El fontanero *

I

No se trataba del timbrazo característico de Jasmin, que además estaba de compras en un sospechoso comercio en compañía de su amante. Tampoco se trataba de mi tío, puesto que acababa de morir dos años antes. El perro acostumbraba tocar dos veces, y en cuanto a mí, disponía de llave. Así pues, había que pensar en otra cosa. Se trataba de un timbrazo muy peculiar: pesado…, cargante, quizá…, no, denso más bien…, un timbrazo lento y caro… El fontanero, por consiguiente.

Entró provisto, en bandolera, de un bastardo morral de piel de herbívoro extinguido cargado de ruidosa chatarra.

– El cuarto de baño está en esa dirección -me dijo con un gesto sagitario.

No es que me hiciese la pregunta. Más bien me estaba informando, finalmente, de dónde se encontraba, en aquel apartamento, el cuarto de baño, dependencia que, sin su observación, hubiera podido yo descuidarme, durante mucho tiempo aún, de localizar con la precisión implicada de pronto por su tajante frase.

A aquella hora del día, puesto que Jasmin no estaba, puesto que mi tío acababa de morir, y puesto que el perro tocaba el timbre dos veces (lo más a menudo), no estaban en casa más que mis once sobrinos y sobrinas, que se entretenían jugando en la cocina con la caldera de gas, por lo que no se oía ningún ruido.

Como, aferrado a su gesto, llegase al salón después de dar una gran vuelta, volví a poner al fontanero en la dirección adecuada, o sea que le guié hasta el cuarto de baño. Me disponía a entrar con él cuando me apartó, sin rudeza desde luego, pero con esa firme actitud de la que sólo saben hacer gala los especialistas.

– No le necesito -me dijo-. Además, se expondría a ensuciarse su hermoso traje nuevo.

Insistió en lo de nuevo.

No dije nada, pues estaba sonriendo, y por añadidura con sorna, y me fui a descoser la colgante etiqueta.

Otro descuido de Jasmin. Pero, después de todo, no se puede esperar de una mujer que no le conoce a uno, que nunca ha oído pronunciar su nombre, que ni siquiera sabe que uno existe, que quizá no existe ella misma más que parcialmente, o en absoluto, no se puede esperar que le preste a uno los servicios de un ama de llaves inglesa, Alice Marshall, nacida en Bridgeport, en el Wilshire. Así que reprendí a Alice por su crónica falta de atención. Ella me hizo considerar que no se puede, a la vez, abstenerse de vigilar a los sobrinos y descoser las etiquetas, ante lo que debí agachar la cabeza, pues en aquel momento pasaba por la puerta que conduce del recibidor al comedor, puerta notoriamente demasiado baja, tal y como se lo había repetido varias veces al arquitecto sordo a sueldo de mi casero.

Una vez arreglado el desorden de mi indumentaria, me dirigí a tientas, para no dar la alarma, hacia la habitación de la madre de Jasmin, a quien tenía reservada una de las más hermosas del apartamento, una de las que daban a la calle, y que daban también al otro lado cuando nadie las miraba, con la única finalidad de conservar el propio equilibrio.

Ya va siendo hora, quizá, de que les trace el retrato de Jasmin. Aunque en la oscuridad, por supuesto (pues nunca se abrían las ventanas, dado que Jasmin no existía y, por consecuencia, no podía tener madre, lo que resulta indiscutible, como lo probará la continuación de la presente historia), aunque en la oscuridad, claro está, la descripción no podría conseguirse con exactitud.

Atravesé la habitación de la madre de Jasmin y abrí con precaución la puerta que, desde ella, daba a la sala de billar, una de cuyas paredes linda con el cuarto de baño. En previsión de la llegada del fontanero, y con mucha anterioridad, había hecho practicar en aquel muro un orificio cuadrado, lo que explica que, desde aquel punto de vista, pudiera, a mi antojo, observar los actos y gestos del individuo mientras él se afanaba alrededor de las cañerías. Levantando la cabeza, me vio y me hizo señas de que me reuniese con él.

Me apresuré a recorrer en sentido inverso el trayecto que acababa de hacer. De pasada, pude darme cuenta de que mis sobrinos continuaban rebullendo junto a la caldera de gas, y experimenté (pero brevemente, pues el fontanero me esperaba, y en absoluto me apetecía que fuera a tomar mi retraso por desdén, característica que se me suele atribuir a causa de mi porte serio), experimenté un completo e irrazonado desprecio con respecto a esos imperfectos aparatos que son las calderas de gas. Llegué con presteza a la antecocina y abrí la puerta de comunicación que daba sobre un estrecho pasillo de cuatro carriles, uno de los cuales conduciría a la sala de billar si no estuviera condenado, el otro, también condenado, a la habitación de la madre de Jasmin, y el cuarto, al cuarto de baño. En cuanto al tercero, lo volví a cerrar, y finalmente entré.

Sentado en el borde de la bañera, el fontanero contemplaba con melancolía las gruesas maderas que protegían los tubos de manera imperfecta, pues acababa de hacerlas saltar en parte con la punta del cortafríos.

– Nunca había visto -me aseguró- una instalación semejante.

– Es antigua -le informé.

– Se nota -dijo él.

– Por eso mismo lo digo -concluí.

Pues resulto totalmente incapaz de determinar la edad de una instalación, a no ser que a todo el mundo se le haga evidente.

– Los hay que hablan mucho -observó-. ¿Y qué consiguen con eso? El que hizo esta instalación no era un hombre del oficio.

– Fue la empresa a la que usted pertenece la que la hizo -le dije-. Lo recuerdo con toda claridad.

– Yo no era empleado suyo en aquel tiempo -aseguró- Si así hubiera sido, me habría despedido.

– Lo que viene a ser lo mismo, si de verdad se hubiera despedido -observé-. Es como si hubiese estado en ella, desde el momento en que no estaba.

– En cualquier caso -continuó-, si agarrase al cochino hijo de puta y del unto de cojones de canguro que cagó este endiablado burdel de mierda de instalación de manera tan repugnante… sí, si lo agarrase…, como suele decirse, no le felicitaría precisamente.

A continuación se puso a jurar y las venas del cuello se le hincharon hasta adquirir el grosor de cuerdas. Cambió de posición, y dirigiendo la voz hacia el fondo de la bañera para obtener una resonancia profunda, se mantuvo en la nueva durante la hora que siguió.

– Bueno -concluyó al quedarse sin aliento-. Pues bien, ha llegado el momento de poner manos a la obra.

Buscaba yo una posición cómoda para verle trabajar, cuando de su morral de cuero sacó un aparatoso soplete. Extrayendo un frasco del bolsillo, vertió su contenido en la cavidad prevista por el industrioso fabricante junto al principio del tubo de aducción de gases. Una cerilla hizo surgir una gran llamarada en dirección al techo.

Alumbrado por la luz azul, el fontanero se inclinó y contempló con aspecto despectivo las dos cañerías del agua caliente y fría, la conducción del gas, la tubería de la calefacción central y otras toberas cuya utilidad me resultaba desconocida.

– Lo mejor -dijo- será cortarlo todo a ras y volver a empezar desde cero. Pero a usted le dolerán después las consecuencias.

– Si no hay otro remedio… -respondí.

No deseando asistir a la masacre, me marché de puntillas. Giró él el registro de la válvula de su soplete en el momento en que yo volvía a cerrar la puerta, y el rugido de la gasolina gasificada apagó el ligero chasquido del resorte al reencontrar acomodo en su ranura.

Pasé por la puerta de la habitación de Jasmin, condenada desde un principio, pero cuya pena acababa de ser conmutada, y, atravesando el salón, me desvié hacia el comedor, desde el que pude volver a mi dormitorio.

Ya me había perdido en el apartamento en más de una ocasión y Jasmin quería que nos mudáramos a cualquier precio, pero a ella le correspondía encontrar dónde por sí sola, puesto que se obstinaba en volver una y otra vez sin que se lo pidiese.

Por lo demás, yo mismo me obstino en seguir hablándoles de Jasmin, y si lo hago es simplemente porque la quiero. Ningún papel desempeña en la presente historia, y probablemente nunca llegará a desempeñar ninguno, a menos, claro está, que yo cambie de opinión, pero esto nadie podría preverlo. Como el desenlace no tardará en ser conocido, resultaría inútil ponerse pesado sobre un tema tan poco interesante. Bastante menos, por supuesto, que cualquier otro. Y estoy pensando particularmente en la cría de la muscicapatita tirolesa y en el ordeño de los pulgones laníferos.

Una vez de regreso en mi habitación, me instalé cerca del mueble de roble encerado que había transformado en electrófono, sin exageración, hacía mucho tiempo ya. Y, manipulando el interruptor que cortaba el conjunto de circuitos cuya desconexión permitía al aparato funcionar, conseguí desencadenar el movimiento del plato sobre el que un disco vino a depositarse con intención de prestarse a la extirpación de la melodía previamente absorbida, mediante el trujamaneo de la punta de una aguja.

Los negruzcos acentos de la Deep South Suite me sumieron muy pronto en mi letargo favorito, y la aceleración resultante del movimiento de los péndulos arrastró al sistema solar a una rotación reforzada que contribuyó a acortar la duración del universo en casi un día. Y ello tanto y tan cumplidamente, que eran las ocho y media de la mañana cuando volví a despertar. Me sentía inquieto por no acariciar con mis piernas las tentadoras piernas de Jasmin. Pero, ay, Jasmin me ignoraba. Y la sigo esperando todavía. Sus cabellos son como el agua bajo el sol, y me gustaría ceñir su cintura con mis robustos brazos y hacerla expirar bajo besos sanguisuales. Aunque, claro está, no los días en que le da por parecerse a Claude Farrère.

«Las ocho y media -me dije-. El fontanero debe de estar muriéndose de hambre…»

Me vestí muy de prisa y me orienté. A continuación salí hacia el cuarto de baño. Sus accesos me parecieron profundamente modificados, como ocurre como consecuencia de algunos cataclismos esenciales. Pero pronto me di cuenta de que la única diferencia existente era la falta de las habituales cañerías, y me acostumbré al cambio.

Tumbado al lado de la bañera, el fontanero respiraba todavía. Me vi forzado a inyectarle consomé por las fosas nasales, pues sus dientes se habían cerrado herméticamente sobre una barrita de soldadura de estaño. Tan pronto como se reanimó, volvió a ponerse al tajo.

– Resulta -me dijo- que ya he terminado lo más gordo de la faena. Todo está cortado a ras de pared, y ahora volveré a empezar desde cero. A usted le toca elegir.

– Haga lo que mejor le parezca -le dije-. Me remito a su capacidad de especialista. Por nada del mundo quisiera que la mínima de mis sugerencias resultase una traba para su espíritu de iniciativa… Para ese espíritu de iniciativa, tal vez debiera decir, que es atributo exclusivo de la corporación de los fontaneros.

– No cargue la mano -me aconsejó-. En principio, le comprendo. Pero mi titulación quedó ya lejos, y si me sigue dando la lata me veré forzado a retirarle la palabra. ¡Es ridículo cómo la gente que se considera instruida experimenta la necesidad de ciscarse en el mundo entero…!

– Le aseguro -protesté- que tengo en muy alta estima el menor de sus actos. Que no le quepa duda alguna sobre mi humildad.

– Bueno -dijo-. En el fondo no soy mal muchacho. Así que voy a hacer una cosa. Voy a volver a dejarlo todo tal y como el otro lo había instalado. Porque, en cualquier caso, fue un colega quien se ocupó del asunto, y un fontanero tiene siempre sus razones. Con frecuencia se dice: «He ahí un tubo que no está derecho…» Y la gente se pregunta por qué, y con toda naturalidad acaba acusando al fontanero. Pero si de verdad se quiere llegar al fondo de la cuestión, se trata habitualmente de una razón que no se conoce, por lo que es preferible llegar a conceder que el tubo no estaba derecho. Pero no; la realidad es que era la pared… Mas, volviendo a nuestro asunto: lo dejaré todo como estaba. Después, tengo la seguridad de que funcionará.

Se me vino a la cabeza una observación: todo funcionaba antes de que llegase. Pero de hecho, quizá yo no tenía ni idea. La parábola del tubo derecho se me había quedado en la mente, así que me callé.

Conseguí volver a encontrar mi cama. Ruido de impacientes pasos resonaba en el piso superior. La gente resulta molesta. ¿No podrían acostarse nerviosamente en lugar de medir nerviosamente el suelo de su dormitorio? Acabé por rendirme a la evidencia: no.

La imagen de Jasmin me obsesionaba hasta la evidencia también, y maldije a su madre por alejarla de mí con una mala uva que nada justificaba. Jasmin tenía diecinueve años, y yo sabía que había conocido ya a otros hombres. Razón de más para que no dudase en admitirme en su intimidad. Sí, se trataba de su madre y de los celos. Sin embargo, me esforcé en pensar en una cosa muy distinta, en una gratuita ruindad, y me costó tanto trabajo llegar a concebir su forma exacta, materializada por medio de hilas de algodón rojo y blanco, que me desvanecí a mi vez durante un largo período. Desde el cuarto de baño, el zumbido del soplete de soldadura azuleaba los bordes de mi sueño con flecos desigualmente oxidados.

II

El fontanero llevaba ya en mi casa cuarenta y nueve horas seguidas. El trabajo estaba aún más lejos de quedar acabado, y pasaba yo por el vestíbulo para dirigirme a la cocina, cuando oí golpes en la puerta.

– ¡Abra! -me decían-, ¡Se trata de una emergencia…!

Abrí y vi a la vecina de arriba de pie delante de mí, y de luto riguroso. Su rostro mostraba las marcas de una desgracia reciente, y estaba chorreando sobre mi felpudo. Parecía que acabase de salir del Sena.

– ¿Se ha caído al agua? -le pregunté con interés.

– Perdone que le moleste, señor -dijo ella-. Es que tengo un escape de agua en mi casa… Llamé al fontanero, y tendría que haber venido hace tres días…

– Dentro tengo uno -contesté-, ¿No será quizá el suyo?

– Mis siete hijos se han ahogado -continuó diciendo-, Sólo los dos mayores respiran todavía, y ello porque el agua no les llega más que hasta el mentón. Pero si al fontanero le queda trabajo aún en su casa… No, no quiero molestarle…

– Me imagino que se equivocó -aventuré-. En cualquier caso, voy a preguntárselo para tener la certeza. En realidad, mi cuarto de baño funcionaba de manera satisfactoria.

III

Cuando entré en el cuarto de baño, estaba dando la última mano a una soldadura en forma de iris que venía a adornar una zona desnuda de la pared.

– Creo que tal y como ha quedado aguantará -me dijo-. Lo he vuelto a dejar todo exactamente como estaba. Tan sólo he añadido algunas soldaduras porque es lo que mejor se me da, y me gusta el trabajo bien hecho.

– Una señora pregunta por usted -le dije-. ¿No sería al piso de arriba al que debía ir?

– ¿No es éste el cuarto?

– El tercero -le dije.

– Sí, entonces me he equivocado -concluyó-. Voy a ver a esa señora. La empresa le mandará la factura. Pero no lamente nada… En un cuarto de baño siempre hay trabajo para un fontanero.

Загрузка...