Gilbert, mientras me acompañaba a casa, me anunció que pronto se reanudarían las obras. Caminábamos lentamente, porque había hielo en las calles. Alexandrine se había marchado cuando aún estábamos en el río. No se despidió, ni siquiera me miró una vez. La vi alejarse hacia el norte, con la espalda recta. Solo por el rígido y amenazante balanceo de los brazos, sabía lo muy enfadada que estaba. ¿Volvería? ¿Intentaría detenerme? Y, en ese caso, ¿qué haría yo?
Vimos a unos obreros en la calle Erfurth, o, mejor dicho, en lo que quedaba de ella, y Gilbert tuvo que demostrar astucia y prudencia a la vez para que consiguiéramos llegar a casa. Se fue a buscar algo de comida y yo me senté en mi escondite sin quitarme el pesado y caluroso abrigo.
Ya no me queda mucho tiempo. De manera que voy a decirle lo que debe saber. No me resulta fácil, por tanto utilizaré palabras sencillas. Perdóneme.