La luna

Sí, todo sucedió en noviembre. Un mes triste y cruel como una hiena. El mes de los muertos y de los crepúsculos desconsolados, el mes en que la mitad de la tierra se dirige vencida hacia su ocaso, abrumada por el temblor y la incertidumbre. Lia se había ido a Angola. Hacía cinco años que no volvía a su país, así que decidió tomarse dos meses de vacaciones y esperar allí a Bigador, que iría a pasar las Navidades. Y entonces, en cuanto ella cogió el avión y desapareció en el horizonte, fue como si hubieran soltado una jauría de perros.

Ya el primer fin de semana, a pesar de que le tocaba pasarlo con el niño, Bigador llamó a São para decirle que no podía ir a buscarlo. Y se lo dijo de malos modos, como solía hacerlo en la época en que se creía su dueño, pronunciando las frases igual que si estuviera disparando balas, sin permitirle discutir o preguntar cuando menos por qué. Ni siquiera se molestó en dar excusas. No alegó que tenía que hacer horas extraordinarias, o que era el cumpleaños de un amigo e iban a celebrar una fiesta, o que se sentía griposo. Simplemente, dio por sentado que las cosas eran así y que ella tenía que aceptarlas. Y cuando São intentó abrir la boca para explicarle que podía llevárselo el fin de semana siguiente si quería, él colgó el teléfono. Sin más.

El domingo se presentó inesperadamente en casa de São a las diez de la noche. Cuando lo saludó, le pareció que olía a alcohol y que tenía los ojos enrojecidos. Pasaron a la habitación. André dormía ya, pero él ni siquiera lo miró. Se sentó al borde de la cama y empezó a hablar con la voz destemplada de los viejos tiempos:

– ¿Quién es Luis?

São le pidió con un gesto que suavizara el tono para no despertar al niño. Él sin embargo insistió:

– ¿Quién es?

– Un amigo.

– ¿Un amigo? ¿Y por qué André me dice que te da besos como yo a Lia y que te coge de la mano? ¿Eso es para ti un amigo?

Ella notó cómo la sangre le empezaba a arder. Le dieron ganas de ponerse a gritar y echarlo de allí, de abofetearle y darle patadas y pisotearle la cara. No sentía miedo. Sólo una cólera inmensa, una oleada de ira como nunca había sentido en su vida. Pero tuvo que dominarse por el crío. Se clavó con fuerza las uñas en las palmas de las manos y consiguió ponerse en pie pausadamente:

– No creo que éste sea el mejor momento para hablar de eso. Si quieres, me llamas mañana. Ahora vete.

Él se levantó furioso, descompuesto, la agarró por los hombros y comenzó a sacudirla:

– ¡Eres una puta! ¡Siempre supe que eras una puta!

André se despertó y empezó a llorar. Bigador lo miró y salió a toda prisa de la habitación. Se oyó el golpe de la puerta de la calle mientras ella abrazaba al niño y trataba de convencerle de que todo era una pesadilla.

Al día siguiente, el hombre apareció poco antes de la hora de descanso de São en la cafetería y la invitó a tomar algo. Ella le vio llegar tranquila, liberada de la cólera del día anterior, pero dispuesta a defenderse con todas sus fuerzas si hacía falta. Él parecía sin embargo algo avergonzado. Caminaron en silencio y, en cuanto se sentaron en una cervecería cercana, le pidió disculpas por lo sucedido:

– Había bebido y me pasé de la raya. Lo siento.

– De acuerdo, pero te pido por favor que no vuelvas a armar un escándalo delante del niño. Si tienes que hablar conmigo, me llamas y quedamos.

– Pues tengo que hablar contigo de dos cosas importantes.

– Dime.

– ¿Estás saliendo con ese tal Luis?

– Sí.

Bigador pareció encogerse, como si se preparase para saltar:

– ¿Y qué planes tienes?

– ¿Planes…?

– ¿Piensas casarte? ¿Irte a vivir con él?

– No hemos hecho planes. Simplemente, estamos saliendo. Por el momento, eso es todo.

– Ya. Por el momento.

– Sí. No sé qué pasará en el futuro. Pero, de cualquier manera, no creo que eso sea asunto tuyo.

Se le torció la boca hacia un lado y comenzó a alzar la voz:

– ¿Ah, no? ¿No es asunto mío que mi hijo se vaya a vivir con otro hombre? ¿Eso crees?

– No tengo ni idea de lo que va a ocurrir, Bigador. Pero te aseguro que si un día me voy a vivir con alguien, será porque estoy muy segura de él y de su relación con André. No pienso volver a meterme en el infierno. Y te recuerdo que tú también vives con Lia. Y a mí nunca me ha parecido mal.

– ¡No es lo mismo una mujer que un hombre! Y entérate: si se te ocurre instalarte en casa de ese tipo con André, nos veremos en el juzgado. Te lo quitaré. ¡Puedes estar segura de que voy a quitártelo!

Se puso en pie para irse. Pero dio dos pasos y regresó.

– Se me olvidaba. La otra cosa que iba a decirte es que me lo voy a llevar a pasar las Navidades en Angola.

São se estremeció. Pensó en la malaria y la disentería, en el dengue y la tuberculosis, en todos los peligros que el niño correría en aquel país lejano y desprotegido. Su voz sonó por un momento suplicante:

– Todavía es muy pequeño… No tiene ni cuatro años. Espera hasta que tenga seis o siete…

– No. Quiero llevármelo ahora.

Ella volvió a encontrar la fuerza dentro de sí. Se levantó y se alzó sobre las puntas de los pies, para que sus ojos quedasen a la misma altura que los del hombre. Le habló con fiereza:

– No te lo permitiré. No voy a darte el pasaporte.

– Ya lo veremos.

Fueron las últimas palabras suyas que oyó en muchos días. No supo nada de él hasta que un par de semanas después, un jueves a la hora de cenar, se presentó de nuevo en su casa. Dijo que quería llevarse al niño a dormir con él. Hacía tiempo que no lo veía y lo echaba de menos. São intentó resistirse. No estaba del todo segura de que no hubiera un plan oscuro detrás. Pero el crío se había abalanzado a los brazos de su padre y gritaba sí, sí, con todas sus fuerzas. Se lo llevó a la habitación para vestirlo y abrió el cajón donde guardaba sus papeles. El pasaporte de André estaba allí, escondido debajo de su ropa interior. Por un momento, había pensado que tal vez Bigador hubiese podido entrar de alguna manera en la casa y robárselo. Pero todo parecía normal. Antes de despedirse, le recordó que debía llevarlo al día siguiente a la guardería.

Aquella noche durmió mal. Soñó que André iba corriendo por un prado inmenso, agitando los brazos en el aire, como si volase. Sólo se oían las risas del niño. El sol se deslizaba suavemente por el suelo y acariciaba el cuerpeci-11o que seguía avanzando entre las hierbas, ligero y feliz. De pronto, ella supo que algo terrible iba a suceder. Algo desolador. Intentó echar a correr detrás del crío para detenerlo, desesperada, pero sus piernas no se movían. Abrió la boca para gritarle, y no consiguió emitir ningún sonido. Luchó con todas sus fuerzas. Nada. Nada. La catástrofe iba a llegar, y ella no podía hacer nada.

Se despertó sudando, con el corazón latiendo enloquecido, ahogándose. Sobre la almohada estaba el muñeco al que André se dormía abrazado cada día. Lo apretó fuerte, tratando de recuperar a través de su tacto y de su olor el sentido de la realidad, tenía un hijo de casi cuatro años sano, a esa hora estaba durmiendo con su padre, y su padre lo quería mucho y no le haría ningún daño… Volvió a comprobar que el pasaporte seguía en su sitio. Todo estaba bien. Todo tenía que estar bien. Un hilo de luz grisácea, la polvorienta luz de un amanecer de noviembre, empezaba a entrar a través de la ventana. São cerró los ojos, respiró hondo e intentó encontrar de nuevo el sueño, aunque no lo logró.

Por la mañana llamó a Bigador, pero su móvil estaba apagado. Insistió varias veces, sin respuesta. Pidió en el trabajo que le permitiesen acortar un poco la jornada, y fue a buscar al niño a la guardería. Los críos estaban jugando en el patio. Muchos niños y muchas niñas. Negros y blancos. Mayores y pequeños. Niños risueños, sucios, agotados, hambrientos, nerviosos, sollozantes, gritones. Niños que se abrazaban a las madres que iban llegando a recogerlos y las besaban como si hiciera años que no las veían. Pero ninguno era André. São entró en el edificio y caminó hasta la clase de su hijo. Doña Teresa ordenaba juguetes y libros esparcidos por todas partes. Estaba sola. Le sonrió:

– Buenas tardes. ¿Quiere algo…?

– André…

La mujer la miró con sorpresa:

– Pero si André hoy no ha venido…

La reacción de São, su cara desencajada, la hizo correr a buscar la lista donde anotaba las ausencias de cada día:

– Aquí está, ¿ve? No ha venido… ¿Lo trajo usted misma?

São negó con la cabeza. Sacó el móvil de su bolso y volvió a marcar el número de Bigador. Seguía apagado. Entonces buscó el de Lia. También. Tuvo que sentarse. Doña Teresa insistía en preguntarle qué ocurría, pero ella no podía hablar. Al fin, la maestra decidió ir a buscarle un vaso de agua y avisar a la directora. Entre las dos consiguieron sacarle una explicación. Le preguntaron si tenía familia en Lisboa, alguien a quien avisar. Se acordó de Liliana. La propia directora la llamó y le contó lo que ocurría. Menos de una hora después estaba allí, aparentemente tranquila, firme, dispuesta a encontrar al niño como fuera. Abrazó a São e intentó animarla:

– Vamos, vamos, seguro que es un malentendido… Ahora mismo iremos a casa de Bigador, ¿de acuerdo?

Caminaron hasta el edificio, Liliana sosteniendo a su amiga que parecía sonámbula, como si sólo su cuerpo estuviera allí y su mente hubiera desaparecido, trasladada a algún lugar lejano desde el que no pudiera regresar. Llamaron al timbre un montón de veces. No contestó nadie. Preguntaron a varios vecinos, pero ninguno sabía nada. Entonces entraron en un bar y buscaron en la guía el número de la empresa donde Bigador trabajaba. Fue Liliana quien habló con ellos. Le dijeron que había pedido el finiquito y se había despedido la semana anterior. Ella decidió entonces que era el momento de ir a la policía.

Buscaron la comisaría vacilantes, tropezándose, igual que dos borrachas que fuesen enloquecidas por las calles, siguiendo el rastro inexistente de un espectro. Las hicieron esperar más de media hora. Al fin las recibió una mujer que preparó muy despacio su ordenador antes de permitirles que hablaran. Fue Liliana quien lo contó todo, metódicamente, tratando de dar sentido a los datos, mientras São se limitaba a asentir de vez en cuando, con la mirada desorbitada y reseca fija en un cartel en el que figuraban las fotografías de varios delincuentes. La agente escuchó con interés, pero luego les dijo que todavía no se podía hacer nada. El niño estaba con su padre. Había que esperar hasta que se cumplieran las cuarenta y ocho horas desde que habían salido de casa para denunciar su desaparición. De todas formas, estaba segura de que regresarían antes: era imposible que lo hubieran sacado del país sin pasaporte. Lo más seguro era que el padre se lo hubiese llevado a pasar el fin de semana a algún sitio y no hubiese avisado. O tal vez estaban simplemente visitando el Jardín Zoológico y volverían por la noche. Sonreía todo el tiempo mientras les hablaba, cómplice pero despreocupada, tratando de convencerlas de que ese tipo de situaciones era normal y que había muchos padres que se comportaban de esa manera.

Al salir de la comisaría, Liliana se llevó a São a su casa. Fueron primero a su piso a recoger algo de ropa y el cargador del móvil, desde el que seguían marcando una y otra vez inútilmente el número de Bigador. Luego se subieron a un taxi. Se había hecho de noche. La gente caminaba veloz, intentando abrigarse del frío húmedo que atravesaba la piel y penetraba en los huesos. Había gusanos de luz en las aceras cuando pasaban debajo de una farola o ante algún letrero luminoso. El resto era oscuridad y confusión. Ellas iban sentadas muyjuntas, cogidas de la mano, en silencio. De vez en cuando, Liliana decía algunas palabras -Todo se va a arreglar, ya verás-, por no ponerse a gritar lo que de verdad quería decir, hijo de puta, Dios te maldiga y te dé una mala muerte.

No cenaron ni durmieron. Se quedaron los tres en el sofá, São, Liliana y su novio, fingiendo que veían en la televisión un programa que emitía una y otra vez las mismas noticias eternas, guerras y muertos y huracanes y corrupciones y grandes palabras de los políticos. Sobre la mesa, bajo el reflejo de las luces que irradiaba la pantalla, brillaba el móvil, como un ídolo del que se esperase la salvación.

A las seis de la mañana llegó un mensaje de texto. Se abalanzaron hacia el aparato. Era de Lia: «André está bien. Está en Angola. Tranquila.» A São le temblaban demasiado las manos para contestar. Le pidió a Liliana que le preguntara cuándo iba a volver. La respuesta tardó un tiempo eterno. Los minutos caían sobre ellos uno tras otro como golpes de martillo. Por fin las palabras terminaron de hacer su recorrido desde África, desde la mente compasiva y los dedos nerviosos de Lia, y estallaron en el corazón de aquel piso del barrio del Castelo en Lisboa: «No lo sé. Tal vez pase mucho tiempo. Lo siento.» Sólo entonces São rompió a llorar.

Cuando yo fui a verla quince días después, estaba en un estado lamentable. En todo ese tiempo, apenas había comido ni dormido, y había adelgazado varios kilos. Tenía la mirada vacía, como si no quedara nada vivo dentro de ella, y unas grandes ojeras se le marcaban azuladas, casi transparentes, sobre la piel oscura. El médico le había dado la baja y le había recetado unos tranquilizantes muy fuertes. Estaba atontada, sentada casi todo el día en el sofá de la casa de Liliana, que no había permitido que se fuera sola a su habitación realquilada. No lloraba, no se lamentaba, no se rebelaba contra el destino. Ni siquiera contra Bigador. Apenas hablaba. Pero yo supe que estaba pensando en morirse. Fue como si su mente se comunicara con la mía. Ellas dos se entendieron sin palabras, y su mente le dijo a la mía que estaba harta, que ya no podía cargar más con esa vida a trompicones, que esta vez no tenía fuerzas para volver a empezar, que no le quedaba ninguna razón por la cual volver a empezar, y que quería morirse, irse al silencio, convertirse en tierra, desvanecerse en la nada.

La abogada que Liliana le había buscado había acabado con la breve esperanza que ella conservó durante un par de días de que todo se resolviera por vía judicial. Después de que llegara el mensaje de Lia y pudieran poner la denuncia, la policía entró en casa de Bigador y confirmó que se había llevado todas sus cosas. En el piso no había ni una camisa, ni un solo papel olvidado en un rincón. Parecía evidente que el hombre no tenía pensado volver. Pero era un misterio cómo había conseguido sacar al crío del país. Investigaron los aviones que habían salido aquellos días hacia Luanda. En uno de ellos, viajaba en compañía de una mujer un niño de la edad de André, aunque su nombre era distinto. Era probable que se tratase de él, y que hubiera volado con un pasaporte falso. Bigador se había ido precisamente en el vuelo anterior. La policía definió el caso como secuestro de un menor. Por un instante, São creyó que eso significaba que los jueces harían que le devolviesen a su hijo. Pero la abogada la desengañó enseguida: el asunto era muy difícil, le dijo. Para empezar, el niño no tenía la nacionalidad portuguesa. Ni tampoco ellos. Eran extranjeros, y en ese tipo de situaciones, la justicia tendía a lavarse las manos. Habría una sentencia diciendo que Bigador debía entregárselo, pero nadie movería un dedo para que aquello sucediese. Y en cualquier caso, aun suponiendo que la resolución les fuera comunicada, las autoridades de Angola se negarían a cumplirla. En aquel país era habitual que, en los procesos de separación y divorcio, los hijos varones se quedasen con el padre. No merecía la pena ni siquiera que presentase una demanda ante los tribunales de Luanda: jamás le concederían la tutela de su propio hijo. Sí, resumió la abogada, las leyes podían aplastar a una persona con su terrible falta de compasión. Pero eso era lo que había. Y no se podía hacer nada.

Yo estaba allí, junto a ella, pensando en todo su sufrimiento e intentando comprenderla. Y no sabía qué decirle. Sólo se me ocurría abrazarla y arrullarla para que al fin se durmiese, como si se hubiera convertido en una niña pequeña, como si ahora ocupase ella ese espacio de vulnerabilidad que había dejado vacío la desaparición de André. ¿Pero qué se le dice a una mujer a la que le han arrebatado a su único hijo quizá para siempre? Pronuncié frases vulgares, tópicos, las cosas que se suelen afirmar estúpidamente en esas situaciones: tenía que ser fuerte, tenía que mantener la esperanza, era probable que Bigador terminase por cambiar de opinión en cuanto viera lo difícil que era criar a un hijo día a día, seguro que acabaría por devolvérselo en unos meses…

Decía todo eso pero, en el fondo de mí misma, estaba convencida de que nunca más veríamos a André. Bigador se ocuparía de mantenerlo alejado de São. Su forma de relacionarse con los demás era posesiva y cobarde. Establecía un cerco alrededor de aquéllos a los que quería y se colocaba dentro, guardián exclusivo de sus pertenencias. Necesitaba estar seguro de que era el único. Jamás permitiría que ningún otro hombre se acercase al entorno de su hijo, que pudiera quererlo y educarlo y jugar con él. Probablemente, durante mucho tiempo ni siquiera pensó que eso llegara a suceder. São se había ido, pero, incluso desde lejos, él debía de creer que aún era propiedad suya. A través de la inocencia de Lia, había logrado organizar su vida, convencerla para que volviese a Lisboa, buscarle un trabajo y una habitación, convertirse en alguien necesario para el cuidado del niño. La tenía atada con cuerdas suaves, revestidas de seda, pero que él podía manejar a su antojo cuando lo considerase adecuado. Lo que nunca debió de sospechar es que llegaría un día en el que ella, la madre de su hijo, se enamoraría. Que desearía otro cuerpo. Que tendría su propia existencia al margen de él, sus propios sueños y planes. Y que, de esa manera, se abriría una puerta en la fortaleza de la que él debía ser el señor exclusivo, el espacio en el que residían São y André, perteneciéndole.

Estaba segura de que Bigador nunca le devolvería el niño a su madre. Desaparecería con él en los barrios más podridos de Luanda. Lo ocultaría en la selva si era preciso, vigilado por las serpientes y las hienas. Aunque todos los que queríamos a São nos pusiéramos de acuerdo y fuéramos juntos a buscarlo, jamás lograríamos encontrarlo. Durante años, permanecería bajo el dominio paterno, sometido a sus normas y a su irracionalidad, condenado a olvidar a su madre. Puede que incluso a detestarla. Sin embargo, yo hablaba y hablaba, de confianza, de tiempo al tiempo, de jueces y nuevos tratados internacionales, de toda clase de estupideces. Luego me quedé al fin callada, sentada a su lado, hundida yo también en aquel terrible silencio en el que palpitaba un dolor insoportable. Al otro lado de las ventanas se oían los ruidos de la calle, motores de coches, voces de gentes que se saludaban, cantos de niños. Pero todo aquello pertenecía a otro mundo. El mundo de los que tienen una razón, al menos una, para seguir viviendo.

Volví a Madrid angustiada por el futuro de São. Liliana, Zenaida y yo nos telefoneábamos a menudo para hablar sobre ella, repitiéndonos una y otra vez las mismas cosas, nuestra preocupación, nuestra comprensión de su dolor, aunque también tratábamos de animarnos insistiendo en la falsa idea de que tal vez Bigador se decidiría a devolver al niño. Con lo que no contábamos era con la inaudita fuerza de nuestra amiga, con aquella asombrosa manera suya de estar en la tierra, enraizada hasta lo más hondo, aprovechando la gota de agua más escondida, la más remota de las esperanzas.

Apenas tres semanas después de mi visita a Lisboa, el día de Navidad, São recibió en su teléfono móvil una llamada desde un número desconocido. Lo cogió precipitadamente, pensando en décimas de segundo en infinidad de posibilidades diferentes. Al otro lado del aparato sonó la vocecilla dulce y añorada de André. Habló con él durante unos instantes, nerviosa, exultante, feliz, desesperada. El niño sólo lloraba, le pedía que fuese a buscarlo, le decía que quería estar con ella. Luego se puso Lia. Le contó que todo estaba bien, que no tenía que preocuparse por nada. Había aprovechado que Bigador había salido un rato para llamarla. Volvería a hacerlo en cuanto pudiese. Ahora tenía que colgar. Adiós, adiós. Por detrás de su voz, André seguía sollozando.

Esa llamada transformó por completo el estado de ánimo de São. Fue como si la hubiera hecho resucitar, como si hubiera encendido dentro de ella un fuego que desde ese instante ardería infatigable, sin un momento de desmayo. Un fuego que ella misma alimentó con su valentía, con su esplendor de mujer poderosa.

Al día siguiente, dejó de tomar los tranquilizantes y volvió a trabajar. Y a principios de enero se fue a vivir a casa de Luis. Él llevaba proponiéndoselo desde el mismo momento de la desaparición del niño. Pero ella no había querido hacerle cargar con su angustia. Ahora, en cambio, se sentía capaz de devolverle al menos una parte de sus cuidados y su cariño. Luis hablaba muy poco. Era un hombre taciturno y serio, alguien sin brillo, que no solía provocar demasiadas simpatías por su tosca manera de relacionarse. Pero era también profundamente bondadoso. Sin duda alguna, eso era lo que São, con su sabiduría, había descubierto debajo de su aspecto aburrido. Ya ella la quería muchísimo. Cada día, cuando terminaba sus clases, iba a verla al piso de Liliana. Como sabía que apenas comía nada, le llevaba cosas que pensaba que le podían apetecer, pasteles, bombones, frutas tropicales. Se sentaba junto a ella en el sofá, y se quedaba allí en silencio hasta la noche, corrigiendo ejercicios o leyendo un libro. De vez en cuando, le cogía la mano y se la apretaba fuerte, sin decir nada, tan sólo para que ella recordase que estaba a su lado y que nunca iba a dejarla sola. Todos nos alegramos muchísimo de aquel cambio repentino en São. Pensamos que se debía simplemente al hecho de haber podido hablar con André, de confirmar que seguía vivo, que se acordaba de ella. A la esperanza de la próxima llamada que Lia le había prometido. La voz del niño había roto su pesadumbre, había agujereado la esfera de aislamiento y tristeza en la que vivía desde su secuestro. Como suelen hacer las personas cercanas cuando alguien atraviesa una mala época, Liliana, Zenaida y yo comenzamos a diseñar planes para ella a sus espaldas. Estábamos tan contentas de su relación con Luis, que nos atrevimos a decirnos las unas a las otras que tal vez se animara a tener un hijo con él. No es que eso fuera a hacerla olvidarse de André, por supuesto. Lo llevaría siempre presente en su memoria, recordaría inevitablemente cada día de su vida aquel cuerpo tan pequeño que iba a desarrollarse lejos de ella, que iría adquiriendo músculos y vello hasta convertirse en un joven lleno de energía, y que luego llegaría a ser un hombre adulto, marcado por la edad, sin que su madre dejase de imaginarlo como el montoncillo de piel suave y blanda carne del que un día la habían separado trágicamente. Pero nos parecía que sería bueno para São volver a ser madre, aprovecharse de la feroz alegría que los niños contagian sin proponérselo.

De cualquier manera, ella estaba bastante bien, mucho mejor de lo que hubiéramos esperado. Los meses iban pasando, y había vuelto a recuperar el peso que había perdido. Hubo un momento malo cuando se celebró el juicio. Ocurrió más o menos lo que la abogada había dicho, aunque fue incluso peor: el juez no consideró que aquello fuera un secuestro, sino una simple «sustracción». Y declaró que Bigador debía devolver al niño. Eso fue todo. São se sintió desprotegida y abandonada por la justicia, pero no se podía hacer nada.

Por lo demás, llevaba una vida normal, el trabajo, Luis, las salidas con Liliana y otras amigas… Hablaba a menudo de André, pero no lo hacía como si estuviera recordando a un hijo perdido. Contaba cosas suyas, frases y bromas, gestos y juegos, como si acabasen de ocurrir y fueran a suceder de nuevo al día siguiente. De vez en cuando, cada cuatro o cinco semanas, hablaba con él unos minutos, cuando Lia podía llamarla sin que Bigador se enterase. El niño seguía llorando y pidiéndole que fuera a buscarlo. A pesar de todo, nadie que no supiera su historia hubiera dicho que aquella mujer ocultaba ningún sufrimiento, aunque nosotros imaginábamos lo mucho que debía de costarle disimular su tristeza, fingir cada minuto del día que no vivía arrastrando tras de sí aquella ausencia afilada como un puñal que en cualquier momento podría desgarrarla. Lo que no llegamos a imaginar ninguno de nosotros, por mucho que creyéramos conocerla, eran sus planes. Se nos había olvidado que São, en medio del infortunio, era capaz de tomar decisiones extraordinarias. Y que cuando tomaba una decisión, siempre la llevaba a la práctica.

El 3 de octubre de 2007, casi un año después del secuestro de André, Luis se fue a dar sus clases a las siete y media de la mañana, como de costumbre. Cuando salió de casa, dejó a São arreglándose para ir a trabajar. Se despidieron tranquilamente, adiós, cariño, hasta luego, que tengas un buen día. Ella le dio un beso un poco extraño a aquellas horas de prisas, un beso muy largo, quizás algo triste, y le dijo te quiero mucho. Pero él no se dio cuenta de que aquel gesto era una señal. Al volver a las cuatro, se encontró un sobre a su nombre encima de la mesa de la entrada. Lo abrió, preocupado y nervioso. São le había escrito para decirle que se iba a Angola a buscar a André, y le pedía que no la siguiera, que la dejara enfrentarse sola a esa batalla. No quería que se pusiera en peligro. A esas horas estaría en el avión, sobrevolando el desierto de Argelia o las selvas de Camerún, cruzando África hacia aquel lugar al que parecía arrastrarla su fuerza de voluntad, y cada uno de los latidos apesadumbrados de su corazón, y su inquebrantable esperanza.

Durante nueve meses, desde la primera llamada de Lia y de André, había estado preparando su plan en secreto. Sabía que, si nos lo contaba, no le permitiríamos intentarlo. Una semana después del secuestro, había llegado un mensaje rotundo de Bigador, el único mensaje suyo que había recibido: «Si se te ocurre venir a por el niño, te mataré. Te lo juro.» Y Lia no dejaba de repetírselo cada vez que hablaban, Bigador dice que te matará si vienes, no vengas, por favor, estoy segura de que lo hará…

Todos nos habíamos tomado en serio esa amenaza. También ella, que lo conocía mejor que nadie y había tenido que soportar su brutalidad, ella que sabía hasta dónde era capaz de llegar cuando la rabia y la furia lo dominaban. Sin embargo, después de hablar por primera vez con André, había decidido que debía intentarlo. Y no sólo porque se muriese de pena sin él, sino sobre todo porque era su madre, y lo quería más que a nadie en el mundo, y deseaba que tuviera una vida tranquila, lejos de la violencia de su padre y de la del país adonde él le había llevado, lejos de la miseria y las enfermedades que asolaban como plagas bíblicas los barrios de Luanda, una vida decente y en paz, estudiando, aprendiendo a creer en el poder de la razón y no en el de los puños, los machetes o los kalashnikov, aprendiendo a responsabilizarse de las consecuencias de su paso sobre la tierra. Tal vez Bigador la matase, pero su obligación era intentar rescatar a su hijo de aquel mundo de escombros.

A lo largo de esos meses había ahorrado todo lo que había podido para pagarse el viaje. No había gastado en nada que no fuera imprescindible. Incluso iba caminando al trabajo, casi una hora de ida y otra de vuelta. A Luis le había dicho que lo hacía porque le sentaba bien andar, pero en realidad sólo se trataba de guardar el dinero que le hubieran costado los autobuses. Y ahora al fin estaba sola en Luanda, enfrentándose a lo que fuera que tuviese que suceder.

Se alojó en una pensión del centro, en un cuartucho lleno de cucarachas y mosquitos. Del techo colgaba una bombilla pálida y amarillenta que proyectaba sombras gigantescas, convirtiendo a los insectos en monstruos. En el camastro estaban puestas unas sábanas sucias, que tapó como pudo con la toalla que había llevado en su equipaje. En una esquina, sobre una mesa coja que alguna vez había estado pintada de azul, había una palangana llena de agua maloliente en la que flotaban decenas de cadáveres de bichos. La tiró por el ventanuco. Sintió un asco profundo, pero sabía que no le quedaba otro remedio que aguantar. No podía permitirse nada mejor. Quizá tuviera que estar mucho tiempo hospedada en ese lugar, mientras buscaba primero a André y después… No quería pensar en lo que sucedería después. Por suerte, conocía de memoria la dirección de la casa de doña Fernanda, que ella le había repetido cientos de veces, siempre que sentía nostalgia de Angola y se ponía a recitar, como en un canto monótono e interminable, el nombre de la calle y el de todos los vecinos, rúa Katyavala, número 16, en el barrio de Viana, Berau, Adolfo, Kuntaka… La anciana había muerto casi tres años atrás, poco después de regresar de Portugal. Pero tal vez Bigador, que era el dueño, vivía todavía allí. En cuanto se levantase por la mañana, sería lo primero que haría, buscar esa casa y llamar al timbre como si estuviese llamando a las puertas del cielo, y arreglárselas para apaciguar los golpes de su corazón mientras esperaba.

Se acostó vestida y se protegió con la mosquitera. Hacía un calor infernal, un calor viejo y apestoso, que había ido acumulándose durante años en aquel cuarto sin apenas ventilación. Desde la calle llegaban ruidos incesantes que parecían sonar allí dentro, bocinas, motores de camiones que circulaban lentamente reventando el aire, voces de borrachos, peleas, ladridos de perros, llantos de niños que tal vez pasaban la noche con sus madres miserables en algún callejón cercano, entre las basuras y las ratas. No durmió ni un segundo. Sentía el calor fluyendo igual que un metal incandescente por su cuerpo, y una opresión que no la dejaba respirar. A las cinco, en cuanto el sol entró de improviso en la habitación, llenándolo todo de diminutas motas de polvo que flotaban ligeras en la luz, se levantó, se duchó en el baño común y buscó un lugar en el que tomar un café.

Indagó cuál era la mejor manera de llegar a Viana y terminó por negociar con un taxista. Y se fue en aquel coche destartalado, atravesando primero las grandes avenidas flanqueadas de edificios nuevos que parecían haber empezado a disolverse ya bajo el peso insoportable del sol de cada día y del salitre que arrastraban los vientos, perdiendo trozos de pintura y de cemento, pedazos de mármoles y cristales que iban cayendo al suelo de donde nadie los movería. Cruzaron luego los barrios de la penuria, miles de chabolas hechas de cartones y láminas de metal oxidado, rodeadas de escombros, restos de automóviles, latas, bidones de plástico, hierros, detritus de todo tipo. Había niños que jugaban entre los neumáticos desperdigados, mujeres tristes como piedras negras, hombres que dormitaban a la sombra de cualquier montón de porquería, sin nada que hacer en toda la jornada. Pero São no los veía. Iba recogida dentro de sí misma, luchando contra el miedo y la ansiedad, batallando contra sus propias debilidades para poder presentarse en la calle Katyavala, número 16, como una reina de las amazonas recubierta por una resplandeciente coraza de oro, invencible y altiva.

La casa era fea, un edificio de dos pisos hecho de bloques de hormigón de color gris que nadie se había molestado nunca en pintar. Había un pequeño terreno delante, un espacio que hubiera debido ser un jardín pero que sólo era un pedazo de tierra reseca, con una acacia raquítica y polvorienta tratando de sobrevivir en un rincón. La puerta estaba abierta. Se veía una habitación de paredes verdes, recogida y limpia. Desde algún lugar llegaba el sonido de una televisión, voces chillonas que se entremezclaban y una musiquilla repetitiva empeñada en acompañarlas. São contuvo el temblor de sus manos y golpeó firmemente la puerta, una, dos, tres veces.

Se oyeron pasos, una voz femenina que gritaba voy, y enseguida apareció una mujer cubierta con una túnica de colores intensos, el pelo escondido bajo un turbante. Sonrió llena de amabilidad, con la boca grande y los ojos relucientes, como si estuviera dispuesta a concederle a su visitante todo lo que necesitase:

– Buenos días. ¿Puedo ayudarla en algo?

São no estaba segura de que le fuese a salir la voz:

– Buenos días. Soy São, la madre de André.

La mujer se quedó paralizada durante unos instantes, igual que si un hechizo la hubiera convertido repentinamente en estatua. Al fin reaccionó:

– Soy Joaquina, soy la mujer del hermano de Bigador.

– ¿André está aquí…?

– No… Viven en Uíge, otra ciudad…

São sintió que algo denso comenzaba a moverse dentro de su cabeza. Las cosas se habían puesto a girar repentinamente. Tuvo que apoyarse en la pared para no caer. Joaquina la sostuvo y la hizo sentarse en uno de los escalones de la entrada. Luego desapareció durante unos instantes, y volvió con un vaso de leche de cabra. São fue bebiéndolo despacio, intentando encontrar dentro de su confusión el camino que conducía de nuevo a los pensamientos ordenados. Joaquina le acarició con suavidad la cabeza, como si comprendiese todo lo que le estaba ocurriendo y se compadeciera de ella:

– ¿Bigador sabe que estás aquí?

– No. Dijo que me mataría si venía. Pero tengo que intentar recuperar a

André…

– ¿Tú no se lo diste…?

– ¿Dárselo…?

– Él contó que no querías al niño, que se lo diste para que lo trajera aquí…

– ¡Dios mío! ¡No! ¿Cómo iba a darle al niño…? ¿Cómo podría no querer a mi hijo…?

Joaquina la miró y supo que estaba diciendo la verdad. Ella había criado a seis. A pesar de los malos momentos, del cansancio, de las noches sin dormir, de las travesuras, de los disgustos, los había querido cada minuto de sus vidas. Incluso seguía queriendo a los dos que se le habían muerto. Se sentía orgullosa de ellos, de sus estudios y sus empleos, de las esposas que habían elegido los tres mayores y de la belleza de los nietos que iban llegando igual que estrellas caídas del cielo para iluminar la existencia de una mujer vieja. Estaba segura de que São era tan buena madre como ella. Había viajado desde el fin del mundo para encontrar a su hijo, sola, arriesgándose a que el salvaje de Bigador la matase. Ella tenía miedo de Bigador. Siempre la dejaba aturdida con sus gritos y sus puñetazos en las paredes. Había que ser muy valiente para enfrentarse así a él. Decidió ayudarla en todo lo que pudiera:

– Escucha. Mi marido está trabajando. ¿Por qué no vienes a las cuatro y hablas con él? Nelson no es como su hermano. Le gustan las palabras y está en paz con el mundo. Y respeta a las mujeres. Yo le diré que tenemos que apoyarte. Un hijo debe estar con su madre si ella es buena. Y tú eres buena.

São sonrió por primera vez desde que había salido de Lisboa. En ese momento, una nube de pájaros migratorios cruzaba el cielo. Volaban firmes e infatigables, seguros del lugar hacia el que querían dirigirse, algún rincón tranquilo del mundo donde hubiese alimento suficiente, árboles para hacer sus nidos y temperaturas suaves. Eran sabios y pacientes y fuertes, y su paso le pareció un presagio favorable.

Nelson tenía diez años más que Bigador. Era igual que él, la misma cara y el mismo cuerpo, aunque se le notaba el ligero desfondamiento de la edad, las arrugas atravesándole de lado a lado la frente, las canas que le salpicaban el pelo tan oscuro. Sin embargo, no poseía la arrogancia de su hermano, ni aquella crueldad repentina en la mirada y el gesto despectivo en los labios. La recibió de manera educada, estrechándole la mano fuertemente, pero a la vez manteniendo las distancias, serio, como si no terminase de creerse lo que su mujer sin duda ya le había contado. Se instalaron en una habitación agradable, llena de fotografías de sus hijos y sus nietos. También había una de doña Fernanda, un poquito asustada ante la cámara, aunque vestida con su mejor ropa. São sintió nostalgia al recordarla: si ella hubiera estado viva, no habría permitido que aquello sucediese. Le rogó en silencio que la ayudara. Joaquina sirvió café y se sentaron los tres en torno a la mesa.

El interrogatorio fue largo. Nelson necesitaba estar seguro de que todo lo que São decía era verdad, de que no había contradicciones ni dudas en sus palabras, de que era capaz de aguantar su mirada sin bajar los ojos. A ella le resultaba difícil explicarse. No quería que pareciese que le guardaba rencor a Bigador, que deseaba vengarse de él por alguna razón. Pero, al mismo tiempo, necesitaba que entendieran que siempre la había tratado mal, que solía imponer sus deseos y sus caprichos mediante el terror, pasando por encima de cualquier consideración, provocando el dolor ajeno y luego pisoteándolo. Necesitaba que se convencieran de que era capaz de secuestrar a su propio hijo sin importarle su sufrimiento.

Nelson sacudía la cabeza de vez en cuando mientras la escuchaba, hacía ruidos con la boca y lanzaba exclamaciones. Al cabo de más de una hora, cuando consideró que ya había oído lo suficiente, después de que São le hubiera enseñado el pasaporte de André y también el mensaje con la amenaza de muerte que guardaba en su móvil, se levantó y fue a sentarse bajo la acacia del jardín de tierra, en cuclillas, mirando al frente. São se quedó desconcertada, pero Joaquina sonreía animosa, como si todo fuera bien:

– Él es el jefe de la familia -le dijo-. Debe reflexionar. Su responsabilidad es muy grande. Todo el mundo hace lo que el jefe dice, pero sólo si sus decisiones son justas y buenas. Si no, las familias terminan por dividirse.

Sintió que su cuerpo se sacudía. Quería creer que ese hombre la había comprendido. Y que él podría devolverle a André. Pero aún tenía que esperar. Seguir esperando, agarrarse fuertemente a la paciencia para no caer pulverizada, convertida en un puñado de átomos sin sentido. Durante un rato, fingió contemplar junto a Joaquina las fotos de sus hijos, mientras escuchaba desde muy lejos su relato de la vida de cada uno de ellos. Luego vieron a través de la ventana cómo Nelson se levantaba y regresaba a la casa. Parecía preocupado. Permaneció en pie al otro lado de la mesa, con los ojos clavados en ella:

– Convocaré una reunión para el domingo. Si todo lo que has dicho es verdad, mi hermano no ha obrado bien. Pero quiero escucharle. Y también a los mayores de la familia. Puedes estar tranquila: no le diré nada hasta el domingo por la mañana, para que no le dé tiempo a buscarte. Ven después de comer.

São se pasó los dos días que la separaban del domingo sentada en la playa. No pensaba en nada. Sólo contemplaba las olas que rompían sobre la arena, una y otra vez, una y otra vez. Se acercaban amenazadoras y rugientes. Chocaban con la costa. Se deshacían en espuma sucia. Y regresaban al mar vencidas, suplicantes, arrastrándose como animales heridos. Una y otra vez, una y otra vez. Las gaviotas chillaban al abalanzarse contra los peces. El sol perforaba la tierra sin piedad. En el paseo marítimo, sonaban incesantemente las bocinas. El tiempo era un túnel que no termina nunca. Faltaba una eternidad. Cincuenta y seis horas hasta la comida del domingo. Tres mil trescientos sesenta minutos. Doscientos un mil seiscientos segundos, uno tras otro, cada uno de ellos con su propio peso sobrehumano, con su divina lentitud. El espantoso tiempo de los dioses.

De vez en cuando, se le acercaba un hombre y le hablaba. Ella no contestaba. Seguía mirando fijamente al frente. Debían de tomarla por loca. Algunos se arrimaban a ella y la sacudían. O se echaban a reír. O le tiraban arena. Pero ella seguía allí impasible, quieta y silenciosa, viendo romper las olas y abalanzarse al mar las gaviotas. Luego se iban, hablando solos en voz alta. Hay una loca sentada en la playa. Espera algo. Algo muy importante. Como la vida o la muerte.

A las once de la mañana del domingo, se subió a un taxi. Cuando llegó a la casa, vio a través de la ventana a Joaquina, que servía la mesa. Había varias personas comiendo. Ella la miró, pero no dijo nada. São fue a sentarse debajo de la acacia. Quizá estuvo allí mucho rato, hasta que Joaquina salió a buscarla y la hizo pasar. Bigador aún no había llegado. Estaban su hermano Gil y su esposa, y también su hermana Azea y su marido. Los hombres permanecían serios. Ellas en cambio la miraban y le sonreían, como si estuviesen de su parte, como si creyeran firmemente que ser madre era un mandamiento sagrado que hermanaba a todas las mujeres del mundo. La invitaron a sentarse. Le sirvieron un café que no consiguió tomar. Luego se quedaron callados, esperando. De vez en cuando, alguien preguntaba por uno de los sobrinos. La madre o el padre respondían, y contaban sus últimas anécdotas. Todos se reían. Después volvía el silencio, los sorbos de café, el cacareo de las gallinas en el patio de atrás.

Pasó más de una hora hasta que Bigador apareció. Venía con Lia. São apenas le miró. Sólo se fijó en ella. Había envejecido y adelgazado. Parecía más pequeña y débil, igual que una anciana prematura. Tenía los ojos fijos, desorbitados, como si no pudiera cerrar los párpados, como si viviera contemplando permanentemente la imagen de una pesadilla. Se saludaron entre ellos. Bigador no se le acercó. Tampoco Lia, aunque la miró por un instante, desvalida. Luego agachó la cabeza. En cuanto se sentaron, Nelson tomó la palabra y se dirigió a su hermano:

– La madre de André dice que te trajiste al niño sin su permiso.

– No es cierto. Ella me lo entregó.

São alzó la voz:

– ¡Yo nunca entregaría a mi hijo!

Nelson la interrumpió con un gesto:

– Ella tiene el pasaporte. Y tu mensaje de muerte. Debes decir la verdad.

Le interrogaron durante casi dos horas. El mintió todo lo que pudo, pero luego, acorralado por las preguntas, terminó por echarse atrás. Entonces reconoció lo ocurrido, se justificó, trató de convencerlos, y al fin, desprovisto ya de cualquier argumento, expuesto a la vergüenza de sus mentiras, la insultó, gritó, escupió sobre ella, la puta que se iba con cualquier hombre, la miserable que nunca podría mantener a su hijo… Las mujeres, que habían permanecido silenciosas hasta entonces, la defendieron: incluso las madres más pobres se las arreglaban para sacar adelante a sus criaturas, como había hecho doña Fernanda. Y ella allí, con la cabeza muy alta, fingiendo que no estaba a punto de morirse, orgullosa y altiva como una amazona que llevase la coraza de oro, disimulando que sabía que el resto de su vida dependía de una sola palabra, y que eso era muy cruel. Dos vidas enteras, la suya y la de su hijo, colgando de un hilo finísimo y tan frágil como la frontera que separa el respirar del no respirar. El corazón le resonaba en la cabeza.

Cuando terminaron de preguntarle, los hombres mandaron a Bigador a otra habitación. Ellos salieron y se sentaron debajo de la acacia. São se quedó junto a las mujeres, callada, metida dentro de una enorme burbuja de angustia y esperanza. Ellas no decían nada, pero le sonreían y le hacían señales con la cabeza, como indicándole que todo iba bien. Sólo Lia permanecía cabizbaja y seria, hundida en algún pozo muy hondo. A través de la ventana se veía a los hombres discutir, alzar los brazos, tocarse los unos a los otros con grandes gestos. Sus palabras en kimbundu resonaban a través del aire como latigazos.

De pronto, un silencio enorme pareció cubrir toda la casa. Se habían callado. Se pusieron en pie y se estrecharon las manos los unos a los otros. Al fin entraron, serios, rígidos, como un tribunal de dioses de lo justo y lo injusto. Llamaron a Bigador. Todos se sentaron, menos Nelson, que permaneció en pie y se dirigió a su hermano:

– Lo que has hecho está mal. No se le puede robar un hijo a su madre. Ahora tienes que pagar por ello. Hemos decidido que debes devolverle el niño.

São sintió como si la hubiese sacudido un relámpago. Como si acabara de nacer y estuviera en el paraíso, con todos los placeres imaginables a su alcance. Las mujeres lanzaron un suspiro de alivio y observaron a Bigador. Él intentó decir algo. Abrió la boca y estiró todo el cuerpo. Quería gritarles que aquello era un error, que su hijo tenía que ser un verdadero kimbundu, un hombre auténtico, y no un niñato educado por una madre inútil y un padrastro blanco y débil, y que no pensaba entregarlo. Pero de pronto se detuvo: el miedo a verse desterrado, aislado del grupo, separado definitivamente de sus raíces, era más poderoso que su deseo de mantener el combate. Entonces la miró lleno de odio. Ella supo ver sin embargo que detrás de ese odio se escondía la renuncia, el propósito de olvidarse desde aquel momento de que alguna vez había tenido un hijo que ahora iba a crecer en Europa, lejos de él para siempre, inexistente. Supo que sucedería lo que nunca había querido que sucediese y no había sido capaz de evitar: André se criaría sin su padre. Y entendió que en el cruel mecanismo de la vida, ése era el alto precio que debía pagar por su victoria.

Bigador salió de la casa dando un portazo, un golpe que resonó en el edificio y fue borrando con su eco todo el pasado. Entonces mandaron a Lia en busca de André, que estaba con unos vecinos. São se puso en pie mientras lo esperaba y miró por la ventana. Había caído la noche.

La luna salía en ese momento por encima de los tejados próximos, anaranjada, inmensa, con su cara inocente contemplando la tierra. Una hermosa esfera de luz en medio de la oscuridad del firmamento. Impávida.

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