São se crió en la aldea. Carlina sólo la llevó con ella a Carvoeiros mientras le dio de mamar, hasta que cumplió los seis meses. Era una niña tranquila como una persona adulta, que apenas se movía, aguardaba pacientemente el momento de alimentarse y, cuando estaba despierta, parecía contemplarlo todo con un enorme interés, igual que si realmente estuviera fijándose en el comportamiento ajeno y tratase de entenderlo, fingiendo hacia él una muda indiferencia. A pesar de todo, a su madre la molestaba. Sentía que llevaba un peso enorme a sus espaldas, que acarreaba un mundo entero, con sus guerras y sus sosiegos, algo ajeno a ella misma y de lo que no quería ser responsable.
En cuanto le pareció que estaba lo suficientemente fuerte y sana, escribió a una de las hijas de Jovita que vivía en Portugal, metió en el sobre un par de billetes y le pidió que le mandase un biberón. Cuando llegó, acostumbró sin problemas a la cría a tomar leche de cabra rebajada en agua. Entonces habló con la vieja:
– Necesito que se quede con São mientras yo trabajo. No puedo andar cargando con ella todo el día. Usted sabe lo que es eso, que ha tenido muchos hijos. Cada día que pasa me duele más la espalda. Y, en cuanto empiece a caminar, me volverá loca. Tendré que perseguirla por todas partes y no podré atender a las clientas. Si me la cuida, le daré pescado gratis todos los días.
A Jovita le pareció que era una buena propuesta: así podría guardar el dinero que le enviaban de Europa para cuando llegasen de nuevo los malos tiempos, que estaba segura de que llegarían. Vendría la sequía y agostaría las huertas. O el harmatão, el viento que sopla a veces desde África, caería furibundo y ardiente sobre la aldea y depositaría su carga letal de arena en los sembrados y los frutales, arrasándolo todo. Sus hijos se casarían con mujeres despiadadas que les prohibirían seguir ayudando a la madre olvidada ya para siempre en aquel rincón del océano. Y las hijas serían abandonadas por sus maridos y tendrían que pagar los estudios de los niños y las consultas con los médicos si se les ponían enfermos, y no les sobraría ni un céntimo. Debía ahorrar para cuando estuviese sola y vieja, le dolieran los huesos y necesitase medicinas, porque para entonces nadie se acordaría de ella.
Además, le gustaba aquella niña, con su independencia y su tranquilidad, y no le importaba cuidarla. Pero intentó sacar todo el provecho posible, así que fingió rechazar la propuesta:
– No puedo. Ya no estoy yo para estar pendiente de una cría tan pequeña. Soy demasiado vieja, me agoto enseguida. Tu hija se va a poner a caminar dentro de unos meses, y acabará conmigo. ¿Tú me imaginas persiguiéndola por la aldea…? ¡Ya no tengo edad!
Carlina la miró atentamente, mientras reflexionaba. Debía de tener unos sesenta años. Estaba gorda, de tantas horas como se pasaba sentada, sin apenas moverse. Pero gozaba de una salud extraordinaria -nadie recordaba haberla visto nunca enferma- y seguía teniendo una mirada aguda, llena de energía y de firmeza. Había criado bien a sus hijos, y la antigua simpatía por el alcohol y los hombres parecía haber desaparecido con la edad. Le parecía que, de todas las mujeres de la aldea que podían hacerse cargo de la niña, ella era la más adecuada. Se dio cuenta de que tenía que negociar y aumentar su oferta, aunque eso significase para ella una pérdida importante:
– Mil escudos a la semana y el pescado.
Jovita fingió reflexionar mientras observaba las huertas al otro lado del camino. Una bandada de pájaros pequeños, amarillos y gritones, trataba de acercarse a picotear las guayabas, que colgaban ya, con su delicada piel rosácea, de los arbolillos brillantes, y luego, al encontrarse con el espantapájaros, revoloteaban asustados hacia el monte, para regresar a los pocos minutos. Le dieron ganas de echarse a reír: también ella había logrado asustar a Carlina y cogerla después en su trampa. Mil escudos a la semana más el pescado estaba bien. Sería un buen ahorro para el futuro. Y, mientras tanto, se entretendría cuidando de São y haciéndole pequeñas trenzas en el pelo, preparándola para las amarguras del futuro. Sí, aceptaría el trato.
Así fue como São se quedó con Jovita. Por mucho tiempo. Porque cuando Carlina conoció a un hombre que vivía en Italia y la convenció para casarse e irse con él a Europa, las dos mujeres estuvieron de acuerdo en que era mejor dejar allí a la niña, que ya había cumplido los seis años.
Había toda clase de razones para no llevarla: en Italia los inviernos eran muy fríos. São debería incorporarse a la escuela nada más llegar sin hablar ni una palabra de aquel idioma endemoniado. Y, sobre todo, en cuanto su madre encontrase trabajo, no tendría con quién dejarla. Carlina esgrimió esos motivos ante los demás como si estuviera exhibiendo una tela preciosa, algo cuyo valor nadie podría discutirle. No estaba triste: al fin y al cabo, no sentía gran cosa hacia aquella niña a la que se había limitado a cuidar mecánica y fríamente por las noches, sin desbordarse de ternura, sin ligarse a ella por los feroces lazos de dependencia que la habían unido a Heraclio. En el fondo, pensaba, la vida había sido generosa con ella después de la muerte de su hijo, y, al impedirle querer a São, la había librado del dolor de la separación. Ella había visto cómo otras madres que se iban al extranjero y tenían que dejar a sus niños en casa sufrían y languidecían en la lejanía, sintiéndose para colmo culpables del abandono. Eran mujeres mutiladas, seres desdichados sometidos a una injusta tortura. Madres rotas por la ausencia que, allá lejos, en los países a los que llegaban, cuidaban de los hijos de otras mujeres, los lavaban y los peinaban, les preparaban la comida, los cogían firmemente de la mano por la calle, les cantaban canciones, los arropaban en sus camas, jugaban con ellos, los besuqueaban y los regañaban cuando era preciso. Y lo hacían sabiendo que entre ellas y aquellas criaturas se establecía un cariño tan profundo como vacilante, una superficie pantanosa de afectos que desaparecería cualquier día abruptamente, cuando fuesen expulsadas de la casa o encontraran un trabajo mejor. Y bajo esa agua tan cálida bullía aquella capa turbia de pesadumbre, la ruptura segura en el futuro, y también todo lo que habían dejado atrás, sus propios hijos a los que no podían atender, que se educaban guiados por manos ajenas, a menudo indiferentes o incluso hostiles y, otras veces, demasiado condescendientes. Definitivamente, ella era afortunada.
La única persona que no estaba de acuerdo con la propuesta era la propia São. Y no porque no quisiera separarse de su madre. Su cariño hacia ella era ligero y alegre, como una lluvia menuda de primavera, y en él no cabía ningún drama, ni siquiera el de la separación. Tampoco era porque no deseara quedarse con Jovita: se había acostumbrado a la rudeza de aquella mujer egoísta y brusca, igual que se había acostumbrado a la frialdad de su madre, y aún no tenía edad de preguntarse si había otras maneras diferentes de querer a una niña, otros gestos posibles que tuvieran que ver con la dulzura, inexistente todavía en su concepción de la vida.
Pero la palabra Italia despertaba su imaginación. Un par de meses atrás, una pareja de la aldea había venido a pasar sus vacaciones desde Nápoles, donde vivían, y habían traído con ellos a su hija. Noli tenía nueve años. Era una niña presumida y alegre, que enseguida se había convertido en la jefa de todos los críos de la aldea. Había llevado consigo una muñeca preciosa, con el pelo muy largo y ropas para cambiarla. También algunos libros llenos de dibujos en los que se podían leer historias maravillosas, y cuadernos y lápices de colores con los que se pasaba las tardes dibujando y que sólo dejaba a quien le caía muy bien. Tenía muchos vestidos diferentes, y pantalones y camisetas como los de los chicos, y un buen montón de zapatos que exhibía a diario, sabiendo lo mucho que llamaban la atención. Hablaba sin parar de todas las cosas extraordinarias de Italia: las calles llenas de coches y autobuses con los que se podía viajar a cualquier lugar, la luz eléctrica que iluminaba la oscuridad como si fuera de día, los ascensores de los grandes edificios, la escuela en la que estudiaba con la idea de llegar a ser enfermera, los caramelos y los helados que su madre le compraba todos los domingos, la televisión donde seguía por las tardes los dibujos animados y los programas para niños…
São no entendía la mayor parte de lo que Noli contaba. Pero su pequeña mente vibraba con aquellas historias de dulces, juguetes, viajes y proyectos para cuando fuese mayor. Nunca había pensado en la posibilidad de ser mayor. Como todos los niños pequeños, se había ido dejando vivir día a día, sin darse cuenta de que iba creciendo y que alcanzaría otras edades, momentos en los que tendría que hacer planes y tomar decisiones. Tampoco sabía hasta ese instante que existía un mundo más allá de la aldea y de Carvoeiros, adonde había ido una vez con su madre y de donde conservaba el recuerdo de un lugar enorme, lleno de casas y de gentes, y la visión fantástica e hipnotizadora del mar, con su inmensa frialdad.
De pronto, todo aquello de lo que Noli hablaba cristalizó en su imaginación. Palabras e imágenes confusas: hacerse mayor, estudiar, viajes, el otro lado del mar, Italia… Se vio a sí misma como su amiga, a punto de cumplir los diez años, poseedora de una muñeca y libros y cuadernos, hablando de lo que haría más adelante, y caminando sola por un lugar que era igual que Carvoeiros, pero lleno de tiendas repletas de caramelos de muchos colores -como los que Noli había traído en una bolsa enorme- en las que ella entraba y cogía todo lo que deseaba. Y en ese mismo instante supo que quería irse allí, a Italia, donde la existencia de los niños no consistía sólo en caminar hasta la fuente en busca de agua, corretear entre las huertas o subir a la ermita del Monte Pelado, sino que había muchas cosas para elegir, juguetes, chucherías, escuelas, dibujos que hablaban y se movían, y también innumerables zapatos. Además de un futuro por proyectar, algo que llegar a ser en la vida, una ambición que se desarrollaría y se extendería y habría de convertirse en realidad, igual que las crisálidas inmóviles terminan por convertirse en hermosas mariposas que despliegan las alas y embellecen el mundo.
Aún no sabía cuál era su ambición. Pero lo supo poco después, cuando su amiga Renée enfermó y se murió. Renée era una niña muy alegre, que no paraba de jugar, correr, trepar a los árboles y rebozarse de tierra. Pero una mañana, São se la encontró sentada en mitad del camino que cruzaba la aldea, como desplomada. Tenía la cabeza inclinada hacia el suelo y, cuando alzó los ojos para mirarla, brillaban igual que si fueran brasas. Le dijo que estaba muy cansada, que le dolía la cabeza y no tenía ganas de moverse. A São le dio mucha pena. Se sentó a su lado en medio del polvo y estuvo haciendo dibujos en el suelo con una piedra durante un largo rato, en silencio. Luego Renée se fue a su casa, caminando muy despacio, vacilante, y ya no volvió a salir.
A la mañana siguiente, Jovita le dijo que su amiga estaba muy enferma. Tenía mucha fiebre, y a pesar de que le habían frotado todo el cuerpo con savia de drago y le habían dado a beber infusiones de barbas de maíz, la calentura no terminaba de pasársele. Transcurrieron un par de días raros. Los mayores andaban apresuradamente de un lado para otro, hablando en voz muy baja. Las mujeres entraban y salían de casa de Renée, y algunas subían a horas inusitadas, a pleno sol, hasta la ermita. Los hombres se alejaron de la aldea para jugar al ouril y comenzaron a hacerlo casi en silencio, sin lanzar aquellos gritos con los que solían animarse o desafiarse entre ellos.
A los críos los mandaron a las huertas, con la orden de que no hicieran ruido porque a Renée le dolía mucho la cabeza. Dos de las niñas mayores, las más responsables, faltaron aquellos días a la escuela y se ocuparon de mantener el orden. Se comportaban con mucha severidad, cumpliendo con su papel de adultas prematuras y anticipándose al final esperado del drama. De vez en cuando, una de ellas se acercaba a la aldea y volvía con noticias que le cuchicheaba a la otra al oído. São se daba cuenta de la gravedad de la situación, aunque nadie quería explicarle nada. Tan sólo que Renée seguía muy enferma. Ella insistía en preguntar si se iba a morir, pero la gente a la que interrogaba miraba entonces hacia otro lado y se ponía a hablar de cualquier cosa. Hasta que el segundo día, a las cinco de la tarde, una de las mujeres de la aldea fue a explicarles que Renée se había ido al cielo.
El sol comenzaba a ponerse. Un puñado de nubes blancas lo rodeaban en ese momento, y él resplandecía tras ellas. Sus rayos poderosos se lanzaban a través de aquella superficie móvil, llenándola de rojos y azules deslumbrantes y expandiéndose alrededor como una vacilante corona de luz. São se sentó al pie de un mango, buscando un refugio para la repentina pesadumbre, y observó durante un largo rato el cielo. Le pareció que el alma de Renée viajaba en aquellas nubes, ascendiendo entre el esplendor hacia el trono de Dios. ¿Qué habría allí? ¿Echaría de menos la aldea, a su madre y sus amigos y las carreras feroces a lo largo del camino en las que siempre ganaba? Se sentía asustada y frágil. Nunca se había parado a pensar en la muerte. Y ahora de pronto descubría que podía llegar así, en unas horas, y derribar inesperadamente a alguien que tan sólo un par de días antes jugaba y gritaba como si la vida entera, toda la fuerza del universo, estuviera albergada para siempre en su cuerpo. ¿A qué había que aferrarse entonces, cuál era la certidumbre sobre la que se podía sostener de ahora en adelante?
A la mañana siguiente, todos los niños de la aldea fueron llevados a ver el cadáver de Renée antes del funeral y el entierro. Estaba preciosa, con su vestido rosa lleno de puntillas, que aún no había estrenado, y un ramo de olorosas flores de jazmín entre las manos. A São la tranquilizó verla así, como dormida, plácida e incluso, parecía, alegre a pesar de su quietud. Quizás el cielo era tan bueno como todos decían y ahora se lo estaba pasando muy bien allá arriba, tan bien como se lo pasaba en la aldea.
La madre de Renée permanecía sentada junto a la cabecera del féretro, rodeada de varias mujeres y llorando desconsoladamente. São se dio cuenta de que repetía una y otra vez la misma frase. Al principio no logró entenderla a causa de los llantos. Se quedó de pie delante de ella durante un buen rato, observando su desconsuelo y pensando si su propia madre lloraría de esa manera si ella se muriese. Y de pronto comprendió lo que decía:
– Si hubiéramos tenido dinero para llamar a un médico y pagar las medicinas, mi pobre niña no se hubiera muerto…
Eso era. Eso era lo que había sucedido. Renée no se había muerto porque Dios la hubiera llamado a su lado, como todo el mundo repetía desde el día anterior. Se había muerto porque no habían podido pagar a un doctor. São sintió que algo se le rompía por dentro, y toda la pena que hasta entonces había tenido anudada en el estómago estalló en aquel mismo instante. Comenzó a llorar y salió corriendo de la casa. No paró de correr hasta que llegó a la ermita del Monte Pelado. Se tiró al suelo boca abajo jadeando, mojando la tierra con sus lágrimas. Al cabo de un rato, los sollozos fueron calmándose. Al fin se sentó, se limpió la cara embarrada con la falda del vestido y, apretando las rodillas contra el pecho, como si tratara de abrazarse a sí misma, contempló el paisaje, las pobres casas de Queimada, las huertas raquíticas, las montañas resecas que iban cayendo hacia el mar, como una rojiza cascada de piedra que se desplomase abruptamente, y allá abajo, la mancha confusa y lejana de Carvoeiros, con su bullicio y su alegría, tan ajena al día triste de la aldea.
Entonces se dio cuenta. La gente que vivía en las casas grandes de Carvoeiros tenía dinero suficiente para avisar a los médicos cuando se ponía enferma. Y la gente de Italia, con sus calles llenas de coches y su luz eléctrica y sus mil escuelas. Si tenías dinero, no te morías. Al menos, no a los seis años. Y ella quería conseguir que las niñas de seis años no se tuviesen que morir. Sería médica, y atendería a personas sin dinero que viviesen en aldeas rodeadas de rocas. Quería ser médica. Eso era lo que anhelaba hacer con su vida, el deseo a seguir, la certeza a la que debía agarrarse. Le pareció que, de repente, había comprendido esa cosa inexplicable que los mayores llamaban el mundo.
Un mes después, São empezó a ir a la escuela. Los niños de Queimada se ponían en marcha todas las mañanas muy temprano y caminaban los cinco kilómetros que los separaban de Faja de Baixo, recorriendo aquel sendero serpenteante al borde del precipicio, con los cuadernos y la tartera con la comida a cuestas. Al principio solían ir medio dormidos, callados, dando trompicones, tropezándose algunos incluso en las piedras sembradas a lo largo del camino. Pero al cabo de un rato, todos empezaban a despejarse, y comenzaban las bromas y los cantos y, al final, también las carreras para ver quién llegaba primero a la puerta del edificio verde que se levantaba en medio de la plaza del pueblo, a la sombra de las plataneras, abrazado por grandes buganvillas con flores de color fucsia que doña Natercia cuidaba amorosamente.
Doña Natercia era la maestra de São. Era una mujer cercana a los cuarenta años, hermosa y dulcemente enérgica. Adoraba a los niños, aunque ella misma no tuviera hijos. Tenía la piel muy clara. Sus padres eran mulatos, descendientes de antiguos colonos europeos que en el pasado habían tomado como amantes a mujeres negras. Las cosas no les habían ido mal: poseían una pensión en Praia, en la capital del país, y con el dinero que ganaban habían podido mandar a su única hija a un colegio de monjas portuguesas, donde solían educarse las niñas más acomodadas de las clases populares. Había también algunas crías de familias desgraciadas, que estudiaban tuteladas por la orden. Toda su vida en el colegio estaba marcada por la diferencia: entraban por una puerta distinta, más pequeña y menos adornada que la principal; llevaban un uniforme mucho más modesto; se sentaban al final de la clase, en los bancos del fondo, y no regresaban a comer a sus casas, sino que lo hacían en el comedor del convento, después de las hermanas, alimentándose con las sobras que ellas dejaban. La pobreza las rodeaba atenazándolas, como una cadena que las sujetara contra la esquina del mundo donde se acumulan la miseria y la marginación, de las que difícilmente lograrían salir sin sentir al menos el estigma marcado para siempre en sus frentes. Sus progenitores -alcohólicos, pordioseros, prostitutas- eran parásitos, cucarachas que no deberían existir, y ellas llevaban en la sangre su rastro inmundo, su olor a podredumbre, y estaban condenadas a luchar denodadamente contra un ángel maligno que las acompañaba desde el nacimiento, que las derribaría una y otra vez y las aplastaría bajo su peso insoportable.
Casi ninguna de las niñas del colegio les dirigía la palabra. Salvo Natercia, que las había observado atentamente desde el primer día y había sentido de inmediato una intensa compasión. Tenía una imaginación muy viva y casi estuvo a punto de llorar cuando las demás se pusieron a cuchichear en el patio mirándolas de reojo y contando las noticias sobre ellas que les habían transmitido las mayores. Le dio por pensar cómo habría sido su vida si, por una misteriosa decisión divina, ella hubiese nacido en una de esas familias y tuviera un padre desconocido y una madre que hacía cosas horribles e innombrables con los hombres.
A la mañana siguiente, robó en casa una manzana y, a la hora del recreo, se acercó a una de las niñas que permanecía aislada de las otras, apoyada contra las plataneras, como si buscase refugio en ellas para que nadie la atacara. Aquel día había aparecido despeinada y sucia, con la cara llena de churretones, y la madre María del Socorro se la había llevado al convento para lavarla, después de darle un fuerte cachete que no pareció causarle ninguna impresión.
Natercia le sonrió:
– ¿Cómo te llamas?
La cría la miró enfurruñada, pero tal vez la sonrisa de Natercia la animó a contestar:
– Ilda.
– Yo soy Natercia. Mira lo que te he traído.
Y le dio la manzana. Ilda la miró con los ojos asustados, como si aquel regalo fuese una trampa tras la cual se escondiera un pozo muy negro.
– Es para ti, la cogí de mi casa. Tómala…
La niña se decidió al fin y cogió la fruta. Pero atemorizada ante la idea de que alguien pudiera verla y pensar que la había robado, se giró para comerla de espaldas al patio. Estaba acostumbrada a las palizas de su padrastro y a la indiferencia de su madre, y trataba de ocultar cualquier cosa que pudiera hacer parecer que estaba portándose mal, como un cachorro que se esconde debajo de la mesa muerto de miedo cuando sabe que le va a caer una regañina. En realidad, Ilda era igual que un cachorro desamparado y tembloroso. Natercia se acercó a ella y le dio un beso rápido en la mejilla. Luego echó a correr y se incorporó a su grupo de amigas, que habían estado observándola y la interrogaron ásperamente. Pero ella supo salir del apuro haciendo uso de la autoridad materna:
– La manzana me la dio mi madre para que se la diera a alguna de las niñas pobres. Dice que tenemos que portarnos bien con ellas y cuidarlas, que ellas no tienen la culpa de lo que les pasa.
Desde entonces, Natercia se convirtió en la protectora de las crías desdichadas, y especialmente de Ilda. Les llevaba comida de casa muy a menudo, y también la ropa que ya había dejado de ponerse. Las ayudaba a hacer los deberes durante el recreo. Se preocupaba por cómo estaban ellas y sus familias. Sin embargo, nunca logró que se rompiera del todo el muro de aislamiento que las rodeaba. Algunas se negaban incluso a aceptar su ayuda y se burlaban de ella, llamándola blancucha y tonta. Era su manera de mostrar su rechazo a un mundo que les cerraba la puerta, de probar que podían salir adelante solas en el sombrío rincón de la tierra que les había tocado ocupar. Sólo consiguió tener una verdadera amistad con Ilda y, aun así, ella jamás le contó lo que vivía a diario, las palizas del padrastro siempre borracho, la vergüenza de encontrarse a su madre mendigando a la puerta de la catedral, la bazofia de su choza en los suburbios, entre ratas y porquería, las largas noches durmiendo en el suelo, sobre la tierra, acurrucada junto a sus cuatro hermanos, la humillante búsqueda de restos de comida en las cajas de basura de las casas ricas, el dolor en las tripas del hambre, la penuria de saber que lo único que podía hacer en la vida era sobrevivir, sin ninguna esperanza más allá del deber elemental -ligado por un nudo inextricable a la vida misma- de permitir que su corazón siguiera latiendo.
Las niñas pobres fueron dejando poco a poco el colegio. A unas cuantas las obligaron a quedarse en casa para cuidar de los hermanos pequeños mientras las madres salían a trabajar. Otras encontraron empleo como criadas o ayudantes en alguna tienda. Ilda se fue a los diez años. Iba a empezar a fregar platos en una taberna. Quería ahorrar dinero para marcharse de la isla y alejarse para siempre de su madre y su padrastro. Natercia le pidió que se mantuviera en contacto con ella. La invitó a ir a visitarla a su casa siempre que quisiera. Sin embargo, no volvió a verla hasta dos años después, cuando, al salir un día del colegio, se la encontró esperándola en la plaza.
Apenas había crecido. Seguía pareciendo un cachorrito hambriento, con sus grandes ojos asustados y su esqueleto diminuto. Se abrazaron con alegría. Ilda le contó que había ido a despedirse de ella:
– Mañana cogeré el barco para Maio, le dijo. He conseguido ahorrar lo suficiente. Mi madre creía que le daba todo el dinero que estaba ganando, pero yo fui guardando un poco cada semana. Lo fui metiendo en una botella vacía que tenía enterrada en el monte. Todos los domingos, cuando me pagaban, iba hasta allí y dejaba quinientos escudos. Ya tengo bastante para el viaje y para vivir unos días mientras encuentro trabajo.
Natercia sintió una pena tremenda. Ella seguiría volviendo cada tarde a su preciosa casa pintada de amarillo, con sus pequeñas habitaciones alegres mirando al mar y el oloroso jazmín trepando por la fachada. Su madre la besaría y le preguntaría qué tal había ido el día en la escuela. Ella le contaría todas las pequeñas cosas, la discusión con Fátima, su diez en lengua, el enfado de la madre María de las Angustias. Luego subiría a su cuarto, se quitaría el uniforme, se pondría un vestido cómodo y haría los deberes durante un rato. Cuando llegase el padre, se instalarían en la mesa del rincón del comedor, saludarían a los clientes que fuesen llegando, y cenarían todo lo que quisieran, un rico pescado con patatas, un plato de xerém de maíz, un buen vaso de leche. Y entonces se iría a dormir a su cama cómoda, arropada por la colcha de colores que la abuela le había hecho al nacer, oyendo el sonido acunador de las olas que rompían en la playa. Ella seguiría viviendo cada día en su pedacito de mundo protegido y lleno de cosas hermosas, lanzándose hacia el futuro como un pájaro que vuela veloz en busca del agua. Entretanto, Ilda vagaría sola por las calles, pasaría hambre, entraría en todas las tiendas y las tabernas en busca de un empleo agotador y mal pagado, y dormiría en el pórtico de alguna iglesia, desprovista de todo lo que le daba calidez a la vida, la ternura y las risas, un lugar agradable en el que recogerse, el proyecto de llegar a ser una buena persona feliz. Quería arrancarla de toda aquella penuria y soledad, mantenerla junto a ella para poder infundirle un poco del soplo ligero que la acompañaba en su existencia:
– Quédate aquí. Mi madre te dará trabajo en la pensión. Siempre necesita gente. Quédate. Nos veremos todos los días. Mi madre es muy buena, ya lo verás.
A Ilda le pareció que era un magnífico proyecto, tener una amiga y un empleo decente. Estaba ya a punto de aceptar cuando de pronto algo muy turbio borró de su mente la idea y todo lo que significaba. Agachó la cabeza y, por una vez, los ojos se le llenaron de lágrimas:
– No puedo quedarme. Mi madre y mi padrastro me encontrarían. Me obligarían a darles el dinero, y él seguiría tocándome siempre que pudiera. Ahora, cuando voy a casa y mi madre no lo ve, me toca, y quiere que lo bese. Ya sé lo que va a pasar. Tengo que irme.
Natercia comprendió que estaba sola con su compasión. Era un sentimiento tan invasor como inútil, una nube negra que entristece el mundo pero que no es capaz de derramar sobre él el agua benéfica. La realidad era mucho más poderosa que su ansia de hacer algo por su amiga. La abrazó con tristeza:
– Está bien, vete, pero no te olvides de que estoy aquí si necesitas algo. Escríbeme, por favor, escríbeme pronto para contarme cómo te va todo.
Anotó rápidamente su dirección en una hoja de su cuaderno, la arrancó y se la dio a Ilda. Ella la cogió e hizo un enorme esfuerzo para sonreír, como si estuviese luchando contra un peso insoportable que tuviera que quitarse de encima. Luego echó a correr y se perdió al doblar la esquina de la catedral. Natercia observó cómo desaparecía su frágil espalda, que parecía luchar esforzadamente por hacerse un hueco en medio de la hostilidad del aire, y tuvo la impresión de que nunca más volvería a saber de ella. Ilda, en efecto, se desvaneció de su vida para siempre en aquel mismo instante.
Pero, de alguna manera, dejó una marca profunda: al terminar el liceo, Natercia decidió estudiar magisterio. Quería ser capaz de hacer por otras niñas parecidas a su amiga lo que no había podido hacer por ella. Ayudarlas a salir de la miseria, enseñarles que, a través del aprendizaje y el esfuerzo, sus vidas podían ser mejores, que podían llegar a convertirse en mujeres que se respetasen a sí mismas, alejadas de las atrocidades que acarrea la pobreza extrema. Darles esperanza y recursos, y hacer que tuvieran deseos y luchasen por ellos.
Nada consiguió ya alejarla de su vocación. Mientras estudiaba, tuvo un novio que quería casarse. Aníbal era el dueño de una de las mejores pensiones de Praia, y se encaprichó con ella durante las visitas a su padre, buen amigo suyo. Enseguida obtuvo el permiso para proponerle el noviazgo. Ella lo aceptó con tranquilidad, sin pasión ni deseo: el amor no formaba parte de sus fantasías. Era demasiado formal para ello, demasiado contenida y realista. Suponía que algún día tendría que casarse, pero tan sólo aspiraba a que el marido fuera un hombre bueno y trabajador, alguien que la rodease de respetabilidad y decencia. No soñaba con efusiones ni arrebatos. Aníbal le pareció un buen candidato: era diez años mayor que ella y, al menos desde que estaba en la isla con su negocio en marcha, no se le conocían escándalos con mujeres ni veleidades alcohólicas. Fue un noviazgo aburrido y previsible, pero sólido. La madre de Natercia enseguida empezó a preparar el ajuar de toallas y sábanas, y él le hablaba de cómo arreglarían su dormitorio, con una gran cama y un tocador ante el que ella pudiera sentarse a peinarse, como hacían las damas de las películas.
Pero todo se truncó por causa del trabajo de Natercia. Era un atardecer, y estaban sentados sobre los cantos de la playa. Faltaban seis meses para que ella terminase sus estudios, y Aníbal le dijo que quería organizar la boda inmediatamente después. Ella lo miró muy seria, un poco amedrentada por lo que tenía que decirle:
– No va a ser posible. El primer año de maestra me mandarán fuera de Praia, a alguna aldea en cualquier isla. Habrá que esperar hasta que vuelva. Con suerte, el curso siguiente ya estaré aquí.
Él se puso en pie, enfadado, y casi gritó:
– ¿Piensas trabajar…?
– ¿Cómo que si pienso trabajar…? Por supuesto que sí. ¿Para qué estoy estudiando entonces?
El enfado del hombre fue creciendo:
– ¡Yo no voy a permitir que mi mujer trabaje fuera de casa! ¡Y mucho menos que te vayas a no sé dónde sola! ¡Hay trabajo de sobra en la pensión!
Natercia comprendió que los separaba un inmenso malentendido, algo de lo que nunca habían hablado y que los dos habían dado por supuesto. Aníbal esperaba que ella terminase sus estudios y se los colgara encima como un adorno del cual presumir -mi mujer es maestra, ¿sabe usted?, aunque, por supuesto, no ejerce-, mientras que ella ansiaba pelearse con los niños, aunque fuera en el fin del mundo, y extraer lo mejor de cada uno de ellos. Era su más intenso deseo, y nadie iba a alejarla de él. Ni siquiera un buen marido.
Se levantó. Aníbal la miraba enfurruñado, con los brazos en jarras y los ojos muy abiertos, expectante. Ella se acercó a él:
– Creo que no nos hemos entendido. Deberíamos haber hablado de esto antes. Yo quiero dar clases, y no voy a dejar de hacerlo por nada del mundo. Es mejor que nos separemos ahora. -Le extendió la mano, que él sacudió torpemente, anonadado-. Te agradezco tu bondad todo este tiempo, y te deseo lo mejor.
Y se alejó, caminando firme y lentamente sobre los cantos, sabiendo que, en el fondo de sí misma, aunque tuviera que fingir cierta tristeza ante los demás, se sentía liberada y feliz. Ninguna otra obligación ni placer la alejaría ya de su único afán.
São y Natercia se gustaron desde el primer día. A la niña le atrajo la dulzura de su maestra, su manera suave y envolvente de decir las cosas, pero también la energía que se desprendía de ella, como si nadase imperturbable contra las olas, y todos los maravillosos conocimientos que contenían sus palabras. A Natercia le llamó la atención el ansia por escuchar y aprender de São, su carácter tranquilo bajo el que parecía esconderse una gran exaltación, y aquella preciosa sonrisa con la que contemplaba el mundo.
Durante los seis años que permaneció en la escuela, fue una magnífica alumna. Se agarraba al aprendizaje como si fuese la red que había de salvarla de las penurias, y a la maestra no dejaba de sorprenderle aquel precoz entendimiento de la vida en una cría nacida en una aldea remota, que parecía sin embargo haber crecido rodeada de estímulos. Un día, al poco de empezar las clases, a Natercia se le ocurrió preguntar a los niños qué querían ser de mayores. La mayoría ni siquiera se habían parado a pensar que pudiesen tener elección. Casi todos daban por supuesto que harían lo mismo que sus padres: serían campesinos, o vendedores, o trabajarían en una fábrica en Europa o limpiarían casas. Alguno que había llegado a ver el puerto de Carvoeiros soñaba con ser pescador, y una niña dijo que quería tener una taberna para cocinar cosas muy ricas. São en cambio poseía su propio sueño, un afán gigantesco como una inmensa montaña sobre la cual refulgiera la luz del sol:
– Yo quiero ser médica para curar a los niños pobres, afirmó con su pequeña vocecita serena.
A Natercia estuvieron a punto de saltársele las lágrimas. Pero no por la compasiva ambición de su alumna, que tanto se parecía a la suya, sino porque comprendió lo difícil que sería que aquel proyecto pudiese ser llevado a cabo. A la hora del recreo, llamó a la niña para que la ayudase en el cuidado de las plantas que crecían en el minúsculo jardín de la escuela.
– Me parece muy buena idea que quieras ser médica -dijo, y São asintió, feliz al comprobar que la maestra estaba de acuerdo con su idea-. Pero sabes que tendrás que estudiar mucho. Los estudios cuestan un montón de dinero, tanto que sólo pueden pagarlo los ricos. La única manera de que no tengas que pagar nada es que saques muy buenas notas, y entonces unos señores que viven en Praia decidirán que te mereces estudiar gratis, y te enviarán a Portugal para que allí te hagas médica.
– ¿Portugal es lo mismo que Italia?
– No, son dos países diferentes, aunque los dos están en Europa.
– Pero yo quiero ir a Italia, como mi madre y como Noli.
– Bueno, tal vez lo consigas. En cualquier caso, Portugal es muy bonito. Te gustará. De momento piensa que tendrás que sacar las mejores notas. Las mejores.
– Sí, doña Natercia, las sacaré, se lo prometo.
Y así fue. São se convirtió enseguida en la primera alumna de su clase, y puede que incluso de toda la escuela. Aprendió rápidamente a leer y a escribir, y las nociones elementales de aritmética, y todos los mapas. Le entusiasmaban los mapas. Se pasaba horas observándolos, contemplando la ubicación de Cabo Verde y de Portugal y de Italia, midiendo la distancia que la separaba de esos dos países hacia los que se proyectaba su futuro, un dedo entero para llegar a Portugal, y casi otro más hasta alcanzar Turín, donde vivía su madre. Los viernes por la tarde, cuando llegaba de vuelta a la aldea, subía hasta la ermita del Monte Pelado, desde donde se divisaba el mar. La maestra le había explicado en qué dirección quedaban aquellos lugares. Se sentaba sobre una roca, miraba hacia el nordeste y pensaba en su vida allí, cuando estudiaría cómo se cura la tos que no te deja dormir por las noches, qué hay que hacer para quitar la fiebre de un cuerpecillo tembloroso, o la manera de acabar con las temibles diarreas. Su mente viajaba hacia un espacio hecho de libros y cuadernos de muchos colores, un aula gigantesca donde una maestra como doña Natercia le enseñaría cada una de las dolencias del cuerpo y sus remedios, y una pequeña habitación siempre llena de luz donde ella haría sus deberes durante horas y horas sin fatigarse nunca. Toda su existencia iba dirigida en aquel único sentido, igual que si estuviera siguiendo una gran senda alfombrada que la condujera hacia un paraíso, hacia un territorio lleno de tesoros al alcance de la mano. Entonces cantaba una vieja morna, ¿Quién te enseñó ese camino que lleva tan lejos, ese camino hasta São Tomé? Nostalgia, nostalgia de mi tierra, São Nicolau. Y se echaba a reír. Sabía que ella no sentiría nostalgia cuando se fuera lejos, porque regresaría llevando con ella todo el bien posible.
Pero aquel sueño enorme se desvaneció como una blanca nubecilla esponjosa un día de julio, cuando São acababa de terminar el último curso de primaria, recién cumplidos los doce años, y comenzaba las vacaciones. El curso siguiente se matricularía ya en el liceo, para iniciar sus estudios de secundaria. Tendría que irse a vivir a Vila, y buscar allí una habitación en alquiler. Esa misma tarde se había despedido con mucha pena de doña Natercia, que la besó repetidamente y le dijo una y otra vez que debía seguir adelante, que ella la apoyaría siempre. Y que esperaba que, cuando fuera viejecita, São fuera su médica, la mejor médica de Cabo Verde.
Llegó a casa llena de orgullo, con la banda azul y el certificado que acreditaban sus estudios de primaria. Jo-vita estaba preparando la cena en el patio. Parecía nerviosa. Aunque apenas se movía ya de la puerta, ese día había ido a la huerta a buscar las mejores hortalizas, había matado una gallina, había molido el maíz de la manera más fina posible, y ahora estaba intentando preparar una rica cachupa. Pero el fuego se le apagaba por más que ella soplase y le diera aire con un viejo abanico, la harina se hacía grumos, las hortalizas estaban a punto de deshacerse y desaparecer, englutidas por el caldo, y la carne, en cambio, no acababa de cocerse. Aquello no iba bien. Era como si nunca hubiese cocinado, como si jamás hubiera preparado ese plato que siempre había marcado los días de fiesta, las fechas de Navidad, la llegada de aquellos de sus hijos que alguna vez habían regresado de Europa a pasar las vacaciones.
Claro que el momento era especialmente difícil. Jovita no era una mujer muy sentimental, pero su afecto hacia São era inquebrantable. Aunque la tratase con rigor, quería a aquella niña tal vez más de lo que había querido nunca a sus propios hijos, quizá porque sabía que ella era su última compañía en la vida. Cuando São se apartase de su lado, cuando se fuera a vivir a otro lugar, ella se quedaría sola para siempre. Era la definitiva oportunidad para gozar de una pizca de ternura, el último lazo con los fatigosos cuidados cotidianos -mantener arreglada la casa y la ropa, procurarse comida, cocinar- sin los cuales, le parecía, su existencia sería mucho más aburrida e inmóvil. Porque cuando São desapareciese, sólo le quedarían los espíritus. Y a los espíritus no les importa que la tierra del suelo esté bien barrida, la cocina libre de cenizas y las sábanas limpias.
Jovita estaba enormemente disgustada. A ella le hubiera gustado que la niña no se moviera nunca de Queimada pero, al mismo tiempo, entendía sus proyectos. El mundo era muy diferente, por lo que oía decir. La gente viajaba con mucha mayor facilidad, y cambiaba rápidamente de pueblo, de isla, de país y hasta de continente. Antes había que caminar largas jornadas a pie y coger barcos de trayectos interminables para llegar a cualquier sitio. Ahora había coches y autobuses en muchas partes, y veloces aviones que llevaban a las personas al fin del mundo en unas cuantas horas.
Y luego estaba el asunto de las mujeres. Había oído contar que en los países de Europa muchas mujeres estudiaban igual que los hombres, y llegaban a tener profesiones que todavía en Cabo Verde eran inimaginables. En Italia y Portugal había muchas médicas, por lo que ella sabía, y el hecho de que São quisiera serlo le parecía extraño, asombroso, pero no malo. No acababa de comprender muy bien cómo sería la vida de una doctora. Se preguntaba si encontraría hombres que quisieran estar con una mujer tan lista, y cómo se las apañaría con los hijos cuando los tuviese. Pero aceptaba que el hecho de que ella no lograra imaginarlo no significaba que no fuera posible. A decir verdad, la probabilidad de que São llegase a ser una mujer importante, alguien que salvase vidas y a quien todo el mundo tuviera que tratar de usted, la llenaba de admiración. Muchas noches, mientras la cría aprendía pacientemente a leer y escribir, inclinada sobre su cuaderno a la luz de la vela, ella había sentido envidia, y a veces se había preguntado si su propio destino habría sido diferente de haber podido ir a la escuela. Le parecía que aquellos trazos marcados sobre el papel formaban parte de un rito mágico, una ceremonia que sin duda hacía cambiar las cosas del mundo, creando energías diferentes y abriendo puertas hacia espacios que, sin la posesión de toda esa sabiduría, permanecían cerrados para siempre.
Y ahora tenía que decirle que su camino hacia aquella vida sin duda mejor se había terminado, que había sido bloqueado por un cataclismo, un inesperado derrumbe que se interponía como una muralla entre São y el porvenir. Dos meses atrás, había recibido una carta de Carlina. Normalmente, cuando llegaban las cartas -cinco o seis al año-, Jovita esperaba a que la niña volviese de la escuela y leyera las noticias en voz alta. Pero en aquella ocasión, un raro presentimiento la llevó a hacer las cosas de otra manera. Acudió en busca de uno de los vecinos que sabían leer. Y entonces se enteró de la desgracia: Carlina había perdido su empleo. Durante seis años, había estado trabajando como interna en una casa, cuidando de tres niños y haciendo todas las faenas domésticas. Pero la situación había cambiado: se había quedado embarazada por error, y al cuarto mes, cuando ya no pudo disimular por más tiempo su estado, la señora la había echado a la calle. Por supuesto, no le dijo que era a causa de su embarazo. Le explicó que sus hijos ya eran mayores y que había dejado de necesitarla, pero ella sabía que ésa no era la verdad. Lo peor era que ahora, con su barriga y sus varices hinchadas, no encontraba trabajo. Eso significaba que no podía seguir enviando dinero. Lo que ganaba su marido en la fábrica apenas les daba para pagar el alquiler y mantenerse. Se veían obligados a reducir gastos, lo cual era muy complicado justo cuando estaban a punto de tener un bebé. Le pedía por favor que mantuviera a São unos meses hasta que ella diera a luz y consiguiese un nuevo empleo.
Después de que le leyeran la carta, Jovita se sentó a la puerta de su casa y reflexionó profundamente. Estaba segura de que lo que le contaba Carlina era verdad: había conocido otras historias semejantes. Quizá fuera que en Europa las mujeres se volvían débiles cuando estaban embarazadas y no sirvieran ya para trabajar. En cualquier caso, también estaba segura de que nunca más le llegaría ningún dinero desde Turín. Si Carlina conseguía arreglárselas para encontrar un trabajo con su hijo a cuestas, necesitaría todo lo que ganase para cuidar de él. Y además, al cabo de unos meses se habría acostumbrado a la idea de que ella seguía haciéndose cargo de São sin recibir nada a cambio, y daría por supuesto que las cosas podían seguir igual. Pero incluso si al final cumplía su palabra, durante una larga temporada ella y la niña no dispondrían de más fondos que los que pudiesen mandarle sus hijos. Y cada vez eran menos. El liceo costaba mucho. Había que pagar la estancia, la matrícula, y un montón de cuadernos y libros. Si se gastaba esas cantidades en la educación de la cría, no le quedaría casi nada para su vejez. Debía tomar una decisión. Y era una decisión importante, en la que se enfrentaban su conciencia y su bienestar, su futuro y el futuro de São. Antes de decirle nada a ella, tenía que consultarlo con Sócrates.
Hacía ya varios años que Sócrates se había dignado venir por fin a visitarla. Había aparecido un domingo de repente, al amanecer, echado junto a ella en el camastro. Jovita, todavía medio dormida, sintió el calor de su cuerpo y percibió claramente su aliento en la nuca. Al darse la vuelta, lo vio allí, sonriente, con sus gruesos labios entreabiertos y una profunda mirada de felicidad. Aquel reencuentro había sido uno de los momentos más dichosos de su vida. Además, al contrario que su madre, Sócrates sí que le hablaba, y mucho, durante el ratito que se quedaba con ella, en medio de la luz acuosa y dorada de la mañana, hasta que desaparecía justo en el momento en que los rayos del sol comenzaban a golpear firmemente los cristales de la ventana y todas las cosas recuperaban su sombra y los pájaros rompían a cantar con entusiasmo, después de los primeros balbuceos tímidos del alba. Entonces se desvanecía en unos segundos, dejando el rastro de su olor entre las sábanas.
Jovita se había acostumbrado a sus conversaciones con él. Venía cada domingo, y se hablaban el uno al otro al oído, en voz muy baja para no despertar a São, que todavía dormía. Sócrates no la avisaba de las cosas malas, como solían hacer otros espíritus. Pero esos silencios se debían en realidad a su amor por ella: no quería asustarla. A cambio, la consolaba en los momentos difíciles, la tranquilizaba si estaba nerviosa, la animaba los días bajos y la aconsejaba siempre con prudencia. Y también se reía mucho con ella y le decía un montón de cosas picantes que la hacían sentirse aún deseable. La pena era que, evidentemente, no podían tocarse.
Esperó ansiosa hasta el domingo. Esa noche ni siquiera logró dormir, y cuando él llegó estaba sentada en la cama, con los ojos enrojecidos y un intenso dolor de cabeza latiéndole en las sienes. Apenas le dio tiempo para que se apareciese del todo:
– ¿Ya sabes lo que ha pasado con Carlina?, le preguntó de inmediato, cuando todavía casi ni se distinguía su forma.
– Claro que sí.
– ¿Qué debo hacer? Si me gasto el dinero en São, no podré ahorrar para mí. Pero si no me lo gasto, estropearé sus planes. Es un terrible dilema.
Sócrates respiró hondo y le habló muy despacio, con mucha claridad, como si tuviese miedo de que no le entendiera bien:
– Tienes que pensar en ti. Ella crecerá y, mejor o peor, tendrá su propia vida. Se irá de aquí y te dejará sola. Tú necesitarás dinero para cuidar de ti misma. A lo mejor algún día tienes que ir al hospital. O a ese asilo para ancianos que hay en Vila. Y tendrás que pagar.
– ¿Quieres decir que me pondré enferma?
– No, no quiero decir eso. No sé qué va a pasarte dentro de tanto tiempo. Sólo me imagino cómo pueden ser las cosas. Sé egoísta. Piensa en ti. Pero deja que la niña termine este curso. Ya tendrás tiempo para darle las malas noticias después. Hoy estás muy guapa…
Jovita se atusó el pelo:
– ¡Si no he dormido nada…!
– ¿Te acuerdas de los primeros tiempos, cuando pasábamos las noches sin dormir? Aquel insomnio también te sentaba muy bien… Te levantabas tan preciosa como una guayaba recién madura. Así estás hoy.
– ¡Eres un zalamero…!
Jovita terminó de preparar su maltrecha cachupa. São ya había puesto la mesa. No se había quitado la banda azul, que cruzaba radiante su vestido amarillo. Se sentaron, y la niña comenzó a servir el guiso, dándole las gracias por haber hecho aquel plato tan especial para celebrar el final de su escuela primaria.
La vieja la miró. La cría sonreía llena de alegría y entusiasmo, con su linda carita redonda y sus ojos enormes. Jovita decidió no esperar más:
– No podrás matricularte en el liceo. No tengo dinero. Tu madre ya no trabaja y no puede mandarme nada.
La cuchara de São cayó en el plato. El caldo de la cachupa saltó, ensuciando la banda con decenas de manchas de grasa que en unas décimas de segundo se habían vuelto imborrables sobre el brillante tejido de nailon. La niña las miró atónita, concentrando toda su atención en aquellas diminutas gotas parduscas que acababan de desgraciar para siempre el mejor día de su vida y habían terminado de golpe con su orgullo y su ansia, igual que la riada destroza en un momento el trabajo de muchos años, anega casas y deshace recuerdos y arrancajardines, y se lleva por delante todo el esfuerzo que la gente ha puesto en construirse un hogar, la ilusión de gozar de un refugio contra la ferocidad del mundo. Rompió a llorar desesperadamente:
– ¡Mi banda…! ¡Se me ha estropeado la banda…!