Cuando São llegó a Madrid, André tenía poco más de un año. Era un niño precioso, con unos inmensos ojos oscuros y una enorme cantidad de pelo rizado. Pero, sobre todo, era un niño alegre como un cachorro, siempre correteando y tratando de hablar sin parar y moviendo el cuerpecillo apenas se oía una música. Con él, a São le desaparecían todas las tristezas. Ya el día que nació, en cuanto lo tuvo por primera vez sobre su pecho, abriendo y cerrando la boca y esforzándose por observarla con su mirada tranquila y llena de gratitud, sintió que la sangre se ponía a fluir más ligera por sus venas, que el cuerpo se le volvía leve a pesar de todo el esfuerzo que había tenido que hacer, y le entraron ganas de echar a correr con aquella criatura diminuta en los brazos, y cruzar ríos y lagos y páramos y bosques y llegar hasta la cima del monte más alto de la tierra, y darles gracias a todos los dioses por haber depositado entre sus manos la vida de ese ser al que quería ya profunda y jubilosamente, con una fuerza y una alegría que parecían emanar del fondo de sí misma, pero también del mundo entero, de las nubes que ese día cubrían Lisboa, de las paredes pálidas del paritorio, de las luces intensas que iluminaban a aquella madre aferrada ya para siempre al primer minuto de vida de su hijo.
Bigador no estuvo presente en el parto. Ella le llamó al móvil desde la panadería cuando empezaron los dolores, pero precisamente aquel día habían faltado dos compañeros del trabajo y no podía ausentarse. No se mostró inquieto ni enfadado, sino aliviado por no tener que acompañarla. También ella se sintió contenta al saber que no iba a aparecer: prefería que quien estuviese a su lado fuera Liliana. Tenía miedo de que Bigador se alterase, de que riñera con la matrona o con el médico, y de que la pusiera nerviosa a ella a su vez. Un parto era sin duda un mal momento que había que pasar, pero quería pasarlo lo menos mal posible. Y si había un solo instante del que pudiese disfrutar, disfrutaría realmente de él. Estaba segura de que no iba a echarle de menos.
São apenas se atrevía a confesárselo a sí misma, pero, desde la noche en que la había golpeado, el amor que sentía por Bigador se había ido rompiendo en pedazos, fragmentos muy pequeños que contenían un poco del viejo fulgor del deseo, restos de la ternura y una capa de triste polvo diseminado, todo lo que quedaba de aquel gran anhelo por vivir junto a él en un mundo propio hecho de cuidados mutuos y complicidades gloriosas. Trozos sin sentido con los que no se podía reconstruir nada que valiera la pena. Si algo la mantenía aún unida a él, era el miedo. Mientras el amor se deshacía, el miedo había hecho pacientemente su camino a través de su mente, había invadido las neuronas y ocupado cada milímetro de su cerebro como un ejército que pisotea y asola y destruye todo a su paso, y luego se instala victorioso en lo alto de la colina, tiránico e incuestionable.
El miedo al propio Bigador. El había sido capaz de establecer con astucia su cerco alrededor de ella, hasta convertirla en un residuo ajado de sí misma. Había ido dosificando sabiamente todas las maneras de devastarla: primero los desprecios, luego los insultos, y los gritos, y los puñetazos en la mesa o en las paredes, y, por último, los golpes contra su cuerpo… Y, por encima de todo eso, las desoladoras amenazas. Sabía que en cualquier momento ella podía irse, escapar de su dominio, y no estaba dispuesto a consentirlo. Una y otra vez le repetía que, como se le ocurriera abandonarlo llevándose a su hijo, la buscaría hasta el fin del mundo y se lo quitaría. Podía estar segura de que cualquier juez le daría la razón: él era un hombre asentado, con un buen sueldo y un futuro seguro y un piso propio. Llevaba muchos años en Portugal y estaba a punto de conseguir la nacionalidad. Ella, en cambio, no era más que una comemierda, que recibía un salario ínfimo y que no tenía nada ni llegaría a tenerlo nunca. São le creía. Lo veía tan poderoso y tan cruel, que la aterraba aquella posibilidad, la idea de que su hijo le fuese arrebatado para ser convertido luego en víctima de la furia de ese hombre violento.
Pero, incluso si Bigador no la perseguía y se desentendía de André, las cosas serían muy difíciles. También eso la asustaba: tendría que criar al bebé sola, sin ninguna ayuda familiar y casi sin dinero. Se vería obligada a mendigar una plaza para él en alguno de esos conventos de monjas que se ocupan de los niños de las inmigrantes solteras. Tendría que abandonarlo allí de lunes a sábado. Se refugiaría de nuevo en un cuartucho asqueroso, e iría cada día a trabajar muerta de nostalgia, recordando todo el tiempo que a su niño lo estaban cuidando las manos frías de esas mujeres vestidas de negro que lo dejarían llorar en su cuna y nunca se lo comerían a besos y no le susurrarían canciones africanas para dormirlo.
Claro que siempre podría regresar a Queimada y pedirle ayuda a Jovita. Pero entonces se moriría de apatía, se quedaría aplastada bajo el sol y las rocas desnudas como un lagarto, como un pájaro que cae desplomado al suelo tras un largo vuelo, sin conseguir llegar a su destino. Y si su hijo lograba sobrevivir a todas las penurias que les esperaban allí, nunca podría estudiar. Sería otro hombre condenado a la ignorancia, otro futuro gusano entre los pobres del mundo, arrastrándose en medio de una vida miserable.
Una y otra vez daba vueltas a todas aquellas ideas en su cabeza, y no encontraba ninguna solución. Se sentía encerrada dentro de la caverna roja, en la que soplaba furiosa una tempestad. Sola, sentada en un rincón, muerta de frío, aterrada. No había salida. Únicamente Bigador tenía acceso a la entrada, y la usaba a su antojo. Él era el dueño y señor de aquel ámbito, e imponía su voluntad mediante el látigo o la caricia. Era el torturador experto que sabe hasta dónde debe apretar el potro, hasta cuándo acercar el fuego a la piel o verter agua en los pulmones sin provocar la muerte, y que finge luego curar las heridas, calmar la angustia, devolver la esperanza.
Ella temblaba cuando oía sus llaves en la cerradura del piso. El cuerpo se le ponía en tensión, se estremecía como el de la gacela a punto de ser atacada por el león. Pudiera ser que el que entraba fuese el Bigador bondadoso, sonriente y enamorado. Pero también era probable que apareciese el otro, el déspota, el que parecía detestarla y se mostraba enfurecido sin razón y la volvía loca. A veces llegaba con regalos, un ramo de flores, una tarrina de helado, un disco. Luego le hacía la corte igual que un pavo real que despliega su cola. Le decía que la quería, la levantaba por los aires, le recorría el borde de los labios con la lengua, ponía música y agitaba ante ella su magnífico cuerpo, sabiendo que se excitaría y se le entregaría obediente y ansiosa. Y ella fingiría que era así. Se dejaría tocar y besar y penetrar. Pero lo haría tan sólo por no enfadarlo, sintiendo repulsión, teniendo que sobreponerse a las náuseas, luchando desesperadamente contra el asco que le producían sus manos, su boca, su sexo buscando el placer sobre su piel y en sus entrañas.
Había perdido por completo la capacidad de defenderse de su ira. Cuando él cerraba la puerta dando un portazo, y exhalaba sobre ella su peste a alcohol, y comenzaba a gritar por cualquier cosa, porque la cena no estaba preparada, o porque se había olvidado de comprarle la espuma de afeitar, o había estado en el banco y apenas quedaba dinero en la cuenta, o la encontraba demasiado seria, o le molestaba el ruido que ella hacía en la cocina mientras él intentaba quedarse dormido, São se acurrucaba dentro de sí misma, se metía en el rincón más profundo de su propio ser, encogida como un feto, y se mecía allí tratando de protegerse de aquella violencia que se desparramaba por la casa anonadándola, dejándola rígida y muda, con un nudo en la garganta que amenazaba con convertirse en un llanto infinito y el corazón latiéndole enloquecido, como una máquina a punto de estallar.
Luego, cuando él se dormía al fin o se concentraba en la televisión y los gritos callaban y volvían a oírse las voces de los niños de al lado y las patadas arriba y las músicas que sonaban a todo volumen en el edificio, cuando la vida volvía a ser ese flujo vulgar de pequeños ruidos molestos y expectantes silencios y ritmos tranquilizadora-mente reconocibles -platos golpeando las mesas, lavadoras centrifugando, patas de sillas arrastradas por el suelo, cubiertos cayendo, agua corriendo en las duchas, cochecitos de juguete rodando sobre el linóleo-, se sentía estúpida y cobarde. ¿Por qué no tenía fuerzas para plantarle cara? ¿Por qué no le contestaba y le chillaba y lo envolvía con su propio furor? ¿Por qué no era capaz de lograr que aquella boca atroz se quedase callada?
A veces se acercaba a la habitación mientras él dormía y lo observaba. Ocupaba toda la cama, con las piernas y los brazos abiertos, como si ella no existiera, como si no fuera a necesitar al menos un pequeño hueco. Descansaba profundamente, olvidado del terror que acababa de generar, o tal vez incluso orgulloso por ello. São lo miraba allí tendido, tranquilo, tan relajado como un niño inocente, y sabía que ni un solo sentimiento de culpa atravesaba su conciencia, ni el menor arrepentimiento, aunque a veces lo fingiese por despertar de nuevo en ella la ilusión imprescindible para poder volver a ejercer al día siguiente su crueldad, peticiones de perdón y promesas y hasta llantos que ella ahora veía caer con el corazón seco, arrasado por la profunda decepción y por el miedo.
Entonces apretaba los puños, se clavaba las uñas en la palma de la mano, y se decía a sí misma que nunca más le aguantaría un grito ni una orden, que no volvería a quedarse callada cuando la insultase o la despreciase, haciéndole creer que no valía para nada, que no sabía nada, que sin él no sería nadie en aquella ciudad poblada de inmigrantes como ella, ignorantes y estúpidas y miserables. No soportaría ni una vez más que le dijese que estaba demasiado gorda y que se quedaría así para siempre, o que después de hacer el amor afirmase que no le gustaba su cara contraída por el esfuerzo. No se rendiría de nuevo a su deseo, entregándose a él con los ojos cerrados no por el éxtasis, sino por la pretensión de no verlo agitándose encima de ella, exaltado como un perro junto a una hembra en celo. Escarbaría entre los restos que quedaban de sí misma, recogería con cuidado el orgullo, y la dignidad, y el valor, los alzaría sobre su cabeza y los arrojaría contra él igual que si le arrojase una piedra.
Se decía todo eso y luego regresaba a la sala y se echaba en el sofá, esperando desesperadamente que llegara el sueño. Y en ese momento sabía que nada de lo que acababa de afirmar era verdad, que en cuanto él abriera la boca llena de furia para maltratarla, su fuerza desaparecería y se pondría a temblar, se encogería de nuevo como la hoja de una de esas mimosas que se cierran sobre sí mismas apenas alguien las roza, se convertiría en astillas, en barro, en nada. Y que no tenía ninguna esperanza.
Cuando nació André, Bigador le mandó un billete a su madre para que fuera a ayudarles con el niño. De esa manera, São podría volver tranquilamente a trabajar y no tendrían que pagar una guardería o a alguna vecina que se lo cuidase. Doña Fernanda era una buena mujer. Ya había cumplido los setenta años, y tenía la mirada muy triste y la cara arrugada como el tronco de un árbol, pero mantenía el cuerpo ágil y los brazos fuertes. Su vida había sido dura, la miseria y el hambre, la guerra eterna, el marido ausente en la mina, los hijos muertos y los que se habían ido un día para enrolarse en alguno de los ejércitos rebeldes, sin que se volviera a saber nada de ellos… Tan sólo en los últimos años había encontrado cierta calma. Ahora vivía en la casita que Bigador había comprado en un barrio de Luanda, con uno de sus hijos mayores y su esposa y un buen puñado de nietos a los que criaba con toda la paciencia de quien sabe que lo único que le queda por hacer es morirse, y aguarda ese momento convencida de que lo que haya más allá, sea lo que sea, no será peor que lo que pasó.
São y doña Fernanda se gustaron en cuanto se vieron. Reconocieron la una en la otra algo que las hermanaba, acaso la inocencia con la que las dos estaban situadas en medio del mundo, el doloroso fracaso de su bondad, a la que sin embargo seguían fuertemente agarradas, negándose a apartarla de sí mismas para hacerle hueco a la amargura y el resentimiento. Las hermanaba también el miedo a Bigador, la humillante manera en que las dos se veían obligadas a someterse a sus implacables órdenes, la fuerza con la que anhelaban que se fuera temprano de casa y regresara lo más tarde posible, dejándolas en paz, como si las horas sin él transcurriesen en un tiempo vulgarmente feliz, dedicado a las pacíficas y tranquilizadoras necesidades del bebé.
Ambas se aliaban frente a él para paliar de alguna manera el peso de su despotismo sobre ellas. A veces André lloraba en mitad de la noche y São no lograba calmarlo. Entonces Bigador comenzaba a gritar:
– ¡Haz que ese niño se calle de una vez! ¡Tengo que madrugar y necesito dormir!
Al oír las voces, el niño lloraba aún más. Doña Fernanda se levantaba de su cama en el pequeño dormitorio de invitados y entraba en la habitación del matrimonio:
– Si chillas, va a ser peor -le decía a su hijo, y luego se acercaba a São-. Dámelo, que ya me ocupo yo.
Y desaparecía acunando al bebé con aquellas manos grandes y resecas y arrugadas, que emanaban sin embargo una energía especial, algo que calmaba al crío enseguida y le hacía dormir como un bendito hasta la siguiente toma en la propia cama de la abuela.
Si Bigador le protestaba a su madre porque la comida no estaba bien hecha o porque no le había comprado la marca de cervezas que le gustaban, entonces era São la que intervenía para calmarle y excusar a la mujer. Juntas se sentían más fuertes, y a menudo, cuando él no estaba, se permitían criticarlo y hasta burlarse de él:
– ¿Te das cuenta de los gestos que hace cuando nos grita? -decía doña Fernanda-. Hincha el pecho como si fuera a ir a la guerra, y mueve la cabeza rápidamente de un lado a otro, que yo creo que los sesos se le deben de mezclar por dentro, y luego agita los brazos en el aire así, igual que si fuera un buitre…
Se ponía en pie junto a la mesa y reproducía la voz dominante de Bigador y sus movimientos, que por un instante parecían absurdos. Las dos se reían entonces hasta las lágrimas, exorcizando de esa manera su propio miedo. Pero hubo un día en que dejaron de reírse. André ya había cumplido el año. Era un sábado, y Bigador se empeñó en que fuesen a bailar. Desde aquella noche en que le había pegado por no querer acompañarlo, no habían vuelto a salir juntos. A São no le apetecía, pero doña Fernanda le insistió para que fuese:
– Te vendrá bien menearte un poco -le dijo-. Bailar es bueno. Mientras bailas, el alma sale del cuerpo y se va por ahí y ve cosas nuevas. Cuando vuelve, está más descansada y más feliz. Vete y disfruta.
Fueron a la vieja discoteca del pasado. São bailó durante muchas horas. Se sentía bien. Quizá fuera cierto que el alma se paseaba entretanto por el mundo, porque se olvidó de todo, del desamor y las desilusiones, de las estrecheces económicas y las noches demasiado cortas, y hasta del propio André. Durante un rato, volvió a ser la muchacha exaltada y alegre de tiempo atrás. Bigador bailó con ella al principio. Pero después del tercer gin-tonic se sentó en un rincón, malhumorado y hosco. Ella siguió en la pista, agitándose al ritmo de los sembas, ajena a lo que sucedía a su alrededor, concentrada tan sólo en la música y en los movimientos de su cuerpo, despreocupada de su hombre y de sus amigos, que a veces se acercaban a ella durante unos minutos y le hacían brevemente de pareja.
Cuando se despidieron de los demás y subieron al coche, Bigador no dijo nada. Sin embargo, São se dio cuenta de que estaba enfadado por su manera enloquecida de conducir, a velocidad endiablada, saltándose los semáforos en rojo, girando sin poner el intermitente y haciendo rechinar los neumáticos. Entonces el alma volvió poco a poco a su cuerpo, y con ella regresó el miedo. No se atrevió a decirle nada. Sabía que cualquier palabra, cualquier petición para que fuera más despacio, provocaría un ataque de ira. Se sujetó como pudo al asiento y contuvo las ganas de gritar. Aparcaron muy cerca de la casa. Ella se bajó deprisa y caminó hacia el portal sin esperarle. Quería llegar al piso antes que él, buscar la protección de doña Fernanda. Pero no le dio tiempo. Aún estaba intentando meter la llave en la cerradura, temblándole la mano, cuando oyó sus pasos que se acercaban a toda velocidad por la espalda y comenzó a recibir los golpes.
– ¡Puta! ¡Más que puta! ¡Te atreves a seducir a mis propios amigos delante de mí!
La golpeó con los puños en la cabeza, en la cara, en el costado. La tiró al suelo y comenzó a darle patadas, mientras seguía chillando. De pronto, doña Fernanda, que había oído el escándalo desde la casa, apareció en el portal y se abalanzó sobre él, jadeante y furiosa, tratando de sujetarlo:
– ¡Déjala! ¡Déjala ahora mismo o llamo a la policía!
Bigador se volvió hacia ella y alzó la mano en el aire, dispuesto a hacerla caer con toda su furia sobre la anciana. Doña Fernanda le miró a los ojos, profundamente triste, como si estuviera contemplando el fracaso de toda su vida. Él se detuvo. De repente recordó una imagen de su infancia: tendría seis o siete años. Regresaba a la chabola con un puñado de frutos secos en las manos que acababa de robar en el mercado. Su madre estaba acuclillada junto a la puerta bajo el sol, con una criatura colgada del pecho medio vacío y otras dos un poco mayores abrazadas a sus piernas y lloriqueando. Lo miró con la misma tristeza con que lo estaba mirando ahora, y le dijo:
– No quiero que robes. Vete a devolver eso a su dueño.
No pudo pegarle. Bajó la mano. Caminó hasta el coche, se subió, arrancó rápidamente y se perdió a toda velocidad en la calle oscura.
Aquella noche, al fin, con el cuerpo dolorido y la cara llena del yodo que su suegra le había puesto en las heridas, São consiguió agarrarse con fuerza a la realidad, consiguió espantar los miedos a manotazos, encontrar en el fondo de sí misma el orgullo con el que tantas humillaciones habían estado a punto de acabar, tirar de su fortaleza hasta lograr extraerla del rincón donde estaba hundida y sacarla de nuevo a la luz. Tomó una decisión: en cuanto doña Fernanda regresara a Luanda, ella se iría de casa con el niño. Le pediría ayuda a Liliana. Su amiga sabría cómo había que hacer las cosas. Ella se las arreglaría para conseguir un pasaporte para André, y entonces huirían lejos, lo más lejos posible, donde Bigador no pudiese encontrarlos nunca. Tal vez regresarían a Cabo Verde o, aún mejor, se irían a Italia, cerca de su madre. Por una vez, su madre tendría que hacer algo por ella. Según sus últimas cartas, parecía que las cosas ya no le iban tan mal. Quizá pudiera alojarlos durante unos días y ayudarla a encontrar trabajo. Saldría adelante, estaba segura de ello. Trabajaría día y noche, comería sólo lo imprescindible, no gastaría nada en sí misma. Lo guardaría todo para André, para que tuviese una vida decente y estudiara. Podía hacerlo. Podía criar sola a su hijo, sin la presencia de ningún hombre que la pisoteara y le dejara el cuerpo magullado y el alma destrozada. Debía hacerlo. Tenía la obligación de volver a sentir que el mundo era un lugar apetecible, un territorio en el que deseaba hurgar, metiendo las manos valientemente hasta el fondo y sacando de él todo lo bueno y lo malo, tesoros dignos de ser guardados y excrecencias de las que se desharía sin miedo, y no aquel espacio de negruras y debilidad y temores constantes en el que la existencia de Bigador lo había convertido.
Se incorporó y miró a André, que dormía en su cuna con una sonrisa en los labios, como si estuviera soñando con fuentes de leche y canciones hermosas y suaves caricias sobre su cuerpecillo. Y le juró que lo sacaría de allí y lo cuidaría con todas sus fuerzas y trataría de hacer de él un hombre bueno y decente y generoso.
Doña Fernanda se fue un par de semanas más tarde. Bigador le compró el billete sin consultarla y se lo puso una noche encima del plato preparado para la cena.
– Se ha terminado tu tiempo aquí -le dijo-. Ya no te necesitamos. Tu avión sale el próximo domingo. Te llevaré al aeropuerto y avisaré a Nelson para que te vaya a buscar.
A la mujer se le llenaron los ojos de lágrimas, aunque desde la madrugada de la paliza estaba segura de que aquello iba a ocurrir. Su hijo había tardado dos días en regresar y no les había vuelto a dirigir la palabra a ninguna de las dos. Se comportaba como si no hubiera nadie en casa. Ni siquiera el niño, al que no miraba. Llegaba, se daba una ducha, se ponía el pijama y se servía él mismo la cena. Cenaba sentado en el sofá, viendo la televisión, aunque luego dejaba los platos en la mesa para que ellas tuvieran que recogerlos. La primera noche fue a acostarse pronto. Vieron con sorpresa cómo sacaba la cuna de la habitación y la dejaba en la sala. Después cerró la puerta del dormitorio, y le oyeron arrastrando la cómoda hasta que la colocó de tal manera que nadie pudiese entrar. Se miraron la una a la otra, pero no dijeron nada. Doña Fernanda siguió fregando los platos y São terminó de darle a André el último biberón del día. Cuando acabaron, la anciana fue a buscar a su cuarto un camisón y una manta, que quitó de su propia cama, y se los entregó a su nuera para que pudiera dormir en el sofá. Ella la abrazó y le besó muchas veces la cara arrugada y triste.
La mañana después de la partida de su suegra, São dejó al niño al cargo de una vecina mientras iba a trabajar. Había quedado con Liliana para comer. Se había estado preparando durante varios días para aquel momento. Sabía lo difícil que le resultaría contar todo lo que había vivido, recogerlo de su memoria y de sus tripas y ordenarlo y ponerle nombres, hacer que todos aquellos momentos terribles circulasen en voz alta por el aire del restaurante a través de la mesa y se convirtieran en la vergonzante confesión de una realidad que nunca habría debido vivir. Fue relatando despacio, vacilando, interrumpiéndose, dudando de las palabras que debía utilizar, mientras sentía una y otra vez cómo regresaban las náuseas que había sufrido la noche anterior, cuando Bigador llegó del aeropuerto y la obligó brutalmente a acostarse con él. Liliana la escuchó en silencio, animándola con la mirada. No la juzgó, ni la acusó de nada. No la llamó débil, ni tonta, ni dependiente. Tan sólo entendió su sufrimiento y le dio la ayuda que precisaba, como si le ofreciese un pedazo de luz:
– Deberías denunciarlo -le dijo suavemente-. Yo te acompañaré a la comisaría.
São aún tenía restos de las marcas de los últimos golpes, pero esa posibilidad la aterró:
– ¡No, no! Si le denuncio, me matará. Quizá le haga daño al niño. No lo quiere, creo que no le importa nada. ¡No puedo denunciarle! Necesito irme de aquí. Fuera de Portugal, donde no me encuentre nunca. ¡Ayúdame, por
Liliana extendió la mano y agarró fuerte la de su amiga, estrechándosela hasta hacerle daño:
– Haremos lo que tú creas que es mejor. Estáte tranquila. Vas a salir de ésta, y no os pasará nada ni a ti ni a André. Te lo prometo.
Lo planificaron todo con cuidado. São seguía pensando en irse a Italia, pero Liliana la convenció de que era más conveniente que por el momento se quedase en Madrid. Tenía una buena amiga de Cabo Verde que vivía allí. Estaba segura de que la acogería en su casa por unos días, hasta que encontrase trabajo. Y viajar de Lisboa a Madrid sin pasaporte para el niño era fácil. Porque el único problema de aquella huida era el pasaporte de André: sin el permiso del padre, jamás lo conseguirían. Por suerte, en la frontera de la autopista a España había poca vigilancia. A los autobuses solían pararlos para comprobar si algún emigrante sin permiso trataba de colarse, pero a los coches no. Así que irían en coche. Le pediría a alguna compañera de la asociación feminista que las acompañase, una portuguesa blanca, para pasar más desapercibidas. En seis horas estarían en Madrid. Fuera de peligro, en el punto exacto en el que una nueva vida podría empezar.
A media mañana, Liliana la llamó por teléfono al trabajo. Todo estaba organizado. Había hablado con Zenaida, su amiga de España, que le dejaría una cama hasta que pudiese instalarse por sí misma. También había llamado a Rosaura, que había aceptado ir con ellas y conducir el coche para pasar la frontera. São estuvo a punto de echarse a llorar. Pero no lo hizo: se había prometido a sí misma que no le caería ni una lágrima antes de que el asunto estuviese resuelto. Y esta vez no iba a traicionarse.
En los días que siguieron, no tuvo ni un momento de desánimo. No se paró a pensar en la posibilidad de que las detuvieran en la aduana, en las dificultades que podría encontrarse en Madrid, en los problemas que significaría criar a su hijo sola, en la penuria económica que probablemente tendría que atravesar durante mucho tiempo. Tan sólo se permitió un breve instante de debilidad al despedirse de Bigador el viernes por la noche. Ya estaba dormido. Se acercó a la cama y lo observó durante un largo rato. Recordó sus primeros días en Portimão y luego en Lisboa, cuando le parecía que el mundo era más hermoso porque él existía, cuando se le erizaba la piel si él la rozaba y su voz susurrándole al oído provocaba en ella un inabarcable cúmulo de deseos. Recordó cuánto le gustaba cuidarle y sentirse sostenida por él, y cómo resonaba dentro de ella la idea de hacerse viejos el uno junto al otro, igual que dos árboles a los que han plantado muy cerca y que viven enredando sus ramas. Pensó en toda la tristeza que le había causado su brutalidad, pero también en que nunca permitiría que esa tristeza sobreviviese a aquel momento de liberación. Y le deseó lo mejor, una vida larga y tranquila y, si era posible, que Dios machacase su cólera y la convirtiera en polvo. Y después se fue a dormir al sofá, junto al niño que respiraba plácidamente.
Madrid se desplegaba a los ojos de São igual que uno de aquellos mapas que tanto le gustaba mirar de pequeña, un lugar enorme que le parecía sin embargo poder albergar en la palma de su mano, lleno de prodigios e iluminado por un sol que no era lejano y silencioso como todos los soles del mundo, sino que escribía para ella y André en el cielo palabras grandes y felices, como silencio y calma. El miedo se había esfumado. Había ido desvaneciéndose en el aire a medida que se alejaban en el coche de Lisboa y se internaban en las grandes llanuras de la meseta, con los campos inmensos y el lejano horizonte violáceo donde cualquier cosa extraordinaria podía suceder. De pronto, sintió que su cuerpo comenzaba a estirarse y apenas cabía en el asiento, y se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo encogida, de que se había ido doblando sin darse cuenta, y que lo único que miraba desde hacía meses era el suelo con todas sus repugnantes inmundicias. Y ahora tenía ganas de mirar otra vez el aire y las nubes y las copas de los árboles, las fachadas de las casas con sus matas de geranios y las altas cúpulas de las iglesias y los ojos de la gente. Tenía ganas de erguirse, y pisar fuerte, y bambolear las caderas con aquella cadencia suya de la que se había olvidado, y levantar muy alta la cabeza, haciendo frente a todo lo que pudiera sucederles a ella y al niño.
Después de pasar la frontera sin que nadie las detuviera, le pidió a Rosaura que parase en la primera área de descanso. Se bajó y empezó a dar palmadas despacio, y a golpearse luego los muslos con las manos, cada vez más rápido, mientras cantaba una vieja tabanca de su infancia, eres una princesa y llevas una corona de flores, los lagartos se detienen a tu paso y las aves te protegen del calor; ven, princesa, ven, dame la mano y baila conmigo, que yo pueda ver el mundo lleno de colores, como tú. Y bailó como si estuviera poseída por un espíritu, golpeando los pies contra el suelo, lanzando los brazos al aire, moviendo frenéticamente la cabeza y los pechos y la cintura, y sintiendo que cada uno de sus músculos se liberaba de una opresión de siglos y que el alma, como decía doña Fernanda, volaba alegre despojándose de todas las ataduras.
Zenaida recibió a São igual que si fuera una amiga de toda la vida. Su marido estaba trabajando en Alemania, y ella vivía con sus dos hijas en un piso muy pequeño que parecía inflarse como un globo cuando llegaba alguna visita. Enseguida organizó un rincón en su armario para guardar las cosas de André y sacó de algún sitio un colchón hinchable que habría que colocar por las noches en la sala, moviendo el sofá y la mesa. Se negó a que São le pagara nada, ni siquiera la comida, hasta que tuviese trabajo. Era mejor que guardara el poco dinero que tenía por si había alguna urgencia. Al fin y al cabo, ella era una mujer afortunada: trabajaba como cocinera en un restaurante y tenía un buen salario. También Amílcar ganaba bastante en su fábrica de Düsseldorf y le mandaba una cantidad importante todos los meses. Se veían poco y lo echaba de menos, pero aquélla era la única parte triste de su vida. Por lo demás, todo le iba bien. Su marido era un hombre decente, las niñas gozaban de una excelente salud y sacaban buenas notas en el colegio y su trabajo le gustaba. Le divertía preparar croquetas y cocidos y carnes guisadas, y le halagaba comprobar que los platos volvían casi siempre vacíos a la cocina y que la clientela regresaba una y otra vez. En realidad, Zenaida estaba convencida de que a la vida se venía a disfrutar, y no a sufrir como solían decir los curas. Sabía desde que era pequeña, porque así se lo había enseñado su madre, que hay que retener firmemente las cosas agradables que nos ocurren y construirse con ellas una fortaleza, y alejar en cambio a manotazos y patadas todo lo feo que se empeña en rodearnos y aplastarnos contra el suelo. Si tenía un disgusto, era capaz de plantarle cara y espantarlo como a un fantoche, pensando en los buenos momentos que había vivido y en los que aún le quedaban por gozar. Y en las noches de invierno, cuando la añoranza y las ganas de estar con Amílcar eran tan profundas que amenazaban con cortarle la respiración, cerraba los ojos y recordaba cada minuto de las últimas horas que había pasado con él, hasta que percibía su olor y su aliento sobre ella, y terminaba por dormirse arrullada en sus espasmos. Si realmente existía algún ser sobre la tierra del que se pudiese decir que era feliz, ése era Zenaida.
Fue ella quien acompañó a São a mi casa el primer día. Alguien le había dicho que yo necesitaba una asistenta tres veces a la semana. Me llamaron por teléfono y al día siguiente se presentaron en mi piso hermosas como flores, resplandecientes. Las dos se habían puesto vestidos sobrios que las tapaban casi por completo, pero no podían evitar que se les adivinasen debajo los cuerpos rotundos de hembras fuertes, de madres poderosas. La belleza se expandía a su alrededor igual que un aura que las rodeara volviéndolas majestuosas y, a la vez, cercanas y llenas de risa. Sí, eso era, les reían los ojos oscuros y brillantes, y los labios que se abrían sobre las bocas pálidas. Eran mujeres asentadas en la tierra, que podrían tal vez tambalearse si algo, alguien, las empujaba, pero que nunca llegarían a caerse. Las envidié profundamente. Deseé poseer su solidez, su guapura, su alegría. Yo me sentía entonces más pequeña y temblorosa que nunca, como una hojilla seca a punto de ser arrancada de su rama por la brisa más ligera.
En esa época estaba enferma. La herencia maligna de mi madre. Me habían diagnosticado una depresión, y estaba de baja. Pero lo mío no era el mal de los niños, sino el terrible desgarro del abandono. No he tenido hijos. Siempre me asustó la posibilidad de ser como mamá, de verme obligada a arrastrarme por la vida sin fuerzas, teniendo que hinchar a fondo mis pulmones para poder respirar. Uno más de mis muchos temores. Y ahora al fin, incluso sin hijos, estaba allí, atrapada dentro de una sombra, perseguida por el mismo pájaro negro que revolotea infatigable alrededor de mi madre, arrinconada en esa esquina del mundo en la que no brilla ninguna luz. Pablo se había ido, y yo era un trapo que recogía amorosa y desesperadamente las migajas que él había dejado esparcidas por la casa, los miserables restos de la porquería que sus pies habían podido traer en algún momento desde la calle a cualquier rincón de nuestro piso que un día había sido refugio y ahora era un espacio abierto a todos los vientos.
Pobre Pablo. Su amor por mí le hizo desgraciado. Nunca he entendido por qué tanta gente tiende a enamorarse de la persona menos adecuada. Hay algo que no acaba de funcionar bien en la química de nuestro cerebro, ésa que hace que distingamos a un ser entre todos, que lo veamos a él, y solamente a él, digno de nosotros, sin darnos cuenta de que a menudo no es más que la encarnación de nuestros peores demonios, el prototipo de todo lo que detestamos. Cuando nos conocimos, Pablo era uno de los chicos más divertidos de la facultad. Le gustaba salir por las noches, fumar marihuana, ir a bailar a los bares de copas y a las discotecas. Estudiaba Derecho para trabajar en el futuro en algún organismo internacional y viajar por el mundo resolviendo entuertos. No quería asentarse, ni tener propiedades, ni poseer más cosas de las que fuera posible transportar en una maleta de un país a otro, entre selvas y desiertos. No tenía miedo de nada, ni siquiera de morirse en algún lugar remoto, rodeado de gentes desconocidas. Soñaba con tomar ayahuasca con los chamanes bolivianos, con participar en las danzas de los kikuyus de Kenia, con sentarse junto a los yoguis del Tíbet bajo las montañas del Himalaya, contemplando la nada. Deseaba una vida al margen de todas las convenciones, guiada tan sólo por su propia conciencia de lo malo y lo bueno.
Y fue a enamorarse de mí, precisamente de mí, una mujer aburrida y amedrentada, que había elegido estudiar Derecho para poder sacar una oposición y tener un trabajo y un sueldo de por vida y no verme obligada a cambiar nunca nada, que ansiaba no subirme jamás a un tren o un avión por no indagar en otros paisajes, que aspiraba a una existencia monótona y reglada, con horarios inmutables y muebles-para-toda-la-vida en un piso propio. Todo ordenado, seguro, amurallado por la normalidad y la fijeza.
Pablo era amable y protector y generoso. Creo que ésa fue la razón por la que me eligió. Supo entender que yo necesitaba a alguien que mullese cada noche el colchón en el que me iba a acostar, que me cogiera de la mano cada mañana para hacerme ver que el camino que debía recorrer a lo largo del día no estaba lleno de simas y de fieras acechando en cada esquina. Y en lugar de marcharse a resolver la guerra civil de Angola o el conflicto palestino-israelí, decidió quedarse a resolver mi propio conflicto con el mundo. Su amor hacia mí le hizo renunciar a los sueños. Me mimó, me consintió como a una niña malcriada, admitió la organización de vida que yo impuse inconscientemente, convencida de que era lo mejor para los dos, sin darme cuenta de que estaba amputándole una parte esencial de sí mismo y de que, con el paso de los años, cuando la pasión que nos unió se hubiera dulcificado, cuando llegase ese inevitable momento en el que cada persona se detiene a confrontar lo que fueron sus anhelos con la realidad que vive, a comparar los viejos deseos con lo alcanzado, a contemplar sus fotografías de joven y observar el paso del tiempo sobre sus rasgos con su rastro de aciertos y de errores, el hombre que estaría a mi lado, aun tendiéndome esforzadamente sus brazos y ofreciéndome sus hombros para ayudarme a soportar el peso de mis sombras, sería un ser frustrado y triste.
Por hacerme feliz, Pablo aceptó preparar las oposiciones a secretario de juzgado mientras yo preparaba las de funcionaría de la administración central. Aceptó comprar un piso con hipoteca. Aceptó pasar las vacaciones en la costa más cercana en lugar de viajar a sitios salvajes. Aceptó casarse. Aceptó no tener hijos. Y lo hizo todo sin que pareciese que realizaba ni un solo esfuerzo. Lo que más deseaba, decía, era vivir a mi lado. Yo le importaba más que el paisaje más asombroso del mundo. Y es cierto que seguía queriendo acabar con las bombas y la miseria, pero, si se iba dejándome atrás, sólo sería un desdichado sin fuerzas para hacer nada, un fantasma solitario que rodaría por el mundo sin saber por qué había decidido vivir sin mí. Y yo fui aceptando sus sacrificios como si eso fuera lo mejor para ambos, organizamos una existencia pequeña y cómoda y perfectamente estable, alejada de los vaivenes y las sorpresas, encajada dentro del molde de lo común. Di por supuesto que entre nosotros no cabrían las dudas ni los arrepentimientos, que juntos seríamos capaces de construir un edificio firme como una montaña, lleno de amor y de complicidad y de sexo, pero también de comodidades y certezas, una confortable torre de enamorados eterna e invencible.
Aguantó casi quince años a mi lado. Fueron demasiados para él, que no debería haber llegado nunca a mi espacio. Muy breves en cambio para mí, que jamás fui capaz de imaginármelo lejos, ajeno. Yo veía cómo la luz que siempre había emanado de él iba extinguiéndose año tras año, cómo su cara antes llena de sensualidad y de energía se volvía reseca y opaca, igual que una máscara. Veía cómo sus largas conversaciones sobre las esperanzas de los seres humanos y el progreso, sus infinitas lecturas de historia y pensamiento político, se convertían en rápidos repasos al periódico y breves charlas insulsas en las sobremesas con los amigos. Percibía su alejamiento, la escasez del deseo, el esfuerzo que le costaba comportarse como lo que yo quería que fuera, un aburrido viejo prematuro de vida monótona, que ha renunciado a cualquier emoción que pueda poner en duda su absurda convicción de vivir eternamente. Pero, egoísta y cobarde, achaqué todos esos cambios al paso del tiempo, al proceso de maduración que nos aleja de las pasiones juveniles y a la inevitable dejadez que termina por imponer la rutina. Nunca quise darme cuenta de que la parte más importante de él ardía lentamente desde que estaba conmigo, y de que, ahora que estaba a punto de convertirse en cenizas, se resistía a su propia extinción.
Fue un mes de abril cuando todo se hizo pedazos. Por entonces ya llevábamos tres años viviendo en Madrid. Aquélla había sido mi única concesión a sus gustos. También, creo, la única vez que él me pidió una renuncia. Un viejo amigo le había ofrecido un puesto en la Comisión Española de Ayuda al Refugiado. Era una vuelta al camino abandonado tanto tiempo atrás. Sospecho que ya había dicho que sí antes de consultarme. Si yo me hubiera negado a ir con él, probablemente me habría dejado en aquel momento y habría seguido con su propia vida. Y algo dentro de mí debía de saberlo, porque lo cierto es que acepté solicitar el traslado y mudarnos sin apenas discutir. Aquello suponía un esfuerzo enorme, cambiar de ciudad, de piso, de compañeros de trabajo… Hasta la idea de tener que ir a comprar a un supermercado nuevo o a una farmacia diferente me resultaba penosa. Pero lo que más me dolía era dejar a mi madre. Sin embargo, cuando se lo dije con la voz vacilante, muerta de pena, ella se irguió llena de pronto de vitalidad, sonrió como pocas veces la había visto sonreír, y me aseguró con firmeza:
– No sabes cuánto me alegro por vosotros, cariño. Pablo va a trabajar por fin en lo que le gusta. Y para ti también será una gran experiencia. No te falta mucho para cumplir los cuarenta años, y un cambio de vida a esta edad te hará sentirte más joven.
– Pero tú…
– Yo estaré estupendamente. Iré a veros de vez en cuando. Y vosotros también podréis venir siempre que queráis. Aquí hay sitio de sobra.
Y señaló la enorme casa donde ya sólo vivía ella como si le sobrara energía para convertirla de nuevo en un lugar poblado por una multitud. Admiré su entereza y su generosidad. Pero lo cierto es que se equivocó respecto a mí, porque el cambio no fue una buena experiencia. Durante mucho tiempo, mientras buscábamos piso, y nos mudábamos, y sobre todo después, cuando estábamos ya instalados en Madrid, tuve la sensación de estar a punto de caerme por un precipicio. Pablo se esforzó por comprenderme y cuidar de mí, pero mi pánico no hizo más que alejarnos al uno del otro.
Él empezó a salir a menudo por las noches. Le gustaba reunirse con sus nuevos compañeros de trabajo y con las personas a las que iba conociendo, implicadas en proyectos de cooperación en otros países. Yo prefería quedarme en casa. Durante el día tenía que luchar incesantemente contra mi inseguridad. A veces me quedaba paralizada a la entrada del metro o en el vestíbulo del Ministerio, aterrada por todo lo que me esperaba, como una cría miedosa en medio de la oscuridad. Lo único que quería por la noche era descansar, echarme en el sofá con la televisión puesta en cualquier canal y dejarme llevar por la sensación de que, durante unas cuantas horas, no necesitaba hacer ningún esfuerzo. Me bastaba con respirar para estar viva, y eso era agradable y consolador. Y, a fin de cuentas, las largas conversaciones sobre política internacional, derecho comparado o conflictos bélicos terminaban por aburrirme. Me parecía además que Pablo disfrutaba más si yo no iba con él. Cuando estaba presente, le obligaba a estar pendiente de mí y a levantarse pronto de la mesa, en cuanto notaba que los ojos empezaban a cerrárseme. Aquél era su mundo, y yo decidí dejarle abandonado en él. Cerré la puerta de aquella inmensidad que me asustaba y me quedé enclaustrada en mi cuartito, con la pequeña ventana mirando hacia el paisaje que me parecía familiar y sosegado y que pronto se convertiría en nada. Me quedé sentada allí como una anciana senil que cree oír música donde no hay más que tráfico, ver mares en las aceras, acunar niños en lugar de pedazos de tela. Sentada impasible y sonriente, igual que una muñeca sin cerebro, absurda.
Fue, ya lo he dicho, un mes de abril, casi tres años después. Yo seguía empeñada en creer que Pablo estaba todavía a mi lado y que estaría hasta el final de los tiempos. Creía que era él el que llegaba cada noche a casa y me besaba y se instalaba en el sofá y me preguntaba por las cosas del día, el que luego se dormía abrazado a mí y a veces me hacía el amor con una ternura infinita. Pero él ya estaba muy lejos, perdido en medio de las selvas, afectado por el mal de altura en las montañas más prodigiosas, sorteando fuegos cruzados, participando en tensas conferencias de paz. Yo seguía hablando entretanto de las cosas tontas y vulgares de las que habla una persona metódica:
– Tenemos que llamar para reservar la casa la primera quincena de agosto. Quedamos en que lo confirmaríamos en abril -le dije aquella noche.
Todos los veranos pasábamos esas dos semanas de vacaciones en la misma casa, en el mismo pueblo, con los mismos compañeros de playa y la misma plaza sombreada de plátanos donde tomábamos la cerveza de cada tarde.
Pablo se levantó y se acercó a la ventana. Me habló de espaldas, y su voz sonó hueca y lejana, como si estuviera al fondo de un túnel:
– Yo no voy a ir.
Pero no era sólo eso. No se trataba únicamente de que no fuese a ir conmigo a la playa aquel verano. No iría conmigo nunca más a ningún sitio. Nunca más me abrazaría, ni me besaría por las mañanas aún medio dormido, ni me sostendría cuando yo desfalleciese. Me estaba dejando. Se marchaba a Colombia, a participar en las negociaciones de paz de la guerrilla, contratado por una agencia de la ONU. Y no regresaría a mi lado. Nuestro tiempo juntos se había terminado.
Trató de explicármelo todo, sus razones, su tristeza, sus largas dudas y la radiante certidumbre que al fin había alcanzado. Sollozaba. Yo sabía sin embargo que estaba a punto de sentirse liberado y feliz. Era como un hombre gravemente herido que busca un refugio. Había un rastro de sangre, trozos de piel y vísceras. Pero él caminaba lleno de esperanza hacia la salvación. Yo en cambio me había quedado detrás, tendida sobre la tierra. Estaba muerta.