Capítulo VII
Robo de joyas en el «Grand Metropolitan»
Poirot —dije—, le conviene un cambio de aires.
—¿Usted cree, mon ami?
—Estoy seguro.
—¿Eh.... eh? —replicó mi amigo sonriendo—. Entonces, ¿está todo arreglado?
—¿Acepta usted, pues?
—¿Dónde se propone llevarme?
—A Brighton. A decir verdad, un amigo mío de la ciudad me ha proporcionado un buen asunto y, bueno como vulgarmente se dice tengo dinero para gastar. Creo que un fin de semana en el «Gran Metropolitan» nos sentaría divinamente.
—Gracias, acepto agradecido. Ha tenido el buen corazón de acordarse de este viejo. Y a fin de cuentas, un buen corazón vale tanto como todas las células grises. Sí, sí, yo soy quien lo digo, a veces corro el peligro de olvidarlo.
Yo no le agradecí demasiado el comentario. Creo que Poirot algunas veces se siente inclinado a despreciar mi capacidad mental. Pero su contento era tan grande que dejé a un lado mi contrariedad.
—Entonces, todo arreglado —dije apresuradamente.
El sábado estábamos ya cenando en el «Grand Metropolitan» en medio de la alegre concurrencia. Todo el mundo parecía encontrarse en Brighton. Los trajes eran maravillosos, y las joyas.... exhibidas algunas veces por ostentación y no con buen gusto... eran algo magnífico.
—Bien, ¡esto es todo un espectáculo! —murmuró Poirot—. Éste es el hogar de los que han hecho fortuna sin escrúpulos, ¿no es cierto, Hastings?
—Se supone —repliqué—. Pero esperemos que todos no se hayan manchado con el mismo barro.
Poirot, complacido, miró en derredor suyo.
—La vista de tantas joyas me hace desear haber puesto mi cerebro al servicio del crimen, en vez de perseguirlo. ¡Qué magnífica oportunidad para algún ladrón distinguido! Hastings, fíjese en esa señora obesa, junto a la columna. Está completamente cubierta de pedruscos.
Seguí la dirección de su mirada.
—Vaya —exclamé—, es la señora Opalsen.
—¿La conoce?
—Ligeramente. Su esposo es un rico corredor de Bolsa que hizo una fortuna con la reciente alza del petróleo.
Después de la cena coincidimos con los Opalsen en el vestíbulo y les presenté a Poirot. Charlamos unos minutos y terminamos por tomar café juntos. Poirot dirigió unas palabras de alabanza a algunas de las costosas joyas que adornaban el voluminoso tórax de la dama, que se animó en seguida.
—Es mi afición predilecta, señor Poirot. Adoro las joyas. Ed conoce mi debilidad, y cada vez que las cosas van bien me trae algo nuevo. ¿Le interesan a usted las piedras preciosas?
—He tenido que tratar con ellas de vez en cuando, madame. Mi profesión me ha puesto en contacto con las joyas más famosas del mundo.
Y empezó a referirle, empleando discretos seudónimos, la historia de las joyas de una Casa reinante, mientras la señora Opalsen le escuchaba conteniendo el aliento.
—Vaya —exclamó al terminar—. ¡Es como una comedia! Sabe, poseo unas perlas que tienen historia. Creo que es uno de los collares más finos del mundo... sus perlas son tan hermosas, tan iguales y tan perfectas de color... ¡Iré a buscarlo para que lo vea!
—Oh, madame —protestó Poirot—, es usted demasiado amable. ¡No se moleste!
La obesa señora se dirigió hacia el ascensor con bastante ligereza. Su esposo, que había estado hablando conmigo, miró a Poirot interrogadoramente.
—Su esposa es tan amable que ha insistido en enseñarme su collar de perlas —explicó este último.
—¡Oh, las perlas! —Opalsen sonrió con aire satisfecho—. Bien, vale la pena verlas. ¡Y también costaron lo suyo! No obstante, es una buena inversión: podría obtener lo que me costaron en cualquier momento dado.... y quizá más. Tal vez tenga que hacerlo si las cosas continúan como ahora. El dinero está tan limitado en la ciudad... —y siguió hablando de tecnicismos que no estaban al alcance de mi comprensión.
Fue interrumpido por un botones que acercándose a él murmuró unas palabras en su oído.
—¿Eh... qué? Iré en seguida. No se habrá puesto enferma, ¿verdad? Discúlpenme, caballeros.
Y nos dejó bruscamente. Poirot reclinóse en su butaca y encendió uno de sus diminutos cigarrillos rusos. Luego, con sumo cuidado y meticulosidad, fue colocando las tazas de café vacías de modo que formasen una hilera perfecta y sonrió feliz del resultado.
Los minutos iban transcurriendo y los Opalsen no regresaban.
—Es extraño —comenté al fin—. Me preguntó cuándo volverán.
—No volverán.
—¿Por qué?
—Porque, amigo mío, algo ha sucedido.
—¿Cómo lo sabe? —pregunté con curiosidad.
Poirot sonreía.
—Hace pocos minutos el gerente salió apresuradamente de su despacho y corrió hacia arriba muy agitado. El botones del ascensor está enfrascado en una conversación muy interesante con otro botones. El timbre ha sonado tres veces, pero él no atiende. Y por último, incluso los camareros están distraits; y para que un camarero se distraiga —Poirot meneó la cabeza significativamente— el asunto debe ser de primera magnitud. ¡Ah, lo que imaginaba! Aquí llega la policía.
Dos hombres acababan de penetrar en el hotel... uno de uniforme y el otro vestido de paisano. Hablaron con un botones, e inmediatamente fueron acompañados arriba. Pocos minutos más tarde el mismo botones se acercaba al lugar donde estábamos sentados.
—El señor Opalsen, con todos sus respetos, les ruega que suban.
Poirot se puso en pie de un salto, como si hubiera estado esperando la invitación, y yo le seguí con no menos ímpetu.
Las habitaciones de los Opalsen hallábanse en el primer piso. Después de llamar a la puerta, el botones se retiró y nosotros obedecimos al «¡Adelante!” Una extraña escena apareció ante nuestros ojos. Nos encontrábamos en el dormitorio de la señora Opalsen, y en el centro de la habitación, reclinada en un sillón, hallábase la propia dama sollozando violentamente. Era todo un espectáculo, pues las lágrimas iban trazando surcos en su maquillaje. El señor Opalsen paseaba furioso de un lado a otro y los dos policías permanecían en pie con sendas libretas en la mano. Una camarera del hotel, asustadísima, permanecía junto a la chimenea; al otro lado de ésta había una francesa, sin duda la doncella de la señora Opalsen, que sollozaba y se retorcía las manos con unos extremos que rivalizaban con los de su señora.
En medio de aquel infierno apareció Poirot pulcro y sonriente, y con una energía insospechada en una mujer de peso, la señora Opalsen se levantó para dirigirse hacia él.
—Escuche: Ed puede decir lo que quiera, pero yo creo en la suerte. Estaba escrito que yo le conociera esta noche, y tengo el presentimiento que si usted no logra recuperar mis perlas nadie podrá conseguirlo nunca.
—Cálmese, se lo ruego, madame —Poirot le acarició una mano para tranquilizarla—. No se preocupe. Todo saldrá bien. ¡Hércules Poirot le ayudará!
El señor Opalsen volvióse hacia el inspector de policía.
—¿Supongo que no tendrán inconveniente en que... recurra a este caballero?
—En absoluto, señor —replicó el que vestía de paisano—. Quizás ahora su esposa se encuentre mejor y quiera darnos a conocer lo ocurrido...
La señora Opalsen miró a Poirot, y éste la acompañó de nuevo a su butaca.
—Siéntese, madame, y cuéntenos toda la historia, sin alterarse.
La señora Opalsen, tras secarse los ojos, comenzó:
—Después de cenar subí a buscar mis perlas para que las viera el señor Poirot. La doncella del hotel y Célestine estaban en mi habitación, como de costumbre...
—Perdóneme, madame, pero, ¿qué quiere decir «como de costumbre»?
El señor Opalsen lo explicó.
—Tengo ordenado que nadie entre en la habitación a menos qué Célestine, la doncella, esté aquí también. La camarera del hotel asea la habitación por la mañana en presencia de Célestine, y después de cenar viene a abrir las camas en las mismas condiciones: de otro modo nadie en absoluto entra en esta habitación.
—Bien, como iba diciendo —continuó la señora Opalsen—. Subí y me acerqué a ese cajón de ahí... —señaló el último cajón de la derecha del tocador—. Saqué mi joyero y lo abrí. Al parecer, estaba como de costumbre... lo vi en seguida, ¡pero las perlas habían desaparecido!
El inspector, que había estado escribiendo afanosamente, preguntó:
—¿Cuándo las vio por última vez?
—Estaban aquí cuando bajé a cenar.
—¿Está usted segura?
—Segurísima. No sabía si ponérmelas o no, y al fin me decidí por las esmeraldas, y volví a guardarlas en el joyero.
—¿Quién lo cerró?
—Yo. Llevo la llave colgada del cuello con una cadenita —y al decirlo nos la enseñó.
El inspector la examinó minuciosamente, encogiéndose de hombros.
—El ladrón debe de tener un duplicado de la llave. No es cosa difícil. La cerradura es bien sencilla. ¿Qué hizo usted una vez hubo cerrado el joyero?
—Volví a colocarlo en el último cajón, que es donde siempre lo guardo.
—¿No cerró el cajón con llave?
—No, nunca lo hago. Mi doncella permanece en la habitación hasta que yo subo, de modo que no es necesario.
El rostro del inspector se ensombreció.
—¿Debo entender, que las joyas estaban ahí cuando usted bajó a cenar, y que desde entonces la doncella no hubo abandonado la habitación?
De pronto, como si por primera vez comprendiera su situación, Célestine exhaló un grito agudo y abalanzándose sobre Poirot le lanzó un torrente de frases incoherentes en francés.
—¡Aquella sugerencia era infame! ¿Cómo era posible que sospecharan que ella robó a madame? ¡La policía es de una estupidez increíble! Pero monsieur que era francés...
—Belga —le corrigió Poirot, más Célestine no hizo caso de la interrupción.
Monsieur no permitiría que se le acusase falsamente mientras la infame camarera se marchaba libremente. Nunca le había agradado... era una muchacha muy osada... una ladrona innata. Desde el principio había dicho que no era de fiar. ¡Y no había cesado de vigilarla cuando arreglaba la habitación de madame! Que esos estúpidos policías la registren, ¡y si no le encuentran encima las perlas de madame será una verdadera sorpresa!
A pesar de que esta arenga había sido pronunciada en rápido y pintoresco francés. Célestine había intercalado tal cantidad de ademanes que la camarera comprendió por lo menos parte de su significado y enrojeció vivamente.
—¡Si esa extranjera dice que yo he cogido las perlas, es mentira! —declaró con calor—. Ni siquiera las vi nunca.
—¡Regístrenla! —gritó la otra—. Las encontrarán como les he dicho.
—Eres una mentirosa... ¿has oído? —dijo la camarera avanzando hacia ella—. Las has robado tú y quieres echarme las culpas a mí. Sólo estuve tres minutos en la habitación antes de que subiera la señora, y tú estuviste todo el tiempo ahí, sentada, vigilándome como un gato a un ratón.
El inspector miró interrogadoramente a Célestine.
—¿Es eso cierto? ¿No ha abandonado usted la habitación para nada?
—La verdad es que no la dejé sola —admitió Célestine—, pero fui a mi cuarto, que está ahí al lado, dos veces.... una para buscar un carrete de hilo y la otra fui a por mis tijeras. Debió cogerlas entonces.
—No tardaste ni un minuto —replicó la camarera irritada—. Sólo saliste y entraste. Me alegraré de que me registre la policía. No tengo nada que temer.
En aquel momento llamaron a la puerta y el inspector fue a abrir. Su rostro se iluminó al ver de quién se trataba.
—¡Ah! —exclamó—. Esto sí que es una suerte. Envié a buscar a una de esas matronas y acaba de llegar. Tal vez no les importe pasar a la otra habitación para que las registre.
Miró a la camarera, que pasó a la habitación contigua seguida de la matrona. La francesita se había dejado caer sobre una silla sollozando. Poirot contemplaba la habitación cuyas características principales se expresan en este boceto.
—¿A dónde conduce esta puerta? —preguntó indicando con un movimiento de cabeza la que estaba junto a la ventana.
—Creo que al departamento contiguo —repuso el inspector—. De todas formas tiene pestillo por aquí.
Poirot, acercándose a ella, lo descorrió para tratar de abrirla.
—Y por el otro lado también —observó—. Bien, parece que queda descartado.
Se fue acercando a cada ventana, por turno, para examinarlas.
—Y por aquí... tampoco. Ni siquiera hay balcón.
—Aunque lo hubiera —dijo el inspector—. No veo de qué iba a servirnos si la doncella no salió de la habitación.
—Evidemment —replicó Poirot sin desconcertarse—. Puesto que mademoiselle está segura de no haber salido de aquí...
Fue interrumpido por la reaparición de la camarera y la matrona.
—Nada —fue la lacónica respuesta de esta última.
—Desde luego —replicó la camarera muy digna—. Y esa francesa debiera avergonzarse de haber difamado a una chica honrada.
—Bueno, bueno; ya está bien —dijo el inspector abriendo la puerta—. Nadie sospecha de usted. Puede marcharse y continuar su trabajo.
La joven obedeció de mala gana.
—¿Van a registrarla? —preguntó señalando a Célestine.
—¡Sí, sí! —cerrando la puerta tras ella, hizo girar la llave de la cerradura.
Célestine acompañó a la matrona a la habitación contigua, regresando pocos minutos más tarde. Tampoco le había encontrado nada.
El inspector se puso serio.
—Me temo que de todas formas tendré que pedirle que me acompañe, señorita —volvióse a la señora Opalsen—. Lo siento, señora, pero la evidencia la condena. Si no las lleva encima deben de estar escondidas en esta habitación.
Célestine lanzó otro grito y se asió del brazo de Poirot, que, inclinándose susurró unas palabras al oído de la joven que le miró dudosa.—Sí, sí mon enfant.... le aseguro que es mejor no resistirse —luego volvióse al inspector—. ¿Me permite un pequeño experimento, monsieur? Puramente para mi propia satisfacción y sólo por eso.
—Depende de lo que sea —replicó el policía sin comprometerse.
Poirot se dirigió a Célestine para insistir sobre el caso una vez más.
—Nos ha dicho usted que fue a su habitación a buscar un carrete de hilo y alguna cosa más. ¿Dónde estaba?
—Encima de la cómoda, monsieur.
—¿Y las tijeras?
—También.
—¿Le sería mucha molestia repetir esas dos acciones? ¿Dice usted que estaba aquí sentada cosiendo, mademoiselle?
Célestine sentóse, y luego, a una señal de Poirot, se levantó yendo hasta la habitación contigua, donde cogió un objeto de encima de la cómoda y regresó.
Poirot dividió su atención entre sus movimientos y un enorme reloj que tenía en la palma de la mano.
—Hágalo otra vez, si no le importa, mademoiselle.
Al finalizar la segunda representación, anotó unas palabras en su libreta y volvió a guardar su reloj en su bolsillo.
—Gracias, mademoiselle. Y a usted, monsieur —se dirigió al inspector inclinándose graciosamente—, por su amabilidad. El inspector pareció un tanto divertido por su excesiva cortesía. Célestine se marchó deshecha en lágrimas, acompañada de la matrona y el policía de paisano.
Luego, tras dirigir unas palabras de disculpa a la señora Opalsen, el inspector se dispuso a registrar la habitación. Sacó los cajones, abrió los armarios, deshizo la cama y golpeó el suelo. El señor Opalsen le contemplaba escéptico.
—¿De verdad cree usted que las encontrará en esta habitación?
—Sí, señor. No ha tenido tiempo de sacarlas de aquí. La señora, al descubrir tan pronto el robo, desbarató sus planes. Sí, tiene que estar aquí. Una de las dos debe haberlas escondido... y es improbable que la camarera pudiera hacerlo.
—¡Más que improbable... imposible! —dijo Poirot tranquilamente.
—¿Eh? —el inspector se sobresaltó.
Poirot sonreía con modestia.
—Se lo demostraré. Hastings, mi buen amigo, coja mi reloj... con cuidado. ¡Es un recuerdo de familia! Acabo de controlar los movimientos de mademoiselle... su primera ausencia duró doce segundos, la segunda quince. Ahora observe mis actuaciones. Madame, ¿quiere tener la gentileza de darme la llave de su joyero? Gracias. Mi buen amigo Hastings tendrá la amabilidad de decir: ¡Ya!
—¡Ya! —dije yo.
Con rapidez casi increíble, Poirot abrió el cajón del tocador, extrajo el joyero, introdujo la llave en su cerradura, lo abrió, escogió una joya, volviendo luego a cerrarlo y depositarlo en el cajón, que cerró de nuevo. Sus movimientos eran rápidos como el rayo.
—¿Y bien, bon ami? —preguntó sin aliento.
—Cuarenta y seis segundos —repliqué.
—¿Lo ven? —miró a su alrededor—. La camarera no tuvo tiempo de coger el collar y mucho menos esconderlo.
—Entonces tuvo que ser la doncella —dijo el inspector volviendo a su búsqueda, que continuó en el dormitorio contiguo, el de la doncella.
Poirot fruncía el ceño pensativo, y de pronto lanzó una pregunta al señor Opalsen.
—Ese collar estaría... asegurado, sin duda... ¿verdad?
El señor Opalsen pareció algo sorprendido por la pregunta.
—Sí —dijo vacilando—, lo está.
—Pero, ¿eso qué importa? —intervino la señora Opalsen entre lágrimas—. Es el collar lo que yo quiero. Era único. Con ningún dinero podría conseguir otro igual.
—Lo comprendo, madame —dijo Poirot procurando tranquilizarla—. Lo comprendo perfectamente. Para la femme el sentimiento lo es todo.... ¿no es cierto? Pero, monsieur, cuya susceptibilidad no es tan fina, encontrará una ligera consolación al pensar que estaba asegurado.
—Desde luego, desde luego —repuso el señor Opalsen con acento inseguro—. No obstante...
Fue interrumpido por un grito de triunfo del inspector, que apareció llevando algo entre sus dedos.
Con una exclamación, la señora Opalsen se levantó de su butaca.
—¡Oh, oh, mi collar!
Lo acercó a su pecho, asiéndolo con ambas manos. Todos la rodeamos.
—¿Dónde estaba? —preguntó Opalsen.
—En la cama de la doncella, entre los muelles del colchón. Debió robarlo y esconderlo allí antes de que llegara la camarera.
—¿Me permite, madame? —preguntó Poirot con gran amabilidad, y cogiendo el collar lo examinó minuciosamente; luego se lo devolvió con una reverencia.
—Me temo que de momento deberá dejarlo en nuestras manos, madame —dijo el inspector—. Lo necesitaremos para hacer los cargos. Pero se lo devolveremos tan pronto como sea posible.
El señor Opalsen frunció el ceño.
—¿Es necesario?
—Me temo que sí. Sólo es cosa de formalidad.
—¡Oh, déjaselo, Ed! —exclamó la esposa—. Así estará más seguro. Yo no dormiría pensando que alguien pudiera intentar apoderarse de él. ¡Esa maldita muchacha! Nunca hubiera creído una cosa así de ella.
—Vamos, vamos, querida, no lo tomes así, no te disgustes.
Sentí una ligera presión en mi brazo. Era Poirot.
—¿Nos vamos ya, amigo mío? Creo que nuestros servicios ya no son necesarios. Sin embargo, una vez fuera, le vi vacilar y ante mi sorpresa observó:
—Me gustaría ver la habitación contigua.
La puerta no estaba cerrada y entramos. La habitación, que era muy amplia, estaba vacía. El polvo lo cubría todo por doquier, y mi sensible amigo hizo una mueca muy característica al pasar uno de sus dedos por una huella rectangular que había sobre una mesita cerca de la ventana.
—El servicio deja mucho que desear —comentó en tono seco.
Miraba pensativo por la ventana y al parecer se había olvidado de mí.
—Bueno. ¿A qué hemos venido aquí? —pregunté impaciente.
—Je vous demande pardon, mon ami. He querido ver si la puerta estaba cerrada por este lado también.
—Bueno —repetí mirando la puerta de comunicación que daba a la habitación que acabábamos de abandonar—. Está cerrada.
Poirot asintió. Al parecer seguía pensando.
—Y de todas formas —continué—, ¿eso qué importa? El caso está terminado. Yo hubiera querido que hubiese tenido usted más oportunidad de distinguirse, pero en uno de esos casos en los que incluso un pretencioso como ese estúpido inspector no puede equivocarse.
Poirot meneó la cabeza.
—Este caso no está terminado, amigo mío. Ni lo estará hasta que averigüemos quién ha robado las perlas.—¡Pero si fue la doncella!
—¿Por qué lo dice?
—Pues... —tartamudeé—, pues porque las encontraron en su colchón.
—¡Ta, ta, ta! —replicó Poirot—. Ésas no eran las perlas.
—¿Qué?
—Sino una imitación, mon ami.
Su declaración me quitó el aliento. Poirot sonreía plácidamente.
—El buen inspector es evidente que no entiende nada de joyas. ¡Pero no tardaremos en tener jaleo!
—¡Vamos! —exclamé tirándole de un brazo.
—¿A dónde?
—Debemos decírselo en seguida a los Opalsen.
—Creo que no.
—Pero esa pobre mujer...
—Eh bien; esa pobre mujer como usted la llama, dormirá mucho mejor creyendo que su collar está a salvo.
—¡Pero el ladrón puede escapar con las perlas auténticas!
—Como de costumbre, amigo mío, habla usted sin reflexionar. ¿Cómo sabe usted que las perlas que la señora Opalsen encerró tan cuidadosamente esta noche no eran las falsas y que el robo no tuvo lugar mucho antes?
—¡Oh! —dije asombrado.
—Exacto—exclamó Poirot radiante—. Empezaremos otra vez.
Y salió de la habitación, deteniéndose un momento como si reflexionara, y luego echó a andar hasta el extremo del pasillo, donde había una pequeña estancia donde se reunían las camareras y criados de los pisos respectivos. La camarera a quien ya conocíamos estaba rodeada de una serie de ellos, a quienes relataba las últimas experiencias vividas. Se interrumpió en mitad de una frase y Poirot inclinóse con su habitual cortesía.
—Perdone que la moleste, pero le quedaría muy agradecido si me abriera la puerta de la habitación del señor Opalsen.
La joven se puso en pie y nos acompañó de nuevo por el pasillo. La habitación del señor Opalsen se encontraba al otro extremo, y su puerta quedaba enfrente de la de su esposa. La camarera abrió con su llave maestra y entramos.
Cuando se disponía a retirarse, Poirot la detuvo preguntándole:
—Un momento: ¿ha visto usted alguna vez entre los efectos personales del señor Opalsen una tarjeta como ésta?
Y le alargó una tarjeta satinada de aspecto poco corriente. La camarera la estuvo contemplando cuidadosamente.
—No, señor. Pero de todas formas, los criados son los que atienden las habitaciones de los caballeros y podrían...
—Ya. Gracias.
Poirot recuperó la tarjeta y entonces la joven se marchó.
—Haga sonar el timbre, se lo ruego, Hastings. Tres veces, para que acuda el criado. Obedecí devorado por la curiosidad. Entretanto, Poirot había vaciado el cesto de los papeles en el suelo y estaba revisando su contenido.
A los pocos minutos el criado acudió a la llamada. Poirot le hizo la misma pregunta, alargándole la tarjeta, mas la respuesta fue idéntica. El criado no había visto una tarjeta como aquélla entre las cosas del señor Opalsen. Poirot, dándole las gracias, le despidió y el hombre marchóse de mala gana, dirigiendo una mirada inquisitiva al cesto volcado. Es difícil que no oyera el comentario de Poirot.
—Y el collar estaba asegurado por una fuerte suma.
—Poirot —exclamé—. Comprendo.
—Usted no comprende nada, amigo mío —replicó—. ¡Nada en absoluto, como de costumbre! Resulta increíble... pero así es. Regresamos a nuestras habitaciones.
Una vez allí, y ante mi enorme sorpresa, Poirot se cambió rápidamente de ropa.
—Esta noche me voy a Londres —explicó—. Es del todo necesario.
—¿Qué?
—Es absolutamente preciso. El verdadero trabajo (ah, las células grises) está hecho. Voy en busca de la confirmación. ¡Y la encontraré! ¡Es imposible engañar a Hércules Poirot!
—Se está usted poniendo muy pesado —observé bastante molesto por su vanidad.
—No se enfade, se lo ruego, mon ami. Cuento con usted para que me haga un favor... en nombre de su amistad.
—Desde luego —dije en seguida, avergonzado de mi mal humor—. ¿De qué se trata?
—De la manga de la americana que acabo de quitarme.... ¿querrá cepillarla? Está un poco manchada de polvo blanco. Sin duda me vio usted pasar mi dedo por el cajón del tocador...
—No, no me fijé.
—Debiera observar mis actos, amigo mío. De este modo me ensucié el dedo de polvo, y como estaba un tanto excitado lo limpié en mi manga; una acción mecánica que deploro... pues va en contra de mis principios.
—Pero, ¿qué era ese polvo? —pregunté, ya que no me interesaban gran cosa los peculiares principios de Hércules Poirot.
—Desde luego no era el veneno de los Borgia —replicó Poirot guiñándome un ojo—. Ya veo volar su imaginación. Yo diría que era jaboncillo de sastre.
—¿Jaboncillo de sastre?
—Sí, los ebanistas lo utilizan para que los cajones se abran y cierren con suavidad.
Me eché a reír.
—¡Viejo bromista! Yo creí que había descubierto usted algo excitante.
—Au revoir, amigo mío. Me pondré a salvo. ¡Volaré!
La puerta se cerró tras él mientras yo, con una sonrisa mitad burlona y mitad afectuosa, cogía la americana y alargaba la mano en busca del cepillo de la ropa.
A la mañana siguiente, como no tuve la menor noticia de Poirot, salí a pasear. Encontré a unos antiguos amigos y comí con ellos en su hotel. Por la tarde realizamos una pequeña excursión en automóvil. Tuvimos un pinchazo y eran ya más de las ocho cuando yo regresaba al hotel «Grand Metropolitan».
Lo primero que vieron mis ojos fue a Poirot, que parecía más diminuto que nunca sentado entre los Opalsen, y al parecer muy satisfecho.
—\mon ami Hastings! —exclamó poniéndose en pie para saludarme—. Abráceme, amigo mío; todo ha salido a las mil maravillas.
—¿Quiere usted decir...? —comencé.
—¡Es una maravilla! —dijo la señora Opalsen sonriendo todo lo que le permitía su rollizo rostro—. Ed, ¿no te dije que si él no me devolvía las perlas no podría hacerlo nadie?
—Sí, querida, sí. Tenías razón.
Yo miré desorientado a Poirot, que respondió a mi mirada.
—Mi querido amigo Hastings está, como vulgarmente se dice, en el limbo. Siéntese y le contaré toda la trama del asunto, que ha terminado tan felizmente.
—¿Terminado? ¿Quiénes están detenidos?
—¡La camarera y el criado, parbleu! ¿Es que no lo sospechaba? ¿Ni siquiera después de mi indirecta acerca del jaboncillo de sastre?
—Usted dijo que lo utilizaban los ebanistas.—Desde luego que lo utilizan... para que los cajones se deslicen suavemente. Alguien quiso que el cajón se abriera sin producir ruido alguno. ¿Quién podría ser? Sólo la camarera. El plan era tan ingenioso que nadie supo verlo... ni siquiera el ojo experto de Hércules Poirot.
»Y así fue cómo se hizo. El criado estaba esperando en la habitación contigua. La doncella francesa abandona la estancia. Rápida como el rayo, la camarera abre el cajón, saca el joyero y descorriendo el pestillo de la puerta lo entrega al criado. Éste lo abre tranquilamente con el duplicado de la llave que se ha proporcionado, saca el collar y espera. Célestine vuelve a salir de la habitación y... ¡pst...!, el joyero vuelve a ocupar su lugar en el cajón.
»La señora vuelve y descubre el robo. La camarera pide que se la registre y se muestra muy indignada, sin un fallo en su representación. El collar falso que se han procurado ha sido escondido en la cama de la joven francesa aquella mañana por la camarera... ¡un golpe maestro ça!
—Pero, ¿a qué fue a Londres?
—¿Recuerda la tarjeta?
—Yo creí...
Vacilé delicadamente mirando un momento al señor Opalsen.
Poirot rió de buena gana.
—Une blague! En beneficio del criado y de la camarera. La tarjeta estaba especialmente preparada para que su superficie recogiera las huellas digitales. Fui a Scotland Yard y pregunté por nuestro viejo amigo el inspector Japp, a quien expuse los hechos. Como había sospechado, sus huellas resultaron ser las de dos ladrones de joyas muy conocidos a quienes se buscaba desde hacía algún tiempo. Japp vino aquí conmigo y arrestó a los ladrones y se encontró el collar en poder del criado. Una pareja inteligente, pero les falló el méthode. ¿No le he dicho por lo menos treinta y seis veces, Hastings, que sin método...?
—¡Por lo menos treinta y seis mil! —le interrumpí—. Pero, ¿dónde falló su método?
—Mon ami, es un buen plan el colocarse como camarera o criado, pero no hay que descuidar el trabajo. Dejaron una habitación vacía sin limpiar el polvo; y por lo tanto, cuando el hombre puso el joyero sobre la mesita que había cerca de la puerta de comunicación... dejó una huella cuadrada...
—Lo recuerdo —exclamé.
—Antes estaba despistado... ¡Luego... lo supe!
Hubo un momento de silencio.
—Y yo he recuperado mis perlas —dijo la señora Opalsen.
—Bueno —dije yo—. Será mejor que me vaya a cenar.
Poirot me acompañó.
—Esto será un triunfo para usted —observé.
—Pas du tout —replicó Poirot tranquilamente—. Japp y el inspector local se repartirán los honores. Pero... —palpó su bolsillo—. Aquí tengo un cheque del señor Opalsen, y, ¿qué me dice, amigo mío? Este fin de semana no ha salido según nuestros planes. ¿Quiere que repitamos el próximo... a mis expensas?