No me quejo de cómo duermo aquí, aunque todas las noches me despierta la misma pesadilla. Y esa pesadilla me transporta a un momento terrible que no puedo decidirme a expresar, un momento del que usted no sabe nada.
Esa pesadilla me atormenta desde hace treinta años; sin embargo, siempre he conseguido ocultársela. Estoy tumbada, sin moverme, y espero a que se apacigüen los latidos de mi corazón. En ocasiones, me siento tan débil que extiendo la mano para coger un vaso de agua. Tengo la boca seca, como agrietada.
Año tras año vuelven las mismas imágenes despiadadas. Me resulta difícil describirlas sin que se insinúe el miedo dentro de mí. Veo las manos que abren las contraventanas, la silueta que se cuela dentro. Oigo el crujido de los peldaños. Está en la casa. ¡Ay, Señor, está en la casa! Entonces, me sube a la garganta un alarido monstruoso.