A este lugar donde estamos, ninguna de las criaturas
de Dios llegó jamás, a excepción de nosotros dos.
Chrétien de Troyes,
Cligès
– ¿Dónde estamos?
– No lo sé -respondió Morgennes-. Se diría que en el Paraíso. Todo es blanco.
– ¿De modo que hemos llegado?
– Tal vez.
Giré bruscamente sobre mí mismo, con el rostro pálido. Nos acercábamos al término de nuestra ascensión, pero en lugar de alegrarme por ello, me moría de ganas de poner pies en polvorosa y dejar que Morgennes se enfrentara solo a su destino. Después de todo, ¿no era él quien nos había arrastrado a esta búsqueda insensata? ¡Matar a un dragón, hacerle salir de su madriguera! ¡Era una locura! Tratando de ganar tiempo, suspiré.
– No puedo más. Hagamos un descanso, ¿de acuerdo?
Sin esperar respuesta, dejé caer la bolsa que llevaba a la espalda, que se aplastó contra el suelo con un ruido mate. Luego me desanudé el turbante e inspiré profundamente; pero el aire enrarecido de las alturas me ardió en los pulmones y aquello me agotó aún más. Morgennes, por su parte, estaba en plena forma. Observaba el paisaje, los flancos inmaculados de las dos altas paredes nevadas en cuyo fondo nos habíamos detenido y que nos dominaban con la avidez de dos titanes inclinados sobre su próximo bocado.
Para los antiguos, las montañas adoptaban con frecuencia la apariencia de gigantes, o a la inversa. Así sucedía, por ejemplo, entre los griegos, con el mítico Atlas, que, transformado en piedra, unía el cielo y la tierra. Unas monedas encontradas por Morgennes en un pote de barro oculto en la vivienda del anciano apergaminado llevaban grabadas en su cara la figura del monte Argeo. Se suponía que esta montaña de Capadocia representaba a Zeus. O a Apolo. ¿Era posible que el viejo al que Morgennes había tenido que secuestrar -y en el que la falta de cabellos blancos debía atribuirse a una ausencia total de pilosidad más que a un extremo vigor- fuera uno de estos dioses antiguos? ¿El propio Zeus o Apolo? ¿Qué destino correría ahora el anciano? ¿Estaría satisfecho por haber sido añadido a la colección de curiosidades del emperador de los griegos, Manuel Comneno?
Me resultaba difícil creerlo.
Por otro lado, Morgennes me había hablado más de una vez de Gargano -que parecía ser, él también, una montaña hecha hombre-. Después de todo, aquello no tenía nada de imposible. Nada de increíble. Era solo uno de esos numerosos y extraños encuentros a los que el hombre se ve abocado, al menos una vez en su vida. ¿Y la Montaña de la Nieve, en cuya cima se levantaba el Krak de los Caballeros? ¿Era posible que un hombre (o una mujer) la representara también? Y en ese caso, ¿quién era él o ella? Morgennes se decía: «Seré yo. Yo seré esta montaña, este Krak».
Pero a la espera de poder encarnarla, tenía que acabar la ascensión de este pico, una tarea particularmente peligrosa.
De nuevo sentí náuseas, y me llevé la mano al pecho para tratar de calmarme. Si hubiera sido juicioso, nunca habría abandonado Saint-Pierre de Beauvais. Me habría quedado allí, bien calentito, copiando e iluminando las páginas de algunos viejos manuscritos. Pero mi destino estaba inextricablemente ligado al de Morgennes.
Por fortuna, en su compañía (y pronto haría quince años que estábamos juntos) me sentía seguro. O mejor dicho, para ser exactos, a la vez en peligro y seguro. De todos modos, esta vez me preguntaba si no habríamos ido demasiado lejos. Pero Morgennes parecía muy sereno, lo que no dejaba de sorprenderme.
– ¿Cómo es que no estás cansado? -le pregunté.
– No lo sé.
– ¿No te cuesta respirar?
– No.
¡Dios mío! Era como con ese espetón calentado al rojo en la posada de Arras. Morgennes debería haberse quemado la mano. Pero no había sido así. Y ahora debería estar fatigado, tener dificultades para recuperar el aliento. Pero tampoco era así. ¿Con qué tipo de hombre, o de demonio, había entablado amistad?
De repente, un dolor más violento que los precedentes me hizo doblarme en dos, con las manos sobre las rodillas. Los dientes me castañeteaban como bajo el efecto de la fiebre y mis miembros temblaban.
– ¿Tienes miedo? -dijo Morgennes preocupado.
Levanté la cabeza, muy pálido, y mi mirada se cruzó con la suya. ¿Lo había adivinado?
– Es por el frío -hipé entre dos tragos de aire helado.
– Es normal tener miedo…
– Ah, si solo… -suspiré encogiéndome sobre mí mismo-. Si solo fuera miedo… -dejé escapar en un susurro.
Quería decírselo, pero no tuve fuerzas para hacerlo. Gargano ya había hecho alusión, en el carro, a un comentario de Cocotte… Pero nadie había hecho más preguntas. De todos modos, yo no me inquietaba por mí, sino por mi héroe. Morgennes. Poco me preocupaba morir. La muerte, justamente, nunca me había parecido tan próxima como en este instante. Pues si al salir de Constantinopla me sentía desasosegado, inquieto a nuestra llegada al pie del monte Agri Dagi, y atemorizado a lo largo de toda la ascensión, ahora que prácticamente habíamos alcanzado la cima, me sentía sencillamente…
No pude acabar ese pensamiento. Un chorro de bilis salió de mi boca, manchando la nieve de flemas amarillentas, y me arrancó esta confesión:
– Me siento avergonzado.
Me sequé la boca con el dorso de la mano, dejando en mi manga forrada un fino surco de humores malolientes, entre los cuales Morgennes distinguió manchas de un rojo inquietante.
– ¿Estás enfermo?
También él depositó en el suelo el fardo que llevaba; es decir, una bolsa de viaje, una tienda pequeña para dos, un caldero, un lebrillo, un tamiz, un cucharón, dos copas, tres garrafas de vino, una cuchara y la jaula de hierro donde se encontraba Cocotte. Registró su petate y encontró una cantimplora que contenía agua, que utilizó para limpiarme el rostro, y luego un pañuelo de algodón, con el que lo secó.
– Estoy agotado, no puedo más -murmuré-. Tengo la impresión de que deliro…
Morgennes estaba preocupado:
– Estás blanco como la tiza…
Tenía razón. Justo antes de nuestra partida, había visto el reflejo de mi rostro en un plato de estaño. Aquí y allá había zonas de sombra tan profundas que parecían irreales; en ellas debía de haberse refugiado el curioso tono amarillo ceroso que teñía mi cara desde hacía un tiempo. Con su habitual ingenuidad, Morgennes había atribuido ese tono a la enorme cantidad de huevos que yo había ingerido en otra época.
– Dime que estoy soñando…
– Podemos continuar -me dijo simplemente Morgennes, colocando las manos sobre su cayado-, o volver atrás. Es muy fácil. Basta con seguir por ahí.
Con el extremo forrado de hierro de su bastón señaló hacia atrás, a la ladera sembrada de arbustos retorcidos y negros, calcinados por el frío, que habíamos tardado varios días en subir. Ahora se hundía, escarpada y abrupta, hacia el vacío -el vacío de un gran estómago, impaciente por llenarse con nuestros dos cuerpos.
– No sé si seré capaz de rehacer este trayecto…
– Yo os acompañaré, como siempre, a Cocotte y a ti.
Mientras hablaba, Morgennes me pasó un brazo en torno a los hombros y me apretó contra su pecho para infundirme calor y confianza. A nuestros pies, Cocotte dejó escapar una serenata de cacareos interrogativos.
¿Volver a bajar, o continuar? En esta situación veía un perfecto resumen de lo que siempre había predicado: «Subir es difícil, y bajar, fácil. Pero si la muerte está en los dos extremos, la gloria solo brota en las cimas, mientras que en las llanuras florecen el deshonor y la infamia».
Me sentía como un pajarillo caído del nido al que un niño recoge en el hueco de sus manos. Pero ¿para qué la gloria, si es para acabar estrangulado? Nunca había llegado tan alto ni tan lejos como aquí, en el monte Agri Dagi, al que los cristianos llaman Ararat y del que la leyenda dice que es el techo del mundo, el que comunica con el Paraíso.
¿Cómo yo, Chrétien de Troyes, un modesto escritor, bien dotado, ciertamente, pero que no había dado prueba aún de sus aptitudes, me atrevía a aventurarme de ese modo en el territorio de los dioses y a acercarme a su panteón? ¡Acabaría despanzurrado, de eso no cabía duda! Reprimiendo un escalofrío, murmuré a toda velocidad la versión resumida de un padrenuestro, efectué unos rápidos signos de la cruz y luego exclamé:
– ¡Además, ni siquiera vamos armados! ¿Y tu dragón? ¿Con qué piensas vencerle? ¿Con los dientes? No veo por ningún lado a un Amaury dispuesto a prestarte su lanza.
Morgennes no respondió.
– Claro, ya lo sé. ¡Piensas derrotarle con tus puños!
¡Oh sí! ¡En mi delirio, lo comprendí! Morgennes tenía intención de noquear a su presa y llevarla a Jerusalén arrastrándola de la cola, como un Hércules de estos tiempos. Así todos se verían obligados a reconocer qué formidable héroe era, y se arrepentirían de haberle juzgado tan mal a su llegada a Tierra Santa y en el Krak de los Caballeros, cuando se habían reído de él.
Morgennes no me quitaba los ojos de encima, y yo tenía la confusa sensación de que, aunque no lo sintiera, comprendía mi miedo -un miedo casi palpable, que parecía surgir de todo mi ser, manar a chorros por mi mirada-. Igual que comprendía el miedo de la mayoría de los seres con los que se había cruzado; el miedo que hacía de un hombre su montura y lo arrastraba donde quería. El miedo que se había jurado domar y que, en el peor de los casos, confiaba en convertir en un aliado, en una amante.
– Escucha -dijo-, nos preocuparemos por estos detalles cuando llegue el momento. Estábamos convencidos de que esta región estaba infestada de dragones. Sin embargo, ni tú ni yo hemos visto siquiera la cola de uno. De modo que tratemos primero de rastrear a nuestra presa, y luego nos ocuparemos de cómo matarla. Además, ¿quién sabe? ¡Podría ser que fueras tú quien me ayudara a vencer!
– ¡Eso es! ¡Golpeándolo con uno de mis libros! ¡Ya me habían dicho que eran pesados e irritantes, pero nunca hasta ese punto! ¡Oh, Dios, dime por qué he venido aquí!
– El amor por la literatura -me dijo Morgennes con aire burlón.
Lo peor era que tenía razón. Yo había empezado, hacía algunos años, un relato corto en el que narraba las proezas de mi amigo. Luego lo había abandonado para escribir otra historia, inspirada en Filomena y Ovidio. De hecho, si hoy estaba aquí, era por fidelidad y por curiosidad. Por ganas de ver. Y por sentido del deber -tenía una deuda con Morgennes, y si quería matar a un dragón, yo, Chrétien de Troyes, tenía el deber de ayudarle, incluso si no había ningún dragón.
– ¡Esto es una locura!
– Tal vez -dijo Morgennes-. ¡Pero tal vez no!
Me liberé de su abrazo. La determinación, la generosidad de mi amigo, no habían disminuido ni una pulgada. Inclinándome hacia el suelo, cogí nieve con mis manos y la apreté para formar una bola. Luego lancé la bola de nieve tan lejos como pude hacia el cielo, como en otro tiempo, en Arras, había lanzado mis huevos hacia el firmamento.
– ¡Pues bien -exclamé-, vayamos a matar dragones! ¡Y si son ellos los que nos matan, qué importa, que revienten de una indigestión!
La bola de nieve se elevó en el aire, muy arriba, tan arriba que desapareció -hasta que se iluminó una estrella, la primera de la noche-. Me sentí de nuevo sereno. Seguía teniendo el mismo dolor en las sienes -a causa de la altura-, pero ya no tenía tanto miedo. Los dioses estaban de nuestro lado, estaba convencido de ello.
Y además, por encima de todo, estaba Morgennes.
Tras volver a enrollar en torno a sus manos las tiras de tela que le permitían protegerlas del frío, Morgennes se ajustó de nuevo a la espalda las correas de la jaula de Cocotte, su pequeña tienda y su bolsa, y luego se acercó a mí. Tras agacharse a mis pies, me sujetó bruscamente por las piernas, me levantó por encima de su cabeza, me colocó sobre sus hombros, apretó mis muslos contra su pecho y se incorporó en toda su altura.
Instalado sobre este extraño pedestal, vacilé un instante pero luego recuperé el equilibrio. Morgennes tenía la fuerza de un semidiós. En varias ocasiones, esta fuerza sobrehumana le había permitido realizar hazañas que yo me había jurado narrar en breve, en uno de mis relatos o -mejor aún- en uno de esos misterios religiosos que siempre me había gustado componer para edificación de las multitudes.
– Y bien, señor, ¿qué os parece vuestro nuevo corcel? -preguntó Morgennes.
– ¡Maravilloso! ¡Me entran ganas de espolearlo!
– No te lo aconsejo, amigo mío -dijo Morgennes riendo-. Si no quieres que de una coz te plante aquí en el suelo, tan bien y tan profundo que solo tus dos pies te sirvan de epitafio.
Y dicho esto, hundió su bastón en la nieve y continuó su camino.
Morgennes seguía avanzando con una determinación inexorable. Su fuerza era tan prodigiosa y su moral tan inquebrantable, que me dije que después de todo tal vez no le sería imposible acabar con el dragón utilizando sus puños como única arma.
Pero apenas habíamos recorrido media legua cuando un ruido hizo que nos detuviéramos. Parecía un batir de alas. O mejor dicho, el batir de un millar de alas, como si un ejército de pájaros viniera hacia nosotros.
Agucé el oído y me incorporé lo mejor que pude sobre los hombros de Morgennes para ver qué era lo que se acercaba. Pero por más que mirara, solo veía nieve, nieve, nieve, y luego un mar de nubes de superficie lechosa, agitado por remolinos, donde el cielo parecía vaciarse.
¡Sí, la carta les había engañado bien!
Chrétien de Troyes,
Lanzarote o El Caballero de la Carreta
Sentado sobre un trono de oro adornado de diamantes, el emperador de los griegos, el basileo de Constantinopla Manuel Comneno I, tenía la mirada perdida, concentrado en sus pensamientos. Con una mano bajo el mentón y tamborileando nerviosamente con la otra sobre el reposabrazos de su trono, no podía evitar dar vueltas y más vueltas en su cabeza a la decisión que había tomado y que anunciaría al acabar la mañana al embajador del reino de Jerusalén, un canónigo llamado Guillermo.
Este último estaba tendido sobre el suelo enlosado de mármol del Chrysotriclinos, la sala del trono imperial. Guillermo, que nunca perdía la paciencia, negociaba desde hacía dos años, y desde hacía dos años esperaba que el emperador se dignara responder a su demanda. Manuel Comneno, igual que sus predecesores, tenía fama de hacer esperar infinitamente a los que querían solicitarle un favor. Se decía que algunos visitantes habían permanecido tanto tiempo en la sala del trono que se habían quedado dormidos y habían pasado la noche bajo la vigilancia de la guardia imperial: unos fornidos escandinavos tocados con cascos de oro, que sostenían entre sus manos una gran hacha de doble filo.
Sin embargo, Guillermo sentía que la actitud del basileo había cambiado. No solo lo sentía, sino que además lo oía. Sí, sin lugar a dudas el tamborileo de los dedos de Manuel sobre su trono recordaba a una marcha militar, sinónimo de guerra. ¡Habían ganado la partida! El emperador de los griegos iba a ayudar a sus hermanos de Tierra Santa a conquistar Egipto, y él, Guillermo, podría volver por fin a su querida ciudad de Tiro, donde le esperaba el cargo de archidiácono.
¡Había triunfado!
Desde luego, había tenido que recurrir a la astucia, y tal vez tuviera algo que ver en su éxito esa misiva conocida como «la carta del Preste Juan», que había empezado a circular hacía dos años entre los muros de Constantinopla e incluso más lejos, más allá de las fronteras del Imperio.
Esta carta, dirigida a «Emanueli Romeon gubernatori», es decir, a Manuel Comneno, estaba firmada por un misterioso «Presbyter Johannes», que pretendía reinar sobre un poderosísimo imperio cristiano situado en India Maior, Minor y Media y proponía a sus hermanos cristianos que fueran a ayudarle a desembarazarse de los enemigos de la tumba de Cristo (es decir, de los sarracenos). Seguía una descripción realmente increíble de su imperio, que cualquier persona sensata habría reconocido inmediatamente como una fabulación.
Pero las cosas están hechas de tal modo que, como diría Amaury: «¡Cuanto más descabellado, mejor funciona!».
La falsedad era tan grosera que parecía más verdadera que la realidad.
No pudiendo imaginar que semejante galimatías se hubiera escrito con el objetivo de engañarles, muchos bizantinos habían creído a pies juntillas los asertos que contenía la carta. Los unicornios, dragones, gigantes, cíclopes, grifos, amazonas -todas esas criaturas fantásticas que formaban parte habitual de la fauna del imperio del Preste Juan- volvieron a ponerse de moda. Del pueblo bajo a la alta nobleza, todos tenían ganas de creer en ello. ¡Era tan divertido! Además, ¿quién probaría que no tenían razón? Todo eso pasaba en un país tan lejano que bien podía tratarse del Paraíso. ¿No decía la carta: «De nuestra tierra mana leche y miel»? Todos soñaban en las mesas de oro, amatista o esmeralda, en las columnas de marfil y los lechos de zafiro que componían el mobiliario de los numerosos palacios del Preste Juan; todos se decían que ese reino era tan opulento que sería extraño que no pudieran disfrutar de sus riquezas algún día, aunque solo fuera un poco. Por el momento, a la espera de su felicidad futura, se contentaban con un adelanto, bajo la forma de un sueño o una vaga esperanza para los más pobres, y de un tapiz, una moldura o un mosaico para los más acaudalados.
Guillermo sonreía, pero al mismo tiempo no podía evitar sentirse triste. Estaba triste porque el pueblo era fácil de embaucar. Porque bastaba con hablar de forma atractiva y brillante para ser creído. Por desgracia, las verdades no siempre eran agradables de oír. Pero ¿quién se preocupaba por eso?
La verdad es enojosa. Todo lo que interesa a la gente es la leche y la miel. Aunque, después de todo, ¿por qué no?
Naturalmente, la descripción de un lugar como ese no habría bastado para modificar la política de un emperador de la talla de Manuel Comneno, si no hubiera habido, aquí y allá, algunas pequeñas puyas inteligentemente dirigidas contra él para hacer que se saliera de sus casillas.
Así, la autenticidad de la fe del basileo (que pretendía ser «el pío elegido de Dios») era puesta en duda por un rey más poderoso que él («sin igual en la tierra», estaba escrito), que se contentaba con el simple título de «padre»: «Queremos y deseamos saber si, como Nos, estáis imbuido de la fe verdadera y si creéis fervientemente en Nuestro Señor Jesucristo».
Luego, con un hábil cambio de perspectiva, decía que si el emperador podía pasar a ojos de sus «sencillos griegos» por un dios, el Preste Juan sabía, por su parte, que estaba muy lejos de serlo. Manuel Comneno, «mortal y sometido a la corrupción humana», no era más que un hombre como los demás, susceptible de ser criticado.
O destituido.
Porque Manuel debía su cargo de emperador, no a su naturaleza (que nada tenía de excepcional), ni tampoco a Dios, sino más bien al azar y a las circunstancias. Emperador hoy, en Constantinopla. Pero ¿y mañana? ¿Y en otro lugar?
¿No hablaba el Preste Juan de reclutarlo como «mayordomo»?
Cuando las primeras copias de esta carta habían llegado al palacio del emperador, Manuel se había contentado con encogerse de hombros con una sonrisa desdeñosa.
«Mi prestigio es tan grande -se había dicho- y sus aserciones son tan extravagantes, que nadie le prestará atención. O mejor aún, se reirán…»
Pero el emperador no sabía que sus consejeros habían esperado varias semanas antes de atreverse a hablarle de la carta, porque, para ellos, el asunto era grave. Tan grave que temían despertar su cólera, y nadie quería ser el «portador de las malas noticias».
Cuando por fin se decidieron a informarle de la misiva, no comprendieron por qué Manuel no captaba enseguida su importancia.
Para ellos, estas cartas eran los zapadores de un ejército, que, con un trabajo subterráneo, ponían en peligro las más altas murallas y podían hacer que se derrumbaran. El emperador, en cambio, solo había visto en ellas tonterías y elucubraciones para distraer a las multitudes; palabras tan locas que nadie, nunca, les concedería crédito.
Y sin embargo…
Poco a poco empezaron a murmurar a sus espaldas. Y del murmullo se pasó a la risa, disimulada, por el momento.
Pero Manuel sentía que se aproximaba el instante en el que hablarían en su presencia sin preocuparse de ser vistos o no, el momento en el que reirían a carcajadas, y en el que, «por el bien del Imperio», sus generales le rogarían que les cediera el trono. Decidió reaccionar. Cegado por la cólera, empezó por ordenar que quemaran todas las copias de la carta. Se encontraron algunas decenas, que fueron a alimentar los hornos de las termas imperiales. La semana siguiente se recogieron dos veces más. El mes siguiente habían vuelto a multiplicarse, y con ellas llegaron los estallidos de risa.
Como las cabezas de la hidra, las copias de «la carta del Preste Juan» no se dejaban aniquilar. Al contrario, cuantas más quemaba Manuel, más se multiplicaban. Comprendió entonces que debía cambiar de táctica.
Como era un emperador inteligente, dotado de un profundo conocimiento de la naturaleza humana y de un agudo sentido de la política, una vez se hubo calmado su cólera, valoró por fin en su justa medida a su enemigo. El adversario al que debía vencer no era un ejército, contra el que pudiera enviar a sus mercenarios, sino un mito. Una leyenda. Era sobre todo, como el Paraíso, la esperanza de una vida mejor. Un adversario contra el cual era peligroso triunfar…
El único modo de vencerle era atacarlo con sus propias armas, y crear, por tanto, otras ficciones que contrarrestaran las suyas. Combatir el rumor con el rumor, las palabras con las palabras, las ideas con las ideas, de manera que ya no pudiera distinguirse lo verdadero de lo falso. Abundar en el sentido de esta carta y ahogarla bajo una montaña de nuevas cartas, a cual más loca, para contribuir a dar cuerpo al pretendido imperio del Preste Juan.
Y de este modo, hacerle entrar en la leyenda.
Porque, después de todo, ese imperio no le molestaba para nada. Lo que le molestaba eran los ataques formulados contra él; era el aura de su enemigo.
Menos de un año después de la primera aparición de esta carta, salieron a la luz, como por azar, otras versiones. Pero en ellas ya no se hablaba de Manuel Comneno. Estas cartas «de nuevo estilo» iban dirigidas a Federico Barbarroja, el emperador del Sacro Imperio Romanó Germánico, o también al papa Alejandro III. De este modo, la atención empezó a desviarse del basileo (que ya solo era un poderoso entre tantos otros), para centrarse en el fabuloso imperio del Preste Juan -que algunos soñaban con ir a explorar.
Y así fue como Manuel Comneno conservó su trono y el pueblo, sus sueños.
Pero esa mañana había llegado otra carta. Y esta había decidido a Manuel a partir a la guerra. El emperador levantó el dedo meñique y su secretario ordenó a Guillermo:
– ¡Levantaos!
Guillermo se incorporó apoyándose en su bastón, pero mantuvo, humildemente, la cabeza baja.
– Su majestad, el emperador Manuel Comneno, basileo de los griegos, ha tomado su decisión -prosiguió el secretario.
– Majestad… -dijo Guillermo, mirando a los pies del emperador.
– Silencio -prosiguió el secretario, imperturbable-. Su majestad ha decidido acudir en vuestra ayuda.
– No sé cómo…
– Silencio. Su majestad ha dado orden a sus astilleros para que se consagren sin tardanza a la construcción de la mayor flota de guerra que el mar haya contemplado nunca. Estará lista dentro de un año. En ese momento su majestad la enviará a Egipto, bajo el alto mando del megaduque Colomán, para que apoye a las tropas del rey Amaury de Jerusalén…
El emperador inclinó la cabeza, parpadeó, y su secretario concluyó:
– Ahora podéis hablar y dar las gracias a su majestad.
– Sire, su majestad es demasiado bondadosa. Mi agradecimiento no será nada en comparación con el que el rey Amaury os hará llegar cuando conozca esta fabulosa noticia. Pero permitidme que os comunique, en nombre de Tierra Santa y de la Vera Cruz, nuestra profunda gratitud. ¿Puedo saber qué ha motivado que su majestad entrara en guerra a nuestro lado?
El emperador dudó un instante; luego chasqueó los dedos y tendió la mano abierta en dirección a un pequeño paje que estaba arrodillado en un rincón del Chrysotriclinos. Al oír que el emperador le llamaba, el paje se incorporó y corrió a depositar en la mano del emperador un fino rollo de pergamino.
– Esta mañana, su majestad ha recibido esto -dijo el secretario.
Manuel mostró el pergamino a Guillermo.
– Se trata de una carta enviada por un tal Preste Juan -prosiguió el secretario imperial.
– Estoy al corriente -dijo Guillermo, turbado.
– Imposible -dijo el emperador, prescindiendo esta vez de la intermediación de su secretario, lo que hizo que todo el mundo se estremeciera en la sala-. Esta carta solo ha sido leída por mí, y trata una cuestión que creía confidencial…
– ¿Qué dice?
– Es una carta de agradecimiento, firmada por el Preste Juan. Tomad, leedla.
Guillermo desenrolló la carta que le tendía Manuel Comneno y leyó lo siguiente: «Majestad, mi muy caro emperador y amigo, nos han hecho saber que sentís un gran afecto por Nuestra Excelencia y que en vuestra casa a menudo se hace mención de Nuestra Alteza. Posteriormente hemos sido informados, a través de nuestro embajador, de que queríais enviarnos algunas entretenidas y divertidas bagatelas, con las que nuestra justicia estará encantada. Queremos agradecéroslo. Sabed que se les concederá la mejor de las acogidas».
– No comprendo -dijo Guillermo-. ¿De qué bagatelas se trata?
– No creemos en la existencia del Preste Juan -dijo Manuel Comneno -. Pero sí sabemos que alguien ha redactado esta carta para dañarnos y desestabilizar nuestro trono. Las bagatelas de que aquí se habla hacen referencia a dos agentes, uno de ellos un mercenario, encargados de encontrar y matar a su autor. Aparentemente han sido desenmascarados.
– Pero ¿por quién? -exclamó Guillermo.
– Ésa es la cuestión.
Sí, y doblemente, se dijo Guillermo. Porque él no tenía nada que ver con esta última carta.
¡A ti corresponde ahora decirme qué hombre eres y
qué es lo que buscas!
Chrétien de Troyes,
Ivain o El Caballero del León
Morgennes recordó la promesa que había hecho al conde de Flandes cinco años atrás: ir al Paraíso para buscar a su mujer. Pues bien, si estaba llegando al Paraíso -como podía suponerse, ya que realmente esta montaña era tan alta que era imposible que no comunicara con el Cielo-, los ruidos que oíamos tenían que ser sencillamente el batir de alas de los ángeles.
– Querido conde -murmuró Morgennes-, os prometo por mi honor y por mi alma que haré todo lo que esté en mi mano para devolveros a Sibila y llevarla junto a vos. Estéis donde estéis…
– Morgennes -le dije-, deliras. ¡Este no es el acceso al Paraíso! Vamos, reflexiona. Sabes que el Paraíso es comparable al jardín del Edén, y que este está regado por cuatro ríos, uno de los cuales es el Nilo. Ahora bien, por lo que sé, el Nilo no fluye por esta región. El único río cuyas orillas recorrimos era el Aras, que dejamos más abajo hace dos días.
– Confundes el jardín del Edén, o dicho de otro modo, el paraíso terrestre, con el paraíso celeste, llamado también «el seno de Abraham». Y como precisaron tantas veces los Padres de la Iglesia, este es comparable al tercer cielo. O si lo prefieres, al cielo empíreo, más allá del firmamento.
– Humm… -dije, demasiado fatigado para iniciar una polémica-. Sea como sea, ¿crees que ahí contemplaremos a Dios cara a cara?
– ¡Eso espero! ¡Tengo algunas preguntas que hacerle!
– Pues bien, en ese caso procura no olvidarte de Cocotte y de mí. Nosotros no tenemos ni tu valor ni tu fuerza. Por otra parte, temo que, frente a Dios, no tengas la talla suficiente para imponerte. En fin, ¡ya veremos!
Como dignos sucesores de un largo linaje de exploradores, unimos nuestros pasos a los de nuestros predecesores. Curiosos, letrados, militares, conquistadores, caminantes extraviados, geógrafos, fugitivos: centenares de viajeros habían partido antes que nosotros en busca del Paraíso, y millares partirían también después. Numerosos documentos, cartas, portulanos, testimonios, que nosotros habíamos encontrado (robado) por cuenta de Manuel Comneno, trataban justamente de esta cuestión: el Paraíso.
¿Dónde se encontraba? ¿Podía accederse a él desde la tierra o era preciso morir para tener la oportunidad de llegar a él? De Cosmas el Indicopleustes a Isidoro de Sevilla, pasando por Pierre Lombard, numerosos sabios habían tratado de señalar el modo de acceder a él. Bernardo de Claraval, por su parte, había explicado claramente que era muy simple: era suficiente vestir el hábito religioso, ya que «el claustro es realmente un paraíso».
En realidad, la única cosa en la que pensaba Morgennes, su obsesión, eran los dragones. Ellos constituían la clave de su pequeño paraíso personal: la caballería.
Y en este instante, aparte de la promesa que había hecho a Thierry de Alsacia y de su deseo de volver a ver a sus padres, una sola cuestión ocupaba su mente: «¿Había o no dragones en la entrada del Paraíso?».
Tal vez no.
Pero ¿y en la entrada del imperio del Preste Juan? Indudablemente sí. La carta que nos había mostrado Manuel Comneno no podía ser más elocuente al respecto: ¡en ese lugar los dragones pululaban como moscas sobre una bosta de vaca!
Además, dado que seguíamos los pasos de Alejandro, ¿por qué no íbamos a encontrar a los dragones que ese gran conquistador había visto, y con los que incluso había combatido, tal como mencionaba en una carta enviada a su maestro Aristóteles?
Poco antes de nuestra partida de Constantinopla, Morgennes había decidido ir a visitar a las tres brujas a las que había robado, por orden de Manuel Comneno, el único ojo, la única oreja y el único diente que les servían para ver, oír y hablar. Sin ellos, las brujas estaban sordas, mudas y ciegas; o lo que era lo mismo, impotentes.
Pero esas brujas tenían, según se decía, un poder: el de ver en el tiempo y penetrar la niebla en la que estaban sumergidas nuestras pobres vidas humanas. Morgennes deseaba plantearles una pregunta: «¿Dónde podré encontrar lo que busco?».
A cambio, claro está, las viejas le pedirían que les devolviera sus bienes. De manera que, unas noches antes, Morgennes había penetrado en el palacio de Blanquernas, al noroeste de Constantinopla, donde Manuel Comneno tenía su residencia y sus magníficas colecciones de objetos raros y de reliquias.
Como una sombra, había conseguido deslizarse sin ser visto por los pasillos y los corredores, había conseguido evitar a los guardias, desactivado los numerosos cepos, trampillas y lazos colocados en su recorrido, y finalmente se había introducido en la sala de los cofres, donde se guardaban los tres preciosos objetos. Tras robar por segunda vez lo que ya había robado en una primera ocasión, había ido luego a devolver estos bienes a sus legítimas propietarias.
Apenas habíamos entrado en su maldita cabaña, las tres viejas se habían puesto a lanzar bufidos y a golpear el suelo con las manos. Cuando una de ellas posó sus largos dedos ganchudos sobre el pie de Morgennes, y subió por el muslo hasta sujetarle la entrepierna, Morgennes le devolvió su ojo. Al momento, las viejas retrocedieron precipitadamente, en un movimiento simultáneo, aterrorizadas. Una de ellas dejó escapar una especie de estertor, que resumía sus pensamientos: «¡Otra vez tú!».
Tras dar su oreja a la segunda bruja, Morgennes le dijo -después de que volviera a colocarla en su lugar:
– ¡He venido en son de paz! ¡Solo quiero hablaros!
Nuevos estertores, que no prometían nada bueno.
– También he traído esto. -Les mostró su diente, un raigón negro y medio podrido-. ¿Lo queréis?
Estertores y más estertores.
Una de las viejas le tendió la mano, en un gesto implorante. Morgennes la miró, y luego contempló la miserable choza donde moraban. ¿Por qué no vivían en un palacio? El emperador debería tenerlas a su lado en todo momento, y en cambio, había pedido a Morgennes que les robara sus posesiones más preciadas. ¿Qué beneficio obtenía con ello? Si lo había hecho para que no pudieran seguir ejerciendo sus habilidades como adivinas, ¿por qué no matarlas? Y si verdaderamente leían el futuro, ¿por qué se habían dejado robar?
Este cúmulo de interrogantes rodeaba de un aura de misterio a estas tres viejas, tan decrépitas que parecían haber nacido en la época de Alejandro Magno. En todo caso, muchos aseguraban, en las colas de las panaderías y las carnicerías de Constantinopla, que habían conocido al viejo emperador Constantino, y que a este último debían su extraña vivienda. «De hecho -afirmaba la gente-, puede decirse que forman parte de la ciudad hasta el punto de que su desaparición significaría con certeza el fin de Constantinopla.»
– Os devuelvo vuestro diente a cambio de una información…
Las brujas silbaron, gruñeron, mascullaron algo ininteligible.
– ¿Estáis de acuerdo? Nuevos cuchicheos.
– Lo tomaré por un «sí» -dijo Morgennes.
Y les devolvió su diente.
Después de recuperar una su ojo, otra su diente y la tercera su oreja, las tres brujas se acercaron a Morgennes siseando:
– ¡Tú! -cloqueó la vieja del diente-. ¡Tuuuuú! -repitió, apuntando con el dedo a Morgennes.
– ¡Que los patriarcas nos ayuden! -dije yo persignándome.
– ¡Liberado! -cloqueó una vez más la vieja-. ¡Liberrrrado de todo! De lo materrrrial y del orrrrgullo…
Las viejas se envolvieron en una manta mugrienta; a continuación, la primera echó la cabeza hacia atrás, mostrando el blanco de los ojos, mientras la segunda se golpeaba la frente contra el suelo. La tercera emitió una especie de silbido extremadamente agudo, que nos obligó a taparnos los oídos; pero, al cabo de un momento, de su boca salió una lengua parecida a la de una serpiente, y con ella esta frase, pronunciada con voz sibilante:
– ¿Qué tipo de hombre eres tú?
– Un hombre como los demás -dijo Morgennes-. En busca de aventuras…
– No, no eres un hombre…
– Pues ¿qué soy entonces? -preguntó Morgennes.
– ¡Camina! -dijo la vieja-. ¡Camina sssiete y sssetenta y sssiete días, en dirección a la cuna del sssol… ¡Entonces sabrás!
Y así, Morgennes y yo nos pusimos en camino después de habernos equipado con material de escalada. Cuerdas, pitones, martillos, pieles de oso, cascos, palas, picos para el hielo… e incluso crampones. Con nuestro equipo metálico envuelto en trapos untados en aceite para protegerlo del frío, partimos en la dirección indicada por las tres brujas, que, cosa extraña, coincidía totalmente con la de la decimotercera misión de Morgennes; es decir, hacia Oriente y las Indias.
En dirección al imperio del Preste Juan.
Sin embargo, yo no dejaba de pensar que si alguien hubiera querido desembarazarse de nosotros y hacernos una mala jugada, no habría actuado de otro modo. Pero ¿quién iba a hacer algo así? ¿Quién podía estar interesado en ello?
Nadie.
Y Manuel Comneno esperaba realmente que le llevaran, en bandeja de plata, la cabeza del Preste Juan (si existía), o la del que había redactado aquellas cartas.
De manera que, con la cuerda enrollada de través en torno al cuerpo, un pico en la mano, y los pitones y los ganchos balanceándose y tintineando sujetos a la cintura, avanzamos trepando sin descanso, aunque cada vez más lentamente a medida que el terreno ascendía y las montañas -majestuosamente envueltas en nubes y nieves, soberanas imperturbables junto a las que Morgennes y yo no éramos más que dos sombras minúsculas- se acercaban a nosotros.
Al cabo de setenta y dos días de marcha, alcanzamos por fin los contrafuertes del monte Agri Dagi, donde nos concedimos un breve descanso en el monasterio de San Jacobo. Allí nos regalamos con jabalíes asados y truchas asalmonadas pescadas en el Aras, mientras bebíamos vino de la viña más antigua del mundo.
– La que plantó Noé, no lejos de su arca -nos explicó uno de los monjes-. Para dar las gracias a Dios por haber puesto fin al diluvio.
– Esa de la que bebió vino hasta la ebriedad -añadió Morgennes.
Al ver que el monje le miraba mal, le di un codazo y dije:
– ¡Noé, el salvador de la humanidad! Le debes respeto, ¿sabes?
Morgennes me hablaba a menudo de los dibujos que había visto en el palacio de Colomán, y me decía que los paisajes que atravesábamos se parecían a los que estaban representados allí. Estaba convencido de que los bizantinos nos habían precedido en este lugar y se preguntaba si la Compañía del Dragón Blanco no habría pasado por aquí también. Cuando le pregunté la razón, me contó:
– Gargano, el hecho de que los astilleros de Constantinopla hayan sido cerrados al público, que no hayamos encontrado ni rastro de la Compañía del Dragón Blanco en Constantinopla y los esquemas que vi en el faro… Todo ello me induce a pensar que algo importante se trama en torno a Constantinopla, la Compañía del Dragón Blanco y tal vez también los dragones…
¡Los dragones!
Caminábamos en dirección al ruido de alas y yo seguía irguiéndome sobre sus hombros para ver qué distinguía. Pero solo veía un formidable mar de bruma, que se elevaba hacia un pico de una altitud vertiginosa. A veces pensaba en nuestra vestimenta, y me preguntaba si aquel era un atuendo adecuado para presentarse ante san Pedro.
Pero no tuve que preocuparme por san Pedro, porque lo que descubrimos entonces nos dejó sin aliento -a mí el primero.
– ¡Morgennes! -exclamé-. ¡Es increíble!
– ¿Qué ves?
– Hay un hueco en la cima de la montaña, ¡un hueco en forma de casco de barco! ¡Como si alguien hubiera bajado el Arca de Noé de su atalaya en lo alto del monte Ararat!
– ¡Majaderías! ¡Eso es imposible!
– ¡Sigue adelante, vamos!
Apresurando el paso, Morgennes nos condujo al borde del mar de bruma de donde surgían los ruidos de ángeles ó de pájaros. Imaginaos una superficie inmensa, lechosa, yesosa, agitada por remolinos, y un fragor de alas que llegaba por debajo, aumentando de intensidad… Cuando el ruido se hizo tan ensordecedor como el de mil olas rompiendo contra una roca, Morgennes me gritó:
– ¡Prepárate! ¡Cuando los ángeles lleguen, saltaré al vacío para sujetarme a uno de ellos! ¡No le quedará más remedio que llevarnos al Cielo!
– ¡Morgennes! ¡No! ¡No hagas estupideces!
Para dar aún más fuerza a su resolución, Morgennes, que se había desembarazado de su armadura bermeja en la tienda de un prestamista de Constantinopla, pasó la mano bajo su cota de cuero de ciervo, luego bajo su camisa de tela de cáñamo, y apretó la cruz que le había dado su padre. Sus labios formaron un padrenuestro silencioso, y noté cómo tensaba los músculos, dispuesto a lanzarse al vacío.
– Tengo miedo -dije-. Creo que no he tenido tanto miedo en mi vida.
– Siempre me has dicho que yo no había cruzado realmente… ¡Pues bien, ha llegado el momento de lanzarme de verdad!
Sabiendo que tal vez solo nos quedaba el tiempo de un latido, miré el paisaje, devorando con los ojos lo que probablemente era lo último que me sería dado contemplar. Pero debía de encontrarme en pleno delirio, porque el cielo era negro y la nieve flotaba, en contra del sentido común, en todas direcciones. En lugar de descender, algunos copos incluso subían en la oscuridad, semejantes a estrellas blancas.
– ¿Crees que habrá aún un poco de tierra bajo esas nubes? -pregunté a Morgennes.
– ¡Qué importa eso! ¡Nosotros subiremos!
Luego, cuando las nubes del borde del precipicio empezaron a temblar, se lanzó al vacío.
Y cayó sobre un ala.
Con su afilada espada se lanza al ataque de la serpiente maléfica;
la taja hasta el suelo y la corta en dos mitades.
Chrétien de Troyes,
Ivain o El Caballero del León
Manuel Comneno levantó la nariz de su brebaje, una sopa especiada servida en un bol de oro incrustado de perlas. El líquido palpitaba como si estuviera vivo y tenía el color lechoso de las sopas chinas. Sin tan siquiera asegurarse de que su catador todavía se encontrara con vida, Manuel bebió un trago del líquido ardiente, y luego hundió su mirada en los ojos de Guillermo.
– Majestad -dijo el secretario de Manuel Comneno.
– Que me envenenen si les place. Estoy inmunizado contra todo.
Luego, volviéndose hacia Guillermo, el emperador de los griegos le explicó:
– Mis catadores solo me sirven para saber si han tratado de envenenarme. A mí, los venenos no me hacen nada. Apenas realzan un poco el sabor de mis platos.
– Majestad, rezo cada día para que no os hagan ningún daño. Pero, volviendo a esta última carta, ¿me habíais dicho que teníais alguna idea sobre quién podía ser su autor?
Tras un gesto del secretario, el catador salió de la habitación caminando hacia atrás, para no dar la espalda a Manuel Comneno, que descendió de su trono. Entonces, por efecto de un mecanismo oculto en los muros -más que por arte de magia (Guillermo no se dejaba engañar por ese tipo de trucos)-, el trono se elevó en el aire mientras en todo el Chrysotriclinos estatuas de criaturas fantásticas (grifos, dragones, fénix e hipogrifos) se agitaban, batiendo las alas como para alzar el vuelo y arañando el vacío con sus garras.
Esta instalación, encargada por el emperador, había costado una pequeña fortuna y había requerido varios años de trabajo de una célebre maestra de los secretos llamada Filomena, con quien Guillermo solo se había cruzado en un par de ocasiones, pero cuya fama había llegado de todos modos a sus oídos.
– ¿Creéis en los dragones? -preguntó bruscamente Manuel Comneno a Guillermo, arrancándolo de sus pensamientos.
– Desde luego -respondió Guillermo-. Herodoto y Plinio los mencionan en diversas ocasiones. La historia está repleta de ejemplos de dragones vencidos por hombres, santos o ángeles. Así, san Miguel, san Jorge, san Marcelo, o también, en Etiopía, san Mateo, se enfrentaron…
El emperador se limitó a levantar la mano, y su secretario le invitó a guardar silencio.
– No os pregunto si creéis que los dragones existieron un día -continuó el basileo-. Eso lo sabe todo el mundo. Os pregunto si creéis que existen todavía, en algún sitio, hoy…
– Bien…
Guillermo no respondió inmediatamente. Curiosamente volvía a pensar en el fabuloso espectáculo montado por la Compañía del Dragón Blanco, en el curso del cual Morgennes, representando el papel de san Jorge, había vencido a un poderoso dragón negro. Se preguntaba: «¿Qué se habrá hecho de Morgennes? ¿Habrá conseguido hacerse olvidar? En todo caso, yo le había olvidado… ¡El Caballero de la Gallina!». Sus labios esbozaron una sonrisa, y trató de recordar las últimas palabras de Amaury a Morgennes… A ver, ¿cómo era? No. Su memoria no era lo bastante buena. Pero recordaba muy bien que Amaury había prometido a Morgennes que le armaría caballero si conseguía matar a un dragón. Desde entonces no habían vuelto a verle, excepto en el Krak, donde había causado muy mala impresión tras hacerse pasar por san Jorge. Dicho esto, algunos -como el conde de Trípoli- afirmaban que era a él a quien debían la desbandada del ejército de Nur al-Din. Otros, en Constantinopla, contaban que Morgennes se había convertido en uno de los más poderosos mercenarios al servicio del emperador, en una de sus «almas negras». Guillermo inspiró profundamente y se lanzó:
– Creo en las amazonas, yo mismo he conocido a su reina…:
El emperador levantó la mano de nuevo, y el secretario intervino:
– ¡Al grano!
– Como se dice en la Biblia -añadió Guillermo-: «Él es la primera de las obras de Dios». Por mi parte, sería presuntuoso creer que el hombre los ha exterminado a todos. Forzosamente deben de quedar aún algunos. Aunque solo sea para el Apocalipsis…
– ¡Al grano!
– Pues bien -se apresuró a concluir Guillermo-, sí, lo creo. Con mayor razón aún porque creo en el Diablo, y no creer en los dragones sería como decir que el Diablo no existe o ha sido definitivamente vencido. Ya que draco iste significat diabolum («este dragón representa al Diablo»), como dice Isidoro de Sevilla en sus Etymologiae.
Una pálida sonrisa iluminó el blanco rostro del emperador, visiblemente satisfecho por la respuesta de Guillermo.
– Venid -dijo el secretario de Manuel-. Su majestad quiere celebrar vuestro acuerdo. Para hacerlo, iremos a la sala de los diecinueve lechos, donde su majestad tiene por costumbre recibir a sus huéspedes más importantes.
El emperador interrumpió a su secretario y declaró:
– Pero antes me gustaría que visitarais mis jardines, y luego mostraros mis preciosas colecciones de objetos sagrados y de reliquias.
– ¡Majestad, qué gran honor! -exclamó Guillermo.
En un deslumbrante despliegue de ropas de seda forradas de oro y piedras preciosas, Manuel pasó ante Guillermo, seguido de su secretario, su primer protospatario (el portador de su espada), el logoteta del Dromos (con quien Guillermo tendría que concretar los detalles de su acuerdo diplomático) y su maestro de las milicias: el megaduque Colomán. Seis de los doce guardias nórdicos que velaban en todo momento, fuera de día o de noche, por la seguridad del emperador se unieron a ellos y se colocaron de tres en tres, a uno y otro lado de estos importantes personajes.
Manuel Comneno había subido al trono en 1143. Hijo, nieto y biznieto de emperador, había tenido la suerte, si puede decirse así, de heredar un imperio reforzado, engrandecido y estabilizado por la espada de sus antepasados. Pero ¿y él? ¿Qué legaría Manuel a su hijo, el joven Alejo II? ¿Aumentaría la herencia recibida, o al contrarío, la disminuiría? Esta cuestión le atormentaba con mayor razón aún porque sus tierras se encontraban permanentemente amenazadas, al oeste y al este.
El sur ya se había perdido hacía mucho tiempo. El sur era Egipto, que en otra época había sido el granero de trigo del Imperio. Desde entonces, Constantinopla padecía constantes problemas de avituallamiento; por ello se arruinaba comprando víveres a los mercaderes -principalmente a los venecianos, odiados en todo el Imperio.
– Creedme -dijo el emperador a Guillermo-, tardaréis en olvidar lo que tengo intención de mostraros.
Entonces, como hacía a menudo para calmarse, divertirse o entretener la espera, Guillermo se pasó el largo bastón de la mano derecha a la izquierda y lanzó una breve ojeada a su extremo. Este representaba una cabeza de dragón. Masada, el comerciante que se lo había ofrecido, le había asegurado que se trataba del bastón de Moisés. ¿Le había tomado el pelo? ¿Quién podía decirlo?
Guillermo esbozó una sonrisa, y luego siguió al emperador y a sus hombres al enorme jardín del palacio de Blanquernas, al que daban las ventanas de la sala del trono.
Aquel lugar era un jardín zoológico más que un jardín de recreo; aquí y allá se veían jaulas que contenían animales que no tenían nada de fantástico. Así, tigres y leones caminaban de un lado a otro de su prisión con barrotes de oro y de vez en cuando lanzaban bufidos y aterradores rugidos. Como si quisieran ser agradables con ellos y recordarles su gloria de antaño, bandadas de palomas huían hacia el cielo y luego volvían a picotear, junto a las avestruces y los pavos reales, el grano que los guardias les habían lanzado -para alzar de nuevo el vuelo tras los bufidos siguientes.
– ¿Creéis -preguntó el emperador a Guillermo- que una fábula puede confirmarse?
– Si hay suficiente gente para creerla, es posible.
– Entonces, ¿creéis que Dios es una fábula?
– ¡Por san Martín! Desde luego que no.
Guillermo hizo una pausa. ¿Le estaban tendiendo una trampa? De pronto se puso a temblar de pies a cabeza ante la idea de que esta visita al jardín tuviera como finalidad echarle a la jaula de una de esas fieras que lanzaban hacia ellos miradas hambrientas. Cuando un tigre lanzó su ronco bufido, Guillermo lamentó no poder alzar el vuelo como las palomas del palacio.
– ¿Tenéis frío? -preguntó a Guillermo el secretario imperial.
– No, no, estoy bien -dijo Guillermo, que no dejaba de sorprenderse por el extraño lazo que unía al secretario y al emperador.
Los guardias y el cortejo de Manuel dirigieron a Guillermo una mirada inquieta, tal vez inquisidora.
– Estoy bien -dijo Guillermo-. Os lo aseguro…
– ¿Y el prestigio de un rey, un papa o un emperador -prosiguió Manuel como si no hubiera ocurrido nada-, creéis que se remite a la fábula? ¿A la leyenda?
– No lo sé -confesó Guillermo-. Creo que hay que hacer todo lo posible para vivir en la verdad; pero también es cierto que un pellizco de polvos mágicos realza el prestigio de aquellos sobre los que se deposita…
Acababan de llegar al centro del jardín, donde había una fuente. Allí, un hombre, una mujer, tres ancianos y dos niños, todos pobremente vestidos, esperaban a que Manuel les lavara los pies -como exigía la costumbre cada vez que el emperador iba a celebrar un festejo-. Mientras el emperador se arrodillaba para pasarles entre los dedos y por las pantorrillas un paño empapado en agua de la fuente, Guillermo se preguntó: «Estos pobres, ¿son auténticos pobres o sirvientes disfrazados? Y en ese caso, ¿quién engaña a quién?».
Mientras se hacía esta pregunta, el secretario del emperador se volvió hacia él para hacerle saber:
– Al principio, su majestad sospechó de vos.
– ¿Cómo?
– ¿Quién podía estar más interesado en desestabilizar el Imperio y en empujar a su majestad a entrar en guerra?
– No lo sé. ¿Los moldavos? ¿Los armenios?
– ¡Pamplinas! -dijo el emperador, levantando la cabeza-. Los moldavos y los armenios son tan débiles que, a mis ojos, no existen. Pongamos, más bien, los sarracenos. Pero en este caso no habrían tratado de humillarnos en tanto que cristianos ortodoxos. Ellos no entienden estas sutilezas. No, los elementos a los que irritamos -y digo «irritamos», y no «amenazamos»- son dos y solamente dos.
– ¿De dónde cree, pues, su majestad, que procede esta maniobra, si se me permite preguntarlo?
El emperador, que ahora estaba secando los pies de aquellos súbditos pobres con un paño de algodón, traído sobre una bandeja de plata por un joven sirviente, respondió:
– Pero si acaban de decíroslo: ¡de vuestra parte!
– ¿De mí? -dijo Guillermo en el tono más inocente posible.
– Su majestad -prosiguió el secretario-, hablaba de «vuestra parte» en un sentido amplio. Se refería a vosotros, los cruzados. A Jerusalén y a Roma, si lo preferís. Su majestad sabe igualmente que, por emplear un eufemismo, no es santo de la devoción del papado.
– Lo que no es cosa nueva -comentó Manuel.
– De modo -prosiguió el secretario- que, atrapado entre estas dos potencias medianas, su majestad no ha tenido otra elección que partir a la guerra.
– Pero, gracias a Dios, creemos saber de dónde ha venido el golpe -dijo el emperador.
Manuel dejó caer el paño entre las manos del joven paje de la bandeja de plata y se alejó de la fuente sin dirigir una mirada a sus pobres, que, verdaderos o falsos, doblaron la rodilla a su paso.
– ¿Y de dónde procede? -insistió Guillermo.
– Ni de Roma ni de vuestra parte. No.
– Majestad, rae muero de curiosidad.
– Silencio -dijo el secretario.
– Cada cosa a su tiempo -continuó el emperador-. Os he hablado de mi colección de objetos preciosos, ¿lo recordáis?
– Es un honor que no se olvida, majestad -dijo Guillermo-. Pero ¿qué relación hay entre los dragones y el reino del Preste Juan?
– Veréis, después de una profunda reflexión, me he preguntado si no podría ser que, tanto los unos como el otro, existieran. Al igual que, por ejemplo, los caballeros de la Tabla Redonda… Creo que sois un gran aficionado a los libros, ¿verdad?
– Sí, me jacto, en efecto, de pasar mucho tiempo en su compañía; pero no pierdo el tiempo leyendo cuentos de aventuras. Lo que me interesa es la historia, y solo la historia. Me intereso únicamente por los hechos. Por la realidad. Las fabulaciones de los juglares no me atraen…
En este momento de la conversación llegaron, en el otro extremo del jardín, ante una pesada puerta de bronce insertada en un muro de piedra blanca. El emperador, que marchaba en cabeza, se apartó para dejar pasar a Guillermo.
– Hacedme el honor.
De nuevo Guillermo tembló. Dado que pronto sería mediodía, no podía atribuir los estremecimientos al frío. Sobre todo en ese inicio de primavera, en el que hacía un tiempo magnificó.
Obedeciendo al emperador, al que de todos modos nadie se habría atrevido nunca a desobedecer en su palacio, Guillermo franqueó el umbral de la enorme doble puerta, que dos lacayos acababan de abrir ante él, y se encontró frente a un largo corredor, guardado por dos dragones.
Guillermo estuvo a punto de desvanecerse, pero el propio emperador impidió que se desplomara, sosteniéndolo en el último momento.
– ¡Rehaceos! -le dijo-. ¡Y mirad!
Guillermo abrió los ojos, y se dio cuenta de que no había visto bien. Lo que había tomado por dos dragones eran solo dos enormes lagartos, con crestas y escamas, equipados con una silla a la que se encontraba encaramado un caballero con la lanza apuntando hacia delante. Los lagartos, tan altos y aparentemente tan dóciles como palafrenes, no movían ni una pestaña. Solo sus ojos globulosos y negros permanecían clavados en Guillermo, igual que las largas lenguas rojas con el extremo bifurcado, que apuntaban a intervalos regulares en su dirección.
– ¡Dios mío! -dijo Guillermo-. ¿Por qué milagro…?
– No hay ningún milagro -dijo el emperador-, sino un simple descubrimiento. Estos lagartos, o pequeños dragones, si lo preferís, proceden de una isla situada en los parajes de la India, adonde mis mercenarios fueron a buscarlos.
– Es extraordinario.
– ¿Habéis oído hablar de la Compañía del Dragón Blanco?
– ¡Desde luego! -dijo Guillermo, entusiasmado.
– Mi sobrina forma parte de ella. ¿No la habréis conocido, por casualidad?
– No lo creo. Pero esta compañía dio, en Jerusalén, un espectáculo que no olvidaremos. Y he oído decir que el Dragón Blanco permitió que Amaury y sus hombres salvaran la vida durante una de las campañas, desastrosas ciertamente, de su alteza en Egipto.
– Contadnos esto.
Guillermo carraspeó para ocultar su turbación. Entonces, para no aumentar su incomodidad, el emperador propuso:
– Vayamos a mi biblioteca. Allí estaremos mejor para hablar. Comprendo que no os sea fácil expresaros aquí, en la turbadora presencia de estos dragoncillos. Pero me son indispensables. Hace dos meses y medio hubo unos robos…
– ¡Robaron a su majestad!
Manuel Comneno hizo un gesto en dirección a su secretario, que prosiguió:
– Sí. Alguien robó tres reliquias que su majestad tenía en particular estima. Desde que su majestad ordenó que apostaran a estos dos dragoncillos a la entrada de su colección, no ha vuelto a cometerse ningún robo.
– Este tipo de incidente no se reproducirá -concluyó Manuel Comneno levantando una mano cargada de anillos.
Dicho esto, insertó el mayor de los diamantes de sus dedos en un orificio situado a media altura en la pared. La piedra preciosa, haciendo las funciones de llave, giró en el orificio, y una sección del muro se abrió.
– Este dispositivo -dijo el emperador- me costó la bagatela de diez quilates.
No sabiendo cómo reaccionar, Guillermo prefirió guardar silencio, pero lo que vio al otro lado le arrancó un grito de éxtasis:
– ¡Por el Dios que creó el aire y el mar!
Ante sus ojos se extendía la biblioteca más extraordinaria que nunca había visto. Decenas, centenares de pergaminos estaban ordenados en casillas, mientras que una docena de libros encuadernados en cuero, oro y plata se encontraban colocados, abiertos, sobre atriles, junto a escritorios con estiletes que esperaban a ser utilizados.
Mientras le mostraba estos tesoros, el emperador dijo a Guillermo:
– Aquí encontraréis el célebre Picatrix, llamado también La meta del sabio en la magia, del gran matemático y astrónomo andalusí al-Majriti. En él se encuentra todo lo necesario sobre el arte de fabricar talismanes, de celebrar rituales que permiten gobernar las estrellas y las almas, y muchos otros misterios. Encontraréis igualmente el Pequeño tratado del Anticristo, del abate Adson. Así como El secreto de los secretos (traducido al latín por Felipe de Trípoli y que recapitula el conjunto de las lecciones dadas por Aristóteles a Alejandro Magno) y el Liber Pontificalis, del obispo romano Marcelino (donde se trata de sacrificios a los ídolos). Y aquí, encuadernado en una piel de dragón de cuarenta pies de largo, un ejemplar de la litada y la Odisea.
– ¡Fantástico! -dijo Guillermo.
– Y he aquí la Astronomica, de Manilius, de la que se dice que inspiró al aterrorizador poeta damasceno Abdul al-Hazred su Libro de los nombres muertos, el Al-Azif.
– ¿Tiene su majestad esta última obra?
– No, por desgracia no la poseo. En mi opinión se ha perdido para siempre. Pero tengo la biografía que Ibn Khallikan acaba de redactar sobre su autor.
– ¡Es la colección más magnífica de obras esotéricas que nunca haya visto! ¿Cuántos años ha necesitado su majestad para reuniría?
– Varios siglos. No, no os estremezcáis. Porque no fui yo quien comenzó esta colección. Fueron mis antepasados y mis predecesores. Pero volvamos a lo que hablábamos antes de entrar aquí. De Egipto, de los dragones y de ese famoso Preste Juan. Nos, Manuel Comneno, basileo del Santo Imperio bizantino, juramos ayudaros a conquistar Egipto. Y os aseguramos también que no conseguiréis nada si no encontráis cierta arma…
– ¿Un arma? ¿Cuál?
– Hablo de una espada. Pero venid. La visita no ha acabado. Os he mostrado mi biblioteca, adonde podréis volver para pasearos a vuestro gusto más tarde. Ahora vayamos a ver mi pequeña colección…
Manuel se dirigió hacia el extremo de aquella habitación tan larga que podría contener el Santo Sepulcro entero. Guillermo sabía qué ninguna colección de reliquias podía competir con la de Constantinopla, y se preguntaba qué otras maravillas iba a mostrarle el emperador. ¿Se trataba de la espada que acababa de mencionar? ¿Era posible que…? Guillermo sintió que su corazón palpitaba desbocado, hasta el punto de saltarse un compás. Por eso se amonestó a sí mismo, diciéndose: «Vamos, vamos, mi buen Guillermo, ¡no pierdas la cabeza! Hace más de siete siglos que murió san Jorge, y nadie ha encontrado nunca su espada…».
– ¿Y qué querrías encontrar?
– La aventura, para poner a prueba mi valor
y mi coraje.
Chrétien de Troyes,
Ivain o El Caballero del León
Era un ala, pero no de ángel, sino de ave.
¡Habíamos aterrizado sobre el lomo de un pájaro!
Sin embargo, mirándolo más de cerca, no era un pájaro, sino miles de pájaros negros y blancos que volaban tan cerca los unos de los otros que formaban un increíble damero que se elevaba hacia el firmamento. Morgennes corría sobre ellos.
– Debo de tener fiebre -dije.
– ¡Sujétate bien! -me dijo Morgennes.
– ¡Dime que estoy soñando! ¡Esto no es posible!
– ¡Sujétate!
Corríamos sobre un océano de alas. Yo me frotaba los ojos, me pellizcaba la mano… Pero la visión no se borraba. Estos pájaros debían de ser los descendientes de los cuervos y las palomas que Noé había enviado en busca de tierra firme hacia el final del diluvio. Dios les había ordenado que crecieran y se multiplicaran, y eso habían hecho. ¿Eran también los guardianes de estos parajes?
En todo caso, seguían batiendo las alas y elevándose por encima de las nubes, mucho, muchísimo más alto que ellas. En cierto modo, Morgennes y yo representábamos los dignos herederos de Dédalo y de Ícaro, en ruta hacia el sol. Este brillaba en el cenit, con más intensidad que nunca; y en ese instante supe que la leyenda de Ícaro no era más que una leyenda, y no un hecho histórico. Porque en lugar de un fuerte calor capaz de fundir la cera que mantenía las plumas en su lugar, sentí un frío terrible, tan punzante como una lanza acerada. Sin aliento, con las lágrimas manando de mis ojos a pesar mío, con las cejas heladas, ya no sentía las manos y me preguntaba cómo podía sostenerme aún sobre Morgennes. Sin duda mis dedos se habían pegado a su barba y ya no podían moverse.
Como en un sueño, Morgennes caminaba valerosamente sobre ese extenso techo de nubes recubiertas de una fina película de hielo, que crujía bajo sus pasos y que las alas de los pájaros hendían como una ola remontando hacia la orilla. Una curiosa melodía cristalina resonaba a nuestro alrededor. ¿Era la música de los ángeles que los moribundos oyen antes de ir al Paraíso?
En ese caso, ¿estábamos a punto de morir?
Otro sonido llegó a mis oídos. De dientes que entrechocaban. Comprendí que me castañeteaban los dientes, con tal fuerza que era incapaz de articular palabra. Morgennes, que ya había demostrado que podía soportar temperaturas elevadas, me estaba demostrando ahora que también podía resistir el frío. Además, parecía no tener las mismas dificultades que yo para respirar. ¿A qué se debía aquello? Lo ignoro. Pero nada frenaba su progresión sobre las alas de los pájaros.
¿Adónde íbamos?
Aparentemente, los pájaros se dirigían a la cúspide del monte Ararat, cuya cima recordaba a un diente cariado del que hubieran extirpado un pedazo -en este caso, el Arca de Noé.
Turbado hasta lo indecible, me pregunté quién la había bajado de su atalaya. ¿Cuántas personas, y durante cuánto tiempo? Me negaba a ver en ello una hazaña menor que la que había supuesto construir las pirámides de El Cairo. Y me estremecí ante la idea de que la embarcación a bordo de la cual habían viajado Noé y todos los animales de la Creación hubiera sido robada por unos malhechores. La venganza de Dios sería terrible.
¡Porque efectivamente aquel era el monte Ararat! De hecho llegaba a distinguir, insertada en el hielo, una flotilla de barcos pequeños, las embarcaciones que, según la leyenda, habían ocupado otras personas, además de Noé y su familia, después del inicio del diluvio.
Si esta cadena de montañas -que, por otra parte, recordaba, con sus picos en forma de escamas dorsales, a un dragón de más de un centenar de leguas de longitud- marcaba la frontera del imperio del Preste Juan, entonces este era Dios. ¡Y su imperio, el Paraíso!
No teníamos derecho a estar ahí. Estábamos hollando un territorio prohibido. Y el precio por ello sería… la condenación. El infierno, para toda la eternidad.
Este precio, aunque justo, me parecía demasiado elevado, y habría preferido encontrarme en una situación en la que no hubiera tenido que pagarlo. Pero ¿cómo hacerlo? Yo ya no controlaba nada. Era Morgennes quien llevaba el timón.
Mientras caminaba sobre los pájaros, Morgennes miraba alrededor, al acecho de los dragones. ¿No podía ser que uno de ellos surgiera de los cielos para abatirse sobre el ejército de pájaros que se elevaba hacia Dios y lo abrasara con su aliento? ¿O encontraría alguno, tal vez, en su nido de águilas, como una rapaz acechando a su presa, en lo alto del monte Ararat? Morgennes apretó el puño, decidido a lanzarse a la pelea. Si un dragón asomaba el extremo de su mandíbula, no escaparía. Pero no estaba solo. También estaban Cocotte y Chrétien de Troyes. Y no era cuestión de abandonarlos. «Cada cosa a su tiempo», se dijo Morgennes. Si debían morir de camino a la eternidad, morirían. Después de todo, era un final digno de un héroe, y el mejor modo de entrar en el Paraíso.
Pero la muerte no acudiría a la cita.
Lo que nos esperaba era algo mucho más extraordinario.
Ya habíamos recorrido un poco más de la mitad del camino que nos separaba de la cima del Ararat, y las nubes habían desaparecido totalmente bajo nosotros, cuando el ejército de pájaros dio un bandazo y voló en picado hacia el suelo.
Sin los excelentes reflejos de Morgennes, seguro que nos habríamos precipitado al vacío; pero consiguió mantener el equilibrio y, aprovechando esa increíble pendiente, se puso a correr a toda velocidad, esta vez hacia abajo. ¿Qué ocurría? ¿Por qué este brusco cambio en el plan de vuelo? ¿Nos habían descubierto? ¿Alguien había dado orden a los pájaros de lanzarse en picado y volver a tierra? ¿O es que aquellas estúpidas aves tenían el cerebro de un mosquito y una de ellas había tenido la descabellada idea de ir a ver si el aire era más denso abajo, y las demás la habían seguido? Imposible saberlo.
El caso era que la pendiente se hacía cada vez más abrupta y que cada zancada de Morgennes nos alejaba un poco más de la cima del Ararat.
Finalmente nos encontramos en medio de las nubes, y los pájaros se dispersaron en todas direcciones.
– ¡Caemos! -dijo Morgennes.
– ¡Lo séeeee! -dije yo entrechocando los dientes, esta vez más de miedo que de frío.
Convencido de que íbamos a morir, cerré los ojos. Pero nuestra caída duró solo el espacio de un latido, y nos dejó, con los miembros doloridos, sobre un arco de tierra, un puente gigantesco que unía el Ararat con otra cima.
– ¡Morgennes! ¿Estás vivo?
Pero Morgennes no me escuchaba. Estaba demasiado ocupado contemplando las enormes estatuas de piedra que nos observaban en silencio.
– ¡Morgennes! ¿Cómo está Cocotte?
– Conozco este lugar -dijo-. Tengo la impresión de que ya he estado aquí. ¿Tal vez en un sueño?
Las estatuas representaban hombres vestidos con un simple paño, sentados con las piernas cruzadas. Los pájaros habían hecho sus nidos en las manos entrecruzadas, con las palmas hacia arriba, así como en las orejas y en las ventanas de la nariz. Pero estos gigantes de piedra no reaccionaban, y sus pesados párpados permanecían obstinadamente bajos, como si rezaran o meditaran.
– ¡Morgennes!
Todo era inútil, mi compañero no conseguía apartar la mirada de estos inmensos e impasibles rostros de piedra, con la altura de tres hombres, que nos contemplaban sin juzgarnos.
– ¡Morgennes!
Impaciente, le sujeté del brazo para obligarle a girar sobre sí mismo y colocarlo frente al arco. Ese fue el momento que eligieron los pájaros para ascender desde las profundidades y volar de nuevo hacia el cielo.
Entonces, con un formidable rumor de alas, tan ensordecedor como un prolongado trueno, el ejército de pájaros nos impidió ver el Ararat y el arco de piedra que permitía acceder a él. Luego la muralla de plumas que había partido al asalto de las cimas desapareció por encima de las nubes. Era el final. Ya no había ni un solo pájaro en el horizonte; solo el Ararat, el puente de piedra que permitía alcanzarlo y…
– ¡Morgennes, ahí hay alguien!
– Ya lo veo -dijo Morgennes.
– ¡Bienvenidos! -nos dijo con una curiosa voz aguda un hombre de cara redonda, que se encontraba parado en medio del puente.
– ¡Debo de estar delirando! -dije.
– No, no deliráis -dijo el misterioso individuo.
Vestido con un traje dorado con franjas escarlatas, el hombre mantenía las manos en el interior de las mangas, llevaba unos curiosos zapatos negros barnizados, y una larga coleta negra le caía sobre la espalda. Sus ojos oblicuos, su boca fruncida y su tez amarillenta indicaban que nos encontrábamos frente a un asiático.
– ¡Pero si habláis francés! -dijo Morgennes.
– No -dijo el hombre con cara de luna-. ¡Sois vosotros los que habláis chino! Shyam os ha preparado bien.
– ¿De modo que la conocéis?
– Desde luego que sí. Entre nosotros es muy popular. ¡Era una aventurera muy célebre!
– Una aventurera… Todo esto parece irreal -murmuré-. ¿Estáis seguro de que existís? ¿Estamos muertos? ¿Es esto el Paraíso?
– Sí -respondió el hombre a la primera pregunta-. No -a la segunda-. No tengo derecho a decíroslo -respondió finalmente a la tercera.
Morgennes, ligeramente desconcertado, se pasó la mano por el hombro para quitar los copos de nieve que se habían acumulado; luego, recuperó la jaula de Cocotte y volvió a cargársela a la espalda.
– Ven -me dijo-. Aún tenemos algunas averiguaciones que hacer, y me gustaría llegar al lugar al que las brujas me dijeron que fuera…
Se dirigió hacia el chino. Su aliento se elevaba ante él, y no podía evitar pensar: «Son almas, almas en suspenso. Igual que las nubes, ahí arriba. Son almas. No pueden ascender más, porque estamos a las puertas del Paraíso… Ni descender, porque su lugar está aquí».
En cuanto a mí, nunca había tenido tanto frío en mi vida. ¿Tanto frío, o tanto miedo? Ya no lo sabía. Tal vez ambas cosas. A decir verdad, aquello ya no tenía ninguna importancia. «Dentro de poco todo habrá acabado. Habré vivido en vano… No. He amado, he conocido a Morgennes y a Filomena, he escrito, compuesto, rezado…»
– Acercaos, acercaos -dijo el chino.
Estandartes que representaban dragones de oro sobre fondo rojo restallaban al viento, que soplaba y soplaba con tanta fuerza que nuestras ropas flotaban en torno a nosotros y Cocotte se veía obligada a agitar las alas para no acabar aplastada contra los barrotes de su jaula.
– ¡Os saludo, honorables visitantes! Habéis venido a pasar la prueba, ¿verdad?
– ¿Qué prueba? -exclamé yo.
– Entonces, ¿es aquí? ¿He terminado mi viaje? -preguntó Morgennes.
– Tal vez -dijo el chino.
– ¿En qué consiste esa prueba?
– ¡Es la de la cabeza! -dijo el chino, dándose golpecitos en el cráneo con un dedo-. Muy muy dura. Tendréis que utilizar mucho vuestra cabeza, si queréis pasar.
– ¿Pasar? -dije-. Pero ¿para ir adónde?
– Al otro lado -dijo el chino.
Miré al otro lado del puente para ver qué había, y distinguí una enorme abertura tallada en la roca, que se hundía en la montaña. La entrada estaba flanqueada por bajorrelieves en forma de dragón; pero eran dragones sin alas, como los de los estandartes, largos y sinuosos, con una larga cola de serpiente.
– ¿Estáis listos? -preguntó el chino-. Debo deciros que si fracasáis, ya nunca podréis volver a intentarlo.
– Estamos listos -dijo Morgennes.
– ¡Muy bien! -dijo el chino-. Os haré una pregunta. Si no conocéis la respuesta, no pasaréis. Si la conocéis, tendréis derecho a plantearme una a mí. Si yo no conozco la respuesta, podréis pasar. En caso contrario…
– Comprendido -dijo Morgennes-. Empecemos.
– Primera pregunta: «¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?
– ¡Diablos! Esta es una pregunta para Cocotte -dijo Morgennes mirando a nuestra gallina.
Se rascó la cabeza.
Yo reflexionaba… Algo me decía que debía inspirarme en mi propia experiencia. Particularmente en la de Arras… Lo que iba después del primer premio era la gallina. Luego venían los huevos. Además, Cocotte ya no ponía desde que habíamos tenido que huir…
– Es la gallina -respondí.
– ¡Buena respuesta, honorable competidor! -dijo el chino-. Un punto a vuestro favor. Ahora tenéis derecho a plantearme un enigma.
– Muy bien -dije-. Tengo uno que no es muy difícil: «Recorro los libros sin aumentar mi saber; di cómo me llamo».
– ¡El gusano! -exclamó el chino.
– ¡Por Nuestra Señora! -exclamó Morgennes golpeándose la palma con el puño.
– Si queréis ganar, tendréis que hacerlo mejor -continuó el chino-. Ahora me toca a mí: «Vi un ser maravilloso, una nave aérea que llevaba sobre sus cuernos un botín de guerra. Quería construir una habitación en la fortaleza. Entonces un ser prodigioso apareció sobre las cimas de la montaña (todos los habitantes de la tierra saben quién es). Cogió el botín y lo lanzó a la viajera, que partió hacia el oeste. El polvo se elevó en el cielo. El rocío cayó sobre la tierra. La noche se fue. Nadie conoce el camino de este ser, al que tú debes nombrarme».
– Lo sé -dijo Morgennes.
– Yo también, es fácil. ¡Es el sol!
– ¡Bravo! -dijo el chino-. ¡Vuestro turno!
– Sabéis, con nosotros esto puede durar mucho tiempo -dijo Morgennes, que había leído muchos libros que contenían enigmas.
– ¡Acabas de darme una idea! -dije-. ¿Qué es lo más viejo que hay?
– ¡El tiempo! -respondió el chino.
– A decir verdad -confesó Morgennes-, había otra respuesta posible: «Dios». Pero la de nuestro amigo es igualmente correcta, ya que ni Dios ni el tiempo tienen principio. De modo que se acepta. ¡Vuestro turno!
– Nómbrame una cosa -dijo el chino- a la que ninguna otra se parece, ni en la tierra, ni en el mar, ni entre los mortales; la naturaleza ha asignado reglas extrañas al desarrollo de sus partes: cuando nace es inmensa; en el mediodía de su vida es muy pequeña, y cerca de su muerte vuelve a hacerse inmensa.
– Fácil -dijo Morgennes-. ¡Es la sombra! Me toca…
Reflexionó un rato, luego pensó en su infancia y en los largos momentos pasados al borde del río. Entonces preguntó al chino:
– Mi morada no es silenciosa. Yo no hago ruido. El Señor ha ordenado que estemos unidos. Yo soy más rápido que mi morada, a veces más fuerte; pero ella trabaja más. A veces descanso, pero ella es infatigable. Habitaré en ella mientras viva. Si me separan de ella, muero. ¿Quién soy?
– ¡Ja, ja! -rió el chino-. ¡Es un pez en el río! ¡Me toca!
– ¡Dios mío! -dijo Morgennes-. ¡Esto no acabará nunca!
Se alejó unos pasos, buscando una idea. A veces el viento le traía preguntas y respuestas como estas:
– ¿Qué es lo más grande?
– El espacio.
– ¿Qué es lo más hermoso?
– El mundo.
– ¿Qué es lo más común?
– La esperanza.
– ¿Qué es lo más útil?
– Dios.
– ¿Qué es lo más perjudicial?
– El vicio.
– ¿Qué es lo más fuerte?
– La necesidad.
– Etc.
– Etc.
Siguieron así durante un rato que le pareció interminable. Lo peor era que tenía la impresión de que el juego estaba trucado, ya que algunas de las respuestas eran discutibles y en algunos casos había varias posibilidades. Pero el chino nunca discutía nuestras respuestas, ni nosotros las suyas. Y como siempre tenía respuesta para todo, este jueguecito estaba condenado a durar una eternidad.
Mirando las estatuas de piedra que se encontraban frente al puente, Morgennes buscaba la solución a este problema, cuando de pronto tuvo una inspiración repentina, ¡una iluminación! Entonces, abalanzándose como un toro contra el chino, le propinó tal cabezazo en medio del pecho que lo lanzó al vacío, al otro lado del puente.
– ¡Lo has matado! -exclamé.
– Me sorprendería. Creo que es un inmortal, y que le he dado la respuesta adecuada -dijo, dándose golpecitos en la cabeza como había hecho el chino.
– Muy astuto.
– Vía libre. ¡Partimos hacia el Paraíso!
Los gigantes no tenían picas ni escudos, espadas
cortantes ni lanzas, sino solo mazas.
Chrétien de Troyes,
Erec y Enid
Guillermo penetró en una sala gigantesca, cuyo techo -una cúpula de cristal- se confundía con las nubes, que, a su paso, le proporcionaban sombra y luz -tanta sombra que creía encontrarse en plena noche, o tanta luz que debía protegerse los ojos con la mano para no quedar cegado.
– ¡Oh gloria del mundo! -exclamó Guillermo-. ¡Oh secretos eternos! ¡Prodigio de los cielos! ¿Qué es esto que veo?
Sus rodillas temblaban, pero había aprendido que no servía de nada tener miedo. Aparentemente, no entraba en los propósitos de Manuel ponerle a prueba.
Hablemos de qué le había impulsado a lanzar esos gritos. Porque no era a causa de esta sala, con sus fabulosos juegos de sombra y luz. Las riquezas de la biblioteca habrían bastado por sí solas para llevar al éxtasis a todo un ejército de coleccionistas durante una vida entera, pero los tesoros de la sala siguiente debían de ser mucho más sorprendentes aún. Porque estaban guardados por gigantes. En la media luz, Guillermo distinguió a cinco soldados con una altura de varias toesas vestidos con armaduras antiguas. Sus manos enguantadas de hierro se cerraban sobre unas mazas enormes, y sus escudos estaban decorados con una hidra.
– ¡Es la señal! -dijo el emperador-. La señal de que el diluvio efectivamente tuvo lugar y de que existieron otros tiempos antes del nuestro. La señal de que la Biblia dice la verdad. Al menos en la primera parte…
– ¿No serán nefilim? -apuntó Guillermo.
– Exactamente. ¿Os habéis fijado en sus mazas?
– Sí.
Manuel se volvió hacia su secretario, que continuó por él:
– Son de madera de gofer, la madera con la que se construyó el Arca de Noé.
– ¿Y están vivos?
– Tranquilizaos -continuó el emperador-. Están muertos desde tiempos inmemoriales. Aquí podéis ver solo la concha, porque el interior está vacío. Sus huesos, sin embargo, nos esperan en la siguiente sala. Mis artesanos han conseguido la proeza de juntarlos, lo que permite hacerse una idea de su fisonomía.
– ¿Puedo preguntar a su majestad dónde los encontró?
– ¡Dónde iba a ser sino en Tebas, la ciudad natal de Hércules!
Guillermo se acercó a una armadura, se puso de puntillas y la tocó justo por debajo de la rodilla. El metal estaba frío, en perfecto estado. Las nubes se reflejaban en él entre reflejos azulados.
– ¡Por la Virgen María! Esto me hace pensar en otra leyenda…
– No penséis -dijo Manuel-. ¡Venid!
La sala siguiente ofrecía un gran contraste con la que acababan de dejar. El techo era tan bajo como alto era el de la anterior, hasta el punto de que Guillermo (que era alto para ser un franco), Colomán y los guardias de Manuel Comneno tuvieron que agacharse para avanzar. Si no hubiera habido aquí y allá, insertados en las paredes, algunos antorcheros que difundían una luz tenue, podrían haber creído que estaban en una tumba.
Pero Guillermo se dio cuenta de que ese era el caso.
Sobre grandes mesas de piedra dispuestas en círculo, los esqueletos de los gigantes de la habitación contigua descansaban en un silencio sepulcral. Sus cráneos, de gruesos huesos, casi tocaban la bóveda de la sala, y proporcionaban a las numerosas arañas allí refugiadas un lugar ideal para tejer sus telas.
– ¿Por qué esta sala tiene un techo tan bajo? -preguntó Guillermo.
– Imaginad que se incorporaran -dijo Manuel-. Al menos quedarían bloqueados. Con este tipo de prodigios prefiero no correr ningún riesgo.
Prudente decisión, en efecto. Aunque no tranquilizó totalmente a Guillermo. Las manos de estos nefilim eran del tamaño de su cuerpo, y no podía imaginar cómo sobreviviría a su abrazo si por desgracia uno de ellos se apoderara de él. Tal vez estos gigantes estuvieran bloqueados en postura yacente, pero eso no impedía que siguieran pareciendo impresionantes. Y temibles.
– Habladme -dijo Manuel- de esta leyenda a la que habéis hecho alusión.
– Se trata justamente de la del nacimiento de Tebas. Se dice que esa ciudad fue fundada por un tal Cadmo, después de haber matado a un dragón. El héroe recibió de la diosa Atenea la orden de plantar en la tierra los dientes de ese dragón, y en el lugar donde Cadmo los había lanzado crecieron gigantes, que se mataron entre ellos…
– Todos excepto cinco, que ayudaron a Cadmo a construir la ciudad -añadió Manuel-. Conocía esta leyenda, que sin duda debe tener un fondo de verdad, puesto que ahí están los cinco gigantes. Pero eso no es todo…
Guió a Guillermo hacia el centro de la habitación, a un punto situado en el corazón del círculo formado por los cinco gigantes. Allí, sobre una estela de piedra, había un pequeño cofre de vidrio engastado de oro, con un diente gigantesco en su centro.
– ¿Qué es? -preguntó Guillermo.
– ¿No lo adivináis?
– No. Un diente de…
– Sí. Un diente de dragón.
– ¿Y si lo lanzáramos al suelo, surgiría un gigante?
– ¿Quién sabe? No tengo ganas de probarlo. Pero creo que sí. De modo que mejor no tocarlo. Seguidme, la visita continúa.
«¿Por qué razón -pensó Guillermo-, me muestra todo esto? ¿Adónde quiere ir a parar? ¿Qué espera de mí? En cualquier caso, si quería impresionarme, es evidente que lo ha conseguido. ¡En Tierra Santa no poseemos ni la décima parte de todas estas maravillas!»
Manuel descendió un corto tramo de escalones, que conducía a una puerta de acero oscuro. Después de abrirla por medio de un mecanismo que Guillermo no llegó a ver totalmente, pero que consistía en un sistema de ruedas con muescas que formaban un codo al girar sobre sí mismas, el emperador invitó a Guillermo a precederle.
Esta nueva sala estaba totalmente sumergida en la oscuridad, pero en ella -al contrario que en la precedente- no reinaba el silencio. Silbidos, ruidos de criaturas que se arrastraban por el polvo… ¡Serpientes!
Guillermo retrocedió un paso, pero el secretario del emperador le puso la mano en el hombro.
– ¡Mostrad al emperador que no tenéis nada que ver con este espantoso asunto y entrad!
Inmediatamente, grandes gotas de sudor perlaron la espalda y la frente de Guillermo, que se armó de valor y balbució una corta plegaria, destinada a apartar de su camino a las fuerzas del mal. El primer paso que dio al penetrar en ese lúgubre recinto le confirmó que su plegaria funcionaba; dio un segundo paso, y luego un tercero.
Un guardia lanzó una antorcha al suelo, y Guillermo vio centenares de reptiles. Pequeños, grandes, delgados como un dedo o gruesos como el brazo. Rayados, moteados, con manchas redondas o de color uniforme. Con la piel fina, o al contrario, mudándola y arrastrando su vieja piel tras ellos. Algunos no se movían, mientras que otros se desplazaban a una velocidad pasmosa, pasando sobre el dorso y luego bajo el vientre de sus congéneres, moviendo la cola, mostrando los colmillos, agitando una lengua bífida como la del Diablo. La antorcha, que había creado un círculo de luz en torno a Guillermo, mantenía a las serpientes a distancia.
Entonces, coincidiendo con el chirrido de una puerta que se cerraba, el emperador dijo a Guillermo:
– ¡Si sobrevives, te creeré!
La puerta se cerró de golpe, y Guillermo sintió un pánico infinito.
Al ver que la llama de la antorcha bajaba de intensidad y que el círculo de arena en el que se hallaba se llenaba poco a poco de serpientes, a Guillermo no se le ocurrió nada mejor que ponerse en las manos de Dios. Y en las de Masada. ¿Cuál de los dos le fue más útil? Guillermo siempre se negó a reconocerlo, pero tal vez fuera el segundo; porque, apretando contra sí el bastón con cabeza de dragón, murmuró para sí mismo: «¡Vamos, si Masada no me engañó, este bastón es el de Moisés, de modo que debería gobernar a las serpientes!».
– ¡Serpientes! ¡Apartaos!
Silbidos de serpientes que se agitaban mirando a Guillermo. Lenguas, dientes, ojos vueltos hacia él. El círculo ya no disminuía de tamaño, pero tampoco se ensanchaba.
– ¡Serpientes! ¡Retroceded!
Esta vez las serpientes retrocedieron. Solo unas pulgadas, pero lo suficiente para que Guillermo pudiera recoger la antorcha y volver sobre sus pasos. Evidentemente la puerta estaba cerrada. Mientras agitaba la antorcha y el bastón para mantener a las serpientes a distancia, Guillermo pegó la oreja a la puerta y escuchó. Pero no oyó nada. Entonces, desesperado, y no sabiendo cuándo iría a buscarle el emperador (ni siquiera si volvería), Guillermo avanzó por la habitación. ¿Había una salida? Le pareció que sí, ya que un pasillo se perdía en la oscuridad, más allá del halo luminoso de la antorcha. Cuando una serpiente se acercaba demasiado, Guillermo la golpeaba con el bastón, y aunque el golpe no la matara, bastaba para alejarla.
«¡A fe mía que este es un bastón poderoso! -sonrió Guillermo-. ¿Quién sabe si no mataría a un dragón?»
Cobró ánimos y dio algunos pasos por el pasillo, que resultó formar parte de un laberinto. El cadáver de una anciana estaba tendido en el suelo. Sus ropas, de estilo oriental, eran las de una extranjera. Por lo visto, Guillermo no había sido el primero en despertar las sospechas del emperador.
– No has muerto en vano -dijo Guillermo a la difunta.
Se inclinó hacia ella, espantando con su bastón a las serpientes que se habían enrollado en su caja torácica, y le rompió la mano.
– Bien -dijo hablando en voz alta para infundirse valor-, ya que tengo que afrontar este laberinto, más vale que empiece enseguida.
Rompió una de las falanges de la mano del esqueleto y la dejó en el suelo. Le serviría de referencia en caso de que volviera sobre sus pasos. Luego eligió ir a la izquierda, a la izquierda, y de nuevo a la izquierda. Ya vería si tropezaba con un callejón sin salida o si giraba en círculos. Extrañamente, ya no tenía miedo. Mejor aún, se sentía inocente.
«Seguro que saldré de esta… ¡Porque yo no he hecho nada!»
En realidad, no era completamente falso, ya que él no tenía nada que ver con la última carta que había recibido el emperador. «Sí. Sí. Saldré de esta. Pero ¿y después? Bien, creo que me lanzaré a los pies del emperador y… ¿Confesaré?»
Guillermo caminó durante un buen rato; volvió sobre sus pasos, eligió otro camino, fue hacia la izquierda, otra vez a la izquierda, y luego a la derecha… Y se encontró de nuevo en el punto de partida. Cambió de camino por tercera vez, luego otra, y una quinta. En vano.
– Veamos, la salida tiene que estar en algún sitio…
Pero no. Ya había utilizado todos los dedos de su esqueleto; se disponía a seccionar la otra mano, cuando oyó detrás de él una serie de chasquidos y luego un chirrido de goznes. Apretando su bastón contra el pecho, Guillermo se volvió y vio cómo se abría la puerta por donde había entrado. El emperador estaba allí, y le contemplaba con expresión satisfecha.
Pero era fatal que quien había atravesado el puente sintiera
al fin cómo la fuerza abandonaba sus manos.
Chrétien de Troyes,
Lanzarote o El Caballero de la Carreta
Era un corredor largo y ancho, con las paredes adornadas con bajorrelieves en forma de dragones. Seis magníficos gongs de oro, colocados a ambos lados del pasillo a intervalos regulares, esperaban a ser golpeados por un mazo suspendido ante cada uno de ellos por una cadena que colgaba del techo. En el extremo del corredor, una pesada puerta de doble batiente debía de proteger el acceso a algún importante tesoro, porque una cabeza humana se encontraba insertada en ella, justo en el centro. Con los labios y los ojos cerrados, la cabeza tenía todo el aspecto de un sabio que estuviera meditando. Hubiera podido parecer viva, de no ser porque era de piedra.
– ¿Otra prueba? -pregunté a Morgennes.
– Es posible.
Mientras observaba los gongs, me pregunté: «¿Habrá un orden preciso para golpearlos? ¿O bien hay que golpear solo uno? ¿O dos? Y en caso de error, ¿cuáles serán las consecuencias? ¿Se abrirá una trampilla en lo alto para verter sobre nosotros un mar de fuego? No, probablemente no. Aquí no hay rastros de quemado. ¿Y si se abre bajo nosotros, para precipitarnos a los abismos?».
Curiosamente la línea de luz se detenía exactamente al pie de los dos primeros gongs. ¿Era premeditado? ¿Tenía un sentido? Lo más extraño era que los bajorrelieves en forma de dragón y los motivos de oro resplandecían, mientras que los gongs permanecían en la oscuridad. Como si la luz no tuviera incidencia sobre ellos.
Me dirigía hacia uno de los mazos colocados ante los gongs para leer lo que había inscrito en ellos, cuando un ruido atrajo mi atención. Era Morgennes. Acababa de llamar a la puerta de piedra, con toda naturalidad, como si llamara a la puerta de su vecino. No me habría sorprendido demasiado si le hubiera oído preguntar: «¿Hay alguien en casa?».
– ¿Qué estás haciendo?
– Oh, nada -respondió Morgennes-. Era solo una idea.
– A propósito de ideas, ¿no te ha parecido extraño que el chino conociera a Shyam?
– Shyam no es china -me recordó Morgennes-. Hablaba chino. Pero su tez cobriza, sus largos cabellos negros, su profundo conocimiento de las especias, su afición por los elefantes y el Kama Sutra, aparte de otras muchas cosas, me hacen pensar que debía de ser originaria de la India.
– Como el Preste Juan…
– Esto es cada vez más raro. Realmente no esperaba oír hablar de Shyam en un lugar como este. Por momentos tengo la impresión de encontrarme en uno de esos cuentos de aventuras que tanto te apasionan.
Pero yo ya no le escuchaba. Había cogido uno de los mazos situados más cerca de la ladera de la montaña para tratar de descifrar la inscripción grabada sobre su mango. De hecho había cuatro -en latín, en griego, en chino, y la última, en una lengua desconocida-, una en cada una de las caras del mango, pero todas decían: «Despierta a los gongs, y el guardián de la puerta se despertará».
– ¿Despertar a los gongs?
Morgennes me miró, vio la línea de luz al pie de los primeros gongs y me dijo:
– ¡Cojamos cada uno un mazo, y a mi señal golpeemos juntos los gongs!
Dicho y hecho. Sujetamos un mazo cada uno, y a una señal de Morgennes, los abatimos sobre los de la primera fila.
El sonido que surgió fue tan potente que creí que las paredes iban a derrumbarse. Pero no ocurrió nada de eso. Al contrario, bajo nuestros ojos maravillados, la línea de luz saltó al pie del tercer y el cuarto gong, mientras los dos primeros se ponían a resplandecer como dos pequeños soles.
– ¡Por el Dios de Jacob! -exclamé.
– ¿Crees que hemos desplazado el sol?
– Vamos a ver.
Una vez fuera, constatamos que el sol no había cambiado de lugar.
De vuelta en el interior, miramos la línea de luz con todo el respeto -o el horror- debido a los fenómenos fantásticos. Ahora, en medio del corredor, aquella luz era para nosotros como la frontera entre lo extraordinario y lo real, y casi temíamos lo que íbamos a encontrar cuando iluminara la puerta con la máscara de piedra.
Una vez más nos colocamos a uno y otro lado del corredor, levantamos simultáneamente los mazos y los dejamos caer al mismo tiempo sobre el tercer y el cuarto gong, que emitieron un sonido más grave y también se pusieron a brillar. Nos pareció que habíamos bajado un peldaño, que habíamos dado un paso más en dirección a los infiernos.
– ¡Sus párpados se han movido! -exclamé, apuntando con el dedo a la máscara de piedra de la puerta.
– Te equivocas. ¡Son sus labios los que se han movido!
– ¡En todo caso, ha reaccionado!
Morgennes se acercó a la máscara. Aparentemente no había cambiado nada. Nada excepto que ahora la luz del día había alcanzado al quinto y al sexto gong, es decir, los últimos. Después de ellos solo quedaba la puerta.
– Ya sabes lo que debemos hacer -dijo Morgennes-. Vamos, valor.
Levanté mi mazo y di la señal a Morgennes:
– ¡A la una! ¡A las dos! ¡A las tres!
Los últimos golpes de gong resonaron, y esta vez penetró tanta luz en el corredor que me vi obligado a cerrar los ojos. Cocotte soltó unos cacareos inquietos y giró en círculos en su jaula, tropezando con los barrotes de metal.
– ¡Morgennes!
La luz disminuyó de intensidad. Y Morgennes abrió los ojos. Pero ¿qué fue lo que vio? Los bajorrelieves en forma de dragón se agitaron en los muros, azotaron el aire con las colas, tendieron las garras hacia el techo, abrieron las fauces y desaparecieron bajo las altas bóvedas del corredor. Ahora solo quedaban los gongs, tan brillantes como estrellas, y la enorme puerta de piedra, que poco a poco cambiaba de aspecto. En efecto, en el momento en el que habíamos golpeado los últimos gongs, la línea de luz había saltado en dirección a la puerta, que ahora iluminaba totalmente. ¿Era a causa de la luz, o a causa del sonido cavernoso de los gongs? En cualquier caso, la puerta se hendía, se resquebrajaba, y el ser que ocupaba su centro salió al fin de su sueño. De sus ojos, profundos y resplandecientes, cayó polvo, su boca escupió pedazos de yeso, y luego unas manos partieron la puerta en mil pedazos. Entre un tronar de piedras derribadas, un ser del tamaño de un niño, blanco como la nieve, fornido como un coloso, apareció en medio del corredor en el lugar donde había estado antes la entrada. Se trataba del hombre cuyo rostro se encontraba antes en el centro de la puerta, que ya solo era ruinas y polvo.
– ¿Una prueba más? -se preguntó Morgennes.
– Es posible -dije yo sonriendo.
En contra de lo que podía esperarse, el enano blanco no nos atacó, sino que nos saludó y nos obsequió con una profunda reverencia.
– Amigos -nos dijo-, ¡os felicito! Nunca, antes de vosotros, había llegado nadie hasta mí.
– ¿Quién sois? -pregunté.
– Mi nombre no tiene ninguna importancia.
– ¿Nos encontramos en las puertas del Paraíso? -inquirió Morgennes.
El enano le dirigió una mirada extraña, esbozó una especie de mueca, y luego dijo:
– ¿No estamos siempre a las puertas del Paraíso?
– ¿Qué protegéis? -continuó Morgennes-. ¿Qué hay tras esta puerta? ¿Sois uno de esos genios buenos que conceden deseos cuando se los libera del frasco donde estaban aprisionados?
– Nones -dijo el enano-. No soy un genio. ¡Simplemente soy el guardián de la puerta que permite acceder a la Ultima Prueba!
– Ah, ya sabía que todavía quedaba una prueba -dije-. Estaba escrito. Y bien, esa prueba, ¿en qué consiste?
– Lo ignoro. Por mi parte, solo soy el humilde guardián de la puerta -repitió el enano haciendo otra reverencia.
– Ahora que esta puerta ya no está -dijo Morgennes-, no veo qué nos impide ir más lejos…
– Yo -dijo el enano-. Porque los que quieran avanzar deberán pasar sobre mi cuerpo.
– ¿Pasar sobre vuestro cuerpo?
– Exacto.
– Perfecto -suspiró Morgennes-. ¡Preparaos!
Y dicho esto, se acercó al enano y trató de apartarlo a un lado. Pero el enano se movió tan poco como si Morgennes hubiera intentado desplazar una montaña.
– ¿No preferís jugar al juego de los enigmas? -le pregunté, viendo las dificultades que tenía Morgennes.
– No -dijo el enano-. Es la norma. Después de la prueba de la cabeza viene la del cuerpo. Es una prueba difícil.
– Escuchad -le dijo Morgennes-, no tengo ganas de haceros daño. Pero si es lo que queréis, no dudaré en emplear la fuerza…
– Para vencerme -prosiguió el enano, impasible-, deberéis recurrir a todo vuestro cuerpo, a vuestros brazos, a vuestras piernas, a vuestros músculos…
– Comprendido -dijo Morgennes.
– Entonces, ¡vamos!
Después de un nuevo saludo, volvió a colocarse en posición, con las manos hacia delante y los dedos abiertos. Como un luchador.
– Sería mejor que abandonaras -dijo Morgennes arremangándose.
– Imposible -dijo el enano.
Morgennes sujetó al enano por la cintura y trató de levantarlo. Pero el enano no se movió ni un milímetro, como si sus pies estuvieran clavados al suelo. Morgennes, jadeando, con el rostro bañado en sudor y rojo como un pimiento, tuvo que detenerse para recuperar el aliento. Luego preguntó al enano:
– ¿Es la sala del trono lo que está ahí, detrás de ti?
– Ya os lo he dicho -dijo el enano-. No lo sé.
– Bien. Continuemos.
Morgennes volvió a arremangarse, y una vez más el enano le saludó, inclinando profundamente el busto.
– ¡Eres muy cortés para ser un guardián!
– ¡Es la norma! -dijo el enano-. Además, ¿no dicen que la cortesía abre todas las puertas?
Morgennes no le escuchaba, porque estaba demasiado ocupado tratando de empujarle, de tirar de él, de zancadillearle y de utilizar todo tipo de presas; siempre en vano. Incluso trató de estrangularle, pero como el enano no respiraba, no sirvió de nada. ¿Y si pasaba a su lado? Por desgracia, el espacio entre el enano y el marco de la puerta no era lo bastante ancho. Cuando Morgennes trataba de deslizarse por él, el enano le bloqueaba inmediatamente el paso; era muy rápido.
– ¡Por el vientre de Dios! ¡Debe haber algún medio!
Morgennes, que había retrocedido un paso, se limpió el polvo de la ropa tratando de aparentar serenidad. No lo consiguió. Aquel enano le horrorizaba… ¡No era un enano, era una roca! ¡Un Krak! Jamás conseguiría moverlo. A menos que utilizara la astucia…
– ¡Te mueves rápido, amigo! Pero si tratáramos de pasar los dos, mi compañero y yo, ¿qué harías?
El enano se limitó a reír burlonamente, y le dijo, ejecutando una nueva reverencia:
– Como deseéis.
En ese momento se me ocurrió una idea. De repente todo me pareció evidente:
– Déjame hacer a mí -dije a Morgennes.
– ¡Pero te harás daño! No, no; soy yo quien debe…
– ¡Apártate!
Morgennes retrocedió un paso y dejó que me acercara al enano, que se inclinó hacia delante para saludarme, con los brazos colgando a lo largo del cuerpo. Le devolví el saludo, lo que tuvo por efecto que el enano exagerara su reverencia. Me doblé, a mi vez, un poco más.
– Empiezo a comprender -dijo Morgennes-. ¡Muy astuto!
Habíamos llegado a un punto en el que tuve que hincar la rodilla en tierra, tan profundo era el saludo del enano. Tan profundo era que se arrodilló y luego se tendió completamente. Yo seguí saludándole, apoyé las manos en el suelo, toqué con la cabeza las losas del corredor, mientras a mi lado Morgennes me imitaba.
Y entonces se produjo el milagro.
El enano saludó tan bajo, tan profundamente, que se hundió en el suelo y desapareció. En el lugar donde había estado el guardián, solo quedó una especie de escalón, un rellano, que invité a franquear a Morgennes con una sonrisa radiante.
– La cortesía abre puertas, ¿verdad? -le dije, orgulloso como un pavo.
– Abre «todas las puertas» -me corrigió Morgennes repitiendo los términos exactos empleados por el enano.
– ¡Eres un mal jugador! -añadí yo riendo.
Entramos en una pequeña sala circular, sumergida a medias en la oscuridad.
En el centro de la habitación, sentado en un trono enmarcado por dos candelabros de siete brazos, un hombre estaba sumergido en la lectura de un libro. Nuestra llegada pareció no preocuparle en absoluto, porque siguió leyendo tranquilamente. Su trono era de madera tallada, adornado con grabados que representaban dragones. Los candelabros difundían la luz justa para permitirle leer, y cuando volvía las páginas, mostraba una sonrisa satisfecha. No era ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado, y su cabeza rubia estaba adornada por una tonsura parecida a la de un monje. Lo más extraño era que a su espalda se erigía un muro desnudo, sin ninguna inscripción, pero con una cabeza de hombre encajada en él como una joya viva. La cabeza, que nos observaba con expresión serena, hacía movimientos con los labios como si quisiera hablar y parpadeaba a veces, dejando ver unos ojos de un azul intenso. Su nariz tenía un perfil griego, y también sus cabellos, cortos y ensortijados, tenían ese tono cobrizo característico de los habitantes de Grecia, y particularmente de Macedonia.
El hombre sentado en el trono volvió una página y una hoja completamente blanca cayó. Entonces cerró el libro y pareció percibir nuestra presencia.
– Ah, por fin estáis aquí -nos dijo.
– ¿Con quién tenemos el honor de hablar? -preguntó Morgennes.
– Yo soy la Última Prueba.
– ¿El guardián de la Última Prueba?
– No. La Última Prueba misma.
– ¿Y en qué consistís? -pregunté yo.
– Habéis llegado a un momento crucial de vuestra vida -nos dijo con una extraña sonrisa-. Ahora tenéis que elegir…
– ¿Elegir?
– ¡Elegir lo que queréis ser!
– Precisamente -dijo Morgennes- he venido hasta aquí con la esperanza de encontrar el objeto de mi búsqueda.
El hombre levantó su mano libre, como para invitarle a callar. Y Morgennes lo hizo.
– No tan deprisa, amigo mío. Tomaos tiempo para reflexionar, y decidme: ¿qué es lo que más deseáis en el mundo?
Morgennes y yo intercambiamos una mirada. ¿Qué era lo que más deseábamos en el mundo? Sin duda no era matar al Preste Juan, contra quien no teníamos nada en particular. Tampoco era encontrar un dragón -en todo caso en lo que a mí se refería-.
Pero confieso que me resultaba bastante difícil reflexionar, porque la cabeza cortada no dejaba de observarnos, lo que me perturbaba.
Finalmente, fue Morgennes el primero en romper el silencio:
– Volver a encontrar a mi familia.
Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Por qué esta respuesta? ¡Era imposible! ¿Acaso Morgennes ya no deseaba ser armado caballero? ¿Vengar a los suyos? Como para tranquilizarme, mi compañero me dirigió una sonrisa. Tenía la expresión serena de la gente que sabe lo que hace.
– ¿Y vos? -me preguntó el hombre del libro-. ¿Habéis elegido?
– No es asunto fácil… Creo que…
Varias respuestas me daban vueltas en la cabeza. Como a Morgennes, también a mí me gustaría volver a ver a mis padres. Pero, aunque, a diferencia de él, a veces me olvidaba de sus rostros o de sus voces, sabía que Dios me había dado el poder de devolverlos a la vida, gracias a la escritura.
– Vencer a la muerte -dije.
– ¡Co, co, co! -cacareó Cocotte.
– Muy bien -replicó el hombre-. Os he escuchado. Y a ti también -añadió dirigiéndose a Cocotte.
Luego, a modo de despedida, nos dijo.
– Ya solo os queda llevarlo a cabo y volver a verme. Pero sobre todo no olvidéis esto: ¡cuando los dioses quieren castigarnos, hacen que se cumplan nuestros deseos!
Comprendimos que había llegado el momento de marcharnos. Ya nos dirigíamos hacia la salida, cuando, no pudiendo contener la curiosidad por más tiempo, pregunté al hombre del libro:
– ¿Puedo saber qué leéis?
– ¡Desde luego!
Me mostró el título de la obra, y luego continuó la lectura. Extrañamente, me pareció ver que la página en blanco de hacía un momento estaba ahora llena de frases, como si una pluma mágica hubiera escrito en ella durante nuestra conversación.
Di las gracias al hombre del libro y volví junto a Morgennes, que rae esperaba en el corredor. Es una lástima que en ese momento no me volviera por última vez, pues si lo hubiera hecho, tal vez habría visto cómo la cabeza cortada apuntaba en mi dirección una lengua de serpiente. No, eso no lo vi; pero lo que vi no me sorprendió menos.
Porque, en el mismo instante en el que Morgennes y yo salíamos del corredor, tropezamos con una treintena de soldados, vestidos con armaduras y túnicas naranjas; su jefe nos dijo en un francés perfecto:
– ¡Señores, os arresto por haber osado violar la entrada del Monasterio Prohibido y haber participado en el robo del Arca de Noé!
¡Vamos, buscad, registradlo todo de arriba abajo,
muy cerca de aquí o muy lejos!
Chrétien de Troyes,
Cligès
Mientras una joven esclava rubia de ojos garzos le servía una copa de vino, Manuel Comneno preguntó a Guillermo:
– ¿Qué os ha parecido el Laberinto de la Verdad?
Guillermo, que aún tenía la espalda cubierta del sudor frío que le había provocado su estancia entre las serpientes, se secó la frente con ayuda de un paño de algodón, se lavó las manos en un lebrillo de agua clara y respondió:
– Instructivo, como mínimo. Sin embargo, hay varias cosas que me inquietan.
– Hablad.
– En primer lugar, me gustaría saber si me esperan otras pruebas, o si puedo disfrutar con toda tranquilidad de estos ágapes. En segundo lugar, me gustaría comprender para qué sirve un laberinto que no tiene salida.
– Comed. No temáis -le respondió Manuel-. Os doy mi palabra de que no trataré de probaros ni de perjudicaros. Esta pequeña prueba tenía por objeto verificar si mis suposiciones estaban fundadas.
– ¿Vuestras suposiciones?
– Para empezar, esas primeras cartas para empujarme a entrar en guerra a vuestro lado. Luego, esta mañana, esta última carta para asustarme. No pueden ser del mismo autor. Sospeché de vos en el caso de las primeras, pero sobre esta última más bien pienso…
– ¿En los egipcios?
– Exacto, Guillermo. Y más concretamente en algunos de entre ellos. Estoy pensando en los maléficos ofitas, que están presentes en el entorno próximo del califa al-Adid y siempre están dispuestos a manipular a los poderosos.
– ¿Los ofitas? Son adoradores de la serpiente…
Pero el emperador ya no le escuchaba, y continuó, como si hablara para sí mismo:
– ¡Ah, ese laberinto! Lo encuentro tan interesante…
– ¡Pero si no tiene salida! -repitió Guillermo.
– ¿Quién ha dicho que forzosamente tenga que haber una? Yo opino que está hecho a imagen de la vida. Uno cree entrar en algún sitio, busca su camino protegiéndose de la mejor manera de los peligros, y luego muere después de haber dado vueltas en vano. ¿No es una perfecta metáfora de nuestro destino?
– Pero, si no he entendido mal -prosiguió Guillermo-, solo se tiene la posibilidad de buscar si se es inocente. De otro modo, uno muere mordido por las serpientes…
– ¡De hecho, los inocentes también mueren!
– Ya veo. Entonces, ¿el esqueleto que he visto en el laberinto…? ¿Era inocente o culpable, esa mujer?
– ¡Ah, mi maestra de las especias! Trató de envenenarme haciendo que me sirvieran un plato demasiado especiado para mi gusto. Pero en fin, no hablemos más de ello. ¡Disfrutad de la fiesta!
Con un gesto de la mano, que hizo que entrechocaran sus innumerables brazaletes, cadenitas y colgantes, Manuel dio la señal para el inicio de las celebraciones. Tres juglares vestidos con trajes de colores vivos entraron en la sala y empezaron a tocar el laúd. Las esclavas sirvieron bebidas y viandas a los invitados; fue una lluvia de vituallas digna del Olimpo, ya que se sirvió ambrosía y todo tipo de manjares muy apreciados por los dioses.
Guillermo se fijó en que el emperador había hecho que debajo de él se arrodillara un humilde anciano que llevaba las manos y los pies atados con cadenas de oro. ¿Quién era ese hombre? Guillermo no habría sabido decirlo, pero el anciano mantenía inclinada su cabeza calva y no decía ni una palabra mientras Manuel vertía vino sobre su espalda desnuda o se secaba las manos con su taparrabos.
Por una confidencia de Colomán, el maestro de las milicias, se enteró de que se trataba de un dios de la Antigüedad, quizá el propio Apolo, capturado por uno de los mercenarios del emperador, un tal Morgennes.
– ¡Morgennes! -exclamó Guillermo-. ¡Pero si le conozco! Fui yo quien le aconsejó que abandonara el reino de Jerusalén, donde nadie estaba dispuesto a reconocer su valor.
– Enseguida vi de qué madera estaba hecho -se jactó Colomán-. Me recordaba a un viejo amigo, un excelente soldado que, como Morgennes, tenía algunas dificultades para…
Colomán pareció perderse en sus recuerdos y no terminó la frase.
– ¿Obedecer órdenes? -preguntó Guillermo.
– Sí -dijo Colomán volviendo a la realidad-. De hecho, creo que cuando haya cumplido su decimotercera misión, el emperador no le confiará ninguna más. Probablemente, Morgennes acabará su carrera en el circo, en compañía de gladiadores…
– ¿Puedo saber en qué consiste su decimotercera y última misión?
– En matar al Preste Juan -dijo Colomán, llevándose a la boca una cucharada de huevos de hormiga.
– Ah -dijo Guillermo.
Tragó con dificultad un grano de uva y, para cambiar de tema, preguntó al megaduque Colomán:
– Ese anciano de ahí, ¿realmente es un dios?
– El emperador lo cree -dijo encogiéndose de hombros-. ¿Os atreveríais a contradecirle?
– ¡Desde luego que no!
Un esclavo instaló entre Guillermo y Colomán una mesa baja, sobre la cual otro esclavo depositó una bandeja de plata que contenía pollo troceado mezclado con arroz y almendras. Guillermo iba a comer con los dedos, pero al ver que Colomán utilizaba cubiertos para llevarse la comida a la boca, le imitó. Un guiso de cordero con especias, acompañado de un gratinado de berenjenas, siguió al pollo; luego, de postre, les sirvieron higos, dátiles, uvas pasas y queso fresco. Algunos esclavos se mantenían a disposición de los invitados, ya fuera para abanicarlos o para verter agua en sus manos y limpiárselas con una servilleta de lino blanco muy agradable al tacto. Guillermo bebió un poco de vino, pero le encontró sabor a resina, por lo que prefirió tomar té. Hacia el final de la comida, les llevaron virutas de jabón para lavarse la barba, y una joven interpretó con una lira una agradable pastoral mientras servían dulces y pasteles en abundancia.
Guillermo estaba encantado, pero al mismo tiempo estaba también ansioso por volver a casa. Allí se encontraba fuera de lugar. Finalmente, Manuel, que durante todo el banquete casi no le había dirigido la palabra, se volvió hacia él para preguntarle:
– ¿Qué opináis de los mentirosos?
Guillermo se sobresaltó.
– Bien, mi señor, yo diría que saben hacerse amigos.
– ¿Y no lo logran quienes dicen la verdad?
– No. Estos, por desgracia, tanto si dicen la verdad como si dicen simplemente lo que piensan, solo atraen hacia sí odio. Cuando se trata de decir lo que desagrada, claro está.
– ¿De verdad?
– La complacencia engendra la amistad, pero de la verdad nace el odio.
– Entonces creo que os encontraríais a gusto con el Preste Juan.
Guillermo mantuvo una calma olímpica, y se contentó con decir:
– ¿Puedo preguntaros por qué?
– ¿No recordáis lo que estaba escrito en una de aquellas cartas? «Entre nosotros nadie miente ni puede mentir. Y si alguien empieza a mentir, muere enseguida.»
– ¡Ah sí! -dijo Guillermo-. Desde luego, lo recuerdo.
El final de su frase se perdió en un soplo inaudible, porque no estaba seguro de saber hasta qué punto era prudente recordarlo.
– Según los ofitas, las serpientes de mi laberinto podrían proceder del reino del Preste Juan -prosiguió Manuel-. ¿No os parece extraño eso?
– Sí, mi señor.
Manuel bebió un trago de té y miró fijamente a Guillermo.
– Creo que ese reino es insoportable. ¿No estáis de acuerdo conmigo?
Guillermo guardó silencio. ¿Qué podía hacer? ¿Darle la razón a Manuel? ¿O no hacerlo? ¿O peor aún, confesar su crimen? ¿Lanzarse a los pies del emperador y confesar lo que había tenido que hacer para inducirlo a entrar en guerra con Amaury? Su labio inferior tembló ligeramente; estaba dudando sobre el siguiente paso que debía dar cuando su mirada se cruzó con la del anciano que servía de reposapiés al emperador. El viejo había levantado ligeramente la cabeza y le dirigía una mirada intensa. Como todos los ojos estaban centrados en el embajador de Amaury, nadie vio cómo le instaba a guardar silencio sacudiendo la cabeza.
De todos modos, Guillermo se sentía -como en el Laberinto de la Verdad- inocente. Sí, forzosamente debía ser inocente. No podía entrar en los designios del Altísimo apoyar a un mentiroso. De modo que, adoptando la más humilde de las conductas dictadas por la diplomacia, Guillermo respondió:
– No sé lo suficiente sobre él como para haberme formado una opinión.
Guillermo tenía la desagradable impresión de ser el ratón con el que el gato se divierte.
– Contadme -prosiguió el emperador, abandonándose con deleite a las manos expertas de una masajista oriental- de qué manera la Compañía del Dragón Blanco salvó la vida de vuestro rey y de sus hombres en la campaña de Egipto. Fue un desastre, ¿no?
Guillermo clavó su mirada en la del emperador, y admitió:
– Sí, mi señor. Un desastre como se viven pocos. Y si la Compañía del Dragón Blanco no hubiera estado ahí para recoger a bordo de su extraña nave al ejército del rey y al de los hospitalarios, es muy probable que el reino de Jerusalén…
– No fuera hoy más que un pálido recuerdo -le interrumpió el emperador, sonriendo bajo la caricia de los dedos de su masajista.
– El rey y su ejército habían tomado posiciones en torno a Bilbais -explicó Guillermo-. La asediaban, cuando Chawar, el visir del califa de Egipto, tuvo una idea diabólica. Dio orden a sus tropas de romper los diques del Nilo. Entonces, una montaña de agua se abatió sobre Bilbais y los caballeros estacionados en la llanura. Protegida por las murallas, la ciudad sahó más o menos bien parada, pero los francos perecieron a miles. La mayoría de los infantes sucumbieron, y sus cadáveres acabaron flotando con los de los perros y los camellos. Finalmente, algunos caballeros (entre ellos el rey y su corte) consiguieron refugiarse de las alturas en los alrededores de la ciudad; en el techo de una casa, en la copa de un árbol o en una pequeña colina. El rey veía cómo las aguas subían y subían, y se desesperaba. ¿Es que no iban a bajar nunca? La noche caía y las aguas seguían creciendo. Parecía que el propio Nilo tomara parte en el combate. Como una inmensa serpiente de agua, había encerrado a Amaury en una trampa líquida. Y ahí estaba el rey, con su senescal a su lado, y la bandera restallando al viento de la noche. ¿Qué esperanza le queda sobre ese pequeño monte que las aguas del Nilo erosionan sin cesar? Es como los primeros hombres en el momento del diluvio. Espera. Confía. Reza, y se pone en manos de Dios. Pero Noé no está ahí desde hace varios siglos. ¿Quién irá? ¿Quién puede acudir? ¡ La Compañía del Dragón Blanco! Ved ese extraño navío que surge bajo un rayo de luna. ¡Las aguas se apartan a su paso, temerosas, porque en verdad es una segunda Arca de Noé! Se acerca entonces a cada uno de los caballeros, y un gigante llamado Gargano les ayuda a subir a bordo. La noche pasa, y el sol vuelve a aparecer. Pero lo que ven los egipcios no es un ejército aniquilado, no es una terrible derrota infligida a los francos. No, lo que ven es nada. El desierto… Y a lo lejos, muy lejos en dirección a Oriente, una mancha. Un punto que se desplaza, es el Arca de Noé que traslada hacia Jaffa los restos del ejército del rey.
– ¡Soberbio! -dijo Manuel Comneno aplaudiendo-. ¡Magnífico!
Toda la sala vibró bajo los aplausos y los gritos de éxtasis. ¡Magnífico! ¡Bravo! Pero ¿a quién aplaudían? ¿Al narrador? ¿A Amaury? ¿A la Compañía del Dragón Blanco? Guillermo se inclinaba por esto último. Y lo que siguió le dio la razón, porque Manuel le dijo:
– Ya veis. Os había prevenido. ¡Egipto no es una bagatela! Sin nuestra ayuda estaríais perdidos. De modo que escuchad mis consejos. Id a ver a vuestro rey y decidle que no se impaciente. ¡Os conozco, a los francos! Sois tan impetuosos, estáis tan seguros de vosotros mismos, tan llenos de empuje y de bravura… ¡En el primer asalto! Porque luego, si por desgracia tropezáis con la menor dificultad, temporizáis, habláis, tergiversáis, discutís, polemizáis, valoráis los pros y los contras y filosofáis. Os mostráis como los reyes de la indecisión. ¡Y entonces estáis acabados! Ya no valéis nada para el segundo asalto. Señor embajador, nuestros arsenales necesitan un año para construir la flota que os he prometido. Hasta ese momento no os mováis. O mejor dicho, ¡buscad! Indagad, porque…
El emperador hizo una pausa. Cerró los ojos, y siguió hablando sin mirar siquiera a su interlocutor:
– ¿Supongo que habréis leído el Libro de Daniel?
– Sí, mi señor -dijo Guillermo.
– Entonces sabréis sin duda que en él se menciona un culto a los dragones, establecido en Babilonia…
– Cierto -reconoció Guillermo-, pero Babilonia…
– ¡Es El Cairo! Como sabéis, Babilonia sirve a la vez para designar a Babilonia o Babel, y también, y sobre todo, a la ciudad vieja de El Cairo, llamada igualmente Fustat. Pues bien, yo os digo que en Fustat existe una secta de adoradores de dragones, los ofitas, que sin duda ha desempeñado un papel tanto en las cartas del Preste Juan como en el desastroso fracaso de vuestro rey en Egipto.
– ¿Puedo preguntar a mi señor qué le permite afirmarlo?
– Fuimos nosotros los que enviamos a la Compañía del Dragón Blanco a Egipto, para investigar a los ofitas y los dragones. Sí, los dragones existen, y no únicamente en las páginas de la Biblia o en la imaginación de nuestros contemporáneos. Los dragones existen, y para vencerlos solo conozco dos medios: la verdad y Crucífera, la espada de san Jorge. Necesitamos esta espada. Sin ella, sería vano esperar someter a El Cairo.
Estas palabras las había proferido con los ojos cerrados, y sin embargo, Guillermo sintió toda la urgencia que contenían. ¡Sí, Crucífera! La espada de san Jorge, el último de los cazadores de dragones.
– Pero ¿dónde se encuentra?
– Si lo supiera -dijo Manuel-, hace tiempo que el problema egipcio no sería tal. De modo que mal haya Roma y Jerusalén, y basta de bromas. Vuestros juegos ya no me divierten, Guillermo. Ha llegado la hora de la guerra. Y no habéis sido vosotros los que me habéis decidido a entrar en ella, ni los ofitas (a los que tal vez complacería verme derrocar a los chiítas musulmanes para dejarles a ellos el campo libre). Yo también tengo una herencia que defender y un hijo a quien transmitirla. Solo soy el eslabón de una cadena, y no tengo intención de ceder.
– ¿Qué proponéis?
– Decid al rey Amaury que me espere, porque nunca se sabe qué funestos acontecimientos podrían producirse si partiera de nuevo en campaña, solo. Sé que anda escaso de oro y no puede disponer de todos los mercenarios que querría. Sé que carece de caballeros y de material. Egipto rebosa riquezas, es cierto. Pero nosotros también. El nervio de la guerra es el dinero; que espere, pues, y lance a alguno de sus hombres tras las huellas de Crucífera. ¡Buscad, registradlo todo, muy cerca de aquí o muy lejos! ¡Revolved Lydda, la ciudad donde se venera a san Jorge, de arriba abajo! Encontrad su tumba. ¡Poned El Cairo patas arriba! Porque, si tengo que creer en los augurios, cuando los egipcios ataquen, irán acompañados por dragones. ¡Y nosotros debemos tener, por tanto, draconoctes!
– ¿Draconoctes?
– Cazadores de dragones. Esos caballeros que tienen por emblema a san Jorge y a mis dos guardias (hablo de los que montan a mis dragoncillos) como ilustración…
– Muy bien -dijo Guillermo-. Transmitiré esas palabras a mi soberano, y os prometo que haremos todo lo que esté en nuestra mano para…
– Sé que quiere volver a casarse.
– Cierto, pero cómo…
– Que deje de buscar. Si encuentra a Crucífera, le daré en matrimonio a mi sobrina nieta. Esto sellará la unión de nuestras familias y de nuestras patrias.
– Os damos las gracias, mi señor.
Dicho esto, Guillermo se levantó de su lecho y dirigió al emperador Manuel Comneno una profunda reverencia.
– He soñado -dijo al basileo- con un poderoso emperador que vendría a vernos y nos diría, como el profeta Jeremías a Judá: «Tomad esta espada, de parte de Dios. ¡Y venced!».
El emperador le dirigió una amplia sonrisa, y chasqueando los dedos indicó a su esclava que fuera a ocuparse de Guillermo. Este empezaba a sonrojarse, incómodo, cuando uno de los guardias del emperador irrumpió en la sala e hincó la rodilla ante Colomán.
– Señor, deberíais venir…
– ¿Qué ocurre, Kunar Sell? -preguntó Colomán al guardia, al que conocía bien, pues lo había formado él mismo. -Ha llegado un regalo.
– ¡Un regalo! -exclamó el basileo.
– ¿Tan grave es? -inquirió Guillermo.
– Nosotros, los griegos, siempre desconfiamos de los regalos -le respondió Colomán, y luego, volviéndose hacia Kunar Sell, le ordenó-: ¡Será mejor que lo traigas aquí!
– Es que -dijo Kunar Sell- no es un simple regalo…
– ¿Qué es, entonces?
Unos instantes más tarde, tras muchos jadeos, luxaciones y torsiones de espalda, una veintena de esclavos, dirigidos por el látigo de Kunar Sell, depositaron en el centro de la sala de los diecinueve lechos una increíble escultura en forma de elefante de tamaño natural, tallada en el más puro de los marfiles.
– ¿Será una pieza de ajedrez? -se preguntó Manuel Comneno en voz alta-. En ese caso me gustaría ver el tablero.
Una cinta rosa, de la que pendía un pergamino, estaba anudada en torno al elefante. Manuel Comneno ordenó a uno de los esclavos que soltara el pergamino y lo tendió a su secretario para que lo leyera. Este era el contenido del mensaje: «Para agradecer a su señoría, el emperador de los griegos, el magnífico tablero de ajedrez que nos ha enviado, os ruego que aceptéis este espléndido elefante de marfil, de un valor inestimable ya que perteneció a la reina de Saba, cuyo ilustre descendiente soy. Estoy seguro de que ocupará un lugar de privilegio entre vuestra colección de objetos preciosos y reliquias».
Manuel dudó un momento. Los acontecimientos se precipitaban. Pero había un problema: nunca había enviado un tablero de ajedrez a nadie. Alguien, en algún lugar, trataba de ponerle en ridículo. Abandonó precipitadamente la sala, y Colomán ordenó a la guardia que rodeara al elefante. Luego, sacando su propia espada de la vaina, el maestro de las milicias dio la señal de ataque. Una docena de hombres armados con pesadas hachas se lanzaron al asalto del elefante. Pronto el caparazón empezó a dar muestras de flaqueza, y tres soldados, negros como el hollín, cayeron de sus entrañas. Rápidamente fueron descuartizados, y el suelo se cubrió de sangre y de vísceras. Luego Kunar Sell subió al elefante para inspeccionarlo. Pero solo había un espacio muy reducido, que apestaba a cerrado. Los asesinos debían de haber penetrado en el interior del elefante la víspera o la antevíspera, y allí habían esperado el momento de pasar a la acción. ¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? ¿Realmente habían sido enviados por ese maldito, y misterioso, Preste Juan? Era demasiado tarde para hallar respuesta a estas preguntas, aunque Guillermo había descubierto entre las ropas de los cadáveres algo que podía esclarecer, en parte, el enigma.
– Mirad -dijo, mostrando a Colomán una pequeña moneda cuadrada sumamente extraña.
En una de sus caras aparecía una pirámide con un ojo en el centro, y en la otra, un dragón coronado con esta inscripción: «Presbyter Johannes. Per Dei gratiam Cosmocrator».
En verdad os digo que absolutamente todas las especies
de peces, de bestias salvajes, de aves aladas o de hombres
se encontraban allí fielmente esculpidas y grabadas.
Chrétien de Troyes,
Erec y Enid
El viento soplaba, alisando la superficie nevada de la montaña donde nos retenían prisioneros. Soplaba y soplaba, y todo lo que oíamos era una melodía sorda y delicada, una sucesión de caricias indistintas, roce de seda cuando se separa del cuerpo, canto de la tela bajo la que nos deslizamos para un largo y profundo sueño.
A veces cerraba los ojos, me apoyaba en Morgennes y esperaba. ¿Cuánto tiempo permanecimos así, encadenados el uno al otro, en un reducto que no era mucho mayor que una tumba? ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Un invierno entero? ¿Por qué nadie venía a buscarnos? ¿Nos habían olvidado?
A veces Morgennes tendía las manos hacia las rejas por encima de nuestras cabezas y rascaba la nieve con las uñas. Era un trabajo difícil, debido a las cadenas que nos rodeaban las muñecas. A intervalos regulares, me traía un poco del fruto de su cosecha:
– ¡Traga!
Ya no tenía fuerzas para obedecerle. Entonces, delicadamente, me abría la boca e introducía con los dedos algunos pedacitos de nieve. Yo tenía demasiado frío, demasiada hambre, para decir nada. Pero le miraba, tratando de hablarle con los ojos. Le decía: «Gracias, gracias…».
Como una madre que aprieta a su hijo contra su seno, me apretaba contra su pecho y me transmitía su calor. Probablemente eso fue lo que me salvó. Y digo «me» y no «nos» porque Morgennes no parecía sufrir como nosotros, pobres humanos, por la acción de los elementos. El calor, el frío, le dejaban prácticamente indiferente.
De los soldados que nos habían arrojado a este calabozo, algunos eran habitantes de la región, y otros eran originarios de Francia o de Egipto. Por uno de ellos nos habíamos enterado de que nos encontrábamos en el interior de la zona de los montes Caspios, que marcaban la frontera occidental del imperio del Preste Juan y constituían el territorio de los peligrosos gogs y magogs.
– Os encontráis en lo que queda de los últimos territorios de Alejandro Magno -me dijo-. Nosotros veneramos al Conquistador y protegemos el Arca, para que nadie venga nunca a bajarla del lugar donde el Altísimo la colocó.
– ¿Y los dragones? -pregunté.
El hombre me miró, y luego volvió a unirse a su columna. Por lo visto, era un tema tabú. Pero tal vez los dragones habitaran en esa especie de cavernas perforadas en las laderas de la montaña hacia la que nos dirigíamos. Allí, después de varios días de marcha agotadora, nos quitaron las cadenas. Morgennes y yo estábamos extenuados, y en cuanto los soldados nos desataron de sus caballos, me desplomé, demasiado agotado para permanecer en pie. Bajo la amenaza de sus armas, los soldados nos condujeron entonces a este agujero infame excavado en la nieve.
– ¿De qué nos acusáis? -les pregunté con un hilo de voz.
– ¡Silencio, gusanos! -gritó el oficial que lucía un casco con un penacho de plumas naranja. Él era quien nos había arrestado-. ¡No contentos con haber violado la entrada del Monasterio Prohibido, formabais parte, además, del equipo que robó el Arca! ¡Confesad que venís de Constantinopla!
¿Robar el Arca de Noé? Pero ¿de qué estaba hablando?
– Sí, es verdad que venimos de Constantinopla -reconoció Morgennes-, pero no tenemos nada que ver con los ladrones del Arca. Ni siquiera sabíamos que estaba en estos parajes.
Mientras hablaba, recordó los esquemas que había visto en el palacio de Colomán. Durante varios años, ni un solo navío había salido de los arsenales de Constantinopla, porque estaban demasiado ocupados reparando, en el mayor de los secretos, un navío del que nadie sabía nada. Un aprendiz de mercenario le había contado un día a Morgennes que los trabajos no avanzaban porque los ingenieros de Manuel Comneno esperaban la llegada de un experto, procedente de Francia. «¿Podía ser que ese experto fuera Filomena?»
– ¿Qué pensáis hacer con nosotros? -preguntó al oficial.
– ¡Silencio!
Acto seguido se apoderaron de Cocotte y nos confiscaron nuestro equipo, pero nos dejaron las ropas que ahora llevábamos. La nieve y el frío llegaron muy deprisa. Una mañana, o mejor dicho, una noche… -no; efectivamente era por la mañana, aunque ya no había luz-, Morgennes y yo nos despertamos en medio de la penumbra y el silencio. Iba a decir algo, a hablar de mi sorpresa, pero Morgennes me puso un dedo en la boca e hizo: «Chisss…».
¿Cuánto tiempo hace? Mi mente se aferra al desfilar de los días. ¿Cuánto tiempo? ¿Por qué me importa tanto saberlo? Y cuando llegue la respuesta, ya sea en días, semanas o meses, ¿qué cambiará? ¿Cuánto tiempo? ¡Tengo que saberlo, o me volveré loco! El tiempo es ahora todo lo que tengo. Acurrucado contra Morgennes, escucho los latidos de su corazón. Palpita lentamente. Comparado con el suyo, el mío suena como un redoble de tambor. Es imposible. Seguramente estoy soñando, como he soñado todo lo que precede.
Suavemente, Morgennes posó la mano en mi hombro y me despertó.
– Es invierno -murmuró-. Es mi aniversario…
Vuelvo a dormirme.
Morgennes pronto tendrá treinta años. Así pues, ya nunca será armado caballero. Es demasiado viejo. Todo lo que puede esperar, como mucho, si un día vuelve a Jerusalén, es acabar como hermano sargento de la Orden del Hospital. ¡Después de todo, es monje! ¡No es poca cosa ser hermano portero! ¿Y yo? Yo soy mayor que Morgennes. Ya debería haber sido ordenado sacerdote.
Vuelvo a dormirme.
Un poco de frío en la garganta. Morgennes me da de comer nieve. No abro los ojos. Pero en algún lugar, en el fondo de mi ser, pienso: «Gracias, Dios mío. Gracias».
Vuelvo a dormirme…
Oigo cómo tañen las campanas. Se acabó. Son las del monasterio. El de Saint-Pierre de Beauvais. ¡Así que estamos salvados! Puedo seguir durmiendo tranquilamente.
– Vamos, ya es hora -dice Morgennes.
No, déjame. Todo va bien ahora. Hemos vuelto…
– ¡Vamos, es hora de levantarse!
Me sacude, me zarandea violentamente.
¿Qué haces? ¡Déjame tranquilo, estoy bien!
– ¡Levántate! ¡Cocotte ha puesto un huevo!
Abro los ojos. No. Trato de abrir los ojos, pero no lo consigo. ¿O los he abierto ya? No. Un soplo sobre mis párpados. Es Morgennes. Su aliento me calienta las pestañas, pegadas por el hielo. Abro los ojos por fin. Pero el mundo está cerrado. Porque todo es gris, negro o blanco. Morgennes está ahí, bajo una rendija de luz, donde ha excavado una galería.
– ¡Tenemos que salir! -dice sacudiéndome.
– Dormir un poco más.
– Ya has dormido bastante. Hace varios días que duermes. ¡Basta! ¡Despierta!
– Pero… ¿y los demás? -consigo balbucir.
– Están muertos.
– ¡Muertos!
Brutal aflujo de sangre en mis venas. «¡Muertos!» Esta simple palabra me revigoriza. Por fin vuelvo a ser dueño de mí mismo. Me levanto, y me desplomo a los pies de Morgennes, que me sujeta por debajo del brazo y me levanta. Me sostiene contra él. Él es yo. Yo soy él. Formamos una única carne. Qué importa, pues, que muera… Aunque…
– ¿Y Cocotte? Has dicho que había puesto un huevo.
– Mentía. Era para que te despertaras.
Levanté la mirada. Un delgado tubo de luz conducía hacia el exterior, entre dos barrotes de metal oxidado.
Morgennes desgarró la poca ropa que le quedaba para enrollármela en torno a las manos, los brazos y el torso.
– Ayúdate con tus cadenas…
– Y el cielo te ayudará -dije yo con una débil sonrisa. -¿Ves?, ya estás mejor. ¡Vamos! ¡Piensa en Cocotte!
Morgennes me aupó hacia arriba y me encontré de cara a la nieve, con la nariz hundida en la blancura y con el cielo sobre la cabeza. Fijé como referencia esa mancha de azul y no aparté la vista de ella. Y me puse a cavar, sin pensar en nada.
Me encontré al aire libre, con la cabeza unas pulgadas por encima de la superficie del suelo. ¿Qué decir? «Nieve en el horizonte», habría gritado el vigía de un barco. «¡Vamos, un esfuerzo más, mi pequeño Chrétien, y pronto nacerás! Salir de este entorno frío te sentará de maravilla.»
Pero en realidad hacía más frío fuera que en el interior, y yo dudaba si abandonar mi nido… Solo que no tenía elección. Morgennes me empujaba con tanta fuerza que me encontré reptando sobre la nieve, arrastrando tras de mí, como un cordón umbilical, la cadena con la que nos habían atado los pies y las manos. Tiré, y Morgennes emergió a su vez a la luz del día. Me sonrió. ¿No era esa nuestra victoria más hermosa? ¿La más maravillosa ascensión que nunca habíamos realizado?
– ¡Salvados! ¡Estamos salvados! -le dije.
Estuve a punto de saltarle al cuello. Pero vi que se desplazaba doblado en dos. ¡Tenía frío, temblaba!
– ¡Morgennes!
A decir verdad, aquello no tenía nada de extraordinario, ya que estaba completamente desnudo y soplaba el viento. Morgennes se había despojado de todo para dármelo a mí, y solo llevaba encima esa cadena inmunda que se adhería a mis dedos ensangrentados y se le pegaba a la piel. Si seguía tirando, iba a despellejarlo vivo. Debía aflojarla, pero no lo conseguía. Una serpiente de metal nos había aprisionado en sus anillos.
– ¡Morgennes!
Se puso a llover. Corrimos hacia una cavidad en la montaña, un hueco lo bastante grande como para poner a resguardo los caballos. El suelo estaba cubierto de paja podrida, y sobre ella, muertos. Cadáveres de caballos con el vientre abierto y la carne blanca, congelada. Y restos de seres humanos. Lo más extraño era la expresión de sus rostros: habían sufrido atrozmente. En su cuerpo -supongo que el frío había contribuido a retrasar la descomposición- se veían rastros de hinchazones.
La muerte silenciosa había ido a visitarles, y en cambio, nos había perdonado a nosotros.
– ¿De qué han muerto?
– De peste -me dijo fríamente Morgennes.
– ¿Cómo lo sabes?
Me mostró una rata reventada en un rincón de la cueva. No lo entendía. ¿Qué relación tenía aquello con la peste? Morgennes me explicó que había leído en El libro del tiempo (esa obra antigua que había robado para Manuel Comneno) que las ratas estaban, si no en el origen, sí al menos ligadas a la peste.
– ¿Y Cocotte?
Se encogió de hombros. Como yo, esperaba que estuviera bien, pero no se hacía ilusiones sobre su suerte.
– En cuanto a nosotros -me dijo Morgennes-, creo que ya no tenemos nada que temer. La epidemia debe de haber pasado.
Se acercó a uno de los cadáveres, y reconoció al oficial que nos había arrestado. Sin decir palabra, lo despojó de su túnica naranja.
– Si encontrara un arma, podría romper esta cadena y vestirme…
Miramos por todas partes, y al final dimos con las herramientas de un difunto herrero.
– ¡Perfecto!
Empuñó un pesado martillo y lo abatió varias veces contra la cadena, que acabó por partirse. ¡Libres! Froté mis doloridas muñecas, me di un masaje en las pantorrillas y dirigí una franca y cálida sonrisa a Morgennes.
– Gracias. Sin ti…
– Sin mí nunca te habrías encontrado en esta situación. Estarías…
– Estaría muerto… -le dije.
– ¿Muerto?
– Sí, destripado por una multitud enfurecida en Arras. O pudriéndome en una prisión peor que la que acabamos de abandonar… ¡Recuerda el huevo roto!
– Pero ¿qué viste para asustarte tanto? ¿Puedes decírmelo ahora?
Miré a Morgennes y le prometí:
– Te lo diré, sí; pero no ahora. Cuando estemos seguros, en un lugar… que no sea este, calientes, ante una buena comida y junto a un buen fuego. Entonces te lo diré todo. Te lo juro. Te contaré todo lo que sé…
Al cabo de un rato, la lluvia dejó de caer, y abandonamos la cueva. Morgennes aún arrastraba su cadena.
– ¿No quieres dejarla?
La hizo girar en el aire, y me dijo:
– ¡Es mi arma! ¿Me preguntabas con qué pensaba vencer al dragón? ¡Lo haré con ella!
Su cadena producía un zumbido aterrador, parecido al de mil colmenas encolerizadas.
Las pequeñas construcciones adheridas a las paredes de la montaña me recordaban esas almejas pegadas a la roca que la marea baja deja al descubierto. Cuando las registramos, encontramos otros cadáveres. Ese pueblo estaba muerto.
– Prendámosle fuego -dijo Morgennes.
Una llama lamió el cielo, fundiendo la nieve a su alrededor. Además de calentarnos, purgaba esos lugares de la enfermedad y de todo el mal que se había instalado en ellos. Morgennes y yo rogamos por el descanso de los muertos.
Al caer la noche, la hoguera todavía ardía. Aprovechamos su luz para seguir explorando ese extraño paraje. Tenía cierto parecido con las cavernas de Capadocia, el país natal de san Jorge: grutas comunicadas entre sí, alojamientos rupestres donde rudas poblaciones se esforzaban en sobrevivir, apartadas del mundo.
Los agujeros en la montaña que tanto me habían intrigado a nuestra llegada resultaron ser una especie de graneros, donde se almacenaban alimentos, armas, armaduras y materiales diversos. Y aunque allí encontramos nuestro equipo (del que os ahorraré la enumeración, pero que comprendía, entre otras cosas, la cruz de bronce de Morgennes y mi draconita), no vimos ni la punta de la cola de un dragón, si exceptuamos los que aparecían aquí y allá en una serie de frescos gigantescos, pintados directamente en la roca, donde también estaban representados todo tipo de peces, bestias salvajes y pájaros alados a los que Noé había invitado a subir al Arca.
En ellos, los dragones ocupaban un puesto de privilegio, como si en esas montañas se les rindiera culto. Sin embargo, los que aquí veíamos no se parecían en absoluto a los monstruos que imaginábamos en nuestras tierras; porque aunque, como ellos, surcaban los cielos, estaban desprovistos de alas y ondulaban entre las nubes como las serpientes en la hierba. El dragón de esta región nos pareció un poco burlesco. Su mirada, su forma de presentar las garras y de correr tras una nube reflejaban una especie de picardía que no tenía nada de hostil. Era casi un animal doméstico. Pero no encontramos nada que nos permitiera saber más sobre él. Lo que para Morgennes fue una decepción.
Una decepción que se tiñó de tristeza cuando encontramos el gallinero, porque solo quedaban un montón de plumas y huesos dispersos. Parecía como si un ejército de lobos se hubiera dado un festín, mordiendo y devorando a todas las gallinas que habían atrapado en sus fauces.
Ni Morgennes ni yo proferimos una sola palabra; era difícil saber si entre las plumas que veíamos pegadas a los muros mezcladas con sangre se encontraban las de Cocotte. En todo caso, estaba claro que en este lugar no quedaba nada vivo.
– Ven -me dijo Morgennes-. No nos quedemos aquí.
Ya se disponía a lanzar su antorcha al interior del gallinero, para que corriera la misma suerte que el resto del pueblo, cuando distinguí un reflejo rojo. ¡Una pequeña pluma! La pluma revoloteó en el aire, describió dos o tres círculos girando sobre sí misma, y fue a posarse sobre una superficie redonda y lisa, del color de la caliza.
– ¡Un huevo!
Morgennes levantó su antorcha e iluminó un huevo, misteriosamente salvado de la matanza.
– ¡Un huevo de Cocotte! ¡Un huevo de Cocotte!
Estaba convencido de que era suyo. La pluma lo cubrió delicadamente, como para mostrármelo. Lentamente me acerqué al huevo y lo cogí.
Pero en ese momento oí el tañido de una campana. Esta vez estaba seguro, no lo había soñado.
– No -me confirmó Morgennes-, no estás soñando…
No era momento de discutir, y los dos miramos en dirección al tañido de la campana, que se dejó oír de nuevo. En realidad eran campanillas, o cascabeles; en medio de un torbellino de bruma y de polvo blanco, vimos surgir un cortejo de hombres y caballos, cuyas formas difusas empezaron a perfilarse cada vez más nítidamente.
Dos personas marchaban en cabeza, una cubierta con una capa, y la otra con un velo. Sus rasgos aún no sé distinguían con claridad, estaban demasiado lejos, y la nieve y el viento difuminaban las líneas. Todo era confuso. Sin embargo, creímos reconocer… No, era imposible, puesto que estaban muertos.
No me atrevía a pronunciar los nombres que me quemaban en los labios, pero Morgennes lo hizo por mí:
– ¿Sibila? ¿Thierry?
¿Estábamos delirando? Nos parecía reconocer, en efecto, en el hombre y la mujer que empezábamos a distinguir en este instante, al conde de Flandes y a su esposa, Sibila. Y si ellos estaban allí, significaba que estábamos en el Paraíso.
Y que estábamos muertos.
Pero no, porque la bruma se disipó, y entonces vimos que se dirigían hacia nosotros un hombre y una mujer que no conocíamos. Detrás de ellos avanzaba bamboleándose un carromato con las armas del papado; sus ruedas revestidas de hierro dejaban en el polvo la marca de dos serpientes.
El hombre, vestido con una gruesa piel y calzado con botas forradas, se acercó jadeando, como si hubiera realizado un gran esfuerzo. Curiosamente parecía aliviado. El grueso collar de barba negra, su mirada inquisidora, que abrazaba todo lo que le rodeaba, y su manera de guardar las distancias, lo identificaban como un clérigo o un diplomático de alto rango. Cuando estuvo solo a unos pasos de nosotros, nos inspeccionó de arriba abajo sin preocuparse de guardar las formas, como si se encontrara frente a unos bárbaros, dudó en hincar la rodilla en tierra, pero preguntó de todos modos a Morgennes:
– ¿Sois el Preste Juan?
Diría que os burláis de mí. ¿De verdad os estáis burlando?
Chrétien de Troyes,
Guillermo de Inglaterra
Amaury tuvo un sueño.
Se encontraba en Jerusalén, en el Santo Sepulcro, en el momento de su coronación. El patriarca aún no le había colocado la corona sobre la cabeza, y Amaury esperaba rezando, con la mirada humildemente baja y las manos unidas en un gesto piadoso. Pero mientras recitaba algunas frases latinas que no entendía en absoluto y que aparentemente no tenían ningún sentido, Amaury se sintió extrañamente solo. Levantó un párpado y constató que frente a él no había patriarca ni niños del coro, y que las dos velas colocadas junto al altar brillaban con una luz extraña.
Un movimiento a su espalda atrajo su atención. Al mirar atrás, distinguió unas serpientes que se deslizaban entre los bancos del Santo Sepulcro, descendían a lo largo de los pilares, de las cortinas, surgían del interior de las vidrieras, salían del suelo, de las juntas de las losas… Y luego emergían de entre sus propios dedos.
Amaury lanzó un grito y se levantó para ir a coger su espada, pero entonces se dio cuenta de que iba vestido con una túnica de lino blanco y de que se había despojado de sus armas -como en los primeros tiempos del Santo Sepulcro, cuando el reglamento prohibía que entraran las mujeres y los hombres armados o con intenciones belicosas.
Llamando a sus hombres, aunque era incapaz de pronunciar nada que no fueran palabras entrecortadas, tartamudeando aún más que de costumbre, Amaury se dirigió apresuradamente hacia la doble puerta de la iglesia. Pero estaba cerrada con llave, y de la cerradura salían áspides. Retrocedió, volvió junto al altar y se arrodilló valerosamente en medio de los reptiles, al pie de la Vera Cruz. Allí, mientras balbucía una oración, vio cómo el relicario de oro y piedras preciosas donde estaba insertada la Santa Cruz ondulaba, se hinchaba, se resquebrajaba y luego se partía en dos y vomitaba culebras.
Amaury despertó bruscamente, con el cuerpo bañado en sudor. Incluso en los inviernos más fríos, como este, a menudo le arrancaba de su sueño una desagradable sensación de ahogamiento. Pero esta vez era distinto. Como un gran insecto que inspeccionara con sus antenas la crisálida en la que se había encerrado antes de su transformación, Amaury palpó con la palma de la mano las sábanas en las que se había envuelto. Estaban húmedas. Pero no era eso lo que más le incomodaba. En cuántas ocasiones se había despertado, de niño, en sábanas húmedas de orina, de adolescente, en sábanas manchadas de semen, o de adulto, en sábanas húmedas de transpiración. Infinidad de veces. No, lo que más le sorprendía era que no se sentía los brazos, ni el derecho ni el izquierdo… Redoblando esfuerzos por liberarse, consiguió por fin extraer uno de sus miembros…, ¡que se había transformado en víbora!
Amaury despertó, esta vez de verdad. Con el corazón palpitante y los brazos entumecidos, gritó:
– ¡Chambelán!
En el pasillo que daba a su habitación sonaron unos pasos, la puerta se abrió, y el chambelán apareció en el umbral.
– ¡P-p-por fin llegas! -dijo Amaury-. ¿Dónde estamos?
– Majestad, no comprendo…
– ¿Dónde estoy? ¿Qué lugar es este?
– Majestad, estáis en el Krak de los Caballeros, adónde habéis querido acudir para inspeccionar los trabajos de acondicionamiento y ver en persona el increíble descubrimiento realizado por los hospitalarios en el curso de la obra.
– Ah, sí, es verdad -balbució Amaury-. Tenía la mente un poco confusa por una p-p-pesadilla…
– ¿Un mal sueño?
– ¡Una p-p-pesadilla, acabo de decírtelo! ¿Dónde están Alfa y Omega?
– A vuestros pies, majestad, como siempre.
El chambelán y Amaury miraron al pie de la cama, y vieron un gran cojín acolchado de terciopelo rojo con el hueco que habían dejado los perros; pero los animales no estaban.
– ¡Alfa! -gritó el rey.
– ¡Omega! -llamó el chambelán.
Eso desencadenó la ira de Amaury, que le amonestó:
– ¡P-p-pero qué estás haciendo! ¿Te burlas de mí? ¿No querrás llamar a mi hijo, ya puestos? Solo yo tengo derecho a llamar a mis p-p-perros. ¡Alfa! ¡Omega!
Ruborizado por la confusión, el chambelán se retorció las manos mientras se decía que nunca más volvería a aceptar un puesto semejante. Ocuparse de la casa del rey, de sus finanzas, era por regla general un cargo particularmente ambicionado. Pero con Amaury nada era normal. Nunca se sabía qué antojo le vendría a la cabeza, qué decretos promulgaría, qué órdenes -a cual más extravagante- daría.
A cuatro patas sobre las losas del Krak, Amaury buscó bajo su mesa y bajo su sillón; entonces tuvo la idea de mirar bajo la cama. Y allí encontró por fin a sus dos bassets, encogidos, temblando desde las patas hasta el extremo de la cola.
Después de haberlos depositado en su cama, Amaury se volvió hacia su chambelán, levantó los brazos para que le ayudara a quitarse el camisón y preguntó:
– ¿Dónde estabas?
– Majestad, estaba junto a vuestra puerta, tal como mi deber…
– ¿D-d-dormías?
– Majestad…
– ¿Y bien? ¿D-d-dormías?
– Yo, hummm… Sí. Perdón, majestad.
– Chis, chis, no necesito oír tus exc-c-cusas. Lo que quiero saber es dónde estabas.
– Pero majestad, acabo de deciros…
– Sí, sí, junto a mi p-p-puerta…
Desnudo, Amaury dio unos pasos por la habitación y se dirigió hacia la ventana, mostrando al chambelán sus grandes nalgas llenas de granos rojos. Este cerró los ojos, y luego volvió a abrirlos, diciéndose que después de todo había visto cosas peores. (Pensaba en el par de senos, de lo más femeninos, que colgaban del pecho de su rey.) Bufando como un buey, Amaury efectuó una serie de ejercicios físicos, y luego se volvió hacia su chambelán para que le ayudara a vestirse.
– ¿Y bien? -prosiguió el rey.
– Majestad, no comprendo vuestra pregunta…
– P-p-pues es muy clara -balbució Amaury-. He tenido una p-p-pesadilla, en el curso de la cual me encontraba en Jerusalén, en el Santo Sepulcro. Me atacaban unas serpientes, y yo p-p-pedía ayuda, pero nadie acudía. ¿Por qué?
– Su majestad debe de burlarse de mí -dijo el chambelán, cada vez más confundido-. No tengo el poder de intervenir en los sueños.
– ¡Pues es una lástima! Porque me encontraba en una p-p-posición extremadamente enojosa. ¡Créeme, no olvidaré t-t-tan fácilmente que tú, el patriarca, mis guardias, senescal, condestable y tu-tu-tutti quanti no hicisteis nada cuando os necesitaba tanto!
– Sí, majestad. Perdón, majestad.
– La próxima vez, t-t-trata de intervenir…
– Desde luego, majestad.
Los dos bassets ladraron, gruñeron al chambelán, y saltaron a los brazos de Amaury cuando este acabó de embutirse en el grueso manto de piel de oso que su chambelán le había ayudado a ponerse.
Unos instantes más tarde, los dos hombres atravesaban el patio principal del Krak de los Caballeros, realzado por su nuevo muro exterior. Hospitalarios y guardias reales se levantaron al paso de Amaury para saludarle. Luego el rey se dirigió hacia la gran sala del Krak, donde le esperaban el comendador de los hospitalarios, Gilberto de Assailly, y algunos pares del reino, así como un misterioso individuo, totalmente vestido de cuero negro, que pretendía ser el «embajador extraordinario del Preste Juan».
Este título había impresionado vivamente a Amaury, a quien habían informado sus espías del escándalo provocado en Constantinopla por ese enigmático Preste Juan. ¿Legendario o real? En cualquier caso, no cabía duda de que el emisario que se había presentado la noche anterior en el Krak de los Caballeros existía. Por eso Amaury estaba impaciente por oírle hablar de su fabuloso reino y de la ayuda que pensaba proporcionarle en sus proyectos de conquista.
– Sobre todo le pediré que nos preste oro, a cambio de la Vera Cruz…
En el patio, una forma corrió hacia una puerta, la abrió y desapareció por ella precipitadamente. Amaury fingió que no la había visto. Debía de ser una mujer, una de las escasas sirvientas admitidas al servicio de los hospitalarios. Sin embargo, igual que en Jerusalén, Amaury había ordenado:
– ¡No quiero mujeres en mi camino!
Cierto que tenía muchas ganas de encontrar una nueva esposa, pero debería ser alguien excepcional. Por otra parte, Amaury no tenía ningunas ganas de facilitar las cosas a sus nobles. Su celibato le proporcionaba una buena excusa para fastidiarlos.
Cuando entró en la gran sala del Krak, donde acababan de servir una colación a la decena de hospitalarios presentes, Amaury constató que el ambiente era sombrío. Después de depositar a sus bassets sobre la paja, para que fueran a comer en compañía de los hermanos castigados por pequeñas faltas, soltó un eructo atronador, se aclaró la garganta y escupió al suelo.
– ¡Eso ya está mejor! -dijo, con una amplia sonrisa, en dirección al embajador extraordinario.
Era imposible precisar el sexo de ese individuo, ya que una máscara de cuero negro le ocultaba el rostro y no dejaba ver más que dos ojos negros que evocaban vagamente los de las serpientes. Un látigo terminado en puntas guarnecidas de púas colgaba de su cinturón, y llevaba en los zapatos unas impresionantes espuelas, de una decena de pulgadas de largo, prolongadas por una boca de dragón. Una gruesa capa de cuero negro, que se podía cerrar por delante, colgaba, arrugada, sobre sus hombros, como después de una larga jornada de camino.
– ¿Habéis tenido buen viaje, señor embajador extraordinario? ¿O debo decir señora embajadora extraordinaria? -inquirió Amaury.
– Señor -precisó el embajador con una ligera reverencia-. Estas son mis cartas credenciales.
Entrechocó los talones y hundió su mano enguantada de cuero en un zurrón que llevaba atado al muslo. Sacó de él un fino rollo de pergamino, cerrado con un sello. Amaury lo examinó, admiró el trabajo, que representaba el ojo en el centro de la pirámide, y preguntó, mientras rompía el sello:
– Venís de lejos, si he entendido bien.
– En efecto -dijo el embajador-. Del otro lado de los montes Caspios. Partí ayer.
– ¿Ayer? Me parece p-p-poco tiempo para un trayecto tan largo.
– Es que viajo a lomos de un dragón, majestad. Como todos los diplomáticos y correos del emperador.
– ¿A lomos de un dragón? Humm…, debe de ser práctico para transportar el equipaje. ¿Y dónde habéis dejado a vuestro dragón? ¿En los establos?
– ¡No, majestad! Habría devorado a todos vuestros caballos, lo que supondría una mala forma de entrar en materia. Le he permitido volver a los cielos, que son su única morada.
– ¿Y cómo lo llamaréis cuando queráis partir de nuevo?
– Con esto, majestad.
El embajador del Preste Juan mostró a Amaury una cadena, en cuyo extremo colgaba un silbato de plata que representaba a un dragón.
– Me basta con soplar, y mi dragón acude.
– Qué ingenioso -dijo Amaury.
Pero ya no le escuchaba. Mientras estudiaba con mirada distraída las credenciales del embajador, le preguntó:
– Embajador P-p-palamedes, ¿estáis versado de algún modo en la ciencia de los sueños?
– ¿Puedo preguntar a su majestad por qué me hace esta pregunta?
– Es que esta noche he tenido una espantosa pesadilla, ¿sabéis? -dijo Amaury, insistiendo en la palabra «pesadilla» y mirando a su chambelán directamente a los ojos.
– Será un honor ayudar a su majestad, si puedo…
Amaury contó su sueño, y concluyó diciendo:
– ¡Qué lástima que mi querido Guillermo t-t-todavía no haya vuelto de Constantinopla! Él, al menos, habría sabido descifrar mi sueño. Es muy bueno en oniromancia, ¡y ese es solo uno de los numerosos d-d-dominios en los que destaca!
– Majestad, si me permitís, estas serpientes…
– ¿Sí? -preguntó Amaury, interesado.
– Son dragones…
– ¡Lo sabía! -exclamó Amaury, golpeando la mesa con el puño, lo que hizo que todo el mundo se sobresaltara-. Entonces, necesitaríamos…
– Yo puedo ayudaros, los dragones son muy comunes en nuestro reino.
– Sí, sí, claro. Pero necesitamos a ese caballero, ¿c-c-cómo se llama? El que ajustó las cuentas a un dragón durante mi co-co-coronación…
– ¿San Jorge? -preguntó Gilberto de Assailly, temiendo lo peor.
– ¿Qué decís? ¿Me tomáis por idiota? -tronó Amaury-. Os estoy hablando de ese juglar, el que representaba el papel de san Jorge…
– ¡Ah! Sí, ya veo -dijo Keu de Chènevière-. Un caballero ciertamente peculiar. Pero ya no recuerdo cómo se llamaba. Mor… algo… ¿Morbeno? ¿Mordomo?
– Se llamaba Morgennes -dijo el joven hermano Alexis de Beaujeu-. Y no era caballero.
– ¿Ah no? -se extrañó Amaury-. Habrá que corregir eso… ¡Un hombre que no teme enfrentarse a un dragón debe ser armado caballero al instante!
En la gran sala nadie dijo nada. Como ocurría a menudo, con Amaury nunca se sabía si se estaba haciendo el tonto o si quería probar a los suyos.
– En cualquier caso -prosiguió Gilberto de Assailly-, los dragones se encuentran justamente en el centro de nuestros problemas. Y hay que felicitarse por la llegada de su excelencia el embajador extraordinario, justo en el momento en el que nuestros hermanos del Krak han hecho este pasmoso descubrimiento…
– Bien, bien -dijo Amaury con aire pensativo-. Creo que ha llegado el momento de hacer una exposición de la situación a nuestro nuevo amigo.
– Si su majestad lo permite, yo puedo encargarme -propuso Gilberto de Assailly.
– ¡Adelante, pues!
– Esta es la situación: no podremos aguantar mucho tiempo en Jerusalén si no nos apoderamos de Egipto. Pronto hará dos años que Nur al-Din multiplica sus ataques contra los flancos orientales del Líbano. En la batalla de Harim, nos infligió una derrota memorable e hizo prisionero al conde de Trípoli.
– Al que echamos en falta -interrumpió Amaury.
– ¡Desde luego! -exclamaron a coro todos los hospitalarios presentes en la sala. El hecho de que Amaury reemplazara a Raimundo de Trípoli durante su cautividad contribuyó a que su respuesta fuera aún más vigorosa y sincera.
– De todos modos, no insistáis demasiado -dijo Amaury-. He comprendido.
– En resumen -prosiguió Gilberto de Assailly-, la situación es extremadamente compleja; y no hay que olvidar que no sabemos todavía si las conversaciones mantenidas por Guillermo en Constantinopla han dado fruto.
– Lo d-d-darán, podéis estar seguro -dijo Amaury-. Conozco a Guillermo mejor que nadie. Y todo lo que emprende se ve co-co-coronado siempre por el éxito.
– Más recientemente -continuó Gilberto de Assailly-, el brazo ejecutor de Nur al-Din, el infame general Shirkuh, ha atacado Transjordania, donde ha destruido una plaza fuerte que los templarios habían construido en una gruta, justo al sur de Ammán. La pinza se cierra… Tenemos que actuar, y rápido. No podemos permanecer aquí con los brazos cruzados esperando a saber si el emperador de Constantinopla se digna concedernos su ayuda y qué forma adoptará esta…
– Sin embargo -le interrumpió Amaury-, sabéis que nos faltan t-t-tropas. Atacar Egipto en este momento supondría dejar desguarnecido el condado de Trípoli y el norte del reino. Y eso sería c-c-conceder una ventaja inestimable a Nur al-Din.
– Necesitáis refuerzos -dijo el embajador del Preste Juan.
– Evidentemente -dijo Amaury-. Y no dejamos de buscarlos, en t-t-todas partes. ¡Incluso he escrito t-t-tres veces al rey de Francia, pero no he recibido una sola respuesta! Ni un centavo, ni la sombra de un soldado. Nada. ¡Niente! ¡Piel de zobb, como dicen los árabes! -exclamó, haciendo chasquear el pulgar en la boca.
– Conozco bien Egipto -explicó el embajador del Preste Juan-. El reino es un fruto maduro que no tardará en caer, siempre que se sepa dónde y cómo cogerlo. Deberíais ir allí y establecer un protectorado. Estoy seguro de que Chawar, el visir del califa, sabrá acogeros con todas las atenciones debidas a vuestro rango. Podéis contar con él. ¡Y convertirlo en el nuevo califa de Egipto!
– La última vez estuve a p-p-punto de perder la vida allí, junto con todos mis hombres -recordó Amaury-. Si esa C-c-compañía del Dragón Blanco no hubiera acudido a salvarnos, ahora en lo alto de las mezquitas de Jerusalén brillaría una horrible media luna de oro, en lugar de las magníficas cruces que hemos hecho c-c-colocar en ellas…
– Esperar a los griegos -señaló Gilberto de Assailly- es exponerse a tener que repartir con ellos… Y comprometerse con los rivales de Roma. Ya han vuelto a apoderarse de la iglesia de Antioquía. ¿No querréis, majestad, que sea también en Constantinopla donde se decida quién debe ocupar la cabeza de las iglesias de Trípoli, de Jerusalén, de Acre o de Tiro?
– No, no, desde luego -dijo Amaury-. Pero los griegos son p-p-poderosos, son ricos… ¿Qué son dos años? ¡Ah, si tan solo aceptarais -dijo dirigiéndose a Palamedes- prestarnos t-t-tres millones de besantes! En prenda de vuestra buena fe, claro está…
– Majestad, me parece un poco prematuro…
– Majestad -cortó Gilberto de Assailly-, si mi plan no os complace, creo que ha llegado el momento de que abandone mi cargo de comendador de los hospitalarios y vaya a terminar mis días en alguno de nuestros monasterios, en Inglaterra, donde nací.
Amaury hizo un gesto, como diciendo: «Haced lo que prefiráis, poco me importa», lo que desencadenó la cólera de algunos nobles presentes en la sala, y particularmente la del más poderoso de entre ellos: el barón de Ibelín.
– ¡Yo afirmo, majestad -intervino este con vehemencia-, que hay que aprovechar las informaciones que posee el señor embajador extraordinario y atacar sin esperar más!
– Escucha, tú -dijo Amaury al barón de Ibelín-, ¿quién crees que eres p-p-para hablarme en este tono? ¿Debo recordarte quién te hizo barón?
– Y a vos, majestad, con todo el respeto que os profeso, ¿debo recordaros quién os hizo rey? -dijo el barón volviéndose hacia la asamblea de pares del reino.
Un pesado silencio se hizo en la gran sala, apenas turbado por el mordisqueo de los perros, que roían unos huesos.
– Lo que necesitaríamos -dijo el embajador para rebajar la tensión- es un casus belli…
– ¿Como qué, p-p-por ejemplo? -preguntó Amaury.
– La falta de pago de las sumas prometidas…
– Ya está hecho.
– Atacad -prosiguió el embajador-. De otro modo será vuestro peor enemigo, Nur al-Din, quien lo hará en vuestro lugar. Atacad y os prometo que recibiréis la ayuda de una decena de dragones y de un millar de amazonas.
Caballeros, nobles y hospitalarios intercambiaron miradas de estupefacción. Solo Amaury conservó la calma.
– D-d-dragones… ¿Como el que los hospitalarios han descubierto?
– ¿Cómo decís? -preguntó, sorprendido, el embajador.
Unos instantes más tarde, los dos hombres se encontraban, en compañía del estado mayor de los hospitalarios, de los pares del reino y de una decena de soldados, en los contrafuertes del Yebel al-Teladj, donde se erigía el Krak de los Caballeros. En el polvo se dibujaban los contornos de unos huesos enormes, sobre los que los bassets de Amaury se lanzaron ladrando como locos. Mientras roían esas osamentas prodigiosas, que los guardias rodeaban para indicar sus proporciones al embajador del Preste Juan, Amaury preguntó a este último:
– ¿Hablabais de d-d-dragones como este?
En efecto, bajo sus ojos surgía la silueta de un enorme dragón, de una longitud de varias lanzas. El lomo, el cuello, las patas y las fauces se distinguían claramente; unos obreros trabajaban para liberar las partes restantes de la bestia, de la que solo quedaban los huesos -de una antigüedad de varios miles de años- y algunos globos color de tierra, del tamaño de huevos grandes, que se encontraban en su vientre.
El embajador del Preste Juan abrió los ojos desorbitadamente, pasmado ante aquella visión. Tan pasmado que se quedó sin habla. Esta vez fue Amaury quien rompió el silencio, señalando a sus dos bassets. Uno se esforzaba en arrancar de la montaña una tibia del tamaño de un hombre, mientras el otro orinaba sobre uno de los huevos fosilizados.
– ¿Sabéis qué estaría b-b-bien? -preguntó Amaury al embajador.
– No.
– Un silbato como el vuestro, pero para llamar a mis p-p-perros.
Tal vez sea un fantasma que se ha infiltrado entre nosotros.
Chrétien de Troyes,
Cligès
«Cosa prometida, cosa ardua de cumplir», suelo decir.
Y así ha llegado para mí, Morgennes, la hora de hablarte. Ya he diferido demasiado tiempo el momento de confesarme. Pero ¿por dónde empezar? ¿Por nuestro encuentro, en lo alto de los montes Caspios, con el médico de su santidad Alejandro III? ¿O bien por el encuentro de mi padre con tus padres? Tengo que sopesar hábilmente las dos posibilidades, porque no tienen el mismo peso, por más que tanto la una como la otra hayan hecho inclinar la balanza de un lado y luego del otro. Pero siempre es bueno volver a las fuentes. Y las fuentes, en este caso, son tus padres.
Como te he dicho en muchas ocasiones, tus padres te amaban. Te querían con locura. Oh, no lo digo por ti, desde luego -tú eres quien mejor lo sabe, y nunca lo has olvidado-. No. Lo digo… por mí.
Porque ahora tengo que hablar de mí.
Yo estaba lejos de ser como Morgennes.
– Yo estaba lejos de ser como tú -dije en voz alta-. Cuando era niño, hacia los siete u ocho años, tomé conciencia de que era judío, y por tanto, diferente de la mayoría de los demás chiquillos que poblaban las calles de la ciudad donde vivíamos, mis padres y yo. No, Morgennes, no adoptes este aire de sorpresa. Sé que lo sabes. ¿Te lo dije, o lo adivinaste tú? Poco importa. Lo esencial es que no hayas dicho nada. Has respetado mi silencio, y te lo agradezco. Yo era un niño, y era judío. Judío en el seno de una ciudad -su nombre no tiene mayor importancia y prefiero olvidarlo- donde había tan pocos niños judíos como leprosos. Cinco o seis, en realidad. Y yo era uno de ellos. Imagina mis juegos, en el barrio de la iglesia de Saint-Forbert, cuando para mí no se trataba de divertirme con los otros chicos, sino de ser el destinatario de sus burlas. No de jugar, sino de ser el juguete… Aquel del que los demás se mofan, al que tiran piedras, al que lanzan al río, al que amenazan con quemarle y al que cubren de fango. Sé que lo comprendes. Lo peor es que sus risas me complacían. Sí, yo les comprendía. Porque si hubiera estado en su lugar, es muy probable que también yo me hubiese burlado del judío que era. De modo que aprobaba sus risas. E incluso lamentaba no poder ofrecerles más. Pero para eso habría tenido que ser un poco más lisiado, tartamudo, deforme o leproso. Dios, en su infinita bondad, me había bendecido con una única «tara» (a mis ojos), aunque era suficiente tara: yo era judío. Mi padre me decía: «Aprenderás a vivir con ello». Y yo preguntaba: «¿Estoy obligado a vivir con ello, aunque no tenga ganas?».
– No tienes elección.
– ¡Estoy seguro de que sí!
Para probárselo, me mutilaba, como si mi judaísmo fuera una verruga que se pudiera extirpar. Llevaba siempre la estola de tela amarilla que nos señalaba como judíos a ojos de los goyim, y proclamaba mis orígenes en cualquier circunstancia hablando hebreo, citando la Torá a la menor ocasión, prestando (¡con ocho años!) a seis por uno… En realidad, ahora me doy cuenta, quería hacer pagar a mis padres y a Dios mi judaísmo. Lo que quería era ser como los demás. Ni más ni menos. Ser un cristiano, ir a misa todos los domingos, ayunar los viernes… ¿Qué puede haber más banal? Blanco, cristiano, cretino. Así, al menos, habría sido feliz.
Pero aunque era blanco y no podía ser más bobo, no era cristiano.
«¿Por qué no soy cristiano?»
Mis padres nunca respondían a esta pregunta. Mi padre, que había seguido, en Troyes, las enseñanzas del célebre erudito Rachi, me repetía a menudo que todo eso no contaba. Que poco importaba el camino en el que Dios nos había colocado, con tal de que creyéramos en Él.
«Pero entonces, ¿por qué no cambiar de camino? Si se sigue creyendo…»
¿Es posible, realmente, cambiar de camino? Para eso, yo habría tenido que cambiar de nombre y de padres, porque el camino en el que Dios me había colocado era también el camino en el que ellos se encontraban, y desde hacía más tiempo que yo.
Cambiar de camino… Eso decidí hacer, siendo aún muy joven.
No puedes hacerte idea de hasta qué punto las palabras de tu padre, cuando te dijo que fueras hacia la cruz, tienen sentido para mí. Porque eso fue lo que hice. Supliqué a mis padres que cambiaran de religión y se convirtieran al cristianismo, por amor a mí. Les pedí que eligieran entre Dios y yo. Mi padre me adoraba, y mi madre también; pero ella era ante todo judía, y no podía evitar temblar ante la mera posibilidad de no seguir siéndolo hasta el fin de sus días. Esta pareja, que yo había visto tan unida y amorosa, se separó por mi causa. En cierto modo, ese día, el día en el que mi padre me llevó a una iglesia para hacerse bautizar conmigo, matamos a mi madre.
Porque cuando salimos, cristianos los dos, un grito retumbó en la casa, y vinieron a decirle a mi padre: «Vuestra mujer ha muerto…».
Pues bien, ya estaba hecho. Yo estaba maldito. Y era cristiano. Mi cólera y mi pena eran tan grandes que decidí serlo hasta el final. Lancé mi antiguo nombre a las ortigas, y tomé este: «Chrétien». Lo peor era que me sentía aliviado. Mi madre estaba muerta, porque no había visto (o no había querido ver) a mi padre renegando de su fe y de la de sus antepasados. O mejor, no me había visto, a mí, abjurar de sus entrañas… Mejor aún, lo poco de «judío» que me quedaba acababa de irse, de desaparecer para siempre con ella.
Mi padre y yo abandonamos la Broce-aux -Juifs, donde él practicaba el oficio de cirujano barbero. Ah, ya veo cómo tus ojos adquieren un brillo nuevo. Sí, mi padre era cirujano… Y no un cirujano cualquiera. ¡Era el mejor de todos! Puedo decirlo porque puso tanta rabia y tanta tenacidad en destacar en su oficio como yo lo había puesto en cambiar de religión. Lo sabía todo del cuerpo humano, de sus humores, de los hilos invisibles que lo unen a las estrellas y a Dios. Diría incluso que lo que desconocía de la medicina apenas habría llenado un dedal.
Y decir que yo lo atribuía a su conversión y a la muerte de mi madre…
Era demasiado joven para comprenderlo. Porque, aunque soy mayor que tú, no lo soy mucho más… Y un día, en una noche de invierno, poco antes de morir, me habló.
Yo había decidido tomar los hábitos, para ser un perfecto cristiano, y contar aventuras que mostraran a gentes y rutas que se entrecruzaban. (Ya sabes de qué estoy hablando.) Mi padre me llamó a la cabecera de su cama, y sus dedos hurgaron bajo su camisa -exactamente como tú haces cuando buscas la cruz de bronce de tu padre, o como lo hago yo para mostrarte esto.
Saqué de debajo de mi camisa esta piedra extraña, mezcla de negro y blanco entrelazados, en la que parecía distinguirse el dibujo de un dragón.
– Es una draconita.
Morgennes puso su mano encima, y sintió una violenta descarga. Instantáneamente la retiró, como si se hubiera quemado. Lo que había visto… Imágenes que cruzaban por su mente. Imágenes que representaban cosas indescriptibles en palabras humanas, percibidas por una criatura que tampoco tenía nada de humano. Imágenes que su memoria no pudo registrar y que se deshilacharon como semillas de diente de león en el viento del verano.
– ¿Qué es esto? -me preguntó.
– A decir verdad, no lo sé muy bien. Su nombre es «draconita». Tu padre, que había hecho un largo viaje por Oriente, en busca de especias y de plantas para dar a tu madre, la trajo de su periplo. Algunos dicen que es una piedra caída del cielo. Otros pretenden que se trata del ojo de un dragón. En cualquier caso simboliza la vida y la muerte, un bien por un mal, un mal por un bien, el equilibrio de los extremos.
Morgennes no apartaba los ojos de la piedra. Sus contornos parecían ondear, como bajo el efecto de un fuego poderoso.
– ¿Por qué no puedo cogerla? -preguntó Morgennes.
– Porque no puede ser cogida. Solo puede ser dada. Un hombre la dio, por una razón que ignoro, a tu padre, que la dio a mi padre, que me la dio a mí… Y yo te la doy a ti -dije depositando la piedra en las manos entreabiertas de Morgennes.
Esta vez no sintió nada especial. Era como si la piedra se hubiera adormecido. Como un pequeño animal, hacía la siesta en el hueco de la mano de Morgennes, que la volvió de un lado y de otro, y se sorprendió al ver que presentaba invariablemente la misma cara.
– Decididamente esta piedra es muy rara -dijo Morgennes-. Mira, le doy la vuelta, la giro otra vez, y siempre veo el mismo dibujo. Como si se desplazara en la superficie de la piedra para permanecer constantemente bajo nuestros ojos.
– Sí. Lo sé. Esta piedra tiene muchos poderes. Y mi padre no excluía la hipótesis de que…
– ¿sí?
– Mi padre a menudo hacía referencia a la posibilidad de que tu madre hubiera quedado encinta gracias a esta piedra, y no a las hierbas y las especias que tu padre le había dado.
Morgennes se levantó de un salto.
– ¡Es absurdo! Todo esto no tiene ningún sentido, y te diré por qué. ¡Porque mis padres tuvieron otro hijo después de mí, y ya no tenían la piedra! ¿Cómo explicas eso?
– No lo explico. No soy de ese tipo de gente que busca una explicación a todo. Creo que hay fenómenos que no tienen ni causa ni solución. Escucha, no hago más que repetir las palabras de mi padre. Pensé que te interesaría. Ahora, dime: ¿te hablaron tus padres de las circunstancias de tu nacimiento?
– No. Pero sé que no estaba solo en el vientre de mi madre. Siempre he tenido la sensación de que había alguien junto a mí…
Se llevó la mano derecha al mentón, al lugar exacto donde se encontraba la pequeña marca blanca en forma de mano.
– Erais dos, Morgennes. Estabais tú y una niña: tu hermana gemela. Tu nacimiento fue la prueba más dura de toda la carrera de mi padre; y si mi madre no hubiera muerto poco después de nuestra conversión, probablemente de toda su vida… Erais dos, Morgennes, ¡dos! Uno de vosotros bloqueaba al otro y le impedía salir. Para salvar a tu madre, decidieron sacrificar a uno de los niños, y el azar hizo que fuera tu hermana…
Morgennes estaba trastornado. Veía de nuevo a sus padres, a su hermana, y la pequeña tumba sobre la que había pasado tanto tiempo.
– De modo que era una niña…
– No tuvieron elección, Morgennes. Había que salvar a tu madre…
– Habría dado mi vida por ella. ¿Por qué no me mataron a mí? ¿Por qué no me hablaron de esto?
– ¿Para decirte qué?
Morgennes me miró un instante en silencio. Luego, de pronto, me dijo:
– En cierto modo creo que siempre lo he sabido. Esta niña, mi hermana, nunca me ha abandonado. Estaba ahí, junto a mí -concluyó, tocándose la parte baja del rostro.
Se levantó, se sacudió el polvo de la ropa, pareció sobreponerse a la emoción y me preguntó:
– ¡Ahora dime lo que viste en Arras! ¡Habla! ¿Cómo es posible que un juglar experimentado como tú fallara un ejercicio que antes había realizado miles de veces? ¿Qué viste para asustarte hasta ese punto?
– ¡Morgennes, vi a los muertos! Fantasmas, estabas rodeado de fantasmas en Arras. Recuerda, el cementerio judío… Vi cómo las tumbas se abrían y los muertos salían de la tierra. Vi cómo se acercaban a ti y te hablaban al oído. Y comprendí, sí, por fin comprendí de dónde procede tu memoria excepcional. Morgennes, son los muertos, que te soplan al oído lo que saben. Son los muertos, que recuerdan contigo. Y mientras los muertos estén ahí, tú no olvidarás. Y mientras recuerdes, los muertos permanecerán. Morgennes, en realidad tú nunca has vuelto a cruzar… Sigues estando del otro lado. Con los muertos.
– ¿Había rostros? ¿Qué viste?
– Muertos, muertos… Pero había dos en particular que se mantenían junto a ti. Tan cerca que hubiera podido confundirlos contigo, pero no… Un hombre de unos cuarenta años, que se parecía a ti, en más viejo… Y una niña. ¿Qué edad tenía? Tal vez cuatro o cinco años.
– ¡Mi hermana!
– Bella, rubia como el trigo, y con unos ojos… Eran azules, pero tenían tu mirada. Tu padre estaba a su lado.
– ¿Y mi madre? ¿No estaba?
– Me parece que no. ¿Vivirá tal vez todavía?
Morgennes entreabrió los labios como para decir algo, pero no consiguió articular palabra. Si hubiera sido un pez, creo que de su boca no habría salido ni una burbuja.
– Eres judío -le dije.
– ¿Cómo?
– Eres judío, tú también… Mi padre me lo dijo. Lo que vi en Arras lo probaba. No he querido hablarte de ello para no traumatizarte ni destrozar tus sueños, pero eres judío. Los caballeros nunca te aceptarán. Y menos aún los templarios o los hospitalarios.
– ¿Y esto? -dijo Morgennes blandiendo bajo mi nariz su cruz de bronce.
– ¿Esto? Es de tu padre, por lo que sé. Pero se es judío por parte de madre, Morgennes. Y tu madre era judía. Lo siento…
– ¿Judío?
– ¿Comprendes ahora por qué unos templarios aniquilaron a tu familia, justo antes de partir a la cruzada? Porque erais judíos. Todo eso que tenían ganado. Pero, por la sangre de Cristo, ¿cuánto tiempo va a durar esto? ¿No hay, en alguna parte, un lugar donde podamos vivir en paz? Date cuenta de que no digo vivir «felices», sino «en paz», simplemente. Y si ese lugar no existe, ¿no habrá un momento? ¿Solo una hora, un año de tregua? ¿Un único año? ¿Me atrevería a pedir, «una vida»?
Estallé en un profundo sollozo, que sacudió mi cuerpo y me impidió hablar. Entonces, como había hecho en las montañas, Morgennes me cogió en sus brazos. Ahora lo comprendía. Si era judío, era normal que su madre no quisiera una cruz sobre la tumba del niño muerto. No era solo para olvidar. Si era judío, era comprensible que su padre le hubiera dicho que fuera «hacia la cruz». Porque allí, a su sombra, le dejarían en paz.
A no ser que tratara de señalar a su adversario. A los que llevan la cruz. ¿A los templarios, tal vez? ¿A los guardianes de la Vera Cruz? ¿Debía buscar entre ellos para encontrar a los asesinos de su padre y de su hermana? Morgennes trató de serenarse. La misericordia de su padre era una pista, pensó. Una primera pista que no había seguido en su momento, porque era demasiado pronto. Pero ahora se sentía preparado. Ese viejo templario, ¿cuál era su nombre? No tenía ni un pelo en la cabeza. ¡Galet el Calvo! Y su comparsa, Dodin el Salvaje… Vive Dios que encontraría a cada uno de los cinco caballeros que habían atacado a sus padres. En aquella época, solo uno de ellos era templario… Al parecer, eso había cambiado.
Por otra parte, quedaban un montón de interrogantes para los que tal vez solo su madre tenía respuesta. También tendría que encontrarla a ella. ¿Era posible que hubiera seguido a alguno de esos caballeros a Tierra Santa?
Morgennes me lanzó la mirada que yo esperaba y temía ver desde hacía tanto tiempo.
Nuestros caminos se separaban.
¿Para siempre?
¿Quién podía decirlo?
Me apretó contra su cuerpo, como un hermano, y me dijo:
– Adiós.
Pero ahora sería bueno saber hacia qué dirección debemos dirigirnos.
– Amigo, no puedo adivinarlo, si la aventura no nos guía.
Chrétien de Troyes,
Guillermo de Inglaterra
Yo, Felipe, médico personal y embajador extraordinario de su santidad el papa Alejandro III, que partí de Benevento hace ahora ocho meses para un periplo insensato, estoy a punto de perder la razón.
Por eso -¡que san Gregorio me perdone!- debo plasmar aquí lo que he visto, lo que con mis ojos he visto, y consignar sin demora los sorprendentes acontecimientos a los que personalmente he asistido. No para convenceros de que se produjeron realmente -sé que es una tarea imposible, que supera, con mucho, mis pobres dotes de escritor-, sino para que yo pueda creer todavía en ellos, cuando, dentro de algunos años, mi memoria ya no recuerde todos estos hechos y yo quiera volver sobre ellos y al hombre que un día fui.
Es agradable, en efecto, pensar que el individuo que soy hoy se preocupa anticipadamente del que seré mañana, y que trata de atenuar sus posibles sufrimientos y de tomar parte de su futura carga, mientras aún tiene fuerzas para hacerlo.
Sé que todo lo que voy a relataros aquí os parecerá extraordinario. Igual que sé que me parecerá increíble, a mí también, cuando me relea.
Sin embargo, ocurrió.
Todo empezó cuando su santidad el Papa, a quien sirvo desde hace tantos años que mis dos manos no bastan ya para contarlos, recibió una misiva de lo más insólito. Le había sido enviada por un tal Preste Juan. Este último informaba a su santidad de que los orígenes de la peste que causaba estragos en Roma desde el inicio del año 1166 de la Encarnación de Nuestro Señor debían buscarse en Constantinopla.
Y más concretamente en el palacio de Blanquernas, donde reside el basileo, Manuel Comneno.
Supongo que sabréis como yo que el castillo del Sant'Angelo, donde a veces se aloja su santidad, debe su nombre a que, en el año de gracia de 590, un ángel anunció en él el fin de la gran peste bubónica que entonces padecía Roma. Este castillo, que ha permanecido indemne, inmune a todo daño, desde hace casi seiscientos años, y que creíamos protegido por los santos y los ángeles del Señor, fue el teatro de un aterrador resurgimiento de esa gravissima lues, ¡la peste!
Después de que cayera el castillo del Sant'Angelo, pronto fue toda Roma la que sucumbió a este flagelo, que el Tíber, infestado de serpientes, se ocupó de trasladar hasta los más remotos rincones de la ciudad.
Su santidad pensó primero que la enfermedad debía achacarse a las maniobras de ese perverso Barbarroja, que desde hacía años no cesaba de nombrar antipapa tras antipapa y cuya única preocupación era la de impugnar nuestro poder. Sentimiento disipado por el hecho de que las tropas imperiales enviadas por Barbarroja a Roma, después de la retirada de su santidad a Benevento, fueron también víctimas de esta ignominia…
Pero, si no era el emperador Federico I, ¿quién podía ser?
La respuesta, como he dicho más arriba, nos llegó bajo la forma de esta carta, que denunciaba las maniobras del basileo de los griegos y nos conminaba a enviar un embajador al Preste Juan, para forjar una alianza y encontrar un remedio a nuestros sufrimientos.
Al tener noticia, después de efectuar algunas averiguaciones, de que las fronteras de ese presbítero estaban vigiladas por dragones y otras bestias de este tipo, responsables (entre otras cosas) de la peste, se decidió enviar allí, como embajador extraordinario, a un médico. E incluso al mejor de todos ellos.
Es decir, a mí, vuestro humilde servidor, Felipe.
Su santidad dictó en el acto una carta ut unirentur, para proponer al Preste Juan que reconociera su autoridad y se aliara a ella.
Luego, viajando a bordo de varios carros equipados con todos los pertrechos necesarios para contener, en tanto era posible, las emanaciones mefíticas de los dragones, y reforzados con una escolta de una treintena de draconoctes -esos soldados, herederos del Imperio romano, especializados en la caza de los dragones-, nos hicimos a la mar en dirección a Tiro. Luego, desde allí, nos encaminamos hacia los montes Caspios.
No había que pensar, en efecto, en atravesar las tierras de los griegos, sino, al contrario, en contornearlas, al ser nuestro objetivo establecer una alianza con su enemigo, ese sorprendente heredero de Cristo y santo Tomás: el Preste Juan. Y recibir de él el remedio a la peste bubónica mencionado en su carta.
La ascensión de esos endemoniados montes Caspios fue de lejos la más dura de las ascensiones que me había sido dado realizar; aunque honestamente debo reconocer que también fue la primera. Las bandas de bandidos armenios, que defendían el acceso a sus montañas como los padres la virginidad de sus hijas, dieron mucho trabajo a mi escolta. En cuanto a mí, me sentía como el apóstol Felipe yendo a expulsar a los dragones de Escitia y a predicar la buena nueva a los necesitados.
Después de varios días de viaje, grande fue nuestra sorpresa al tropezar con un hombrecillo de edad avanzada que escalaba solo -y sin llevar ninguno de los pesados artilugios propios de los hombres de las montañas- una de las más altas cimas de los montes Caspios. Este anciano, que bien podía tener noventa años, llevaba el sayal y la tonsura de los monjes, así como un par de botas de excelente factura que le llegaban por encima de las rodillas.
Tras ordenar que nuestro carro acelerara tanto como lo permitía la pendiente pedregosa, llamé al anciano en francés:
– Hola, buen hombre, ¿quién eres, y qué haces por estos parajes?
El anciano se volvió, nos dirigió una amplia sonrisa y nos respondió en un francés perfecto:
– Perdonadme si no me descubro, pero he perdido mi sombrero… a fuerza de correr y saltar en todos los sentidos.
– ¿Correr y saltar? Pero ¿qué edad tenéis?
De hecho tenía una hermosa y larga barba blanca, pero sus ojos vivos, hundidos bajo unas espesas cejas, le daban un aire juvenil. -Oh, la edad no tiene nada que ver… ¡Son mis botas!
Y uniendo el gesto a la palabra, saltó por los aires como un cabrito y aterrizó sobre una roca no lejos de nosotros.
– ¡Por san Gregorio! -exclamé.
– Reconozco -dijo el anciano- que esto hace su efecto. Pero ya veréis, uno se acostumbra.
– ¿Me diréis por fin vuestro nombre?
– Poucet. Soy el padre superior de la abadía de Saint-Pierre de Beauvais, para serviros.
– Sino me equivoco, estáis muy lejos de casa. ¿Habéis perdido acaso a alguno de vuestros fieles?
– A dos, para hacer honor a la verdad. Pero, por las últimas noticias que tengo, abrigo la esperanza de encontrarlos en alguna parte por aquí.
Y nos mostró lo que teníamos ante los ojos, es decir, un interminable paisaje salpicado de cimas peladas, de montañas de laderas ásperas barridas por vientos diversos, a cual más terrible. Un paisaje hostil, de esos de los que hay que huir decididamente, a menos que se deba efectuar allí alguna tarea importante.
– ¿No teméis a los dragones? -pregunté al padre Poucet.
Su reacción me sorprendió sobremanera.
– ¿Los dragones? ¡Pamplinas! ¡No creo en ellos!
– ¿No creéis en ellos? Sin embargo, la tradición nos informa de numerosos combates de santos contra estas bestias inmundas. ¡No creer en los dragones es no creer en los santos! ¡Por vida de Alejandro!
– Pues lo lamento, pero de todas maneras yo no creo en ellos. Son solo cuentos, útiles para asustar a los niños y nada más.
– Yo sí creo. De otro modo, cómo explicar…
Pero no era el momento ni el lugar para lanzarse a un debate teológico. De manera que me interesé por la identidad de los dos individuos que buscaba.
– Oh -me dijo-, son dos viejos amigos que han tenido ciertas dificultades con nuestra santa madre Iglesia, por eso no sé si hago bien en mencionároslos, aunque por fin haya obtenido para ellos el perdón de su santidad.
Decía esto a causa de las armas del papado, de gules con dos llaves de plata cruzadas, que aparecían en los estandartes de mis draconoctes y en los costados de nuestros carros.
– Hablad sin temor, porque yo no soy cardenal, y ni siquiera vir ecclesiasticus; solo soy un humilde médico, a quien su santidad ha encargado…
Dándome cuenta de que me arriesgaba a revelarle un poco demasiado sobre nuestra misión, preferí volver a la conversación precedente y le pregunté:
– De todos modos, si mi señor y maestro les ha perdonado, no seré yo quien os cree dificultades. ¿Puedo saber qué pecado cometieron?
– El pecado, no… Pero sí la sentencia. Fueron excomulgados, al mismo tiempo que una gallina…
– ¡Excomulgados! ¡Entonces son criminales de la peor especie!
– Sí y no. En fin, no. En realidad su santidad acaba de absolverles del crimen de apostasía y de irregularidad del que se habían hecho culpables al cambiar de hábito y de oficio, y les ha permitido tomar de nuevo los hábitos si muestran un arrepentimiento sincero y dan prueba de humildad.
– La sabiduría de su santidad no tiene parangón. Pero ¿quién os ha dicho que vuestros amigos y esa gallina se encontraban en estos parajes?
Poucet dudó un momento. Tal vez había hablado demasiado. No quería comprometer más a sus dos amigos. Pero la simpatía que yo le inspiraba, supongo, le empujó a confiarse:
– ¡He viajado mucho, lo que me ha llevado una eternidad! Pronto hará una semana que abandoné Saint-Pierre de Beauvais. Hasta esta mañana no me había enterado de nada interesante, pero entonces, en Constantinopla, un alto dignatario del imperio me ha dicho que les habían enviado a los montes Caspios para buscar…
– ¿Al Preste Juan?
– ¿Cómo lo sabéis?
– Yo también voy en su busca. Para obtener de él determinado antídoto y proponerle una alianza con su santidad.
– ¡Oh -dijo Poucet-, qué magnífica idea! ¡Estoy seguro de que mis amigos os ayudarán en todo lo que puedan cuando se enteren!
– Pero ¿cómo sabéis -proseguí- que están en esta montaña? Es tan grande que sería bueno saber en qué dirección debemos dirigirnos.
Por toda respuesta, Poucet me mostró varias plumas de color rojo que había recogido entre dos saltos de gigante. -Ya veo -dije. Un destello de malicia brilló en su mirada; luego, se rodeó el cuerpo con los brazos.
– Perdonadme -dijo-, pero hace un frío terrible aquí. Creo que continuaré mi camino. Os deseo buena suerte…
– No, por favor. Hacedme el honor de viajar en mi carro. Dentro hace calor, tengo víveres y licores. Y una hermana del convento de Betania os cuidará los sabañones, si los tenéis.
Poucet me dirigió otra de sus sonrisas maliciosas, en las que se revelaba toda su juventud y energía. Debía de haber sido un niño extraordinario, lleno de recursos y talento. No podía sentirme más feliz de acogerle en el seno de mi convoy. Era un excelente reclutamiento.
– ¡Bendito sea el camino que os ha conducido hasta aquí! -me dijo-. ¡Porque hace tanto frío que probablemente mis amigos tendrán necesidad de un médico! ¡Sí, bendito sea el camino que os ha conducido hasta aquí!
Y repitió estas palabras varias veces seguidas.
Su presencia nos fue enormemente útil y nos permitió ganar varios días de viaje. Sobre todo porque ejercía de explorador, adelantándose hasta algún pico elevado, inaccesible para nuestros pesados carros, y luego aportaba informaciones excelentes. Aunque, con ese lado guasón que le caracterizaba, y que yo aprendería a apreciar cada vez más a medida que avanzábamos, siempre volvía anunciando:
– Lo lamento, no he visto ni la sombra de un dragón.
Los dragones, sin embargo, se manifestaron muy pronto. No directamente, surgiendo de las entrañas de una nube para abalanzarse sobre nuestras cabezas, sino por la vía del silencio y la bruma. Una ausencia de ruido tan pesada que hería el oído. Y una niebla cargada de negras humaredas, portadoras de olor a muerte.
Alguien quemaba cadáveres en los alrededores. Conocía demasiado bien este hedor: era el que invariablemente acompañaba a la peste -su hermano pequeño, en cierto modo-. La peste, que, según decían, surgía del esperma de estos dragones en los que Poucet no creía y que, sin embargo, nos causaban tantos problemas.
– ¡Oled! -le dije mientras nos acercábamos a un terreno llano, encajado entre dos montañas, donde se dibujaban vagamente, a lo lejos, las formas de varias viviendas-. Este olor… es el olor de los dragones. Han estado aquí, han bufado…
– ¿Y han vencido? -me preguntó Poucet.
– En todo caso, se han ido.
– Probablemente es la prueba de su existencia, pues si se hubieran quedado, os habríais enfrentado a ellos con vuestros draconoctes, y por tanto ahora estarían muertos. Son animales endemoniadamente inteligentes, y que necesariamente existen, ya que han elegido evitaros…
– No os burléis -dije-. Todo encaja. El lugar, esta pestilencia, los muertos…
– Huelo -dijo Poucet-. Pero pido ver.
Unos instantes más tarde, mientras el viento empezaba a soplar a nuestra espalda arrastrando grandes copos blancos, distinguimos dos formas, una de las cuales iba vestida con las ropas de color naranja características de los habitantes de estas montañas.
La bruma se disipó, y poco a poco les vi. Dos hombres. Invité a la hermana a que se uniera a mí, confiando en que su presencia a mi lado diera testimonio de mis intenciones pacíficas. Me dirigí hacia el individuo que me pareció más fornido y que era también, justamente, el que llevaba las ropas naranjas. Para asegurarme, por cortesía, le pregunté:
– ¿Sois el Preste Juan?
Se echó a reír, y yo comprendí mi error. Pues si bien llevaba esas ropas de color naranja, debía de ser, en realidad, un prisionero, a juzgar por la pesada cadena que arrastraba.
Pero lo más sorprendente no fue su risa, sino la reacción de Poucet, porque apareció entonces súbitamente junto a mí y exclamó:
– ¿Morgennes? ¿ Chrétien?
Los tres hombres corrieron a abrazarse con alegría. Nunca había visto a gente más feliz de encontrarse.
– Bien, veo que vuestras ovejas ya no están perdidas -dije a Poucet.
Pero algo me inquietó. En el ojo del menos fornido de los dos hombres percibí una mancha amarillenta que no presagiaba nada bueno. Probablemente un trastorno de los humores. Le pregunté su nombre, me respondió, y le propuse examinarle, a lo que él consintió.
– Chrétien de Troyes, sufrís de un problema del hígado, desde hace mucho tiempo… Dolor de vientre, diarreas y deposiciones decoloradas, ¿no os han alarmado nunca estos síntomas?
– Sí-me respondió-. Pero ¿qué podía hacer? Acompañaba a Morgennes. No iba a abandonarle para cuidarme.
En su emoción, apretaba contra sí un pequeño huevo, aparentemente de gallina. ¿Estaban relacionadas ambas cosas? Le pregunté:
– ¿No habréis consumido huevos en mal estado?
– La verdad es que ya me habría gustado -dijo-. Pero nuestra gallina ha muerto. Por otra parte, no ponía huevos desde hacía mucho tiempo…
– Sus huevos eran muy buenos -dijo Poucet-. Solíamos comerlos en la abadía. Y nadie se puso enfermo.
– Podría ser que cierta sustancia aplicada sobre su cáscara para reblandecerla… -prosiguió Chrétien de Troyes.
– ¿En qué estáis pensando? Sed preciso; si no, no podré emitir mi diagnóstico.
– Pienso en una mezcla de diversos aceites, gracias a la cual la cáscara de los huevos se reblandece…
– Pero ¿por qué habría de hacerse algo así?
Chrétien de Troyes nos contó entonces que durante cuatro años se había entrenado para hacer juegos malabares con huevos. El punto culminante de su número consistía en poner un huevo con la boca, y para ello, antes era necesario hacerlo entrar.
– No se me ocurrió otro medio que ese -concluyó Chrétien de Troyes.
– Lo que explica -dijo Poucet- por qué caísteis enfermo.
– Y por qué no había yema en ese huevo -añadió Morgennes.
– ¡Cocotte no tenía nada que ver! -exclamó Chrétien de Troyes-. ¡El único culpable era yo!
Estaba más blanco que la nieve.
Después de esta explicación, decidimos pasar la noche en una de las anfractuosidades que servían de refugio a los dragones, pero que Poucet insistía en describir como «una cueva cualquiera». Y así se inició el debate.
Morgennes creía en los dragones.
– De hecho estoy tremendamente interesado en ellos -confesó-; ya que el rey de Jerusalén ha prometido que si mato uno me hará caballero.
Aparentemente le importaba un rábano haber sido excomulgado por su santidad, y aún le importaba menos haber sido perdonado luego.
– ¿Habéis encontrado dragones en el transcurso de vuestras aventuras? -pregunté.
– Aún no.
– Deberíais ir a Roma, el Tíber es un hormigueo de dragones y otras serpientes que siembran la peste en la ciudad.
Morgennes y Chrétien de Troyes intercambiaron una curiosa mirada que no llegué a descifrar. Parecía que sabían más de lo que querían explicar sobre los dragones, o sobre la peste. Pero guardaban silencio.
– Ved a mis soldados -dije-. ¡Tienen todo el equipo que se requiere para combatir a este engendro del diablo! Sus armaduras, sus espadas, incluso sus escudos, se remontan a los tiempos en los que las legiones de Roma recorrían África y Asia para combatir a los dragones. No como hacemos ahora, por razones morales, religiosas, sino por bajas razones comerciales. Porque con los dientes, las garras y las escamas de los dragones se fabricaban las mejores armas y armaduras del mundo. Y con su lengua, su pene y sus aceites, ungüentos y elixires diversos de cualidades inigualadas. No cabe duda de que los dragones existieron. La prueba está en todas esas historias, esas pinturas, esos mosaicos, esas leyendas…
– Draco Fictio -susurró Poucet.
– ¿Cómo decís?
– Draco Fictio. El dragón de la leyenda, o de la fábula, si lo preferís. Es el único dragón en el que creo. Este existe, desde luego. ¡Pero en nuestras cabezas! -dijo dándose golpecitos en el cráneo con el índice-. Y cuando bufa, las ideas recorren el mundo. Música, pinturas, libros, esculturas, tapices, surgen a millares… Contra él, las armas de vuestros famosos draconoctes son inútiles. Eso es tanto como lanzar mandobles al vacío. O mejor que eso: quemar las partituras y los instrumentos de música, cortar las cuerdas vocales, romper las esculturas y cortar las manos y los ojos de los artistas… Draco Fictio, ¡es el único dragón en el que creo!
– Entonces -dijo Morgennes-, ¿estamos perdiendo el tiempo en
estas montañas? Sin embargo, Chrétien y yo hemos asistido a fenómenos increíbles. ¿Por qué no debería haber dragones también?
– Porque no existen -repitió Poucet-. Me parece que es razón suficiente.
– Escuchad -dije-. Yo sí creo en ellos. Y no estoy dispuesto a renunciar tan pronto. En cuanto pase la noche, proseguiré mi camino, con mis draconoctes, en busca del Preste Juan. Dejaremos atrás esos famosos hitos de Hércules que delimitan las fronteras de su reino. Pero, a vos -dije dirigiéndome a Chrétien de Troyes-, os aconsejo que renunciéis. Volved a casa, cuidaos. De otro modo, moriréis. Y vos -dije a Morgennes-, id a ver al rey de Jerusalén, a ese buen Amaury. ¡No estáis hecho para la vida monacal, es evidente, sino para manejar la espada! ¿Por qué no ibais a entrar en una de esas órdenes de monjes caballeros, en las que podríais destacar? Id a ver a Amaury, decidle que habéis matado un dragón, y si os pide un testigo, habladle de mí. Yo declararé en favor vuestro.
– Pero -dijo Morgennes-, no es un testigo lo que necesito, sino una prueba. Necesito al menos una lengua, o una garra; en otro caso, el rey no me creerá nunca.
– ¿Un diente de dragón serviría? -preguntó Chrétien de Troyes a Morgennes-. Porque yo sé, y tú también lo sabes, dónde encontrar uno.
– Por fin podré ser armado caballero -dijo este con una leve sonrisa.
Al día siguiente proseguí mi camino, y Poucet, Morgennes y Chrétien de Troyes nos dejaron. Morgennes se había calzado las botas de Poucet. Con su débil amigo a la espalda, y Poucet en sus brazos, le vimos descender entre una nube de polvo y de nieve por las laderas de los montes Caspios, hacia el oeste. Sin duda se dirigía hacia Constantinopla.
Ya solo me quedaba continuar en dirección al misterioso reino del Preste Juan.
Por desgracia, cuando desplegué el mapa de que me había provisto, una formidable ventolera me lo arrancó de las manos para llevarlo Dios sabe dónde.
De hecho me pregunto si no debería enviar allí también este escrito. Después de todo, tal vez sea mejor que olvide todo esto…