Capítulo XXII
David Emmott, el padre Lavigny y un descubrimiento
Carey dio la vuelta repentinamente y se alejó dando largas y coléricas zancadas. Poirot se quedó mirando cómo el otro se marchaba y al poco rato murmuró:
—Sí, ya comprendo.
Y sin volver la cabeza, con voz un poco más alta, dijo:
—No salga de ahí detrás hasta dentro de un momento, enfermera... Por si acaso vuelve la cabeza... Ya puede hacerlo. ¿Tiene usted mi pañuelo? Muchas gracias, ha sido usted muy amable.
No me dijo nada acerca de mi espionaje. No sé cómo llegó a enterarse de que yo estaba escuchando, pues en ningún momento miró hacia donde me hallaba escondida.
Me alegré de que no dijera nada. En mi opinión, no creía haber hecho algo indecoroso; pero me hubiera resultado difícil explicárselo. Por lo tanto, era mejor que, tal como parecía, no necesitara aclaraciones de ninguna clase.
—¿Cree usted que la odiaba, monsieur Poirot? —pregunté.
Asintiendo lentamente con la cabeza y con una curiosa expresión en su cara, Poirot replicó:
—Sí... creo que la odiaba.
Luego se puso de pie y empezó a caminar hacia donde se veían unos trabajadores, en la cima del montículo. Le seguí. Al principio no vimos más que árabes; pero por fin encontramos al señor Emmott agachado en el suelo soplando el polvo que recubría un esqueleto que acababa de ser descubierto.
Nos sonrió con su aire grave y reposado.
—¿Han venido a dar un vistazo? —preguntó—. Termino en un momento.
Sentóse, sacó una navaja del bolsillo y empezó a quitar delicadamente la tierra adherida a los huesos. De vez en cuando utilizaba un fuelle o su propio soplo para quitar el polvo que se producía. El último procedimiento me pareció muy poco higiénico.
—Se va a llenar la boca de toda clase de bacterias, señor Emmott —protesté.
—Las bacterias son mi alimento diario, enfermera —replicó con seriedad—. Los microbios no pueden con un arqueólogo. Lo único que consiguen es desanimarse, después de intentarlo todo.
Raspó un poco más alrededor de un fémur y luego habló con un capataz que tenía al lado, diciéndole qué era lo que exactamente tenía que hacer.
—Bien —dijo, levantándose—. Ya está listo para que Reiter impresione unas placas después de almorzar. Tengo otras cosas bonitas.
Nos mostró un tazón de cobre, cubierto de cardenillo y algunos alfileres. Y unas piedrecitas, doradas y azules, que, según nos dijo, eran los restos de un antiquísimo collar. Los huesos y demás objetos se limpiaban y colocaban en forma que pudieran fotografiarse.
—¿De quién es eso? —preguntó Poirot, señalando los huesos.
—Del primer milenio. Una dama de campanillas por lo visto. El cráneo me parece algo raro. Quiero que Mercado le dé un vistazo. Me parece que la muerte se debió a un golpe que recibió en la cabeza.
—¿Una señora Leidner de hace dos mil años y pico? —dijo el detective.
—Quizá —replicó el señor Emmott.
Bill Coleman estaba haciendo no sé qué cosa en un muro de barro.
David Emmott le dijo algo que no logré entender y luego empezó a enseñarle cosas a monsieur Poirot. Caminamos lentamente por la desgastada senda.
—Espero que se habrán alegrado todos de volver a sus faenas —contestó Poirot.
—Sí. Es lo mejor. No era fácil haraganear por la casa, tratando de entablar conversación con los demás.
—Sabiendo, además, que uno de ustedes es un seguro asesino.
El joven no contestó, ni hizo gesto alguno de desaprobación. Ahora me daba cuenta de que el muchacho había sospechado la verdad desde el principio, cuando interrogó a los criados.
Al cabo de unos momentos, preguntó completamente tranquilo:
—¿Ha conseguido usted algo, monsieur Poirot?
El detective replicó:
—¿Quiere usted ayudarme a conseguirlo?
—¡Claro que sí!
Poirot lo miró fijamente y repuso:
—El eje de la cuestión es la señora Leidner. Quiero saberlo todo acerca de ella.
David Emmott preguntó, recalcando las palabras:
—¿Qué quiere significar usted al decir "todo acerca de ella"?
—No me refiero a saber de dónde vino, ni cuál fue su nombre de soltera. No quiero saber cuál era la forma de su cara, ni el color de sus ojos. Me refiero a ella... a ella misma.
—¿Cree usted que eso contará para algo en el caso?
—Estoy completamente seguro de ello.
Emmott guardó silencio durante unos instantes y luego añadió:
—Tal vez tenga razón.
—Y ahí es donde creo que ser usted capaz de ayudarme. Diciéndome qué clase de mujer era.
—¿De veras? A menudo me he preguntado eso yo mismo.
—¿No se formó usted todavía una opinión sobre el particular?
—Creo que al final la he formado.
—¿Eh bien?
Pero el señor Emmott volvió a callarse durante unos momentos.
—¿Qué piensa la enfermera de ella? —dijo al fin—. Las mujeres, según aseguran por ahí, calibran pronto a las de su mismo sexo, y las enfermeras tienen ocasión de conocer multitud de tipos.
Aunque yo hubiera querido, Poirot no me dio ocasión de hablar. Intervino con presteza.
—Lo que necesito saber es lo que un hombre opinaba de ella.
Emmott sonrió.
—Supongo que, poco más o menos, todas son iguales. —Hizo una pausa y luego prosiguió—. No era joven, pero creo que tiene usted razón al decir que es el eje de la cuestión. Ahí era donde ella quería estar siempre, en el centro de las cosas. Y le gustaba dominar a las personas. Es decir, no le bastaba con que se la atendiera preferentemente en la mesa. Necesitaba que la gente se desnudara la mente y el alma para que ella las pudiera ver.
—¿Y si alguien no le daba gusto en eso? —preguntó Poirot.
—Entonces salía a relucir todo lo que había en ella de perverso.
Vi cómo apretaba los labios con resolución y se le contraían las mandíbulas.
—Supongo, señor Emmott, que no tendrá inconveniente en expresar su opinión extraoficial acerca de quién fue el que la mató.
—No lo sé —replicó el joven—. En realidad, no tengo ni la más mínima idea. Creo que de haberme encontrado en la situación de Carl... me refiero a Carl Reiter... hubiera intentado asesinarla. Era una diablesa para él. Aunque el chico lo estaba mereciendo por ser tan tonto. Con su actitud parece que está invitando a que le den un buen puntapié.
—¿Y la señora Leidner le dio... un puntapié? —inquirió Poirot.
Emmott hizo una súbita mueca.
—No. Fueron pinchaditas con una aguja de bordar; ése era su método. El chico es irritante, desde luego. Como un mocoso llorón y pobre de espíritu. Pero una aguja es un arma dolorosa.
Dirigí una mirada a Poirot y me pareció ver un ligero temblor en sus labios.
—Pero, ¿no cree usted que Carl Reiter la mató?
—No. No creo que se deba matar a una mujer por el mero hecho de que le ponga a uno en ridículo en cada comida.
Poirot sacudió la cabeza con aire pensativo.
El señor Emmott presentaba a la señora Leidner bajo un aspecto inhumano por completo. Había que decir algo a su favor. Era cierto que en la actitud del señor Reiter había algo que despertaba la irritación de cualquiera. Se sobresaltaba cuando ella hablaba y hacía muchas tonterías, tales como servirle una y otra vez la mermelada, sabiendo de antemano que a ella no le gustaba. En ocasiones sentía el deseo de pincharle un poco yo misma.
Los hombres no comprenden de qué modo el amaneramiento afecta a los nervios femeninos y puede hacerlos estallar.
Pensé entonces que debía decírselo al señor Poirot en otra ocasión.
Habíamos llegado a la casa y el señor Emmott invitó al detective a que se lavara en su habitación. Hacia allí se dirigieron los dos y yo crucé rápidamente el patio y entré en mi cuarto.
Volví a salir casi al mismo tiempo que ellos. Nos dirigíamos hacia el comedor cuando el padre Lavigny abrió la puerta de su dormitorio y al ver a Poirot, le rogó que pasara un momento. El señor Emmott y yo entramos juntos en el comedor. La señorita Johnson y la señora Mercado estaban ya allí. Al cabo de unos minutos llegaron el señor Mercado, el señor Reiter y Bill Coleman.
Nos sentamos, y mientras Mercado enviaba al criado árabe para que avisara al padre Lavigny de que la comida estaba servida, nos dio un vuelco el corazón al oír un grito tenue y apagado. Supongo que nuestros nervios no estaban todavía muy tranquilos, pues dimos un salto y la señorita Johnson dijo, palideciendo:
—¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha ocurrido?
La señora Mercado la miró fijamente y después preguntó:
—¿Qué le pasa? Alguien gritó fuera, en el campo.
En aquel momento entraron Poirot y el padre Lavigny.
—Creíamos que se había lastimado alguien —observó la señorita Johnson.
—Mil perdones, mademoiselle —exclamó Poirot—. La culpa ha sido mía. El padre Lavigny me estaba enseñando unas tablillas. Me llevé una hacia la ventana para verla mejor, y, ma foi, no vi por dónde iba y tropecé. El dolor fue demasiado intenso y lancé un grito.
—Creíamos que era otro asesinato —dijo riendo la señora Mercado.
—¡Marie! —exclamó su marido.
Su tono era de reproche. Ella enrojeció y se mordió los labios.
La señorita Johnson se apresuró a derivar la conversación hacia el tema de las excavaciones y los objetos interesantes que se habían descubierto aquella mañana. La conversación, durante el almuerzo, versó en su totalidad sobre arqueología. Creo que todos opinamos en nuestro fuero interno que aquello era lo más prudente.
Después de tomar el café nos dirigimos a la sala de estar. Luego, los hombres, a excepción del padre Lavigny, se fueron otra vez a las excavaciones.
El religioso se llevó consigo a Poirot para enseñarle el almacén y yo les seguí. Me estaba enterando bastante bien de todo lo referente a la expedición y experimenté una sensación de orgullo, como si aquello me perteneciera, cuando el padre Lavigny sacó la copa de oro y oí la exclamación de asombro que lanzó Poirot.
—¡Qué espléndida obra de arte!
El padre Lavigny convino rápidamente en ello y empezó a señalar los puntos más bellos de la copa, demostrando un real entusiasmo y un profundo conocimiento.
—Hoy no tiene gotas de cera —dije.
—¿Cera? —preguntó Poirot, mirándome.
—¿Cera? —repitió el religioso.
Expliqué mi observación.
—¡Ah!, je comprends —dijo el padre Lavigny—. Sí, sí; cera de vela.
Aquello condujo la conversación hacia el tema del visitante nocturno. Olvidándose de mi presencia, los dos hombres empezaron a hablar en francés. Me volví a la sala. La señora Mercado zurcía los calcetines de su marido y la señorita Johnson leía un libro. Era cosa extraña en ella. Por lo general, siempre parecía tener algo que hacer. Al cabo de un rato, el padre Lavigny y Poirot salieron del almacén. El primero se excusó diciendo que debía continuar su trabajo. Poirot tomó asiento junto a nosotras.
—Un hombre muy interesante —dijo
Luego preguntó si el padre Lavigny había tenido mucho trabajo hasta entonces. La señorita Johnson explicó que se habían encontrado pocas tablillas y que igual había pasado con los ladrillos cilíndricos. El padre Lavigny, no obstante, había tomado parte en los trabajos de las excavaciones y estaba aprendiendo rápidamente el árabe.
La conversación recayó entonces sobre los sellos cilíndricos y al cabo de un rato la señorita Johnson sacó de un armario unas cuantas impresiones hechas con ellos sobre plastilina.
Pensé, cuando nos inclinamos para admirar aquellos vivos dibujos, que con estos sellos debió estar trabajando ella la fatídica tarde en que asesinaron a la señora Leidner.
Mientras hablábamos vi que Poirot daba vuelta entre sus dedos a una pelotita de plastilina.
—¿Gastan mucha pasta de ésta, mademoiselle? —preguntó.
—Bastante. Al parecer, esta temporada hemos gastado ya mucha, aunque no puedo recordar en qué. La mitad de la que teníamos ya ha sido utilizada.
—¿Dónde la guardan, mademoiselle?
—Aquí... en el armario.
Mientras guardaba la hoja de plastilina que nos había estado enseñando, le mostró un estante sobre el que se veían varias hojas más, botes de pegamento, engrudo y otros artículos.
Poirot se inclinó.
—¿Y esto?... ¿Qué es eso, mademoiselle?
Había deslizado su mano hasta el fondo del armario y sacó un extraño y arrugado objeto.
Cuando lo alisó pudimos ver que se trataba de una especie de máscara. Los ojos y boca habían sido pintados toscamente con tinta china. El conjunto estaba embadurnado grotescamente con plastilina.
—¡Qué cosa tan rara! —exclamó la señorita Johnson—. No la había visto antes. ¿Cómo estaba ahí? ¿Qué es?
—De cómo llegó aquí... bueno... podemos considerar que cualquier sitio es bueno para esconder una cosa. Supongo que este armario no se hubiera vaciado hasta el final de la temporada. Y en cuanto a lo que es... creo que no resulta difícil de explicar. Aquí tenemos la cara que la señora Leidner describió. La cara fantasmal vista de noche, en la ventana, como si bailara en el aire.
La señora Mercado soltó un ligero chillido.
La señorita Johnson había palidecido súbitamente hasta los labios.
—Entonces, no eran fantasías —murmuró—. Era un engaño... un inicuo engaño. Pero, ¿quién lo cometió?
—Sí —exclamó la señora Mercado—. ¿Quién pudo hacer una cosa tan indigna?
Poirot no intentó contestar. Tenía la cara torva y ceñuda cuando entró en el almacén y volvió a salir llevando en la mano una caja de cartón vacía. Puso la máscara dentro de ella.
—La policía debe ver esto —explicó.
—¡Es terrible! —dijo la señorita Johnson en voz baja.
—¡Horrible!
—¿Cree usted que hay más cosas escondidas por aquí? —exclamó la señora Mercado con voz chillona—. ¿Cree que acaso el arma... la porra con que la mataron, todavía manchada de sangre... tal vez...? ¡Oh! Estoy asustada... muy asustada.
La señorita Johnson la cogió rápida, bruscamente, por el hombro.
—¡Cállese! —gritó furiosamente—. Ahí viene el doctor Leidner. No debemos marearle más.
El coche entraba en aquel momento en el patio. El doctor Leidner se apeó y vino hacia la sala de estar. La fatiga se le marcaba en el rostro y parecía tener doble edad de la que aparentaba tres días antes. Con voz tranquila anunció:
—El entierro se celebra mañana. El mayor Doane leerá el oficio.
La señora Mercado balbuceó algo y salió fuera de la habitación.
El arqueólogo preguntó a la señorita Johnson:
—¿Vendrás, Anne?
Y ella contestó:
—Claro que sí. Iremos todos, como es natural.
No dijo nada más, pero su cara expresó lo que su voz era incapaz de hacer: afecto y momentánea ternura.
—Mi buena Anne —dijo él—. ¡Cuánta ayuda y consuelo encuentro en ti...!
Le puso una mano sobre el brazo y vi cómo el sonrojo crecía en la cara de la dama, mientras murmuraba con su voz gruñona de costumbre:
—Está bien.
Pero divisé un rápido destello en su mirada y comprendí que, por un momento, Anne Johnson había sido una mujer completamente feliz.
Otra idea cruzó por mi pensamiento. Tal vez dentro de poco, siguiendo el curso natural de las cosas y contando con la simpatía que sentía hacia su viejo amigo, podía pensarse en un final venturoso.
En realidad, no es que me guste hacer de casamentera. Y no estaba bien pensar en tales cosas, aun antes de haberse celebrado el funeral. Pero, al fin y al cabo, sería una buena solución. El doctor Leidner la apreciaba mucho y no había duda de que ella le era muy adicta y sería completamente dichosa dedicándole el resto de su vida. Ello, claro está, contando con que pudiera soportar el continuo recuerdo de las perfecciones de Louise. Pero las mujeres pasan por cualquier cosa con tal de conseguir lo que desean.
El doctor Leidner saludó después a Poirot y le preguntó si había hecho algún progreso en la investigación. La señorita Johnson estaba detrás del arqueólogo y dirigió una mirada insistente a la caja de cartón que Poirot llevaba en la mano, mientras sacudía la cabeza. Comprendí que con ello le estaba pidiendo al detective que no dijera nada acerca de la máscara. Pensó, seguramente, que el pobre doctor Leidner había soportado ya bastantes emociones aquel día.
Poirot accedió a sus deseos.
Después de cruzar unas frases que no tuvieron nada que ver con el caso, salió de la habitación.
—Estas cosas marchan lentamente, monsieur —dijo.
Le acompañé hasta su coche. Tenía que preguntarle media docena de cosas, pero cuando dio la vuelta, mirándome, opté por no decir nada. Era como si fuera a preguntarle a un cirujano cómo le había salido la operación. Me limité a quedarme allí parada, con aspecto humilde, esperando instrucciones.
Pero con gran sorpresa mía, dijo:
—Cuídese, hija mía.
Y luego añadió:
—Me he estado preguntando si es conveniente que se quede usted aquí.
—Debo hablar de mi partida con el doctor Leidner —observé—. Pero creo que será mejor hacerlo después del funeral.
Asintió, aprobando mi determinación.
—Entretanto —me advirtió—, no trate de averiguar muchas cosas. Compréndame; no quiero que parezca demasiado lista. —Y añadió, sonriendo—: Usted debe de tener preparadas las gasas y a mí me toca hacer la operación.
¿No es curioso que dijera aquello?
Luego prosiguió, incongruente.
—Ese padre Lavigny es un hombre muy interesante.
—Me parece algo raro que un fraile sea arqueólogo —opiné.
—¡Ah, sí! Usted es protestante. Yo soy un buen católico. Conozco algo sobre los sacerdotes y frailes de mi religión.
Frunció el entrecejo y después de titubear me dijo:
—Recuerde que es lo bastante listo para, si así lo desea, volverla a usted del revés.
Si con ello quería decirme que no me dedicara a fisgonear, estaba segura de que no necesitaba hacerme advertencia alguna en tal sentido. Aquello me molestó, y aunque no me decidí a preguntarle las cosas que en realidad me interesaba conocer, no vi razón alguna que me impidiera decirle algo que llevaba en el pensamiento.
—Perdone, señor Poirot —observé—. Se dice tropezar, no pisar.
—¡Ah! Gracias, ma soeur.
—De nada. Pero es conveniente decir correctamente las cosas.
—Lo recordaré —replicó.
Subió al coche y se marchó. Yo crucé lentamente el patio mientras reflexionaba sobre infinidad de cosas. Acerca de los pinchazos en el brazo del señor Mercado, y qué droga sería la que tomaría. Y sobre aquella horrible máscara amarilla. Y qué extraño era que Poirot y la señorita Johnson no hubieran oído mi grito aquella mañana estando en la sala, pues desde el comedor todos habíamos oído perfectamente el que lanzó Poirot, y la habitación del padre Lavigny y la de la señora Leidner distaban exactamente igual del comedor y de la sala de estar.
Me alegré de haber aclarado al "doctor" Poirot una palabra inglesa. Tenía que haberse dado cuenta de que, aunque fuera un gran detective, no lo sabía todo.