PACIENTE 29873

mantiene un discurso rápido y profuso, pero se interrumpe con facilidad. No llega al grado de logorrea. (Nota: habla /socializa muy poco fuera de las entrevistas.) El estado anímico inferido es moderadamente irritable, lleno de afecto y con procesos de pensamiento coherentes.

Contenido del pensamiento: rechaza la idea de hacerse daño o de hacer daño a los otros. Persiste la preocupación por creencias poco habituales y no acepta hablar de mucho más. Niega escuchar voces, aunque en ocasiones se ha observado que habla a solas en la sala (insiste en que solamente está «revisando» material).

Las creencias siguen provocando un deterioro funcional. Escasa interacción con los otros, tanto en el hospital como con amigos del exterior, debido evidentemente a que discutir sobre las creencias conduciría a desacuerdos y a sentimientos de invalidez. Además, no muestra disposición a centrarse en cuestiones prácticas como una futura asistencia comunitaria y la planificación del alta.

Fragmento de las notas de Kenneth Pierce,

psiquiatra a cargo,

Hospital Público de Vermont,

Waterbury, Vermont.


Capítulo 7

Una niña de once años, sentada de rodillas en el suelo del huerto de manzanos, sostenía entre sus manos una manzana roja que acababa de arrancar de la rama baja de un árbol. Le dio un mordisco y le sorprendió lo acida y jugosa que era. Vestía un elegante pichi de color verde jade y llevaba una diadema a juego. Su cabello todavía conservaba el aroma dulce y limpio de su champú de fresas.

Su hermana, de seis años, intentaba llegar hasta ella rodando colina abajo, pero en esta parte del huerto la pendiente no era muy pronunciada. Además, el suelo estaba cubierto aquí y allá por manzanas caídas. Por eso, la pequeña se veía obligada a avanzar hacia su hermana mayor impulsándose con los codos y los pies, moviéndose como una caja más que como una rueda por la pequeña ladera.

– Eso es robar, Marissa -dijo, incorporándose y señalando la manzana mordisqueada que sujetaba su hermana. En el cielo, tras ella, había filas onduladas de nubes blancas, como series de alas sobre él, por otra parte, límpido azul del firmamento. A Marissa le recordaban las persianas venecianas que tenían las ventanas del cuarto de baño del apartamento de su padre.

– ¿El qué?

– Comerse una manzana que papi no ha pagado.

Marissa suspiró y dio otro mordisco. Esta vez masticó de forma exagerada, moviendo la mandíbula como si fuera una prensa. Se fijó en que la pequeña tenía la boca sucia de azúcar, resto de la manzana de caramelo que se había comido cuando llegaron al huerto -ésa sí que la había pagado su padre-, y que su sudadera blanca tenía manchas de las manzanas podridas sobre las que había estado rodando. Se parecía a las niñas de los anuncios de detergentes de la tele.

– Tendré que chivarme -añadió la pequeña.

– Tendrías que hacer un montón de cosas -dijo Marissa, tras tragar de nuevo con manifiestas florituras dramáticas. Llevaba ya tres años actuando con adultos, en su mayoría banqueros, profesores y peluqueros de profesión, en el teatro municipal. Aspiraba a lograr más éxitos algún día: soñaba con llegar a Broadway.

– Por ejemplo -añadió-, podrías empezar por no dar volteretas en el suelo como uno de esos patéticos y sucios niñatos del parvulario; o por pensar en lavarte la cara por lo menos una vez al mes.

La pequeña, una regordeta de nombre Cindy, no parecía especialmente molesta por la regañina de su hermana. Se encogió de hombros e intentó limpiarse las manchas de caramelo de la cara con la manga, pero estaban coaguladas como la sangre. Haría falta algo más que la manga seca de una sudadera para arreglar el estropicio.

Cuando su padre les propuso ir a pasar la tarde al huerto, Marissa pensó que los acompañaría su nueva -la más nueva que ella supiera- novia. La chica que se llamaba Laurel y que a su madre no le caía bien porque decía que era muy joven. Pero a Marissa le gustaba esta muchacha, por eso se puso triste cuando su padre les dijo que irían sólo ellos tres y que no pasarían a recoger a Laurel por su apartamento en el barrio alto, cerca de la universidad.

– Todavía tienes caramelo en la cara -dijo Marissa poco después.

Una vez más, Cindy intentó quitárselo, ahora chupándose los dedos y frotando la suciedad que enmarcaba sus labios como el maquillaje de un payaso.

– ¿Ya se ha ido? -preguntó Cindy.

– Estás mucho mejor -mintió Marissa.

De nada serviría hacer ver a su hermana que era un auténtico desastre de persona. Además, Marissa no sabía por qué esa tarde estaba tan irritable. Su hermana y ella habían pasado un fin de semana bastante agradable con su padre. El día anterior habían ido de compras a un mercadillo que organizaba una de las vecinas de su madre, y luego fueron a ver una película que, sorprendentemente, no era infantil y que les gustó mucho a todos.

Después cenaron pizza. Como era de esperar, Cindy se las arregló para meter el puño de su jersey en la comida, haciéndose una mancha que haría que mamá pusiera los ojos en blanco frustrada y dijera algo malo sobre papá cuando lo descubriera. Esa mañana, su padre les había preparado gofres para desayunar. Todavía no había hecho sus deberes, y eso la remordía un poco en lo más profundo de su mente. Pero siempre podría ponerse con las matemáticas cuando volvieran a casa de papá y hacer las lecturas en el baño después de cenar.

Se preguntaba si su mal humor de esa tarde tendría algo que ver con los planes de mamá de casarse con Eric Tourneau en noviembre. Había oído cómo sus padres hablaban por teléfono esa mañana sobre los preparativos, discutiendo sobre dónde se suponía que su hermana y ella iban a pasar los días anteriores y posteriores a la ceremonia. Por desgracia, sabía muy bien dónde iba a estar el gran día.

– ¿Te la vas a comer entera? -preguntó Cindy.

En la distancia, fácilmente a unos cincuenta metros, su padre estaba de puntillas, estirándose para alcanzar un grupo de manzanas en un árbol particularmente larguirucho. Cuando depositó un par de frutas más en la cesta de mimbre que tenía a sus pies, les echó una mirada. Marissa no estaba segura de cómo ni cuándo había llegado allí. Sabía que había estado trabajando en un árbol diferente al de su padre y que luego había pasado por otros que no tenían manzanas en las ramas bajas que quedaban a su alcance. No tenía ni idea de cómo había surgido esta distancia entre ella y su padre.

– Vale, ahora dime -le preguntó a Cindy-: ¿Qué sería peor? ¿Terminarme esta manzana, lo que significaría robar una pieza entera de fruta, o no terminarla, lo que significaría desperdiciar comida?

La pequeña se quedó reflexionando sobre el asunto, pero sólo durante un segundo. Después sonrió y dio una voltereta sobre el suelo embarrado, aplastando una manzana con la espalda y dejando una enorme mancha en la parte trasera de su sudadera. «Esta niña no tiene remedio -pensó Marissa-. No hay nada que hacer.» Sabía que, a veces, el novio de mamá pensaba que Cindy era graciosa, pero seguro que se debía a que Eric no tenía hijos y no había conocido a un niño mejor. No sabía qué se podía esperar de un crío de seis años. Además, no tenía elección. Debería gustarle Cindy a la fuerza, ya que se iba a casar con mamá.

Marissa tenía el desagradable presentimiento de que su madre y él iban a tener más hijos. Esto era un motivo más para que Eric no le cayera bien y para estar enfadada con su madre. También contribuía a que con Laurel se sintiera más a gusto. Su padre le había asegurado que Cindy y ella eran sus prioridades y que no tenía ninguna intención de salir con una mujer que quisiera tener hijos. Esto hizo que le cogiera más cariño a Laurel.

– ¿Crees que papá nos comprará otra manzana de caramelo cuando nos vayamos? -le preguntó Cindy nada más terminar de revolcarse, abriendo mucho los ojos, orgullosa de su pequeño logro gimnástico.

– A mí no me ha comprado ninguna.

– Claro -dijo Cindy-, porque tú preferías esperar a robarlas de aquí.

¡Santo Dios! Esto ya era el colmo. Era el comentario más tonto, estúpido, absolutamente ilógico e infantil que había oído. Había llegado el momento de callar a su hermana, o por lo menos de mandarla a paseo.

– Pues sí… -dijo Marissa, consciente en cierto modo de que debía tener cuidado y controlar su enfado para no entornar los ojos, pues eso echaría a perder el efecto que andaba buscando. Por el contrario, miró con un gesto teatral hacia detrás y hacia delante. Le agradó comprobar que las nubes que había sobre sus cabezas decidieron colaborar en el momento oportuno, arremolinándose para cubrir el sol. El huerto se oscureció poco a poco ante sus ojos.

– ¿Qué? -dijo su hermana-. ¿Qué pasa?

– ¡Shhhhhhhh! No te muevas.

– ¿Qué pasa? ¡Dime!

– Sí, pero no te muevas. Sólo un segundo, ¿vale? Estoy oyendo algo. Es muy importante. -Añadió un ligero y acongojado temblor a su voz, esperando que sonara a la vez suplicante… y asustada. Muy, muy asustada.

Funcionó. Su hermana se quedó tiesa como una estatua. Después, casi desesperada, con apenas un suspiro por voz, dijo:

– ¿Qué?

– He oído algo y después… después el manzano que está detrás de ti se… se ha movido.

– Por el viento.

– No, no ha sido el viento. Ha empezado a alargar y estirar las -ramas.

Cindy se quedó callada, intentando adivinar si su hermana mayor le estaba gastando una broma o no.

– No es verdad -dijo finalmente la pequeña, pero utilizando un susurro nervioso apenas audible. Marissa sabía que la niña todavía creía en hadas, troles y en un extraño enano travieso llamado Tomten que había visto en un libro de ilustraciones. Era un milagro que su hermana no pensara que los Teletubbies existían de verdad, si es que no lo hacía. Y lo mejor de todo, Marissa sabía que a Cindy le daban pavor los malvados árboles parlantes de El mago de Oz, un terror superior incluso al que sentía por los monos voladores. Justo el otro día habían visto otra vez el DVD de la película, y en el momento en el que los árboles se ponían a lanzar manzanas a Dorothy y sus amigos, Cindy se había escondido de nuevo bajo los cojines del sofá hasta que terminó la escena.

– Sí lo es -dijo Marissa bajito, muy bajito-. No te iba a engañar con algo tan importante.

– Te lo estás inventando. Los árboles no pueden moverse.

– ¡Pues claro que pueden! ¿Cómo grabaron si no la escena de El mago de Oz! Fueron a un campo de manzanos y les preguntaron a los árboles si querían salir en la película, y ellos dijeron…

– ¡No! ¡No es verdad!

– ¡Laurel tiene fotos! -Marissa no tenía ni idea de cómo se le había ocurrido ese embuste, pero las dos hermanas sabían que la novia de su padre era fotógrafa, así que la mentira resultaba hasta racional.

– ¿Fotos de árboles hablando?

Asintió con un gesto casi imperceptible de la cabeza.

– De manzanos. Y parecen… muy enfadados.

Parecía que Cindy se lo estaba tragando y empezaba a montarse en la cabeza un paisaje de manzanos furiosos mezclando los recuerdos que tenía de la película -que no debían de ser muchos porque se pasó casi toda la escena con la cabeza oculta bajo los cojines- con los árboles que podían ver a su alrededor en el huerto: los palitos de las raíces en forma de afiladas garras, el amplio y amenazador alcance de las ramas, los rostros enfadados que se formaban en la corteza… Cuando tienes seis años, no hace falta mucha imaginación para que un manzano te dé un susto de muerte. Marissa se dio cuenta de que su hermana no se había creído del todo que el árbol que estaba detrás de ella se hubiera movido, pero tenía las dudas suficientes como para decidir que lo mejor que podía hacer era salir corriendo hacia su padre, aunque sólo fuera para chivarse de su hermana y ponerla en un aprieto. De repente, como una bomba de relojería, la niña explotó:

– ¡Pa-pááá! -gritó.

Su voz era un aullido bisílabo de desesperación y pánico. Se giró y echó a correr hacia su padre tan rápido como sus rechonchas piernecitas se lo permitían. Parecía un aterrorizado munchkin [5].

Marissa imaginó que su padre le echaría la bronca por asustar a Cindy, pero no pensó que sería nada serio. A fin de cuentas, torturar a la hermana pequeña forma parte de las obligaciones de una hermana mayor. Se preguntó si, por alguna casualidad, la novia de su padre tendría alguna foto de manzanos. Era poco probable, pero nunca se sabía. Se anotó en la memoria preguntarle a Laurel la próxima vez que estuvieran juntas qué tipo de cosas fotografiaba. Puede que Laurel aceptara sacarle una foto, un retrato. Un retrato muy profesional. No tenía ninguno, y esto le molestaba cada vez que iba a un casting. Había un par de obras que se iban a representar en el teatro de Burlington en las que necesitaban una niña, así que debía estar preparada.

Laurel, por lo que parecía, era una chica con un secreto muy serio. Marissa no sabía muy bien de qué se trataba, pero se imaginaba que de nada alegre. Suponía que ya lo descubriría algún día, sobre todo si Laurel y su padre seguían saliendo juntos, como ella deseaba. La joven era para ella algo más que la nueva muñequita de su padre. La consideraba como una hermana mayor que nunca se metía con ella. Habían salido juntas de compras un par de veces, las dos solas, y se lo pasaron genial. Además, Laurel tenía un primo que también se dedicaba al teatro y a los musicales, así que se sabía las letras de algunas canciones de las obras en las que ella había actuado. Pero Marissa había pasado suficiente tiempo con Laurel como para darse cuenta de la oscuridad que se ocultaba detrás del telón.

Le dio un último mordisco a la manzana y lanzó el corazón hacia el poste de una valla de madera cercana, pero erró el tiro. Después se puso a subir la cuesta hacia donde estaban su padre y su hermana. De repente se encontró frente a un viejo manzano muy retorcido, con un par de nudos en el tronco, a medio metro por encima de su cabeza, que se parecían a dos ojos llorones con las cejas arqueadas y lágrimas corriendo por los surcos de la corteza. Antes de darse cuenta estaba corriendo para alcanzar a su padre y a Cindy. Cuando llegó junto a ellos decidió disimular poniéndose a jugar a «tú-la-llevas» con su hermana para que pareciera que su carrera era parte del juego.


Capítulo 8

El domingo por la noche Laurel se dirigió a la habitación que en tiempos fuera el despacho de su padre y se sentó ante el ordenador que, nueve meses antes, mientras pasaba las vacaciones de Navidad en casa, había ayudado a escoger a su madre. Se conectó a Internet y se pasó un agradable rato navegando por el sitio de la revista Life. Estuvo tres cuartos de hora mirando antiguas portadas, pero no encontró ni rastro del viejo fotógrafo que había fallecido en Vermont. Por supuesto, esto no quería decir nada. La página web sólo ofrecía portadas y un puñado de imágenes clásicas. Después, amplió su búsqueda introduciendo nombres en Google durante un par de horas. Encontró un montón de gente llamada Robert Buchanan, entre ellos un poeta británico del siglo XIX y un actor americano del XX. Había Robert Buchanan radiólogos, agentes inmobiliarios y profesores de grandes y pequeñas universidades. Incluso existía un tal Bobbie Buchanan que era escritor y parecía que seguía vivo y residía en alguna parte de Australia. También había media docena de estudiantes de instituto con ese nombre que poseían sus propias páginas web, interesantes algunas, lascivas y de mal gusto otras.

Después empezó con los Crocker, tanto Roberts como Bobbies. Sólo encontró trece Bobbies, y todos parecían ser deportistas en edad escolar o guardas de seguridad (de hecho, había dos con esa profesión: uno en Nuevo México y otro en Virginia Occidental). Por el contrario, cuando lo intentó con Robert, le salieron casi quince mil resultados, incluyendo campeones de tiro olímpico, púgiles de lucha libre y profesionales y expertos de toda clase, desde un filósofo platonista de Cambridge a un científico con impresionantes conocimientos acerca de un parásito llamado gusano arador. Aunque avanzó rápido por las páginas, sólo pudo ver una pequeña parte de los resultados que le ofrecía el buscador.

Por este motivo, intentó afinar la búsqueda añadiendo otros términos, como «fotografía», «fotógrafo» o «revista Life». Consiguió reducir los resultados a un número razonable, no más de once en algunos casos.

Sin embargo, cuando terminó no había encontrado ninguna referencia al hombre que, pensaba, podría ser el hijo de Tom y Daisy Buchanan. Eran las doce de la noche pasadas, y después de tres horas de trabajo no había descubierto a nadie con posibilidades de haber sido su indigente de Vermont. No apareció ningún fotógrafo que pudiera estar cerca de la edad que tenía el antiguo residente de BEDS. El Bobbie Crocker (o Robert Buchanan) de Laurel parecía no existir en el mundo infinito y virtual de la red.


Un poco antes de que Laurel se marchase a Vermont para estudiar en la universidad, instalaron un sistema de climatización en la piscina del club de West Egg. Por eso, aunque el lunes amaneció fresco con el primer aviso serio del otoño, decidió ir a nadar. Se hizo un poco más de kilómetro y medio e incluso realizó media docena de saltos desde el trampolín de un metro, saboreando el instante en el que su vuelo pasaba abruptamente del frío aire al agua, que estaba realmente templada. Había perdido práctica y ya no poseía la agilidad de cuando tenía quince años, pero le sentó bien lanzarse desde la plataforma.

Antes de marchar, recogió la toalla del lugar en el que la había dejado -el trozo de césped junto a los manzanos silvestres le trajo a la mente una imagen de su adolescencia: las jóvenes madres con sus pequeños sentadas a la sombra de los árboles-. Se envolvió con ella como si fuera una capa y subió la escalerilla del trampolín de tres metros. No tenía pensado volver a lanzarse otra vez al agua. Nunca había sentido que el trampolín superior tuviera ningún atractivo especial. Sólo quería comprobar si la vista de la antigua mansión de los Buchanan era distinta desde esa altura o si tendría una mejor perspectiva. La verdad es que no vio nada nuevo, pero se quedó unos instantes contemplando la hilera de puertas acristaladas, las ventanas saledizas y las brillantes hiedras que asfixiaban con gracia el ladrillo. Estudió el pórtico lateral y el embarcadero, que todavía ahora se internaba en las aguas de la bahía. Intentó imaginar dónde quedaba la zona de césped del club de campo desde donde Jay Gatsby observaba hipnotizado por las noches las luces al otro lado de las aguas, comprender lo que había supuesto para aquel hombre aquella luz en particular que surgía al final del muelle. Sólo después de un buen rato regresó a su casa para desayunar con su madre.

Aunque algunas mujeres envejecen considerablemente tras la muerte de su pareja, Ellen Estabrook parecía haberse revitalizado tras perder a su marido. Laurel no dudaba de que su madre había amado a su esposo. Sabía que sus padres se querían. Pero su padre fue una gran presencia en todos los sentidos: al fallecer debía de pesar casi cien kilos y con su metro noventa les sacaba una cabeza a muchos hombres. Tenía un cuerpo fornido y se conservaba en plena forma. Su muerte de un ataque al corazón sorprendió a propios y extraños. No había ni una sola célula sedentaria en su organismo. Siempre estaba moviéndose, bien en el bufete de la isla del cual era socio mayoritario, bien asando pollos en una barbacoa benéfica del Club Rotario en el parque, bien en reuniones con gente tan intrínsecamente caritativa como él para ayudar a recaudar fondos con destino al orfanato de Honduras.

Desde la muerte de su esposo, la madre de Laurel empezó a teñirse el pelo con henna, y ahora escogía como pintalabios esos brillantes tonos cereza que a Laurel le parecía que las empresas de cosméticos diseñaban pensando en chicas más jóvenes incluso que ella misma. Ellen también empezó a vestir mucho de negro, pero no porque estuviera de luto. Llevaba camisetas ajustadas negras, pantalones vaqueros negros, faldas negras… Que Laurel supiera, al menos no había estado saliendo en serio con nadie, aunque parecía tener un montón de amigos varones. No creía que su madre estuviese reinventándose porque tuviera en mente cazar a un segundo esposo. Simplemente se trataba de una mujer de cincuenta y cinco años que había decidido, consciente o inconscientemente, revitalizar su existencia. Era una hermosa dama de mediana edad, todavía imponente y escultural, y Laurel podía verse a ella misma satisfecha en las líneas de su rostro dentro de veintinueve o treinta años.

Laurel llevaba casi tres horas levantada cuando desayunaron juntas pasadas las ocho de la mañana. Le había hablado a su madre de todas las fotografías que Bobbie había dejado, excepto de la imagen de la ciclista. No compartió con nadie sus sospechas acerca de quién era la chica de la bicicleta. La mera idea de que su hija volviera a recordar esa parte de su vida habría alarmado profundamente a Ellen Estabrook.

Su madre ya le había contado que no sabía casi nada de Pamela Marshfield, así que hablaron sobre todo del viaje a la Toscana que Ellen iba a emprender el próximo sábado. Era otra de las aficiones que se habían manifestado tras la muerte de su esposo: la pasión por viajar. Los padres de Laurel habían estado en Italia, pero fue hace décadas y pasaron la mayor parte del tiempo en Roma. Ahora su madre se iba con una amiga a pasar un par de semanas en una escuela de cocina a las afueras de Siena.

Después de meter su taza de café en el lavavajillas, cuando se disponía a subir las escaleras para lavarse los dientes antes de salir, su madre la arrinconó y le dijo:

– Ten cuidado, mi vida. Sé que mucha gente por aquí piensa que los Buchanan son una familia desgraciada con mala suerte. Incluso tu tía comparte esa opinión, pero yo no. Creo que son bastante tétricos.

Laurel analizó a su madre. Llevaba puesta una delicada camiseta negra de algodón con el cuello bordado. Estaba claro que era de Bergdorf's y que costaba un riñón. Por un momento pensó en bromear sobre la posibilidad de que una anciana de más de ochenta años fuera a atacarla, pero se contuvo. Ninguna de las dos era capaz de utilizar el verbo «atacar» en otro contexto que no fuera el bélico. Casi nunca hablaban del período que Laurel pasó en casa tras la agresión, ni tan siquiera en los aniversarios. A menudo, la madre se preocupaba por la seguridad de su hija y por las secuelas que le había dejado el haber estado tan cerca de la muerte, pero Laurel sabía que hablar de ello sólo empeoraba las cosas.

– Bueno, creo que el padre de Pamela sí que era un poco tétrico -dijo Laurel.

– Su madre también era horrible. No te olvides de que fue Daisy, su madre, la que en realidad asesinó a aquella pobre mujer. La atropello y la dejó morir en la cuneta. Tu padre siempre decía que si la hermana de Myrtle Wilson hubiera tenido más estudios o un espíritu más litigante podría haber denunciado a Daisy por homicidio imprudente y omisión de socorro.

– De todos modos, no creo que me vaya a atropellar. Dudo mucho que a su edad pueda conducir.

Al momento, se arrepintió de lo que acababa de decir. Su madre dio un largo trago al café y Laurel fue consciente de que la mujer estaba viendo, una vez más, a su hija enganchada en la bicicleta mientras los dos hombres daban marcha atrás a la furgoneta y luego salían pitando.

– Le sale el dinero por las orejas -continuó su madre al cabo de unos instantes, recuperándose-, pero nunca donó ni un centavo a los proyectos caritativos en los que trabajaba tu padre. Ni tan siquiera para el orfanato. Él mismo pasó una tarde por su casa durante una colecta. Ya sabes, una campaña para recaudar donaciones. Pamela aceptó recibirles, a tu padre y a otro miembro del Club Rotario, creo que se trataba de Chuck Haller. Pero cuando llegaron, se mostró muy poco receptiva, como si todo el esfuerzo que ellos realizaban no le importara nada. Tu padre no entendía por qué perdió el tiempo recibiéndoles.

– ¿Hace cuánto tiempo que murió el señor Marshfield?

– Poco después de que vendieran la casa. Unos veinticinco o veintiséis años, creo.

– ¿Por qué piensas que no tuvieron hijos?

– ¡Oh! ¿Cómo voy yo a saber responder a una pregunta así? Igual no podían, igual no querían… -dijo su madre. Luego alzó las cejas y añadió con tono melodramático-: Igual les habían sucedido ya suficientes desgracias como para no tentar a la suerte.

Laurel sonrió mientras observaba cómo su madre se ajustaba, con un gesto de niña coqueta, el cierre de uno de sus pendientes con el pulgar y el índice. Después, se inclinó para besar a su hija en la mejilla y susurró con un ronroneo:

– ¡Ummmm! ¡Cloro! Me encanta este olor en tu pelo. Me recuerda que sigues siendo mi pequeñita.

– ¿Tanto se nota?

– ¿El cloro? Sólo si te acercas mucho. No creo que Pamela se acerque demasiado a nadie.

Laurel iba a regresar a Vermont al día siguiente y no sabía si su madre tenía pensado algo especial para la cena de esa noche.

Su hermana, Carol, iba a pasarse más tarde para verlas. Por eso, le preguntó si quería que trajera alguna cosa al volver.

– No, sólo quiero que conduzcas con cuidado y que te andes con ojo con esa mujer, te lo digo muy en serio.

– Estás preocupada por mí, ¿verdad?

– Supongo que un poco. No me gusta esa familia. Y, sí, no me agrada que estés tan obsesionada con las obras de ese tipo. Eso también me pone un poco nerviosa. Ya sé…

– ¿Qué sabes?

– Sé que te tomas tu trabajo muy en serio. Sé cuánto te preocupas por la gente que viene al albergue.

– No te preocupes, mamá. Bobbie me caía bien, y las fotos que ha dejado me han impresionado. Sólo quiero comprender cómo pudo acabar en BEDS. Pero, hasta el momento, no se trata más que de simple curiosidad académica.

Laurel sintió los dedos de su madre entrecruzándose con los suyos, sus delgadas y elegantes manos de mujer mayor apretando las suyas con dulzura. Ellen le ofreció una sonrisa intranquila y tierna. Laurel no fue capaz de dilucidar si su madre estaba más inquieta porque su frágil pequeñita se estuviera implicando en un proyecto que podría terminar resultándole una pesadez, o si su preocupación maternal se debía a las cosas que sabía acerca de Pamela Buchanan Marshfield.


¿Cuál fue la primera impresión de Laurel? Que la señora Winston estaba totalmente equivocada: Pamela Marshfield ni necesitaba ni quería que la llevaran a ningún sitio. Era una mujer muy mayor, pero para nada débil. Al igual que su hermano, se encontraba en una sorprendente forma para alguien de tan avanzada edad. Podían decir lo que quisieran sobre los Buchanan, pensó Laurel cuando posó por primera vez los ojos sobre Pamela, lo que estaba claro es que poseían un buen banco genético. La mujer tenía ochenta y seis años, pero era imponente, autoritaria, segura de sí misma y lo suficientemente mordaz como para hacer que Laurel se sintiera un poco incómoda. Decidió mantenerse alerta, pues resultaba evidente que Pamela hacía lo propio.

– Me sorprende lo mucho que me costó abandonar la orilla norte -dijo poco después de que Laurel llegara a East Hampton. Llevaba una blusa blanca de manga corta que revelaba los afilados puntos de su clavícula, y una falda con estampado de flores que casi rozaba las baldosas italianas de la terraza en la que se encontraban tomando el té. Una franja de césped cortado con esmero de unos doscientos metros de largo separaba la mansión de la playa. El mar estaba tranquilo, y las olas llegaban a la orilla más bien como suaves ondas, como cuando vuelcan un cubo de agua con jabón por la rampa de un garaje de un barrio residencial.

– Nunca he regresado allí.

Tenía las mismas marcas de vejez que muchas ricachonas mayores: su piel estaba estirada a la altura de los ojos, pero se arrugaba como un acordeón en sus brazos y en el cuello. Su cabello era blanco y gris como las cenizas de una vieja chimenea, y lo llevaba muy corto, como un hombre. Laurel pudo ver que tenía tiritas blancas en los brazos y en el dorso de la mano, donde supuso que habría tenido lunares, manchas de envejecimiento y tumores precancerosos.

– A mí me gustó haber crecido allí -dijo Laurel-. No tengo intención de regresar e instalarme en West Egg, pero…

– ¡Nadie se instala en West Egg! -dijo la anciana, haciendo un ligero gesto desdeñoso con la mano-. La propia palabra, «instalarse», implica un espíritu de pionero y un deseo de echar raíces en la tierra. Allí no hay raíces que valgan. La gente sólo está de paso, como si… escalaran. Siempre fue así.

Laurel comprendió a lo que se refería. West Egg nunca estuvo tan bien visto como East Egg, siempre fue más bien un mundo para nuevos ricos. Al igual que Tom y Daisy, parecía que Pamela Marshfield tomaba a cualquiera que viviese en el otro lado de la bahía por un advenedizo como Gatsby.

– Pues mi familia siempre ha sido bastante feliz allá -dijo Laurel, esperando sonar serena y confiada.

– Me alegro. Me pareció entender que eres nadadora.

– Así es como me mantengo en forma, sí.

– Creo que le dijiste a Julia, mi secretaria, la chica con la que hablaste por teléfono el sábado, que solías nadar en el club de campo que queda enfrente de nuestra antigua mansión.

Laurel tuvo que reprimir una sonrisa ante la palabra que su anfitrión a había elegido para referirse a Julia. Además de la conversación telefónica que mantuvieron dos días antes, Laurel había conocido a la secretaria en persona mientras esperaba a que Pamela la recibiese, y la «chica» en cuestión tendría, por lo menos, cinco años más que su madre.

– Es cierto. De pequeña me pasé casi todos los veranos en aquella piscina y en la bahía que queda enfrente de su antigua casa.

– Siempre me extrañó que mis padres nunca se mudaran. Suponía que las… las vistas… les resultarían dolorosas.

– ¿A usted le molestaban?

– ¿Las vistas?

Laurel hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

– No.

A lo lejos, por el sur, el horizonte se vio interrumpido por una línea de cúmulos de nubes en forma de coliflor, como una hilera de enormes columnas dóricas sujetando el firmamento. Pamela las estuvo contemplando un buen rato antes de añadir:

– Me pareció entender que tienes unas fotos que quieres enseñarme.

– Sí.

Laurel cogió el bolso de cuero que su madre le había regalado ese verano por su cumpleaños y sacó el sobre que contenía las fotos que se había traído de Vermont. La primera que puso en la mesita que la separaba de la mujer era la imagen del niño y la niña junto al pórtico de la casa en la que la anciana había pasado su infancia. Laurel intentó sopesar la reacción de la señora ante la instantánea, pero su rostro no decía mucho. Finalmente, Laurel le preguntó:

– ¿Estos son usted y su hermano?

– Pues sí. Yo diría que en esta foto tendría nueve años, ¿no crees? Eso significa que mi hermano tendría… -Se detuvo por un instante, como intentando preguntarle al aire cuántos años le sacaba a su hermano-…cinco añitos.

– ¿Recuerda cuándo se sacó la foto? ¿Qué estaban haciendo aquel día?

– Oh, podrían haberla tomado en cualquier momento. Parece evidente que íbamos a salir a algún sitio bastante interesante. Aunque siempre nos estaban llevando a sitios bastante interesantes.

– Supongo que tuvo una infancia feliz -dijo Laurel, aunque no creía que fuera así. Sólo intentaba decir algo cortés para llenar el silencio que parecía invadir la terraza cuando una de las dos terminaba de hablar.

– Creo que es del dominio público que mis padres tuvieron un matrimonio muy problemático. Ésa es la razón por la que hacíamos cosas, muchas cosas. Íbamos a un montón de sitios, éramos un cuerpo en constante movimiento. Era la forma que tenían mis padres de afrontar su distanciamiento. Mi hermano y yo no tardamos en comprenderlo. Por eso, aunque puedo decir que tuvimos una infancia privilegiada, no me atrevería a afirmar que fue feliz.

– Entiendo. Lo siento.

– ¿Tienes más fotos?

Como una adivina que le estuviera leyendo la fortuna con una baraja de tarot, Laurel extendió el resto de imágenes de la casa en la mesa, ante la mujer. También se había traído las fotos de Gatsby y de las fiestas, así como las de su casa y la piscina, pero, en el último momento, decidió mantenerlas a buen recaudo dentro del sobre. Podrían contrariar a Pamela Marshfield.

– Me encantaba esta habitación -dijo la mujer, señalando un ventanal con parteluz del segundo piso que aparecía en una de las fotos-. Era la sala de juegos. Había una mesa de juego en la que mi madre, a veces, echaba la partida de bridge con sus amigas y conmigo, un gramófono sobre una consola de madera de cerezo y una mesa de billar. A Robert le encantaba el billar, y también las cartas. Era un excelente jugador de bridge, incluso desde muy pequeñín.

– ¿Robert? ¿No le llamaban Bobbie? -preguntó Laurel, dándose cuenta de que había sonado un poco sorprendida.

– No. Siempre fue Robert, hasta el día en que murió -dijo Pamela, aunque había algo de falso en su tono de voz, algo más cauteloso que triste-. ¿De dónde las sacaste?

– Las tenía un hombre que falleció la semana pasada en Burlington. Un caballero muy amable, de ochenta y dos años.

Laurel esperaba una reacción: un mínimo gesto de cabeza, una repentina y profunda aspiración, una ceja alzándose con tristeza o sorpresa. Pero la mujer sostuvo su mirada sin decir nada.

– Había sido indigente -continuó Laurel-. Mi organización, BEDS, le encontró un modesto apartamento. Estas fotos eran lo único que poseía cuando llegó al albergue.

– ¿Había alguna más?

– Sí. Unas instantáneas y algunas impresiones y negativos que sacó cuando era fotógrafo. Es a lo que se dedicaba, era fotógrafo. Y bastante bueno, por cierto.

– ¿Has traído más fotos?

– No -mintió Laurel, observando cómo la mujer estudiaba las imágenes, centrándose sobre todo en la que aparecían ella y su hermanito.

– Imagino que puedo quedarme éstas -dijo Pamela-. No tengo muchas fotos de nosotros dos juntos.

– Lo siento -le dijo Laurel-, no puede quedárselas.

– ¿No? -Parecía desconcertada. Laurel se imaginó que la mujer no estaría muy acostumbrada a que le dijeran que no-. Jovencita, ¿para qué las quieres?

– En primer lugar, no son mías. El hombre falleció sin dejar testamento, así que como estaba bajo la tutela de BEDS, su colección de fotos pasará a manos del Ayuntamiento de Burlington. Los procuradores municipales harán con ellas lo que crean conveniente, pero creo que mantendrán la colección unida, intacta. Incluso los negativos, supongo. Bobbie no tenía muchas posesiones, y esas fotos son la única cosa de valor que dejó al morir.

Los ojos de Pamela se abrieron ligeramente cuando Laurel pronunció la palabra «Bobbie».

– No me has dicho -dijo la mujer- cómo se llamaba ese hombre.

– Bobbie Crocker.

– Suena a marca de harina -masculló Pamela, y Laurel sonrió con cortesía ante la pequeña broma.

– Era todo un personaje. Un verdadero ser social. Incluso después de que lo instaláramos en un apartamento, solía pasarse muy a menudo por el albergue. Ayudaba a que los nuevos se sintieran un poco mejor. Tenía una voz fuerte y ronca y un gran sentido del humor.

– Bueno, no veo qué valor pueden tener las fotos de un indigente y por qué no podrías satisfacer los deseos de una anciana. Estoy segura de que al Ayuntamiento no le importará que me entregues las fotos, sobre todo teniendo en cuenta que resulta evidente que una vez pertenecieron a mi familia.

– Tiene razón, pero no puedo dejárselas. No son mías. De todos modos, hablaré con el procurador municipal que trabaja con mi asociación. Quizá pueda quedarse con ellas una vez que se haya catalogado toda la colección.

– Parece mucho trabajo. ¿Estamos hablando de una colección muy grande? -preguntó la mujer, y Laurel se dio cuenta de que estaba empezando a intentar sonsacarle información-. ¿Había más fotos de mi hermano y de mí? ¿Alguna de mis padres?

– No lo sé, pero no creo. De todos modos, aún no he empezado a revisar los negativos.

– ¡Vaya! Así que también eres fotógrafa -dijo, ofreciéndole una sonrisa de sarcófago egipcio-. Fotógrafa y nadadora.

– Pues sí.

– Y estás interesada en esta historia porque vives en West Egg y ves en esas fotos… ¿Qué ves? Ayúdame un poco a entenderlo, por favor.

A lo lejos, una bandada de gaviotas se posó en grupo sobre la playa y empezaron a dar saltitos pavoneándose sobre la arena húmeda.

– Creo que el hombre que falleció era su hermano -contestó Laurel con mucho cuidado-. Me interesaba saber cómo una persona tan «privilegiada», usando sus propias palabras, pudo terminar de indigente en Vermont.

– Con toda seguridad, tu indigente no podía ser mi hermano porque mi hermano murió en un accidente de coche en 1939, cuando tenía dieciséis años.

– Lo siento. Mi tía no sabía los detalles, pero me dijo que pensaba que había muerto de adolescente.

– Gracias, pero no tienes que sentirlo. Eso pasó, literalmente, hace ya una vida.

– ¿Iba usted con él?

– ¿Con mi hermano? No, por Dios. En aquel entonces yo estudiaba en el Smith College. Robert tenía una relación bastante… podríamos decir beligerante con nuestros padres, y ese día se marchó de casa bruscamente. Estaba con un amigo, un chico de diecisiete o dieciocho años. Un neumático de su coche reventó y acabaron estrellándose en una cuneta de Dakota del Norte. Seguramente, los dos estaban tan borrachos que no eran capaces de andar, y mucho menos de conducir.

– ¿Su amigo también murió?

– Era alguien que acababa de conocer en Grand Forks. Puede que la palabra «amigo» sugiera una mayor conexión de la que en realidad existía entre ambos. Sí, también murió.

– ¿Cómo se llamaba?

– Dudo que pueda decírtelo.

– ¿No se acuerda?

– No.

– ¿Recuerda el nombre del lugar del accidente?

– ¿En Dakota del Norte?

Laurel afirmó con un gesto de la cabeza.

– Estaba cerca de Grand Forks. Incluso podría haber sido en esa misma ciudad. Sucedió en la antigua autopista 2. De eso sí que me acuerdo.

– ¿Alguno de sus primos sabe algo del accidente, o de su hermano?

– Oh, jugábamos mucho con nuestros primos de Louisville. Los Fay: William y Reginald. Pero ambos han fallecido. Puede que les contaran algo a sus hijos, pero dar con ellos supondría mucho trabajo para obtener pocos resultados.

– Entonces, ¿no cree que este indigente, Bobbie Crocker, pudiera haber sido su hermano?

– ¿Qué te hace pensar que lo era? Por Dios, incluso aunque Robert no hubiera muerto, ¿por qué habría desaparecido? ¿Por qué se habría cambiado el nombre?

Laurel tuvo que morderse la lengua para no contestarle simplemente: «Debido a una enfermedad mental». De pronto, tuvo la sospecha de que si no recogía las fotos en ese momento, Pamela Marshfield lo haría por ella, así que reunió las imágenes y las devolvió al sobre. Vio que la mujer la estaba observando.

– ¿Tienes más fotos, verdad?

– No -contestó secamente.

Técnicamente, sabía que no debía entregarle las fotos a Pamela porque no le pertenecían y no podía hacer uso de ellas. Pero ¿esto realmente le importaría a alguien? Casi seguro que no. Sin embargo, Laurel no quería separarse de ellas, ni de las que se había traído ni del material que guardaba en Vermont, por un motivo crucial: tenía la impresión de que Pamela estaba mintiendo. La mujer negaba que Bobbie Crocker fuera su hermano y había infravalorado a un residente de BEDS como persona. Laurel no podía perdonarle esa actitud. Esta señora vivía plácidamente en su lujosa propiedad junto al océano mientras que su hermano falleció en el descansillo de su pequeña habitación, en lo que una vez fue un hotel venido a menos. Retener las fotos era una forma de castigarla.

Además, si quería desentrañar el misterio de cómo el hombre había llegado de la mansión que quedaba enfrente del club de natación de su infancia hasta una pista y un albergue para indigentes del norte de Vermont -y ahora Laurel tenía más ganas de saberlo que nunca-, iba a necesitar esas fotos para su investigación.

¿Tendría esto consecuencias? Se le había pasado por la cabeza. Pero Laurel comprendía mejor que nadie que, muy a menudo, el rumbo que toma una vida depende de circunstancias accidentales e imprevistas. Por ejemplo, ninguno de los residentes de BEDS había planeado terminar en el albergue.

– ¿Qué más hay en ese sobre? -le preguntó Pamela.

– Esto…

– Si son fotos de mi hermano, ¿no crees que tengo derecho a verlas?

– No, son…

– Niña, por favor, dámelas ahora mismo. Insisto -dijo la anciana, alargando el brazo sobre la mesita con la velocidad de una serpiente. Arrancó el sobre de entre los dedos de Laurel como si ésta, en lugar de tener veintiséis años, fuera una niña con una preciosa figurita de cristal en sus manos. Laurel estaba demasiado sorprendida como para reaccionar.

– Bien -dijo Pamela, prolongando este monosílabo con una pequeña frase mientras ojeaba las fotografías, deteniéndose un momento en la imagen de Jay Gatsby-: no debí haber dudado de ti. No son de Robert, ¿verdad?

– No.

– Mi hermano, por supuesto, jamás conoció a este horrendo personaje. Parece ser que yo le vi un par de veces, pero por suerte era demasiado pequeña para acordarme.

– ¿Dónde lo vio?

La mujer levantó la vista y la miró, frunciendo el ceño con maestría, y luego siguió hablando, ignorando por completo su pregunta:

– La gente sólo conoce su versión de lo que pasó, ¿sabes? ¡Gatz! Ese era su verdadero nombre. James Gatz. Se lo cambió a Jay Gatsby. Era de ese tipo de personas, aunque tenía a todo el mundo totalmente encandilado. ¿No lo ves? Mira a la gente en esta fiesta… O en esta otra… Gatz hipnotizaba a la gente con su dinero.

– ¿Y sus padres no?

– No.

Se quedó contemplando la imagen de la vieja piscina, aquella en la que Gatsby fue asesinado, antes de devolver las fotos al sobre. Después se inclinó sobre su taza y su platillo. En un acto reflejo, Laurel se inclinó sobre la mesita para recuperar el sobre, volcando sin querer la taza de su anfitriona, que cayó sobre el regazo de la mujer. Por fortuna, no se rompió y estaba vacía. Sin embargo, fue un momento muy incómodo y Laurel se levantó para pedirle disculpas.

– Lo siento mucho -tartamudeó-. Por favor, dígame que no le ha quedado una mancha en la falda.

– Sólo tenías que haberme pedido las fotos, Laurel -dijo ella, con un ligero tono de condescendencia-. Confía en mí, no tengo intención de robártelas. El simple hecho de haber tocado esa imagen del señor Gatz me ha producido un irresistible deseo de lavarme las manos.

– ¿Su falda?

– Mi falda está bien.

– De verdad que lo siento -repitió Laurel, consciente mientras hablaba de que había conseguido que cualquier resto de entereza que le quedaba se erosionase por completo con su paranoica precipitación. Sin embargo, tenía la sensación de que si no hubiera recuperado las fotos, Pamela Marshfield se las habría quedado.

En ese momento, la mujer se sacudió la cabeza y cruzó los brazos.

– Entonces, dime -le espetó-, ¿qué piensas hacer ahora?

Laurel no tenía muy claro a qué se refería, así que le habló a Pamela de su intención de restaurar la obra de Crocker y de ver qué imágenes había en los negativos. Admitió que esperaba que algún día BEDS organizara la exposición que las fotografías de este hombre merecían. Cuando terminó, Pamela se incorporó y Laurel supo que su encuentro había llegado a su fin, o casi.

– Espero que ahora tengas claro que este fotógrafo no era mi hermano, ¿verdad? -le preguntó mientras cruzaban las puertas acristaladas y entraban al salón. Sus tacones resonaron sobre la reluciente franja de parqué blanco que separaba dos gigantescas alfombras orientales. Del techo abovedado colgaba una gigantesca araña Art decó con cientos de bombillas envueltas en mamparas con forma de delicadas alas de ángel.

Laurel reflexionó durante un momento sobre la pregunta de la mujer. Ella pensaba justamente lo contrario.

– ¿Dónde está enterrado? -preguntó, en lugar de contestar directamente.

Pamela se detuvo.

– ¿Quieres una prueba? Quieres ver el cadáver, ¿es eso? ¿Tu conciencia se quedaría tranquila si exhumamos el cuerpo de mi hermano, le arrancamos un mechón de pelo y le hacemos la prueba del ADN?

– Sólo me gustaría ver la tumba, si es posible.

– No -dijo Pamela-, no es posible.

– ¿Por qué?

– ¡Vale! Vete a ver la tumba. No puedo impedírtelo. Está en el panteón familiar en Rosehill.

– ¿Rosehill?

– En Chicago, jovencita. Es un cementerio de Chicago, de donde era la familia de mi padre. Puedes ir allí y verlo tú misma. No está lejos de los panteones de los Sears y Montgomery Ward. Sin embargo, te aconsejo que te olvides de todo esto. Desentiéndete de esos huesos, con perdón por lo macabro de la expresión, y deja pasar esta historia. Seguro que tienes mejores cosas que hacer con tu vida. No me gustaría ver que pierdes el tiempo con una obsesión peligrosa.

– ¿Peligrosa?

Pamela sonrió con suficiencia y dijo:

– Bueno, quizá «poco saludable» sea más adecuado. De cualquier modo, mi hermano y tus vagabundos no suenan como una prometedora combinación.

Laurel no se sintió amenazada -al menos por el momento-, pero tuvo la clara sensación de que la estaban advirtiendo. Esto le daba ánimos para continuar su búsqueda con más ahínco. Cuando se subió al coche, le pareció interesante el hecho de que su anfitriona no hubiera preguntado cómo unas fotos familiares habían podido acabar en posesión de un indigente.


Capítulo 9

Después de que la joven trabajadora social se marchara, Pamela Buchanan Marshfield se encerró a solas en su despacho y se dedicó a ojear compungida el único álbum de fotos que conservaba con imágenes de su hermano. Su -ahora ya era oficial- difunto hermano. Habían permanecido apartados, literal y metafóricamente, durante tanto tiempo que le sorprendió la profunda tristeza que la había invadido al conocer la noticia.

Su padre había tirado o destruido el resto de álbumes con fotos de Robert, o se habían perdido con el tiempo. El que ahora tenía entre sus manos era uno muy antiguo, casi tanto como ella. Muchas de las imágenes ya ni tan siquiera estaban pegadas a las polvorientas páginas, y había manchas amarillentas de cinco o seis centímetros allí donde antes hubo cinta adhesiva. Su madre nunca se había preocupado demasiado por la conservación de documentos. Es más, la mujer casi nunca pensaba en el mañana. En la mayoría de las fotos, Robert aparecía como un niño pequeñito. En muchas, tenía la misma mirada que en las instantáneas que Laurel había traído a su casa.

Estaba claro que la chica tenía los negativos, y parecía que eran muchos.

Para recibir a la joven, Pamela se había puesto unos pendientes que pertenecieron a su madre. Estaba casi segura de que se trataba de un regalo de James Gatz, porque los diamantes, que eran muchos, se sujetaban engarzados en unas enormes y ostentosas margaritas, y su madre sólo se los ponía cuando su padre se encontraba de viaje o con la última de su interminable lista de amantes. Además, prácticamente el resto de las joyas de su madre estaban unidas a una historia: «Estos rubíes eran de la abuela Delia -su abuela, de los Fay de Louisville- y se los entregaron sus propios padres criando debutó en 1885…Tu padre me regaló estas perlas en nuestro décimo aniversario de bodas… ¿Este diamante? Otro regalo suyo de cuando se tiraba a esa furcia de Lancaster». El lenguaje de su madre ganaba en colorido a medida que se hacía mayor. Además, empezó a beber incluso cuando estaba sola. Daisy siempre fue una buena bebedora, pero normalmente sabía controlar el alcohol, al igual que Tom Buchanan. Podían estar borrachos, pero no te dabas cuenta hasta que se ponían violentos.

Durante unos años, en el período en el que entabló amistad con un publicista llamado Bruce Barton, su padre dejó de beber. Barton era la segunda B de la famosa agencia BBDO. El hombre era autor de un librito que, en su momento, se convirtió en todo un éxito de ventas: El hombre al que nadie conoce. En él, Barton definía a Jesucristo como el primer gran empresario de la historia: ese individuo resuelto al que habrían recibido con los brazos abiertos en las juntas directivas de las grandes empresas de la década y que se habría sentido como pez en el agua en las fiestas que salpicaban esos tiempos, incluso en esas bacanales licenciosas que James Gatz organizaba al otro lado de la bahía. Para Barton -y, durante un tiempo, para mi padre-, Jesucristo era lo que se dice un machote, un juerguista que transformaba el agua en vino, un impresionante cuentista que creó parábolas que habrían servido de modelo para publicistas de todo el mundo.

Volviendo la vista atrás, a Pamela no le sorprendía del todo que su padre se hubiera obsesionado con El hombre al que nadie conoce y, después, con su autor, ni tampoco que, debido a su influencia, hubiera intentado, durante unos años, llevar una vida más ejemplar. Tom Buchanan siempre andaba buscando algo a lo que se refería, sin ningún tipo de ironía, como «ciencia», y Barton suponía un importante avance con respecto a otros títulos que tenía como libros de cabecera: La aparición de los imperios negros, de Goddard, Dominar a los orientales, de Melckie, y un panfleto especialmente virulento y bruto titulado El americano puro, de un tal C. R Evans. Pamela todavía se acordaba de sus contracubiertas y de las violentas discusiones que tenían sus padres cuando su madre hacía un comentario sarcástico sobre los libros y su padre se ponía a la defensiva.

En realidad, Pamela no esperaba que la chica se fijara en el detalle de los pendientes, pero se le había pasado por la cabeza que lo hiciera. Por eso, lo primero que se puso fueron esas grandes y brillantes margaritas. Quería comprobar cuánto sabía la joven trabajadora social, y pensó que esas joyas podrían ser un buen comienzo. Le pareció interesante que Laurel no hubiera querido enseñarle las fotos que había traído de Gatz y de sus fiestas, y se preguntaba si, detrás de este detalle, no se escondería todo lo que necesitaba saber. Parecía que la jovencita, preocupada por no herir sus sentimientos, no había querido desenterrar la infidelidad de su madre.

Sea como fuere, Pamela tenía muy claro que debía recuperar las fotos. Todas, incluidos los negativos. Se había pasado una parte muy importante de su vida intentando salvaguardar la reputación de sus padres, y se estremecía sólo de pensar en las verdades que se podrían conjurar gracias a esas viejas fotos. Puede que su padre no se mereciese que rehabilitaran su nombre, pero su madre sí. Su madre siempre intentó hacerlo lo mejor que pudo.

Por supuesto, Robert no pensaba así, y esa fue una de las razones por las que decidió escapar. ¿Qué vería su hermano cuando miraba a Daisy, a Tom o a ella misma? Seguro que algo más, algo diferente. Se podía adivinar en esos ataques de risa que le daban a destiempo, cuando no había sucedido nada gracioso o antes de que llegara el final de un chiste; en los comentarios obscenos que soltaba en los momentos más inoportunos: en una cena, durante el debut de una de sus amigas en el Plaza, cuando les visitaban sus primos de Louisville… Pamela recordaba esas ocasiones en las que sus padres o ella misma le habían descubierto de adolescente en una habitación -la cocina, la sala o su dormitorio- con la puerta abierta hablando solo; o aquella vez que le encontraron rodando por el suelo del comedor, medio dentro y medio fuera de la chimenea apagada, intentando asfixiarse a sí mismo con sus propias manos; o esa otra imagen que nunca podrá olvidar, quizá el peor de todos sus recuerdos: la cantidad de sangre que quedó en su colcha después de que destrozara los reyes y las reinas de su querido ajedrez de cristal antes de desplomarse en la cama. Pamela acababa de volver de compras con una amiga y le escuchó sollozando. Subió a la habitación a ver qué pasaba y terminó arrancándole afiladas esquirlas de cristales azules y negros de las palmas de las manos mientras esperaban la ambulancia. Nunca le contó qué había pasado o por qué lo hizo, pero diríase que había estado intentando decapitar las piezas.

Sin embargo, su hermano también tuvo largos períodos de perfecta lucidez y gran encanto. Era muy guapo, y resultaba muy atractivo para las chicas. Como todos los muchachos de East Egg, bailaba muy bien y solían invitarlo a las fiestas. Cuando tenía quince o dieciséis años, la época en la que Pamela estudiaba en Smith, se enteró de que su hermano empezó a salir con chicas. Había una con la que, acompañado de Daisy o de la madre de la chica haciendo de carabina, solía ir a Manhattan a ver películas, obras de teatro o conciertos. No demostraba mucho interés en aprender a tocar un instrumento, pero le encantaban Duke Ellington, Artie Shaw, Horace Heidt y sus Musical Knights. Su madre le contó una vez que un profesor le había informado de que Robert había besado a una vecina llamada Donelle durante un baile, mientras sonaba una balada de Billie Holiday Resultaba evidente que todo esto agradaba a Daisy.

Aquellos episodios ocasionales de violencia, como el del ajedrez… ¿acaso Tom no los tenía también? La propia Daisy poseía un temperamento bastante voluble. Había lanzado su buena porción de platos y copas de vino, dirigidos normalmente, aunque no siempre, a su marido.

Por desgracia, Pamela sólo tenía una vaga idea de lo que había estado haciendo su hermano todos esos años que pasó desaparecido. Le faltaban los detalles. Durante una gran parte de su vida, ni tan siquiera supo dónde estaba, a qué se dedicaba o dónde vivía. Era una muestra de hasta qué punto su hermano sentía repugnancia por sus padres y por ella. No sólo los evitaba y los rehuía, sino que durante muchos años había rechazado sus esporádicos intentos por proporcionarle ayuda.

Bueno, eso no era del todo cierto. Una vez, sólo una, Pamela consiguió convencerle para que se hiciera un chequeo en el asilo de Oakland.

Sin embargo, todas y cada una de las imágenes de su álbum de fotos estaban llenas de recuerdos. Se detuvo en una que su padre les había sacado a Daisy, a Robert y a ella cuando tenía dieciséis años. En esa época su hermano tendría doce. Su madre y ella estaban sentadas en la borda del velero que su padre había comprado durante uno de sus breves y, como de costumbre, no muy sinceros períodos en los que intentaba encontrar cosas que pudieran hacer los cuatro juntos. Creía que fue la última vez que realizó tal esfuerzo. El barco estaba anclado en la arena de la playa de detrás de su casa, la que su padre había creado poco después de que el pusilánime de George Wilson hubiera asesinado a James Gatz. Pasados unos días, como para mostrar al mundo que no le importaba un carajo que la gente se pasase por la mansión que quedaba al otro lado de la bahía y se quedasen embobados contemplando la luz al final del muelle de su propiedad, su padre enterró el césped que descendía suavemente hacia las aguas bajo un pequeño montículo de fina arena blanca. Una mañana, llegaron tres camiones cargados con los ingredientes de su nueva costa, junto con media docena de hombres con palas y rastrillos. Al final de la jornada, el embarcadero penetraba en las aguas de la ensenada desde una playa en lugar de desde un césped.

Normalmente, no se preocupaban por amarrar el bote al muelle, porque era más sencillo dejarlo varado en la arena. Era una embarcación demasiado pequeña para llegar más allá de las protegidas aguas de la bahía y, en realidad, sólo admitía a tres pasajeros a la vez, una muestra más para Pamela del escaso interés que puso su padre cuando lo compró para la familia Buchanan.

En la foto, su madre y ella vestían bañadores convenientemente recatados. Le sorprendió, como siempre que miraba retratos de su madre, lo guapa que era Daisy, mucho más que ella. En aquel entonces, tendría treinta y seis años, apenas veinte más que su hija.

Pamela se fijó en que su hermano estaba descalzo y llevaba unos pantalones color caqui y una camisa con rayas horizontales de marinero. Estaba claro que su madre le había comprado el conjunto como parte de su esfuerzo codependiente por apoyar el intento poco entusiasta de su esposo por convencer al mundo -o a ellos mismos- de que ese barco era una muestra de lo bien que se lo pasaban como una familia unida.

Poco después de que sacaran esa foto, su hermano y su padre se pelearon, una vez más. Cuando Robert tenía doce años, discutían muy a menudo. Pero, en esta ocasión, resultó particularmente desagradable, porque fue la primera vez que su hermano intentó físicamente intervenir en una de las ponzoñosas disputas entre sus padres. Incluso después de tantos años, Pamela podía recordar con detalle la causa de la pelea. Sin darse cuenta, Tom les había hecho posar para la foto en un lugar desde el que se podía ver de fondo la casa que una vez perteneció a James Gatz. Aparentemente, el hombre no lo hizo a propósito, o al menos eso es lo que él decía. Sólo quería que detrás de ellos no aparecieran más que el cielo azul y el agua. Por eso, cuando se dio cuenta de lo que había hecho, les hizo posar de nuevo en el otro lado del velero. Pero, entonces, se encontró con el problema de que el sol le daba de frente en el objetivo. Por eso, Robert y él empujaron el barco unos metros sobre la arena para que sólo salieran en la foto las olas rompientes y el despejado cielo de verano. Finalmente, se tomó la foto para el álbum familiar.

Pero, cómo no, su madre tenía que burlarse de la insistencia con la que Tom les había pedido que movieran la embarcación, para que ese retrato de armonía familiar no se viera ensombrecido por una casa que aparecía al fondo, una mansión con una torre de estilo normando que una vez perteneció a un contrabandista de licores.

– La verdad, Tom -dijo Daisy, señalando a su espalda con el pulgar y un dedo más y haciendo un ademán con la muñeca-, te comportas como si allí hubiese fantasmas. Si no te gusta ver ese viejo armatoste de casa deberíamos mudarnos. Igual tendríamos que haberlo hecho hace años.

Al momento, el ambiente se enrareció.

– Quiero que veas esa casa -le dijo-, no me importa.

– No veo por qué -protestó ella-. Deberíamos…

– No, no deberíamos habernos mudado -dijo Tom bruscamente, con decisión-. Me niego a que me intimiden y tampoco dejaré que lo hagan contigo.

– A mí nunca me ha intimidado nadie. Excepto los aquí presentes.

Su madre estaba sentada y su padre de pie. Sus miradas se cruzaron y ninguno de los dos la apartó durante ese largo momento de tensión. Su padre fue el primero en pestañear, y al girarse dijo:

– No era esa casa en particular lo que no quería que saliese en la foto. Simplemente, no quería que apareciera ningún edificio de fondo.

– ¡Vamos, Tom, por favor! ¿Desde cuándo eres fotógrafo profesional? ¿Ahora te preocupas por cosas como la composición de la imagen?

– Tienes que ver esa casa -dijo él de nuevo.

– Acabo de decirte que no lo necesito.

– Considéralo una penitencia.

– ¿Penitencia? ¿Acaso sabes lo que significa esa palabra?

Daisy puso los ojos en blanco, estiro el cuello como un cisne y meneó ligeramente la cabeza. Se permitió una pequeña risita burlona a costa de su marido, lo cual fue demasiado para él.

– ¡Muy bien! ¿Quieres que la casa salga en la foto? ¡Pues la tendrás! -gruñó Tom.

La agarró por las muñecas, con los bíceps en tensión bajo las mangas cortas de su camisa, y la arrastró una docena de pasos por la playa hasta que el agua le llegó a los tobillos. Allí, la tiró de un empujón contra las pequeñas olas, sobre las que cayó de espaldas, salpicando agua a su alrededor. Antes de que pudiera levantarse, Tom se agachó, se llevó la cámara al ojo y le sacó una foto. Luego otra. Ella le miraba con los ojos entornados, desafiante, pero no pronunció una palabra ni hizo ningún gesto para detenerle.

– Siempre verás esa casa -le decía Tom-. ¡Siempre!

Pamela y Robert habían visto a su padre levantarle la mano a su madre antes, pero nunca fuera de casa, ni cuando no se encontraban bebidos o sufriendo las migrañas de una seria resaca. Por eso, antes de que Pamela o su madre pudieran detenerlo, Robert corrió hacia Tom y le dio un puñetazo en el estómago tan fuerte y con una furia tan inesperada que lo dejó sin aire. De no ser porque Tom llevaba la cámara colgando del cuello con una cinta, se le habría caído al agua cuando se dobló y el carrete se habría estropeado.

– ¡Basta! -gritaba Robert-. ¡No la pegues! ¡Déjala en paz!

A veces Pamela intentaba sofocar las discusiones de sus padres cambiando de tema antes de que recurrieran a la violencia. Mencionar a algún chico por el que sentía cierto interés era un método infalible para distraer la atención de sus progenitores. Algunas tardes, incluso tenía la previsión de aguarles la ginebra. Sin embargo, en esta ocasión se quedó paralizada mientras aumentaban los comentarios groseros en explosión pública veraniega, y fue su hermano, por primera -y ¡ay!, no última- vez, quien se metió por medio atacando al orgulloso, arrogante y físicamente intimidatorio Tom Buchanan.

Su madre se puso en pie rápidamente, levantándose tan deprisa que el agua se derramó a chorros de su bañador y, al incorporarse, chapoteó haciendo gran ruido en el punto de la bahía en el que había caído, y consiguió interponerse entre su esposo y su hijo justo en el momento en el que Tom lanzaba la palma de su mano sobre el niño, que finalmente aterrizó sobre ella. Le dio un golpe tan fuerte en la mejilla que su cabeza giró como si estuviera sobre un eje y Pamela gritó porque pensó que le había partido el cuello. No lo hizo, pero Daisy se desmayó sobre la arena y el moratón en el rostro le duró hasta el otoño. Sus dos hijos se lanzaron sobre ella y la abrazaron, ansiosos por saber si su madre estaba malherida.

Todavía sin aliento, Tom les miró durante un breve instante, salió del mar dando grandes pisotones en el agua, con la cámara balanceándose sobre su pecho, y regresó a casa por el recortado césped. Pamela se quedó con su madre y su hermano en la playa durante, por lo menos, veinte minutos. Luego escucharon el chirrido del portón del garaje abriéndose y, después, el rugido del nuevo Pierce-Arrow rojo y negro. Sólo cuando el sonido del motor se perdió por completo en la distancia, se arrastraron como soldados heridos hasta la casa y aplicaron hielo al rostro de Daisy. La mujer ni tan siquiera intentó distender el ambiente haciendo algún comentario sobre su marido.

A Pamela le resultó interesante que su madre no se hubiera preocupado por guardar las otras fotos que Tom le sacó aquel día, esas en las que Daisy le miraba después de que la hubiera tirado al agua. Seguramente se debería a que no salía muy favorecida. Si hubiera salido guapa, su madre se las habría quedado. Años más tarde, ¿quién se iba a acordar de lo que había sucedido aquella tarde? Eso sería lo que su madre se habría dicho. Todo habría quedado en una inocente pérdida de los estribos. Daisy, seguramente, se fue a la tumba convencida de que había conseguido salvaguardar la imagen de su familia.

Pero, por supuesto, no fue así. No del todo. Algunas personas veían a su familia como unos desgraciados sin suerte, lo cual, dada la trágica vida que llevó su hermano, podría ser cierto.

¿Quién sabe? Es posible que su propia incapacidad para tener hijos fuera también un signo. Pero Pamela sabía que había otros que consideraban a su familia decadente, negligente e insensible. Algunos, hasta les tenían por crueles.

Sin embargo, Pamela estaba segura de que su madre se desvivió por ellos en los años que siguieron a su verano con Gatz. No recordaba cómo lo había pasado Daisy mientras estuvo embarazada de Robert, pero, de niña, había oído suficientes historias como para saber que Daisy había disfrutado de cada instante en que tuvo al pequeño en su vientre, y que su relación con Tom nunca había sido mejor. Ni volvería a serlo. ¿La mayor tragedia en la vida de su madre? No fue el asesinato de James Gatz, aunque Pamela sabía cuánto había querido su madre a aquel hombre. Tampoco fue su implicación en la muerte de la amante de su marido, Myrtle Wilson. Fue el modo en el que perdió a su hijo.

Ésa fue la mayor tragedia en la vida de Daisy Buchanan.

«Y ahora -pensó Pamela-, de una vez para siempre, yo también lo he perdido.»

Contempló por un momento el anuncio que había leído en el periódico del viernes. Aquel mismo día, por la tarde, había llamado a su abogado y, justo al día siguiente, el sábado, esa trabajadora social de West Egg la había telefoneado. Se preguntó si la joven tendría conocimiento del anuncio, si sabría lo que su albergue estaba haciendo. Era de suponer que sí, pero…

Recordó el rostro desolado de Laurel esa mañana cuando le volcó la taza de té. La joven parecía especialmente interesada en las fotos. Las quería para sí. Pero Pamela era consciente de que ella también las necesitaba, precisamente porque no sabía lo que podría ocultarse en esos negativos que Robert había sacado más adelante en su vida. Sólo tenía un presentimiento.

Por eso decidió que debía recuperar las fotos, hasta la última imagen. Era lo mínimo que podía hacer por su madre.


Capítulo 10

La tarde del martes, Talia Rice se encontraba en una cafetería de tenue iluminación tomándose, a sorbitos, un chocolate caliente prácticamente sumergido bajo una enorme nube de nata montada y charlando con cuatro jóvenes, miembros de su grupo de catequesis. El local había sido anteriormente una lujosa galería de artesanía con estantes llenos de objetos de cerámica moldeada con torno, copas de vidrio soplado y joyería de plata hecha a mano. Los expositores habían desaparecido, pero las paredes todavía conservaban los oscuros paneles que los nuevos propietarios habían cubierto con exuberantes plantas y enrevesadas parras que trepaban hasta el techo. Talia se imaginaba que se estaba tomando café en medio de la jungla colombiana, de no ser por el azulado resplandor de las pantallas de los ordenadores portátiles en los que la joven clientela navegaba sin descanso por Internet desde las rústicas mesitas, y por los variados tonos y zumbidos de sus teléfonos móviles. A los chicos de su grupo, todavía estudiantes de bachillerato, les gustaba reunirse en esta cafetería porque estaba llena de universitarios. La propia Talia se había sentado en esa misma mesa un montón de veces cuando iba al instituto.

De cuando en cuando, Talia echaba un vistazo a su chocolate y le venía a la mente una pregunta que, últimamente, se planteaba más a menudo de lo que le parecía saludable: ¿cuánto tiempo le quedaría de poder alimentarse de ese modo? Allá, en el Upper East Side de Manhattan, su madre, adicta al Botox, al gimnasio y a las zanahorias, ya no podía comer como antes si quería conservar la anoréxica talla 34 de la que tanto presumía ante sus amigas -aunque Talia sabía que, cada vez más, el armario de su madre se iba pasando a la 36-. Suponía que le quedaría por lo menos otra media década, pero dependía mucho de cuándo empezara a traer niños al mundo. Y Talia quería traerlos, con locura.

Evidentemente, eso implicaba encontrar un marido, y Talia no había tenido una relación seria desde los tiempos de la universidad. En aquellos años, llevó una agitada vida sexual. En esta ciudad, si eres mujer, joven y respiras, dispones de todas las papeletas para tener un montón de sexo. Sin embargo, en su mayoría eran rollos con amigos que había conocido en una fiesta: un chico guapo; una noche de diversión; historias sin futuro.

Últimamente habían disminuido hasta los polvos ocasionales para saciar su apetito hormonal. Era como si el tiempo que pasaba en la iglesia, la mera cercanía de algo que podía representar una brújula moral, fuera suficiente para minimizar esos días de entre semana en los que se sentía en celo. No es que Talia considerase sus necesidades físicas como algo inmoral, pero cuanto más tiempo pasaba con adolescentes -algunos de apenas doce años-, más veces se encontraba, al regresar a casa, preguntándose en qué demonios habría estado ella pensando cuando a los quince o dieciséis años se acostaba con sus amigos en Manhattan.

– Vale, entonces, ¿cuántas colectas vamos a necesitar? -le preguntó Matthew.

El chaval llevaba una gorra de los Boston Red Sox dada la vuelta, con la visera tan echada hacia atrás que flirteaba con el cuello de su cazadora de camuflaje. Los cuatro adolescentes a los que estaba invitando a chocolate y aperitivos aquella tarde constituían el comité de actividades del grupo de catequesis. A Talia le decepcionó un poco que Matthew llevara de nuevo la conversación al tema de las colectas, pero no le sorprendió. Unos minutos antes, a instancias de Vanessa, una cautivadora erudita de segundo de bachillerato, la discusión del grupo había girado, por un breve lapso de tiempo, en torno al libre albedrío y al significado de las palabras de San Pablo cuando afirmaba que el camino hacia la libertad se encontraba en la obediencia. Sin embargo, había pocas cosas que enervaran tanto a Matthew y a casi todos los adolescentes como la exégesis bíblica. Por norma general, Talia tenía que recordarles que, a pesar de que hace dos o tres mil años la gente era más primitiva que sus abuelos, se podía sacar alguna lección de provecho de sus violentas, irreverentes y ofensivas historias.

– Creo que necesitaremos una por mes -contesto Talia-, pero depende del éxito de las colectas y de lo ambiciosos que queramos ser con nuestra misión.

«Misión» era el término que empleaban para referirse al dinero que planeaban recaudar ese año y entregar a BEDS en junio, al final del curso académico. Laurel les había dado a los adolescentes una charla sobre los indigentes en Burlington, y el grupo había aceptado al instante implicarse con su causa.

Por supuesto, Talia era consciente de que también necesitaban dinero para lo que denominaban «actividades», porque las excursiones a conciertos de rock -incluso los de rock cristiano-, a parques de atracciones, a ver películas y, por supuesto, a jugar al paintball, no eran gratis.

Como si le hubiera leído la mente, Randy, la otra chica del comité de actividades, le preguntó:

– ¿Cuánto nos va a costar esta historia del paintball?

La muchacha no se preocupaba por ocultar su disgusto en relación con la actividad que habían programado para el próximo sábado.

El pasado verano, Randy se había dejado el pelo muy cortito y se lo había teñido de negro alquitrán, y la mayoría de los días lo untaba de gel fijador y se hacía filas de puntiagudos pinchos. Esta semana lucía una cresta de mohicano de color azul. La muchacha, seguramente, esperaba ofrecer un aspecto un poco agresivo, pero tenía los ojos demasiado grandes, incluso con todo el rímel que se ponía, y el rostro demasiado angelical. Hasta tenía hoyuelos en las mejillas. En resumidas cuentas, Randy no dejaba de ser una chiquilla jugando a disfrazarse de mala.

– No demasiado -contestó Talia-. Laurel y yo pagaremos nuestra entrada, y la gente del parque de paintball os dejará las vuestras a mitad de precio porque sois un grupo juvenil. Un miembro de la congregación se ha ofrecido para pagaros toda la munición.

Por un instante, permaneció reflexionando sobre la ironía de esta última frase, aunque su momento de introspección fue breve y, gracias a su fuerza de voluntad, superficial. Simplemente, no le gustaba la yuxtaposición de las palabras «congregación» y «munición».

– ¡Buah! Estoy flipando con la historia -fue el comentario de Matthew.

Como era de esperar, los chicos del grupo estaban bastante más entusiasmados con la excursión al paintball que las chicas. Con camaradería, pero no con suavidad, Matthew palmeó el hombro de Schuyler, el otro chaval del comité, y añadió:

– Fórrate de sudaderas, hermano. ¡Las bolas de pintura duelen!

Schuyler dio un larguísimo trago a su chocolate y afirmó con la cabeza, soltando un inmenso suspiro que sugería una orgásmica satisfacción. Se acababa de terminar una magdalena de chocolate del tamaño de un pomelo.

– ¿Dónde has oído eso? -le preguntó Talia a Matthew. Nadie le había dicho que las bolas de pintura hacían daño. Pensaba que se trataba de pequeñas canicas con la consistencia gelatinosa de las perlas de baño, ese tipo de cosas que, más o menos, se derriten entre tus dedos si las aprietas durante un rato.

– ¿Oído? ¡Las he sentido! -dijo Matthew-. Jugué una vez, el año pasado, y acabé machacado. Me pasé varios días caminando como un viejo.

Esto era nuevo para Talia y, por lo visto, para las dos chicas que les acompañaban en la mesa. Por el rabillo del ojo pudo ver que ambas parecían un poco intimidadas.

– ¡Anda ya! ¿Cómo va a ser doloroso? -protestó Talia-. Si lo practican ejecutivos cuarentones como ejercicio para fomentar el espíritu de equipo. Se llevan al bosque a una docena de oficinistas pringados que, cuando terminan, necesitan una buena sesión de desfibrilación…

– Desfibri… ¿qué? -preguntó Randy.

– Es como un electroshock. Hace que el corazón vuelva a latir… cuando se ha parado.

– Pero ¿tan duro es?

– ¿El paintball? ¡Qué va! Lo que quiero decir es que no puede ser tan difícil ni doloroso si un montón de puretas en baja forma…

Se detuvo porque una mano se posó en su hombro, y se giró al instante. Era David, el novio de Laurel. El novio pureta de Laurel. El último en su larga lista de hombres de mediana edad. Los tres habían salido a cenar juntos un par de veces, pero David nunca había dormido en su apartamento. ¿Por qué iba a hacerlo cuando tenía un pisazo para él solo con vistas al lago, en el que él y Laurel podían hacer todo el ruido que quisieran? Por ese motivo, Talia no le conocía demasiado. Por lo menos, no le conocía lo suficiente para saber si David se tomaría bien sus comentarios acerca de los oficinistas puretas hipocondríacos en baja forma… y pringados.

Abochornada, fue consciente de que ésas habían sido las palabras que acababa de utilizar.

– ¿De verdad parezco tan viejo y machacado, Talia? -le preguntó perplejo, con un punto de broma en su voz.

David le sacaba por lo menos una década al resto de clientes de la cafetería. Llevaba una americana de tweed gris y unas gafas con montura de color atigrado muy retro. O, al menos, Talia esperaba que fuesen de estilo retro, aunque también era posible que hiciera décadas que no se las hubiese cambiado. La gente de mediana edad no tiene tan mal gusto como los ancianos con respecto a las monturas de las gafas, pero también es cierto que no las renuevan con la frecuencia que sería deseable.

– Estaba generalizando -dijo Talia, e hizo ademán de incorporarse, pero, con una suave presión en su hombro, David le sugirió que no tenía que levantarse por él, y después estiró la mano e hizo un gesto parecido a un saludo a los estudiantes que compartían la mesa con ella.

– ¿Qué tal todo? -le preguntó Talia, sorprendida por lo bajito que le salió la voz. ¿Realmente estaba tan avergonzada de lo que había dicho?

– Pues bien, todavía me quedan unos años para enchufarme a un respirador, espero.

– Estaba bromeando, sólo…

– Y yo también. No me has ofendido, de verdad.

– Y… ¿qué haces aquí?

David miró a izquierda y derecha con aire conspirador, como si quisiera asegurarse de que nadie les escuchaba. Después, con un susurro teatral, dijo:

– Aquí se vende café. Puedes comprarlo y… -de nuevo mirando de un lado a otro- ¡llevártelo a la oficina!

Talia asintió con la cabeza. La sede del periódico quedaba a la vuelta de la esquina.

– ¡Eh, tío! ¿Alguna vez has jugado al paintball? Ya. sabes, como ejercicio para fomentar el espíritu de equipo o algo así… -le preguntó Matthew.

Todos los presentes, incluidas las chicas, se rieron.

– Pues la verdad es que no. ¿Vosotros vais a jugar?

– ¡Este sábado, tío! -anunció el fornido adolescente-. ¡Estoy que lo flipo!

– ¡Qué bien! Lo flipo por ti -le contestó David con paciencia antes de dirigirse a Talia-: ¿Has tenido noticias de Laurel desde que se fue a Long Island?

– Un par de e-mails. Nada importante.

– ¿Todavía no ha vuelto? Creo que tenía intención de regresar hoy.

– Debería. Todavía no he pasado por casa desde esta mañana.

– Vale. He quedado con ella mañana por la noche. Salúdala de mi parte -dijo David, y se retiró al fondo de la cafetería, donde tres jóvenes con piercings en partes destacadas de sus rostros se movían como derviches tras el mostrador moliendo, preparando y vaporizando un largo menú de cafés y bebidas exprés.

– ¿Ese tipo -la palabra «tipo» brotó de sus labios en dos lentas sílabas-, sale con Laurel? -preguntó Vanessa, incapaz de esconder el tono de incredulidad en su voz.

Vanessa, la joven experta en la Biblia del grupo, alzó hacia la catequista sus ojos inteligentes y Talia pudo contemplar su cabello teñido de henna y tan liso que caía como cortinas a ambos lados de su rostro.

– Pues sí, ése es.

– ¿No es, por así decirlo, tan mayor como para ser su padre?

– Casi, aunque yo lo dejaría en que es tan mayor como para ser su tío.

Talia se apuntó en la memoria que, la próxima vez que viese a Laurel, tendría que advertirla de que los chicos del grupo de catequesis podrían sentir algo de lástima por ella debido a la edad de su pareja. También sería conveniente prevenirla de que el paintball podría resultar un poco más doloroso de lo que le había dicho o, para ser justos, de lo que pensaba. Bueno, igual sería mejor no «prevenirla», o por lo menos no utilizar esa palabra exactamente. Era consciente de que, en ocasiones, trataba a Laurel con más delicadeza de lo necesario, pero algo acerca de la violencia del juego le hacía preguntarse si habría sido una buena idea insistir tanto a Laurel para que se viniera con ellos al bosque el sábado próximo. Es cierto que habían pasado años desde que su compañera de piso sufriera la agresión y que casi nunca hablaban de ello, pero su amiga estaba mucho más dañada de lo que dejaba adivinar. Todavía necesitaba estar fuera del estado en las fechas del aniversario del ataque.

A veces, Talia se preguntaba si de verdad conocía todos los detalles de lo que había sucedido aquel atardecer de domingo allá en Underhill. En ocasiones, se preguntaba si alguien sabría la verdad.

Rápidamente, contuvo su imaginación. A fin de cuentas, no era más que paintball, un juego. Y lo cierto es que Laurel no salía demasiado. Veía a David un par de noches a la semana e iba a nadar con su jefa, pero el resto del tiempo lo pasaba en el albergue con los indigentes que buscaban refugiarse del frío. Talia era, prácticamente, su única amiga. Lo cual, por cierto, le condujo a pensar en otra característica inexplicable de la historia de Laurel: ¿por qué su compañera de piso le había permitido seguir formando parte de su vida cuando, voluntariamente, se había ido apartando del resto del rebaño? Laurel había tenido una pandilla de amigas una vez. Las dos habían formado parte de un grupo y se movían por la universidad siempre juntas: un grupito de jovencitas que vestían y hablaban igual y que, a través de la fuerza incontestable del número, podían ayudarse a soportar las situaciones sociales más incómodas e intimidatorias. Pero Laurel se había desgajado del resto de la pandilla desde que pasó por aquella pesadilla, al principio de su segundo año de carrera.

– Dime otra vez -le pidió Vanessa a Talia con un tonillo de desinterés e indiferencia adolescente en su voz que devolvió a la joven catequista a la conversación-, ¿por qué vamos a hacer esto del paintball?

Talia se inclinó hacia la jovencita, posando los codos en las rodillas de sus vaqueros pitillos y, mostrándole la sonrisa más amplia que pudo, le contestó:

– Porque, y aquí tendrás que confiar en mí, estoy convencida de que nos lo vamos a pasar que te cagas, bomba, mogollón de bien, ¿vale?

Pensó que también tendría que decirle esto a Laurel, y, además, con estas mismas palabras, la próxima vez que la viera.


Capítulo 11

Unas veces Laurel y su jefa nadaban una al lado de la otra, y otras lo hacían separadas por un cierto número de calles, dependiendo de lo abarrotada que estuviera la piscina cuando llegaban. En el agua, nunca echaban carreras ni hablaban. De hecho, no se prestaban mucha atención la una a la otra mientras contaban los largos que iban haciendo. En una ocasión, Laurel le preguntó a Katherine en qué pensaba cuando nadaba y su jefa se dio cuenta de que apenas lo hacía. Le contestó que, por lo general, en el agua dejaba la mente en blanco y que si le venía alguna idea a la cabeza solía ser de lo más prosaica: lo rápido que se curaban las heridas con tanto cloro; el gorro, que le estaba pellizcando el lóbulo de la oreja; por qué todavía no le salía bien el giro bajo el agua a pesar de las pacientes lecciones que le daba su trabajadora social…

Tampoco es que Laurel tuviera grandes pensamientos en la piscina. No se ponía a reflexionar sobre los agujeros negros ni a recitar a Wordsworth, pero solía resolver problemillas cotidianos, o encontrar soluciones a los dilemas a los que se enfrentaban los residentes del albergue: cómo conseguir que alguien volviese al programa de asistencia temporal; si una mujer con un bebé debería ser propuesta para un programa de alimentación complementaria; posibles ex residentes de BEDS que estarían dispuestos a tener un compañero de cuarto… A veces, también pensaba en su pareja y se preguntaba si esta vez habría dado con la persona con la que vivir.

Laurel regresó a Vermont el martes por la tarde y la mañana del miércoles estaba en la piscina, a una calle de distancia de la mujer a la que consideraba tanto su mentora como su jefa. Mientras nadaba, le vino a la memoria la conversación que había mantenido con Pamela Marshfield, como ya le había sucedido el día anterior durante las horas que se pasó conduciendo. A pesar de que la anciana lo negaba y de las dudas de su madre y de su tía, Laurel estaba más convencida que nunca de que Bobbie Crocker era el hermano pequeño de Pamela. No tenía pensado coger un vuelo a Chicago para ver una tumba o un mausoleo con el nombre de Robert Buchanan grabado en mármol o granito, por lo menos de momento, principalmente porque no estaba segura de qué podía demostrar con ello. Intentaba no pensar en conspiraciones, pero había pasado demasiado tiempo con esquizofrénicos paranoides y era capaz de imaginarse lo peor. Después de todo, hasta los paranoicos tienen enemigos. Además, seguía dándole vueltas a esa posibilidad que le hacía echar humo: los Buchanan, Daisy, Tom y su hija Pamela, habían abandonado a un miembro de su familia que les necesitaba; a un hermano; a un hijo. Al igual que a muchos de los indigentes a los que había conocido en su trabajo, a Bobbie Crocker le habían dado de lado esas personas que se supone que tienen que estar ahí a las duras y a las maduras. Pero, al contrario que muchas de esas familias, el clan de los Buchanan disponía de recursos suficientes para haber ayudado a Bobbie cuando lo necesitó, en lugar de tomarlo por un loco de la colina a quien ocultar o abandonar.

Por eso, con cierto rencor, Laurel comenzó a maquinar un plan en su cabeza. De entrada, tenía previsto encontrarse con Serena Sargent el viernes, pero había otras personas a las que podía ver, incluyendo a algunos de los inquilinos del Hotel New England. Empezaría por los tres hombres que habían asistido al funeral. También debía trabajar con las fotos que dejó Bobbie, hacer con ellas algo más que echarles un vistazo por encima mientras se tomaba un yogur o miraba las noticias. Tenía que realizar un inventario de las imágenes de las que disponía y tomar algunas notas sobre ellas: quién aparecía en las fotos y cuándo y dónde habían sido tomadas. Debería empezar a hacer hojas de contacto de los negativos de Bobbie para ver qué había de interesante en ellos. Podría comprobar si había más vínculos con la casa de West Egg u otros indicadores de esa triste coincidencia que le había conducido de una mansión en el estrecho de Long Island a un albergue para indigentes en Burlington y, por lo menos durante un breve momento, a una pista forestal en la que Laurel estuvo a punto de ser asesinada.

Además, en algún lugar en su ficha de BEDS debían de estar sus números de la Asociación de Excombatientes y de la seguridad social, dígitos que podrían abrir un montón de posibilidades. Se supone que no tenía que aprovecharse de su acceso a esta información, pero Crocker estaba muerto y, de momento, no parecía que a nadie le pudiese importar.


Nadie en BEDS se percató de que Laurel había estado hurgando en las fichas de los residentes. Tom Buley, un asistente social que, seguramente, llevaba trabajando en la asociación desde que Laurel estaba en el parvulario, se encontraba ojeando los archivos cuando ella se dejó caer por el pequeño trastero en el que los trabajadores sociales acumulaban los documentos de los indigentes que pasaban por el albergue. Tom hizo un comentario sarcástico sobre los viejos armarios ficheros de metal de la asociación, sugiriendo que se habían utilizado en películas de serie B de los años cincuenta sobre bombas atómicas y que ya debían de ser auténticas antiguallas cuando los donaron a BEDS. Laurel sonrió, encontró con rapidez la delgada carpeta de Bobbie y se pasó un buen rato estudiando su formulario de admisión.

Vio que el hombre le había dicho a Emily Young que sólo había estudiado hasta el último año del bachillerato, que era un veterano de guerra y que estaba soltero. No sólo había marcado la casilla donde ponía «soltero», sino que, junto a la de «casado», había un garabato -Laurel supuso que era de puño y letra de Bobbie- en el que se podía leer «¡Ojalá!, ¡quién sabe!». No había proporcionado un teléfono de contacto para casos de emergencia. Tampoco dio muestras de haber tenido un empleo. A la pregunta «¿Cuándo trabajó por última vez?», había escrito: «Cuando estaba de moda la música disco». Decía que no tenía más problemas de salud aparte de «ser un maldito viejo», ni problemas dentales «¡porque no tengo dientes!». Laurel no estaba segura de qué pensar ante el hecho de que Emily le hubiera permitido escribir tantos comentarios en el formulario, o de que muchas de sus respuestas estuvieran incluidas entre signos de exclamación.

Bobbie reconocía que le habían diagnosticado una enfermedad mental. Al lado de esas líneas, Emily había anotado «podría tratarse de trastorno bipolar o paranoia, más probablemente esquizofrenia». Laurel constató que en unas casillas afirmaba que había participado en terapias y que había recibido tratamiento psicológico y psiquiátrico en un hospital. En cuanto a las fechas, sólo ponía «recientemente». Admitía -de hecho, presumía de ello- haber tenido un serio problema con el alcohol, pero que «¡lo había mandado a paseo!» hacía años. No tenía domicilio y afirmaba ser un indigente crónico. Estaba en posesión de un número de Medicaid, otro de la Asociación de Excombatientes y otro de la seguridad social, todos añadidos, aparentemente a posteriori, por Emily.

Laurel anotó los números en un post-it amarillo y devolvió la carpeta al archivador.


El miércoles por la noche, antes incluso de salir a cenar, Laurel y David se pasaron por el apartamento del periodista frente al lago y se echaron en la cama del dormitorio que tenía espectaculares vistas sobre las montañas Adirondacks. En un momento dado, él intentó ponerse encima de ella pero, como siempre, Laurel se resistió empujándole el pecho contra el colchón, agarrándose a él mientras subía y bajaba por su pene, hasta que David desistió. Laurel no había tenido a un hombre encima desde aquel verano entre su primer y segundo año de carrera. Aunque su psicólogo le había comentado que se debía a una reacción fóbica y natural ante la agresión, ella no creía que volviera a probar esa postura sexual.

Luego, cuando terminaron, Laurel le relató con detalle su encuentro con Pamela Buchanan Marshfield.

– ¿Quieres un consejo para la próxima vez que entrevistes a alguien? -preguntó David.

Laurel se encontraba sumida en un plácido sopor poscoital. Ambos disfrutaban de esa dulce modorra. La muchacha estaba acurrucada apoyando la cabeza en el pequeño hueco que se formaba entre el hombro y la clavícula de su pareja, contemplando abstraída cómo el gris comenzaba a superar seriamente al negro en el vello de su tórax. David, por supuesto, nunca había visto el pecho de Laurel porque ella no se lo permitía. Incluso cuando hacían el amor, siempre se cubría la parte superior del cuerpo con alguna pieza de lencería de los numerosos bodies, camisones y combinaciones que llenaban su armario. Aquella noche, llevaba una camisola de seda que el catálogo de la tienda donde la adquirió afirmaba que era de color «luz del sol». Tenía la sensación de que David se sentía un poco culpable por haber intentado una vez más comprobar si ella se mostraba receptiva a hacer el amor con él encima, y pensó en tranquilizarle restándole importancia a su comportamiento. De hecho, sentía que el hombre tenía una loable paciencia tanto con su secreto como con sus visibles cicatrices. Pero no quería arriesgarse a echar a perder, con una discusión, el momento que estaban compartiendo.

– ¡Por supuesto! -contestó sin más.

– Cuando la persona a la que estés entrevistando haya terminado de responder a tu pregunta, cuando haya dicho todo lo que quería decir, tienes que exclamar «¡aja!» y quedarte callada. Déjale hacer a él, no tendrás que esperar mucho. Nueve de cada diez veces, el entrevistado se siente forzado a añadir algo. Y, casi siempre, se trata de una auténtica perla.

– ¿En serio?

– Suele funcionar, incluso con los tipos más curtidos. Lo más importante que te vayan a contar lo soltarán después del «aja».

– Lo tendré en cuenta.

– ¿Has buscado información sobre Bobbie Crocker en Internet?

– Sí, y sobre Buchanan también, pero no encontré nada. Lo intenté con todas las combinaciones posibles entre Crocker, Bobbie, Buchanan y Robert. También consulté su formulario de admisión y me hice con algunas cosas, como sus números de la seguridad social y de la Asociación de Excombatientes.

– Bueno, desde el punto de vista periodístico, estoy orgulloso de ti. Desde el ético, no puedo decir lo mismo.

– ¿Crees que ha sido un error conseguir esos números?

– Un poco discutible, quizá. Pero no creo que sea algo tan malo, en serio. No vas a suplantar su identidad -dijo con indulgencia-, ¿verdad?

– Nunca se sabe. Bobbie es un nombre bastante andrógino…

– Cierto. Sobre todo en algunos estados del Sur.

En lugar de desodorante, David se ponía en las axilas unos polvos que olían a verbena. Laurel sólo lo percibía cuando estaban en la cama, pero le encantaba su aroma.

– También debería buscar si hay algo sobre el accidente de coche en Grand Forks -dijo ella.

– Deberías, pero sucedió hace mucho tiempo y es poco probable que haya constancia… a no ser… -Bostezó, y ella le pellizcó suavemente para que continuase-.A no ser que el muchacho que murió con Buchanan…

– Eso, asumiendo que Buchanan de verdad muriese en ese accidente -le interrumpió.

– Sí, asumiéndolo. Eso podrías descubrirlo con el número de la seguridad social. De todos modos, creo que no habrá mucha información sobre el accidente, a no ser que el otro chaval perteneciese a alguna familia importante de Grand Forks y que algún periódico local publicara una retrospectiva sobre el clan en la pasada década. Si quieres, podría buscarlo en el archivo de LexisNexis de la oficina.

– ¿Te importaría?

– Pues claro que no. Debo confesar que no creo que encontremos nada, pero nada se pierde por buscar.

– Gracias.

– Y esa mujer de Long Island dijo que su hermano estaba enterrado en Chicago, ¿verdad?

– Sí, en el cementerio de Rosehill. Lo enterraron en 1939, creo.

– Bueno, tendría que haber un certificado de defunción que podamos localizar para corroborar su historia o, si no lo encontramos, para desmentirla. Déjame un poco de tiempo para hacer una serie de búsquedas por Internet. Hay algunos servicios de datos de acceso exclusivo para periodistas a los que estamos suscritos en el periódico. Ya veremos qué puedo encontrar. Y, si no funciona, siempre nos queda utilizar la «suela».

– ¿La «suela»? -le preguntó-. ¿Es otra herramienta de búsqueda?

David rio y ella pudo sentir cómo su pecho se alzaba.

– No. Si estás realmente interesada en tu nuevo pasatiempo, consiste en ir a Rosehill a examinar sus archivos, al registro civil de tu distrito de Long Island para ver qué papeles existen, a la biblioteca municipal… Piensa que podría haber algún artículo de periódico si su hermano realmente murió en un accidente de coche.

En la cómoda de enfrente de la cama había una foto de sus dos hijas en lo alto de Snake Mountain, una colina al sur de la ciudad con una pradera en la cima. El cabello de las pequeñas ondeaba salvaje con el viento y sus caritas redondas estaban manchadas de barro por la ascensión. Daban la impresión de ser una pareja de hermosas niñas asilvestradas. David había sacado la foto ese verano, y Laurel se lo imaginó arrodillado a uno o dos metros de ellas, sin el menor signo de fatiga. Era esbelto, atlético y fuerte: viviría bastante. Pensó que podría durar unas cuantas décadas más que su padre, y se sintió contenta por las pequeñas. Tenían un padre entregado a ellas y que sabía cuidarse. Puede que, en el futuro, este hombre no formase parte de su vida, pero casi seguro que sí que lo haría de la de sus hijas.


Era una apuesta arriesgada y Laurel no esperaba nada. La Ley de Protección y Transferencia de Seguros Médicos prohibía a los proveedores sanitarios revelar información sobre sus pacientes a personas no relacionadas con el tratamiento del enfermo. Su objetivo era proteger la privacidad de los residentes y asegurarse de que los informes médicos no podrían ser usados en su contra o hechos públicos sin su consentimiento.

A pesar de todo, al día siguiente, jueves, Laurel telefoneó al Hospital Público de Waterbury para ver si alguien podía contarle cualquier cosa sobre un paciente llamado Bobbie Crocker. Nadie fue capaz, o, para ser precisos, nadie quiso. Habló con un amable joven que tendría su edad y trabajaba en atención al paciente, y después con un amable pero reservado asistente de la oficina del director. Les explicó a ambos que trabajaba en BEDS y les contó con todo detalle por qué estaba interesada en cualquier tipo de información que pudieran ofrecerle.

No le ofrecieron nada.

Ni tan siquiera estaban autorizados a reconocer que un anciano llamado Bobbie Crocker había sido atendido en su hospital.

Laurel tenía pensado ir al laboratorio fotográfico esa tarde, pero, en el camino, se pasó por su apartamento y encontró una nota que Talia le había dejado en la mesita de café del salón.


¿Qué pasa, desconocida? ¡No se te ve el pelo! ¿Es porque me huele mal el aliento? Volveré a eso de las 6 o 6:30. ¿Por qué no cenamos juntas y me cuentas? Quiero saber qué tal te fue el viaje a casa.

Besos, T


No había visto a Talia desde antes de marcharse a Long Island. Su compañera había salido con unas amigas el martes y ella pasó la noche del miércoles en casa de David. Podrían haber desayunado juntas el día anterior, después de que Laurel regresara de la piscina, pero, como llevaba un par de días sin acudir al trabajo, al terminar de nadar se fue directamente al albergue sin pasar por casa. A ambas les resultaba muy extraño pasar tanto tiempo sin coincidir estando las dos en la ciudad. Laurel barajó la posibilidad de cambiar de planes e ir al laboratorio después de cenar pero, finalmente, decidió que no podía esperar tanto. Además, se imaginó que vería a Talia el viernes, aunque sólo fuera para que le contara los detalles de su excursión del día siguiente para jugar al paintball. Por eso, garabateó una nota de disculpa y cogió los negativos, las fotos e incluso las instantáneas de Bobbie Crocker. Decidió guardarlo todo junto en su consigna del laboratorio fotográfico de la universidad, por si acaso quería comparar un par de imágenes. Después, bajó despacio las escaleras y salió de nuevo al fresco aire otoñal. Había pensado comer algo mientras estaba en casa, pero prefirió no arriesgarse. Cuanto más permaneciera en el apartamento más posibilidades tenía que Talia regresase, y entonces pasarían horas antes de que pudiera ponerse manos a la obra.


Con las hojas de contacto, pudo comprobar lo dañados que estaban los negativos, pero se entregó a limpiarlos y revelarlos con mimo, intentando conseguir lo mejor de cada imagen. Algunas de las fotos presentaban arañazos y rajas en el centro, o partes enteras sucias, y necesitaría encontrar a alguien dispuesto a retocarlas digitalmente. En un momento dado, un estudiante unos cinco o seis años menor que ella, que también se encontraba esa tarde trabajando en la sala de revelado de la universidad, echó un vistazo a una de sus bandejas. El muchacho era un rechoncho personaje que llevaba una camiseta holgada y una fila de tachuelas en el cartílago de la oreja. Tenía unos rizos enmarañados del color de la cresta de un gallo. A la luz rojiza del cuarto de revelado, parecía salido de las páginas de un cómic.

– ¡Ese es Eisenhower! -dijo triunfante, señalando la imagen de la bandeja.

– Ya lo sé -murmuró Laurel, recordando que le habían contado la historia de que Bobbie afirmaba que aquel presidente le debía dinero.

– Supongo que no habrás sacado tú estas fotos. Parecen antiquísimas.

– Bueno, antiquísimas no, sólo viejas.

– Mucho. -El muchacho observó por unos instantes el baño químico y añadió-: y eso es la Exposición Universal de 1964 en el barrio de Queens. Esa enorme bola del mundo todavía existe, está junto al Shea Stadium.

– Cierto. -Laurel procuraba que su voz sonase lo más seca posible sin llegar a ser grosera. Sólo quería que sonara ocupada, centrada, absorta.

– ¿Quién las sacó?

– Un viejo amigo. Acaba de fallecer.

– Parece que no se preocupó mucho de cuidar este material.

– No -coincidió con él Laurel.

– ¡Una lástima! -añadió el joven-. Se nota que el tío era bueno.

– Sí.

– Yo me dedico sobre todo al metal, ¿sabías?

Laurel no lo sabía, pero hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Se preguntó si el chaval seguiría hablando si ella permanecía en silencio. Se temía que le propusiera echar un vistazo a sus obras.

– Pues sí. Coches, bicicletas y primeros planos de cadenas. Ese tipo de cosas.

Laurel meneó de nuevo la cabeza con un pequeño gesto casi imperceptible.

– A veces, cuando le digo a la gente que me dedico al metal, se piensan que me refiero al rock. Ya sabes, como si tocara en un grupo de heavy metal.

Laurel suspiró, pero fue un reflejo, no por conmiseración. Iba a tener que ser grosera, o por lo menos fría. Se quedó un buen rato contemplando una tira de negativos que colgaban de una cuerda detrás de ella, actuando como si el muchacho fuese completamente invisible. Al ver que ella no decía nada, el chaval masculló, haciéndose el ocupado:

– Bueno, tía, tengo un montón de cosas que hacer. ¡Ciao!

– ¡Ánimo! -le soltó, una formalidad conversacional que le salió de dentro, y, para su alivio, el muchacho volvió a sus propios revelados.

Laurel se quedó un par de horas más trabajando, mucho después de que el joven se marchara, hasta que la sala de revelado cerró por la hora. Comprobó que no eran uno, sino dos, los presidentes que aparecieron en las pequeñas bañeras: el otro era Lyndon Johnson con un gran sombrero y un cordón de cowboy al cuello. También había una actriz que no supo identificar, de un musical cuyo nombre no recordaba; un llamativo batería de jazz fumando un cigarrillo; una fila de secadores de peluquería, esos orinales con forma de casco unidos a un grueso tubo de acordeón; un jovencísimo Jesse Jackson al lado de una mujer que, pensó, podría ser Coretta Scott King; un personaje que apostaría a que era Muddy Waters (pero que podría haber sido cualquier otro); coches con alerones; una lámpara de lava; Bob Dylan; una anciana que creyó reconocer como una escritora; tres saxofones; un puesto de verduras en algún punto cerca de la catorce, en Manhattan; el arco de Washington Square; la punta del edificio Chrysler; otra media docena de fotos de la Exposición Universal de 1964 y, en una tira de negativos más nueva procedente de otra cámara, la pista forestal de Vermont que tanto odiaba. En una foto, aparecía en la distancia esa joven montada en bicicleta de montaña. De nuevo, como le sucedió con la imagen difuminada que poseía Bobbie y que había visto en la caja que Katherine le trajo a su despacho, la chica quedaba muy lejos para poder distinguir sus rasgos. Sin embargo, era alta y larguirucha, y el cuadro de la bicicleta se parecía al de su machacada Trek.

Y, por supuesto, había tres negativos de una cámara de gran formato en los que aparecía la curva de herradura del camino de asfalto que ascendía desde la carretera de la costa de East Egg hasta la propiedad de los Buchanan-Marshfield. En las imágenes, Laurel pudo ver un coche aparcado frente a las escaleras de la entrada de la mansión y, aunque no sabía mucho de automóviles, fue capaz de adivinar que se trataba de un Ford Mustang con el chasis blanco y una capota negra. Estaba casi segura de que era un modelo de los años sesenta.


Capítulo 12

Katherine Maguire, con los ojos cerrados, alzó el rostro hacia el sol de media mañana de ese día de septiembre, mientras caminaba junto a una procuradora municipal, llamada Chris Fricke, por las baldosas que desde hacía décadas servían de pavimento al pasaje comercial del centro de Burlington. Escuchaba atentamente a la abogada, pero al mismo tiempo disfrutaba del calor en sus párpados.

– Es un abogado que pertenece a un bufete de Manhattan, pero también tienen una representación en Underhill. Una especie de delegación, no una oficina. Por eso conocen un poco BEDS -le contaba Chris mientras, por debajo, sus tacones sonaban sobre las baldosas cada tres o cuatro sílabas.

Chris era una de las procuradoras municipales que trabajaba con BEDS desde hacía ya seis años, casi desde el día en el que se sacó la oposición y empezó a trabajar para el Ayuntamiento de Burlington. Era un poquito mayor que la directora de BEDS, tendría unos cincuenta y cinco, creía Katherine, y era una mujer peculiar y modélica: no comenzó a estudiar Derecho hasta que el menor de sus hijos empezó a ir al instituto. Como la mayoría de los empleados municipales, tenía mucha energía y determinación, y estaba totalmente convencida, a pesar de todas las evidencias que apuntaban a lo contrario, de que lo que hacía era de vital importancia para la humanidad. Trabajaba de voluntaria en el albergue, lo cual era mucho más de lo que nunca hicieron la mayoría de los abogados que colaboraban con BEDS. Había hecho un esfuerzo para concienciarse de lo duro que resultaba vivir en las calles y de las necesidades de la población sin techo, y por eso se había ganado la confianza y el respeto de Katherine.

– ¿Ha visto el anuncio que pusimos en el periódico? -le preguntó Katherine.

– Él o su cliente. Sea como sea, se ha enterado de lo que hemos descubierto y cree que las fotos podrían pertenecer a su cliente. Dice que es una mujer mayor que vive en Long Island.

– ¿Y quiere que se las entreguemos?

– Lo dices como si te molestara -dijo la abogada.

– Bueno, un poco. Quería asegurarme de que nadie las reclamaba porque es lo correcto y para cubrirnos las espaldas. Pero, por supuesto, me encantaría que se quedasen en BEDS. Nunca se me ocurrió que aparecería un dueño de las fotos.

– Bueno, todavía no sabemos si es su propietario legítimo. Le he descrito el contenido de la caja y es posible que lo sea. Podrían ser fotos de su casa y ella podría ser uno de los niños que aparecen en las imágenes.

– Dices que es una anciana. ¿De cuántos años?

– Más de ochenta. Lo suficientemente vieja para poder ser la niña de la foto. Pero no chochea -dijo Chris-. Podrá ser mayor, pero parece un hueso duro de roer. Se la ve con salud y ganas.

– ¿El abogado te dijo por qué quiere las fotos?

– Porque ella o su casa aparecen en alguna de las imágenes. Además, dice que es coleccionista de arte y que hace tiempo perdió algunas de sus fotos y unas series de negativos. Quiere que se las llevemos todas. Y no quiere que Laurel revele nada. Ha pedido que se lo enviemos a su abogado para que pueda recuperar las imágenes que, según dice, son suyas.

– ¿Alega tener algún vínculo con Bobbie?

– Todo lo contrario. Se empeña en recalcar que no tenía ninguna relación con él. Dice que tuvo un hermano, pero que falleció hace muchos años. Su abogado y ella no saben cómo Bobbie pudo conseguir esas fotos de su familia y de su casa, o las imágenes que formaban parte de su colección. Pero siente que se las han usurpado y quiere recuperarlas.

Katherine se detuvo y se giró hacia la abogada.

– ¿Estamos obligados a hacerlo? -Se dio cuenta de que lo había dicho con enfado, aunque no pretendía dar ese tono a su voz, pero le salió del alma.

– No necesariamente. Tenemos que examinar este asunto más a fondo. Ahí reside la ironía de esta historia: si esta mujer tuviera algún vínculo familiar con Bobbie Crocker, entonces tendría derecho a quedarse con las fotos en su condición de única heredera viva. Pero si no tiene relación con él, le resultará mucho más difícil reclamarlas. Sólo porque aparezca en ellas no significa que tenga derecho a poseerlas.

El rostro de Katherine enrojeció, y no precisamente debido al sol.

– Mira, me gustaría montar una exposición con las fotos de Bobbie. Él se lo merecía, tú lo sabes muy bien. No le dimos la oportunidad de hacerlo en vida, porque no lo tomábamos en serio. Yo, por lo menos, no.

– Te sientes mal por eso, ¿verdad?

– Un poco, sí. Pero hay más cosas. En primer lugar, esas fotos serían una gran publicidad para la gente a la que ayudamos en la asociación. Muestran que una persona que hizo cosas extraordinarias en su vida y que conoció a gente importante, acabó de indigente. En segundo lugar, y puede que no sea el segundo en importancia, espero que la colección pueda proporcionar algo de dinero a BEDS. Podríamos vender la exposición como una campaña benéfica.

– Eso no es un problema, asumiendo que no tengamos que entregar todo a esta mujer de Long Island.

Chris miró su reloj y volvió a taconear por Church Street en dirección a su oficina en el ayuntamiento. Un momento después añadió:

– No te sorprendas si ese abogado os llama a ti o a Laurel.

– ¿En serio?

– Podría hacerlo. No obtuvo de mí lo que quería, por eso podría intentar localizaros a una de vosotras.

– Vaya. Espero que no llame a Laurel.

– ¿Por alguna razón en particular?

– Bobbie, o quien fuera, sacó unas cuantas fotos del club de campo al que Laurel iba a nadar de pequeña. Y tengo entendido que también hay una imagen de una chica montando en bicicleta en Underhill, en la misma pista forestal en la que intentaron violar a Laurel.

– ¿Una chica de su edad?

– Creo que sí. No he visto la foto, pero Laurel la encontró y me lo dijo. Parece que le ha afectado mucho. La combinación de esas imágenes le ha hecho implicarse bastante.

La abogada también conocía la historia de Laurel, y Katherine pudo percibir inquietud en su mirada.

– Vaya maldita coincidencia.

– ¿El club de campo o la chica en la bicicleta?

– Las dos -contestó Chris.

– Sólo es una coincidencia -dijo Katherine, sintiéndose de repente un poco a la defensiva-. Nada más que eso. Así tiene que ser, ¿verdad? No tenía ni idea de la existencia de ambas fotos cuando le sugerí que le echara un vistazo a las imágenes de Bobbie.

Chris meneó la cabeza.

– De todos modos, tiene que ser un poco exasperante para Laurel saber que un indigente esquizofrénico andaba sacando fotos de su piscina, y de la chica en bicicleta.

Katherine pensó en recordarle que probablemente Bobbie no hubiera sido indigente en esa época, pero también comprendió que Chris se estaba refiriendo a la vulnerabilidad de su amiga, y se contuvo. Por primera vez, empezó a preguntarse si no habría cometido un gran error al entregarle a Laurel esa caja de viejas fotografías.


Capítulo 13

Howard Mason, Paco Hidalgo y Pete Stambolinos eran los tres vecinos de Bobbie que asistieron a su funeral en el cementerio militar de Winooski. El viernes por la mañana, Laurel se saltó su sesión de natación y fue directamente al Hotel New England, donde desayunó con los tres hombres en la cocina que compartían con el resto de residentes. No tenía muy claro si sacaría algo provechoso de este encuentro, pero estaba tan emocionada que se levantó y salió de casa antes de que, tras la puerta del dormitorio de Talia, se escuchase el más ligero movimiento. Además, ese día iba a comer con Serena Sargent, por lo que tenía la esperanza de, al final de esa jornada, saber más acerca de la identidad de Bobbie Crocker.

La cocina del viejo hotel no era mucho más grande que la de una vivienda suburbial cualquiera. Era funcional, lo cual constituía un gran lujo para alguien que ha vivido en un albergue para indigentes -y, antes de eso, en las calles-, pero andaba lejos de aparecer en las revistas de decoración del hogar. Los armarios, donados por una tienda de baños y cocinas cercana, estaban fabricados con madera contrachapada, y el linóleo del piso se lo regaló a BEDS un instituto que realizó reformas en la cafetería. Además, no resultaba fácil para los dieciocho inquilinos compartir una cocina de cuatro fuegos, un horno y un frigorífico de tamaño apropiado para una familia, pero que se quedaba pequeño para el ejército de latas, litronas y, en ocasiones, garrafas de dos litros que se apilaban en las baldas superiores. La estancia se completaba con una solitaria mesa redonda de cocina.

Laurel se sorprendió cuando, al llegar ese viernes por la mañana, descubrió que los tres hombres habían improvisado un auténtico festín: una empanada mexicana de queso y pimiento rojo, tostadas untadas de mantequilla y azúcar glas, y donuts rellenos de mermelada del colmado de la esquina. Laurel pensó que, después de un ágape como ese, sería recomendable una angioplastia, pero la conmovió el esfuerzo que los tres habían realizado. Supuso que no solían recibir a muchos invitados.

Howard, con un gesto solemne, le indicó el mostrador en el que habían dispuesto el desayuno corno si se tratara del bufé de un restaurante y le preguntó:

– No está mal, ¿verdad?

– Tiene un aspecto delicioso -dijo Laurel-. No sé por dónde empezar.

– Siempre se empieza por lo salado, y luego se pasa al dulce -comentó Paco.

Paco sería más o menos de la edad de su madre, pero tenía la piel tan curtida y gris que podría decirse que era tan mayor como su abuelo.

– Bueno, pero también puedes seguir un consejo que vi una vez en una pegatina en un coche -comentó Howard-: «La vida es breve, empieza por el postre». Siempre me gustó esa frase.

Laurel puso de todo un poco en su plato y se sirvió agua caliente de la cafetera que estaba al fuego en una taza. Después, tomó la silla que Howard le ofreció amablemente y empezó a remojar su bolsita de té, contemplando cómo los tres hombres se preparaban una montañita de comida en sus platos.

– Así que quieres saber cosas sobre Bobbie -dijo Pete con brusquedad nada más sentarse.

El hombre descansó su barbilla en la mano, mostrando una franja de piel más blanca en la muñeca donde solía llevar un reloj. Como muchos inquilinos del Hotel New England, pasaba mucho tiempo en la calle en verano y otoño. Era necesario para escapar de los estrechos confines de su espartano cuartucho y, al mismo tiempo, para tener una rutina que le proporcionase seguridad. Laurel sabía que le gustaba sentarse en un banco, cerca del Ejército de Salvación, soleado por la mañana y a la sombra por la tarde. Allí pasaba las horas, unas veces reunido con sus acólitos y otras, sencillamente, dormitando. Había dejado de beber, aunque Laurel no tenía ni idea de cómo lo habría conseguido, pues su mirada brillaba demasiado para ser un miembro de Alcohólicos Anónimos.

– Antes era rico -les informó Howard-, tremendamente rico.

– Sí, claro, y yo también -se burló Pete.

– No, tú no -le espetó Howard.

– Puede que todos seamos ricos a nuestra manera -propuso Pete.

– No, Bobbie era rico de verdad -insistió Howard.

– Y tú, ¿cómo lo sabes? -le preguntó Pete con un tono a la vez lóbrego y enojado. El rostro de Howard se ensombreció como pintura descascarillada-. ¿Cómo podrías saberlo? La mitad del tiempo Bobbie no se acordaba ni de dónde era, y la otra mitad se la pasaba peleándose a voces con su padre. Por cierto, Laurel, su padre estaba muerto. Así que ya ves tú qué plan. No perdamos de vista el hecho de que el hombre había estado en el hospital psiquiátrico.

– ¿De qué tipo de cosas hablaba con su padre? -preguntó Laurel.

– Era él quien oía voces, no yo.

– Ya lo sé, sólo me preguntaba si alguna vez os contó de qué hablaba con él.

– Cuando la gente habla sola en público, sobre todo si lo hacen con alguien que lleva mucho tiempo muerto, prefiero pedirles que cierren el pico, no que compartan conmigo sus películas.

A Laurel no le sorprendió la noticia de que Bobbie estuviera peleado con su padre, así que intentó presionarles para conseguir más información:

– Pero seguro que alguna vez escuchasteis lo que decía Bobbie.

Pete entrecerró los ojos para recordar y dijo:

– Decía que su padre tenía un montón de contactos, mucha influencia con gente importante. Ya sabes, que les había hecho favores. Por eso no entendía por qué su viejo no llamaba a alguien para ayudarle. O, mejor dicho, para ayudar a otras personas. En realidad, Bobbie casi nunca pedía ayuda a su padre. A veces incluso algunos de nosotros aparecíamos en sus conversaciones. En una ocasión, sólo para ver si se callaba, le dije que no necesitaba que su viejo me echase una mano. Como no conseguí que cerrara el pico, le dije que su padre no estaba mal del oído y que no tenía que hablar tan alto. Por lo menos, gracias al cielo, después de eso se puso a susurrar.

– Conocía a todo el mundo -dijo Paco de repente.

– ¿El padre de Bobbie? -preguntó Laurel.

– No, Bobbie.

– Decía que conocía a un montón de gente a la que había sacado fotos -explicó Pete, llevándose a la boca el tenedor con un enorme trozo de tostada-. Se supone que así es como les conoció.

– Nunca os enseñó sus fotos, ¿verdad? -dijo Laurel.

Pete soltó una sonora risa entre dientes, una especie de aullido, y se reclinó sobre el respaldo de la silla cruzado de brazos.

– Ni por asomo. No paraba de repetir que alguien se las quería quitar, que iban detrás de ellas… o de él.

– ¿Tenéis alguna idea de quién podía ser?

– Los de siempre. La mitad de los tarados de este hotel piensan que alguien les persigue.

– Laurel, las tostadas también están muy ricas con mermelada de uva, ¿sabes? -dijo Howard-. Cuando no puedes permitirte sirope de arce es mejor no conformarse con sucedáneos y pasarse a la confitura de uva.

– ¿Os dijo alguna vez dónde vivía cuando era fotógrafo?

– Si es que alguna vez lo fue… -dijo Pete.

– Sí que lo fue. He visto las fotos -añadió Laurel-.Ayer por la noche estuve en la sala de revelado de la universidad haciendo hojas de contacto y revelados de algunos de sus negativos. Fue un fotógrafo de verdad.

– ¡Hijo de su madre!

– Sí, hijo de su madre -repitió Laurel.

– ¿De qué son esas fotos? -preguntó Paco-. ¿De verdad son de gente famosa?

Laurel les habló de las fotos que Bobbie había dejado y de los negativos que había revelado la noche anterior. De pronto, Pete la sorprendió con el siguiente comentario:

– ¿Has ido a la biblioteca? ¿Has consultado los archivos de viejas revistas en la hemeroteca? Escucha: consigue los números antiguos de Life, y también los de Looks. Allí los tienen todos. Así podrás saber si de verdad Bobbie sacó esas fotos. Sólo tienes que mirar los créditos.

– ¡Es una magnífica idea! -exclamó Laurel.

Howard mostró una amplia sonrisa y miró con orgullo a su amigo:

– Pete seguramente sea el mayor hijo de puta que conozco, pero también uno de los más listos.

– Yo hice las tostadas, así que no soy un hijo de puta.

– Bobbie le contó a alguien que conozco que era de Long Island -dijo Laurel-. ¿Alguna vez os lo dijo a vosotros?

– ¡Claro! Y que de niño había vivido en una bahía del estrecho -contestó Paco, y, al instante, Laurel sintió una palpitación de emoción en el pecho.

– ¿Os contó algo más?

– Decía que vivió en una mansión.

– ¿Alguna vez mencionó que tuviera hermanos?

– No, que yo recuerde -dijo Howard, relamiéndose el azúcar del donut de los dedos.

– Una temporada vivió en Francia -intervino Pete-, o al menos eso decía él. Contaba que había luchado en la Segunda Guerra Mundial.

– ¿Cuándo vivió allí? -preguntó Laurel-. ¿Os lo dijo?

– Creo que justo después de la guerra. Estuvo luchando y luego volvió. O puede que se quedara… no lo sé. Estuvo en Normandía.

– Y después me parece que vivió en Minnesota -añadió Howard.

– ¿Minnesota? -el tono de sorpresa en la voz de Laurel era evidente.

– ¿Qué pasa? ¿No te parece posible? -le preguntó Pete-.A mí me resulta más creíble verle en Minnesota que en una casa de la campiña francesa rodeado de girasoles.

– Bueno, supongo que todo es posible. Lo que pasa es que nunca me lo imaginé viviendo en el Medio Oeste, aunque lo cierto es que tampoco entre los girasoles de la campiña francesa.

– ¡Eh! No sé si había girasoles alrededor de su casa. Lo único que contaba es que era una casa de campo que los nazis habían usado como vivienda para sus oficiales, que la habían dejado hecha un asco, y que, luego, los americanos habían bombardeado una parte del edificio. Decía que tenía un viñedo y filas de parras, pero que, para cuando la guerra terminó, ya no estaban.

Un ala de la casa, por supuesto, no la que ocupaban ellos, no era más que un montón de cenizas.

– ¿Por qué volvió? ¿Había alguna mujer?

– Eso decía.

– ¿Os dijo cómo se llamaba? ¿O el nombre de la ciudad?

Los tres se miraron inexpresivos. Estaba claro que no.

– Vale. ¿Y qué os contó de Minnesota? -preguntó Laurel-. ¿Cuándo vivió allí?

– Bueno, igual «vivir» es mucho decir. No sabemos si pasó allí un mes o un año.

– De todos modos, ¿por qué estuvo en Minnesota?

– Decía que tenía familia por allá. Por supuesto, eso no significa nada, porque también afirmaba que tenía familia en Kentucky -dijo Pete, alzando su plato con un garboso ángulo y después utilizando el tenedor para rascar el último trozo de empanada del plástico-. Dependiendo del día en el que le pillases, te podría haber dicho que tenía familia en Marte.

– Bueno, creo que sí que tenía unos primos en Kentucky. ¿Quién pensáis que vivía en Minnesota?

– Pues ni idea -dijo Howard, desinflándose la voz.

– ¿Mencionó alguna ciudad?

– No. Espera… Sí. ¡Saint Paul! ¿Saint Paul está en Minnesota?

– Por supuesto.

– Y también…

– ¿Qué?

– Ahora que lo pienso, puede que dijera algo acerca de que allí tenía un abuelo -continuó Howard. El acto de recordar le exigía tal esfuerzo mental que arrugó la frente-. ¿Puede ser que su abuelo viviera en Minnesota?

– Podría ser. ¿Qué más? ¿Algún barrio, el nombre de una calle? ¿Algo?

– Ojalá supiera más. Puede que él dijera algo, pero mi memoria, ¿sabes?, ya no es lo que era.

– ¿Y qué hay de Chicago? ¿Alguna vez os habló de Chicago?

– Puede ser -dijo Howard pero, tanto por el tono de su voz como por la mirada recriminadora que le lanzó Pete, Laurel supo que estaba tergiversando la realidad para tenerla contenta. Le estaba contando lo que él pensaba que la muchacha quería escuchar.

– Vale, os voy a decir lo que se me ocurre -dijo Laurel cuando el incómodo silencio fue demasiado para ella-: Es probable que Bobbie dejara una pista con alguno de vosotros. ¿Cómo puede ser que un tipo que viene de una familia rica termine sin un centavo? Ya sé que tenía esquizofrenia y problemas emocionales. También sé que abusaba de la bebida, pero ¿por qué su familia no se ocupó de él? ¿No están las familias para eso?

– La mía, no -dijo Pete.

– Ni la mía -estuvo de acuerdo Paco.

– Además, estás asumiendo que el viejo Bobbie apreciaba a su familia -añadió Pete.

– Y que ellos, por su parte, lo quisieran -apostilló Paco, inclinándose con su silla para encender un cigarrillo sin filtro en el fuego de la cocina de gas que tenía detrás. Dio una profunda calada y soltó una nube de humo azulado en el aire.

Laurel pensó por un instante en los Buchanan. En lo repulsivos que resultaban Tom, Daisy y Pamela. Por el contrario, parece que Bobbie le caía bien a mucha gente. Puede que fuera la oveja negra de la familia por el simple hecho de ser simpático. Un tío decente. Es posible que los Buchanan hubieran cortado sus lazos con él, pero también era muy probable que él mismo se hubiera alejado de ellos, de esa constante falta de sensibilidad y de los ocasionales escándalos que parecían marcar a toda esa maldita estirpe.

– Contadme alguna anécdota de Bobbie -les pidió.

– ¿Una anécdota? -preguntó Howard.

– Algo que hizo, o que hicisteis juntos.

– ¿Cualquier cosa? -inquirió Paco, entornando los ojos tras el humo de su cigarrillo.

– Lo que sea. Algo que me ayude a comprender qué clase de persona era.

Los hombres se miraron, no perplejos pero sin estar seguros de lo que quería Laurel.

– Le tenía miedo al demonio -dijo Paco finalmente, encogiéndose de hombros.

– ¿Acaso no nos da miedo a todos? -exclamó Pete.

– No, en serio. Bobbie lo vio una vez.

– ¿Sabes que le contó lo mismo a Emily Young, su asistente social? -dijo Laurel, echándose hacia delante en su silla-. ¿Qué te contó a ti, Paco?

– Decía que le había sacado una foto al diablo.

– ¿De verdad?

– Eso decía.

– Y ¿qué aspecto tenía?

– No lo sé. Igual por eso se volvió loco. Ya sabes que no se puede ver el rostro de Dios. Puede que pase lo mismo con el diablo.

– ¡Anda, por favor! -dijo Pete-.Ya estaría loco desde mucho antes de que le sacara una foto a cualquier colgado en una feria y se pensara que era el diablo.

– ¿Una feria?

– ¡Pues claro! Una de esas fiestas populares. Fue hace mucho tiempo. Por las pocas cosas que contaba con sentido, y, créeme, Bobbie nunca contaba muchas cosas con sentido a este respecto, nuestro difunto amigo se cruzó con el diablo en la feria que hacen en Essex a finales de verano.

– La feria de Champlain Valley.

– ¡Eso mismo! A diez o quince kilómetros de aquí. En fin, como sea. Se celebra en el día del Trabajo [6].Ya sabes, una feria de cosas del campo: esquilan ovejas, ordeñan vacas y exhiben calabazas gigantes… Después hacen juegos populares y los tipos que organizan las yincanas van disfrazados. Estoy seguro de que Bobbie vio a su diablo allá. Puede que fuera alguien que le hizo daño. Ya sabes, físicamente. Alguien que le pegó o le quitó el dinero que tenía. O, simplemente, un cabrón que a Bobbie le dio más miedo del que en realidad daba.

– Igual puedes encontrarlo en esas fotos que tienes -dijo Howard.

Laurel se quedó pensando en esto por un momento. Hasta ahora, no había descubierto a nadie de aspecto demoníaco en las fotos, ni una imagen de la feria agrícola de finales de verano. Se preguntaba, basándose en las imágenes que había revelado, si Pete no estaría equivocado y se trataría de alguien procedente de la infancia de Bobbie a quien debería buscar. Quizá una imagen de alguien a quien había conocido de niño. Alguien de su propia familia.

– Pete, ¿estás seguro de que se refería a la feria de Champlain Valley? -le preguntó.

– No del todo. Tratándose de Bobbie, nunca puedes estar seguro. Igual era un carnaval en Nueva York, en Minnesota o en Louisville. Dijiste que tenía familia allá, ¿no es así?

– En efecto.

– Mira, ¿quieres una anécdota? -preguntó Pete.

– Sí.

– Pues ahí va. Éste es el Bobbie Crocker que era mi amigo, nuestro amigo. El pasado verano, estábamos mirando las obras de ese nuevo edificio junto al lago, el que tendrá apartamentos y tiendas de lujo. Sólo estábamos Bobbie y yo, y sudábamos como cerdos. Debía de ser por julio. Yo ya no bebo, pero me moría por una cerveza. Soñaba con una cerveza helada atravesando mi gaznate, con una de esas botellas de litro de Budweiser. Hace tres años que no he probado ni una gota, en aquel entonces un poco menos de tres años. Pero tenía un par de pavos en la cartera y allí cerca había un colmado. Yo estaba pensando: una cerveza. ¡Qué cojo… demonios! En serio, ¿qué pasa si me tomo una puñetera cerveza? Sólo una litrona. ¿Voy a acabar tirado otra vez en la calle por eso? La respuesta es que sí, porque no puedo conformarme con una. Me tengo que tomar un barril entero. Pero iba a hacerlo: me iba a comprar una puta cerveza. Pero Bobbie, gracias a Dios, me leyó el pensamiento y me sacó de allí. Me llevó a un banco sombreado y acabamos tomándonos un par deYoo-hoos. ¿Los conoces? Son esos batidos de chocolate embotellados.

– Sí, de los que bebía Yogui Berra [7] -dijo Howard.

– Bueno, eso decía él en los anuncios, pero creo que Yogui también le daba a la cerveza -comentó Paco.

– Esos Yoo-hoos me ayudaron a seguir limpio. A veces, una bebida dulce y refrescante sirve. Y todo fue gracias a Bobbie.

Laurel se quedó pensando en esto durante un momento, y recordó el consejo que le había dado David la otra noche cuando estaban en la cama. Contestó con un gesto afirmativo acompañado de un simple «aja» y permaneció callada.

Como era de esperar, Pete, el gracioso, irónico y escéptico de Pete, siguió hablando:

– Ahí estábamos, sentados a la sombra de uno de esos arces que todavía no han talado, contemplando el agua y las montañas Adirondacks y tomándonos nuestros Yoo-hoos. De repente, va Bobbie y salta: «¿Te gusta esta vista? Pues tendrías que haber contemplado la que había desde mi dormitorio cuando era niño. Por una ventana, el estrecho de Long Island; y por la otra, una mansión con una torre». ¡Una torre! ¿Qué te parece? Los maravillosos mundos de Bobbie eran así. Le sonreí y cambié de tema.

De repente, Howard apartó su plato y agarró con firmeza el borde de la mesa.

– ¿Sabes qué era lo mejor de Bobbie? -dijo muy emocionado mientras todos permanecían a la espera de la respuesta-. ¡Que era un tío normal!

Pete se permitió otra de sus carcajadas duras, cortas y amargas.

– Sí, ese era Bobbie Crocker. Mientras algunos abueletes se dedican a jugar al golf en Fort Lauderdale, él veraneaba en un contenedor en Cherry Street y se pasaba los inviernos en el hospital psiquiátrico. Un tío normal, ese Bobbie Crocker.

Cuando Laurel volvió a mirar a Howard, descubrió que asentía con la cabeza, con ojos melancólicos y un poco alicaídos, totalmente ajeno al desdén y la ironía de muchos de los comentarios de Pete Stambolinos.


A media mañana, Katherine asomó la cabeza por la puerta del despacho de Laurel. La muchacha estaba ocupada con un nuevo residente llamado Tony, un joven que afirmaba haber sido la estrella de su equipo de fútbol del instituto en la ciudad de Reveré, Massachusetts, hacía ocho o nueve años, y que había pasado la noche en el dormitorio masculino del albergue. Su familia le había abandonado, igual que las de Pete, Paco, Howard y -al menos eso pensaba Laurel- la de Bobbie. La única diferencia es que Tony era mucho más joven que los otros indigentes. El muchacho se revolvía nervioso en la silla y no paraba de abrir y cerrar los puños. Era de esas personas que constantemente se muerden las uñas, hasta el punto de que todas sus cutículas parecían haberse pasado la noche entera sangrando.

– Siento interrumpir, pero tengo que salir a una reunión en Montpelier y quería pillarte antes de marcharme -dijo Katherine, ofreciendo a Tony un saludo de disculpa y levantando las manos en un gesto que sugería que no le había quedado más remedio que interrumpirles.

Laurel salió al pasillo para hablar con su jefa.

– Igual te llama un abogado de Nueva York para pedirte que dejes de revelar las fotos de Bobbie Crocker -dijo Katherine-. Incluso podría solicitarte que se las entregaras, a él o a otra persona. Pero no tienes que hacerlo, ¿entendido? No te dejes intimidar.

– ¡Caramba! ¿Abogados? ¿Desde cuándo andamos en pleitos?

– No fuimos nosotros los que empezamos -dijo Katherine, y Laurel comprendió al momento quién había sido y por qué su jefa parecía un poco alterada: se sentía coaccionada, y no estaba dispuesta a tolerarlo. Tampoco iba a permitir que lo que ella concebía como el deseo de uno de sus residentes fuera brutalmente pisoteado.

Le contó a Laurel su conversación con la procuradora municipal y luego añadió:

– No fue la mujer quien llamó, por supuesto. Ese tipo de gente nunca lo hace, se lo encargan a su abogado, que telefoneó a Chris Fricke. En fin, que esa vieja bruja cree que las fotos le pertenecen porque aparece en algunas de ellas.

– En una solo.

– Y su hermano también.

– Su hermano únicamente sale en una.

– Y además hay otras de su antigua casa.

– Sí.

– Sea como sea, la mujer sostiene que Bobbie robó o encontró una caja llena de fotos y negativos de su familia, y quiere que se le devuelva todo el material intacto, tal y como Bobbie lo dejó. Quiere comprobar si hay algo más que le pertenezca.

– ¡Bobbie no robó nada a esa gente! Él era parte de su familia. ¡Era su hermano!

Katherine permaneció en silencio, observando a su amiga.

– ¿De verdad lo crees?

– No lo creo -dijo Laurel, muy irritada, bajando la voz-. Lo sé. Estoy totalmente segura de ello.

– Bueno, pues no lo hagas. Abandona esa idea ya mismo, ¿entendido?

– ¿Qué? ¿Por qué?

– Porque si Bobbie fuera de verdad su hermano, lo cual, en mi opinión, es totalmente imposible, entonces estaríamos obligados a entregarle todas las fotos.

– Tengo algo que contarte, Katherine. Ya no me cabe ninguna duda -dijo Laurel, intentando que su voz sonara tranquila sin conseguirlo-. Todo concuerda, está todo muy claro. Esta misma mañana he estado desayunando con unos inquilinos del Hotel New England.

– Déjame adivinar. ¿Pete y compañía? Debe de haber sido toda una experiencia.

– Ha estado bien. Me prepararon todo un festín. Pero lo importante es que las cosas que me contaron apuntan a que Bobbie es el hermano de esa mujer.

– ¿En serio?

– Bobbie les dijo que había crecido en Long Island y que tenía familia en Kentucky.

– Comprendo la conexión de Long Island pero ¿qué hay en Kentucky?

– De allí era su madre. Nació y pasó su infancia en Louisville.

Katherine suspiró y le dio un pequeño apretón en el brazo.

– Cuando me dijiste que reconocías los lugares que aparecían en las fotos, yo también creí que Bobbie había vivido cerca de tu club de campo. En serio, lo creía. Y todavía puede que tengas razón. ¿Quién sabe? Pero…

– Sacó fotos de la casa, la mansión de su niñez, incluso a mediados de los años sesenta. Ayer revelé un par de ellas de esa época.

– O quizá fuera otra persona quien las sacara, puede que a petición de esta señora.

– Mira…

– Laurel, el abogado de esta mujer lo ha dejado bien claro: el hermano de su cliente falleció hace años, hace décadas. Nadie sabe cómo llegaron a manos de Bobbie las fotos y los negativos, pero la señora quiere que los dejes como están y que se los entreguemos. Nosotros no tenemos que hacerlo, por el momento, precisamente porque ella insiste en que Bobbie no era su hermano y que no tenía ninguna relación con él. Ésa es la clave, y a eso es a lo que voy. Mientras esta viuda de Long Island siga afirmando que no tiene ningún vínculo con Bobbie, las fotos no son suyas y no puede reclamarlas basándose en relación de parentesco.

Laurel reflexionó un poco sobre el asunto. No se le escapaba la ironía. Si reconocía quién había sido Bobbie, Pamela Buchanan Marshfield tendría un motivo para reclamar, y probablemente conseguir, las fotos. Aparentemente, resultaba que era verdad que había gente por ahí que andaba detrás de ellas. Los temores de Bobbie podrían haber sido desproporcionados, pero no del todo infundados.

– Si BEDS se queda con los revelados cuando termine de hacerlos… -empezó a decir Laurel.

– BEDS no, el Ayuntamiento de Burlington. El término legal es reversión al Estado. Como Bobbie murió sin dejar testamento, sus posesiones pasan directamente a pertenecer a la ciudad. Y en Burlington eso significa vender los bienes y dedicar el dinero que se obtenga a financiar las escuelas públicas, aunque, en este caso, estoy segura de que el Ayuntamiento nos las venderá por un precio simbólico, un dólar o algo así, para que las utilicemos como parte de nuestras campañas benéficas.

– Que es el motivo por el que quieres que nos las quedemos.

– Uno de los motivos. Pero también me interesan porque eran la única cosa que le importaba a uno de nuestros residentes tanto como para llevarlas siempre consigo. Eso tenemos que respetarlo. Y me gustaría montar la exposición que Bobbie se merecía. Me encantaría organizar un evento que recuerde a la ciudad que los indigentes son también personas con talento, sueños y logros.

– Entonces, sigo revelando.

Katherine se quedó en silencio y, por un momento, Laurel temió que le iba a pedir que dejara de hacerlo.

– Sí, sólo… -dijo finalmente-, sólo recuerda que esas fotos pertenecieron a un hombre que… que no era quien tú te imaginas que fue. Y procura… -Miró a Laurel de un modo que la joven trabajadora social reconocía porque era precisamente como su madre la miraba cuando estaba preocupada-, procura no hablar mucho con ese abogado si te llama. Pero, si lo haces, no menciones que Bobbie era hermano de nadie, ¿vale?

Laurel asintió con la cabeza, pero estaba tan enfadada que sentía que le temblaba el rabillo del ojo. Se sentía molesta porque pensaba que le estaban poniendo un bozal y porque quedaba claro que hasta Katherine dudaba de algo que ella consideraba un hecho.

Katherine la abrazó y saludó a Tony desde la puerta, pero el muchacho contempló a la directora del albergue con tanta condescendencia y desprecio en la mirada que Katherine terminó entrando con brío en el despacho y pidiéndole disculpas formalmente. Después, se dio la vuelta y se marchó por el pasillo. Antes de desaparecer tras la esquina, se detuvo y añadió:

– Y hablo en serio respecto a este asunto de la identidad, ¿vale?

Laurel hizo un gesto afirmativo, pero su mente ya estaba en las fotos y en el trabajo que tenía pensado hacer en la sala de revelado de la universidad ese fin de semana.

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