Bigador

São se instaló en casa de una prima de su madre. Era un piso pequeño, tan sólo dos habitaciones que ocupaban el matrimonio y sus cuatro hijos. A ella le dejaron el sofá de la sala, donde dormía encogida y martirizada por el calor, que merodeaba como un criminal por las calles estrechas de aquel barrio de las afueras de Lisboa, pegándose al asfalto, a las paredes mal protegidas, a los cuartos diminutos en los que el aire no podía circular. Aun así, sabía que había tenido suerte: después de muchos intentos, cartas a su madre y llamadas telefónicas, había logrado localizar a Imelda, y ella se había ofrecido a acogerla durante unos días y ayudarla a encontrar empleo.

Cada mañana leía los anuncios por palabras del periódico. Quería un trabajo como interna: podría ahorrar más y no tendría que preocuparse por buscar una casa. Fue a varias entrevistas, pero no logró nada: lo primero que le preguntaban las señoras era si sabía preparar comida portuguesa. Y aunque les decía que no, pero que aprendería rápido, enseguida la despachaban. Tampoco tenía referencias. Los cinco años que había pasado cuidando a los niños de los Monteiro no servían para nada. Era probable que ni siquiera la creyeran. Todas aquellas mujeres refinadas, con las uñas pintadas y el pelo peinado en la peluquería, parecían tomarla por una salvaje. Era como si las asustase su acento criollo y la ropa demasiado africana que llevaba. No se fiaban de ella.

Cuando salía de las citas, se dedicaba a recorrer las calles de Lisboa. Se sentía deslumbrada por las anchas avenidas y los edificios de piedra, por los jardines ordenados y los altares simétricos de las iglesias, por las columnas de las grandes fachadas y las inmensas estatuas de las plazas. Iba descubriendo la asombrosa geometría de las cosas, el equilibrio implacable, la remota y poderosa armonía escondida tras los trazos diseñados de una ciudad que se va construyendo a lo largo de los siglos. Aquella rara perfección, tan distinta del caos de las islas, con su desorden de rocas desprendidas y árboles perdidos, de casuchas espontáneas y aldeas desparramadas, la impresionaba mucho más que el bullicio de las calles, la afluencia de gentes, el ruido del tráfico o el lujo caprichoso de los escaparates.

Pero también le divertían el metro y los autobuses, el control que lograban mantener sobre el tiempo, exactamente cronometrado, la velocidad a la que le permitían trasladarse de una esquina a otra de la ciudad, rodeada de personas desconocidas a cada una de las cuales tenía la tentación de contemplar como si fuese un cuadro lleno de detalles misteriosos. Observaba la forma como se vestían y caminaban, su manera de saludarse y hablar los unos con los otros, la mirada fija que utilizaban para perderse en un inexistente infinito cuando viajaban solas, la agradable indiferencia con que la trataban. Lisboa le parecía un cobijo. Una trama de vidas y afectos y ambiciones, y también sin duda de ansiedades y desdichas, en la que su propia existencia anónima era rescatada de la vulgaridad por la lucha común. Algún día ella sería un respetable miembro de aquel conjunto, cuando dispusiera de su propio trabajo, su propia casa y sus horas libres.

Pero pasaba el tiempo y no lograba encontrar empleo. Al cabo de diez días, Imelda le hizo saber que no podía seguir alojándola. Fue ella quien tuvo la idea de que se fuera al Algarve. Empezaba el mes de julio, y las playas se llenaban de turistas. Allí había muchas más probabilidades de que lograra trabajar. Los hoteles y los restaurantes solían necesitar personal de temporada. La hija de una buena amiga suya vivía en Portimão y tal vez podría ayudarla. Siempre ayudaba a las recién llegadas. La llamaron. Liliana la animó a que viajara enseguida: era cierto que había muchos empleos. Y ella disponía de una habitación para compartir en el piso que tenía alquilado con otras caboverdianas. Al día siguiente, São cogió el autobús camino del sur.

Llegó a Portimáo cuando ya se había hecho de noche. Liliana estaba esperándola en la estación. Era una mujer tan sólida y hermosa como una estatua. São la admiró desde el primer momento. Iba maquillada, con mucho rímel en los ojos enormes y los labios pintados de un rojo que en cualquier otra hubiera resultado vulgar, pero que a ella la embellecía aún más. Llevaba unos pantalones vaqueros y una camiseta verde muy escotada, ropa probablemente barata que lucía como si procediese de la tienda más elegante de Lisboa. Y, sin embargo, no había en ella ningún envaramiento. Parecía por el contrario fresca y cercana, y São tuvo enseguida la impresión de que estaba junto a una hermana mayor, alguien que la rodearía con su brazo en los momentos de dificultades y la acompañaría de vuelta a la tranquilidad.

Liliana había nacido en Cabo Verde, pero no se consideraba una inmigrante. Sus padres habían llegado a Lisboa para trabajar cuando ella tenía tan sólo cuatro años, de manera que se había criado como cualquier niña portuguesa. Había podido estudiar, y se había licenciado en Turismo. De marzo a octubre trabajaba como recepcionista en un buen hotel de Portimáo. El resto del año regresaba a la capital y ganaba algún dinero como modelo publicitaria. Pero ese mundo no le gustaba. Lo que le interesaba de verdad era la política. Militaba en el Partido Socialista y aspiraba a ejercer algún día un cargo de responsabilidad. Quizá lograra ser diputada. Estaba convencida de que, con el tiempo, en Portugal llegaría a haber muchos políticos de origen africano, gentes procedentes de las antiguas colonias. Era un proceso histórico inevitable, sostenía. Igual que en Francia la Revolución había llevado al poder a los burgueses, que tanto esfuerzo y talento le habían entregado previamente, los africanos, que habían contribuido durante siglos a enriquecer la metrópoli, acabarían por sentarse en sus puestos de mando.

Se sentía profundamente feminista, y a menudo viajaba a Cabo Verde y organizaba charlas con las mujeres de las aldeas y de los barrios más pobres de las ciudades. Entonces se olvidaba de su lenguaje intelectual y se servía de imágenes que ellas pudieran comprender. Estaba acostumbrada a ese mundo. Su propia madre había sido analfabeta hasta los treinta y cuatro años, cuando ella misma le enseñó a leer y a escribir. Trataba de explicarles algunas ideas sencillas pero fundamentales: que no eran propiedad de sus hombres, que utilizar métodos anticonceptivos era bueno y que debían enviar a sus hijas a la

escuela. Sabía sin embargo que casi nunca le prestaban atención. La mayoría de sus oyentes carecían de recursos morales que les permitiesen reflexionar sobre lo que les estaba contando. La vida las había arrojado en medio de un mundo duro y violento, y ellas subsistían enraizadas en él, como frágiles animales desprotegidos. La única idea que palpitaba en sus cabezas era la de sobrevivir, ellas y sus niños: sobrevivir al hambre, sobrevivir a las palizas, sobrevivir a la disentería… Pero, de vez en cuando, alguna de aquellas mujeres parecía escucharla con especial interés, la mirada ansiosa y el cuerpo tenso, y entonces tenía la sensación de que sus palabras servían para abrir nuevos caminos que tal vez en el futuro llegarían a ser anchas avenidas sombreadas por las que caminarían muchas mujeres, libres y fuertes y hermosamente altivas. Liliana y São recorrieron las calles animadas de Portimão hasta llegar al piso. Dos de las tres muchachas que también vivían allí estaban todavía trabajando, sirviendo mesas y poniendo copas en la bulliciosa noche del verano. Le enseñaron su habitación, que tendría que compartir con Lula. Le gustó aquel lugar, las camas tan blancas y la pequeña alfombra anaranjada sobre la cual podría deslizar los pies al levantarse. Nunca había tenido una alfombra, y se imaginó que sería agradable pisarla descalza y disfrutar de su suavidad. Alguien había preparado para ella una rica cena. Comió con apetito, entre preguntas de sus compañeras, que querían saberlo todo de su vida. Se sentía contenta. Era bueno ser recibida así, como si ya formase parte de ese grupo que compartía el verano en aquel piso de paredes luminosas y azulejos relucientes y grandes ventanas que se abrían hacia las terrazas de los bares, repletas todavía a aquella hora de gentes que charlaban y reían con la despreocupación propia de las vacaciones. Era bueno saber que, con toda probabilidad, como insistía Liliana, enseguida encontraría un empleo. Y que tendría un lugar acogedor al que volver por las noches, y una cama limpia y fresca.

Dos días después, ya estaba trabajando. Había conseguido un puesto de camarera en un bar cercano a la playa. Nadie le preguntó cuál era su situación legal: simplemente la aceptaron, sin contrato escrito, ni derechos, ni Seguridad Social. Desde las nueve y hasta las cinco, São tendría que atender las mesas de la terraza, servir los desayunos tardíos, las cervezas de media mañana, los aperitivos de la una, los bocadillos a la hora de comer y los cafés de la tarde. Al principio estaba nerviosa. Le temblaba la bandeja en la mano, y solía derramar los refrescos y las copas llenas de vino. Pero aprendió enseguida. Pronto se movió con soltura entre las sillas, recordó sin problemas la numeración de cada mesa, desarrolló su propio sistema para anotar los pedidos y se acostumbró a alzar la voz en la barra para ser escuchada. Cumplía con su cometido con rapidez y con toda la simpatía de la que era capaz. Aún le daba un poco de vergüenza su acento isleño, pero fue fijándose en la manera de hablar de los portugueses, y se esforzó en copiar su tono y sus modismos.

En general, la gente era amable con ella. Aunque había algunos que la trataban con evidente desprecio. A veces en su cabeza se despertaba un temor vago, una cierta consciencia de que su aspecto era por primera vez diferente del de los demás. Y esa diferencia era como una barrera que la aislaba, pero que los otros podrían franquear fácilmente si querían atacarla. Sin embargo, fingía no darse cuenta. Le parecía que si negaba el valor de ciertas cosas y no pensaba en ellas, era como si no sucedieran. Pero sólo logró mantener esa falsa ignorancia unos días, hasta que una mañana a última hora tuvo un problema grave con un tipo medio borracho. Acababa de dejarle una copa de vino blanco encima de la mesa y se alejaba ya cuando él la llamó:

– ¡Negra!

São sabía que se estaba refiriendo a ella, pero no se dio por aludida. El hombre subió el tono de voz:

– ¡¡Negra!! ¡¡Camarera!!

Algunas personas los miraron. São, roja de ira, se dio la vuelta y regresó junto a él:

– Dígame…

– Este vino está caliente.

– Ahora mismo le sirvo otro.

Entró en el local y le explicó la reclamación al jefe, que refunfuñó pero terminó por sacar una nueva botella del frigorífico. Volvió a la terraza y colocó la copa delante del hombre, fingiendo tranquilidad. Luego se acercó a otra de las mesas. Oyó a sus espaldas el ruido de una silla al caer al suelo, y de nuevo el grito insultante:

– ¡¡Negra!! ¡¡Estoy hablando contigo!! ¡¡Mírame!!

Se giró otra vez hacia él. Sentía la sangre bulléndole en las venas, y el corazón le latía apresuradamente. De haber podido, de haber estado segura de que no se iba a quedar sin empleo, se hubiera abalanzado contra él con toda la fuerza de la que era capaz. El hombre se había puesto en pie y vociferaba:

– ¡¡Sigue estando caliente!! ¡¡Si no sabes servir, vuelve a la selva!!

São dejó de pensar. Era como si toda ella se hubiera vuelto fuego, una llama de orgullo milenario ardiendo contra la inmunda soberbia de un tipejo. Se lanzó hacia él, dispuesta a darle puñetazos, y mordiscos, y patadas, lo que fuera con tal de librarse de aquella herida repentina que le infligían su presencia y su voz. Pero los brazos del jefe y del otro camarero se lo impidieron. El dueño había salido del bar al oír los gritos, y no estaba dispuesto a que se organizara una pelea y, para colmo, acudiese la policía y se viera obligada a ponerle una multa por tener contratada a una inmigrante en situación ilegal.

Lograron retenerla. Al hombre terminaron por llevárselo de allí sus amigos, que al principio se reían ante sus insultos pero que ahora estaban preocupados por el escándalo. La gente regresó poco a poco a sus cervezas y sus bocadillos. El jefe le dijo que se fuera a casa el resto de la tarde. Pero, antes de que pudiera ponerse en marcha, se acercó a ella y le susurró amenazadoramente en voz baja:

– Espero que no seas de las que se dedican a provocar…

São rompió a llorar y echó a correr. Corrió y lloró hasta que llegó al piso, y allí se tiró en la cama y siguió sollozando. No quería hacerlo, deseaba comportarse como una mujer fuerte y digna, pero no podía evitarlo. Era la primera vez que alguien la insultaba por ser negra, la primera vez que la despreciaban por haber nacido en África. Quienes regresaban de Europa no hablaban de esas cosas. No explicaban que ser un negro en medio de tantos blancos era igual que llevar una luz permanentemente encendida, y que había gente que deseaba apedrearla. Quería regresar a Cabo Verde y ser una más, igual a todos, invisible. De pronto, no le importaba la miseria, ni tampoco el futuro. Sólo aspiraba a desaparecer entre la multitud.

Cuando llegó Liliana y escuchó entre hipidos lo que había sucedido, lo primero que hizo fue prepararle un whisky.

– No te puedes poner así por culpa de un imbécil -le dijo-. ¿No ves que eso es justamente lo que pretenden? Que lloremos o, aún mejor, que los ataquemos, para poder decir después que todos los africanos somos unos delincuentes.

São se iba bebiendo a sorbos su copa, mientras unos lagrimones enormes, de niña pequeña, le caían en silencio por las mejillas. Liliana se acercó a ella y le cogió la cara entre las manos:

– ¿Sabes qué les pasa en realidad a todos esos racistas? Que nos tienen envidia. ¿No te has dado cuenta de lo preciosa que eres? ¿Crees que ese tipo va a encontrar alguna vez una mujer tan guapa como tú? Mira qué piel, qué brillante y suave, y ese color maravilloso, al que le sienta bien cualquier cosa… ¿No ves que ellos se pasan el verano intentando volverse negros sin conseguirlo? ¿Y tu culo…? ¿Tú has visto qué culo tienes y qué pechos tan espléndidos? Cuando un blanquito te insulte, acuérdate de tu culo. Verás cómo se te va enseguida toda la rabia…

São se echó a reír. No estaba acostumbrada al whisky, y le había hecho efecto rápidamente. Sentía que la sangre le fluía ligera por las venas, y dentro de su cabeza iba y venía una nubecilla bamboleante, que lo volvía todo acuoso. Se puso en pie y agitó las caderas, como si interpretase una danza feroz:

– ¡Mira, blanquito, mira, esto es lo que soy…!

Pusieron música, salvajes batucas de la isla de Santiago, y bailaron fervorosamente, el ritmo de los tambores penetrándoles dentro del cuerpo, dominándolas, haciéndose dueño por entero de ellas, rápido, cada vez más rápido, como si se hubieran convertido en aire veloz, hasta que cayeron al suelo, exhaustas y muertas de risa.

Aquél fue el último rato de diversión en mucho tiempo. Pocos días después, São había encontrado un segundo trabajo. De siete de la tarde a doce de la noche atendía las mesas de una pizzería. Necesitaba ganar más dinero. Tenía que devolverle el préstamo a Benvinda, además de enviar las sumas habituales a Jovita y a su madre, que seguía escribiéndole unas cartas penosísimas, explicándole los muchos gastos que sus hermanos suponían. Y pagar su parte de la casa, y la comida, y también las camisetas y los pantalones que se había comprado para vestirse como las portuguesas. Sólo le quedaban libres un par de horas a media tarde y el tiempo de la madrugada. No dormía mucho. Prefería sentarse un rato a charlar con sus compañeras de piso, aunque a menudo se quedaba dormida en el salón de puro cansancio. Pero no le importaba trabajar tanto. Se alegraba de su buena suerte e incluso se sentía orgullosa de su resistencia física, de aquel cuerpo fuerte y sano que aguantaba lo que fuese.

Con Liliana hablaba muchas veces de lo que haría cuando acabase el verano y en los bares de Portimão dejase de haber sitio para los inmigrantes. Se volvería a Lisboa con el dinero que pudiese ahorrar y buscaría otra habitación en alquiler. No era posible seguir viviendo juntas, porque Liliana compartía un apartamento con su novio, que era profesor de la facultad de Sociología. Pero la ayudaría a encontrar casa y un empleo, y se verían de vez en cuando e irían juntas a caminar por Lisboa y se sentarían en las terrazas de los cafés para ver pasar a los hombres. Todo iría bien, la vida sería agradable, fluiría como un río que atraviesa llanuras blandas, sin sobresaltos ni grandes victorias. Sosiego. Eso es lo que habría, el objetivo cumplido del trabajo esforzado, y un buen puñado de calma.

Los lunes por la mañana, el bar de São cerraba para que el dueño pudiese descansar un poco. Ella solía aprovechar para pasar un par de horas en la playa. Iba siempre sola, porque sus amigas estaban trabajando. Le gustaba aquel rato de aislamiento. Se tiraba allí en la arena, boca abajo, mirando el mar, y aprovechaba para leer alguno de los libros que Liliana le prestaba, novelas complicadas que la aburrían un poco, pero a las que se entregaba esforzadamente, empeñándose en repasar varias veces los párrafos que le resultaban más difíciles hasta que lograba entenderlos. En cuanto empezó agosto, la playa se llenó de una multitud de gentes, niños que correteaban por todas partes, padres protegidos debajo de las sombrillas, mujeres que caminaban a la orilla del mar, jóvenes jugando a las palas… El primer lunes del mes, cuando llegó allí, se sintió molesta por la presencia de aquella multitud repentina, como si le hubieran robado un espacio que le pertenecía por derecho propio. Pero no le quedó más remedio que aceptarlo. Buscó un rincón en el cual extender la toalla, lo más lejos posible del agua donde los bañistas chillaban sin parar, y se echó con su libro.

El hombre se acercó sin que ella se diera cuenta. De pronto, estaba sentado a su lado, y le hablaba:

– ¿Qué estás leyendo?

São se giró hacia él y lo miró. Le pareció como si entre ella y el sol se hubiera extendido una nube de tormenta, oscura y caliente, cargada de energía. Se incorporó rápidamente, con la vergonzante sensación de que su cuerpo tendido resultaba demasiado obvio. Se sentó y acercó las rodillas a su pecho, protegiéndose:

– Es un escritor brasileño, Jorge Amado.

– Ah… ¿Y te gusta?

– Sí.

El hombre hablaba con un acento extraño. La miró sonriendo, seguro de sí mismo, sin timidez ni miedo. Le tendió la mano:

– Me llamo Bigador. ¿Y tú?

La mano de la muchacha cabía entera dentro de la suya, palpitante como un pájaro tembloroso.

– São.

– São… -Y lo dijo igual que si soplara una vela en mitad del océano-. Es bonito.

Un rato después, la acompañó hasta su casa. Le propuso ir a buscarla aquella tarde a la salida del trabajo y estar con ella hasta que llegase la hora de empezar en la pizzería. Aunque le gustaba pasar ese tiempo tranquila en el piso, tomarse un café y darse una ducha, no dudó en aceptar. Al despedirse, Bigador la besó en la mejilla, y a ella le gustó el tacto dulce de sus labios.

De cinco a siete pasearon junto a la playa y se sentaron en una terraza. Cuando llegó al restaurante, São ya sabía muchas cosas de él. Tenía veintisiete años. Había nacido en Angola, en plena guerra civil. De su infancia

recordaba sobre todo el hambre, los tiros, los tanques de los ejércitos en lucha levantando polvo en medio de las calles de Luanda, los escombros sobre los cuales los niños jugaban a dispararse y cazaban ratas que luego las mujeres asaban en los fuegos nocturnos. Desde los seis años robaba frutas en los mercados, y pastillas de jabón. Su madre le regañaba, pero él sabía que sus hurtos eran buenos para ella y sus siete hermanos. Del padre apenas tenían noticias. Trabajaba en las minas de diamantes de Catoca y todos los meses ingresaba algún dinero en una cuenta de un banco. Cuando la intensidad de la guerra disminuía, muy de vez en cuando, aparecía por allí unos días, y luego regresaba de nuevo al agujero después de dejar a su mujer embarazada.

Era veloz como una gacela, ágil, escurridizo, y los pequeños robos se le daban bien. Poco a poco se fue confiando, y aprendió a acechar a los blancos -que siempre llevaban buenas cantidades de dinero- y a cogerles las carteras. La madre no volvió a preguntarle más de dónde sacaba los alimentos con los que luego regresaba a casa. Daba de comer con ellos a sus hijos y se resignaba.

Un día, a los once años, asaltó a un sacerdote católico. Le quitó todos los billetes que llevaba en el bolsillo y luego salió corriendo, como de costumbre, aprovechando la rapidez de sus piernas de kimbundu. Pero no contaba con la fortaleza de aquel hombre que había sido atleta en su juventud. El padre Barcellos lo atrapó fácilmente al cabo de un par de callejones, le hizo una llave y consiguió retenerlo en el suelo. Aquel encuentro cambió su vida. El cura decidió ocuparse de él. Tenía una escuelita junto a su iglesia, en el barrio de Katari, y allí enseñaba a un puñado de chicos que iba pillando por las calles a leer y escribir, pero también a poner ladrillos, instalar un enchufe, colocar un grifo o serrar una madera. Cosas pequeñas que les permitiesen encontrar un trabajo digno. Era uno de esos seres convencidos de que todo el mundo tenía salvación si se le daba una oportunidad. Y él se dedicaba a intentarlo sin contemplaciones.

Bigador se sintió conmovido de que un hombre le prestase atención. Apenas conocía a su padre, y su entorno se reducía a la presencia de otros niños y muchas mujeres. Que un adulto, con su voz grave y sus gestos bruscos, se preocupara por él y le diera órdenes le pareció algo extraordinario. Desde el primer día se puso a seguirlo como un perrillo callejero. Hasta tal punto que el cura a veces, harto ya de su presencia, tenía que echarlo de su lado a gritos. Pronto se dio cuenta de que se le daba bien trabajar con las manos. Le gustaba ver cómo desde la nada, gracias a su esfuerzo, surgía un muro o una mesa. El padre Barcellos le decía que tenía mucho talento para aquello, que no era fácil encontrar trabajadores tan dotados y pacientes como él y que, si se olvidaba para siempre de sus hurtos, tendría un buen futuro por delante. Bigador hinchaba el pecho, pletórico de orgullo, y se volvía aún más delicado y atento en sus tareas.

Un par de años después, cuando ya había aprendido lo suficiente, lo enviaron a Caungula a reconstruir una misión. Era su primer empleo. Ganaría algo de dinero, y le serviría además como experiencia para después seguir trabajando. Le dio pena despedirse del sacerdote, pero aun así se marchó lleno de entusiasmo. Durante muchos meses, levantó paredes, hizo tejados, colocó puertas y ventanas y fabricó muebles. Aprendió además

a ocultarse en la selva cuando la guerrilla se acercaba a la zona, a usar una pistola y manejar el machete. En alguna ocasión se vio obligado a matar, aunque eso no le gustaba recordarlo. Pasos pisando la hojarasca, una sombra que se acercaba enarbolando el kalashnikov hacia el refugio donde él estaba escondido con dos monjas, entre los matorrales espesos, el ansia de vivir, su salto repentino hacia el hombre con el cuchillo en la mano, la pelea, la resistencia de la carne mientras la lama se clavaba una y otra vez, una y otra vez, el olor repugnante de la sangre, el cuerpo sacudiéndose en el suelo hasta que dejó de moverse… Malos recuerdos. Era mejor no hablar de aquello.

Cuando regresó a Luanda, él mismo se había convertido en un hombre, a pesar de que no tenía más de quince años. Enseguida encontró empleo como albañil: la guerra iba desfalleciendo lentamente, y la ciudad crecía y se llenaba de edificios nuevos. Pudo alquilar para su madre y sus hermanos más pequeños una casa mucho mejor que la miserable chabola en la que habían vivido hasta entonces y, en cuanto fue mayor de edad y logró reunir suficiente dinero, emigró a Portugal. Ahora vivía en Lisboa y seguía trabajando en la construcción. Las cosas le iban tan bien, que había podido pedir una hipoteca para comprarse un piso y hasta se permitía pasar las vacaciones en el Algarve. Se sentía orgulloso de sí mismo: había estado a punto de convertirse en un delincuente. A estas horas seguramente estaría ya muerto, como la mayor parte de sus amigos de la infancia. Pero había luchado con su destino a brazo partido hasta construirse una vida decente. Por supuesto, le estaba agradecido al padre Barcellos, pero el auténtico guerrero había sido él.

Ahora podía pavonearse con sus trofeos colgando de su escudo, como los antiguos miembros de su tribu.

Aquella noche, cuando llegó a casa, São no dijo nada de Bigador a sus amigas. No se calló por vergüenza, ni siquiera porque quisiese guardar el secreto. Fue sólo porque tenía miedo de que si hablaba de él, si ponía palabras a todo lo que estaba sintiendo, aquel atisbo de extraña dicha que había creído entrever a lo largo del día se desvaneciese, como ocurre con los sueños cuando los cuentas. Se acostó pronto y se puso a recordar todo lo que había sucedido. Era raro: por primera vez, la luz de alarma que siempre se le encendía por dentro cuando un hombre merodeaba a su alrededor se mantenía apagada. Tal vez fuese porque él no la había mirado con deseo, dándole a entender que ansiaba manosearle los pechos y penetrarla violentamente, sino con ternura, como si quisiera acariciarla despacio, durante muchas horas. Y esa idea le gustaba. Sentir las manos de Bigador tocando su cuerpo una y otra vez. Como la brisa cuando rodaba sobre ella en la playa, suave y fresca.

Durante las dos semanas que duraron las vacaciones del angoleño, se vieron a diario. Él iba a recogerla a las cinco al bar, y la invitaba a tomar un helado o un café. Luego la acompañaba hasta la pizzería y volvía a buscarla a medianoche. Entonces paseaban y se sentaban en la arena, cogidos de la mano, abrazándose, enredándose el uno en el otro. El mundo se desvanecía a su alrededor. No había personas recostadas en la barandilla del paseo marítimo, ni olas que rompieran sonoras contra la tierra, ni estrellas que brillasen palpitantes en lo alto del cielo.

Sólo las lenguas, las pieles, las respiraciones, la carne tan deseada del otro. Noche a noche, São fue entrando inesperadamente en el espacio del deseo, y caminó por él firme y segura, hasta llegar a la cumbre.

El último lunes que él debía pasar en Portimão, habían quedado a las nueve de la mañana para ir juntos a la playa. Pero antes de las ocho y media, Bigador ya estaba llamando al timbre. En cuanto ella le abrió la puerta, la agarró por la cintura y empezó a besarla despacio y largamente, en los ojos, y las mejillas, y la boca, milímetro a milímetro de sus labios, y luego el cuello y los pechos, muy despacio, lamiéndole cada poro como si fuera en ellos donde radicase la esencia de la vida. São sintió que aquel hombre hurgaba en lo más hondo de ella misma, que lograba extraerle del alma extraños secretos que ni siquiera ella sabía que existían. Y se entregó al placer con plena lucidez. Disfrutó de cada espasmo de goce, se abrió toda para que él entrase dentro de ella, depositó a sus pies su antigua rigidez de virgen. Alcanzó el paraíso que pueblan todos los amantes de todos los tiempos, el mundo al fin entrelazado de dos seres diversos que, por un instante, creen dejar atrás la soledad.

Cuando Bigador volvió a Lisboa tres días después, estaba claro que se habían enamorado. De pronto, todos los proyectos de São habían cambiado. Ella, que siempre se imaginaba una vida únicamente para sí misma, pensaba ahora en dos. Ella y él, su amor, dos columnas que se sostendrían la una a la otra tanto en los buenos como en los malos momentos. Él le había prometido buscarle una casa. Le había prometido ayudarla a encontrar trabajo.

Le había prometido enseñarle cada rincón de la ciudad. Le había prometido llevarla a bailar los sábados por la noche. Le había prometido que cuidaría de ella y nunca la dejaría llorar, aunque se sintiera desanimada, aunque echara de menos las oscuras lavas de Cabo Verde y los dragos altivos, aunque alguien quisiera insultarla llamándola negra, aunque el misterioso frío del invierno europeo se le metiera dentro de los huesos y la hiciera creerse frágil e inservible. Él estaría a su lado, y ella resplandecería y se sentiría hermosa junto a su hombre hermoso y resplandeciente, y toda esa belleza sería la belleza de Lisboa, de las calles agitadas y del metro ruidoso, la belleza del cielo sobre el ancho río y de las viejas piedras doradas, la belleza de la propia vida, que la asaltaba ahora desde cualquier rincón insospechado, dejándola conmovida y vacilante.

Las semanas que pasaron hasta su partida de Portimão transcurrieron muy despacio. Bigador la llamaba todos los días, a las seis en punto. São se echaba en su cama para atender el teléfono. Aunque el piso estaba vacío a aquellas horas, le parecía como si así estuviera más cerca de él. Eran largas conversaciones insulsas, charlas de enamorados, en las que se contaban las tonterías del día y se repetían el uno al otro las ganas que tenían de verse. Ella no acababa de comprender cómo era posible que a quinientos kilómetros de distancia hubiese un hombre que la echaba de menos, un hombre que estaba dispuesto a realizar esfuerzos por ella, que la quería y deseaba abrazarla y hacerle el amor. Pero todo tenía sentido. Él decía su nombre, y era como si nadie la hubiese llamado nunca antes. Se sabía valiosa y única, y ansiaba ser mucho mejor de lo que era para depositar todo lo que tenía de bue-

no entre las manos de él, entregarle como un regalo todo el placer, y también la alegría y la fortaleza y la capacidad de lucha.

Por las noches, hablaba a menudo con Liliana de lo que le estaba sucediendo. Su amiga trataba de convencerla de que fuese prudente:

– No deberías ser tan confiada -solía decirle-. Apenas sabes nada de él.

– Sí que sé -insistía São-. Sé que es bueno y cariñoso y trabajador. Le ha comprado una casa a su madre en Luanda. Y todos los meses le manda dinero. Un hombre que cuida así de su madre tiene que ser bueno.

– No te creas todo lo que cuenta de sí mismo sin tener pruebas. La gente tiende a embellecerse cuando quiere seducir a alguien. Date un poco de tiempo para conocerle mejor.

– ¿Y eso qué significa? ¿Que deje de sentir lo que siento? ¿Crees que es posible quitarse el amor de encima como si te sacudieras el polvo?

– No, ya sé que no es posible. Sólo te digo que tengas cuidado, que estés un poco alerta. Quiérele y disfruta, pero vigila por si acaso te engaña.

São recordó lo que le había sucedido con don Jorge:

– Una vez tuve que decidir si me volvía desconfiada o seguía viviendo como si todo el mundo fuese a portarse siempre bien. No quiero encogerme sobre mí misma y andar por la vida igual que una vieja comida por la sospecha. Prefiero equivocarme. Pero estoy segura de que con Bigador no me equivoco.

Liliana suspiró, vencida:

– Espero que tengas razón. Pero si no la tienes, acuérdate de que yo estoy

aquí…

Un día de finales de septiembre, cuando el bar y la pizzería la despidieron, São viajó de nuevo en autobús desde Portimão hasta Lisboa. Se sentía extrañamente tranquila. Tenía unas ganas enormes de ver a Bigador, pero estaba tan convencida de que él la quería, que hizo todo el viaje contemplando con calma el paisaje, sin atravesar ni un solo instante de zozobra, como un pez que se dejase llevar por las aguas del río hacia el único destino posible. Cuando llegó a la estación, él estaba esperándola. Había pedido la tarde libre para ir a recogerla. La forma en que se reconocieron entre la multitud y se miraron, descubriendo esa luz insólita que emana del otro cuando se le desea, la manera como se besaron y se abrazaron, igual que si no existiera nada más en el mundo que sus cuerpos, le hicieron entender que no estaba equivocada.

Durante casi una hora, cruzaron Lisboa en el coche de Bigador, cogiéndose de la mano cada vez que él podía soltar la palanca de cambios. Una semana antes, le había dicho que ya le había encontrado un lugar para vivir. La prima de un amigo suyo alquilaba una habitación. No era gran cosa, pero no costaba mucho y estaba bastante cerca de su casa. De esa manera podrían verse a menudo. Ahora, durante el trayecto, le anunció además que le había organizado una cita para un empleo al día siguiente. Sabía de una panadería donde necesitaban una dependienta. La anterior era amiga suya, y hablaría a su favor. Era una buena oportunidad. São gritó de alegría. No sabía cómo darle las gracias. O sí, cuidaría de él como ninguna mujer le había cuidado nunca. Sería su esposa y su hermana y su madre, si era eso lo que necesitaba. Iba a quererlo como jamás había querido a nadie.

La casa de María Sábado era muy triste. En realidad, todo era muy triste. El barrio de calles sucias, lleno de edificios iguales, desconchados y mugrientos, en los que se hacinaban cientos de inmigrantes, familias enteras venidas de África a costa de muchas deudas y de los ahorros de muchas vidas, amontonadas como insectos en los pisos minúsculos. Hombres que abandonaron un día la aldea de la sabana y cruzaron desiertos y montañas y mares y que malvivían vendiendo paraguas los días de lluvia y abanicos los de sol. Mujeres que huyeron de una ciudad miserable para evitar un matrimonio forzado, y las palizas, y la esclavitud, y que ahora limpiaban casas y escaleras y oficinas y hospitales por unas pocas monedas. Un cúmulo de gentes de orígenes distintos, de tribus enemigas, una colmena de olores y lenguas y músicas diferentes, noches de amor y noches de sexo y noches de muerte y noches de alcohol y noches de llanto y noches de cuchillos, infinidad de sueños rotos y una multitud de esperanzas, almas fracasadas y almas resignadas y almas coléricas y almas deshechas y almas poderosas, un enjambre de gentes sin arraigo, sin razones para quedarse ni para regresar, dueños de nada, sombras perdidas en un camino que debía conducirlas al paraíso y casi siempre las llevó al infierno.

El piso era un quinto sin ascensor. Había tres habitaciones pequeñas y un cuartito de estar. Vivían ya cinco personas, todos angoleños, tres mujeres y dos hombres. De momento, São podría dormir sola. La cama de arriba de la litera de su cuarto estaba libre. Un armario sin puertas y una mesilla desvencijada, ése era todo el mobiliario.

Apenas había luz. Abrió la ventana. Daba a un patio diminuto. Enfrente sólo se veía una pared grisácea y sucia. Una plantita reseca de rabanillo se agarraba aún con una fuerza misteriosa a una grieta. Se oían llantos de niños, gritos de mujeres, una voz cantando una canción muy triste, que parecía nacer del fondo de un pozo muy oscuro.

São volvió a cerrar. Estaba asustada. Había vivido en lugares feos y casi vacíos, sobrios como la celda de un monasterio. Pero ninguno le había resultado nunca tan desolador como aquel espacio agobiante. Le pareció que se iba a ahogar. María Sábado ni siquiera le había sonreído. Los dos hombres que estaban en el sofá de la sala viendo la televisión apenas la saludaron. Tendría que compartir la casa con ellos. Oiría sus respiraciones a través de los tabiques. Vería sus caras sombrías en cuanto abriese la puerta. No habría buenos días, ni risas, ni besos, ni preguntas sobre la jornada o la noche. Luego saldría y caminaría hacia la parada del autobús por aquellas calles amenazadoras, con los niños jugando solos entre los coches que circulaban tocando el claxon, figuras misteriosas en las esquinas, ruido de peleas en los bares… No estaba segura de ser capaz de vivir así.

Miró a Bigador. Él pareció comprenderla. Le sonrió y le acarició el pelo:

– Lo siento, cariño -le dijo en voz muy baja-. Sé que no te gusta y lo entiendo. No es un buen sitio para ti. Tú te mereces mucho más. Pero sólo serán unos días. Quería estar seguro de que estabas con alguien conocido, para que no te sintieras sola, y es lo único que encontré. En cuanto tengas un contrato en condiciones y un sueldo fijo, buscaremos algo mejor. Te lo prometo.

São se abrazó a él. El temor se desvaneció, como si el cuerpo del hombre se lo hubiera tragado.

Él esperó a que deshiciera la maleta y luego la invitó a cenar en un buen restaurante. Terminaron la noche en su casa, en una cama grande y mullida, deseándose y entregándose el uno al otro igual que si la vida empezase en aquel instante.

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