… persiste la obsesión por esas viejas fotografías. Habla constantemente de ellas, quiere saber dónde las hemos puesto. Dice que organizará una exposición algún día, una «grandiosa exposición»…
Prescripción: Continuar con 3 mg. de risperidona vía oral / dos veces al día.
Continuar con WOO mg. de valproato vía oral / dos veces al día.
Por razones de seguridad, de momento no se recomiendan salidas al exterior.
Fragmento de las notas de Kenneth Pierce,
psiquiatra a cargo,
Hospital Público de Vermont,
Waterbury, Vermont.
Pamela Buchanan Marshfield vio antes que su abogado el anuncio que el albergue para indigentes de Vermont había publicado en el periódico. Al instante supo que guardaba relación con su hermano y sus obras.
Sabía que la memoria -sobre todo a su edad-, si peca de algo, es de excéntrica. Por eso, cuando pensó en Robert, no recordó a un hombre mayor. Por el contrario, evocó al bebé que arrebataba de manos de la niñera y enseñaba orgullosa a los invitados de sus padres como si fuera suyo. Y en cierto modo lo era, pues Pamela ayudaba a cambiarle los pañales y a darle de comer; lo sacaba al jardín y acercaba su cara a los rosales para que pudiera aspirar el perfume de las flores; le dejaba olisquear a los caballos de polo, y luego los animales hacían lo mismo con él. El matrimonio de sus padres se había vuelto bastante menos turbulento los años que siguieron al nacimiento del pequeño, el único período de la infancia de Pamela en el que no los recordaba peleando. Entonces, incluso bebían menos. Su madre nunca se había mostrado tan feliz como en la época en la que su hermano era adorable, pequeñito y olía a talco. Los miles de desengaños que habían marcado la vida de Daisy quien todavía era muy joven, parecían bastante más fáciles de sobrellevar cuando acunaba a su bebé.
Por desgracia, esta paz no duró. No podía durar. Las heridas que constituían la marca distintiva del paisaje marital de Tom y Daisy Buchanan eran demasiado grandes para que un bebé las cerrara. Cualquier bebé. Sin embargo, Pamela tenía esperanzas. Rezaba y ansiaba que llegara un relumbrante milagro de ese niño. De ese chiquitín. De esa cosita.
Pamela había leído en algún sitio que los recién nacidos sólo ven en blanco y negro, que todavía no son capaces de distinguir los colores. Esto le pareció interesante por una serie de razones pero, sobre todo, por uno de los recuerdos más tempranos que tenía de su hermano: era un día del verano siguiente al nacimiento de Robert. Su padre no estaba en casa y su madre acallaba de volver de almorzar fuera con unas amigas a la misma hora en que la niñera los despertó a ella y a su hermano de la siesta. No solían echarse la siesta en la misma habitación, pero aquella húmeda tarde de agosto lo hicieron. Se quedaron juntos en la sala que daba a la terraza, porque así la niñera podía abrir las puertas acristaladas y dejar que entrase la brisa del mar.
Daisy sacó el álbum con las grandes fotos y los retratos, la mayoría de su adolescencia en Louisville, y se llevó a sus dos hijos al sofá. Sentó a Robert en sus rodillas, como si fuera un osito de los que tenía su hermana mayor, mientras que Pamela se acurrucó a su lado. Su madre olía a limón y a menta. Se puso a contarles -sobre todo a Pamela, pues su hermano apenas tenía unos meses- las historias de cada personaje que aparecía en las fotos. Aunque Pamela no era capaz de acordarse con precisión de lo que su madre le contó aquella tarde sobre sus abuelos, primos, tíos, tías y pretendientes, sí que recordaba esto: cuando su madre y ella ya estaban listas para pasar de página, su hermanito todavía quería seguir contemplando las imágenes, y a veces estiraba sus deditos regordetes y tocaba los rostros en blanco y negro de los Fay de Louisville que los habían precedido.
De pequeño, Robert se acercaba a menudo a ese álbum, y cuando no tenía más que cuatro o cinco años, él y Pamela ya se habían estudiado a fondo toda la colección de álbumes de fotos de su madre. Los trataban como si fueran cuentos de hadas, y Pamela usaba las imágenes para inventarse cuentos con los que dormir a su hermano. Llegado un momento, fue Robert quien empezó a improvisar historias para ella. Por lo general no eran violentas y resultaban bastante menos aterradoras que los cuentos tradicionales de gigantes, brujas y hadas con los que se malcriaba a los niños en aquel entonces. Al contrario, eran extrañas y sin mucho sentido. Sólo tenía nueve o diez años, pero Pamela ya podía ver que su hermano estaba empezando a vivir en un mundo sin límites en el que las relaciones causa efecto no tenían una gran solidez.
Era un presagio de en qué se iba a convertir, de cómo iba a pasar la mayor parte de su vida.
Por ese motivo, nada más ver el anuncio en el periódico, Pamela llamó a su abogado y le pidió que se pusiera en contacto con el albergue para personas sin hogar de Burlington.
Katherine Maguire poseía unos luminosos ojos verdes que, al contrario que su cabello siempre saturado de cloro, no habían perdido ni un ápice de su brillo con la edad. De hecho, a la gente le resultaban inquietantes. A Laurel así se lo parecían. Suponía que Katherine tendría unos cincuenta años, más o menos el doble que ella. Pero se conservaba en buena forma y tenía un cuerpo estilizado que la hacía pasar por una mujer bastante más joven. Las dos habían coincidido en la piscina de la Universidad de Vermont durante seis años, desde que Laurel volvió a nadar tras la agresión. Se veían en los vestuarios todas las mañanas entre semana a las 5:45. Hace dos décadas, cuando Katherine sólo era un poco más mayor de lo que Laurel era en ese momento, fundó el albergue de personas sin hogar, creando la institución prácticamente ella sola. A Laurel esto le parecía un logro encomiable, pues ella no se veía capaz de montar un puesto de limonadas en la acera de enfrente de su casa sin ayuda. Katherine consideraba al albergue, junto a su pareja de hijos gemelos que ya iban al instituto, la principal ocupación de su vida.
Katherine entró con su habitual paso confiado en el despacho de Laurel poco antes de la hora del almuerzo de un lunes de septiembre, con un desgastado archivador de cartón entre los brazos. Lo dejó caer y produjo un sonido seco al golpear el suelo de la estancia. Después, la mujer se desplomó en la silla plegable que había frente al escritorio de su asistente social, una resistente mesa metálica adquirida en una liquidación idéntica a la que Katherine utilizaba en su ligeramente más amplio despacho.
– También había un sobre -dijo Katherine-, pero lo olvidé encima de mi mesilla. No te puedes imaginar la cantidad de periódicos y correo comercial que reunió en un solo año. El tío estaba hecho todo un Diógenes.
Katherine tenía una costumbre que molestaba a algunas personas -sobre todo hombres-, pero que a Laurel no le incomodaba: comenzaba las conversaciones como si ya llevaran largo rato hablando.
– ¿Quién?
– Bobbie Crocker. Te habrás enterado de que falleció ayer, ¿no? En el Hotel New England.
– No, no lo sabía -dijo Laurel, bajando la voz.
Cuando uno de sus residentes moría, todos se ponían un poco mustios. A veces no importaba si conocían mucho o poco al difunto. Más bien, se debía a la circunstancia de que ellos eran los únicos que habían sido testigos del final de esa vida. Comprobaban con dolor lo insignificante, fútil y de poco valor que se había vuelto la existencia de las personas.
– Dime, ¿qué le pasó?
– ¿No te has enterado?
– Llevo todo el día atendiendo a residentes o en reuniones.
– Vaya, Laurel, lo siento mucho. ¡Dios! No pretendía soltártelo así, tan de sopetón.
Puede que fuera cierto, pero Laurel también sabía que probablemente éste fuera el modo en el que Katherine hubiera decidido compartir con ella la noticia. Debido a lo que le sucedió en el pasado, cuando había que darle una noticia trágica o triste, la gente tendía a tratarla con excesiva delicadeza, o por el contrario se lo contaban de golpe y con torpeza. Su hermana Carol fue quien la avisó de la muerte de su padre, y por lo menos se pasaron un minuto entero al teléfono antes de que Laurel se diera cuenta de que Carol le estaba intentando transmitir de la forma más enrevesada posible lo que había sucedido. Su hermana mayor fue tan evasiva al principio que durante medio minuto Laurel pensó que estaba llamando para darle la intrascendente noticia de que su padre había salido de viaje de negocios al extranjero y que tardarían un tiempo en tener noticias de él. Sinceramente, no entendía por qué Carol se había tomado la molestia de llamarla. En el caso de Bobbie Crocker, Laurel sospechaba que Katherine había escogido la táctica opuesta, el sopetón inesperado, y que su estrategia consistía en actuar como si Laurel ya se hubiera enterado de que uno de sus residentes había pasado a mejor vida.
– Vamos, dime -insistió Laurel.
Y Katherine le contó todo, empezando por cómo otro inquilino había encontrado a Bobbie cuando salía para ir a misa, y terminando por lo fácil, trágicamente fácil, que les había resultado a Emily Young, su asistente social, y a ella, limpiar el apartamento del difunto la tarde del domingo.
– Nos llevó apenas un par de horas -dijo Katherine-. ¿Qué te parece? ¡Ay, Señor! Cuando mis padres mueran tardaremos por lo menos dos años en deshacernos de todas las cosas que han acumulado a lo largo de su vida. Pero un tipo como Bobbie… Sus ropas cabían en un par de bolsas de plástico: una para la basura y otra para el Ejército de Salvación. Y créeme: las que iban para el contenedor eran más pesadas. Casi todas sus pertenencias eran periódicos y revistas.
– ¿No había ninguna carta? ¿Ninguna pista de familia?
– Nada de nada. A ver, había algunas fotos en ese sobre, pero sólo las miré de pasada. No creo que tengan nada que ver con Bobbie. Sabes que era un veterano, ¿no? ¡De la Segunda Guerra Mundial! Por eso le van a dar una parcelita en el cementerio del fuerte de Winooski. Mañana habrá una pequeña ceremonia. ¿Te apetece asistir?
– Por supuesto -dijo Laurel-.Allí estaré.
– Era un buen tipo.
– Sí.
– Aunque un poco lunático.
– Pero muy dulce.
– Pues sí -estuvo de acuerdo Katherine.
– Y para ser un hombre tan mayor, tenía bastante gancho -comentó Laurel, trayendo a su memoria una imagen de Bobbie Crocker y recordando algunas de sus últimas conversaciones con él. Solían ser tan interesantes como demenciales, pero no se parecían en nada a las fanfarronadas que le contaba la mayoría de la gente que pasaba por el albergue, ante las que no costaba adivinar que la mitad de lo que le estaban diciendo era una completa mentira o un desvarío. La diferencia, que para Laurel era muy importante, se debía a que las anécdotas de Bobbie raramente demostraban victimismo. Esto era algo atípico en un esquizofrénico, aunque Laurel era consciente de que siempre le había visto en sus mejores momentos: cuando lo conoció, el hombre había vuelto a tomar con regularidad su medicación. A pesar de todo, no solía quejarse ni meterse con Laurel, y muy pocas veces sugería que el mundo le debía algo. Es cierto que Bobbie creía que por ahí fuera había conspiraciones, normalmente relacionadas con su padre. Pero, por norma general, estaba orgulloso de haber salido indemne de ellas.
– La última vez que lo vi fue hace un par de semanas en la marcha benéfica -añadió Laurel.
– ¿Recuerdas de qué hablasteis?
– Claro que sí. Me contó que había participado en una manifestación por los derechos civiles en Frankfurt, Kentucky, allá por 1963 o 1964. Estábamos a punto de empezar la caminata. Bueno, en realidad Bobbie no vino con nosotros, sólo andaba merodeando por la línea de salida disfrutando del gentío, del sol y de la brisa del lago. Cuando le pedí que me contara más cosas, cambió de tema. Me salió con que los martes y jueves empezaba el día con un bol de cereales flotando en exactamente medio vaso de zumo de naranja en lugar de leche, porque estaba preocupado por su colesterol. También me dijo que suavizaba el dulzor del zumo con un chorrito de salsa de soja. Parecía algo bastante asqueroso.
– ¿Alguna vez oíste los gritos que pegaba para saludar?
– ¡Cómo no! -Era cosa sabida en el albergue que la voz de Bobbie, que a pesar de superar los ochenta años seguía tronando implacable, no desentonaría en un estadio o en un bar.
– ¡Cariño! ya estoy… sin casa -se puso a gritar Katherine, repitiendo el habitual saludo a voces de Bobbie, que imitaba a un padre de las comedias de la tele llegando a casa puesto de metanfetaminas, cuando llegaba al albergue para ver si ese día estaba de servicio algún empleado que conociese. Aparentemente, había mantenido esa actitud jocosa incluso cuando era un sin techo de verdad, la primera vez que apareció en el albergue, más cansado y hambriento que nunca antes en su vida. Incluso en aquel entonces no se comportó como un gatito temeroso y perdido.
¿Un poco paranoico y sometido a alucinaciones ocasionales? Sí. ¿Asustadizo? No.
– ¡Cómo le gustaba dar la tabarra!
– Pero siempre de buena fe, ¿verdad? -dijo Katherine.
– Sí, casi siempre. Cuando se pasaba por el albergue y me veía, me tomaba el pelo por estar tan verde. Recuerdo que cuando lo conocí pensó que yo todavía estudiaba en la universidad. No se creía que me había licenciado hacía ya un par de años.
– ¿Compartió contigo parte de su sabiduría marca de la casa?
– Vamos a ver… Me dijo que yo era demasiado joven para tener idea de lo que es la vida en las calles. También me contó que la única agua potable que quedaba en Vermont estaba a unos cincuenta kilómetros en un arroyo que desemboca en el río Catamount. Me juró que Lyndon Baines Johnson (sí, el presidente), todavía estaba vivo y que él sabía dónde. Aseguraba que un fin de semana se fue de marcha con Bob Dylan y Joan Baez. Y me contó que había crecido en una casa que daba a una bahía y con vistas a un castillo.
– Me encantaba la imaginación de ese hombre. La mayoría de los tipos con los que tratamos aquí se piensan que son Rambo o el Papa; o que tienen millones de dólares escondidos en cuentas suizas; o que les perseguía la CÍA (o Rambo, el Papa y la CÍA junios). Pero Bobbie, no. Él soñaba con castillos y torres. ¡Cómo le gustaba!
– Además, había visto al demonio -añadió Laurel.
– ¿Cómo?
– Sólo me lo mencionó una vez, pero también se lo contó a Emily. Una vez vio al demonio.
– ¿Y dijo qué pinta tenía?
– Creo que contó que se parecía a una persona.
– ¿A alguien en particular?
– A alguien que él conocía, estoy segura. Pero esa pregunta habría que hacérsela a Emily.
– ¿Qué tipo de drogas consumía cuando lo vio?
– Puede que el demonio fuera una mujer.
– Entonces, ¿qué drogas tomaba cuando la vio? -dijo Katherine, corrigiéndose.
– Supongo que se metería cosas muy fuertes. Con vino barato no llegas a ver demonios.
Katherine sonrió con pesar, inclinando la cabeza hacia atrás en dirección a la cortina del solitario ventanuco del despacho con la esperanza de atrapar una brizna de aire. A Laurel le pareció que su jefa estaba intentando reunir recuerdos del hombre. Bobbie -siempre había sido Bobbie para los trabajadores sociales y para los residentes del Hotel New England- era un esqueleto viviente cuando llegó al albergue, pero se recuperó rápido. Uno de los efectos secundarios de los antipsicóticos es el aumento de peso. No es que se volviera muy corpulento, pero en tres o cuatro meses había recuperado la panza del pobre que se alimenta de comida basura y de los panecillos y pastas repletos de hidratos de carbono con los que llenan los platos de los comedores de la beneficencia y del Ejército de Salvación. Comida lo suficientemente pesada para hacer que los hambrientos se sientan saciados y calientes. Toneladas de mantequilla de cacahuete… Con la edad, se había encogido un poco, pero todavía tenía presencia y masa corporal. Su rostro se ocultaba de ojos para abajo tras una frondosa barba blanca que aún conservaba algunos retazos de pelo negro. Sin embargo, todo el mundo se fijaba en aquellos ojos profundos, oscuros y risueños. Sus pestañas eran muy largas, se dirían de mujer.
– La verdad es que era todo un personaje -suspiró Katherine pasados unos instantes-. ¿Sabías que había sido fotógrafo?
– Eso decía él -contestó Laurel-, pero no creo que fuera para tanto. Supongo que sería un pasatiempo o algo por el estilo. Puede que un trabajo temporal que tuvo antes de perder la razón. Sacar fotos de promociones en las escuelas infantiles, o de bebés en algunos grandes almacenes.
– Puede que fuera algo más que eso. Bobbie no tenía cámaras o material fotográfico en su habitación, pero he encontrado esto. Fíjate en esta caja -dijo Katherine, señalando con fatiga la caja que estaba a sus pies.
– ¿Qué es?
– Fotos, ampliaciones, negativos. Hay un montón. Todas bastante retro.
Laurel echó un vistazo desde su escritorio. Katherine le acercó la caja con el pie para que pudiera alcanzarla y separar las tapas. La primera imagen que Laurel pudo ver era una foto de catorce por once en blanco y negro en la que aparecían unas doscientas adolescentes vistiendo todas la misma camisa blanca con cuello de botones y falda negra. Estaban en un campo de fútbol jugando con hula-hoops. Parecía como una especie de espectáculo en el intermedio de un evento deportivo: hula-hoop sincronizado, tal vez. La siguiente imagen supuso que databa de la misma época, basándose en el recatado bañador de dos piezas que llevaba la mujer: una surfista posaba sobre su tabla en la playa, haciendo como que navegaba encima de una ola de verdad. Laurel la cogió y vio un garabato legible escrito a lápiz por detrás: «La auténtica Gidget, no Sandra Dee [2]. Malibú». Ojeó algunas más, todas en blanco y negro y de los años cincuenta y sesenta, hasta que dio con una de un hombre que le pareció que podría ser un jovencísimo Paul Newman. Se la pasó a su jefa alzando las cejas.
– ¡Ostras! -exclamó Katherine-. Creo que sí que es él. ¡Qué pena que no haya nada escrito por detrás! Ninguna nota ni ninguna pista.
Devolvió a Paul Newman a la caja y escarbó entre las copias. Al fondo, descubrió largas tiras de negativos que no estaban metidos en fundas. Como las fotos, los habían tirado sin más a la caja.
– ¿Crees que Bobbie Crocker hizo estas fotos? -preguntó Laurel, volviéndose a sentar en la silla.
– Sí.
– ¿Por qué?
– Estaban en su apartamento -respondió Katherine- y cuando le sacamos de las calles el año pasado, llevaba un viejo petate lleno de fotos que aseguraba eran suyas. Supongo que la mayoría de éstas estaban en su interior. No aceptó una cama en el albergue hasta que le convencimos de que las consignas eran seguras, en especial la suya. Quería dormir literalmente con las fotos, pero en el albergue sólo quedaban literas superiores, así que no pudo.
Los indigentes solían traerse consigo al albergue un objeto o dos de totémica -y, para ellos, titánica- importancia. Un único artículo que les recordaba quiénes eran o cómo había sido su vida antes de que comenzase a deshacerse: un certificado de un concurso de deletreo que ganaron de niños; un anillo de compromiso que se resistieron a empeñar; un osito (hasta los veteranos de las guerras de Vietnam y del Golfo llevaban a veces animalitos de peluche). Laurel había visto montones de fotos de familia en la mezcla de cachivaches que guardaban en las consignas. Sin embargo, nunca antes se había encontrado con algo parecido a arte serio o a logros profesionales. Había hecho suficientes cursos de fotografía y sacado suficientes fotos por sí misma como para estar segura de que esas imágenes tenían un valor, tanto desde el punto de vista testimonial como desde el artístico. Le pareció que era posible que hubiera visto en alguna parte la foto de las adolescentes con el hula-hoop, si no esa misma imagen, una del mismo tipo.
– ¿No podría ser que otra persona hubiera sacado las fotos y se las hubiera entregado? -preguntó Laurel-. Un hermano o hermana, por ejemplo. O un amigo. Puede que alguien se las regalara al morir.
– Puedes preguntarle a Sam -dijo Katherine, refiriéndose al empleado que estaba de servicio la noche que llegó Bobbie Crocker-. Él sabe más cosas sobre Bobbie que yo. Habla con Emily también. Estoy segura de que les contó a ambos que era fotógrafo. Por supuesto, no les enseñó nunca las imágenes. Aparentemente, no dejaba que nadie las viera… A no ser…
– A no ser, ¿qué?
– ¡Bah! ¿Quién sabe? Bienvenida al mundo de Bobbie. Emily se las arregló para echarle un vistazo a sus fotos poco después de que él llegara aquí, sólo para asegurarse de que no se trataba de un repugnante pedófilo. Pero ya sabes lo ocupada que está siempre Emily, su vida es un auténtico caos. Cuando vio que no eran más que cándidas imágenes, no se volvió a acordar de ellas hasta que las encontramos ayer en su habitación.
Laurel se quedó pensando en esto durante unos instantes y después tomó otra foto. Un par de jóvenes jugaban al ajedrez en Washington Square, en Manhattan, rodeados por media docena de mirones que observaban atentamente la partida. Supuso que ésta debía de ser anterior a los años sesenta. Había algo en ella claramente pre-presidente Johnson, pre-Lee Harvey Oswald.
Debajo encontró una imagen con una sensibilidad completamente distinta: una pista forestal de Vermont que Laurel no tardó en identificar; una chica en la distancia montada en una bicicleta de montaña; un culote negro; una sudadera de muchos colores con una imagen en el pecho que no se veía muy nítida, pero que podría haber sido perfectamente una botella. Puede que esa foto se hubiera sacado a un kilómetro del lugar donde se produjo la agresión. Al instante su mente regresó a ese camino, a los dos violentos enmascarados con sus tatuajes y sus intenciones de violarla. Debió de quedarse un buen rato mirando fijamente la foto, porque Katherine -su voz le llegó como si le estuviera hablando debajo del agua- le preguntó si se encontraba bien.
– Sí. Esto… Sí -Laurel se oyó murmurar-. Estoy bien. ¿Puedo quedarme con esto?
Sabía que estaba sudando, pero no quería llamar la atención sobre este hecho secándose la frente.
– ¿Quieres un poco de agua?
– No, de verdad que estoy bien. En serio. Sólo… Hace bastante calor ahí fuera -dijo, sonriendo para complacer a su jefa.
– Bueno. Cuando les hayas echado un vistazo, sin prisas, por supuesto, me gustaría conocer tu opinión.
– Te la puedo decir desde ahora: son bastante buenas. Bobbie, o quienquiera que las sacase, tenía talento.
Katherine agachó la barbilla un poquito y sonrió de un modo que Laurel conocía bien: coqueta y halagadora a la vez. Katherine construyó este albergue y lo había mantenido a flote durante todos estos años con una combinación de empuje inexorable y de habilidad para encandilar a todo el mundo con su sonrisa. Laurel sabía que estaba a punto de encargarle un proyecto.
– Todavía puedes utilizar el laboratorio de revelado de la universidad, ¿verdad?
– Sí, pago por ello, igual que por utilizar la piscina. De todos modos, como ex alumna, me sale muy barato.
– Vale. ¿Te gustaría hacer de comisaria, no estoy segura de si es la palabra adecuada, de una exposición?
– ¿Una exposición con estas fotos?
– Aja.
– Sí, claro que sí.
Laurel era consciente de que aceptaba en parte por esa imagen de la chica delgada y enjuta de Underhill. Tenía que saber qué más había en esas fotos. Pero también comprendía que al mismo tiempo estaba reconociéndose culpable por no haberse tomado en serio a Bobbie cuando le había comentado que era fotógrafo. Si estas imágenes eran de verdad suyas, Laurel habría perdido una oportunidad de dar valor a los logros de este hombre al final de su vida, y también de haber sacado algo de provecho como aprendiz de fotógrafa que era. Sin embargo, tenía sus reservas, y las compartió con Katherine:
– Pero claro, todavía no sabemos si fue Bobbie quien sacó estas fotos.
– Lo confirmaremos. Tú te encargarás de ello. Voy a hablar con nuestros abogados y con el consejo de dirección para que suelten un poco de dinero para asegurarnos de que Bobbie no tenía ningún familiar que pueda reclamarlas. Podemos poner un pequeño anuncio en una revista de fotografía, o en cualquier publicación leída por abogados del Estado, o incluso en el New York Times. Parece que la mayoría de las imágenes se tomaron en Nueva York. También podemos colgar en Internet lo que hemos encontrado. Hay empresas que se dedican a la búsqueda de herederos en la red.
– Pero las fotos están bastante deterioradas. No podemos montar una exposición con ellas en este estado. ¿Tienes idea de lo mucho que costará restaurarlas? No sabemos si los negativos se pueden salvar.
– ¿Estás interesada o no?
– Sí, pero no te equivoques: es mucho trabajo.
– Bueno, también puede ser una gran publicidad para el albergue. Les dará un rostro a las personas sin hogar. Podremos mostrar al público que son seres humanos que hicieron cosas de verdad en sus vidas antes de que todo se les pusiera cuesta abajo. Y además…
– ¿Qué?
– Estas fotos podrían valer bastante dinero si conseguimos restaurarlas y reunir la colección. Por eso considero que es importante que nos aseguremos de que no hay ningún familiar rondando por ahí que pudiera reclamarlas.
Laurel intentó controlar el entusiasmo que crecía en su interior, porque esto podría convertirse en un trabajo emocionante.
– Dijiste que había un sobre en tu despacho -le recordó a su jefa.
– Sí, pero es menos interesante, por lo menos para hacer una exposición. Son unas cuantas instantáneas.
– De todos modos, me gustaría verlas.
– Por supuesto -dijo Katherine, levantándose de la silla-. ¿Sabes? Ahora lamento no haber conocido mejor a Bobbie. Sabía que era mayor, pero tenía tanta energía para una persona de su edad que me imaginaba que iba a estar más tiempo entre nosotros.
Katherine se marchó, pues un nuevo proyecto la aguardaba. Siempre había un nuevo proyecto, porque cada año eran más los indigentes y menos los recursos para atenderlos.
Esa tarde, Laurel intentó volver a concentrarse en el trabajo. Tenía una montaña de formularios que revisar y se encontraba sumida en una monumental batalla con el Departamento de Asuntos de Excombatientes por las prestaciones de un veterano de la guerra del Golfo que llevaba tres semanas en el albergue a la espera de una revisión, pero no consiguió avanzar mucho. Se pasó todo el rato pensando en la caja de las fotografías.
Anteriormente, el albergue había sido un parque de bomberos, o por lo menos la estructura original del edificio. En el último cuarto de siglo se construyeron dos ampliaciones de tamaño considerable. La entrada se encontraba protegida tras un grupo de esculturales arces en una tranquila calle a cuatro manzanas del lago Champlain, en un barrio de la ciudad que todo el mundo conocía como Old North End. Era una de las pocas partes de Burlington que parecía un poco abandonada y algo peligrosa, aunque, la verdad, había muchos lugares por Vermont que a Laurel le resultaban más amenazadores y que la gente consideraba inofensivos. Las casas pedían a gritos una nueva capa de pintura, los porches estaban a punto de hundirse y, casi sin excepción, las viejas estructuras de ochenta y noventa años de antigüedad de las viviendas unifamiliares se habían convertido en apartamentos. Pero, en el fondo, Laurel sabía que era un barrio seguro. Si no lo fuera, no habría aceptado trabajar allí tras su experiencia en Underhill.
El nombre oficial de la asociación era Albergue y Residencia de Emergencia de Burlington, BEDS en sus siglas en inglés. El acrónimo se escogió como reclamo publicitario -algo que precisaba la asociación- y para obtener fondos -lo cual, a pesar de toda la publicidad, constituía una batalla constante-. Cuando Laurel comenzó a trabajar de voluntaria en su época de estudiante, le gustaba leer libros de ilustraciones y novelitas infantiles de Barbara Park y Beverly Cleary a los niños -por desgracia, siempre había muchos niños- que se alojaban en la sección del albergue dedicada a las familias. Con veinte y veintiún años, no pensaba que pudiera hacer mucho más para ayudar al prójimo que leer en voz alta. Casi todos los días se citaba con las tres o cuatro madres y la docena de niños que se hospedaban allí. Nunca vio a un padre. Los adultos solteros estaban en una sección diferente del edificio, con una entrada distinta y grandes puertas para separar ambos mundos. Había un dormitorio enorme para varones solteros y otro más pequeño para mujeres. El albergue disponía de veintiocho camas en catorce literas para los hombres y doce camas en seis literas para las mujeres. No es que fuera una discriminación de género. Sencillamente, hay más indigentes varones.
A los niños de la sección de familias en la que ella trabajaba siempre les goteaba la nariz, y a Laurel le empezó a pasar lo mismo. Su novio durante el tercer año de carrera, un profesor de la Facultad de Medicina veintiún años mayor que ella, le había dicho que existían más de doscientos cincuenta tipos distintos del germen del resfriado, y que nunca puedes coger el mismo dos veces. Si eso era verdad, le respondió Laurel, entonces nunca volvería a tener un resfriado en la vida. Durante un tiempo, intentó mantener el moqueo a raya con equinácea y crema antibacteriana para las manos, pero el alcohol etílico y el perfume no estaban a la altura de los glaciares en deshielo que caían de las narices de niñas de cinco años que se habían visto repentinamente obligadas a vivir en la calle, sobre todo cuando esas pequeñas trepaban por sus rodillas y se deslizaban por su cuello y su pecho como gatitos ciegos buscando un pezón. Incluso entonces, Laurel era consciente de lo glamurosa que resultaba para las niñas. No era mucho más joven que sus madres, a veces sólo tres o cuatro años menor, pero al contrario que sus progenitoras, ella iba a la universidad y nunca se cabreaba tanto con ellas como para desahogarse soltándoles una bofetada, ni estaba tan deprimida que fuera incapaz de levantarse de uno de los enmohecidos sofás del albergue para darles un pañuelo.
De vez en cuando, Laurel traía una de sus cámaras y les sacaba fotos. Los críos sabían lo suficiente sobre ordenadores y fotografía como para desilusionarse cuando no traía la cámara digital, porque cuando ella empezaba a disparar esperaban poder ver al instante cómo habían salido. Por eso, a veces Laurel traía la cámara digital con el único propósito de entretenerlos. Algunos días harían sesiones de posados informales y luego conectaba su Sony al ordenador del pequeño despacho de la directora del albergue e imprimía las fotos.
Puede que a la siguiente semana la familia ya se hubiera marchado, pero las imágenes seguían pegadas a las paredes y ventanas.
Sin embargo, a Laurel le gustaban más sus cámaras tradicionales porque, al contrario que a la mayoría de las aspirantes a fotógrafas que había conocido en el instituto o en la universidad, a ella le encantaba trabajar en la oscuridad del cuarto de revelado, imprimiendo y dando contraste. Además, prefería el blanco y negro porque consideraba que proporcionaba más claridad y permitía profundizar mejor en el tema de la imagen. En su opinión, se podía entender mejor a una persona en blanco y negro, ya fuese una pequeña sin techo de Burlington a principios del siglo XXI o una pareja de juerguistas borrachos en una de las fiestas de Jay Gatsby en Long Island ochenta años atrás.
Hasta cierto punto, se consideraba una voyerista morbosa, algo así como Diane Arbus, sobre todo cuando fotografiaba a los niños con sus madres. Las mujeres siempre parecían idas, drogadas muchas veces lo estaban de verdad- y bastante psicópatas -también lo eran en la mayoría de las ocasiones-. Laurel guardaba un grueso cuaderno lleno de hojas de contacto de su primo Martin, que tenía síndrome de Down, y se preguntaba si siempre se sentiría un poco como Arbus cuando le sacaba una foto a alguien, porque desde su época del instituto había pasado mucho tiempo practicando con él. Su primo tenía un año más que ella y le encantaban los musicales. Su madre, la tía de Laurel, le había cosido tantos trajes a lo largo de los años como para llenar un armario entero. Martin se pasaba horas posando para Laurel con su vestuario. El resultado eran páginas y páginas de hojas de contacto de un adolescente con síndrome de Down imitando a su manera a un montón de actores, desde Yul Brynner en El rey y yo hasta Harvey Fierstein en Hairspray. Laurel pasó con Martin gran parte de su período de recuperación tras sufrir la agresión. Sus amigos del instituto estaban todos estudiando fuera así que se alegró de tener a su primo cerca. Su madre, cuando hablaba de aquella época, todavía se refería a ella como el «terrible otoño», pero en opinión de Laurel no había sido tan malo desde que regresó a Long Island. Dormía, escribía en su diario, se curaba… Se vio con Martin media docena de musicales de Broadway en aquellos meses de días oscuros. Siempre iban a la primera sesión, lo que significa que cuando entraban al teatro todavía era de día y cuando salían ya era de noche y Times Square era un estimulante y fantasmagórico espectáculo de luces. Luego, al día siguiente, con cuidado de no forzar su clavícula que se recuperaba poco a poco, representaban una y otra vez sus escenas favoritas. Laurel estaba muy feliz en su peculiar burbuja. En cuanto pudo utilizar ambas manos de nuevo, sacó más fotos todavía a ese jovencito engalanado con capas, bombines y pelucas de La pimpinela escarlata.
Con bastante frecuencia, cuando Laurel todavía estudiaba en la universidad, llegaban al albergue mujeres solteras apenas uno o dos años mayores que ella. Estas chicas estaban en una edad en la que eran demasiado mayores para el centro de menores que llevaba otra asociación en un barrio diferente de la ciudad, un pequeño mundo en el que se habrían sentido más seguras, pero también eran demasiado jóvenes para encontrarse cómodas en el sector del albergue reservado a los adultos. Por eso, si había sitio y estaban limpias -no necesariamente de roña y piojos, sino de drogas-, se les permitía quedarse en la sección para familias.
Laurel también las fotografiaba, aunque en la mayoría de las ocasiones ellas intentaban darle un toque erótico a la experiencia. El sexo era su única moneda de cambio, y lo utilizaban con resolución aunque de manera poco apropiada. Empezaban a desabrocharse la blusa, se bajaban la cremallera de los vaqueros o se ponían a tocarse mirando con lascivia al objetivo como si estuvieran posando para una revista de adultos. Como decía la canción, intentaban enseñarle sus tatuajes. Para ellas constituía un acto reflejo y deseaban instintivamente su complicidad, pues conocían bien el frío y el hambre.
Sólo cuando ya llevaba un año en el albergue y se había acostumbrado al mundo de los indigentes, empezó a sacar fotos a los hombres. Al principio había evitado ese sector por su experiencia de Underhill. Por supuesto, había visto a muchos sin techo en las calles de Nueva York cuando era pequeña: desaliñados, sucios, malolientes, pirados. Gritando o gruñendo obscenidades a los paseantes o a veces a nadie, lo que resultaba más desconcertante.
Pero pronto se dio cuenta de que se preocupaba en vano. Los indigentes que pasaban por BEDS eran, por lo general, la gente más amable del planeta. Normalmente era la mala suerte y, cómo no, elecciones equivocadas, lo que los había hundido, no enfermedades mentales. Incluso cuando tenían trastornos bipolares o esquizofrenia, como en el caso de Bobbie Crocker, su enfermedad se volvía manejable y daban menos miedo si tomaban la medicación apropiada. Cuando Laurel miraba las hojas de contacto que había hecho de estos hombres, le sorprendían sus amplias sonrisas y lo melancólicos e inofensivos que resultaban sus ojos.
En otoño de su último año de carrera una mujer de veintidós años llamada Serena llegó al sector para familias del albergue. Le contó que cuando tenía quince años las cosas empezaron a torcerse en su vida. ¿La gota que colmó el vaso? Su padre, que la había criado a bofetadas desde que su madre desapareció cuando ella tenía sólo cinco años. Un día, el muy salvaje le reventó un bote de medio kilo de mayonesa en la cara, dejándole el ojo morado y un bulto del tamaño de una pelota de béisbol en la mejilla. Por primera vez en su vida, no intentó ocultar las marcas con maquillaje, en parte porque no podía -habría necesitado la máscara de un portero de hockey sobre hielo en vez de un pequeño tocador y un cepillo- y en parte porque no soportaba que su padre la siguiera pegando y quería ver qué sucedía si la gente se enteraba. Pensaba que las cosas no podrían ir peor.
Y tenía razón, pero tampoco fueron a mejor, por lo menos durante un largo período. A fin de cuentas, ¿qué es peor, tener un techo pero un padre que te da una paliza por semana o ir de casa en casa, una noche aquí, otra allá, a veces con desconocidos, hasta que finalmente terminas en la calle?
Aquel día del bote de mayonesa no había transcurrido ni un minuto de clase cuando el profesor llamó a Serena. Una hora más tarde arrestaron a su padre y ella pasó a un centro de acogida. Por desgracia, no había plazas de adopción de emergencia, así que estuvo las tres semanas siguientes durmiendo en colchones en casas de las familias de distintos amigos. Nunca había sido muy estudiosa, así que no tardó en abandonar por completo sus estudios. Dejó de ir a clase. Al cabo de unos meses, no es que el centro de acogida le hubiese perdido la pista, es que se había convertido en una más de las cinco o seis docenas de menores buscados por los servicios sociales y nadie estaba seguro de si todavía se encontraba en el estado.
Una semana después de la llegada de Serena al albergue, cuando ya se sentían a gusto la una con la otra, Laurel le pidió si podía sacarle una foto y la muchacha aceptó. Mientras Serena hablaba -subiéndose continuamente la camiseta negra por encima del estómago, intentando que los vaqueros le cayeran un poco por debajo de la cintura, apartándose el largo pelo color ámbar de los ojos- Laurel le sacó unas cuantas fotos. Pretendía utilizarlas como trabajo para sus clases de fotografía, como había hecho ya con otras fotos que había tomado a indigentes. Además, pensaba darle a Serena una copia completa del carrete. La chica no era lo que se dice guapa: llevaba demasiado tiempo en la calle para serlo. Su rostro resultaba duro, con las mejillas hundidas y los afilados huesos muy marcados. Estaba muy delgada, casi demacrada. Pero tenía los ojos del azul de la porcelana de Delft, la nariz delicada y pequeñita y una sonrisa encantadora. Había algo seductor y licencioso, sin lugar a dudas atractivo, en el conjunto.
En aquella época, Laurel ya sabía lo suficiente como para no hacer de ninguna mujer o niño de los que pasaban por el albergue un proyecto caritativo personal. En primer lugar porque todavía era una estudiante, y en segundo lugar porque, como voluntaria, no tenía mucha idea de lo que estaba haciendo. Poseía experiencia, pero no una formación como trabajadora social. Sin embargo, era demasiado tentador querer jugar a ser Dios con una chávala -que es lo que era en realidad, pues sería una ilusión feminista llamar mujer a esa famélica alma en pena -como Serena. Se dijo que podría comprarle algo de ropa con la que no pareciera una puta. Podría ayudarla a buscar un trabajo y un sitio para vivir. ¿No es eso lo que hacían los profesionales de BEDS?
Por supuesto, no era tan fácil. Aunque Laurel hubiera sido capaz de poner, con un toque de varita mágica, a Serena detrás del mostrador del vecino McDonald's de Cherry Street, no le pagarían lo suficiente como para poder permitirse un apartamento en Burlington. Por lo menos sin ayudas sociales. O sin la colaboración de alguno de los caseros de la ciudad que eran socios de BEDS o de, quizá, un padre rotario que fuera rico, generoso y demasiado iluso como para pagarle el alquiler a una desconocida y proporcionarle dinero suficiente para hacer la compra.
Tres días después de sacarle las fotos a Serena, Laurel llegó al albergue con media docena de copias de imágenes que creía que le gustarían a la muchacha. Era una gloriosa y cálida tarde del veranillo de San Martín, y pensó que le enseñaría las fotos a Serena y luego podrían dar un paseo juntas hasta el lago. Buscarían un banco junto al embarcadero con vistas a las montañas Adirondacks más allá de las aguas y hablarían sobre las posibilidades vitales. Laurel le contaría cosas sobre su familia, ya que Serena había hecho de buen grado lo mismo sobre la suya. Intentaría describirle un mundo donde gente normal tiene relaciones normales. Se enteraría de si Serena andaba buscando trabajo y la animaría. Incluso le hablaría de su propio encontronazo con la muerte, de los enmascarados que la atacaron, una historia que no contaba a casi nadie.
La conversación nunca tuvo lugar porque cuando Laurel llegó al albergue con las fotos, el fantasma de nombre Serena se había esfumado. Había pasado una semana y tres días con ellos, y luego desapareció.
Laurel se imaginó que eso había sido todo. No esperaba volver a ver a Serena nunca más.
Pero se equivocaba. Fue Serena Sargent, ex usuaria de BEDS, quien trajo literalmente de la mano a Bobbie Crocker al albergue. Esto sucedió cuatro años más tarde, cuando Laurel ya llevaba casi tres años trabajando en la asociación como empleada remunerada. Serena surgió de la nada en una tarde de agosto con un anciano hambriento que no paraba de repetir que había sido muy famoso. Era un indigente; Serena ya no lo era. Laurel no estaba allí en ese momento, pero más tarde la propia Serena y un empleado nocturno de BEDS llamado Sam Russo le contaron la historia.
Serena vivía en Waterbury, una ciudad a treinta y cinco kilómetros al sureste de Burlington famosa por la heladería Ben & Jerry y por el Hospital Público de Vermont. Se alojaba con una tía que había regresado a Vermont hacía un par de años desde Arizona, el golpe de buena suerte que necesita la mayoría de los jóvenes indigentes para poder salir de las calles. Ahora trabajaba en una cafetería de Burlington.
Aparentemente, el hombre había pasado algún tiempo en el hospital público, aunque Serena no tenía claro si habían sido meses o años antes de dirigirse al norte, hacia Burlington, y acabar en la cafetería donde ella trabajaba. A cargo de quién le habían dejado salir, también era un misterio. El propio Bobbie no parecía saberlo. No era violento, pero sí tenía delirios. No paraba de repetir que Dwight Eisenhower le debía dinero, y estaba convencido de que si su padre descubría su paradero le enviaría un enorme cheque y todo iría bien. Serena supuso que su padre tendría por lo menos cien años y que lo más probable es que hubiera fallecido hacía ya tiempo. Bobbie estuvo viviendo en las calles de Burlington durante unas semanas (en cajeros automáticos, en los quioscos donde se sentaban los guardas de los aparcamientos, en el cuarto de calderas de un hotel cerca del lago) y parecía incapaz de valerse por sí mismo. A veces entraba en la cafetería y se tomaba una taza de café y un par de huevos que pagaba con un dinero que presumía haber conseguido rebuscando botellas y latas reciclables en los contenedores. Le dijo que antes, hace mucho tiempo, había pertenecido a una familia rica de Long Island y que había visto más mundo del que ella se imaginaba. Afirmaba que había conocido a gente cuyos nombres aparecían en libros, revistas y enciclopedias.
Serena supuso que casi todo su parloteo tenía poca conexión con la realidad. Entonces se acordó de la semana y media que ella había pasado en BEDS y en lo amables que habían sido con ella. No sabía si Laurel seguiría allí, pero se imaginó que aunque no estuviera, sería un buen lugar para que ayudaran un poco a su nuevo amigo. Así que Serena lo llevó al albergue, donde Sam Russo le dio una cama en el dormitorio masculino. Con la prescripción de un médico del hospital público, se buscó un coctel químico que estabilizase su comportamiento y pusiera en sincronía su realidad personal con el resto del mundo. Bobbie no veía las cosas igual que el resto de los mortales, pero ya no constituía un peligro para su salud. Una vez que el albergue determinó que era capaz de vivir por su cuenta -incluso le entregaban cupones para adquirir comida-, BEDS le buscó una habitación en el Hotel New England: veinte metros cuadrados, una cama, un armario, un hornillo y un pequeño frigorífico. Compartía el cuarto de baño con los demás inquilinos de su planta y una cocina con los otros residentes del edificio. No era muy lujoso, pero era una habitación con techo, calefacción potente en invierno y excelente ventilación en verano. Era mejor que la calle, y con las ayudas federales le salía tirado de precio.
El novio que tenía Laurel aquel otoño iba a cumplir los cuarenta y cuatro dentro de poco. Esto significa que, aunque era dieciocho años mayor que ella, estaba bastante más cerca de su edad que su anterior pareja, un tipo que insistía en que sólo tenía cincuenta y un años aunque Laurel estaba segura de que mentía. Utilizaba crema facial para las arrugas -que él llamaba loción hidratante- y tomaba Viagra (además de Levitra y Cialis) como si fueran caramelos. Esto convertía en ocasiones el dormitorio en el escenario de pequeñas riñas, porque mientras él se encontraba bajo los efectos del Viagra -innecesariamente, en opinión de Laurel, dada la desatada fogosidad del hombre, que sorprendería hasta en un salido universitario de diecinueve años- ella todavía tomaba antidepresivos. Una pequeña dosis que iba disminuyendo a medida que ganaba distancia y perspectiva de la agresión. Pero mientras ella ralentizaba con química su apetito sexual, él le metía marcha al suyo con todas las medicinas que anunciaban en los intermedios de los programas de fútbol.
Sin embargo, no fue ésa la razón de su ruptura. Lo dejaron porque se empeñó en que Laurel se fuera a vivir con él al caserón que se había construido en los terrenos de una antigua vaquería quince kilómetros al norte de Burlington -era un alto cargo de una empresa que tenía la patente de un software para hospitales-, pero ella no quería mudarse a las afueras. No le apetecía vivir con él. Por eso se separaron.
Su nueva pareja, David Fuller, también un alto ejecutivo, era un convencido anticompromiso, algo que a Laurel en aquel momento le pareció una característica atractiva y útil de su personalidad, y lo cierto es que ayudó a que la relación durara bastante más que la mayoría de sus anteriores aventuras. Sin embargo, Laurel a veces tenía momentos en los que necesitaba la compañía de gente, sobre todo por la noche, de ahí la importancia de su amistad con Talia. Pero, como le había dicho su psicólogo, aparentemente aún no estaba preparada para un compromiso adulto.
Y aunque David estuviera contento dejando que su relación se quedara en algo neutro, no era frío con ella. Una de las razones por las cuales no le agradaba la idea de que su historia madurara hacia algo más serio se debía a que estaba divorciado y era padre de dos niñas, la mayor una cría de once años aspirante a estrella de teatro que a Laurel le parecía adorable. Le hubiera gustado verla más a menudo. Sus hijas eran la prioridad de David, sobre todo desde que supo que su ex mujer se iba a volver a casar en noviembre, y Laurel respetaba su decisión.
David era director editorial del periódico local. Poseía un lujoso apartamento en una moderna y hermosa urbanización con vistas al lago Champlain, pero debido al tiempo que quería dedicar a sus hijas y dado que su primer matrimonio había terminado en un fiasco, no había posibilidades de que presionara a Laurel para que se fuera a vivir con él a corto plazo. En consecuencia, ella no pasaba más que un par de noches o tres a la semana en su piso. El resto de los días, o bien a David le tocaba estar con las niñas -una en sexto de primaria llamada Marissa y la otra en primero llamada Cindy-, o bien se quedaba trabajando hasta tarde para poder dedicar toda su atención a sus hijas los días que le tocaba estar con ellas. Por este motivo, Laurel sólo veía a las niñas un par de veces al mes. Normalmente salían a merendar al campo, o iban al cine. En una ocasión fueron a esquiar. Un par de sábados, Laurel convenció a David para que la dejase quedarse con Marissa, y pasaron una espectacular jornada de compras en las tiendas de moda que Laurel frecuentaba y probando productos en los interminables mostradores de cosméticos de unos elegantes almacenes del centro de la ciudad.
David siempre se cuidaba de acercar primero a Laurel a su piso cuando salían con sus hijas, y ella nunca dejaba ninguna marca de su presencia -ni un cepillo de dientes, ni una falda, ni un par de tampones- en el apartamento de su novio.
David era conocido profesionalmente por sus editoriales duros y sardónicos ante lo que le parecían colosales injusticias o estupideces monumentales que necesitaban ser mostradas. Tenía la mandíbula firme y era alto, rozando el metro noventa. A pesar de su edad, todavía conservaba un cabello espeso del color de la paja. Entonces lo llevaba muy cortito, pero en su juventud, antes de convertirse en director editorial y de tener una imagen que cuidar, lucía cierto aspecto de surfista. Laurel había visto fotos. No practicaba natación, pero salía a correr a menudo, así que se conservaba en perfecta forma, igual que su novia.
A veces, cuando estaban en un restaurante, algún joven camarero realizaba un comentario fortuito que hacía suponer que David era el padre de Laurel, pero esto sucedía con bastante menos frecuencia que con las otras parejas que había tenido desde la agresión. A fin de cuentas, David no sería más que un par de décadas mayor que ella, algo que los anteriores superaban con creces. Además, Laurel estaba empezando a hacerse mayor.
Laurel había quedado con David por la tarde el día que Katherine le mostró las fotos de Bobbie Crocker. Hacía cuatro días que no se veían. Fueron a un restaurante mexicano que estaba cerca de la sede del periódico. Cada vez que intentaban hablar seriamente de lo que habían hecho en los días que no habían estado juntos, Laurel terminaba llevando la conversación al difunto indigente y sus imágenes. Estaba entusiasmada con las fotografías de la caja. Cuando llegó el café, volvió a sacar el tema de Crocker y David le dijo, con su típico tono seco, pronunciando cada sílaba:
– Me parece muy bien que te intereses por el perfil artístico de este tipo, por su faceta de fotógrafo. Te aplaudo por ello. Pero espero que te des cuenta de que Katherine te está endosando un trabajo considerable. Por lo que me cuentas, este proyecto te va a absorber todo el tiempo libre que tienes… o más.
– No me lo está endosando.
David sonrió y se reclinó sobre el respaldo de la silla, cruzándose de brazos.
– Mira, conozco a Katherine desde hace mucho, mucho tiempo. Bastantes años antes que tú. La he visto en reuniones de la junta, en eventos para recaudar fondos, en campañas telefónicas… He estado a su lado leyendo nombres de indigentes en la misa anual que organiza BEDS en la iglesia ecuménica. La habré entrevistado una docena de veces para buscar historias. Puede que «endosar» no sea la palabra adecuada para definir sus métodos. Es demasiado seductora para ser una «endosadora». Pero es una encandiladora, y se le da muy bien conseguir lo que quiere. Lo que necesita su gente. Y su gente necesita mucho. ¡Demonios! Tú lo sabes mejor que yo. Puedes ver a diario los efectos de los recortes en las subvenciones públicas.
Laurel había conocido a David el pasado diciembre, cuando los dos terminaron caminando a la par a la luz de las velas en la marcha que seguía a la vigilia organizada por BEDS en Church Street. Era una de esas noches tan frías que el aire hacía daño, pero la parpadeante fila de velas se extendía a lo largo de dos manzanas. Cuando llegaron al ayuntamiento los dos se escabulleron a un pequeño y oscuro restaurante para tomarse un chocolate caliente.
– Vale, pero si a ella no le importa que me centre en el proyecto de Bobbie, ¿por qué debería importarme a mí? -preguntó Laurel-. ¿Y a ti?
– No es que me importe. Eso podría sugerir que no me gusta la idea, lo cual no es cierto. Pero no creo que Katherine te deje organizar la exposición, seleccionar las fotos, restaurarlas, comentarlas… durante tus horas de trabajo en BEDS. Tendrás que pasarte las noches y los fines de semana en la sala de revelado, y cuando no estés en el cuarto oscuro estarás delante del ordenador intentando adivinar quiénes son esas personas de las imágenes.
Laurel no pensó que David estuviera teniendo un repentino estallido de egoísmo masculino típico en hombres de mediana edad. Comprendió que no estaba preocupado porque este proyecto la apartara de él en las tardes en las que no estaba con sus hijas. Sin embargo, había cierta condescendencia en sus comentarios, así que se puso a la defensiva. No era la primera vez que David intentaba restregarle por la cara la sabiduría que se supone proporciona la edad. Por eso le respondió diciéndole:
– Si te preocupa que no vaya a estar a tu disposición cuando quieras jugar, no lo hagas. No hay ningún tipo de fecha límite. Trabajaré en las fotos cuando me apetezca, sólo cuando me venga en gana. Así tendré algo para estar ocupada mientras tú estás con tus hijas.
– Sinceramente, Laurel, no lo digo por mí. Lo digo por ti. Cuando tu entusiasmo inicial por este proyecto descomunal se vaya diluyendo, te resultará muy frustrante andar revelando y procesando el trabajo de otro.
– Entonces lo dejaré.
David jugueteó con el asa de su taza de café, reflexionando. Por un momento, Laurel pensó que iba a seguir hablando sobre el tema. Pero David era una persona orgullosa de la absoluta ecuanimidad con la que trataba a su familia, a sus amigos y a su joven novia. Reservaba su temperamento y su justa cólera para los políticos y administradores públicos que se lo merecían, y siempre la desataba por escrito, nunca en persona. En los nueve meses que Laurel le conocía y los siete que llevaban como pareja, nunca le había oído levantar la voz. Tampoco habían tenido una riña seria. Habría resultado -él sobre todo- exasperante.
Finalmente, David alargó los brazos por encima de la mesa y le acarició con suavidad los dedos.
– Está bien -dijo él-. No quiero presionarte en un sentido o en otro. Mira, el otro día cené en casa con las niñas y me sobró algo de sirope de caramelo. Muy decadente. También hay helado de vainilla en la nevera. Vamos a tomar el postre en la cama. Si nos damos prisa, podremos estar desnudos para ver las últimas luces del día reflejadas en el lago.
En cuanto soltó sus manos, se acercó a la mesa el joven camarero.
– Así que… -dijo distraído, intentando entablar un poco de conversación mientras buscaba la cuenta en el bolsillo de su delantal-, ¿habéis venido a la ciudad a ver universidades?
Laurel y Talia habían vivido juntas desde el último año de carrera en el mismo apartamento, que ocupaba las dos terceras partes de la segunda planta de un hermoso edificio Victoriano en el barrio alto de Burlington, un distinguido distrito con elegantes casas georgianas y victorianas, a un par de manzanas del campus y de sus fraternidades en una dirección, y del centro de la ciudad en la otra. La gran mayoría de los inmuebles estaban, habitados por familias de abogados, médicos y profesores universitarios, pero algunos, como en el que vivían Laurel y Talia, habían sido divididos en apartamentos para alquilar. El albergue de BEDS, en el distrito de North West End, quedaba a un cuarto de hora andando, y la iglesia baptista en la que Talia hacía de catequista, a unos doce minutos. También estaba cerca del laboratorio fotográfico de la universidad al que Laurel acudía una vez por semana para revelar sus fotos. Cuando las dos amigas se mudaron, eran las inquilinas más jóvenes del edificio, pero ya no. El inmueble estaba habitado por estudiantes veinteañeros y Laurel y Talia eran las únicas que tenían trabajos a tiempo completo.
Al otro lado de la pared de su salón estaba el pequeño estudio que ocupaba el otro tercio de la planta del edificio. En él vivía un estudiante de primero de Medicina, un delgado joven de Amherst que parecía tener la vitalidad de un cachorro. Poseía unos rasgos delicados, casi femeninos, y un desenvuelto sentido del humor. Era un fanático de la bicicleta, y todos los amigos que venían a visitarle parecían ser ciclistas entusiastas. Desde que en julio se instalara en la casa, le había preguntado un par de veces a Laurel si quería salir a dar una vuelta en bici con él. Tenía dos modelos, una híbrida y una de carreras. Se llamaba Whitaker Nelson, pero le pedía a todo el mundo que le llamara Whit.
Resultaba evidente que quería conocer mejor a Laurel, pero su instinto le decía que el mero hecho de sugerirle que salieran juntos no sería empresa fácil.
Los restantes inquilinos eran tres chicas y un chico repartidos en los cuatro estudios que había encima y debajo de su apartamento. El más interesante de todos era, en opinión de Talia, el perro de una estudiante de Veterinaria llamada Gwen. El animal, Merlin, era un simpático chucho rescatado de la Sociedad Protectora de Animales. A juzgar por su tamaño, se diría fruto de un cruce entre un Springer Spaniel y un caballo percherón. Era gigantesco y se parecía un poco a un poni. A veces, cuando Gwen se iba un fin de semana, Talia disfrutaba sacando a pasear a la bestia, aunque sería mejor decir que era el animal el que la sacaba a ella.
En la familia de Talia la fe parecía haberse saltado una generación. Su abuelo paterno era pastor de una iglesia episcopal en Manhattan y él mismo había oficiado en la boda de su hijo. Sin embargo, el padre de Talia siempre se burló de la congregación, llamándolos la «Iglesia del Sagrado Desayuno», y bromeaba al ver cómo bajaba la asistencia a misa durante el verano porque los feligreses preferían pasar los fines de semana más al este, en los campos de recreo de los Hamptons. Cuando Talia todavía iba a la guardería, su padre dejó de acudir a la iglesia, así que la niña sólo pisaba el templo cuando estaba con sus abuelos. ¿Y su madre? Cualquier cosa que sonara a religión siempre le había dado alergia. Talia temía que su madre pidiese en su testamento que en su funeral pusieran canciones en lugar de himnos y oraciones.
Talia volvió a ir a la iglesia cuando Laurel regresó a casa de su familia para recuperarse de la agresión, a comienzos de su segundo año de carrera. De repente, se encontró sola en la habitación del colegio mayor y sintió miedo. Empezó a oír unas vocecitas. ¿Qué eran? No se trataba de las típicas parrafadas en lenguas extrañas en las que creen los pentecostalistas. Era un susurro suave y tranquilizador. Antes de que Talia se diera cuenta, y para su sorpresa y la de sus padres, acabó buscando refugio en la compañía de una parroquia los domingos por la mañana. Salía de compras y siempre terminaba en una iglesia baptista, porque le parecía que hacían mucho por los desamparados -pobres, mendigos y drogadictos- que pululaban por el centro de la ciudad. Allí comenzó a rezar por Laurel y por los hombres que la atacaron. Le resultaba más útil rogar a Dios que cambiara el corazón de dos seres malvados que pedir por sus miles de víctimas potenciales. Para ella, era una cuestión de estadística y probabilidad, pues estaba segura de que el Señor debía de estar hasta las cejas de trabajo.
Al principio, sus amigos no se lo tomaron en serio y decían que se había vuelto baptista porque la iglesia de esta congregación quedaba cerca de las mejores tiendas de Burlington. Talia debía admitir que esto constituía un incentivo. Pero le encantaba pasar las mañanas del domingo en el templo. Además, el pastor era vegetariano y le gustaba cómo hablaba de los animales de vez en cuando en sus sermones.
Sin embargo, al igual que Laurel, cuando se licenció no tenía muy claro qué hacer con su vida. Se planteó matricularse en Teología, pero significaría tener que trasladarse a Wharton, y a ella le encantaba la vida en Burlington. Por eso, cuando el pastor le preguntó si estaría interesada en quedarse en la ciudad y colaborar en un programa de catequesis para adolescentes de la parroquia, no se lo pensó dos veces. Quince meses más tarde, estaba estudiando un postgrado en Teología y Pastoral en la cercana facultad de Saint Michael. Todos los días iba y venía a clase en coche y después seguía trabajando con los jóvenes en la iglesia. Quitando a Laurel, el resto de sus amigos no eran creyentes, pero todos acudieron -así como la mayoría de los adolescentes de su grupo de catequesis con sus padres- a la ceremonia de entrega de su título de máster.
Ya llevaba casi cuatro años colaborando en la iglesia. El trabajo iba bien y se divertía más que en toda su vida, y eso que Talia se lo había pasado en grande en sus dos décadas y media de existencia. Siempre le habían atraído los chicos cuyos ojos podían abrasar una falda. De hecho, los suyos también eran un poco así.
Había crecido en Manhattan, y su decisión de irse a estudiar a Vermont fue una especie de acto de rebeldía. Significaba que ya no volvería a ponerse sus zapatos con tacones de ocho o diez centímetros que costaban tanto como una bicicleta de montaña y que ya no tendría más amigos de esos que tenían el descaro -o la falta de amor propio- de hacerse llamar «Pocholo». Aparte de eso, su relación con sus padres siguió siendo como ella la definía:
incómoda. Para ellos, Vermont era una sierra perdida habitada por beatos liberales que conducían Subarus oxidados y sólo vestían prendas de lana y franela. Talia intentó corregir este prejuicio, recordándoles que muchos de sus vecinos tenían Volvos. Sin embargo, sus padres nunca vinieron a visitarla al norte, y ella sólo iba a verles durante las fiestas más importantes: Semana Santa, Navidades y en las rebajas de Bergdorf (hay algunas costumbres que a una le cuesta abandonar).
Talia y Laurel desayunaban juntas cuando Laurel regresaba de nadar. Así lo hicieron la mañana del funeral de Bobbie Crocker. Talia estaba leyendo el periódico tirada en el suelo cuando llegó su compañera de piso, con el pelo todavía húmedo de la piscina. Su amiga ya había preparado un pequeño festín que les esperaba en la mesita de cristal que Laurel había descubierto hacía unos años en un mercadillo: rodajas de manzana, peras, roscos junto a una tarrina de queso para untar con arándanos, zumo de naranja y té caliente ya reposado.
– Creo que deberías salir del agua por una temporada -comentó Talia, casi sin levantar la vista del periódico.
– ¿Por qué? ¿Se me está arrugando la piel? -preguntó Laurel desde el cuarto de baño mientras colgaba el bañador mojado en la ducha.
– No, ¡qué va! Es que el agua se está volviendo muy peligrosa -contestó Talia-. ¿Has visto la prensa hoy? Cuando todos creíamos que chapotear por los pantanos de Alabama era seguro, resulta que descubren que hay un caimán de cuatro metros de largo y media tonelada de peso rondando por ahí. Parece ser que se escapó del zoológico durante el huracán de la semana pasada y que responde al nombre de Chucky. Además, un tiburón blanco de cinco metros de largo se ha instalado en la localidad de Woods Hole, en la península del Cabo de Cod, en aguas de apenas un metro de profundidad.
– Bueno, creo que en la piscina de la universidad no hay depredadores carnívoros. De momento no tengo que preocuparme porque se me coman.
– Puede que no haya caimanes ni tiburones, pero ten cuidado con esos estudiantes plastas embutidos en sus bañadores Speedo.
– ¡Yo también llevo un Speedo!
Talia dobló el periódico y se estiró.
– Los bañadores Speedo de mujer resultan bastante recatados, pero los de hombre son demasiado… instructivos. Transmiten demasiada información. Y, no sé por qué, dan al paquete un aspecto un poco pobre, ¿no te parece? Como grumoso… ¿Se espera mucha asistencia al funeral?
Laurel le había hablado de Bobbie Crocker y de las fotografías que había dejado, y las dos estaban preocupadas por el número de personas que acudirían al cementerio, ya que el hombre no tenía ninguna familia conocida.
– Supongo que estará bien. Algo pequeño pero respetable. Por lo menos habrá un grupo de gente de BEDS suficiente para dar el pego.
– Bien. Intimo, pero no solitario.
– No, solitario no -dijo Laurel, sentándose frente a su amiga.
Talia se disponía a pasarle un rosco, pero Laurel fue más rápida y tomó uno por sí misma. Talia era consciente de que a veces trataba a su compañera como si fuera una inválida, intentando hacer demasiadas cosas por ella.
– De todos modos, me interesa ver quién acude -continuó diciendo Laurel-. Puede que descubra algo. Igual aparece alguien que me ayude a darle un poco de sentido a las fotos que encontramos.
Su amiga cogió el suplemento local del periódico y echó un vistazo a los titulares. Después, Talia sacó el tema que más le interesaba esa mañana:
– Entonces, ¿vas a hacer algo el sábado de la semana que viene?
– ¡Buf! Todavía queda mucho para entonces -dijo Laurel-. Lo de siempre, supongo. Tomar unas fotos, puede que ir a nadar, ver a David.
– ¿Quieres venir a jugar al paintball conmigo y los chicos de la catequesis?
– ¿Qué?
– Ya sabes, paintball. Sacar el niño que llevas dentro.
– El niño que llevo dentro no es un boina verde. ¿Por qué demonios…?
– ¡Eh! Vigila tu vocabulario.
– ¿Por qué diantres te llevas a tu grupo de catequesis a jugar al paintball? ¿Qué enseñanza teológica le puedes sacar a perseguirse y pegarse tiros por el bosque?
– Ninguna, pero estamos a principio de curso y quiero que los chavales empiecen a romper el hielo y a funcionar como un grupo. Que se conozcan un poco entre ellos. Y además (y esto es muy importante), siempre es bueno que los chicos sepan que hay adultos que se interesan por ellos lo suficiente como para renunciar a un sábado para ir a jugar al paintball con ellos.
– ¿Y no podríamos simplemente ir a dar un paseo? Ya sabes, por el bosque, a ver ardillitas en lugar de pistolas.
– Vamos, mujer, no son pistolas de verdad. Les puede aportar un poco de camaradería y darles algo de vidilla. La verdad es que necesito ya mismo una actividad que les despierte un poco.
– ¿Me dejas pensármelo?
– No. Necesito un acompañante y sé que los chavales te adoran.
– ¿Esto es una forma de conseguir que vaya más a menudo a la iglesia?
– Si a la mañana siguiente te pasas por el templo, magnífico. Pero no, no entra en mis planes. Es sólo que me parece que no sales demasiado.
– ¡Pero si salgo un montón! Tú eres la que está sin novio ahora.
Talia ignoró este comentario, sólo porque era cierto, y dijo:
– Pues yo creo que deberías salir más.
– Pero no con un rifle automático de paintball y doscientas bolitas de pintura del tamaño de una canica. ¡Ahora resulta que a eso le llaman salir!
Talia sabía que a Laurel le costaba decirle que no. La verdad es que a la mayoría de la gente le resultaba difícil negarse a sus demandas. Estaba orgullosa de su poder de persuasión. En el pasado, Laurel la había acompañado cuando el grupo de catequesis construyó una enorme catapulta para dispararse globos de agua en el campo de rugbi de la universidad, había participado en una espeluznante adaptación teatral de Jesucristo superstar en la que Judas colgaba desde el techo sobre los espectadores, y les había ayudado cuando los monitores hicieron una balsa para participar en la regata benéfica del lago Champlain para recaudar fondos destinados al Servicio Municipal de Reparto de Alimentos. Las condiciones eran que todas las embarcaciones tenían que ser de fabricación casera y sus componentes no podían costar más de ciento cincuenta dólares. El coste de su canoa ni de lejos se acercaba a esa cifra. Estaba hecha de contrachapado y viejos bidones de aceite que pintaron de un atractivo verde azulado. La chalupa surcó con ligereza las aguas durante un minuto y medio antes de empezar a escorarse y terminar hundiéndose. Sin embargo, los patrocinadores del grupo pagaron lo prometido.
– Te advierto -continuó Talia- que el paintball tiene un inconveniente bastante grande.
– Déjame adivinar… ¿que es un pelín violento?, ¿una pizca antisocial?
– ¡Oh! No me vengas con esas historias políticamente correctas.
– Entonces, ¿qué?
– Tendremos que ponernos esas gafas protectoras que son tan grandes y quedan tan mal. Son enormes y feas con avaricia. Un auténtico atentado contra el buen gusto.
– ¡Pues nos las tendremos que poner!
Talia asintió con la cabeza, consciente de que Laurel había utilizado la primera persona del plural. Todavía no había dicho que sí, pero las dos tenían claro que iba a ir.
En total diez personas asistieron al entierro de Bobbie en el cementerio militar de Winooski: el pastor que ofició la ceremonia, a quien Laurel veía por primera vez; Serena Sargent, pues Laurel la había llamado para darle la noticia del fallecimiento; una mujer que trabajaba en el comedor del Ejército de Salvación; un representante de la Asociación de Excombatientes de Guerra que quería regalar a alguien -le daba igual a quién- una bandera americana meticulosamente doblada. También vinieron tres inquilinos del Hotel New England que habían conocido a Bobbie durante su último año de vida. Laurel calculó que estarían entre los cuarenta y los cincuenta años. De BEDS habían acudido Katherine Maguire y Sam Russo, el empleado nocturno que estaba de servicio el día que Serena trajo a Bobbie. Lloviznaba pero, resguardados como estaban bajo los negros paraguas que la funeraria les había prestado, a los presentes no les importunó mucho esa cálida lluvia otoñal mientras escuchaban en pie los salmos que el pastor leía para ese hombre al que nunca había visto. Después, Katherine arrojó un puñado de tierra húmeda sobre el modesto ataúd que descansaba en el fondo de la sepultura dando por concluida la ceremonia.
Laurel estaba contenta de haber asistido por varias razones, la más importante de las cuales era su deseo de despedirse de este hombre, por lo general trastornado pero en ocasiones carismático. Mientras desayunaba con Talia, se había dado cuenta de que Bobbie se había convertido en una especie de mascota para muchos de los asistentes sociales que trabajaban en BEDS. No en el rostro de la asociación, como Katherine pensaba que iba a ocurrir tras su muerte, sino en un admirable espíritu, infatigable y excéntrico. Un superviviente. De hecho, le encantaba merodear por el albergue. En sus momentos buenos, era capaz de arrancar una sonrisa a los tarados que se dejaban caer por allí cuando ya no les quedaban más opciones.
A Laurel le conmovió comprobar las amistades que Bobbie había hecho con los otros ex sin techo en el poco tiempo que vivió en el Hotel New England, pero no le sorprendió en absoluto. También le alegró ver a Serena y saber que salía adelante, aunque no le fuera todo de maravilla. La muchacha le contó que quería independizarse de su tía y que le apetecía hacer algo más con su vida que trabajar de camarera. Pero, cuando menos, parecía mucho más lúcida que la última vez que la había visto. Laurel le dijo que quería enterarse de todo lo que supiera acerca de Bobbie, así que acordaron verse la semana siguiente.
De camino hacia la furgoneta de BEDS en la que habían venido desde el centro de Burlington hasta Winooski -todos excepto Serena y el solemne veterano de la guerra de Corea que había aparecido de la nada con su bandera-, Laurel andaba con, cuidado de no resbalar sobre la hierba mojada junto a Sam. Un poco mayor que ella, su compañero tendría veintiocho o veintinueve años. Había sido un heavy y conservaba una rebelde mata de pelo rojo recogida en una coleta. Tenía un antiestético michelín poco atractivo para su edad. Sin embargo, él se consideraba voluminoso, no gordo. Lograba que los indigentes que llegaban al albergue se sintieran seguros muy rápido, lo cual, para la mayoría de los asistentes sociales, no resultaba tarea fácil.
– Por curiosidad -empezó a hablar Laurel-, ¿tú qué crees? ¿Piensas que Bobbie sacó todas esas fotos?
– Sin lugar a dudas. No tenía otra cosa cuando le trajeron al albergue. El tío ni tan siguiera traía ropa interior de recambio, sólo los calzones que llevaba puestos. Pero se vino con las fotos a cuestas.
– Pero ¿cómo sabes que fue él quien las hizo?
– Ese tío sabía un montón de cosas. Era capaz hasta de hablar de Muddy Waters.
– ¿Muddy Waters?
– Un cantante de blues de los años cuarenta y cincuenta, de cuando el rock and roll todavía estaba naciendo. Encontré una foto de él y su banda en la caja. Bobbie me dijo que la había sacado durante una sesión de grabación en Chess Records. Y otra vez me contó una increíble historia sobre que lo habían colgado de una grúa en un campo de fútbol para sacar una foto de doscientas animadoras meneando hula-hoops. Creo que para la revista Time, o algo así. No, espera, era para Life. Trabajó un montón para los de Life.
– ¿Viste alguna vez las fotos?
– No me las dejaba ver… No estaba seguro -dijo, mirando teatrero a ambos lados, haciendo como que se cercioraba de que nadie les estuviese escuchando.
– Katherine me contó lo mismo. ¿De qué tendría miedo?
– Laurel, el hombre era esquizofrénico. Por lo que a mí respecta, podría tenerlo a los marcianos.
– Pero él nunca dijo…
– Bueno, una vez me contó algo que me hizo pensar que su paranoia tenía algo que ver con su padre. No es que le temiese, no era eso. Pero sonaba como si Bobbie tuviera miedo de que algunas personas que conocían a su viejo anduviesen detrás de sus fotos.
Cuando llegaron a la furgoneta, Laurel le retuvo por el brazo para poder hacerle una última pregunta antes de que estuvieran dentro del vehículo entre los amigos de Bobbie.
– Dime: ¿cómo una persona que saca fotos para la revista Life puede terminar en las calles? Ya sé que tenía una enfermedad mental, pero ¿cómo pudieron salirle las cosas tan mal? ¿No tenía familia, ni amigos? Era una persona adorable… No lo entiendo.
Sam Russo le señaló a los tres hombres que se iban montando en la furgoneta, con sus andrajosas zapatillas deportivas, sus camisetas de la Universidad de Oxford de segunda mano y sus pantalones que olían siempre a calle: Howard Masón, Paco Hidalgo y Pete Stambolinos.
– ¿Y cómo les han podido ir tan mal las cosas a ellos? Mira, Bobbie pudo haber sido un gran fotógrafo alguna vez, tú sabrás mejor que yo si tenía talento de verdad. Pero, como bien has dicho, padecía una enfermedad mental. Y también estaba claro que tenía serios problemas de déficit de atención. Hace treinta o cuarenta años no había muchas cosas que se pudieran hacer. Sólo existía la clorpromazina y se estaba empezando a experimentar con haloperidol, pero eso era todo. Afrontémoslo, Laurel, tú sólo le conociste cuando había retomado su medicación.
Nunca le viste o, con perdón, le oliste después de que hubiera pasado la noche en un aparcamiento; o cuando le echaban a patadas de una cafetería porque se había pasado horas allí sentado pidiendo comida sin parar sin tener un penique en el bolsillo; o cuando intentaba convencerme de que una vez había salido con Coretta Scott King… A ver, puedo imaginármelo con algunos de esos músicos, pero… ¿Coretta Scott King? Eso es pasarse. Sólo Dios sabe cuánta química se habría metido en el cuerpo, ya sabes, para evadirse, y qué tipo de adicciones tenía; o qué clase de fantasmas lo persiguieron hasta la vejez. Yo no lo sé. Puede que Emily, Emily Young, sepa algo más. Pero créeme: con las cosas que no sabemos de cualquiera de estos tíos, se podría escribir un libro.
Mientras Laurel estaba en el funeral, la ayudante de Katherine dejó el sobre con las otras fotos de Bobbie en su despacho. Había una docena de instantáneas, algunas amarillentas y descoloridas por el paso del tiempo. Laurel empezó a ojearlas cuando de repente se quedó de piedra y se le aceleró el corazón. Ante sus ojos, en una foto en blanco y negro tan antigua que los bordes estaban festoneados, aparecía la casa de la bahía del club de campo en el que pasó gran parte de su niñez. La mansión de Pamela Buchanan Marshfield. Al instante, reconoció la terraza y el pórtico adyacente con sus ocho columnas, los balcones que daban a las aguas, el embarcadero… La siguiente foto también era una imagen de la casa, pero desde un ángulo diferente.
Nunca se le había pasado por la cabeza que Bobbie Crocker pudiera estar relacionado con los Buchanan de East Egg. ¿De qué? No había pensado mucho en Jay Gatsby ni en la familia que vivía a orillas del estrecho desde que vino a la universidad y dejó de pasar los largos días de verano en el club. Ni tan siquiera les había prestado mucha atención cuando, vestida con sus bañadores Speedo, se pasaba la vida allí.
Posó las dos fotos sobre la pantalla de su ordenador y contempló la siguiente imagen. Ahí estaba, el club de campo al completo, con su enorme y ancha torre de piedra. Tras ella, había otra instantánea de la piscina original, la piscina de Gatsby. Y luego un par de fotografías de las fiestas, una de las cuales tenía una fecha escrita a lápiz: «Día de la Bastilla, 1922». En ella aparecía un hombre que supuso que sería el propio Gatsby, con una mirada de ligero desconcierto junto a su deportivo de color amarillo canario. Por último, había una de los niños: una chica a la que Laurel calculó unos nueve años y un crío de unos cinco, posando en el pórtico de los Buchanan con un descapotable color canela detrás de ellos. Resultaba evidente que esta imagen también era de los años veinte.
Recordó lo que Bobbie le había dicho en una ocasión, otro de los muchos comentarios que Laurel consideró invenciones sin fundamento. Le había contado que se había criado en una casa que daba a una bahía con un castillo. La mansión de Gatsby no era un castillo, pero era de piedra y tenía esa torre que le daba el aspecto de una fortaleza.
Al instante, cogió el teléfono y llamó a su madre, esperando que esa tarde no tuviera tenis o partida de bridge, o que no se hubiera acercado a la ciudad para salir con sus amigas de compras o a visitar un museo. Desde la muerte del padre de Laurel, su madre había dado rienda suelta a su ya de por sí exagerada tendencia a la actividad, dejando que se apoderara de ella. Siempre estaba fuera de casa ocupada en algo. Como suponía, Laurel escuchó la voz de su madre en el contestador y colgó. Llamó a su tía Joyce, la madre de su primo Martin, porque también había vivido en esa zona desde que se casó y era miembro del club. La tía Joyce no había pasado tanto tiempo allí como sus padres o la propia Laurel, pero se conocía como nadie la historia local, con sus bombazos sociales desperdigados bajo tierra como minas.
Martin contestó, con ese inagotable y simpático balbuceo que sólo la familia de Laurel podía traducir con algo de precisión. Martin había nacido con síndrome de Down y sordera parcial, por eso hablaba como si tuviera un buñuelo gigante en la boca. Laurel le entendía casi siempre, incluso por teléfono. Su primo era, casi con toda seguridad, la única persona que conocía que en toda su vida jamás sería capaz de hablar mal de alguien. Tenía un corazón enorme y un espíritu inocente sin ningún tipo de prejuicios. En lugar de llamar a su prima por su nombre, siempre le decía «Hermanita Laurel», ya que su abuela -que había fallecido cuando Laurel estaba en el instituto-también se llamaba así y para Martin la mayor de las dos era «Abuelita Laurel».
Sólo después de que Laurel le prometiese que iría a visitarle pronto y de sugerir que podrían ir juntos a ver un musical el día de Acción de Gracias, Martin le pasó el auricular a su madre. Las dos hablaban con más frecuencia de lo habitual entre tías y sobrinas, lo que probablemente se debía a que Joyce vivía cerca de la madre de Laurel y a la amistad de Laurel con su primo. En cierto modo, la mujer era una segunda madre para Laurel. Por eso, cuando Martin le dijo que su sobrina estaba al teléfono no se imaginó que Laurel fuera a contarle algo especialmente interesante.
Pero sí que lo hizo, y fue directa al grano. Le relató a su tía la historia de Bobbie Crocker y de las fotos que había dejado. Su voz estaba un poco alterada, acorde con lo que ella consideraba un gran descubrimiento.
– Pamela Buchanan Marshfield tenía un hermano pequeño, ¿verdad?
– Pues sí, lo tuvo -contestó su tía con una gran serenidad-. Murió de adolescente. Yo debía de ser muy pequeña en aquel entonces y, por supuesto, no llegué a conocerlo. Una más de las maldiciones que atormentaron a esa familia. Tenían más dinero y peor suerte que nadie que puedas conocer. ¿Qué te ha hecho pensar en él?
De fondo, Laurel oyó los acordes que anunciaban el principio de la obertura de El rey y yo. Martin acababa de poner el CD en el reproductor, y se lo podía imaginar enfundándose el majestuoso chaleco de Siam y los pantalones de seda que le había cosido su madre.
– ¿Murió de adolescente? -le preguntó a su tía, un poco aturdida. Cogió la foto de los dos niños. El chico llevaba unos pantalones cortos a cuadros escoceses sujetados con tirantes. La chica llevaba un vestido de fiesta de verano con cuello ancho y mangas abultadas.
– Sí, estoy segura. ¿Por qué te sorprende?
– Es que ese indigente que te digo, el que era muy anciano… Bobbie Crocker… Pensaba… Bueno, todavía pienso… que pertenecía a la familia Buchanan.
– Pues ahora que lo dices, puede ser que el niño se llamara Bobbie… O tal vez William… Quizá Billy… Sí, Billy me suena más. Pero también Robert… De todos modos, no importa, porque aquel chaval falleció en un accidente cuando tenía dieciséis o diecisiete años.
– El hombre del que te hablo estuvo un par de semanas en el albergue antes de que le encontráramos un apartamento -añadió Laurel-. Pero se pasaba muy a menudo por las oficinas y el centro de día. Se murió hace muy poco sin que supiéramos si tenía familia. La asistente social que se encargó de deshacerse de sus posesiones encontró un sobre con viejas fotografías. Algunas son de la mansión de los Marshfield, donde vivieron Tom y Daisy Buchanan. También hay una imagen de una niña y un niño con la vieja casa de fondo y junto a un coche de los años veinte.
– ¿Estás segura de que se trata de la misma casa?
– Sí, totalmente segura. También hay otra foto de la casa de Jay Gatsby, el club de campo, y de él mismo con su coche deportivo.
– Bueno, pero todavía no veo por qué sacas la conclusión de que ese indigente era un Buchanan. El chico murió. Todo el mundo sabe que el hijo de Tom y Daisy falleció. Además, has dicho que el hombre se apellidaba Campbell, ¿no?
– Crocker -le corrigió Laurel.
– Entonces, creo que no hay más que hablar. ¿Por qué iba a hacerse llamar Crocker si su apellido era Buchanan? ¡Caso cerrado!
Laurel se reclinó en la silla y aspiró profundamente para tranquilizarse. Podía ver la nariz y los labios de su tía arrugándose como solía hacer cuando discutía de algo que consideraba desagradable. La madre de Laurel tenía el mismo hábito. Parecía como si estuvieran comiendo limones, era un tic familiar muy poco atractivo.
– Caso cerrado… o puede que no -dijo Laurel-. ¿Cómo piensas que consiguió todas esas fotos?
Laurel era consciente de que estaba subiendo el tono de la conversación, pero no podía quitarse de la cabeza las cosas que Bobbie le había contado de su infancia. Por un momento, temió que a ella también se le estuviera arrugando el gesto.
– Laurel, por favor, no te enfades.
– No lo hago.
– Sí que lo haces, lo noto en tu voz. Estás molesta porque no comparto tu opinión de que ese mendigo…
– No era un mendigo… Le encontramos un hogar. Nos dedicamos a eso.
– Vale. Entonces, ese ex mendigo… Mira, sé que estás enfadada porque tengo mis reservas. Puede que los niños que aparecen en la foto sean realmente Pamela y Billy, o Bobbie. No importa. Pero ¿cómo sabes que ese señor no encontró las fotos en un contenedor en cualquier parte?, ¿o en una tienda de antigüedades? Puede que se encontrara un viejo álbum de fotos en la basura y decidiera salvar algunas imágenes. Tú misma me has contado que los mendigos, perdón, los ex mendigos, a veces guardan las cosas más inverosímiles.
Laurel contempló por unos instantes al niño de la foto, intentando buscar algún parecido con Bobbie Crocker: el brillo de los ojos, la forma de la cara… Pero no fue capaz. No es que no hubiera similitudes entre ambos, pero resultaba muy difícil apreciarlas debido a que gran parte del rostro de Bobbie estaba oculto tras su impenetrable barba.
– Y claro -continuó su tía-, presupones que el niño de la foto es el hermano de Pamela y que la niña es ella. ¿Por qué sacas esa conclusión? ¿No podrían ser un par de niños que estaban de visita en la casa? Invitados, por ejemplo.
– Podría ser.
– Sí, podrían ser amigos de la familia. O unos primos -añadió la mujer, recuperando la cadencia agradable de su voz.
De fondo, Laurel escuchó que Martin había ido saltando pistas del CD hasta llegar al primer gran número del rey, y que estaba cantando a voz en grito la canción «A puzzlement» con su peculiar estilo. Lo que le fallaba en pronunciación lo compensaba con su entusiasmo.
– Pero todavía tengo el presentimiento de que hay algo detrás de estas fotos -dijo Laurel.
– Entonces quizá deberías hablar con Pamela Marshfield. ¿Por qué no? Enséñale las fotos y a ver qué te dice.
Laurel sostuvo el auricular contra el hombro y se acercó la foto para contemplar a la niña. Parecía engreída y susceptible. Si intentaba imaginársela como una anciana, la veía como alguien bastante intimidatorio.
– ¿Sabes dónde vive?
– No tengo ni idea. Pero puede que los Dayton lo sepan. O los Winston.
– ¿Los Dayton no son la familia que le compró la mansión?
– Eso es. Y los Winston los que construyeron esa casa estilo Tudor en los terrenos que fueron propiedad de Pamela. La señora Winston es ya muy mayor, y creo que su esposo falleció. Me parece que todavía vive allí ella sola.
De repente, la puerta del despacho de Laurel se abrió y vio a un joven de ojos saltones, orejas de soplillo y el pescuezo escuálido como el de un pavo sosteniéndose en el pasillo. Llevaba el pelo teñido de naranja fosforito y tenía grandes cicatrices en sus demacrados brazos, una de las cuales se extendía hasta desaparecer bajo la manga de su camiseta gris llena de manchas de sudor. Estaba hecho un desastre, y Laurel podía afirmar por su mirada de conejo asustado que no se podía creer que estuviera en el albergue municipal para indigentes.
– Ha llegado un cliente -le comunicó a su tía-. Voy a tener que dejarte.
– Vale. Avísame si encuentras algo interesante sobre tu hombre misterioso -dijo la tía Joyce, antes de que intercambiaran unas palabras de despedida y colgaran.
Laurel se incorporó para saludar a su nuevo residente. Le dio la sensación de que el hombre llevaba bastante tiempo sin llevarse nada a la boca, así que le sugirió que pasaran a la cocina para tomar unos sandwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada. Los formularios de admisión podrían esperar hasta que hubiera comido algo.
Su madre le puso Whitaker, como su abuelo. Más tarde, su hermano mayor, con quien reñía constantemente cuando vivía con su familia en Des Moines, le transformó el nombre en Witless [3]. Después, el coordinador de la residencia universitaria en la que se alojó durante su primer año de carrera lo rebautizó como Witty [4], basándose en que el novato tenía tendencia a ocultar su nerviosismo e inseguridad tras un espeso velo de ironía. Una ocurrencia que el veterano tuvo por inteligente. Durante un tiempo, Whitaker temió quedarse para siempre con este apodo pero, gracias a Dios, no fue así. Habría supuesto demasiada presión. Casi todo el mundo le llamaba Whit. Así era como él mismo se presentaba, y el resto de inquilinos del edificio donde vivía, incluidas Talia y Laurel, le llamaron por ese nombre durante ese verano y ese otoño.
Aunque Whit se trajo a un par de amigos para que lo ayudaran con la mudanza, uno de ellos, un muchachote grande como un armario con el que había jugado a rugbi, Talia y Laurel se ofrecieron para echar una mano ya que andaban por casa esa mañana de sábado. Al instante, el joven se enamoró de las dos. Talia tenía una exquisita piel color almendra y una melena negra como el azabache que recogía en una única trenza cayéndole casi hasta la cintura. La muchacha conseguía hacer que unos pantalones grises de chándal y una camiseta amarilla de la Universidad de Vermont parecieran un par de piezas de un catálogo de lencería. Era cautivadoramente alta y se movía con la gracia y el porte de una bailarina. Supuso que todos los adolescentes de su parroquia estarían colados por ella, a no ser que los intimidara y los mantuviera a raya, y que todas las chicas querrían emularla. Parecía evidente que era toda una catequista con afición al rock.
Laurel llevaba una visera de béisbol con el lema de su albergue escrito por delante: «La seguridad pública empieza por dar un hogar». Por detrás, su coleta rubia emergía del cierre de la gorra como una fuente. De hecho, rebotaba contra su nuca cuando subía y bajaba las escaleras cargada con cajas de CD y bolsas de plástico llenas de camisetas y calcetines limpios. Llevaba unas zapatillas Keds rosas y unos tejanos piratas. A Whitaker le impresionaron sus pantorrillas. Gemelos, sóleo, peroneo lateral: los músculos que extendían su pie cuando caminaba. La muchacha tenía unas pantorrillas de gloria. De ciclista, de nadadora, y -tenía que reconocerlo, no se trataba de una mera apreciación profesional- de amante.
Se habría dejado encandilar por cualquiera de las dos. Ambas tenían cuatro años más que él, y eso ya constituía un poderoso afrodisíaco. ¿Por qué? Sencilla y llanamente, significaba que ya habrían terminado sus estudios. En su situación, cualquier mujer con trabajo le resultaba tremendamente exótica.
Pero fue Laurel la que, sin esperárselo, le hizo tilín. Puede que fuese por lo inesperado, por la sorpresa. Aquella tarde, cuando acabaron con su mudanza, estaban los dos en su pequeña terraza -minúscula sería la palabra adecuada, pues en realidad era una repisa con una barandilla-. Habían salido a respirar un poco y a beber algo de agua. Se encontraban acalorados, sudorosos y con la respiración acelerada por el esfuerzo. Laurel le pidió que le hablara de lowa, de su familia y del lugar en el que había crecido. Le preguntó por qué quería ser médico. Parecía tan sincera e intensamente interesada en sus respuestas que, por un momento, a Whit le preocupó que le hubiese confundido con uno de esos casos perdidos que se dejaban caer por su albergue. Pero pronto se le pasó este temor y se dio cuenta de que esta actitud venía de serie en su nueva vecina: era una persona que te hacía un montón de preguntas porque su trabajo consistía en ocuparse del prójimo, o quizá porque no le apetecía mucho hablar de sí misma. Sea como fuere, consiguió que se le acelerara el corazón mientras le contaba su vida. Entonces ella hizo algo tan extrañamente íntimo e inesperado que le congeló el aliento. Cuando él estaba describiendo la granja de su abuelo, Laurel tomó su botella de agua y vertió unas gotas en un delicado pañuelo que llevaba en el bolsillo del pantalón. Después se acercó a Whit y se lo posó en la mandíbula. Al parecer, se había hecho un corte y la pequeña herida había empezado a sangrar, aunque él ni se había dado cuenta. Permanecieron así, lo suficientemente cerca como para besarse, durante medio minuto como mínimo.
Había algo en ella que resultaba protector y, al mismo tiempo, extremadamente vulnerable. Whit podía deducirlo de la profesión que Laurel había elegido y también de su relación con Talia, que actuaba como una hermana mayor siempre velando por ella.
Whit no era torpe con las chicas, pero sí un poco tímido. Una vez salió con una muchacha que le dijo que era atractivo de un modo nada amenazador. Él se lo tomó como un cumplido, pero una semana después de hacer ese comentario la chica lo dejó. En la universidad tenía fama de discreto. A veces pensaba que si hubiera nacido una generación antes habría sido el típico mejor amigo de las chicas. Ese que siempre está ahí para ayudarlas a recoger los pedazos de su corazón roto por el guaperas del equipo de fútbol o el popular locutor de la radio del instituto, y que luego siempre termina yéndose sólo a casa. Por este motivo, daba gracias a Dios por haber nacido en su tiempo.
Whit no pretendía comprender a las mujeres y, durante agosto y las primeras semanas de septiembre, Laurel le resultó especialmente enigmática. Fueron un par de veces al cine y a bailar juntos -como amigos nada más, y siempre con más gente-. También salían a menudo al centro a tomarse un helado. Todo muy sano. Sabía que sus abuelos de Iowa habrían estado orgullosos de él. Descubrió que Laurel era una conversadora entusiasta y que le encantaba charlar con él sobre su trabajo con los desamparados, o sobre la Facultad de Medicina o sobre las películas que habían visto. Podían hablar de política o de religión, y lo hacían, a veces brevemente en el recibidor de su apartamento y otras más distendidas en las escaleras del portal. Sin embargo, había algunos temas que hacían que Laurel se transformase de repente, pasando de simpática a distante, así que Whit empezó a tener cuidado con las cuestiones que sacaba a colación. En una ocasión, le propuso salir a dar una vuelta en bicicleta por las hermosas carreteras al oeste de Middlebury y fue como si le hubiese sugerido ir a un funeral. Se volvió circunspecta y al poco se disculpó y subió a su casa. Otra vez, Whit estaba disertando al estilo de El club de la comedia, en un tono jocoso -o al menos eso suponía él-, sobre las películas de terror en las que siempre la gente moría asesinada en el bosque, y Laurel se marchó. Ni tan siquiera le recriminó sus comentarios o le echó la bronca. Estaba claro que no era del tipo de personas que se comportaban así. Simplemente, de repente abandonaba la conversación y se marchaba a BEDS, o a la sala de revelado de la universidad o al supermercado. Quitando a Talia, no parecía tener más amigos.
Por supuesto, Whit sabía que si Laurel se pusiese a analizar su mundo tampoco encontraría nada parecido a una frenética vida social. Pero él tenía una excusa: acababa de empezar a estudiar Medicina. Sólo con Bioquímica se podía pasar una vida entera memorizando nombres, estructuras y circuitos. Y, sí, él podía ser muy tímido con las chicas guapas.
Sin embargo, tenía la impresión de que podría llegar un momento en el que se arrepintiese de muchas de las cosas que había dicho, sin importar lo inocuos que le hubieran parecido en su momento sus comentarios. Una conversación que mantuvieron a mediados de septiembre fue un indicio de ello. Era una mañana de un día de entre semana y Whit estaba en pantalón corto y con una camiseta negra en la terraza de su apartamento, cuando vio a Laurel salir del portal a toda prisa y tomar la acera en dirección al centro. Se quedó contemplándola aunque, como desearía poco después, no muy encandilado. De repente, ella se giró hacia la casa, dando una vuelta casi de ballet sobre la punta de sus zapatillas. Miró hacia arriba, vio que él la estaba observando y le sonrió.
Whit devolvió el gesto levantando un par de dedos a modo de pequeño saludo, esperando que no hubiera sido demasiado obvio que la estaba escrutando intensamente. Quiso que el gesto con los dos dedos pareciera despreocupado, pero no fue así. Por la forma en la que ella le había mirado y luego apartado la vista, resultaba evidente que se había dado cuenta del gran interés con el que la estaba siguiendo.
– ¿Has olvidado algo? -le preguntó Whit.
– Pues sí -dijo ella, y entró a todo correr en el portal. No tardó en reaparecer sin que él se hubiera movido de la terraza.
Durante un segundo, Whit no tuvo claro si mostrar su interés preguntándole qué había vuelto a buscar resultaría educado o si, por el contrario, podría molestarse por su curiosidad. Por lo que él sabía, se podía haber dejado el diafragma. A fin de cuentas, tenía novio. Un tío mayor que trabajaba en un periódico. Pero tras una pequeña pausa, mientras Laurel giraba las llaves para cerrar la puerta, se atrevió y le preguntó:
– ¿Qué era eso tan importante?
– Un libro sobre música rock. Las raíces del rock and roll. Hay un capítulo que habla de Muddy Waters.
– No sabía que te interesara la historia de la música.
Laurel entornó los ojos, sonrió y añadió:
– Créeme, no me interesa. Pero tengo un cliente que podría haber estado relacionado con algunos viejos roqueros.
Llevaba una mochila roja colgando del hombro, y se la colocó por delante para poder abrir la cremallera y guardar el libro en su interior.
– ¿Un mendigo?
– Aja.
– ¿Era músico?
– No.
– ¿Compositor?
– No. Era fotógrafo.
– ¿Y dónde vive ahora?
– Murió.
– Vaya, lo siento.
– Es una historia un poco triste. Tuvo una vida muy larga, era un hombre bastante mayor.
– Entonces ahora te dedicas a investigar la música rock por… ¿por qué?
– Es un poco complicado. Estoy interesada en los créditos de las fotos. Te contaría más, pero nos iba a llevar toda la mañana y tengo que ir a trabajar. Luego te lo explico, ¿vale?
– Está bien. Además quiero salir a pedalear un rato -dijo Whit, esperando que sus palabras sonaran convenientemente perezosas, aunque nada más pronunciarlas temió haber dado la impresión de ser un pasota irresponsable-. Hoy no tengo clase hasta las diez y media.
– Tenemos horarios diferentes.
– Pues sí. Aunque no hace mucho tú también eras estudiante.
– A veces me parece que haya pasado mucho tiempo.
Whit se inclinó sobre la barandilla. No estaba seguro de cómo, pero tenía la incómoda sensación de encontrarse a punto de decir otra vez justo lo que no debía. Lo sabía. Pero sentía que tenía que decir algo, así que siguió adelante.
– Hoy sólo daré una pequeña vuelta, pero creo que este fin de semana saldré a hacer una ruta bastante más larga. Puede que por Underhill. Hay unas pistas forestales magníficas por allá, ¿sabías? Me gusta pedalear tanto como a ti nadar. ¿Por qué no me cuentas otra vez por qué cambiaste la bicicleta por el bañador?
– No creo que te lo haya contado nunca -contestó, sin mirarlo y concentrándose en la operación de cerrar la cremallera de su mochila.
Era el tipo de comentario que, viniendo de cualquier otro, le hubiera resultado cortante y le habría dejado profundamente deprimido. Sin embargo, en boca de Laurel parecía simplemente melancólico, como si de repente le cansara el tema.
– ¿Te apetecería venir conmigo? Tengo dos bicis, ya sabes. Puedo bajar el sillín de una de ellas y te quedará perfecta. Estuve allí, en Underhill, hace cosa de un mes y hay un tramo en el que los bosques se abren y la vista…
– Whit, tengo que marcharme, perdona -le cortó Laurel sin ni tan siquiera levantar la vista para mirarlo.
– ¡Oh! Lo entiendo -dijo él.
Por supuesto, no lo entendía. Todavía no entendía nada.
En los días siguientes a que Katherine le entregara las fotos, Laurel se concentró sobre todo en la imagen de la chica montada en bicicleta. Permanecía largo rato contemplando la sudadera, el pelo y el fondo de árboles, hasta que de repente le entraban náuseas. Volvió, como no le había pasado en años, a ver los rostros de los dos hombres con todo detalle, tal y como los recordaba de aquellas largas jornadas de verano en el juzgado de Burlington. En una ocasión tuvo que dejar la foto y agachar la cabeza entre las piernas, a punto de perder el conocimiento.
También le intrigaba la extraña coincidencia de que ese misterioso Bobbie Crocker tuviera en su posesión unas fotos del club de campo de su juventud. Se preguntaba si esto quería decir que el hombre había pasado su infancia en aquel rincón de Long Island, nadado de niño en la misma bahía que ella y después, años más tarde, había estado en la misma pista forestal en la que casi la matan. Que la hubiera fotografiado unas horas, o puede que unos minutos, antes de la agresión. Eso suponiendo que realmente fuera ella la muchacha que aparecía en la imagen, y que la foto hubiera sido tomada aquel domingo de pesadilla, y no en cualquier otro de los que le precedieron. Laurel no podía estar segura y, en cierto modo, prefería no estarlo, porque de confirmarse que era ella se establecería un vínculo entre Crocker y la agresión que prefería no contemplar.
Por el contrario, le resultaba más sencillo pensar en lo trágico que era que un hombre que había realizado tales fotos y que poseía un talento artístico tan evidente hubiera terminado en la indigencia. Sin embargo, procuró no obsesionarse demasiado en este sentido. Aparte de hojear algunos voluminosos tomos sobre el primer rock and roll y sobre fotografía de mediados del siglo XX, no hizo mucho por investigar su identidad, sobre todo porque no encontró el nombre de Bobbie en los créditos de las imágenes de los libros. A pesar de todo, en el funeral había quedado para comer la semana próxima con Serena, y al día siguiente le dejó un mensaje de voz a Emily Young, la asistente social encargada de Bobbie, para preguntarle si podía verla cuando regresara de sus vacaciones. Emily había limpiado junto a Katherine el apartamento del difunto en el Hotel New England y justo después se había embarcado en un largo crucero por el Caribe. Por eso no había asistido al entierro de Bobbie en el fuerte de Winooski.
Así que esa semana Laurel continuó durante un par de días más haciendo su trabajo, saliendo con David y yendo a nadar todas las mañanas. De hecho, fue a la bolera con Talia y un tío con el que se supone que su compañera de piso estaba saliendo y luego, al regresar a casa, se puso a navegar por Internet con su amiga para enterarse un poco de qué iba el paintball.
Se llevó la caja con las fotos a su apartamento, pero -a excepción de la imagen de la chica en bicicleta- no hacía nada serio con ellas más que echarles de vez en cuando un vistazo distraído mientras realizaba otras actividades: lavarse los dientes, charlar por teléfono, ver las noticias… No había empezado a clasificar las fotos para ver qué había de interés en ellas ni a llevar los negativos al laboratorio de la universidad para revelarlos. Ya tendría tiempo para ello más adelante. El viernes se tomó unos días de vacaciones y se marchó a su casa de Long Island. Ni Katherine ni Talia necesitaban preguntarle por qué, pues sabían que se acercaba el aniversario de la agresión y que Laurel tenía por norma no pasar esa fecha en Vermont. Su plan era volver el martes próximo, después del fatídico día, y el miércoles reincorporarse a su trabajo en BEDS.
Después de desayunar, metió un poco de ropa y cosméticos en su mochila, comprobó una vez más que había apagado la estufa y se dispuso a conducir en dirección sur su rodado pero práctico Honda. No tenía claro si intentaría ver a Pamela Buchanan Marshfield mientras estuviera en casa, pero por si acaso buscó los números de los Dayton y de la señora Winston en Internet y puso un sobre con las fotos de Bobbie Crocker en la mochila.
A Laurel le resultó casi demasiado fácil dar con Pamela Marshfield. Ni tan siquiera tuvo que mencionar el nombre de la mujer, pues Rebecca Winston ya lo hizo por ella.
Laurel estaba en la cocina de la casa de su infancia, con el teléfono pegado a la oreja observando a través de la ventana cómo la niebla envolvía poco a poco los pinos que había al final del jardín, que no daba al estuario de Long Island, sino que estaba separado de la orilla por una estrecha franja de bosque protegido. Después, la bruma se acercó al columpio y a la casita de juegos pegada a él que había ocupado un espacio enorme, como una masa apabullante en el patio trasero durante casi toda su vida. Laurel vio cómo un arrendajo azul se posaba en el puntiagudo tejado de la casita e inspeccionaba el césped. Era casi la hora del almuerzo del sábado y Laurel se acababa de levantar. Había dormido cerca de doce horas.
Rebecca Winston terminó de describirle la excursión que había realizado por Vermont hacía cinco años para contemplar los colores de los bosques en otoño, recorriendo en autobús las tortuosas carreteras que serpentean por las Green Mountains. A Laurel le pareció bastante mareante, pero no dijo nada. Después Rebecca le confesó su temor a no ser capaz de vivir ella sola en su casa dentro de poco y la conversación giró, con armonía y naturalidad, a la hija de Tom y Daisy Buchanan.
– Sé que hay algunas residencias para jubilados muy agradables por aquí cerca, pero me encanta mi casa. Fíjate, ahora mismo, mientras hablamos, puedo ver el agua. Es maravilloso y muy relajante, sobre todo cuando se levanta la bruma. Por supuesto, dispongo de recursos económicos, pero no creo que pueda pagarme la misma ayuda que una persona como Pamela Marshfield. ¿Sabías que tiene dos enfermeras viviendo con ella? -le dijo la mujer.
– ¿Dónde vive Pamela ahora, señora Winston? -le preguntó Laurel-. ¿Usted lo sabe?
– Llámame Becky, por favor.
– No podría -contestó. La señora Winston debía de tener tres o cuatro veces su edad.
– Por favor.
– Lo intentaré.
– Déjame oírtelo decir. Dale gusto a esta viejecilla.
– Señora.
– ¡Vamos!
– Está bien -tragó saliva-, Becky.
– ¿Tan difícil es?
– No, claro que no.
– Gracias.
– ¿Sabe dónde vive la señora Marshfield ahora?
– A ella sí que tienes que decirle señora.
– Lo suponía.
– Vive en East Hampton. Dicen que tiene una casa espectacular.
– ¿Más que su antigua propiedad, la que está al lado de la suya?
– Creo que no tan grande. Pero ¿para qué necesitas dos mil metros cuadrados cuando eres una viuda sin hijos? A pesar de todo, no es un sitio pequeño y la gente dice que las vistas al mar son sobrecogedoras. Yo tengo esta pequeña bahía llena de barquitas y casas. Me gustaba ver cómo de niños sacabais vuestras lanchas del club y volcabais con vuestros kayaks. Pamela, sin embargo, tiene un largo tramo de océano Atlántico con su propia playa. Alguien me contó que en los días soleados la sacan en la silla de ruedas a la terraza para que pueda ver las olas.
– ¿Tan deteriorada está?
– No, está bastante sana.
– ¿Cree que se molestará si la llamo?
– Probablemente preferirá que le escribas. Pertenece a esa generación que todavía se cartea. Y es una escritora de cartas particularmente excéntrica. En algunos círculos es conocida por sus largas misivas escritas en tono formal y llenas de opiniones e historias. Mantuvimos correspondencia durante un tiempo cuando se mudó.
– ¿Todavía conserva sus cartas?
– Oh, lo dudo. Perdimos el contacto hace ya mucho tiempo.
– Sólo voy a estar un par de días por aquí, así que creo que me arriesgaré con el teléfono -dijo Laurel, y Rebecca le dio el número de Pamela Marshfield. Como no aparecía en el listín, tuvo que prometerle a la mujer que no lo compartiría con nadie. Después, en cuanto colgaron, marcó el número de la propiedad de la señora Marshfield en East Hampton.
Laurel nunca pudo comprender qué vio Tom Buchanan en Myrtle Wilson, la mujer con la que mantuvo un ridículo romance en 1922 y que Daisy terminaría atropellando por accidente cuando conducía el coche de su amante. Puede que Tom Buchanan no fuera un tipo agradable -de hecho, era un bruto y un salvaje que una vez le partió la nariz a Myrtle-, pero era atractivo y rico. Laurel conocía su casa y el lugar en el que criaba sus caballos de polo. Pero ¿por qué Myrtle Wilson? Nunca supo de nadie que la hubiera conocido. Sin embargo, estaba claro que la mujer no era especialmente brillante ni agradable. Se trataba de una cotorra sin clase con tendencia a darse aires de grandeza. Ni siquiera era tan atractiva. Obviamente, no se merecía la muerte que tuvo, nadie debería morir así. La propia Laurel había estado a punto de ser aplastada por un vehículo, enganchada a su bicicleta. Como le había pasado a Myrtle, la furgoneta iba a acelerar y dejarla morir allí tirada. Pero aun así Laurel no conseguía ver a esa mujer como un alma gemela. No comprendía cómo un hombre de la talla de Tom Buchanan podía sentirse atraído por una mujer así. Siempre pensó que su siguiente conquista era una pieza de más valor.
Laurel se pasó casi toda la tarde del domingo pensando en Tom y en Daisy, ya que al día siguiente iba a conocer a su única hija. Una mujer, una enfermera o cualquier tipo de asistenta había contestado a su llamada el sábado y, tras dejarla esperando al aparato, transmitió su mensaje a la señora Marshfield. En primer lugar, Laurel le pedía disculpas por haber telefoneado en lugar de escribirle, y luego le explicaba quién era y que quería informar a la mujer de que tenía unas viejas fotos de las propiedades de los Buchanan y de una niña que pensaba que sería la señora Marshfield de pequeña. También añadió que le encantaría visitarla para entregárselas y conocerla. No mencionó al niño que aparecía en una de las imágenes ni a Bobbie Crocker. Tras un minuto de silencio, la mujer regresó al aparato y le dijo que la señora Marshfield estaría encantada de recibirla el lunes a las once.
Se pasó casi todo el domingo en el cuarto de los juguetes de casa de su primo. Martin estaba sumergido en una fase de Calle 42, así que dedicaron la mayor parte de la tarde al claque. Hacía poco que su madre le había encontrado una chistera negra y un bastón en una tienda de ropa de época, y los dos primos cantaron «Young and healthy» media docena de veces. Laurel le sacaba una cabeza a su primo, una diferencia de altura atribuible tanto al síndrome de Down de Martin como al hecho de que su prima era una larguirucha de un metro setenta y cinco. Sin embargo, el chico aparentaba ser ancho de espaldas, uno de esos armarios masculinos que parecen diseñados para llevar ropa formal. Las americanas le quedaban genial y bailaba con un desparpajo magnético. Laurel había notado en los abrazos que le daban sus amigas discapacitadas que tenía mucho futuro como rompecorazones, aunque también es cierto que esas chicas -y chicos- abrazan con cariño a todo el mundo. Una vez que hizo de cronometradora voluntaria durante los juegos paralímpicos, hubo un montón de deportistas que perdieron unos segundos preciosos en rodearla entre sus brazos y decirle lo bien que se lo estaban pasando o cuánto la querían.
– Bailas divinamente -le dijo Martin con galantería. Después, quizá consciente de que había dicho algo con consecuencias emocionales se avergonzó y añadió rápidamente-: ¡Mira que eres tonta!
Ésta era una muletilla incongruente que él utilizaba para llenar los silencios en las conversaciones que le resultaban desagradables. Aquella noche vieron Blancanieves -la tercera vez que la veían juntos si a Laurel no le fallaba la memoria-, saltándose las escenas de la bruja y la manzana y los truenos porque asustaban a Martin.
A Laurel le parecía un plan perfecto para pasar la tarde y parte de la noche. El año siguiente a su licenciatura había sido bisiesto, por eso el aniversario exacto de la agresión no tendría lugar hasta el día siguiente. Pero el asalto sucedió en domingo, por lo que ese año estaba muy agradecida de estar lejos de Vermont. Le encantaban las Green Mountains, pero a medida que se acercaba la puesta de sol empezaba a acelerársele la respiración y a sentir náuseas. La reconfortaba estar a seis horas al sur, en una burbuja en la que podía bailar claque con su alegre primo y ocupar su mente en unas fotos de ochenta u ochenta y cinco años de antigüedad de un contrabandista de licores envuelto en leyenda y de un misterioso niño.