PACIENTE 29873

Está claro que ve en las fotos más de lo que realmente hay. Mañana estudiaré con detalle la colección (todas las imágenes) y exploraré más afondo esta vía. Sigue escribiendo durante seis o siete horas al día en sus cuadernos.

Fragmento de las notas de Kenneth Pierce,

psiquiatra a cargo,

Hospital Público de Vermont,

Waterbury. Vermont.


Capítulo 27

Laurel sabía que la estaban buscando. Sabía que todo el mundo andaba detrás de ella. Terminó por apagar el móvil porque no paraba de sonar. Sólo lo abría para llamar a la cárcel o al Departamento de Asistencia a las Víctimas de Crímenes. Suponía que, seguramente, se cansarían de llamarla e intentarían localizarla en casa de su madre. Eso estaría bien, porque su madre se encontraba en Italia. Pero ¿intentarían llamar a su hermana? Talia, seguro que sí. Y si su compañera de piso hablaba con Carol, todos sabrían que les había mentido y terminarían convencidos, sin lugar a dudas -su familia incluida-, de que estaba perdiendo la cabeza. Sin querer colaborar con Pamela Marshfield, terminarían ayudando a esa vieja bruja. La encontrarían y le quitarían las fotos. Las fotos de Bobbie. Sus fotos. Se las darían a la mujer.

Comprendió que no tenía mucho tiempo. Por eso se instaló en un motel de carretera en las afueras de Burlington, donde se dio una ducha y se lavó el pelo por primera vez en días. Se compró una nueva blusa y unos pantalones informales, se perfumó y se puso gafas de sol para que nadie se diera cuenta de que había estado llorando. Otra vez.

Regresó a su coche y recorrió las distintas dependencias burocráticas de Burlington y Waterbury para solicitar su audiencia con Dan Corbett. En un principio, le dijeron que le costaría días -igual semanas-, obtener el permiso, pero fue insistente y tuvo mucha suerte. Se llevó una sorpresa cuando le dijeron que Corbett le había escrito una carta de disculpas. El año pasado, el recluso había ingresado en el programa obligatorio de asistencia para agresores sexuales y, como parte de su grupo de empatía con las víctimas, se le pidió que escribiera una nota a la persona a la que había agredido transmitiéndole su arrepentimiento. Por lo general, a las víctimas nunca les llegaban estas cartas porque no querían saber nada de sus agresores. Pero ahí estaba Laurel, tan desesperada por ver al suyo que estaba dispuesta a ir en persona a la cárcel. Y a leer cualquier cosa que le hubiera escrito.

«¿Por qué no?», pensó. Sabía mejor que nadie lo que había sucedido en Underhill. Puede que en esa carta el hombre le revelara algo acerca de su infancia: si alguna vez conoció a su padre; qué le había llevado, hacía ya siete años, a esa pista forestal; qué pintaba Bobbie Crocker allí.

Quizá, le dijo por teléfono al psicólogo de la prisión de Dan Corbett, su disposición a recibir esta carta ayudaría al hombre a recuperarse, a reinsertarse, a regresar al mundo algún día.

Por supuesto, no se creía estas palabras.

Es más, no quería que Dan Corbett volviera al mundo. Prefería que se quedase para siempre entre rejas.

Pero estaba dispuesta a decir lo que fuera para conseguir agilizar esa entrevista. Era lo más importante, ahora que el reloj corría cada vez más deprisa y que había más gente detrás de ella a cada instante.


El lunes por la tarde, Whit escuchó el ruido de una pequeña multitud reunida en el piso de enfrente. Era un poco antes de las tres. Abrió la puerta y se encontró a Talia charlando con un par de mujeres mayores en el recibidor.

– Hola, Whit -le saludo sarcástica-. ¿Me ayudas a disuadir a este par de encantadoras damas para que no saqueen mi piso?

Una de las mujeres clavó una afilada mirada en Whit, quien rápidamente le extendió la mano para saludarla. Talia se la presentó como una procuradora municipal llamada Chris. La segunda mujer, Katherine, era la jefa de Laurel en el albergue. Talia le explicó que las dos esperaban que Laurel hubiera dejado las fotos que sacó de los negativos de Bobbie Crocker en el apartamento.

– Ya les he dicho -explicó Talia- que es imposible que estén aquí. Hace sólo un par de horas que he ordenado el piso. Además, tras el numerito de Laurel del sábado, estoy casi segura de que las ha escondido en algún sitio. Les he dicho que pueden sonrojarse con las piezas de lencería que van a encontrar, pero que no esperen dar con las fotos.

– Talia, no queremos revolverte el piso -dijo Katherine-, y lo sabes. Pero ¿cómo puedes estar tan segura de que las fotos no están aquí? Las he visto y sé lo que estamos buscando.

– Yo también las he visto. Y me parece que estás más preocupada por esas fotos que por Laurel.

– Sabes que no es verdad. ¡Claro que estoy preocupada por Laurel! Todos lo estamos.

La procuradora asintió con gran seriedad y luego dijo:

– Pero esas fotos podrían generar una gran suma de dinero para BEDS. No podemos permitir que les pase algo. Por eso estamos aquí. ¿Y si Laurel…?

Esto fue demasiado para Whit.

– Y si Laurel, ¿qué?

La mujer giró la cabeza con los ojos abiertos como platos. Arqueó las cejas y puso cara de incredulidad.

– Parece que no se enteran -protestó Whit-: Laurel nunca le haría nada a esas fotos. Para ella son su vida.

Katherine posó su mano en los hombros del muchacho para calmarle. Whit tuvo que contenerse para no apartárselas.

– Quiero muchísimo a Laurel, para mí es como una hermana pequeña. De hecho, algún día espero que dirija el albergue. La escucho, la respeto y confío en ella. Pero ahora tiene problemas. Hay algo que no cuadra en esta precipitada huida a su casa. Al mismo tiempo, tengo a una mujer dispuesta a hacer una enorme donación al albergue si le entregamos las fotos. Dinero suficiente para tapar el agujero que vamos a tener en las subvenciones públicas este año. Lo que se dice un buen parche.

– Quieres decir que lo único que tienes que hacer es entregar el trabajo de toda una vida -dijo Talia mordaz.

– En primer lugar, no es el trabajo de su vida. Son unos cientos de imágenes, como mucho. Es probable que Bobbie nos dejara entregarlas si supiera la cantidad de dinero que nos ofrecen por ellas. A Bobbie le encantaban los valores del albergue y nuestro trabajo. No le importaría contribuir a que nuestra asociación no se arruine.

– ¿Y Laurel? -preguntó Whit-. ¿Qué hay de todo el trabajo que ha realizado hasta ahora?

– No son sus fotos. No tiene derecho a quedárselas. Además… -Katherine se detuvo un momento, buscando las palabras adecuadas-. Además, si hubiera sabido que se iba a tomar todo esto… tan en serio, nunca se las habría entregado.

– De todos modos, ¿no te parece que esto es un asqueroso trueque? ¿Un precedente muy malo? -añadió Whit.

– Mira, así es como lo veo yo: por un lado, tengo una amiga que está perdiendo la cabeza por culpa de unas fotos que, seguramente, no deberían estar en su posesión, y por otro tengo a un donante que anda detrás de ellas. Cien mil dólares, ¡leches! Lo siento, Whit; lo siento, Taha, pero no hay mucho que pensar.

Talia se encogió de hombros y dejó a las dos mujeres entrar en el apartamento.

– Adelante -dijo-, pero no las vais a encontrar.

Y estaba en lo cierto.


Capítulo 28

Laurel nunca había visitado la prisión. Nunca había recorrido la larga carretera de dos carriles, flanqueada a ambos lados por campos de cultivo, que llevaba de la localidad de Saint Albans a la penitenciaría. Nunca se había fijado en que el alambre de espino de las vallas tenía injertadas cuchillas en forma de yunque porque, como era de esperar, nunca lo había observado de cerca. Vio que los bloques de hormigón de los edificios de la prisión estaban dispuestos como las puntas de una estrella. Había una cancha de baloncesto, con el suelo de asfalto, rodeada de alambradas incluso por encima. Contempló dos enormes huertos que se extendían al otro lado de los muros, uno de hortalizas de verano y otro de flores. El primero ocuparía fácilmente una hectárea. Con los frutos de las largas hileras de tomateras se podría llenar un camión. La mujer que iba al volante le dijo que los reclusos cultivaban suficientes hortalizas para dar de comer a la prisión entera durante el verano y el otoño, y reconoció que no tenía ni idea de lo que hacían con las flores. Trabajaba para el departamento de Atención a Víctimas de Crímenes y estaba acompañando a Laurel porque la trabajadora social de BEDS había solicitado ver a su «perpetrador».

Era el término que utilizaba la mujer, llamada Margot Ann: perpetrador.

No parecía dispuesta a dejar que Laurel fuera sola al encuentro de su perpetrador. Margot Ann era más alta todavía que Laurel, su cabello negro estaba empezando a encanecer y lo llevaba muy corto, lo que le confería cierto aire masculino. Era originaria de Jackson, en Misisipi. De ahí, le explicó, que sus padres le hubieran puesto un nombre compuesto. Había conocido a su marido, un vermontés de pura cepa, en el extranjero cuando los dos servían en la Guardia Nacional. Margot Ann entrenaba al equipo femenino de baloncesto del instituto de su barrio, aunque sólo tenía hijos varones. En invierno, se pasaba casi todo el tiempo haciendo snowboard. En el camino a Saint Albans, le contó casi toda su vida. Laurel pensó que lo hacía para que se sintiera cómoda y relajada. La víspera, habían realizado todo el trabajo preparatorio. En teoría -Margot Ann dijo que las teorías servían de poco en una audiencia aclaratoria como ésta-, verían a Dan Corbett durante una media hora. Laurel le haría las preguntas sobre su padre y su abuelo que le interesaban y él compartiría con ella la carta que le había escrito. Pero no iba a resultar fácil, ni logística ni emocionalmente. Laurel lo entendía. Ahora, arrullada por el soniquete de la cháchara de Margot Ann, se sentía extrañamente distendida en el asiento del copiloto del Corolla de la mujer, como si se encontrara agarrada a un flotador en su piscina de West Egg, como una niñita medio dentro y medio fuera del agua.

En la entrada de la prisión, Margot Ann y ella tuvieron que entregar sus llaves, bolígrafos y teléfonos móviles, además de sus frascos de spray de defensa -Laurel descubrió que Margot Ann también llevaba uno-. Las recibió el alcaide del centro y un funcionario que las iba a acompañar hasta la estancia donde tendría lugar la pequeña entrevista, pero que se quedaría fuera, esperando detrás de una puerta de cristal. Sólo habría cuatro personas presentes durante la audiencia: Margot Ann, el psicólogo de Dan Corbett, la víctima y… el perpetrador.

«Otra vez esa maldita palabreja», pensó Laurel mientras contemplaba el detector de metales en la pequeña sala de espera para las visitas. «Perpetrador.» Parecía un insulto, una de esas obscenidades que le habían dirigido Corbett y Russell Richard Hagen aquel día en la pista forestal.

Dentro de la prisión, Laurel descubrió que las miles de puertas metálicas del centro eran controladas por un funcionario armado que, desde su garita de paredes de hormigón y cristales a prueba de bala, podía ver los accesos de todo el recinto a través de los monitores del circuito cerrado de televisión de su cubículo. Desde ahí pulsaba los botones que accionaban los cerrojos de toda la prisión: «Puerta uno», «puerta dos», «puerta tres», «J» -se refería a la puerta del pabellón J, el reservado para los agresores sexuales-. Hacia allí se dirigían. Los violadores tenían su propia ala de la prisión porque el resto de reclusos los odiaban a muerte. El funcionario que acompañaba a Laurel y Margot Ann les explicó que, justo la semana anterior, había tenido que intervenir para detener una pelea que se había iniciado entre dos reclusos porque uno había acusado a otro de ser un violador.

El psicólogo al que iba a conocer se había pasado la víspera preparando a Dan Corbett para recibir a Laurel. Por lo visto, sus derechos también importaban.


Entraron en una estancia cuadrada con tabiques pintados de naranja y una solitaria ventana que daba a un pequeño y oscuro patio. Pegados a las paredes, había dibujos realizados por los reclusos -pollitos, niños y naves espaciales-. Laurel supuso que formarían parte de la terapia. En el centro de la habitación había cuatro sillas. Laurel se sentó en la que quedaba más cerca de la puerta. Dan Corbett se colocaría frente a ella, a un par de metros de distancia, al lado de su psicólogo. Margot Ann se sentaría al lado de Laurel. Un funcionario los estaría observando tras la puerta de cristal.

Laurel había traído una selección de fotos y, mientras esperaba a que escoltaran al recluso hasta la estancia, se dedicó a ordenarlas y a colocar las más importantes sobre su regazo: el antiguo retrato de Bobbie y Pamela, las fotos de la mansión de East Egg que Bobbie sacó años más tarde, una de la casa de Gatsby y el par de imágenes en las que salía ella en la pista forestal de Underhill.

No tenía claro en qué orden iba a enseñárselas. Dependía de si este recluso era el hijo de Bobbie, o de si este honor correspondía al asesino preso en Montana. Margot Ann le recordó que Dan Corbett no representaría ninguna amenaza para su integridad física, pero que no debía sorprenderse si todavía se comportaba como una víbora a nivel psicológico. Llevaba un año y medio en tratamiento, le dijo Margot Ann, pero todavía podía revolverse contra ella repentinamente. Aunque evitarían que la tocara, Corbett podría decir cosas hirientes y dolorosas antes de que lo hicieran callar. De todos modos, esperaba que no llegase a este punto. A fin de cuentas, le había escrito una carta relatándole su arrepentimiento. Pero Laurel no debía perder de vista lo que le había hecho hacía siete años.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó Margot Ann, a modo de conclusión.

– Aja -murmuró Laurel.

– Bien. -La mujer contempló por un instante las fotos en el regazo de Laurel y luego añadió-: Entonces ¿crees que el padre de Corbett es quien tomó esas fotos?

– Eso creo. O eso espero.

– ¿Por qué?

– Porque prefiero creer que el hombre que las sacó era pariente de Corbett y no de Hagen.

– Y, supongo, porque no te apetece ir hasta Butte.

– Por muchos motivos, sí.

– Pero ¿lo harías?

– Creo que sí -dijo Laurel.

– ¿Esa eres tú? -le preguntó Margot Ann, indicando una de las fotos en las que salía la chica en bicicleta.

– Sí -contestó.

Le sorprendió haber tardado tanto tiempo en reconocerlo y admitirlo en voz alta. Por supuesto que esa chica era ella. ¿Quién iba a ser, si no?


Lo primero en lo que se fijó en cuanto dejaron entrar a Dan Corbett en la habitación fue en el tatuaje. Ahí estaba, en su cuello, la calavera del demonio con los colmillos asomando. Sus ojos descendieron por las mangas del uniforme azul marino de preso hasta sus muñecas, para asegurarse de que no tenía un brazalete de alambre de espino en tinta morada. No estaba ahí. Esto la alivió un poco, pero sabía que debía estar atenta. Dan Corbett había intentado violarla. Aunque no hubiera asesinado a esa mujer de Montana, algo en él había dado un susto de muerte a Bobbie Crocker.

Tenía los ojos enrojecidos y la piel tan pálida que parecía transparente. Se podían ver las venas en las mejillas y las aletas de la nariz como un mapa de carreteras. Tenía muy mala pinta, pero parecía más sumiso que amenazante. Mucho menos peligroso que seis años atrás en el juzgado. Supuso que rondaría los cincuenta. Todavía poseía una impresionante barba de chivo bien cuidada, aunque ahora tan gris como el pelo que le caía en grasientos mechones sobre las orejas. Recordó algo que contó un profesor una vez en la universidad: en persona, la maldad no resulta muy imponente. En la mayoría de los casos, es de nuestra talla, cabe en el marco de nuestros espejos.

– Creo que ya os conocéis -dijo el psicólogo de Corbett, un tipo alto y delgado con un arete dorado en la oreja que no parecía mucho mayor que Laurel. Llevaba una camisa vaquera azul y una corbata desenfadada con un estampado que mostraba las distintas fases lunares. Por las llamadas telefónicas de la víspera, Laurel sabía que se llamaba Brian.

Los ojos de Corbett recorrían nerviosos la estancia, Laurel y Margot Ann incluidas. Llevaba unas zapatillas deportivas Converse negras que chirriaban cuando pisaba sobre el suelo de linóleo. No estaba esposado.

– Sí -dijo Laurel-. Hola.

– Hola.

Sólo fueron dos sílabas, pero al instante Laurel volvió a oír en su cabeza la broma obscena, asquerosa y desagradable, que el agresor hizo en la pista forestal: almeja en su jugo. Los dos hombres se sentaron y Brian esbozó las bases de la audiencia aclaratoria y lo que esperaba que pudieran conseguir. Algo en la situación le recordaba a Laurel a un encuentro entre abogados para cerrar un acuerdo de divorcio.

Entonces, todos se giraron hacia ella, suponiendo que estaba lista para empezar. Pillada fuera de juego, realizó la primera pregunta que le vino a la mente:

– ¿Alguna vez has trabajado en una feria?

Corbett le ofreció una sonrisa humilde y bajó la vista al papel amarillo que tenía en el regazo. Su carta, pensó Laurel.

– Sí -fue toda su respuesta.

– ¿Y qué hacías?

– Montaba las atracciones -contestó, encogiéndose de hombros.

– ¿No quieres contar nada más, Dan? -intervino su psicólogo-. ¿Hay algo más que te apetezca decir a la señorita Estabrook?

– Era un curro -añadió Dan, mirando a Brian-. Me pagaban, sin más.

– Díselo a la señorita Estabrook.

Se giró para mirarla a la cara.

– No fue nada especial, un trabajo como otro cualquiera.

– Gracias -dijo Laurel.

– No hay de qué.

– Tu padre, ¿cómo se llamaba?

– Ya he visto que tienes sus fotos.

– Pues… sí -dijo Laurel muy despacito, titubeando.

Sintió un repentino alivio al confirmar que el hijo de Bobbie era este hombre y no Russell Richard Hagen. También experimentó una profunda y gratificante ola de optimismo: en breves instantes, en esa misma estancia, iba a escuchar lo que necesitaba para convencer a todos esos incrédulos que la rodeaban de que tenía razón y ellos estaban equivocados. De que sí estaba en sus cabales.

Pero claro, esto significaba que, antes, tendría que informar a este hombre de que su padre había fallecido, y no tenía muy claro cómo se lo iba a tomar.

– La verdad es que apenas lo conocí -continuó Corbett-. Apareció tres o cuatro veces en mi vida. Se hacía llamar Bobbie.

– Tengo que decirte algo sobre él.

– ¿El qué?

– Murió de un ataque al corazón. Lo siento, señor Corbett.

– ¿Por eso has venido hasta aquí? -No había el más mínimo tono de dolor en su voz.

– En parte.

– Puede que fuera mi viejo, pero nunca vi a ese tipo como a un padre. Es verdad que, al final, no nos llevábamos mal, pero no, nunca hizo de padre.

– ¿Cómo te encontró, aquí, en Vermont?

– Coincidimos en un albergue en Boston. Fue él quien me reconoció. Le dije que me venía a Burlington para la feria, ya sabes. Iba a quedarme con Russ Hagen, y se lo dije. Russ también había sido feriante, pero luego encontró un trabajo de verdad en ese gimnasio.

Durante toda la mañana, Laurel había soportado unas crecientes oleadas de temor. Había notado los espasmos de sus nervios en tensión. Ahora, la simple mención del nombre de Hagen -ahí estaba, en medio de la estancia, como un gris nubarrón- le hizo temblar. Pequeños calambres recorrieron su cuerpo, como los aleteos de un colibrí. Notó la mano de Margot Ann posarse en su antebrazo.

– ¿Quieres un poco de agua, Laurel? -le preguntó.

Laurel negó con la cabeza y volvió con las preguntas:

– Cuando tu padre vino a verte, ¿te entregó algo? ¿Una foto, una caja?

– ¿Bobbie? ¡Qué va! Ese tío no tenía más que hambre.

– Tenía sus fotos.

– Es cierto, y nunca se apartaba de ellas.

– ¿Alguna vez lo asustaste?

– ¿A Bobbie? No lo sé. Supongo que, cuando me drogaba, todo el mundo me tenía miedo -pronunció esta frase con cierto aire de orgullo. Brian le susurró algo al oído que Laurel no fue capaz de oír. Luego, Corbett añadió-: Es verdad, lo asusté el día que te atacamos.

– ¿Cómo?

– Yo estaba fuera de control.

– ¿Él vio lo que pasó?

– ¿Lo que pasó? -preguntó Corbett. De nuevo, Brian miró al recluso, pero esta vez no tuvo que amonestarle verbalmente, porque Dan añadió-: No creo que lo viera. Pero nos oyó. Armamos bastante ruido. Pero verlo, no lo vio. Creo que llegó antes que los otros ciclistas, los abogados esos.

– ¿Antes?

– Sí.

– ¿Iba en la furgoneta con vosotros ese día?

– ¡Pues claro que no! Ese viejo tarado…

– ¡Era tu padre! -le gritó Laurel, y la estancia se quedó en silencio.

La mano de Margot Ann seguía en su antebrazo, acariciándole la piel bajo la manga de su camisa.

– No tengo por qué estar aquí -dijo Dan Corbett, sin dirigirse a nadie en particular-. No tengo por qué estar aquí.

– No, no tienes por qué estar aquí -intervino Brian-, pero a todos nos agrada que estés aquí. Creo que la señorita Estabrook estaba más sorprendida por tus palabras que enfadada, ¿no es así?

– Sí, es cierto.

El reo llenó sus carrillos de aire, como si fuera una ardilla, y luego lo exhaló de forma audible, como un globo deshinchándose.

– En esa época vivía con nosotros. Conocía ese camino del bosque y le gustaba sacar fotos en él. Pero Bobbie no sabía que ibas a pasar por ahí ese día. Tampoco sabía que Hagen y yo estaríamos esperándote. Pero Hagen sí que sabía que tú ibas a pasar por allí. Sabía dónde aparcabas y te había seguido un par de veces. Puede que tres, no sé. En fin, que Bobbie se presentó allí desde la casa de Hagen. No quedaba muy lejos. Bueno, puede que para un tipo de setenta años igual sí que fuera una buena caminata. Pero no era mucha distancia. No supimos que había estado allí hasta que los polis se presentaron en nuestra furgoneta. Bobbie se había largado antes de que apareciera la pasma.

– Nunca se lo contaste a la Policía.

– No preguntaron -dijo y, por primera vez, Laurel percibió un ligero deje de maldad en su voz-.Además, tampoco iba a regalarles otro testigo, no tendría mucho sentido. Y Hagen tampoco estaba por la labor.

Laurel bajó la vista a las fotos que tenía en su regazo y le pasó la imagen en la que aparecía la propiedad de los Buchanan en East Egg.

– ¿Reconoces esta casa?

– No.

– Pero sabes que tu padre sacó esta foto, ¿verdad?

– Supongo, pero con Bobbie nunca se sabe.

– ¿Alguna vez viste a tu abuelo?

– Pues claro. Conocía a los dos.

Laurel se reclinó sobre el respaldo de la silla.

– Háblame de ellos, por favor.

– ¿Qué quieres saber?

– Todo lo que puedas recordar.

– Bueno, vamos a ver: el padre de mi mami era músico de jazz. Tocaba la trompeta y vivía en el Bronx.

– ¿Y el padre de tu padre?

– ¿Te refieres al padre del hombre que me crio, el tipo con el que se casó mi madre? ¿O al padre de Bobbie?

– Al de Bobbie.

– Me lo suponía.

– Por favor -le rogó Laurel.

– El padre de Bobbie vivió en Long Island.

– Aja.

– Era revisor en los ferrocarriles de Long Island y…

– ¿Revisor?

– Sí, revisor. Ya sabes, ésos que cobran en los trenes. Su madre era profesora de escuela, de primaria, o secundaria, no sé. Bobbie a veces iba a sacar fotos de las estaciones de tren por allí, en Long Island. Supongo que en honor a su viejo. Y también sacaba fotos de las bonitas casas que hay. La verdad es que vi a los padres de Bobbie más que a los de mi madre. Y más que a los padres del hombre con el que se casó mi madre.

Antes de acudir a la entrevista, Laurel había barajado la posibilidad de que Corbett no tuviera ni idea de quiénes eran los padres de Bobbie. Del mismo modo, se imaginó que podría saber que su abuela era Daisy Fay Buchanan y creer, equivocadamente, que su abuelo era Tom. Pero en ningún caso se planteó la posibilidad de que estuviera tan mal informado, tan equivocado.

– ¿Un revisor de tren? -preguntó-, ¿y una maestra? ¿Por qué piensas eso?

– Porque eso es lo que eran, señorita. De niño pasé mucho tiempo con ellos. Hubo una época en la que mi madre pensaba que podría cargar con el loco de Bobbie mejor que sus propios padres, sobre todo después de que Bobbie se la metiera hasta el fondo y la dejara bien preñada…

– Dan, recuerda que estás hablando de tu madre -dijo Brian.

– Mi madre no era muy diferente de…

– Ándate con ojo -advirtió Brian al recluso-. Recuerda…

Corbett levantó los brazos en un gesto de resignación.

– Vale, vale, ya lo pillo.

– ¿Tu madre sigue viva? -preguntó Laurel.

– No, murió hace mucho.

– ¿Tienes hermanos carnales?

– Qué bien suena esa palabra… -dijo Corbett-. Carnales, carnales. Permítame que le pregunte, señorita Estabrook, ¿tiene usted hermanos carnales?

Margot Ann se giró hacia Laurel y la miró directamente a los ojos.

– ¿Quieres que nos marchemos, Laurel?

– No -contestó ella, y luego repitió la pregunta a Corbett-: ¿Tienes hermanos o hermanas de tu padre?

– No.

– El apellido Buchanan, ¿te suena de algo?

– No.

– ¿Y el nombre Daisy?

– ¿La novia del pato Donald?

– No, tu abuela.

– Mis abuelas no se llamaban como una pata. Una se llamaba Alice y la otra Cecilia. Si te refieres a la madre de Bobbie, la maestra, era Alice.

– No -protestó Laurel-. Se llamaba Daisy y estaba casada con Tom Buchanan. La foto que te he enseñado es de su casa. En 1922, en verano, tuvo un romance con un contrabandista de licores llamado Jay Gatsby. Gatsby era…

– ¿Como en la novela? -intervino Brian.

Laurel se dio cuenta de que los tres la observaban atentamente.

– Gatsby era el abuelo de Dan Corbett, el padre de Bobbie Crocker. ¡Bobbie era hijo de Jay Gatsby!

¿Había levantado la voz? Esperaba no haberlo hecho. Pero el intercambio había sucedido muy rápido y no estaba preparada para los tercos desmentidos de este recluso, ni para su extraña invención. ¿Un revisor y una maestra? Sólo podía imaginarse que se había inventado esta historia para atormentarla y torturarla aún más.

De nuevo esa voz, su voz, como un recuerdo: almeja en su jugo.

– ¿Laurel?

Se giró. Era Margot Ann quien se dirigía a ella. La estancia permanecía en silencio. El único sonido que podía escuchar era el martilleo de su cabeza.

– ¿Laurel? -dijo de nuevo Margot Ann.

– ¿Sí?

– ¿Te apetece que hagamos una pausa? El señor Corbett se quedará aquí, pero nosotras podemos salir.

Oyó que alguien se sorbía la nariz en la estancia, y se dio cuenta de que era ella.

– ¿Todavía puedo escuchar la carta? -preguntó.

– ¿Todavía? Por supuesto -dijo Margot Ann-. Si es lo que quieres.

Corbett apartó la vista y la fijó en el reloj de la pared. Brian, con las manos entrelazadas, jugueteaba con las puntas de sus dedos. El recluso miró a su psicólogo -un perro bien entrenado, pensó Laurel- y luego en dirección a ella.

– ¿La leo en voz alta? -preguntó.

– Como hicimos durante la terapia. Como hiciste conmigo -dijo Brian. Después, dirigiéndose a Laurel, añadió-: Está empezando a ser responsable de sus actos.

A Laurel le pareció que estaba hablando de un niño malcriado.

Margot Ann volvió a preguntarle si de verdad quería escucharlo y Laurel, sin ser muy consciente de lo que hacía, contestó que sí… sí… sí. Le costaba creerlo, pero tenía la sensación de haber repetido la respuesta tres veces.

Entonces, justo después de eso, Corbett empezó a leer. Su voz sonaba aduladora y condescendiente al mismo tiempo. Laurel pensó que el recluso pretendía burlarse de ella a la vez que se ganaba la aprobación de su psicólogo. Sabía que era una tarea imposible y supuso que, si no lograba un equilibrio entre ambos objetivos, optaría por el primero e intentaría herirla con sus palabras. Quizá habría llegado su momento de activación.

– Querida señorita Estabrook -comenzó, mientras sostenía el folio ante él con ambas manos, como si se tratara de una novela-: Le escribo estas líneas para decirle que siento mucho lo que Russ Hagen y yo le hicimos hace siete años. Yo estaba drogado, pero sé que no es una excusa. Me marché de casa siendo muy joven, pero tampoco es una excusa. Como tampoco lo es el tiempo que pasé vagabundeando por ahí. Tengo que admitir toda la responsabilidad por lo que hice. Admitir la responsabilidad de haberle hecho daño, violado, sodomizado, mutilado… Son palabras tan crueles que me resulta difícil escribirlas. Pero dicen que la verdad libera, por eso no voy a cortarme. Aunque no me acuerdo de todo, recuerdo lo suficiente y, además, sé lo que se descubrió durante el juicio. Todo es cierto, y lo sé. En primer lugar, siento haberle roto la cadera, los dedos y el pie. Siento haberla sujetado en el suelo mientras Russ la violaba por todas partes. Y siento haberla violado yo también. Siento haberla forzado a tener sexo oral con nosotros. Pero lo que más siento es haberla sujetado por los brazos mientras Russ Hagen la cortaba como un salvaje. No creo que tuviera intención de sacarle el corazón, como tampoco me lo pareció entonces. Pero sé que tenía miedo de que pudiera reconocernos más adelante, por eso creo que una parte de mí deseaba que Russ la matara cuando le cortó el pecho. Cuando nos marchamos, usted estaba sangrando mucho, así que pensé que se moriría en el bosque. Pero me alegré, igual que me alegro ahora, de que siguiera viva cuando esos ciclistas la encontraron. Siento que haya perdido un pecho, y lo de las otras cicatrices. Ojalá pudiera compensarle por lo que hice. Me gustaría ser capaz de volver atrás en el tiempo y no hacerle esas cosas horribles. Pero no puedo. Por eso, lo único que puedo hacer, señorita Estabrook, es decirle que lo siento. Atentamente, Dan Corbett. Posdata: Prometo que nunca volveré a hacerle algo así a nadie.

Cuando terminó, miró a Brian y preguntó:

– ¿Se la doy?

– No te levantes. Ya se la entregaremos nosotros después -dijo el psicólogo.

A su lado, Margot Ann tenía los ojos cerrados. Laurel se dio cuenta de que la mujer estaba conteniendo las lágrimas. Brian miraba al suelo. De nuevo empezaron las palpitaciones en su cabeza y notó que comenzaba a sudar. Se sintió extraña e inexplicablemente desnuda. Se preguntaba por qué habían permitido que este recluso se inventara tantas cosas en lo que se supone que era una carta de disculpas.

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