Carlina parió a São sola. Era su segundo parto y fue tan rápido, tan repentino, que no le dio tiempo a avisar a nadie. Tan sólo sintió aquella humedad entre las piernas, un fuerte chorro de líquido que se deslizaba caliente por la piel hasta el suelo, y el peso de algo duro y resistente que luchaba por salir de su vientre. Sabía bien lo que ocurría. Apenas pudo coger la manta del camastro y colocarla a sus pies. Se acuclilló, empujó fuerte lanzando un pequeño grito, volvió a empujar, dos, tres veces, y allí estaba la criatura. La miró, incrédula y jadeante. Era una niña, y en apariencia estaba bien. Se revolvía como un gusano, apretando fuerte los puños, agitándolos desesperadamente contra el aire, y trataba de abrir los ojos, con el esfuerzo de alguien que regresa después de un sueño muy largo. Cuando lo logró, rompió a llorar. Un llanto agudo y seco, apagado por el ruido brutal de la tromba de agua que descargaba en aquel momento sobre la casa y la aldea.
Carlina mordió con rabia el cordón y consiguió desgarrarlo. Luego esperó un rato hasta que expulsó la placenta y entonces envolvió el cuerpecillo en la parte limpia de la manta y salió al camino. De la tierra roja de las colinas recalentada por el sol, que había brillado toda la mañana, surgía vaho. En las huertas, los árboles se agitaban en medio del vendaval, como espíritus que se burlaran de ella y de su apuro. Los pies descalzos se le hundían en el barro. Eso es lo que más recordaría de aquella mañana, la visión de sus pies, que se levantaban fatigosamente, viscosos y como ensangrentados, para volver a desaparecer en medio del fango. Tardó algunos largos minutos en llegar a casa de Jovita, que había cerrado la puerta a cal y canto. La empujó con todas sus fuerzas.
Jovita se puso en pie de un salto, asustada por el ruido y la irrupción de aquella figura empapada que llevaba una manta entre los brazos. Se había pasado la mañana esperando a que escampase, sentada en su mecedora, la que su hijo Virgilio le había comprado en Vila da Ribeira Brava la última vez que había ido a verla, cuatro años atrás. Cuando llegaban los vientos alisios descargando la lluvia y no podía quedarse a la puerta de casa fumando su pipa y observando el lento crecimiento de las judías y los tomates, el vuelo de los pájaros de árbol en árbol, el paso de los vecinos que solían pararse con ella a charlar durante mucho rato o los juegos ruidosos de los niños, Jovita se sentaba dentro de la casa, en su mecedora, y se ponía melancólica. No le gustaba la lluvia. Se aburría, aunque sabía que tenía que darle gracias al Señor por aquella agua que permitiría que las judías y los tomates siguieran creciendo y que la fuente del Monte Pelado, de la que todos bebían, no se secase. Sabía que la lluvia era buena, pero se aburría, allí sola en la penumbra, sin poder hablar con nadie ni regañar a los niños, ni hacerles trenzas en la cabeza a las crías cuyas madres estaban trabajando, pegándoles tirones para que empezasen a saber pronto lo que era la vida: un cúmulo de amarguras y dolores, el dolor de las hambrunas cuando las viejas sequías, con las tripas retorciéndose en medio de la nada y aquella debilidad que se esparcía por todo el cuerpo y latía imparable dentro de la cabeza, el dolor de los once partos, el de los cuatro hijos muertos y los siete que se habían ido a Europa y no venían nunca, el de las palizas de sus hombres cuando se emborrachaban…
No había tenido mucha suerte con sus maridos. El único bueno había sido el tercero, el pobre Sócrates, que trabajaba de sol a sol con las frutas y los pescados y se ocupaba además de la huerta y de ir a buscar la leche de las cabras allá arriba, en el monte, debajo del drago, y que la trataba como una reina y le aguantaba las riñas y sus propias borracheras y hacía todo lo que ella le mandaba. Véteme a por agua. E iba. Ráscame la espalda. Y se la rascaba. Dame placer esta noche. Y se lo daba. Ah, sí, el placer, el sexo. Eso había sido lo mejor de la vida. Siempre le había gustado mucho el sexo, aquella cosa tan agradable de apretarse fuerte contra alguien y sentir su sudor, y perderse del mundo durante un rato, ofuscada en su satisfacción, sin hacer caso de los niños que lloraban o del maíz que hervía al fuego, y la tranquilidad después, la agradable laxitud del cuerpo, la alegría feroz de la mente con una pizca de ternura vibrando bajo toda esa luminosidad.
También en eso Sócrates había sido aún mejor que los demás, porque a él no le importaba hacer todo lo que ella quería, al contrario que los otros, que sólo se preocupaban por sí mismos y la dejaban sola en la búsqueda del goce. Pero Sócrates estaba muerto desde hacía muchos años. Se había quedado dormido para siempre una noche, el maldito de él, antes de cumplir los cincuenta. Una vez a la semana, todos los lunes, iba a verlo al cementerio. Le limpiaba la lápida. Solía llevarle ramas de los ceibos que tanto le gustaban, floridas como rojas llamas. Y siempre le echaba una larga regañina, parecida a las de los mejores tiempos de su relación, por haberse muerto tan pronto. Y por no molestarse en volver.
Jovita, que había heredado de su madre la obligación de cerrar los ojos y arreglar a todos los que se morían en la aldea y sabía mucho del más acá y el más allá, estaba convencida de que la gente se moría cuando quería. Incluso los niños. Nadie decía en voz alta que deseaba morir, claro. La mayor parte de las personas ni siquiera se daban cuenta. Pero los espíritus que todo el mundo tenía dentro de la cabeza, y que a veces se volvían malvados y envidiosos de la felicidad de los vivos, se lo susurraban al oído una y otra vez, hasta que las convencían: Hala, vámonos ya, que ya has vivido bastante. ¿Para qué vas a estar más tiempo aquí si sólo te quedan por soportar desgracias? Y si las personas no estaban lo suficientemente atentas al embate incesante de las voces o no eran lo bastante fuertes como para resistirlas, se dejaban persuadir sin ni siquiera darse cuenta. Y entonces se morían. Ella había oído a los espíritus llamándola muchas veces. Pero no estaba dispuesta a irse todavía al otro mundo. Y no porque se sintiera especialmente ligada a la vida, que le parecía bien poca cosa -y aún mucho menos desde que ya no tenía un cuerpo junto al cual gozar-, sino porque no estaba muy segura de si se había ganado el cielo o quizás el Señor la mandaría al purgatorio. Al infierno no, eso sí que lo tenía claro. No había hecho nada para merecer arder eternamente en una caldera, padeciendo dolores infinitos. Al fin y al cabo, había cuidado bien de sus hijos, había mantenido siempre su casa limpia y, en los buenos momentos, hasta había compartido la comida con alguno de los miserables que de vez en cuando cruzaban la aldea, huyendo de la sequía a alguna otra zona de la isla. Pero tampoco había sido excesivamente virtuosa: se había emborrachado demasiadas veces, a base de largos tragos de aguardiente de caña que le calentaban el cuerpo y la volvían salvaje, obligándola a bailar como una posesa, o a pegar a los niños, o a arrastrarse por el suelo, o a romper cosas sin ninguna razón. Y luego estaba el sexo, que tanto le había gustado. Además de sus tres hombres, cuando era joven había tenido muchos amantes de un momento, algunos incluso casados, cuerpos deseados por un instante con los que solía encontrarse a escondidas, entre los matorrales del camino que bajaba hacia la costa o detrás de la ermita del Monte Pelado. Y ya hacía falta ser viciosa para ir a acostarse con hombres justo detrás de la imagen de la Virgen…
No sabía si el Señor le perdonaría todo aquello. El cura solía decirle, cuando se confesaba con él y le presionaba para que le asegurase que iría al cielo, que en un caso como el suyo no era fácil de saber. Estaba en pecado mortal por tanta lujuria, y todo dependería del humor del que se encontrara Dios el día que le tocase presentarse ante él. Porque Dios también tenía días buenos y malos. ¿Acaso no contaban los libros que después de crear el mundo se había visto obligado a descansar de tanto agotamiento? Pues eso, que algunos días estaba cansado, o aburrido, o harto de la eternidad. Y, según su estado de ánimo, así se sentía de misericordioso. De manera que lo suyo estaba en manos de la suerte. Y la idea de que la suerte se inclinase a favor del purgatorio le daba mucho miedo. Se lo imaginaba como un lugar muy oscuro, donde llovía todo el tiempo, el agua te llegaba hasta los tobillos, soplaba el viento y hacía frío, y no le apetecía nada acabar en un sitio así. Claro que del purgatorio se podía salir, pero para eso hacía falta que rezasen mucho por ti. ¿Y quién iba a rezar por ella? No tenía dinero para dejar encargadas por lo menos un centenar de misas que le garantizasen la salvación, como había oído decir que solían hacer los ricos. Y en cuanto a sus hijos, tenía muchas dudas de que ahora que estaban en Europa y poseían tantas cosas, coches y pisos y ropa cara, y hasta muchos pares de zapatos para cambiárselos según el tiempo que hiciera o la manera como se hubieran vestido, siguieran acordándose de Dios y de ir a rezar a la iglesia. Si ni siquiera se acordaban de ella, y sólo le escribían por Navidad, aquellas cartas breves que solía leerle alguno de los vecinos que habían ido a la escuela, y cuatro de ellos no habían vuelto nunca más a Cabo Verde desde que se habían ido. No, en sus hijos no debía confiar.
Lo único que podía hacer era continuar viviendo tanto como pudiera, sin alcohol y sin sexo, y tener la suerte de que a Dios se le olvidase su vida anterior. Con tanta gente en el mundo, era poco probable que el bueno del Señor guardase memoria de todo. Si se pasaba los últimos años de su vida sobria y casta y se presentaba así ante él, fingiendo que siempre se había comportado de la misma manera, era posible que la creyese. Por si acaso, siempre avisaba a su madre de sus propósitos:
– Diles a tus amigos que me dejen en paz, que no les voy a hacer caso, y que no pienso morirme hasta que de verdad me apetezca a mí, y no a ellos. Como hiciste tú.
La madre volvía todas las noches de luna nueva. Entraba por la puerta con su vestido rojo, el que había llevado los domingos durante años y con el que había sido enterrada, el que tenía grandes volantes en la falda y flores bordadas en el escote generoso. Se paraba a los pies de la cama y la observaba atentamente durante un largo rato. Jovita, que la esperaba desde hacía mucho pero fingía dormir por darle ese gusto, abría entonces muy despacio los ojos y se ponía a hablar con ella:
– Hola, madre. ¿Qué tal por ahí? Por aquí, todo bien. Ha hecho mucho calor, pero a mí el calor ya sabe que no me molesta. Lo único malo es que me duele una muela. Voy a tener que ir a Vila al dentista, pero estoy esperando a que me llegue el dinero de Europa, porque ya casi no me queda nada. Bueno, para comer sí, todavía tengo, no se preocupe. El otro día Carlina me trajo un buen sargo. Lo preparé con patatas y pimientos y tomate, y unas hojas de laurel, como solía hacerlo usted. Estaba muy bueno. Hacía tiempo que no comía sargo, dicen que cada vez hay menos y que es muy difícil pescarlo. Pero había habido una tempestad muy fuerte, y debieron de juntarse en algún sitio ahí cerca de la costa por protegerse, porque Carlina me dijo que pescaron muchos. ¿Se acuerda de cómo le gustaba el sargo, madre…? Casi no nos dejaba ni probarlo, se lo comía usted todo… El niño de Paulina, el pequeño, estuvo muy malito el mes pasado, después de que viniera usted. Le dio una fiebre tremenda y, en mitad de la noche, Paulina se lo llevó en brazos hasta Faja, al médico. No sé cómo pudo. Tantos kilómetros por esos caminos de Dios, a oscuras, y con el precipicio ahí pegado… Era una noche muy negra, y la pobre casi se mata varias veces, porque no veía nada. Llegó con los pies deshechos, llenos de sangre, que se los estuvimos curando con emplastos varios días. Pero consiguió salvar al niño con las medicinas que le dio el doctor. Menos mal, porque si no, cuando vuelva el marido de Europa, la mata a golpes… Cinco niñas y ése es el único varón. El hombre está como loco con él, dice que se lo va a llevar a Italia a jugar al fútbol, y que serán muy ricos… ¿Ya se va, madre? Cuídese mucho. Hasta pronto. Y dígales a los otros que no se molesten en venir, que no les voy a hacer caso…
La madre no hablaba. Se limitaba a mirarla, muy seria, escuchando atentamente todo lo que Jovita le contaba. Pero ella no pronunciaba ni una sola palabra, como si la muerte le hubiese arrebatado, junto con el latido de la sangre, la voz. A su hija le daba mucha rabia. Los espíritus solían tener largas charlas con los vivos. Y, en aquellas conversaciones, daban consejos y avisaban del porvenir. Su propia madre había sabido en vida todo lo malo que le iba a ocurrir, y había conocido la muerte de sus familiares y hasta la de los vecinos antes de que sucedieran gracias a los diversos fantasmas que la visitaban a menudo y se lo contaban todo, a veces para que evitase las desgracias, otras simplemente para que las conociese de antemano y estuviera preparada. Pero, por alguna razón que Jovita no alcanzaba a comprender, en el otro mundo se había quedado muda. Quizá fuera porque en éste había hablado mucho, demasiado, cotilleando sin cesar, lanzando infundios sobre unos y otros y explicando con toda clase de detalles hasta los secretos más íntimos, de los que estaba informada por las visitas del más allá, y aquel silencio fuese una especie de castigo que Dios le había impuesto por su imprudencia.
A ella le hubiera gustado mucho que su madre le hablara y la previniera de las cosas. Se habría evitado mucho sufrimiento. Habría conocido de antemano las épocas de sequía, y habría guardado todos los alimentos que hubiese podido para evitar las hambres terribles. Habría estado informada de la muerte de Sócrates, y no se hubiera puesto a gritar como una loca, con el corazón saliéndosele del pecho y la vida arruinada repentinamente, al encontrarlo aquella mañana rígido y frío. Habría sabido que los otros dos hombres iban a pegarle a menudo sin piedad, y probablemente no se hubiera juntado con ellos. O, de haberlo hecho, los hubiese tratado de otra forma. Y habría estado informada de que iban a abandonarla con todos los niños, y entonces no habría dejado que la embarazasen tantas veces. El primero desapareció precisamente porque se hartó de aquel zafarrancho de criaturas y se largó con una muchacha muy joven. El segundo, porque fue ella la que se hartó de sus malos tratos y, una noche, lo esperó en la oscuridad con un cuchillo en la mano hasta que llegó borracho como una cuba, lanzando gritos que despertaron como siempre a los críos y los hicieron romper a llorar, y ella entonces, antes de que empezase a pegarle, se abalanzó contra él y, entre los muchos golpes que trató de asestarle, logró clavarle por dos veces el cuchillo en un brazo. Salió de la casa aullando y chorreando sangre, y nunca más se le volvió a ver.
Para entonces tenía ocho hijos -dos ya se le habían muerto porque no pudo pagar el médico para atenderlos cuando enfermaron-, y estaba acostumbrada a trabajar duro para sacarlos adelante. Todas las mañanas, al amanecer, llenaba una cesta enorme de frutas y verduras, de su propia huerta y de las de los vecinos: cargaba guayabas, mangos, papayas, lechugas, tomates o pimientos.
Se colocaba la cesta encima de la cabeza e, hiciera sol o lloviese, recorría a toda prisa los seis kilómetros que la separaban de la costa, sintiendo cómo el peso de la mercancía se le iba clavando en el cráneo y en la columna, menguándola, volviéndola cada vez más pequeña, hasta que llegaba a Carvoeiros encogida y empapada del sudor o de los chubascos. Allí vendía los productos en la plaza, arrimada al cobijo de la iglesia que la protegía tanto del viento como del sol desnudo de la media mañana. Ésa era la única parte del trabajo que le gustaba: las mujeres venían y le contaban muchas cosas, narrándole todos los chismes del pueblo. Se quedaban hablando durante horas de temas muy diferentes, de salud y hombres y niños y vestidos y recetas de cocina, riéndose mucho en los buenos momentos y también llorando por los amores acabados o los familiares muertos.
Luego, al mediodía, cuando su cesta ya estaba vacía y las barcas de los pescadores comenzaban a llegar al puerto y tocaban las sirenas, se acercaba al muelle y entonces compraba pescados, sardinas, pulpo, calamares y pedazos de atún, que cargaba de nuevo sobre la cabeza para subir entre jadeos y ayes el largo camino hasta la aldea, donde los vendería.
Fue en el puerto donde conoció a Sócrates. Él navegaba en una barca llamada Amada, pintada de rojo y verde. El nombre resultó ser profético. Desde que apareció por allí, procedente de la isla vecina, siempre se la quedaba mirando, aunque no decía nada. A ella la atraía aquel hombre bajo y fornido, con su cabeza pequeña, los labios gruesos y los ojos levemente achinados y brillantes, como ascuas que revoloteasen en su cara, y enseguida empezó a sonreírle. Un día se ofreció a acompañarla, y fue con ella hasta las alturas de Queimada. Le contó su vida. Había nacido en São Vicente, y era pescador desde los doce años. Sólo había tenido una mujer, pero había ocurrido una gran desgracia. No habían podido tener hijos. Lo intentaron durante años, pero no hubo nada que hacer. Ella se quedó vacía por dentro, mustia y apagada, mientras veía cómo a todas las amigas y las vecinas les nacía un crío cada poco. Se sentía como si no fuera una mujer de verdad, decía. Pensaba que si no paría y lograba dejar un buen montón de descendientes por el mundo, varones que emigrasen y mandasen dinero y tuvieran una vida mejor que la suya, hembras hermosas y alegres que cuidasen de ellos cuando fueran mayores y les dieran un puñado de nietos, su cuerpo no tenía ningún valor.
Hicieron todo lo que pudieron. Incluso fueron a la ermita de Santa Lucía, caminando descalzos durante seis días y durmiendo bajo las estrellas. Depositaron a sus pies un muñeco de cera en forma de bebé que habían comprado en Mindelo, rezaron varias veces todo lo que sabían y ella bebió el agua de la fuente que manaba detrás de la iglesita y que alimentaba milagrosamente aquel oasis de palmeras en medio del desierto de lava. Todo el mundo decía que si una mujer peregrinaba a Santa Lucía y cumplía con los ritos, se quedaba embarazada de inmediato. Pero a ellos algo debió de fallarles, porque no hubo nada que hacer. Entonces recurrieron a la brujería. Se desplazaron a Craquinha, donde vivía una vieja maga que tenía mucha fama. Les cobró una fortuna, todo el dinero que él ganaba en un mes de pesca. Su mujer tuvo que matar un gallo y luego embadurnarse el cuerpo entero con la sangre y lamerle el corazón, sin poder evitar las náuseas, mientras la anciana susurraba palabras misteriosas y de vez en cuando lanzaba gritos. Después encendió una pipa y comenzó a echar el humo al aire y a observarlo atentamente. Y les dijo que los conductos del cuerpo de María habían estado obturados por porquerías diversas, pero que ahora ya estaban limpios, y que les nacerían seis hijos, cuatro niñas y dos niños, y que todos tendrían una gran vida.
Volvieron al pueblo llenos de esperanza, convencidos de que aquella predicción sería verdad. Pero pasaron dos años y no ocurrió nada. Y María se fue poniendo cada vez más triste. Él había intentado convencerla de que el hecho de no tener hijos no era tan grave. Lo que de verdad le importaba era estar con ella, y se quedaría a su lado a pesar de eso. Incluso le había repetido un montón de veces que tal vez fuese mejor así. Se habían librado de muchos problemas y mucha esclavitud. Podían hacer lo que quisieran, juntos y solos. Pero todo había sido inútil. Un día María no se levantó de la cama. No le dolía nada. Simplemente, decía, no tenía fuerzas para ponerse en pie. Dos semanas después estaba muerta. De pena, creía él, aunque el médico que fue a verla una vez dijo que era un cáncer de ovarios. No habían tenido dinero para más consultas.
Tras la muerte de María, se había ido a São Nicolau, porque São Vicente estaba lleno de demasiados recuerdos, y él no quería vivir en la nostalgia, igual que un perro que se ha quedado sin amo y husmea la puerta de su casa y el camino por donde se han perdido sus pasos. Había pensado en emigrar a Europa, como la mayor parte de sus hermanos y sus amigos, pero le había dado demasiada pereza: tanto esfuerzo, conseguir el permiso, ahorrar el dinero para el billete, buscar trabajo, aprender un idioma nuevo, acostumbrarse a otros hábitos… Él era caboverdiano, y caboverdiano quería morir, respirando aquel aire y viendo aquel cielo transparente y el mar tan verde, y las mujeres como ella, que no existían en ninguna otra parte del mundo… -Y Jovita sonrió e hizo un mohín, como una niña pequeña-. Ahora buscaba una familia, una buena esposa e hijos ruidosos y entusiastas. Le gustaban mucho los niños ruidosos, con su inagotable alegría.
– ¿Tú tienes familia?
– Ocho hijos. Y te aseguro que hacen mucho ruido. ¡Te gustarían!
– ¿Y hombre no tienes?
– El último se fue hace meses.
– ¿Quieres que me quede contigo? Dejaré la pesca y trabajaré en el campo y os cuidaré a ti y a los niños.
Jovita se imaginó a aquel hombre en su vida, acostarse con él por las noches, y disponer de sus brazos fuertes para la huerta y para arreglar la casa, y aquella idea iluminó de pronto un futuro que últimamente le había empezado a parecer más bien sombrío, con tanto trabajo y tan poco placer. Pero no sabía quién era, debía tener cuidado. Quizá la estaba engañando y trataba de seducirla para luego maltratarla, como los otros.
– ¡Si no te conozco…!
– Sí me conoces. No hay nada más que conocer. No bebo ni pego a las mujeres. Soy buen trabajador y gasto poco. Eso es todo.
– ¿Y yo te gusto?
– Mucho. Desde que te vi la primera vez. Me gustan tus caderas, y la hendidura que se te forma debajo del cuello, y la manera firme y descarada que tienes de tratar a los pescadores, como si supieras muy bien lo que te traes entre manos…
Jovita se rió: aquel hombre la había entendido con sólo mirarla, y parecía que la aceptaba tal como era. Decidió arriesgarse:
– Está bien. Ven en cuanto puedas dejar el trabajo. Lo intentaremos. Y ahora da la vuelta. No quiero que mis hijos te vean antes de que les hable de ti.
Así había llegado Sócrates. Y, con él, la mejor época de su vida. Años teniendo un hombre bueno y fácil para ella sola. Como un milagro. Incluso había podido dejar de trabajar. Aquel penoso esfuerzo con las frutas y los peces había desaparecido de su existencia, igual que desaparece la lluvia de la superficie de la tierra cuando el sol se pone a brillar. Era Sócrates el que se había hecho cargo de la tarea y se ocupaba, además, de la huerta, que multiplicó su rendimiento. Él había sido su sol.
Cuando apareció muerto, ya estaba demasiado vieja para volver a retomar el camino a Carvoeiros con todo aquel peso encima de la cabeza. Los hijos mayores se habían ido a Portugal o a Italia, y le mandaban dinero, el suficiente para sobrevivir. Decidió quedarse a la puerta de casa fumando su pipa y viendo crecer las judías y los tomates. Y fue Carlina quien la sustituyó en la tienda ambulante.
Carlina tenía por entonces unos veinte años y un niño muy pequeño. El padre se había marchado a Europa dejándolos a los dos en aquella aldea en la que acababan de instalarse y donde no tenían ninguna familia. Al principio llegaron un par de cartas y algo de dinero.
Y luego nada. Pasaban los meses y no se sabía si estaba vivo o muerto, hasta que alguien que fue a pasar unas vacaciones en la zona contó que lo había visto allá en Milán, que trabajaba en una fábrica y que se había juntado con otra mujer. Carlina no lo echó de menos, aunque lo maldijo por haberla abandonado con una criatura y deseó que todos sus hijos, el que ya tenía y los que pudiera tener en el futuro, le volviesen la espalda. Que se viera solo cuando fuera viejo. Que se muriese solo y pobre, eso era lo que se merecía.
Por suerte para ella, fue en ese momento cuando a Sócrates le dio su silencioso ataque al corazón, o lo que quiera que fuese que se lo llevó en una sola noche. Alguien tenía que ocuparse de traer los pescados a la aldea y bajar a la costa los productos de las huertas, así que decidió dedicarse ella al asunto. Cargó la cesta encima de su cabeza y se acostumbró, como Jovita antes, a recorrer cada día los doce kilómetros de ida y vuelta entre rocas oscuras y tierras rojas, sin un solo árbol que la protegiera del sol o de los aguaceros, con el mar allá abajo, brillante como un objeto de plata, cada vez más grande a medida que se acercaba a él, más vivo y ruidoso.
Igual que a Jovita, le gustaba el bullicio de la plaza, el trajín de las mujeres que iban y venían mirando, charlando y comprando, la competencia con las otras vendedoras, con las que se peleaba a voces y, en alguna ocasión -cuando una de ellas atravesaba un mal momento y bajaba demasiado los precios-, también físicamente, aunque aquellas peleas nunca llegasen más allá de algunos tirones de pelo y un par de patadas rápidas, enseguida interrumpidas por el gentío, que se lanzaba a separar a las combatientes y mantenerlas alejadas hasta que, a fuerza de gritar, los humos se apaciguaban. La verdulera que unos minutos antes ofrecía sus productos demasiado baratos terminaba por subirlos un poco, y las otras menguaban otro poco la oferta de los suyos, y las cosas volvían a la normalidad, voces pregonando, mujeres revoloteando por todas partes con sus vestidos como alegres manchas de colores danzarinas, niños que jugaban y correteaban de un lado a otro. Y los pocos hombres que se atrevían a atravesar la plaza, casi siempre azorados ante aquel poder femenino que parecía haber acaparado el espacio por unas horas, que los rechazaba y los alejaba de su mundo de risas y parloteos y bebés que mamaban enganchados a los pechos fértiles, de aquella exhibición de olores y sabores que luego se mezclarían paciente y mágicamente en los pucheros, en el rito cotidiano del fuego del que ellas eran las sacerdotisas.
Heraclio tan sólo tenía siete meses cuando ella comenzó a trabajar. Se lo llevaba sujeto con un gran pañuelo a su espalda, tranquilo, acunado por el bamboleo de su madre durante el largo trayecto. Pero de semana en semana, se iba convirtiendo en un peso enorme. Y en cuanto empezó a caminar, fue un verdadero problema. Era un niño revoltoso y aventurero, que no se asustaba ante nada. Durante buena parte del camino no paraba de dar patadas y agitar los brazos y lloriquear, empeñado en andar por sí mismo, hasta que se quedaba dormido. Pero apenas llegaban a las primeras casas del pueblo, ya se despertaba, como si incluso en sueños estuviera vigilando el trayecto. En la plaza no le quedaba otro remedio que soltarlo, y él correteaba de un lado a otro, persiguiendo a los niños mayores, que solían acabar empujándolo y dejándolo luego solo, o se sentaba en el suelo a jugar con otros críos de su edad, a los que tiraba piedras y mordía, hasta que las madres tenían que separarlos por un rato. A Carlina aquel ajetreo le complicaba mucho el trabajo. Tenía que estar todo el tiempo pendiente de él, y a veces perdía a alguna clienta mientras lo atendía. Sin embargo, no quería dejarlo en la aldea. Algunas vecinas le habían propuesto cuidar de él a cambio de unas raciones de pescado. Pero ella se resistía. A pesar de todas las molestias, le gustaba notarlo cerca, oír sus palabras torpes, darse cuenta de cómo iba durmiéndose a su espalda, dejando que el sueño se tragara su rabieta. Le parecía que, mientras estuvieran juntos, ambos estaban seguros. Era como si cada uno de ellos protegiese al otro. Tenía miedo de dejarlo solo y que entonces le ocurriera algo malo. A veces, de vuelta en casa, lo miraba mientras dormía, y le entraba una angustia que no tenía nombre pero que le cerraba por unos instantes la boca del estómago. Como si pudiera oír las voces de los espíritus que susurraban ya al oído del crío, llamándolo.
La catástrofe sucedió un domingo, mientras todos los vecinos estaban en misa en la ermita del Monte Pelado. El cura canturreaba en un idioma desconocido, mezcla de latín y criollo, y ellos contestaban de la misma manera. Las moscas zumbaban por toda la iglesia y se acercaban con ganas a la nariz de san Antonio, al que le daba el sol en plena cara. Por detrás de los cánticos y los rezos, se oían las voces de los niños pequeños, los que aún no habían tomado la comunión, que siempre se quedaban fuera, vigilados por una de las niñas de más edad, a la que se eximía de la obligación de asistir a la misa. Las madres se dieron cuenta de que en el Padrenuestro se les dejó de oír. Debían de haberse alejado en busca de aventuras. Algunas de ellas, las que tenían los hijos más revoltosos, se sintieron intranquilas. Pero no se atrevían a salir, pues el padre Virgilio se enfadaba mucho si alguien abandonaba la liturgia por la razón que fuese.
Carlina intentó seguir rezando. Pero a los pocos minutos tuvo que interrumpirse. Le parecía que una fuerza misteriosa estaba tirando de ella, una extraña energía que parecía bajar del cielo y que le puso todo el cuerpo en tensión, como un animal cuando intuye que está a punto de ser atacado. Supo que algo le había sucedido a Heraclio. Apartó de un manotazo a las mujeres que le tapaban la salida del banco, y se abalanzó hacia la puerta, mientras el cura la miraba con las cejas alzadas y las oraciones en suspenso.
Al llegar a la pequeña explanada delante de la ermita, vio cómo se le acercaba corriendo, medio enloquecida, la niña a la que aquel día le había tocado cuidar de los pequeños.
– ¡Ayuda! ¡Ayuda! -gritaba.
– ¿Es Heraclio…? ¿Qué le ha pasado? ¿Dónde está?
Pero la niña no dijo nada. Sólo la cogió de la mano y la arrastró hacia la montaña rocosa que se alzaba detrás de la iglesia. Comenzaron a trepar entre las piedras. Todos los vecinos, y hasta el cura, habían interrumpido la misa al oír los gritos, y algunos subían ya detrás de ellas. A pesar del gentío, había un silencio extraño. Sólo se oían los graznidos de un grupo de grandes pájaros carro-ñeros que sobrevolaban la montaña allá en lo alto, como preparándose para acometer una hazaña. Y el jadeo al borde de la asfixia de Carlina, que apenas podía respirar.
Doblaron un recodo, bajo una enorme roca negra y vacilante que parecía a punto de precipitarse en cualquier momento. Allí, al otro lado, sobre el suelo rojo, estaba Heraclio tendido boca abajo. Carlina se acercó a él caminando ahora muy despacio. Le dio la vuelta. El niño estaba rebozado en tierra, que le había entrado incluso dentro de los ojos abiertos, fijos en algún lugar del cielo. No tenía ni una herida, ni una mancha de sangre, ni siquiera un arañazo. Pero no respiraba: la caída desde la roca había sido brutal, había machacado su pequeño cuerpecillo deshecho ahora por dentro, como una fruta delicada que se hubiera abalanzado desde lo alto de un árbol, deshaciéndose al chocar contra el suelo.
Tres días después, Carlina volvió al trabajo, con el paso vacilante por la falta de sueño y unas enormes ojeras que debilitaban el aire de fortaleza y decisión habitual en ella. Después de recibir los besos y las condolencias de sus clientas, que ya se habían enterado de lo sucedido, y de vender sus frutas y sus hortalizas, en vez de ir al puerto se dirigió a una taberna. Los hombres que la ocupaban, ruidosos y animados, callaron por un momento y la miraron con mal humor, frunciendo los ceños, susurrándose cosas los unos a los otros, reprochándole a aquella mujer que tuviera el atrevimiento de entrar en un sitio como ése, y para colmo, sola. Pero ella se les enfrentó con la mirada, irradiando un valor y una autonomía que pronto hicieron que todos la dejasen en paz y volvieran a enfrascarse en sus charlas, sus bebidas y su juego del ouril, dándole la espalda a aquella hembra que debía de estar loca y a la que decidieron no prestar atención. Pidió un aguardiente de caña. Y otro. Y otro. Deseaba salir de sí misma, desaparecer detrás de la borrachera, lograr que una nube de olvido y ligereza cubriera todo el dolor que la precipitaba incesantemente hacia el lado insoportable de la vida, hacia una zona oscura y reptante que no llegaba ni siquiera a ser vida, tan sólo un encadenamiento de gestos y movimientos, las piernas que se movían, los pulmones que respiraban, la boca que se abría para pronunciar palabras cuyo sentido no le interesaba nada, y aquella pesadumbre tremenda con la que tenía que levantarse y acostarse y andar por el mundo, fingiendo que le importaban las cosas que sucedían a su alrededor, que aún creía en las oraciones y la misericordia divina, y que sería capaz de construirse un futuro a espaldas de la pequeña tumba -una simple cruz de madera sobre el diminuto túmulo de tierra- donde descansaba para siempre Heraclio. ¿Descansaba…?
Se gastó todo el dinero que había ganado por la mañana. Al quinto vaso de grogue, ya no sabía cómo se llamaba. Se había sentado a una mesa y permanecía allí meciendo la parte superior del cuerpo, con las piernas separadas, el escote abierto sobre los pechos magníficos, las manos perdidas en el regazo y una mirada vacía y acuosa, como la de los peces cuando van ahogándose lentamente fuera del agua.
En la taberna no quedaba nadie. Todos los clientes se habían ido a comer, mirándola al pasar a su lado con desdén y soltando comentarios soeces y grandes carcajadas a las que ella no prestó la menor atención. El tabernero se le acercó. Era un hombre robusto y sucio, que apestaba a alcohol y al vinagre con el que aderezaba algunos pescados y limpiaba el mostrador y las mesas, frotando sobre ellas un paño mugriento. Le había gustado aquella mujer desde que la vio entrar, con los pezones marcándose por debajo del vestido fino y las piernas rotundas. Ahora, borracha como estaba, quizá podría aprovechar para pasar un buen rato.
– ¿Dónde vives? -le preguntó.
Carlina hizo un gesto torpe con el brazo indicando la lejanía.
– Voy a cerrar. Es la hora de comer. Te llevaré a mi casa.
Ella asintió con la cabeza.
El hombre se acercó a la puerta y la empujó, sonriendo, sintiendo cómo la sangre comenzaba a circular veloz y cálida por su sexo. Luego se acercó a ella, la agarró por la cintura y la hizo subir escaleras arriba, hasta el cuarto que ocupaba encima de la taberna. Allí la tendió en el camastro, se desvistió, le arrancó las bragas y la penetró violentamente, con el ansia de un animal. Ella se dejó hacer, ausente, perdida en el inmenso refugio de su borrachera como en una gruta fría donde resonasen a lo lejos ecos confusos de voces y jadeos.
Durmió hasta la mañana siguiente. Cuando se despertó, no sabía dónde estaba. La luz entraba ya a través de la ventana, iluminando un cuarto que desconocía. Oyó los ronquidos del hombre a su lado, y sintió la tibieza viscosa de su cuerpo. Entonces se asustó. Se incorporó en la cama de un salto y, durante unos segundos, trató de recordar. La última imagen que se le venía a la cabeza era la de la taberna, todos aquellos hombres mirándola, el olor acre que despedía el vaso de alcohol delante de ella. Todo lo demás se lo imaginó. Miró al hombre, que seguía durmiendo, echándole encima su aliento fétido. Sintió ganas de vomitar. De pronto, como si una luz se iluminara en su cabeza, recordó a Heraclio, y Queimada, y los pescados que no había llevado. Se levantó muy despacio, sin hacer nada de ruido, y se fue hacia la aldea sintiendo asco y vergüenza, y de nuevo el dolor, que había vuelto silenciosamente, como una serpiente que hubiera reptado hasta envolverla por completo.
Dos meses después, cuando la regla se negó a bajar por segunda vez, y los pechos ya se le habían hinchado, y la cintura estaba desapareciendo mientras su vientre se preparaba para acoger el feto que crecía dentro de ella, supo que estaba embarazada. No deseaba aquella criatura. No quería que nadie sustituyese el olor de la piel de Heraclio, sus balbuceos y su calidez, que la había inundado como el sol del amanecer. Tampoco quería otro hijo sin padre. Pero era ya demasiado tarde. No iba a deshacerse del niño -el cura decía que las mujeres que abortaban iban al infierno sin remedio- y sólo le quedaba prepararse para aceptarlo. Dios se lo había mandado, él sabría por qué.
Apenas Carlina apareció en la casa, con la sangre corriéndole por las piernas, mezclada con el agua de la lluvia, y el bulto envuelto en la manta entre las manos, Jovita se dio cuenta de que había dado a luz. Salió de inmediato al patio en busca de agua caliente. Cuando volvió, la mujer se había echado en el camastro. La niña estaba a su lado, llorando y agitándose. Encendió un par de velas y se ocupó de ella. La limpió a fondo, frotándola con una toalla, y le anudó el cordón con cuidado. Le dijo a Carlina que su hija era hermosa y redonda como una manzana. Pero ella se mantuvo acurrucada sobre el colchón, con los ojos cerrados, sin querer mirarla. Sentía un tremendo dolor en el vientre, como si la hubieran golpeado con un martillo. Tan sólo quería dormir. Dormir mucho y, al despertar, que la niña hubiera desaparecido. No deseaba que muriese, eso no, pero sí que se la llevara alguien, alguien que no tuviera hijos y la cuidase. Ella no podía. No estaba preparada para cargar con toda aquella fragilidad, para soportar su dependencia, la necesidad de alimentarla, limpiarla, llevarla a la espalda, enseñarle sus primeras palabras, cogerla firmemente de la mano cuando comenzase a caminar, vigilarla para que no rodase al pie de una roca, reventada y muerta. Ansiaba no verse obligada a enternecerse con la alegría inocente que pronto estallaría dentro de ella en forma de sonrisas y balbuceos y suaves caricias. Definitivamente, no quería quererla.
Jovita se la llevó hasta la cama, envuelta en una vieja sábana limpia. Se la colocó encima, y le apartó el vestido para que su pecho quedara al aire. La niña pareció comprender lo que debía hacer. Cabeceó con fuerza mientras abría y cerraba la boca y pronto, empujada por las grandes manos de la vieja, agarró el pezón con sus labios y comenzó a chupar enérgicamente. Sus ojos estaban abiertos, grandes, pesados, y su mirada parecía detenida con exactitud en la mirada entristecida de su madre, que giró la cabeza hacia la pared para no verla.
Jovita se sentó al borde del camastro.
– ¡Dios mío! -exclamó-. Esta criatura no es normal. Va a ser una mujer muy valiente. Muy valiente.