El despertar del sueño

São pasó el siguiente año dentro de una esfera de cristal. Estaba allí, encogida y rígida, y la vida transcurrió por encima de ella, con sus amaneceres y sus crepúsculos, sus juegos y sus obligaciones, sus risas y sus pequeños berrinches. La vida normal de una niña de doce años que vive en una aldea remota de Cabo Verde y que ya no va a la escuela. Pero ella no conseguía atraparla. El hilo que la sujetaba a todo lo que debía ser se había roto aquella tarde de julio, cuando Jovita le hizo saber que no podría seguir estudiando, y no acababa de encontrar la manera de volver a anudarlo. Era aún demasiado pequeña para poder entenderlo, pero lo cierto es que se había quedado sin una parte importante de sí misma, la que habría de desarrollarse en el futuro, la que tendría que surgir del pequeño brote donde todavía estaba recluida, y desplegarse con toda su fortaleza, proyectando una sombra poderosa y benéfica sobre el mundo.

Cada mañana se levantaba sintiendo un vacío profundo. Añoraba desesperadamente la escuela, el largo paseo hasta llegar a Faja en medio del amanecer esplendoroso, el silencio de los otros niños durante las clases y su bullicio en los recreos, el tacto áspero de los libros, el placer de ir rellenando poco a poco su cuaderno, el olor profundo de las tizas, las gomas y los lápices. Añoraba los conocimientos en los que había aprendido a zambullirse como el sediento que busca alivio en el agua fresca. Y la presencia tibia y estimulante de doña Natercia.

A menudo iba a visitarla, caminando hasta la escuela a primera hora de la tarde, para esperar su salida al final de las clases. La maestra solía invitarla a su casa. Se sentaban juntas en el pequeño jardín, rodeadas de buganvillas y grandiosas estrelicias, mientras Homero, el perro, se agazapaba a los pies de São, esperando lleno de ansiedad que se deslizase hasta el suelo alguna gota del delicioso helado de mango, que él se apresuraba a lamer.

Natercia lamentaba mucho la situación de su antigua alumna. Comprendía mejor que ella misma la amplitud de su fracaso y las dramáticas consecuencias que tendría sobre su existencia, condenándola a desempeñar empleos subalternos y mal pagados, a tener que emigrar a países ajenos, tal vez incluso a soportar como tantas otras la presencia de hombres que la dejarían embarazada una y otra vez sin ninguna consideración, que se emborracharían y la maltratarían mientras ella se deslomaba trabajando y cuidando de los hijos, y que la abandonarían luego, cuando se cansasen del sexo demasiado familiar. Tenía miedo de que se convirtiese en una más de las muchas mujeres desprotegidas y esclavizables del mundo.

Después de que São le comunicase la noticia, se pasó un buen puñado de noches sumando y restando, tratando de cuadrar los números para hacerse ella cargo de los estudios de la niña. Pero era imposible: su sueldo de maestra era pequeño. Y hacía años además que se veía obligada a enviar la mitad a sus padres. Su madre había tenido un ataque cerebral, y desde entonces estaba impedida. Con ella en esas condiciones y el padre desanimado y dedicado a cuidarla muchas horas al día, la pensión se había ido viniendo abajo poco a poco, hasta que se vieron obligados a cerrarla. Ahora necesitaban mucho dinero para pagar los médicos y las medicinas de la madre, y, aunque poseían sus propios ahorros, les era también imprescindible la ayuda de su hija. Con lo que le quedaba, Natercia se las arreglaba para pagar el alquiler de su casita y llevar una vida muy austera, sin poder realizar los muchos viajes a Europa con los que siempre había soñado, sin disfrutar apenas de ninguna de las comodidades y pequeños lujos que había conocido en su niñez y su juventud. Tan sólo se permitía dos caprichos: comer carne una vez a la semana y, de vez en cuando, comprarse algún libro, que encargaba por correo a la librería de Vila y que recibía siempre con el corazón agitado como ante la llegada de un amigo querido. Hubiera estado dispuesta a renunciar a esos dos gastos pero, por muchas cuentas que hiciera, aquello no bastaba para pagar matrículas, materiales y alojamiento.

Así pues, lo único que podía hacer por São era apoyarla y aconsejarla. Siempre que se veían, le decía que no se desanimase, que tal vez si encontraba un buen trabajo en la ciudad podría seguir estudiando en los cursos nocturnos. Quería que mantuviese la esperanza, que sintiera deseos de luchar por esa posibilidad y no se dejase atrapar definitivamente por la resignación, peligrosa como un pantano, en la que había visto ahogarse a tantas criaturas a lo largo de sus años como maestra: conformarse con sobrevivir, arreglárselas simplemente para no morirse de hambre. La rutina y la desidia moral, el convencimiento de que era imposible abandonar la desnuda y asfixiante jaula de la pobreza, la aceptación del implacable destino, las confiadas plegarias nocturnas a la espera de que una fiebre vulgar, un agua contaminada o una simple gripe te llevase por delante abriéndote al fin el paso hacia el mundo de las campiñas eternamente verdes, las fuentes imperecederas y el descanso perpetuo.

Sin embargo, Natercia se preguntaba muchas veces si lo que estaba haciendo era justo. Sabía que las posibilidades de que la niña siguiese estudiando eran muy remotas. Aunque encontrase un empleo como criada en una casa, fregona en una taberna o aprendiza en un taller, lo más probable era que su horario de trabajo fuera demasiado extenso como para permitirle asistir a clase y estudiar. Y casi con total seguridad el sueldo no le daría para hacer frente a los gastos imprescindibles. Tendría que tener mucha, muchísima suerte para lograr mantener su empeño. Era algo terriblemente difícil. Y si no lo lograba después de que ella hubiera estado alimentando su esperanza, ¿cómo se sentiría? La frustración y la pena se verían multiplicadas tras un segundo fracaso, arrastrándola tal vez al total abandono de sí misma. Pero ¿y si lo conseguía? ¿Y si alguna divinidad generosa estaba contemplándola y se sentía dispuesta a extender hacia ella sus brazos, colmándola de dones, colocando a sus pies una mullida alfombra que la llevase directamente hasta un porvenir luminoso?

La maestra se debatía en medio de esas dudas. Muchas noches, cuando el sueño ya la estaba atrapando y la mecía en ese estado en el que la realidad se convierte en una neblina vaga, en algún rincón de su mente se activaba su sentido de la responsabilidad, impidiéndole quedarse dormida. A menudo acababa sentándose en el suelo junto a Homero, que colocaba la cabeza sobre sus piernas, esperando que ella se la acariciase distraídamente. Y en esos momentos de incertidumbre, se alegraba de no haber tenido hijos a los que guiar y aconsejar, influyendo para siempre en sus vidas y empujándolos tal vez a la catástrofe.

Cuando el sol empezaba a salir e iluminaba las fotografías que tenía pegadas en la pared, las contemplaba una a una. Eran postales que le habían ido enviando amigos y antiguos alumnos a lo largo de los años desde diversos sitios de Cabo Verde, de África, Europa y hasta América. Reproducían algunos de los lugares hermosos a los que con toda probabilidad ella nunca llegaría. Visto así, en aquel tiempo suspendido y lleno de formas y colores asombrosos -el azul de los cielos, los diferentes grises de los mares, el verde de los bosques, el dorado de las piedras levantadas una a una en tiempos remotos, el blanco de las nieves en las montañas, el rojizo de los tejados que cobijaban la vida de tantos seres-, el mundo parecía un lugar prometedor y emocionante. Entonces volvía a animarse: quizá la niña lo consiguiese por ella y acabara gozando de esas visiones extraordinarias. Debía empujarla a intentarlo. Más tranquila ya, regresaba a la cama y se abalanzaba hacia el breve sueño que aún podía permitirse antes de empezar las clases, pensando que, fuera como fuese, nunca soltaría la mano de São, nunca la dejaría abandonada a su suerte para que caminase sola hacia su destino, como había tenido que hacer con Ilda.

Aparte de sus visitas a doña Natercia, São no hizo gran cosa durante esos meses. Se limitó a dejar que el tiempo fuera pasando, a la espera de un trabajo que la sacase de aquella planicie y, como afirmaba la maestra, le permitiera tal vez regresar a los estudios, continuar el proyecto recién iniciado que se había trazado para su vida y que había quedado interrumpido por las circunstancias. Hacía ya mucho que la aldea había dejado de ser para ella el único lugar en el mundo, y el hecho de verse obligada a permanecer allí durante días y días, estancada en medio de la inactividad como un velero en plena calma, le hacía sentir que vivía en un encierro. La rutina era cada día la misma, unos pocos gestos cotidianos que le resultaban carentes de emoción. Estaba el cuidado de la casa, por supuesto. Jovita le había transferido todas las faenas, y ahora se limitaba a permanecer sentada todo el día en su mecedora, contemplando lo que sucedía a su alrededor y gritando de vez en cuando a los niños por tratar de poner un poco de orden en sus juegos ruidosos. Entretanto, São limpiaba la vivienda minúscula, quitaba el polvo de los escasos muebles, barría minuciosamente el suelo de tierra hasta dejarlo rastrillado, estiraba las sábanas sobre los catres, iba a la fuente a por agua y a lavar la ropa, molía el maíz, encendía el fuego, preparaba el cuscús, guisaba los pescados y las verduras, cocía los garbanzos… También se ocupaba de la huerta, arrancando las malas hierbas, escardando, abonando, atando cañas, podando, cortando chupones y hojas secas. Y cuidaba de los críos pequeños, jugaba con ellos, les contaba cuentos y les enseñaba canciones. Incluso había aprendido a hacerles diminutas trenzas a las niñas, que solían escapársele de entre las manos en las largas sesiones de peinado, dejándola con el peine en al aire y unas disparatadas ganas de reír que se veía obligada a contener para que la respetasen un poco.

Por las tardes, cuando el calor comenzaba a suavizarse lentamente, solía subir hasta la ermita del Monte Pelado y se sentaba allí a leer. Doña Natercia le había dejado algunos de los libros que aún conservaba de su propia infancia, recopilaciones de cuentos y leyendas, vidas de santos y una Biblia adaptada para niños. Durante un buen rato permanecía allí, apartada del mundo, oyendo a lo lejos el graznido de los grandes pájaros que sobrevolaban la montaña y el leve chasquido de las piedrecillas de lava que se desprendían de las rocas y caían rodando hasta el suelo. El sol iba descendiendo poco a poco, enrojeciendo aún más la tierra roja que por unos instantes parecía reflejarse en el cielo, mientras ella leía despacio, tratando de estirar al máximo aquel breve tiempo de placer, emocionándose con el amor desdichado de la Bestia, compadeciendo a santa Genoveva cuando se veía obligada a cabalgar desnuda sobre su caballo o maravillándose mientras la zarza ardía y Dios se presentaba ante Moisés con sus rotundas Tablas de la Ley.

Lo que ya no hacía era mirar el mar. No había vuelto a encaramarse a ningún montículo y a dejar que su mente volara hacia las costas de Europa. No quería torturarse imaginando lo que ahora le parecía que era tal vez inalcanzable. Observar aquella inmensa extensión gris que conducía hacia el otro mundo tan ansiado removía dentro de ella sensaciones en las que no quería detenerse, tristezas y miedos del futuro que prefería mantener alejados, como se apartan los sucios mosquitos que contagian enfermedades. Así pues, se sentaba de espaldas a la costa, apoyándose contra el muro caliente de la iglesia, dejando que el edificio la separase del viejo sueño. Y leía como leen los niños, sintiéndose cobijada en un espacio mágico en el que cualquier cosa puede suceder. ¿Sería así también la vida?, se preguntaba a veces. ¿Era posible alcanzar de puro deseo lo que más ansiabas? La Sirenita había tenido que pagar un precio muy alto a cambio de formar parte del mundo de los humanos, perdiendo la voz y sufriendo fuertes dolores en las piernas. También Elisa se había destrozado los brazos con las ortigas para lograr rescatar a sus hermanos convertidos en cisnes. Y el sol-dadito de plomo y la bailarina habían estado a punto de arder entre las llamas antes de estar juntos para siempre. Pero a todos les había valido la pena el esfuerzo. Ella estaba igualmente dispuesta a sacrificarse por obtener lo que quería: sí, haría lo que fuese con tal de poder seguir estudiando y llegar a ser médica. Dejaría de dormir, se alimentaría sólo de maíz, trabajaría como una burra, pero lo lograría. Resurgía así de la lectura animada y contenta, como si hubiera recibido en todo el cuerpo una lluvia fresca y lenta caída en medio del calor más desolador. Entonces se levantaba para volver a Queimada. Y, antes de emprender el camino, echaba una ojeada al mar, una ojeada rápida y un poco amedrentada, y por un instante le parecía que allá al fondo, por detrás del horizonte, allí donde el mar y el cielo se disolvían el uno en el otro, uniéndose en una sola mancha dorada y temblorosa bajo la luz del sol, se perfilaba la línea oscura de una sombra que tenía que ser la de Europa.

Fue el padre Virgilio quien finalmente le facilitó un empleo a São. Un día se presentó en casa de Jovita con una carta que había recibido desde Praia. Era de Joana, una mujer de la aldea que se había ido años atrás a la capital del país. Joana reclamaba alguna muchacha que pudiese ayudarla en la casa donde trabajaba como interna. Se trataba de limpiar y cocinar, por supuesto, pero sobre todo de cuidar de cuatro niños pequeños, cuyos | padres viajaban mucho. La señora quería una chica cariñosa, ordenada y lista, alguien que además hubiese ido a la escuela y pudiera leerles cuentos a los críos y ayudarlos con las primeras letras. Al cura le pareció que São cumplía los requisitos. Hubo un breve intercambio de cartas y, quince días después, São se ponía en camino hacia Tarrafal para coger allí el barco que la llevaría hasta la isla de Santiago.

Los seiscientos escudos del pasaje se los prestó Jovita, con la condición de que se los devolviese en cuanto cobrara su primer sueldo. La vieja se sentía triste, aunque no estaba dispuesta a demostrarlo. El último día le preparó a la niña unas empanadillas, junto con un buen puñado de fruta, para que pudiese comer durante su viaje. También le regaló trescientos escudos, por si necesitaba algo. Ésos no tenía que devolvérselos, le dijo. Mientras se los entregaba a la puerta de la casa, casi avergonzada de su generosidad, notó una punzada en el corazón y a punto estuvo de que los ojos se le llenaran de lágrimas: aquellas monedas eran probablemente lo último que le daba a esa criatura a la que había cuidado desde pequeña, la última vez que extendía hacia ella la mano para otorgarle algo que hiciese que su vida fuera un poco mejor, comida, un trapo para jugar, una pastilla de jabón… Y ahora el dinero, un regalo de persona adulta, aquello que se le da a quien ya tiene su propia vida y debe responsabilizarse de lo que posee. El último gesto generoso. Jovita tragó saliva para no echarse a llorar. São se abrazó fuertemente a ella, y le dio un beso rotundo y largo en la mejilla. Sólo pudo musitar:

– Gracias. Gracias por todo.

Y se dio la vuelta, fingiendo que le buscaba acomodo al pequeño hatillo en el que había metido todo lo que tenía, tres vestidos, una chaqueta, algo de ropa interior y un par de zapatos. Luego, mordiéndose los labios y sintiendo cómo la cara se le mojaba con las lágrimas, se alejó hacia Faja, donde se despediría de doña Natercia y cogería la furgoneta que cada mañana bajaba hasta el puerto de Tarrafal. Acababa de amanecer. Había algunas pequeñas nubes blancas, y a través de ellas la luz se volvía rosada y parecía envolver las cosas en un velo, como si el mundo se meciera durante un rato en una suavidad engañosa, que terminaría en cuanto el sol se abalanzase inclemente sobre la tierra, aguzando las puntiagudas aristas de cada roca, haciendo arder el polvo que se pegaría a los pies como ascuas punzantes, silenciando a los pájaros que permanecerían ocultos entre las ramas de los frutales de las huertas, empujando a los duros lagartos a buscar enfebrecidos el menor atisbo de sombra, obligando a cada criatura a mantener una feroz lucha por la supervivencia.

São caminó a toda prisa. Jovita apartó de un manotazo violento las moscas que se arremolinaban a su alrededor como si percibiesen su repentina indefensión. Soltó una maldición -¡Malditos bichos del demonio, id a pudriros en el infierno!-, echó un vistazo a su mecedora y luego, sintiéndose incapaz de respetar su propia costumbre, entró en la casa y se tumbó en el catre. Y se quedó allí muchas horas, con los ojos penosamente secos, viendo cómo poco a poco el calor iba entrando a través de la ventana abierta e inundaba cada grieta de la pared, cada resquicio de los muebles, cada poro de su piel sudorosa y de pronto maloliente. Un calor que aquel día, quizá por primera vez en su vida, le pareció insoportable.

Durante los siguientes tres años, São cuidó de la familia Monteiro. Los Monteiro vivían en una casa grande en el mejor barrio de la ciudad. Había un jardín lleno de arbustos y ñores, en el que permanecía mucho tiempo jugando con los niños, pues su tarea fundamental era la de ocuparse de ellos. También los llevaba a menudo a la playa, aunque esa parte del trabajo no le gustaba: tenía que vigilar todo el tiempo para que los críos, que eran de piel muy clara, no se quemasen, y también para que no entrasen en el mar, cuyas olas feroces podían englutirlos en un minuto. Y no era fácil mantener bajo control a cuatro niños tan pequeños. A veces São llegaba a pasar verdadero miedo, y sentía cómo el corazón se le ponía en la garganta cuando alguno de ellos se le escapaba y aparecía de repente en la orilla, rebozado en arena y gritando porque una ola lo había tirado al suelo. Un día se le perdió Zezé, la niñita de tres años. Ella estaba haciendo un gran castillo con Sebastião y Jorge, mientras Zezé y Loreto dormían. De pronto alzó la vista, y se dio cuenta de que la cría no estaba allí, arrebujada entre las toallas bajo la sombrilla, donde la había visto unos minutos antes. Miró hacia todas partes, a la orilla del agua y a lo largo de la playa, pero no la vio por ningún lado. Sintió cómo el pánico la invadía, y comenzó a dar voces llamándola y agitando los brazos en el aire como si hubiera enloquecido repentinamente. Enseguida se arremolinaron otras mujeres a su alrededor, y también algunos muchachos que jugaban al fútbol y acudieron al ver el revuelo. Nadie la había visto. Los niños empezaron a llorar. Una mujer mayor, criada de una casa vecina de la de los Monteiro, organizó rápidamente la busca. Los grupos se repartieron por la zona. São recorrió la orilla de la playa en todas las direcciones, mirando desesperadamente el mar, aterrada ante la idea de que pudiese llegar a divisar un pequeño bulto flotando en el agua. Sentía las piernas rígidas, como si fuesen de piedra, y tenía que luchar contra su inflexibilidad para seguir caminando, metiéndose entre las olas hasta la cintura y observando una y otra vez las crestas blancas, los pequeños remansos tranquilos que formaban por un instante al retirarse. Al fin, alguien fue a buscarla y la arrastró hasta la arena. La niña había aparecido. La habían encontrado junto al faro, sentada sobre las rocas, al borde del acantilado, sollozando.

São regresó a casa agotada, con unas enormes ganas de meterse en la cama y dormir muchas horas seguidas y lograr olvidarse durante el sueño de todo lo que había ocurrido. Pero antes tenía que explicárselo a la señora, y la señora la echaría de la casa, estaba segura. Sin embargo, no fue así. La regañó mucho, por supuesto. Le repitió una y otra vez que podría haber sucedido una desgracia terrible por su culpa, le dijo a voces que ella no le pagaba para que se dedicase a pasárselo bien y charlar con las amigas olvidándose de cuidar a sus hijos, la llamó estúpida e irresponsable, pero no la echó. A fin de cuentas, no era fácil encontrar una chica tan cariñosa y preparada como ella, aunque aquel día no se hubiera portado bien.

En conjunto, São no podía decir que fuera desgraciada. Les había cogido mucho cariño a los niños, que le parecían un pequeño tesoro del que le gustaba cuidar. Eran simpáticos y mimosos, y la querían con esa absoluta devoción con la que las criaturas suelen mostrar su agradecimiento a quien se ocupa de ellos, un amor absoluto y ruidoso como un permanente día de fiesta, sin disimulos ni sombras. São era para ellos la comida, los juegos, los cuentos, la confortable cama tibia por las noches, la mano fresca que los aliviaba en las desagradables horas de la fiebre. Era la primera sonrisa por las mañanas, y la alegría y la inquebrantable paciencia a lo largo de las jornadas que, con ella, nunca resultaban aburridas ni tristes. Ella se iría un día de allí, tendría que separarse de ellos, romper aquel precioso lazo de afecto que había surgido entre pañales y baños y papillas y filetes bien cortaditos. Pero esos niños recordarían siempre, en medio de la neblina en la que el tiempo envuelve la memoria, su voz grave y el olor a jabón, mermelada de mango y tortas de maíz que impregnaba sus manos y su delantal. Y cuando alguna vez escucharan una canción de São Nicolau, alguna de aquellas melodías largas y dulces, se despertaría en ellos una inexplicable nostalgia, la añoranza de las tardes soleadas en el jardín de Praia, sentados a los pies del flamboyán enrojecido con sus decenas de flores centelleantes, y la sombra borrosa, ya sin rostro, de una muchacha de la que emanaba una maravillosa aura de tranquilidad y protección, y que cantaba para ellos, sólo para ellos, esas mismas canciones antiguas.

La relación con Joana era más bien distante. Aunque habían nacido en la misma aldea, hacía ya más de quince años que aquella mujerona grande y recia había dejado Queimada y trabajaba en Praia. Tal vez la soledad la hubiese vuelto dura. Tal vez había tenido que defenderse contra los sentimientos de tristeza que podrían haberla asolado como una peste al verse obligada a abandonar a su familia para irse a trabajar de sol a sol en hogares extraños, cuidando de gente a la que no la unía ningún afecto sino tan sólo la necesidad, sabiendo que cada uno de sus gestos era vigilado, durmiendo en cuartuchos feos y oscuros, siempre en el rincón de la casa más desaliñado, y comiendo las sobras que quedaban de la mesa de los señores. O quizá fuera simplemente su carácter. El caso es que trataba a São con desapego, incluso con cierto despotismo, como si la niña fuera su propia criada. La obligaba a hacerle la cama y arreglar la habitación que ambas compartían, y también a servirle la mesa. Y jamás la invitó a acompañarla ningún domingo, cuando, aprovechando el único día libre de la semana, iba a la playa por las mañanas y luego, a última hora de la tarde, al baile que se celebraba en la plaza.

Al principio, durante ese tiempo de descanso, São se quedaba en la casa, echada en la cama, leyendo alguno de los periódicos que los señores habían ido comprando los días anteriores. Tan sólo salía para ir a misa muy temprano y dar después un corto paseo por las calles que olían a café y a tortas de maíz. Pero pronto, en cuanto conoció a otras criadas del barrio, comenzó a aprovechar el día para divertirse un poco. Aquellas chicas, todas sin familia, suplían las ausencias llenando los domingos de actividades en grupo: la playa, la comida en alguna de las explanadas de la ciudad, donde hacían fuego y se sentaban en el suelo, alrededor de las ollas, contando historias sin fin de sus vidas y riéndose hasta las lágrimas por cualquier tontería. Luego se arreglaban las unas a las otras, se pintaban los labios y se rizaban las pestañas para acudir excitadas al baile, en el que solían bailar juntas, rechazando las propuestas de los muchachos por miedo a que alguno se les arrimase demasiado y tal vez, si por casualidad una de las señoras pasaba por allí, la atrevida perdiese su empleo. Claro que eso sólo duraba hasta que caía la oscuridad. Entonces, cuando la noche era cerrada y se convertía en un ámbito protector, los cuerpos comenzaban a enlazarse y enseguida, en las esquinas, se enredaban también las lenguas y las manos se deslizaban, ansiosas y calientes, por debajo de las ropas. Era entonces cuando São, demasiado joven aún para dejarse llevar por el deseo de tocar a un hombre, regresaba a casa, algo aturdida y preocupada, preguntándose si algún día ella también sentiría ganas de abrazar y besar y restregarse de aquella manera que, por el momento, le parecía repugnante.

En cuanto a los señores, no se llevaba con ellos ni bien ni mal. Ella, doña Ana, era una mujer más bien seca. Nunca se mostraba cariñosa, ni siquiera con los niños que, cuando sufrían algún accidente, cuando pasaban por uno de esos momentos de pena y desconcierto que suelen asolarlos, preferían refugiarse entre los brazos de São en lugar de correr a los de su madre, que casi siempre solían estirarse para apartarlos: o bien acababa de maquillarse, o se estaba arreglando el pelo, o su esmalte de uñas aún no se había secado. Era una mulata educada en Londres, más europea que africana, que detestaba el contacto físico y la expresión demasiado evidente de los sentimientos. Solía mantener a todo el mundo a distancia, convencida tal vez de que la cercanía suponía una amenaza para su integridad. Así era como trataba a São, siempre desde su superioridad de mujer acomodada, como si los estudios que había podido hacer, el dinero que poseía y todos los privilegios de su situación le hubieran sido debidos por méritos propios, por su belleza y sus muchos cuidados y su astucia, y no fueran el simple resultado de las circunstancias, la afortunada consecuencia de ser hija de un empresario inglés con antiguos negocios de café en la isla que se había casado con una mujer de allí, preciosa y soberbia como una luna llena. Plantada en las alturas de su condición, bien educada y despreocupada de casi todo lo que no fuera su propio aspecto, permitía que sus criadas trabajasen con cierta comodidad, sin perseguirlas con demasiadas exigencias. No solía gritarles ni reñirlas, pero tampoco les preguntaba nunca por sus cosas, sus familias, sus deseos o sus necesidades. Daba por supuesto que aquellas mujeres no valían más que para servir a otros y, en realidad, ni siquiera se había parado a pensar que fuesen algo más que objetos animados a su entera disposición, robots de carne y hueso que la vida, simplemente, les proporcionaba a los seres como ella para que su transcurrir por la existencia resultase más cómodo. Igual que les daba las joyas para embellecerse o los perfumes para seducir. Un aditamento más.

Tampoco el señor se metía mucho en sus asuntos. Don Jorge era un portugués simpático y afable, que las trataba con cierta bonhomía. Por las mañanas, cuando bajaba solo a desayunar, solía preguntarles por sus novios y gastarles bromas. São se sonrojaba ante aquellas palabras que le resultaban demasiado atrevidas, como si en la imaginación del hombre se despertasen las imágenes que ella rechazaba, manoseos y jadeos y sudores en medio de la oscuridad. A veces le parecía incluso que la miraba muy fijamente, dejando que sus ojos se detuvieran en los pechos y en las anchas caderas. Ella solía darse la vuelta y ponerse de inmediato a hacer cualquier cosa en la cocina para alejarse de aquella mirada. Pero luego, cuando él ya se había ido, pensaba que sin duda eran sólo suposiciones suyas: ¿por qué razón habría de mirarla de esa manera un hombre tan mayor que, además, estaba casado con una mujer guapísima y elegante, como ella nunca llegaría a ser?

Era una vida decente. Ni siquiera echaba de menos a nadie. Un poco tal vez a doña Natercia, pero ambas se escribían largas cartas que suplían los ratos pasados juntas en Faja. Lo único malo de aquella situación era que, por supuesto, no había podido volver a estudiar. Salvo los domingos, estaba ocupada todo el día, desde muy temprano por la mañana. Era imposible asistir a clase y ni siquiera abrir un libro. Por las noches, cuando Joana y ella terminaban de recoger los restos de la cena, fregar los cacharros y dejarlo todo preparado para el desayuno del día siguiente, caía rendida en la cama y entraba en el sueño a toda velocidad, con el mismo placer y la misma rapidez con la que hubiera caminado hacia el agua después de un día de temperaturas infernales.

Cuando salió de la aldea, todavía pensaba que aquel empleo en la capital significaría para ella la posibilidad de continuar sus estudios de secundaria. Atravesó São Nicolau, y luego la enorme extensión de mar que la separaba de la isla de Santiago, con aquella idea latiéndole en la cabeza, como una lucecita que iluminara alegre el breve camino hacia el futuro. Se imaginaba a sí misma dirigiéndose por las tardes al liceo, a las clases nocturnas, cruzando las calles con el paso veloz y los libros bien sujetos debajo del brazo, aquellos benditos libros en los que cabían todos los conocimientos del mundo y que contenían además su propia vida, lo que ella llegaría a ser.

Pero apenas llegó a Praia y tuvo la primera conversación con la señora y con Joana, se dio cuenta de que era imposible: trabajar allí significaba estar ocupada el día entero. Era mucho lo que había que hacer, muchas las horas dedicadas a las faenas de la casa. Aquel lugar no tenía nada que ver con los pobres galpones de la aldea. Estaba lleno de muebles hermosos, más caros cada uno de ellos que una sola de las chozas de Queimada, rebosante de adornos delicados, de grifos, bañeras, lavabos y pilas, de platos y vasos hechos en lejanas fábricas de Europa, de cubiertos de plata, de sábanas de hilo, de ropas exquisitas traídas de París o Nueva York, y zapatos de pieles de Italia que se ajustaban al pie como si fueran de tela. Y era preciso limpiar con sumo cuidado cada una de aquellas superficies, frotar, fregar, cepillar, pasar paños, untar con líquidos especiales, encerar, lavar y planchar suavemente las telas, ocuparse de que cada cosa estuviera en su sitio en el momento adecuado, con el brillo y la textura precisos. Había que ir al mercado cada día, seleccionar los mejores productos y prepararlos luego con lentitud, preocupándose de que todo fuera adecuado, el tipo de olla, la fuerza del fuego, la cantidad de sal, el tiempo destinado a la cocción. Y sobre todo había que ocuparse de los niños todas las horas del día, dándole a cada uno de ellos lo que necesitaba, comida o sueño, juegos o baños, regañinas o mimos.

Fue como un mazazo, un golpe tremendo que alguien le hubiera dado inesperadamente en la cabeza, dejándola aturdida y llena de dolor. Pero ni siquiera se atrevió a decirle a doña Ana que quería estudiar. Se hubiera reído de ella, y tal vez le hubiese negado el empleo, temiendo que fuera una chica displicente y vaga. En un solo instante, comprendió que las ideas que se había estado haciendo durante un año, animada por las palabras de doña Natercia, habían sido un espejismo. Y se dio cuenta de que jamás, nunca, podría estudiar. Era pobre, y en el libro de la vida de los pobres estaba escrito que no tienen acceso a la sabiduría, que deben trabajar desde pequeños para obtener un poquito de aquello que a los ricos les es concedido a raudales, la simple comida, un vestido para cubrir el cuerpo, cuatro paredes y un techo entre los cuales protegerse de los aguaceros o del sol inclemente del mediodía. Cuatro paredes y un techo, con suerte, capaces de albergar los sueños que eran sólo eso, sueños, imágenes absurdas que tan sólo deberían aparecer mientras una está dormida y su razón se descompone. Los malditos sueños que nos hacen creer que el mundo puede ser un lugar luminoso, el ámbito tibio donde transcurre una existencia plácida y justa en la que recibes tanto como das, en la que todo esfuerzo tiene su recompensa y cada lucha en pos de un anhelo concluye en un resplandeciente final victorioso. El suyo, su propio sueño, acababa de desmoronarse en un momento, como si un rayo hubiese caído sobre él desde el cielo, convirtiéndolo en pequeños pedazos que ya no significaban nada, en polvo que volaría enseguida por el aire, fragilísimo e informe, e iría a depositarse absurdamente en cualquier lugar, una miserable mota microscópica que no tenía ningún valor y que a nadie le importaba.

Aquella noche se la pasó sin dormir. Sentía que se le había apagado por dentro la luz, dejándola sola en medio de la oscuridad. ¿Hacia qué parte extender los brazos? ¿De dónde podía extraer la seguridad para seguir avanzando si la rodeaba una inesperada fealdad? Le parecía como si todas las cosas hermosas hubieran desaparecido de la faz de la tierra, las voces de los niños, el sol naciendo sobre el mar, el vuelo de los pájaros en lo alto del cielo, una florecilla minúscula que nace de pronto entre las piedras, el sonido de una morna que alguien canta en medio de la noche, la alegría de estrenar un vestido nuevo. Tenía que seguir caminando en medio de aquel nuevo mundo hostil, y no sabía cómo hacerlo. Ser criada en una casa o cocinera en una taberna, emigrar a cualquier sitio con una pequeña maleta para acabar malviviendo en medio del frío y la riqueza de los otros. Eso era todo lo que le quedaba por hacer. Debía aceptarlo. Resignarse. Ahogar aquella parte de sí misma que un día anheló ser otra cosa, salvar vidas, curar heridas terribles, traer criaturas al mundo.

Joana roncaba en su cama. São se tapó la cabeza con las sábanas, como si se metiese dentro de un nido. No tenía ganas de llorar, no era eso. Se sentía ciega, y sabía que tenía que apañárselas para vivir así. No quería volver a estancarse en un lodazal como durante los últimos meses en la aldea. A pesar de todo, había algo dentro de ella, una feroz energía profunda, que luchaba por lanzarla de nuevo hacia la vida. Aceptarlo. Resignarse. Tenía que seguir adelante como si aquel afán nunca hubiera existido, como si hubiera sido otra São -mucho más pequeña e ingenua, no la São vieja en la que se estaba convirtiendo en aquellas primeras horas de su vida a solas- la que hubiera soñado el sueño ridículo del liceo y la universidad.

De alguna manera, a lo largo de aquella noche, se las arregló para agarrar a esa criatura desprevenida e inocente y prepararle una tumba, una fosa cavada en la tierra rojiza, cerca de la ermita desde donde se veía el mar por el que un día había creído que navegaría hacia su futuro. La colocó bien al fondo. Para que su reposo fuera leve, esparció por encima anaranjados pétalos de flamboyán. Y la dejó descansar allí, dormida para siempre y en paz. Por la mañana se levantó sintiendo que era una persona diferente, una mujer joven que caminaría lo más ligera posible por su nueva vida de criada, llevando en algún recoveco de su cerebro el recuerdo apagado de una niña soñadora y muerta.

Incluso aunque hubiese dispuesto de tiempo suficiente, São no habría podido pagarse la matrícula y los libros, tal y como había previsto doña Natercia. Su sueldo era bajo, sólo 3.000 escudos a la semana, y enseguida llegaron además las peticiones de ayuda. Carlina, en cuanto se enteró de que su hija estaba trabajando, escribió desde Turín. Había tenido dos niños -cuyas fotos, los dos regordetes y preciosos, le enviaba- y, aunque trabajaba por horas limpiando algunas casas, pagaba mucho en la guardería para que le cuidasen a los críos mientras ella iba a fregar váteres ajenos. El marido seguía empleado en una fábrica, pero el sueldo no era muy alto y los gastos resultaban en cambio enormes: la vida en las ciudades europeas era carísima, muchísimo más cara que en Cabo Verde, São no podía ni imaginárselo. Carlina lloraba cada día acordándose de su hija mayor, eso le decía. Le hubiera gustado tenerla con ella, pero las cosas eran complicadas. En Italia, a su edad, los niños todavía tenían que estudiar, y los pobres como ellos no podían permitirse esos lujos. São se mordió con tal fuerza el labio inferior mientras leía aquellas palabras de nostalgia probablemente mentirosas, que llegó a hacerse un poco de sangre. Trató de recordar a su madre. Buscó muy dentro de su cabeza su imagen, los rasgos de su cara, el sonido de su voz, tal vez un gesto particular de sus brazos o el revuelo de una falda en el aire algún domingo, camino de misa. Pero no encontró nada. Ni el rastro de una mirada o la lejana sensación de una caricia. El recuerdo de su madre era un vacío, un enorme agujero que se sentía incapaz de llenar. Ni siquiera sabía si la quería o no. Era su madre, y sentía por ella respeto y preocupación. Deseaba que su vida fuese cómoda y afortunada. Pero querer era otra cosa. Querer era acordarse de alguien que no está y sentir una congoja enorme que no te deja respirar. Y a ella eso no le ocurría. No la echaba de menos porque nunca la había tenido. En realidad, le guardaba cierto rencor sin poder evitarlo, le reprochaba que se hubiera ido tan lejos dejándola con Jovita, como si ella no hubiera sido importante. Estaba segura de que lo había hecho por necesidad, pero aun así percibía una punzada de amargura cuando pensaba en ello, un ramalazo de tristeza que, durante unos instantes, ennegrecía el mundo. Y entonces se decía a sí misma que, si un día tenía hijos, jamás los abandonaría, aunque se viera obligada a mendigar con ellos de la mano.

También Jovita había empezado a reclamarle dinero. Al día siguiente de la partida de São, en un momento en que la vieja se sentía desganada y sola, abandonada de toda ternura, como una roca negra que hubiera rodado

a lo largo de las laderas de muchos montes y hubiera ido a caer, rígida y aislada, en medio de un pedregal, el espíritu de su marido fue a visitarla con su retahíla de buenos consejos y palabras de ánimo:

– Jovita, preciosa -le dijo-, no te has quedado sola. Yo voy a seguir viniendo a verte. Y yo soy la persona más importante de tu vida. Así que sal de esa cama, enciende el fuego, prepárate un café y siéntate en la mecedora, a ver si los tomates han crecido mucho de ayer a hoy. Y no te olvides de echar un buen chorro de aguardiente en la taza.

– ¡Ay, no! ¡Aguardiente no, que hace mucho que no bebo y no quiero volver a ser una borracha…!

– ¿Y qué importa ya? A mí me gusta verte así, cuando te pones salvaje y te da por cantar y bailar, agitando esas caderas milagrosas, reina mía. Ya no queda nadie a quien le puedas molestar. Vamos, un chorrito nada más, para que te animes un poco y se te pase el calor…

Jovita recordó el viejo placer del alcohol, aquella sensación de que el alma cristiana se le iba disolviendo, disolviendo, mientras otro ser muy antiguo, que procedía del tiempo de los lagartos y las imprevisibles serpientes la dominaba poco a poco hasta convertirla en una fiera, alguien para quien el mundo se reducía a un espacio que se podía pisotear y destruir, un ámbito de repugnantes gusanos dignos de ser triturados. Sí, tenía razón Sócrates, un poquito de grogue le quitaría aquella asfixia insoportable que sentía desde el día anterior, aquella sensación de ser poco más que una piedra ardiente:

– Bueno, tomaré un traguito. Pero sólo un traguito pequeño, cuando tú te vayas. Ahora no quiero moverme de tu lado. Hueles muy bien, a sudor y a piel de naranja. ¿Has comido naranjas?

– Aquí no comemos, no hace falta. Pero he estado mucho rato en el jardín. Está lleno de frutales y de rosas, y el prado es muy verde, como si lloviera todo el día, aunque no llueve nunca.

– Ya me gustaría a mí…

– Te gustará cuando vengas, claro que te gustará.

– Sí, pero no empieces a meterme prisa.

– No, reina mía, no. No he venido a eso. He venido a sacarte de la cama y también a decirte que pienses en lo del dinero de São.

– ¿Qué es lo del dinero de São?

– ¿Tú te das cuenta del mucho dinero que te has gastado en esa niña? ¿Cuánto tiempo hace que la madre no te manda ni un escudo? ¿Catorce meses? ¿Dieciséis? ¿Quién va a devolverte todo eso? De Carlina olvídate. Las cosas están difíciles allá por Italia. Tendrá que devolvértelo São.

– Ya, pero ella no sabe que hace mucho que su madre no me paga.

– Pues se lo cuentas. Se lo cuentas y le dices que aparte todos los meses una cantidad para ti. Vamos a hacer los números, a ver cuánto te debe.

Hicieron los números. Y llegaron a la conclusión de que tendría que mandarle 4.000 escudos al mes durante mucho tiempo hasta saldar la deuda.

Así que a São no le quedó más remedio que enviar parte de su sueldo a Jovita y a su madre. Lo hacía con gusto, sin pararse a pensar en las cosas que se hubiera podido permitir de haber dispuesto de todo su dinero. La vida era así, una interminable cadena de favores mutuos, y desentenderse de la familia y de los seres cercanos cuando la necesitaban le hubiera parecido una traición imperdonable, algo tan cruel como cerrarle la puerta en las narices al mendigo, más pobre que tú, que llega a tu casa en busca de un puñado de arroz o un vaso de leche. La vida era levantarse por las mañanas y limpiar y ocuparse de los niños, y mirar el mar sin entrever la sombra de ninguna tierra en la lejanía, más allá del horizonte. No había horizonte. Sólo los pequeños gestos cotidianos. El cariño de los críos. Y las rotundas risas de sus amigas los domingos, cuando se metían juntas en el agua o bailaban poniendo en cada movimiento toda la pasión de la que eran capaces. No existía nada más. Hoy. Y ya era mucho.

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