PACIENTE 29873

Esta mañana, saqué el tema del libro. Esperaba una respuesta entusiasta, pero se mostró a la defensiva y recurrió al sarcasmo. Más tarde, se calmó un poco. Cuando le pedí que desarrollara sus pensamientos, me dijo que yo no tenía ni idea de lo que estaba hablando.

Llegados a este punto, las ventajas de hablar sobre el libro pesan más que los riesgos.

Fragmento de las notas de Kenneth Pierce,

psiquiatra a cargo,

Hospital Público de Vermont,

Waterbury, Vermont.


Capítulo 22

Whit estaba agotado cuando cenó con sus tíos el sábado por la noche. Pero todavía le faltaban algunas horas para sufrir los efectos más serios y dolorosos de la sesión de paintball, que le golpearían con la furia de una ola la mañana del domingo. A decir verdad, no se trataba de un dolor agudo y punzante, de esos que te hacen ver las estrellas. Pero, después de pasarse la víspera jugando al paintball en el bosque, se arrastraba renqueante por su apartamento. Sentía una palpitación constante en la zona lumbar, tenía tan doloridas las pantorrillas que no era capaz de estirarlas y, cuando intentaba respirar profundamente, notaba un afilado pinchazo en el costado. Se preguntaba si se habría roto alguna costilla. Sin embargo, era una hermosa mañana y le esperaba una tarde de encierro en la biblioteca, así que, a las doce y media, decidió montar su bicicleta en la baca de su abollado Subaru -abollado porque antes había pertenecido a su madre, una conductora descuidada que no prestaba atención a los bordillos, los parquímetros y las columnas de cemento de los garajes subterráneos- y se dirigió a Underhill. No había podido ir el fin de semana anterior, así que quería acercarse ese día. Supuso que, en su estado, lo que más le costaría sería subir y bajar la bici de la baca, pero el cuadro de la máquina era tan ligero que pensó que podría hacerlo.

No había estado en Underhill desde principios de agosto, más o menos un mes antes de mudarse a este piso. Aquel día estuvo en el parque natural y luego pedaleó un rato por las pistas de los bosques cercanos. Le gustaba el paseo por los caminos salpicados de largos tramos bajo una bóveda de hojas, un poco claustrofóbicos, seguidos de vistas de postal de los picos Mansfield y Camel's Hump.

Se puso el culote con mucho cuidado sobre un oscuro morarán del tamaño de un pomelo que tenía en la cadera. Conteniendo el aliento y con los ojos cerrados, se pasó una ajustada sudadera de manga larga por el pecho. Instintivamente, soltó un aullido. Durante unos segundos pensó si realmente era una buena idea este paseo en bici, pero no se imaginaba pasar un día tan soleado encerrado en casa. Además, en apenas uno o dos meses empezaría el tiempo frío de verdad.

Al pasar frente a la puerta del apartamento de Laurel y Talia se detuvo. Oyó música en el interior y decidió llamar. Quería preguntar a Laurel por qué no había ido con ellos a jugar al paintball. Talia abrió la puerta. Parecía que llevaba poco tiempo despierta. Supuso que habría sacado a pasear a ese mulo que su vecina Gwen sostiene que es un perro y luego se habría vuelto a acostar un par de horas, porque tenía el pelo revuelto y llevaba unos pantalones de pijama a lunares rosas y negros con el elástico tan dado de sí que se le caían bastante -lo cual le daba cierto aire erótico, pues dejaban ver el hueso de la cadera y el monte de Venus-, y una camisola de seda que ni pegaba con el pijama ni ocultaba la mayor parte de sus pechos. Sin embargo, Whit se sintió más culpable que excitado porque, en la larga franja de carne que asomaba entre sus dos prendas, pudo ver una línea de postillas en su abdomen. Hasta tenía heridas en el ombligo.

– ¡Vaya! -dijo Talia, con una voz agotada y ronca que pedía a gritos un trago de agua-. ¡Pero si es el mismísimo sargento York!

– Creo que sé cuándo te hiciste eso -dijo él, señalando su vientre-.Y tengo la sensación de que conozco al que te lo hizo. Fue cuando te subiste encima de ese oxidado todoterreno sin saber que yo estaba detrás, ¿verdad?

Talia bajó la vista.

– Suelo llevar un pendiente de plata en el ombligo. Un amuleto celta en forma de flor. Cuelga. Es muy chulo. Si no hubiera tenido la precaución de quitármelo antes de empezar a jugar, probablemente me lo habrías clavado en los intestinos.

– Lo siento, de verdad. Creo que se me fue un poco la olla.

– ¿Hablas en serio? ¡No me lo creo! Hacía mucho que no me divertía como ayer. Fue genial. Tú estuviste genial, y yo también.

– Se diría que estás hablando de sexo.

– Eso mismo le dije a Laurel -comentó Talia meneando la cabeza-. El paintball es mejor que el sexo, o, por lo menos, que la mayoría del sexo. Me alegro de que vinieras. En serio, Whit, gracias.

– Yo también lo pasé genial. ¿Está Laurel?

– No. Se marchó esta mañana bien temprano. Pasa y te cuento lo poco que sé.

No se le había ocurrido que sólo estuviera Talia, y se dio cuenta de que se arriesgaba a perder un montón de tiempo, pero quería saber qué había pasado con Laurel. Además, de pronto le agradó la idea de poder quejarse con otro adulto que se había pasado el día anterior abusando de su cuerpo sin misericordia.

– Es imposible que te apetezca montar en bici -dijo Talia, indicándole que pasara con un gesto irónico del brazo parecido al de las azafatas que presentan el panel de premios de un concurso de la tele-. Si te apetece es que eres un puto supermán. Yo casi no puedo andar. Venga, pasa.

El apartamento estaba hecho un desastre. Había pantalones, blusas, sujetadores y tangas -o braguitas minúsculas- esparcidas por el sofá y la mesita de café. El suelo se encontraba cubierto de cajas de CD, revistas de moda y libros con títulos como El poderoso cristiano contagioso y El joven salvador.

– Así que te acabas de levantar, ¿no? -dijo Whit, preguntándose dónde debería sentarse. No tenía claro si sería mejor apartar la ropa y la lencería de la muchacha, o sentarse encima.

Pero ella se plantó delante de él rápidamente, hizo un ovillo con su ropa interior y sus pantalones y lo tiró por la puerta de su dormitorio para que pudiera sentarse.

– ¿Que si me acabo de levantar? ¿Tú estás tonto? ¡Pero si acabo de volver de la iglesia! La verdad es que he estado a punto de quedarme en la cama. Pero no, gracias, tengo que aguantarme e ir a la iglesia todos los domingos. Se supone que soy un modelo de conducta para los chavales de la catequesis, aunque a algunos los horrorice, de todas formas hoy debo de parecer un modelo de conducta que se pasó toda la noche en una salvaje fiesta universitaria. Pero anoche, a las diez, ya estaba en la cama con la luz apagada. Y esta mañana me he dedicado a limpiar y recoger el piso antes de ir a la iglesia. El perro de Gwen hizo un buen estropicio aquí ayer. Mientras recogía, aproveché para ordenar y vaciar de basura mis cajones. De ahí este caos que ves. ¿Quieres un café?

– No, gracias.

– Menos mal, porque tendría que haberme vestido y bajado al Starbucks -contestó, desplomándose a su lado en el sofá.

– ¿Viste a Laurel antes de caer redonda?

– Sí, y no tenía buena pinta.

– ¿Cómo?

– A tu amorcito se le está yendo la pinza.

– Laurel no es mi amorcito.

Talia agachó la barbilla y le miró levantando la vista, un gesto que expresaba su incredulidad.

– Se nota que te atrae mucho esa chica, pero, si me lo permites, tienes pocas probabilidades de éxito, teniendo en cuenta que ella muestra una evidente inclinación por los hombres maduros.

– ¿Qué has querido decir con eso de que se le está yendo la pinza? -preguntó Whit, recogiendo uno de sus libros de cristianos adolescentes del suelo-. ¿Sabes por qué no vino al paintball con nosotros?

– Sí. Por culpa de esas malditas fotos que un residente de BEDS dejó en el Hotel New England. Ayer se pasó casi todo el día en la sala de revelado. ¿Te lo puedes creer? Está tan obsesionada con esas absurdas fotos antiguas que se olvidó por completo de que tenía que ir a corretear por los bosques con los chicos de la catequesis. ¡Conmigo! Últimamente se ha olvidado por completo de mí. Tengo que confesar que no me lo esperaba y estoy bastante descolocada. Pero, además de eso, estoy preocupada por ella.

Le contó cómo Laurel había pensado que el día anterior habían asaltado su piso y el miedo que tenía de que alguien anduviera detrás de las fotos del indigente. Le dijo también que su amiga había estado evitándola desde que volvió de Long Island y que, de repente, la vida de Laurel parecía girar en torno a las obras de ese extraño hombre. Cuando terminó, reposó la cabeza en el respaldo del sofá, cerró los ojos y dijo casi lastimeramente:

– La verdad, no sé qué hacer ni a quién avisar. ¿A su jefa? ¿Al cura de la parroquia? ¿Tú qué harías?

Whit se preguntó si Talia no estaría sacando las cosas de quicio.

– ¿Y no será simplemente un nuevo pasatiempo? Algo que la entretiene por la novedad. La verdad, no la conozco mucho y no sé en qué ocupa su tiempo. Sólo sé que es de Long Island, que trabaja en BEDS y que sale con un tío mayor que trabaja en un periódico. Que le gusta ir a nadar por las mañanas y que antes salía en bicicleta. Eso es todo. Pero no parece que pasen muchas cosas interesantes en su vida, ¿verdad? Así que, ¿por qué no iba a concentrarse en esas fotos? Parece que lo único de lo que la apartan es… de ti.

Esperaba que este último comentario sonara como una broma bienintencionada, pero, dada la velocidad con la que la adormilada mano de Talia le golpeó en el pecho -parecía una maza con un resorte-, no le quedó muy claro si ella lo entendió así.

– No sólo la apartan de mí, idiota.

– ¿No?

– No. De hecho, hay un montón de cosas en la vida de Laurel o, al menos, en su cabeza. No sabes por lo que ha pasado esa chica. Casi nadie se lo imagina.

El tono de su voz era extrañamente lúgubre, así que Whit se animó a preguntar:

– ¿Tiene esto algo que ver con que estuvieran a punto de violarla?

– ¿A punto?

– Sí, eso creo. El otro día Gwen me dijo algo que me hizo deducir que casi la violan una vez. No sé más. No sé ni dónde, ni cuándo, ni los detalles del suceso. Pensé que no eran cosas de mi incumbencia y no quise cotillear.

Talia levantó la cabeza del sofá y la giró hacia él.

– No estuvieron a punto.

– Vaya, mierda.

– Y no fue sólo una violación, intentaron…

– ¿Fueron más de uno?

– Fueron dos. ¿Quieres saber algo sobre Laurel? ¿Quieres saber por qué ya no da paseos en bicicleta y por qué estoy tan preocupada? Muy bien, capitán Licra, aquí tienes la guía de Miss Laurel Estabrook.

Después, sin apartar los ojos de los suyos, Talia le contó lo que le pasó a su amiga en Underhill, y por qué estaba ahora tan preocupada.


Capítulo 23

Después de que Shem se marchara, Laurel echó un último vistazo a las fotos en la cafetería, intentando ordenarlas en una secuencia lineal, no cronológica, como había hecho antes. En esta ocasión, quería ver si podía, como había sugerido Shem, formar un mapa del tesoro. Apartó los retratos de celebridades, dejando a un lado las imágenes de famosos como Chuck Berry, Robert Frost o Julie Andrews, y luego hizo dos montones, uno de lugares y otro de objetos. En su bloc de notas, apuntó lo que había en cada uno:


Lugares:


El puente de Brooklyn

Hotel Plaza

Washington Square

Estación de tren en West Egg

Paisajes urbanos de Manhattan

Edificio Chrysler

Filarmónica de Nueva York

Greenwich Village

Jugando al fútbol en la calle bajo un anuncio de

Hebrew National

La Exposición Universal (incluyendo el unisferio)

Casas de ladrillo (¿en Brooklyn?)

Un Mustang ante la propiedad de los Marshfíeld

Casa de estilo Arts & Crafts típica del Medio Oeste

(¿de Wright?)

Club de jazz y desconocido (serie)

Central Park

Las torres gemelas del World Trade Center

Wall Street

Main Street en West Egg

Aparcamiento del parque empresarial del valle

de las Cenizas (no es su nombre real)

Andén de la estación de tren de East Egg

Costa en East Egg

Costa en West Egg

Mi club de campo (la antigua casa de Gatsby)

Escenas de un camino forestal en Undeshill

(en dos de ellas, sale una chica en bicicleta)

Iglesia de Stowe

Una cascada

Pistas de esquí del monte Hansfield (en verano)


Objetos:

Secador de pelo

Coches (muchos)

Cigarrillos (en ceniceros, sobre mesas, primeros

planos en labios)

Más coches (media docena)

Máquinas de escribir IBM (tres)

Un Mustang ante la propiedad de los Marshfield

Autobús en la Quinta Avenida

Lámparas de lava

Collares de cuentas y medallones con el símbolo

de la paz

Un joyero art déco

Un manzano (aparece en varias imágenes, una con

una pequeña pirámide de manzanas al lado)

Un perro junto a una panadería


Laurel supuso que algunas imágenes no tenían interés para su búsqueda: las de los cigarrillos, las lámparas de lava, los coches y los secadores de pelo. Del mismo modo, sabía que otras fotografías habían sido encargos de trabajo, como la del unisferio. Las que le resultaban más chocantes eran las de Vermont y ésas en las que salía ella justo antes de que su vida cambiara para siempre: las fotos que Bobbie había sacado en Underhill aquel mismo domingo, o puede que alguno de los domingos anteriores a la horrible fecha. ¿Serían esas imágenes importantes para su búsqueda? ¿Podría ser ella misma una pista en el mapa del tesoro de Bobbie? ¿O sería simplemente una extraña coincidencia que su camino y el de Bobbie se hubieran cruzado años antes de conocerse formalmente, y que lo hubieran hecho ese mes en concreto, puede que en aquella fatídica tarde de domingo? Las fotos de una ciclista en la pista de montaña y de la iglesia de Stowe, ¿formaban parte de ese laberinto de imágenes que estaba construyendo, o eran irrelevantes? A fin de cuentas, no había indicios de que ni Gatsby ni los Buchanan hubieran pisado alguna vez Vermont.

Y ¿qué había de esa casa típica que Laurel suponía que estaba en el Medio Oeste? ¿Estaría en Chicago, de donde sabía que provenía la familia Buchanan? ¿O en Saint Paul, donde Howard Masón dijo que Bobbie había estado buscando a su abuelo? Por lo que sabía, la casa, con sus tejados inclinados y sus amplios pisos en forma de caja -el segundo sobresalía sobre el primero como unas fauces-, también podría encontrarse en Long Island, en West Egg o East Egg. O podría haber pertenecido a alguno de los primos de Louisville.

Las fotos en las que Laurel veía mayor potencial eran las que apuntaban de manera más evidente a una parte de la vida de Bobbie. Con mucho cuidado, trazó una línea sobre las imágenes que, con toda seguridad, no eran pistas de su ascendencia, y decidió que lo que le quedaba era de utilidad, aprovechable. Podía ver los elementos de un mapa, como había sugerido Shem. Tendría que decirle a Katherine que necesitaba unos días de vacaciones -una semana, o dos-. Esa noche imprimiría el último paquete de negativos, y puede que al día siguiente o, como mucho, el martes, empezase a utilizar sus vacaciones para ir a…

Bueno, en primer lugar debía dirigirse a una prisión al norte de Vermont. Y, si el recluso resultaba no ser el hijo de Bobbie, entonces a otra cárcel en Montana. Porque, aunque el proyecto se podía llevar a cabo, no iba a resultar fácil. Es probable que tuviera ante sí el esbozo de un mapa, pero no podía saber cuáles eran las pistas y cuáles las fotos sin sentido -o incluso las pistas falsas- tomadas por un esquizofrénico que bebía más de la cuenta. Tenía algunos puntos de referencia en East Egg y West Egg: las casas, los andenes de tren y las cuidadas playas. Además de su club de campo, antigua mansión de Gatsby. También tenía el aparcamiento del parque empresarial que se erigía donde antes había estado el valle de las Cenizas. Tenía las fotos del Plaza, el hotel en el que la madre de Bobbie se vio obligada a escoger entre su marido y su amante y no fue capaz. Tenía un joyero art déco con espejitos incrustados en la tapa. Es probable que esa caja contuviera el retrato de soldado de Jay, o puede que algo más: una carta, un guardapelo, un anillo con una inscripción… ¿Pero cómo encontrar una cajita en uno de esos lugares? Supongamos que localizaba la casa de la foto. Y después, ¿qué? ¿Le pedía al propietario permiso para excavar en los cimientos y levantar la tarima del desván? ¿Qué podría hacer en su club de campo? ¿Solicitar que le dejaran revolver en la biblioteca, ésa que en el pasado impresionaba a los invitados de Gatsby porque tenía libros de verdad?

Sea como fuere, estaba convencida de que nadie podría cuestionar que lo que había descubierto era cierto. Ni David, ni Katherine, ni Talia. Nadie volvería a poner en duda su cordura.

Cuando Serena volvió a sentarse a su lado en la mesa, Laurel le entregó el archivador y le recordó que no debía contarle a nadie que lo tenía ella. En cuanto Laurel terminó de hablar, pudo ver en el rostro de Serena que estaba equivocada, muy equivocada. La gente seguía sin creerla. Resultaba evidente lo que pensaba su amiga, y Laurel sabía más o menos lo que iba a decir antes incluso de que Serena abriera la boca.

– Laurel, sabes que haría cualquier cosa por ti…Yo te lo guardo, no pasa nada. Pero, chica, ¿sinceramente crees que alguien va a intentar robarte estas fotos?

– Sí, y no sólo lo creo, estoy convencida de ello.

– Pero…

– Piensas que estoy loca, ¿verdad?

– No, claro que no. Pero pienso que puedes estar… no sé, sacando las cosas un poco de quicio.

Laurel repitió la expresión. «Sacando las cosas un poco de quicio.» Un eufemismo un poco largo para referirse a conducta desviada, comportamiento inapropiado.

– Bueno, entonces -preguntó-, ¿tú qué harías? ¿Qué quieres que haga?

– Vamos, Laurel, no te pongas así conmigo. Sólo estoy…

– Estás ¿qué? ¿Preocupada por mí?

– ¡No! Bueno, sí. Preocupada, un poco preocupada.

– Entonces, dime: ¿qué harías?

– Bueno, para empezar, no estaría tan alterada -dijo Serena, pero tras ese comienzo, Laurel no prestó demasiada atención al resto de su discurso.

Serena era amable y tenía buenas intenciones, pero Laurel se dio cuenta de que no.podía confiar en ella. Su amiga no veía la importancia de las imágenes que le estaba confiando. En cuanto apareciera Leckbruge, o cualquiera de sus secuaces, le entregaría todo el archivador sin pensárselo. Por supuesto, lo haría movida por la ignorancia, no por la traición, pero las consecuencias serían las mismas: las fotos -y con ellas todo su trabajo y el de Bobbie- estarían perdidas para siempre.

Por eso, Laurel le agradeció su tiempo y sus consejos y, tras despedirse, se marchó con el archivador que había traído. Fue muy correcta con ella, tanto que Serena la acompañó hasta la puerta de la cafetería y, cuando se separaron, su amiga pensaba que Laurel iba a hacerle caso y tomárselo todo con más calma.


N o hubiera podido decir lo que era por el negativo. Por lo menos, no con seguridad. Pero cuando obtuvo la hoja de contacto, empezó a verlo claro.

El domingo por la noche reveló la foto, en principio una copia más en papel fotográfico. Entonces, surgió la imagen, inconfundible en la luz naranja de la sala de revelado. Laurel la estudió durante largo tiempo en el baño químico, no hipnotizada sino absorta. Incapaz de apartar la vista de ella.

Recordó algo que le había contado Shem Wolfe esa misma tarde sobre Bobbie y empezó a sentir sofocos: «Tenía sus propios demonios».

Shem se refería a la enfermedad mental de Bobbie, pero la palabra «demonio» le vino ahora a la cabeza unida a esas otras palabras que llevaban años persiguiéndola: cono, puta, zorra, coñito, chocho, sucia almeja, ramera de mierda, putita muerta… En el reposado líquido de la bandeja de la sala de revelado, apareció el tatuaje. Ahí estaba la foto del demonio que Bobbie le había dicho a Paco Hidalgo que había sacado. Durante todos estos años, Laurel había pensado que era una simple calavera humana, aunque con colmillos. Pero ahora se dio cuenta de que, en realidad, era un tatuaje del demonio: con forma de calavera, sí, pero con orejas. Y respiraba, de ahí el humo.

Bobbie Crocker conoció a este hombre y le sacó una foto. Un demonio entre pelos de barba, con un lóbulo de oreja colgando por encima como un planeta. Era o el hijo de Bobbie o un amigo de su hijo.

Porque, por lo visto, hasta los violadores tienen amigos. Los asesinos, también.

Éste era el demonio que había asustado a Bobbie Crocker: la misma persona que había intentado violarla, y luego dado marcha atrás con su furgoneta para matarla.

Laurel se encontraba débil cuando terminó de trabajar en la sala de revelado, pero, a no ser que bajase al centro de Burlington, los únicos sitios que iba a encontrar abiertos a esas horas en una noche de domingo eran los restaurantes de comida rápida y las tiendas de donuts de la calle inundada de luces de neón que quedaba al este del campus. Eran más de las once.

No había vuelto a casa desde por la mañana temprano. Ni tan siquiera se le pasó por la cabeza acercarse a su apartamento después de dejar a Serena, porque quería ir directamente a la sala de revelado.

Condujo hasta su vieja casa victoriana y encontró un sitio libre para aparcar justo enfrente del portal, pero -casi instintivamente- siguió adelante sin pararse. Había visto luces encendidas en su apartamento y en el de Whit, por lo que dedujo que sus compañeros de piso estaban levantados. No le hizo gracia, pues no quería que Taha o Whit la oyesen llegar. No le apetecía tener que hablar con ninguno de los dos. Por eso, aparcó al final de la manzana, junto a la esquina de la calle. Su plan era esperar una o dos horas hasta que se acostaran. Luego sacaría las llaves del portal y las de la puerta de casa y las tendría listas antes de acercarse a abrir. Se quitaría los zuecos y los llevaría en la mano para no hacer ningún ruido en el portal, y subiría de puntillas las escaleras hasta la esquina del edificio en la que se encontraba el apartamento que compartía con Talia.

Y, sólo por si acaso, pensó que se desvestiría y se metería en la cama en la oscuridad. Tampoco encendería la luz del salón. ¿Realmente necesitaba reponer fuerzas con un par de galletas saladas? No era para tanto.

Sin embargo, no pudo llevar a cabo su plan tan meticulosamente estudiado, porque se quedó dormida en el asiento del coche. Se despertó de golpe, un poco antes de las tres de la madrugada, con el cuello y la espalda entumecidos. ¿Sería esto lo que experimentaban sus residentes, o por lo menos tendrían el sentido común de colarse en el asiento trasero para echarse a dormir? Decidió que ya era hora de entrar en el piso. Acababa de tener un sueño en el que aparecía un bosque de Underhill lleno de cosas volando: pájaros, insectos y remolinos de hojas llevadas por el viento. Los pájaros tenían la cabeza de pequeños demonios: en realidad tenían por cabeza la calavera del tatuaje, y la perseguían como a una presa. Creía recordar que intentaba atravesar ese tumulto de objetos voladores con la bicicleta, pero no recordaba si había estado alguna vez en esa pista. Al final, pensó, las criaturas volantes la habían rodeado y golpeado en las mismas partes en las que la hirieron el hijo de Bobbie Crocker y su compinche siete años atrás. Cuando se despertó, sintió fuertes pinchazos en el pecho izquierdo, y supuso que se trataba de una sensación fantasma, porque, ¿de qué iba a dolerle esa parte del cuerpo por una siesta en el coche?

De todos modos, no era capaz de reunir fuerzas para abrir la puerta y regresar a su apartamento. El sueño la había dejado tan asustada que se encontraba inmóvil, al borde de la parálisis. Quería hacer muchas cosas o, mejor dicho, tenía que hacer muchas cosas. Emily Young había regresado del Caribe y debía verla. Luego tenía que ir a la prisión de Saint Albans, lo que exigiría complejos trámites con el alcaide del correccional, el psicólogo del centro y el Departamento de Atención a las Víctimas de Crímenes. Pero estaba cansada, más cansada de lo que recordaba haber estado en toda su vida. De repente, para su propia sorpresa, tenía los ojos húmedos. Estaba llorando. Oyó pequeños gemidos e hipos, y un silbido atragantado en su cabeza que le recordaba el agudo sonido de los frenos de su bicicleta de hacía años. No dejó de llorar hasta que volvió a dormirse en el asiento.

Cuando abrió de nuevo los ojos, el sol empezaba a aparecer y sintió un dolor punzante y movimientos en su estómago. No recordaba cuándo había comido por última vez. Se giró para comprobar que el archivador seguía en el asiento trasero del coche, donde lo había dejado la noche anterior cuando terminó de trabajar en la sala de revelado. Allí estaba. En la acera oyó el amenazador sonido de unas pesadas botas acercándose. Miró a su izquierda y vio pasar a medio metro de la ventanilla de su coche a un gigantón barbudo embutido en una parca. Era un abrigo más fuerte de lo necesario para esa época del año, a no ser que fuera el único que tuviera. Se fijó en que los pantalones del hombre estaban rasgados en el dobladillo y rotos en las rodillas. Supuso que todavía no era un indigente, pero había algo en él -su ropa, su gesto, su forma de caminar- que le hizo temer que, a no ser que recibiera ayuda, no tardaría en serlo.

Se preguntó qué sentiría al aventurarse hacia el norte del estado, a la cárcel, para ver a uno de sus agresores. Pensó que le costaría reunir las fuerzas necesarias para ir a Saint Albans, porque allí se encontraría con un recluso que -mientras la palabra se formaba en su mente hizo un gesto de dolor y un nuevo pinchazo le atravesó el pecho- había intentado violarla. Se trataba de una persona horrible, aunque, por lo menos, no había matado a nadie. Pero ¿y si el hijo de Bobbie era el otro? ¿Ése que había cortado las venas de una mujer, usando un trozo de alambre de espino para atarla a una valla mientras la sangre que le brotaba de las muñecas empapaba la tierra? ¿Sería capaz de volver a verle cara a cara?, ¿de sentarse en una mesa ante él? ¿Qué le diría? ¿Realmente merecía la pena el largo viaje hasta Butte?

Entonces, mientras comenzaba a imaginarse el encuentro -sabía que el término jurídico para lo que estaba proponiendo era «audiencia aclaratoria»-, empezó a dudar de la exactitud de sus propios recuerdos: ¿qué pasó realmente en aquella pista de Underhill? Se dijo que debía afrontar sus próximos movimientos paso a paso, como llevaba haciendo desde hacía una semana: avanzando deprisa pero con precaución. Y, llegados a este punto, su próximo paso era Emily Young, y luego el preso de Vermont. Eso era todo. Un tatuaje de alambre de espino o un tatuaje de un diablo, ¿realmente importaba? De todos modos, con un poco de suerte, no tendría que conducir hasta Montana. Pensó que si tenía alguna posibilidad de cambiarse de ropa antes de ir a trabajar, ese era el momento. Ducharse era impensable, porque seguro que despertaría a Talia. Desayunar, también. Tendría que parar en la panadería de camino a BEDS. Por lo menos podría pasarse un poco de tónico facial por la cara y peinarse. Las normas básicas de higiene son una de las primeras cosas que se pierden cuando vives en las calles, y Laurel tuvo que recordarse que, aunque la gente a su alrededor opinase lo contrario, no era ella la paranoica delirante en esta historia.


Capítulo 24

Vio a Emily Young antes de las ocho de la mañana del lunes. La mujer que había sido la asistente social de Bobbie Crocker estaba empezando a hurgar en el pequeño alud de papeles que se había acumulado en su escritorio durante las vacaciones, ocupando una parte considerable de la mesa. Laurel pensó que nunca había visto a Emily con un aspecto tan bueno y saludable. Siempre había sido una gran adicta a las bicicletas estáticas y las máquinas de pesas, pero unos problemas de espalda recortaron drásticamente el tiempo que pasaba en el gimnasio. El resultado era una mujer que rondaba los cuarenta con un rostro rechoncho y coqueto de grandes ojos sobre un cuerpo que, durante la última media década, se había vuelto un poco fofo. Sin embargo, el crucero por el Caribe había hecho maravillas. Emily parecía haber perdido peso, lucía un hermoso bronceado y llevaba un alegre vestido estampado cubierto de lirios de color azul fosforescente de esos que no se ven habitualmente en BEDS.

– Casi toda la gente en el crucero comía como si fuera su última cena -le contó a Laurel mientras ojeaba una carpeta de papel de estraza con el historial de Bobbie Crocker.

Por un instante, Laurel temió que se tratara de la carpeta que estudió el otro día en el archivador y que no hubiera en ella ningún dato que no conociera ya. Pero entonces se fijó en unos papeles que no había visto antes.

– Pero el primer día que salimos cambié mi opinión sobre el crucero. Me hice un masaje. El masajista era un jovencito argentino que estaba buenísimo. Antes de darme cuenta, dejé de comer sólo por él. Todas las tardes me daba un masajito. Así me pasé las vacaciones: alimentándome a base de frutas y verduras, nadando, tomando el sol y con un guapo, no, era más que guapo,

un hermoso masajista sobándome la espalda y las piernas un par de horas al día. ¡Mereció la pena!

– ¿Y cómo te sientes de regreso a tierra firme?

– ¡Tengo que volver a bordo de ese barco en cuanto pueda! -dijo Emily encogiéndose de hombros, y luego añadió-: Bueno, vamos a ver. Mientras el señor Crocker estuvo en el hospital le administraban risperidona y Celexa. Parece que también se barajó la opción de darle clozapina, pero decidieron que era demasiado mayor. Seguramente les preocuparon los efectos secundarios: se iban a cargar sus niveles de leucocitos.

Laurel asintió. Sabía que Celexa era un antidepresivo y la risperidona un antipsicótico.

– Parece claro que Bobbie acabó en el hospital básicamente por algo que le sucedió -continuó Emily-. Debió de ocurrir algo que hizo pensar a los médicos que era una amenaza para los demás o para él mismo.

– Tú conociste a Bobbie -dijo Laurel, sorprendida por el tono defensivo y protector de su voz-. He hablado con muchos amigos suyos. Sólo una persona me comentó que podría haberle sucedido algún tipo de accidente en Burlington. Pero, aparte de eso, no he oído nada que me haga pensar que era violento.

– No se trata de violencia, sino de delirios. Cuando no tomaba su medicación, tenía episodios. Las dos lo sabemos. Tengo la impresión de que Bobbie, probablemente, era mucho más peligroso para sí mismo que para la gente que lo rodeaba. Gracias a Dios, acabó en las calles en agosto. ¿Te imaginas que hubiera tenido que arreglárselas ahí fuera en diciembre o enero? ¿Un hombre de su edad? Habría muerto congelado, y tú y yo sabemos que eso pasa a menudo. -Dio la vuelta a un folio y luego sorprendió a Laurel inclinándose hacia delante-: ¡Aja! Lo arrestaron por hurto. Parece ser que entró a comer a un restaurante y se marchó sin pagar. No fue gran cosa, estamos hablando de quince dólares con las vueltas. También lo denunciaron por mendicidad y allanamiento de propiedad ajena. En el caso del allanamiento, las cosas acabaron un poco mal. Bobbie se puso un poco tenso en una tienda de fotografía. Pensaba que le habían robado unas fotos que no podía encontrar. Parece que acabó a voces con el dueño de la tienda. ¡Ah! Aquí tenemos otra denuncia de un supermercado: entró en la sección de alimentos y se puso a comer. Como puedes ver, todo es poca cosa. El único objetivo de todos estos papeles era redactar un informe psiquiátrico.

– Pero nunca se puso violento, ¿verdad? Nunca fue más allá de gritarle al dueño de la tienda de fotos.

– No. Además, parece ser que el dependiente también se enzarzó en la pelea -contestó Emily-. ¿Has hablado con la gente del Hotel New England?

– ¿Con Pete y sus amigos? Sí. Además, ayer me pasé parte del día en Bartlett y conocí a Jordie Baker, a una profesora de escuela y a un cura que conocieron a Bobbie. Luego, aquí en Burlington, hablé con Shem Wolfe. Y también he visto a Serena Sargent. Seguro que te acuerdas de ella, fue la que nos trajo a Bobbie. Hace cinco años ella misma era usuaria de BEDS.

– ¡Vaya! Te lo has tomado en serio. Ni siquiera conozco a algunas de las personas que has mencionado. ¿Quién es Jordie? ¿Quién es Shem?

Laurel le contó que la tía de Jordie había conocido a la madre de Bobbie, y que Shem había sido amigo del anciano fotógrafo y de su editor. También le explicó que el demonio de Bobbie podría haber sido un tatuaje, aunque no le contó en qué cuello residía ese diablo. Tuvo la sensación de que Emily estaba impresionada por su trabajo de detective.

– Bueno, entonces, ¿qué quieres de mí? -le preguntó Emily cuando terminó. Luego, cambiando repentinamente de tema, añadió-: Dios, ¿piensas que he adelgazado? Y a ti, ¿qué demonios te pasa? ¿Has estado enferma?

Laurel se sorprendió. Pensaba que, después de haberse peinado y puesto una capa de pintalabios, no estaba tan mal.

– No -contestó simplemente-. Sólo he estado muy ocupada.

– No te ofendas, somos amigas. Sólo… sólo me preguntaba… Katherine me contó ayer por teléfono que te has tomado el tema de las fotos de Bobbie con mucho entusiasmo, y…

– ¿Katherine y tú habéis estado hablando de mí?

– ¡Eh, no es lo que te piensas! Sabía que hoy tenía su desayuno mensual con la Comisión de Desarrollo Local y que no estaría aquí cuando yo entrase a trabajar. Por eso la llamé, para ver cómo estaban las cosas de vuelta en casa. Sólo para hacerme una idea del caos que me aguardaba en mi retorno triunfal. Eso es todo. Ella mencionó, y no fue más que un aparte entre todas las cosas de las que estuvimos hablando, que estabas un poco abstraída.

– ¿Abstraída?

– Son mis palabras, no las suyas. Me dijo que estabas trabajando muy en serio con las fotos de Bobbie, nada más. Comentó que intentabas recomponer las piezas y fragmentos de su vida.

Laurel estaba segura de que Katherine le había contado, o dado a entender, más cosas. Probablemente, le había dicho que su delicada protegida estaba obsesionada -sí, obsesionada- con el viejo fotógrafo y su verdadera identidad.

– No te preocupes por mí -le dijo a Emily-. Estoy bien.

– De acuerdo. No era mi intención ofender. Entonces, a ver. ¿Qué es lo que no sabes sobre Bobbie Crocker que yo pueda contarte? Tengo la sensación de que conoces bastante más sobre nuestro bicho raro favorito del Hotel New England que yo, pero adelante.

– ¿Qué sabes sobre su hijo?

– ¿Su hijo? ¡No tenía ni idea de que tuviera un hijo!

– ¿Y sobre sus padres?

– Casi nada -dijo Emily.

– ¿Casi nada?, ¿o nada?

– Nada.

– ¿De su hermana?

– Nunca me contó nada sobre ella.

– ¿Alguna vez te dijo algo sobre su infancia?

– Sí, por supuesto. Pero no me acuerdo.

– Supongo que les echarías un vistazo a las fotos antes de entregárselas a Katherine. ¿Viste algo interesante?

– ¿Te refieres a las fotos de Bobbie? Les eché un rápido vistazo. Creo que eran muy buenas pero, sinceramente, eso tú lo sabrás mejor que yo. ¿Lo son?

– Sí. Bobbie tenía talento.

– Entonces, ¿vas a organizar una exposición?

– Eso espero -contestó Laurel-. ¿Alguna vez mencionó a algún amigo o pariente lejano? ¿Alguna persona extraña en su vida?

– ¿Aparte de la gente que sale en sus fotos?

– Sí.

Emily se sentó en su silla y entrelazó las manos sobre su vientre. Los lirios asomaban por entre sus dedos.

– A ver, déjame pensar. -Pasado un momento, dijo-: Una vez, cuando estábamos charlando abajo, en el centro de día, entró un hombre. Por aquel entonces, Bobbie no necesitaba pasarse por aquí, ya estaba instalado en el New England. Pero ya sabes que no podía pasar sin nosotros. Pues eso, que de repente entró un tipo en el centro de día. Cuando Bobbie le estaba preparando un sandwich de mantequilla de cacahuete y mermelada, el hombre nos comentó que había estado en la cárcel.

– ¿Dónde?

– En Vermont.

– ¿En qué prisión?

– En Saint Albans, creo, aunque podría ser también la prisión del condado de Chittenden.

– ¿Cuándo había salido?

– Seis meses, puede que ocho. Tenía intención de reformarse. No quería hacer el tonto y volver a entrar en la cárcel. Bobbie le preguntó si conocía a alguien de la prisión.

– ¿Cuál era el nombre del recluso?

– No me acuerdo, pero no importa. La parte interesante es ésta: sea cual fuera su nombre, este nuevo cliente del albergue conocía al tipo, y le tenía bastante asco porque decía que había sido un violador. Pero también le daba miedo, mucho miedo, como a Bobbie. Le pregunté a Bobbie cómo había conocido a ese personaje que seguía en prisión, pues, que yo supiera, Bobbie nunca había estado entre rejas. Supuse que debió de ser en la calle. Pero no me lo contó. En cuanto se aseguró de que el tipo seguía entre rejas, no quiso volver a oír hablar de él.

Laurel conocía los nombres de los dos hombres que habían intentado violarla. ¿Cómo olvidarse de ellos? El culturista se llamaba Russell Richard Hagen. El indigente era Dan Corbett, sin más apellidos. Desde entonces, el nombre Daniel le producía náuseas.

– ¿Ese recluso se llamaba Russell?

– No.

– ¿Richard?

– Tampoco.

– ¿Dan?

– Pues mira, ese nombre me suena -contestó Emily-. ¿Por qué lo dices? ¿Bobbie te contó algo sobre ese tipo?

– Sí -mintió Laurel-. Fue una triste coincidencia. Resulta que ese tal Dan se metió con él en Church Street.

No quería que su compañera supiese que su búsqueda la conducía a la agresión que sufrió en Underhill. Emily y los demás se preocuparían. Así que Laurel le dio las gracias, le dijo que entendía que tenía mucho papeleo por delante tras sus largas vacaciones y regresó a su despacho. Se suponía que tenía que ver a un hombre de la Asociación de Excombatientes para hablar sobre nuevos servicios a los veteranos indigentes y debía preparar una lista de residentes que podrían beneficiarse de estas ayudas. Además, tenía que esbozar una nota para Katherine informándola -esta mentira se le ocurrió sobre la marcha- de que habían ingresado a su madre y que tenía que marcharse a Long Island un par de días. Añadiría que ya la llamaría por el camino para contarle los detalles y que no se preocupara, que su madre y ella estaban bien.

¿Y si Katherine intentaba localizarla en casa de su madre? Le respondería el contestador automático, porque en ese momento su madre se encontraba en una escuela de cocina en las afueras de Siena. Literalmente, estaba en la otra punta del mundo.

Quería dejar la nota en el escritorio de Katherine antes de que la mujer regresara de su reunión. No quería tener que rendir cuentas ante ella por su repentina marcha.


Por supuesto, no iba a ir a Long Island. Por lo menos, no todavía. En primer lugar, se dirigiría al departamento de Atención a las Víctimas de Crímenes y luego se reuniría con el alcaide de la prisión de Saint Albans para solicitar su audiencia aclaratoria con el recluso Dan Corbett. Quería verlo cuanto antes.

Se marchó de BEDS por la puerta trasera, en lugar de salir por la principal. Su reunión con el hombre de la Asociación de Excombatientes se había alargado hasta las nueve y media, y cuando terminó de redactar la nota para Katherine utilizando el tono adecuado -uno que no la alarmara, sino que simplemente sugiriera que había tenido una emergencia-, eran casi las diez. Katherine podía regresar en cualquier momento y Laurel no quería encontrársela en la recepción o en las escaleras del edificio.

El sol ya estaba muy alto, al contrario de cuando salió de su apartamento hacía unas horas. Había tenido la precaución de escapar antes de que se levantase Talia y ahora estaba muy contenta, porque le resultaría muy fácil desaparecer. Tenía que conservar la paciencia y la concentración, y mantenerse alejada de las dudas de su compañera de piso, para afrontar el duro trabajo que la esperaba. Le diría -por escrito- a Talia lo mismo que le había contado a Katherine y que le diría a David. Que estaba en casa de su madre en West Egg.

¡Al cuerno con todos ellos y con las dudas que tenían sobre ella y sobre Bobbie!

Hasta ahora había creído que Bobbie Crocker tenía miedo de su hermana, cuando en realidad a quien temía era a su hijo.

Capítulo 25

Pamela Marshfield se pasó casi toda la mañana del domingo en el sofá de su salón. Se sentía más mayor que nunca. Le dolían las cervicales, y no le sorprendería que su médico le comunicara en algún momento del próximo invierno -tras la consabida y agotadora batería de pruebas modernas- que tenía cáncer. Notaba, algo poco habitual en ella, que le faltaba el aliento. Su cadera, reemplazada hacía quince años, le molestaba. Además, no le había gustado ninguna de las cosas que tomó en el desayuno. La verdad es que ya no le encontraba el sabor a las cosas.

Frente a ella, en uno de los sillones dorados que su madre había elegido hacía setenta y cinco años -la pátina metalizada de los laterales había sido meticulosamente restaurada no una, sino dos veces-, se sentaba Darling Fay, la hija mayor de Reginald Fay de Louisville. Reginald, fallecido hacía tiempo, era su primo. Su padre era el hermano mayor de Daisy. Darling, como casi todos los Buchanan y los Fay, se conservaba muy bien a sus sesenta y dos años, en parte debido a esos magníficos genes, en parte debido a que nunca se había casado ni tenido hijos, y en parte debido a que dos veces al año volaba a Manhattan para que un cirujano estético le inyectara implantes de Restylane en las arrugas del rostro. Por eso había ido ese día a Nueva York. Esa mañana se encontraba realizando lo que Pamela presumía que era una pesada pero obligatoria visita a la otra punta de Long Island para ver a la decrépita prima de su padre. Pero si Darling consideraba que era su obligación recorrer todo el camino hasta allí, Pamela no iba a impedírselo. Las dos mujeres tomaban té, aunque sólo Darling lo disfrutaba.

– Me sorprende que tu abogado no te propusiera llevarlo de una manera menos hostil -comentó Darling, frunciendo un poco el rostro.

Llevaba una falda de flores con ribeteado en zigzag que Pamela supuso que era de Kay Unger, y una chaqueta informal color pistacho que, para el gusto de Pamela, mostraba un escote demasiado grande.

Por un instante, Pamela deseó no haberse sincerado con Darling y haberle contado a esta joven -bueno, al menos era más joven que ella- que su hermano había muerto. Lamentó haberle explicado que la obra de Robert habría reaparecido y, con ella, sus maliciosos y difamatorios intentos de airear los secretos de la familia. No estaba segura de por qué lo había hecho. Puede que porque estaba mayor, cansada, y buscaba un poco de consuelo, unas palabras de alivio. Pero, en este caso, perdía el tiempo. No iba a recibir ninguna comprensión por parte de Darling. Esta sobrina segunda había nacido después de que Robert se hubiera fugado de casa y lo veía como una sombra trastornada de la familia, sin más.

– ¿Qué quieres decir con eso de menos hostil? -le preguntó por fin Pamela.

Darling posó con delicadeza la taza de té en la mesita de café que las separaba y contestó:

– Tu padre podía ser un poco brusco.

– Ya lo sé.

– Pero también sabía perfectamente cuándo tenía que sacar la cartera, y cuándo una donación caritativa a la institución adecuada en el momento preciso podía cambiar las cosas.

– Como después del accidente.

– En efecto.

Nadie en la familia Buchanan ni en la Fay conocía los detalles, pero estaba claro que en 1922, y luego en 1925, Tom Buchanan realizó generosas contribuciones filantrópicas a unos cuantos departamentos de la Policía de Long Island, así como una campaña de cuantiosas contribuciones a los fiscales de los distritos vecinos. Fue su forma de asegurarse de que nadie iba a investigar con detalle quién estaba al volante cuando Myrtle Wilson fue atropellada, ni a tomarse en serio las acusaciones que surgieron tres años más tarde.

– ¿Estás sugiriendo que ahora debería sacar yo la cartera? -preguntó Pamela.

– Nunca se me ocurriría decirte lo que tienes que hacer, y lo sabes. Sólo me preguntaba por qué tu abogado no te ha propuesto hacer una donación a esa asociación de ayuda a los mendigos… ¿cómo se llama?

– BEDS.

Darling meneó la mano en el aire como si se estuviera apartando una mosca de la cara.

– Como se llame, da igual. Es sólo una idea. Creo que es lo que tu padre hubiera hecho.

– A pesar de ser un hombre un poco brusco.

– Sí, a pesar de ser un poco brusco.

– ¿Y piensas que esa asociación me va a devolver las fotos de Robert a cambio de que les entregue dinero?

– Podría ser. Llegados a este punto, ¿qué tienes que perder? ¿Acaso te queda otra salida? Quieres recuperar las fotos, ¿verdad?

– Tengo que recuperar las fotos. No permitiré que las expongan para que vuelvan a demonizar a mi madre. En toda historia hay dos caras, y no pienso permitir que la gente endiose a ese Gatz y vilipendie a mi madre. ¡Faltaría más!

– Entonces, cómpralas. Saca la cartera y cómpralas.

En un principio, la idea le pareció sucia y bastante patética. Pero suponía que Darling tenía razón. No le quedaba otra salida. No iba a vivir para siempre. Tal y como se sentía, quién sabe si llegaría al día siguiente. Si quería acabar con la obra perversa y lunática de su hermano de una vez para siempre -ya podía imaginarse la tóxica hoguera que encendería en la playa cuando tuviera todas las fotos en su poder-, tendría que pagar. Además, su dinero podría servir para atender a esos mendigos malolientes que se dejaban caer por ese albergue. Al menos, ellos lo necesitaban más que los abogados del bufete de T. J. Leckbruge, que seguro que podían sobrevivir sin él. Se iban a perder los honorarios que habrían obtenido por recuperar las fotos de su hermano, pero Pamela no tardaría en morir y el bufete ya sacaría una buena tajada de la recalificación de sus propiedades.

Suspiró y sonrió a Darling. Decidió que, en cuanto su pariente se marchase, haría las llamadas telefónicas pertinentes. Le ordenaría a su abogado que hiciera una cuantiosa oferta al albergue para indigentes de Vermont. Que les ofreciera, básicamente, lo que hiciera falta para conseguir que le devolvieran hasta la última foto, hasta el último negativo, hasta la última copia.


.

Capítulo 26

A David se le resecó la garganta cuando leyó la nota que le había dejado Laurel en la recepción del periódico.


Me ha llamado mi hermana. Anoche ingresaron a mi madre en el hospital. Tiene apendicitis, pero le están haciendo pruebas para ver si hay algo más. Mi tía está con ella, pero parece preocupada, así que me voy un par de días a Long Island para ver cómo termina la cosa. Te llamaré esta noche.

Dile a Marissa que lo siento, pero no podré sacarle las fotos esta tarde. Es una niña preciosa y tiene una voz angelical, así que no necesita mi talento (carraspeo) para estar genial. Es la mejor.

Te llamaré en cuanto pueda.

L


David sostuvo la nota ante él y la estudió. Estaba escrita con rotulador azul en la diminuta letra de cuaderno de caligrafía de Laurel. Le parecía que la muchacha estaba preocupada por su madre, pero se preguntó si no exageraba un poco y no estaría pasando algo más. Además, le había dejado la nota en la recepción del periódico sin tan siquiera preguntar al empleado si él se encontraba arriba, en su despacho.

Sabía que tendría que haberla llamado el domingo, a casa o al móvil. Katherine le contó suficientes cosas el sábado cuando se la encontró en el cine como para que una persona atenta -o comprometida- se alarmara e hiciera algo.

Pero no lo había hecho, así que la llamó entonces. Como esperaba, no la encontró en BEDS, por lo que le dejó un mensaje en el contestador. Luego, grabó otro en el teléfono de su piso, y un tercero en el buzón de voz de su móvil. Por último, posó el auricular en su base y se sentó en su despacho, preguntándose qué debería hacer, si es que tenía que hacer algo.

Sabía que Marissa se iba a enfadar, y que además se preocuparía. Esa mañana, se había pasado veinte minutos revisando la ropa que tenía en el apartamento de su padre para estar lista para la tan esperada sesión de fotos. Pero tras la conversación que mantuvieron el sábado por la noche, seguro que lo que más ocuparía su mente sería el bienestar de Laurel.

Y luego estaba Cindy. Tenía planeado pasarse la mañana entrevistando a los administradores del hospital de la ciudad para hablar de los desmesurados presupuestos del nuevo edificio, pero tuvo que cancelar la cita porque la pequeña se había caído del columpio del patio de la escuela y se había levantado la piel en un muslo y en los codos. Le habían puesto siete tiritas en la pierna y vendas en los brazos. La niña se puso histérica al ver la sangre. David pasó a recoger a su hija, que estaba con una asistente de la escuela en la sala de urgencias del -ironías del destino- mismo hospital en el que se supone que tenía que estar trabajando para redactar su editorial. Llevó a Cindy a su apartamento, la calmó y convenció a su hermana para que viniera desde Middlebury a quedarse con su hija y así poder regresar al trabajo.

Pero la sesión de fotos cancelada y las tiritas se quedaban en nada comparadas con el gran problema que se presentaba ante él: Laurel. No tenía claro lo que debía hacer. Sabía que era un hombre cauto y cerebral. Éste era uno de sus puntos fuertes, pero a veces se convertía en una debilidad.

Se daba cuenta de que, posiblemente, no podría hacer nada. A fin de cuentas, Laurel ya era mayorcita. Se había ido a su casa a cuidar de su madre. Además, estábamos hablando de una apendicitis, no de una operación a corazón abierto, y no, estaba sola: tenía cerca a su hermana Carol y a su tía. No lo necesitaba a su lado. Por otro lado, siempre le había dejado claro que él no iba a hacer de niñera. Ni con ella, ni con ninguna otra mujer. No quería saber nada de novias ni de esposas. Ya tenía un trabajo que le absorbía todo el tiempo y dos hijas, y lo último que le apetecía era avivar una relación de gran dependencia con una frágil jovencita, utilizando las palabras que había empleado el sábado por la noche cuando habló con Katherine.

Se preguntó si no sería ése el motivo por el cual no la había llamado el domingo: porque hubiera supuesto implicarse a fondo cuando él no sólo era cauto y cerebral, también era distante y autosuficiente. Desde el divorcio no había querido saber nada de cualquier cosa que se pareciese al compromiso, y acompañar a Laurel mientras su madre estaba enferma suponía un serio nivel de compromiso. Desataría una obligación más profunda de la que deseaba ofrecer a cualquier mujer en ese momento. Implicaría otro matrimonio y más hijos, algo que estaba totalmente fuera de lugar. No cuando Cindy tenía seis años y Marissa, once. No podía hacerles eso. Ya era bastante malo para ellas que el matrimonio de sus padres se hubiera roto. Ahora que su madre iba a volver a casarse, necesitaban una dosis extra de cariño y atención.

Sin embargo, la propia debilidad de Laurel le hacía pensar que tendría que intervenir. Él conocía su pasado mejor que nadie, por lo que sentía que tenía cierta responsabilidad. En consecuencia, tomó de nuevo el teléfono y llamó a la iglesia baptista, donde le pasaron con la catequista.

– Déjame adivinar, ¿quieres saber qué pasa con Laurel, verdad? -le preguntó Talia nada más reconocer su voz.

– Pues sí. Quiero saber cómo está su madre. En la nota no lo deja claro.

David escuchó un chasquido de la lengua al otro lado del aparato. Después, Talia preguntó:

– ¿Su madre está enferma?

– ¿No te lo ha dicho?

– No.

– Me ha dejado una nota en el periódico -dijo, y se la leyó.

– ¡Vaya, qué inoportuno! -dijo Talia-. Pensaba que su madre estaba este mes en Italia.

– Yo también.

– Me pregunto si me habrá dejado a mí otra nota -murmuró la muchacha, con una mezcla de lástima y preocupación-. Sinceramente, dudo que Laurel estos días vaya a otro sitio que no sea a esa apestosa sala de revelado o a su despacho en BEDS.

– ¿No sabías que se había marchado? ¿Ni siquiera te llamó para contártelo?

– No. La verdad, sin querer hacer una montaña de esto, es que, últimamente, apenas hablamos.

– No me ha contado que os hubierais peleado. ¿Puedo preguntar por qué?

– No nos hemos peleado. No exactamente. Discutimos un poco el sábado, pero para entonces ya me estaba evitando. O, por lo menos, eso es lo que a mí me parece. Se suponía que tenía que acompañarnos a jugar al paintball con el grupo de la parroquia, ya sabes. Pues no se presentó.

– Aja.

– Volvió a su casa a Long Island para el aniversario, y desde que regresó parece un fantasma que sólo se presenta en el piso por la noche para cambiarse de bragas. El resto del tiempo está por ahí. Casi se puede decir que vive en el laboratorio de revelado. Le dejo notas y tal, pero parece que las escribo con tinta invisible.

David se rascó la nuca con la mano que tenía libre. Sintió que le empezaba a doler la cabeza y buscó en el cajón de su escritorio su caja de ibuprofeno. Se volvió a acordar de que, por su edad, estaba más cerca de la madre de Laurel que de la muchacha, y esto le contrarió.

– No me puedo creer que esté enfadada contigo -murmuró, y después se tragó dos pastillas sin agua.

– Puede que lo esté, o puede que no. Sea como sea, algo está pasando. Si se ha ido a casa, creo que deberíamos empezar a preocuparnos.

– Yo ya lo estoy.

– ¿Vas a ir a buscarla?

– Le he dejado un mensaje en el móvil. Creo que esperaré a que me responda antes de hacer algo.

– ¿Crees que debería ir yo a buscarla?

– Puede ser. Pero esperemos un poco.

– ¿Sin más? -preguntó Talia.

– ¿Se te ocurre algo más que podamos hacer?

– ¡Estoy preocupada!

– ¿Te das cuenta, Talia -dijo David tras una pausa-, de la cantidad de años que le saco a Laurel?

– ¿Te refieres a que eres un pureta? Por favor, olvídate de tu edad. Laurel te necesita.

– Necesita algo más que a mí -dijo él, sin levantar la voz pero con un tono de seriedad en sus palabras-. Ese es el problema. ¿Por qué sólo la veo un par de veces por semana? Porque ahora mis hijas son mi prioridad y no puedo dedicarle más tiempo. El otro día le conté a mi hija lo que le pasó a Laurel…

– ¿Qué dices? ¡Si no es más que una niña!

– Sólo se lo expliqué por encima. Pero, incluso así, al hablar un poco sobre ello, me di cuenta de que represento las dos cosas que Laurel menos necesita ahora mismo.

– ¿Y cuáles son?

– Otro hombre mayor, y una persona que no es capaz de comprometerse con ella. Que no puede entregarse al cien por cien.

Talia permaneció en silencio y él pudo sentir una tormenta de ira surgiendo en el interior de la joven. Se preparó para recibir una ola de insultos pero, por el contrario, sólo dijo:

– Por favor, llámame cuando sepas lo que vas a hacer.

Resultaba evidente que Talia estaba conteniendo su furia.

– Descuida, lo haré -contestó él.

Casi deseaba que le hubiera gritado. Sentía que se merecía un buen rapapolvo.

Al colgar, reflexionó sobre lo que había dicho Talia acerca de que su compañera estaba obsesionada con las fotos desde que volvió de Long Island, y se preguntó si habría ocurrido algo que no le había contado. O, quizá, si todo esto tendría algo que ver con Underhill. A fin de cuentas, todo tenía que ver con ese sitio. Decidió llamar a Katherine para ver qué más podría esconderse en esas fotografías y si Laurel le había contado otras cosas a su jefa.

No era mucho, pero por lo menos era algo.


Digan lo que digan sobre la educación, el ambiente familiar y los malos padres, Whit Nelson creía que la gran mayoría de los sacos de huesos que pululaban por el albergue de Laurel Estabrook iban a terminar en BEDS de cualquier modo debido a cuestiones de herencia y químicas. Y, con esto, no se refería al abuso de drogas, aunque estaba claro que tenía una relación directa con las enfermedades mentales. Las drogas y la locura se retroalimentaban. El se refería a la química cerebral. Evidentemente, no todos los sin techo eran víctimas de la naturaleza. También estaban los veteranos de guerra, por ejemplo. La mayoría de ellos eran tipos normales y corrientes hasta que vieron o hicieron -o les obligaron a hacer- cosas que los pusieron al borde del precipicio. También estaba la gente a la que las adicciones de sus padres -alcohol, cocaína, juego, sexo- habían dejado marcada.

Pero ¿qué pasaba con la mayoría de los dementes del albergue? Whit pensaba que su destino era tan inevitable como el de un enfermo de parálisis cerebral. Su futuro estaba enterrado a nivel molecular en los surcos de su cerebro desde que nacieron. Sus demonios siempre estuvieron ahí, al igual que sus miedos, sus paranoias, su temeraria necesidad de compuestos químicos para encontrar la estabilidad o su incapacidad para trabajar. El mundo necesitaba de lugares como BEDS y de personas como Laurel. Los necesitaba con locura, por mucho que su labor fuera paliativa y quijotesca.

Lo cual, suponía, ayudaba a explicar la atracción que sentía por Laurel.

Eso, y también su vulnerabilidad. Su pasado. Laurel también era una víctima.


Talia regresó a casa ese lunes por la mañana nada más colgar con David. Quería ver qué tipo de nota le había dejado Laurel. Se encontró a Whit en el portal y le contó, casi sin aliento porque había subido la cuesta a buen paso, lo que le había dicho David.

– Terminaste de recoger el piso -dijo él cuando Talia abrió la puerta del apartamento.

La ropa ya no estaba tirada por el salón. Los libros se encontraban bien puestos en sus baldas y las revistas ordenadas en un revistero de metal que tenían junto al sofá.

– Pues sí. Mis cajones ahora son una maravilla de la naturaleza -dijo.

Encontraron la nota en la mesita del café. Era breve, distante y vaga -y sonaba un poco a la defensiva-. Laurel no le ofrecía a Talia más datos de los que le había proporcionado a David. Nada más leerla, sin decirle a Whit a quién llamaba, Talia cogió el teléfono y marcó un número. El muchacho la contemplaba expectante, viendo cómo ella meneaba la cabeza cuando le respondió un contestador automático.

– ¿A dónde llamabas? -le preguntó Whit cuando colgó.

– A casa de Laurel en Long Island. Me respondió el contestador de su madre.

– ¿Crees que Laurel ya habrá llegado?

– No, creo que está mintiendo con lo de su madre. De hecho, esperaba que me respondiera su madre.

– Pero no lo ha hecho.

– Eso es.

– Entonces igual es verdad que está en el hospital.

– Puede ser -dijo Talia, y luego se fue directa al dormitorio de su amiga con el muchacho detrás.

– ¿Qué buscas? -preguntó Whit-. ¿Algo en particular?

– No, la verdad es que no.

Whit quería hacer algo, pero sentía que era una violación abrir los cajones de Laurel. Por eso se quedó parado sin hacer nada en el umbral de la puerta con las manos en las caderas. Talia alzó el dedo índice y abrió el armario de Laurel. Sacó una maleta negra del tamaño máximo que permiten las compañías aéreas como equipaje de mano.

– Esto es interesante. No se ha llevado la maleta. No piensa pasar mucho tiempo fuera.

Después abrió el cajón inferior de su vestidor y empezó a sacar los jerséis de su amiga hasta llegar al talonario de su compañera de piso. Lo cogió y repasó la última hoja del registro.

– Tampoco se ha llevado esto -dijo.

– Entonces, ¿estamos seguros de que se ha marchado? -preguntó Whit.

– No -contestó ella lentamente, pensando en esta posibilidad-, puede que no.

Los dos permanecieron en silencio, como un par de niños desamparados, sin tener muy claro lo que tenían o podían hacer a continuación.

.La reunión de Katherine Maguire con la Comisión de Desarrollo Local había sido larga y pesada, y había terminado al borde de la crisis nerviosa. El número de personas -hombres, mujeres y familias- que acudían al albergue aumentaba y el gobierno federal había decidido un corte drástico en los presupuestos que les destinaba. Para el próximo año, esperaban perder cerca de 145.000 dólares. Además, podrían perder 740 subsidios de alojamiento como resultado de la cancelación del programa estatal de Vivienda y Desarrollo Urbano que ellos ofrecían. Además, parecía que el precio del gas para el próximo invierno iba a ponerse por las nubes.

Después de la llamada con la procuradora municipal encargada del albergue, se reclinó en su silla. Pensó que si alguna vez se veía las caras con esa mujer de Long Island, no le iba a caer bien. Pamela Buchanan Marshfield no era un ángel de la guarda que descendía sobre el albergue cuando más lo necesitaban. Sólo les estaba haciendo esta oferta porque sus intentos de intimidarlos no habían surtido efecto. Pero ¿llegaba en el momento oportuno? Pues sí. Parecía que hubiera sabido que atravesaban problemas económicos. Katherine volvió de la reunión con la Comisión de Desarrollo Local preguntándose cómo demonios iban a recaudar suficiente dinero del sector privado en tan corto espacio de tiempo para sustituir los recortes en las subvenciones públicas. Y entonces, de la nada, surgía esta oferta del abogado de esa mujer.

La abogada de BEDS, Chris Fricke, había asegurado a Katherine que el ayuntamiento vendería la colección de Crocker al albergue por un dólar, lo que les permitiría entregársela a la mujer de Long Island después de que ésta hubiera realizado su donación: cien mil dólares.

Katherine sabía que, de entrada, Laurel se pondría furiosa. Se sentiría traicionada y diría que la asociación estaba obrando en contra de los deseos de uno de sus clientes. Pero Katherine pensó que terminaría por comprenderlo. A fin de cuentas, el propio Bobbie no sabía lo que quería la mitad del tiempo. Y Laurel tendría que entender que Bobbie se habría alegrado de saber que su obra había proporcionado tanto dinero a BEDS. ¡No se lo creería!

Además, alejar a Laurel de esas fotos redundaría en su propio beneficio. Antes incluso de que esta viuda ricachona hubiera ofrecido la donación al albergue, Katherine estaba pensando en pedirle a Laurel que le devolviera el material y abandonara el proyecto. Ya había hecho demasiado, más que demasiado. Era el momento de dejarlo.

Por supuesto, Katherine no tenía muy claro cómo iba a decírselo o cómo conseguir que le entregara las fotos. Mientras conversaba al teléfono con Chris Fricke, echó una ojeada a los papeles que habían surgido en su mesa como champiñones en un verano húmedo, y encontró la nota que Laurel había dejado para ella. Por lo visto, su joven asistente social se había marchado a casa para cuidar a su madre enferma.

O, por lo menos, eso era lo que le había escrito.

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