Fue un martes de noviembre por la noche. Doña Ana, la señora, se había ido días atrás a Inglaterra, a visitar a sus padres. São y Joana estaban recogiendo la cocina después de la cena cuando entró don Jorge. Las saludó y remoloneó por unos instantes. Luego se acercó a Joana:
– Te veo un poco cansada -le dijo.
– No, señor, estoy bien…
– Vete a tu habitación. Que se quede São terminando.
Joana tuvo miedo de que la creyeran enferma y la echasen a la calle como un perro sarnoso, así que se resistió:
– Pero, señor, si no me pasa nada…
– Vamos, vamos, tranquila, por una vez que te acuestes pronto, no se va a caer la casa.
Joana se resignó a regañadientes. Dio las gracias, se despidió y subió al cuarto del altillo, un poco preocupada por aquella repentina manía de don Jorge.
Él se sirvió un vaso de leche y se arrimó a la mesa. São siguió fregando los cacharros. Se sentía incómoda, como le ocurría cada vez que el señor merodeaba en torno a ella. Era como si pudiera escuchar una voz interior que parecía avisarla de que estaba en peligro. Lo achacaba a su poca costumbre de tratar con hombres y compartir con ellos el mismo espacio. Sin embargo, no podía evitar sentirse mal. Aceleró la faena para acabar pronto. De repente, notó que algo muy caliente se posaba en sus nalgas y las manoseaba. No logró comprender qué estaba sucediendo. Se dio la vuelta, y entonces aquella cosa ardiente y viscosa se abalanzó rápidamente hacia sus pechos. Las manos de don Jorge toqueteaban y estrujaban. El hombre musitaba algo, algo incomprensible, y su cabeza se acercó a la de São con el evidente propósito de besarla. Olía a alcohol, su aliento era una vaharada apestosa de grogue, que debía de haber estado bebiendo a solas en la sala. São le pegó un empujón y corrió a buscar refugio en un rincón de la cocina, como si al arrimar su espalda contra la pared fuese a volverse invencible. Pero el señor se lanzó de nuevo hacia ella, con las manos nerviosas y rápidas y los ojos dilatados por el deseo. La chica huyó otra vez, tratando de alcanzar la puerta. Él fue más veloz y logró acorralarla contra el frigorífico. Entonces la besó, luchando por introducir su lengua entre los labios fuertemente apretados, metió la mano por debajo de su vestido y le tiró del pezón hasta hacerle daño, arrimó su sexo erguido contra el pubis de ella, frotándose como un animal.
São notó cómo las náuseas le subían desde el estómago. Al percibir los espasmos de su cuerpo, el hombre la soltó y se alejó rápidamente, temiendo que le vomitase encima. Ella trató de respirar hondo. Don Jorge pareció recuperar el control. Se pasó la mano por el pelo, apartándolo de la cara, y la miró desde la distancia:
– ¿Qué te pasa? -le dijo, y su voz sonaba enfadada.
Ella sólo sentía el asco que le había provocado aquel ataque imprevisto, las manos sudorosas tocando su piel, la boca hedionda contra la suya, el bulto amenazador de su pene. No tenía ni miedo ni vergüenza. Lo único que quería era que aquel hombre dejase de tocarla para recuperar la normalidad, la quietud del estómago, el aliento apaciguado de los pulmones:
– No se acerque a mí -le respondió-. No vuelva a acercarse.
– ¡Vaya! Mira la puritana… ¿Acaso no has estado paseándote por delante de mí durante años casi desnuda, con esos vestidos que te marcan todo el cuerpo…? ¿Y ahora te haces la estrecha? ¿Qué pretendías…? ¿No era esto lo que querías que pasara…?
São se sintió indignada. Siempre había sido una persona pudorosa. No le gustaba exhibir su cuerpo, aunque no podía evitar que, a medida que había ido creciendo, se marcara rotundo y duro por debajo de su ropa. Pero nunca se había contoneado delante de él, presumiendo de la belleza de sus caderas. Ni siquiera le había echado ni una sola mirada a aquel hombre, ante el cual solía bajar los ojos por timidez. No sabía lo que significaba provocar el deseo. Sólo tenía trece años cuando llegó a aquella casa y ahora, a los diecisiete, todavía el sexo seguía siendo un anhelo que desconocía y que sólo alcanzaba a intuir por lo que le contaban sus amigas. En las últimas semanas se había encontrado varias veces en el baile con un muchacho que le gustaba, pero lo único que llegaba a imaginar algunas noches, cuando se metía rendida en la cama, antes de cerrar los ojos, era que él la cogía de la mano. La sensación de su propia mano palpitando dentro de la del chico y la emoción que aquella imagen provocaba en ella era lo más parecido al deseo sexual que conocía. En ese terreno, São era todavía una niña. Pero alcanzaba a comprender muy bien que la mirada retorcida de don Jorge no la veía de esa manera:
– ¡Yo nunca he hecho nada malo! -le gritó al hombre-. Si a usted se lo ha parecido, es culpa suya.
La actitud de São no dejaba lugar a dudas. Él pareció entender que se había equivocado. Se dio la vuelta y se recolocó la ropa, desordenada después de la refriega. Luego la miró de nuevo, largamente, como si estuviera tomando una decisión. Esta vez, ella no bajó los ojos. Sabía que había vencido a aquel ser que no le infundía ningún respeto. Ningún temor. Sólo desprecio, y todavía el asco revolviéndole las tripas.
– Está bien -dijo él, y utilizó su tono más paternal, el de los saludos de las mañanas-. Ha habido un malentendido. Creo que he bebido más de la cuenta. Nos olvidaremos los dos de lo que ha pasado, ¿de acuerdo? Te aseguro que no volverá a ocurrir. Y no le digas nada a la señora. De cualquier manera, no te creería.
Se fue. Se largó de la cocina sin pedir ni siquiera disculpas, fingiendo que aún era el dueño de la situación, el dueño y señor de la casa.
São terminó de fregar los cacharros y de recoger. Luego subió a su cuarto y preparó a toda prisa una bolsa con sus cosas. No quería quedarse ni un minuto más allí y exponerse a que aquello volviera a repetirse. Ni siquiera soportaba la idea de ver de nuevo al hombre y tener que recordar lo sucedido. Joana se agitó un poco en su cama, pero no llegó a despertarse. La muchacha bajó las escaleras de puntillas, para no alertar a don Jorge sobre su partida. Al pasar por delante de las habitaciones de los niños, sintió el deseo de entrar y besarlos, de darles las gracias por todas las cosas buenas que le habían dado en aquellos años y explicarles que, aunque se iba, seguía queriéndolos. Pero comprendió que si entraba, nunca llegaría a marcharse. Los vería dormidos, con sus preciosas cabezas reposando sobre la almohada, viviendo sus buenos sueños, esperando tranquilamente que llegara el día y ella acudiera a despertarlos, y no se sentiría capaz de abandonarlos. Así que siguió por el pasillo adelante, mordiéndose el labio y conteniendo las lágrimas, sintiendo cómo dejaba atrás un valioso pedazo de sí misma, como si estuviera mudando de piel. Era doloroso.
Pasó la noche tumbada en la playa, con la bolsa como almohada, llorando, sintiendo que la añoranza de los críos la asfixiaba, y pensando qué debía hacer. Tenía dos posibilidades: conseguir un nuevo trabajo o regresar a Queimada, cabizbaja y fracasada, y sobrevivir allí como pudiera, con la ayuda de Jovita. Al amanecer, se dirigió al barrio de Plato y buscó una pensión. Por suerte, aún no había enviado ni a su madre ni a la vieja el dinero de la semana anterior, así que, mientras tomaba una decisión, podía pagarse un sitio para dormir. Necesitaba dormir. Encontró un hotel barato, y se instaló en un cuartucho recalentado y sombrío en el que, al menos, se sentía protegida. Se acurrucó en la cama. Estaba agotada. Se había enfrentado por primera vez al abuso, al ansia de dominio de otro ser sobre ella y, aunque había vencido, aquella experiencia había empezado a dejar una huella dolorosa en su mente. Hasta ese momento había sido muy confiada. Había crecido creyendo que la inmensa mayoría de la gente era bienintencionada, y que a los malvados se les distinguía por su aspecto físico, como si llevasen en la mirada y en la voz un estigma, algo intangible pero real que los diferenciaba de las personas comunes, de tal manera que, si una estaba atenta, lograría identificarlos antes de que tuvieran el poder de hacerte daño. Ahora se había dado cuenta de que no era cierto. Incluso alguien tan amable y simpático como don Jorge podía esconder dentro una bestia que surgiría en el momento más inesperado, como la repentina erupción de un volcán. No sabía si era bueno seguir confiando en todo el mundo. Pero no quería que aquella experiencia hiciera nacer en ella el miedo. No deseaba convertirse en un ser atemorizado que anduviera por el mundo de puntillas. ¿Era posible seguir siendo inocente y a la vez cuidadosa?
Se quedó dormida dando vueltas a aquellas ideas en la cabeza, y durmió muchas horas, hasta el amanecer del día siguiente, a pesar del trajín de gentes que subían y bajaban las escaleras de la pensión y recorrían los pasillos, a pesar de los batuques y las sambunas que sonaron aquel atardecer en las calles del barrio y de los golpes y gritos de placer que una pareja dio en el cuarto de al lado durante toda la noche. São durmió un sueño sin sueños, sin pasado ni futuro ni preocupaciones, que permitió que su cuerpo y su cabeza abandonaran el mundo y descansasen.
Cuando se despertó, ya había tomado una decisión: aunque eso era lo que más le apetecía en aquel momento -las voces familiares, el viejo paisaje de lavas negras y tierras rojizas, el drago alzándose solemne y solitario junto a la ermita, la modesta fertilidad de las huertas-, no podía regresar a casa. No era por orgullo, por no querer reconocer que las cosas no le habían salido bien. Era sólo que tenía miedo a acostumbrarse demasiado a la facilidad de vivir en un espacio conocido, un lugar sobre el que podría extender sin ningún temor su dominio, sabiendo siempre a dónde la conduciría cada uno de sus pasos, qué verían sus ojos si se dirigían al norte o al sur, qué olores percibiría en cada punto de aquel paisaje, las tortas de maíz tostándose al fuego en la aldea, la tierra acre en la que los niños se rebozaban, el grogue apestoso de los viejos, la lluvia que vendría pronto cuando soplaban los alisios… Si regresaba, probablemente se quedaría para siempre. Y no deseaba quedarse. No deseaba acomodarse, resignarse a sobrevivir cuidando de la huerta o cosiendo vestidos para las mujeres de Carvoeiros, y buscar un hombre que no fuera demasiado malo y construir una casa y establecerse allí como en una madriguera, inmóvil, paralizada, pariendo hijos a los que apenas lograría alimentar, a los que jamás podría pagar unos estudios, que acaso no soportarían las fiebres y las diarreas. Y luego, cuando llegase un día la muerte, mirar atrás y pensar que su vida no había sido nada, sólo un vacío, un absurdo agujero sin sentido, menos que la huella en el aire del aleteo de un gorrión, menos que la marca en el suelo del paso de una hormiga. Nunca sería médica, pero quería que su existencia tuviese algún valor, que alguien pudiera echarla de menos cuando ya no estuviese y sintiera el peso de su ausencia.
Comenzó a buscar trabajo aquella misma mañana. Visitó una a una a todas sus amigas para comunicarles su situación -aunque se negó a explicarles las razones por las que había abandonado a la familia Monteiro- e incluso fue a ver al cura de la iglesia donde solía asistir a misa. Pero daba la impresión de que todas las familias acomodadas de Praia tenían criadas suficientes, porque nadie sabía de ningún empleo posible. Al fin un día, cuando ya estaba a punto de desesperarse y de quedarse sin dinero -a pesar de que apenas había comido en dos semanas, por ahorrar-, pasó por delante de una oficina en la calle Andrade Corvo y se fijó en un letrero que ofrecía un puesto de recepcionista. Homero Bureau. Así se llamaba la oficina. A São le recordó al perro de doña Na-tercia, y eso hizo que le latiera con fuerza el corazón. Le pareció una señal de buena suerte. Entró. Era una gran sala luminosa, pintada de blanco. Había cuatro mesas ocupadas por mujeres. Una de ellas, una negra oronda, con un vestido de flores azules y anaranjadas que la hacía parecer aún más inmensa, le sonrió:
– ¿Qué quieres, chica?
– El empleo.
La mujer se echó a reír. Era una risa tan grande como ella misma, que pareció llenar la habitación y expandirse más allá de los muros, lanzándose hacia las calles a través de las ventanas.
– De acuerdo, vamos a hablar.
Y hablaron. Al cabo de quince minutos, São salió de allí con el compromiso de empezar a trabajar al día siguiente. Doña Benvinda incluso le había entregado tres mil escudos como adelanto sobre su sueldo. No había hecho falta que se los pidiese: ella sola se dio cuenta de que aquella muchacha que buscaba trabajo desde hacía quince días probablemente estaría necesitada de dinero.
Si algo le sobraba a doña Benvinda, era imaginación para comprender lo que les ocurría a los demás. En realidad, no era una cuestión de fantasía, sino de experiencia. No había tenido una vida fácil. Había nacido en Portela, una aldea miserable y gris de la isla de Fogo, en plena ladera de un inmenso volcán, donde se crecía entre sequías y hambrunas, fiebres y disenterías. Desde muy pequeña se había acostumbrado a que la muerte formase parte de la vida, y a que llegara de una manera cruel. Ella misma perdió a varios de sus hermanos, no recordaba a cuántos, y a los diez años, cuando su madre también murió, se quedó al cargo de los cuatro más pequeños y de la casa. Tenía además que ayudar a su padre, que regentaba una taberna miserable, grasienta y apestosa, en la que se servía a los borrachos del pueblo un grogue inmundo y algunos refrescos calientes. Pronto supo que debía defenderse de los hombres. Algunos de los clientes, en cuanto su padre se ausentaba unos minutos por alguna razón, intentaban entre tambaleos y eructos toquetearla, besarla en la boca y hasta hacer que les agarrara el sexo para darles placer. Aprendió a esquivarlos, a darles empujones que terminaban con su escasa estabilidad, incluso a golpearles con la rodilla en la entrepierna cuando alguno se mostraba especialmente resistente.
Comprendió a la fuerza que sobrevivir era una batalla diaria, una penosa y controlada acción de la consciencia en la que debían entremezclarse egoísmo y generosidad, astucia y confianza: exigirle firmemente a su padre que le diese dinero para comprar comida y ocuparse también de que cenara algo cuando llegaba a casa demasiado bebido. No permitir que los hermanos le robaran su puñado de alimentos pero cedérselo con gusto cuando alguno de ellos estaba enfermo. Ayudar a las mujeres de la aldea si la necesitaban sin dejar que se creyeran que estaba siempre a su disposición. Ponerles límites a los hombres y ser a la vez capaz de fiarles cuando iban a beber y aún no habían cobrado el sueldo. Sí, Benvinda supo desde que era una niña que había que dar y retirar, acariciar y golpear, sonreír y chillar, en un difícil equilibrio que a ella, sin embargo, no le costó nada adquirir. Era como si hubiese nacido sabia.
Fue viviendo así durante años, enredada en una tela de araña en la que lo único importante era no morirse de hambre y conseguir que ningún hombre la violase. Y sin embargo, a su alrededor se proyectaba una asombrosa transparencia, la luminosidad que emana de las personas alegres. A menudo, en medio del silencio de la aldea por las noches, cuando todo el mundo estaba ya acostado, se oían sus carcajadas, aquel estallido de risas que se le escapaban por cualquier tontería dicha por alguno de sus hermanos, y que volaban por el aire como despreocupadas polillas nocturnas. Benvinda reía incesantemente. Había algo en su interior que la protegía contra la desdicha, como si una rara blandura cubriese su mente e hiciera que las tristezas rebotasen contra ella. No es que no las viviera ni las padeciera. Sufría como todo el mundo cuando había que sufrir. Pero en la pena o en el dolor, siempre encontraba un hilo del cual tirar con fuerza, un hilo poderosamente anudado al optimismo, que la rodeaba aislándola de la desesperanza. En medio de la oscuridad de los malos momentos, nunca dejaba de pensar que las cosas mejorarían, y si por la noche lloraba en silencio en la cama, abrazada a alguno de sus hermanos dormidos, por la mañana se levantaba llena de energía, dispuesta a hacer todo lo necesario para que el día resultase soportable, no sólo para ella, sino también para todas las personas cercanas.
A los diecinueve años, cuando los pequeños ya habían crecido y su padre se emborrachaba cada vez más a menudo y le hacía la vida más difícil, conoció a Roberto.
Roberto había nacido en una aldea vecina, aunque hacía mucho que había emigrado a España, donde trabajaba como minero en un pueblo del norte. Había ido como otras veces a pasar unas vacaciones, y al volver a encontrarse con Benvinda en la taberna, convertida ya en una mujer, con aquella risa que resonaba en el aire y aquella solidez que la hacía apoyarse tan firmemente en el suelo, pensó que sería una buena esposa, alguien que acabaría con la soledad que algunas madrugadas, a la hora de ir a trabajar, le paralizaba en la cama, como si un bicho estuviera devorándolo por dentro y dejándolo seco, igual que un árbol podrido y ceniciento. Mientras la miraba trajinar con las botellas y atender a los clientes, se puso a pensar que sería hermoso abrazarla bajo la nieve, y pasear juntos por los bosques los días de sol, enseñándole todo aquel verdor que ella nunca había visto. Sería divertido ver la televisión cogidos de la mano e ir a bailar a las discotecas los fines de semana. Salir a cenar con los amigos y comprar objetos para embellecer su casa descuidada. Y luego tener hijos, dos niños y una niña, eso era lo que quería, tres hijos que dispondrían de médicos y medicinas gratuitas y no se morirían de diarrea ni de hambre, que irían a la escuela y estudiarían y volverían después a Cabo Verde como personas importantes, quién sabe si ministros y gobernadores…
Benvinda ni se imaginaba lo que se le estaba pasando a Roberto por la cabeza. Pero, por alguna razón a la que no supo ponerle nombre, cuando lo vio entrar por la puerta de la taberna, con su gran sonrisa y su buena ropa europea, y darle dos besos para saludarla a la vez que le recordaba quién era -hacía cuatro o cinco años que no se veían-, sintió mucha vergüenza por estar tan mal vestida, con su falda azul de diario, mil veces lavada y remendada, y una fea camiseta negra. Se pasó la mano por el pelo, y lamentó no habérselo recogido en trenzas para estar más guapa. Y algo raro y nuevo, algo así como un extraño deseo de sonreír todo el rato y salir volando, se apoderó de ella.
Una semana después, Roberto y Benvinda eran novios. Cuando llegó el final de las vacaciones, se separaron entre llantos y promesas de mutua fidelidad y espera. En Navidades, el hombre regresó y le pidió que se casara con él. Se había informado de todos los papeleos que hacían falta para que ella pudiese instalarse en España. A mediados de la primavera, en el momento en que las lilas de los jardincillos se cubrían de racimos de flores malvas, y en los bosques se abrían uno tras otro los pequeños brotes de los castaños y los robles, llenándolo todo de verde, y los arroyos que bajaban de las montañas se desbordaban con el caudal del deshielo, Benvinda llegó a su nuevo pueblo.
Durante cinco años, fue una mujer feliz. Todo la entusiasmaba, la mansedumbre del paisaje y el cambio de las estaciones, la luz eléctrica y el agua que manaba por los grifos como una cascada sin fin, las tiendas y los mercados donde podían encontrarse tantos alimentos diferentes, los electrodomésticos que hacían por ella las tareas, el parque en el que jugaban los niños, las cafeterías en las que solía quedar con otras caboverdianas para tomar café y charlar, los abrigos de invierno y los zapatos de tacón, las excursiones en coche con Roberto por un mundo que resultaba al mismo tiempo inabarcable y cercano… Todo le parecía un regalo, como si la vida se hubiese convertido inesperadamente en un precioso paquete del que iba extrayendo una y otra vez cosas deliciosas, pequeños objetos extraordinarios que ella admiraba y cuidaba con devoción, sosteniéndolos firme y delicadamente entre las manos.
Lo mejor de todo era Roberto. Él no le pegaba ni se emborrachaba, como tantos hombres. Algún sábado por la noche bebía más de la cuenta, cuando los dos salían con los matrimonios amigos, pero eran borracheras alegres, en las que le daba por cantar y besarla y meterle mano e intentar luego hacerle el amor, aunque siempre se quedaba dormido antes de lograrlo. La quería, la trataba bien, le entregaba todo el dinero, la acariciaba con una ternura que nunca hubiese imaginado que existía, y a veces se quedaba mirándola como si ella fuese la única mujer en el mundo, una reina. Benvinda le devolvía ese amor con toda la fuerza de que era capaz, ocupándose de él con ferocidad, sintiéndose capaz de defender con uñas y dientes el ámbito de bienestar que le creaba cada día. No había comidas demasiado ricas, ni camisas lo suficientemente bien planchadas, ni sábanas estiradas en exceso para que Roberto descansase y se sintiera a gusto al regresar de su trabajo tan duro. Cuando lo veía entrar por la puerta de la casa, con la cara manchada de carbón, exhausto después de la larga jornada picando en el fondo del pozo, los ojos enrojecidos y como asustados del exceso de luz, le daban unas ganas enormes de mimarlo como si fuese un niño, bañarlo y darle de comer, y luego acunarlo igual que había acunado a sus hermanos de pequeños.
Además de limpiar y cocinar y planchar y pasar algún tiempo a diario con las amigas, Benvinda se matriculó en unas clases para adultos. En Cabo Verde nunca había ido a la escuela. Sus hermanos varones habían estudiado los primeros cursos, pero el padre pensaba que las niñas no necesitaban aprender nada. Era suficiente con que supieran contar bien el dinero cuando les pagaban en la taberna, ocuparse de la casa y parir hijos. Dios no había hecho a las mujeres para otra cosa, solía decir. Ahora ella aprendió todo lo que pudo y disfrutó de cada nuevo descubrimiento como una cría. Por la noche, después de cenar, mientras Roberto veía un rato la televisión, se sentaba a la mesa de la cocina y hacía esforzadamente todos los ejercicios, concentrándose de tal manera que llegaba a olvidarse de que su marido la esperaba para ir a la cama. Pronto supo leer y escribir, y también realizar complicadas operaciones aritméticas. Entretanto, la nueva lengua se le fue pegando por sí sola, y al cabo de tres meses era capaz de entenderse con cualquier persona del pueblo. Roberto se sentía orgulloso de su inteligencia y su aplicación: llegarás a profesora, solía decirle. Y ella se reía, relajada y feliz.
En aquellos cinco años, sólo hubo un pequeño disgusto: Benvinda no lograba quedarse embarazada. Cuando al fin acudieron a los médicos, les dijeron que tenía problemas en las trompas, y que no podría tener hijos. Les dio mucha pena, pero aquel sentimiento no duró demasiado. Enseguida empezaron a hablar de adoptar. En Cabo Verde había muchos niños que necesitaban padres. No sería difícil. Aunque decidieron aplazarlo algún tiempo. De momento, tenían bastante con estar el uno junto al otro.
Una madrugada de enero, Roberto salió de casa a las cuatro para cubrir el primer turno en el pozo. Antes de irse, como siempre hacía, besó despacio a su mujer. Ella se revolvió y musitó algo, pero no llegó a despertarse. Estaba nevando. A él le gustaba caminar bajo la nieve en plena noche, viendo los copos resplandecer en la oscuridad, como pequeñas estrellas que se desplomasen en silencio hacia el suelo. Fue la última vez que disfrutó de aquel placer, de cualquier placer. A las ocho de la mañana hubo un derrumbe en la mina. Roberto quedó allí enterrado, a doscientos metros de profundidad, junto a otros dos compañeros.
Benvinda creyó volverse loca. Durante muchos meses, dejó de entender la vida. No comprendía lo que había sucedido. Ni siquiera quería comprenderlo. Odiaba al mundo entero y, sobre todo, odiaba a Dios. Su risa desapareció, sepultada bajo las toneladas de cascotes negros que habían matado a su marido. Sus amigas cuidaron de ella durante aquel tiempo, turnándose para obligarla a comer y a tomar las pastillas que le recetó el médico, y también a salir a dar una vuelta, desmadejada, ajena a todo lo que antes le gustaba. Fue recuperándose lentamente, como un enfermo que hubiera tenido que aprender poco a poco a realizar los viejos gestos, ducharse y vestirse, calentar un café o preparar un guiso, salir a la compra, poner un rato la televisión, atender a las preocupaciones y las alegrías ajenas, que habían dejado de existir para ella.
Había pasado casi un año desde la muerte de Roberto cuando decidió volver a Cabo Verde. Tenía una buena cantidad de dinero gracias a la indemnización que había recibido por el accidente, además de su pensión de viudedad. En su país, aquello significaría una auténtica fortuna. No necesitaba regresar a Portela y encerrarse en la taberna inmunda a esperar la vejez entre sucios borrachos que la acosarían sin tregua. Podía instalarse en la capital, en Praia, y montar algún negocio. Aún no sabía cuál, pero estaba segura de que encontraría algo adecuado: su optimismo habitual comenzaba a renacer día tras día. Había vuelto a agarrar el hilo que siempre la salvaba del dolor. La desolación iba apagándose, y con el tiempo terminaría por convertirse en un puñado de cenizas grises que se le quedarían para siempre por dentro, pero que no le impedirían seguir viviendo y trabajando, y volver a reírse sin que nadie que no la hubiera conocido antes percibiese que en algún momento de su existencia había ocurrido un cataclismo. Benvinda sería de nuevo, a los ojos de todos, una mujer satisfecha y feliz, rodeada de un aura de bienestar y benevolencia que parecía mantenerla al margen de las desdichas.
Al cabo de unas semanas de estancia en Praia, encontró aquella pequeña empresa en traspaso, Homero Bureau, dedicada a vender material de oficina. Ella no sabía nada de máquinas de escribir, papeles o fotocopia-doras. Aun así, el asunto le gustó, y confió en sí misma para aprender pronto, y también en la generosidad del antiguo dueño, que le prometió que se lo enseñaría todo. Invirtió una buena parte de su dinero en el negocio y del resto se guardó una cantidad, por si las cosas no iban bien, y repartió lo demás entre sus hermanos, para ayudarles a salir adelante. Y retomó su vida con la paciencia y el equilibrio de los tiempos pasados en la taberna.
Cuando São comenzó a trabajar allí, hacía ya muchos años que Homero Bureau era un negocio próspero y seguro. Para ella fue una buena época. Le gustaba el trabajo, lo de atender el teléfono y preparar los encargos y buscar por las calles al chico que llevaba los paquetes cuando había algo que entregar. Se alquiló una habitación con derecho a cocina en casa de una viuda y, aunque a veces tenía que soportar sus interminables parlamentos contándole una y otra vez todas las pequeñas cosas que le habían sucedido, se sentía a gusto cuando podía estar a solas en su cuarto y miraba por la ventana y veía un pedacito diminuto de mar. Aparte de los días pasados en la pensión, era la primera vez que disponía de un espacio propio, y aquella independencia le hacía tener la sensación de que se había convertido definitivamente en una mujer adulta, responsable por completo de sus actos y capaz de manejar su existencia. Al fin parecía haber superado el disgusto de no poder estudiar, un proyecto que ahora le parecía muy lejano, como si hubieran pasado muchos años desde aquel viejo entusiasmo infantil, de cuya ingenuidad ahora era consciente. Entre ella y esas ideas extravagantes se había levantado un muro sólido, sin resquicios ni puertas que permitieran que se colase hacia su vida actual ningún sentimiento de frustración. La niña enterrada seguía durmiendo plácidamente bajo la tierra leve.
Por las noches se tumbaba en la cama y hacía planes de futuro: ahorraría dinero, iría a Europa, trabajaría allí todo lo que pudiese y luego, como había hecho doña Benvinda, regresaría a Cabo Verde y montaría su propio negocio. En lo que no pensaba en absoluto era en buscar un hombre y tener hijos. El recuerdo de lo que había sucedido con don Jorge le retumbaba todavía en las tripas, revolviéndoselas. Pero había algo más profundo, como si una lucecilla apenas visible se encendiese en algún punto de su mente y la alertara, como si una rara transposición del tiempo le hiciera ver lo que podría ocurrir en el futuro: la posibilidad del amor y el sexo le parecía un peligro, algo que le haría daño y la dejaría maltrecha. Sus compañeras de la oficina, con las que salía de vez en cuando a tomar un helado y a bailar, no hablaban en cambio de otra cosa. Se contaban las unas a las otras sus experiencias con los chicos, el inmenso placer y la zozobra, y cuando creían haberse enamorado, desmenuzaban con todos los detalles posibles las probabilidades de que él las quisiera de verdad y les propusiera compartir su casa. Era como si poseer un cuerpo masculino y ponerse al servicio de su cotidianeidad fuera para ellas el objetivo más importante. São temía que estuvieran condenadas a sufrir, a estrellarse una y otra vez contra la esencia misteriosa del alma de los hombres, dotada de recovecos y páramos que no comprendía y que la asustaban.
Ella deseaba para sí misma una vida de independencia. Las mujeres más satisfechas y mejores que había conocido -doña Natercia y doña Benvinda- vivían sin maridos. No solas, eso no: estaban acompañadas de muchas amigas, y familiares, y multitud de niños ajenos, gentes que las querían y las apoyaban, de quienes ellas cuidaban con ternura y cuya cercanía era tal vez mayor que la de ese hombre con el que compartes tu cama, que conoce de memoria el sabor de cada parte minúscula de tu piel, la dureza de tus pechos y la estrecha calidez de tu sexo, que alcanza el placer dentro de ti y se desborda una y otra vez en tus entrañas, que combate y entrega y rebusca y gime arrebujado en tus brazos como si hubiera llegado el fin del mundo, pero que jamás se molestará en
averiguar si te sientes desdichada o feliz, si te crees dueña del suelo que pisas y el aire que respiras o tiemblas de miedo cuando te levantas por las mañanas y sabes a ciencia cierta que la vida va a agredirte, que se abalanzará sobre ti y tratará de devorarte a mordiscos, dejándote en los huesos.
Se imaginaba de mayor viviendo en una casa tranquila cerca del mar, una casa pintada de colores, con grandes ventanas por las que penetraría la luz y la brisa, con un jardín en el que creciesen las buganvillas y los jazmines, y una acacia llena de florecillas blancas que diese una buena sombra acogedora. No tendría marido ni hijos, pero habría muchas gentes entrando y saliendo, y una cocina espaciosa en la que todo el mundo pudiese encontrar lo que deseaba. Una casa como la de doña Benvinda. Ella solía comer allí los domingos. Su jefa preparaba una gran olla de cachupa e invitaba a diez o doce personas. La mujer disfrutaba viendo a São sentada a su mesa. Le había cogido mucho cariño desde el principio. Igual que le había ocurrido a doña Natercia, le daba mucha rabia que aquella muchacha inteligente hubiese tenido que dejar de estudiar por falta de dinero. Le gustaba ver cómo trabajaba con tanta obstinación y respeto, como si realmente atender el teléfono y tomar nota de los encargos y organizar los envíos fuesen tareas importantísimas. La conmovía la rara mezcla de fortaleza e inocencia que conformaban su personalidad, su bondad y su decisión. Se preguntaba qué sería de ella en el futuro. Tenía una larga vida por delante, y en ella cabría aún mucho sufrimiento. Era seguro que alguien intentaría manipularla, que la engañarían y le harían daño. Alguien la arañaría y trataría de robar su energía. Pero estaba igualmente convencida de que São resistiría, de que mantendría los pies bien firmes en el suelo, y la cabeza alta, y la mirada resuelta y sonriente. Sería una extraordinaria superviviente, ocurriera lo que ocurriera.
Una tarde, después de cerrar el negocio, mientras las otras empleadas corrían a reunirse con sus enamorados, Benvinda la invitó a tomar un helado. Caía un aguacero furioso. El agua corría en arroyos por las calles. Los coches pasaban salpicando de lodo a los peatones, que gritaban y protestaban y luchaban por guarecerse yendo de portal en portal. Se sentaron a una mesa de la heladería junto a la ventana. La lluvia rebotaba contra los cristales y caía enloquecida sobre el tejado, produciendo un ruido ronco y brutal, como de catástrofe. Una vez a salvo, Benvinda dejó que su gran risa se expandiera un instante por la sala. Luego, inesperadamente, suspiró y pareció llenarse de nostalgia:
– En España llovía mucho -dijo-. Pero nunca con esta fuerza. Era una lluvia mansa y constante. Y en invierno solía nevar. Siempre me asombraba el silencio con el que cae la nieve, como si el mundo se hubiera quedado inmóvil y sólo los copos tuvieran vida.
– Debe de ser bonito. Me gustaría verlo.
– ¿Nunca has pensado en irte a Europa?
– Muchas veces. Siempre. Desde pequeña. Pero ¿cómo? No tengo papeles. No tengo dinero. Algún día…
– A lo mejor yo podría ayudarte.
São se puso roja. Ni siquiera logró responder. Agitó los brazos en el aire, como si se ahogara. Benvinda se echó de nuevo a reír:
– ¿Eso quiere decir que aceptarías?
– Sí, sí, desde luego que sí…
– Puedo hablar con mis hermanas. Viven en Holanda. Me deben una: se fueron gracias al dinero que yo les di, y las cosas no les han ido mal. Ellas te conseguirían un visado de turista. Luego tendrías que arreglártelas.
– Pero no tengo dinero para el billete…
– Yo te lo dejaría. Podrías devolvérmelo poco a poco.
– ¿De verdad…? ¿Me lo está diciendo de verdad…?
– ¿Tú crees que te engañaría? Me gustaría que tuvieses una vida mejor. Te la mereces. Debes intentarlo.
Tres meses después, todo estaba arreglado. São tuvo que abrir una cuenta bancaria. Doña Benvinda le dejó, además del dinero para el billete de avión, los sesenta mil escudos que debían acreditar ante las autoridades holandesas que tenía dinero suficiente para viajar como turista y que no iba a ponerse a mendigar por las calles, o quién sabe si a robar y hasta asesinar. Sin ese requisito, jamás le concederían el visado.
En realidad, no tenía pensado llegar a Holanda. Se quedaría en Portugal, y allí trataría de apañárselas para conseguir los permisos de trabajo y de residencia. Lucharía por un empleo, sería criada en una casa o camarera en un bar o cajera en un supermercado, mano de obra barata para un puesto de trabajo ínfimo, y tendría que arreglárselas para mantenerse y devolverle el préstamo a doña Benvinda y seguir mandando dinero a su madre y a Jovita y ahorrar para el futuro. O tal vez sería aún peor. Tal vez no le concedieran los permisos y se quedaría entonces en situación ilegal, y se vería obligada a aceptar las condiciones que algún desalmado quisiera imponerle para trabajar, privada de todo derecho, y caminaría por las calles muerta de miedo, escondiéndose a la vista de cualquier policía que pudiera retenerla y expulsarla de nuevo hacia su país, perdiendo de paso lo poco que hubiera podido lograr.
Claro que São aún no sabía todo eso. Intuía que obtener los papeles no sería fácil, pero para ella Europa era todavía un lugar de lluvia mansa y blanca nieve silenciosa, el espacio de todas las oportunidades, el ámbito que le permitiría salir definitivamente de la penuria, la región donde cabían todos los sueños. Era el hogar que Noli le había descrito cuando eran pequeñas, aquel lejano verano en la aldea, sentadas a los pies de los mangos, una casa llena de juguetes y libros y cuadernos y lápices, y los veloces autobuses que conducían hacia bosques infinitos y praderas de hierba dulce sobre las que se podía caminar descalza, y un delicioso arroyo de agua fresca para aliviar el calor. Nunca había visto un arroyo ni una pradera de hierba. Nunca le habían sobrado los libros ni los lápices. Ahora lo iba a conseguir.
Se sentó junto a la ventanilla del avión y no dejó de mirar ni un solo instante. El aparato sobrevoló primero el mar, con sus aterradoras profundidades oscuras. Luego, durante mucho tiempo, pasó por encima de las arenas desoladas del Sahara y las pardas cimas del Atlas. Entonces aparecieron las llanuras cultivadas y las aldeas desperdigadas, y de nuevo el mar. Y al fin Europa, los grandes ríos prodigiosos, las ciudades enroscadas sobre sí mismas, y por último Lisboa, como un mirador sobre el agua. Vista desde el aire, Lisboa era hermosa. Enorme y hermosa. São se sentía feliz. Cabo Verde había quedado lejos, muy lejos. Y se había vuelto muy pequeño.