CAPÍTULO 24

– ¡Alex!

Él alzó la cabeza del motor de la grúa con rapidez en cuanto oyó la voz de Daisy gritando su nombre y sonando exactamente igual que solía hacerlo. Se sintió esperanzado. Quizás aún no se había acabado todo. Tal vez Daisy no quiso decir lo que dijo dos noches atrás y no tendría que llevarla al aeropuerto esa misma tarde.

Arrojó al suelo la llave inglesa que estaba usando y se volvió para mirarla. Sus esperanzas se desvanecieron en cuanto vio la expresión de su esposa.

– ¡Sinjun no está! Han descargado a todos los animales y el no estaba entre ellos. También falta Trey.

Brady salió desde detrás de la grúa donde estaba intentando ayudar a Alex.

– Seguro que es cosa de Sheba. Me apuesto lo que sea.

La cara de Daisy palideció de ansiedad.

– ¿Te ha comentado algo?

– No, pero se ha comportado como una verdadera arpía estos dos últimos días.

Daisy miró a Alex y, por primera vez desde que la había ido a buscar al zoológico de Chicago, él sintió que lo miraba de verdad.

– ¿Sabías algo de esto?

– No, no me ha dicho nada.

– Sabe lo que sientes por ese tigre -dijo Brady. -Supongo que lo ha vendido a tus espaldas.

– Pero no puede hacer eso. ¡Es mío! -Daisy se mordió el labio como si se diera cuenta de que lo que había dicho no era cierto.

– Antes fui a ver a Sheba -dijo Brady, -pero había desaparecido. Fue Shorty quien trajo su RV, pero el Cadillac no estaba por ningún lado.

Daisy cerró los puños.

– Le ha hecho algo terrible a Sinjun. Lo sé.

Alex quiso consolarla, pero sospechaba que Daisy tenía razón.

– Haré algunas llamadas a ver si averiguo algo. ¿Por qué no habláis con los empleados por si alguien sabe algo?

Pero nadie sabía nada. Durante las dos horas siguientes hablaron con todos y sólo descubrieron que nadie había visto a Sheba desde la tarde anterior.

Daisy estaba cada vez más histérica. ¿Dónde estaba Sinjun} ¿Qué había hecho Sheba con él? Había descubierto bastantes cosas sobre el tráfico ilegal de animales viejos del circo, sabía que era improbable que el tigre acabara en un zoo. ¿Qué le ocurriría a su tigre?

Se hizo tarde para llevar a Daisy al aeropuerto. Alex había insistido en que ella se quedara con su padre hasta decidir lo que quería hacer, pero ahora eso no tenía importancia. Pasó junto al Lexus gris con matrícula de Connecticut -otra muestra más de lo culpable que se sentía Alex- y se sentó en la parte trasera de la camioneta que la había trasladado durante todo el verano hasta llegar a esa desolada noche de octubre. Desde allí, observó el recinto.

Pasó la primera función y luego la segunda. La gente llegó y se fue. Aquel lugar era la última parada antes de poner rumbo a Tampa. De nuevo los empleados del circo habían ido al pueblo junto con algunas de las showgirls y el recinto estaba desierto. Tenía frío, pero esperó a que Alex se hubiera cambiado de ropa y se marchara a atender a Misha para regresar a la caravana.

Desde la puerta vio su maleta, que yacía olvidada encima de la cama. Se acercó a ella mientras se quitaba la vieja sudadera gris. Tras terminar de desnudarse en silencio, comenzó a recolocar la ropa vacilando ante el desordenado cajón donde Alex guardaba la suya. Se arrodilló, deprimida, y abrió el último cajón. Apartó a un lado los vaqueros de Alex para ver lo que sabía que estaba oculto debajo: un sonajero barato de plástico, un patito amarillo, una caja de galletas con forma de animales, un babero con la imagen de un conejo y un ejemplar de un libro del doctor Spock.

Había descubierto todo esos objetos unos días antes cuando estaba buscando otra cosa; Alex nunca los había mencionado. En ese momento tocó el sonajero con la punta de un dedo e intentó imaginar por qué razón había comprado todo eso. Si pudiera permitirse creer que…

No. No podía pensar eso, tenía demasiado que perder.

Cerró el cajón y, cuando regresaba a la camioneta, vio el Cadillac de Sheba aparcado al lado de la RV y oyó gritos en el interior del circo. Alex también los había oído y se acercó a la vez que ella. Se encontraron en la puerta trasera.

– Quizá sería mejor que esperaras aquí -dijo él.

Daisy lo ignoró y entró.

El circo estaba iluminado por un solo foco, que arrojaba una luz difusa sobre la pista, dejando el resto en penumbra. Daisy se vio envuelta por los familiares olores a serrín, animales y palomitas de maíz. Iba a echarlo mucho de menos.

Brady y Sheba estaban discutiendo al lado de la pista. Brady la asía del brazo claramente furioso.

– Daisy no te ha hecho absolutamente nada. ¿Por qué la has tomado con ella?

Sheba se zafó de él.

– Hago lo que me da la real gana, y ningún carnicero como tú va a mangonearme.

– ¿No te cansas de ser una arpía?

Lo que fuera que Sheba iba a decir murió en sus labios.

– Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí.

Daisy dio un paso adelante para enfrentarse a ella.

– ¿Qué has hecho con Sinjun?

Sheba se tomó su tiempo para contestar, jugando con ella al gato y al ratón para demostrar su poder.

Sinjun ha salido rumbo a su nuevo hogar. Los tigres siberianos son animales muy valiosos, ¿lo sabías? Incluso los más viejos. -Se sentó en la primera fila de asientos y cruzó las piernas en una postura que parecía demasiado estudiada. -Ni siquiera yo sabía lo que ciertas personas pueden llegar a pagar por ellos.

– ¿De qué personas hablas? -inquirió Alex, deteniéndose junto a Daisy. -¿Quién lo ha comprado?

– Por ahora nadie. El caballero en cuestión no lo recogerá hasta mañana por la mañana.

– Entonces, ¿dónde está?

– Está a salvo. Trey está con él.

A Alex se le acabó la paciencia.

– ¡Déjate de rodeos! ¿A quién vas a vendérselo?

– Había varias personas interesadas, pero Rex Webley ofreció el mejor precio.

– Jesús. -La expresión de la cara de Alex hizo que Daisy se estremeciera de inquietud.

– ¿Quién es Rex Webley? -preguntó.

– No digas ni una sola palabra Sheba, esto es algo entre tú y yo -intervino Alex, antes de que ella pudiera contestar.

Sheba le dirigió una mirada condescendiente antes de volverse hacia Daisy.

– Webley tiene un coto de caza ilegal en Texas.

Daisy no lo entendió.

– ¿Un coto de caza ilegal?

– Hay gente que le paga a Webley para ir a cazar ciertos animales allí -dijo Brady con disgusto.

Daisy pasó la mirada de Sheba a Brady.

– ¿Para cazarlos? Pero nadie puede cazar tigres. Son una especie en peligro de extinción.

Sheba se levantó y entró en la pista con decisión.

– Eso hace que sean más valorados por los hombres ricos que ya están aburridos de cazar piezas comunes y a los que les importa un comino la ley.

– ¿Has vendido a Sinjun para que lo cacen y lo maten? -dijo Daisy con voz horrorizada cuando por fin comprendió lo que Sheba le estaba diciendo. Un montón de imágenes horribles cruzó por su cabeza.

Sinjun no tenía el temor que un tigre normal siente hacia la gente. No se daría cuenta de que esos hombres querían lastimarle. En su mente vio su cuerpo abatido por las balas. Lo vio sobre la tierra con su pelaje negro y naranja manchado de sangre. Se acercó rápidamente a Sheba.

– ¡No te lo permitiré! Te denunciaré a las autoridades. Te detendrán.

– No, no lo harán -repuso Sheba. -No es ilegal vender un tigre. Webley me ha dicho que su intención es exhibir a Sinjun en su rancho de caza. Eso no va contra la ley.

– Sólo que no va a exhibirlo, ¿verdad? Lo va a matar. -Daisy se sintió mareada. -Iré a las autoridades. Lo haré. Detendrán todo esto.

– Lo dudo -dijo Sheba. -Webley lleva años sorteando la ley. Tendrías que tener un testigo que jurara que vio cómo lo mataban, lo que no ocurrirá ni en sueños. Y en cualquier caso, sería demasiado tarde para hacer nada, ¿no?

Daisy nunca había odiado tanto a otro ser humano.

– ¿Cómo puedes hacer esto? Si tanto me odias, ¿por qué no me haces daño a mí? ¿Por qué tienes que tomarla con Sinjun?

Alex entró en la pista y se enfrentó a Sheba.

– Te pagaré el doble que Webley -ofreció.

– Esta vez no conseguirás nada con tu dinero, Alex. No comprarás a Sinjun como hiciste con Glenna. Puse una condición cuando apalabré la venta.

Daisy lo miró con rapidez. Alex no le había dicho que había sido él quien había comprado a Glenna. Sabía que había hecho los arreglos necesarios para que fuera instalada en el zoo Brookfield, pero no que había sido su dinero el que lo había hecho posible. La gorila tenía un nuevo y precioso hogar gracias a él.

– ¿Por qué haces esto? -preguntó él. -La gente de Webley no recogerá a Sinjun hasta el amanecer. -La expresión de Sheba se volvió astuta. -Será entonces cuando firme los papeles, pero siempre puedo cambiar de idea.

– Ah, así que llegamos al meollo del asunto, ¿verdad, Sheba? -susurró Alex con voz apenas audible.

Sheba miró a Daisy, que todavía estaba fuera de la pista al lado de Brady.

– Eso te gustaría, ¿verdad, Daisy? Que detuviera todo esto. Puedo hacerlo, ya lo sabes. Con una simple llamada telefónica.

– Claro que puedes -siseó Alex. -¿Qué tengo que hacer para que hagas esa llamada?

Sheba se volvió hacia él y fue como si Brady y Daisy hubieran dejado de existir, quedando sólo ellos dos frente a frente en medio de la pista; algo para lo que ambos habían nacido. Sheba acortó la distancia que había entre ellos moviéndose sinuosamente, casi como una amante, pero no existía ni pizca de amor entre ellos.

– Ya sabes lo que tienes que hacer.

– Dímelo de todas maneras.

Sheba se giró hacia Daisy y Brady.

– Dejadnos solos. Esto es entre Alex y yo.

– ¡Esto es una locura! Eso es lo que es. ¡Si hubiera sabido lo que estabas maquinando, juro por Dios que te hubiera sacudido hasta que olvidaras tal gilipollez! -explotó Brady.

Sheba ni siquiera se inmutó ante aquel arrebato de ira.

– Si Daisy y tú no os vais de aquí, será el final del tigre.

– Marchaos -dijo Alex. -Haced lo que dice. Brady se volvió hacia él.

– No dejes que te corte las pelotas. Lo intentará, pero no dejes que llegue a ese extremo -dijo con amargura. Parecía como si hubiese perdido la fe en todo lo que creía.

– Lo intentaré -repuso Alex suavemente.

Daisy le dirigió una mirada suplicante, pero él estaba concentrado en Sheba y no se dio cuenta.

– Venga, Daisy. Vámonos de aquí. -Brady le pasó el brazo por los hombros y la llevó hacia la puerta trasera. Tras tantos meses aprendiendo a luchar, Daisy intentó resistirse, pero sabía que Alex era la única esperanza de Sinjun.

Una vez fuera, respiró hondo. Era una noche fría y comenzaron a castañetearle los dientes.

– Lo siento, Daisy. No pensé que llegaría tan lejos -susurró Brady, abrazándola.

Dentro se oyó la desdeñosa voz de Alex sólo un poco amortiguada por la lona de la carpa.

– Eres una mujer de negocios, Sheba. Si me vendes a Sinjun te compensaré generosamente. Todo lo que tienes que hacer es poner el precio.

Fue como si Brady y Daisy hubieran echado raíces en ese lugar; sabían que debían irse pero eran incapaces de hacerlo. Luego Brady cogió a Daisy de la mano y la hizo atravesar las sombras hasta la puerta trasera, donde no podían ser vistos pero tenían una vista parcial de la pista central.

Daisy vio cómo Sheba acariciaba el brazo de Alex.

– No es tu dinero lo que quiero. Ya deberías saberlo. Lo que quiero es doblegar tu orgullo.

Alex se apartó, como si no pudiera soportar su contacto.

– ¿Qué coño quieres decir?

– Si quieres al tigre, tendrás que suplicar por él.

– Vete al infierno.

– El gran Alex Markov tendrá que ponerse de rodillas y rogar.

– Antes prefiero morir.

– ¿No lo harás?

– Ni en un millón de años. -Alex apoyó las manos en las caderas. -Puedes hacer lo que te dé la gana con ese puto tigre, pero no me pondré de rodillas delante de ti ni de nadie.

– Me sorprendes. Estaba segura de que lo harías por esa pequeña boba. Debería haber imaginado que no la amas de verdad. -Por un momento Sheba levantó la mirada a las sombras de la cubierta, luego volvió a mirarlo. -Lo sospechaba. Debería haberme fiado de mi instinto. ¿Cómo podrías amarla? Eres demasiado despiadado para amar a nadie.

– Tú no sabes lo que siento por Daisy.

– Sé que no la amas lo suficiente como para ponerte de rodillas y suplicar por ella. -Lo miró con aire satisfecho. -Así que yo gano. Gano de todas maneras.

– Estás loca.

– Haces bien en negarte. Una vez me arrodillé por amor y no se lo recomiendo a nadie.

– Jesús, Sheba. No hagas esto.

– Tengo que hacerlo -la voz de la dueña del circo había perdido todo rastro de burla. -Nadie humilla a Sheba Quest sin pagarlo. Lo mires como lo mires, serás tú quien pierda hoy. ¿Estás seguro de que no quieres reconsiderarlo?

– Estoy seguro.

Daisy supo en ese momento que había perdido a Sinjun. Alex no era como otros hombres. Se sostenía a base de acero, valor y orgullo. Si se rebajase, el hombre que era se destruiría. Inclinó la cabeza e intentó darse la vuelta para marcharse, pero Brady le bloqueaba el paso.

– Sabes la ironía de todo esto, Daisy lo haría -dijo Alex con voz tensa y dura. -Ni siquiera se lo pensaría dos veces. -Soltó una carcajada que no contenía ni pizca de humor. -Se pondría de rodillas en menos de un segundo porque tiene un corazón tan grande que es capaz de responder por todos. No le importan ni el honor ni el orgullo ni nada por el estilo si el bienestar de las criaturas que ama está en peligro.

– ¿Y qué? -se burló Sheba. -No veo aquí a Daisy. Sólo te veo a ti. ¿Qué será, Alex, tu orgullo o el tigre? ¿Vas a renunciar a todo por amor o te aferrarás a ese orgullo que tanto te importa?

Hubo un largo silencio. Cuando las lágrimas comenzaron a deslizarse por la cara de Daisy, ésta supo que tenía que escapar. Pasó junto a Brady, pero se detuvo cuando oyó el fiero comentario de éste.

– Qué hijo de puta.

Se giró con rapidez y vio que Alex seguía de pie frente a Sheba, en silencio, con la cabeza alta, pero sus rodillas comenzaban a doblarse. Esas poderosas rodillas Romanov. Esas orgullosas rodillas Markov. Poco a poco, su marido se dejó caer en el serrín, pero Daisy supo que jamás había parecido más arrogante, ni más inquebrantable.

– Suplícamelo -susurró Sheba.

– ¡No! -la palabra surgió de lo más profundo del pecho de Daisy. ¡No dejaría que Sheba le hiciera eso, ni siquiera por Sinjun! ¿De qué serviría salvar a un magnífico tigre si con ello destruía a otro? Atravesó la puerta a toda velocidad y entró en la pista, haciendo volar el serrín mientras corría hacia Alex. Cuando llegó hasta su marido lo cogió del brazo y tiró de él para que se pusiera en pie.

– ¡Levántate, Alex! ¡No lo hagas! No se lo permitas.

Él no apartaba la mirada de Sheba Quest. Sus ojos parecían llamas ardientes.

– Tú me lo dijiste una vez, Daisy. Nadie puede humillarme. Sólo yo puedo rebajarme.

Alex levantó la cabeza, con la boca fruncida en un gesto de desprecio. Aunque estaba de rodillas, jamás había parecido tan regio. Era el zar en persona. El rey de la pista central.

– Te lo ruego, Sheba -dijo con firmeza. -No permitas que le ocurra nada a ese tigre.

Daisy se aferró al brazo de Alex y se dejó caer de rodillas a su lado.

Brady soltó una exclamación.

Y Sheba Quest curvó los labios en una media sonrisa. La expresión que tenía en la cara era una irritante combinación de admiración y satisfacción.

– Qué hijo de perra eres. Al final será verdad que la amas después de todo.

Miró a Daisy, arrodillada al lado de Alex.

– Por si aún no te has dado cuenta, Alex te ama. Tu tigre estará de vuelta mañana por la mañana. Ya me lo agradecerás en otro momento. Ahora, ¿tengo que seguir haciendo yo el trabajo sucio o piensas que puedes encargarte tú sola de esto sin volver a joderlo todo?

Daisy clavó la mirada en ella, tragó saliva, y asintió con la cabeza.

– Bien, porque ya estoy harta de que todos estén preocupados por ti.

Brady comenzó a maldecir por lo bajo.

Alex entrecerró los ojos.

Y Sheba Quest, la orgullosa reina de la pista central, pasó majestuosamente junto a ellos con la cabeza en alto y su brillante pelo rojizo ondeando como un estandarte del circo.

Brady la alcanzó antes de que llegara a la puerta trasera, pero antes de que él pudiera decir algo, ella se volvió y le clavó el dedo índice en el pecho con tanta fuerza como pudo.

– ¡Y que nunca vuelva a oírte decir que no soy buena persona!

Lentamente, una picara sonrisa reemplazó la mirada atontada en la cara de Brady. Sin decir palabra, se inclinó y se la cargó al hombro.

Arrodillados todavía en el serrín de la pista, Daisy sacudió la cabeza con desconcierto y miró a Alex.

– Sheba lo tenía planeado todo. Sabía que Brady y yo no podríamos resistirnos a escuchar a escondidas. De alguna manera sabía cómo me sentía y ha preparado toda esta charada para que vea que es verdad que me amas.

Los ojos que cayeron sobre ella eran tan duros y fríos como el ámbar, y además estaban furiosos.

– Ni una palabra. -Ella abrió la boca. -¡Ni una palabra!

El orgullo de Alex había quedado maltrecho y no se lo estaba tomando demasiado bien. Daisy supo que tenía que actuar con rapidez. Después de haber llegado hasta ahí, no iba a perderlo ahora.

Le empujó en el pecho con todas sus fuerzas y, pillado por sorpresa, Alex cayó en el serrín. Antes de que pudiera incorporarse, ella se sentó a horcajadas sobre él.

– No seas tonto, Alex. Te entiendo. -Le metió los dedos entre los oscuros cabellos. -Te lo ruego. Hemos llegado demasiado lejos para que hagas el tonto ahora; ya lo he hecho yo por los dos. Aunque en parte fue por tu culpa, que lo sepas. Me has repetido tantas veces que no sabías amar que, cuando realmente lo hiciste, pensé que sólo te sentías culpable. Debería haberlo sabido. Debería…

– Deja que me levante, Daisy. Ella sabía que podía quitársela de encima con facilidad, pero también sabía que no lo hacía por el bebé. Y porque la amaba.

Se inclinó hacia él. Le rodeó el cuello con los brazos y apretó la mejilla contra la suya. Extendió las piernas sobre las de él y apoyó los dedos de los pies encima de sus tobillos.

– Creo que no. Ahora estás un poco furioso, pero se te pasará en un par de minutos, en cuanto lo reconsideres todo. Hasta entonces, no pienso dejarte hacer nada que puedas lamentar más tarde.

Daisy creyó sentir que él se relajaba, pero no se movió, porque Alex era un tramposo redomado y esa podía ser una de sus tácticas para pillarla con la guardia baja.

– Levántate ya, Daisy.

– No.

– Acabarás lamentándolo.

– Tú no me harías daño.

– ¿Quién ha dicho nada sobre hacer daño?

– Estás furioso.

– Soy muy feliz.

– Estás muy furioso por lo que Sheba te ha obligado a hacer.

– Ella no me obligó a hacer nada.

– Te aseguro que sí. -Daisy alzó la cabeza para dirigir una amplia sonrisa a aquella cara ceñuda. -Lo ha hecho muy bien. De veras. Si tenemos una niña podemos llamarla como ella.

– Sobre mi cadáver.

Daisy inclinó de nuevo la cabeza y esperó, acostada sobre él como si fuera el mejor colchón anatómico del mundo.

Alex le rozó la oreja con los labios.

– Quiero casarme antes de que nazca el bebé -susurró Daisy acurrucándose más contra él. Sintió la mano de Alex en su pelo.

– Ya estamos casados.

– Quiero hacerlo de nuevo.

– Dejémoslo sólo en hacerlo.

– ¿Te vas a poner vulgar?

– ¿Te levantarás si lo hago?

– ¿Me amas?

– Te amo.

– No suena como si me amases. Suena como si estuvieras rechinando los dientes.

– Estoy rechinando los dientes, pero eso no quiere decir que no te quiera con todo mi corazón.

– ¿De veras? -Daisy alzó de nuevo la cabeza y le brindó una sonrisa radiante. -Entonces, ¿por qué tienes tantas ganas de que me levante?

Alex esbozó una sonrisa picara.

– Para poder probarte mi amor.

– Empiezas a ponerme nerviosa.

– ¿Temes no ser lo bastante mujer para mí?

– Oh, no. Definitivamente eso no me pone nerviosa. -Daisy inclinó la cabeza y le mordisqueó el labio inferior. En menos de un segundo, él lo convirtió en un beso profundo y sensual. A Daisy se le saltaron las lágrimas porque todo era maravilloso.

Alex comenzó a besarle las lágrimas y ella le acarició la mejilla.

– Me amas de verdad, ¿no?

– Te amo de verdad -dijo él con voz ronca. -Y esta vez quiero que me creas. Te lo ruego, cariño.

Ella sonrió a través de las lágrimas.

– Te creo. Vámonos a casa.

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