El extr a *

I

Tendría que atravesar París en Metro, así que colocó todas las agujas de su despertador a las seis y media, y lo paró, además, para estar seguro de que no se pasaría de la hora. Deslizó debajo de él, a fin de no olvidarse de cogerla, la convocatoria de los Estudios, y preparó su par de calcetines blancos, así como una camisa limpia. La que llevaba puesta no la echó por ello a lo sucio, pues usada solamente durante dos días, debería prestarle servicio todavía dos días más. Limpió sus zapatos, cepilló su traje a lo largo, a lo ancho y en profundidad, terminó de desvestirse y se acostó. La noche, aquel día, resbaló, según iba cayendo, sobre un chaparrón particularmente húmedo, y cerró del todo un poco antes de lo que preveía el calendario. El cómputo eclesiástico quedó desarreglado, en consecuencia, durante dos días.

Se produjeron, además, desde medianoche hasta las tres y cinco, una serie de fenómenos especiales, tales como la desviación paradójica del extremo romo de la aguja de la brújula, la florescencia del soporte oeste de la Torre Eiffel, una tormenta irrevocable bajo la latitud 239 y una diabólica conjunción de Saturno con la nebulosa de arriba a la izquierda. De tal modo, al levantarse, no vio la convocatoria debajo del despertador, por lo que tuvo que llevarse éste en su lugar. A las siete y media se apeaba del último vagón del Metro, y tuvo que recorrer todo el andén para salir por el acceso deseado. En lo alto de las escaleras, al lado del quiosco de la vendedora de prensa, cuya estantería se enorgullecía de una cabeza disecada del presidente Krüger, recuerdo de la guerra de los boers, tres jóvenes estaban esperando junto a un contrabajo y diversos estuches oblongos, con revestimiento negro y de aspecto inquietante.

Cuando pasaba a la altura del grupo, un trombón logró escapar y salió corriendo a lo largo de las paredes alicatadas de blanco, serpenteando a toda velocidad. Colaboró a su captura y, a continuación, a su reencuentro en el estuche, y le pareció que la jornada comenzaba bien.

Al salir del Metro, había que caminar hasta el puente, atravesar el río y, después de girar a la derecha, costear la orilla durante unos doscientos o trescientos metros.

Hacía un bonito y despejado día con inquietudes en la superficie del agua. Algo fresco, pues todavía era muy temprano, y un poco ventoso sobre el puente.

A la derecha, en el extremo de una isla bastante verde, pudo distinguir una pequeña edificación circular constituida por un tejado de pizarra sostenido por ocho columnas estriadas, y que podría describirse mucho más sucintamente y con precisión acrecentada con sólo compararlo con el Templo llamado del Amor, en Versalles, departamento de Seine-et-Oise. Los animosos bañistas de las cinco de la tarde solían dejar en él sus ropas y virtud.

El camino descendía, a partir del puente, hacia los Estudios y, vereda abajo, amontonamientos de piedras de respetable tamaño se alineaban junto a la orilla a lo largo de cincuenta metros, destinados, sin duda alguna, al inacabado paramento de los accesos del puente, llamado eslinga entre las gentes del oficio. El bastante pronunciado estiaje dejaba al descubierto una franja de miserable vegetación, así como zonas de negruzca arena sembradas de inmundicias diversas entre las que quejumbrosos desarrapados buscaban su pan cotidiano con ayuda de un cayado. Y pescadores vestidos con monos descoloridos y con alpargatas, estaban agitando ya putrefactos gusanos ante los cansinos hocicos de febriles peces.

Algunos árboles surgieron de la acera a unos cuantos decámetros de él, y justo antes de empezar a desarraigarles de pasada, se topó con la puerta cochera de los Estudios. Se componía ésta de dos hojas de palastro unidas en la parte superior por un listón de metal y, abajo, por el suelo, sobre el que se caminaba, y que constituía el cuarto lado del marco. El conjunto aparecía pintado de verde oscuro, deslucido por la humedad y los meteoros. Una puerta más pequeña se abría sobre la hoja de la derecha, la puerta peatonal, y fue por ella por donde pasó. En el patio había un hermoso árbol, verdadero, automóviles antiguos y menos antiguos, y una grúa formada por un tubo de calderería acodado y atirantado, proveniente sin duda del naufragio de la Duse. También se veía, en una esquina, el cadáver de un lapón.

Al fondo del patio y un poco a la izquierda, distinguió la acristalada caseta del conserje, situada junto al reloj fichador, así como un largo pasadizo bordeado de talleres y de almacenes de decorados. El pasadizo giraba en un ángulo recto al cabo de unos doce metros, y se trifurcaba, por una parte hacia el plató B, por otra hacia los camerinos y el plató A, llevando la tercera vía directamente al cielo. En la trifurcación se hallaba también la sala de proyecciones, con la cabina del operador, un corpulento hermafrodita que a los doce años se zampaba ya cinco escalopas de ternera en cada comida. Una gran vidriera cubría el conjunto, y las paredes de los corredores, de los almacenes y de los talleres, no llegaban hasta el techo, lo que daba al conjunto la apariencia de una ciudad en miniatura perpetuamente cubierta, monstruosa cópula, como diría el hermano E. Zola, de la que no resultaban más que escuchimizados figurones por completo desprovistos de color en el corte.

Antes de llegar a los camerinos se encontraba, a la izquierda, el estudio de los dibujantes, a continuación el cubil del director de producción, con su secretaria, una morena de ojos azules cuya dermis se exfoliaba desagradablemente en el dorso de sus ijares. Los camerinos y las dos salas de maquillaje estaban distribuidos alrededor de dicho cubil de una manera demasiado irregular como para que cualquier tipo de descripción que no fuera fotográfica pudiese dar una idea satisfactoria.

Tal fue la primera impresión que tuvo de los Estudios Cinestropicio.

Se cruzó al pasar con dos tramoyistas y obtuvo un tercer y canijo tramoyista vestido por completo, y con los mismos colores que los dos precedentes. Entró en el despacho del director de producción y la secretaria de éste visó su convocatoria, encontrada en el último instante dentro de su bolsillo debajo del despertador, y le indicó cuál era su camerino. Salió, atravesando el corredor principal, y se internó por un pasillo secundario perpendicular, que llevaba a los camerinos del 11 al 20. Él ocupaba el 16 junto con otros dos extras. El camerino era estrecho, garabateado en color blanco crema, y disponía de dos espejos, un lavabo y tres potentes bombillas eléctricas que iluminaban, con sordo fragor, una zona atmosférica con forma de concoide.

El lavabo, de pórfido y guano, brillaba con el esplendor de sus bruñidos cromados, y el desagüe no funcionaba.

Sus dos compañeros de camerino no habían llegado todavía. Se quitó la chaqueta, colocó en un estante su cartera, que contenía la camisa limpia y su almuerzo, compuesto por una rodaja de pescador escabechado colocada entre dos rebanadas de pan, y dos tomates anestesiados por precaución, bebió en el cuenco de sus dos manos un poco de agua del grifo, pues sentía el gaznate seco y ruidoso como papel crepé, y volvió a salir para observar los que iban llegando.

Al llegar al corredor principal, fue cazado por un personaje-torbellino, que le dijo:

– Pase a maquillarse ahora que todavía no hay nadie.

Por lo que se dirigió hacia la puerta cuyo cartel situado por encima del dintel indicaba superabundantemente su finalidad artística y califílica, puerta que se abría en la prolongación del ya mencionado corredor principal.

II

Dos maquilladoras hembras y una maquilladora macho compartían la estancia, más larga que ancha, amueblada a lo largo de la pared en una mesa única, pero que la recorría de un extremo al otro, mesa por encima de la cual algunos espejos permitían ver cómo la propia se convertía en la jeta de una primerísima figura. Fue a caer entre las manos de la maquilladora macho, un delicioso pederasta de cutis recién afeitado, alcoholado, aseptizado, lanolinado, masajeado y untado con esperma de ballena y aceite de calomel en barra, de negra y rizada cabellera, de dulce voz, de envolventes gestos, de extremada amabilidad y, sobre todo, de ojillos picarones, mariposeantes, cuyos párpados se levantaban de repente para volver a caer con un ruidito frivolón, haciendo brotar cada vez del rabillo de las pestañas una burbujita roja. Tenía, además, los dientes blancos y húmedos, y llevaba un traje de color gris crudo, aunque por el momento se había quitado la chaqueta.

Le dijo:

– Tienes la piel seca… Voy a darte un poco de 31.

El extra respondió:

– Me pongo en tus manos.

Y el otro le dedicó una agradecida mirada de la que resultaron tres burbujitas.

El extra entreabrió ampliamente el cuello de su limpia camisa, y el maquillador, por su parte, hundió delicadamente el índice y el mayor en un tarro de colorete rojo. A ligeros golpecitos le recorrió la cara, constelándosela de manchitas ovales y festoneadas, siguiendo una disposición tal que el extra pudo llegar a leer, reflejadas en el espejo, las palabras «me gustas». Al verlas, se sonrojó, y los dedos del maquillador se estremecieron al contacto más cálido de la sangre bajo las mejillas. A continuación, una esponjita de caucho difuminó el conjunto en una tonalidad uniforme en mitad de la cual el azul de los ojos del extra relucía intensamente, por lo que el maquillador, para poder continuar su tarea sin deslumbrarse, protegió los suyos con gafas oscuras.

Con ayuda de un sedoso pincelito impregnado de un afeite rojo, reavivó la tonalidad de las órbitas y de los pómulos, a continuación pasó por los labios otro pincel atiborrado de rojo, y se sintió en la necesidad de alejarse durante unos instantes para dar rienda suelta a la emoción que le había ocasionado el maravilloso resultado obtenido.

Cuando volvió a acercarse, calmado ya, al extra le extrañó su palidez, por lo que se sometió, cortés y dócil, a la borlilla de espolvorear hecha con pelos de elefante, cuyo contacto le hizo babear ligeramente como se babea ante la idea de un secante metido en la boca, y que pasaba sobre su rostro con el ligero roce que producen las uñas recién cortadas sobre satén demasiado liso. Agotado por tantas sensaciones, el extra salió de la sala de maquillaje titubeante, aunque la máscara de colorete le hacía conservar su aspecto de inocencia.

Los demás extras estaban llegando. En su camerino encontró ya a sus dos compañeros, el más joven de los cuales se llamaba Jacques, y el más viejo respondía al nombre de Maxime.

– Estoy muy contento de haber encontrado este trabajo -atacó el extra nada más terminados los preliminares-. Hace solamente seis años todavía estaba en el Liceo, y…

– Perdóneme, amigo -dijo Jacques-, pero me voy a la sala de maquillaje antes de que se llene de gente.

III

La gente se apretujaba en el estrecho pasillo. A través de la puerta del camerino 14 pudo entrever a una esbelta y delgada joven que se peinaba en traje de baño delante del espejo, y el corazón le saltó y fue a caer un poco más lejos, delante del camerino 18. Se hizo a un lado para dejar pasar a un joven hirsuto cargado con un contrabajo mucho más grande que él y que estaba provisto en su base de dos ruedecillas que permitían un desplazamiento más cómodo de tan considerable ingenio. El hirsuto y el contrabajo fueron a precipitarse, precisamente, en el interior del camerino 18. El extra dio media vuelta e intentó volver al corredor principal, pero en aquel mismo momento resultó pisoteado por un gran estuche rodante que organizaba un terrible estrépito, y por otros dos mozarrones de estatura que debía oscilar entre 1,85 m. y 1,90 m., a los que reconoció por haberles ayudado a atrapar el trombón que se escapó en el metro. Ellos dieron pruebas también de su memoria asestándole, a modo de broma, un golpe cada uno con el instrumento que cada cual portaba, aunque, por fortuna, el pianista venía con las manos vacías. Volviendo a levantarse, pensó que ya era suficiente, y salió del corredor reculando, pero haciendo los movimientos de la marcha hacia adelante, lo que le producía una considerable emisión de sudor. Ello le suministró, empero, ocasión de constatar la excelente calidad del maquillaje, sobre el que las gotas se deslizaban sin dejar ninguna huella. Al entrar en contacto con su mentón, afeitado aquella mañana, se evaporaban instantáneamente.

En el lugar en que ahora estaba, el corredor presentaba un ensanchamiento, y un colosal espejo ocupaba una de sus paredes. Uno podía verse en él, de frente, en dos colores, y de espaldas, en otros dos bastante diferentes, por lo que era preciso evitar mirarse a la vez por ambos lados. Enfrente del espejo, en un recodo formado por la protuberancia de un ángulo de camerino expansivo, un calentador de agua de acumulación acumulaba agua caliente que hacía vomitar, a pesar de las reprimendas del director de producción, a quien producía náuseas tanta avidez. Un hombre alto y delgado, de rizado pelo entrecano, se cubría con una verde bata de suntuoso ceñidor, bata bajo la que ocultaba un frac negro de maître de cabaret, que era lo que iba a representar. En el frac llevaba redondeles azules, para el ajuste del sonido.

Del camerino 18 empezaron a salir, a regulares intervalos, seres provistos de justillos blancos, y que ostentaban, gracias a una uniforme corbata de anchas bandas diagonales rojas y amarillas, muy curiosa semejanza con avispas comunistas. Sus movimientos, extrañamente inconexos en apariencia, permitieron al extra concluir, después de verlos pasar pálidos delante de él, y regresar a continuación muy bronceados, que volvían de la sala de maquillaje, en lo que el porvenir le dio la razón.

Y en el camerino 18 se elevó, también, un agudo rumor, ambiguo en un principio, pero que después se fue afirmando poco a poco, en el que se podía reconocer Rosetta a poco que se entendiese algo de música negro-judío-americana. Una previsora mano cerró, al cabo de algunos instantes, la imposta basculante destinada a la ventilación de la estancia en cuestión, de manera que al extra se le ocurrió la audacia de acercarse al origen del ruido así debilitado.

Se internó en el pasillo pequeño, y al instante volvió a salir del mismo, pues hacia él venía un hombre de unos cincuenta años, vestido de camarero de café, de aspecto gruñón, con las manos en la espalda y con una mancha en forma de luna nueva (y del mismo color que ella) justo en mitad de la frente.

Aquel cuasi anciano le interpeló:

– ¡Nos destrozan los oídos con su música salvaje!

– ¿No le gusta el jazz? -preguntó arrebolándose el extra, y su impresionable corazón comenzó a latir a un compás de tres tiempos.

– ¡Todos los jóvenes son iguales hoy! Conque swing, ¿eh? Sí, así es como se llaman. Antes se sabía bailar, ¡pero ahora…! ¡Escuche, escuche esto…! ¡Qué tambor…! ¡Menuda locura!

Entretanto, y aun oyéndolo resonar en su propio cráneo, el director de la orquesta pensaba que el cake-walk les estaba saliendo demasiado delicado.

El extra y su acompañante se alejaron del camerino 18, y aquél lo lamentaba.

– Me siento muy contento de haber encontrado este trabajo -dijo-. En cualquier caso se trata de un ambiente muy divertido.

– Sí, cuando no se ha vivido nunca, pero no tiene ni comparación con el teatro, en la escena quiero decir…

– Me acuerdo de hace seis años, cuando murió mi patrón -dijo el extra.

– No le aconsejo que siga con este oficio -dijo el otro.

– ¿Con el oficio de extra?

– No, por favor, no emplee esa palabra. En realidad somos artistas de complemento. Aunque, por lo demás, ésta no es mi profesión. Soy cantante y reconocerá que, se mire como se mire, cuando se ha ganado un primer premio en el Conservatorio de Soissons, uno no puede considerarse un simple artista de complemento.

– ¿Era usted cantante?

– Soy cantante, sí… En el momento actual estoy de vacaciones.

– Cuando salí del Liceo -dijo el extra-, intenté…

– Se trata de un oficio sucio -concluyó el otro-. Créame, déjelo.

Y se fue a mear tarareando una antigua romanza.

El director de producción pasaba en aquel momento por los corredores, gritando:

– ¡Todos al plató!

IV

Justo a continuación del ensanchamiento, de la gran plazoleta y el «Cúmulus», el corredor desembocaba en el callejón sin salida «Maquillaje-Figuración» y en los camerinos del 4 al 8. Después giraba en un ángulo recto a siniestra, aparente contradicción de la que resultaba el camerino «Maquillaje de Actores Principales» y el camerino de la principal intérprete femenina, Gisselle Descartes, persona alta y delgada, de cabello castaño, rostro un tanto gesticulante a pesar de ser bastante joven, de inestable carácter y de una perfecta vanidad. En el extremo se alzaba un primer cartel luminoso, «SILENCIO», en letras mayúsculas, y a continuación el corredor recobraba el dominio de sí mismo y volvía a girar a la derecha, pudiéndose ver una gran puerta blindada, un nuevo cartel de «SILENCIO», así como las palabras «PLATO B». La altitud se elevaba considerablemente y, con toda seguridad, un barómetro hubiera permitido conocer el tiempo probable, aunque en modo alguno el desnivel, ya que este último resultaba en lo esencial de la vertical sacudida notada por el extra al leer «PLATO B» sobre una puerta blindada. La empujó con fervor y accedió a un complejo olor a madera aserrada, a claridad difusa y a escayola recién amasada. Algunos cables se extendían por el suelo. A su izquierda distinguía el reverso del decorado, arbustos surgiendo de macetones que querían figurar vegetación, una retahíla de largueros de madera basta de un color blanco sucio, residuos de yeso por todas partes, armazones de hojalata, enrejados de alambre, ladrillos, maderamen, cables y proyectores de reserva sobre patas o sobre ruedas, redondas, cuadradas o hexagonales, y todos muy voluminosos. Tramoyistas también. Tuvo que rodear el decorado para acceder finalmente al plató, subió y después volvió a bajar dos escalones, y se encontró en la caverna.

Un innegable olor a cerdo bien cebado emanaba del conjunto, pues aquel decorado tan cuidado significaba un productor con posibles. Pero el extra no aspiró más que el perturbador incienso de su futura gloria, incienso que llegó a obstruirle las fosas nasales.

Incidentalmente se fijó en que las rejas de hierro forjado, que tan buen efecto causa en las producciones de superlujo, se obtienen con poco gasto mediante listoncitos de madera doblados y unidos con tino, y pensó sacar provecho de su descubrimiento en el porvenir.

El decorado, de forma oval, reproducía el interior de un selecto cabaret de una supuesta ciudad balnearia. En el horizonte, una pequeña dependencia con estalactitas acondicionada como bar. A continuación, si uno giraba en el sentido de las agujas de un reloj común, una parte sobrealzada figurando una pequeña gruta adventicia con proyectores dentro. Más allá, el estrado de la orquesta, y amplios vanos, también con proyectores, detrás. Siguiendo en la misma dirección, algunas mesas y sillas, la entrada principal, en la que él estaba ahora, una gran columna, una nueva zona sobrealzada provista de mesas y sillas, otra zona un poco adelantada y adornada con hortensias rosas, que incluía la mesa de las primeras figuras, otra aparatosa columna que se unía a la anterior mediante una arcada de mampostería, más sillas y más mesas, y, finalmente, el bar por donde hemos empezado.

El espacio central vacío formaba pista de baile.

Arriba de todo, sobre pasarelas caladas, una serie de proyectores apagados por el momento abarcaba el conjunto con cincuenta y dos luces convergentes. Estaban dispuestos de manera alterna, uno grande, uno pequeño, y así sucesivamente. En el interior de cada sala, detrás de los respectivos vidrios esculpidos a la Fresnel por el peluquero del Estudio, podía distinguirse, claramente aumentado por la lente, al hombrecillo que fabrica la luz.

En el suelo había también otros proyectores instalados sobre patas, de todos los tamaños, y provistos en su parte delantera de persianas regulables para medir la luz hasta el decigramo, a fin de que no se llegase a sobrepasar la dosis mortal.

El extra constató que sus congéneres no llegaban con la velocidad exigida, y se preguntó qué podría significar aquello. Un poco intimidado por la majestad del lugar, retrocedió, atravesó la zona de serrín que remedaba arena situada en la entrada, se enredó con un cable y cayó, sentándose después, para intentar zafarse del cable, sobre una mesa coja cuyo lugar no era aquél, pero que allí permanecía no obstante. Estaba completamente enredado en aquel hilo, y se batió con la mayor de las energías, pero el cable también, contando éste además con la ventaja de su longitud. Lo derrotó no obstante, finalmente, consiguiendo hacerle un nudo, y el cable se envaró y se alejó escupiendo tres electricidades. El extra se sentía dolorido. Regresó penosamente a su camerino, no sin admirar de pasada el aparatoso extintor de cien litros en el que no se había fijado todavía, y al que acarició con la mano al pasar a su altura, para hacerse un amigo.

Luego llegó al corredor y se animó a interpelar a una extra vestida con un trajecito muy sencillo -Jacqueline era su nombre-, y que tenía una sombra de bigote como signo distintivo.

– ¿O sea que todavía no rodamos…?

– Imagino… -contestó ella-. El decorado no está listo todavía…

– Pero yo lo he visto muy bien, hace un momento… Vengo de allí y…

– ¡Hágame caso! Le apuesto a que no empezaremos a rodar antes de esta tarde… Siempre ocurre lo mismo…

– ¿Usted ha rodado ya en los Estudios?

– ¡Claro que sí! Y resulta mucho peor que en Billancort. Aquí siempre hay desorden.

– Hace seis años -dijo el extra-, cuando salí del Liceo, me vi obligado a trabajar para vivir…

– Habrá hecho usted montones de cosas en todo ese tiempo -le interrumpió la joven.

– Sí, pero encuentro que ser artista de complemento es un agradable oficio.

– ¿A que ha sido el viejo Marnet quien le ha enseñado esa expresión? -dijo ella-. ¿Y de verdad le parece que es un oficio agradable?

– Cuando comencé a trabajar, hace seis años… -dijo el extra.

– En realidad -concluyó la joven-, yo no me dedico a esto. Mi marido está movilizado en estos momentos, y he de hacer algo para pasar el rato… ¿Ve el rubiote aquel de allí? Es el director de escena, Joseph de Margouillat. Está muy bueno…

– ¿Le gusta?

– ¡Oh! Los asuntos de cama, créame, no son mi especialidad. Además, en estos momentos sale con la insignificante de Ginette… Créame, no es un oficio agradable en absoluto.

Se alejó canturreando, y el extra se quedó plantado en mitad del corredor. Sentía un poco de vergüenza de no ser más que un extra, pero se vio en el espejo y su moral volvió a subir muy alto.

Seguía reinando una cierta animación en el pasillo. Con frecuencia, otros seres con apariencia de extras pasaban por parejas, pero no resultaban agradables, almibarados como iban en una especie de vanidad compartida, y con un aspecto de satisfacción que les bastaba para mantenerse entretenidos. Uno de ellos si siquiera había tenido necesidad de que le maquillasen. Muy bronceado, con una chaqueta clara y un coloreado fular de seda, con edad comprendida entre los treinta y ocho y los cuarenta años, le pareció insoportablemente fatuo. De buena gana adoptaban todos maneras misteriosas, cargadas de alusiones.

La mañana iba transcurriendo y se seguía sin rodar. Un poco antes de mediodía, sin embargo, cierta corriente prevaleció en las idas y venidas, y poco a poco todo el mundo se dirigió hacia el plató.

V

– Usted, el señor del saxofón -dijo el director de escena-, tiene que ponerse ahí, en el extremo, cerca del piano. Usted, el señor del contrabajo, detrás de él. Usted… Pero, vamos a ver, ¿quién es el director de esta orquesta?

El trompetista dio un paso al frente y estrechó la extendida mano de Joseph de Margouillat, a quien le rechinaron los dientes, pero aguantó.

– Comprenda -dijo- que el primer plano que hay que sacar de usted forma parte de la panorámica. La cámara empieza por la coctelera del barman, allí a lo lejos, después va girando, fotografía a las parejas que están bailando en la gruta de arriba, a continuación a usted, y por último la entrada del cabaret, a la que llegan, montados en un tándem, Robert y Giselle…

El trompetista asintió.

– Por el momento… -dijo el director de escena.

Miró su reloj.

– ¡Vamos a almorzar! -concluyó.

Echó la cabeza atrás con un gesto habitual y, contoneándose ligeramente, se reunió con su primer ayudante.

Maravillado por el encantador aspecto del saxo-tenor, Patrick Vernon, el extra, se acercó a los músicos e intentó tímidamente sumarse a su grupo.

– ¿Toca usted desde hace mucho tiempo? -preguntó.

– No -respondió Patrick-; desde hace un año solamente. Antes tocaba la trompeta, pero resulta mucho más aburrido.

– Pues hace seis años -dijo el extra-, cuando salí del Liceo, yo tocaba un poco el violín. Después…

– El violín, en cuanto al jazz, no tiene utilidad alguna… Demasiado difícil de tocar con precisión. Y, además, le falta potencia.

– Tocan ustedes muy bien. ¿Cómo se llama la orquesta?

– No se trata de una formación regular -dijo el trompeta-. Cuando Coco Podrido me pidió que viniera a hacer de figurante en la orquesta, me dijo que no tendríamos que tocar. Las melodías están grabadas de antemano, y rodaremos con play-back…

Esta palabra técnica tuvo una impresionante resonancia en el órgano auditivo del extra, cuya cabeza comenzó a irradiar con fuerza.

– Por otro lado -prosiguió el trompeta-, en la formación cuento con dos tíos que no saben tocar, los dos saxos de ahí. Uno toca la batería y el otro estudia Ciencias Políticas. Con un solo saxo, la cosa marcha mejor.

– No hubiera debido dejar el violín al salir del Liceo -dijo el extra-. En aquellos momentos no podía pensar que llegase a ser extra… Y estoy muy contento de serlo. Hace seis años me vi obligado a…

– ¿Es usted extra? -dijo el trompeta.

– Me gustaría más ser músico -dijo cortésmente el interpelado.

– Pues hace mal… Yo soy ingeniero… Claro que, evidentemente, ser músico es en cualquier caso menos enojoso que ser extra…

Una joven bastante bonita se acercó a ellos.

– Dígame, ¿cuál es el nombre de su orquesta? -preguntó.

– No se trata de una formación regular -dijo el trompeta, y miró al extra con aspecto poco amable, porque acababa de pronunciar esta misma frase ante él unos momentos antes.

El extra emitió un suspiro y se aventuró a preguntar:

– ¿Es usted extra? -porque le parecía muy linda.

– ¡No! -respondió ella-. Soy periodista. Es para mi periódico…

Entonces, el extra se alejó y se instaló él solo en su camerino para comerse su sándwich de pescador. Sentía vergüenza de nuevo, pero decidió aprender a tocar la guitarra, lo que le reanimó.

VI

No daban mucho tiempo para almorzar.

Reuniendo sus recuerdos de lectura -de semanarios de cine-, llegó a la conclusión de que debía haber un bar en alguna parte, pero no se atrevió a ir solo siendo el primer día. Bebió de nuevo del grifo del lavabo, y el grifo, enfadado, volvió su cuello de cisne para rociarlo copiosamente. Medio ahogado, se dirigió a buscar una toalla hacia el estante en el que reposaba su cartera, pero el estante cedió y le dejó caer la cartera en la cabeza justo en el momento en que, medio cegado, se esforzaba por encontrar la llave en el bolsillo. Los demás habían terminado ya de comer, y volvían a apretujarse en los corredores. Como estaba comenzando a distinguir a los unos de los otros, se empezaba a dar cuenta de que eran muy numerosos, y se sintió solo envuelto en aquel rumor que entraba por la ventana. Finalmente encontró la llave, abrió la cartera, se secó la cara y volvió a ponerlo todo en orden antes de salir.

Moreuil, el primer ayudante del director de escena, pasaba en aquel instante por el pasillo con camisa azul marino y arremangado hasta el codo. Era delgado, de unos treinta y cinco años, bastante simpático y con muy poco pelo.

– ¿Vamos a rodar pronto? -preguntó alguien situado al lado del extra.

– No inmediatamente… Una horita… Ya va… -dijo Moreuil sacando del bolsillo un cortador de raíces con el que seccionó, por pura travesura, un tubo de la calefacción central que recorría todo el pasillo.

El extra volvió a su camerino y se sentó en una silla.

En el camerino 18, los músicos afinaban sus instrumentos y ensayaban algunas notas difíciles cuando apareció Coco Podrido, el compositor de la música de la película.

– ¿Qué tal? -se informó Coco-. ¿Todo va bien, queridos míos?

– Hola, señor Podrido -dijo el director de la orquesta, quien había aprendido en su oficina el aprecio concedido por determinadas personas al enunciado de su propio apellido como continuación de la genérica calificación de «señor», y usaba con frecuencia de tal artificio comercial.

– Hola, señor Savin -respondió Coco.

Coco no tenía más de treinta y cinco años, era muy pequeño, simpático, y había sido guitarrista en sus comienzos.

– Y bien, ¿saben ya lo que van a tocar?

– Por el momento -dijo el director de la orquesta- no lo tocamos. Estamos en una secuencia anterior y nos limitamos a hacer bailar a la gente con una melodía de ritmo más bien lento…

– Sí, es para que haga contraste -dijo Coco-. Miren, los he traído la música de un valsecito lento, género vals inglés, que podrán tocar después. Se llama Nada más que nosotros dos. Voy a cantártela.

Cogió una guitarra y canturreó la melodía acompañándose con ella.

Comenzando el segundo estribillo, trompeta y saxo-tenor seguían poco más o menos el tema y, para hacerlo más alegre, lo tocaban a ritmo de swing. Se trataba de uno de esos soniquetes típicos de Coco Podrido que tanto se pegan al oído y que aburren soberanamente en las noches sin luna.

Atraídos por el ruido, Giselle Descartes, la estrella, apareció en seguida en la puerta del camerino.

– ¿Es música suya? -preguntó a Coco estrechándole la mano-, ¿Me la tocan otra vez? -le pidió el director con una de sus sonrisas de la serie mediana.

– Vamos a intentarlo -dijo el director, que descansó un instante para recobrar el aliento, pues interpretar con dulzura una melodía bastante atiplada exige un cierto esfuerzo que corresponde al gasto de veintiocho calorías aproximadamente.

Y durante ese tiempo se oyó:

– ¿O sea que no la quiere tocar? Desde luego, no es usted nada gentil -concluyó Giselle con cara de pocos amigos.

– ¡Espere un segundo tan sólo! ¡Vamos a tocársela, por Dios! ¡No se enfade!

– ¡Se está burlando de mí! Me voy…

Y una vez dada muestra de su amable carácter, se alejó con la cabeza muy alta.

Los presentes se miraron entre ellos, y después de reír como las circunstancias lo exigían, es decir, en fa sostenido mayor, atacaron un antiguo dixieland hogareño, y el fuego comenzó a chisporrotear en el camerino, cuya temperatura fue subiendo de grado en grado.

El extra podía oír el bullicio desde el suyo y, decididamente, era ahora el clarinete lo que iba a aprender a tocar. El pianista, Jean Mercaptan, estaba tocando, en efecto, el clarinete en aquellos momentos, porque el piano se había quedado en el plató.

El ruido seguía creciendo en intensidad, y todos los músicos se fueron desvistiendo poco a poco entre coro y coro. Zozo, el contrabajo, rascaba con furor las cuatro cuerdas de su aparato, y transpiraba gruesas gotas. Finalmente se detuvieron justo en el momento en que el techo se disponía a dejarse caer sobre ellos para poner fin a la jarana.

El extra regresó al corredor central y vio pasar de nuevo a Moreuil, que volvía del bar.

Bajo el brazo llevaba un amasijo de papelotes, y venía empujando un aro sin dejar de silbar alegremente.

– ¿Vamos a rodar ya? -preguntó el extra.

– Sí…, en seguida…, no llegue con retraso -dijo Moreuil desapareciendo en dirección al plató B, previa ejecución del salto del ángel, estilo Joan de Bologne, a través de su aro.

El extra dio algunos pasos en sentido inverso y se encontró justo al lado del director de la orquesta y del batería. Iban andando con indolencia hablando de música y de literatura.

– ¿De verdad? -dijo el batería.

Se llamaba Gaude Léon, respondía al sobrenombre de Doddy, y ejercía la noble profesión de profesor ayudante de química en el Collége de France.

– ¡Ya lo creo! -respondió el director de la orquesta.

– ¿Resulto indiscreto? -aventuró el extra al llegar a su altura.

– En fin… -dijo el director de la orquesta-. ¿En su opinión hay chicas guapas aquí?

– ¡Dios mío! -dijo el extra.

– Tiene usted ojos en la cara, es soltero, así que, ¿qué hace?

– ¿Ustedes no son solteros? -preguntó el extra.

– No, somos casados, razón por la cual el tema nos interesa todavía más -respondió el batería-. Pero nos hemos dado cuenta de que aquí no merecería la pena engañar a la propia mujer…

– Esa es muy atractiva -dijo el extra.

Señalaba a una morena que pasaba en aquel momento, corpulenta y, efectivamente, de rotundas formas. Beatrice, para decirlo todo.

– Desde luego, usted no es tonto -continuó el director de la orquesta-. ¿A qué se dedica además de a la figuración?

– Pues -dijo el extra- hace seis años que salí del Liceo y entonces me contraté como auxiliar administrativo…

– Venga con nosotros, querido amigo, y cuéntenos todo eso en el plató -dijo el director de la orquesta, pues estaba viendo a los otros seis músicos de su formación emerger en fila india del corredor de los camerinos.

Los tres juntos caminaron con apresuramiento entre los demás extras, que salían de los camerinos. El maquillador acudía también llevando una pequeña caja metálica repleta de tarros y de pincelillos para los últimos retoques, y de repente salió de ella una garza real merina, y el maquillador retrocedió horrorizado.

Pasaron de nuevo por la pesada puerta metálica, atravesaron la parte posterior del estudio y llegaron finalmente al centro del decorado.

Una docena de maquinistas acababan de instalar el pesado aparato montado sobre neumáticos y cuya plataforma soportaba el peso de la cámara, del cameraman, André, y de san Cristóbal, patrón de los automovilistas, que se había colado sin que nadie se diese cuenta por un agujero del tejado.

Con el ojo pegado al visor, André maniobraba la cámara en todas direcciones. Un ayudante con los pies desnudos en unas sandalias, pantalón corto de tela azul, bajito, fornido de cabellos muy rubios y por añadidura bigotudo, dirigía la maniobra del carro siguiendo las indicaciones de André. San Cristóbal observó, encontró que el espectáculo carecía de interés, y desapareció rodeado por un halo dorado.

Los ocho músicos ocuparon su lugar y se repartieron como la vez anterior sobre el pequeño estrado reservado para sus evoluciones.

De hecho, por todas partes había estalactitas de cristal estriado, pegadas mediante guirnaldas a alambres invisibles, así como tubos de vidrio curvado que imitaban pequeños surtidores de agua alrededor de la gran columna más cercana a la entrada.

La script-girl, rubia de tono medio, bastante deslucida y de expresión vitelina, tomó asiento fuera del campo de acción y se puso a compulsar notas. Los extras se le acercaban para pedirle precisiones sobre el trabajo que se exigía de ellos, y a continuación se dispersaban a través del decorado, por el que ahora hormigueaban por los menos unos sesenta individuos de dispar apariencia.

De Margouillat hizo su entrada de manera indolente y con la cabeza echada hacia atrás, como cabía esperar de un hombre de su categoría.

Para pasar el tiempo, la orquesta estaba interpretando en sordina On the sunny side of the street, y algunos extras bailaban.

De Margouillat desplazó a André de delante del visor, controló el efecto del travelling y volvió a bajar del carro. Hizo señas a Scipion para que reclamase silencio, y con una voz estentórea Scipion lo consiguió.

– ¡Luces! -ordenó De Margouillat.

Resonó un bocinazo, y los proyectores se fueron encendiendo uno a uno. Entonces se dirigió hacia el director de la orquesta.

– Van a tocar una melodía ligera, y en sordina, para hacer que bailen durante la toma de vistas.

Savin hizo una señal a Patrick y a la sección rítmica, y todos atacaron Nada más que nosotros dos a ritmo de vals. Pero De Margouillat les hizo detenerse en el cuarto compás.

– Eso da sueño… ¿No tienen otra cosa?

– Es lo que había previsto el señor Podrido -le observó Savin, que era un enamorado de la precisión.

– ¡Me es igual…! ¡Además, todo este play-back no me gusta! Haré que lo repitan, no suena suficiente. Sí, grabaremos la banda sonora con una gran formación… Vamos, vuelvan a interpretar lo que estaban tocando hace un rato.

Savin atacó los dos primeros compases de On the sunny side…

– ¡Perfecto! ¡Eso es…! Y, ahora, cuando yo diga ¡alto!… -se volvió e hizo frente al conjunto de extras-, la orquesta no se detendrá y todos ustedes seguirán bailando.

Se dirigió entonces a Robert Montlhery y a Giselle Descartes:

– Y ustedes dos, montados en el tándem, salen del hueco situado detrás del señor… guitarrista, allí, y pasan por delante del segundo hueco en el momento en que la cámara deja atrás al director de la orquesta y en el que yo le digo ¡alto!… Vamos a intentarlo por primera vez. ¡Luces! -gritó de nuevo.

El segundo ayudante se acercó a la orquesta con un bote de pintura negra y le pintó la espalda al guitarrista.

– Es usted demasiado transparente -le explicó-. El proyector llega a verse a su través.

Bubu Savin (era hermano del director de la orquesta) asintió según su costumbre, es decir, sin abrir la boca y con aspecto de total despreocupación.

Todos los extras estaban en sus respectivos lugares, unos en la pista de baile, otros en el bar y otros delante de la pequeña gruta sobreelevada, al nivel de la orquesta. Se produjo un instante de intensa emoción, en el que se hubiese podido oír el grito de una mosca violada.

– ¡Silencio! -berreó Scipion.

– ¡Cámara! -ordenó De Margouillat.

Un maquinista provisto de claqueta se acercó al objetivo y le presentó el mencionado animal.

– El amigo de la señora, 358-1 -anunció y se eclipsó hacia la parte de abajo mientras que la coctelera del barman se agitaba, a su vez, delante del grueso ojo situado en lo más profundo de su parasol negro.

– ¡Música! -ordenó De Margouillat.

Los extras empezaron a contonearse, con aspecto de suficiencia, esforzándose, sin llegar a mirarlo nunca, por permanecer en la trayectoria del objetivo, semitapando así, para su gran disgusto, al director de la orquesta, que tocaba un poco más abajo que sus hombres y al que de repente le salió abominable.

– ¡Alto! -ordenó De Margouillat.

La música se detuvo en seco y la frase iniciada cayó al suelo con un ¡flappp…! de carne manida. Los extras siguieron bailando, y el tándem se puso en movimiento pero no llegó hasta el segundo hueco. Se oyó un ruido terrible y la risa de Giselle Descartes en tanto que Montlhery se extirpaba con muchos esfuerzos del macetón lleno de tierra de un aligustre derribado. El trombón, al verse sin vigilancia, aprovechó para escapar por segunda vez.

– ¡Corten! -ordenó De Margouillat-, Volveremos a empezar.

El extra estaba sentado a una mesa situada inmediatamente a la izquierda de la orquesta, al lado de Beatrice. Nadaba en felicidad, porque se le veía en pantalla, y aprovechó la interrupción para entablar con la joven una conversación llena de esperanza.

– ¿No es verdad que se trata de un oficio divertido? -dijo.

– Bastante mal pagado -respondió Beatrice-, y sin demasiado porvenir.

– ¿Rueda usted con frecuencia?

– Con bastante frecuencia, sí. Hoy resulta simpático con orquesta y todo, pero anteayer estuve rodando una película con vestidos de época, El Colonato, y resultaba muy pesado a causa del calor, y en los ratos perdidos no se podía hacer nada.

– Fue hace seis años cuando tuve que dejar el Liceo -dijo el extra- y ponerme a trabajar. Al principio fui auxiliar administrativo en…

– Evidentemente -dijo Beatrice-, como no tengo ninguna otra cosa que hacer, hago esto sólo para poder comprarme zapatos.

– ¿Entonces no es usted figurante profesional?

– ¡No! Estoy aquí para hacer amistades… Pero no se puede llegar a nada sin acostarse con alguien, y eso a mí no me interesa… por lo menos si no hay oportunidad de elegir.

El extra se sonrojó.

– Pero considero que, para un hombre -continuó Beatrice-, es el más despreciable de los oficios. Con los demás no hablo nunca, pues son todos idiotas. No piensan más que en meter mano.

Efectivamente, ella hacía que se pensara en eso.

– ¡Luces! -ordenó en aquel momento, lleno de sentido de la oportunidad, el director de escena.

El claxon resonó al instante, como si de un lagarto húngaro constipado se tratase.

Los extras se callaron y volvieron cada uno a su sitio.

– ¡Cámara! -ordenó De Margouillat.

Se hizo un profundo silencio.

– ¡Claqueta!

– El amigo de la señora, 358-2 -anunció el individuo interpelado.

– ¡Música!

Al segundo, la orquesta atacó On the sunny side of the street.

La cámara retrocedió junto con el carro, y a continuación empezó a girar alrededor de su eje para tomar la panorámica.

– ¡Alto! -ordenó De Margouillat en el instante en que el objetivo acababa de dejar atrás al director de la orquesta.

La música se detuvo. El tándem arrancó correctamente esta vez y fue a detenerse justo delante de la entrada del decorado.

– ¡Corten! -dijo De Margouillat.

– Habrá que volver a empezar -dijo André-. No había película en la bobina. Acabo de darme cuenta…

La orquesta iniciaba su quincuagésimo tercer coro de On the sunny side of the street, y esta vez iba a ser la definitiva. Pero la melodía les rebosaba ya por los ojos, y el trombón aprovechó la ocasión para escapar una vez más de las manos de su propietario, yendo a ocultarse bajo el piano, de donde hubo que sacarlo a martillazos.

Un extra le dijo a una extra:

– ¿La música de la película es de Coco Podrido?

– Sí -respondió ella.

– Pues no está mal, me parece un buen tema…

El director de la orquesta le oyó y se desvaneció, pues todo el mundo sabe que On the sunny side… es de Rimsky-Korsakoff.

El extra se dispuso a continuar con Beatrice la conversación tan dificultosamente mantenida, hay que decirlo, mas ella se levantó y se acercó a los músicos, la mayoría de los cuales le parecía que disponían de una estatura adecuada. Un ayudante se adelantó hasta el rincón donde el extra permanecía sentado.

– Quítese de ahí -le dijo-. Tengo que poner un proyector en su lugar.

– ¿Ah, sí? -dijo el extra.

Y se alejó por propia voluntad para no resultar barrido.

VII

Mientras los maquinistas colocaban los rieles curvos destinados al próximo travelling, el director de la orquesta, recuperado ya y deseoso de interpretar un rato alguna otra cosa, inició Let me dream en sordina, y su sección rítmica también se puso en marcha poco a poco.

Los y las extras volvieron a agarrarse los unos a los otros, y bailaron de nuevo en el plató.

La melodía era lenta, desde luego nada impresionante, y el extra se enardeció hasta el punto de atreverse a invitar a una soberbia y alta muchacha de firmes carnes, con aspecto de maniquí, con los párpados azules, pelo de un rubio ardoroso, y una curiosa nariz que apenas era una sospecha respingona.

– Resulta agradable -dijo el extra- disponer de una orquesta para entretenerse mientras no se filma.

En el mismo momento, cometió el lamentable error de aplastar el pie izquierdo de la muchacha, lo que contribuyó a comprometer el carácter afirmativo de la esperada respuesta. Inmediatamente prosiguió:

– ¿Rueda usted con frecuencia?

– En estos momentos no enormemente -dijo ella.

– Cuando, hace ya seis años -dijo el extra-, me empleé como auxiliar administrativo, después de haber salido del Liceo…

– ¿Es tan joven como eso? -dijo la muchacha.

Resultaba muy ligera, casi inaprehensible, y le seguía que daba gusto, incluso cuando cometía errores.

– Pues bien -continuó él-, fui auxiliar administrativo durante…

– Le hubiera echado treinta años -dijo ella.

– ¿Cuál es su nombre? -le preguntó él.

– Muriel…

– Lo que le iba diciendo, Muriel -continuó el extra-. Me gusta mucho el oficio al que me dedico ahora. ¿No es verdad que la figuración resulta divertida?

– Nunca me he dedicado a esto de manera regular -dijo Muriel-. Soy bailarina. Y realmente me parece imposible que nadie pueda contentarse con este oficio. Hay que hacer otras cosas.

– Sí -dijo el extra, embarazado… Y, para recuperarse, continuó-: Voy a aprender a tocar el clarinete…

La orquesta se detuvo.

– Pídale informes a ellos -dijo Muriel-. Son muy amables, y además tocan muy bien.

El director del grupo bajaba en aquel momento del estrado.

– ¿Puedo invitarla a bailar? -le preguntó.

– Claro que sí -dijo Muriel con una sonrisa y entornando los ojos. Todo su rostro sonreía.

– Toca I didn't know about you, Mercaptan. Esa música me inspira.

Abandonado otra vez, el extra les contempló mientras bailaban. Ella era muy alta, por lo menos un metro setenta y cinco con los tacones.

Al final de la pieza Muriel se escapó, pues salía también en el plano siguiente. La orquesta no figuraba en él, pero dejó de tocar para permitir al cámara dar instrucciones a los actores sin necesidad de gritar.

El director del grupo se sentó en el borde de la parte sobreelevada que constituía el piso de la pequeña gruta situada a la derecha de la orquesta. Por casualidad, se había situado justo al lado de Beatrice.

– ¿Se llama verdaderamente Beatrice? -le preguntó.

– Sí…

– Es un nombre muy bonito… Y además me trae algunos recuerdos…

Se levantó, con inquietud, a medias, y pasó la mano por el lugar en el que estaba sentado.

– ¡Voy a ponerme hecho un asco! -dijo-. Todo esto está lleno de yeso.

Al sentarse, ella se había levantado la falda.

– ¡Si pudiera hacer lo mismo que usted… -dijo él-. En fin, acabo de acordarme de qué era lo que su nombre me recordaba…

Empezó a decirlo con toda intención:

– Beatrice, delante del…

– ¡Oh, no! -protestó ella.

– Seguro que es la trescientas ocho vez que se lo dicen desde esta mañana, ¿a que sí?

– Desde luego, no es usted nada ingenioso -contestó la joven.

– No lo he dicho por lo que piensa -dijo él-, sino a causa de Mercaptan.

Este último acababa de levantarse y estaba justo delante de ella.

– ¿De él? -protestó Beatrice-, ¡Ah, no, eso sí que no!

– ¿Y por qué no? -dijo el director de la orquesta-, Nunca se sabe. ¿Acaso no le parece que Mercaptan es un tío guapo?

Mercaptan tomó asiento a la derecha de Beatrice.

– Tú, tranquila -le dijo.

– ¿Su estilo es tutear a todo el mundo? -preguntó ella.

Adoptó aspecto de sentirse muy molesta y se levantó. Mercaptan la siguió.

Doddy ocupó el lugar que había quedado libre al lado del director del grupo. Desde él se veía a Muriel sentada enfrente, en un sillón de junquillo, bajo la luz de los proyectores, y junto a la mesa de las primeras figuras.

El extra fue a sentarse al lado de Doddy.

Con los músicos se sentía en confianza.

– ¿Qué te parece, Doddy? ¿La ves bien? -dijo el director de la formación.

– Sensacional -murmuró Doddy.

Muriel acababa de levantarse para quitarse una arruga de la falda y, de perfil, volvió a sentarse ante ellos, descubriendo la totalidad de un muslo largo y vigoroso.

– Esa chica -apreció Doddy- debe tener un culo sensacional.

– Se lo voy a decir a Madeleine -amenazó el director de la orquesta.

– Tranquilo, amigo mío. Estoy hablando desde un punto de vista puramente estético… Tiene un culo que dan ganas de morderlo y quedarse con un buen trozo en la boca.

– A mí me apetecería más sobárselo un poco -observó el director-. Desde luego, parece que lo tiene duro. Te apuesto lo que quieras a que baila como Dios.

– Es bailarina -se atrevió a decir el extra.

– ¿Sí? -preguntó Doddy-. ¿La conoce usted?

– Me lo ha dicho ella misma, pero no la conozco. La he visto hoy por primera vez.

– No la mires de esa manera, amigo mío -dijo el director de la orquesta-. Te vas a desgraciar los ojos… ¡Hostia! -añadió poniéndose completamente pálido, pues Muriel se había levantado de nuevo dejando al descubierto el mismo espectáculo.

– Lo hace a propósito -dijo Doddy-. Ya no aguanto más. Es muy cansado estar aquí de figurón.

– En cualquier caso -dijo el director-, tampoco hay que exagerar. Hay otras que están igual de buenas.

– ¿Aquí? ¿Me puedes señalar alguna?

– Bueno… Beatrice no está nada mal.

– ¡Pero no es lo mismo! -dijo Doddy-. ¿Sabes? En cuanto a Muriel, me gustaría sacar un vaciado de sus nalgas y ponerlo encima de mi chimenea para estar viéndolo continuamente.

– No -dijo el director-. A mí no me interesaría eso…

– Tiene el culo en forma de pera -dijo Doddy-, Y sabes que esto no es nada corriente… De verdad te lo digo, resulta sensacional.

– Me imagino -dijo el director- que estás pensando en la parte inferior de la pera…

Doddy reflexionó unos instantes.

– …Porque -prosiguió el director-, si piensas en la parte de arriba, como suele hacerse,, la cosa no resulta muy bonita…

– Espera -dijo Doddy-, Déjame pensar un poco sobre eso.

– Pues está claro -dijo el director-, ¿Y por qué, en tal caso, no pensar en una manzana? Por la parte de abajo es parecida.

– Cuestión de detalle -dijo Doddy.

– Me pregunto -dijo el director- qué forma tendría una pera que creciese en un país desprovisto de gravedad. ¿Sería redonda o cilíndrica? Una manzana, en cualquier caso, nunca sería redonda. Tendría una invaginación por la parte de arriba.

Doddy no respondió nada, pues Muriel acababa de levantarse por tercera vez, y el director de la orquesta tuvo que correr al bar a buscar un vaso de agua para reanimar a su amigo.

El extra le sacó finalmente fuera del plató sujetándole la cabeza.

El director se reunió con Beatrice, a quien Mercaptan seguía estrechando el cerco. Y ello sin dejar de tutearla.

– Dígame -le preguntó ella señalando a Mercaptan-, ¿siempre es así?

– No lo sé -dijo el director-. Es la primera vez que tocamos juntos.

– En cualquier caso -dijo ella-, no me gusta.

Se alejó, indolente, echando los hombros atrás para acentuar la insolencia de su busto.

El director de la orquesta y Mercaptan se quedaron el uno junto al otro.

– Lo que a ti te pasa… -dijo Mercaptan entre dientes, viéndola alejarse-, lo que a ti te pasa es que necesitas una buena azotaina.

– ¿Eres partidario de dar marcha a las mujeres? -preguntó el director.

– No hay otro remedio con chicas como ésa -dijo Mercaptan-, Les viene bien.

– ¿Te interesaría acostarte con ella?

– No -dijo Mercaptan-. Lo que necesita sólo es una buena azotaina.

– Pues a mí -observó el director- no me disgustaría en principio. Pero son cosas que un padre de familia respetable no puede permitirse. Y, además, como no tiene más que diecisiete años y medio, se arriesgaría uno a resultar condenado por corrupción de menores.

– Insisto en que no me dice gran cosa -dijo con hipocresía Mercaptan-. Me caso dentro de ocho días, y ese tipo de chicas no me interesa.

– ¿Te parece que es un poco ligera de cascos? -preguntó el director.

– Todas lo son -dijo Mercaptan, que estaba haciendo el servicio militar.

– A mí me cae simpática -dijo el director con elogiable franqueza.

Se callaron, pues el claxon volvió a sonar, y permanecieron en el plató durante el rodaje de la siguiente escena.

Descartes y Montlhery bajaban del tándem y entraban en el cabaret. Un maître -el corpulento de la bata verde visto con anterioridad en los pasillos- se adelantó hacia ellos.

– Se ha producido un pequeño malentendido -dijo-. Llegaron otras personas y, como se trataba del mismo apellido, me las han colocado en la mesa que tenía reservada para ustedes.

Vocalizaba a las mil maravillas con un cierto acento meridional pronunciado, y los acompañó a la mesa en la que las otras dos primeras figuras, Sortex y Kiki Jacquot, estaban ya acomodadas.

Se reconocieron entre sí a ojos vista, y Descartes esbozó un gesto de retroceso.

– ¡Vaya! -exclamó, y los demás también intercambiaron otros dos lugares comunes sin trascendencia.

– Veo que los señores ya se conocían -intervino el maître con una sonrisa diabólica-. Tanto mejor, porque hay que tener mucho cuidado con los cangrejos… Sí, hubiera sido una pena.

– ¡Muy bien! -interrumpió De Margouillat-. Aunque tendrás que echarte un poco a la derecha para que quedes por completo en el campo de acción, Robert -sugirió a Montlhery-. Continuad…

La profundidad de todas estas réplicas hechizó hasta tal punto los oídos del director de la orquesta, que se fue a la parte de atrás del decorado para meditarlas mejor. Allí volvió a encontrar a Doddy, quien ya estaba bien.

– ¿Crees que mañana habremos terminado? -le preguntó.

– ¡Es una soberana idiotez! -respondió Doddy-. ¿Conque mañana? Seguro que no. Las operadoras van a hacer huelga durante una hora. En opinión de Coco Podrido, el lunes seguiremos todavía aquí.

– ¡Pero eso es una faena! -dijo el director-. El lunes tengo que estar otra vez en la oficina. Y en cualquier caso, por seiscientos del ala diarios, no se puede estar dedicándose a este oficio eternamente. ¿Qué es lo que se creen?

– ¿De verdad trabaja usted en una oficina? -dijo el extra.

– ¡Claro que sí! -dijo el director de la orquesta-. Mañana plantearemos seriamente el asunto al director de producción.

– E intentaremos que nos concedan un complemento -dijo Doddy-. Porque la verdad es que nos contrataron para hacer figuración, y nos están obligando a tocar continuamente.

– ¡Desde luego, cara no te falta a la hora de protestar! -dijo el director-. Si no fuera así, ¿qué haríamos? Nos aburriríamos como ostras.

– Dígame -preguntó una morenita de mirada sobrecogedora-. ¿Volverán a tocar pronto?

– ¿Se está burlando de nosotros? -le replicó el director.

– ¡Oh! ¿Pero qué dice? -exclamó ella sin convicción alguna-. Lo que pasa es que me apetece bailar swing.

Y se puso a canturrear algunos compases de una melodía de moda, por lo que los otros estimaron muy poco tiempo que tocar resultaría menos peligroso. Así, regresaron al camerino 18 y dieron comienzo a una pequeña jam-session.

VIII

A las siete de la tarde se elevó del río un intenso vapor que coloreó de rojo las agujas de los relojes de péndulo, por lo que todo el mundo se dio cuenta de que era hora de acabar.

El extra salió del plató A, donde rodaba como un automovilista, y volvió a su camerino para desmaquillarse. No tenía vaselina y se desolló la cara de manera espantosa frotándosela en seco. Al terminar, le quedaba aún bastante, casi tanto como al principio, y le desazonaba la idea de volver a coger el Metro emperifollado de aquel modo. Se quitó la camisa limpia, cuyo cuello empezaba a estar pringoso de colorete, la colgó en su taquilla, volvió a ponerse la sucia, y salió. Dijo adiós a sus dos compañeros de camerino y se dirigió a caja a que le pagasen.

Había cola. Vio que era de los últimos y el peor arreglado de todos. Sin embargo, algunos no se desmaquillaban en absoluto, pues encontraban más de «estrella» salir con todo el pringue encima, y con un negligente fular de seda, a tomar el Metro.

– ¿Volverá mañana? -le preguntó a su vecino de cola.

– Probablemente -dijo el otro.

– La cosa no ha ido mal hoy, ¿verdad?

– No habían preparado nada. Podíamos haber funcionado mucho más deprisa.

– ¿Cree que mañana acabaremos?

– En ningún caso antes del lunes -apreció el otro-. Y eso por más rápido que quieran ir.

– ¿Hace usted figuraciones en algún otro sitio? -preguntó el extra.

– No. Si me ve haciendo figuración es porque el director de producción, que es amigo mío, me lo ha pedido. La semana que viene voy al campo, digámoslo así, a interpretar un papel de jefe de resistencia durante la ocupación. ¿Entiende? ¡Un papel!

– A mí me parece que trabajar como extra es divertido. Cuando pienso que hace tiempo, seis años va, tuve que entrar como auxiliar administrativo en los Establecimientos Dupompier, y que durante toda la jornada tenía que…

– Considero que es mejor ser auxiliar administrativo que quedarse en la simple figuración -respondió su interlocutor-, Y es que es difícil salir de la condición de extra si no se tiene «un algo» -añadió con modestia.

A continuación, como le había llegado la vez, entró. El extra esperó, después cobró también, salió de los estudios y se fue a coger el Metro.

Regresó a su casa, comió un trozo de pan con dos terrones de azúcar, bebió agua del grifo, recontó su fortuna y calculó cuántos días tendría que estar a pan y azúcar para poder comprarse un clarinete, volviendo a comenzar a continuación el cálculo respecto a una batería, una chaqueta de franela blanca, un fular, un maletín de piel de cerdo y una corbata a rayas verticales como la que llevaba un tipo en el estudio. Después se acostó y se durmió. Había vuelto a componer adecuadamente su despertador para no arriesgarse a llegar tarde.

IX

– ¿Comprende? -le dijo Coco Podrido al director de la orquesta estrechándole la mano-. Será una excelente publicidad para usted. Se sabrá que se trata de su formación, y este filme es muy comercial, tendrá éxito. Así que no hay que tener demasiado en cuenta que el trabajo esté mal pagado. La cosa supone ciertas ventajas no materiales que para usted tienen su importancia, ¿o no?

– Sí. O sea que, en resumen -dijo el director-, todo quedará muy digno y será una propaganda eficaz.

– Así es… En ningún momento tendrán ustedes el aspecto de una de esas orquestas miserables que ni siquiera pueden tocar swing… Y eso porque el play-back ha sido grabado por músicos excelentes.

– No puedo ocultarle -dijo el director de la orquesta-, que me tiene completamente sin cuidado la cuestión de la propaganda, dado que se trata de una formación improvisada, dos de cuyos miembros ni siquiera saben tocar. Pero, en fin…

– ¿Y qué importa eso? Ya verá cómo la cosa no tendrá más que ventajas para ustedes. Y ahora, le dejo… No puedo quedarme esta mañana…



– Compréndanme bien -dijo Joseph de Margouillat.

Estaban de nuevo en el plato, cada cual en su lugar, dispuestos a tocar.

– Lo que quiero es que todo resulte ridículo. Deben hacer bailar a Giselle y a Robert con un swing desenfrenado. Hagan lo que quieran, muecas o no importa qué, pero que la cosa tenga aire de alegría, y no teman forzar la dosis. Estamos al final de la velada, todo el mundo se desboca, y ustedes también están pasándolo en grande.

– ¿Vale esto? -dijo Doddy, pasándose velozmente la mano por el cabello a contrapelo.

– Sí, señor! -aprobó De Margouillat-. ¡Muy bien! Y usted, agite su trompeta en todas direcciones… Vamos a ver, señora, venga aquí…

Estaba haciendo señas a una encantadora extra de cincuenta primaveras aproximadamente.

– Usted se levantará y vendrá a agarrar al señor. Y no se ande con contemplaciones. Le agarra incluso la trompeta y se la sopla…

El director del grupo palideció.

– Muchachos -susurró a sus acólitos, que se estaban desternillando de risa-. Creo que tendré que pedir suplemento incluso para los que me bailan…

A Patrik Vernon se le estranguló la carcajada dentro del saxofón, que emitió un sonido muy curioso.

Situado en las proximidades del estrado, el extra los contemplaba con envidia.

– Les van a dedicar un buen plano -le dijo al director de la orquesta.

– Esto me recuerda mi juventud -dijo el director-. Cuando tenía quince años, yo también me meneaba a lo loco… Pero entonces me divertía.

– Hace seis años, en los Establecimientos Dupompier, de los que era auxiliar administrativo -dijo el extra-, dieron un baile…

– ¡Oh! -dijo el director de la orquesta-. Eso es demasiado reciente. Yo le hablo de hace diez. Pero, en cualquier caso, esa tía podría, y con mucho, ser mi madre, o más bien la hermana mayor de mi madre.

– Lo que no deja de llamarse una tía -dijo el maquillador, que llegaba para dar un retoque…

– Dígame -le sugirió el director de la orquesta a De Margouillat para cambiar a una conversación con menos precisiones-. ¿Podría dejarnos escuchar el play-back…? Como sabe, todavía no lo hemos oído…

– Les sobrará tiempo de oírlo de aquí a que acabemos -aseguró De Margouillat-, Bueno, ponga el play-back -ordenó a continuación al operador, sentado en un rincón cerca del mecanismo antediluviano que se manejaba a golpes de martillo neumático.

Se dejó entonces oír una melodía muy especial, y la voz de un cantante asmático bramó por el altavoz la capciosa letra que sigue, de la que no se podía entender más que el inicio: Ahora les vendrá muy bien el swing de allende el Atlántico…

– ¡Ah, muy bien! ¿Con que se trata de eso? -refunfuñó Patrick.

– Intenta coger la armonía, Mercaptan -sugirió el director de la orquesta.

– Lo estoy intentando -dijo Mercaptan, y tras su intento, rápidamente coronado por el éxito, se pavoneó a partir de ese mismo instante con un insoportable endiosamiento.

– Otra vez, por favor -solicitó una vez terminado el fragmento…

Y todos se pusieron a tocar al mismo tiempo que el play-back. Vejado, éste se detuvo en seco, pero ya era demasiado tarde, pues el fragmento había vuelto a acabar.

El extra había aprovechado la música para invitar a bailar a una encantadora rubia cuyos erizados cabellos, enmarcando un rostro terso y lozano, le daban el aspecto de una pastora del 17, el distrito elegante por excelencia.

– Resulta divertido -le dijo, decidiéndose por un modo clásico de entrar en materia-, contar con una orquesta a la disposición de uno.

– Sí, resulta muy divertido -aprobó ella.

Feliz por este éxito, el extra continuó:

– Verdaderamente, este oficio tiene sus lados buenos…

– ¿La profesión de músico? -preguntó la joven.

– No, la de extra…

– No sé qué decirle -contestó ella-. Aquí resulta chistosa, ¿pero es igual en todas partes?

– Me falta experiencia -confesó el extra-. Es la primera vez que ruedo. Hace seis años era auxiliar administrativo de los Establecimientos Dupompier, y me dedicaba a atiborrar clasificadores de documentos durante toda la jornada… Como acababa de salir del Liceo, la cosa supuso para mí un gran cambio…

– Entonces ha estudiado usted a los poetas -dijo ella…

– Esto… sí… -respondió él un tanto desconcertado-. Entre otros…

– Yo soy poetisa… -dijo la joven sonrojándose-. Mis padres no eran de aquí… Mi padre es noruego.

– Después de dejar los Establecimientos Dupompier, al cabo de seis meses -prosiguió animosamente el extra…

– Puedo recitarle uno de mis poemas… -le propuso ella, al tiempo que una ondulación radiante la recorría por completo.

Sus ojos eran de delicada porcelana. El extra retuvo que se trataba de una mariposa haciendo el amor con el viento… y de ello dedujo una idea transversal de la metafísica.

– Es muy hermoso ser poeta -dijo-. Pero, por el momento, me siento muy feliz de ser extra. ¿Usted no?

– No -respondió ella-. Me parece un oficio asqueroso y desprovisto de misterio… Para un hombre tal vez sea diferente… Por mi parte, solamente me gusta la poesía…

– Al dejar los Establecimientos Dupompier… -sugirió el extra con esperanza.

– Perdone -dijo ella-. Creo que me están haciendo señas.

Patrick Vernon la estaba llamando, en efecto…

Irritado, el extra volvió a su rincón y se sentó a una mesa en espera de que le llegase su turno de situarse delante del objetivo. A partir de aquel momento se proponía presentarse como un rico aficionado que persiguiese por propia voluntad experiencias audaces en ambientes dudosos. Y escupió al aire con insolencia para darse ánimos.

– ¡Todo el mundo al plató! -ordenó Moreuil-. Vamos a rodar.

Los proyectores que estaban encendidos se apagaron de repente. Los maquinistas acababan de arrojarles cubos de agua encima.

– ¡Nos declaramos en huelga! -dijeron con aire un tanto incómodo.

– ¡Perfecto! -aprobó, furioso, Joseph de Margouillat-. A eso es a lo que se le llama trabajar, probablemente.

Todo el mundo se reunió detrás del decorado.

Uno de los operadores, un joven de mono azul, tomó la palabra y volvió a escupirla en los términos que siguen:

– ¡Cantaradas! -dijo-. Como consecuencia de la advertencia que en su momento hicimos, en razón de que nuestra demanda tendente a la revalorización de los insuficientes salarios no fue tomada en consideración, os recuerdo que hemos decidido, de acuerdo con el sindicato, una huelga de corta duración para protestar contra la endeblez de nuestros actuales salarios. No es con treinta francos a la hora como en la actualidad se le puede hacer frente al encarecimiento de la vida, y por ello nos reunimos para pedirle al productor que tuviese en cuenta nuestro movimiento reivindicativo, a fin de que se nos permitiese vivir en condiciones decentes. Hacemos un trabajo que resulta duro, y desde hace seis meses los salarios de los operadores no han sido aumentados, mientras que, para poner un ejemplo, en otros gremios, como el de los marca-muescas de culatas o el de los fabricantes de falsa moneda, los salarios han pasado, como consecuencia de movimientos reivindicativos emprendidos, como el nuestro, de acuerdo con el sindicato, desde un mínimo de dieciséis francos hasta llegar, en los casos más favorables, a los sesenta y tres francos la hora. No es mucho lo que nosotros pedimos, pero pensamos que ha llegado el momento de la protesta, y si esta huelga de una hora, que no es más que un movimiento simbólico, no resulta suficiente, tenemos previstas, de acuerdo con el sindicato, huelgas de duración más importante, pues estamos decididos, en definitiva, a llegar hasta el final en nuestro movimiento reivindicativo.

Durante este tiempo, los demás operadores adoptaron, de igual modo, las adecuadas poses reivindicativas. Por su parte, una extra se dejaba violar en un rincón, rosas y claveles caían formando lluvia desde la vidriera, y un gran tritón anaranjado expiró proyectando hacecillos de gladiolos por los recovecos más ignorados del decorado.

El extra no tenía más que muy vagas nociones de sociología y, en consecuencia, se interesó vivamente por el debate, pensando obtener de él algún provecho para su formación general.

El productor, un enorme individuo sin chaqueta y cuyo cinturón parecía mantenerse alrededor de su vientre por un efecto de autoinducción que resultaba inexplicable si se tenía en cuenta la temperatura, respondió en los términos que siguen, mientras que un aura de color caca de oca envolvía su espaciosa persona, sin razón aparente:

– En resumidas cuentas, ¿qué es lo que quieren?

– Queremos cuarenta francos por hora.

– ¡Muy bien! De acuerdo, los tendrán. Si es que estos señores están conformes.

Se volvió hacia sus asociados, momento en el que se encendió un fuego de bengala, que los iluminó con tonalidades purpúreas.

– ¡Conformes! -respondieron los asociados.

El orador del campo contrario pareció contrariarse al ver que la discusión terminaba tan rápidamente, pero comprendió la necesidad de improvisar algunas palabras de agradecimiento.

– Muy bien -dijo-. Creo que, en nombre de mis camaradas, debemos, por supuesto, agradecérselo, simplemente que consideramos lamentable que no hayamos obtenido satisfacción antes. Me asombra, dado que están de acuerdo, que no respondiesen en tal sentido a las reivindicaciones que les debieron ser transmitidas por el sindicato, y en las que no se pedía más que lo que ustedes acaban de conceder…

– No hemos tenido hasta ahora -dijo el productor, arropándose en el gesto de generosidad que acababa de suscitar y que seguía planeando por encima de su cabeza como un símbolo metafísico, pero sin meter bulla -conocimiento de ninguna reivindicación de ese género.

– En tal caso -prosiguió el operador-, iré a informarme al sindicato, y creo que no hay otra alternativa que volver al trabajo.

– Eso pienso yo también -dijo el director de escena.

Este, sin duda alguna, comía asimismo lo que le apetecía cada día, pero hay que reconocer que estaba menos grueso que el productor. Así que la masa se disgregó y volvió al plató con una lentitud tentacular, y ello debido a los diversos oficios que la integraban.

El extra se acercó a Doddy. Este se retorcía las manos de desesperación, asemejándose así a Mounet-Sully en su baño.

– Ha quedado muy elegante por parte del productor -dijo el extra-. Cuando en los Establecimientos Dupompier me pusieron de patitas en la calle, hace ahora cinco años y medio, y ello a causa de…

– ¡Calzonazos! -se lamentaba Doddy-, ¡Menuda panda de calzonazos!

– ¿Qué pasa? -preguntó el extra-. ¿No le parece que la cosa ha quedado muy elegante?

– ¡Por Dios, no! -dijo Doddy-. Él ha sido quien se ha quedado con ellos… ¡Los otros no debían haber aceptado antes de haber informado al sindicato…! De este modo, todo queda como una medida excepcional, y una vez terminada la película, volverán a los salarios antiguos…

– ¡Ah! -dijo el extra.

– Resulta lamentable -dijo Doddy-. ¡Permitir que se queden con uno de esa manera…! Tengo que hablarles…

– Pues yo cometí errores de clasificación -dijo el extra-, y me pusieron de patitas en la calle. Pero después de haber visto todo esto, pienso que más vale ser extra que maquinista…

– ¡Qué va! -dijo Doddy-, El ser extra no lleva a ningún lado… Bueno, habrá que tratar de aconsejar a estos tipos e impedirles que cometan tonterías semejantes.

– ¿Ah, sí? ¿Eso piensa? -murmuró, impresionado, el extra.

En el plató, los operadores secaban ya los proyectores todavía húmedos e intentaban volver a encenderlos frotando los carbones entre sí y dándoles vuelta. Uno de ellos se electrocutó al rotar demasiado rápido sus carbones, y sus gritos llenaron el ambiente, por lo que se le echó tierra encima a toda velocidad, y se clavó una cruz en el lugar a fin de poder volver a encontrarlo al día siguiente.

Constatando que las cosas no estarían preparadas antes de una hora por lo menos, el director de la orquesta efectuó el adecuado movimiento de reptación e invitó a Beatrice a que tomase un trago con él en un bar.

En el corredor de los camerinos se cruzaron con Mercaptan. Con una notable indiscreción, éste dio media vuelta y les acompañó, con lo que, evidentemente, el director se sintió burlado.

El extra se acercó a los músicos que habían quedado sentados en las correspondientes sillas, cada cual provisto de su saxofón en bandolera.

– ¿Volverán a tocar en cuanto todo esté dispuesto? -les preguntó.

– Digamos que pondremos cara de hacerlo -respondió Hubert de Vertille, el bajito de pelo rizado y con gafas, con cuello inglés y una dignidad sublime.

– ¿Usted no toca nada de nada? -preguntó el extra.

– Me limito a figurar.

– ¿No es verdad que resulta un oficio bastante agradable?

– A decir verdad, soy alumno de la Facultad de Ciencias Políticas, y es la primera vez que caigo por un Estudio -dijo Hubert.

– Pues yo, antes de venir por aquí -dijo el extra-, me contraté en el despacho de un agente de cambio al dejar los Establecimientos Dupompier, donde había trabajado como auxiliar administrativo. Y es que, en éstos, me pusieron de patitas en la calle al cabo de seis meses, como consecuencia de un error en la clasificación de documentos. Claro que fue un pretexto, todo hay que decirlo. En la oficina del agente de cambio…

Perdido el aliento, se detuvo, pues era la primera vez que se le dejaba hablar durante largo rato sin interrumpirle.

– Es una profesión idiota -dijo Hubert-. Pero nosotros, los músicos, estamos un poco mejor pagados, y después de todo, en vísperas de vacaciones, no viene nada mal.

– Yo ganaba todavía menos copiando escrituras -dijo el extra.

– Me imagino que una vez que sea agregado de Embajada -dijo Hubert-, no tendré que volver a preocuparme por estos temas. Por otro lado, mis padres no consienten que me falte dinero, pero un pequeño suplemento nunca es ingrato de aceptar. Claro que tengo que tener cuidado de quitarme las gafas, pues si llegaran a reconocerme en la pantalla, se organizaría el drama. Sí, si mis padres supieran que estoy haciendo figuración, hasta se pondrían enfermos. En determinado mundo, no se puede uno permitir cosas como ésta.

Destrozado, el extra se calló.

X

– Resulta muy divertida -dijo Patrick-. Su padre es noruego, y ella, poetisa.

– Lo que tiene más bonito -dijo el director de la orquesta- es su apariencia general.

– Sí, es transparente… Resulta bastante curioso, pero da esa impresión.

– ¿Te ha recitado versos suyos?

– Sí. El último trata de la historia de una mariposilla que hace el amor con el viento…

– ¡Encantador! -dijo el director de la orquesta-. ¿Y en verso libre?

– Sí…

– ¡Vaya! Eso está peor…

Y es que los versos libres tienen que ser verdaderamente buenos, cosa que no está al alcance de todo el mundo.

– ¡Seguirán necesitándonos el lunes? -se preguntó Patrick en voz alta.

– Espero que no -dijo el director-. Tengo que ir a mi oficina. Voy a acabar consiguiendo que me den con la puerta en las narices…

– Deberías hablar con ellos -observó Doddy-. En principio, Coco nos había dicho que dos días solamente.

– Y con el lunes serán cuatro.

– En cualquier caso, deberías reclamar un suplemento -dijo Doddy-. Si estuviéramos tocando en una boîte, tendríamos menos horas de plantón, y nos pagarían mejor.

– ¡Y no volveríamos a tocar nunca más!

De Margouillat acababa de terminar un importante plano de las cuatro figuras principales sentadas a su mesa. Estas permanecieron inmóviles durante algunos segundos, y el fotógrafo sacó tres clichés. A continuación, los operadores se afanaron en torno a los aparatos, preparando un nuevo plano.

El director de la orquesta se armó de todo su coraje y se acercó al de escena.

– Perdón, señor -le dijo-, ¿Tenemos aún muchas escenas?

– ¡Claro que sí! -dijo De Margouillat-. Por lo menos dos. Ustedes tienen que aparecer cuando Kiki canta en la gruta, y también durante el baile del swing de Robert y de Giselle…

– Lo digo porque probablemente va a resultarme difícil contar con todos mis músicos el lunes -dijo el director de la orquesta-. Se nos habló de dos días, ¿comprende? De esto hace ya tres, y el lunes serán cuatro…

– ¡Ah! Escuche -dijo De Margouillat-. Arregle ese asunto con el director de producción. A mí no me corresponde. Yo no estoy al corriente de sus tratos con Podrido. Vaya, vaya a ver al director…

– Está bien -dijo el de la orquesta.

Ninguno de los ocho componentes de ésta tenía absolutamente nada que hacer el lunes… excepto la oficina, pero de vez en cuando tiene uno derecho a ponerse enfermo.

– Aquí no han venido a tocar, sino a hacer figuración -dijo el director de producción-. No puedo darles ningún suplemento porque apenas si tocan nada, y lo poco que tocan en ningún caso se conservará en la banda sonora.

– Pero si nos obligan a tocar continuamente… -observó el director de la orquesta.

– Estoy muy al corriente de las tarifas -dijo el de producción-, y sé muy bien que contratados como músicos estarían ganando mucho más. Pero imagino que Coco Podrido les aclaró lo que venían a hacer…

– Sí -dijo el director de la orquesta-, nos habló de dos días, y sólo poner cara de tocar.

– ¡Ah! Pues se equivocó… -dijo el director de producción.

– En fin -concluyó el de la orquesta-. Intentaré disponer de ocho tipos para el lunes… Pero no le aseguro nada.

No estaba ni pizca enfadado, pero le convenía haber ocasionado aquel incidente por aquello del standing.

– Inténtelo, sí -dijo el director de producción-. No nos vaya a dejar tirados ahora… Espero que a partir de este momento no haya problema ninguno. ¿Me entiende?

– De acuerdo -dijo el director de la orquesta, alejándose con aspecto preocupado.

Sólo Mercaptan no podría, de hecho, acudir el lunes por la mañana; pero apenas si se le veía más que de espaldas, y el mayor vendría, con toda seguridad y de muy buen grado, a ocupar su sitio.

El director de la orquesta volvió sobre sus pasos y entró de nuevo en el despacho del director de producción.

– Había olvidado decirle… ¿Tendría algún inconveniente en que mi mujer viniese al Estudio? Es un poco periodista, ¿sabe? Y le gustaría asistir al rodaje de esta película.

– Claro que sí. Que venga -dijo el de producción-. Nos sentiremos encantados de verla. Se lo ruego…

Ella ya estaba allí desde el mediodía. De momento, sentada a la entrada del decorado, observaba las idas y venidas de los maquinistas y de los actores.

El extra vagaba por los alrededores y fue a sentarse a su lado.

– Apenas si adelantamos -le dijo.

– Exacto -respondió la mujer.

– En Billancourt no ocurre lo mismo -aseguró el extra.

– No sé qué decirle -dijo ella-. La última vez que estuve allí, las cosas tampoco iban mejor. En todas partes cuecen habas, ¿sabe…?

– En las demás profesiones -dijo el extra-, el trabajo resulta más regular. Al salir del Liceo…

– ¿Hace mucho de eso?

– Seis años ya… Sí, entonces ingresé en los Establecimientos Dupompier, donde no pude quedarme mucho tiempo, pues me aburría demasiado. Después estuve en el despacho de un agente de cambio, pero carecía de interés como oficio. A continuación me convertí en recadero, pero sólo por un corto período. Y en el momento actual, resultaba muy difícil encontrar trabajo…

– ¡Le creo! -dijo ella.

– Por lo que estoy satisfecho a más no poder de ser extra ahora -dijo sin convencimiento alguno-. Y me imagino que a usted también le debe gustar esta profesión.

– A decir verdad, no me gustaría mucho dedicarme a ella. Creo que preferiría bailar…

– ¿Entonces usted no es…? -y el extra palideció.

– Soy la mujer del director de la orquesta -respondió ella-. He venido a verle rodar.

El extra se levantó, agobiado.

– Debo ser el único extra que hay en este Estudio -murmuró-. Cuando me dedicaba a entregar paquetes en la tienda de ultramarinos…

– ¡Eso sí que no! -dijo ella-. Hay muchos otros. Por lo demás, estoy segura de que llegará usted a ser alguien… Perdone, mi marido me llama… Además, deben ser ya cerca de las seis. Hasta el lunes, espero…

XI

– No estoy seguro de que realmente te necesitemos -dijo el director de la orquesta-, pero en cualquier caso, incluso si Vernon trae a Didier, podrás distraerte mirando a las extras y los decorados.

El mayor asintió silenciosamente y esbozó una figura de danza para testimoniar su satisfacción.

Atravesaron el río sirviéndose del puente, costearon la orilla a lo largo de unos doscientos metros, y llegaron a los Estudios.

– Aquí estamos -dijo el director de la orquesta-. No tienes más que dar una vuelta para distraerte. Ve a que te maquillen si te divierte.

– ¡Gracias, no! -dijo el mayor.

Y desapareció en dirección al plató B, emitiendo un vapor protector de naturaleza indiscernible.

Toda la mañana transcurrió poniendo a punto una escena corta en la que el gerente del supuesto establecimiento presentaba al público a «La Sirena de las Aguas Aluminíferas», es decir, a Kiki Jacquot disfrazada para la circunstancia con una pesada capa básica de maquillaje, y con dos pastillas en las puntas de los senos.

El gerente se obstinaba en decir «iluminíferas», cosechando en cada intento un muy notable éxito. Pero poco a poco perdió el dominio de sí mismo y empezó a pronunciar correctamente, por lo que el plató se vació de espectadores.

Los músicos se entretenían lo mejor que podían. Doddy hacía confidencias a Muriel sobre sus muy notables cuartos traseros, mientras Vernon y los demás celebraban una sesión de jam detrás del decorado, entre las telas y las escayolas.

El extra estaba figurando por una vez en su vida, sentado a una mesa de mimbre, ante un vaso de naranjada que se llevaba a los labios a intervalos regulares cada vez que se volvía a empezar la escena.

Hacia las once, ésta estaba a punto. Se rodó y todos se fueron a almorzar, contando con volver al trabajo por la tarde un poco antes de lo habitual.

Mercaptan, como estaba previsto, no había ido. El director de la orquesta tenía razón por la cual la joven acabó acostándose con Mercaptan el miércoles siguiente, víspera del matrimonio de éste. Nadie llegaría a saberlo nunca, pues la figuración terminó el lunes por la noche; aunque algunos llegaron a presentirlo, ya que Mercaptan había asegurado repetidamente: 1.°) que la cosa no le interesaba, y 2.°) que el lunes no podría en absoluto ir. Advertencia no obstante la cual, a partir de las tres de la tarde, se le vio aparecer y volver a tomar contacto, y justo en aquel momento se empezaba de nuevo a rodar.

– ¡Luces! -ordenó De Margouillat.

– ¡Luces! -berreó Scipion.

– ¡Cámara!

– ¡Música!

Ahora les vendrá muy bien el swing de allende el Atlántico, y la pareja Montlhery-Descartes empezó a pernear perdidamente, a la moda de tres años antes.

Didier, a quien Vernon había llevado, doblaba a Mercaptan, y el mayor, desocupado, acababa de colocar dos cargas de dinamita debajo del piano. A continuación desmontó el extintor y reemplazó su contenido líquido por gasolina extraída del depósito del coche azul, que era el orgullo de De Margouillat.

Una vez acabada dicha tarea se durmió, atravesado en el pasillo.

– Me parece -observó la script-girl en el momento en que iba a recomenzarse la escena-, que uno de esos señores estaba ayer en estado de ligera erección.

– Hay que tener mucho cuidado de volver a adoptar las mismas posiciones -subrayó Moreuil.

Se le entregó, pues, a Patrick un lote de postales adecuadas, y un operador se las arrancó de las manos cuando hubo alcanzado el ángulo deseado.

– ¡Cámara! -ordenó De Margouillat.

El ambiente de este último día resultaba particularmente febril. Las órdenes se sucedían, y se filmaba a una velocidad infernal.

La cámara se inflamó, debido a ello, y como consecuencia resultó un incendio encantador cuando se puso el extintor en marcha, aunque nadie sintió animadversión por el mayor, porque nadie le había visto hacerlo.

Medio ahogado, el extra salió del plató y dio un traspié en el humo. Corrió y llegó a la altura de un camerino en el que Sortex, cubierto con un soberbio albornoz escarlata, hacía tiempo fumando un cigarrillo.

Se atrevió a dirigirle la palabra:

– Señor Sortex…

– ¿Qué ocurre, amigo mío?

– ¿Usted también empezó trabajando en la figuración antes de llegar a primera figura?

– ¡Qué va! De sobra lo sabes. Yo era cantante. Esta es mi primera película. Aburrida esta profesión, incluso para mí, ¿sabes? O sea que, en cuanto a ti, comprendo que estés hasta el gorro. Deberías probar en la canción. Estoy seguro de que tienes buena voz… pero hay que trabajar mucho.

– En el Liceo -dijo el extra-, yo cantaba un poco.

– ¿Ah, sí…? Eso está muy bien. Sigue, sigue adelante, no te desanimes… Y ahora excúsame, debo ir a rodar.

Tiró la colilla y se alejó por el pasillo.

El extra erró en la dirección del plató y fue a tropezar con el cuerpo del mayor. Este, despertado ya a medias por el reciente paso de Sortex, se frotó los ojos, se sentó y se rodeó las rodillas con los brazos, mientras el extra se colocaba a su lado.

– Hay un incendio -dijo este último.

– ¡Muy bien hecho! -dijo el mayor.

– Acabaremos esta noche -añadió el extra-. Mañana ya no volveremos.

El mayor no respondió, pero hizo un ruido terrible tirando del párpado de su ojo de vidrio y dejándolo volver después a su posición, como se hace con una liga sobre la pantorrilla.

– Cuando -dijo el extra con firmeza-, después de dejar el Liceo, entré en los Establecimientos Dupompier como auxiliar administrativo, hace ya seis años de eso, no permanecí mucho tiempo en ellos. Después estuve empleado en el despacho de un agente de cambio, y después fui recadero de una tienda de ultramarinos. Más tarde trabajé durante un tiempo como representante…

– ¡Estaba usted destinado a la escena! -constató el mayor.

– No -dijo el extra-. Cepillos y betún. Eso me permitió ir tirando un año. A continuación encontré un empleo en el establecimiento de un sastre, que me prometió enseñarme el oficio. Pero era asqueroso. Ocho días después tuve que irme y entré a cuidar perros en una perrera…

– ¿Cuál es su opinión sobre los leghor? -preguntó el mayor.

– ¿Cómo…? -dijo el extra.

– No importa -aseguró el mayor-. Continúe.

– Después de la perrera -dijo el extra-, seguí unos cursos nocturnos. Durante el día fregaba vasos en un restaurante. Y algo más adelante, incluso, me vi beneficiado por una pequeña herencia.

– ¡Yo también! -dijo el mayor-. Tengo que ir a Bayonne para cobrarla. Menudo tostón.

– Pues yo me la gasté toda -concluyó el extra-. Y después me he movido por ahí y he conseguido encontrar este trabajo de figuración. Me siento -continuó con tono sombrío- extremadamente feliz de ser extra.

– No creo -dijo el mayor-, a menos que se sea un consumado cretino y un bruto sin educación, que se pueda encontrar oficio más idiota, más estúpido y más irracional, en fin y para decirlo todo, que el oficio de extra.

– No debería usted decir eso -dijo, traspasado, el extra. A continuación, con un rescoldo de esperanza, añadió-: Además, es su oficio, ¿no es así?

– ¿El mío? -dijo el mayor-. ¿Yo? ¿El mayor?

Y estalló en una carcajada diabólica.

– Además, ha de saber -terminó diciendo- que tengo un ojo de cristal, y que, por lo tanto, no he oído ni una sola palabra de cuanto me acaba de decir.

Se puso en pie, se sacudió el polvo de las nalgas, y se dirigió hacia la salida.

El extra se quedó solo. Dio algunos pasos por el corredor.

El sábado, y ante el espejo grande, el batería bailaba el minué levantándose las perneras de los pantalones y enseñando los calcetines, y Beatrice le enseñaba movimientos de baile clásico en la barra.

El extra, que seguía dando unos pasos todavía, llegó a encontrarse junto a un montón de cascotes procedentes de la demolición del decorado anterior. Entonces, se hizo con un clavo grande y herrumbroso y se lo tragó, muriendo de esta manera en el veintidós año de su vida.

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