PACIENTE 29873

… me mostró un ejemplar en rústica de El gran Gatsby, una edición con la portada de color azul oscuro en la que aparece el rostro de una mujer con unas ninfas en las pupilas de los ojos. Sigue negando que se trate de una novela de ficción, y lo define como unas memorias, una historia real. No hay reacción cuando se le muestran los créditos del libro en los que aparece el nombre del autor, la fecha de publicación, la declaración de que los personajes son ficticios, etcétera.

Con anterioridad, nos hemos referido al problema de diagnóstico. Al estudiar los estresores que precedieron al episodio (aún por definir), nos encontramos con unas fotografías de una joven montando en bicicleta en un camino. Formaban parte de la colección que, por lo visto, se sacó cerca del lugar donde hace siete años tuvo lugar la violación y la mutilación. Por el momento, no podemos determinar si estas fotos precipitaron la alucinación, al hallarse entre ellas imágenes del club de natación de su infancia, lo que podría haber sugerido a la paciente conexiones biográficas o incluso kármicas.

Fragmento de las notas de Kenneth Pierce,

psiquiatra a cargo,

Hospital Público de Vermont,

Waterbury, Vermont.


Capítulo 29

Pamela nunca le contó a nadie lo que había visto, ni tan siquiera a su abogado y confidente T.J. Leckbruge. En parte porque a veces dudaba y se preguntaba si realmente lo había visto. Podría tratarse de un falso recuerdo pergeñado por su imaginación. Sin embargo, era muy intenso y vivo, y estaba grabado como una película en su memoria.

Una tarde especialmente calurosa de verano, James Gatz estaba de visita en la casa de sus padres. Su niñera, una joven irlandesa con el pelo más colorado que la tinta de un rotulador rojo, se disponía a bajar con ella a la bahía para refrescar un poco las rechonchas piernecitas de su pupila en las aguas. Tom Buchanan había salido a pasar el día fuera. Gatz llevaba un traje de un blanco tan inmaculado como el vestidito de Pamela, y estaba sentado enfrente de su madre con las piernas cruzadas. Daisy Buchanan se encontraba tumbada lánguidamente en el sofá, como si fuera una modelo a punto de ser retratada. Los dos tenían unas bebidas en unas copas altas que descansaban en la mesita de café, pero los hielos hacía tiempo que se habían derretido y gotitas de la condensación corrían por los bordes y formaban charquitos en el posavasos. Daisy parecía especialmente tensa. Su cuerpo se fundía en los cojines del sofá.

La niñera posó a Pamela en el agua, sujetándola por los bracitos mientras sacaba y metía el cuerpecito de la niña en las olas, sumergiéndola primero hasta la cintura y luego hasta los hombros. Había tanta humedad que hasta el agua de la bahía le pareció a Pamela un baño templado. Ni ella ni la niñera se sintieron especialmente refrescadas por el chapuzón. Además, decidieron no traer su barquito ni su foca de juguete porque no habían pensado meterse del todo en el mar ni darse un gran baño. Por eso, la niña no tardó en aburrirse.

Por fortuna, la muchacha había traído una barra de pan del día anterior y lo desmigó para que Pamela diera de comer a las gaviotas que se veían desde la casa. Había una docena de aves, puede que más. Descendieron hacia los tobillos de la niña, que al principio se asustó un poco, pero en cuanto comprendió que lo único que los interesaba era el pan, disfrutó mucho, sintiéndose como una artista del circo con un montón de animales amaestrados a su alrededor.

Pero el pan se acabó y Pamela volvió a ser consciente del agobiante calor de la tarde. Más adelante, cuando regresaron a casa, se enteró de que el pan apenas había durado cinco minutos.

Entraron por la sala de estar, una de las muchas habitaciones que daban a la bahía, colándose por las puertas acristaladas que estaban medio abiertas. Las dos tenían mucho calor y estaban agotadas. Probablemente se encontraban más a disgusto que antes, porque habían recorrido el largo paseo por la colina para subir hasta la casa bajo un sol de justicia. No intercambiaron palabra desde que salieron del agua, y atravesaron la terraza en silencio.

Una vez en la sala de estar, Pamela se fijó en que Gatz ya no estaba en la silla. Ahora se encontraba en el sofá, encima de su madre, apartando su cabeza de la de la mujer como si hubieran estado… contándose secretitos. Así de cerca había estado su rostro del de Daisy. De repente, su madre se incorporó para quedar sentada junto a Gatz, en lugar de tumbada debajo de él. Los delicados tirantes de su vestido colgaban a la altura de sus codos en lugar de estar sobre sus hombros. Parecía más sonrojada que antes de que se marcharan. Tímidamente, intentaba ajustarse la ropa mientras -Pamela se preguntaba si su memoria no habría exagerado un poco los detalles al llegar a esta parte- cubría su pecho desnudo con el brazo.

A veces, esta imagen le resultaba borrosa, como si sólo hubiera sido un sueño que se hubiera inventado en su adolescencia. Sin embargo, en otras ocasiones la veía con tanta nitidez que le parecía que estuviera ocurriendo en ese preciso instante. Finalmente, empezó a recordar -o, mejor dicho, a imaginar- que había visto la mano de James Gatz emergiendo de debajo del vestido de su madre. En la universidad, cuando pensaba en aquella tarde, empezó a conjeturar que su medio hermano había sido concebido aquel mismo día. Era posible. La niñera se la llevó a toda prisa a echarse la siesta, y su padre no regresó a casa hasta después de la cena.

¿Y la niñera? Muy poco tiempo después de aquello la cambiaron por otra. Esto, lo sabía Pamela, era una realidad que no estaba sujeta a la fragilidad y los caprichos de la memoria. Aquella niñera desapareció por completo de su vida.


Marissa intentaba hacer sus deberes en el dormitorio, pero Cindy estaba viendo la tele en el salón con su tía y el piso de su padre no era demasiado grande. Era el tercer día consecutivo que su tía se quedaba con ellas. A Marissa le resultó dolorosamente evidente que la mujer se había pasado demasiado tiempo en conciertos de rock cuando era joven, porque estaba peor del oído que su abuelo. Como si fuera una coreografía de ballet, su hermana -todavía molida por haberse caído del columpio- saltaba del sofá para bajar el volumen de la película que estaban viendo, pero cuando su tía volvía de traer algo de la cocina, lo subía de nuevo. La tele estaba lo suficientemente alta como para ahogar el sonido de un reactor supersónico.

Además, Marissa seguía enfadada porque Laurel no le hubiera sacado las fotos el lunes. También estaba preocupada, porque sentía que algo extraño sucedía entre su padre y su novia. No estaba segura de qué era lo que pasaba, pero suponía que había algo detrás del enfado de su padre porque Laurel se había marchado sin avisar a casa de su familia en Long Island. Tenía la sensación de que había algo más que su padre no le quería contar, y que tenía algo que ver con aquello de lo que estuvieron hablando su padre y esa mujer que se llamaba Katherine el sábado pasado. Pensó que era muy posible que su padre estuviera a punto de romper con Laurel. No le parecía justo, pero cuando su padre pasó a recogerla al día siguiente por el colegio parecía más enfadado que preocupado. Se diría que no creía que la madre de Laurel estuviera enferma. Era como si pensara que Laurel estaba loca y no quisiera volver a verla cerca de sus hijas.

Bueno, si Laurel de verdad estaba mal de la cabeza, esto tendría sentido. Pero Laurel no lo estaba. Sólo había pasado por demasiadas cosas. Era una pena que nadie, incluido su padre, fuera capaz de entenderlo.

Margot Ann le preguntó a Laurel si se sentía capaz de volver al trabajo tras la terrible y agotadora experiencia de la audiencia aclaratoria. Estaban en el aparcamiento de la prisión, con la valla y los rollos de alambre de espino por encima de la cabeza de Margot Ann.

– No -contestó Laurel-. Creo que voy a irme a casa.

– Pues sí. Mejor tómate el resto del día libre.

Laurel le ofreció una lánguida sonrisa, esperando transmitir agotamiento emocional. Pero lo cierto es que no estaba cansada. Se sentía confusa, pero cargada de energía. No quería engañar a Margot Ann, pero creía que no le quedaba más remedio. Su plan era que la mujer la dejara en el aparcamiento de Burlington donde la había recogido esa mañana, pero luego no tenía intención de regresar a su apartamento en el barrio alto. Cuando dijo «irme a casa», se refería en esta ocasión a West Egg. Si Bobbie no le había dado a su hijo la siguiente pista, entonces tendría que fiarse de una corazonada que no había parado de sentir desde que el domingo se despidió de Shem Wolfe en la cafetería de Serena. Quizá ella misma fuera la clave para la prueba definitiva. La última evidencia. Quizá no hubiera sido una casualidad que las fotos de Bobbie hubieran terminado en sus manos tras la muerte del hombre. ¿Acaso no la había fotografiado aquel día, hacía siete años, en la pista forestal de Underhill? ¿No le había pedido Katherine que investigara las imágenes que el hombre dejó?

Ella era una pieza clave del rompecabezas de Bobbie Crocker. Por lo visto, el hombre había comprendido que la muchacha se pasó las tardes de verano de su infancia tirada a la sombra de los árboles del jardín de la antigua mansión de Jay Gatsby. La casa de su padre. Laurel había nadado en una piscina que, aunque no era la de Gatsby, estaba construida en el mismo terreno en el que había estado la del padre de Bobbie.

Quizá Bobbie la había elegido porque era consciente de que ella era la única persona capaz de comprender tanto su vida como su obra.

Por eso, iba a regresar de nuevo a la ciudad de su infancia. Porque si fuera Bobbie Crocker y quisiera dejar una prueba de quién era su padre, la dejaría allí. Donde Gatsby vivió y, también, murió.

Laurel pasó la noche en su casa de West Egg. Escuchó los mensajes que Talia, Katherine y David habían grabado en el contestador de su madre para saber cómo estaba y comprobar la veracidad de las notas que les había dejado.

Esa noche durmió poco porque, en su camino a casa, había hecho una parada en el club de campo de West Egg, donde llegó justo después de que hubieran cerrado el salón comedor. Contempló las fotos de las paredes, entre las que se encontraban esas en blanco y negro de los espectáculos que Gatsby llamaba fiestas. Mientras los camareros recogían las últimas mesas y de la cocina llegaban los sonidos metálicos de las cazuelas al golpear contra las paredes del fregadero -con el vapor del agua caliente colándose como una bruma por debajo de las puertas batientes de la cocina-, Laurel recorrió el comedor y el pasillo que conducía al recibidor y a la librería. Estudió con detenimiento las imágenes de la piscina original, intentando figurarse dónde había estado Gatsby exactamente cuando le dispararon, y en qué lugar de la piscina olímpica actual habría estado la piscinita en la que cayó su cadáver. Se fijó en que en las viejas fotos no había manzanos y recordó una historia que le contaron de pequeña: un extraño donante anónimo había entregado los árboles al club. Luego, los árboles aparecían en las imágenes de Bobbie, incluida una foto de un manzano con una montañita de frutas a sus pies.

Ésa era, se dio cuenta con la emoción más cercana a la euforia que era capaz de sentir en sus actuales circunstancias, la pista, el símbolo, el tótem.

Cuando se metió en la cama era medianoche y sus planes para el día siguiente resonaban en su cabeza como el barullo en un teatro momentos antes de que se levante el telón. Estudió la foto del árbol y la pirámide de manzanas hasta que supo exactamente dónde iba a terminar su búsqueda.

Se levantó antes del alba, se dirigió al garaje para coger la pala que su padre utilizaba para quitar la nieve alrededor de la casa y la azadilla de jardinería de su madre, y regresó al club de campo. Aparcó en la plaza más cercana a la torre de estilo normando. Permaneció unos instantes en el coche porque, otra vez, estaba llorando y no sabía si se debía al agotamiento o a la tristeza que le producía la historia de ese indigente que de niño descubrió lo insensibles y crueles que pueden llegar a ser los adultos, tan propensos al engaño, la mentira y el desprecio.

Escuchó el canto de los pájaros y reunió fuerzas. Contempló el cielo iluminándose por el este, haciendo más visibles las rugosas piedras de la estructura del edificio. Un poco antes de las seis, se bajó de su Honda y comenzó a caminar hacia los manzanos. Apoyó la pala contra el tronco junto al que tenía pensado cavar. Ahora, todos los árboles estaban mucho más altos y gruesos, llenos de grandes ramas. Al menos uno -o puede que dos- de los que aparecían en la foto de Bobbie habían sido talados. Pero no resultaba difícil adivinar dónde había estado la pirámide de manzanas y por qué Bobbie había hecho ese montículo de frutas allí. Ese árbol se encontraba en medio de un grupito de tres que habían sido plantados cerca de donde había estado anteriormente el lado norte de la piscina original. La nueva piscina, con toda seguridad tres veces más grande que la de Gatsby, había sido construida sobre la primera, pero ocupó más terreno. La original quedaría justo donde se encontraba la zona de cuatro metros de profundidad, y ese árbol se encontraba lo más cerca posible del lugar en el que el padre de Bobbie murió.

El sol todavía no había aparecido cuando Laurel clavó por primera vez la pala en la tierra, pero ya era más de día que de noche. Llevaba un buen rato sentada en el coche, así que le sentó bien incorporarse. Tomó la pala y, haciendo fuerza con el pie, la hincó en el suelo -sintiendo el frío mango de madera en sus dedos y el cortante filo de la herramienta contra el empeine- y la apretó contra la tierra. Atravesando la hierba y las raíces, penetró en el suelo. Amontonó los trozos de césped arrancados en una pila a su derecha, y luego la tierra. A veces, se ponía de rodillas y escarbaba con sus manos desnudas, queriendo asegurarse de que no se le pasase algo pequeño pero importante, como un relicario, un reloj con unas iniciales… Sabía que estaba siendo demasiado meticulosa con esto, pues Bobbie no le había dado razones para creer que lo que iba a encontrar fuese una joya- Llevaba cerca de media hora cavando y empezaba a preocuparse ante la posibilidad de que, de un momento a otro, se presentase un golfista tempranero o algún miembro del personal de mantenimiento para recoger las hojas que flotaban en la superficie de la piscina y comprobar los niveles de cloro en el agua Entonces, oyó que la pala chocaba contra algo sólido, pero no tan duro como para ser una piedra. También le pareció escuchar un eco apagado con el golpe. El hoyo era ya tan profundo que, para alcanzar el fondo tenía que tumbarse al borde, meter la mitad del cuerpo en el agujero y estirar los brazos. Apartó la tierra que rodeaba el objeto y con sus uñas arañó la parte que sobresalía. Desenterró un borde y luego otro. Tomó la azadilla y, con cuidado pero con prisas, escarbó a ambos lados del objeto. Por fin, palpó un cierre y una bisagra. Con ambas manos, consiguió arrancar de la tierra el joyero de madera con espejitos incrustados en la tapa.

No sabía casi nada de maderas, pero cuando lo limpió un poco supuso que era cerezo. Sus padres -ahora sólo su madre- dormían en una cama con un cabecero de esa madera, y tenía el mismo color que este joyero. Con mucho cuidado, apretó con la uña el cierre de la caja con el corazón acelerado, ajena al sudor que estaba convirtiendo la tierra que manchaba sus mejillas y su frente en barro. Estaba lleno de grava y óxido, pero por fin consiguió abrirlo y levantar la tapa. En un principio se sintió decepcionada. Esperaba encontrar la foto con la inscripción que Jay le regaló a Daisy en Louisville, cuando todavía eran dos jóvenes enamorados y sus vidas no habían comenzado a deshacerse. Pero no. En su lugar había un sobre que en el pasado fue beige pero que ahora era marrón. Cuando le dio la vuelta vio el solitario nombre de «Daisy» escrito con caligrafía masculina en el anverso. Al abrirlo, se fijó en que en el reverso aparecía grabada en relieve la letra G. Dentro había una fotografía de Daisy y Gatsby tomada aquel verano de 1922. Estaban sentados en las escaleras de piedra que llevaban de su casa a la piscina, a unos treinta metros del lugar en el que Laurel se encontraba arrodillada en ese mismo momento. Daisy llevaba un vestido negro de corte imperio, sin mangas y con tirantes de perlas, y unos pendientes con forma de margarita. Él vestía esmoquin y tenía la pajarita un poco torcida. El brazo de Daisy estaba cogido por el suyo, y la mujer ladeaba la cabeza hacia él pero sin apoyarla en su hombro. En la imagen, aparecían un poco acalorados, como si hubieran estado bailando. Sonreían. No, pensó Laurel, era algo más que una simple sonrisa. Estaban radiantes. Era de noche, pero sus sonrisas habrían bastado para iluminar la tierra.

Doblada junto a la foto, había una carta escrita con la misma letra que aparecía en el sobre.


Mi querida Daisy:

No puedo hacerme a la idea de lo que sientes, pero tienes que entender que su muerte no fue culpa tuya ¡Se tiró encima del coche! Nadie habría podido frenar a tiempo. Nadie.

Recuerda: Si alguien te pregunta, di que era yo quien iba al volante. Yo sé cuidarme y cómo protegernos a los dos. Este terrible disgusto se pasará pronto y volveremos a estar bien y juntos.

Anoche observé tu casa y esperé. Esperé toda la noche. Me quedé en vela imaginando nuestro futuro juntos. Un futuro en el que nadie te amenazará ni tendrás que preguntarte dónde está tu marido. No tenemos que quedarnos aquí y lo sabes. Podemos instalarnos en Louisville si tú prefieres. O en Boston, o en París, o en Londres. A mí me da lo mismo. Mientras estemos juntos, seré feliz en cualquier sitio.

¿Puedes verlo? Yo sí puedo vernos. Tú y yo, la peque Pamela y un niño. Sí. Un hermanito para tu dulce hija. Lo llamaremos Robert, como tu padre. Esa será nuestra familia, un niño, una niña y la madre más encantadora y adorable del mundo. Nosotros. Yo seré el esposo que te mereces y el mejor padre para nuestros hijos.

Eso es lo que vi anoche mientras montaba guardia fuera de tu casa.

Todo saldrá bien, ya lo verás. Todo saldrá bien.

Hoy estaré todo el día en casa. Avísame cuando pueda pasar a buscarte.

Con amor,

Jay


Sabía que tenía que rellenar el agujero, pero estaba agotada y sofocada. Al incorporarse, se mareó. Además, ya eran casi las siete y media. A lo lejos, se oía el sonido de hierros y maderas golpeando las bolas en el primer hoyo desde hacía casi media hora. Desde que empezó a cavar, había visto seis o siete vehículos llegar al aparcamiento. Así que, con el joyero bajo un brazo y la pala y la azadilla bajo el otro, regresó a su coche, donde los corazones de manzana y las latas de Red Bull se amontonaban en el asiento del acompañante.


Mientras veía alejarse por el retrovisor de su Honda la antigua casa de Gatsby con sus antaño extensos jardines, convertidos hoy en una aséptica pradera de calles y greens, Laurel comenzó su largo viaje de regreso a Vermont. Otras siete horas de carretera. Al principio, condujo paralela al estrecho, con los últimos vestigios de bruma azulada levantándose de las aguas, antes de virar hacia las largas calles llenas de carteles de plástico y luces de neón que unían West Egg con la autopista. Una vez en la vía rápida, dejó atrás los poco ambiciosos parques empresariales construidos sobre los montones de ceniza y los restos de una exposición universal. Dejó atrás el unisferio y los esqueletos de lo que en un tiempo fueron grandiosos pabellones: el detrito visible de las aspiraciones irrealizadas de una era. ¿No veía ella a diario los deshechos y las víctimas que arroja un mundo que no para de girar? Sus ojos apenas estaban abiertos por una delgada línea y tenía la cabeza cargada de visiones y sueños. Se mantenía despierta pensando en que, cuando compartiera su descubrimiento con la gente, podría confirmar su historia -la suya, y la de Bobbie- ante aquellos que no la habían creído. Además, en su mente brotaba la conciencia de que su pasado formaba parte de su futuro. Siempre había sido así. Para lo bueno o para lo malo, era algo ineludible.

Llegó a su piso a media tarde. Cuando entró dando tumbos en el portal, cargada con la caja de madera y el archivador con las fotos de Bobbie, pensó que tenía fiebre.

Al abrir la puerta, se encontró con un grupito de gente entre los que había algunas de las personas más importantes de su vida: sentadas en el sofá, estaban su compañera de piso, que la miraba con desesperación, y su madre -parece ser que la habían hecho venir desde Italia- vestida con un jersey negro en lugar de con sus habituales camisetas ajustadas; Whit, en la silla del ordenador, presentaba un desacostumbrado aspecto desaliñado y agotado. Vio a Katherine en el taburete del balcón con el teléfono móvil pegado a la oreja. No vio a David, y se preguntó por un instante dónde estaría, pero no por mucho tiempo porque su atención se desvió hacia otro hombre que paseaba por la salita y la cocina. En un principio, le costó identificarlo. Le conocía de algo, o por lo menos eso le parecía.

Entonces, de repente, lo recordó. No lo reconoció al momento, a pesar de las horas y horas que habían pasado juntos desde que estuvieron a punto de asesinarla en una pista forestal en Vermont, porque siempre lo había visto en el entorno de su consulta.

Era su psiquiatra, el doctor Pierce.

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