Capítulo III



La aventura del piso barato

Hasta el momento, en todos los casos que yo he relatado, las investigaciones de Poirot se iniciaron partiendo del factor central, ya fuese crimen o robo, y fueron siguiendo un proceso de deducciones lógicas hasta llegar a la solución final. En los acontecimientos que ahora voy a relatar, una curiosa cadena de circunstancias tuvo su principio en ciertos incidentes aparentemente triviales que atrajeron la atención de. Poirot y culminó en los siniestros sucesos que constituyeron uno de los casos más extraordinarios.

Yo había pasado la tarde con un antiguo amigo mío, Gerald Parker. Además dé mi anfitrión, hallábanse presentes una media docena de personas, y la conversación acabó por recaer, como era lógico que ocurriera, sobre el tema de la «caza de pisos» en Londres. Casa y pisos eran la debilidad de Parker. Desde el final de la guerra había ocupado por lo menos seis pisos distintos. Aunque acabara de instalarse si encontraba un nuevo piso o casa se mudaba en seguida con todos sus muebles. Sus traslados iban siempre acompañados de una ligera mejora económica, ya que poseía una cabeza muy dispuesta para los negocios, pero su acicate principal era el amor al deporte y no al deseo de hacer dinero. Escuchamos a Parker durante cierto tiempo con el respeto de los novatos ante un experto. Cuando nos tocó el turno, aquello fue una perfecta babel de lenguas desatadas. Por fin cedimos el terreno a la señora Robinson, una encantadora joven que estaba allí acompañada de su esposo. Yo no los había visto hasta entonces, y aquel Robinson era una amistad reciente de Parker.

—Hablando de pisos —dijo—, ¿se ha enterado usted de la suerte que hemos tenido, Parker? ¡Tenemos piso... por fin! En las cómodas Mansiones Montagu.

—Bueno —replicó Parker—. Siempre he dicho que es fácil hallar piso... si no se repara en el precio.

—Sí, pero éste no es caro, sino baratísimo. ¡Ochenta libras al año!

—Pero... las Mansiones Montagu están cerca de Kinghtsbridge, ¿no? Es un edificio muy hermoso. ¿O se refiere usted a alguna otra casa situada en esos barrios?

—No, a la de Kinghtsbridge. Por eso es tan maravilloso.

—¡Ésa es la palabra, maravilloso! Es un milagro. Pero supongo que habrán pagado un enorme traspaso...—¡Sin traspaso!

—Sin tras... oh, ¡sostenedme, por favor! —gimió Parker.

—Hemos tenido que comprar los muebles —dijo la señora Robinson.

—¡Ah! ¡Ya sabía que habría algo!

—Por cincuenta libras. ¡Y está estupendamente amueblado!

—Me doy por vencido —dijo Parker—. Sus ocupantes debían ser lunáticos con una gran afición a la filantropía.

La señora Robinson parecía un poco preocupada y se formó un ligero ceño entre sus cuidadas cejas.

—Es extraño, ¿verdad? No cree que ese... ese sitio debe estar encantado?

—Nunca oí hablar de un piso embrujado —declaró Parker con decisión.

—No. —La señora Robinson no parecía muy convencida—. Pero hay varias cosas que me han parecido... bueno, extrañas.

—Por ejemplo... —dije yo.

—Ah —replicó Parker—. ¡Ha despertado la curiosidad de nuestro experto criminalista! Confíese a él, señora Robinson. Hastings es un gran esclarecedor de misterios.

Yo reí, un tanto violento, pero no del todo disgustado por sus palabras.

—Oh, no son precisamente extrañas, capitán Hastings, pero cuando acudimos a los agentes Stosser y Paul... no habíamos recurrido a ellos antes porque sólo tenían pisos en Mayfair, carísimos; pero pensamos que de todas formas valía la pena intentarlo... Todo lo que nos ofrecieron era de cuatrocientas a quinientas libras al año, enormes traspasos, y luego, cuando ya nos íbamos nos dijeron que tenían un piso de ochenta, ya que lo tenían anotado en los libros desde tiempo atrás y habían enviado ya a verlo a tantas personas que casi seguro que estuviera ya alquilado por ser una ganga...

La señora Robinson hizo una pausa para tomar aliento y luego continuó:

—Les dimos las gracias, y les dijimos que era comprensible que estuviera ya alquilado, pero de todas formas iríamos a ver... por si acaso. Fuimos directamente en un taxi, porque al fin y al cabo nunca se sabe. El número cuatro estaba en el segundo piso, y mientras esperábamos el ascensor vi que mi amiga Elsie Ferguson, que también andaba buscando piso, bajaba corriendo la escalera. «Esta vez he llegado antes que tú —me dijo—. Pero no me ha servido de nada. Ya está alquilado.» Aquello parecía dar por terminado el asunto, pero... como John dijo, el piso era muy barato y nosotros podíamos pagar más, incluso ofrecer un traspaso. Claro que es una cosa fea, y me avergüenzo confesarlo, capitán Hastings, pero ya sabe usted lo que es ir a «la caza de un piso».

Le aseguré que estaba al corriente de lo que significaba la lucha por la vivienda.

—De modo que subimos, y ¿quiere usted creerlo?, el piso no estaba alquilado. Nos abrió la puerta una doncella, y cuando vimos a la señora lo dejamos todo arreglado. Entrega inmediata y cincuenta libras por el mobiliario. ¡Al día siguiente firmamos el contrato y mañana nos mudamos! —La señora Robinson se detuvo triunfante.

—¿Y qué me dice usted de la señora Ferguson? —preguntó Parker—. Oigamos sus deducciones, Hastings.

—Es evidente, mi querido Watson —repliqué alegremente—. Ella se equivocó de piso.

—¡Oh, capitán Hastings, qué inteligente es usted! —exclamó la señora Robinson admirada.

Yo deseaba que Poirot hubiera estado allí. Algunas veces tengo la impresión de que no sabe apreciar mis habilidades.


* * *


Todo aquel asunto resultaba divertido y se lo conté a Poirot a la mañana siguiente. Pareció interesado y me estuvo interrogando estrechamente acerca de las rentas de los pisos en diversas localidades.

—Es una historia curiosa —me dijo pensativo—. Perdóneme, Hastings, debo ir a dar un paseo.

Cuando regresó, cosa de una hora más tarde, le brillaban los ojos con una excitación especial. Dejó el bastón encima de la mesa y cepilló la copa de su sombrero con su habitual esmero, antes de hablar.

—Es una suerte, mon ami, que de momento no tenga ningún caso entre manos. Podemos dedicarnos plenamente a esta investigación.

—¿De qué investigación me está hablando?

—De la extraordinaria baratura del piso encontrado por su amiga, la señora Robinson.

—¡Poirot, espero que no hable en serio!

—Muy en serio. Imagínese, amigo mío, que la verdadera renta de esos pisos es de trescientas cincuenta libras al año. Lo acabo de comprobar por medio del administrador. ¡Y no obstante, ese piso ha sido alquilado por ochenta libras! ¿Por qué?

Tiene que tener algún inconveniente. Tal vez esté encantado, como insinuó la señora Robinson.

Poirot meneó la cabeza poco convencido.

—Entonces es curioso que su amiga le dijera que el piso estaba alquilado, y cuando ella sube resulta que no es así.

—Debió de equivocarse de piso. Es la única explicación posible.

—En eso puede usted tener o no razón, Hastings. Pero sigue existiendo el hecho de que numerosos clientes fueron a verlo y no obstante, a pesar de su extraordinaria baratura, estaba todavía libre cuando llegaron los Robinson.

—Eso demuestra que tiene que tener algún inconveniente.

—La señora Robinson no notó nada. Es muy curioso, ¿no? ¿Le dio la impresión de ser una mujer sincera, Hastings?

—¡Es una criatura deliciosa!

Evidemment!, puesto que le ha dejado a usted incapaz de contestar a mi pregunta. Descríbamela.

—Bien, es alta y rubia; en realidad sus cabellos tienen un delicioso tono castaño rojizo...—¡Siempre ha tenido usted debilidad por las pelirrojas! —murmuró Poirot—. Pero continúe.

—Ojos azules, hermosas facciones y... bueno, creo que eso es todo —terminé avergonzado.

—¿Y su esposo?

—Es un individuo muy agradable... nada de particular.

—¿Moreno o rubio?

—No lo sé... ni una cosa ni otra, y tiene una cara muy vulgar.

—Sí, hay cientos de hombres como éste y, de todas maneras, usted sabe describir mejor a las mujeres. ¿Sabe algo de esta pareja? ¿Parker les conoce bien?

—Creo que desde hace poco. Pero, Poirot, no pensará usted ni un momento...

Poirot levantó la mano.

Tout doucement, mon ami. ¿Es que acaso he dicho que pensaba algo? Todo lo que he dicho... es que la historia resulta curiosa. Y no hay nada que pueda arrojar alguna luz sobre ella, excepto el nombre de esa señora, ¿eh, Hastings? ¿Cuál es su nombre?

—Se llama Stella —repliqué—, pero no comprendo...

Poirot me interrumpió riendo regocijado. Al parecer, algo le divertía extraordinariamente.

—Y Stella significa estrella, ¿no? ¡Qué célebre!

—¿Qué diablos...?

—¡Y las estrellas dan luz! Voilà. Cálmese, Hastings, y no adopte ese aire de dignidad ofendida. Vamos, iremos a las Mansiones Montagu a hacer algunas averiguaciones.

Le acompañé sin rechistar. Las Mansiones Montagu eran un hermoso bloque de viviendas. Un portero uniformado resplandecía en la entrada y a él se dirigió Poirot.

—Perdone, ¿podría decirnos si viven aquí los señores Robinson?

El portero, al parecer, era hombre de pocas palabras y muy receloso. Sin apenas mirarnos, replicó:

—El número cuatro. Segundo piso.

—Gracias. ¿Puede decirme cuánto tiempo llevan aquí?

—Seis meses.

Yo me adelanté, presa de gran extrañeza, consciente de la sonrisa maliciosa de Poirot.

—Imposible —exclamé—. Usted se equivoca por completo.

—Seis meses.

—¿Está seguro? La señora a que me refiero es alta, de cabellos dorados y...

—Esa misma —repuso el portero—. Llegaron hace exactamente seis meses.

Pareció perder todo interés por nosotros y desapareció lentamente por el portal. Yo seguí a Poirot al exterior.

Eh bien, Hastings —dijo mi amigo—. ¿Está ahora tan seguro de que esa joven dice siempre la verdad?

Yo no contesté.

Poirot había emprendido la marcha por Brompton Road antes de que yo le preguntase qué era lo que iba a hacer respecto a la cuestión, en el lugar al que a la sazón nos dirigíamos.

—A ver a esos agentes, Hastings. Siento enormes deseos de tener un piso en las Mansiones Montagu. Si no me equivoco, van a ocurrir cosas muy interesantes dentro de poco tiempo.

Tuvimos suerte. El número ocho, situado en el cuarto piso, se alquilaba amueblado por diez guineas semanales. Poirot lo tomó por un mes. Una vez de nuevo en la calle, acalló mis protestas diciendo:

—¡Pero hoy en día gano dinero! ¿Por qué no puedo permitirme un capricho? A propósito, Hastings, ¿tiene usted un revólver?

—Sí... por algún sitio —repliqué ligeramente emocionado—. ¿Usted cree...?

—¿Que vamos a necesitarlo? Es muy posible. Veo que la idea le complace. Siempre le emociona lo espectacular y romántico.

El día siguiente nos sorprendió instalados en nuestro hogar temporal. El piso estaba bien amueblado, y ocupaba la misma posición en el edificio que el de los Robinson, aunque dos pisos más arriba.

Por la tarde al día siguiente al de nuestro traslado, que era domingo, Poirot dejó la puerta del piso entreabierta y me llamó apresuradamente al oír un fuerte portazo procedente de los pisos inferiores.

—Mire por la escalera. ¿Son ésos sus amigos? No deje que le vean. Yo alargué el cuello por el amplio hueco de la escalera.

—Ellos son —declaré en un susurro.

—Bien. Aguarde un poco.

Cosa de media hora más tarde una mujer joven salió del piso de los Robinson vestida llamativamente con gran diversidad de prendas. Con un suspiro de satisfacción, Poirot volvió a entrar de puntillas.

C'est ça. Después del señor y la señora, la doncella. Ahora el piso estará completamente vacío.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunté intranquilo.

Poirot se había dirigido a la despensa y estaba tirando de la cuerda del montacargas.

—Vamos a descender como si fuéramos cubos de la basura —me explicó alegremente—. Nadie nos verá. El concierto del domingo, la «salida» del domingo por la tarde y, finalmente, la siesta después de la comida dominical inglesa... le rosbif... y demás, distraerán la atención de las andanzas de Hércules Poirot. Vamos, amigo mío.

Se introdujo en el rústico artefacto de madera, y yo le seguí de mala gana.

—¿Es que piensa allanar el piso? —le pregunté extrañado.

La respuesta de Poirot no fue del todo tranquilizadora.

—Hoy precisamente, no —replicó.

Soltando la cuerda lentamente fuimos bajando hasta llegar al segundo piso. Poirot exhaló un suspiro de satisfacción al ver que la puerta de la despensa estaba abierta.

—¿Se fija? Hoy en día nadie cierra las ventanas. Y no obstante cualquiera podría subir o bajar como nosotros lo hemos hecho. Por la noche, sí.... aunque tal vez no siempre.... y contra esa posibilidad hemos de asegurarnos.

Había ido sacando algunas herramientas de su bolsillo y en seguida se puso a trabajar. Su propósito era disponer del pestillo de modo qué pudiera ser corrido desde el montacargas. La operación sólo le ocupó unos tres minutos. Luego volvió a guardar las herramientas en su bolsillo y regresamos una vez más a nuestro piso.


* * *


El lunes Poirot estuvo fuera todo el día, pero cuando regresó por la tarde se dejó caer en su butaca con un suspiro de satisfacción.

—Hastings, ¿quiere que le cuente una pequeña historia? ¿Una historia que le gustará y le hará recordar su cinema favorito?

—Adelante —reí—. Supongo que será una historia auténtica y no un producto de su fantasía.

—Es absolutamente cierta. El inspector Japp, de Scotland Yard, responderá de su veracidad, puesto que ha llegado a mis oídos a través de su departamento. Escuche, Hastings. Hace poco más de seis meses fueron robados del correspondiente departamento del Gobierno americano unos importantes planos navales, en los que se indicaba la posición de los puertos de defensa más importantes, y que tenían un valor considerable para cualquier Gobierno extranjero.... el del Japón por ejemplo. Las sospechas recayeron sobre un joven llamado Luigi Valdarno, italiano de nacimiento, que estaba empleado en el departamento y que desapareció al mismo tiempo que los papeles. Fuera o no el ladrón, Luigi Valdarno fue encontrado muerto de un balazo dos días más tarde en la zona Este de Nueva York. No mucho tiempo antes Luigi Valdarno estuvo exhibiéndose con miss Elsa Hardt, una joven concertista de canto recientemente aparecida, y que vivía con un hermano en un piso de Washington. Nada se sabía de los antecedentes de miss Elsa Hardt, que desapareció repentinamente al ser asesinado Valdarno. Existen razones para creer que en realidad era una espía internacional que había realizado trabajos nefastos bajo diversos aliases. El Servicio Secreto americano, mientras hacía todo lo posible para dar con ella, no perdía de vista a cierto insignificante caballero japonés que vivía en Washington. Estaba bastante seguro de que cuando Elsa Hardt hubiera cubierto suficientemente su retirada se pondría en contacto con el sujeto en cuestión. Uno de ellos salió para Inglaterra. —Poirot hizo una pausa y luego agregó en tono más bajo—: La descripción oficial de Elsa Hardt es: estatura, cinco pies y siete pulgadas, ojos azules, cabello castaño rojizo, nariz recta y ninguna característica especial.

—¡La señora Robinson! —exclamé.

—Bien, cabe esa posibilidad —admitió Poirot—. Y también se ha sabido que un hombre moreno, extranjero, estuvo preguntando por los inquilinos del número cuatro esta misma mañana. Por consiguiente, mon ami, me temo que esta noche tendrá que renunciar a su dulce sueño y hacer guardia conmigo en el piso de abajo... armado con su excelente revólver, bien entendu.

—Estupendo —repliqué entusiasmado—. ¿Cuándo empezaremos?

—La medianoche es una hora solemne y conveniente.

A las doce en punto nos instalamos con grandes precauciones en el montacargas y fuimos descendiendo hasta el segundo piso. Gracias a las manipulaciones de Poirot, la puerta de madera se abrió rápidamente. De la despensa pasamos a la cocina, donde nos acomodamos en sendas sillas, dejando entreabierta la puerta del recibidor.

—Ahora sólo tenemos que esperar —dijo Poirot, contento y cerrando los ojos.

La espera se me hizo interminable. Tenía miedo de quedarme dormido. Cuando me parecía que llevábamos allí unas ocho horas... y en realidad había transcurrido sólo una hora y veinte minutos, como luego averigüé... llegó a mis oídos un ligero rumor y noté que Poirot asía mi mano. Me puse en pie y juntos nos acercamos silenciosamente al recibidor. El ruido venía de allí. Poirot acercó sus labios a mi oído.

—Es la puerta principal. Están quitando la cerradura. Cuando yo le avise, y no antes, salte por detrás sobre él y sujétele con fuerza. Tenga cuidado porque llevará un cuchillo.

Al fin se oyó un crujido final y un pequeño círculo de luz penetró en la estancia. Se extinguió inmediatamente y luego la puerta se fue abriendo despacio. Poirot y yo pegamos nuestras espaldas a la pared, y oí la respiración de un hombre que pasaba ante nosotros. Luego volvió a encender su linterna, y en aquel momento Poirot siseó a mi oído:

Allez.

Saltamos a un tiempo. Poirot, con un movimiento rápido, envolvió la cabeza del intruso con una ligera bufanda de lana, mientras yo sujetaba sus brazos. Todo se llevó a cabo silenciosamente. Le quité la daga de la mano, y en tanto que Poirot lo amordazaba, yo saqué mi revólver para que pudiera verlo y comprender que toda resistencia sería inútil. Cuando dejó de debatirse, Poirot acercó sus labios a su oído y empezó a susurrar a toda velocidad. Al cabo de unos instantes el hombre asintió. Luego, imponiendo silencio con un gesto, Poirot salió del piso y empezó a bajar la escalera. Nuestro prisionero le seguía y yo cerraba la marcha encañonándole con el revólver. Cuando estuvimos en la calle, al momento Poirot volvióse hacia mí.

—Hay un taxi parado en la esquina. Deme el revólver. Ahora ya no lo necesitamos.

—Pero ¿y si intenta escapar?

Poirot sonrió.

—No hay cuidado.

Regresé con el taxi. Poirot había quitado la mordaza al desconocido y yo lancé una exclamación de verdadera sorpresa.

—No es un japonés —dije a Poirot en un susurro.—¡La observación ha sido siempre su fuerte, Hastings! Nada se le escapa. No, este hombre no es japonés, sino italiano.

Subimos al taxi y Poirot dijo al chófer una dirección del Bosque de St. John. Ahora estaba completamente a oscuras y no quería preguntarle adónde íbamos. Traté en vano de adivinar cuáles eran sus intenciones.

Nos apeamos ante la puerta de una casita situada cerca de la carretera. Un peatón ligeramente beodo casi tropieza con Poirot en la acera, y éste le dijo algo que no pude entender. Subimos los escalones de la entrada, y después de pulsar el timbre Poirot nos dijo que nos apartásemos de la puerta. No hubo respuesta y llamó una y otra vez. Por último asió el picaporte y con él golpeó la puerta durante varios minutos con todas sus fuerzas.

De pronto se encendió una luz y la puerta fue abierta con toda precaución.

—¿Qué diablos quieren ustedes? —preguntó una irritada voz masculina.

—Deseo ver al doctor. Mi esposa se ha puesto enferma.

—Aquí no hay ningún doctor.

El hombre se disponía a cerrar, mas Poirot introdujo el pie con decisión entre la puerta y el quicio, convirtiéndose de pronto en la caricatura de un francés irritado.

—¿Qué dice usted? ¿Qué no hay ningún médico? ¡Daré parte a la policía! ¡Tiene que acompañarme! Me quedaré aquí y llamaré toda la noche.

—Mi querido amigo... —La puerta se abrió de nuevo y el hombre en batín y zapatillas, se adelantó para apaciguar a Poirot, dirigiendo una mirada inquieta a su alrededor.

—Llamaré a la policía.

Poirot se puso a bajar los escalones.

—¡No, no lo haga, por amor de Dios! —El hombre corrió tras él.

De un empujón, Poirot lo lanzó al suelo, y al minuto siguiente los tres estábamos en el interior de la casa y cerramos la puerta.

—De prisa... por aquí. —Poirot nos condujo hasta la habitación más próxima y encendió la luz—. Y usted... detrás de la cortina.

—Sí, signor —dijo el italiano, deslizándose rápidamente tras los pliegues del terciopelo rosado que enmarcaba la ventana.

Precisamente a tiempo. En cuanto hubo desaparecido de nuestra vista penetró una mujer en la habitación. Era alta, de cabellos rojizos, y un kimono rojo envolvía su esbelta figura.

—¿Dónde está mi marido? —exclamó dirigiéndonos una mirada asustada—. ¿Quiénes son ustedes?

Poirot se adelantó, haciendo una reverencia.

—Espero que su esposo no se resfriará. He observado que llevaba zapatillas y su batín era de bastante abrigo.

—¿Quién es usted? ¿Y qué hace en mi casa?

—Es cierto que no tenemos el gusto de conocernos, madame. Y es de lamentar, puesto que uno de los nuestros ha venido especialmente de Nueva York para verla a usted.

Se abrieron las cortinas y apareció el italiano. Observé con horror que blandía mi revólver, que sin duda Poirot dejó descuidadamente sobre el asiento del coche.

La mujer lanzó un grito y quiso echar a correr, mas Poirot se interpuso entre ella y la puerta, que estaba cerrada.

—Déjeme pasar —suplicó—. Me matará.

—¿Quién era ese tan cacareado Luigi Valdarno? —preguntó el italiano con voz ronca, mientras nos amenazaba apuntándonos con el revólver. No nos atrevimos a movernos.

—Dios mío, Poirot. Esto es horrible. ¿Qué vamos a hacer? —exclamé.

—Me obliga usted a recordarle que no es conveniente hablar demasiado, Hastings. Le aseguro que nuestro amigo no disparará hasta que yo no se lo autorice.

—Está seguro, ¿eh? —dijo el italiano mirándole de soslayo.

La mujer se volvió hacia Poirot.

—¿Qué es lo que desea?

Poirot se inclinó.

—No creo que sea necesario insultar a la inteligencia de Elsa Hardt diciéndoselo.

Con un rápido movimiento, la mujer cogió un gran gato de terciopelo negro que servía de cubierta del teléfono.

—Están cosidos al forro.

—Muy inteligente —murmuró Poirot en tono apreciativo, en tanto se apartaba de la puerta—. Buenas noches, madame. Entretendré a su amigo de Nueva York mientras usted huye.—¡Qué tontería! —rugió el italiano, y alzando el revólver disparó a la espalda de la mujer en el preciso momento en que yo me abalanzaba con toda decisión sobre él.

Mas el arma sólo produjo un «clic» inofensivo y la voz de Poirot se alzó en suave reproche.

—¿Nunca confiará en su amigo, Hastings? No me gusta que mis amigos lleven pistolas cargadas y nunca permitiría que lo hiciera un mero desconocido. No, no, mon ami —agregó dirigiéndose al italiano, que lanzaba juramentos con voz ronca—: Vea lo que acabo de hacer por usted. Salvarle de la horca. Y no crea que nuestra hermosa amiguita consiga escapar. No, no, la casa está vigilada e irá directamente a caer en manos de la policía. ¿No es un pensamiento consolador? Sí, ahora puede salir de esa habitación. Pero tenga cuidado... mucho cuidado... Yo... ¡ah, se ha ido! Y mi amigo Hastings me mira con ojos de reproche. ¡Pero si todo es tan sencillo! Pero si desde el principio ha estado clarísimo que entre tantos cientos de posibles solicitantes del número cuatro de las Mansiones Montagu, sólo los Robinson fuesen aceptados. ¿Por qué? ¿Qué es lo que les diferencia del resto... a simple vista? ¿Su aspecto? Posiblemente, pero no era tan distinto. ¡Su apellido, entonces!

—¡Ah, Sapristi, pero exacto! Eso es precisamente. Elsa Hardt y su esposo, hermano, o lo que sea en realidad, vienen de Nueva York y alquilan un piso a nombre de los señores Robinson. De pronto se enteran de que una de esas sociedades secretas, la Mafia, o la «Camorra», a las que sin duda pertenecía Luigi Valdarno, está sobre su pista. ¿Qué hacen entonces? Trazan un plan de cristalina sencillez. Evidentemente saben que sus perseguidores no les conocen. De modo que resulta facilísimo. Ofrecen el piso a un alquiler irrisorio. Entre los cientos de parejas jóvenes que buscan piso en Londres no puede dejar de haber varios Robinson. Se trata sólo de esperar. Si miran en la guía telefónica la lista de Robinson, comprenderán que más pronto o más tarde habría de llegar una señora Robinson pelirroja. ¿Qué ocurrirá luego? El vengador llega. Conoce el nombre y la dirección. ¡Y da el golpe! Todo ha terminado, su venganza satisfecha y miss Elsa Hardt habrá escapado por los pelos una vez más. A propósito, Hastings, tiene que presentarme a la auténtica señora Robinson... esa deliciosa y veraz personita. ¿Qué pensarán cuando vean que han asaltado su piso? Tenemos que darnos prisa. Ah, me parece que oigo llegar a Japp y a unos cuantos de sus amigos.

Se oyó llamar a la puerta.

—¿Cómo conoció esta dirección? —pregunté mientras salimos al recibidor—. Oh, claro, hizo seguir a la primera señora Robinson cuando dejó el otro piso.

A la bonne heure, Hastings. Por fin utiliza usted sus células cerebrales. Ahora vamos a dar una pequeña sorpresa a Japp.

Y abriendo la puerta lentamente asomó la cabeza del gato de terciopelo y lanzó un agudo: ¡Miau!

El inspector de Scotland Yard, que estaba con otro hombre, pegó un respingo a pesar suyo.—¡Oh, es sólo monsieur Poirot y una de sus bromitas! —exclamó al ver aparecer la cabeza de Poirot detrás de la del gato—. Déjenos entrar, monsieur.

—¿Tienen ya a nuestros amigos?

—Sí, los cazamos, pero no llevan encima lo que buscamos.

—Ya. Por eso quieren registrar la casa. Bien, estoy a punto de marcharme con Hastings, pero quiero darle una pequeña conferencia sobre la historia y costumbres del gato doméstico.

—Por amor de Dios, ¿es que se ha vuelto usted completamente loco?

—El gato —recitó Poirot— fue adorado por los antiguos egipcios, y aún se considera símbolo de buena suerte ver cruzar un gato negro entre nosotros. Este gato se ha cruzado esta noche en su camino, Japp. Hablar del interior de cualquier persona o animal sé que está mal visto en Inglaterra. Pero el interior de este gato es sumamente delicado. Me refiero, en este instante, al sencillo forro que...

Con un gruñido, el hombre que acompañaba a Japp le arrebató el gato de la mano.

—Oh, me olvidé de presentarles —dijo Japp—. Señor Poirot, éste es el señor Burt, del Servicio Secreto de los Estados Unidos.

Los ágiles dedos del americano habían encontrado lo que andaban buscando. Alargó la mano sin encontrar palabras. Al fin estuvo a la altura de las circunstancias.

—Encantado de conocerle —dijo el señor Burt.

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