Capítulo 32

He tenido unos sueños muy extraños. El último es francamente raro: estaba tumbada en una especie de pradera llana y contemplaba el cielo. Era un día de mucho calor y el tejido grueso del vestido de invierno me irritaba la piel. Debajo de mí, el suelo era de una agradable suavidad y, cuando volvía la cabeza, era consciente de que estaba acostada en una profunda cama de pétalos de rosas; algunos aplastados y marchitos exhalaban un perfume delicioso. Oía a una niña canturreando una canción. Creía que era Alexandrine, pero no podía asegurarlo. Quería levantarme; sin embargo, me daba cuenta de que era incapaz: tenía las manos y los pies atados con unos finos lazos de seda.

No podía hablar, un echarpe de algodón me amordazaba la boca. Intentaba luchar, mis movimientos eran lentos y pesados como si me hubieran drogado. Entonces, me quedaba tumbada, impotente. No sentía miedo. Lo que más me preocupaba era el calor y el sol que me quemaba la tez pálida. De quedarme así mucho tiempo, me llenaría de pecas. El canto se hacía más fuerte y oía el sonido de unos pasos que ahogaban los pétalos de rosa. Un rostro se inclinaba sobre el mío, aunque no podía decir de quién era porque me cegaba la luz del sol. Luego reconocía a una niñita que había visto muchas veces en la librería, con una cara redonda de idiota. Era una criatura dulce y patética, no recuerdo su nombre; no obstante, creo que tenía algún lazo secreto con el señor Zamaretti. A menudo, cuando iba a buscar un libro, la niña estaba allí, sentada en el suelo, jugando con una pelota de goma. A veces, le enseñaba las ilustraciones de los cuentos de la condesa de Ségur. Ella reía, o, mejor dicho, aullaba, muy alto, pero yo ya me había acostumbrado. La niña estaba en mi sueño, moviendo unas margaritas encima de mi frente, riendo a carcajadas. El nerviosismo se apoderaba de mí, el sol era abrasador, me resecaba. Me dejaba llevar por la rabia, le gritaba a la niña y ella se asustaba. Pese a mis súplicas, retrocedía, luego se fue, se marchó corriendo torpemente, casi como un animal. Desaparecía. Grité otra vez, aunque con el echarpe en la boca nadie podía oírme. Y ni siquiera sabía su nombre. Me sentía impotente. Estallaba en sollozos y, cuando desperté de ese sueño, me corrían las lágrimas por las mejillas.

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