Capítulo 4

Mátame, Doug. Mátame ahora mismo. Acaba con mi sufrimiento.

Inmortalidades aparte, el sentimiento era sincero.

– Dios, Kincaid, ¿pero qué le has dicho? -murmuró Doug.

Nos encontrábamos a un lado del público de Seth Mortensen, entre muchas otras personas. Todos los asientos estaban ocupados, lo que reducía el espacio y la visibilidad al mínimo. Tenía suerte de estar con el personal en nuestra sección reservada, desde la cual gozábamos de una vista perfecta de Seth mientras éste leía unas páginas de El pacto de Glasgow. Aunque yo no quería estar en su línea de visión. De hecho, preferiría no tener que volver a encontrarme cara a cara con él en la vida.

– Bueno -le dije a Doug, vigilando a Paige de reojo por si le llamábamos la atención con nuestros susurros-, me metí con sus fans y con lo mucho que tardan en salir sus libros.

Doug se me quedó mirando, superadas con creces todas sus expectativas.

– Después le dije… sin saber quién era… que estaría dispuesta a convertirme en la esclava sexual de Seth Mortensen a cambio de ejemplares de avance de sus novelas.

No abundé en mi improvisado coqueteo. ¡Y pensar que me imaginaba estar halagando la vanidad de un pobre tímido! Santo cielo. Seth Mortensen probablemente podría acostarse con una grupi distinta cada noche si se lo propusiera.

Aunque no parecía de ésos. Frente a la multitud había hecho gala del mismo nerviosismo inicial que conmigo. Se le notaba más cómodo cuando empezó a leer, sin embargo, entrando en faena y dejando que su voz subiera y bajara con intensidad e ironía.

– ¿Qué clase de seguidora estás hecha? -Preguntó Doug-. ¿Es que no sabías qué pinta tenía?

– ¡No sale ninguna foto suya en los libros! Además, me lo imaginaba mayor. -Ahora suponía que Seth tendría unos treinta, un poco mayor de lo que parecía yo en este cuerpo, pero más joven que el escritor cuarentón que siempre me había imaginado.

– Bueno, piensa que no hay bien que por bien no venga, Kincaid. Conseguiste tu objetivo: se fijó en ti.

Contuve un gemido, dejando caer la cabeza patéticamente en el hombro de Doug.

Paige se giró y nos miró como si quisiera estrangularnos. Como de costumbre, nuestra directora estaba estupenda, vestida con un traje rojo que realzaba su piel de chocolate. Una ligerísima curva del embarazo asomaba por debajo de la chaqueta, y no pude evitar sentir una punzada de celos y anhelo.

Cuando anunció su embarazo no planeado, lo hizo riéndose, diciendo: «En fin, ya sabéis que estas cosas pasan sin más.»

Pero yo nunca había podido entender cómo era posible que esas cosas pasaran «sin más». Había intentando desesperadamente quedarme en estado cuando era mortal, sin éxito, convirtiéndome en objeto de conmiseración y cuidadosamente disimuladas (si bien no lo suficiente) burlas. Transformarme en súcubo había aniquilado cualquier resquicio de posibilidad de ser madre que me quedara, aunque no me diera cuenta enseguida. Había sacrificado la capacidad creadora de mi cuerpo a cambio de juventud y belleza eternas. Un tipo de inmortalidad a cambio de otro. Los siglos te dan mucho tiempo para aceptar lo que puedes tener y lo que no, pero aun así dolía que te lo recordaran.

Tras dedicarle a Paige una sonrisa que prometía buena conducta, volví a concentrarme en Seth. Estaba terminando de leer y pasó a las preguntas. Tal y como esperaba, las primeras fueron: «¿De dónde sacas las ideas?», y «¿Terminarán juntos alguna vez Cady y O'Neill?»

Miró fugazmente en mi dirección antes de contestar, y yo hice una mueca, recordando mis comentarios sobre él empalándose cuando le hicieran esas preguntas. Girándose de nuevo hacia sus fans, respondió seriamente a la primera pregunta y eludió la segunda.

A todo lo demás contestó de forma sucinta, a menudo en tono seco y sutilmente humorístico. Nunca hablaba más de la cuenta, siempre decía lo justo para satisfacer las exigencias del interesado. Era evidente que la muchedumbre lo enervaba, lo que me pareció un poco decepcionante.

Teniendo en cuenta lo ingeniosos y sarcásticos que eran sus libros, supongo que me esperaba que hablara igual que escribía. Quería escuchar un confiado torrente de palabras e ingenio, un carisma capaz de rivalizar con el mío. Había pronunciado unas pocas líneas decentes antes mientras conversábamos, supongo, pero también era cierto que había tenido tiempo de acostumbrarse a mí y pensárselas bien.

Por supuesto, era injusto establecer comparaciones entre nosotros. Él no poseía ningún talento sobrenatural para seducir a los otros, ni siglos de práctica a sus espaldas. Aun así. No me había imaginado nunca que un introvertido ligeramente disperso fuera capaz de crear mis libros favoritos. Injusto por mi parte, pero así estaban las cosas.

– ¿Va todo bien? -preguntó una voz detrás de nosotros. Me giré y vi a Warren, el dueño de la tienda y mi compañero de cama ocasional.

– Perfectamente -anunció Paige a su escueta y eficiente manera-. Empezaremos la firma dentro de otros quince minutos o así.

– Bien.

Sus ojos se pasearon relajadamente por el resto de la plantilla antes de regresar a mí. No dijo nada, pero mientras me penetraba con la mirada, casi podía sentir cómo me desnudaban sus manos. Se había acostumbrado a esperar sexo con regularidad, y por lo general yo no me oponía puesto que constituía un chute de energía y vitalidad rápido y fiable (aunque pequeño). Su personalidad amoral me libraba de la culpa que eso podría hacerme sentir.

Terminadas las preguntas, tuvimos algunos problemas de control de masas cuando todo el mundo se agolpó en la cola para que les firmaran sus libros. Me ofrecí a ayudar, pero Doug me dijo que tenían la situación controlada. Así que, en vez de eso, me mantuve al margen, intentando evitar cualquier contacto visual con Seth.

– Ven a verme al despacho cuando todo esto haya acabado -murmuró Warren, pegándose a mi lado.

Esta noche llevaba puesto un traje gris hulla a medida, la viva imagen de un magnate literario sofisticado. Pese a la baja estima que me inspiraba un hombre que engañaba a su esposa tras treinta años de matrimonio con una empleada mucho más joven, debía reconocer que no carecía de apostura y atractivo físico. Después de todo lo que había pasado hoy, sin embargo, no estaba de humor para abrirme de piernas encima de su mesa cuando cerrara la tienda.

– No puedo -respondí en voz baja, sin dejar de observar la firma-. Tengo cosas que hacer luego.

– Seguro que no. No es noche de baile.

– No -le di la razón-. Pero voy a hacer otra cosa.

– ¿Como cuál?

– Tengo una cita. -La mentira afloró sin dificultad a mis labios.

– A que no.

– A que sí.

– Tú nunca tienes ninguna cita, así que no intentes ahora ese truco. La única cita que tienes es conmigo, en mi despacho, preferiblemente de rodillas. -Se acercó un paso más, hablándome al oído para que pudiera sentir la calidez de su voz en la piel-. Dios, Georgina. Tienes un aspecto tan follable esta noche que te podría montar ahora mismo. ¿Tienes la menor idea de cómo me provoca verte con este vestido?

– ¿Que «te provoca»? Yo no estoy provocando a nadie. Por culpa de actitudes como la tuya hay mujeres obligadas a llevar velo en el mundo, ¿sabes? Es echarle la culpa a la víctima.

Soltó una risita.

– Me troncho contigo, ¿lo sabías? ¿Llevas bragas debajo de eso?

– ¿Kincaid? ¿Nos puedes echar una mano aquí?

Me di la vuelta y vi a Doug mirándonos con el ceño fruncido. Lógico. Quería mi ayuda, ahora que veía a Warren tirándome los tejos. ¿Quién dijo que no quedaban caballeros en este mundo? Doug era una de las pocas personas que sabían lo que había entre Warren y yo, y no le gustaba. En cualquier caso, necesitaba escapar, aunque fuera tarde, de modo que eludí temporalmente la lujuria de Warren y me acerqué a ayudar con las ventas del libro.

La cola de clientes en busca de una firma tardó casi dos horas en desgranarse, y para entonces la tienda estaba a quince minutos del cierre. Seth Mortensen parecía un poco cansado pero de buen humor. El estómago me dio un vuelco cuando Paige nos hizo señas a los que no estábamos encargados de cerrar para que nos acercáramos a charlar con él.

Nos presentó sin rodeos.

– Warren Lloyd, propietario de la tienda. Doug Sato, auxiliar de ventas. Bruce Newton, encargado de cafetería. Andy Kraus, ventas. Y ya conoces a Georgina Kincaid, nuestra otra auxiliar.

Seth asintió educadamente con la cabeza, estrechándoles la mano a todos. Cuando llegó a mí, aparté la mirada, esperando que pasara de largo. Al ver que no lo hacía, me encogí mentalmente, preparándome para algún comentario sobre nuestros anteriores encuentros. En vez de eso, lo único que dijo fue:

– G.K.

Parpadeé.

¿Eh?

– G.K. -repitió, como si esas letras tuvieran todo el sentido del mundo. Al ver que mi expresión de estupefacción persistía, hizo un brusco movimiento de cabeza hacia uno de los folletos promocionales para la ocasión de esta noche. Ponía:

Si no has oído hablar de Seth Mortensen es que llevas los últimos ocho años viviendo en otro planeta. Es lo más espectacular que le ha pasado al mercado de la novela negra; en comparación con él, las obras de la competencia parecen garabatos en un cuaderno de colorear. Con varios éxitos de ventas en su haber, el ilustre señor Mortensen escribe tanto libros autoconclusivos como continuaciones de la asombrosa y popular serie de Cady y O'Neill. El pacto de Glasgow continúa las aventuras de estos intrépidos investigadores, que viajarán al extranjero esta vez para seguir desentrañando misterios arqueológicos mientras se enzarzan en las inevitables discusiones, cargadas de ingenio y sensualidad, a las que nos tienen acostumbrados. Chicos, si no podéis encontrar a vuestras novias esta noche es porque están leyendo El pacto de Glasgow, deseando que fuerais tan refinados como O'Neill.

G.K.


– Tú eres G.K. Tú escribiste la bio.

Me miró esperando confirmación, pero yo me había quedado muda, no podía ni pronunciar la aguda respuesta que temblaba en mis labios. Tenía demasiado miedo. Después de las meteduras de pata previas, temía decir algo equivocado.

Al final, desconcertado por el silencio, me preguntó con vacilación:

– ¿También eres escritora? Es realmente bueno.

– No.

– Ah -transcurrieron unos instantes de silencio glacial-. En fin. Supongo que algunos escriben las historias, y otros las viven.

Eso sonaba a coqueteo, pero me mordí el labio para sofocar mi réplica, aferrada aún a mi nuevo papel de zorra de hielo, deseosa de borrar cualquier posible resto de mis anteriores flirteos.

Paige, que no entendía la tensión que había entre Seth y yo, la presentía de todos modos e intentó suavizarla.

– Georgina es una de tus mayores fans. Estaba absolutamente extasiada cuando se enteró de que ibas a venir.

– Sí -añadió Doug con malicia-. Tus libros la tienen prácticamente «esclavizada». Pregúntale cuántas veces se ha leído El pacto de Glasgow.

Le lancé una mirada asesina, pero la atención de Seth se concentró en mí de nuevo, genuinamente curiosa. Está intentando restaurar nuestra relación anterior, comprendí con tristeza. No podía permitir que eso ocurriera.

– ¿Cuántas?

Tragué saliva, resistiéndome a responder, pero el peso de todas aquellas miradas terminó por abrumarme.

– Ninguna. Todavía no lo he terminado. -La práctica me permitió pronunciar aquellas palabras con serenidad y confianza, disimulando así mi incomodidad.

Seth parecía asombrado. Igual que todos los demás; todos se me quedaron mirando con fijeza, comprensiblemente perplejos. Sólo Doug entendió el chiste.

– ¿Ninguna? -Preguntó Warren con el ceño fruncido-. ¿No hace ya más de un mes que salió?

Doug, el muy cabrito, sonrió.

– Cuéntales el resto. Diles cuántas páginas lees al día.

Deseé entonces que se abriera la tierra y me tragara entera, para poder escapar de esta pesadilla. Por si presentarse como una ramera arrogante frente a Seth Mortensen no fuera suficiente, ahora Doug estaba avergonzándome para que confesara mi ridícula costumbre.

– Cinco -dije al final-. Sólo leo cinco páginas al día.

– ¿Por qué? -preguntó Paige. Al parecer nunca había oído esta historia.

Podía sentir cómo se me encendían las mejillas. Paige y Warren me miraban como si fuera de otro planeta mientras Seth sencillamente permanecía callado y parecía pensativo y distraído. Respiré hondo y escupí las palabras como una ametralladora:

– Porque… porque es tan bueno, y porque sólo se tiene una oportunidad de leer un libro por primera vez, y quiero que dure. La experiencia. De lo contrario me lo terminaría en un solo día, y eso sería como… como zamparse una caja de helado de una sentada. Demasiado placer que se esfumaría demasiado rápido. De esta manera puedo prolongarlo. Hacer que el libro dure más. Saborearlo. No me queda otro remedio, porque no se publican tan a menudo.

Cerré la boca de golpe, comprendiendo que acababa de insultar el ritmo de escritura de Seth… otra vez. No respondió a mi comentario, y no supe descifrar la expresión de su rostro. Reflexiva, quizá. Nuevamente recé en silencio para que el suelo me consumiera y me librara de esta humillación. Obstinadamente se negó.

Doug me dirigió una sonrisa tranquilizadora. Le parecía graciosa mi costumbre. Paige, quien al parecer no compartía su opinión, tenía pinta de compartir mi deseo de estar en otra parte. Carraspeó educadamente y empezó un tema de conversación totalmente distinto. Después de eso, casi no presté atención a lo que decían. Lo único que sabía era que Seth Mortensen probablemente pensaba que yo estaba loca de atar, y no veía el momento de que terminara esta noche.

– …Kincaid lo haría.

El sonido de mi nombre me trajo de vuelta varios minutos más tarde.

– ¿Qué? -me giré hacia Doug, el que estaba hablando.

– ¿No lo harías?

– ¿Hacer qué?

– Enseñarle la ciudad a Seth mañana -Doug hablaba pacientemente, como si se dirigiera a una niña-. Familiarizarlo con la zona.

– Mi hermano está demasiado ocupado -explicó Seth.

¿Qué tenía que ver su hermano en todo aquello? ¿Y por qué necesitaba familiarizarse con la zona?

Vacilé, sin querer admitir que me había quedado abstraída mientras me compadecía de mí misma.

– Pues…

– Si no quieres… -empezó Seth, dubitativo.

– Por supuesto que quiere -Doug me pegó un codazo-. Venga. Sal de tu agujero.

Nos enzarzamos en un duelo de miradas digno de Jerome y Cárter.

– Ya, bueno. Está bien.

Organizamos los pormenores de mi reunión con Seth, y me pregunté en qué me había metido. Ya no quería llamar la atención. De hecho, preferiría que pudiera borrarme de su mente para siempre. Pasear juntos por Seattle no parecía la mejor manera de conseguirlo. A lo sumo, resultaría en más comportamientos estúpidos por mi parte.

La conversación declinó finalmente. Cuando estábamos a punto de desbandarnos, de repente me acordé de una cosa.

– Ah. Hey. Señor Mortensen. Seth.

Se giró hacia mí.

– ¿Sí?

Me esforcé desesperadamente por decir algo que desenredara la maraña de insinuaciones veladas y bochornos en la que los dos nos habíamos visto atrapados. Desgraciadamente, las únicas preguntas que me venían a la cabeza eran: ¿De dónde sacas las ideas?, y ¿terminarán juntos alguna vez Cady y O'Neill? Descartando tales idioteces, me limité a enseñarle mi ejemplar.

– ¿Me lo puedes firmar?

Lo cogió.

– Eh, claro. -Una pausa-. Te lo devolveré mañana. ¿Privarme de mi libro esa noche? ¿Acaso no había sufrido bastante ya?

– ¿No puedes firmarlo ahora?

Se encogió de hombros en un ademán de impotencia, como si el asunto escapara a su control.

– No se me ocurre nada que escribir.

– Pon tu nombre nada más.

– Te lo devolveré mañana -repitió, alejándose con mi copia de El pacto de Glasgow como si yo no hubiera dicho nada. Atónita, consideré seriamente la posibilidad de correr hasta él y arrebatárselo a golpes, pero Warren me tiró de repente del brazo.

– Georgina -dijo amablemente mientras yo veía, desesperada, cómo se alejaba mi libro-, todavía tenemos que discutir ese tema en mi despacho.

No. De ninguna manera. Definitivamente no iba a pegarme un revolcón después de la debacle de esta noche. Girándome despacio hacia él, sacudí la cabeza.

– Ya te lo he dicho, no puedo.

– Sí, ya lo sé. Tú cita imaginaria.

– No es imaginaria. Es…

Mis ojos buscaban desesperadamente una salida mientras hablaba. Aunque no apareció ningún portal mágico en la sección de libros de cocina, crucé la mirada de repente con un tipo que ojeaba nuestras novelas en otros idiomas. Sonrió con curiosidad en mi dirección, y en un abrir y cerrar de ojos, decidí jugármelo todo a una carta.

– …él. Tengo una cita con él.

Saludé con la mano al desconocido y le hice señas para que se acercara. Parecía comprensiblemente sorprendido, dejando el libro en su sitio y acercándose a nosotros. Cuando llegó, lo rodeé con un brazo familiarmente mientras le dedicaba una mirada que sabía capaz de poner a reyes de rodillas.

– ¿Listo para salir?

Un ligero asombro destelló en sus ojos… que eran preciosos, por cierto. De un intenso verde azulado. Para mi alivio, me siguió la corriente y respondió magistralmente a mi estratagema.

– Puedes apostar a que sí. -Deslizó su brazo a mí alrededor, apoyando la mano en mi cadera con sorprendente presunción-. Habría venido antes, pero me retuvo el tráfico. Qué ricura. Miré a Warren de reojo.

– ¿Seguimos con la conversación en otro momento? Warren me miró, después al tipo, y de nuevo a mí.

– Claro. Sí. Por supuesto. -Warren creía que era mi amo, pero sus sentimientos no eran lo bastante fuertes como para desafiar a un competidor más joven.

Algunos de mis compañeros de trabajo nos observaban también con interés. Al igual que Warren, ninguno me había visto nunca salir con nadie realmente. Seth Mortensen estaba ocupado llenando un maletín, sin cruzar la mirada conmigo, a todas luces ajeno a mi existencia. Ni siquiera respondió cuando dije adiós. Probablemente era mejor así.

Mi «cita» y yo salimos de la tienda a la fría noche. Habían cesado las precipitaciones, pero las nubes y las luces de la ciudad ocultaban las estrellas. Al estudiarlo, deseé que estuviéramos saliendo juntos después de todo.

Era alto… realmente alto. Seguramente al menos veinticinco centímetros más alto que mi diminuto uno sesenta y dos. Tenía el pelo negro y ondulado, peinado hacia atrás de un rostro fuertemente bronceado que conseguía que sus ojos de aguamarina resplandecieran casi. Llevaba puesto un largo abrigo de lana negro y una bufanda a cuadros negros, borgoñas y verdes.

– Gracias -le dije cuando nos detuvimos en la esquina de la calle-. Me has salvado de una… situación desagradable.

– Ha sido un placer -me tendió la mano-. Me llamo Román.

– Bonito nombre.

– Supongo. Me hace pensar en novelas rosa. ¿Sí?

– Sí. Nadie se llama así de verdad en la vida real. Pero en las novelas románticas hay millones de ellos. «Román el V Duque de Wellington.» «Román el Terrible y sin embargo Intrépido y Sobrenaturalmente Atractivo Pirata de los Siete Mares.»

– Hey, me parece que esa última la he leído. Yo soy Georgina.

– Ya veo -indicó con la cabeza la tarjeta de identificación que llevaba colgada del cuello. Probablemente una excusa para asomarse a mi escote-. ¿Ese vestido es el uniforme reglamentario de los asistentes de ventas?

– Este vestido se ha convertido en un verdadero grano en el culo, la verdad -recalqué, pensando en las distintas reacciones que había suscitado.

– Puedes ponerte mi abrigo. ¿A dónde te apetece ir esta noche?

– ¿Que adonde…? No vamos a salir juntos. Ya te lo he dicho: me has salvado de un pequeño embrollo, eso es todo.

– Hey, eso todavía debe de valer algo -repuso-. ¿Un pañuelo? ¿Un beso en la mejilla? ¿Tu número de teléfono?

– ¡No!

– Oh, venga ya. ¿Has visto lo bueno que soy? Ni siquiera pestañeé cuando me liaste con esa miradita tuya tan provocativa. Eso no podía negarlo.

– Está bien. Es el 555-1200.

– Ése es el número de la tienda.

– ¿Cómo lo sabes?

Señaló el cartel de Emerald City que tenía a mi espalda. Contenía toda la información de contacto de la librería.

– Porque sé leer.

– Guau. Eso te coloca, no sé, como diez puestos por encima de la mayoría de los tipos que intentan ligar conmigo.

– ¿Significa eso que podemos salir juntos algún día? -preguntó esperanzado.

– No. Te agradezco la ayuda prestada esta noche, pero no me gustan las citas.

– Entonces no te lo tomes como una cita. Tómatelo como… una toma de contacto entre dos mentes.

La forma en que me miraba sugería que no era sólo mi mente con lo que quería tomar contacto. Me estremecí involuntariamente, aunque no hacía frío. De hecho, comenzaba a sentir una calidez enervante.

Se desabrochó el abrigo.

– Ten. Estás aterida. Póntelo mientras te acompaño a casa. Tengo el coche al doblar la esquina.

– Vivo a dos pasos. -Su abrigo conservaba el calor de su cuerpo y olía bien. Una combinación de cK One y, en fin, hombre. Ñam.

– Pues deja que camine contigo.

Su insistencia era encantadora, otra razón por la que debía poner punto y final ahora. Ésta era precisamente la clase de tipo decente que necesitaba evitar.

– Venga -imploró Román al ver que yo no respondía-. No es tanto pedir. Que no soy un acosador ni nada. Sólo quiero pasear contigo hasta tu casa. Luego no hace falta que volvamos a vernos.

– Mira, apenas me conoces… -me interrumpí, reconsiderando sus palabras-. Está bien.

– ¿Qué está bien?

– Está bien, puedes caminar conmigo hasta mi casa.

– ¿En serio? -su expresión se iluminó.

– Sip.

Tres minutos más tarde, cuando llegamos a mi edificio de apartamentos, levantó las manos en un gesto de desesperación. -Eso no es justo. Vives prácticamente al lado. -«Pasear conmigo hasta mi casa.» Eso era todo cuanto pedías. Román sacudió la cabeza.

– No es justo. En absoluto. Pero -levantó la mirada hacia mi edificio, con ilusión renovada- por lo menos ahora sé dónde vives.

– ¡Hey! Dijiste que no eras un acosador.

Sonrió, espectaculares dientes blancos brillando contra su piel morena.

– Nunca es demasiado tarde para empezar. -Se agachó, me dio un beso en la mano y me guió un ojo-. Hasta que nos volvamos a ver, bella Georgina.

Se dio la vuelta y se adentró en la noche de Queen Anne. Lo vi marchar, sintiendo aún sus labios en mi piel. Qué inesperado… y desconcertante… final para esta noche.

Cuando se hubo perdido de vista, giré sobre los talones y entré en mi edificio. Había subido la mitad de las escaleras cuando me di cuenta de que todavía llevaba puesto su abrigo. ¿Cómo iba a devolvérselo? Lo ha hecho a propósito, comprendí. Había dejado que me lo quedara.

De repente supe que volvería a ver al ingenioso duque Román tarde o temprano. Probablemente temprano, antes que tarde.

Riéndome por lo bajo, continué camino de mi apartamento; me detuve tras unos pocos pasos más.

– Otra vez no -murmuré, exasperada.

Tras la puerta de mi apartamento se arremolinaban sensaciones familiares. Como una tempestad reluciente. Como un zumbido de abejas en el aire.

Había un grupo de inmortales en mi casa.

¿Qué coño? ¿Tendría que empezar a cobrar entrada en mi apartamento? ¿Por qué pensaba todo el mundo de repente que podían colarse dentro sin mi permiso?

Se me ocurrió entonces, brevemente, que antes no había percibido la presencia de Jerome y Cárter. Me habían pillado totalmente desprevenida. Eso era extraño, pero su noticia me había distraído demasiado como para fijarme en nada más.

Del mismo modo, mi rabia actual no me permitía recapacitar más sobre ese detalle singular. Estaba demasiado enfadada. Colgándome el bolso del hombro, irrumpí en mi casa como un vendaval.

Загрузка...