No puedo evitar sonreír pensando en la ironía de unas cuantas palabras: bailes, teatros, Worth, ¡vamos, anda! No me cabe la menor duda de que mi hija, una esposa provinciana típica y aburrida, sentirá un poco de envidia al enterarse de que llevo una vida social tan extraordinaria como ficticia.
Carraspeo y leo la carta a Gilbert. Este lanza un gruñido.
– ¿Por qué no le dice la verdad? -pregunta bruscamente.
– ¿Sobre qué? -digo.
– Respecto a los motivos que la llevan a quedarse aquí.
Hago una breve pausa antes de responderle.
– Porque mi hija no lo entendería.