Anotación número 27.

SÍNTESIS: No, no hay síntesis… ¡no puedo!

Estoy solo en medio de todos estos pasillos subterráneos que parecen no tener fin. Encima de mi cabeza, un mudo cielo de cemento armado. En algún lugar indeterminado gotea agua de las piedras. Ahí está la puerta intransparente y pesada y, detrás, aquel sordo ruido. Ha dicho que vendría a verme puntual a las 16 horas. Pero ya son las 16 y cinco, y diez, y quince, y nadie está a la vista. Voy a esperar otros cinco minutos. Y si entonces no viene…

De algún lugar cae agua de las piedras. Triste pero feliz, pienso: «¡Salvado!» Doy lentamente media vuelta y desando el camino a través del pasillo. Va palideciendo la temblorosa luz de las pequeñas lámparas…

De pronto abren violentamente una puerta a mi espalda, y unos pasos rápidos, blandos, que encuentran un fuerte eco entre las paredes, se acercan… Ella está de pronto frente a mí, un poco jadeante, cortada la respiración por haber corrido.

— ¡Sabía que vendrías…, sí, que vendrías… tú! ¡Oh, tú!

Cuando alzo la vista y… Pero ¿cómo describir lo que siento cuando sus labios rozan los míos? ¿Con qué fórmula puedo expresar el tormento y el torbellino de mi alma, cómo barre todo lo que en mi vida se contiene, absolutamente todo, a excepción de su existencia? Sí, sí… en mi alma, ya podéis reíros si queréis, ¡qué me importa!

Ella alzó lentamente los párpados y dijo con voz suave:

— Basta…, luego. Hemos de irnos.

Abrió una puerta. Había unos escalones, viejos, gastados por el paso de los tiempos. Un ruido ensordecedor, silbidos, luces…

Desde entonces han pasado ya veinticuatro horas contadas. Ya me he tranquilizado algo, pero aun me cuesta un gran esfuerzo poder narrar mis aventuras con alguna precisión. En mi cabeza parece como si hubiese estallado una bomba: hay unos cráteres abiertos como boquetes, hay alas, gritos, hojas, palabras, piedras…, un terrible caos.

Recuerdo que mi primera idea fue ¡volver!, volver rápidamente. Sabía que mientras iba andando por los pasillos subterráneos, los habitantes de un desconocido país estaban derrumbando el Muro Verde y asaltaban la ciudad que con tan gran esfuerzo se había saneado y limpiado del mundo primitivo. Algo similar debía de haber dicho a I, pues ella sonreía:

— Pero ¡qué va!, lo único que sucede es que estamos al otro lado.

Entonces abrí los ojos y contemplé un reino que hasta entonces solamente había visto a través del cristal esmerilado del Muro Verde.

Lucía el sol…, pero no era aquella superficie uniforme, repartida armoniosamente por todo el brillante plano de la calle; eran unas cuñas vivas, unas manchas oscilantes que cegaban los ojos y me causaban mareo. Unos árboles rectos como palos, altos como el cielo, unos surtidores silenciosos y verdes con ramas nudosas… Y todo esto se movía, susurraba y murmuraba.

A pocos metros de distancia dio un brinco un ser peludo y redondo como una pelota y huyó con violento impulso. Me quedé como clavado en el suelo, y no creía tener fuerzas para seguir adelante, pues bajo mis pies no había una superficie lisa y uniforme, sino algo repugnantemente blando, vivo y verde.

Estaba como atontado y creía ahogarme…, sí, ahogarme; ésta es la única palabra verdaderamente adecuada. Seguí allí inmóvil, agarrándome con ambas manos a una rama oscilante.

— ¡No tengas miedo! Esto es solamente al principio, pero pasa. Ten valor — dijo I.

Encima de aquella red palpitante, que se movía locamente, descubrí al lado de I un agudo perfil, como recortado en papel: el doctor. Le reconocí inmediatamente. Los dos me tomaron de la mano y me arrastraron consigo, sonriendo divertidos. Fui dando tropiezos y resbalones a cada instante. Alrededor de nosotros, oía gritos, veía musgo blando, montones de tierra, oía graznidos de águilas, ramajes, árboles, alas, hojas, silbidos agudos… Pronto clareó el bosque y distinguí una gran pradera y muchas personas… o, mejor dicho, muchos seres vivos.

Ahora llego precisamente al punto que resulta más difícil de describir. Pues lo que tuve que contemplar en aquel claro del bosque traspasaba los límites de todo lo verosímil. Se me hizo consciente súbitamente el porqué I había guardado siempre un silencio tan terco e impenetrable, ya que jamás la habría creído; no, ni siquiera a ella la habría creído. También es posible que ni me crea a mí mismo siquiera, mañana, al releer estas anotaciones.

Alrededor de una roca desnuda, en medio de la pradera, se apiñaban las gentes… tal vez unos tres o cuatro mil seres. Bien…, llamémoslos humanos, pues seguramente no se puede denominar de otra manera a estas criaturas. Al principio distinguí tan sólo nuestros uniformes gris azulados entre la turba, pero al instante descubrí otros de piel negra, roja, morena, gris, blanca… Sí, de todos modos sólo podía tratarse de hombres.

Todos carecían de vestidos y llevaban una breve piel como la del caballo prehistórico de nuestro museo. Pero las hembras tenían el mismo rostro que nuestras mujeres, sonrosados y tiernos, y sus senos, grandes, firmes y de forma hermosa y geométrica, no eran peludos; en los hombres sólo parte de sus facciones estaban exentas de pelo, como en nuestros antepasados.

Esta visión me pareció tan asombrosa que me quedé clavado en el suelo, sin poder apartar la mirada de cuanto veía.

De pronto me encontré sólo: I ya no se hallaba a mi lado. No podía explicarme adónde había ido a parar, ni cómo había desaparecido. Y a mi alrededor quedaban solamente estas criaturas cuyas pieles relucían como atlas al sol. Cogí a una de ellas por el hombro cálido y moreno. Oiga, por lo que más quiera, por el Gran Protector, ¿ha visto tal vez adónde se ha marchado? Hace un instante estaba aquí todavía…

Me obsequió con una mirada sombría:

— ¡Chitón! Cállese… — y señaló hacia la roca, en medio del claro del bosque.

Allá arriba estaba ella, encima de las cabezas de los presentes. El sol me caía en línea recta sobre las pupilas, de modo que solamente pude verla como una simple silueta negra y angulosa, destacada contra el azul del cielo como si se tratara de una pantalla. Unas nubes bajas flotaban ligeras en la atmósfera y tuve la impresión de que no flotaban, sino que lo hacía la roca y encima también ella, la multitud y todo el claro del bosque…, como si todo se moviera silenciosamente como una nave encima de las olas. La tierra parecía inverosímilmente ligera… tan ligera que se me escapaba bajo los pies…

— ¡Hermanos!… — dijo I —. ¡Hermanos, todos sabéis que en la ciudad, detrás del Muro Verde, están construyendo el Integral! Sabéis que se acerca el día en que derruiremos aquel muro, todos los muros, para que la brisa lozana y verde alcance a toda la Tierra. Pero el Integral quiere llevar, en cambio, estos muros allá arriba, a otros mundos, que os saludan brillando, en medio de la noche, como las llamas claras a través de los follajes negros…

Alrededor de la roca todo hervía, aullaba y vociferaba ferozmente.

— ¡Abajo con el Integral! ¡Abajo!

— No, hermanos, el Integral ha de ser nuestro. El día en que se dirija por vez primera hacia las alturas, nosotros estaremos a bordo. Pues el constructor del Integral es uno de los nuestros. Ha dado la espalda a los muros y ha venido conmigo para quedarse entre nosotros. ¡Viva el constructor del Integral!

Un segundo…, y sin saber cómo me encontré también arriba, muy alto, y según me pareció desde la altura inconcebible, a mis pies había muchas cabezas, bocas vociferantes, brazos alzados hacia el cielo. Era una sensación extraña, embriagadora: estaba alzado por encima de todos los demás, era un ser único, todo un mundo y había dejado de ser un simple número…

Fatigado y dichoso al mismo tiempo, como después de un abrazo, salté de la roca. Sol, voces desde arriba y la sonrisa de I. Una mujer que olía a hierbas aromáticas y tenía una rubia cabellera y un cuerpo brillante como el satén vino a mi encuentro; en sus manos traía una fuente de cera; la llevó a sus propios labios y luego me la tendió. Bebí ávidamente, con los ojos cerrados para apagar en mi interior el incendio; bebí algo dulce, unas chispas frías.

Entonces, la sangre de mis venas empezó a hervir, y todo el mundo dio vueltas rápidas ante mis ojos, y la tierra ligera como una pluma pareció volar. Todo perdía el peso de la gravedad, adquiriendo sencillez y simplicidad… todo era claro y fácilmente comprensible.

De pronto descubrí en la gran roca las monstruosas letras MEPHI. Ya nada me maravillaba, pues éste era el fuerte vínculo que todo lo unía. Luego vi un dibujo que según creo también estaba esculpido en la gran piedra: un joven alado con el cuerpo transparente y en lugar de corazón tenía un ascua ardiendo.

Comprendí lo que representaba el ascua; no, lo intuí, del mismo modo que cada una de las palabras de I (volvía a estar en lo alto de la roca y hablaba nuevamente), lo intuí sin escuchar siquiera. Experimenté sin equivocarme que todos respiraban al mismo compás, que todos volaban hacia cierto lugar, como en otro tiempo los pájaros encima del Muro Verde…

En la palpitante jungla de aquellos cuerpos, se alzó una voz potente:

— ¡Pero eso no es más que una gran locura!…

Creo que yo, sí, estoy completamente seguro de que era yo, salté sobre la roca y grité:

— ¡Sí, es una locura! Todos han de perder la razón, todos, y cuanto antes mejor. Así ha de ser… ¡Yo lo digo!

I permanecía sonriente a mi lado. En mi interior ardía también un ascua… De todo cuanto sucedió después quedaron en mi memoria solamente unos fragmentos.

Un pájaro voló lentamente ante mis ojos. Vi que estaba vivo igual que yo: volviendo la cabeza hacia la izquierda y luego a la derecha, me miró fijamente con sus ojos negros y redondos… Vi una espalda reluciente, que tenía una piel lisa de color marfil. Un insecto oscuro, con unas alas diminutas y transparentes caminaba por esta espalda. La espalda se encogió para deshacerse del insecto, se encogió por segunda vez…

Luego unas rejas entrelazadas, verdes: hojas. A su sombra se había echado la gente masticando algo que me recordaba la legendaria alimentación de nuestros antepasados…, una fruta alargada, amarilla y algo de aspecto oscuro. Una de las mujeres me tendió un trozo, lo que me divirtió, pues ni siquiera sabía si aquello era comestible. Luego vi una nueva multitud de personas: cabezas, piernas, brazos, bocas.

Por un segundo reconocí con absoluta claridad los rostros… pero en el instante siguiente habían ya desaparecido, estallando como unas pompas de jabón. Unas orejas gachas, sonrosadas y transparentes se deslizaron junto a mí…

¿O tal vez no eran más que figuraciones mías? Tiré a I de la manga, muy débilmente. Ella se volvió:

— ¿Qué sucede?

— Él está aquí.

— ¿Quién?

— Sí, acabo de verlo… Estaba aquí, ahora mismo, en medio de las gentes…

Las cejas negras y estilizadas se enarcaron. I sonreía. No pude comprender por qué sonreía… sí, ¿por qué?

— ¿Es que no comprendes lo que significa si él o alguno de los suyos está aquí? — susurré excitado.

— ¿Cómo se te ocurre pensar tal cosa? Ninguno de ellos pensaría en buscarnos aquí. Procura reflexionar: ¿habrías podido imaginar tú que estamos aquí, y que todo esto es posible? Tal vez en la ciudad nos puedan detener, pero aquí no. ¡Estás soñando!

I sonrió de nuevo (también yo me puse a reír). La tierra flotaba bajo mis pies, ebria, alegre y ligera…

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