Capítulo 47

Esta mañana ha venido Gilbert con pan caliente y unas alas de pollo asado. No deja de echarme miradas mientras como. Le pregunto qué ocurre.

– Ya llegan -acaba por soltar-. Ha pasado el frío. No respondo.

– Aún estamos a tiempo -murmura.

– No -digo con firmeza.

Me seco con la mano la barbilla manchada de grasa.

– Muy bien.

Se levanta torpemente y me tiende la mano.

– ¿Qué hace? -le pregunto.

– No me quedaré aquí para verlo -masculla. Para mi gran desconcierto, le brotan unas lágrimas de los ojos. No sé qué decir. Me atrae hacia él, sus brazos rodean mi espalda como dos enormes ramas huesudas. De tan cerca, su olor es agobiante. Luego da unos pasos hacia atrás, molesto. Rebusca en el bolsillo y saca una flor en mal estado. Es una rosita de color marfil.

– Si cambia de opinión… -empieza.

Una última mirada. Gilbert sacude la cabeza.

Y se ha ido.

Estoy tranquila, amor mío. Estoy preparada. Ahora los oigo, el rugido lento e inexorable de su llegada, las voces, el clamor. Tengo que darme prisa para contarle el final de la historia. Creo que ahora ya lo sabe, que lo ha entendido.

Me he metido la rosa de Gilbert en el escote. Me tiembla la mano mientras escribo lo siguiente, y no es por el frío, no es por el miedo a los obreros que caminan hacia mi casa. Es el peso del momento, del que debo aligerarme al fin.

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