga el frasco. Ante ese primer gesto de amabilidad, lo tomo y bebo. Afortunadamente, he tragado poco, es fuego con sabor a alcohol de quemar. Lo engullo rápidamente y me pongo a toser y él se ríe a carcajadas. ¡Maldito indio mestizo de negro!

A las diez, llegan varios paisanos vestidos de blanco y encorbatados. Son seis o siete y entran en un edificio que parece ser la dirección de la cárcel…Nos mandan llamar. Todos están sentados en sillas, formando semicírculo en una sala donde campea un gran cuadro de un oficial blanco muy condecorado, el presidente Alfonso López de Colombia. Uno de los caballeros manda sentar a Clousiot y le habla en francés, nosotros seguimos de pie. El individuo del centro, flaco, nariz picuda de águila y gafas ahumadas, comienza a interrogarme. El intérprete no traduce nada y me dice:

– El señor que acaba de hablar y va a interrogarle es el juez de la ciudad de Río Hacha, los otros son notables, amigos suyos. Yo, que hago de traductor, soy un haitiano que dirige los trabajos de electricidad de este departamento. Creo que entre esa gente, pese a que no lo digan, algunos comprenden un poco de francés, quizás incluso el mismo juez.

El juez se impacienta con ese preámbulo y empieza su interrogatorio en español. El haitiano traduce sucesivamente preguntas, y respuestas.

– ¿Son franceses?

– Sí.

– ¿De dónde vienen?

– De Curasao.

– ¿Y antes?

– De Trinidad.

– ¿Y antes?

– De Martinica.

– Miente usted. Nuestro cónsul en Curasao, hace más de una semana, fue avisado para que mandase vigilar las costas porque seis evadidos de la penitenciaría de Francia iban a tratar de desembarcar aquí.

– Está bien. Somos fugados de la penitenciaría.

– ¿Cayenero, entonces?

– Sí.

– Cuando un país tan noble como Francia les ha mandado tan lejos y castigado tan severamente, ¿es porque son bandidos muy peligrosos?

– Quizá.

– ¿Ladrones o asesinos?

– Homicidas.

– Matador, que viene a ser lo mismo. Entonces, ¿son matadores? ¿Dónde están los otros tres?

– Se quedaron en Curasao.

– Miente usted otra vez. Los han desembarcado a sesenta kilómetros de aquí en un pueblo que se llama Castillete. Afortunadamente, han sido detenidos, y estarán aquí dentro de unas horas. ¿Han robado esa embarcación?

– No, nos la regaló el obispo de Curasao.

– Bien. Se quedarán presos aquí hasta que el gobernador decida lo que debe hacerse con ustedes. Por haber cometido el delito de desembarcar a tres de sus cómplices en territorio colombiano e intentar luego, hacerse de nuevo a la mar, condeno a tres meses de prisión al capitán del barco, usted, y a un mes a los otros. Pórtense bien, si no quieren ser castigados corporalmente por los policías, que son hombres muy duros. ¿Tiene usted algo que objetar?

– No. Sólo deseo recoger mis efectos y los víveres que están a bordo de la embarcación.

– Todo eso queda confiscado por la aduana, salvo un pantalón, una camisa, una chaqueta y un par de zapatos para cada uno de ustedes. El resto está confiscado y no insista: no hay nada que hacer, es la ley.

Nos retiramos al patio. El juez es asaltado por los míseros presos del país:

– ¡Doctor, doctor!

Pasa entre ellos, pagado de su importancia, sin responder y sin pararse. Sale de la prisión con sus acompañantes y todos desaparecen.

A la una, llegan los otros tres en un camión con siete u ocho hombres armados. Bajan muy corridos con su maleta. Entramos con ellos en la sala.

– ¡Qué monstruoso error hemos cometido y os hemos hecho cometer! -dice el bretón-. No tenemos perdón, Papillon. Si quieres matarme, puedes hacerlo, no me defenderé. No somos hombres, somos unos mariquitas. Hemos hecho eso por miedo del mar. Pues bien, según la impresión que tengo de Colombia y de los colombianos, los peligros del mar eran de risa comparados con los peligros de estar en manos de individuos como ésos. ¿Os trincaron por culpa del viento?

– Sí, bretón. No tengo por qué matar a nadie. Todos nos hemos equivocado. Yo no tenía más que negarme a desembarcaros y no habría pasado nada.

– Eres muy bueno, Papi.

– No, soy justo. -Les cuento el interrogatorio-. En fin, quizás el gobernador nos deje en libertad.

– ¡Hombre! Como se dice: esperemos, pues la esperanza es lo último que se pierde.

A mi parecer, las autoridades de este terruño medio civilizado no pueden tomar una decisión sobre nuestro caso. Sólo en las elevadas esferas decidirán si podemos quedarnos en Colombia, si debemos ser entregados a Francia, o devueltos a nuestra embarcación para ir más lejos. Me extrañaría mucho que esas gentes a quienes no hemos causado ningún perjuicio tomasen la decisión más grave, al fin y al cabo, no hemos cometido ningún delito en su territorio.

Hace ya una semana que estamos aquí. No hay variación, de no ser que se habla de trasladarnos bien custodiados a una ciudad más importante, a doscientos kilómetros de distancia, Santa Marta. Esos policías con pinta de bucaneros o de corsarios no han cambiado de actitud para con nosotros. Ayer mismo, uno de ellos casi me hiere al disparar su fusil porque le cogí mi jabón en el lavadero. Seguimos en esta sala plagada de mosquitos, afortunadamente un poco más limpia que cuando vinimos, gracias a Maturette y al bretón, que la friegan cada día. Comienzo a desesperarme, pierdo la confianza. Esa raza de colombianos, mezcla de indios y de negros, mestizos de indios y de españoles que en otros tiempos fueron los dueños de este país, me hace perder la confianza. Un preso colombiano me presta un periódico atrasado de Santa Marta. En primera plana, nuestras seis fotos y, abajo, el “comandante” de la Policía, con su enorme sombrero de fieltro, un puro en la boca y la fotografía de una decena de policías armados con sus trabucos. Comprendo que la captura ha sido novelada, aumentando el papel desempeñado por ellos, Diríase que Colombia entera se ha salvado de un terrible peligro con nuestra detención. Y, sin embargo, la foto de los bandidos es más simpática de mirar que la de los policías. Los bandidos tienen más bien aspecto de gente honrada, en tanto que los policías, con perdón, empezando por el “comandante”, quedan retratados. ¿Qué hacer? Empiezo a saber algunas palabras de español: jugarse; preso; matar; cadena; esposas; hombre; mujer.


Nos las piramos de Río Hacha


En el patio hay un tipo que lleva esposas constantemente. Me hago amigo de él. Fumamos del mismo cigarro, un cigarro largo y fino, muy fuerte, pero fumamos. He comprendido que él hace contrabando entre Venezuela y la isla de Aruba. Está acusado de haber dado muerte a unos guardacostas y espera a que le procesen. Algunos días, está extraordinariamente sosegado, y otros, nervioso y excitado. Consigo observar que está sosegado cuando han venido a verle y ha masticado unas hojas que le traen. Un día, me da media hoja, en seguida comprendo. Lengua, paladar y labios se me quedan insensibles. Las hojas son hojas de coca. Ese hombre de treinta y cinco años, de brazos vellosos y pecho cubierto de pelos rizados, muy negros, debe tener una fuerza poco común. Sus pies descalzos tienen una planta tan callosa, que muchas veces se quita astillas de vidrio o un clavo, que se han hincado en ella, pero sin alcanzar la carne.

Una vez que me visitó el haitiano, le había pedido un diccionario francés-español.

– Fuga, tú y yo -le digo una noche al contrabandista.

El tipo aquel ha comprendido, y me hace signo de que él querría evadirse también, pero, con esposas… Son esposas americanas de seguridad. Tienen una hendidura para la llave que, seguramente, debe ser una llave plana. Con un alambre doblado en el extremo, el bretón me fabrica una ganzúa. Tras algunas pruebas, abro las esposas de mi nuevo amigo cuando quiero. Por la noche, está solo en el calabozo de barrotes bastante gruesos. En nuestra sala, los barrotes son finos, seguramente pueden separarse. No habrá que cortar, pues, más que una reja, la de Antonio (se llama Antonio, el colombiano).

– ¿Cómo se puede conseguir una lima?

– Plata.

– ¿Cuánto?

– Cien pesos.

– ¿Dólares?

– Diez.

Total, que por diez dólares que le doy se encuentra en posesión de dos limas. Dibujando en la tierra del patio, le explico que cada vez que haya limado un poco, debe mezclar las limaduras con la pasta de las albóndigas de arroz que nos dan y tapar bien la hendidura. A última hora, antes de recogerse, le abro una esposa. En caso de que se las examinasen, basta con apretarla para que se cierre sola. Tarda tres noches en cortar el barrote. Me explica que en menos de un minuto terminará de cortarlo y que está seguro de poderlo doblar con las manos. Debe venir a buscarnos.

Llueve a menudo, por lo que dice que acudirá la primera noche de lluvia. Esta noche llueve torrencialmente. Mis camaradas están al corriente de mis proyectos, ninguno quiere seguirme, pues creen que la región a la que pienso ir queda demasiado lejos. Quiero ir a la punta de la península colombiana, en la frontera con Venezuela. El mapa que poseemos señala que ese territorio se llama Guajira y que es un territorio disputado, ni colombiano ni venezolano. El colombiano dice que eso es la tierra de los indios y que no hay Policía allá, ni colombiana ni venezolana. Algunos contrabandistas pasan por allí. Es peligroso, porque los indios guajiros no toleran que un hombre civilizado penetre en su territorio. En el interior de las tierras, cada vez son más peligrosos. En la costa, hay indios pescadores que, a través de otros indios un poco más civilizados, trafican con la población de Castillete y una aldea, La Vela. El, Antonio, no quiere ir allá. Sus compañeros o él mismo tuvieron que dar muerte a algunos indios durante una refriega que tuvieron con ellos, un día que su embarcación cargada de contrabando zozobró en aquel territorio. Antonio se compromete a llevarme muy cerca de Guajira, pero luego deberé continuar solo. Todo eso, huelga decirlo, ha sido muy laborioso de ~ entre ambos, porque él emplea palabras que no están en el diccionario. Así pues, esta noche llueve torrencialmente. Estoy junto a la ventana. Hace tiempo que está desprendida una tabla del zócalo. Haremos palanca con ella para separar los barrotes. Tras una prueba que hicimos dos noches antes, hemos visto que cedían fácilmente.

– Listo.

Pegada a los barrotes, asoma la jeta de Antonio. De un golpe, ayudado por Maturette y el bretón, el barrote no sólo se separa, sino que se desprende de abajo. Me aúpan y recibo unas nalgadas, antes de desaparecer. Esas nalgadas son el apretón de manos de mis amigos. Ya estamos en el patio. La lluvia torrencial hace un ruido de mil diablos al caer en los techos de chapa ondulada. Antonio me coge de la mano y me arrastra hasta la tapia. Saltarla es cosa de niños, pues sólo tiene dos metros. Sin embargo me corto la mano con un trozo de vidrio del borde. No importa, en marcha. El condenado de Antonio consigue encontrar el camino en medio de esta lluvia que nos impide ver a tres metros Aprovecha la inclemencia del tiempo para cruzar a pecho descubierto toda la población, y, luego, seguimos por un sendero que discurre entre la selva y la costa. Muy avanzada la noche, una luz. Debemos dar un gran rodeo en la selva, por suerte poco tupida, y volvemos al sendero. Caminamos bajo la lluvia hasta el alba. Al salir, Antonio me había dado una hoja de coca que masco de la misma manera que se lo he visto hacer a él en la cárcel. No estoy cansado en absoluto cuando sale el sol. ¿Será la hoja? Seguramente. Pese a la luz, seguimos andando. De vez en cuando, él echa cuerpo a tierra y pega el oído a aquel suelo empapado de agua. Y proseguimos.

Tiene una manera curiosa de andar. No corre ni camina; lo hace a pequeños brincos, todos de la misma longitud, balanceando los brazos como si remase en el aire. Debe de haber oído algo, pues me conduce a la selva. Sigue lloviendo. En efecto, ante nuestros ojos pasa un rodillo tirado por un tractor, seguramente para apisonar la tierra de la carretera.

Las diez y media de la mañana. La lluvia ha cesado, el sol ha salido. Tras haber caminado más de un kilómetro por la hierba y no por el sendero, hemos penetrado en la selva. Tumbados bajo una planta muy tupida, rodeados por una vegetación espesa y llena de pinchos, creo que no tenemos nada que temer y, sin embargo, Antonio no me deja fumar, ni siquiera hablar bajo. Antonio no para de tragar el zumo de las hojas. Yo hago lo mismo que él, pero con un poco de moderación. Lleva una bolsita con más de veinte hojas dentro, me la enseña. Sus magníficos dientes brillan en la oscuridad cuando se ríe silenciosamente. Como los mosquitos no nos dejan en paz, ha mascado un cigarro y, con la saliva llena de nicotina, nos pringamos la cara y las manos. Después, quedamos tranquilos. Son las siete. Ha caído la noche, pero la luna alumbra demasiado el sendero. Antonio pone el dedo sobre las nueve y dice: lluvia. Comprendo que a las nueve lloverá. En efecto, a las nueve y veinte minutos llueve. Reanudamos la marcha. Para estar a su altura, he aprendido a saltar caminando y a remar con los brazos. No es difícil, se avanza con más rapidez que caminando de prisa y, sin embargo, no se corre. En la oscuridad, hemos debido meternos tres veces en la selva para dejar que pase un coche, un camión y una carreta tirada por dos asnos. Gracias a esas hojas, no me siento cansado cuando amanece. La lluvia cesa a las ocho y, entonces otra vez, caminamos despacio por la hierba durante más de un kilómetro. Luego, nos escondemos en la selva. Lo malo de esas hojas es que no dejan dormir. No hemos pegado ojo desde que nos fuimos. Las pupilas de Antonio están tan dilatadas, que ya carecen de iris. Las mías deben de estar igual.

Las nueve de la noche. Llueve. Parece como si la lluvia esperase esa hora para empezar a caer. Más adelante, me enteraré de que en los trópicos, cuando la lluvia comienza a caer a una hora determinada, durante todo el cuarto de luna caerá a la misma hora cada día y cesará a la misma hora también. Esta noche, al principio de la andadura, oímos gritos y luego vemos luces.

– Castillete -,dice Antonio.

Ese demonio de hombre me coge de la mano sin vacilar, nos metemos en la selva y, tras una marcha fatigosa de más de dos horas, volvemos a estar en la carretera. Caminamos, o más bien brincamos, durante todo el resto de la noche y buena parte de la mañana. El sol nos ha secado la ropa puesta. Hace tres días que andamos empapados, tres días en que sólo hemos comido un pedazo de azúcar cande, el primer día. Antonio parece estar casi seguro de que no toparemos con malas personas. Camina despreocupadamente y hace ya varias horas que no ha pegado' el oído al suelo. El camino bordea la playa. Antonio corta una vara. Ahora, andamos por la arena húmeda. Hemos dejado el camino. Antonio se detiene para examinar un amplio rastro de arena hollada, de cincuenta centímetros, que sale del mar y llega a la arena seca. Seguimos el rastro y llegamos a un sitio donde la raya se ensancha en forma de círculo. Antonio hinca su palo. Cuando lo retira, tiene pegado en la punta un líquido amarillo, como yema de huevo. Efectivamente, le ayudo a hacer un hoyo 1 cavando en la arena con las manos y, al poco rato, aparecen huevos, trescientos o cuatrocientos aproximadamente, no sé. Son huevos de tortuga de mar. Esos huevos no tienen cáscara, solamente piel. Recogemos todos los que caben en la camisa que Antonio se ha quitado, quizás un centenar. Salimos de la playa y cruzamos el camino para meternos en la selva. A resguardo de toda mirada, nos ponemos a comer; pero sólo la yema, me indica Antonio. De un mordisco de su dentadura de lobo corta la piel que envuelve el huevo, deja escurrir la clara y, luego chupa la yema. Un huevo el, otro yo. Abre muchos. Sorbe mientras me pasa otro. Hartos a reventar, nos tumbamos, usando la chaqueta como almohada. Antonio dice:

– Mañana, tú sigues solo dos días más. De mañana en adelante, no hay policías.

Ultimo puesto fronterizo en esta noche a las diez. Lo reconocemos por algunos ladridos de perros y una casita resplandeciente de luz. Todo eso es evitado de forma magistral por Antonio. Entonces, caminamos toda la noche sin tomar precauciones. El camino no es muy ancho, es un sendero que, de todos modos, debe ser muy transitado, pues está limpio de hierbas. Tiene casi cincuenta centímetros de anchura y bordea la selva, dominando la playa desde una altura de dos metros aproximadamente. Se ven también, marcadas de trecho en trecho, huellas de herraduras de caballos y de asnos. Antonio se sienta en una gruesa rama de árbol y me hace signo de que yo me siente también. El sol pega fuerte. En mi reloj, son las once, pero por el sol debe de ser mediodía: una-varita hincada en el suelo no da ninguna sombra, así que es mediodía. Pongo mi reloj en las doce. Antonio vacía su bolsa de hojas de coca: hay siete. Me da cuatro y se guarda tres. Me alejo un poco, entro en la selva, vuelvo con cincuenta dólares de Trinidad y sesenta florines y se los tiendo. Me mira muy asombrado, palpa los billetes, no comprende por qué están tan nuevos y cómo no se han mojado nunca, puesto que jamás me ha visto secarlos. Me da las gracias, con todos los billetes en la mano, reflexiona un rato y, luego, separa seis billetes de cinco florines, es decir, treinta florines, y me devuelve el resto. Pese a mi insistencia, se niega a aceptar más. En este momento, algo cambia en él. Habíamos decidido que nos separaríamos aquí, pero parece que ahora quiere acompañarme un día más. Después, me da a entender que dará media vuelta. Bueno, nos vamos tras haber tragado algunas yemas de huevo y encendido un buen cigarro con mucha dificultad golpeando durante más de media hora dos piedras una con otra para prender fuego a un poco de musgo Seco.

Hace tres horas que andamos cuando viene hacia nosotros, en línea recta, un hombre a caballo. Ese hombre lleva un sombrero de paja inmenso, botas; va sin pantalón, pero con una especie de slip de cuero, una camisa verde y una guerrera descolorida, verde también, de tipo militar. Por arma, una hermosa carabina y un enorme revólver al cinto.

– ¡Caramba! Antonio, hijo mío.

Antonio había reconocido al jinete desde muy lejos. No me dijo nada, pero sabía que toparíamos con él, eso saltaba a- la vista. Aquel hombretón cobrizo de unos cuarenta años descabalga y los dos se dan grandes palmadas en los hombros. Esa manera de abrazarse, la veré luego en todas partes.

– ¿Y ése quién es?

– Un compañero de fuga, un francés.

– ¿Adónde vas?

– Lo más cerca que pueda de los pescadores indios.

Quiere pasar por el territorio indio, entrar en Venezuela y, allí, buscar un medio para volver a Aruba o a Curasao.

– Indio guajiro malo ~-,dice el hombre-. No vas armado, toma.

Me da un puñal con su vaina de cuero y su mango de asta brillante. Nos sentamos en el borde del sendero. Me quito los zapatos, tengo los pies ensangrentados. Antonio y el jinete hablan muy de prisa, se ve claramente que mi proyecto de cruzar Guajira no les gusta. Antonio me hace signo de que monte a caballo: con los zapatos colgados del hombro, me quedaré descalzo para que se me sequen las llagas. Eso lo entiendo por gestos. El jinete monta, Antonio me da la mano y, sin comprender, soy llevado a galope a horcajadas detrás del amigo de Antonio. Galopamos todo el día y toda la noche. De cuando en cuando nos paramos y el hombretón me alarga una botella de anís, de la que bebo un buen trago cada vez. Al alba, se para. Sale el sol, me da un queso duro como el hierro y dos galletas, seis hojas de coca, Y. además, me regala una bolsa especial para llevarlas, hermética, que se ata al cinturón. Me estrecha en sus brazos palmeándome los hombros como le he visto hacer a Antonio, monta de nuevo en su caballo y se va a galope tendido.


Los indios


Camino hasta la una de la tarde. Ya no hay maleza ni árboles en el horizonte. El mar brilla, plateado, bajo el sol abrasador. Ando descalzo, con los zapatos colgando del hombro izquierdo. Cuando decido acostarme, a lo lejos me parece percibir cinco o seis árboles, o rocas, a mucha distancia de la playa. Intento determinar esa distancia: diez kilómetros, quizá. Saco una gran hoja y, mascándola, reanudo la marcha con paso bastante rápido. Una hora después, identifico aquellas cinco o seis cosas: son chozas con techo de paja, o de hojarasca color castaño claro. De una de ellas sale humo. Luego, veo gente. Me han visto. Percibo los gritos y los gestos que hace un grupo en dirección del mar. Entonces, veo cuatro lanchas que se acercan rápidamente y que desembarcan a unas diez personas. Todo el mundo está reunido delante de las casas y mira hacia mí. Veo claramente que hombres y mujeres van desnudos, sólo llevan algo que cuelga tapándoles el sexo. Camino despacio hacia ellos. Tres se apoyan en arcos y empuñan flechas. Ningún ademán, ni de hostilidad ni de amistad. Un perro ladra y rabiosamente, se abalanza sobre mí. Me muerde en la pantorrilla, llevándose un trozo de pantalón. Cuando vuelve a la carga, recibe en el trasero una flechita salida de no sé dónde, (lo supe después: de una cerbatana), huye aullando y parece que se mete en una casa. Me acerco cojeando, pues me ha mordido seriamente. Sólo estoy a diez metros del grupo. Nadie se ha movido ni ha hablado, los niños están detrás de sus madres. Tienen los cuerpos cobrizos, desnudos, musculosos, espléndidos. Las mujeres tienen los pechos enhiestos, duros y firmes, con enormes pezones. Sólo una tiene un pecho enorme, fláccido.

Uno de los indios es tan noble en su actitud, sus rasgos son tan finos, su raza de una nobleza incontestable se manifiesta tan claramente, que voy recto hacia él. No lleva arco ni flechas. Es. tan alto como yo, lleva el pelo bien cortado con un gran flequillo que le llega hasta las cejas. Sus orejas están tapadas por los cabellos que, detrás, llegan a la altura del lóbulo de las orejas, negros como el azabache, casi violáceos. Tiene los ojos de un gris de hierro. Nada de vello, ni en el pecho, ni en los brazos… ni en las piernas. Sus muslos cobrizos son musculosos, así como sus piernas torneadas y finas. Va descalzo. Me paro a tres metros de él. Entonces, da dos pasos y me mira directamente a los ojos. El examen dura dos minutos. Ese rostro del que ni un rasgo se mueve, parece una estatua de cobre de ojos oblicuos.

Luego, me sonríe y me toca el hombro. Entonces, todo el mundo viene a tocarme y una joven india me coge de la mano y me lleva a la sombra de una de las chozas. Una vez allí, arremanga la pernera de mi pantalón. Todo el mundo está en torno de nosotros, sentados en círculo. Un hombre me tiende un cigarro encendido, lo tomo y me pongo a fumar. Todo el mundo se ríe de mi modo de fumar, pues ellos, mujeres y hombres, fuman con la lumbre en la boca. La mordedura ya no sangra, pero un pedazo de casi la mitad de una moneda de cinco francos ha sido arrancado. La mujer quita los pelos y luego, cuando todo queda bien depilado, lava la herida con agua de mar que una pequeña india ha ido a buscar. Con el agua, aprieta para hacer que la herida sangre. Insatisfecha, rasca cada incisión que ella ha ensanchado con un trozo de hierro aguzado. Me esfuerzo para no rechistar, pues todo el mundo me observa. Otra joven india quiere ayudarla, pero ella la rechaza duramente. Ante ese ademán, todos se echan a reír. Comprendo que ella ha querido indicar a la otra que le pertenezco exclusivamente y que todos se ríen por eso. Luego, corta las dos perneras de mis pantalones muy por encima de las rodillas. Sobre unas piedras prepara algas marinas que le han traído, las pone sobre la herida y las sujeta con tiras sacadas de mí pantalón. Satisfecha de su obra, me hace signo de levantarme.

Me pongo en pie y me quito la chaqueta. En este momento, en la abertura de mi camisa, ella ve una mariposa que tengo tatuada bajo el cuello. Mira, y luego, al descubrir más tatuajes, me quita la camisa para verlos mejor. Todos, hombres y mujeres, están muy interesados por los tatuajes de mi pecho: a la derecha, un disciplinario de Calvi; a la izquierda, la cara de una mujer; sobre el estómago, unas fauces de tigre; en la columna vertebral, un gran marino crucificado, y, en toda la anchura de los riñones, una cacería de tigres con cazadores, palmeras, elefantes y tigres. Cuando han visto estos tatuajes, los hombres apartan a las mujeres y, detenida, minuciosamente, tocan, miran cada tatuaje. Después del jefe, cada cual da su opinión. A partir de este momento, soy adoptado definitivamente por los hombres. Las mujeres me habían adoptado ya desde el primer momento, cuando el jefe me sonrió y me tocó el hombro.

Entramos en la choza más grande y, allí, me quedo completamente desconcertado. La choza es de tierra apisonada color ladrillo rojo. Tiene ocho puertas, es redonda y, en el interior, el maderaje sostiene en un rincón hamacas multicolores de pura lana. En medio, una piedra redonda y plana, y, en torno de esa piedra parda y lisa, piedras planas para sentarse. En la pared, varias escopetas de dos cañones un sable militar y, colgados en todas partes, arcos de todos los tamaños. Noto también un caparazón de tortuga enorme en el que podría acostarse un hombre, una chimenea hecha con piedras toscas bien colocadas unas sobre otras en un conjunto homogéneo, sin argamasa. Sobre la mesa, media calabaza con dos o tres puñados de perlas en el fondo. En una vasija de madera me dan de beber un brebaje de fruta fermentada, agridulce, muy bueno y, luego, en una hoja de Plátano, me traen un gran pescado de casi dos kilos, asado a la brasa. Me invitan a comer y como lentamente. Cuando he terminado el delicioso pescado, la mujer me coge de la mano y me lleva a la playa, donde me lavo las manos y la boca con agua del mar. Luego, regresamos. Sentados en corro, con la joven india a mi lado y su mano sobre mi muslo, intentamos, por gestos y palabras, cambiar algunos datos sobre nosotros.

De repente, el jefe se levanta, va hacia el fondo de la choza, vuelve con un trozo de piedra blanca y hace unos dibujos sobre la mesa. Primero, indios desnudos y su poblado; luego, el mar. A la derecha del poblado indio, casas con ventanas, hombres y mujeres vestidos. Los hombres empuñan un fusil o un garrote. A la izquierda, otra aldea: los hombres, de cara hosca, con fusiles y sombreros, las mujeres vestidas. Cuando he mirado bien los dibujos, él se percata de que ha olvidado algo y traza un camino que va del poblado indio al pueblecito de la derecha, y otro camino a la izquierda, hacia la otra aldea. Para indicarme cuál es su situación con relación a su poblado, dibuja, del lado venezolano, a la derecha, un sol representado por un círculo y rayas que salen de todos lados y, del lado de la aldea colombiana, un sol cortado en el horizonte por una línea sinuosa. No es posible equivocarse: a un lado, sale el sol; en el otro, se pone. El joven jefe contempla su obra con orgullo y todo el mundo mira sucesivamente. Cuando ve que he comprendido bien lo que quería decir, coge la tiza y cubre de trazos las dos aldeas, sólo su poblado queda intacto. Comprendo que quiere decir que las gentes de las aldeas son malas, que él no quiere saber nada de ellas y que sólo su poblado es bueno. ¡A quién se lo dice!

Limpian la mesa con un trapo de lana mojado. Cuando está seca, me pone en la mano el trozo de tiza, entonces, me toca a mí contar mi historia en dibujos. Resulta más complicado que la suya. Dibujo un hombre con las manos atadas junto a dos hombres armados que le miran; luego, el mismo hombre que corre y los dos hombres que le persiguen apuntándole con el fusil.

Dibujo tres veces la misma escena, pero cada vez me pongo más lejos de los perseguidores y, en la última, los policías están parados mientras yo sigo corriendo hacia su aldea, que dibujo con los indios y el perro y, delante de todos, al jefe con los brazos tendidos hacia mí.

Mi dibujo no debía ser malo, pues, tras extensos parloteos entre los hombres, el jefe abrió los brazos como en mi dibujo. Había comprendido.

Aquella misma noche, la india me llevó a su choza, donde vivían seis indias y cuatro indios. Dispuso una magnífica hamaca de lana multicolor, muy amplia, y en la que podían acostarse holgadamente dos personas de través. Me había acostado en la hamaca, pero en sentido longitudinal, cuando ella se acomodó en otra hamaca y se acostó a lo ancho. Yo hice lo mismo y, entonces, ella vino a acostarse a mi lado. Me tocó el cuerpo, las orejas, los ojos, la boca con sus dedos largos y delgados, pero muy rugosos, llenos de heridas cicatrizadas, pequeñas, pero estriadas. Eran los cortes que se hacen con el coral cuando se zambullen para capturar ostras perlíferas. Cuando, a mi vez, le acaricio el rostro, me coge la mano, muy extrañada de encontrarla fina, sin callosidades. Tras pasar una hora en la hamaca, nos levantamos para ir a la gran choza del jefe. Me dan a examinar las escopetas, calibres 12 y 16 de Saint-Etienne. Poseen también seis cajas llenas de cartuchos de perdigones doble cero.

La india es de estatura media, tiene los ojos color gris hierro como el jefe, su perfil es muy puro, el pelo, trenzado, con raya en medio, le llega hasta las caderas. Tiene los senos admirablemente bien formados, altos y en forma de pera. Los pezones son más oscuros que la piel y muy largos. Para besar, mordisquea; no sabe besar. No tardo mucho en enseñarle a besar a la civilizada. Cuando caminamos, no quiere hacerlo a mi lado; por mucho que insista es inútil, camina detrás de mí. Una de las chozas está deshabitada y en mal estado. Ayudada por las otras mujeres, arregla el techo de hojas de cocotero y remienda la pared con emplastos de tierra roja muy arcillosa. Los indios poseen toda suerte de herramientas cortantes. cuchillos, puñales, machetes, hachas, escardillos y una horca con púas de hierro. Hay marmitas de cobre, de aluminio, regaderas, cacerolas, una muela de afilar, un horno, toneles de hierro y de madera. Hamacas desmesuradamente grandes y de dibujos coloreados muy chillones, color rojo sangre, azul de prusia, negro betún, amarillo canario. La casa no tarda en estar terminada y la muchacha empieza a traer cosas que recibe de los otros indios (hasta un arnés de burro), un trébede para el fuego, una hamaca en la que podrían acostarse cuatro adultos de través, vasos, botes de hojalata, cacerolas, etc…

Nos acariciamos recíprocamente desde los quince días que hace que estoy aquí, pero ella se ha negado violentamente a llegar hasta el fin. No lo comprendo, pues ella ha sido quien me provocó y, a la hora de la verdad, dice que no. Nunca se pone ni un pedazo de tela encima, de no ser el taparrabo, atado en torno de su fino talle con un cordelito muy delgado, con las nalgas al aire. Sin ceremonia alguna, nos hemos instalado en la casita, que tiene tres puertas, una en el centro del círculo, la principal, las otras dos, frente por frente. Esas tres puertas, en el círculo de la casa redonda, forman un triángulo isósceles. Todas tienen su razón de ser: yo, debo salir y entrar siempre por la puerta Norte. Ella, debe salir y volver siempre por la puerta Sur. Yo no debo entrar ni salir por la suya, ella no debe usar la mía. Por la puerta grande entran los amigos y, yo o ella, sólo podemos entrar por la puerta grande si recibimos visitas.

Sólo cuando nos hemos instalado en la casa ha sido mía. No' quiero entrar en detalles, pero fue una amante ardiente y consumada por intuición que se enroscó a mí como un bejuco. A hurtadillas de todos, sin hacer excepciones, la peino y le trenzo el cabello. Es muy feliz cuando la peino, una dicha inefable se percibe en su semblante y, al mismo tiempo, temor de que nos sorprendan, pues comprende que un hombre no debe peinar a su mujer, ni frotarle las manos con piedra pómez, ni besarle de cierta manera boca y senos.

Lali, así se llama ella, y yo estamos, pues, instalados en la casa. Una cosa me asombra, y es que jamás usa sartenes o cacerolas de hierro o de aluminio, nunca bebe en vaso, todo lo hace en cazuelas o vasijas de barro cocido hechas por ellos mismos.

La regadera sirve para lavarse la cara. Para hacer las necesidades, vamos al mar.

Presencio la abertura de las ostras para buscar perlas. Ese trabajo lo hacen las mujeres mayores. Cada mujer joven pescadora de perlas tiene su bolsa. Las perlas halladas en las ostras son repartidas de la manera siguiente: una parte para el jefe que representa a la comunidad, una parte para el pescador, media parte para la abridora de ostras y parte y media para la que se zambulle. Cuando vive con su familia, da las perlas a su tío, el hermano de su padre. Nunca he comprendido por qué es también el tío el primero que entra en la casa de los novios que van a casarse, toma el brazo de la mujer, lo pasa en torno del talle del hombre y pone el brazo derecho del hombre en torno del talle de la mujer, con el índice en el ombligo de la novia. Una vez hecho eso, se va.

Así es que presencio la abertura de las ostras, pero no la pesca, pues no me han invitado a subir en una canoa. Pescan bastante lejos de la costa, casi a quinientos metros. Algunos días, Lali regresa llena de rasguños en los muslos o en los costillares producidos por el coral. A veces, de los cortes mana sangre. Entonces, chafa algas marinas y se frota las heridas con ellas. No hago nada sin que me inviten por signos a hacerlo. Nunca entro en la casa del jefe si alguien o él mismo no me lleva allí de la mano. Lali sospecha que tres jóvenes indias de su edad vienen a tumbarse en la hierba lo más cerca posible de la puerta de casa, para tratar de ver u oír lo que hacemos cuando estamos solos.

Ayer, vi al indígena que sirve de enlace entre el poblado de los indios y la primera aglomeración colombiana, a dos kilómetros del puesto fronterizo. Esa aldea se llama La Vela. El indio tiene dos borricos y lleva una carabina “Winchester” de repetición; sin embargo, no lleva ninguna prenda encima, de no ser, como todos, el taparrabo. No habla ni una palabra de español, así, pues, ¿cómo hace sus trueques? Con ayuda del diccionario pongo en un papel: Agujas, tinta china azul y roja e hilo de coser, porque el jefe me pide a menudo que le haga un tatuaje. Ese indio de enlace es bajito y enjuto. Tiene una tremenda herida en el torso que empieza en la costilla que está bajo el bulto, atraviesa todo el cuerpo y termina en el hombro derecho. Esa herida se ha cicatrizado formando una protuberancia de un dedo de gordo. Meten las perlas en una caja de cigarros. La caja está dividida en compartimentos y las perlas van en los compartimientos según el tamaño. Cuando el indio se va, recibo la autorización del jefe para acompañarle un trecho. De esta forma simplista. para obligarme a regresar, el jefe me ha prestado una escopeta de dos cañones y seis cartuchos. Está seguro de que así me veré obligado a volver, convencido de que no me llevaré algo que no me pertenece. Los asnos van sin carga, por lo que el indio monta en uno y yo en el otro. Viajamos todo el día por la misma carretera que tomé para venir, pero, a unos tres o cuatro kilómetros del puesto fronterizo, el indio se pone de espaldas al mar y se adentra en aquellos parajes.

Sobre las cinco, llegamos a orillas de un riachuelo donde hay cinco casas de indios. Todos vienen a verme. El indio habla, habla y habla hasta que llega un tipo a quien todo ojos, pelo, nariz, etc.- delata como un indio, salvo el color. Es blanco y descolorido y tiene ojos rojos de albino. Lleva pantalón caqui. Entonces, allí, comprendo que el indio de mi poblado no irá más lejos. El indio blanco dice:

– Buenos días. ¿Tú eres el matador que se fue con Antonio? Antonio es compadre mío de sangre.

Para ser compadres de sangre, dos hombres hacen lo siguiente: se atan los brazos uno al otro y, luego, cada cual hace una incisión en el brazo del otro. Luego, embadurnan el brazo del otro con la propia sangre de uno y se lamen recíprocamente la mano empapada en su sangre.

– ¿Qué quieres?

– Agujas, tinta china roja y azul. Nada más.

– Lo tendrás de aquí a un cuarto de luna.

Habla el español mejor que yo y se nota que sabe establecer contacto con los civilizados y realizar los trueques defendiendo encarnizadamente los intereses de su raza. En el momento de marcharse, me da un collar hecho con monedas de plata colombiana montadas, en plata muy blanca. Me dice que es para Lali.

– Vuelve a verme -me dice el indio blanco.

Para estar seguro de que volveré, me da un arco.

Me marcho solo, y no he hecho aún la mitad del camino de regreso, cuando veo a Lali acompañada por una de sus hermanas, muy joven ella, quizá de doce o trece años. Lali, seguramente, tendrá dieciséis o diecisiete. Se abalanza sobre mí como una loca me araña el pecho, pues me tapo la cara con las manos, luego me muerde cruelmente en el cuello. Me cuesta contenerla aun empleando todas mis fuerzas. Súbitamente, se calma. Subo a la chiquilla en el asno y yo sigo detrás, abrazado a Lali. Regresamos despacio al poblado. En el camino, mato una lechuza. Le he disparado sin saber lo que era, sólo porque he visto unos ojos que brillaban en la oscuridad. Lali quiere llevársela a toda costa y la cuelga de la silla del borrico. Llegamos al amanecer. Estoy tan cansado que quiero lavarme. Pero es Lali quien me lava, y luego, delante de mí, quita el taparrabo a su hermana, la lava Y. después, se lava ella.

Cuando ambas regresan, estoy sentado, esperando que hierva el agua que he puesto a calentar para beberla con limón y azúcar. Entonces, ocurre algo que sólo comprendí mucho más tarde. Lali empuja a su hermana entre mis piernas y me coge los brazos para que rodee su talle. Entonces me doy cuenta de que la hermana de Lali no lleva taparrabo y luce el collar que he dado a ésta. No sé cómo salir de esta situación tan particular. Suavemente, aparto a la pequeña de mis piernas, la tomo en brazos y la acuesto en la hamaca. Le quito el collar y se lo pongo a Lali.

Mucho más tarde, comprendí que Lali había creído que me estaba informando para irme porque quizá no era feliz con ella y tal vez su hermanita sabría retenerme. A la mañana siguiente, despierto con los ojos tapados por la mano de Lali. Es muy tarde, las once de la mañana. La pequeña ya no está y Lali me mira amorosamente con sus grandes ojos grises y me muerde dulcemente la comisura de los labios. Es feliz de hacerme ver que ha comprendido que la quiero y que no me he ido porque ella no sabía retenerme.

Delante de la casa, está sentado el indio que suele conducir la canoa de Lali. Comprendo que la espera. Me sonríe y cierra los ojos en una expresión muy bonita con la que me dice que sabe que Lali está durmiendo. Me siento a su lado, habla de cosas que no comprendo. Es extraordinariamente musculoso, joven, fornido como un atleta. Mira detenidamente mis tatuajes, los examina y, luego, me indica con gestos y ademanes que le gustaría que le tatuase. Hago un signo afirmativo con la cabeza, pero se diría que él no cree que sepa hacerlo. Llega Lali. Se ha untado el cuerpo con aceite. Sabe que eso no me agrada, pero me hace comprender que el agua, con ese tiempo nuboso, debe de estar muy fría. Esas mímicas, hechas medio en broma y medio en serio, son tan bonitas, que se las hago repetir varias veces, simulando que no comprendo. Cuando le hago signo de que vuelva a hacerlo, ella hace un mohín que significa claramente: “¿Es que eres tonto o me he vuelto torpe porque me he puesto aceite? “

El jefe pasa delante de nosotros con dos indias. Estas llevan un enorme lagarto verde de unos cuatro o cinco kilos, y él, arco y flechas. Acaba de cazarlo y me invita a ir a comerlo más tarde. Lali le habla y él me toca el hombro y me indica el mar. Comprendo que puedo ir con Lali si quiero. Nos vamos los tres, Lali, su compañero de pesca habitual y yo. Una pequeña embarcación muy ligera, hecha con una madera que parece corcho, es botada al agua con facilidad. Se meten en el agua llevando la canoa sobre los hombros y avanzan. La botadura es curiosa: el indio es el primero en subir a popa, con una enorme pagaya en la mano. Lali, con el agua hasta el busto, aguanta la canoa en equilibrio e impide que retroceda hacia la playa, yo subo y me sitúo en medio y, luego, de repente, Lali ya está a bordo, en el momento mismo que, con una estrepada, el indio nos hace avanzar mar adentro. Las olas se levantan en forma de rodillos, rodillos cada vez más altos a medida que nos adentramos en la mar. A quinientos o seiscientos metros de la orilla, encontramos una especie de canal donde ya están pescando dos embarcaciones. Lali se ha recogido el pelo con cinco tiras de cuero rojo, tres de través, dos a lo largo, que se ha atado al cuello. Empuñando un gran cuchillo, Lali sigue la gruesa barra de hierro de unos quince kilos que sirve de ancla, mandada al fondo por el hombre. La embarcación permanece ancorada, pero no quieta; a cada embate, sube y baja.

Durante más de tres horas, Lali se sumerge y remonta del fondo de la mar. El fondo no se ve, pero por el tiempo que invierte en ello, debe de haber de quince a dieciocho metros. Cada vez sube ostras en el saco y el indio las vuelca en la canoa. Durante esas tres horas Lali nunca sube a la canoa. Para descansar, se está de cinco a diez minutos agarrada a la borda. Hemos cambiado dos veces de sitio sin que Lali suba. En el segundo sitio el saco vuelve con más ostras, mayores aún. Volvemos a tierra Lali ha subido a la canoa y la marejada no tarda en empujarnos hacia la orilla. La vieja india aguarda. Lali y yo dejamos que el indio transporte las ostras hasta la arena seca. Cuando todas las ostras están allí, Lali impide que la vieja las abra, pues quiere empezar ella. Con la punta de su cuchillo, abre rápidamente unas treinta antes de encontrar una perla. Huelga decir que me zampé por lo menos dos docenas. El agua del fondo debe ser muy fría, pues aquella carne es fresca. Despacio, Lali saca la perla, gorda como un garbanzo. Esta perla es más bien de las de gran tamaño que de las medianas. ¡Cómo brilla esa perla! La Naturaleza le ha dado los tonos más cambiantes sin por eso ser demasiado chillones. Lali coge la perla con los dedos, se la mete en la boca, la guarda un momento y, luego, se la quita y la pone en la mía. Con una serie de gestos de la mandíbula me da a entender que quiere que la triture con los dientes, y me la trague. Su súplica ante mi primera negativa es tan hermosa que paso por donde ella quiere: trituro la perla con los dientes y engullo los restos. Ella abre cuatro o cinco ostras más y me las hace comer, para que la perla penetre bien dentro de mí. Como un chiquillo, tras haberme tumbado en la arena, me abre la boca y mira si me han quedado granitos entre los dientes. Nos vamos, dejando que los otros continúen con el trabajo.

Hace un mes que estoy aquí. No puedo equivocarme, pues cada día marco en un papel día y fecha. Las agujas hace tiempo que han llegado, con la tinta china roja, azul y morada. En la casa del jefe, he descubierto tres navajas de afeitar “Solingen”. Nunca las usa para la barba, pues los indios son barbilampiños. Una de las navajas sirve para cortar el pelo bien gradualmente. He tatuado a Zato, el jefe, en el brazo. Le he hecho un indio tocado con plumas multicolores. Está encantado y me ha dado a entender que no haga tatuajes a nadie antes de hacerle uno grande a él en el pecho. Quiere la misma cabeza de tigre que llevo yo, con sus grandes dientes. Me río, no sé dibujar lo suficiente para hacer unas hermosas fauces. Lali me ha depilado todo el cuerpo. Tan pronto ve un pelo, lo arranca y me frota con algas marinas previamente machacadas, mezcladas con ceniza. Después, me parece que los pelos crecen con más dificultad.

Esta comunidad india se llama guajira. Viven en la costa y en el interior de la llanura, hasta la falda de las montañas. En las montañas, viven otras comunidades que se denominan motilones. Años después, tendré tratos con ellos. Los guajiros tienen contacto, indirectamente, como he explicado, con la civilización, por medio de trueques. Los indios de la costa entregan al indio blanco sus perlas y también tortugas. Las tortugas las llevan vivas y llegan a pesar aproximadamente ciento cincuenta kilos. Nunca alcanzan el peso ni el tamaño de las tortugas del Orinoco o del Maroni, que llegan a pesar cuatrocientos kilos y cuyo caparazón, a veces tiene dos metros de largo por uno en su máxima anchura. Puestas patas arriba, las tortugas no consiguen dar la vuelta. He visto cómo se las llevaban al cabo de tres semanas de estar de espaldas, sin comer ni beber, pero bien vivas. Los grandes lagartos verdes son muy buenos para comer. Su carne es deliciosa, blanca y tierna, y los huevos cocidos en la arena al sol resultan también sabrosísimos. Sólo su aspecto los hace poco apetitosos.

Cada vez que Lali pesca, trae a casa las perlas que le corresponden y me las da. Las meto en una vasija de madera sin escogerlas, grandes, medianas y pequeñas todas juntas. Aparte, en una caja de fósforos vacía, sólo tengo dos perlas rosas, tres negras y siete de un gris metálico, extraordinariamente hermosas. También tengo una perla estrambótica en forma de alubia, casi del tamaño de una alubia blanca o colorada de nuestro país, Esa perla tiene tres colores superpuestos y, según el tiempo, uno resalta más que los otros, ora la capa negra, ora la capa acero bruñido, ora la capa plateada de reflejos rosa. Gracias a las perlas y a algunas tortugas, la tribu no carece de nada. Sólo que tienen cosas que no les sirven en absoluto, en tanto que les faltan otras que sí podrían serles útiles. Por ejemplo, en toda la tribu no hay ni un solo espejo. Ha sido menester que yo recupere de una embarcación, que sin duda había zozobrado, una chapa cuadrada de cuarenta centímetros de lado, niquelada en una cara, para que pueda afeitarme y mirarme.

Mi política respecto a mis amigos es fácil: no hago nada que pueda menoscabar la autoridad y la sabiduría del jefe, y menos aún la de un indio muy anciano que vive solo a cuatro kilómetros tierra adentro, rodeado de serpientes, dos cabras y una docena de ovejas y carneros. Es el brujo de los diferentes poblados guajiros. Esa actitud hace que nadie me tenga envidia ni ojeriza. Al cabo de dos meses, me siento totalmente aceptado por todos. El brujo tiene también una veintena de gallinas. Dado que en los dos poblados que conozco no hay cabras, ni gallinas, ni ovejas, ni carneros, tener animales domésticos debe ser privilegio del brujo. Todas las mañanas, por turno, una india le lleva sobre la cabeza una canasta llena de pescado y mariscos recién capturados. También le llevan tortas de maíz hechas por la mañana y tostadas sobre piedras rodeadas de fuego. Algunas veces, no siempre, regresan con huevos y leche cuajada. Cuando el brujo quiere que vaya a verle, me manda personalmente tres huevos y un cuchillo de palo bien pulimentado. Lali me acompaña a mitad de camino y me espera a la sombra de enormes cactos. La primera vez, me puso el cuchillo de palo en la mano y me hizo signo de ir en dirección de su brazo.

El viejo indio vive en medio de una suciedad repugnante, bajo una tienda hecha con pieles de vaca tensadas, con la parte peluda hacia dentro. En medio hay tres piedras rodeando un fuego que, al parecer, debe estar siempre encendido. No duerme en hamaca, sino en una especie de cama hecha con ramas de árboles y a más de un metro sobre el suelo. La tienda es bastante grande, debe tener unos veinte metros cuadrados. No tiene paredes, salvo algunas ramas del lado por donde sopla el viento. He visto dos serpientes, una de casi tres metros, gruesa como el brazo; la otra, de un metro aproximadamente con una V amarilla en la cabeza. Me digo: «¡La de pollos y huevos que deben zamparse esas serpientes!» No comprendo cómo, bajo esta tienda, pueden cobijarse cabras, gallinas, ovejas y hasta el asno. El viejo indio me examina detenidamente, me hace quitar el pantalón transformado en short por obra y gracia de Lali y, cuando estoy desnudo como un gusano, me hace sentar en una piedra, junto al fuego. Sobre el fuego, pone unas hojas verdes que hacen mucho humo y huelen a menta. El humo me envuelve, asfixiante› pero apenas toso y espero a que termine la función durante casi diez minutos. Después, quema mi pantalón y me da dos taparrabos de indio, uno de piel de carnero y otro de piel de serpiente, suave como un, guante. Me pone un brazalete de tiras trenzadas de piel de cabra, de carnero y de serpiente. Tiene diez centímetros de anchura y se sujeta con una tira de cuero de serpiente que se estira o distiende a voluntad.

En el tobillo izquierdo, el brujo tiene una úlcera grande como una moneda de dos francos, cubierta de moscones. De vez en vez los espanta, y cuando le atacan demasiado, espolvorea la llaga con ceniza. Aceptado por el brujo, me dispongo a marchar cuando me da un cuchillo de palo más pequeño que el que me manda cuando quiere verme. Lali me explicará luego que, en caso de que quiera ver al brujo, debo enviarle ese cuchillito, y que, si él no tiene inconveniente en verme, me enviará el grande. Dejo al ancianísimo indio tras haber observado lo muy arrugado que tiene el enjuto rostro y el cuello. En la boca sólo le quedan cinco dientes, tres abajo y dos arriba, los de delante. Sus ojos, almendrados como los de todos los indios, tienen los párpados tan cargados de piel que, cuando los cierra, forman dos bolas redondas. Ni cejas ni pestañas, sólo cabellos hirsutos y negrísimos que le penden sobre los hombros, bien cortados en las puntas. Como todos los indios, lleva flequillo hasta las cejas.

Me voy, sintiéndome cohibido con mis nalgas al aire. Me encuentro muy raro. Pero, ¡qué se le va a hacer: es la fuga! No hay que gastar bromas con los indios y ser libre bien vale algunos inconvenientes. Lali contempla el taparrabo y se ríe enseñando todos los dientes, tan bellos como las perlas que pesca. Examina el brazalete y el otro slip de serpiente. Para ver si he sido ahumado, me olisquea. El olfato de los indios está, sea dicho entre paréntesis, muy desarrollado.

Me he acostumbrado a esa vida y me percato de que no conviene seguir viviendo así mucho tiempo, pues podría ser que se me fueran las ganas de marcharme. Lali me observa constantemente, le gustaría verme tomar parte más activa en la vida común. Por ejemplo, me ha visto salir a pescar peces, sabe que remo muy bien y que manejo la pequeña y ligera canoa con destreza. De ahí a desear que sea yo quien conduzca la canoa de pescar perlas no hay más que un paso. Ahora bien, a mí eso no me conviene. Lali es la mejor buceadora de todas las chicas del poblado, su embarcación siempre es la que trae las ostras más gordas y en mayor número, lo que significa que las pesca a mayor profundidad que las otras. Sé también que el joven pescador que conduce su canoa es hermano del jefe. Si me fuera solo con Lali, le perjudicaría. Así, pues, no debo hacerlo. Cuando Lali me ve pensativo, va de nuevo en busca de su hermana. Esta viene alegre, corriendo, y entra en la casa por mi puerta. Eso debe tener un significado importante. Por ejemplo, ambas llegan juntas frente a la gran puerta, del lado que da al mar. Allí, se separan. Lali da una vuelta, entra por su puerta y Zoraima, la pequeña, pasa por la mía. Los pechos de Zoraima apenas son mayores que mandarinas y sus cabellos no son largos. Están cortados en ángulo recto a la altura de la barbilla, el flequillo le cubre las cejas y llega casi al inicio de los párpados. Cada vez que se presenta así, llamada por su hermana, ambas se bañan y, al entrar, se despojan de sus taparrabos, que cuelgan en la hamaca. La pequeña siempre se va de casa muy triste porque no la he tomado. El otro día, mientras estábamos acostados los tres, con Lali en medio, ésta se levantó y, al tenderse de nuevo, me dejó pegado AL cuerpo de Zoraima.

El indio asociado a Lali para la pesca se ha herido en una rodilla, una cortadura profunda y ancha. Los hombres le han llevado al brujo. Ha vuelto con un emplasto de arcilla blanca. Esta mañana he ido a pescar, pues, con Lali. La botadura, hecha exactamente de la misma forma que la otra, ha ido muy bien. La he llevado un poco más lejos que de costumbre. Lali está radiante de contento al verme con ella en la canoa. Antes de zambullirse, se unta con aceite. Pienso que en el fondo, que veo muy negro, el agua debe de estar muy fría. Tres aletas de tiburón pasan bastante cerca de nosotros, se lo indico, pero ella no les da ninguna importancia. Son las diez de la mañana, el sol resplandece. Con el saco enrollado en el brazo izquierdo, el cuchillo en la vaina, bien sujeto al cinto, se zambulle sin apoyar los pies en la canoa," como haría una persona corriente. Con inaudita rapidez, desaparece en el fondo del agua oscura. Su primera zambullida debe" haber sido de exploración, pues el saco contiene pocas ostras. Se me ocurre una idea. A bordo, hay un grueso ovillo de tiras de cuero. Ato el saco, lo doy a Lali y lo desenrollo mientras ella se, sumerge. Arrastra la tira de cuero consigo. Ha debido comprender la maniobra, pues, al cabo de un largo rato, sube sin el saco. Aferrada a la embarcación para descansar de la prolongada inmersión, me hace signo de que tire del saco. Tiro, tiro, pero el saco se queda enganchado, seguramente entre el coral. Se zambulle y lo desprende, el saco llega medio lleno, lo vuelco en la canoa. Esta mañana, en ocho zambullidas de quince metros casi hemos llenado la canoa. Cuando ella sube a bordo, faltan dos dedos para que el agua penetre en la embarcación. Cuando quiero levar el ancla, la canoa está tan cargada de ostras que corremos el peligro de irnos a pique. Entonces, soltamos la soga del ancla y la atamos a una pagaya que flotará hasta que volvamos. Saltamos a tierra sin novedad.

La vieja nos espera y su indio está en la arena seca en el sitio donde, cada vez que pescan, abren las ostras. De momento, el indio se alegra de que hayamos recogido tantas ostras. Lali parece explicarle lo que he hecho: atar el saco, lo cual la alivia para subir y le permite también poner más ostras. El indio mira cómo he atado el saco y examina detenidamente el nudo. Lo deshace y, al primer intento, lo repite con toda perfección. Entonces, me mira muy orgulloso de sí mismo.

Al abrir las ostras, la vieja encuentra trece perlas. Lali, que no suele quedarse nunca para esa operación y aguarda en casa a que le lleven su parte, se ha quedado hasta que han abierto la última ostra. Me zampo unas tres docenas, Lali cinco o seis. La vieja hace las tres partes. Las perlas son más o menos de igual tamaño, como guisantes. Hace un montoncito de tres perlas para el jefe, luego de tres perlas para mí, de dos perlas para ella y de cinco perlas para Lali. Lali coge las tres perlas y me las da. Las tomo y se las tiendo al indio herido. No quiere aceptarlas, pero le abro la mano y vuelvo a cerrársela sobre las perlas. Entonces, acepta. Su mujer y su hija observan la escena a distancia de nuestro grupo, y ellas, que estaban silenciosas, se echan a reír y se reúnen con nosotros. Ayudo a llevar al pescador a su choza.

Esta escena se ha repetido durante casi dos semanas. Cada vez entrego las perlas al pescador. Ayer, sin embargo, me guardé una perla de las seis que me correspondían. Al llegar a casa, he obligado a Lali a comérsela. Estaba loca de alegría y cantó toda la tarde. De vez en cuando, voy a ver al indio blanco. Me dice que le llame Zorrillo, pues éste es su nombre en español. Me dice que el jefe le ha encargado preguntarme por qué no le hago el tatuaje con las fauces del tigre, le explico que es porque no sé dibujar bien. Con ayuda del diccionario, le pido que me traiga un espejo rectangular del tamaño de mi pecho, papel transparente, un pincel fino, una botella de tinta y papel carbón y, si no lo encuentra, un lápiz graso. Le digo también que me traiga ropas de mi talla y que las deje en su casa, junto con tres camisas caqui. Me entero de que la Policía le ha interrogado acerca de mí y de Antonio. Les ha dicho que pasé a Venezuela por el monte y que Antonio fue mordido por una serpiente y murió. También sabe que los franceses están encarcelados en Santa Marta.

En la casa de Zorrillo hay las mismas cosas heterogéneas que en la del jefe: un gran montón de vasijas de barro decoradas con esos dibujos tan caros a los indios, cerámicas muy artísticas tanto por sus formas como por sus dibujos y coloridos, magníficas hamacas de lana pura, unas completamente blancas, otras de colores, con flecos; pieles curtidas de serpientes, de lagartos, de sapos-búfalos enormes; cestas de bejucos blancos y otras de bejucos coloreados. “Todos estos objetos -me dice- están hechos por indios de la misma raza que la de mi tribu, sólo que viven en los bosques de tierra adentro, a veinticinco días de marcha de aquí.” De ese mismo sitio proceden las hojas de coca, de las que me da más de veinte. Cuando esté triste, mascaré una. Dejo a Zorrillo tras pedirle que, si puede, me traiga todo lo que le he apuntado, más algunos diarios o revistas en español, pues con mi diccionario lo he aprendido mucho en dos meses. No tiene noticias de Antonio, sólo sabe que ha habido otro encuentro entre guardacostas y contrabandistas. Cinco guardacostas y un contrabandista han muerto, la embarcación no ha sido capturada. En el poblado nunca he visto una gota de alcohol, de no ser ese mejunje fermentado hecho a base de frutas. Veo una botella de anís y se la pido…Se niega. Si quiero, puedo bebérmela aquí mismo, pero no llevármela. Ese albino es prudente.

Dejo a Zorrillo y me voy con un asno que me ha prestado y que mañana volverá por sí solo a la casa. Nada más me llevo un gran paquete de bombones de todos los colores, cada uno envuelto en papel fino, y sesenta paquetes de cigarrillos. Lali me espera a más de tres kilómetros del poblado, con su hermana, no me hace ninguna escena y acepta caminar a mi lado, enlazada. De vez en cuando, se para y me besa a la civilizada en la boca. Cuando llegamos, voy a ver al jefe y le ofrezco los bombones y los cigarrillos. Estamos sentados ante la puerta, cara al mar. Tomamos bebida fermentada conservada fresca en jarras de barro. Lali está a mi derecha, rodeándome el muslo con los brazos, y su hermana a mi izquierda en igual postura. Comen bombones. El paquete está abierto delante de nosotros y las mujeres y los niños se sirven discretamente. El jefe empuja la cabeza de Zoraima hacia la mía y me hace comprender que ella quiere ser mi mujer como Lali. Lali hace ademanes sobre sus pechos Y. luego, indica que Zoraima tiene los pechos pequeños y que por eso no la quiero. Me encojo de hombros y todos se ríen. Zoraima parece muy desgraciada. Entonces, la tomo en brazos, rodeándole el cuello y le acaricio los senos; ella está radiante de felicidad. Fumo cigarrillos. Algunos indios los prueban, pero los tiran en seguida, para volver a su cigarro, con el fuego en la boca. Cojo a Lali del brazo para irme tras haber saludado a todo el mundo. Lali camina detrás de mí y Zoraima detrás de ésta. Asamos grandes pescados, que siempre son suculentos. He puesto al fuego una langosta de unos dos kilos. Comemos esa carne delicada con deleite.

He recibido el espejo, el papel fino y el papel de calco, un tubo de pegamento que no había pedido, pero que puede serme útil, varios lápices grasos semiduros, el tintero y el pincel. Coloco el espejo colgado de un cordel a la altura de mi pecho cuando estoy sentado. En el espejo se refleja netamente, con todos sus detalles y del mismo tamaño, mi cabeza de tigre. Lali y Zoraima, curiosas e interesadas, me contemplan. Sigo los trazos con el pincel, pero como la tinta resbala recurro al pegamento: mezclo pegamento con tinta. A partir de ahora, todo va bien. En tres sesiones de una hora, consigo tener en el espejo la réplica exacta de la cabeza del tigre.

Lali ha ido a buscar al jefe. Zoraima me coge las manos y me las pone sobre sus pechos. Parece tan infeliz y enamorada, sus ojos están tan henchidos de deseo y de amor que, sin saber muy bien lo que me hago, la poseo allí mismo, en el suelo, en medio de la choza. Ha gemido un poco, pero su cuerpo, vibrante de placer, se enrosca al mío y no quiere soltarme. Suavemente, me deshago y voy a bañarme en el mar, pues estoy manchado de tierra. Ella viene detrás de mí y nos bañamos juntos. Le froto la espalda, ella me frota piernas y brazos. Después, volvemos hacia la casa. Lali está sentada en el sitio donde yo y su hermana nos habíamos tendido. Cuando entramos, ella ha comprendido. Se levanta, me rodea el cuello con los brazos y me besa tiernamente. Luego, coge a su hermana del brazo y la hace salir por mi puerta, vuelve y sale por la suya. Oigo golpes afuera, salgo y veo a Lali, Zoraima y otras dos mujeres que intentan horadar el muro con un hierro. Comprendo que quieren hacer una cuarta puerta. Para que el muro se abra sin resquebrajar el resto, lo mojan con la regadera. En poco tiempo, la puerta está hecha. Zoraima empuja los escombros hacia fuera. En adelante, sólo ella saldrá y entrará por esa abertura, nunca más usará la mía.

Ha venido el jefe acompañado de tres indios y de su hermano, cuya pierna casi ya está cicatrizada. Ve el dibujo en el espejo y se mira. Está maravillado de ver el tigre tan bien dibujado y de ver también su propio rostro. No comprende lo que quiero hacer. Como todo está seco' pongo el espejo sobre la mesa, el papel transparente encima y empiezo a copiar. Es rápido, resulta fácil. El lápiz semiduro sigue fielmente todos los trazos. En menos de media hora, ante las miradas interesadas de todos, logro un dibujo tan perfecto como el original. Uno tras otro, todos cogen el papel y lo examinan, comparando el tigre de mi pecho con el del dibujo. Hago tender a Lali sobre la mesa, la mojo muy ligeramente con un trapo humedecido, le pongo una hoja de calco sobre el vientre y, encima, la hoja que acabo de dibujar. Hago algunos trazos y el asombro de todos llega al colmo cuando ven trazado en el vientre de Lali una pequeña parte del dibujo. Tan sólo entonces comprende el jefe que todo ese trabajo que me doy es para él.

Los seres que carecen de la hipocresía que da la educación del mundo civilizado reaccionan con naturalidad, tal como perciben las cosas. Es en lo inmediato que están contentos o descontentos, alegres o tristes, interesados o indiferentes. La superioridad de indios puros como esos guajiros es impresionante. Nos superan en todo, pues si aceptan a alguien, todo cuanto tiene es de el y, a su vez, cuando reciben la más pequeña atención de esa persona, en su ser hipersensible, se conmueven profundamente. He decidido hacer los grandes rasgos con navaja, de modo que a la primera sesión los contornos del dibujo queden fijados definitivamente por un primer tatuaje. Después, repicaré encima con tres agujas sujetas a una varita. El día siguiente, me pongo al trabajo.

Zato está tumbado sobre la mesa. Tras haber calcado el dibujo del papel fino sobre otro papel blanco más resistente, con un lápiz duro lo calco sobre su piel, preparada ya con una leche de arcilla blanca que he dejado secar. El calco sale al pelo, y dejo que se seque bien. El jefe está tendido en la mesa, tieso, sin rechistar ni mover la cabeza por el mucho miedo que tiene de estropear el dibujo que le hago ver en el espejo. Hago todos los trazos con navaja. Cada vez que brota sangre, aunque ligeramente, enjugo. Cuando todo está bien repasado y finas líneas rojas han sustituido el dibujo, embadurno todo el pecho con tinta china. La tinta prende difícilmente, rechazada por la sangre, en los sitios donde he hincado demasiado, pero casi todo el dibujo resalta maravillosamente. Ocho días después, Zato tiene sus fauces de tígre bien abiertas con su lengua rosa, sus dientes blancos, su nariz y sus bigotes negros, así como sus ojos. Estoy contento de mi obra: es más bonita que mi tatuaje y sus tonos, más vivos. Cuando se desprenden las costras, repico algunos sitios con las agujas. Zato está tan contento, que ha pedido seis espejos a Zorrillo, uno para cada choza, y dos para la suya.

Pasan los días, las semanas, los meses. Estamos en el mes de abril, hace cuatro meses que estoy aquí. Mi salud es excelente. Estoy fuerte y mis pies, acostumbrados a caminar descalzos, me permiten hacer largas marchas sin cansarme cuando cazo grandes lagartos. He olvidado decir que, después de mi primera visita al brujo, pedí a Zorrillo que me trajese tintura de yodo, agua oxigenada, algodón, hilas, tabletas de quinina y “Stovarsol”. En el hospital había visto a un presidiario con una úlcera tan grande como la del brujo. Chatal el enfermero, chafaba una pastilla de “Stovarsol” y se la ponía encima. Tuve todo lo que pedí más una pomada que por su cuenta y riesgo me trajo Zorrillo. Mandé el cuchillito de palo al brujo, quien me respondió enviándome el suyo. Tardé mucho en convencerle de que se dejase curar. Pero, al cabo de algunas visitas, la úlcera estaba reducida a la mitad. Después, él continuó solo el tratamiento y, un buen día, me mandó el gran cuchillo para que fuese a ver que estaba completamente curado. Nadie supo nunca que le había curado yo.

Mis mujeres no me sueltan. Cuando Lali está de pesca, Zoraima está conmigo. Si Zoraima va a zambullirse, Lali me hace compañía.

Zato ha tenido un hijo. Su mujer ha ido a la playa en el momento de los dolores, ha escogido un gran peñasco que la pone a resguardo de las miradas de todos, otra mujer de Zato le lleva una gran cesta con galletas, agua dulce y papelón (azúcar sin refinar pardo, en panes de dos kilos). Debe de haber dado a luz sobre las cuatro de la tarde, pues, al ponerse el sol, daba grandes gritos mientras se acercaba al poblado con su crío en vilo. Zato sabe, antes de que ella llegue, que es varón. Creo comprender que si es hembra, en vez de alzar al crío en el aire y gritar gozosamente, llega sin gritar, con el crío en brazos, sin levantarlos. Lali me lo explica con gestos y ademanes. La india avanza; luego, tras haber alzado al crío, se para. Zato tiende los brazos, gritando, pero sin moverse. Entonces, ella avanza unos cuantos metros más, levanta al crío en el aire, grita y vuelve a pararse. Zato vuelve a gritar y tiende los brazos. Eso, cinco o seis veces durante los treinta o cuarenta últimos metros. Zato sigue sin moverse del umbral de su choza. Está delante de la gran puerta, con toda la gente a derecha e izquierda. La madre se ha parado, está a cinco o seis pasos tan sólo, levanta en vilo a su crío y grita. Entonces Zato avanza, coge al crío por los sobacos, lo levanta a su vez en vilo, se vuelve hacia el Este y grita tres veces levantándolo también tres veces. Luego, se sienta, con el crío en el brazo derecho, lo inclina sobre el pecho y le mete la cabeza bajo su sobaco tapándolo con su brazo izquierdo. Sin volverse, se mete en la choza por la puerta grande. Todo el mundo le sigue, la madre es la última en entrar. Nos hemos bebido todo el vino fermentado que había.

Durante toda la semana riegan mañana y tarde frente a la choza de Zato. Luego, hombres y mujeres apisonan la tierra golpeando con los talones o la planta de los pies. Así, hacen un círculo muy grande de tierra arcillosa roja perfectamente apisonada. El día siguiente, montan una gran tienda de pieles de buey y adivino que habrá una fiesta. Bajo la tienda, grandes vasijas de barro cocido se llenan de su bebida preferida, tal vez veinte enormes jarras. Colocan piedras y, en torno, leña seca y verde cuya pila aumenta cada día. Mucha de esa leña ha sido traída hace tiempo por mar, es seca, blanca y limpia. Hay troncos muy gruesos que a saber cuándo han sido sacados del agua. Sobre las piedras, han plantado dos horcas de madera de la misma altura: son las bases de un enorme espetón. Cuatro tortugas patas arriba, más de treinta enormes lagartos, vivos, con las uñas de sus patas entrelazadas, de tal manera que no pueden escaparse, dos carneros, todas esas vituallas esperan ser sacrificadas y comidas. Hay quizá dos mil huevos de tortuga.

Una mañana, llegan unos quince jinetes, todos indios con collares en TORNO al cuello, sombreros de paja muy anchos, taparrabos, muslos, pantorrillas, pies y nalgas al aire, y una chaqueta de pieles de carnero vuelta, sin mangas. Todos llevan un enorme puñal al cinto; dos, una escopeta de caza de dos cañones; el jefe, una carabina de repetición y también una magnífica chaqueta con mangas de cuero negro y un cinto lleno de balas. Los caballos son magníficos, pequeños, pero muy nerviosos, todos tordos. Detrás, en la grupa, llevan un haz de hierbas secas. Han anunciado su llegada desde muy lejos disparando sus armas, pero como iban a galope tendido, se han encontrado en seguida junto a nos otros. El jefe se parece extrañamente, si bien es algo más viejo, a Zato y a su hermano. Una vez ha descabalgado de su pura sangre, se acerca a Zato y ambos se tocan el hombro mutuamente. Entra solo en la casa y vuelve con el indio detrás y el crío en brazos. Lo presenta levantado en vilo a todos, y, luego, hace el mismo gesto que Zato: tras haberlo presentado al Este, donde sale el sol, lo oculta bajo su sobaco y el antebrazo izquierdo y entra de nuevo en la casa. Entonces todos los jinetes echan pie a tierra, traban un poco más lejos a los caballos con el haz de hierba colgado al cuello de cada uno. Hacia mediodía, llegan unas indias en un enorme carromato tirado por cuatro caballos. El carretero es Zorrillo. En el carromato, hay tal vez veinte indias, todas jóvenes, y siete u ocho chiquillos.

Antes de que llegue Zorrillo, he sido presentado a todos los jinetes, empezando por el jefe. Zato me hace observar que su dedo pequeño del pie izquierdo está torcido y pasa por encima del otro dedo. Su hermano tiene la misma particularidad y el jefe que acaba de llegar, también. Después, me hace ver bajo el brazo de cada uno la misma mancha negra, una especie de lunar. He comprendido que el recién llegado es padre de ellos. Los tatuajes de Zato son muy admirados por todo el mundo, sobre todo la cabeza de tigre. Todas las indias que acaban de llegar tienen dibujos de todos los colores en sus cuerpos y caras. Lali pone algunos collares de trozos de coral en torno del cuello de algunas, y a las otras, collares de conchas. Hay una india admirable, más alta que las otras, de estatura mediana. Tiene perfil de italiana, parece un camafeo. Su pelo es negro violáceo, sus ojos, verde jade, inmensos, con pestañas muy largas y cejas arqueadas. Lleva el pelo cortado a la india, con flequillo, y la raya en medio partiéndolo en dos, de forma que cae a derecha e izquierda tapándole las orejas. En medio del cuello están cortados a diez centímetros justos. Sus pechos de mármol arrancan juntos y se abren armoniosamente.

Lali me la presenta y la hace entrar en casa con Zoraima y otra india jovencísima que lleva vasijas y una especie de pinceles. En efecto, las visitantes deben pintar a las indias de mi poblado. Presencio la obra maestra que la guapa chica pinta sobre Lali y Zoraima. Sus pinceles están hechos con una varita con un pedazo de lana en el extremo. Para hacer sus dibujos los moja en diferentes colores. Entonces, tomo mi pincel y, partiendo del ombligo de Lali, hago una planta con dos ramas cada una de las cuales va a la base del pecho; luego pinto pétalos de color rosa, y el pezón, de amarillo. Diríase una flor medio abierta, con su pistilo. Las otras tres quieren que les haga lo mismo. Tengo que preguntárselo a Zorrillo. Acude y me dice que puedo pintarlas como quiera desde el momento que ellas están de acuerdo. ¡Lo que llego a hacer! Durante más de dos horas, he pintado los pechos de las jóvenes visitantes y los de las demás. Zoraima exige tener exactamente la misma pintura que Lali. Entretanto, los indios han asado los carneros en el espetón, y dos tortugas cuecen a trozos sobre las brasas. Su carne es roja y hermosa, parece de buey.

Estoy sentado al lado de Zato y de su padre, bajo la tienda. Los hombres comen a un lado, las mujeres en el otro, salvo las que nos sirven. La fiesta termina con una especie de danza, muy avanzada la noche. Para bailar, un indio toca una flauta de madera que emite tonos agudos poco variados y golpea dos tambores de piel de carnero. Muchos indios e indias están borrachos, pero no se produce ningún incidente desagradable. El brujo ha venido montado en su asno. Todo el mundo mira la cicatriz rosa que hay en el sitio de la úlcera, esa úlcera que todo el mundo conocía. Por lo que es una verdadera sorpresa verla cicatrizada. Sólo Zorrillo y yo sabemos a qué atenernos. Zorrillo me explica que el jefe de la tribu que ha venido es el padre de Zato y que le llaman Justo. El es quien juzga los conflictos que surgen entre gente de su tribu y de las otras tribus de raza guajira. Me dice también que cuando hay desavenencias con otra raza de indios, los iapos, se reúnen para discutir si van a hacer la guerra o a arreglar las cosas amigablemente. Cuando un indio es muerto por otro de la otra tribu, se ponen de acuerdo, para evitar la guerra, en que el homicida pague el muerto de la otra tribu. Algunas veces, se paga hasta doscientas cabezas de ganado, pues en las montañas y en su falda todas las tribus poseen muchas vacas y bueyes. Desgraciadamente, nunca las vacunan contra la fiebre aftosa y las epidemias matan cantidades considerables de reses. Por una parte es bueno, dice Zorrillo, pues sin esas enfermedades tendrían demasiadas. Ese ganado no puede ser vendido oficialmente en Colombia o en Venezuela, tiene que quedarse siempre en territorio indio por miedo que lleve la fiebre aftosa a ambos países. Pero, dice Zorrillo, por los montes hay un gran contrabando de manadas.

El jefe visitante, justo, me hace decir por Zorrillo que vaya a verle en su poblado, donde tiene, al parecer, casi cien chozas. Me dice que vaya con Lali y Zoraima, que me dará una choza para nosotros y que no nos llevemos nada, pues tendré todo lo necesario. Me dice que me lleve solamente mi material de tatuaje para hacerle también un tigre a él. Se quita su muñequera de cuero negro y me la da. Según Zorrillo, es un gesto importante que significa que él es mi amigo y que no tendrá fuerza para negarse a mis deseos. Me pregunta si quiero un caballo, le digo que sí, pero que no puedo aceptarlo, pues aquí apenas hay hierba. Dice que Lali o Zoraima pueden, cada vez que sea necesario, ir a media jornada de caballo. Explica dónde es y que allí hay hierba alta y buena. Acepto el caballo, que me mandará, dice, pronto.

Aprovecho esta larga visita de Zorrillo para decirle que tengo confianza en él, que espero que no me traicione delatando mi idea de ir a Venezuela o a Colombia. Me describe los peligros de los treinta primeros kilómetros fronterizos. Según los informes de los contrabandistas, el lado venezolano es más peligroso que el lado colombiano. Por otra parte, él mismo podría acompañarme al lado de Colombia casi hasta Santa Marta, y añade que ya he hecho el camino y que, en su opinión, Colombia es más indicada. Estaría de acuerdo en que comprase otro diccionario, o más bien libros de lecciones de español donde hay frases “standard”. Según el, si aprendiese a tartamudear muy fuerte, sería una gran ventaja, pues la gente se pondría nerviosa escuchándome y ella misma acabaría las frases sin prestar demasiada atención al acento y a la dicción. Quedó decidido, me traerá libros y un mapa lo más detallado posible, y, cuando haga falta, también se encargará de vender mis perlas contra dinero colombiano. Zorrillo me explica que los indios, empezando por el jefe, no pueden menos que estar de mi parte en mi decisión de irme, puesto que lo deseo. Sentirán mi marcha, pero comprenderán que es normal que trate de volver con los míos. Lo difícil será Zoraima y, sobre todo Lali. Tanto una como otra, pero sobre todo Lali, son muy capaces de matarme de un tiro. Por otra parte, también por Zorrillo, me entero de algo que ignoraba: Zoraima está encinta. No he notado nada, por lo que me he quedado estupefacto.

La fiesta ha terminado, todo el mundo se ha ido, la tienda de pieles es desmontada, todo vuelve a quedar como antes, al menos en apariencia. He recibido el caballo, un magnífico tordo de larga cola que casi llega al suelo y una crin de un gris platinado maravilloso. Lali y Zoraima no están nada contentas y el brujo me manda llamar para decirme que Lali y Zoraima le han preguntado si podían darle sin peligro vidrio machacado al caballo para que así se muera. Les ha dicho que no hicieran tal cosa porque yo estaba protegido por no sé qué santo indio y que, entonces, el vidrio iría a parar al vientre de ellas. Añade que, a su parecer, ya no hay peligro, pero que no está seguro. Tengo que andar con cuidado. ¿Y en lo que se refiere a mí personalmente? No, dice él. Si ven que me dispongo en serio a marcharme, todo lo más que pueden hacer, sobre todo Lali, es matarme de un tiro de escopeta. ¿Puedo intentar convencerlas de que me dejen ir diciendo que volveré? Eso sí que no, nunca dar a entender que quiero marcharme.

El brujo ha podido decirme todo eso porque, el mismo día, ha hecho venir a Zorrillo, que ha hecho de intérprete. Las cosas son demasiado graves para no tomar todas las precauciones, concluye diciendo Zorrillo. Vuelvo a casa. Zorrillo ha ido a la del brujo y se ha marchado por un camino distinto del mío. Nadie en el poblado sabe que el brujo me ha mandado llamar al mismo tiempo que a Zorrillo.

Ya han pasado seis meses y tengo prisa por irme. Un día, vuelvo a casa y encuentro a Lali y Zoraima inclinadas sobre el mapa. Tratan de entender qué representan esos dibujos. Lo que les preocupa es el dibujo con las flechas que indican los cuatro puntos cardinales. Están desconcertadas, pero adivinan que ese papel tiene algo muy importante que ver con nuestra vida.

El vientre de Zoraima ha empezado a hacerse muy voluminoso. Lali está un poco celosa y me obliga a hacer el amor a no importa qué hora del día o de la noche y en cualquier sitio propicio, Zoraima también reclama hacer el amor, pero, afortunadamente, sólo de noche. He ido a ver a justo, el padre de Zato. Lali y Zoraima me han acompañado. Me he valido del dibujo, que por suerte había guardado, para calcar las fauces del tigre en su pecho. En seis días ha quedado listo, pues la primera costra cayó pronto gracias a un lavado que él mismo se hizo con agua mezclada con trozos de cal viva. justo está tan contento que se contempla en el espejo varias veces al día. Durante mi estancia, ha venido Zorrillo. Con mi autorización ha hablado a Justo de mi proyecto, pues yo quisiera que me cambiase el caballo. Los caballos de, los guajiros, tordos, no existen en Colombia, pero justo tiene tres caballos alazanes colombianos. Tan pronto justo conoce mis proyectos, manda a buscar los caballos. Escojo el que me parece más manso, y justo lo hace ensillar, poner estribos y un freno de hierro, pues los suyos carecen de silla y, por freno, llevan un hueso. Tras haberme equipado a la colombiana, justo me pone en las manos las bridas de cuero marrón y luego, delante de mí, le cuenta a Zorrillo treinta y nueve monedas de oro de cien pesos cada una. Zorrillo debe guardarlas y entregármelas el día que me vaya. Quiere darme su carabina de repetición “Manchester”, rehúso y, además, Zorrillo dice que no puedo entrar armado en Colombia. Entonces, Justo me da dos flechas de un dedo de largo, envueltas en lana y encerradas en una pequeña funda, de cuero. Zorrillo me dice que son flechas emponzoñadas, con veneno muy violento y muy raro.

Zorrillo nunca había visto ni tenido flechas envenenadas. Tiene que guardarlas hasta mi marcha. No sé como hacer para expresar lo agradecido que estoy de tanta magnificencia por parte de Justo. Este me dice que, a través de Zorrillo, sabe algo de mí vida, y que la parte que ignora debe ser pródiga, pues soy un hombre entero; que es la primera vez que ha conocido a un hombre blanco, que antes les tenía a todos por enemigos, pero que ahora les querrá y tratará de conocer a otro hombre como yo.

– Reflexiona dice-, antes de irte a otra tierra donde tienes muchos enemigos, cuando en esta tierra en que estamos sólo tienes amigos.

Me dice que Zato y él cuidarán de Lali y Zoraima, que el hijo de Zoraima siempre tendrá un lugar de honor, sí es chico, naturalmente, en la tribu.

– No quisiera que te fueses. Quédate y te daré la bella india que conociste en la fiesta. Es hija mía y te ama. Podrás quedarte aquí conmigo. Tendrás una gran choza y las vacas y bueyes que quieras.

Dejo a ese hombre magnífico y vuelvo a mi poblado. Durante el trayecto, Lali no ha dicho palabra. Está sentada detrás de mí en el caballo alazán. La silla le lastima los muslos, pero no ha dicho nada durante todo el viaje. Zorrillo se ha ido a su poblado por otro camino. Por la noche, hace un poco de frío. Pongo a Lali una chaqueta de piel de camero que justo me ha dado. Ella se deja vestir sin decir palabra ni expresar nada. Ni un gesto. Acepta la chaqueta, sin más. Aunque el trote del caballo es un poco fuerte, no me coge del talle para sostenerse. Cuando llegamos al poblado y voy a saludar a Zato, ella se va con el caballo, lo ata a la casa, con un manojo de hierba delante, sin quitarle la silla ni el freno. Tras haber pasado una hora larga con Zato, vuelvo a casa.

Cuando están tristes, los indios, y sobre todo las indias, tienen un rostro hermético, ni un músculo de su rostro se mueve, sus ojos están anegados de tristeza. Jamás lloran. Pueden gemir, pero no lloran. Al moverme, he lastimado el vientre de Zoraima, el dolor le hace soltar un grito. Entonces, me levanto, temeroso de que suceda otra vez, y voy a acostarme en otra hamaca. Esta hamaca cuelga muy baja, me tiendo, pues, y noto que alguien la toca. Finjo dormir. Lali se sienta en un tronco de árbol y me mira sin moverse. Un momento después, siento la presencia de Zoraima: tiene la costumbre de perfumarse chafando flores de naranjo y frotándose la piel con ellas. Esas flores las compra, mediante trueques, en bolsitas a una india que, de vez en cuando, viene al poblado. Cuando despierto ambas siguen ahí, quietas. Ya ha salido el sol, son casi las ocho. Las llevo a la playa y me tumbo en la arena seca. Lali está sentada, así como Zoraima. Acaricio los pechos y el vientre de Zoraima, que sigue de mármol. Tumbo a Lali y la beso, ella aprieta los labios. El pescador ha venido a esperar a Lali. Le ha bastado ver su cara para comprender, se ha retirado. Estoy verdaderamente apesadumbrado y no sé qué hacer, sino acariciarlas y besarlas para demostrarles que las quiero. Ni una palabra sale de sus bocas.

Estoy en verdad turbado por tanto dolor ante la simple idea de lo que será la vida de ellas cuando me haya marchado. Lali quiere hacer el amor a la fuerza. Se me entrega con una especie de desesperación. ¿Cuál es el motivo? Sólo puede haber uno: intenta quedar encinta de mí.

Por primera vez,. esta mañana, he visto un gesto de celos hacia Zoraima. Acariciaba el vientre y los senos de Zoraima y ella me mordisqueaba el lóbulo de las orejas. Estábamos tumbados en la playa, en una hondonada bien resguardada, sobre la fina arena. Lali ha llegado, ha cogido a su hermana del brazo, le ha pasado la mano sobre su vientre hinchado y, luego, sobre el suyo, liso y aplastado. Zoraima se ha levantado y, como queriendo decir: tienes razón, le ha dejado el sitio a mi lado.

Las mujeres me hacen la comida todos los días, pero ellas no comen nada. Hace tres días que no han comido nada. He tomado el caballo y he estado a punto de cometer una falta grave, la primera en más de cinco meses: me he ido sin permiso a visitar al brujo. En el camino, he reflexionado y, en vez de ir directamente a su casa, he pasado varias veces a unos doscientos metros de su tienda. Me ha visto y me ha hecho signo de que me acercase. Como he podido, le he hecho comprender que Lali y Zoraima no querían comer. Me da una especie de nuez que debo poner en el agua potable de la casa. Vuelvo y pongo la nuez en la gran jarra. Han bebido varias veces, pero ni aun así comen. Lali ya no va a pescar. Hoy, después de cuatro días de completo ayuno, ha hecho una verdadera locura: ha ido, sin embarcación, a nado, a casi doscientos metros de la orilla, y ha vuelto con treinta ostras para que me las coma. Su desesperación me turba hasta el punto de que yo casi tampoco como. Hace seis días que dura esta situación. Lali está acostada, con fiebre. En seis días, sólo se ha tomado el zumo de algunos limones. Zoraima come sólo una vez al día, hacia las doce. Yo no sé qué hacer. Estoy sentado al lado de Lali. Ella está tendida en el suelo sobre una hamaca que he doblado para hacerle una especie de colchón; contempla el techo de la casa sin moverse. La miro, miro a Zoraima con su vientre hinchado y, no sé exactamente por qué, rompo a llorar. ¿Por mí? ¿Por ellas? ¡Vete a saber! Lloro, gruesas -lágrimas me resbalan por las mejillas. Zoraima, al verlas, se pone a gemir y, entonces, Lali vuelve la cabeza y me ve llorando. Bruscamente, se levanta, se sienta entre mis piernas, gimiendo quedamente. Me besa y me acaricia. Zoraima me ha rodeado los hombros con el brazo y Lali se pone a hablar, habla mientras gime y Zoraima le contesta. Parece hacerle reproches a Lali. Lali toma un trozo de azúcar del tamaño de un puño, me muestra que lo diluye en agua y se la traga en dos sorbos. Luego, sale con Zoraima, oigo que tiran del caballo que encuentro ensillado cuando salgo, con el freno puesto y las bridas atadas al pomo de la silla. Pongo la chaqueta de camero para Zoraima y, en la silla, Lali pone, doblada, una hamaca. Zoraima monta delante, casi sobre el cuello del caballo, yo en medio y Lali detrás. Estoy tan desorientado que me voy sin saludar a nadie ni avisar al jefe.

Lali tira de la brida pues, creyendo que íbamos a casa del brujo, yo había tomado esa dirección. No, Lali tira de la brida y dice: “Zorrillo.” Durante el camino, bien aferrada a mi cintura, me besa varias veces en el cuello. Yo sostengo las bridas con la izquierda y con la derecha acaricio a mi Zoraima. Llegamos al poblado de Zorrillo cuando él acaba de regresar de Colombia con tres asnos y un caballo cargado hasta los topes. Entramos en la casa. Lali es la primera en hablar, luego Zoraima.

Y he aquí lo que me explica Zorrillo: hasta el momento que lloré, Lali creía que yo era un blanco que no le concedía ninguna importancia. Que iba a marcharme, eso Lali lo sabía, pero que yo era falso como la serpiente, puesto que nunca se lo había dicho ni dado a entender. Dice que estaba profundamente decepcionada, pues sabía que una india como ella podía hacer feliz a un hombre, que un hombre satisfecho no se va, que pensaba que no había razón para seguir viviendo tras un fracaso tan grave. Zoraima dice lo mismo, y además que tenía miedo de que su hijo saliese al padre: un hombre sin palabra, falso, que pediría a sus mujeres cosas tan difíciles de hacer, que ellas, que darían su vida por él, no podrían comprender. ¿Por qué huía de ella como si fuese el perro que me mordió el día de mi llegada? Contesté:

– ¿Qué harías, Lali, si tu padre estuviese enfermo?

– Caminaría sobre espinas para ir a cuidarle.

– ¿Qué harías, si te hubiesen cazado como a una bestia para matarte, el día que no pudieras defenderte?

– Buscaría a mi enemigo en todas partes, para enterrarle tan hondo que ni siquiera pudiera revolverse en su hoyo.

– Una vez cumplidas todas esas cosas, ¿qué harías si tuvieses dos maravillosas mujeres que te esperan?

– Regresaría a caballo.

– Es lo que haré, puedes estar segura.

– ¿Y, si cuando vuelvas, soy vieja y fea?

– Volveré mucho antes de que seas fea y vieja.

– Sí, has dejado que brote agua de tus ojos, Nunca podrás hacer eso adrede. Puedes irte cuando quieras, pero debes irte a la luz del día, delante de todo el mundo y no como un ladrón. Debes irte como viniste, a la misma hora de la tarde, enteramente vestido. Debes decir quién ha de velar por nosotras día y noche… Zato es el jefe, pero tiene que haber otro hombre que vele por nosotras. Debes decir que la casa sigue siendo tu casa, que ningún hombre salvo tu hijo, si es un hombre lo que haya en el vientre de Zoraima, ningún hombre, pues, debe entrar en tu casa. Para eso, Zorrillo debe venir el día que te vayas. Para que diga todo lo que tú tengas que decir.

Hemos dormido en casa de Zorrillo. Ha sido una noche deliciosamente tierna y dulce. Los murmullos, los ruidos de las bocas de esas dos hijas de la naturaleza tenían sonidos de amor tan turbadores, que estaba conmovido. Hemos vuelto a caballo los tres, despacio a causa del vientre de Zoraima. Debo irme ocho días después de la primera luna, pues Lady quiere decirme si es seguro que está encinta. La luna pasada, no tuvo la regla. Tiene miedo de equivocarse, pero si esta luna sigue sin ver sangre, entonces es que un hijo está germinando. Zorrillo debe traer todas las ropas que he de ponerme: tengo que vestirme allí tras haber hablado como guajiro, es decir, desnudo. La víspera, deberemos ir a ver al brujo los tres. El nos dirá si en la casa deben cerrar mi puerta o dejarla abierta. Ese regreso lento, a causa del vientre de Zoraima, no ha sido empañado por ninguna tristeza. Ellas dos prefieren saberlo, que quedar abandonadas y en ridículo ante las mujeres y los hombres del poblado. Cuando Zoraima tenga su hijo, tomará un pescador para sacar muchas perlas que me guardará. Lali pescará más tiempo todos los días para estar ocupada también. Siento no haber aprendido a decir más de una docena de palabras en guajiro. ¡Les diría tantas cosas que no pueden ser dichas a través de un intérprete! llegamos. Lo primero que debemos hacer es ver a Zato para darle a entender que siento haberme ido sin decir nada. Zato es tan noble como su hermano. Antes de que hable, ya me ha puesto la mano en el cuello y dice: “Gil (cállate).” La luna nueva será dentro de unos doce días. Con los ocho que debo aguardar después, dentro de veinte días estaré en camino.

Mientras vuelvo a mirar el mapa, cambiando ciertos detalles en la forma de pasar los poblados, pienso de nuevo en lo que me ha dicho Justo. ¿Dónde seré más feliz que aquí, donde todo el mundo me quiere? ¿No voy a labrarme mi propia desgracia volviendo a la civilización? El futuro lo dirá.

Estas tres semanas han pasado como un soplo. Lali ha tenido la prueba de que está encinta. Van a ser dos o tres hijos los que esperen mi regreso. ¿Por qué tres? Ella me dice que su madre ha tenido gemelos dos veces. Hemos ido a casa del brujo. No, no deben cerrar la puerta. Sólo deben poner una rama de árbol atravesada. La hamaca en la que dormíamos los tres debe ser tendida del techo de la choza. Ellas dos deben dormir siempre juntas, pues no son más que una. Luego, nos hace sentar junto a la lumbre, le echa hojas verdes y nos envuelve en humo durante más de diez minutos. Nos hemos vuelto a casa, a esperar a Zorrillo, quien, en efecto, llega aquella misma noche. En torno de la lumbre, delante de mi choza, hemos pasado toda la velada hablando. A cada uno de los indios les he dicho, a través de Zorrillo, una palabra amable y cada uno, a su vez, contestaba también algo. Al salir el sol, me he retirado con Lali y Zoraima. Hemos hecho el amor durante todo el día. Zoraima se pone encima de mí para sentirme mejor dentro de ella y Lali se enrosca como una hiedra clavada en su sexo que late como un corazón. Por la tarde, me marcho. Traducido por Zorrillo, digo:

– Zato, gran jefe de esta tribu que me ha acogido, que me lo ha dado todo, debo decirte que es necesario que me permitas que os deje para muchas lunas.

– ¿Por qué quieres dejar a tus amigos?

– Porque es necesario que vaya a castigar a quienes me persiguieron como a una fiera. Gracias a ti, he podido, en tu poblado, estar a resguardo, he podido vivir dichoso, comer bien, tener amigos nobles, mujeres que han puesto sol en mi pecho. Pero eso no debe transformar a un hombre como yo en un animal que, por haber hallado refugio cálido y bueno, se queda en el toda la vida por miedo de tener que sufrir luchando. Voy a afrontar a mis enemigos, voy a ver a mi padre, que me necesita. Aquí dejo mi alma, en mis mujeres Lali y Zoraima, en los hijos fruto de nuestra unión. Mi choza es de ellas y de mis hijos que nacerán. Espero que tú, Zato, si alguien lo olvidara, se lo recuerdes. Pido que, además de tu vigilancia personal, un hombre que se llama Usli proteja día y noche a mi familia. Os he querido mucho a todos y siempre os querré. Voy a hacer todo lo que pueda para regresar muy pronto. Si muero en el cumplimiento de mi deber, mi pensamiento irá hacia vosotros, Lali, Zoraima y mis hijos, y a vosotros, indios guajiros, que sois mi familia.

Entro en mi choza seguido por Lali y Zoraima. Me visto: camisa y pantalón caqui, calcetines' botas hasta media pierna.

Durante mucho rato he vuelto la cabeza para ver trozo a trozo ese poblado idílico en el que he pasado seis meses. Esta tribu guajira tan temida, tanto por las otras tribus como por los blancos, ha sido para mí un puerto donde respirar, un refugio sin igual contra la maldad de los hombres. En él he encontrado amor, paz, tranquilidad y nobleza. Adiós, guajiros, indios salvajes de la península colombo-venezolana. Por suerte, tu vasto territorio es disputado y libre de toda injerencia de las dos civilizaciones que te rodean. Tu salvaje forma de vivir y de defenderte me ha enseñado una cosa muy importante para el futuro: que vale más ser un indio salvaje que un magistrado licenciado en Letras.

Adiós, Lali y Zoraima, mujeres incomparables, de reacciones tan próximas a la naturaleza, sin cálculo, espontáneas y que, en el momento de irme, con toda sencillez, han puesto en un talego de lona todas las perlas que había en la choza. Volveré, estoy seguro, de ello. ¿Cuándo? ¿Cómo? No lo sé, pero me prometo regresar.

Hacia el final de la tarde, Zorrillo monta a caballo y salimos en dirección de Colombia. Llevo un sombrero de paja. Camino tirando a mi caballo de la brida. Todos los indios de la tribu, sin excepción, se tapan la “cara con el brazo izquierdo y extienden hacia mí el brazo derecho. De este modo, me significan que no quieren verme partir, que eso les causa demasiada pena y levantan la mano como haciendo ademán de retenerme. Lali y Zoraima me acompañan casi cien metros. Creí que iban a besarme cuando, bruscamente, lanzando alaridos, se han ido corriendo hacia nuestra casa, sin volverse.

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