São empezó a trabajar en mi casa al día siguiente de nuestro primer encuentro. Yo me encontraba tan mal, que no tenía fuerzas para ocuparme de nada. Fue en esa época cuando entendí de verdad a mi madre. Era como si todo se hubiera solidificado a mi alrededor. Cada minuto del día pesaba sobre mí igual que si estuviera viviendo debajo de una roca. No había nada bueno en mi interior, ni un solo instante de alivio. Todo lo que palpitaba dentro de mi cuerpo y de mi cabeza era denso y oscuro. La añoranza, la tristeza, el arrepentimiento, los sentimientos de culpa, el rechazo de mi amor por Pablo, y la terrible sensación de que jamás tendría cura, de que nunca podría salir de aquel agujero en el que yacía ahogándome y compadeciéndome de mí misma, de que el futuro sería por siempre un espacio lleno de dolor y angustia. Lo único que deseaba era morirme.
A mi madre no le dije nada. Ella estaba en ese momento cuidando a mi abuela. Había tenido que llevársela a su casa después de que le encontraran un cáncer de mama que terminaría por matarla lentamente. Me quedé en el piso con mi baja médica, metida en la cama, durmiendo o llorando, tratando de recuperar el olor cada vez más desvaído del cuerpo de Pablo en aquellas sábanas que no cambié en semanas y llorando de nuevo cuando creía encontrarlo. A veces me arrastraba esforzadamente hasta la cocina en busca de una manzana o de un vaso de leche con el que tragar las pastillas que me habían recetado, antidepresivos y somníferos que me permitían por lo menos descansar y olvidarme de todo durante algunas horas.
La única persona que supo lo que me ocurría fue Rocío, una de mis compañeras de trabajo y mi mejor amiga en Madrid. Al segundo día de ausencia en el Ministerio, me llamó. Le conté lo que había sucedido. Ella se apiadó de mí. Me acompañó al médico y, dos o tres veces a la semana, venía a visitarme, me hacía la compra y me dejaba preparado algo de comida, que yo terminaba por tirar a la basura. También fue ella quien decidió que necesitaba una asistenta, una persona que limpiase la casa, que abriera las ventanas y vaciase los ceniceros, que me acompañase a dar una vuelta por el barrio para que yo pudiera tomar el aire. Y ella misma se ocupó de buscarla. El día en que Zenaida y São fueron a verme, Rocío estaba también allí. Le hizo algunas preguntas a São, que contestaba en un portugués entremezclado de palabras españolas, las pocas que le había dado tiempo a aprender. Luego me miró para saber si yo estaba de acuerdo y le propuso que empezara al día siguiente. Cuando se iban, las acompañó a la puerta, y oí cómo le explicaba muy despacio y en voz baja que yo estaba enferma, aunque pronto me pondría bien. No debía molestarme demasiado, pero tenía que prepararme comida e insistir en que me la tomara, y también animarme para que me vistiera y saliese a dar un paseo.
La aparición de São en mi vida fue arrolladora, como cuando un rayo de sol alcanza el mar entre las nubes y el mar estalla en reflejos. Los primeros días, apenas salí de mi habitación. Pero la oía moviéndose por el piso, fregando los cacharros y limpiando enérgicamente el baño, sacudiendo los cojines del sofá y ocupándose de alguna cacerola en la que borboteaba la comida que, poco a poco, yo fui volviendo a tomar. Me gustaba sentir que había alguien en mi casa, una mujer alegre que pisaba mi suelo, que tocaba los muebles y abría los grifos y encendía las luces. Un cuerpo humano latiendo y lleno de vida en el espacio de mi agonía.
Una mañana me levanté cuando ella llegó. Me sentía más animada y tenía ganas de hablar un poco, de interesarme por otra persona más allá de mí misma y de mi pena. Preparé café y le propuse que lo tomáramos juntas. Nos sentamos a la mesa de la cocina y charlamos durante un buen rato. Yo le conté una parte de mi historia, y ella a mí una parte de la suya. Supe que estaba sola con su hijo en Madrid, recogida por Zenaida, que seguía manteniéndola en su casa hasta que encontrase otros trabajos y ganase más dinero y pudiera pagarse un piso propio o cuando menos una habitación. Me dijo que del padre de André no sabía nada, y que era mejor así. Cuando se fue, me quedé pensando en ella. Me pregunté cómo se las arreglaba para subsistir. De dónde había sacado las fuerzas para llegar hasta un país desconocido con un niño pequeño a su cargo. Me imaginé a mí misma en su situación. Yo me habría muerto de haber tenido que enfrentarme a algo parecido. Habría temblado y sollozado y padecido palpitaciones. Me habría quedado encerrada en casa, escondida bajo las mantas, aterrada. Ella, sin embargo, sonreía y exhalaba energía, como si estuviese perfectamente adaptada a cualquier cosa que le pudiera suceder, como si fuese uno de esos árboles firmes y flexibles que se muestran tan resistentes y hermosos bajo los vientos y la nieve y los aguaceros y los veranos resecos como en medio del esplendor húmedo y templado de una mañana de primavera.
Empecé a admirarla en aquel momento. Y mi admiración fue creciendo a medida que nos hacíamos amigas. Cada mañana nos sentábamos a tomar nuestro café y a charlar. Luego comenzamos a dar largos paseos juntas por el barrio. Un día le pedí que trajera al niño para conocerlo. Desde entonces, venía siempre con él. Yo lo llevaba al parque mientras ella limpiaba y me quedaba allí sentada mucho rato, observando con asombro su alegría. Después comíamos, y seguíamos hablando buena parte de la tarde, mientras André dormía la siesta en mi cama. Terminamos por contarnos nuestras vidas. Incluso cosas secretas de las que, yo al menos, nunca había hablado con nadie. Pero São parecía entenderlo todo, como si comprendiese cada una de las debilidades humanas con una rara sabiduría que tal vez había heredado de las piedras y los pájaros. Y yo, al oírla describir lo que había pasado, al escuchar cómo se sobreponía una y otra vez a situaciones que a mí me parecían insuperables, cómo recuperaba siempre el ánimo, sin permitirse dejar de ser una persona esperanzada y bondadosa, llegué a la conclusión de que formaba parte de una raza de gigantes, de un mundo de mujeres poderosas como altas cumbres del que me sentía lastimeramente excluida.
La energía de São debió de contagiárseme. Desde que ella llegó a casa, yo fui encontrándome cada día un poco mejor, y al cabo de dos meses pude volver a trabajar. Sé que muchos dirán que ése fue simplemente el efecto de las pastillas. Y no dudo de que fuera así. Pero había algo más, algo inaprensible, como una vibración que se quedase flotando en el aire que ella había compartido conmigo y que yo aspiraba después de que se marchara, buscando en él los restos de su poder. Quizá fuese tan sólo que su coraje y su fuerza me sirvieron de ejemplo, no lo sé. De cualquier manera, empecé a ver el mundo de otra forma, a comprender que mis grandes tragedias, todas aquellas cosas que desde pequeña me parecían circunstancias terribles, a cuyo dolor sobre mí vivía enganchada como los toxicómanos a la droga, eran minucias si las comparaba con la existencia de infinidad de seres humanos en buena parte del mundo. Mis dramas eran en buena medida risibles al lado de la dura lucha de tanta gente por no morirse, pero había vivido rodeada siempre de tanta blandura, durmiendo en camas tan mullidas, escogiendo cada día la comida que quería comer y la ropa con la que deseaba vestirme, recibiendo tantas caricias de mi madre, de mi abuela y mis hermanos, de Pablo y mis amigos, viviendo en pisos tan confortables y seguros, protegiéndome del frío y el calor, desplazándome en automóviles cómodos como nidos, adquiriendo infinidad de cosas inútiles, contemplando paisajes tan hermosos, humanizados y fértiles, que me había vuelto débil y ciega a lo que no fuesen mis pequeñas carencias. De pronto, todo parecía estar cambiando dentro de mí. Ya no era la Desdichada, la Sufriente de la tierra. De pronto era un ser humano común y corriente, que gozaba de muchos más privilegios que la mayoría. Aún echaba de menos a Pablo, y sabía que probablemente eso sería así hasta el final. Pero ahora entendía que debía acostumbrarme a seguir adelante sin él, y alegrarme por haber disfrutado de nuestro amor durante tanto tiempo. Su existencia ya no era un agujero que no sabía cómo colmar, sino un fulgor que había atravesado mi vida como un inesperado regalo de los dioses. Mi depresión se iba esfumando día tras día, igual que las nubes del verano se desvanecen y flotan hacia el horizonte, dejando a su paso el azul resplandeciente.
Muchas personas no creen en el azar. Viven convencidas de que todo lo que obtienen es resultado de sus méritos, y de sus equivocaciones aquello que pierden. Ven la vida como si fuese una línea ininterrumpida que ellas mismas van trazando, un paisaje perfecto e inteligible, con su perspectiva implacable, con sus praderas y su río que serpentea hacia el mar, y los árboles agitándose en la brisa. Hay zonas sombrías, pero también claros llenos de luz en los que la hierba es dulce y perfumada. Puede que al fondo se levante una prometedora ciudad, cubierta de cúpulas y de torres vertiginosas, y sin duda en algún punto del horizonte se ha formado una tempestad. Y todos esos elementos han sido trazados paso a paso, de manera continua, engendrándose los unos a los otros como en uno de esos esquemas de los libros infantiles en los que el agua se evapora y se convierte en nubes y de las nubes cae lluvia y la lluvia se almacena en la tierra para volver a evaporarse. Todo lógico, comprensible, mensurable.
Quizá tengan razón. Pero yo, ya lo he dicho, estoy convencida de que nuestra existencia depende en gran medida de la suerte. Nadie elige el lugar en el que nace, venir al mundo como São en una choza, entre piedras de lava y tierras muertas, o en una casa grande y confortable rodeada de flores, como yo. Ser hombre o mujer. Tener un padre sin nombre y una madre que te abandona, o un padre que te tiraniza y una madre con la cabeza agachada. Nadie decide quedarse huérfano o padecer una enfermedad. Pasar hambre o tirar a la basura la comida que no le apetece. Ser torpe en los estudios o inteligente y despierto. Nadie sabe lo que va a ocurrirle a lo largo del día cuando se levanta por la mañana. La vida es confusa y caótica, trazos de líneas rotas, un círculo oscuro y hondo, un fulgor allá arriba, esa mancha azul en una esquina… Casualidades, tropiezos, algún pedazo de camino recto que desemboca en un precipicio, una luz deslumbrante que surge de la nada, un vacío silencioso, una cavidad acogedora. Cuestión de suerte.
São tenía mala suerte. Por muchos esfuerzos que ella hiciera, por más que tomara las decisiones correctas, las cosas siempre se le complicaban. Una y otra vez se veía obligada a hacer frente a las dificultades más inmerecidas, a empezar de nuevo, a remontar un camino que ya parecía haber recorrido, como Sísifo ascendiendo incesantemente a la montaña con su roca a cuestas. Y en Madrid no fue distinto: iban pasando los meses, y no conseguía encontrar un trabajo que le permitiera vivir dignamente. Seguía viniendo a mi casa, pero yo sólo podía pagarle algunas horas a la semana y, además, hubiera resultado insultantemente caritativo que la emplease más tiempo para ocuparse de mi pequeño piso. Pregunté a todo el mundo que conocía y puse un anuncio con su teléfono en el tablón del Ministerio. También Rocío y Zenaida hicieron todo lo que pudieron, pero nadie en ningún sitio parecía necesitar una asistenta o una camarera o una dependienta. Al fin, cuando ya llevaba casi medio año en Madrid, consiguió un empleo para cuidar de una anciana enferma. Estaba contenta como una niña pequeña y hacía planes para el futuro: de momento, seguiría viviendo con Zenaida, aunque ahora ya podría pagarle una cantidad justa por compartir su casa. Al niño lo dejaría con una vecina de confianza, a cambio de una pequeña suma, hasta que le diesen plaza en una guardería municipal. Y ahorraría todo lo que pudiese de su salario de 700 euros para alquilar algún día un piso, aunque fuera diminuto, en el que pudiesen instalarse André y ella, con camas propias y un armario en el que cupieran sus cosas y un hermoso jarrón con flores sobre la mesa.
Pero al cabo de ocho meses, la anciana se murió. São se quedó desolada. A fuerza de bañarla, y llevarla en brazos de un lugar a otro, y cambiarle los pañales y los camisones, y peinarla y refrescarla con colonia, y darle purés, y hacerle tragar la medicación con buchitos de agua, y oír sus gemidos cuando tenía dolores pero también sus palabras de agradecimiento cuando se sentía un poco mejor, le había cogido cariño, y sentía su muerte como si fuese la de alguien muy cercano. Además, estaba de nuevo sin trabajo, sin un solo ingreso para hacer frente a los gastos imprescindibles. Tenía algo de dinero guardado y Zenaida les daría de comer a ella y a su hijo si hacía falta. Pero eso sólo duraría un tiempo muy corto. Yo le ofrecí que volviera a limpiar mi piso. Estaba todo hecho un asco desde que no iba, le dije, aunque ella sabía que era mentira porque algunos domingos los invitaba a comer a ella y a André. Y volvimos a poner en marcha la rueda de los contactos, las llamadas telefónicas y los anuncios. Pero nada dio resultado: la mala suerte se había instalado a la puerta de su casa y la esperaba allí cada día, igual que una arpía pestilente, acompañándola a sus entrevistas de trabajo, desplazándose con ella de punta a punta de Madrid en el tren, el metro y los autobuses, quedándose quieta y burlona a su lado mientras las señoras la interrogaban y terminaban por decidir que la anterior candidata sabía cocinar mejor, o los encargados de los supermercados y los bares encontraban injustificadamente que su español no era lo bastante bueno.
Fue entonces cuando decidió volver a Lisboa. Bigador llevaba mucho tiempo pidiéndoselo. Al principio, cuando huyó de él, São estuvo varios días con el teléfono móvil apagado. Liliana le aconsejaba que se deshiciese de su número de Portugal, que tirara la tarjeta a la basura y cortase así cualquier posibilidad de comunicación. Pero ella no se decidió. No podía dejar de pensar que, a pesar de todo, aquel hombre era el padre de su hijo. Quizá, si lo dejaba por completo al margen de sus vidas, si cortaba definitivamente todos los hilos que aún podían unirles, André se lo reprocharía cuando fuese mayor. No le parecía justo despojarle del todo de él. Tal vez, ahora que se habían ido, Bigador lo echaría de menos. Acaso la ausencia le iluminase, como cuando se enciende una luz inesperada en la noche, y decidiera preocuparse por el niño.
Una semana después de llegar a Madrid, conectó el móvil. Tenía casi cien llamadas perdidas, y una docena de mensajes, todos amenazadores y terribles: era una puta y una serpiente, iba a encontrarla donde quiera que estuviese, iba a matarla, la cortaría en pedazos para que su alma no pudiera descansar, quemaría su casa, de ahora en adelante pensaba emplear toda su vida en localizarla y acabar con ella. Apagó el teléfono aterrada, y durante unos días salió a la calle muerta de miedo, deteniéndose en el portal para comprobar que él no estaba esperándola mientras apretaba fuerte a André contra su cuerpo, convencida de que acabaría por aparecer.
No volvió a escuchar sus mensajes hasta dos meses después. El tono se suavizaba progresivamente. Pasaba de gritar a exigir, luego a intentar razonar y, por último, en las llamadas más recientes, terminaba suplicando, lloroso y patético:
– Cariño, vuelve, te lo pido por favor, vuelve… No puedo vivir sin ti, he dejado de comer y de dormir, ya sé que lo que hice está mal, perdóname, cariño, te juro que nunca más volveré a ponerte una mano encima, perdóname, te juro que nunca más… Vuelve, necesito que vuelvas, os quiero mucho al niño y a ti… Os quiero.
Sintió pena. De pronto, se dio cuenta de que se le había acabado la ira hacia él. Ni siquiera le guardaba rencor. Si miraba atrás, ya no veía una fiera, sino un pobre tipo desgraciado, víctima de su propio descontrol. Le había perdonado. Ahora estaba en paz con él. No quedaba nada de la antigua pasión, ni bueno ni malo. Tan sólo un vacío en el que refulgían leves chispas de piedad. Hubiera sido agradable poder llamarle y hablar tranquilamente. Organizar las visitas al niño y contar con su apoyo. Permitir que André tuviera un padre. Pero no iba a contestarle. No se había creído ni una palabra de su discurso lacrimógeno. Disculpas, falsas promesas de amor, llantos mentirosos… Una vez más. No le creería hasta que le hablara serio y tranquilo, hasta que le hiciera propuestas concretas, dinero para mantener al niño, días de visita. Y no estaba segura de que eso fuese a ocurrir. Sabía que le faltaba la fuerza necesaria para librarse de toda aquella porquería que llevaba pegada encima, la violencia y el desprecio hacia las mujeres y el ansia de dominar para demostrar que era alguien. Tenía que mantenerse lejos de él y preservar por encima de todo la seguridad de André. Le envió un mensaje escrito breve y seco: «Estamos bien. No me llames más. No voy a volver contigo. Nunca. Te deseo lo mejor.»
Él estuvo casi tres meses sin dar señales de vida. Hasta que una mañana volvió a dejar un recado en el buzón de voz de São. Esta vez sonaba sereno:
– Hola, soy yo -le decía-. Me gustaría que hablásemos. No te preocupes, no pretendo convencerte de que vuelvas. Estoy con otra mujer, y me siento bien. Pero tenemos que hablar del niño. Quiero verlo y ocuparme de él. Llámame, por favor.
São se lo estuvo pensando durante varios días. Tenía miedo de que fuese una trampa, de que pretendiera engañarla y descubrir dónde se había escondido e ir a por ella, o tal vez atraerla a Lisboa con la excusa de ver a André y allí hacerle Dios sabía qué atrocidades. Pero también estaba el crío, y toda la responsabilidad que sentía hacia él. Su hijo no era el culpable de que ella se hubiera equivocado al enamorarse. Y tenía derecho a disfrutar de un padre, un hombre que lo llevase sobre sus hombros y jugara con él al fútbol y le hablara de las cosas de las que hablan los hombres cuando fuera mayor. Se había empeñado en creer que Bigador no cambiaría nunca, pero tal vez no fuese cierto. Quizás él había sido violento con ella por alguna razón que tuviera que ver con ella misma. Puede que lo pusiera nervioso. O acaso necesitaba una mujer que lo dominase, que no le permitiera ni la más mínima falta de respeto y levantara la voz más que él, y no alguien que se comportase como una cobarde apocada. ¿Cómo podía estar segura de que no era así? Era posible que su nueva novia supiera tratarlo de la manera que él quería y que se le hubiese apagado por dentro la violencia, la cólera contra el cuerpo femenino inabarcable y ajeno. Y en ese caso, ¿por qué no pensar que podía ser un buen padre?
No respondió a su mensaje, pero dejó el teléfono encendido por comprobar si insistía. Volvió a llamar al cabo de una semana. São le contestó con el corazón latiéndole en las sienes, casi sin voz. La voz de Bigador sonaba en cambio tranquila y segura, como si estuviera instalado en lo alto de un pedestal desde el que contemplara el mundo con benevolencia. Le explicó que se había enamorado de una compatriota, una buena mujer que cuidaba de él y le había hecho entender ciertas cosas que antes no comprendía. Había dejado de beber y ya no tenía aquellos arrebatos de furor que le cegaban. Ahora era consciente de lo mal que se había portado con ella. Le pedía sinceramente perdón por todo el daño que le había causado. Y le suplicaba que pensara en su propuesta: aunque antes no hubiera sabido demostrarlo, quería a André. Deseaba contribuir a mantenerlo. Podía mandarle todos los meses 200 euros para sus gastos. A cambio de eso, le rogaba que le permitiera verlo de vez en cuando, pasar con él las vacaciones, tal vez algún fin de semana si es que no estaban muy lejos de Lisboa… Si a ella le parecía bien, le enviaría unos billetes para que fueran los dos unos días y así pudiera comprobar por sí misma cuánto había cambiado. São apenas habló. No sabía qué debía responder. Seguía teniendo miedo de que todo fuese mentira y, a la vez, miedo de que fuera verdad y ella estuviera siendo injusta. Le prometió que tomaría pronto una decisión y que le llamaría.
A la mañana siguiente, el teléfono volvió a sonar. Era el número de Bigador, y São respondió asustada, pensando que quizás esta vez iba por fin a gritarle y a amenazarla de nuevo. Pero quien hablaba era una mujer:
– Hola. ¿São…?
– Sí, ¿quién es?
– Soy Lia, la novia de Bigador.
No sintió hostilidad ni rechazo. Por el contrario, notó de inmediato una rara complicidad con esa mujer que compartía con ella el viejo deslumbramiento, la adoración pasada. Deseó silenciosa e intensamente que no tuviera que soportar lo que ella había soportado, que su relación fuese apaciguada y razonable.
– Hola, Lia, ¿cómo estás?
– Perdona que te moleste. Si no quieres hablar conmigo lo entenderé, pero me gustaría que pudiésemos charlar.
– Adelante. Tú dirás.
– He aprovechado que Bigador ha salido y se ha olvidado el móvil para llamarte. No le diré nada de esto.
– Bien.
– Sé todo lo que te hizo. Él me lo ha contado.
– ¿Estás segura…?
– Creo que sí. Me ha contado que te trató mal, que te despreció y te gritó muchas veces, y que llegó a pegarte. Ahora está muy arrepentido, tienes que creerme.
– Te lo aseguro, São. Llevo dos meses con él, y nunca le he visto alzar la voz.
São recordó que también con ella había sido dulce como un cordero los primeros meses, pero no se atrevió a decir nada. Al otro lado del teléfono, la mujer seguía insistiendo:
– Permítele que vea a André. Dale una oportunidad. Ha dejado de beber. Era eso lo que le hacía estar tan enfadado. Ahora es otra persona, tendrías que verlo. Estoy convencida de que va a ser un gran padre.
Se imaginó al niño abrazado a Bigador, las manos enormes del hombre cubriendo su espalda diminuta, protegiéndole del mal y el dolor. A veces el crío le preguntaba por él. Parecía recordar vagamente la presencia de una figura masculina en algún momento de su vida, aunque quizá sólo se lo estuviera imaginando al ver a los padres de otros niños. Ella solía decirle que estaba de viaje y que volvería pronto. No tenía valor para negar su existencia. Tragó saliva:
– De acuerdo. Iremos a Lisboa un fin de semana. Quedaremos con él, pero no prometo nada.
– Gracias, muchas gracias. Bigador siempre me ha dicho que eres muy buena. Ya veo que es verdad.
Era la época en que São trabajaba cuidando a la anciana, así que disponía de algo de dinero. Decidió pagar ella misma los billetes: no quería deber aquel favor si las cosas no salían bien. Bigador mandó una autorización notarial a través del consulado para que pudiesen hacerle el pasaporte a André. Luego ella buscó un vuelo barato y, un viernes por la noche, madre e hijo volaron a Portugal. Se negó a que él fuese a buscarlos al aeropuerto para que no tuviera ninguna posibilidad de averiguar desde dónde viajaban. Incluso, por precaución, por si acaso él se presentaba allí por su cuenta y los esperaba, le dijo que no llegarían hasta el sábado por la mañana. Pasaron la noche en casa de Liliana y su novio, que estaban preocupados y no hacían más que darle consejos. No consiguió dormir ni una sola hora. A las ocho ya estaba duchada, arreglándose el pelo y maquillándose con las cosas de Liliana: deseaba estar muy guapa y que Bigador se diera cuenta de que, desde que lo había dejado, era más feliz. Se puso su mejor vestido, y luego arregló también a André como si fuera un príncipe, con ropa nueva, lo repeinó y le echó un gran chorro de colonia. Y se fueron en el autobús hacia el café del centro donde habían quedado a las once, ella angustiada y con las piernas temblorosas, pero sujetando firmemente la mano de su hijo.
Cuando llegaron, Bigador y Lia ya estaban allí. Le pareció menos alto y fuerte de lo que lo recordaba. La huella de su brutalidad había hecho que ella lo magnificase en su memoria, convirtiéndolo en una especie de gigante. Sin embargo, no era más que un hombre vulgar, grande y recio, pero vulgar. La besó en las mejillas. Se dio cuenta de que, por primera vez, no había percibido su olor. Tiempo atrás, en otra existencia, ese olor la perturbaba y la excitaba. Entonces lo olfateaba como un animal y trataba de impregnarse de él. Luego, cuando las cosas se estropearon, terminó por darle asco, por provocarle arcadas y un intenso deseo de alejarse. Ahora se había convertido en nada. Era dichosamente inexistente.
El hombre intentó abrazar al niño, que se escabulló lloriqueando. Entonces sacó de una bolsa un enorme paquete, que fue abriendo pacientemente ante él. Era un coche eléctrico, sin duda carísimo, que dejó a André deslumbrado. Después de enseñarle una y otra vez todas las cosas que tenía, las luces y el volante de colores y los grandes asientos con sus dibujos infantiles, le preguntó si quería salir a probarlo a la calle. El niño le cogió inmediatamente de la mano, lleno de emoción. Bigador se detuvo y miró a São:
– ¿Puedo…?
Ella afirmó con la cabeza. Los vio salir, juntos y sonrientes, André tirando de su brazo y él haciéndose el remolón, y luego siguió mirándolos a través del ventanal mientras jugaban en la plaza. Corrían los dos detrás del coche, contentos, y entonces el crío tropezó y se cayó. Bigador lo levantó con cuidado, le limpió suavemente las rodillas y lo abrazó. Sus grandes manos cubrían la espalda sacudida por los sollozos, protegiéndolo del miedo y del dolor. Lo alzó en sus brazos y fue a sentarse con él en un banco y lo mantuvo sobre las rodillas, diciéndole cosas hasta que consiguió que se volviera a reír. Lia observaba la escena sentada a su lado, silenciosa. Ahora habló al fin:
– Parece que se entienden, ¿no?
– Sí, eso parece.
– ¿Dejarás que nos lo llevemos hoy…? Te lo devolveremos mañana donde tú digas, a la hora que digas. Te juro que estaré pendiente todo el tiempo, como si fuera mi propio hijo. Yo tuve un hijo que se me murió, y sé lo que se siente. Te juro que si viese cualquier cosa rara, te llamaría. Pero no ocurrirá nada, puedes estar segura.
Supo que podía fiarse de aquella mujer grande y fea, cuyos ojos brillaban muy abiertos, como los de una niña a la que nadie ha dado todavía una paliza, a la que nadie le ha dicho que no puede estudiar porque no hay dinero, una niña que aún confía en la bondad del mundo. Y aceptó.
Cuando São decidió regresar a Lisboa, Bigador y Lia llevaban meses intentando convencerla de que eso era lo mejor para ella y para André. Un niño, y sobre todo un varón, necesita la presencia de su padre, le decían una y otra vez. Y ella no estaría tan sola para criarlo. Hasta ahora nunca había estado enfermo. Pero ¿había pensado en qué ocurriría cuando empezase a ir a la guardería o al colegio y cogiese anginas y resfriados como les sucedía a todos los críos? Ella no podría acudir al trabajo. Tendría que quedarse a cuidarlo. Y, a la segunda o la tercera vez, perdería su empleo. Y las vacaciones, ¿cómo se las arreglaría durante las largas vacaciones escolares? Y los días de diario, ¿iba a dejarlo todas las tardes con una mujer a la que tenía que pagar mientras ella trabajaba hasta las tantas? Y los fines de semana, ¿acaso no tenía derecho a salir de vez en cuando con sus amigas?
Todo eso en Lisboa sería fácil de organizar. Por suerte, Lia trabajaba para sí misma. Era propietaria de una peluquería en la que tenía dos empleadas, y podía ausentarse siempre que quería. Si el horario de São se prolongaba hasta tarde, ella se haría cargo del niño cuando saliese de la guardería o del colegio. Y también cada vez que no hubiese clase pero fuera día laborable. Los fines de semana alternos, André los pasaría con su padre, por supuesto. Y São dispondría así de una vida propia, de tiempo para sus amigas, para hacer compras, ir a bailar, acercarse a un gimnasio o, simplemente, quedarse tirada en el sofá viendo la televisión y descansando.
Sin embargo, ella no acababa de decidirse a aceptar la propuesta. Reconocía que era lo mejor para todos. Incluso que era lo que debía ser, un niño que se cría junto a una mujer y un hombre. Recordaba su infancia de hija de madre soltera, las infinitas veces que se había preguntado quién sería su padre y había deseado conocerlo, los muchos años que se había pasado mirando a cualquier hombre que le pareciera bondadoso y diciéndose a sí misma que tal vez fuera él, aquél que descargaba pescados en el puerto de Carvoeiros con su enorme sonrisa sobre los dientes impecables y las pequeñas arrugas a un lado de los ojos. O el maestro que iba siempre a la escuela con la camisa muy blanca y recién planchada y abrazaba a los críos cuando se caían en el patio y se ponían a llorar. Ella a veces se tiraba al suelo a propósito y fingía haberse hecho daño tan sólo para que el maestro la levantase. No quería que su hijo tuviera que vivir ansiando que un hombre le abrazara. Pero había algo que le impedía tomar la decisión. Era como si una lejana voz dentro de su cabeza estuviera intentando avisarla de que, si regresaba, ella y André correrían peligro. Se fiaba de Lia. Estaba segura de que no le había mentido nunca, y de que cuidaría del niño como si fuera su propio hijo, el que había perdido cuando era aún un bebé, por causa de unas fiebres que arrasaron su barrio de Luanda. Pero le parecía que detrás de las buenas palabras de Bigador, de su cariño por el crío, de su interés en ocuparse de él, latía algo oscuro y peligroso, algo que podía estallar en cualquier momento arrasando todo a su alrededor. Furia y fuego.
Después de que la anciana de la que cuidaba muriese, cuando el cerco de la arpía que la acompañaba se hubo extendido por todo Madrid y le cerró a cal y canto las puertas de las casas y las tiendas y los bares y los talleres y las fábricas, cuando comprobó al cabo de dos meses de ansiedad que no había manera de encontrar trabajo y el dinero se le estaba acabando, São supo que no le quedaba más remedio que regresar. Si hubiera estado sola, habría resistido. Habría comido trozos de pan, o nada, habría dormido en los portales o en los agujeros oscuros del metro, habría encendido velas y bailado por las noches en los parques, entre los castaños de Indias y los magnolios, para espantar la mala suerte. Hubiese esperado hasta verla alzar el vuelo y desaparecer en medio de las nubes, esfumándose como una sombra exhausta, rendida. Pero ahora era madre. Su propia vida era menos importante que la de su hijo, y debía resignarse a aceptar la realidad. Parecía como si todo la empujase inevitablemente hacia Lisboa. Tal vez alguien, algún poder misterioso y oculto, había dibujado su existencia antes de que ella naciera. Quizá Dios, o quienquiera que fuese que manejara los hilos del frágil destino humano, estaba divirtiéndose mientras jugaba con los suyos. En cualquier caso, resultaba evidente que debía volver a aquella ciudad alzada como una concha encima del río, a las cercanías de Bigador. Era mejor acallar la voz llena de presagios, taparse los oídos y dejar de prestarle atención. Y, simplemente, hacer la maleta con tranquilidad y empezar de nuevo.
No hubo manera de que Zenaida y yo la convenciéramos de que se quedase. Tampoco lo logró Liliana, que estuvo llamándola varios días seguidos y tratando de hacerle entender que tal vez no era una buena idea. Todas teníamos miedo de lo que pudiera sucederle. Ninguna de nosotras terminaba de creer por completo en la bondad recién nacida de Bigador. Pero São había tomado su decisión, y ya no estaba dispuesta a dar marcha atrás. Y, en el fondo, todas la comprendíamos y pensábamos que tal vez, de vernos en su situación, nosotras hubiéramos hecho lo mismo. Terminamos por apoyarla y animarla, esforzándonos en confiar en que aquel hombre hubiese cambiado de verdad. ¿Quién estaba totalmente seguro de que una mala persona no pudiera transformarse, arrojar lejos la crueldad, como la serpiente que muda de piel, y dejarla atrás, reseca y polvorienta? ¿No estábamos todos sometidos a la química tan variable de nuestro cerebro? ¿No vivíamos cada uno de nosotros épocas en las que nos sentíamos más nerviosos o más calmados, más alegres o más pesimistas? ¿Acaso no acababa yo misma de atravesar un periodo de postración y ahora sin embargo me sentía tranquila? Quizá Bigador hubiera encontrado, él también, la paz con el mundo y con sus afectos. Sí, sin duda lo que les esperaba a São y a André en Lisboa sería bueno.
Zenaida con sus niñas y yo fuimos a despedirlos a la estación de autobuses. Nos esforzamos por sonreír y disimular que estábamos tristes por su partida. Hicimos bromas, prometimos ir a verlos en cuanto pudiéramos y acogerlos en nuestras casas si ellos querían venir. Y agitamos las manos en el aire cuando el autobús se iba como si estuviéramos asistiendo a una fiesta, mientras André nos decía adiós con el entusiasmo y la alegría que sólo pueden sentir los niños y São pegaba su frente a la ventanilla y veíamos desde lejos cómo le caían unos lagrimones tristísimos y mudos.
La llamé al día siguiente. Me dijo que todo iba bien. Lia les había buscado una habitación cerca del piso de Bigador y de su propia peluquería. Era una casa tranquila y limpia, y eso le bastaba. Esa misma tarde tenía una entrevista para trabajar como camarera en una cafetería de un centro comercial del Chiado. Y en cuanto a André, parecía entusiasmado con su padre. La noche anterior, recién llegados de Madrid, se había empeñado en ir a dormir con él. Y había vuelto por la mañana contento y cariñoso. Eso era lo más importante.
Siguieron llegando las noticias lentamente, desgranándose como los eslabones de una cadena que parecía ir cerrándose con suavidad: el trabajo, la ayuda que Bigador y Lia le prestaban con el niño, su apoyo económico, la buena relación entre los cuatro, la alegría de comprobar que no se había equivocado al tomar la decisión de volver y que, por el contrario, las cosas eran mucho mejores de lo que había supuesto. Y también apareció el nuevo amor, Luis, un portugués al que conoció sirviéndole tés en la cafetería en la que trabajaba, profesor de matemáticas en un instituto, amable y tan apocado que tuvo que ser ella, después de fijarse durante mucho tiempo en cómo la miraba disimuladamente desde lejos, después de darse cuenta de que le gustaba su cara pálida y la manera que tenía de sonreír, frunciendo a la vez la nariz, y de que lo echaba de menos cuando no aparecía a la hora habitual, quien le preguntara una mañana en voz baja, mientras limpiaba la mesa, si era posible que se vieran alguna vez fuera de allí.
Al principio yo la llamaba todas las semanas. Luego, como suele ocurrir, fui distanciando las llamadas. Hasta que llegó el mes de noviembre de 2006, casi un año y medio después de que São y André se hubieran ido. Una noche sonó tarde el teléfono en mi casa. Me levanté de la cama deprisa, angustiada, pensando que tal vez le había ocurrido algo a mi abuela o a mi madre. Era Zenaida. Acababa de colgarle a São y me llamaba para contármelo todo. La furia y el fuego habían estallado.