Los peces muertos *

I

La puerta del vagón se resistía, como de costumbre. En la otra punta del convoy el jefe de la gorra apretaba con fuerza el botón rojo, y el aire comprimido brotaba a chorros en el interior de los tubos. El ayudante se afanaba en intentar separar las dos hojas. Tenía calor. Gotas de sudor gris zigzagueaban sobre su rostro, como moscas, y podía verse el sucio cuello de su camisa de céfiro blindado.

El convoy estaba a punto de volver a ponerse en marcha, cuando el jefe soltó el botón. El aire regurgitó alegremente por debajo del tren y el ayudante estuvo a punto de perder el equilibrio, pues la puerta acababa de ceder de improviso. Se bajó dando traspiés, no sin desgarrar su macuto con el mecanismo de cierre.

El tren volvió a ponerse en marcha, y el desplazamiento atmosférico resultante lanzó al ayudante hacia las malolientes letrinas, en las que dos árabes estaban discutiendo de política a navajazos.

El ayudante se sacudió y se dio unos golpecitos en el pelo, que se aplastó sobre su fofo cráneo como hierba podrida. Un leve humillo brotaba de su semidescubierto pecho, en el que se dibujaban las clavículas prominentes, así como el agradable espectáculo de uno o dos pares de costillas desairadas y mal implantadas. Con paso torpe recorrió el andén, embaldosado con hexágonos rojos y verdes maculados de vez en cuando por prolongados regueros negros. Habían llovido pulpos durante toda la tarde, pero los empleados de la estación pasaban en ocupaciones inconfesables el tiempo que, según su monumental código, hubieran debido consagrar a la limpieza de los andenes.

El ayudante hurgó en los bolsillos y sus dedos dieron por fin con el grueso cartón ondulado que debía entregar a la salida. Sentía molestias en las rodillas, y la humedad de las charcas exploradas durante el día hacía chirriar sus mal afianzadas articulaciones.

En su macuto llevaba un botín más que respetable, hay que reconocerlo.

Alargó su billete al indeterminado hombre que estaba de pie detrás de la reja. El hombre lo cogió, lo miró y sonrió con ferocidad.

– ¿No tiene otro? -dijo.

– No… -dijo el ayudante.

– Este es falso…

– Pues ha sido mi patrón quien me lo ha dado… -dijo el ayudante amablemente, con una sonrisita y un imperceptible gesto.

El empleado rió con ironía.

– Entonces no me extraña que sea falso. Esta misma mañana nos compró diez.

– ¿Diez qué? -dijo el ayudante.

– Diez billetes falsos.

– Pero, ¿para qué? -dijo el ayudante.

Su sonrisa se iba atenuando y ladeándose hacia la izquierda.

– Para dárselos a usted -dijo el empleado-. En primer lugar, para que usted se ganara la bronca, bronca que ya le estoy echando; primo y secundo, para que se viera obligado a pagar la multa.

– ¿Multa por qué? -dijo el ayudante-. Tengo muy poco dinero.

– Porque es una cerdada viajar con billete falso… -dijo el empleado.

– ¡Pero si son ustedes los que los fabrican!

– Resulta necesario, puesto que hay individuos lo bastante cerdos como para viajar con billetes falsos. ¿O crees que es divertido fabricar billetes falsos todo el día?

– Seguro que harían mejor limpiando el andén -dijo el ayudante.

– Déjese de juegos de palabras -dijo el empleado-, Pague la multa. Son treinta francos.

– Eso no es verdad -dijo el ayudante-. Son sólo doce francos cuando no se lleva billete.

– Es mucho más grave llevar uno falso -dijo el empleado-. ¡Pague o llamo al perro!

– No vendrá -dijo el ayudante.

– No -dijo el empleado-. Pero, con todo, a usted le zumbarán los oídos.

El ayudante contempló el rostro lúgubre y descarnado del empleado, quien le devolvió una mirada venenosa.

– Tengo muy poco dinero -murmuró.

– Yo también -dijo el empleado-. Pague…

– Me da sólo cincuenta francos diarios… -dijo el ayudante-, y tengo que comer…

El empleado tiró de la visera de su gorra, y un toldillo azul descendió por delante de su rostro.

– Pague… -dijo mientras el índice y el pulgar de su mano se frotaban entre sí.

El ayudante sacó un monedero lustroso y recosido. Extrajo de él dos billetes de diez francos llenos de cicatrices, y uno más pequeño, de cinco, que sangraba todavía.

– Veinticinco… -propuso sin convicción.

– Treinta… -dijeron los tres dedos extendidos del empleado.

El ayudante suspiró y el rostro de su patrón vino a aparecer entre los dedos de su pie. Le escupió encima, justo en el ojo. Su corazón latía con más intensidad. El rostro se difuminó y se deslució. Depositó el dinero en la mano tendida y salió. Aún llegó a oír el ruidito que hacía la visera de la gorra al recuperar su posición habitual. Con paso lento llegó hasta el borde del repecho. El macuto le lastimaba las escuálidas caderas, y el mango de bambú de su red le golpeaba, siguiendo el ritmo de su paso, las malformadas y enclenques pantorrillas.

II

Empujó la verja de hierro, que cedió con un chirriar espantoso. Una gran lámpara roja se encendió en lo alto de la escalinata, y un timbre resonó débilmente desde el interior del vestíbulo. Entró con la mayor rapidez que pudo y volvió a cerrar la verja no sin electrocutarse, pues el dispositivo antirrobo no se encontraba en aquel momento en su posición habitual.

Comenzó a caminar por la alameda. Justo a mitad de camino, su pie tropezó con un objeto duro, y un chorro de agua helada brotó del suelo penetrándole entré el tobillo y el pantalón y empapándole hasta la rodilla.

Se puso a correr. La cólera, como cada tarde, se iba apoderando de él progresivamente. Subió los tres escalones con los puños apretados. Al llegar arriba, la red se le enganchó entre las piernas y, en el movimiento que hizo para evitar caer, desgarró su macuto por segunda vez en un clavo que surgió de la nada. Algo se había roto en el interior de su cuerpo, y jadeaba intensamente sin decir palabra. Al cabo de unos instantes se calmó, y el mentón se le volvió a derrumbar sobre el pecho. Luego notó el frío de su humedecido pantalón, y agarró el picaporte de la puerta. Volvió a soltarlo precipitadamente. Un maloliente vapor se desprendía de él, y un fragmento de su piel, que había quedado pegado a la ardiente porcelana, se ennegrecía y abarquillaba. La puerta estaba abierta. Entró.

Sus flacas piernas le sostenían con dificultad, y se dejó caer en un rincón del vestíbulo, sobre el frío enlosado con olor a lepra. Su corazón bufaba entre sus costillas, y lo sacudía con grandes golpes brutales e irregulares.

III

– Es poca cosa -dijo su patrón.

Estaba examinando el contenido del macuto.

El ayudante, de pie ante la mesa, esperaba.

– Además, los ha estropeado -añadió el patrón-. El borde de éste está completamente destrozado.

– Es que la red es demasiado vieja -dijo el ayudante-. Si desea que les atrape sellos nuevos y en buen estado, tendrá que conseguirme una red adecuada.

– ¿Quién es el que usa la red? -dijo el patrón-. ¿Usted o yo?

El ayudante no respondió nada. Su mano quemada le estaba doliendo.

– Responda -dijo el patrón-. ¿Usted o yo?

– Yo, pero para usted -dijo el ayudante.

– Creo que no le obligo a hacerlo -dijo el patrón-, Si tiene la pretensión de ganar cincuenta francos diarios, imagino que, en cualquier caso, tendrá que justificarlo.

– Menos treinta francos por el billete… -dijo el ayudante.

– ¿Qué billete? Le pago el viaje de ida y vuelta.

– Con billetes falsos.

– No tiene más que mantenerse atento.

– ¿Y cómo quiere que me dé cuenta?

– No es difícil -dijo el patrón-. Son evidentemente falsos cuando están hechos con cartón ondulado. Los billetes normales son de madera.

– Está bien -dijo el ayudante-. Pero tendrá que devolverme mis treinta francos.

– No. Todos estos sellos están en mal estado.

– No es verdad -dijo el ayudante-. Me he pasado dos horas pescándolos, y me he visto obligado a romper el hielo. He tomado las máximas precauciones, y apenas si habrá estropeados dos sobre sesenta.

– Pero no son los que yo quería -dijo el patrón-. Deseo él dos céntimos de Guayana de 1855. No tengo nada que hacer con la serie de Zanzíbar que, además, ya la pescó ayer.

– Se pesca lo que se encuentra -dijo el ayudante-. Sobre todo con una red semejante. Y, por otra parte, no es la temporada de los de Guayana. Y en cuanto a los de Zanzíbar, podrá cambiarlos.

– Todo el mundo los encuentra este año -dijo el patrón-. No tienen valor ninguno.

– ¿Y el chorro de agua en las piernas, y el dispositivo de la verja, y el picaporte de la puerta…? -explotó de repente el ayudante.

Su rostro escuálido y amarillo se pobló de arrugas, y parecía a punto de llorar.

– Todo eso le endurece -dijo el patrón-, Y además, ¿a qué quiere que me dedique? Si no, me aburría.

– Vaya a buscar sellos -dijo el ayudante.

Estaba consiguiendo contenerse sólo a costa de un esfuerzo considerable.

– Le pago para eso -dijo el patrón-. Es usted un ladrón. Roba el dinero que gana.

El ayudante se pasó la gastada manga por la frente con un gesto cansado. Sentía la cabeza tan despejada como una esquila. La mesa se separó ligeramente de él, y buscó algo a lo que aferrarse. Pero la chimenea se zafó a su vez, por lo que se derrumbó.

– Levántese -dijo el patrón-. Sobre mi alfombra no…

– Quisiera cenar… -dijo el ayudante.

– La próxima vez, regrese más temprano -dijo el patrón-, Y ahora, levántese. No quiero verlo sobre mi alfombra. ¡Levántese, demonios!

Su voz temblaba de furor y sus nudosas manos tamborileaban sobre el escritorio.

El ayudante hizo un esfuerzo terrible y consiguió ponerse de rodillas. El vientre le dolía, y de la mano le salía suero mezclado con sangre. Se la había vendado con un pañuelo sucio.

El patrón hizo una rápida selección y le arrojó tres sellos a la cara. Estos se adhirieron a su mejilla con un ligero ruido de ventosa.

– Irá a devolverlos al lugar de donde los sacó -dijo.

Amartillaba las sílabas para darles la forma de púas aceradas.

El ayudante lloraba. Los lacios cabellos le caían sobre la frente, y los sellos le marcaban la mejilla izquierda. Pesadamente, se puso en pie.

– Por última vez -dijo el patrón-. No quiero sellos en mal estado. Y no me cuente historias sobre la red.

– No, señor -dijo el ayudante.

– Ahí tiene sus cincuenta francos -dijo el patrón.

Sacó un billete de su bolsillo, escupió encima, lo desgarró a medias y lo arrojó al suelo.

El ayudante se agachó penosamente. Sus rodillas crujían con repiqueteos breves y broncos.

– Lleva la camisa sucia -dijo el patrón-. Dormirá fuera esta noche.

El ayudante recogió el billete y salió de la estancia. El viento soplaba a más y mejor, y agitaba el cristal ondulado situado delante de la reja de hierro forjado de la puerta del vestíbulo. Volvió a cerrar la del despacho, no sin dirigir una última ojeada hacia la silueta de su patrón. Inclinado sobre su álbum de Zanzíbar, y provisto de una gran lupa amarilla, éste estaba comenzando a cotejar, para luego proceder a la evaluación.

IV

Volvió a bajar las gradas de la escalinata, apretujando en torno a su cuerpo su larga pelliza verdecida por contactos demasiado prolongados con el agua de las charcas de sellos. El viento se colaba por los agujeros del tejido e hinchaba su espalda hasta darle el aspecto de un jorobado, lo que no dejaba de ir en perjuicio de su columna vertebral. Sufría, además, de mimetismo interno, y cada día debía luchar para conservar sus órganos afectados con su función habitual y su forma ordinaria.

Era noche completamente cerrada ahora, y de la tierra se desprendía un reflejo deslucido y barato. El ayudante giró a la derecha y siguió el muro de la casa. Se guiaba por la línea negra que formaba la manguera desenrollada de la que su patrón se servía para ahogar las ratas de la bodega. Llegó por fin a la caseta de perro contigua a ésta, y apolillada, donde ya había dormido la víspera. La paja, en su interior, estaba húmeda y olía a cucarachas. Un viejo trozo de manta semicerraba el redondeado acceso. Cuando la apartó para introducirse a tientas, se produjo un destello cegador y una explosión. Un gran petardo acababa de estallar en el interior de la caseta llenándola de un violento olor a pólvora.

El ayudante se sobresaltó, y su corazón parecía que iba a enloquecer. Trató de dominar sus latidos dejando de respirar, pero los ojos comenzaron a danzar casi al instante, y tragó con avidez una bocanada de aire. El olor de la pólvora se adentró en sus pulmones al mismo tiempo, y consiguió calmarle un poco.

Esperó a que el silencio volviese a reinar y escuchó con atención. A continuación silbó suavemente. Sin siquiera volverse, penetró a gatas en la caseta y se acurrucó sobre la infecta paja. Silbó de nuevo y volvió a prestar oído. Unos pasos ligeros y menudos se aproximaban, y a favor del pálido reflejo del suelo, pudo ver a su cosa viviente que venía a su encuentro. Se trataba de una cosa viviente, suave y peluda, domesticada, a la que alimentaba peor que mejor con peces muertos. Entró a su vez en la caseta y se tumbó pegada a su lado. El se acordó de repente de algo y se llevó la mano a la mejilla. Los tres sellos estaban empezando a chuparle la sangre, y se los arrancó brutalmente, conteniéndose para no gritar. Los arrojó lejos de sí, al exterior de la caseta. La humedad del suelo los conservaría, sin duda, hasta el día siguiente. La cosa viviente empezó a lamerle la mejilla, y él le habló para calmarse. Le hablaba en voz baja, pues su patrón utilizaba sistemas para escucharle cuando estaba solo.

– Me tiene harto -susurró.

La cosa viviente emitió un dulce murmullo y le lamió con más entrega.

– Creo que debería hacer algo. No dejarme maltratar, ponerme camisas limpias a pesar de su prohibición y hacerme con billetes falsos de madera. Y también, reparar la red e impedirle que le haga agujeros. Creo que debería negarme a dormir en esta caseta y exigir mi habitación, así como pedirle aumento, porque no puedo vivir sólo con cincuenta francos diarios. Y, además, debería engordar y ponerme robusto y muy lustroso, y rebajarme cuando menos lo esperase, y arrojarle un ladrillo a la cabeza. Sí, me parece que lo haré.

Cambió de posición y discurrió con tanta intensidad que el aire de la caseta comenzó a escapar a ráfagas por la redondeada abertura, y no quedaba ya suficiente para respirar en el interior. Cierto que volvía a entrar un poco por las grietas que había en el suelo de la caseta, a través de la paja, pero ello contribuía a aumentar todavía más el olor a cucaracha, que se mezclaba ahora con un desagradable aroma a babosas en celo.

– No me gusta esta caseta. Hace frío. Afortunadamente, estás aquí. Se oyen ruidos en la bodega. Debe ser el agua que está entrando en las madrigueras de las ratas. No se puede dormir con chillidos de roedores en los oídos todas las noches que el buen Dios nos apaga. ¿Por qué se empeña a toda costa en matar a esas ratas, y además en matarlas con agua? A las ratas se las mata con sangre.

La cosa viviente ya no le lamía. La podía ver de perfil sobre el fondo gris de la luminosa tierra, con su fino hocico, sus orejas puntiagudas y sus amarillos ojos que reflejaban algunos destellos fríos. Giró ella sobre sí misma, buscando un sitio cómodo, y se colocó por fin pegada a él, con el morro sobre sus muslos.

– Tengo frío -dijo el ayudante.

Y se puso a sollozar silenciosamente. Sus lágrimas resbalaban sobre la paja, de la que se levantaba un ligero vapor, con lo que el contorno de los objetos se hacía difuso.

– Despiértame mañana temprano -añadió-. Tengo que volver a llevarme esos tres sellos. Con tal de que no me dé un billete falso para el tren…

Se produjo un estrépito lejano y a continuación grititos agudos y ruidos de menudos galopes.

– ¡Oh…! -dijo el ayudante-. ¡Ya está! ¡Ya empezó otra vez con las ratas! Me gustaría que fuese una de ellas. Yo mismo sujetaría la manguera. Espero que me dé mis cincuenta francos mañana por la noche. Tengo hambre. Me comería una rata viva.

Se apretó el vientre con las dos manos y siguió llorando. A continuación, el ritmo de sus sollozos fue aminorando poco a poco, de la misma manera que se detiene una locomotora, y su cuerpo retorcido se relajó. Sus pies salían por la abertura de la caseta, y se durmió con la mejilla apoyada sobre la paja maloliente. De su vientre vacío surgía un ruido de grava.

V

Desde la habitación por la que se estaba arrastrando, el patrón oyó la melodiosa frase mediante la cual la vendedora de pimienta anunciaba de ordinario su paso. Entonces, se puso sobre sus pies, comprobó que de tal manera también podía andar, y corrió hacia el vestíbulo, cuya puerta abrió con consciente brutalidad. De pie en la escalinata, contempló cómo la joven se acercaba.

Llevaba ella su uniforme habitual, una faldita tableada a ras de las nalgas, calcetines cortos de color rojo y azul y un bolero que dejaba descubierta la parte inferior de los senos, sin olvidar el gorrito de algodón a rayas rojas y blancas que los vendedores de pimienta de isla Mauricio han impuesto en el mundo a fuerza de paciencia.

El patrón le hizo una señal, y ella avanzó por la alameda. El bajó al mismo tiempo los escalones y se adelantó a su encuentro.

– ¡Hola! -le dijo-. Querría pimienta.

– ¿Cuántos granos? -preguntó la joven con una sonrisa fingida, pues le detestaba.

Sus negros cabellos y su piel mate causaban al patrón el efecto de un vaso de agua fría sobre los cataplines, efecto muy importante, a decir verdad.

– Suba los escalones -le dijo- y le precisaré la cantidad.

– Lo que usted quiere es quedarse abajo y verme los muslos. Eso es todo, ¿a que sí?

– Sí -dijo el patrón babeando.

Y ya tendía las manos.

– Primero pague la pimienta -dijo ella.

– ¿Cuánto?

– Cien francos el grano, y con derecho a probarlo primero.

– ¿Subirá los escalones? -murmuró el patrón-. Le regalaré una serie de Zanzíbar.

– Ayer mi hermano trajo tres a casa -dijo la joven con una risita meliflua-. Pruebe, pruebe mi pimienta.

Le alargó un grano y el patrón no se dio cuenta de que se trataba de una semilla de clavel venenoso. Sin desconfianza alguna, se la llevó a la boca y la tragó.

La vendedora de pimienta se alejaba ya.

– ¿Cómo? -se asombró el patrón-, ¿Y los escalones?

– ¡Ja, ja, ja! -dijo la vendedora de pimienta con una malignidad consumada.

Durante ese tiempo el patrón comenzó a notar los efectos reconfortantes del veneno, y se puso a correr a toda velocidad alrededor de la casa. Apoyada en la verja, la vendedora de pimienta le contemplaba.

A la tercera vuelta, le hizo una señal y esperó a que él la mirase a su vez, lo que acabó haciendo en el curso de la cuarta vuelta, y ello sin dejar de correr cada vez más deprisa. Entonces, la joven se levantó la faldita tableada y, desde su posición, vio el rostro del patrón volverse de color violeta, a continuación completamente negro, y después comenzar a arder. Y como la estaba mirando con los ojos clavados sobre lo que le enseñaba, se le enredaron los pies en la manga de riego que utilizaba para ahogar a las ratas. Se desplomó, dándose de cara contra una gran piedra, y ésta se le empotró exactamente entre los pómulos, en el emplazamiento de la nariz y de las mandíbulas. Sus pies pataleaban aún contra el suelo, en el que excavaban un doble reguero donde poco a poco, y a medida que sus zapatos se fueron gastando, se vio aparecer las huellas de los cinco groseros dedos del pie de los que se servía para sujetar sus calcetines.

La vendedora de pimienta volvió a cerrar la reja y reemprendió su camino, echando para el otro lado la borla de su gorrito de algodón, en señal de befa.

VI

El ayudante se esforzaba en vano en abrir la puerta del vagón. Hacía mucho calor en el tren. De esa manera, los viajeros se constipaban al bajar, y el maquinista tenía un hermano que vendía pañuelos.

Había penado durante toda la jornada para conseguir una recolección miserable, pero el corazón lo traía henchido de satisfacción, pues se disponía a matar a su patrón. Finalmente consiguió separar las dos mitades de la puerta tirando hacia arriba y hacia abajo, y comprendió que el jefe de la gorra se la había puesto de lado para gastarle una broma malintencionada. Feliz por haber desbaratado tan mala pasada, saltó con ligereza sobre el andén y se hurgó en el bolsillo. Encontró sin esfuerzo el trozo de cartón ondulado que iba a entregar a la salida y avanzó rápidamente hacia esta última, ocupada por un hombre con cara socarrona, en quien reconoció al empleado del día anterior.

– Traigo un billete falso… -le dijo.

– ¡Ah! -dijo el otro-. Déjeme ver…

Le alargó su billete y el hombre lo cogió. A continuación lo examinó con una atención tan intensa, que su gorra se abrió para permitir que las orejas se metieran en el forro.

– Está bien imitado -dijo el hombre.

– Salvo que no es de madera, sino de cartón -dijo el ayudante.

– ¿De veras? -dijo el hombre-. Juraría que es de madera. A no ser que no supiera que es de cartón, claro está.

– En cualquier caso -dijo el ayudante-, pensar que mi patrón me lo ha dado como si fuera verdadero…

– Uno de los buenos no cuesta más que doce francos -dijo el hombre-. Estos le salen mucho más caros.

– ¿Cuánto? -preguntó el ayudante.

– Le daré por él treinta francos -dijo el hombre, y se echó mano al bolsillo.

Por la soltura de tal gesto, el ayudante se dio cuenta de que debía tener malas costumbres. Pero el hombre sacó solamente tres billetes de diez francos falsificados con cáscara de nuez.

– Aquí tiene -añadió.

– ¿Serán falsos, por supuesto? -preguntó el ayudante.

– No puedo darle dinero del bueno a cambio de un billete falso, compréndalo -dijo el empleado.

– Claro -dijo el ayudante-, pero me quedo con el billete.

Contrayéndose, tomó un gran impulso, gracias al cual su delgado puño consiguió desnudar de su piel toda la parte derecha de la cara engorrada. El hombre se llevó la mano a la visera y cayó en posición de saludo, lo que originó que se golpeara el codo contra el duro cemento del andén, embaldosado con hexágonos, y en aquel preciso lugar, azules y fosforescentes.

El ayudante saltó por encima del cuerpo y siguió adelante. Se sentía impregnado por una vida caliente y límpida, y apretó el paso para trepar al repecho. Liberó su red de la correhuela que la sujetaba, y se sirvió de ella para la escalada. De pasada, iba atrapando los chapiteles de los postes de hierro que sostenían la reja de protección a lo largo de la vía construida en desmonte, y, tirando del mango, salvaba diestramente las cortantes piedras del sendero. Al cabo de algunos metros, la red, deshilachada, salió volando. Pensó que pasaría el aro de alambre alrededor del cuello de su patrón.

Muy pronto estuvo ante la verja, y la empujó sin precauciones. Esperaba recibir alguna descarga que vivificase aún más su cólera, pero no sintió nada y se detuvo. Delante de los escalones, algo se movía débilmente. Corrió a lo largo de la alameda. A pesar del frío, su piel empezaba a enrojecer, y notaba el olor olvidado de su cuerpo, del que emanaba cierto aroma a paja y a cucarachas.

Endureció sus bíceps filiformes, y sus dedos se crisparon sobre el mango de bambú. Su patrón, sin duda alguna, había matado a alguien.

Paró en seco, estupefacto, al reconocer el traje oscuro y el cuello reluciente de almidón. La cabeza de su patrón no era ya más que una masa negruzca, y sus piernas habían terminado de excavar dos profundos surcos rayados.

Una especie de desesperación se apoderó de él y comenzó a temblar con todos sus miembros, agitado por su cólera y por su deseo de matanza. A continuación, miró a su alrededor inquieto y trastornado. Había preparado montones de cosas que decir. Y era preciso decirlas.

– ¿Por qué lo hiciste, marrano?

«Marrano» resonó en el aire neutral con una sonoridad arcaica e insuficiente.

– ¡Marrano! ¡Cerdo! ¡Cabrón! ¡Merdoso! ¡Sucio cabrón! ¡Ladrón! ¡Crápula! ¡Cabrón!

Algunas lágrimas caían de sus ojos, pues el patrón no respondía. Entonces agarró el mango de bambú y se lo clavó en mitad de la espalda.

– Responde, viejo imbécil. Me diste un billete falso…

Apretó con todas sus fuerzas, y el mango penetró en los tejidos ablandados por el veneno. Le dio vueltas para obligar a salir a los gusanos, maniobrando el otro extremo del mango como si se tratase del astil de un giroscopio.

– Un billete falso, paja con cucarachas, mis treinta francos y además tengo hambre. ¿Y mis cincuenta francos de hoy?

El patrón ya casi no se movía y los gusanos habían dejado de salir.

– Quería matarte, sucio cabrón. Era preciso que te matara. Que te matara bien muerto, viejo imbécil, a ti, sí. ¿Y mis cincuenta francos, eh?

Sacó el mango de la herida y golpeó con gran fuerza sobre el carbonizado cráneo, que se deshizo como la corteza de un sufflé demasiado cocido. En el lugar de la cabeza del patrón ya no quedaba nada. La cosa terminaba en el cuello.

El ayudante dejó de temblar.

– ¿Prefieres desaparecer? De acuerdo. Pero, por mi parte, es preciso que mate a alguien.

Se sentó en el suelo, lloró como lo había hecho la víspera, y su cosa viviente acudió a paso ligero, en busca del calor de una amistad. El ayudante cerró los ojos. Sentía sobre la mejilla el contacto suave y tierno, y sus dedos se cerraron sobre el delicado cuello. La cosa viviente no hizo ni un solo movimiento para desasirse, y cuando la caricia se hizo fría en su mejilla, se dio cuenta de que la había estrangulado. Entonces se levantó. Fue dando traspiés a lo largo de la alameda y salió por fin al sendero. Giró a la derecha sin saber por qué, y el patrón ya no se movía en absoluto.

VII

Vio la gran charca de los sellos azules justo delante de él. La noche caía y el agua refulgía con reflejos misteriosos y lejanos. La charca era poco profunda. En ella había sellos por centenares, pero no tenían mucho valor, pues se reproducían durante todo el año.

Sacó dos estacas de su macuto y las clavó en las proximidades de la charca, a un metro la una de la otra. Entre las dos tendió un alambre de acero estridente, y pulsó con el dedo para obtener una nota triste. El alambre estaba situado a diez centímetros del suelo, paralelo a la orilla de la charca.

El ayudante se alejó algunos pasos, después se volvió haciéndole frente al agua, y caminó derecho hacia el hilo. Llevaba los ojos cerrados y silbaba una melodía tierna, la que más le gustaba a su cosa viviente. Andaba levemente, con pasos menudos, y sus pies tropezaron con el alambre. Cayó, con la cabeza en el agua. Su cuerpo permanecía inmóvil y, bajo la muda superficie, algunos sellos azules empezaban ya a adherirse a sus mejillas macilentas.

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