Madrid, La Latina.
Tras subir las empinadas escaleras de su apartamento, Gabriel se encontró aún peor. Entró al servicio corriendo y llegó justo a tiempo de vomitar en la la/a la media pizza que había cenado. Al ver un par de gambas casi enteras sobre la porcelana blanca volvió a sentir bascas, pero el estomago se le había vaciado y sólo consiguió arrugarse de dolor.
Se lavó la cara ante el espejo y comprobó que tenía los ojos rojos y algo vidriosos, como si llevara días sin dormir. No era extraño que le costara enfocar la vista. Las venas de las sienes estaban hinchadas y al latir parecían lombrices vivas, y con cada palpitación una oleada de dolor le recorría la cabeza.
Se preguntó si mantener el contacto mental con Kiru le ponía en peligro de sufrir un derrame cerebral. Quería saber más sobre su pasado, quería descubrir cuál era el secreto del poder de la Atlántida. Pero temía que, por culpa de aquel esfuerzo casi sobrenatural, se estuviera formando un trombo dentro de su cráneo.
Pasó a la cocina, abrió el cajón donde guardaba las medicinas y se tomó dos nolotiles con un trago de agua. Después se dirigió al dormitorio, lo que en aquel cuchitril suponía cuatro zancadas. Pero al pasar delante de la televisión recordó las últimas noticias que había visto en casa de Celeste y la encendió.
En todos los canales de noticias hablaban de lo que estaba ocurriendo en el golfo de Nápoles. Las imágenes eran lejanas, y mostraban un enorme penacho de humo, una especie de hongo oscuro cuya textura rugosa se asemejaba a la de un brécol monstruoso.
Según la información, se trataba de una erupción pliniana, no de un supervolcán. Magro consuelo para los habitantes de la zona, pensó Gabriel, pues bastaba con un volcán sin prefijo aumentativo para destruir la ciudad de Nápoles y sus aledaños.
Por el momento, todavía se recibían imágenes de la región afectada. Un plano mostró una autopista sobre la que caía una nevada grisácea: cenizas volcánicas. Salvo un carril señalado con balizas luminosas por el que entraban ambulancias y coches de bomberos, todos los demás se habían convertido en vías de salida. Pese a aquella medida, los coches estaban parados. Muchos conductores habían apagado el contacto, pero otros mantenían encendidos los pilotos traseros. Las mortecinas luces rojas le recordaron a Gabriel una fantasmal procesión nocturna.
«Todas las carreteras de la zona están colapsadas», informaba la locutora de Televisión Española. «Debido a la lluvia de cenizas se han suspendido casi todos los vuelos, por lo que la evacuación está siendo más difícil todavía. Si la situación sigue así, se prevé una catástrofe humanitaria de consecuencias…».
Gabriel, que ya echaba en falta el latiguillo de la «catástrofe humanitaria», cambió de canal. En la NNC, sobre imágenes de Italia, desfilaban rótulos que informaban sobre el desarrollo de la erupción de Long Valley. «Corn Belt affected by the ashfall». Las cenizas ya habían llegado al cinturón cerealístico, las fértiles llanuras del Medio Oeste. Según la información, amenazaban con arruinar las cosechas de trigo y maíz, pero Gabriel entendió que el verbo «amenazar» era un eufemismo: esas cosechas ya estaban destruidas. ¿Qué ocurriría en invierno cuando el principal granero del mundo se encontrara desabastecido?
«Paso a paso», se dijo Gabriel, como si estuviera en su mano solucionar aquel desastre más adelante. Entró de nuevo en el dormitorio. La ropa que llevaba puesta tenía manchas de sangre y de suelas de zapato, así que se la quitó y la dejó sobre la cama. Ya la lavaría al volver. «Si es que vuelvo», pensó en tono lúgubre. Pese al presagio del atardecer ensangrentado, la gente en España aún no parecía consciente de que lo que estaba ocurriendo en Italia y California acabaría afectándola más temprano que tarde. En una novela había leído que hasta la civilización más avanzada se hallaba tan sólo a dos comidas de una revolución. Pronto lo comprobarían.
«Deberíamos ir a un supermercado y comprar alimentos básicos y que duren mucho tiempo», pensó, imaginándose un bunker lleno de leche en polvo, conservas de atún y sardinas, cientos de latas de fabada Litoral y, por su puesto, de cerveza. Luego se dio cuenta de que había incluido en el plural a Herman a pesar de su discusión. «Que le den», añadió para sí. Además, ya le había sugerido a Enrique que comprara provisiones. En cuanto terminara de vestirse, le llamaría por teléfono para preguntarle si lo había hecho.
Se puso unos vaqueros grises y una camiseta negra con la portada del disco In the Court of the Crimson King. Al ver en el espejo aquel rostro de ojos desencajados con la boca tan abierta que mostraba hasta la úvula, pensó que era la viva imagen de la locura. Algo muy apropiado para todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
Oyó un gañido que le era familiar y notó que algo le tiraba del pantalón. Al bajar la mirada vio que era Frodo, y le agachó para acariciar al cachorrillo.
– Hola, amiguito. Siento haberte tenido abandonado todo el día.
Cogió a Frodo en una mano y se lo llevó a la cocina, donde le preparó su plato favorito: galletas desmigajadas en un plato. Mientras el cachorro daba cuenta de aquella cena tardía, el móvil de Gabriel emitió un zumbido.
Tienez un menzaje, gorunko.
Pensó que debía de ser Herman, para pedirle disculpas. Pero cuando la pantalla se encendió, vio que lo que había recibido era una noticia.
SUICIDIO EN LA M 30
Sobre las 23:00, una mujer se arrojó por el puente del Calero, cerca de la plaza de Ventas.
Según testigos presenciales, acababa de bajar de una limusina, y aunque cojeaba ostensiblemente y llevaba una muleta, consiguió encaramarse a la barandilla del puente y saltar antes de que las personas que cruzaban el puente en aquel momento pudieran acudir a evitarlo. Fuentes policiales informan de que la mujer era Celeste del Moral Izquierdo, de profesión psiquiatra…
Gabriel sintió otra arcada y se arrugó sobre sí mismo. No era capaz de seguir leyendo.
Sybil. Tenía que haber sido Sybil. Ella manipulaba las emociones, como Kiru. ¿Qué otro motivo podía tener Celeste para suicidarse?
«En realidad, la he matado yo», se dijo.
Aún no había asimilado lo que acababa de leer cuando algo pareció estallar en la entrada. Gabriel dio un respingo y, casi por instinto, cogió un cuchillo del cubertero que tenía junto a la pila.
Al asomarse al salón, vio que la puerta estaba abierta. Al otro lado se hallaba su viejo conocido, el chuloputas de la clínica. En la penumbra del rellano sus dientes destellaban como luces de discoteca.
Al matón le había bastado una patada para descerrajar la puerta. Gabriel pensó con tristeza que nunca había sido muy segura. Una noche en que llegaba algo borracho había arrancado el pomo al forcejear con la llave, y el agujero abierto le había servido como autopsia para contemplar la frágil anatomía de la puerta: un relleno de cartón ondulado cubierto por dos tablas de contrachapado.
Demasiado tarde para arreglar aquella falla de seguridad. El ch.p. ya estaba en el salón.
– Buenas noches -le saludó, exagerando la sonrisa para exhibir los dientes de cristal-. Tienes visita.
Gabriel retrocedió lo poco que le permitía la longitud del salón, empuñando el cuchillo en la diestra. El ch.p. lo miró con una sonrisa burlona, pero en lugar de acercarse a él volvió a salir por la puerta que él mismo había forzado.
Apenas unos segundos después, entró una mujer de cabellos cobrizos, encaramada a unos tacones de medio palmo y vestida con un mono negro que parecía pintado sobre su piel.
– Ya tenía ganas de conocerte, Gabriel Espada -dijo Sybil Kosmos.
Allí estaba la famosa SyKa, perejil de todas las salsas, objetivo codiciado por los paparazzi de medio mundo, sueño húmedo de millones de varones y muchísimas mujeres. Pero en ese momento Gabriel no pudo pensar en la joven y descocada heredera que aparecía casi todos los días en los medios del corazón, sino en la diosa que se sentaba en el sitial bajo la cúpula dorada y recibía Como ofrenda corazones humanos recién arrancados del pecho.
Isashara -musitó.
Sybil enarcó una ceja.
– Así que sabes. Más de lo que yo creía.
– Sé más de lo que yo mismo quisiera-respondió Gabriel.
Sybil avanzó un paso.
– ¿Dónde está Kiru.?
Curiosamente, cuando Sybil mencionó a Kiru, Gabriel pensó que ambas hablaban de forma similar. ¿El acento de la Atlántida?
– No tengo ni idea.
– Sí que la tienes.
Gabriel sintió como si le metieran un anzuelo invisible en la boca y tiraran del sedal para extraerle las palabras de la garganta, enganchadas unas con otras como las cuentas de un abalorio. Su propia voz le sonó ajena como una grabación.
– Está en casa de mi amigo Herman, a tres manzanas de aquí.
– Agradezco tu sinceridad.
Fuera lo que fuera aquel anzuelo, desapareció. Pero Gabriel acababa de experimentar una pequeña muestra del poder de SyKa.
Sybil dio un paso más y empujó la puerta para cerrarla. La patada del ch.p. la había desencajado y se quedó entornada.
– He indagado sobre ti, Gabriel Espada. La mayoría de la gente que te conoce opina que das la impresión de ser brillante, pero que en realidad no eres más que un fracasado. Alguien incluso te definió como un fraude.
– Yo también estoy encantado de conocerte. -Gabriel se encontraba tan furioso que temía cometer algún error. Su vida pendía de un hilo, y no era cuestión de reducir aún más sus posibilidades dejándose llevar por la cólera. La ironía podía ser la única forma de dominarla-. Te queda muy bien ese mono, pero estarías mucho más vistosa con un bonito vestido minoico.
– Yo misma firmé tu despido a sugerencia de Saúl Alborada -dijo Sybil, sin seguirle la corriente.
– Me halaga que te acuerdes de mí.
– En realidad no me acordaba. Lo he descubierto al revisar tu expediente.
Sybil avanzó hacia él.
– Discúlpame por haberte tratado con tan poca consideración. Salta a la vista que eres un espécimen más interesante que Alborada.
– ¿Dónde está él?
– ¿Qué interés tienes por saberlo?
– Su mujer me ha preguntado. Está preocupada.
Sybil dio un paso más. Cada vez que lo hacía cruzaba una pierna por delante de la otra como si caminara por una pasarela de moda. A Gabriel le llegó su aroma, cítrico y engañosamente fresco. Pensó que le cuadraría mejor perfumarse con pulpa de gusanos extraídos de un cadáver. No podía apartar de su cabeza la imagen de Isashara presenciando el sacrificio humano junto a la cúpula dorada.
– Saúl Alborada ya no me interesa -respondió Sybil-. Ya he sacado de él todo lo que podía sacar.
Gabriel retrocedió, hasta toparse con una silla que, como de costumbre, estaba descolocada. Trastabilló y cayó sentado sobre ella.
– ¿Cómo me has encontrado?
– Una amiga tuya me dio tu móvil y me dijo que vivías cerca de un bar llamado Luque. Por cierto, me dio la impresión de que estaba muy deprimida. Deberías vigilarla bien. Esas depresiones tienden a acabar mal.
– Eres una hija de puta -masculló Gabriel.
– No seas tan vulgar, Gabriel Espada. Me decepcionas.
– No soy un pijo como tú. Puedo ser vulgar si quiero.
– Me decepciona que un hombre interesante se conforme catalogándome como «pija» -dijo Sybil-. Hay infinidad de cosas que me definen mejor que mi dinero.
– ¿Tu afición por la sangre, tal vez?
«Qué falsa ilusión de control», pensó Gabriel. Pero no tenía más alternativa que seguir siendo mordaz o quedarse mirando a SyKa en silencio, hipnotizado como un polluelo a punto de ser devorado por una serpiente.
Sybil estaba a menos de un metro. Extendió el brazo, pellizcó entre el índice y el pulgar la hoja del cuchillo que empuñaba Gabriel y tiró de él hasta apoyar la punta en su escote.
– Clávamelo, Gabriel. Venga la muerte de tu amiga. Lo estás deseando.
Si Kiru poseía un talento natural para manipular emociones primarias, Sybil parecía ser una auténtica virtuosa en el uso de aquel don. De repente, Gabriel experimentó un odio visceral por SyKa, a la que imaginó quemada, violada y empalada. Más al mismo tiempo la amó como si fuera la última mujer del universo y deseó poner a sus pies una guirnalda de estrellas. Y no encontró contradicción entre ambas pasiones.
– ¿No eres capaz de clavármelo?
– No -reconoció él.
– Pues entonces pon el cuchillo en tu propio pecho -le ordenó Sybil con voz gutural.
Gabriel no pudo sino obedecer. En su interior aún quedaba una parte racional, tal vez la capa más evolucionada de su cerebro humano, que era consciente de lo que estaba pasando. Sin embargo, lo único que pudo hacer fue contemplarse a sí mismo como espectador pasivo de lo que hacía su cuerpo, dirigido por sus cerebros reptiliano y mamífero.
Siguiendo las instrucciones de Sybil, Gabriel se rajó la camiseta con un corte en forma de L, y tiró de la ventanilla recién abierta para descubrirse el pecho. Después se clavó la punta del cuchillo junto a la tetilla izquierda y trazó una línea hasta la derecha. Sybil se inclinó sobre él y sacó la lengua. La tenía fina y con la punta triangular, y a Gabriel le hizo pensar en una serpiente. Con suavidad, casi con ternura, recorrió el sendero rojo que había abierto la punta del cuchillo.
Gabriel sintió un fogonazo en el cráneo, y oyó los pensamientos de Sybil dentro de su cabeza.
{¿Sabes que el mito de los vampiros [los aztecas y los mayas empezaron a hacer sacrificios humanos incitados por nuestro ejemplo] proviene de nosotros?}
Sybil se apartó de él y se relamió la sangre. Sonreía con sinceridad, como si se lo estuviera pasando en grande.
– ¿Por qué me has contado eso?
– Así que me has oído. Tu amiga me contó que podías oír los pensamientos de Kiru al tocarla. Tal vez llevas en tus venas algo de nuestra sangre.
Sybil jugueteó con la lengua dentro de su boca, como si fuera una gourmet saboreando un plato nuevo.
– Sí, es posible. Esto abre nuevas posibilidades.
– ¿Cuáles?
– Gracias a ti, podría prescindir de alguien. Alguien a quien conozco desde hace mucho tiempo y de quien estoy inmortalmente aburrida.
«A lo mejor salgo vivo de ésta», pensó Gabriel, aferrándose a la posibilidad que sugería Sybil.
– No me has contestado.
Sybil se encogió de hombros.
– No suelo hablar de mis pasados. Pero de vez en cuando me gusta rememorar los viejos tiempos. Como comprenderás, no hay peligro alguno en que sepas cosas sobre mí.
– Porque me vas a matar, ¿verdad?
– No te equivoques conmigo, Gabriel Espada. Soy más sutil que eso.
– Así que quieres decir que me mataré yo mismo.
– Todavía no lo he decidido. Es cierto que, si yo fuera tú, considerando la absoluta miseria que es mi vida, tal vez me clavaría ese puñal en la carótida.
– Gracias por retransmitirme por adelantado mi propia muerte. Pero a los condenados se les concede un último deseo.
– Sé en lo que estás pensando. Eres muy sucio, Gabriel Espada -dijo Sybil, pasándose las manos por las caderas.
– Te equivocas -respondió Gabriel-. Estaba pensando más bien en información.
– La curiosidad es un vicio aún peor que la lujuria. Yahvé echó a Adán y Eva del Edén por comer del árbol del Conocimiento, no por fornicar. Pero voy a ser generosa Contigo. ¿Qué deseas ¿preguntarme?
Gabriel tragó saliva. Era cierto que quería saber; pero, sobre todo, intentaba ganar tiempo.
– ¿Cuándo naciste?
– Es una grosería preguntarle la edad a una mujer.
– A una mujer sí, pero a una diosa no.
– Nací en una época en que nadie se molestaba en llevar la cuenta de los años. Los años no tenían número entonces. Si acaso, llevaban nombre.
– Pero seguro que puedes saber cuándo naciste cotejando tus recuerdos con los libros de historia…
– Lo que vosotros llamáis «historia» no es más que una creación de vuestra imaginación y vuestros prejuicios. Cuando leo vuestros libros, apenas reconozco lo que he vivido en mis cientos de vidas.
– Podríamos aprender tanto de vosotros…
– Si tuviéramos el menor interés en enseñaros, sí. Pero ¿te molestarías tú en enseñarle matemáticas a tu perro?
Gabriel miró a la izquierda. Frodo estaba sentado en el suelo, mirándolos con ojos inocentes y la cabeza ligeramente ladeada.
Y fue entonces cuando Sybil le puso las manos en las sienes.
El pasado…
Las visiones de Sybil se asemejaban en realismo a las de Kiru, pero SyKa se movía por ellas planeando velozmente en largos saltos y en elipsis manejadas a voluntad. Las propias imágenes mostraban una cualidad diferente, como si las hubieran rodado con una lente más oscura que recortaba con dureza los perfiles de los objetos. Sin duda, Kiru y Sybil veían la realidad con ojos distintos.
Sybil-Isashara había nacido en algún momento entre lo que los humanos denominaban el Neolítico y la Edad de Bronce. Durante un tiempo tan breve que apenas lo recordaba, había conocido un lugar donde el sol no se ponía sobre el mar, sino sobre una montaña. Pero después ella, su padre y sus nueve hermanos habían aparecido como por arte de magia en una isla anónima en el centro del Egeo que muchos siglos después recibiría el nombre de Agios Efstratios.
Cuando mucho tiempo después Isashara y su mellizo Minos comentaron aquel asunto concluyeron que su padre, el Primer Nacido, Atlas el Execrable, los había drogado o hipnotizado para embarcarlos y desterrarlos en aquella diminuta isla. Como fuere, había conseguido borrarles la memoria. Una vez llegados a la isla ni siquiera se acordaban de que existían construcciones de madera que podían surcar las aguas. Para ellos, el mar era el límite de su pequeño universo.
Ya en la isla, los Segundos Nacidos, los hijos de Atlas o Atlantes, se aparearon y engendraron nuevos descendientes. De ellos y de sus luchas nacieron muchos mitos. Entre los griegos, el relato del enfrentamiento entre los Titanes y sus sucesores, los dioses olímpicos. Entre los nórdicos, las sagas de las luchas entre los Vanir y los recién llegados Æsir. Entre los hebreos, la historia de los nefilim inmortales, los hijos de Dios que con el tiempo se unirían con las hijas de los hombres.
Pero todo eso eran avances que destellaban como relámpagos en la visión que Sybil le mostraba a Gabriel. Porque durante aquel tiempo primigenio y eterno, el mundo fue un lugar muy pequeño, y los Atlantes sólo se conocían a sí mismos y a su progenie.
Para ellos, la muerte era algo muy distinto que para el resto de los humanos -si es que a ellos se les podía llamar humanos-. Les resultaba muy difícil o casi imposible perecer por hambre o consunción: sus organismos eran tan resistentes que sobrevivían incluso reducidos a pellejo y huesos, de modo que sólo podían morir de forma violenta.
Con el tiempo, en cuanto los hijos de los hijos de los Segundos Nacidos empezaron a crecer y a exigir más comida, los Atlantes se dieron cuenta de que la diminuta isla sin nombre no podía producir alimentos suficientes para todos ellos.
Por tanto, los padres empezaron a matar a los hijos. Al Igual que el Cronos de la mitología griega, los Atlantes se habían convertido en dioses que de alguna manera devoraban a sus vástagos.
No, comprendió Gabriel al contemplar la siguiente visión. No los devoraban «de alguna manera», sino literalmente. Primero les aplastaban la cabeza con piedras y luego los despedazaban y devoraban su carne y sus entrañas crudas, pues no conocían el fuego. Ni los sesos perdonaban, pues entre ellos no existía el kuru, la enfermedad que mataba entre convulsiones a los devoradores de cerebros de Nueva Guinea.
Aquella sociedad apenas poseía cultura material. Sus cuerpos eran tan resistentes que no sentían la necesidad de vestirse, y como único atuendo llevaban collares confeccionados con pequeñas conchas que encontraban en la playa. Sólo pescaban los peces que se acercaban a la orilla: Atlas el Primer Nacido les había inculcado que el mar era un lugar peligroso, maldito y aborrecible, y tenían prohibido internarse entre las olas más allá de donde hicieran pie, de modo que nunca desarrollaron el arte de navegar.
No se encontraban muchos animales en la isla, y los pocos que había eran pequeños. Para cazarlos no necesitaban herramientas. Sólo tenían que acercarse y proyectar sobre ellos su poder de manipular impulsos y emociones, al que los Atlantes denominaban el Habla. Las presas quedaban paralizadas de terror y ellos sólo tenían que abatirlas con palos o piedras que recogían del suelo para la ocasión. Luego devoraban su carne cruda, como hacían con la de los bebés.
De modo que los Atlantes eran una raza inmortal y a la vez primitiva, más atrasada que los humanos que moraban en el resto del extenso mundo. Si el viajero Ulises los hubiera visitado, habría pensado que eran como los Cíclopes, salvajes que no comían pan ni bebían vino ni respetaban las normas de la hospitalidad.
Desde el principio, Minos e Isashara demostraron ser los que mejor dominaban el Habla, y también los más implacables. Por tanto, se convirtieron en los soberanos de aquel pequeño reino. Sólo había alguien a quien no intentaban dominar, aunque lo odiaban desde el fondo de su corazón: su padre Atlas, que vivía apartado de ellos en un pequeño promontorio de la costa y pasaba la mayor parte del tiempo sentado con las piernas cruzadas y entregado a sus meditaciones.
Atlas condescendía pocas veces a platicar con sus hijos. Durante un tiempo, Isashara había supuesto que ella y sus hermanos descendían tan sólo de Atlas, sin participación de nadie más. Pero luego, al comprobar que los siguientes Atlantes nacían del coito entre hembra y varón, le dijo a su padre:
– ¿Quién es nuestra madre? ¿Dónde está? Atlas frunció las cejas y dijo:
– Si tuviste madre, olvídate de ella. No me vuelvas a preguntar por ella.
Con el tiempo, Isashara comprendió que Atlas era el único que sabía que más allá del mar había un mundo exterior y que existían otros humanos similares a ellos, aunque más débiles y desprovistos del Habla. Por alguna razón, Atlas amaba más a aquellos débiles mortales que a sus propios hijos, y por eso los había encerrado en la isla sin nombre, ya que quería evitar que los Atlantes fueran entre los humanos como lobos entre las ovejas.
Un buen día, Atlas desapareció. La víspera lo habían visto sentado en su solitaria roca, y a la mañana siguiente ya no estaba. Lo buscaron por la isla, infructuosa tarea que cumplieron en pocas horas. Puesto que el mar no se podía surcar, pensaron que debía haber sido arrebatado a los cielos por algún rayo caído en la tormenta que había azotado la isla la noche anterior.
Pasaron los años y los siglos sin que nadie se molestara en llevar la cuenta. Nacieron muchos, muchísimos Atlantes, pero a todos ellos los devoraron sus propios padres. Durante un largo tiempo el número de habitantes de la isla osciló entre cien y ciento veinte, mas incluso siendo tan pocos llegó un momento en que empezaron a sufrir apuros, pues la isla estaba cada vez más deforestada y apenas había animales en ella.
Ya no era suficiente con devorar a los recién nacidos. Los Atlantes empezaron a asesinarse entre ellos. No resultaba fácil. Si las heridas que sufrían no eran extraordinariamente graves, sobrevivían a ellas y se regeneraban en poco tiempo. Tenían que cortarse la cabeza, arrancarse el corazón o despedazar el cuerpo entero. Por eso se habían acostumbrado a ser crueles, de una crueldad casi infinita, pues en aquel ecosistema tan pobre y reducido sus propios semejantes eran los peores competidores y enemigos.
También la inanición llevada al extremo podía matarlos. Aunque resistían mucho tiempo sin comer ni beber, meses enteros e incluso más de un año, reducidos a pellejos colgados de los huesos, al final su metabolismo se apagaba del todo, «Erais algo menos que dioses», pensó Gabriel.
(no te atrevas [rata \ insecto \ piojo \ humano] a juzgarnos)
Gabriel intentó recular dentro de la mente de Sybil, pero no había un lugar físico donde hacerlo. Ella podía leer sus pensamientos, así que lo mejor que podía hacer era vaciarse de ellos y limitarse a contemplar las visiones que SyKa le ofrecía.
Corría un año cercano al que los historiadores posteriores numerarían como 1600 antes de Cristo. Fue entonces cuando arribó un barco a aquella isla que los navegantes sensatos procuraban evitar, pues había corrido el rumor bien fundado de que estaba habitada por monstruos antropófagos. Era una nave ateniense que viajaba hacia el Mar Negro y que había tenido que tocar tierra por causa de una tormenta.
Isashara y los demás Atlantes no tardaron en darse cuenta de que los recién llegados morían con facilidad y, como además no conocían el Habla, resultaba muy sencillo manejarlos.
De aquellos viajeros sólo sobrevivieron tres, los suficientes para manejar el barco. Los puestos de los demás los ocuparon cinco parejas de Atlantes, los Segundos Nacidos. Zarparon de noche y dejaron a los demás, sus descendientes, abandonados a su destino.
{cuando volví a pisar aquella isla no quedaban ni sus huesos}
Gracias a los marineros, oyeron hablar de otra isla situada muy al sur, de la que en ocasiones brotaba humo y fuego. Allí, sentado bajo una cúpula de bronce, gobernaba un rey muy sabio e inmortal.
El nombre dé la isla se debía a aquel soberano: la Atlántida, el reino de Atlas, el padre cruel que los había abandonado a su suerte. De modo que decidieron poner proa hacia aquel lugar.
La siguiente imagen resultó más familiar para Gabriel. Se hallaba de nuevo en la Atlántida. La fecha debía de ser varias décadas anterior a la llegada de Kiru, pero la isla, el volcán y la ciudad se veían prácticamente iguales.
Los Atlantes habían conquistado el poder, ayudados por los humanos. En aquel momento estaban terminando de construir la pirámide que coronaba la ciudadela sagrada. Cientos de trabajadores subían la cúpula dorada por una rampa, para coronar con ella el nuevo edificio.
«¿Qué es la cúpula?», preguntó Gabriel. Al contrario de lo que le había ocurrido hasta entonces con Kiru, Sybil sí podía escuchar sus pensamientos y respondió.
{espera y lo sabrás [o no] hombrecito}
Isashara-Sybil observaba el progreso de las obras desde las alturas, muy cerca del cráter del volcán. Allí el olor a huevo podrido era tan intenso que revolvía el estómago e irritaba la garganta, pero a ella no parecía importarle.
Tras contemplar el panorama que se extendía a sus pies, Sybil se volvió hacia el volcán. La cumbre de la montaña se alzaba cientos de metros sobre su cabeza. Pero la parte sur estaba rota por donde había reventado el volcán en la última erupción, formando una enorme melladura en la cima.
En aquella hondonada se abrían varias bocas de las que brotaban gases sulfurosos que dejaban restos amarillos en las rocas. Y era allí donde Minos e Isashara tenían a su padre.
«¿Dónde están las otras cuatro parejas de mellizos?».
{no quieras saberlo todo, hombrecito}
Pero el silencio de Sybil fue lo bastante elocuente. De alguna manera, Minos y ella habían conseguido librarse de sus ocho hermanos. Sólo quedaban ellos dos y su padre. Y la tortura que le estaban infligiendo era mucho peor que la muerte que habían sufrido los demás.
Lo habían inmovilizado con gruesas cadenas sujetas a argollas clavadas en la piedra, desnudo y abierto de pies y manos. No contentos con eso, le habían abierto en el abdomen una gran raja que mantenían abierta con ganchos de cobre para que los bordes no sanaran. Un águila, amaestrada por la propia Isashara, acudía todos los días, clavaba el pico en la herida, arrancaba pedazos del hígado de Atlas y los devoraba.
Gabriel se dio cuenta de que tenía ante sus ojos el origen de varios mitos griegos. Atlas, el Titán que se había opuesto a sus sucesores, los dioses olímpicos, había sido condenado a penar eternamente en el lugar donde se juntaban el cielo y la tierra. Y Prometeo, otro de los Titanes, fue encadenado a una roca mientras el águila enviada por Zeus le devoraba de día el hígado que se regeneraba por la noche.
{el recuerdo humano [débil | confuso] deforma los hechos y los nombres} le explicó Sybil.
Además, cada pocos días le arrancaban de cuajo las uñas y los dientes. Para Atlas, la inmortalidad suponía la peor de las maldiciones.
«¿Por qué tanta inquina?», se preguntó Gabriel. Al fin y al cabo, era su padre. Sybil leyó su pensamiento.
(por eso mismo porque [en quien confiábamos más] nos traicionó]
«Pero después de torturarlo tanto tiempo podríais haberlo matado, haber puesto fin a sus sufrimientos». {eso sería perdonar | nosotros no conocemos el perdón}
La imagen volvió a saltar.
Era de noche. La luna llena brillaba en el cielo. Isashara estaba sentada en un estrado frente a un altar. Durante un segundo, volvió la mirada hacia su izquierda. Allí, a su lado, había un hombre alto, de cintura estrecha y hombros musculosos, vestido con un faldellín azul y tocado con cuernos de toro. Las llamas que ardían junto al altar se reflejaban en los abultados músculos de su torso depilado y untado de aceite.
Era Minos, esposo y hermano mellizo de Isashara, de quien siglos más tarde los griegos afirmarían, equivocadamente, que era hijo del dios Zeus y reinaba en Creta.
Al mirar a Minos, el cuerpo de Isashara tembló y una vibración eléctrica la recorrió desde el brazo hasta las ingles. Gabriel compartió el intenso deseo que Sybil experimentaba por su mellizo, una lujuria que superaba cualquier emoción humana. Pero si aquel deseo era como un charco de lava hirviente, el odio que lo acompañaba era una nube piroclástica bajando por la ladera de un volcán y arrasándolo todo a su paso.
Isashara odiaba a Minos por amarlo tanto, por necesitar su mirada y su contacto. Lo odiaba porque no se sentía completa si no era junto a él, y porque tenía que interpretar cómo la miraba Minos para saber quién era ella en realidad.
Gabriel pensó que aquella paradoja no era exclusiva de Isashara y que aquel odio siempre aparecía mezclado con el auténtico amor. Cuando alguien ama intensamente se convierte en posesión de la persona amada y, aunque como animales sociales ansiamos depender de otros, también aborrecemos esa dependencia.
Quizá por eso las mujeres de su vida lo habían querido y odiado a la vez. Quizá por eso él, que jamás se abandonaba del todo, no había llegado a conocer aquel odio, pero tampoco el amor verdadero.
{quien comparte las pasiones de los dioses debe morir o bien ocupar su puesto}
El pensamiento de Sybil había sido más claro y ordenado que otros. Gabriel se preguntó si le estaba anunciando su inmediata muerte o proponiendo un trato.
La visión prosiguió. A Gabriel le resultaba extrañamente familiar, hasta que comprendió que estaba contemplando la misma película rodada desde otro punto de vista.
Isashara y Minos se hallaban en la última terraza de la pirámide, a unos pasos de la escalera que subía hasta la cúpula dorada. Por el lado sur de la pirámide subían dos hileras paralelas de prisioneros, jóvenes de ambos sexos, desnudos y encapuchados, destinados al sacrificio.
(Mucho tiempo después aquella pirámide y los sacrificios humanos que se celebraban en ellas serían el modelo para los teocalis y los sangrientos rituales de Mesoamérica. Durante un segundo, Gabriel vio a Isashara y a Minos, con otros nombres, alzando los brazos al cielo sobre el teocali de Kukulcán, en Chichén Itzá.
Pero aquella imagen que pertenecía al futuro de la Atlántida se esfumó…)
… y la visión volvió a la noche de plenilunio sobre la pirámide. Al igual que cuando la compartió con Kiru, Gabriel volvió a presenciar cómo el sacerdote y la sacerdotisa rompían costillas, arrancaban corazones y se bañaban en sangre. Pero ahora que estaba más cerca del altar, podía ver perfectamente cómo los cadáveres aún calientes rodaban por los escalones, convertidos en montones desmadejados de brazos y piernas, hasta chocar con las aguzadas rocas al pie de la pirámide, donde poco a poco se iba formando una pila de carne y huesos rotos.
Cada vez que una de las víctimas moría, la cúpula emitía un zumbido y su superficie se teñía de un color verde que avanzaba en el sentido de las agujas del reloj. «Cuando se ponga verde toda entera, se abrirá», comprendió Gabriel. Los Atlantes sacrificaban a sus prisioneros para abrir la cúpula y acceder a su poder, fuese cual fuese.
Después de las siete primeras parejas, le tocó el turno a una mujer que subía sola. «Es Kiru», comprendió Gabriel. Isashara no la miró aún, pues tenía los ojos clavados en el sacrificio que se estaba llevando a cabo sobre el altar: en tanto que diosa, debía mantener una actitud tan mayestática como la de la gigantesca estatua que la representaba en la bocana de la bahía.
Pero cuando los dos cadáveres aún sangrantes cayeron pirámide abajo y los sirvientes obligaron a Kiru a subir el último peldaño, las miradas de ambas mujeres se cruzaron por fin.
Y entonces, un recuerdo reprimido en la memoria de Isashara, una imagen que Atlas había borrado de su mente, reapareció de repente.
– ¡Eres tú! -exclamó Isashara, perdiendo su hierática compostura. Tras unos segundos, añadió-. El nos había dicho que habías…
Madrid, La Latina.
Gabriel salió de su visión con tanta violencia como cuando los matones le arrancaron los electrodos del Morpheus.
– ¡Maldita sea! -exclamó, manoteando en una nube blanca.
La nube se despejó un poco. Gabriel descubrió que seguía sentado en la misma silla. Sybil Kosmos yacía inmóvil en el suelo, con una herida en la sien derecha de la que manaba sangre oscura.
Gabriel parpadeó varias veces. Seguía viéndolo todo a través de una niebla blanquecina en la que titilaban estrellitas, pequeñas cefeidas variables que pulsaban al compás de su dolor de cabeza.
La puerta volvía a estar abierta de par en par. Herman se encontraba en medio del salón, jadeando y con los ojos tan abiertos que sus iris eran islas rodeadas de blanco. Llevaba en las manos el desmontable del coche y lo empuñaba como si fuera Excalibur recién arrancada de la piedra. En la curva final de la palanqueta se veía una mancha oscura. «La sangre de Sybil», pensó Gabriel.
– ¿La has golpeado con eso?
– Si te parece, me pongo a discutir con ella. No sé si te estabas dando cuenta, pero tenía eso en tu garganta.
«Eso» estaba en el suelo, junto a Sybil. Era el cuchillo que Gabriel había cogido de la cocina.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó Herman, con gesto preocupado.
– Sí. Sólo me duele la cabeza. -«Muchísimo», añadió mentalmente-. Tenemos que irnos de aquí cuanto antes.
– Eso es lo que te estaba diciendo yo.
Herman se agachó sobre Sybil y le acercó la mano al cuello, como si quisiera comprobar su pulso, pero antes de tocarla retiró los dedos.
– Mierda, no quiero dejar huellas dactilares.
– No la has matado, Herman.
– Créeme, le he dado fuerte. No quería pasarme tanto, pero después de la pelea en la escalera estaba un poco nervioso y se me ha ido la mano.
La voz de su amigo temblaba con un ligero vibrato.
– Por más fuerte que le hayas dado, está viva. Ella es como Kiru.
Herman se incorporó.
– ¿También pierde la memoria y está un poco…? -Herman completó la frase trazando círculos junto a su sien.
– Está como una auténtica cabra, eso te lo puedo asegurar. Pero su memoria funciona perfectamente.
– ¿Entonces?
– Puede regenerarse, como Kiru, y también manipular las emociones. Y me atrevería a decir que lo hace mejor que ella.
Gabriel entró en la habitación y empezó a guardar ropa a toda prisa. Estaba a la mitad cuando se le ocurrió algo. Sacó otra bolsa de deporte del armario y le dijo a Herman que metiera en ella toda la comida que pudiera.
– ¿Por qué?
– Lo de los volcanes va a ir a peor. Hay que acaparar provisiones. Es cuestión de supervivencia.
Gabriel no poseía el don del Habla como Sybil, pero sabía bien cómo manipular a Herman. En cuanto éste oyó la palabra «supervivencia», recordó la época de la mili con los boinas verdes y se lanzó a la cocina.
Gabriel se acuclilló junto a Sybil. Ya no le salía sangre de la sien, y se había formado una costra junto a la herida, a una velocidad sorprendente. Se arriesgó a tocarle la frente…
… y fue como encontrarse ante la televisión de Poltergeist, viendo centellear nubes de estática atravesadas por relámpagos ocasionales. Sybil estaba viva, pero su cerebro había quedado momentáneamente desconectado.
Apartó los dedos. Sólo había sido un instante, pero un pequeño armónico de dolor se acopló a las ondas de jaqueca que le recorrían la cabeza. «Tengo que dejar de hacer esto o el cerebro me va a reventar como un tomate maduro», pensó.
Sí, Sybil estaba viva. Lo cual suponía un grave peligro para él y para mucha otra gente. Gabriel cogió el cuchillo y apoyó el filo en la garganta de la mujer.
No bastaba con dar un corte a ese cuello perfecto y esperar a que se desangrase. Si quería asegurarse de que acababa con ella, tendría que clavar el cuchillo de punta hasta topar con el hueso y después seguir cortando en círculo.
Pero incluso así no conseguiría separarle la cabeza del tronco. Necesitaba el cuchillo grande que guardaba en el segundo cajón de la cocina. Era una pieza japonesa que le había costado cien euros y tenía un filo que cortaba sólo con mirarlo. Aun así, para romperle la columna vertebral a Sybil tendría que poner los pies encima del cuchillo o pedirle ayuda a Herman.
«Es inútil. No puedes hacerlo y lo sabes».
Le sobrevino otra arcada, pero su estómago seguía tan vacío como antes y no consiguió vomitar. Se puso en pie y se apartó de Sybil. Herman ya volvía con la bolsa medio llena.
– No es que tu cocina sea un bunker atómico -dijo-. Con estas latas tenemos para día y medio como mucho. -Ya cogeremos más en tu casa. Nos vamos de aquí. liiiii. liiiii.
Al escuchar aquel agudo lamento, Gabriel bajó la mirada al suelo. Frodo se había escondido debajo del sofá cama del salón, pero sus ojos brillaban entre las sombras. Gabriel se agachó, tiró de él y lo cogió en su mano.
– Tú te vienes con nosotros, amiguito. Seguro que nos traes suerte.
– ¿Vas a dejarla así? -preguntó Herman, señalando a Sybil.
– Hablando con propiedad, eres tú quien la ha dejado en ese estado. Pero la respuesta es sí.
Gabriel sabía que perdonar la vida a Sybil Kosmos le acarrearía consecuencias graves. Tal vez incluso la muerte, que además amenazaba con ser lenta y dolorosa, pues la Atlante no olvidaría lo sucedido. Pero simplemente no era capaz de asesinarla, y estaba convencido de que a la mayoría de la gente le habría ocurrido lo mismo que a él. Era una imposibilidad física más que moral: pocos occidentales del siglo xxi estarían preparados para clavar un cuchillo en la carne de una semejante y cortarle la cabeza.
Gabriel sacudió la cabeza para ahuyentar esa imagen. Mientras cerraba la cremallera de la bolsa, le preguntó a Herman:
– ¿Cómo se te ha ocurrido aparecer en un momento tan oportuno?
– Al poco rato de irte tú, me llamó Luque. El tipo de los dientes de cristal se había pasado a preguntarle tu dirección. Le dijo que era amigo tuyo, y Luque se la dio. Pero luego se lo pensó mejor y decidió avisarme.
– ¿Por qué no me llamó a mí al móvil?
– Lo hizo, pero le salió una locución diciéndole que habías cambiado de número.
– Pero si le mandé un mensaje con el nuevo…
– Ya sabes que Luque no sabe leer mensajes, así que me llamó a mí. En cuanto me dijo que andaba metido en esto el tipo de los dientes de cristal, bajé al coche para coger el desmontable y me vine para acá.
– Una excelente idea -dijo Gabriel, aunque habría preferido que Herman dejase fuera de combate a Sybil unos segundos después, lo justo para saber algo más de su encuentro con Kiru-. Ahora, vámonos.
– ¿Y la puerta? -dijo Herman-. No se puede cerrar.
– Olvídate. No hay tiempo que perder.
Salieron del apartamento dejando la puerta entornada. Cuando doblaron el primer rellano y afrontaron el siguiente tramo de escaleras, vieron abajo al ch.p., que giraba por el descansillo. Traía la cara ensangrentada y resoplaba como si hiciera un gran esfuerzo.
– ¡Hijo de puta! -exclamó, apuntándoles con una pistola.
Herman, que bajaba por delante, reaccionó con una rapidez que sorprendió a Gabriel. Aprovechando que estaba más arriba que el ch.p., se apoyó con la mano izquierda en la pared y proyectó la pierna derecha hacia delante. La suela de su bota impactó en la boca del matón apuntalada por la fuerza de ciento diez kilos de músculo y grasa.
Casi al mismo tiempo se oyó un estampido que restalló como un trueno en el pequeño hueco de la escalera. Gabriel agachó la cabeza por instinto y escuchó un silbido que pasó rozando su oreja. «¿Me ha dado?», se preguntó.
Cuando abrió los ojos, lo primero que hizo fue tocarse la cara y mirar su mano. No tenía sangre. Volvió la cabeza y vio un agujero en la pared.
Demasiadas emociones seguidas, incluso para un investigador de lo oculto.
El ch.p. estaba tendido boca arriba, con las piernas en la escalera y la espalda y la cabeza en el rellano. Al verlo así tumbado, con la barbilla clavada en el pecho, Gabriel pensó que Herman lo había matado. Pero el ch.p. empezó a gemir en voz baja, haciendo coro con los gañidos de Frodo, que temblaba asustado en manos de Gabriel.
– De ésta no te levantas, hijoputa -dijo Herman.
Al pasar junto al matón, Gabriel vio que estaba escupiendo trozos de su dentadura. Pensó en darle otra patada como propina añadida a la de Herman. «No caigas a su nivel», se dijo. Después recordó la paliza que le habían dado en la clínica y le pisó los testículos plantando todo su peso. El gruñido de dolor del ch.p. lo llenó de satisfacción.
– Pensé que con lo que se había llevado antes tendría suficiente -dijo Herman
– ¿Tu sensei te enseñó a pelear en escaleras estrechas? -preguntó Gabriel, mientras abrían la puerta de la calle.
– Ya te dije que en la clínica no podía hacer nada. Lo primero que hay que hacer antes de una pelea es reconocer el terreno y ver si se puede aprovechar en tu beneficio. Si no, lo mejor es no actuar.
Aunque trataba de parecer calmado, Herman seguía hablando con voz temblorosa. Sin embargo, Gabriel no pudo dejar de admirar la eficacia con que se había librado por dos veces del ch.p. y había dejado fuera de combate a Sybil.
– No volveré a burlarme de tu aikido.
– Hapkido.
– Me da igual. Me has sacado de un buen apuro.
– No tiene importancia -dijo Herman, sin mirarle a la cara.
Antes de que llegaran al final de la angosta travesía que unía el viejo bloque de apartamentos con la calle principal, Gabriel agarró a Herman por el hombro y tiró de él para frenarlo.
– Sí que la tiene, y mucha. Estamos metidos en algo mucho más grande de lo que sospechábamos al principio, pero tú has reaccionado como un auténtico profesional. Ni Lobezno lo habría hecho mejor.
Herman sonrió.
– ¿Lo dices en serio?
Gabriel asintió. Podría haber añadido que lamentaba mucho la discusión que habían tenido apenas una hora antes. Pero entre dos cuarentones inmaduros como ellos habría sido embarazoso sacar a la luz ciertos sentimientos. Cada uno palmeó el hombro del otro, y todo quedó arreglado.
Port Huron, Michigan .
Alborada se había confesado por última vez a los doce o trece años, no recordaba muy bien. Desde niño le gustaba llevar el control de su vida, y pronto comprendió que contarle a un cura secretos más bien embarazosos era una manera de poner en sus manos un poder que no estaba dispuesto a entregar a la ligera. Por más que le insistieran en el secreto de confesión, una de las primeras normas que había establecido en el código Alborada era: «Confía sólo en ti mismo».
Sin embargo, llevaba tres días con la sensación de que su misterio más oscuro le quemaba en las entrañas y necesitaba contarlo. No a cualquier persona, por supuesto. Tan sólo a alguien que tuviera realmente el poder de absolverle de sus pecados.
Por desgracia, esa persona no podía oírle. Y, si le oía, no daba ninguna muestra de ello. Randall seguía en su extraño trance. Sus labios estaban cerrados como una cripta, y aunque los policías intentaron darle de comer o de beber no hubo manera de que abriera la boca. El médico que vino a verlo varias veces había concluido que no mostraba señales de inanición, ni siquiera de deshidratación.
– Este hombre debe tener una resistencia extraordinaria al ayuno -comentó-. No es tan raro: hay casos documentados de faquires y sadhus que pueden resistir mucho tiempo en ayuno total.
De momento, pues, no parecía necesario alimentarlo por la fuerza. Al parecer, en la jefatura de policía tenían quebraderos de cabeza más que de sobra como para preocuparse por ese problema.
Entre otras cosas, pensó Alborada, por los constantes apagones. El miércoles habían sufrido cuatro o cinco cortes de luz, uno de ellos de más de media hora. Hoy la línea se había caído poco después de que le trajeran el desayuno, y por el momento no había vuelto. No debía ser fácil trabajar en una comisaría sin luz. A juzgar por las voces destempladas que se oían por los pasillos, los nervios estaban crispados y las discusiones surgían al menor motivo.
Sin móvil, sin televisión, a la luz de unas velas que apenas iluminaban lo suficiente para leer, Alborada no tenía otra cosa que hacer que revolverse como un león en la jaula de su propia mente. Al imaginarse lo mal que lo debían estar pasando Marisa y el niño sin tener noticias suyas se sentía un miserable. Pero ése era un pensamiento casi reconfortante comparado con los recuerdos que cada vez le resultaba más difícil espantar.
Por fin, no aguantó más. Tenía que descargarse, que sacar de su interior aquella enorme bola de mugre que apenas le dejaba tragar ni respirar. Con el apagón, la cámara de vigilancia estaba ciega y sorda, así que lo que dijera no podría llegar a otros oídos que los de Randall. Y, probablemente, ni eso.
En cierto modo, el hecho de que Randall estuviera en trance lo tranquilizaba. Cuando acercó una silla a su compañero de encierro y se sentó frente a aquellos ojos que no parecían verlo, pensó que aquello era un auténtico confesionario, sin intermediarios entre él y el único poder que podía absolverlo. De modo que se dispuso a contar en voz alta lo sucedido en el ático de Sybil después de que ella le encomendara la misión que lo había llevado a Long Valley.
La alcoba de Sybil era minimalista, casi espartana. Ni siquiera tenía ventanas. Pero Alborada apenas reparó en la decoración. Cuando la joven subió a la cama y dio una palmada en el colchón, le dijo:
– Eres la mujer más atractiva que he conocido en mi vida, Sybil. Pero ya te dije que estoy casado.
– Ven.
De nuevo aquellos dedos inmateriales que entraban en sus vísceras y pulsaban todas las teclas a la vez. De repente, Alborada se convirtió en un perro en celo, poseído por un instinto que no podía controlar. Se arrancó la ropa y la tiró al suelo; él, que incluso en los momentos de mayor pasión la doblaba y la colocaba en el galán. Cuando quiso darse cuenta, estaba tumbado boca arriba y Sybil lo cabalgaba, mientras una música estridente sonaba a todo volumen por unos altavoces invisibles.
– ¿Te gusta? Es Moloch & Cía, un grupo de rock satánico.
Alborada asintió, aunque aquella música le parecía espantosa.
«Al menos, aunque me esté rodando, esta vez sólo se me podrá acusar de infidelidad», pensó.
Pero aquello acababa de empezar.
Apenas llevaban unos minutos copulando cuando se abrió la puerta y entró el Sousa Peor junto con una mujer. Era bastante atractiva, pero para desazón de Alborada vestía ropa interior de cuero, llevaba las manos atadas a la espalda y tenía la boca tapada por una mordaza con una bola.
– No me importa montarme una orgía -dijo Alborada-. Pero no quiero que él me toque.
– Descuida. Eso no ocurrirá -respondió Sybil.
– Ni que nadie me golpee.
– Eso tampoco.
Sousa obligó a la chica a arrodillarse en la cama y la tumbó de lado. Por la forma en que abría los ojos y jadeaba, era evidente que no se había prestado voluntaria a aquel juego.
– ¿Qué estáis haciendo? -protestó-. ¡Esto es una infamia!
– Cállate -le ordenó Sybil-. Te gusta.
Para su horror, las palabras de Sybil provocaron exactamente esa reacción. Le gustaba.
En ese momento, Sousa rodeó la cabeza de la chica con una bolsa de plástico transparente…
– La mujer murió a mi lado -susurró Alborada-. Murió a mi lado mientras yo…
– Una historia ejemplar. ¿Esperas un premio por lo que hiciste?
Alborada dio un respingo. Por un instante, creyó que Randall había despertado y le había dicho algo. Pero seguía callado, y el único movimiento en sus ojos era el temblor del reflejo de las velas.
La voz venía de detrás. Alguien había entrado sin que él se diera cuenta.
Antes de que Alborada pudiera darse la vuelta, sintió que algo se clavaba en su garganta y apretaba con una fuerza brutal.
– Tengo un recado para ti -dijo aquella voz-. Sybil Kosmos dice: «Nunca dejo que nadie me falle dos veces».
Alborada se llevó las manos al cuello y trató de meter los dedos entre la piel y aquello que le estaba comprimiendo el gaznate. Mas el alambre era tan fino y el tipo lo apretaba con tanta fuerza que no fue capaz de introducir ni las uñas. Trató de pedir auxilio, pero lo único que brotó de su garganta fue un ronco estertor que aún le provocó más dolor.
«Voy a morir. Así termina todo», pensó.
Su cuerpo, entrenado desde niño en deportes de contacto, tenía otra opinión. Alborada se levantó, apoyó las piernas en el sofá donde estaba sentado Randall y empujó con todas sus fuerzas.
Cayó de espaldas sobre su agresor, que resopló, pero siguió apretando.
Unos segundos más y perdería el conocimiento. Por la forma en que el cuerpo de su atacante había amortiguado el impacto, calculó que debía medir uno noventa y pesar más de ciento veinte kilos. Demasiado fuerte incluso para un antiguo deportista.
«Marisa va a ser viuda de…».
¡BLAMMM!
El estampido le llegó a través de una nube roja. Algo caliente le mojó la nuca, y la presión en su cuello desapareció de repente.
Alborada se apartó de su atacante y trató de recuperar el resuello. La puerta se había abierto. Allí estaba la jefa de policía, con las piernas separadas y bien plantadas en el suelo, la linterna en la mano izquierda y el arma reglamentaria en la derecha.
– Tranquilo, ya se acabó.
«Eso es lo que había pensado yo», se dijo Alborada.
– Levántese.
Alborada se volvió hacia Randall, que se había puesto en pie y le tendía la mano. Al parecer, la detonación lo había despertado de su trance.
La jefa de policía los sacó de la habitación y los llevó a su despacho, alumbrado por unas cuantas velas. Otra agente les trajo unos sándwiches y un par de cervezas. Alborada tardó en beberse la suya, porque apenas podía tragar, pero agradeció el suave embotamiento que le producía el alcohol.
– Tengo que pedirles disculpas -dijo Carol Ollier-. Estoy avergonzada.
– Supongo… -Alborada carraspeó. Tenía la voz quebrada-. Supongo que con el apagón es más fácil burlar las medidas de seguridad.
– Era uno de mis hombres -respondió la jefa, con voz temblorosa. Alborada se dio cuenta de que tenía los ojos húmedos-. He matado a uno de mis hombres. No entiendo lo que está pasando. ¿Qué podía tener el agente Hood contra ustedes?
– Nada -contestó Alborada.
Y no mentía. Seguro que no era nada personal. SyKa, que sin duda sabía dónde estaba su Gulfstream, les habría seguido la pista hasta la jefatura de policía. Para ella y sus lacayos no debía ser nada complicado averiguar quién entre los agentes de Port Hurón era más proclive a dejarse sobornar. El extraño poder que Sybil y Randall compartían no podía actuar a distancia, pero la inmensa fortuna de los Kosmos sí. ¿Cuánto le habría pagado a aquel hombre?
– Todo esto es una locura -dijo Carol Ollier, meneando la cabeza-. El país entero se está desmoronando. Acaban de decirme que medio Washington está en llamas, y eso que la ceniza todavía no ha llegado allí.
– En ese caso -dijo Alborada-, debería dejar que nos vayamos ahora que aún hay tiempo.
La jefa de policía le miró a los ojos unos segundos. Después apartó la mirada.
– Espérenme aquí. Como comprenderán, tengo asuntos que resolver.
Los dos hombres se quedaron solos en el despacho. Alborada se dejó caer en una silla. Le temblaban las piernas y, aparte de la garganta, le dolía todo el cuerpo.
– Usted no tuvo la culpa.
Alborada se volvió hacia Randall, que seguía de pie, apoyado en el escritorio y con los brazos cruzados.
– Claro que no he tenido la culpa. Ese tipo…
– Sabe a qué me refiero.
– Entonces…, ¿lo ha oído todo?
– Usted no tuvo la culpa -repitió Randall.
Había algo en los ojos y en la forma de la nariz de aquel hombre que le recordaba a Sybil. «Siempre existe un aire de familia entre un padre y una hija», había dicho él en el aeropuerto de Mammoth Lakes.
Toda la culpa y el horror acumulados se convirtieron en una gran bola negra, un pegote de sangre oscura y viscosa que pareció cuajar en la boca de su estómago. Durante un instante aterrador, Alborada pensó que iba a regurgitarla y, tal como tenía la garganta, asfixiarse en su propio vómito.
Pero un segundo después, un punto de luz se abrió en el interior de aquella esfera. Un calor sobrenatural se extendió por el pecho de Alborada, bajó hasta su abdomen y subió por su tráquea. En cuestión de segundos, la bola de culpa desapareció como un agujero negro devorado silenciosamente por su propia gravedad.
«Es como ella», se repitió, aunque hasta ahora no había visto a Sybil utilizar su poder para nada positivo.
– ¿Estoy perdonado? -musitó.
– Es usted tan responsable del crimen en el que participó como del alivio que siente ahora.
– No entiendo.
– Quiero decir que no es responsable de ningún modo. No sé qué más pecados ha cometido en su vida, Alborada. Pero de lo que haya hecho al lado de Sybil Kosmos no tiene ninguna culpa. Ni el más santo varón ni la más pura de las mujeres habrían podido resistirse a su influencia. Cuando nosotros hablamos, los demás sólo pueden obedecer.
Alborada respiró hondo. Se dio cuenta de que era la primera vez en muchos días en que el aire penetraba hasta los últimos rincones de su pecho.
– ¿Esto me va a durar?
– Sólo mientras yo quiera que dure y esté cerca de usted. Es un alivio artificial.
– ¿No puedo librarme de esta culpa? ¿Librarme de verdad?
Randall se encogió de hombros.
– En su cabeza, debe saber que no es responsable de aquellos actos. Pero su cuerpo seguirá recordando el horror.
– ¿Y no puedo borrar ese recuerdo?
Randall sonrió sólo con la boca. Su mirada era infinitamente triste.
– Puedo ayudarle a borrar cualquier recuerdo.
– ¿Cualquiera?
– Créame, he borrado recuerdos propios y ajenos mucho peores que los suyos. A veces uno no puede vivir si no corta las amarras de su propio pasado.
Alborada se levantó y apretó el hombro de Randall.
– ¡Hágalo, por favor! -pidió Alborada, agarrándole el hombro.
– Más adelante. Pero se lo aviso: a menudo los recuerdos se las arreglan para volver solos.
– Me arriesgaré a eso…
¿De verdad podría olvidar el rostro de aquella mujer bajo la bolsa de plástico y, sobre todo, su placer culpable? ¿Podría dormir de nuevo con la conciencia tranquila y pensar que su peor pecado era pisotear algunas cabezas para ascender profesionalmente?
Si Randall conseguía eso, es que no era un dios. Era el dios.
Su presunta divinidad se puso en pie y se estiró, haciendo crujir los huesos de sus rodillas con un chasquido que sonó muy humano.
– ¿Dónde estamos? ¿Cuánto tiempo llevamos aquí?
– Estamos en Port Hurón, casi en la frontera con Canadá. Llevamos casi tres días en esta comisaría.
– Entonces, es hora de moverse. Me espera una reunión familiar.
– ¿Y dónde va a ser esa reunión?
– En el mismo lugar que la última vez. En la Atlántida. -Randall se crujió los dedos y añadió-: Creo que ahora la llaman Santorini.
Madrid, Moratalaz.
Tras llegar a casa de Herman, Gabriel pulsó el botón verde del Morpheus, y Kiru se despertó al instante. En el ínterin, su memoria había vuelto a reiniciarse, y hubo que ofrecerle las consabidas explicaciones y soportar una pequeña dosis de efluvios eróticos.
«Así que a esto lo llaman el Habla», pensó Gabriel.
Era evidente que no podían quedarse allí. Gabriel pensó por un momento en recurrir a Enrique. Pero si SyKa lo había localizado a él en un sórdido apartamento alquilado, le resultaría mucho más fácil encontrar a Enrique.
Herman le brindó la solución.
– Vamos a casa de Valbuena.
Ni siquiera lo llamaron, por temor a encender los móviles y ser localizados. Cuando se plantaron ante su portal ya eran las tres de la madrugada. Pero apenas habían llamado al telefonillo cuando el profesor contestó.
Esta vez, cuando subieron la escalera, fue Gabriel quien se quedó descolgado. Le dolían las costillas, la espalda y las piernas, como si lo hubieran apaleado.
«Demonios, es que me han apaleado», se dijo. Por no hablar de las dolorosas pulsaciones que le recorrían la cabeza.
Kiru se detenía cada pocos peldaños para aguardarle y le tendía la mano.
– Kiru te espera.
Gabriel se lo agradecía, sin aceptar su ayuda. Tendría que contactar de nuevo con ella, pero prefería demorar el momento. Si cerraba los ojos, le parecía visualizar un monstruoso coágulo o un tumor maligno creciendo dentro de su cerebro.
Valbuena los estaba esperando en la puerta. Llevaba el mismo traje y la misma corbata que en la visita anterior. Gabriel se preguntó si dormía así o se cambiaba de ropa más rápido que un actor de teatro.
– Sentimos haberle despertado -dijo Gabriel.
– No me han despertado. Sólo duermo cuatro horas al día. Ars longa, vita brevis.
– Perdone, pero no le entiendo -dijo Herman.
– Me habría sorprendido lo contrario, señor Gil. Me refiero a que el conocimiento que merece la pena adquirir es demasiado vasto y la vida humana demasiado breve como para perder el tiempo durmiendo más de lo imprescindible.
– ¿Todo eso ha dicho? Sí que resumían esos romanos…
Valbuena se quedó mirando a Kiru.
– No tengo el gusto de conocer a esta señorita.
– Profesor Valbuena, ésta es Kiru -dijo Gabriel.
– ¿Kiru a secas?
– Cuando nació no estaban de moda los apellidos. Valbuena enarcó una ceja.
– Sospecho que tienen algo que contarme. Pasen. Señor Gil, ya sabe dónde está la cafetera. El mío largo de café y con la leche templada.
Mientras Herman se dirigía a la cocina refunfuñando «la esclavitud la abolió Lincoln», los demás se sentaron en el salón. Gabriel le refirió a Valbuena sus últimas visiones y lo que había ocurrido.
Cuando terminó, eran las cuatro, tenía la boca seca y estaba mareado de tanto hablar.
– He intentado llegar más allá de ese momento y saber qué ocurría dentro de la cúpula dorada, pero me ha sido imposible.
Valbuena se atusó las rígidas puntas de su bigote imperial.
– Los recuerdos de esta mujer son fascinantes. Aparte de ser una dama bellísima -añadió.
Era evidente que le gustaba Kiru. Curiosamente, Valbuena también parecía agradarle a ella, que hasta el momento sólo había tenido ojos para Gabriel. Éste, lejos de ponerse celoso, se sintió aliviado.
– Por ejemplo, las pasarelas de madera que rodeaban el volcán -prosiguió Valbuena-. ¿Sabe cómo describe Platón la Atlántida?
– Lo sabía, pero mi cabeza… -dijo Gabriel, frotándose las sienes.
– Tenía una estructura de círculos concéntricos. Una montaña central, donde se hallaba la acrópolis o ciudad sagrada, rodeada por tres círculos de agua separados entre sí por otros tantos de tierra firme. Es una descripción que se parece bastante a los recuerdos de la señorita Kiru.
– Yo no lo veo tan claro -dijo Herman. Por una vez, Valbuena se abstuvo de hacer comentarios mordaces.
– La ciudad sagrada se encuentra en el volcán, la isla central del archipiélago. El primer anillo de agua separa el volcán del primer círculo de tierra firme, que no es otro que la primera pasarela de madera.
– Usted lo ha dicho. De madera, no de tierra firme.
– Para el caso es lo mismo. Además, por lo que cuenta el señor Espada cabe deducir que en esas pasarelas había huertos, algo parecido a las chinampas o jardines flotantes que cultivaban los aztecas en Tenochtillan. La antigua ciudad de México para entendernos, señor Gil.
– Gracias por ilustrarme, profesor -contestó Herman con sarcasmo.
– Tras la primera pasarela vienen el segundo anillo de agua, la segunda pasarela y el tercer anillo de agua, que no es otro que la bahía interior de Santorini. Por último, el contorno exterior del archipiélago sería el tercer anillo de tierra firme.
– Sigo sin verlo.
– Por Dios, Herman, si lo veo hasta yo, y parece que tengo a Motorhead tocando dentro de mi cabeza.
– Hay más pruebas de que es una visión veraz -añadió Valbuena-. Lo que no sospechaba es que se construyeran pirámides escalonadas en la Atlántida. La cúpula también resulta sorprendente, pero no tanto que sea dorada.
– ¿Por qué?
– Platón habla de un metal precioso que sólo se da en la Atlántida, el oricalco. En griego es oreikhálkos, «bronce o cobre de la montaña». Sin duda se refería a esa cúpula de color broncíneo situada en la ladera de la gran montaña central.
– Se supone que el oricalco tenía propiedades maravillosas -dijo Gabriel.
– Platón sólo dice que se trataba de un material sumamente valioso. Lo cual no sería extraño si el secreto del poder de la Atlántida, tal como sugieren los recuerdos de la señorita Kiru, radicaba en la cúpula de oricalco.
»Ahora, debemos averiguar en qué consistía ese secreto.
– ¿Por qué es tan importante? -preguntó Herman.
Valbuena miró directamente a Kiru. Gabriel tuvo la impresión de que la severa mirada del profesor era capaz de imponer respeto incluso a una inmortal adorada en la antigua Atlántida.
– Yo lo sospecho. La señorita Kiru lo sabe.
Ella asintió y trató de decir algo.
– Kiru lo… lo… Es…
Cuando fue a hablar, Gabriel tuvo la impresión de que la metáfora «tener algo en la punta de la lengua» se hacía realidad visible. La lengua de Kiru asomó un instante entre sus dientes perfectos, pero se quedó allí, como si hubiera chocado con una barrera impenetrable.
– Es cuestión de vida o muerte que lo averigüemos -insistió Valbuena-. El secreto del poder de la Atlántida es también el secreto de su hundimiento.
– Perdone, profesor -dijo Herman-. Saber por qué se hundió la Atlántida seguro que es genial, pero no una cuestión de vida y muerte. Ahora mismo están ocurriendo catástrofes más preocupantes.
– Veo que ni siquiera conseguí enseñarle a respetar las pausas dramáticas, señor Gil. Desde el primer minuto de la erupción de Long Valley he sabido que se cierne sobre nuestras cabezas la caída de la civilización que conocemos y tal vez la extinción de nuestra especie. Pero iba a añadir que el secreto del hundimiento de la Atlántida puede ser también la clave que explique por qué se acerca el fin del mundo.
Valbuena hizo una nueva pausa dramática. Esta vez, Herman la respetó.
– Así que, si existe alguna posibilidad de salvar el mundo -dijo, acercando el dedo a la sien de Kiru-, debemos encontrarla en la cabeza de esta joven.
En vuelo sobre el Atlántico .
El reactor avanzaba hacia las sombras de la noche, volando contra la rotación de la Tierra.
Pero antes de ver el día, el reactor había tenido que despegar de Port Hurón en la oscuridad de la noche artificial creada por la nube del volcán.
Cuando Carol Ollier los sacó de la comisaría, Joey, que llevaba sólo unos minutos amodorrado, pensó que en realidad había dormido varias horas y ya había anochecido.
El cielo estaba cubierto de horizonte a horizonte por una nube oscura y tan espesa que la posición del sol apenas se intuía como una leve mancha gris, y las únicas luces que se veían en medio del apagón eran los faros de los coches que pasaban.
– Sólo es la una -dijo Alborada, consultando un reloj de oro.
Fuera los esperaban dos vehículos. En uno de ellos habían montado ya el copiloto del Gulfstream y la azafata. La piloto aguardaba fuera, porque quería hablar con la jefa de policía. Durante unos segundos, Joey oyó cómo ambas mujeres discutían en voz baja a la luz de las linternas. Le pareció entreoír que el problema era la ceniza. «Ustedes sabrán», decía la jefa. «O despegan ahora o…»
Randall se acercó a ellas. Al momento ambas mujeres se pusieron de acuerdo y la piloto asintió varias veces con la cabeza.
«Qué convincente es», pensó Joey, tan orgulloso de los poderes de su amigo como Robin lo estaría de Batman.
Después, la jefa de policía les dijo a los tres, Randall, Alborada y Joey, que subieran al otro vehículo.
– Yo mismo los llevaré.
El coche estaba tan sucio como si llevara un mes abandonado en la calle. Antes de montar tuvieron que limpiar los cristales. Joey no resistió la tentación de escribir su nombre en el capó, junto al emblema de la policía de Port Hurón.
Aunque la lluvia de ceniza no era tan intensa como en Long Valley, la neblina que formaba dibujaba halos blanquecinos alrededor de las luces del coche. Debía llevar varias horas cayendo, porque ya había depositado en el suelo una alfombra gris que amortiguaba el sonido de las ruedas.
Al parecer, Randall y Alborada sabían de qué iba aquello. Pero a Joey lo habían sacado de la habitación sin explicarle nada, así que preguntó: ¿Adónde nos lleva?
– Al aeropuerto -respondió Carol Ollier-. Si queréis salir de aquí, tenéis que hacerlo ya. A las tres cerrarán todos los aeropuertos, salvo los de la costa este. Y no sé por cuánto tiempo los mantendrán abiertos.
– Pero si estamos casi en la otra punta del país… ¿Cómo es que la ceniza ha llegado tan pronto?
En aquel mediodía innatural, bajo una oscuridad más propia de una noche sin luna, las consecuencias de la erupción parecían mucho más cercanas que viendo las noticias. Joey pensó que las tinieblas de Mordor estaban a punto de llegar a Rivendel.
– Las cosas se están poniendo realmente feas -comentó Alborada.
– No lo sabe bien -dijo la jefa de policía-. En Yellowstone han detectado que su propio supervolcán está a punto de entrar en erupción y han declarado la alerta roja.
– ¿A cuánto está Yellowstone de aquí? -preguntó Joey.
– A más de mil trescientas millas. Pero si ya nos están cayendo las cenizas de Long Valley, que está a más lejos, las de Yellowstone nos van a llegar hasta el cuello. ¿Qué le hemos hecho a Dios para que nos envíe esto?
Por alguna razón, Carol Allier se volvió hacia Randall, como si éste tuviera la respuesta.
– Los dioses se guían por sus propios designios -respondió él-. Lo que hagan o digan los mortales tiene poco que ver en ello.
– ¿Creen de verdad que esto está ocurriendo por voluntad de un ser superior? -preguntó Alborada.
– ¿Y qué otra cosa puede ser? -dijo la jefa de policía.
– Se trata de dos sucesos altamente improbables que han coincidido. Eso da como resultado una improbabilidad aún mayor, como si a una misma persona le toca dos veces la lotería. Es difícil, pero no estadísticamente imposible. No hay por qué recurrir a causas sobrenaturales.
– ¿Y qué me dice de la erupción de Italia? -preguntó la jefa de policía-. Ya son tres veces la lotería
– Otro suceso aislado que ha…
– ¿Y lo de Indonesia? ¿Sabe que allí acaba de entrar en erupción el volcán Krakatoa? Van cuatro veces.
Eso lo ignoraba Joey, y Randall y Alborada también, al parecer. Carol debía haberlo escuchado por la radio de la policía.
– ¿De verdad cree que todo esto es casualidad? -insistió la jefa.
«Los extraterrestres», pensó Joey. Todas esas catástrofes sólo podían ser los preparativos de una invasión alienígena. Primero debilitar a la humanidad con catástrofes volcánicas, y luego asestar el golpe definitivo.
A él mismo le parecía una ocurrencia descabellada, pero ¿no era inverosímil, todo lo que estaba ocurriendo?
Alborada se encogió de hombros.
– Parece que aquí el único que defiende la razón científica soy yo. Pero después de lo que estoy viendo, ya no sé qué pensar.
Acababa de dar la una. La jefa de policía saltó de emisora en emisora para escuchar los boletines horarios. Los titulares se referían sobre todo a lo que ocurría en Estados Unidos, pero incluso sin informar de las erupciones de Italia y del Krakatoa ya resultaban lo bastante apocalípticas.
Las fronteras con Canadá y México estaban colapsadas, y la policía de esos países había empezado a disparar a matar contra aquellos que intentaban saltarse los controles. Joey recordó el campo de refugiados donde habían encerrado a su familia.
– ¿Y qué puede hacer la gente? -protestó-. ¿Quedarse en el sitio y morir de hambre y de sed?
– Chssss -le ordenaron a dúo Alborada y la jefa de policía.
En las principales ciudades de Estados Unidos, incluso en aquéllas en las que todavía no había caído ni un gramo de cenizas, se estaban produciendo disturbios a gran escala. Se trataba sobre todo de algaradas de saqueadores que, al comprobar que la policía y la guardia nacional disparaban a matar, se habían organizado en bandas más numerosas para hacer frente a las fuerzas del orden. El botín que podían obtener era escaso, pues en los comercios apenas quedaba nada que saquear. Una humilde lata de alubias se pagaba a quince dólares.
«… o se pagaría si alguien encontrara una en los estantes de las tiendas», añadió la locutora.
Muchos de esos enfrentamientos se habían convertido en disturbios raciales. En el mismo centro de la nación, en Washington, el distrito de Anacostia estaba en llamas. Las peleas se habían extendido a los barrios cercanos y se acercaban a la zona administrativa. Según la policía, ya se habían producido más de doscientos muertos.
– Este país se está rompiendo por todas las costuras -dijo la jefa de policía-. No tengo fuerza moral para retenerlos aquí.
– Ha decidido soltarnos por su cuenta y riesgo, ¿verdad? -preguntó Alborada.
– Me temo que los agentes del FBI que debían interrogarlos ya no aparecerán. Tienen cosas más urgentes de las que ocuparse que minucias legales como ésta. Si pueden ustedes irse de aquí y reunirse con sus seres queridos, no seré yo quien se lo impida.
– ¿No se meterá usted en un lío?
– ¿Mayor que intentar salvaguardar el orden cuando el caos se apodera de todo? ¡No me haga reír! ¿Quién me va a sancionar a estas alturas?
Como para darle la razón, al doblar una esquina vieron cómo un grupo de encapuchados con linternas golpeaban un escaparate con bates de béisbol. La jefa de policía encendió la sirena y los asaltantes huyeron calle abajo. Uno de ellos se dio la vuelta, prendió fuego a algo que llevaba en la mano y lo tiró contra el coche.
– ¡Un cóctel molotov! -avisó Joey.
Con unos reflejos impensables en una cincuentona, Carol dio un acelerón. Sus pasajeros se golpearon contra los asientos, pero el coche logró esquivar la botella incendiaria, que se estrelló contra una acera. Sin hacer caso de las llamaradas que dejaba tras de sí, la jefa de policía siguió adelante.
– ¿Ven lo que les digo? Es el fin del mundo. Diga lo que diga usted -dijo, volviéndose hacia Randall-, algo hemos hecho para merecernos esto. Nos hemos empeñado en cargarnos el planeta, y ahora él se venga de nosotros.
– A ella le damos igual. No tiene nada que ver con los humanos -contestó Randall.
Cuando llegaron al aeropuerto seguían sin electricidad. Pero la persuasión de Randall consiguió que les encendieran las luces de emergencia de la pista. Por suerte, el Gulfstream estaba guardado en un hangar, limpio de cenizas.
Veinte minutos después dejaron detrás la nube y las turbulencias, ya en territorio de Canadá. La piloto les confesó que había sido el segundo despegue más difícil de su vida. El primero, por supuesto, había sido el de Long Valley.
Después de tantas emociones, era comprensible que Joey se durmiera sobre el Atlántico.
Cuando vio que Joey se había dormido, Alborada lo tapó con una manta. Después se quedó un rato mirando por la ventanilla. Abajo sólo se veía la gran alfombra azul del mar. En otros vuelos se había aburrido mortalmente de aquel monótono paisaje, pero ahora le relajaba contemplar el agua bajo la luz del sol. ¿Qué sería del mundo si lo cubrían unas tinieblas perpetuas? «Un lugar deprimente», pensó.
Se acercó a Randall, que sesteaba en la zona de popa con las sandalias plantadas sobre el tapizado de cuero del asiento de enfrente.
– ¿Adonde vamos? -le preguntó.
Randall abrió los ojos.
– Ya se lo he dicho. A Santorini.
– Allí vive el abuelo de Sybil.
– Por eso mismo. Así devolveremos el avión a sus dueños. Y necesito a Sybil.
Alborada no conocía en persona a Spyridon Kosmos. Pero sospechaba que aquel encuentro no iba a ser nada placentero.
Por otra parte, si Sybil era hija de Randall, eso significaba que Randall era a su vez hijo o yerno de Kosmos. Una extraña historia familiar por la que sentía mucha curiosidad.
Pero antes…
– Me dijo usted que podía librarme de ciertos recuerdos. ¿Estaba hablando en serio?
– ¿Eso le dije? -preguntó Randall con una sonrisa-. En ese caso, supongo que era verdad.
– Creo que ahora sería un buen momento -dijo Alborada.
Disponían de tiempo. Todavía quedaban varias horas para llegar a Londres, donde tenían previsto repostar por cortesía de empresas Kosmos.
Randall bajó los pies y le invitó a sentarse frente a él. Alborada, aunque llevaba el traje tan arrugado y sucio que pensaba tirarlo a la basura en cuanto se le presentara la ocasión, sacudió la tapicería con la mano antes de plantar el trasero.
– Ponga las manos sobre sus rodillas. Con las palmas hacia arriba. Así.
Randall le agarró. Alborada notó un cosquilleo eléctrico que emanaba de su piel, tan suave que quizá fuera fruto de su imaginación.
– Míreme a los ojos. No mire a ningún otro lado. Imagínese que mis pupilas son dos túneles. Dos largos túneles. Largos, muy largos… Dos túneles… Largos… Largos…
Alborada era muy escéptico para ese tipo de cosas. Ni siquiera Sbarazki, el célebre mentalista con el que Gabriel Espada tuvo aquel incidente en directo, había conseguido hipnotizarlo.
Pero ahora le resultó muy sencillo aceptar que las pupilas de Randall eran dos túneles, y se sumergió en ellos.
– Uru muruna negaleshera atalisda. Unu muruna ncgaléshcra atalisdá-canturreaba Randall. Alborada ignoraba qué significaban esas palabras o a qué idioma pertenecían. Pero el mantra lo arrullaba como la marea-. Uru muruna negaleshéra atalisdá.
Marea. Arrullo. Marea.
Vórtice.
Los ojos de Randall se fundieron en uno solo, se convirtieron en un remolino que crecía y crecía hasta absorberlo todo.
– Ura muruna negaléshera atalisdá. Ura muruna…
Sus pupilas no eran un túnel, sino un pozo sin fondo, una sima negra y vertical por la que Alborada se precipitó dando vueltas sin control.
Había creído que al final encontraría la luz, pero se equivocaba. Cuando la caída terminó, estaba en un lugar oscuro y húmedo, respirando una atmósfera rancia y pegajosa como un trapo sucio. Allí estaba SyKa, esperándolo con los brazos abiertos. Y también el Sousa Peor, cuyos dientes relucían en la oscuridad como la sonrisa del gato de Cheshire, y la mujer vestida con la ropa sadomaso.
Alborada gritó, y después gritó más. Sus alaridos se alcanzaron a sí mismos y resonaron en el fondo del pozo hasta ensordecerlo.
Randall lo había traicionado.
Sybil abrió la boca. Una boca desproporcionada, monstruosa como la de una bestia carnicera. Empezó a morderle el cuello, mientras que la mujer asesinada le masticaba la mano izquierda y los dientes de cristal de Sousa se clavaban en la derecha. Como pirañas, se tragaron sus brazos, mientras que Sybil deglutía su cabeza.
Lo habían devorado.
Lo único que quedaba de Alborada era su propio chillido. Pero era algo ajeno, que se alejaba como el ulular del viento entre los arboles de un bosque solitario.
En realidad, Alborada no sabía quién estaba gritando.
Volvía a tener cuerpo. Vestía el mismo traje, pero llevaba los zapatos en la mano y caminaba descalzo por una playa muy larga, casi eterna.
El mar que acariciaba la costa no era de agua, sino de lava fundida. Un mar rojo e incandescente que se extendía de horizonte a horizonte. En vez de espuma, sus olas levantaban columnas de fuego y humo.
En las alturas brillaba un sol blanco y cegador. El cielo, sin embargo, era negro.
Un bólido cruzó aquel firmamento sin estrellas, dejando tras de sí una estela blanca. En medio de un silencio más estremecedor que cualquier sonido, el bólido sobrepasó el horizonte y desapareció.
Un segundo después, una columna de luz cegadora se alzó sobre el borde del mar de fuego. Alborada se puso la mano a modo de visera, pero sus ojos aguantaron el resplandor sin deslumbrarse. Todo seguía en silencio. Bajo sus pies el suelo se sacudió como respuesta al lejano impacto del asteroide.
Bienvenido a mi memoria.
Alborada giró en redondo, buscando el origen de aquella voz. Se encontraba solo, en una isla de roca fría que flotaba sobre el mar de lava. Sin embargo, estaba seguro de haber oído la voz de Randall.
El paisaje a su alrededor había cambiado. El mar seguía siendo rojo, la isla que pisaba aún era negra. Pero el cielo ahora se veía gris, cubierto de espesas nubes de las que saltaban sin cesar rayos que hacían retemblar el aire.
Aire o lo que fuese. Pues, aunque Alborada podía respirar, el olor de aquella atmósfera era extraño, fétido y picante a la vez.
Las nubes se despejaron un instante. Era de noche, una noche auténtica, sin sol y con estrellas. La luna se veía el doble de grande de lo habitual. Decenas de meteoritos surcaban el cielo y desaparecían antes de alcanzar el suelo, pero algunos lograban llegar al mar de lava y levantaban grandes burbujas y columnas de fuego al estrellarse.
Lo que más llamó la atención de Alborada fueron unos puentes de luz que surcaban el cielo de horizonte a horizonte, como inmensos arcoíris bañados en plata.
En aquel entonces la Tierra tuvo anillos, como Saturno. Fue hace cuatro mil millones de años, le dijo Randall.
– ¿Qué estoy viendo?
Mis recuerdos.
– ¿Cómo puede tener recuerdos tan antiguos?
Me han llamado inmortal, pero eso no quiere decir que haya vivido desde siempre. Lo que ve es una imagen reconstruida por mi cerebro de lo que percibía la conciencia de la Gran Madre cuando despertó.
– ¿Quién es la Gran Madre?
La respuesta está bajo sus pies.
Alborada bajó la mirada. Estaba pisando roca negra, seca y cálida.
– La Tierra…
Así es.
– ¿ La Tierra es un ser vivo?
La frontera entre los seres vivos e inertes es mucho más difusa de lo que cree.
– Eso es como decir que el blanco es negro y el negro es blanco -dijo Alborada-. Muy bonito y muy místico, pero no significa nada.
La Gran Madre no sólo es un ser vivo, Alborada. También es un ser consciente.
– ¿El primer ser consciente de nuestro mundo?
No del todo. La consciencia apareció antes en otros lugares del Universo y volverá a aparecer. Todo está unido y entrelazado.
– Más cháchara mística…
Hablo de unión real, material. Calle y abra su mente.
Alborada respiró hondo en aquella atmósfera mefítica. Aunque el suelo que pisaba seguía siendo sólido, sus pies se hundieron. La tierra lo tragó, literalmente.
Ahora se hallaba en el subsuelo, a miles de metros bajo la superficie. Sus sentidos humanos estaban prácticamente cegados en aquel lugar, pero otros sentidos cuya existencia había ignorado hasta entonces captaban la vida que bullía en el interior de la Tierra.
Y era una vida muy abundante.
Billones, trillones de pequeños seres pululaban en los diminutos poros de la roca, en la seguridad de las profundidades, lejos del incesante bombardeo de meteoritos que se estrellaban en la superficie terrestre y que seguirían estrellándose durante mucho tiempo.
Esos seres, le explicó Randall, eran tan minúsculos y humildes que, eones después, los humanos los confundirían con formas minerales, salvo algunos científicos que verían en ellos formas elementales de vida y les darían el apropiado nombre de «nanobios».
Aquellos nanobios, criaturas que ni siquiera llegaban al rango de células, poseían la virtud de intercambiar entre sí información, de crear redes mezclando entre sí su contenido genético, su proto ADN.
Había sido un proceso increíblemente lento para la escala humana. Pero si había algo que sobraba entonces era tiempo.
Y la red de nanobios, que ya estaba viva, despertó a algo más.
Despertó a la consciencia. Despertó a sí misma.
Y se extendió bajo toda la Tierra. Una capa viva y pensante, una especie de tejido cerebral de decenas de kilómetros de grosor que se extendía desde la zona contigua a la superficie hasta la capa superior del manto.
Aquel gigantesco cerebro extendió tentáculos, zarcillos de su vasta red, y se dedicó a explorar hábitats menos hospitalarios que el subsuelo en el que había nacido.
Hacia abajo, internándose en el manto se abría la vasta región de las altas temperaturas y las inmensas presiones, un reino prohibido para la vida.
Aparentemente. Pues la gran mente encontró maneras de extender su influencia incluso allí, de trazar redes hasta el núcleo de metal fundido, de mezclar la biología y la geologia hasta convertir literalmente a toda la Tierra en su cuerpo físico.
Un cuerpo y una mente unidos.
La Gran Madre. Gaia, la Tierra consciente y viva.
Pero algunos de sus tentáculos viajaron hacia arriba, hacia la superficie. Allí toda posibilidad de vida era destruida por los incesantes impactos de meteoritos y asteroides, y por el baño letal de rayos cósmicos que destruían el delicado contenido genético.
Sin embargo, con el tiempo el Sistema Solar se convirtió en un vecindario más tranquilo, y los exploradores que subían desde las profundidades sobrevivieron y proliferaron. Allí, bajo la luz del sol, muchos de esos microorganismos se separaron de la vasta red subterránea, se emanciparon de la Gran Madre e inauguraron un nuevo reino biológico.
Surgió el reino de los seres unicelulares, primero procariotas y después eucariotas. Más tarde llegaron los organismos multicelulares. Plantas, animales, criaturas independientes, desconectadas las unas de las otras, aparentemente ajenas a la red de la Gran Madre.
Pero transportaban en su interior las mismas semillas, información replicada a partir de los nanobios que constituían la red. Todos los seres que formaban la biosfera exterior llevaban en su contenido genético memorias de la época de la unidad primigenia, de la mente de la Gran Madre. Incluso los humanos, aunque no pudieran acceder a esos recuerdos.
Excepto yo, por alguna razón. Yo sí puedo leer la memoria genética, dijo la voz de Randall. Tengo el don y la maldición de guardar recuerdos no sólo en mi cabeza, sino en todas las células de mi cuerpo.
– ¿Por qué?
Ignoro la razón por la que fui diseñado así.
– ¿Diseñado?
La voz de Randall evitó la última pregunta y prosiguió:
Para no enloquecer, tuve que aprender a guardar los recuerdos donde ni yo mismo pudiera acceder a ellos, y creé murallas y diques para detener el caudal constante de memoria.
Memoria. Memoria genética. Alborada pensó que la clave eran los recuerdos y que él estaba recibiendo toda aquella información por algo relacionado con la memoria.
– Yo tenía que olvidar algo…
¿Qué es?
– No lo sé. Lo he olvidado.
Entonces todo está bien.
Alborada descubrió que había una sensación de vacío en su mente, un hueco rodeado por una cascara dura que no podía abrir.
Y tampoco quería hacerlo. Sólo sabía que estaba en deuda con Randall. Aunque ignoraba exactamente por qué, la pagaría.
El código Alborada decía: «Un hombre de honor siempre paga sus deudas».
Madrid, Moratalaz.
– Sólo hay una solución para superar el bloqueo de memoria que sufre la señorita Kiru. Desde el punto de vista práctico, es como si hubiera vivido muchas vidas y no pudiera recordarlas. Por eso tendremos que recurrir a la regresión.
Gabriel ya sabía que Valbuena creía en la reencarnación, pero no que pretendiera conocer métodos para recordar vidas pasadas.
– Se trata de una técnica antigua -les explicó-. En sánscrito se denomina prati-prasav, o «nacimiento inverso». Es como hacer fluir hacia atrás el río del tiempo.
– Eso es imposible. El tiempo sólo fluye hacia delante -objetó Gabriel.
– La mayoría de las ecuaciones físicas son simétricas con respecto al tiempo-contestó Valbuena. Al Universo y sus leyes les resulta indiferente en qué dirección corra el tiempo. Si nosotros lo percibimos moviéndose en un solo sentido es debido al segundo principio de la termodinámica. Dicho de otro modo, captamos que el tiempo avanza cuando la entropía o grado de desorden de un sistema aumenta. Pero eso no nos impide remontarnos mentalmente al pasado, cuando la entropía era menor.
A Gabriel le pareció que Valbuena lo estaba aturullando con cierta dosis de palabrería. Pero el profesor le exigió silencio. Debían actuar.
Valbuena no tenía diván, de modo que usaron el sofá del salón. Era el típico de color café, forrado de escay. Estaba impecablemente limpio, como todo en aquel piso, pero la imitación de piel se había cuarteado. Gabriel se sintió transportado a su niñez, a la casa de sus abuelos paternos, y pensó que tal vez la regresión en el tiempo no era imposible.
Apagaron todas las luces salvo la del cuarto de baño. Para acelerar, utilizaron el Morpheus en lugar de recurrir a la sofronización. Gracias al aparato, Kiru se estabilizó en una fase de transición entre la vigilia y el sueño.
– Ahora, necesitamos que haga de médium, Gabriel.
Gabriel se volvió hacia su antiguo profesor. Era la primera vez que lo llamaba por su nombre de pila.
– Sé que tiene usted migraña, pero debe hacerlo -insistió Valbuena.
Aunque cualquier roce físico le habría servido para contactar con la mente de Kiru, Gabriel no pudo evitar ponerle el dedo índice bajo el ojo y los otros tres entre el arco supraciliar y la sien, como el señor Spock llevando a cabo la fusión mental.
Fue como hundirse en unas aguas oscuras, como si él mismo bebiera del Leteo, el río del olvido…
Gabriel volvía a habitar el cuerpo de Kiru.
Pero ahora no estaban reviviendo una escena en movimiento sino clavados en una fotografía.
Sybil-Isashara estaba sentada en su sitial, mirando fijamente a Kiru, con una palabra congelada en la boca.
Kiru la miraba a ella, sin reconocerla. Era Gabriel quien sabía que se trataba de Sybil Kosmos.
Kiru… Kiru…
Las palabras resonaron sobre la pirámide como si un dios les hablara desde el cielo. Gabriel reconoció la voz de Valbuena. De alguna manera se había introducido en su visión.
Kiru miró a los lados, buscando el origen de la voz. El resto de la imagen seguía congelada, pero ella se movía.
Kiru. Respóndeme.
Cuando ella intentó hablar no pudo. Seguía teniendo la boca zurcida por gruesos cordeles de cáñamo.
Kiru. ¿En qué momento te cosieron la boca? Recuerda…
Recuerda…
Recuerda…
– ¡ K'mmmmm!
Kiru intentaba hablar.
Kiru. Recuerda cuándo te cosieron. Cuándo te callaron.
Pero si ella estaba drogada cuando se lo hicieron, pensó Gabriel.
Silencio, señor Espada. Los hilos que cierran su boca nos servirán de símbolo para abrir las cadenas que bloquean su mente. Paciencia.
Kiru. Recuerda cuándo te cosieron. Cuándo te callaron.
Kiru sacudía la cabeza a los lados, desesperada por hablar y responder a aquella voz que hacía retemblar las laderas del volcán. Subió los últimos peldaños, se acercó a Isashara, inmóvil como una estatua, y la empujó.
La estatua se hizo añicos contra el suelo. Todo se volvió borroso. Kiru cayó de rodillas sobre la terraza de la pirámide, se clavó los dedos en los labios y tiro con una fuerza sobrehumana de los hilos. El dolor fue tan intenso que Gabriel chilló dentro de ella. Y todo se volvió negro.
En vuelo sobre el Atlántico .
– ¿Qué estáis haciendo? -preguntó Joey.
Llevaba un rato despierto, viendo a los dos adultos sumidos en un extraño trance. La azafata le miró, sonrió y se llevó un dedo a la cabeza, como diciendo: «Están un poco locos». Después volvió a la cabina, donde llevaba casi todo el viaje.
Randall tenía cogidas las manos de Alborada, y ambos se miraban a los ojos, sin apenas pestañear. Era una de esas extrañas curaciones de su amigo, como cuando había liberado a William Ramírez de su adicción al crack.
¿De qué tenía que curar a Alborada? ¿Se trataba de que recordara algo o de que lo olvidara?
Ambos separaron las manos y parpadearon por fin.
Joey era demasiado joven para sentir auténtica empatía por adultos como Alborada. Sin embargo, se dio cuenta de que el español salía del trance como si le acabaran de quitar de la espalda una mochila cargada de piedras. Los hombros se le veían más rectos, movía el cuello a los lados con soltura y ya no apretaba la mandíbula como si estuviera todo el rato rechinando los dientes.
– Joey…
Joey apartó los ojos de Alborada y miró a Randall. Su amigo estaba palmeando el asiento que tenía al lado.
– Siéntate aquí. Hay una historia que quiero contaros antes de que lleguemos.
– ¡Por fin recuerdas!
– Sí, por fin recuerdo. Pero te lo advierto, Joey. Voy a contar esa historia como se contaban antes las cosas, cuando no había prisas y los relatos se narraban al calor de una hoguera y…
– ¿Es que es una historia muy larga?
– … y los jóvenes no interrumpían a sus mayores.
Joey bajó la mirada y ocupó su asiento.
– Vale. Ya capto la indirecta.
– Así está bien. Tened paciencia, pues, porque voy a narraros mi historia, que es también la historia de la Atlántida.
– No recuerdo cuándo nací. Por dos razones. En primer lugar, fue hace mucho tiempo. En aquella época, la gente no llevaba la cuenta de su edad, ya que no tenía demasiada utilidad. Los años no llevaban número. No había necesidad de fechar los acontecimientos.
»Pero calculo que desperté a la existencia en algún momento entre los años que llamarías 2200 y 1900 antes de Cristo.
– ¡O sea, que tienes más de cuatro mil años!
Alborada se llevó un dedo a los labios para pedir silencio, y Joey pidió perdón con las manos.
– No soy como vosotros, Joey. Debes aceptar desde ahora que pertenezco a una especie emparentada con la vuestra, pero distinta. Llámame Homo immortalis, si quieres. No añadiré más explicaciones sobre eso, porque nos eternizaríamos.
»He dicho "desperté", y ése es el segundo motivo de que ignore cuándo nací. En el momento en que abrí los ojos, no recordaba nada anterior. Pero no era un niño: mi cuerpo era, básicamente, el mismo que veis ante vosotros.
»Estaba desnudo, en un lugar cerrado y cálido, bajo una luz entre dorada y rojiza. Era una estancia circular, una especie de gran iglú de metal. Con el tiempo, ese lugar fue conocido como la cúpula de oricalco. Sus paredes y su suelo emitían un brillo que no deslumbraba, y su superficie mostraba diseños cambiantes, redes y filigranas muy finas que no dejaban de moverse.
»Ami lado, tumbada en el suelo, había una mujer, desnuda como yo.
»Era hermosa, y la deseé. Por un lado era como un recién nacido, pues no tenía recuerdos de mi vida anterior ni de cómo había llegado al interior de la cúpula. Pero sabía hablar, sabía pensar, sabía qué era una mujer y cómo debía comportarme ante ella, sabía que estaba desnudo cuando lo normal habría sido encontrarme vestido.
– O sea, que te habían borrado la memoria… Perdona, Randall.
Randall miró a Joey con fingida severidad y prosiguió.
– Es posible que yo mismo la hubiera borrado. Pero ahora no me interesa contaros lo que ocurrió antes de la cúpula, sino después.
«Desperté a la mujer, y ella me miró.
»Pero al tocarla ocurrió algo muy raro.
»De pronto me encontré hablando con ella, pero por dentro. Estaba en su mente, y ella estaba en la mía. No intentaré explicaros la sensación.
Joey observó que Alborada asentía, como si supiera de qué hablaba Randall. ¿Se habrían fundido mentalmente como dos vulcanianos?
– Lo más extraño fue que, gracias a ella, pude atisbar otra mente. Pero ésta era muy superior a la nuestra, muy diferente. Era una entidad colectiva, una especie de red inmensa, con tantos nudos como estrellas en el Universo, tal vez más.
– La Gran Madre -murmuró Alborada. -Así es. La Gran Madre.
A Joey le daba rabia que Alborada tuviera secretos en común con Randall que él ignoraba, pero no dijo nada.
– Yo no llegué a fundirme con la mente de la Gran Madre. La percibía a través de mi compañera, que me hacía de puente, de médium. Pero gracias a ella podía captar sus pensamientos.
»Eran pensamientos muy distintos a los que los humanos pueden concebir, incluso superiores a los que los Homo immortalis alcanzamos. Había belleza en ellos, una mezcla de poesía y pintura en múltiples dimensiones que me llenaba de gozo, aunque no entendía por qué. Eran pensamientos grandes, ideas que hablaban de mundos que no existen ni existirán. La Gran Madre se contemplaba a sí misma, se hacía crecer, se dividía y se comunicaba entre sus partes, volvía a fundirse…
»Me hubiera quedado allí para siempre. La sensación era como sentarse a contemplar las olas o las llamas de una hoguera, sólo que multiplicada de forma infinita: la paz de contemplar hermosos diseños que cambian sin cesar y que despiertan en el alma armonías que ni ella misma sabe que existen.
Randall suspiró, como si añorara aquel momento.
– Pero me di cuenta de que la conexión se estaba debilitando. Lo que ocurría era que ella, mi compañera, se estaba perdiendo dentro de la Gran Madre. Tuve que tirar de ella para sacarla de allí. Era…
»Sólo puedo recurrir a metáforas. Era como si ella fuese una buscadora de perlas sumergiéndose con una cuerda atada a la cintura, y yo estuviese en un bote sujetando el otro extremo de la cuerda. Las perlas eran tan bellas que ella no podía dejar de sacar una y otra y otra, así que si yo no hubiese tirado de la cuerda a tiempo, ella se habría ahogado.
– Creo que lo entiendo -dijo Alborada.
«¿Por qué a él no le regaña cuando le interrumpe?», se preguntó Joey.
– Volví a encontrarme dentro de la cúpula. Ella me miraba. Aunque no recordábamos conocernos, ahora nos unía una intimidad mayor de la que puede brindar una vida humana entera. Y pasó lo que tenía que pasar, y de lo que no pienso dar detalles porque hay menores delante -dijo Randall.
«Después de eso salimos de la cúpula, que se había abierto. Y descubrimos que estábamos en la ladera de un volcán, cerca de la cima. A nuestros pies se abría una bahía circular que rodeaba el volcán, y había otra isla que rodeaba la bahía.
»En esa segunda isla, la exterior, vivía gente desde hacía mucho tiempo. Nunca habían puesto el pie en el volcán, pues lo consideraban tabú, un lugar prohibido y sagrado.
»Pero cuando supieron de nuestra presencia, cruzaron las aguas de la bahía y se establecieron en la montaña de fuego. Fueron ellos quienes la bautizaron basándose en mi nombre. Pues ese nombre era una de las pocas cosas que recordaba al despertar en la cúpula.
Al hacer una pausa tan dramática, Joey pensó que era casi obligatorio preguntarle.
– ¿Y cuál era tu nombre?
– Atlas. Por eso llamaron a la isla «Atlántida».
Randall prosiguió su historia. Aunque ignoraba de dónde procedían sus recuerdos, lo cierto era que poseía muchos conocimientos prácticos que transmitió a los isleños. En pocas generaciones, la Atlántida prosperó y extendió su influencia, y su cultura se mezcló con la de gran isla que había al sur, que entonces se llamaba Widina y luego se convirtió en Creta.
Pero el centro espiritual de aquella civilización se hallaba en la Atlántida, junto al volcán y la cúpula de oricalco, que Atlas sentía como el origen de su fuerza.
Sin embargo, ni Atlas ni su esposa volvieron a entrar en la cúpula para comulgar con la mente de la Gran Madre. Aquel artefacto permanecía cerrado. Ningún ritual conseguía abrirlo. Atlas captaba de vez en cuando destellos de la mente de la Gran Madre, pero siempre eran ecos lejanos, reflejos del esplendor que había captado en toda su plenitud. Lo cual provocaba en él una gran nostalgia.
Como era de esperar, la pareja de Homo immortalis tuvo hijos. Los embarazos duraban veinte meses. Siempre nacían parejas de mellizos, niño y niña.
– Eso me hizo sospechar que mi esposa y yo éramos también hermanos.
– ¿De dónde habíais salido? -preguntó Joey.
– Lo ignoro. En aquel entonces, pensé que éramos hijos de unos dioses que habían bajado a la tierra. Hoy no hablaría de divinidades, sino tal vez de seres inteligentes que, más que engendrarnos, nos diseñaron con algún propósito que nunca llegué a conocer. Tal vez si vuelvo a entrar a la cúpula… Pero ésa es otra historia.
Atlas y su esposa reinaron en la Atlántida en una auténtica edad de oro. Para ellos el poder de influir en las emociones de los demás era tan natural que lo llamaban simplemente Habla. Podían inspirar amor, temor, obediencia o confianza entre sus súbditos. Pero Randall estaba convencido de que había sabido utilizar aquellos dones con responsabilidad.
De hecho, los griegos del continente le dieron otro nombre en su propia lengua: Prometeo, «el que se preocupa».
– Cuando comprobé que los humanos eran más débiles que nosotros, que envejecían y morían mientras mi esposa y yo seguíamos eternamente jóvenes y que no poseían el poder del Habla, los vi como si fueran niños y decidí protegerlos. Al principio los protegí de sí mismos, y después…
Randall hizo una pausa. Alborada y Joey se miraron, como preguntándose «¿qué le pasa ahora?», pero él arrancó de nuevo.
– Después tuve que protegerlos de mis propios hijos.
»Del mismo modo que tardaban veinte meses en nacer, nuestros vástagos también maduraban más despacio. Por lo que he comprobado, la duración de la infancia en una especie tiene mucho que ver con su tiempo de vida. Ya que nosotros no teníamos fecha de caducidad, era lógico que nuestro periodo de crecimiento fuese más largo que el de los Homo sapiens.
»Pero algo debía estar mal diseñado en nosotros, porque los genes que transmitimos a nuestros hijos demostraron ser defectuosos. No externamente. Todos fueron niños de una gran belleza, de miembros perfectos, piel intachable, voces musicales. Nadie habría pensado al verlos que sus almas escondían tanta podredumbre.
»Cuando los mayores, Isashara y Minos, tenían más o menos el mismo aspecto que un adolescente de la edad de Joey ya habían nacido otras cuatro parejas de mellizos, y la sexta estaba en camino.
»Fue entonces la primera vez que abrieron la cúpula.
La esposa de Atlas sufría los dolores de su sexto parto, que estaba resultando más complicado que los cinco anteriores. Ser Homo immortalis no significaba no experimentar dolor, de modo que Atlas la estaba acompañando para hacérselo más sencillo mediante su dominio del Habla.
– Era una noche de luna llena. Mientras mi esposa daba a luz, mis hijos mayores realizaron la primera gran atrocidad de la Atlántida, el pecado original que a la larga justificaría su destrucción.
»Por simple diversión, Isashara y Minos obligaron a los sirvientes de nuestro palacio a pelear entre sí. Espolearon en ellos un odio tan primario y visceral que se mataron entre sí con palos, piedras y cuchillos, y cuando estaban malheridos siguieron clavándose las uñas y los dientes.
»A sus hermanos pequeños el espectáculo les resultó divertido. Entraron en liza y manejaron a otros sirvientes a modo de peones de ajedrez. La lucha se convirtió en una batalla campal en la que participaron casi cien hombres.
«Cuando apenas quedaban ya supervivientes, Isashara y Minos se dieron cuenta de que la cúpula se había vuelto verde y se había abierto.
»De modo que entraron en ella y se fundieron con la mente de la Gran Madre como lo habíamos hecho mi esposa y yo. Isashara como médium, Minos sujetando la tenue soga que unía a su hermana con la realidad exterior para evitar que fuera absorbida por la vasta mente.
«Mientras la partera me ayudaba a lavar a los mellizos y cortarles el cordón umbilical, La tierra tembló, y aunque no estaba en la cúpula sentí la presencia de la Gran Madre. Unos segundos tan sólo, pero capté de nuevo aquel diseño tan hermoso y rico. Sólo que en el vastísimo tapiz multidimensional se habían mezclado unos hilos sucios, una nota de corrupción.
«Habían sido ellos. En vez de limitarse a contemplar y admirar, se atrevieron a intervenir, a manipular. Y eso provocó el terremoto. Pero el que sufrimos en la Atlántida fue apenas un estremecimiento.
»En Creta, la "travesura" de mis hijos provocó tal seísmo que destruyó todas las ciudades y aldeas de la isla. Los hermosos palacios de Cnosos y Festos quedaron reducidos a escombros. ¿Cuántas personas pudieron morir? Nadie llevaba la cuenta entonces. Tal vez treinta mil, tal vez cien mil. Quizá más.
– Ya había captado la crueldad de mis hijos. En los niños, la maldad puede ser pura como el diamante. Cuando jugaron con las vidas de aquellos hombres junto a la cúpula dorada, sólo buscaban divertirse, como críos que descubren un hormiguero y se dedican a exterminar a las hormigas. Ellos se habían dado cuenta de que eran superiores a los mortales, pero la conciencia de esa superioridad, en lugar de infundirles sentido de la responsabilidad y amor a los más débiles, los llenó de soberbia y desprecio.
»Y todos eran así. Pensé que tal vez los recién nacidos… Pero tenían diez hermanos cuyo lado más oscuro se había revelado a la luz. No cabía duda de que el defecto estaba en nosotros, sus progenitores, así que no confiaba en que la sexta pareja de mellizos fuera mejor.
«Tenía que evitar que causaran más daño. Pero cuando le expliqué el plan a mi esposa, ella no quiso saber nada. Eran sus hijos, los había llevado en su vientre y los había parido con mucho sufrimiento. Eso es algo que los varones no podemos entender.
»Pero que no lo pudiera entender no significaba que me resignara.
Randall hizo una pausa. Por su gesto, Joey se dio cuenta de que los recuerdos eran cada vez más dolorosos.
– A la noche siguiente, drogué a mi esposa. Cuando dormía, entré en contacto con ella, buceé en su mente, en los lugares más recónditos. Y a la vez que lo hacía utilicé el Habla.
»Me llaman el Primer Nacido. Tengo habilidades que no sé cómo adquirí. Tal vez quienes me crearon ya me diseñaron así.
»Entré en los recuerdos de mi mujer. Para mí, lo que veía era una estructura, un tapiz mucho más simple que el de la mente de la Gran Madre. No obstante, seguía siendo complejo. Me dediqué a deshacer nudos, a cambiarlos de lugar, a mover una hebra aquí y otra allá.
»Ahora sé que lo que hice fue modificar sus conexiones neuronales. Pero era la primera vez que lo hacía, y me temo que no fui demasiado sutil. Queriendo obrar bien, como suele ocurrir cuando se utiliza un gran poder, hice un mal. Provoqué un gran daño en su mente, y la convertí en una persona infantil, clavada a un presente perpetuo.
»Al despertar, no me reconocía. Pero cuando intenté arrebatarle a los pequeños, los abrazó y se enfrentó a mí como una leona. Ella era muy fuerte, de modo que preferí apartarme. Ya tendría tiempo de vigilar a esos niños en el futuro.
Randall volvió a suspirar y murmuró para sí:
– Siento lo que te hice, Kiru.
Madrid, Moratalaz/ La Atlántida.
Cuando la negrura se desvaneció, Gabriel encontró a Kiru recostada en un lecho, dentro de una estancia perfumada e iluminada con lámparas de aceite.
Dos sirvientas se acercaron a la cama, cada una con un bebé en brazos. Eran un niño y una niña. No podían tener más que unos pocos días.
Kiru cogió a uno en cada brazo, como si estuviera más que acostumbrada a sujetar no sólo a un recién nacido, sino a dos a la vez.
– Él se llamará Zinduk -dijo Kiru.
– ¿Y cómo se llamará ella?
Kiru levantó la mirada. Había un hombre mirándola. Gabriel pensó que lo conocía de algo.
Y así era. Lo había visto en la mente de Sybil. En la visión de ésta se hallaba encadenado, tenía los párpados arrancados, el rostro convertido en una máscara de dolor y el abdomen abierto en una raja espantosa. Pero, sin duda, era el mismo hombre. O el mismo inmortal.
Atlas, el Primer Nacido.
– Su nombre será Adazu -respondió ella.
Kiru contempló a la niña. Parecía una muñeca perfecta, que miraba a su madre con una extraña inteligencia en sus ojos oscuros. El niño era prácticamente igual.
«Mis mellizos», pensó Kiru. A Gabriel le sorprendió que lo pensara en primera persona.
«Este recuerdo es más antiguo que todos los demás», pensó.
– Escucha, Kiru -dijo Atlas-. Tengo que decirte algo…
– ¿Sí?
– Tengo que decirte algo…
– ¿Sí?
– Tengo que dec…
El recuerdo se repitió un instante, luego se paró y dio un salto adelante, como una grabación estropeada. Gabriel pensó que allí había algo más que un bloqueo, que la memoria de Kiru había sufrido un auténtico deterioro físico.
– ¡… a mis hijos!
– Han cometido un crimen terrible. Tú sabes que no tienen remedio.
– ¡No les harás eso!
Algo fallaba en el recuerdo, pues Gabriel no sabía qué era «eso» que Atlas deseaba hacerles y Kiru quería evitar.
– Está bien -se rindió él-. Tienes razón. No me los llevaré de aquí. Pero los castigaré. Sobre todo a los mayores. Isashara y Minos han tenido la culpa de todo.
Gabriel se quedó de piedra. De modo que Kiru era la madre de la pareja gobernante.
O, por decirlo de otro modo, Kiru era la madre de Sybil Kosmos. Eso explicaba el gesto de sorpresa de SyKa al verla con la boca cosida y a punto de ser sacrificada. Y también por qué en el siglo xxi seguía teniendo tanto interés en encontrar a Kiru.
Atlas se apartó un poco y le hizo un gesto a una tercera criada, que le acercó a Kiru una copa llena de vino.
– Toma esto, señora. Es bueno.
– Será mejor que sueltes a los niños -dijo Atlas.
– Es bueno.
– Será mejor que sueltes a los ni…
– ¡No pienso soltarlos!
La criada le acercó la copa a la boca. Era vino caliente, especiado con canela. Algo que a Gabriel le habría revuelto el estómago, pero que en aquel tiempo debían considerar una exquisitez.
«La van a drogar», comprendió. ¿Cómo no se daba cuenta Kiru, si ya era la segunda vez que se lo hacían?
No. En realidad, era la primera vez. Esta vivencia era más antigua. Kiru no debía sospechar nada.
La sensación de pesadez que se apoderó de Kiru ya le resultaba familiar a Gabriel. Al cabo de un rato, cuando ya se le cerraban los párpados, Atlas intentó abrirle las manos. Pero incluso dormida, Kiru se negaba a soltar a los pequeños.
Atlas renunció. A cambio le puso la mano en la frente, de un modo muy parecido a lo que había hecho Gabriel en el sofá de Valbuena
– Es por tu bien -dijo Atlas-. Hay cosas que agradecerás no recordar…
En vuelo sobre el Atlántico .
Randall prosiguió su relato.
– No terminé ahí. También drogué a mis hijos, a los otros diez. Después entré en sus recuerdos y borré la memoria de la atrocidad que habían cometido. Con ellos quizá fui más sutil, o tenía menos que borrar. No creo que sus mentes fueran mucho peores después de aquello.
»Pero no bastaba. La ponzoña anidaba en la misma raíz de sus almas. Siempre serían peligrosos para los demás humanos, para quienes deberían haber sido sus hermanos pequeños.
»De modo que, sedados como estaban, los embarqué y me los llevé de la Atlántida.
»En los mitos antiguos hay historias de padres o abuelos que tratan de desembarazarse de sus descendientes para evitar algún peligro, pero que por miedo a mancharse las manos de sangre no los asesinan de forma violenta, sino que los abandonan en algún lugar remoto. Así hizo Layo con su hijo Edipo, así obró Acrisio con su nieto Perseo. Ninguno de ellos consiguió escapar de su destino; algo que habrían conseguido se hubieran atrevido a matarlos ellos mismos.
»Eso mismo me ocurrió a mí. Me equivoqué. Por no derramar la sangre de mis diez hijos, provoqué a la larga muchísimas más muertes. A veces hay que tomar decisiones difíciles.
– Pero ¿se puede matar a los inmortales? -preguntó Joey. Ya tenía fantasías en las que le trasplantaban el ADN de Randall como si fuera una córnea o un riñon. No le hacía ninguna gracia pensar que ni siquiera eso le garantizaba la vida eterna.
– Quizá no hice bien al denominarme Homo inmortalis. Tal vez Homo durabilis, «hombre duradero», sería más apropiado. Puedo resistir mucho más que un humano mortal, Joey. Pero no puedo sobrevivir a todo. Si separas mi cabeza de mi tronco y no vuelves a unirlos enseguida, te aseguro que estaré bien muerto.
«Así que cuando me done su ADN, tendré que conseguirme una armadura indestructible», pensó Joey. Todavía no era inmortal, y ya empezaba a encontrarle pegas a su futura condición.
Randall llevó a sus hijos a una isla perdida en el centro del Egeo. La conciencia le impedía abandonarlos sin más, así que se cercioró de que todos terminaran de madurar sexualmente. Después, en la fecha convenida, un barco vino a buscarlo de noche y se lo llevó. Como soberano de los mares, Atlas ordenó que ninguna otra nave se acercara a esa isla. Entre los marineros corrieron relatos escalofriantes sobre los monstruos que habitaban en ella.
– Cuando volví a casa, la situación había cambiado. No encontré a mi esposa. Pocos días después de mi marcha había desaparecido, abandonando a los recién nacidos.
»Me dijeron que su conducta se había vuelto excéntrica y que constantemente olvidaba las cosas, y que a ratos ni siquiera reconocía a los bebés. En alguno de esos olvidos debió embarcar en alguna nave, y no se supo más de ella. Según me dijeron, los niños habían muerto de inanición, pues ninguna nodriza se había atrevido a amamantar a los hijos de los inmortales.
»En mi ausencia, privados también de Kiru, mis súbditos cayeron en la infamia de realizar sacrificios humanos para pedir el regreso de los dioses.
»Con eso consiguieron abrir la cúpula, lo que demostró que la única forma de hacerlo era ofreciendo vidas humanas. Pero una vez dentro de la cúpula no conseguían nada. La gente normal no percibía más que un tenue cosquilleo eléctrico, y las escasas personas con potencial telepático enloquecían allí dentro, pues no estaban preparadas para el contacto con la Grán Madre.
«Cuando volví, prohibí de raíz esos sacrificios. La cúpula permanecería cerrada para siempre. Aunque echaba de menos contemplar la mente de la Gran Madre, comprendía que los peligros eran demasiado grandes.
»Reiné solitario durante mucho tiempo. Algunos dirían luego que ésa fue la segunda edad de oro de la Atlántida. Sobre todo, comparada con los horrores que vinieron luego.
»Porque cuando uno no acaba de raíz con sus pesadillas, éstas acaban regresando.»Y mis hijos regresaron. Randall meneó la cabeza.
– No es mi recuerdo favorito, sin duda. Durante tantos años que perdí la cuenta, estuve encadenado bajo la cima del volcán, sufriendo el frío y el calor, el viento y las emanaciones sulfurosas del cráter. Me daban de comer y beber lo justo para que sobreviviera, pues querían eternizar mi martirio. Después les pareció poco, y mi hija Isashara añadió un nuevo refinamiento a la tortura.
– ¿Cuál? -preguntó Joey, con curiosidad morbosa.
Randall se puso el dedo bajo las costillas del lado derecho y trazó una línea hasta su ombligo.
– Me abrieron una raja aquí, y separaron los bordes con tenazas de bronce. Después, Isashara trajo un águila amaestrada, y le enseñó a devorar mi hígado crudo. De noche, me cosían la herida y mi hígado se regeneraba.
«Aquella águila murió, y su cría también, y la cría de su cría. Perdí la cuenta de cuántas águilas se nutrieron a costa de mi hígado y de cuántos años pasé encadenado a la roca. Tal vez cincuenta, tal vez cien o doscientos.
»Como ya he dicho, los griegos me llamaban Prometeo. Con el tiempo, contaron que a Prometeo lo liberó Heracles, rompiendo las cadenas y matando al águila. Pero en realidad no fue él quien lo hizo, sino una mujer.
»Mi esposa. Kiru.
Madrid, Moratalaz / La Atlántida.
Kiru volvía a estar delante de Atlas.
El escenario y la situación habían cambiado radicalmente. Aunque seguía siendo de noche, se hallaban al aire libre, por encima de la pirámide y la cúpula de oricalco.
Ahora Gabriel sabía que Atlas era esposo de Kiru y padre de sus hijos. Pero Kiru ya no lo recordaba. Por lo que le constaba a Gabriel, era el mismísimo Atlas quien le había borrado aquel recuerdo.
Pero al borrarlo había provocado una grave avería en el sistema de fijación de memorias de Kiru.
Al ser de noche, el águila que de día devoraba el hígado de Atlas había volado lejos. La herida que le cruzaba el abdomen estaba cerrada e hilvanada con puntadas chapuceras, que podían descoserse al amanecer para que el pico de la rapaz volviera a hurgar en la raja.
Kiru había subido sola, a la luz del cuarto creciente. Su memoria sería mala, pero su vista era excelente, su paso seguro y sus piernas firmes. Al verla, Atlas gimió débilmente y dijo:
– Ayúdame. Siento lo que te hice, pero te ruego que me ayudes.
– Kiru no te recuerda. Kiru no sabe qué le hiciste.
– Por ese mismo motivo te pido perdón. Pero ayúdame…
Kiru se alejó de él. Había diez soldados montando guardia junto a una hoguera. A esa altitud, la noche era fresca y el aire soplaba con fuerza. El viento arrancaba chispas y pavesas de las llamas y hacía ondear los capotes de los mercenarios tuertos.
Gabriel observó que habían encendido la fogata a bastante distancia de Atlas, tal vez cincuenta metros. No parecía la mejor forma de vigilar a su prisionero, pero sin duda existía una razón. Alejarse lo más posible del poder del Habla.
– ¿Quién es ese hombre? -les preguntó Kiru.
– Es el padre de nuestros gobernantes, el supremo Minos y la suprema Isashara -respondió el jefe de los mercenarios, un tipo que debía medir uno noventa y pesaría más de ciento veinte kilos. Para la Edad de Bronce, un auténtico coloso. El hacha de bronce que empuñaba había sido fundida a su escala.
– En ese caso debéis soltarlo.
– ¿Por qué, mi señora?
– Tú lo has dicho. Es el padre de vuestros gobernantes.
– Pero, señora, es una orden personal de los supremos Isashara y Minos. Nadie debe acercarse a él, y si te hemos dejado a ti es porque…
– Kiru no necesita que nadie le deje acercarse a ningún sitio.
– No pretendía sugerir…
Gabriel casi se compadeció de aquel tipo. El conflicto que estaba sufriendo era algo atemporal: un subordinado emparedado entre las órdenes contradictorias de dos superiores a los que no se podía desobedecer sin ofenderlos gravemente.
– Kiru dice que soltéis a ese hombre.
– Señora, te juro por la Gran Madre que no podemos hacerlo.
– Kiru dice que lo soltéis.
Gabriel volvió a notar el tirón en la nuca y la inyección cálida en las venas. Aunque eran diez hombres, por protegerse del frío se habían agrupado alrededor de la hoguera, y la influencia irresistible del Habla los alcanzó a todos a la vez.
Los diez se estremecieron de terror y se prosternaron ante Kiru suplicando clemencia.
– Quedaos aquí -ordenó Kiru-. Tú, hombre grande, levántate y ven.
Ni con el hacha resultó fácil romper las cadenas, pero después de quince o veinte golpes el jefe de los mercenarios lo consiguió. Aunque a duras penas, Atlas consiguió levantarse. La resistencia de aquellos inmortales era increíble.
– Te doy las gracias por salvarme de este tormento. Ven conmigo.
– Kiru no te recuerda.
Ella podía sonar sincera, pero Gabriel se dio cuenta de que muy dentro de sus recuerdos fallidos, en alguna conexión neuronal rota, había una cicatriz mal curada que le dolía como las adherencias después de una operación.
– Puedo hacer que vuelvas a recordarme, y quizá entonces entenderías lo que hice -dijo Atlas.
– Kiru no te recuerda. Kiru no confía en ti.
– Entonces, ¿por qué me has salvado?
Kiru apretó los dientes y miró con odio a Atlas. Después se dio la vuelta y se alejó de allí, sin mirar atrás.
Ella misma ignoraba la razón de sus actos, pero Gabriel la comprendió. Aunque Kiru no recordaba a Atlas, seguía sintiendo amor por él.
Y por eso mismo le odiaba.
Cuando Kiru pasó junto a la hoguera, los mercenarios ya se habían perdido ladera abajo. «Hacéis bien», pensó Gabriel. Lo mejor para ellos era huir de la Atlántida. Si Isashara y Minos les ponían la mano encima, acabarían sacrificados bajo la cúpula de oricalco o sufriendo algún tormento peor.
Kiru sintió la tentación de volver la cabeza hacia la cima, pero la resistió. Gabriel se quedó con la curiosidad de ver qué hacía Atlas. Sabía que Kiru e Isashara habían sobrevivido a lo largo de los siglos. Sospechaba que Minos también, e incluso tenía una teoría sobre su posible identidad: el abuelo Kosmos.
¿Qué habría sido del Primer Nacido? Después de escapar al odio de sus hijos, ¿habría llegado vivo hasta el presente? Y de ser así, se preguntó Gabriel, ¿tendría todavía algún papel que representar en aquella tragedia familiar?
En vuelo sobre el Atlántico.
– Decidí huir de la Atlántida. No me encontraba con fuerzas para enfrentarme a mis hijos. Quise que Kiru me acompañara, pero ella, pese a que me había liberado, se negó. No quise forzarla más después del daño que había ocasionado a su mente.
»El mercenario que me había vigilado durante los últimos años y que acababa de romper mis cadenas me ofreció sus servicios.
»-Después de haberte liberado me torturarán, señor -me dijo-. Pero si contratas mi hacha, te llevaré conmigo a mi ciudad, donde te recibirán con la hospitalidad que te mereces.
»-¿De dónde eres, guerrero?
»-Me llamo Idomeneo, señor, y soy de la noble ciudad de Atenas.
«Acepté su oferta. Antes de que amaneciera, Idomeneo y yo nos las arreglamos para llegar al anillo exterior. Una vez allí convencí a los tripulantes de un barco para que me llevaran con ellos. Recorrimos las Cicladas y tres días después llegamos a la ciudad de Atenas.
– ¿Atenas ya existía entonces? -preguntó Joey
– Sí, aunque no era como la que has visto en documentales. No existía el Partenón, ni templos griegos al estilo clásico. La Acrópolis era una fortaleza y la ciudad estaba muy separada de su puerto.
»Allí fui recibido por el rey, Erecteo, que me ofreció su hospitalidad.
»No habían pasado ni cuatro días cuando llegó la flotilla de la Atlántida. Como todos los años, venía para exigir tributo material y, sobre todo, humano.
»Los atenienses, como los demás vasallos de la Atlántida, debían entregar catorce jóvenes sin tacha, siete de cada sexo, para que fueran sacrificados junto a la cúpula, cerca de la cima del volcán.
– ¿Por qué tenían que ser jóvenes? ¿Por qué no podían elegir viejos que ya estuvieran muy enfermos y se fueran a morir de todas formas? -preguntó Joey.
– Tal vez quienes crearon la cúpula eran así de crueles. O tal vez querían advertirnos de que utilizar la cúpula para comunicarse con la Gran Madre era un asunto muy serio que no debía tomarse a la ligera, y por eso le pusieron un precio tan alto.
Randall se peinó la barba, pensativo.
– Aunque sospecho que no es ésa la verdadera razón, que hay un malentendido básico. No creo que la sangre sea necesaria para abrir la cúpula. Ha de ser otra cosa…
»En fin. El caso es que los atenienses se negaron esta vez, y contestaron a los enviados: «El legítimo señor de la Atlántida está con nosotros y es nuestro huésped. No obedeceremos a los usurpadores». Yo no quise animarlos, pues sabía que por salvar catorce vidas podían perder muchas más, pero tampoco los disuadí.
«Conocía lo suficiente a mis vástagos para saber que su ira era instantánea. Cuando calculé que la flotilla había regresado a la Atlántida con las malas noticias, advertí al rey Erecteo de que debía evacuar la ciudad esa misma noche y ordenar a los moradores de la costa que también se alejaran.
– ¿Por qué? -preguntó Alborada.
– Porque sabía lo que iban a hacer. Desde la primera vez que penetraron en la cúpula, Isashara y Minos habían perfeccionado sus artes. Si la primera vez provocaron sin quererlo el terremoto que devastó Creta, ahora lo hacían voluntariamente.
– ¿Cómo?
– En aquella época te habría hablado de espíritus subterráneos y poderes mágicos. Ahora puedo expresarlo de otra forma. Tiene que ver con los nanobios.
Joey se apresuró a preguntar qué eran los nanobios. Tras explicárselo de modo bastante sucinto, Randall continuó.
– La cúpula de oricalco era un artefacto diseñado para unirse con la Gran Madre, y ésta no era más que la inmensa mente-colmena formada por la unión de los nanobios.
»La red de nanobios controla vastas fuerzas. Por sí mismos, los nanobios manipulan las energías que fluyen por el manto en forma de gases e hidrocarburos y que a la vez son su fuente de alimentos. Los movimientos de esos gases pueden provocar terremotos, y además causan desequilibrios y movimientos internos que desencadenan cambios de temperatura y migraciones masivas del magma.
»Pero disponen de otros recursos más poderosos. Pueden influir en el magnetismo de nuestro planeta a todas las escalas y originar flujos de energía que proceden desde el mismísimo núcleo de metal fundido de la Tierra.
»Algo que, me temo, es lo que está ocurriendo ahora.
– ¿Lo han provocado tus hijos? -preguntó Joey
– No lo sé. En aquel entonces no se atrevían a tanto, y desde luego yo tampoco me atreví. Trastear a ese nivel podría suponer el desencadenamiento de unas fuerzas que quizá ya no podría controlar ni la Gran Madre.
– Lo que significaría…
– La destrucción del planeta entero. No sólo la extinción de la vida que conocemos, sino una explosión desde el núcleo que rompería la Tierra en fragmentos.
– ¿Puede haber alguien tan loco que quiera destruir el planeta viviendo en él? -preguntó Joey.
– ¿Loco? Sí. No sé con qué designio fuimos creados los Homo immortalis. Pero, básicamente, somos humanos. Y la mente humana no está preparada para la inmortalidad.
– Eso no me lo creo. ¡Yo estaría preparado!
Randall soltó una carcajada.
– Son demasiados recuerdos, demasiado tiempo encerrado aquí dentro con uno mismo. -Randall hizo toc-toc con los nudillos en su propio cráneo-. El ser humano no es como la mente colectiva de la Gran Madre. Básicamente está solo. La soledad acaba llevando a la locura. Y la locura… puede llevar a cualquier parte, incluso a la destrucción total.
»Con todo, no creo que estas erupciones sean cosa de ellos. Hace unos días percibí una alteración en el flujo magnético de la Tierra y capté un fragmento de los pensamientos de la Gran Madre. Sin una mujer de mi especie y sin la cúpula no puedo interpretarlo. Pero fue entonces cuando decidí ir a Long Valley.
»Incluso mientras lo hacía pensaba que estaba corriendo un gran peligro al acercarme al corazón de un supervolcán. No obstante, el destino o el azar decidieron que justo allí encontrara la forma de huir -dijo, señalando con un amplio gesto el reactor en el que viajaban.
– Mis hijos preferían manipular la cúpula en noches de luna llena, pues se habían dado cuenta de que la Gran Madre era más moldeable entonces. Ahora sospecho la razón. En el plenilunio, cuando la luna está a un lado de la Tierra y el Sol al contrario, las fuerzas de marea, que no sólo afectan a los océanos, sino también a la roca fundida del interior del planeta, son más poderosas.
»Pero no era imprescindible que hubiera luna llena. Estaban indignados por mi huida y por la insolencia de los atenienses, y decidieron actuar cuanto antes.
» Cuando apenas faltaban unas horas para amanecer, sentimos cómo el suelo temblaba. La gente gritó de pavor, pero nadie murió, pues gracias a mi consejo el rey había congregado a todo su pueblo en la llanura del río Céfiso, al aire libre. Más de la mitad de los edificios de Atenas se derrumbaron: de haber estado durmiendo en sus casas, miles de atenienses habrían perecido.
– De modo que salvaste muchas vidas -dijo Joey.
– Así es. También me ayudaron Isashara y Minos, que en su rabia y precipitación no fueron lo bastante precisos. El epicentro del seísmo se hallaba en el mar. Un tsunami azotó la costa oeste de la región donde se encuentra Atenas, el Ática. Con el tiempo, los mitos hablarían de cómo Poseidón, señor de los terremotos, había enviado contra Atenas un monstruoso toro del mar, como llamaban a los tsunamis.
»Pero la flota ateniense estaba varada en la costa este del Ática, donde la ola gigante no la afectó.
»Los atenienses siempre fueron un pueblo orgulloso, audaz y a veces temerario, como demostraron siglos más tarde cuando se enfrentaron al poderoso imperio persa.
»Ahora, indignados por la destrucción de la ciudad, decidieron que estaban hartos de sufrir el yugo de la Atlántida y que era hora de sacudírselo. De modo que planearon lo que nadie se había atrevido a hacer jamás: invadir la Atlántida.
– ¿Usted no trató de disuadirlos? -preguntó Alborada.
– No sabía muy bien qué hacer. Quería evitar el derramamiento de sangre. Pero salvar ahora diez mil vidas podría significar en el futuro cientos de miles de muertes.
»El rey Erecteo llamó a todos sus guerreros, armados con lanzas de punta de bronce y con grandes escudos forrados de piel de vaca. Y también convocó a los de las ciudades vecinas, como Eleusis, y a los de las islas más cercanas, como Egina o Salamina.
«Mientras los atenienses y sus aliados sacrificaban cien bueyes a su dios del cielo, Zeus, el suelo de la Atlántida empezó a temblar.
– ¿Cómo lo supiste? -preguntó Joey.
– No lo supe entonces. De lo contrario, tal vez habría disuadido al rey de aquella expedición. Me enteré mucho más tarde, cuando fui recopilando relatos de supervivientes.
»Mis hijos estaban tan enrabietados que no habían sido lo bastante cuidadosos. En realidad, llevaban demasiado tiempo usando de forma irresponsable un inmenso poder que apenas conocían y que, en su soberbia, creían dominar por completo.
»Isashara y Minos no comprendían que, al obligar a la red de nanobios a descargar tensiones en ciertas zonas de la corteza terrestre, las acrecentaban en otras. El volcán que dormitaba bajo la bahía de la Atlántida despertó. De la noche a la mañana empezó a escupir llamaradas, rocas ardientes y chorros de gas. No fue una erupción muy potente. Duró medio día a lo sumo. Pero bastó para sembrar la alarma en la Atlántida.
»En la isla exterior había una ciudad llamada Qwera, que ahora se conoce como Akrotiri. Sus habitantes, asustados, recogieron sus pertenencias más preciadas y evacuaron la isla. Al día siguiente de la erupción, Akrotiri era una ciudad fantasma. Y así lo sigue siendo hoy día. Por eso los arqueólogos no han encontrado en ella nada de valor.
»Pero en la Atlántida no sucedió lo mismo. Minos e Isashara no estaban dispuestos a permitir que sus habitantes huyeran. Ordenaron cerrar las grandes cadenas que bloqueaban la bocana del puerto. Los heraldos recorrieron la ciudad, pregonando que estaba prohibido abandonarla, y que de todos modos los habitantes no debían temer, pues los hijos predilectos de la Gran Madre garantizaban que nada malo podía ocurrirle a la ciudad sagrada de la Atlántida.
»Los estaban condenando a muerte sin saberlo. En cualquier caso, les habría dado igual.
La azafata, que llevaba casi todo el vuelo en la cabina de mando, salió para preguntarles si querían comer. A Joey le sonaban las tripas de hambre, pero Alborada se adelantó.
– Preferimos que no nos molesten por el momento. Gracias, señorita -añadió con una sonrisa que venía a decir «Largo de aquí».
«Maldita sea», pensó Joey, pero no dijo nada.
Randall reanudó su relato.
– Isashara y Minos decidieron esperar hasta que llegara el plenilunio. Supongo que pensaron que aquella pequeña erupción se debía a que no habían respetado sus propios rituales.
«Pasaron cinco días. En ese tiempo, la flota ateniense zarpó y se dirigió hacia la Atlántida.
»Con ella viajaba yo. La excusa era que los atenienses iban a devolverme el trono. En realidad, yo quería reducir la matanza lo más posible. Sabía que, una vez entraran en el fragor de la batalla, si los atenienses triunfaban, la sed de sangre y de botín haría que se abatieran como lobos sobre la población.
»No diré que los habitantes de la Atlántida fueran inocentes. Si se convertían en esclavos de los atenienses, no sería porque no se lo hubieran merecido. Durante mucho tiempo se habían beneficiado de los sacrificios humanos y del mal uso del poder de la cúpula de oricalco. Gracias a eso eran ricos y estaban acostumbrados a vivir sin trabajar, y muchos tenían panza y las manos tan suaves como bebés.
»Pero yo había reinado allí, y no quería que mi antiguo pueblo fuese masacrado.
«Obviamente, no lo conseguí. Pero no fue el acero lo que los mató.
Madrid, Moratalaz / La Atlántida.
Por un momento, Gabriel temió haber caído en un bucle de recuerdos. Kiru se hallaba en lo alto de la pirámide, las antorchas iluminaban las siete terrazas, los prisioneros subían desnudos y encapuchados las escaleras de la cara sur, la luna llena brillaba en el cielo y se oía el siniestro cántico de los asistentes al bárbaro ritual.
Pero enseguida captó detalles diferentes.
La luna se veía amarillenta como una muela cariada, y ni los pebeteros ni la sangre derramada disimulaban la fetidez a huevo podrido que flotaba en el aire. Además, la primera vez que había presenciado aquella escena a través de los ojos de Kiru, ella era una víctima más que subía por la pirámide con los labios cosidos.
Ahora, Kiru estaba de pie junto a Minos, tras el sitial de Sybil.
Las víctimas morían sobre el altar y luego rodaban escaleras abajo. Era la tercera vez que Gabriel contemplaba aquel sacrificio colectivo, pero no lograba acostumbrarse al horror.
Entonces ocurrió algo que hasta entonces se le había hurtado en sus visiones.
Sonó un zumbido agudo, que se convirtió en un chirrido estridente. Isashara levantó una mano. Los sacerdotes imitaron su gesto y el desfile de prisioneros se interrumpió.
Los asistentes empezaron a cantar en tonos graves un cántico en honor de la Gran Madre y del espíritu de la Tierra que respiraba por la montaña de fuego. Kiru volvió la mirada hacia la cúpula, de donde provenía aquel estridor. Toda su superficie se había teñido de verde, y en la pared se había abierto una ranura que poco a poco se convirtió en una puerta de apenas metro y medio de altura.
– La Gran Madre está satisfecha con la ofrenda de sangre y ahora hablará con sus hijos -dijo Sybil.
Después se puso en pie y bajó del estrado. Minos la tomó de la mano, y Gabriel supuso que lo hacía para acompañarla.
Pero no fue así.
– Tú no -dijo Minos-. Subiré con nuestra madre.
Sybil se volvió hacia su hermano y esposo abriendo dos ojos como platos.
– ¿Qué estás diciendo?
– La última vez cometiste un error, Isa.
Aunque trataban de hablar en susurros, Kiru tenía el oído muy fino y lo estaba escuchando todo.
– ¿Que yo cometí un error? Eres tú quien me guía ahí dentro.
– No podemos equivocarnos ahora. ¿Quién mejor que nuestra madre?
– Pero ¿no comprendes que está loca? ¡Ah, es por eso! Crees que la manipularás mejor que a mí. Como si yo me resistiera a ti alguna vez…
A Kiru la molestaba que aquellos dos que aseguraban ser sus hijos hablaran de ella como si no estuviera delante.
– ¿Pretendes que sea una loca quien salve nuestro reino? -insistió Sybil.
Kiru dio un paso hacia ella y le asestó un tremendo bofetón. «Bravo», aplaudió por dentro Gabriel. Aunque el golpe no fue tan contundente como el que le había propinado Herman con la palanca de acero, bastó para que Sybil trastabillase y diese con sus huesos sobre las piedras de la pirámide.
Se había hecho un silencio sepulcral en el que se podía oír el zumbido del campo eléctrico que emitía la cúpula de oricalco.
Kiru era más alta y atlética que su hija. Y no le temía a nadie. La mirada que le clavó Minos habría encogido de terror a cualquiera, pero ella no se inmutó.
– Kiru no está loca -dijo.
«De eso no estoy tan seguro», pensó Gabriel, aunque lo que había hecho le parecía genial. Sobre todo cuando vio el gesto de ira y despecho de Sybil al levantarse.
Minos suavizó su mirada.
– Claro que Kiru no está loca -dijo.
Después se volvió hacia Sybil.
– Tenemos que arreglar el mal que hemos hecho. Hay que sumergirse más que nunca y bucear hasta donde sea preciso para convencer a la Gran Madre.
– ¡Yo puedo hacerlo! -exclamó Sybil, ya sin importarle que los demás oyeran aquella riña entre inmortales-. ¡Ella no nos hace falta!
Minos la agarró de las manos.
– ¿Y si te sumerges tanto que luego no puedo sacarte? ¿Y si ella te absorbe para siempre? ¡No quiero perderte!
Cuando se fundió con la mente de Sybil, Gabriel había captado la mezcla de amor y odio que sentía por su hermano. Ahora, aunque la estaba viendo por los ojos de Kiru, volvió a percibirla.
– De modo que no me quieres perder -dijo.
– Así es -respondió él.
Sybil sonrió.
– Está bien. Lo entiendo y lo acepto, hermano.
Gabriel pensó que Minos tal vez fuese inmortal y poderoso, pero no sabía nada de mujeres. Sybil ni entendía ni aceptaba. Sólo se estaba rindiendo de momento para vengarse más adelante.
Minos tomó de la mano a Kiru, y los dos juntos subieron con paso flexible la escalera que llevaba hasta la abertura de la cúpula.
Ambos eran igual de altos, y tuvieron que agacharse para entrar. El interior estaba bañado de una luz cambiante, entre dorada y roja. «Es maravilloso», pensó Gabriel.
Una vez dentro, hijo y madre se sentaron en el suelo, en la posición del loto, de frente el uno al otro y entrelazaron las manos. Se miraron a los ojos…
… y las pupilas de Minos devoraron a Kiru, que a su vez sintió cómo Minos era absorbido por las suyas.
Cayeron por un pozo sin fondo.
A través de Kiru, Gabriel percibió la mente de la Gran Madre. Sólo estaban rozando una de sus esquinas, o una de sus capas, o moviéndose en una de sus múltiples dimensiones. Algo de la energía de la Gran Madre corría por ellos, pero aún la veían desde fuera.
Y entonces comprendió Gabriel el sueño que lo había sacado de la cama la noche del 1 de mayo. Supo que aquella inteligencia que él había creído alienígena era en realidad la mente de la propia Tierra, un cerebro colectivo de increíble magnitud, una vasta colmena de pensamientos que latía bajo los pies de los humanos sin que éstos lo sospecharan.
Y las enormes burbujas rojas que en su sueño creyó nubes de gas en un planeta gigante no eran tales. Se trataba de células convectivas, gigantescas bolsas de roca que al fundirse se hacían menos densas y ascendían a la superficie…
… justo lo que estaba ocurriendo en el siglo XXI, el presente de Gabriel. En aquel sueño, conscientemente o no, la Gran Madre le había avisado de lo que iba a hacer. Sólo que su pensamiento era tan ajeno que él no podía comprenderlo.
Ni siquiera, Gabriel lo supo ahora, los Atlantes inmortales la comprendían del todo. Por más que se creyeran dioses, no eran más que humanos mejorados, con cuerpos perfectos e increíblemente resistentes y dotados del poder de fundir sus mentes entre ellos y manipular las emociones ajenas. Pero sus cerebros pensaban en escalas humanas e individuales.
En cambio, la Gran Madre formaba una red colectiva de trillones o cuatrillones de conexiones, y aquella mente se sustentaba sobre un soporte físico cuyo volumen se medía en miles o millones de kilómetros cúbicos.
Aun así, los hijos de Atlas y Kiru tenían la audacia de moverse en el interior de aquella red y trastocar sus nudos y sus trenzas a su antojo. Gabriel lo comprendió ahora. Gracias a la cúpula, que era a la vez una especie de amplificador y un traductor, los Atlantes podían fundirse dentro de la gran mente y alterar parte de la red. Un toque aquí, y se producía un maremoto que hundía la flota minoica y obligaba a la orgullosa isla de Creta a volver al redil y pagar el tributo debido a los señores de la Atlántida. Una manipulación allá, y un terremoto devastaba un lugar tan alejado como Troya en una época muy anterior a la gran guerra.
El poder absoluto, el chantaje definitivo, sin necesidad de ejércitos. Los Atlantes manejaban la ira de la Gran Madre.
«Si ellos podían servirse de la cúpula para manipular las fuerzas del interior de la Tierra, y si Kiru es como ellos…»
… tal vez, pensó Gabriel, aún existía una posibilidad para detener la oleada de súper erupciones que estaban azotando el mundo.
Tras aquella breve esperanza, el desánimo le invadió. La cúpula de oricalco estaba en la Atlántida. Y la Atlántida había sido destruida.
Leyendo los recuerdos de Kiru, Gabriel se adentró también en la mente de Minos. El que se consideraba a sí mismo el más poderoso y astuto de los hijos de Atlas, el que había acabado con todos sus hermanos salvo Isashara, la única por la que sentía algo parecido al amor.
Si Sybil era una psicópata a la que le gustaba infligir sufrimiento y destrozar la felicidad y la belleza ajenas, Minos era un drogadicto del poder. Su peor pecado era la soberbia, una soberbia que lo cegaba y lo hacía creerse capaz de todo.
Pero esta vez se había equivocado.
Debes ir allí, madre. Un dedo inmaterial señaló a Kiru el lugar hasta el que debía «bucear». Fundido en mentes ajenas, Gabriel ya no sabía quién era o dejaba de ser. ¿Kiru, Minos, la Gran Madre? ¿Gabriel Espada?
Pero aunque no supiera quién era, podía ver. La geometría de la mente colmena se superponía sobre la estructura interior de la Tierra como un vasto holograma luminoso.
Allí, a miles de metros de profundidad, se encontraba la cámara de magma. Un enorme corazón de cien kilómetros cúbicos. Encerrada en un lecho de piedra sólida, el volumen de la cámara no crecía apenas. Sin embargo la cantidad de magma en su interior no dejaba de aumentar. Era una inmensa olla a presión esperando el momento de estallar.
Minos no era ningún geólogo, más bien un artesano que comprendía intuitivamente qué debía hacer. Gabriel captaba cada vez más su mente, pues la de Kiru se estaba vaciando de sí misma. Comprendió cuál era el sistema: la mujer era la médium, el vehículo de transmisión con la mente de la Gran Madre, pero al unirse a ella perdía su individualidad y no era capaz de tomar decisiones personales. El varón se mantenía algo apartado, en segundo plano, sin rozar personalmente a la Gran Madre, y así podía manejar a la hembra a modo de herramienta.
El lugar que Minos le señaló a Kiru se hallaba debajo de la cámara de magma. Allí había cinco vastas chimeneas que ascendían desde el manto, por las que no dejaba de subir roca fundida que aumentaba aún más la presión de la cámara. No estaba en manos de Kiru cerrarlas inmediatamente. Pero sí alterar la red mental para que se produjeran cambios en el flujo de energía interno. De ese modo la roca fundida encontraría otros cauces, se desviaría y dejaría de aportar calor y presión a la cámara, que con el tiempo podría enfriarse o descargar presión sin provocar una megaerupción.
Era la forma de salvar a la Atlántida.
«Pero la Atlántida no se salvó», recordó Gabriel.
«¡Eso no, madre!».
El grito mental taladró los oídos de Gabriel, y vio unos destellos fugaces, allí donde Kiru estaba trastocando los nudos de la red.
En lugar de desviar los cursos de las chimeneas, Kiru había abierto un puente entre ellas. Ahora las cinco estaban en proceso de convertirse en sólo dos. El flujo de roca fundida que ascendía hacia la cámara se había duplicado.
«Kiru no está loca», se obstinó ella.
Tras este pensamiento, Gabriel se vio de nuevo en la cúpula. Kiru había soltado las manos de Minos, que la observaba con un gesto de terror congelado en su rostro.
Pese a su amnesia y a que era evidente que tenía la mente dañada, Kiru había actuado con astucia. Ayudado tal vez por la ciega soberbia de Minos, había sabido esconderse, y cuando parecía que su voluntad se había fundido con la de la Gran Madre, había actuado por su cuenta de forma devastadora.
Kiru salió corriendo de la cúpula y bajó las escaleras. Junto al altar pringado de sangre, Sybil la miraba estupefacta.
Saltaba a la vista que ésa no era la forma de terminar con el ritual.
Sybil intentó detener a Kiru, pero ésta volvió a empujarla y la derribó sobre el altar.
– ¡Matadla! -ordenó Sybil.
La escalera sur estaba llena de oficiantes y de prisioneros destinados al sacrificio, de modo que Kiru decidió huir por la grada oeste. Pese a los gritos de Sybil, nadie la persiguió, y ella saltó de peldaño en peldaño, complacida en la flexibilidad y la fuerza de sus piernas.
– ¡Kiru no está loca! -gritó.
Gabriel no estaba tan seguro. En los pensamientos de Kiru no encontraba otra razón para lo que había hecho que la furia por el desdén con que la habían tratado sus hijos.
Pero estaba claro que había condenado a la Atlántida.
Kiru llegó al final de la escalera y siguió corriendo ladera abajo, saltándose los meandros de la avenida sagrada sin importarle la pendiente. Sus plantas descalzas eran duras como suelas de cuero.
– Kiru tiene que salir de aquí -dijo en voz alta.
Quizá no estaba tan loca, pensó Gabriel. Al menos le quedaba algo de instinto de conservación.
En vuelo sobre el Atlántico .
– La noche anterior al desastre la pasamos en la isla de Sicinos, a unos treinta kilómetros de la Atlántida -continuó Randall-. La flota constaba de ciento treinta barcos, algunos de Atenas y otros que el rey Erecteo había pedido prestados a otras ciudades. En cada nave viajaban unos ciento cincuenta guerreros, ochenta remando y los demás apiñados en cubierta y dando relevos para bogar cuando era necesario. En total, casi veinte mil soldados, una fuerza formidable para aquella época.
»Varias horas antes de amanecer, ya estábamos preparando los barcos para zarpar en nuestra última jornada. La luna llena aún no se había puesto y su luz nos bastaba para navegar. Erecteo quería llegar a la Atlántida justo antes del alba, para caer por sorpresa sobre ellos. «Minos, el dueño del mar, no se esperará que lo ataquemos en su propia casa» -me dijo.
»Justo antes de embarcar sentimos un temblor en la playa. Como fue mucho más débil que el que había devastado Atenas, el anciano Laomedón, un adivino que acompañaba a la flota, lo interpretó así:
»-¡El poder de la Atlántida se ha agotado! ¡Aquí mismo, tan cerca de su tierra, no son capaces ni de volcar nuestros barcos! ¡Poseidón les ha retirado su apoyo!
»Pues los griegos respetaban más a los dioses que a las diosas, y para ellos los terremotos no los causaba directamente Gea, sino el dios del mar Poseidón, al que llamaban «el que sacude la tierra». Como el poder de la Atlántida se basaba en enviar ondas de destrucción a distancia, creían que se trataba de un don otorgado por Poseidón, y aseguraban que éste era el fundador del reino y el padre de Atlas.
«Conforme nos acercamos a la isla, el cielo se tiñó de rojo mucho antes de que saliera el sol. Laomedón dijo que era un presagio de la sangre atlante que íbamos a derramar. Ahora sé que si el cielo se veía así era porque había cenizas volcánicas flotando en el aire.
»Poco después, la montaña de fuego estalló.
»La primera explosión fue atronadora, algo que ni los atenienses ni siquiera yo, en mis largos años, habíamos visto ni oído. La erupción fue tan súbita como si alguien hubiera plantado un racimo de bombas en la cima del volcán. De pronto nos llegó el fragor de cientos de truenos acumulados en un solo punto, y una columna negra sembrada de llamas rojas se levantó hacia las alturas.
«Estábamos a poca distancia de la isla, calculo que a unos diez kilómetros. Yo viajaba en la vanguardia de la expedición. A estribor tenía la nave real.
»Ha ocurrido lo que tenía que ocurrir, pensé. Por fin mis hijos habían logrado irritar a la Gran Madre, que iba a hacerles pagar por su insolencia.
»La columna negra siguió ascendiendo. No hace falta que os describa el espectáculo, porque ya lo habéis visto en Long Valley. El de la Atlántida no era un supervolcán, pero estaba apenas un peldaño por debajo. La columna no dejaba de ascender, hasta el punto de que teníamos que torcer el cuello para ver su parte superior. Por lo que sé, debió llegar a más de treinta kilómetros, el triple de la altitud a la que estamos volando ahora. Cuando el sol salió, ni siquiera llegamos a verlo, porque el humo y la ceniza nos bloqueaban su luz.
»-¡Abandonemos! -le grité al rey Erecteo. Aunque nuestros barcos iban casi abarloados, con el estruendo de la erupción apenas nos oíamos.
»-¡Los dioses están con nosotros!
»-¡Los dioses van a destruir la Atlántida! -contesté-. ¡Pero también nos aniquilarán a nosotros si no nos alejamos!
«Empezaba a caer ceniza sobre nosotros. También fragmentos de piedra pómez. Los hombres se pusieron los yelmos para protegerse. Al guerrero que mandaba nuestra nave, que no era otro que mi antiguo guardián Idomeneo, le cayó una piedra en el casco y rebotó con un tañido metálico. Entre risotadas, el gigante tuerto la recogió del suelo y la tiró al mar. Allí se estaban acumulando más, tan porosas y ligeras que flotaban. Idomeneo se quitó el casco.
»-¿Éstas son vuestras armas? -exclamó-. Si es así, os venceré con las manos desnudas.
«Apenas un segundo después se oyó un silbido, y una piedra al rojo vivo cayó sobre su cabeza. Aquélla no era de las que flotaban en el agua, sino una bomba volcánica. Idomeneo estaba tan cerca de mí que recuerdo perfectamente el crujido de su cráneo al romperse y el olor a pelo quemado cuando se desplomó con la cabellera ardiendo. Los demás soldados se apresuraron a ponerse de nuevo los yelmos y a parapetarse bajo los escudos, protegiendo también con ellos a los compañeros que remaban.
»La nave del rey se había alejado de la mía, pues Erecteo había ordenado a sus hombres que bogaran con más fuerza para ser los primeros en llegar a las cadenas que cerraban el puerto. El plan era sencillo: desembarcar en los espigones, tomarlos a la fuerza y romper los enormes cabrestantes que sujetaban las cadenas. Así se abriría el paso al resto de la flota.
»Todo había ocurrido demasiado rápido. Mi intención era usar el Habla para convencer al rey de que lo mejor era retirarse, de modo que él diera la orden al resto de la flota. Pero ya estaba fuera de mi alcance.
»En cualquier caso, la erupción había desatado el caos. Algunas naves seguían adelante, llevadas por la codicia y el ansia de venganza, mientras que otras avanzaban cada vez más despacio y unas cuantas incluso viraban para alejarse. Entre la lluvia de cenizas y fragmentos que entorpecía la visión y el estrépito de la erupción, era imposible recurrir a órdenes de trompetas o señales visuales.
»Yo no tenía la menor intención de morir. Teóricamente, era un invitado a bordo. Pero la máxima autoridad del barco, el altivo Idomeneo, yacía con la cabeza abrasada y rota sobre la cubierta. Así que retrocedí hasta la popa y le dije al piloto:
– ¡Tenemos que dar la vuelta ahora mismo si queremos salir vivos!
»No tuve que recurrir al Habla para convencerlo. Era un hombre sensato. Los tripulantes tampoco se opusieron: la mayoría estaban tosiendo por la ceniza y el azufre que flotaban en el aire, y además la piedra pómez que flotaba en el agua entorpecía cada vez más la labor de los remos.
»La nave viró enseguida, pero yo me quedé a popa para contemplar qué ocurría en la Atlántida.
»El viento soplaba del oeste, empujando la mayor parte de las cenizas al otro lado de la isla, por lo que gozábamos de cierta visibilidad. Además, siempre he gozado de una vista mucho más aguda de lo normal. Así observé cómo los primeros barcos llegaban a los espigones que cerraban el puerto e intentaban incendiar la estatua de mi hija Isashara, tarea complicada pese a que era de madera.
»A esas alturas, varios navíos atenienses ya estaban en llamas, alcanzados por bombas volcánicas cuyo fuego no habían logrado apagar.
«Tiempo más tarde encontré a un superviviente de una de las naves que había llegado hasta los espigones, la única de las que se acercó tanto a la Atlántida y aún consiguió salir relativamente indemne. Aquel hombre me contó que encontraron las cadenas abiertas, pues algunos barcos atlantes habían huido de la isla en cuanto empezó la erupción. De hecho, los hombres de la vanguardia ateniense se toparon de proa con muchos barcos que abandonaban la bahía interior, y se lanzaron al abordaje al darse cuenta de que sus pasajeros llevaban con ellos oro, joyas y sus posesiones más valiosas. La nave en que viajaba aquel superviviente se dio prisa en conseguir su botín. Después su capitán, con buen criterio, decidió que era el momento de virar. Aun así, si se salvó fue por puro azar.
«Mientras, nuestros remeros se afanaban para alejarse de la Atlántida lo más rápido posible. No resultaba tarea fácil, pues nos dirigíamos hacia el noroeste y el viento nos soplaba casi de proa. Me planté en mitad de la cubierta y utilicé el Habla para infundir energías y ánimo a los remeros. Bogaron con tanta fuerza que algunos no lo resistieron y murieron sobre los remos con el corazón reventado, pero otros guerreros los sustituían. Aunque lamenté sus muertes, no dejé de presionar con el Habla. Si no poníamos distancia de por medio, estábamos perdidos.
«Llegamos a tal distancia que quedamos fuera de la lluvia de cenizas. Desde allí, la columna eruptiva parecía un gigante con el cuerpo sembrado de llamaradas que se alzaba hasta tocar el palacio celeste de los dioses con sus brazos negros. Supe luego que se veía incluso desde las costas de Turquía y de Grecia, y que aquella inmensa torre oscura dio lugar a varios mitos, como el de los gigantes Oto y Efialtes, que apilaron montañas para intentar alcanzar el Olimpo.
»Pero en el mito Oto y Efialtes no lo consiguieron, y se precipitaron desde las alturas.
»Eso mismo pasó en la Atlántida.
Randall hizo una pausa para beber agua. Joey miró a Alborada, y se dio cuenta de que estaba conteniendo aliento, como él.
– Ya teníamos cerca Sicinos. A nuestra popa veíamos más barcos de la flota, varias decenas que seguían nuestra estela. Pero los habíamos dejado muy atrás, tal vez a dos o tres kilómetros de distancia. Yo seguí presionando a los remeros, que no dejaban de turnarse entre ellos. Incluso los nobles de las mejores familias se sentaban a bogar para huir del volcán.
»Fue entonces cuando ocurrió el cataclismo.
»Con el tiempo he aprendido lo bastante para saber qué ocurrió. La erupción era tan violenta que la cámara de magma se estaba vaciando a gran velocidad. Llegó un momento en que se había convertido en una inmensa caverna cuyo techo no podía sustentar el peso de la montaña, al que se sumaba el de la inmensa columna de polvo y rocas de más de treinta kilómetros de altura.
»El techo se hundió. La cámara quedó al descubierto, un colosal boquete de miles de metros de profundidad. Toda la montaña se precipitó a ese vacío, millones de toneladas de roca cayendo desde las alturas.
»Y cuando la propia montaña desapareció en las profundidades, fue como si un gigante hubiera quitado el tapón de la bañera. El agua del mar empezó a entrar por el agujero recién abierto. Pero hablamos de un agujero de varios kilómetros de diámetro y otros tantos de profundidad. Las fuerzas que se desalaron fueron incalculables.
»Eso no fue todo. Imaginad el agua del mar cayendo hacia la cámara de magma y mezclándose con roca fundida a cientos de grados de temperatura. Incontables toneladas de agua hirvieron en el acto, aumentaron de volumen y trataron de subir mientras todo se hundía y comprimía alrededor.
»Hubo una primera explosión. Hoy día estamos acostumbrados a los disparos, los estallidos o el insoportable ruido de los motores de un reactor. Aquélla era la Edad de Bronce. El martilleo de una fragua se consideraba ya un ruido difícil de aguantar, y un trueno fuerte podía sembrar el pánico.
«Aquella explosión, que fue como varias detonaciones nucleares a la vez, envió una onda expansiva por los aires a velocidad supersónica. Aunque ya estábamos a más de veinte kilómetros, toda la nave se estremeció. Yo di con mis huesos sobre cubierta, varios guerreros cayeron al mar y el mástil fue arrancado de cuajo y se precipitó por la amura de babor, aplastando a tres hombres.
»Cuando me levanté no oía prácticamente más que un agudo pitido. Muchos hombres sangraban por los oídos, con los tímpanos reventados, y se movían a gatas por la cubierta. No obstante, volví a mi puesto y, sin apenas escuchar mi propia voz, Hablé a los remeros para que no se rindieran, pues teníamos la isla de Sicinos a menos de mil metros.
»La columna eruptiva seguía alzándose al cielo, pero dentro de ella se veía el hongo de otra explosión que se levantaba a gran velocidad, gris claro sobre el negro de la primera erupción. Hubo más estampidos, pues las explosiones eran constantes. Sobre nuestro barco volvieron a caer fragmentos de piedra pómez y rocas ardientes que mataron al menos a cuatro tripulantes.
»Sin buscar siquiera una playa, embarrancamos la nave en una costa sembrada de rocas y guijarros.
– ¡Corred por vuestras vidas! -grité-. ¡Subid al punto más alto que encontréis!
»Como podéis imaginar, cuando el mar se precipitó sobre la cámara de magma se produjo una especie de reacción en cadena. La ingente cantidad de agua vaporizada y la explosión de varios kilómetros cúbicos de magma produjeron primero la onda expansiva que casi me dejó sordo.
»Luego vino el tsunami.
«Conseguí llegar a tiempo al punto más alto de la isla, y tras de mí llegaron decenas de hombres. Pero otros muchos estaban exhaustos. A duras penas lograban avanzar cuesta arriba. Desde donde estaba vi cómo el mar se retiraba primero de la costa, dejando nuestro barco al descubierto sobre un lecho de piedras.
«Aquella resaca sólo era el preludio de la ira de Poseidón. Aunque seguían oyéndose las explosiones del volcán, el tsunami mugía como un rebaño de un millón de vacas.
»No era una ola normal, obviamente. Más bien como si todo el mar se levantara en un frente de miles de metros, con un borde recto como el filo de una espada. Aquella pared de agua era tan alta como un edificio de quince pisos y viajaba a cientos de kilómetros por hora.
»Vi cómo el maremoto alcanzaba a los barcos que nos seguían y después se precipitaba sobre la isla. A la izquierda, a unos dos kilómetros, había un poblado pesquero. La ola lo engulló, simplemente. Pero no era sólo la fuerza del agua la que lo destrozó: cuando más tarde me acerqué a mirar vi que el tsunami había arrastrado toneladas de rocas y de fango sobre la aldea.
»Una ola normal, por fuerte que sea, se rompe contra la orilla y pierde su fuerza, y como mucho penetra unos cuantos metros. Pero un tsunami no es una ola normal, sino la vanguardia de una onda con un frente enorme. Transporta la masa de miles, millones de toneladas de agua, a tal velocidad que su impacto es tan duro como el de un muro de metal.
»El tsunami empezó a trepar por la costa, arrastrando nuestro barco. Muchos de los hombres que huían de él se detuvieron y aguardaron resignados a que las aguas los devoraran. Otros siguieron corriendo, pero fue en vano. No llegué a escuchar sus gritos. Sobre el pitido que zumbaba en mi cabeza oía el tronar del agua, un fragor tan grave que hacía retemblar los huesos de mi cuerpo.
»La ola rompió por fin, a unos cincuenta metros de donde nos hallábamos. Cuando se retiró, descubrimos que había arrastrado los restos astillados de nuestro barco ladera arriba, a más de dos kilómetros de la orilla. Había varios cadáveres tendidos entre los guijarros y el lodo, pero la mayoría de los compañeros que quedaron rezagados habían desaparecido.
»Sobre el monte quedábamos unos setenta supervivientes de los casi doscientos hombres que viajábamos en el barco. A lo lejos, vi que cuatro naves seguían dirigiéndose hacia la isla. Milagrosamente, habían sobrevivido al paso del tsunami. Tal vez por ser tan pequeños y ligeros. Un barco más grande se habría partido en dos.
»Pero aún quedaba algo peor. Como la presión de la cámara de magma ya no podía sostener la columna eruptiva, ésta se vino abajo, y al hacerlo creó…
– ¡Flujos piroclásticos! -dijo Joey.
– Así es. Desde la isla vimos cómo un nuevo frente avanzaba por el mar, una nube de aspecto algodonoso que parecía resbalar sobre las aguas. En aquel momento el cielo se había oscurecido tanto que, pese a que era poco más de mediodía, parecía casi de noche. En aquellas tinieblas, la nube resplandecía, y supe que traía con ella fuego y más destrucción.
– Pero… ¿los flujos piroclásticos pueden viajar sobre el agua?
– Te aseguro que pueden viajar, Joey. Yo lo vi.
»Las cuatro naves supervivientes casi habían llegado a la costa cuando los flujos piroclásticos las alcanzaron. Luego recogimos los pecios y algunos cuerpos muertos que llegaron a la orilla.
»Al ver el avance de la nube ardiente, que debía medir al menos treinta metros de altura, pensé que no estábamos a salvo ni siquiera allí y corrí cuesta abajo hacia la playa norte, exhortando a los demás a que me siguieran.
»No todos me hicieron caso, pues creían que aquél era el lugar más seguro, y estaban demasiado dispersos para usar el Habla de forma eficaz. De ésos, no sobrevivió ninguno. Cuando encontramos sus cadáveres, vimos que no sólo estaban abrasados, sino que a muchos les había reventado el abdomen por el calor, y otros incluso tenían el cráneo estallado. El súbito aumento de temperatura había hecho que sus cerebros y el agua contenida en ellos se dilataran de repente y rompieran los huesos del encéfalo.
– Dios mío -musitó Alborada.
– Huí ladera abajo. Quiso el azar que descubriera una cueva. No estaba muy seguro de que fuera un lugar seguro y no una ratonera, pero no muy lejos a mi espalda oía un nuevo ruido aún más siniestro. Era un rugido continuo, mezclado con detonaciones secas. Supongo que eran las rocas ardientes arrastradas por la nube reventando al enfriarse tras la dilatación.
»Entré en la cueva, y los demás hombres me siguieron. Como no era muy profunda, nos apelotonamos al fondo. Traté de infundirles calma para que no nos aplastáramos, pero no me era fácil, pues estaba muy lejos de sentirme tranquilo yo mismo. Por la boca de la cueva se veía el azul del cielo, pero de pronto desapareció. Todo se volvió oscuridad y las paredes de la cueva vibraron al paso de la nube.
«Pronto la temperatura se hizo insoportable y el aire nos empezó a faltar. Tosíamos y escupíamos una mezcla de flema y barro, e incluso sangre. Recordé cómo había soportado la tortura, encadenado durante años, e hice un esfuerzo por controlarme. Sólo entonces conseguí tranquilizar a los demás lo suficiente para que respiraran más despacio, dejaran de gritar y ahorraran aire.
»Pasó un rato que me pareció una eternidad, hasta que la oscuridad se aclaró y la temperatura empezó a bajar dentro de la cueva.
»Cuando salimos, teníamos que caminar con cuidado. El suelo estaba sembrado de cenizas y piedras que todavía humeaban. Nos dimos cuenta de que teníamos la piel chamuscada y llena de ampollas, y a muchos les faltaban las cejas, la barba o incluso toda la cabellera.
»Éramos veintiocho hombres, los únicos supervivientes de nuestro barco. Luego supe que se habían salvado otras tres naves, entre ellas la que llegó hasta la bocana del puerto de la Atlántida, pues el avance de los flujos piroclásticos es azaroso, y había dejado un estrecho pasillo que respetó a esos tres barcos.
»El resto de la flota desapareció, y con ella el orgulloso ejército ateniense que había zarpado para invadir la Atlántida. Veinte mil hombres perecieron en poco más de una hora.
»A ellos hay que sumar los treinta mil habitantes de la Atlántida, de los que apenas hubo supervivientes. Pero el desastre no terminó ahí. El tsunami azotó el sur de las Cicladas y de Grecia, destrozándolo todo a su paso. También llegó al norte de Creta, aniquiló la flota minoica y no dejó piedra sobre piedra a menos de tres kilómetros del mar.
«Tiempo después del desastre viajé por el Mediterráneo y comprobé los daños causados por la erupción. La isla central de la Atlántida había desaparecido. Apenas se podía navegar por las cercanías debido a la cantidad de piedra pómez que aún flotaba sobre las olas. Donde antes se alzaba la montaña y las aguas eran claras, ahora se abría una enorme bahía de aguas profundas y oscuras.
»En Creta, la mayoría de los palacios se habían derrumbado y ardido. Por lo que me contaron, fue la onda expansiva la que derribó los edificios y provocó los incendios. Los campos estaban recubiertos por una capa de ceniza que llegaba hasta las rodillas y en algunos lugares cubría hasta las ingles. No se podía cultivar nada, los olivos y las vides habían muerto y el campo estaba lleno de cadáveres putrefactos de ovejas y cabras. Ahora que la Atlántida no existía, los minoicos de Creta podrían haberse convertido en el nuevo poder del Egeo, pero nunca se recuperaron de aquel golpe. Después de la erupción sufrieron años de hambruna y guerras internas.
»Las consecuencias de la catástrofe se sintieron más lejos. Aquel año el verano se convirtió en invierno y el invierno en un azote glacial. El siguiente estío no fue mucho más cálido. Hubo también hambruna en Egipto, y los escribas me contaron que en pleno día habían caído tales tinieblas que apenas podían ver lo que escribían a la luz de las velas.
»Mucho tiempo después visité China, y supe que en la época en que se hundió la Atlántida sufrieron heladas en verano. Durante meses vieron el sol de un color amarillo enfermizo y crepúsculos en los que todo el cielo parecía ensangrentado.
»Tales fueron las consecuencias del final de la Atlántida. El recuerdo de la catástrofe se deformó con el tiempo, pero no llegó a borrarse del todo. Así le llegó a Platón, que escribió su relato novecientos años después, y lo embelleció haciendo la isla mucho más grande de lo que era y afirmando que sus compatriotas, los atenienses, habían logrado conquistarla justo antes de la catástrofe final. Ya veis que no fue así.
»Sin embargo, nunca corregí la versión de Platón. Pensé que era mejor olvidar todo aquello, para que nadie intentara buscar la cúpula dorada y dominar de nuevo aquel poder sacrílego.
– Entonces ¿por qué nos lo cuenta ahora? -preguntó Alborada.
– Creo que estaba equivocado. Es mejor que los hechos del pasado, sean infames o gloriosos, no queden en el olvido.
– ¿Qué pasó con Isashara y Minos? -preguntó Joey.
– Sobrevivieron. Tras provocar el desastre que mató a sus súbditos y destruyó su ciudad, todavía tuvieron tiempo de prever lo que iba a ocurrir y huyeron. Al principio los creí muertos, pero luego tuve noticias suyas. Aunque cambiaron de nombre muchas veces y recorrieron el mundo a lo largo de los siglos, nunca resistieron la tentación de buscar el poder. Mientras que yo decidí ocultarme en el anonimato y olvidar periódicamente quién era para iniciar una nueva vida tan tranquila como la anterior.
»La última -dijo, volviéndose hacia Joey-, la de tu amigo Randall, el humilde barrendero del parque de caravanas de South Fresno.
– ¿Tengo que llamarte Atlas a partir de ahora?
– Llámame Randall. Me gusta ese nombre. Me gusta ser Randall.
– ¿Qué ocurrió con Kiru?
– Ignoro qué destino corrió. Tal vez sobrevivió, pero jamás supe nada de ella. Si se salvó del desastre, sospecho que debió encontrar la muerte a lo largo de los siglos. Hasta para un Homo immortalis es complicado sobrevivir tres mil quinientos años. Os lo aseguro.
La luz de la cabina se atenuó. La piloto les avisó por megafonía de que emprendían la maniobra de descenso hacia Londres. Randall se abrochó el cinturón y dijo:
– Ése, amigos míos, fue el final de la Atlántida. Si no queremos que toda esta civilización acabe del mismo modo que acabó la Atlántida, rezad a los dioses en los que creáis para que mis hijos hayan encontrado la cúpula de oricalco, y también para que nuestra querida Sybil Kosmos siga el cebo de este avión y se dirija a Santorini.
– ¿Por qué necesitamos a Sybil? -preguntó Alborada, con gesto de incomodidad.
– Porque ella, obviamente, es Isashara. Y sin una Femina immortalis no podré hacer nada por salvar al mundo.
– Entiendo…
– Aun así, hay un pequeño problema.
– ¿Cuál? -preguntó Joey.
– No tengo la menor idea de por qué está ocurriendo esto. Si queremos convencer a la Gran Madre de que detenga el fin del mundo, antes debemos saber por qué lo ha desencadenado.
Santorini, Nea Thera .
Iris llevaba encerrada veinticuatro horas en una habitación de apenas nueve metros cuadrados. En ese tiempo, no habían venido a verla ni Kosmos ni Sideris. Tampoco sabía nada de Finnur, aunque el dolor palpitante de su mandíbula le servía de recordatorio.
A mediodía, una sirvienta vestida con el consabido modelito minoico le había traído una bandeja con agua, pan, tsatsiki, pescado adobado y pulpo a la brasa. Era la misma joven de ojos almendrados que le había encendido la pantalla para ver el especial de la NNC.
Tras entrar, había cerrado la puerta con llave mientras sostenía la bandeja en una sola mano. Iris se había acercado a ella para decirle en susurros:
– Escucha. Me tienen aquí encerrada contra mi voluntad. Tienes que dejarme salir.
Ella la miró con gesto de consternación.
– No puedo hacerlo. Me han dado órdenes.
– Esto es una retención ilegal, casi un secuestro. No querrás ser cómplice…
– Tú no le conoces. No me atrevo a desobedecer.
Ese le, obviamente, se refería al señor Kosmos. Iris se preguntó si la criada conocería su secreto, que el supuesto Spyridon Kosmos no era ningún vejestorio paralítico, sino un hombre en su plenitud.
Iris suponía que el auténtico Kosmos debía haber muerto hacía algún tiempo, y alguien, acaso un familiar, había suplantado su personalidad para aprovecharse de su fortuna.
Esa explicación dejaba una incógnita sin resolver, la más inquietante. ¿Qué tenía aquel hombre para provocar un pavor tan sobrenatural?
La habían encerrado en una habitación mucho más espartana que la que había compartido con Finnur. Una cama, un colchón de lana sobre un armazón de madera, un taburete y una mesa sin cajones. Una puerta, o más bien una media puerta, daba a un baño con retrete y lavabo, sin espejo. El cuarto tampoco tenía ventanas, y las paredes estaban pintadas de ocre, sin más adornos.
La ventaja era que no había cámaras. Iris lo había comprobado examinando las paredes a conciencia.
De modo que había concebido un plan bastante sencillo: atacar a la criada cuando volviera con la cena y escapar de allí. La chica era más bajita que ella. Iris estaba segura de que en una pelea cuerpo a cuerpo podría dominarla sin problemas.
Por desgracia, cuando volvió por la noche con la bandeja de la cena no lo hizo sola. Esta vez la acompañaba un sirviente. Era joven y, aunque no mediría más de uno setenta, llevaba tan poca ropa que podían apreciarse sus músculos de culturista hinchados con cierta dosis de anabolizantes.
Plan frustrado.
Después de cenar, convencida de que nadie la vigilaba, Iris se decidió a encender el móvil para llamar a la policía.
Pero cuando estaba a punto de marcar el 22649, el número de policía de Fira, se lo pensó mejor. En Santorini, el señor Kosmos era venerado como un dios y obedecido como un capo mafioso. Se imaginó el diálogo. «¿Que está retenida en Nea Thera? ¿Seguro que no es un error, señorita? Un momento. Vamos a ponernos en contacto con el señor Kosmos para aclarar este malentendido».
¿Qué pasaría si avisaba a la policía de Atenas? Sospechaba que algo parecido. En todo caso, por problemas de jurisdicción, se pondrían en contacto con la policía de Santorini, e Iris se encontraría de vuelta en la casilla de salida.
¿Avisar a la Interpol? «No me hagas reír, Iris Gudrundótlir», se dijo a si misma.
Pero el caso era que tenía que arreglárselas para salir de allí.
Cuando el móvil empezó a vibrar, eran las cuatro de la mañana. Iris se había tumbado con la ropa puesta, incluso con las zapatillas. Si se le brindaba una sola oportunidad de escapar de allí, por mínima que fuese, no iba a perderla por tener que vestirse o calzarse. Y, sin darse cuenta, se había quedado dormida. No era tan extraño considerando que la noche anterior no había llegado ni a cerrar los ojos.
«¿Eyvindur?».
– ¿Eyvindur? -contestó en susurros-. No puedo hablar muy alto…
– Escucha, Iris. No fueron los Campi Flegri, como yo decía. Pero lo van a ser.
Campi Flegri.
Eyvindur estaba al borde de Gli Astroni, el mayor de los cráteres de los Campi Flegri, una enorme hondonada de casi dos kilómetros de diámetro cuyo interior estaba poblado por un espeso bosque. Se había alojado en casa de Frederico y Gilda, unos amigos que ahora dormían plácidamente, convencidos de que la erupción del Vesubio no podía hacerles demasiado daño allí.
– ¿Y qué vamos a hacer? ¿Coger el coche para quedarnos parados en un atasco? -le preguntó durante la cena Frederico.
Aquello tenía su lógica. Todas las carreteras de la región estaban colapsadas. Y el Vesubio no era un supervolcán: veinticinco kilómetros representaban una distancia de seguridad respetable.
Con todo, Eyvindur les dio los consejos habituales. Cerrar todas las puertas y ventanas y no salir de casa. Si lo hacían, taparse la boca y la nariz, evitar las zonas bajas donde pudiera acumularse gases venenosos o donde hubiese peligro de aluviones de barro o avalanchas de rocas. Tener a mano linternas, pilas, botiquín con antibióticos, latas -abrelatas, por supuesto-, ropa de abrigo aunque fuera mayo, calzado resistente y dinero. A ser posible en metálico. Estar atentos a la radio y la televisión…
Pero, de momento, el viento soplaba hacia el norte, llevándose consigo las cenizas y los gases del volcán. Eyvindur, desvelado, había salido a la calle. Olfateó el aire de la noche. No olía a azufre, sino a la sal del mar.
Una luna casi llena se reflejaba en las aguas del golfo de Nápoles. Al este, la columna eruptiva del Vesubio se adivinaba como una gran mancha. Recordó La historia interminable, una de sus novelas favoritas de joven, y la Nada que devoraba el reino de Fantasía. Aquella oscuridad que tapaba las estrellas hacía que el firmamento nocturno, por comparación, pareciera un poco menos negro.
Pero en la base de aquella Nada se distinguían intensos resplandores, lenguas rojas que brotaban de la cima de la montaña. A esa distancia parecían llamas de una hoguera. Sin embargo, Eyvindur sabía que alcanzaban cientos de metros de altura.
Tomó los prismáticos y volvió la mirada hacia Nápoles. Toda la parte este de la ciudad había desaparecido de la vista, bajo una espesa niebla que en realidad era lluvia de ceniza. De momento, por lo que sabía, no se habían producido flujos piroclásticos. En la parte oeste de Nápoles, donde la atmósfera estaba más despejada, se veían zonas oscuras, allí donde se habían producido apagones. Pero todas las avenidas eran ríos de luz roja: los pilotos traseros de los coches que procuraban huir hacia el norte y que colapsaban las calles y las carreteras de salida.
La directora del Osservatorio Vesuviano había tenido el detalle, o el olvido, de no anular las claves de acceso de Eyvindur. Con el móvil, entró en su servidor y comprobó los datos de loi sismógrafos.
Al este, cerca del Vesubio, había temblores profundos, como solía ocurrir una vez iniciada una erupción. Pero en la zona de los Campi Flegri seguían produciéndose microtemblores constantes y con un trazado de ondas muy similar.
Eso había ocurrido durante toda la tarde. Además, en los últimos sesenta minutos no había dejado de producirse lo que los geólogos denominaban «tremor volcánico», una señal continua y grave de entre dos y tres hercios de frecuencia.
– Vesiculación-murmuró. Aquel temblor significaba que se estaban formando dentro del magma grandes burbujas de gas que enseguida colapsaban sobre sí mismas.
Un proceso que podía desencadenar la erupción en cualquier momento.
Los datos de los sismógrafos revelaban que el tremor volcánico no tenía un solo foco, sino cientos, situados sobre todo al oeste de la posición de Eyvindur.
Volvió la mirada hacia allí. Un círculo más oscuro en el terreno revelaba el lugar donde se encontraba el lago Averno.
La entrada al infierno, según los antiguos. Eyvindur había leído que el nombre Averno provenía del griego áornos, “sin pájaros”. Se suponía que las aves no sobrevolaban aquel lago porque de sus aguas subían efluvios ponzoñosos.
Al pensar en aves, aguzó el oído. Normalmente, de noche se oía cantar a los autillos, pero reinaba un silencio innatural. Aquello no podía deberse al Vesubio.
«Va a ocurrir ya», pensó.
Comprobó que se había emitido una orden de evacuación para toda la zona, no sólo para los alrededores del Vesubio. Los carabinieri y Protección Civil deberían estar recorriendo toda la zona de Pozzuoli y Lucrino con sus sirenas para alertar a la población, pero Eyvindur miró en derredor y no vio nada.
Probablemente, la culpa era del caos desatado por el Vesubio. Todos los recursos se estaban empleando en Nápoles. En cualquier caso, un intento de evacuación ya no serviría de mucho. Eyvindur pensó en despertar a Frederico y Gilda, pero lo descartó. Para huir de un supervolcán no se necesitaban horas, sino días.
El temblor continuaba, cada vez más intenso. Eyvindur ya sentía aquella grave vibración bajo sus pies, como si el subsuelo fuera una colosal botella de champán a punto de lanzar el tapón por los aires.
Sólo le quedaba un porro, pero lo encendió. Sospechaba que no iba a tener que comprar más marihuana medicinal.
Mientras daba la primera calada, se acordó de Iris. Tenía que despedirse de ella.
La islandesa no contestaba. A esas horas, lo normal era que tuviera el móvil en silencio. Eyvindur maldijo entre dientes, pero cuando se disponía a colgar, ella respondió.
– ¿Eyvindur? No puedo hablar muy alto…
Su voz sonaba rara, y no precisamente adormilada. Pero Eyvindur no tenía tiempo que perder.
– Escucha, Iris. No fueron los Campi Flegri, como yo decía. Pero lo van a ser.
– Eyvindur, tienes que ayudarme -dijo ella-. Me tienen…
Eyvindur tenía prisa. La situación de Iris no podía ser tan urgente, y en cualquier caso él no podía ayudarla.
– Escúchame, Iris. No tengo mucho tiempo.
El temblor empezaba a ser audible, un RRRMMM tan grave que subía por sus pies y le hacía vibrar las costillas.
– Pero tienes que…
– Iris, los nanobios. Los nanobios son la clave. La Tierra está viva. Lo que está ocurriendo ahora no es una simple descarga de tensiones. Se trata de comportamiento consciente.
– ¿Cómo?
– La respuesta es biológica, Iris. Recuerda la velocidad de escape. Y la clave de la vida es la…
Se dio cuenta de que le hablaba a la nada. La conexión se había cortado y la cobertura había desaparecido. Con todo lo que estaba ocurriendo en la zona, no le extrañó.
«Espero que deduzca el resto por sí sola», pensó.
El suelo bullía como una olla a punto de hervir. Eyvindur miró de nuevo hacia el oeste.
Se frotó los ojos. A unos cuatro kilómetros de donde se hallaba, el monte Nuovo, un volcán que se había formado en el siglo XVI, se estaba hinchando como un forúnculo a punto de reventar. Eyvindur jamás había visto un comportamiento así en un terreno sólido.
Pensó de nuevo en despertar a Frederico y a Gilda. No por alertarlos, sino por no estar solo en aquel momento. Pero si entraba en la casa, quizá se lo perdería todo.
El lago Averno empezó a hervir. Grandes burbujas incandescentes rompieron su superficie. Bajo los pies de Eyvindur, el suelo temblaba como si se hubiera subido a una plataforma vibratoria en el gimnasio. La casa de sus amigos crujía y rechinaba, y a la espalda de Eyvindur, en el cráter de Astroni, toda la espesura gemía y se movía como si la atravesara una manada de dinosaurios.
La luz es más rápida que el sonido. Por eso, Eyvindur gozó de un momento de felicidad instantánea, de visión beatífica, cuando contempló cómo el lago entero desaparecía, tragado por una enorme boca que al menos tenía dos mil metros de diámetro y que devoró también el monte Nuovo.
Una enorme columna roja y negra surgió del suelo. El tiempo se había detenido.
¿La pastilla de cianuro? Ni por asomo.
«Estoy donde tengo que estar». Si existía un paraíso de los vulcanólogos, Eyvindur iba a reunirse en él con Katia y Maurice Krafft.
La columna ascendió a los cielos, una inmensa explosión formada por miles de explosiones del magma que había estado contenido a presiones inimaginables y que subía desde las profundidades a una velocidad que superaba los cálculos de todos los vulcanólogos. Muerte y vida a la vez.
Muerte para los humanos, vida para la Tierra.
«Una forma poco eficaz de escapar de la gravedad», pensó Eyvindur.
Pero lo que le faltaba de precisión a la Tierra le sobraba de brutalidad: tenía combustible de sobra. La columna volcánica ascendió a los cielos a velocidad de vértigo.
La onda de choque, más veloz que el sonido, barrió toda la zona oeste de los Campi Flegri. Eyvindur tuvo apenas un instante para ver cómo de la chimenea recién abierta brotaba un círculo de destrucción. El suelo se había convertido en algo parecido al agua y ondeaba como un estanque al caer una piedra.
Todo volaba al paso de aquella ola: árboles, rocas, casas enteras.
Cuando le alcanzó, Eyvindur sintió como si la onda de aire caliente fuera una pared de ladrillo. Lo último que notó fue que sus pies se levantaban del suelo. «¡Puedo volar!». Un segundo después, su caja torácica reventó, aplastándole los pulmones y el corazón. Quizá murió por eso, o porque su cerebro no pudo soportar el trauma de aquella aceleración brutal contra los huesos de su propio cráneo.
En cualquier caso, la bestia maligna que devoraba su lóbulo frontal ya no tendría tiempo de matarlo.
Madrid, Moratalaz .
Cuando abrió los ojos después de su fusión mental con Kiru, Gabriel tuvo que ir corriendo al baño a devolver. No llegó a tiempo y ensució el suelo y parte de la taza. No sabía muy bien con qué, pues había vomitado la pizza en el apartamento.
Cuando se lavó la cara, observó que tenía manchas de sangre» en los labios esperaba que fuesen de las venillas de la garganta. Si estaba sufriendo un derrame cerebral, la sangre no empezaría a salir por la boca. Al menos, era de suponer.
– Profesor, siento haberle manchado el baño -dijo al salir. Se desplomó en un sillón. Kiru seguía dormida en el sofá gracias al Morpheus.
– Todo aquello que se mancha se puede limpiar. Señor Gil, la fregona está en la cocina.
– ¿Se cree que soy la chacha? -dijo Herman.
– En los acontecimientos que se están desarrollando todos desempeñamos nuestro papel. El suyo no por humilde es menos importante.
Gabriel volvió a preguntarse si Valbuena poseía un don parecido al Habla, porque Herman, pese a que rezongó «Ya, el papel de la puñetera criada», se levantó y se encaminó primero a la cocina y después al baño.
«Ya ha hecho bastante por mí hoy como para limpiar mis vómitos», pensó Gabriel. Se apoyó en las rodillas, hizo un esfuerzo y se levantó.
– ¿Estás loco? -le dijo Herman en el cuarto de baño-. Tú no has visto qué mala cara tienes. Ya me encargo yo.
Gabriel le puso la mano en el hombro.
– No sabes lo que te agradezco esto. Quiero pedirte perdón por lo de antes, en tu casa…
– Ya me has pedido perdón. No seas gilipollas y descansa un rato.
– ¿Te he pedido perdón?
– Que sí, venga…
Gabriel iba a salir del baño cuando se le ocurrió algo.
– Durante esta visión he notado algo distinto. En las demás siempre he estado aislado del exterior. Pero esta vez escuché la voz de Valbuena. ¿Cómo lo ha hecho?
– No sé a qué te refieres.
– Sí, hombre. Estaba diciendo algo sobre los hilos que cosían la boca de Kiru, que eran un símbolo.
– Yo no he oído nada de eso.
– Claro que sí.
Herman pasó la fregona por el borde de la taza. Gabriel se preguntó si Valbuena estaría de acuerdo con aquel procedimiento, pero el profesor seguía en la salita.
– La verdad es que he entendido bastante poco de lo que ha pasado -dijo Herman-. Se suponía que Valbuena os iba a ayudar a Kiru y a ti con ese rollo de la regresión. Pero en cuanto le has colocado la mano en la cara y se te han puesto los ojos en blanco, lo único que ha hecho él ha sido cerrártelos y mirarte muy fijamente.
– ¿No ha dicho nada?
– Ni una palabra, menos un par de veces que he comentado algo y me ha ordenado que me callara. Luego seguía mirándoos a los dos, con los ojos como un búho.
«Qué extraño», se dijo Gabriel. Estaba seguro de haber oído la voz de Valbuena, alta y clara. Pero ahora no podía pensar con claridad.
Cuando volvió al salón, descubrió que Valbuena había puesto sobre la mesa una bandeja con un vaso de leche caliente y galletas maría.
– Le vendrá bien comer algo y dormir un rato, señor Espada.
El olor de la leche caliente le hizo evocar un recuerdo. Estaba en la cama con fiebre, y su madre le traía una bandeja igual que ésa. La memoria fue tan vivida que creyó oír hasta el frufrú de la bata de su madre.
De pronto, se le llenaron los ojos de lágrimas.
– ¿Le ocurre algo, señor Espada?
– No, no. Son los ojos, que me escuecen. Gracias, pero no creo que sea capaz de tragar nada.
– Siéntese aquí y coma. Luego puede tumbarse en mi cama, encima de la colcha. Le daré otra para que se tape.
«Esto es increíble. Me da galletas con leche y me ofrece su cama». Al final, iba a resultar que Valbuena era un ser humano.
Cuando le dio un sorbo al vaso de leche, descubrió que le sentaba bien. Mordisqueó una galleta y pensó que unas horas de sueño le vendrían aún mejor.
Pero no podía permitírselo. Al menos todavía. Había muchos asuntos que urgían más.
– Profesor, ¿me dejaría usar el teléfono?
– ¿No le parece que son unas horas un poco raras para llamar a nadie?
– Todo es un poco raro últimamente.
Al menos, Valbuena tenía un inalámbrico. Aunque por su aspecto de zapato debía ser de finales de los noventa, todavía funcionaba.
– Voy a llamar a un móvil…
– Tranquilo. Cuando me llegue la factura, le detallaré el cargo extra para que me haga una transferencia. «Este sí es mi Valbuena», pensó Gabriel. Recordó que ella estaba en Grecia, y marcó el prefijo 30.
Biiiiip- Biiiiip- Biiiiip- Büiiip…
En su último contacto con Iris Gudrundóttir, ella le había llamado «fraude». No eran las mejores credenciales para llamar a una hora indecente de la noche.
«Vamos, Iris, cógelo». También tenía que llamar a Enrique, pero antes debía comprobar si cierta corazonada que tenía daba en la diana.
Santorini, Nea Thera .
Iris no podía conciliar el sueño. Había hablado con Eyvindur a las cuatro, tapándose bajo la sábana y pegándose el micro a la boca. Cuando la comunicación se cortó, Iris esperó un rato a que él volviera a llamar. Por lo que contaba, no corría un peligro inmediato. La erupción había estallado finalmente en el Vesubio, a más de veinte kilómetros de donde se hallaba Eyvindur.
«Vamos, vuelve a llamarme y cuéntame de una maldita vez qué tienen que ver los nanobios con todo esto», pensó
Media hora después, seguía sin tener noticias suyas. Por más que insistía, lo único que conseguía era escuchar una locución que le repetía: El teléfono solicitado está apagado o fuera de cobertura.
Decidió entrar en el servidor de noticias de la NNC, que solía ser el más puesto al día. Habían dedicado todo un portal a informaciones relacionadas con los volcanes. Yellowstone todavía no había entrado en erupción, pero la altura media de la caldera había subido cinco centímetros en las últimas horas. El Krakatoa estaba lanzando al cielo una columna eruptiva de más de treinta kilómetros de altura, y se temía que en cualquier momento se derrumbara sobre su propia caldera como había ocurrido en 1883.
No tardó en encontrar lo que buscaba.
Posible súpererupción en los Campi Flegri.
De momento, la noticia era sucinta como la de un teletipo. Se había perdido prácticamente todo contacto con la zona de Nápoles y los satélites habían detectado un gran incremento en el volumen de la nube de cenizas; incremento que no parecía deberse al Vesubio.
Iris entró en la página del IVI, el Instituto Vulcanológico Internacional, donde podía acceder a imágenes por satélite en tiempo real. Debía de estar muy solicitada: el servidor le pidió seis euros por la conexión en lugar de los dos habituales, y cuando ella introdujo su contraseña de acceso le dio error. «Qué granujas», pensó, pero no le quedó más remedio que pagar los seis euros.
Una imagen del centro de Italia mostraba una gran sombra negra sobre el golfo de Nápoles. En otra, procesada por ordenador y combinada con fotografías infrarrojas, se apreciaba un círculo rojo en la zona oeste de los Campi Flegri. El círculo medía más de un kilómetro de diámetro y su color revelaba que la temperatura era muy superior a la de la zona que lo rodeaba.
Eso significaba que se había abierto una boca volcánica en los Campi. Una boca de tamaño colosal. Por el tamaño de la nube que el viento arrastraba ya hacia el norte, Iris no lo dudó.
Acababa de estallar otro supervolcán. «Dios mío, Eyvindur…».
Iris apretó la cabeza contra la almohada para ahogar los gemidos y empezó a llorar.
Unos minutos después la cama se sacudió, como si alguien la meciera. Era el séptimo temblor que notaba esa noche. Obviamente, en aquella habitación Iris no disponía de instrumentos. Pero estaba acostumbrada a percibir las trepidaciones del suelo, y supo que el origen de aquel seísmo no se hallaba en el volcán submarino de Kolumbo, sino directamente debajo de ella, en la cámara de magma del volcán de Santorini.
Cuando el lecho dejó de moverse, se dio cuenta de que algo seguía vibrando al lado de su cabeza. Era el móvil. Miró la pantalla con la absurda esperanza de que fuese Eyvindur. «No seas ridícula», se dijo. El lugar desde donde le había llamado su antiguo mentor se hallaba muy cerca del cráter recién abierto. El primer estallido de la erupción habría sido tan brutal como el de una bomba termonuclear. Lo más probable era que Eyvindur ni se hubiera dado cuenta.
«Ojalá haya tenido tiempo para ver la explosión», pensó. Conociendo a Eyvindur, si los dioses le habían permitido contemplar un segundo de supervolcán, habría muerto feliz.
El móvil seguía vibrando. Era un número de España, de un teléfono fijo. ¿Quién llamaría a aquellas horas? ¿Alguna de sus primas de Madrid?
¿Y si era Gabriel Espada? Ella le había rechazado la última llamada. Era lógico que probara de nuevo con un teléfono fijo. «Sí, seguro que es él», pensó.
Su corazón, que se había calmado un poco después de llorar, volvió a acelerarse. Su primera idea fue rechazar la llamada, o mandar un mensaje insultando a aquel falsario.
Pero estaba encerrada en la mansión de un millonario loco que, al parecer, pensaba asesinarla cuando saliera la luna llena. Las cosas no podían empeorar por hablar con Gabriel Espada.
– Dígame.
– Hola, Iris. Soy Gabriel Espada. -Antes de que ella pudiera decir nada, añadió-: Por favor, esto es muy importante, no me cuelgues.
– ¿Vas a hacerme una oferta para leer las cartas por teléfono? ¿Cuál es el precio hoy? ¿Trescientos euros?
– Escucha, eso lo aclararemos otro día. Ahora…
– No habrá otro día. Voy a colgar.
– ¿Sabes algo de la cúpula de oricalco?
Iris se detuvo cuando tenía el dedo a un milímetro de la tecla de colgar.
– ¿Por qué me preguntas eso?
– Eso significa que sí sabes algo…
– ¿Te estás haciendo el adivino?
– Escucha, Iris, esto es muy importante. Hablo de una cúpula de metal o de algo que parece metal. Es dorada por fuera, pero tiene unos extraños diseños verdes que cambian ante la vista. Mide…
– … entre cuatro y cinco metros de diámetro.
– ¡La has visto! ¡Tú también la has visto! ¿Dónde está?
– Aquí, en Nea Thera, en Santorini.
– ¿Qué es Nea Thera?
– El palacio de Spyridon Kosmos.
Hubo un instante de silencio. Después, Gabriel dijo:
– Claro. Kosmos es Minos.
– No te entiendo.
– Escucha, por favor, Iris. La otra vez te engañé. Soy un fraude como tú dijiste, un tirado que tiene que trampear para llegar a fin de mes. Pero esto, por increíble que parezca, no tiene nada que ver con el dinero. Prométeme que no vas a colgar hasta que termine, por favor.
A su pesar, Iris estaba más que interesada. Pero esperó unos segundos haciéndose la dura, y por fin contestó:
– Está bien. Habla.
Madrid, Moratalaz .
Cuando Gabriel colgó, cuarenta minutos después, Valbuena le miró con severidad. Ya eran casi las cinco, pero seguía de pie, con las manos entrelazadas a la espalda, como hacía en clase, y sin dar muestras de cansancio ni sueño.
Aunque no tenía televisión, la radio sí parecía gustarle. Estaba escuchando un viejo transistor. Al comprobar que Gabriel había terminado de hablar, desconectó la clavija del auricular.
– Escuche esto. Está hablando Pauline Chantraine, premio Nobel por sus estudios sobre el clima. Para hablar con propiedad, quien habla es su traductora. Pero lo que dice es revelador.
«… además del Krakatoa. Hay datos preocupantes que revelan que la erupción de Italia puede haberse convertido también en un supervolcán. Si un milagro no detiene esas erupciones cuanto antes, será inevitable una glaciación.
»La vida como fenómeno sobrevivirá, sin duda. La vida vegetal y animal que conocemos sólo saldrá adelante en un pequeño porcentaje. La mayoría de las especies se extinguirán. Y eso nos incluye a nosotros».
Valbuena apagó el transistor y lo dejó sobre un estante.
– ¿No tiene nada que decir, señor Espada?
– Supongo que somos nosotros quienes tenemos que llevar a cabo ese milagro y detener las erupciones antes de que sea tarde.
– La cuestión es sencilla. Ahora sabemos que la cúpula de oricalco ha salido a la luz. Esa cúpula es un artefacto que sirve no sólo para ponerse en contacto con la mente colectiva de la Tierra, sino incluso para modificar su conducta.
– ¿Cree que podría utilizarse para detener lo que está pasando?
– Ésa es mi hipótesis, en efecto.
Gabriel meneó la cabeza.
– Habría que intervenir en extremos muy alejados del planeta. Los Atlantes lo estropearon todo por intentar manipular a la Tierra de forma engañosa y para sus propios fines. Si se intentara algo así a mayor escala, el desastre podría ser infinitamente mayor que el de la Atlántida.
– Adelante, señor Espada. Creo que su razonamiento discurre por el mismo sendero que el mío.
– Sólo hay una solución. No podemos manipular a esa mente, es demasiado peligroso. Tenemos que intentar convencerla. Negociar con ella.
– Así es.
– Pero hay un problema, profesor. ¿Qué podemos tener los humanos que desee la Gran Madre Tierra?
– Cada cosa a su tiempo, señor Espada. De momento, es imprescindible que la señorita Kiru viaje a Santorini y entre de nuevo en esa cúpula.
Gabriel suspiró.
– Muy bien, profesor. Me temo que voy a tener que hacerle más gasto a su teléfono.
– ¿Diga?
– Enrique, soy Gabriel.
– Por Dios, vaya horas. Qué susto me has dado.
– Eso te pasa por no poner el móvil en silencio. Pero me alegro. Tengo que hablar contigo.
– ¿Por qué me llamas desde un fijo? ¿Te han cortado la…? -Enrique, siempre tan delicado, se interrumpió.
– Escucha, esto es urgente. ¿Ese jet de segunda mano que compraste está en condiciones de volar?
– Sí, claro. ¿Por qué lo preguntas?
«Esto es surrealista», pensó Gabriel. No sabía cómo abordarlo sin que sonara absurdo.
– Estupendo. Necesito que nos lleves a Santorini.
– ¿A Santorini precisamente? Si quieres huir de los volcanes, creo que no es el mejor lugar del mundo.
Gabriel suspiró y, por segunda vez en menos de una hora, pidió a su interlocutor que, por absurdo que le sonara lo que tenía que contarle, no colgara el teléfono.
La diferencia era que Enrique no había visto la cúpula de oricalco ni había experimentado en sus propias carnes el aterrador poder del Habla. Era inevitable que toda la historia le sonara inverosímil.
– Gabriel, por favor. Te he dejado hablar. Pero ¿tú te has escuchado a ti mismo?
– Suelo hacerlo, Enrique.
– ¿Te das cuenta de que has caído en el delirio del Emperador de Todas las Cosas?
No se le había ocurrido enfocar la situación de ese modo.
«El Emperador de Todas las Cosas» era un artículo escrito por Norman Spinrad en los años ochenta o noventa. En él se mofaba de muchas obras de fantasía en que los protagonistas, adolescentes que normalmente vivían en lugares recónditos o eran de condición muy humilde, resultaban ser herederos secretos del trono de algún poderoso imperio universal o poseedores de increíbles superpoderes físicos o mentales. Gracias a esos dones latentes, el Destino los señalaba con su dedo, y después de sufrir mil penalidades salvaban al mundo y se casaban con la princesa.
– ¿Es que te crees el Elegido, como Luke Skywalker o Frodo? -continuó Enrique, ahondando en la llaga.
En palabras del autor de la teoría, aquélla era la fantasía masturbatoria definitiva para adolescentes.
Gabriel Espada. El adolescente perpetuo.
– Yo… No sé qué decir.
Gabriel se dio cuenta de que estaba sudando frío. El no pretendía ser el Emperador de Todas las Cosas, ni siquiera el Emperador de Unas Cuantas Cosas. No deseaba gobernar el mundo. En realidad, ni siquiera sabía muy bien qué quería. Sólo se había dejado llevar por la inercia de una serie de sucesos descabellados que lo habían arrollado a su paso como la lava de un volcán.
Penoso. Había seguido adelante sin pensar, hasta el punto de llegar a creer que él, un cuarentón sin familia y sin trabajo fijo que vivía en un cuchitril y gorroneaba a los amigos, poseía la fórmula mágica para salvar al mundo.
– Déme eso.
Gabriel se volvió hacia Valbuena. El profesor seguía de pie, tieso como un clavo, pero ahora había desenlazado la mano derecha y la tenía extendida hacia él.
– ¿Quiere el teléfono?
– ¿Tiene usted alguna otra cosa a la que pueda referirme con el demostrativo «eso»?
«Mi cabeza -pensó Gabriel-. Me va a estallar…».
– Venga, túmbese ahora mismo en mi cama y duerma un rato.
Mientras Valbuena tomaba el teléfono y saludaba a su antiguo alumno, el «señor Hisado», Gabriel se arrastró como un zombi hasta el dormitorio y, sin encender la luz ni quitarse los zapatos, se dejó caer sobre la colcha.
«Yo me rindo», pensó. Esta vez sí que le daba igual que el mundo se parara o no. Iba a bajarse en la próxima.
– Despierte, señor Espada.
Una mano le estaba sacudiendo el hombro. Gabriel se incorporó a duras penas. El cuerpo le dolía más que antes de acostarse, aunque la migraña parecía haberse reducido.
– ¿Qué ocurre? ¿Cuánto he dormido?
– Una hora. Más que suficiente para sentirse fresco, ¿no?
– ¿Está de guasa?
Al ver el rostro hierático de Valbuena comprendió que no lo estaba.
– Al parecer, he sido más convincente que usted, señor Espada. Su amigo el señor Hisado va a ponerse en contacto con el piloto de su reactor particular para que presente cuanto antes el plan de vuelo. Calcula que entre las doce y la una del mediodía podremos volar a Santorini.
– ¿Podremos?
Valbuena enarcó una ceja.
– Como comprenderá, no pienso quedarme aquí mientras usted y el señor Gil tratan de desentrañar el secreto de la Atlántida y lo echan a perder todo con su proverbial torpeza.
– Pensé que no le gustaba viajar.
– Lo que más me gusta es viajar en el tiempo, señor Espada. Y eso es precisamente lo que vamos a hacer. Ahora, siento echarle de la habitación, pero tengo que hacer preparativos.
Gabriel exhaló un suspiro que sonó casi a estertor y se levantó.
Madrid, la Castellana.
– La cúpula está lista. La próxima noche hay luna llena. Necesito que vengas cuanto antes.
Sybil estaba sentada en la bañera, cubierta de espuma hasta la barbilla, mientras las bolas de sal se deshacían en el fondo y sus burbujas le cosquilleaban la piel. Luh, de rodillas junto a ella, volvió a limpiarle los bordes de la herida de la sien.
– Ya se han unido, señora -susurró.
– Está bien.
El golpe había sido tan brutal que le habían saltado esquirlas de hueso. Ella misma se las había tenido que quitar delante del espejo del coche. Ahora que la piel se había cerrado sobre la herida, sabía que los fragmentos óseos que faltaban se regenerarían por sí solos. Era un proceso que solía producirle molestias, sobre todo un picor interno que no se aliviaba por mucho que se rascara. Pero en cinco días como mucho aquella zona del cráneo recobraría su grosor habitual.
– No me has contestado -dijo él.
Sybil miró al móvil, pero apartó los ojos enseguida para seguir jugando con las burbujas. Su hermano llevaba puesta aquella espantosa máscara de actor otoñal. Los coloretes estaban muy conseguidos, pues daban la impresión de maquillaje ajado untado a brochazos sobre una piel apergaminada, pero a Sybil se le antojaban casi obscenos.
En realidad, todo lo que reflejara decrepitud y decadencia, reales o simuladas, le provocaba repugnancia.
– ¿Qué intenciones tienes? -le preguntó.
– Quiero comprender qué está pasando y por qué la Gran Madre se está comportando así. Debemos aprovecharlo para nuestro propio beneficio. Y te necesito para eso, Isa.
– Me lo pensaré.
– No juegues conmigo. Sabes que vas a venir, igual que lo sé yo.
– Adiós -respondió Sybil, y colgó.
Su hermano y ella no habían vuelto a entrar juntos en la cúpula desde el hundimiento de la Atlántida.
No, ni siquiera entonces. La última vez, Minos la había despreciado y había preferido entrar con Kiru.
«Y la culpa, en realidad, fue mía», se dijo Sybil. Fue ella quien, al ver a Kiru delante del altar, recordó de repente quién era.
Su madre. El Primer Nacido, el Execrable, les había borrado aquella memoria antes de desterrarlos en la isla sin nombre. Pero cuando Sybil la vio ante sí en la pirámide de la Atlántida, aunque fuera desnuda y con la boca cosida con hilos negros, la asaltó un turbión de recuerdos que no pudo contener.
A Minos le había sucedido lo mismo, con la diferencia de que él había insistido en que siguieran adelante con el sacrificio, aunque supusiera asesinar a su propia madre. «Ya sabes que, para abrir la cúpula, la vida de uno de nosotros vale como la de unos cuantos mortales», le dijo entonces.
Pero Sybil, por alguna razón estúpida, tal vez por un residuo de sensiblería humana que contaminaba sus genes, decidió que debían perdonarle la vida y que bien podían coexistir con una tercera inmortal.
¿Y si lo que le había ocurrido era que como mujer necesitaba a una amiga y como hija quería tener una madre?
Si así había sido, si se había dejado llevar por esas estúpidas debilidades, lo cierto era que Sybil no había tardado mucho en arrepentirse. Kiru había liberado a Atlas, y después había boicoteado el ritual de la cúpula, acarreando con ello la destrucción de la Atlántida. La isla en sí no tenía valor para Sybil, como no lo tenían las miríadas de vidas perdidas. Pero la cúpula había desaparecido en la erupción. Y, sin la cúpula, el poder de Sybil y Minos quedó reducido a una minúscula fracción de lo que había sido.
Por enésima vez, se dijo que una inmortal debería estar sola, completamente sola. ¿Cómo funcionan las religiones? Empiezan con muchas divinidades. Después se organizan en jerarquías dominadas por un dios soberano, y más tarde eliminan a todos los subordinados y se quedan con un solo dios supremo.
¿Por qué no una diosa suprema?
Ella misma conocía la respuesta: porque los humanos, al final, eliminan incluso a esa única divinidad y se vuelven ateos.
Por eso Sybil no tenía más remedio que viajar a Santorini. Porque debían utilizar la cúpula para llevar a los humanos al borde de la extinción y arrojarlos al barro de nuevo. Así no podrían vivir sin dioses.
«Así no podrán vivir sin mí».
Desde hacía un par de días ya tenía decidido volar a la isla. Pese a que cuando hablaba con Minos fingía renuencia, había hecho preparativos para despegar de Barajas al amanecer en un Gulfstream 750, un modelo más grande y rápido que el que había enviado a California.
El azar quiso que, unos minutos después de la llamada de Minos, mientras estaba sentada ante el espejo maquillándose la herida, recibiera noticias del primer Gulsftream.
– Acabamos de aterrizar en Londres para repostar -le dijo Olga, la piloto.
Olga le contó que llevaba a bordo a Alborada, pero que Adriano Sousa había desaparecido en la erupción de Long Valley.
– También llevo a un chico chicano y a un tipo con pinta de hippy llamado Randall.
– Háblame de ese Randall.
La descripción que le dio Olga encajaba con el sujeto al que buscaban, aunque también podría haber cuadrado con miles de personas más. Pero el asombroso poder de persuasión que demostraba Randall era un rasgo demasiado específico.
El Habla. Sin duda, se trataba del Primer Nacido.
– No puedo garantizarte que obedezca tus instrucciones, Sybil -le dijo Olga-. Cuando ese hombre está cerca me resulta imposible negarme a nada de lo que me pide. No me ocurre sólo a mí. Lo he hablado con el resto de la tripulación y les ocurre lo mismo. Es algo que me pone la piel de gallina.
– Tranquila. Haz lo que él te diga. ¿Dónde será vuestra próxima escala?
– Es una locura. Me ha ordenado que vaya a un lugar donde ha entrado en erupción otro volcán. -Olga bajó la voz-. Y no se separa apenas de mí. Lo tengo a cinco metros. Yo creo que me está escuchando.
– Es igual. Dime el lugar.
– Santorini.
Sybil sonrió. El viejo Atlas debía querer cobrarse la revancha sobre sus hijos. Pero olvidaba que ellos eran dos, y él sólo uno.
Después, cuando hubieran acabado con él, tendrían tiempo de buscar a Kiru. Esta vez no habría amor filial que la salvara.
– Perfecto, Olga. Buen viaje. En Santorini nos veremos todos.