El mal viento

Consiguió el empleo. Era mucho mejor de lo que ella había esperado. La tuvieron a prueba durante un mes, pero después le hicieron un contrato que le permitía solicitar los permisos de trabajo y de residencia. Cotizaron por ella a la Seguridad Social. Se emocionó al pensar que, si un día lo necesitaba, tendría médicos gratuitos y medicamentos y hospitales. La vida se estaba portando muy bien con ella, y ella trataba de devolverle todo lo que podía. No debía quejarse de nada.

Entraba a trabajar a las ocho y salía a las siete de la tarde. De una a tres, la panadería cerraba. São aprovechaba para hacer la compra y luego callejeaba por Lisboa, mientras se comía un sándwich o un trozo de empanada. Disfrutaba con su trabajo. La tienda estaba en el barrio de Alfama, en pleno centro. Había muchas viejecitas que iban cada mañana a comprar el pan, renqueando, arrastrando los pies a pasitos cortos, apoyándose derrotadas en un bastón. Algunas se quedaban allí mucho rato, y charlaban y le contaban cosas de los tiempos pasados, los padres, el buen marido que se había muerto demasiado pronto, los hijos que habían triunfado o se habían perdido en las drogas, y también los nietos que no venían nunca o venían muy a menudo, y las enfermedades, y los culebrones de la televisión que ella no veía. Le gustaban aquellas mujeres que llevaban la vida a cuestas como caracoles. La conmovían con sus pequeños recuerdos tan importantes, con aquella manera tímida y a la vez entusiasmada que tenían de alumbrar todos los recovecos de sus existencias, e ir recogiendo uno a uno los restos marchitos de las cosas que les habían sucedido, los amores y los abandonos, los tiempos de esplendor y las penurias, los triunfos y las derrotas, las inmensas alegrías y las lágrimas insoportables, cosas comunes que ellas sostenían sin embargo entre las manos como si fuesen delicadas piedras preciosas.

Los ancianos eran en cambio menos comunicativos. Casi todos parecían tristes y un poco perdidos, igual que si el tiempo les hubiera pasado por encima arrancándoles de la memoria los momentos luminosos. Pero había uno, don Carlos, con el que São se reía mucho. Todavía usaba sombrero, y buenos temos algo desgastados de telas claras en verano y oscuras en invierno. Había vivido en Angola en su juventud, y se había casado con una angoleña que había muerto al poco de llegar a Portugal, dejándolo solo y sin hijos. La imagen de São debía de traerle muchos recuerdos, y todas las mañanas le hacía nostálgicas proposiciones:

– ¡ Ay, mi negrita -solía decirle-, si me hubieras conocido hace cuarenta años, me dejarías que te tratase como la reina que eres!

Y luego estaban las madres con los niños sonrosados para los que ella siempre guardaba caramelos, las trabajadoras que regresaban a casa a última hora de la tarde agotadas, sin fuerzas apenas para sonreír, los hombres jóvenes que madrugaban el sábado para ir a buscar apresurados el pan y el periódico, con ganas de volver a su piso y meterse de nuevo en la cama, las adolescentes enfurruñadas y nerviosas a las que obligaban a ir a la compra, los enamorados recientes que no querían separarse ni para bajar a por unos bollos…

São imaginaba todas aquellas vidas con sus afanes, y las comprendía, y se movía entre ellas con agilidad, sabiendo muy bien con quién debía ser paciente y con quién seca, a quién podía gastarle una broma y quién esperaba de ella tan sólo los formalismos habituales.

Entretanto, su relación con Bigador seguía adelante. Durante la semana sólo se veían los miércoles. Los dos madrugaban mucho y trabajaban hasta tarde, así que él le había propuesto esa restricción en los días laborables, porque lo cierto era que sus noches duraban hasta muy tarde, y no se podía ir a trabajar una mañana y otra con sueño y cansancio. Pero el fin de semana lo pasaban entero juntos, desde el sábado al mediodía, cuando terminaban sus jornadas, hasta última hora del domingo. Se instalaban en el piso de Bigador con la sensación de que aquel era el mejor lugar posible, y se pasaban horas haciendo el amor, y abrazados en la cama, medio adormecidos, sintiendo la deliciosa tibieza del cuerpo del otro. Por la noche salían a bailar. Al principio a São le sorprendía que la gente bailase en lugares cerrados. Pero pronto se acostumbró al bullicio de la discoteca, al humo y las luces y las músicas angoleñas, los kizombas, los sembas y los kuduros, que se le metían dentro de la sangre y la hacían sentirse como si lo que la rodeaba fuese irreal, todo salvo el cuerpo ondeante de Bigador, que la excitaba.

Los domingos, mientras él veía en la televisión los partidos de fútbol con algunos amigos, São limpiaba a fondo la casa, le planchaba la ropa y cocinaba, dejándole comida preparada para toda la semana. Aprendió a hacer los platos que a él le gustaban, guisos de pescado con maíz, funje de yuca, cordero muy picante con verduras, y se pasaba horas en la cocina, sintiéndose afortunada de poder ocuparse de él de esa manera, dichosa de pensar que cada noche se repondría de la dura jornada de trabajo comiendo aquellas cosas en las que ella ponía todo el cuidado de que era capaz.

Cada día estaba más enamorada de Bigador. Y cada día le resultaba más necesario. Su llegada a Lisboa habría sido muy dura sin su apoyo. Él le explicó todos los pasos que debía dar para arreglar sus papeles. La llevó a los rincones más bonitos de la ciudad. Le hizo comprender las costumbres portuguesas. Y, en cuanto firmó el contrato, la rescató de la horrible casa de María Sábado para trasladarla a otra mucho más decente. São se marchó de aquel piso sin haber cruzado ni una palabra con los demás habitantes. Nunca llegó a saber que María Sábado había sido violada una noche por siete guerrilleros borrachos, uno tras otro metiéndose brutalmente dentro de sus entrañas de adolescente encogidas y maltrechas, y que parió un niño al que abandonó en mitad de la selva, sobre las hojas descompuestas de los miombos. Que los dos hombres que solían sentarse en el sofá a ver la televisión y que apenas la saludaban eran dos desertores del ejército de Unita, con la piel manchada por la sangre de muchas víctimas. Y que las mujeres que dormían durante el día en la habitación de al lado de la suya y a las que jamás vio habían sido engañadas en un bar de Luanda por una madama que les prometió trabajo como camareras en un buen hotel de Europa y luego las secuestró y las amenazó de muerte para que ejercieran la prostitución en un club, y que ahora envejecían vendiendo sus cuerpos desesperanzados en las esquinas más mugrientas de Lisboa.

Bigador la instaló en su mismo barrio, en Corroios, al otro lado del puente 25 de Abril, en el piso de un amigo suyo que vivía con su mujer y alquilaba dos habitaciones. El cuarto de São era pequeño, pero al menos los muebles tenían buen aspecto. Y, sobre todo, por la ventana le entraba luz. Daba a un descampado por el que merodeaban los gatos, maullando y haciendo ruido entre los escombros. A ella no la molestaban, ni siquiera cuando la despertaban en plena noche. Le gustaba oírlos jactándose en medio de la oscuridad. Los veía como luchadores infatigables, pequeños seres frágiles que sobrevivían día a día teniéndolo todo en contra, el hambre y la sed y el tráfico. Había también un cerezo, un arbolillo endeble que debía de haber crecido solo, aferrándose furiosamente a la humedad del suelo. Todas las mañanas lo miraba y recordaba los frutales de las huertas de Queimada, con sus olores dulzones y las hojas bailoteando en el viento. Pero cuando el sol se alejó cada vez más en el cielo y llegó el otoño, el cerezo comenzó a volverse rojizo y las hojas fueron cayendo lentamente. Ya había aprendido que en primavera volvería a brotar. Sin embargo, el día en que por fin le vio el tronco desnudo y patético, sintió pena. Aquella noche se lo contó a Bigador. Creyó que iba a entenderla pero, inesperadamente, el hombre resopló y luego se echó a reír con desprecio:

– ¿Se puede tener pena por un árbol…? -le dijo-. ¡No te comportes como una idiota!

En ese instante lo vio por primera vez. Un gesto raro, la boca torcida hacia la izquierda, el labio de arriba separado, dejando entrever los dientes, y algo rojizo en el fondo de los ojos, un destello del que parecían emanar rabia e ira. Se quedó callada durante unos instantes, asustada y, a la vez, dudando de sí misma. Estaban en la cama. Él se levantó y fue al baño. Antes de regresar, puso música, un semba lento. Entró en la habitación bailando, agitando las caderas mientras mantenía los brazos abiertos en el aire. Se echó en la cama. La besó muy suavemente y le cantó toda la canción al oído. Incomprensibles palabras en kimbundu que São deseó que fuesen de amor. Al terminar, le dijo en voz muy baja: te quiero. Ella se apretó fuerte contra él, como si pretendiera desintegrarse. Yo también te quiero, susurró. Bigador se levantó y abrió la ventana:

– ¡São me quiere! -gritó-. ¡Enteraos bien! ¡São me quiere! ¡Soy el hombre con más suerte del mundo!

Y luego se abalanzó sobre ella y se la comió a besos.

Cuando se quedó embarazada, en mayo, Bigador se puso muy contento. São al principio sintió miedo. Aunque desde que estaba con él había pensado a veces silenciosamente en la posibilidad de tener hijos, no estaba muy segura aún de que fuera el momento adecuado. Pero al ver que él se alegraba tanto, que le acariciaba la tripa entusiasmado y enseguida empezaba a imaginar el nombre que le pondrían -André, o Jorge, o Edson, sólo nombres de chicos, porque estaba convencido de que sería un chico-, empezó a pensar en la vida a tres, ella y Bigador y una criatura minúscula y vulnerable junto a los dos. Y le gustó la idea, a pesar de que sabía lo difícil que iba a resultar poder cuidarla con sus largas jornadas de trabajo y sin ninguna ayuda familiar. Pero se las arreglarían. Todo el mundo se las acababa arreglando. Parecía como si los hijos aguzasen el ingenio e hicieran que se te ocurriesen ideas que nueve meses antes ni se te hubieran pasado por la imaginación.

Él le propuso enseguida que se fuera a vivir a su casa. São aceptó sin pensárselo. Eso era lo normal. Una familia, tener un hogar, como todo el mundo. Y además, por las noches se sentía sola en su habitación. Le gustaba dormirse abrazada a él, y ahora necesitaba más que nunca que estuviese cerca y se preocupara por ella. Cuando estuviera gorda y pesada, sería bueno que se levantase a buscarle un vaso de agua si le entraba la sed. Sólo quería eso: pequeños gestos, un poco de ternura, alguien que hiciese un esfuerzo de vez en cuando para ayudarla. El embarazo le había dado mucha fuerza. Estaba alegre y tranquila, y se veía capaz de realizar cosas que antes ni se hubiera planteado. Pedirle a su jefe sin vergüenza las horas que le hacían falta para ir al médico, por ejemplo. O sostener la mirada sin sonrojarse a quienes la trataban con desprecio. Pero, a la vez, necesitaba sentirse más protegida que nunca, ubicarse en un espacio cálido y cómodo, donde todo transcurriera con suavidad, libre de cualquier zozobra.

Cuando se despidió de su cuarto solitario y trasladaron su única maleta al piso en el coche de Bigador, tuvo la sensación de que era la mujer más feliz del mundo. Hacía un día hermoso. La gente caminaba ligera y parecía despreocupada. Tal vez a todos les esperase en casa una amante de piel resplandeciente, un marido con los ojos brillantes de deseo. Sobre el puente y la desembocadura del río se pavoneaban alborotadas las gaviotas. La luz se reflejaba en sus alas y rebotaba luego en el aire, dejando un leve rastro violáceo que se esfumaba en un instante. Pasaron junto a una acacia florecida. Un soplo de viento ligero arrancó algunos pétalos, que entraron por la ventanilla y cayeron sobre su vestido. São se echó a reír: flores africanas bendiciendo su cuerpo. Llevaba un hijo del hombre al que amaba dentro de ella. ¿Podía pedirle algo más a la vida? Cogió una de las manos de él, la separó con fuerza del volante y la besó, muchas, muchas veces, hasta que Bigador logró soltarse y volvió a concentrarse en la conducción:

– No seas pesada -le dijo-, nos vamos a estrellar por tu culpa.

La pesadilla se repetía una y otra vez. Él estaba nadando en medio del océano. El mar era verde y claro, pero ella sabía que bajo aquella aparente calma había cientos y cientos de metros de oscuridad y pavor. Nadaba y jugaba y sonreía y se daba la vuelta. Pero, de pronto, algo sucedía. Su cara se transformaba. Tenía miedo. Se volvía débil como un niño. São sabía que corría peligro. Entonces estiraba la mano desde donde quiera que estuviese para sujetarlo. Él, sin embargo, la rechazaba. Era como si no quisiese que ella le ayudara. Como si prefiriese ahogarse, dejarse tragar por las aguas oscuras, antes de que ella lo sostuviera.

Se despertaba sudando en medio de la noche. La ven-tana estaba abierta, pero no soplaba ni una brizna de aire. No se abrazaba a Bigador por no molestarlo: le costaba mucho dormirse, y se enfadaba si algo lo desvelaba. Así que solía levantarse y sentarse durante un rato en la sala, hasta que se tranquilizaba. Sabía que aquel sueño quería decir algo. Jovita le había explicado muchas veces que las imágenes que nos llegan mientras dormimos son mensajes del otro mundo, advertencias de los espíritus, y que había que aprender a interpretarlas. Pero no era tan fácil. El lenguaje de los muertos era enrevesado y a menudo absurdo. Si lo interpretaba de una manera lógica, la pesadilla parecía querer indicar que a su hombre iba a sucederle algo malo. Sin embargo, estaba segura de que no era eso. Le parecía que tenía que ver más bien con la forma como él la trataba últimamente.

Algo le sucedía desde que ella se había instalado en la casa. Había una especie de mal humor flotando por las habitaciones, silencios y caras serias y algún que otro grito. Portazos y a veces, cuando su equipo de fútbol perdía, puñetazos en la mesa que la sobrecogían. Ya no la besaba con entusiasmo al llegar o al irse, como ocurría antes de vivir juntos, cuando al verla la sujetaba por la cintura y la levantaba en el aire y la estrechaba fuertemente. Parecía como si ya no le gustase estar con ella. Ahora regresaba tarde a menudo, después de haberse tomado unas cervezas con los amigos, y al entrar sólo le preguntaba qué había preparado para cenar, como si no le importase lo que a ella hubiera podido ocurrirle. Luego cenaba con la tele puesta, y a veces ni siquiera le dirigía la palabra. Era como si le molestase, como si su presencia allí estuviera perturbando su intimidad y no supiera encontrar otra manera de decírselo más que el desprecio.

Una noche estuvo muy desagradable. A São le había dolido la cabeza durante todo el día. Aquella molestia cada vez iba a más a medida que pasaban las horas. Sentía incluso un latido agudo en la sien derecha, y los ojos le lloriqueaban. Pero no se atrevió a tomar nada a causa del niño. Cuando llegó a casa, humedeció un paño en vinagre y se lo puso sobre la frente. Se tendió en el sofá y dejó que fuera llegando lentamente la oscuridad, que parecía aliviarla. Al fin cerró los ojos y se quedó medio dormida. Debían de ser alrededor de las once cuando oyó que se abría la puerta. Bigador la cerró con todas sus fuerzas, dando un golpe terrible que a ella le resonó dentro del cráneo, y casi al mismo tiempo encendió todas las luces. Más tarde, cuando todo hubo terminado, São se dio cuenta de que las ventanas del piso estaban abiertas. Seguramente los vecinos habían oído los gritos repentinos del hombre:

– ¿Qué ocurre aquí…? -chilló-. ¿Por qué está todo apagado…?

Ella se incorporó en el sofá, atónita:

– Me duele la cabeza…

– ¿Te duele la cabeza…? ¡Pues te aguantas! ¡No quiero llegar a mi casa y que parezca que se ha muerto alguien!

– Pero Bigador…

– ¡Que sea la última vez! ¡Y no te molestes en ponerme la cena! ¡Se me ha quitado el hambre!

Se fue a la cama sin decir una palabra más. A los dos minutos estaba dormido. São le oía respirar desde el sofá. Se quedó allí toda la noche, despierta hasta casi el amanecer. Al principio no lograba entender lo que había sucedido. Era como si de pronto él fuese una persona diferente, alguien a quien no conocía, un hombre al que ella no amaba, desagradable y airado. Pero no quería ponerse triste o enfadarse a su vez con él. Lo único que quería era saber por qué le ocurrían aquellas cosas. Cuál era la razón de su malestar y su rabia, de aquella manera repentina que tenía de detestarla, como si dentro de él estuviera creciendo un odio inesperado que devoraba poco a poco la ternura. Quería comprender qué estaba pasando dentro de su cabeza. Era probable que le molestase su presencia en un espacio que había sido sólo suyo durante mucho tiempo. Y que estuviese nervioso ante el hecho de estar a punto de tener un hijo. Al fin y al cabo, no era lo mismo el embarazo para una mujer que para un hombre. Ella sentía a su bebé dentro, moviéndose y haciéndose sitio, alimentándose y creciendo gracias a su propio cuerpo. Formaba parte de ella con la misma naturalidad que sus manos. Era un pedacito de sí misma, carne de su carne, un corazón latiendo junto a su propio corazón, y esa sensación resultaba luminosa y llena de vida. Para él en cambio el niño no dejaba de ser algo ajeno y extraño, tal vez un fantasma que amenazaba su bienestar. Seguro que estaba asustado. Por eso en su sueño se volvía pequeño y frágil, aunque no quisiera reconocerlo. Debía ser paciente. Tenía que demostrarle que ningún niño del mundo podría robarle ni un átomo minúsculo de su amor por él.

Cuando el hombre se levantó por la mañana, São dormía en el sofá, con las manos encima de su barriga, sudorosa e incómoda. La besó en los labios y en los párpados.

– Perdóname por lo de anoche -le dijo en cuanto ella abrió los ojos-. No sé qué me ocurrió. Había bebido demasiado y no me encontraba bien. Te juro que no volverá a pasar.

Ella se agarró a su cuello:

– ¿Tú sabes cuánto te quiero?

– Sí, sí que lo sé.

– Nada va a separarnos. Puedes estar seguro.

– Lo estoy. Seremos tres, y será como si fuéramos uno.

– Eso es, vida mía. Y yo te querré todavía más. Si es que eso es posible…

A finales de junio, el dueño de la panadería le preguntó a São cuándo quería cogerse las vacaciones. Ella sabía que a Bigador le obligaban a descansar en agosto, así que pidió el mismo mes. Habían hablado de ir a pasar una semana a Portimão. Alquilarían un apartamento, como él había hecho el año pasado. Pero esta vez ella no tendría que ir a trabajar. Descansarían, dormirían mucho, irían a la playa. São nunca había tenido unas vacaciones así. Se sentía excitada y contenta, y no paraba de imaginarse cómo sería el piso, con una terraza mirando al mar donde desayunarían por las mañanas, y un dormitorio con un ventilador en el techo para echarse la siesta al volver de la playa. Por las noches, cuando llegaban del trabajo, hacían cuentas de lo que les costaría. No podían gastar mucho por causa del bebé, así que Bigador le dijo que tendrían que comer y cenar en casa. A ella no le preocupó. Lo único importante, le dijo, era que estarían todo el tiempo juntos sin necesidad de estar pendientes de la hora. Y le hizo prometer que se quitarían los relojes antes de salir de Lisboa.

Pero un par de semanas después, el propietario la llamó por teléfono para informarla de que no encontraba a nadie de confianza que la sustituyera en agosto. Tendría que esperar hasta septiembre para poder descansar. Se sintió apenada por Bigador. Estaba tan cansado después de todo un año trabajando duramente, había hecho tantos planes, y ahora tenía que decirle que no podrían irse. A ella no le importaba. Si se quedaban en casa, aprovecharía para comprar algunas cosas para el niño y prepararle su habitación. Pero dejarle a él sin vacaciones le parecía una injusticia.

Aquella tarde se apresuró a cerrar la panadería y a coger el autobús para llegar pronto al piso. Preparó una buena cena para él, un guiso de rodaballo con verduras muy especiadas, y patatas asadas con mantequilla. Puso el mejor mantel que tenía, uno blanco bordado que había comprado el año anterior en Portimáo, y colocó en el centro un ramo de margaritas. Quería que todo estuviese lo más perfecto posible para compensarle por la mala noticia.

Bigador se sorprendió cuando llegó y vio la mesa puesta de esa manera:

– ¡Vaya! ¿Qué celebramos? ¿Te han subido el sueldo?

– No, cariño. En realidad no celebramos nada. Es más bien lo contrario.

Él se sentó, dispuesto a escuchar lo que fuese:

– ¿Qué pasa?

– Nada grave, no te preocupes. Es sólo que no puedo cogerme las vacaciones hasta septiembre. Lo siento muchísimo.

El hombre se quedó callado. Al cabo de un rato, São se acercó y le acarició la cara:

– De verdad que lo siento. Sé cuánto necesitas esos días de descanso.

Intentó besarle, pero él la rechazó:

– ¿Qué le has dicho a tu jefe?

– Nada. ¿Qué querías que le dijera…?

– Que tú te ibas en agosto, pasara lo que pasara.

– ¡Pero no puedo decirle eso, seguro que me echa…!

Bigador iba alzando la voz cada vez más:

– ¿Y qué si te echa? ¿Es que no hay más trabajos?

– Pero…

– ¡No has pensado en mí! ¡Nunca piensas en mí! ¡Así es como me pagas todo lo que hago por ti y por el niño!

São se sintió de pronto pequeña y débil, como un insecto a punto de ser pisoteado. Rompió a llorar desconsoladamente. Se refugió en una esquina y se apretó contra las paredes calientes. No sabía qué hacer, qué decir. Sólo quería que aquello terminase pronto, que él dejara de gritarle, que los minutos que estaba viviendo se desvaneciesen, y el tiempo volviera atrás y Bigador entrase de nuevo por la puerta y la abrazara cuando ella le dijese que no podían irse al Algarve, y le susurrara que no importaba, que lo único importante era estar juntos y bien y seguir queriéndose como se querían. Sentía mucha pena. Una pena enorme, gigantesca, que pesaba sobre ella como si de pronto cargase una montaña en sus espaldas. ¿Era posible que todo fracasase así, en unos segundos, todo su proyecto de vida, el amor, la familia, el mutuo apoyo y la comprensión?

El hombre se abalanzó hacia la mesa y, de un manotazo, tiró al suelo los vasos y el jarrón con las flores.

– ¡ ¡Id a la mierda, tú y tus vacaciones!!

Salió dando un portazo inmenso, que retumbó en la casa igual que el estallido de una bomba. São sintió cómo se movían las paredes, y también el niño dentro de ella, agitado, como si tratara de protegerse de aquel estruendo. Ella en cambio estaba paralizada. Se quedó allí de pie, sollozando, y poco a poco fue deslizándose hasta que se dejó caer en el suelo. El agua del jarrón había formado un charco sobre los azulejos, y ahora goteaba lenta y rítmicamente.

Aún no podía darse cuenta, pero ella, que había sido valiente y justa consigo misma, que había crecido llena de fortaleza y de solidez, estaba a punto de convertirse en una pobre mujer deshecha, con la mitad del alma arrancada a mordiscos por el hombre al que amaba, el hombre que juraba que la quería intensamente. ¿Pero cómo decirte a ti misma que ese hombre que has creído elegir entre todos sólo intenta destrozarte? ¿Cómo confesarte que tu amor no camina hacia la luz que debe iluminar a los seres que han decidido compartir un pedazo de sus vidas depositando la confianza del uno en el otro, sino que ha tomado el camino retorcido y peligroso que lleva al otro lado, allí donde los rayos se desintegran convirtiéndose en oscuridad y caos?

Cuando logró recuperarse, pensó en irse. Cogería su maleta y saldría por la puerta para no regresar nunca más. No se sentía capaz de soportar que Bigador volviese a gritarle. Llamaría a Liliana. Ella la ayudaría. Ella sabría encontrar las palabras adecuadas para sostenerla. La cuidaría, y el dolor del fracaso se iría desvaneciendo poco a poco. Sería de nuevo una mujer sin un hombre, una mujer sin un cuerpo contra el cual apretarse en las noches frías. ¡Dios, cómo echaría de menos aquel cuerpo! ¡Cómo recordaría el deseo y el placer, y las interminables caricias! ¡Qué sola se sentiría cuando tuviese que llegar a un cuarto triste de alguna casucha triste y no estuviese ese rostro amado, con sus grandes ojos oscuros y los labios anhelantes! No habría nadie para contarle las cosas que le habían sucedido durante el día. Nadie con quien pasar la tarde del sábado muerta de risa y de sueño y de ternura, nadie de cuya mano pasear el domingo por la mañana a la orilla del río, oyendo los gritos desaforados de las gaviotas y pensando en las benditas horas para estar juntos que aún quedaban por delante.

No habría nadie que la ayudase a criar a su niño. Su niño no tendría padre. Alguna visita de vez en cuando. Con suerte, un fin de semana de cada muchos cuando creciese y ya no se hiciese caca en los pañales y pudiera caminar por sí mismo. Sería así hasta que Bigador se fuera a cualquier otro lugar, un inmigrante que cambia de ciudad o regresa a su país, o hasta que tuviese otra mujer y otros hijos y se olvidase de él, como si sólo hubiera sido un dibujo en un cuento infantil, una foto perdida en el fondo de un cajón, descolorida, que representa a alguien a quien creemos haber conocido en algún momento lejano de nuestras vidas pero cuyo nombre ya ni siquiera recordamos. Una vez tuve un hijo, pero no me acuerdo de cómo se llamaba…

¿Y él? ¿Y Bigador? ¿Qué pensaría al llegar a la casa y verla vacía, las copas tiradas, las flores esparcidas sobre la mesa, la cazuela con el guiso de pescado en la cocina, tal y como ella la había dejado? ¿Qué dolor sentiría al darse cuenta de que se había ido? ¿Cómo serían sus noches sin ella? ¿Cuántas horas se pasaría sin dormir, echándola de menos, dando vueltas en la cama, imaginando su cuerpo acurrucado contra el de él? ¿Quién le cuidaría? ¿Quién mantendría su ropa limpia, su baño fregado, su comida preparada? ¿Quién le masajearía cuando llegase agotado de la obra, relajándole con fuerza cada músculo?

Tenía que quedarse. No podía irse de allí dándole la espalda a todas las cosas hermosas que ambos poseían, el amor y el deseo y las ganas de estar juntos y criar un hijo. Sería muy injusta si se deshacía de todo aquello y lo tiraba a la basura como si no fuese importante. Querer a alguien como ella quería a Bigador era un privilegio, y una no podía andar por la vida arrojando lejos de sí los privilegios que ella le concedía. Se puso a rezar. Hacía mucho que no rezaba, pero ahora se puso a rezar. Por ella y por él y por su hijo. Le pidió al dios que fuese que Bigador se tranquilizara, que no volviese a chillarle. Le pidió que le perdonase por su mal humor. Y que les devolviera íntegro su amor a los dos. Y terminó durmiéndose, agotada, y soñó de nuevo con él, aunque ahora no nadaba en el mar, sino en el charco que el agua del jarrón había formado en el suelo, y que se había convertido en un océano inmenso. Nadaba en medio del peligro, y ella le tendía la mano, pero él se daba la vuelta y seguía nadando en dirección contraria, alejándose cada vez más hacia un horizonte invisible en el que flotaba la niebla.

Bigador tardó tres días en volver a casa. São estaba angustiada. Lo llamó un montón de veces a su móvil, pero no le contestó. En cambio, no se atrevió a telefonear a ninguno de sus amigos: era probable que estuviera con alguno de ellos, pero, de no ser así, le molestaría que se enteraran de que habían tenido una pelea. No quería que se enfadase más. No podía soportar la idea de que, a su regreso, volviera a gritarle y a dar golpes a las cosas. Cuando pensaba en eso, se ponía de nuevo a llorar.

Pero él llegó sin embargo preocupado, cabizbajo, intentando sonreír aunque la vergüenza y la tristeza se lo impedían. Le traía un frasco de su perfume favorito, el que ella siempre se ponía cuando entraban en unos grandes almacenes y que nunca había podido comprarse porque era muy caro. Le pidió perdón con lágrimas en los ojos. Le hizo el amor con una ternura infinita, y aquella noche durmieron abrazados, más cerca el uno del otro que nunca, sintiendo ella los latidos breves y pausados del corazón de él, y él el olor tan fresco de su pelo revuelto.

Los primeros golpes llegaron unas semanas después, en pleno agosto, en medio de las tristes vacaciones que nunca pudieron pasar juntos. Llegaron como llega un terremoto, una catástrofe cualquiera, inesperadamente, aunque hubiesen existido todos aquellos signos que los anunciaban desde tiempo atrás, aquellos signos que la mente de São veía y se empeñaba sin embargo en no ver.

Era un viernes por la noche. Lisboa ardía. El calor había ido concentrándose a lo largo del verano en las calles, inundando el asfalto y las paredes de las casas y los tiradores de las puertas. Hasta los árboles desprendían calor, como si un fuego invisible los estuviera devorando por dentro y lanzara luego sus vahos hacia el aire. Ella había trabajado todo el día. Estaba agotada. Su cuerpo era fuerte, pero el embarazo parecía menguar su resistencia. Se le habían hinchado las piernas y le dolían los riñones, como si alguien estuviera dándole latigazos allí, a la altura de la cintura. Llegó a casa con el único deseo en la cabeza de descansar, cenar algo rápidamente y acostarse pronto para volver a madrugar a la mañana siguiente.

Se encontró a Bigador tirado en el sofá, dormido. Había cinco o seis latas vacías de cerveza encima de la mesa.

La televisión estaba puesta a todo volumen. Una película en la que unos tipos se daban puñetazos y se perseguían unos a otros en coche, produciendo un ruido infernal. São quitó el sonido antes de acercarse al hombre y besarlo:

– Hola, cariño.

El abrió los ojos y se estiró, bostezando:

– Hola.

– ¿Qué tal tu día?

– Aburrido. No he hecho nada.

– ¿No has salido?

– No. No tenía ganas.

– Pues yo estoy cansada con este calor. Mira las piernas, cómo se me han hinchado…

Bigador echó un vistazo:

– ¡Vaya…! ¿Qué hay de cena?

– Arroz con bacalao. Lo dejé hecho ayer. ¿Te importa calentarlo? Necesito tumbarme un poco.

– Sabes que no me gusta el arroz recalentado…

São sintió cómo la sangre le subía por todo el cuerpo y comenzaba a bombearle en las sienes, una oleada de rabia que enseguida fue acallada por el miedo, igual que el agua silencia el fuego. Comprendió que el hombre estaba al borde de uno de sus ataques de ira. No quería oírle. No quería que sus gritos cayesen sobre ella como piedras afiladas. No lo soportaría. Le faltaban las fuerzas para enfrentarse a su cólera. Tenía la sensación de que, si él le gritaba, ella se desharía, se desvanecería en el aire, de la misma manera que se desvanecen los espectros. Sin darse cuenta, había entrado en la cueva donde se aloja el miedo, en ese ámbito terrible y rojizo en el que la víctima prefiere sacrificarse a sí misma antes que provocar de nuevo la ira de su verdugo. Así que no dijo nada. Fue a la habitación y se puso un vestido de andar por casa. Luego volvió a la cocina, silenciosa, y preparó la cena. Calentó el arroz, extendió el mantel, colocó los cubiertos y los vasos, sacó del frigorífico una cerveza para él y la botella de agua para ella, partió el pan, sirvió los platos.

Se sentaron a la mesa. Para entonces, São ya había superado el mal momento. Había ido haciéndolo más pequeño dentro de sí misma, reduciéndolo con esfuerzo hasta que sólo fue una diminuta mota oscura dentro de su cerebro. Intentó hablar de las cosas que le habían sucedido en la panadería, de doña Luisa, la viejecita de la esquina, que había llegado muy contenta y había estado contemplándose un largo rato en el cristal del escaparate porque su vecino del quinto, aquel chico tan guapo, le había dicho al encontrársela por la escalera que cada día parecía más joven, y que era una pena que él ya tuviera novia, porque si no le iría detrás. Y de Elisa, la niña tan preciosa de la primera bocacalle, que le había preguntado si era verdad que iba a tener un bebé y cómo se hacían los bebés y quién era su marido.

Bigador apenas contestaba. Había vuelto a poner la televisión, y ahora veía un partido de fútbol que le hizo dar un par de puñetazos en la mesa y pegar alguna que otra voz. São terminó de cenar en silencio. Deseó que el juego durase mucho para poder irse sola a la cama y estar ya dormida cuando él se acostara. En cuanto acabó, se levantó y recogió la mesa. Luego fregó los platos, los secó y colocó todo en su sitio. Pasó la bayeta por la cocina, el fregadero y la encimera. Ya podía acostarse. Bigador había cogido otra cerveza y estaba de nuevo tendido en el sofá. Seguía viendo el fútbol, pero el partido debía de ser poco interesante, porque ahora estaba callado y tranquilo. Se acercó a él de camino hacia el dormitorio:

– Buenas noches, le dijo.

– ¿Ya te vas a la cama?

– Sí, estoy muerta, no puedo más.

– ¿No vamos a salir?

– ¿A salir…?

– Es viernes, tengo vacaciones, y estoy harto de estar en casa.

São sintió un latigazo de dolor en los riñones, como si el miedo se le estuviese enganchando allí, preparándose para expandirse por todo su cuerpo. Trató de controlarse. Le pareció que era mejor que él no lo sospechara:

– Lo siento, cariño. Estoy agotada, de verdad, y tengo que madrugar. Saldremos mañana, te lo prometo.

Bigador se había mantenido muy calmado hasta ese momento, hablando en voz baja, tranquilo, como una fiera que acecha a su víctima sin hacer ruido. Ahora empezó a gritar:

– ¡Me has jodido las vacaciones! ¡No he podido ir al Algarve por tu culpa! ¡Y ahora no puedo ni salir a tomar una copa! ¡Sigue jodiéndome, a ver hasta dónde eres capaz de llegar!

São susurró:

– Vete tú. No me importa. Yo no puedo.

– ¿No te importa…? ¿No te importa…?

Y entonces se abalanzó sobre ella. El puño enorme le golpeó un pómulo, una, dos, tres veces. La otra mano gigantesca le sujetó los brazos que trataban de hacer frente a aquella mole inesperada, a toda esa brutalidad que se había precipitado encima de ella en un instante, desbaratando su orgullo de ser mujer, el ensimismamiento de su amor, su ciega confianza en la vida que había ido construyéndose, el refugio que había intentado levantar fervientemente para ella misma y él y su hijo contra la hostilidad y los malos vientos. No le dolía el cuerpo, no sentía los golpes, pero sabía que a medida que la alcanzaban, una parte importante de sí misma estaba huyendo hacia la nada, y no regresaría nunca más.

Bigador seguía gritando:

– ¿Te estás enterando de lo que te importa? -alzó el puño en el aire y lo mantuvo allí amenazador, muy cerca de su cara-. ¿Vas a seguir jodiéndome? ¡Di! ¿Vas a seguir jodiéndome?

São movió la cabeza y susurró:

– No…

La voz del hombre volvió a ser suave:

– Bien, así me gusta.

La soltó. Luego se dirigió a la puerta y salió. Ella se sentó en el sofá. Estaba vacía. Sólo era capaz de observar su cuerpo. Sólo le importaba comprobar que no sentía un dolor repentino en el vientre. Que no había un rastro de sangre en el cojín. Un coche aparcó en la calle y comenzó a tocar el claxon. Por las ventanillas abiertas sonaba un kizomba. São fue siguiéndolo, cantando en voz muy baja, arrímate a mí, mi negra, arrímate a mí, si tú vienes, yo seré un colchón de arena, una manta de estrellas, arrímate a mí. El pómulo comenzó a palpitar. La carne le latía por debajo de la piel. Se lo tocó despacio con la yema de los dedos. Acabó dejando la mano encima. La mano estaba helada. Aquel frío sobre el pómulo caliente era bueno.

Tenía que llamar a Liliana. Liliana iría a buscarla y la acompañaría a un hospital. Sólo Liliana sería capaz de sacarla de allí y construir un puente para ella que la llevase de nuevo a la realidad, al verano caliente y húmedo, a la alegría del niño dentro de su cuerpo, a los helados de chocolate que tanto le gustaba tomar al mediodía, a la sombra consoladora de los árboles, a todos los proyectos y esperanzas y deliciosos momentos de placer de que debía estar hecha la vida de una mujer embarazada. Lejos de la cueva roja del miedo, de las amenazas y la angustia y la asfixia.

Pero no podía llamarla. Ella la había avisado. Había percibido algo en Bigador, quizás aquel gesto, la boca torcida hacia la izquierda, los labios dejando entrever los dientes, y el destello perturbador en el fondo de los ojos. Al principio le había dicho que no se fiara de él. Y, de alguna manera, se lo había intentado repetir muchas veces en los últimos meses.

Sólo se habían visto en un par de ocasiones desde que estaba embarazada. São no podía quedar con ella más a menudo porque a Bigador no le caía bien.

– Esa amiga tuya -solía decirle-, ¿de qué va? Me pone muy nervioso con su rollo feminista. Me trata fatal, como si yo fuera un monstruo.

Ella intentaba convencerle de que no era cierto, aunque sabía que a Liliana no acababa de gustarle mucho aquel hombre. Pero Bigador insistía. Se negó a ir a dos o tres cenas que Liliana había organizado en su casa, y también a invitarla a su propio piso.

– Preferiría que no te vieses con ella -terminó por decirle-. Va a contagiarte sus ideas, y esas ideas son muy malas para una familia, para una madre con un hijo y un marido, como vas a ser tú.

São no quería renunciar a su amiga. Esa relación era muy importante para ella. Cuando estaban juntas, parecía como si se crease a su alrededor un espacio que tenía que ver con la infancia, como si fueran dos niñas caminando de la mano por las tierras volcánicas de Cabo Verde y contándose la una a la otra sus pequeños sueños. Decidió que seguiría viéndola, aunque no le diría nada a Bigador. Sin embargo, aquello no funcionó. Quedaron dos días a la hora de comer. Se puso nerviosa: parecía como si estuviera haciendo algo malo, y tenía la impresión de que él podría entrar en cualquier momento en el café. Así que comenzó a darle excusas. Un día tenía que ir al médico, otro iba a reunirse con la prima de su madre, o debía ayudar a una dienta anciana a limpiar su piso. Liliana comprendió perfectamente lo que le pasaba, y no pidió explicaciones. Aun así, la llamaba por teléfono dos o tres veces a la semana a la panadería, y solía decirle lo mismo:

– ¿Qué tal estás?

– Muy bien, cada día un poco más gorda.

– ¿Todo va bien? -Y aquel «todo» parecía contener un universo entero.

– Sí, sí, perfecto. No hay ningún problema.

– Ya sabes que puedes contar siempre conmigo si me necesitas. Para lo que sea. De día y de noche.

São sentía mucha tristeza al oír esas palabras, como si fueran una premonición de algo vago y peligroso que por nada del mundo quería que sucediera. Pero a la vez le daban calma: estaba segura de que Liliana estaría allí si esa cosa inimaginable llegaba a ocurrir. Luego se ponían a hablar de cualquier asunto, de la reciente sesión de fotos de Liliana, del último libro que había leído o de los jerséis que las dos iban tejiendo con paciencia para el bebé, São despacio, sentada tranquila en su silla de la panadería, mientras esperaba a los clientes, y su amiga por las noches, atropelladamente, haciendo y deshaciendo una y otra vez las mismas vueltas en las que siempre cometía alguna falta.

No podía llamarla. Le había mentido. Le había dicho que quería a Bigador porque era dulce y cariñoso como un niño y firme y tranquilo como un hombre muy mayor. Y ahora ya no sabía si lo quería. Tan sólo estaba segura de que deseaba que desapareciera, igual que las nubes de tormenta cuando las azota el viento. Que tuviera que regresar a Angola por alguna urgencia y no volviera nunca más. Que se lo tragase la tierra.

Ni siquiera sabía por qué lo había querido tanto. Tal vez porque él la engañó y le hizo creer que era realmente así. O acaso porque ella confundió su cuerpo con su alma, y pensó que la extraordinaria belleza de su sexo erguido era prueba suficiente de su bondad. Quizá sólo porque necesitaba querer a alguien y estar convencida de que alguien la quería a ella. Siempre había intuido que el amor podía ser algo caótico y peligroso, una estrategia de la parte más burlona de la vida para empujarla hasta un callejón y obligarla a pegarse a la pared y convertirla en un blanco perfecto contra el que fueran a clavarse flechas envenenadas y agudas puntas de lanza. Debería haber prestado atención a aquella voz que le hablaba en las profundidades de la mente.

No podía llamarla. Sentía vergüenza. Una vergüenza terrible por haber permitido que aquel hombre se atreviera a llegar hasta allí. Por haberle amado de aquella manera loca y confiada. Por haberse quedado embarazada de él. Y por estar pensando, deseando, soñando, ahora, en aquel mismo momento, que llegaría arrepentido, que se arrojaría a sus pies y le imploraría el perdón, que volvería a ser el buen Bigador de los comienzos. Su verdadero amor.

Se dio cuenta de que estaba sola. Y la soledad era como un montón de cenizas que cubrían los ojos y sabían mal. Fue al baño y se miró en el espejo. Tenía todo el lado izquierdo de la cara rojo e hinchado. Entonces notó lo mucho que le dolía, como si un cuchillo la estuviera partiendo en dos, y se puso a vomitar.

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