Me gustaría darle las gracias a Rita Markley, directora del Albergue Temporal de Burlington, en Vermont, tanto por compartir conmigo las fotografías como por invitarme a conocer su vida y la del centro que dirige.
Esta novela no habría sido posible sin la sabiduría, el consejo y la inagotable paciencia de dos de las primeras personas que la leyeron: Johanna Boyce, psicoterapeuta especializada en Trabajo Social, y el doctor Richard Munson, psiquiatra en el Hospital Público de Vermont, en Waterbury.
Estoy también muy agradecido a las siguientes personas por haber solucionado mis dudas sobre enfermedades mentales, leyes y el mundo de los sin techo: Sally Ballin, Milia Bell, Tim Coleman y Lucia Volino, del Albergue Temporal de Burlington; Shawn Thompson-Snow, del Centro Howard de Servicios Sociales del condado de Chittenden, en Vermont; Brian M. Bilodeau, Susan K. Blair, Thomas McMorrow Martin y Kory Stone, del centro penitenciario de Swanton (Vermont); Doug Wilson, psicoterapeuta del Programa Estatal de Tratamiento a Agresores Sexuales de la penitenciaria de Swanton; Rebecca Holt, del Burlington Free Press; Jill Kirsch Jemison; doctor Michael Kiernan; Stephen Kiernan; Steve Bennett; los abogados Albert Cicchetti, William Drislane, Joe McNeil y Tom Well; y, por último, al tribunal de tutelas del condado de Chittenden, en Vermont.
Como siempre, estoy en deuda con mi agente literario, Jane Gelfman, con mis editores de Random House (Shaye Areheart, Marty Asher y Jennifer Jackson), y con mi esposa, Victoria Blewer, una excelente lectora que sabe compaginar la franqueza con la delicadeza.
Gracias a todos.
Por último, me gustaría manifestar mi aprecio por tres libros. Dos son historias reales sobre enfermedades mentales que me sirvieron como fuente de información e inspiración: Angelhead, my Brother's Descent into Madness, de Greg Bottoms, y The Outsider: A Journey into my Father's Struggle with Madness, de Nathaniel Lachenmeyer.
El tercero, como no podía ser de otra manera, es El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. Son miles las razones por las que, al igual que millones de lectores durante cuatro generaciones, he leído y releído esta novela, llegando a venerarla como escritor: el drama del gran sueño de Gatsby, la brillante prosa de Fitzgerald o el profundo análisis que hace el autor del carácter norteamericano, además de ese sobrecogedor y maravilloso final.
Sin embargo, El gran Gatsby encierra más cosas que han servido para los propósitos de El doble vínculo. Pocas novelas han tenido tanta influencia intelectual en nuestra cultura literaria, y pocas han sido tan leídas. Además, El gran Gatsby es un libro, en parte, sobre gente rota, quebrada, con sus farsas y sus deformaciones del mundo que los rodea: las mentiras que vivimos conscientemente, convencidos de que no son más que un pequeño adorno de la realidad. Ése es uno de los principales dramas que deben afrontar los personajes de El doble vínculo, motivo por el cual El gran Gatsby actúa como una perversa influencia de extraordinario alcance para el personaje de Laurel Estabrook.
Por esta razón deseo expresar mi admiración por El gran Gatsby y mi gratitud porque forme parte de los clásicos de la literatura.