SÉPTIMA PARTE

JUEVES

Capítulo 36

Madrid

Enrique se levantó temprano, con dolor de cabeza y la impresión culpable de que la víspera había olvidado algo importante. Cuando se levantó al cuarto de baño y estuvo orinando un rato más de lo habitual, comprendió la razón de su jaqueca. En el Luque se había bebido tres jarras de cerveza. Una nadería para Herman y Gabriel, pero no para él, que solía pedir agua, coca-cola light o, como mucho, cerveza mezclada con limón

¿Había cometido alguna tontería? Aparte, por supuesto, de prestarle a Gabriel el Morpheus, uno de los pocos prototipos de que disponían y que costaba un riñón con cápsula suprarrenal incluida.

«No le habrás dicho nada más». Enrique hizo memoria. No, no había dicho ni hecho nada que Gabriel pudiera considerar una insinuación. Esa tentación le asaltaba a veces. Muchas, en realidad. Pero conocía demasiado a su amigo y sabía que era heterosexual puro. Seguramente, no lo rechazaría escandalizado como haría Herman -cuya homofobia debía provenir de que no tenía su orientación tan clara como él mismo creía-. Pero Enrique estaba convencido de que Gabriel ya no lo volvería a mirar de la misma forma, y no quería arriesgar su amistad con él.

Mientras consultaba el correo recordó la conversación que había mantenido en el Luque con Herman. Este le había contado un relato increíble sobre una anciana demente que soñaba con la Atlántida y que compartía sus sueños con Gabriel de forma telepática. En el bar, tras la impresión que le habían dejado el reportaje sobre la mega erupción y la conversación con su asesor de bolsa, estaba dispuesto a creerse todo. Ahora, a plena luz del día, ya lo veía todo con mucho más escepticismo.

«Oh, no», pensó al ver la bandeja de elementos enviados. Cuando llegó a casa a las doce y pico de la noche, un tanto achispado, le había enviado a Sybil Kosmos un mensaje en el que le detallaba toda la historia. ¿Qué pensaría de él cuando recibiera esa colección de disparates?

«No te preocupes tanto», se dijo. Probablemente ella lo borraría al recibirlo, sin tan siquiera molestarse en abrirlo.

Mientras desayunaba revisó las noticias. La erupción de Long Valley proseguía, ahora con cuatro chimeneas abiertas. Según varios artículos que leyó apresuradamente, las erupciones más intensas de las últimas décadas, como las del St. Helens o el Pinatubo, se concentraban en episodios muy violentos de unas pocas horas separados por periodos de cierto descanso. Sin embargo, la caldera de Long Valley no dejaba de sufrir explosiones constantes y de arrojar cenizas y aerosoles a la atmósfera en cantidades nunca vistas en época histórica.

«Aunque la erupción se detenga ahora», calculaba una climatóloga, «las temperaturas globales descenderán entre 1,5 y 2 grados durante el próximo año. Eso afectará al clima a nivel mundial, y sin duda se perderán muchas cosechas».

Mas la erupción no mostraba trazas de detenerse. Los inversores de todo el mundo debían sospecharlo. La bolsa de Tokio se había hundido, y el dólar había pasado de los 0,75 euros del lunes a tan sólo 0,38, prácticamente la mitad. «En sólo tres días», pensó Enrique, con un estremecimiento.

Tenía que ir a la oficina para supervisar el final de unos electos especiales, precisamente la simulación de un volcán. Pero pensó que el trabajo podía esperar. Era un día perfecto para comprar comida. No comida para pasar un fin de semana, ni siquiera para un mes.

Comida para sobrevivir al Armagedón.

Buscó en Internet un negocio de alquiler de furgonetas. Necesitaría un vehículo grande para cargar provisiones y agua potable. En cuanto al lugar apartado que le sugería Gabriel, tenía una cabaña muy bien preparada en la sierra de Gredos. Allí podría llevar a sus padres, a su socia Luisa y, por supuesto, a Gabriel y Herman. No había sitio para más.

Pero, por si acaso, llamó también a León, el piloto de su jet privado.

– Revisa todo lo que tengas que revisar, cárgalo bien de combustible y tenlo listo, por favor -le dijo-. Es posible que tengamos que hacer un viaje urgente.

– ¿Adonde?

– Todavía no lo sé. Ya te lo diré.

Si el fin del mundo se acercaba, ¿existía algún lugar donde huir?

Capítulo 37

Clínica Gilgamesh,

– Tú quédate junto a la puerta, Herman. Si viene Celeste, tienes que darle al botón verde y quitarme el Morpheus antes de que me vea.

– Va a ser complicado -rezongó su amigo, que había cambiado el turno en el instituto para traerlo en coche hasta la clínica.

– Tú eres un tipo con recursos. Sobre todo, no me quites el Morpheus sin dar antes al botón verde. No quiero que me frías las neuronas.

Gabriel examinó la habitación. Al ver que habían retirado la mampara que separaba las camas de la anciana y la mendiga del rostro quemado, maldijo entre dientes: con la mampara habría podido ocultarse a la vista si Celeste se limitaba a asomarse.

«Pero sabes que no se limitará a asomarse», pensó. Le había prometido a Enrique mantener en secreto el desarrollo del Morpheus. Si Celeste le veía con aquel artefacto en la cabeza, lo máximo que podría hacer él sería pedirle que no se lo revelara a nadie.

Celeste solía ser discreta. Tanto que se había callado su reciente viudedad. Al verla esa misma mañana, Gabriel había interpretado de otra manera su mirada y el poso de tristeza que había en ella. No se trataba de melancolía por el pasado, sino de dolor por la pérdida que acababa de sufrir.

Aunque, por otra parte, Celeste se había vuelto a peinar y maquillar a conciencia y le había besado prácticamente en los labios. «Danger, danger», volvió a pensar Gabriel.

Durante un instante, cuando se sentó junto a la cama de Milagros, fantaseó con un futuro en el que consolaba a Celeste. Tendría que cuidar también de sus dos hijos, pero al menos ya no eran bebés a los que había que cambiar los pañales. Celeste era inteligente y buena conversadora. Tenía tendencia a organizar vidas ajenas, pero eso, Gabriel lo reconocía, a él no le vendría mal. Por otra parle, aunque ella se quejara, gozaba de unos ingresos muy superiores a los que Gabriel había tenido jamás. Desde un punto de vista práctico, no era mala idea.

«Sabes que no puede ser», se dijo. Si trataba de sentar la cabeza con Celeste, no tardaría ni dos meses en sentirse enjaulado e intentar huir. No podía hacerle eso.

Y, por otra parte, no era capaz de sacarse de la cabeza el rostro de Iris. ¿Por qué se empeñaba en pensar en una joven islandesa que le despreciaba y a la que probablemente nunca volvería a ver?

Tal vez por eso mismo. Porque seguía huyendo de lo que tenía al alcance de la mano y persiguiendo lo imposible. Porque no había dejado de ser el Manrique de la leyenda de Bécquer. «Fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué? Para encontrar un rayo de luna».

Gabriel trató de desechar aquellos pensamientos. Era el momento de perseguir otro rayo de luna, la visión inalcanzable que había inspirado a tantos desde Platón.

Se puso el Morpheus y él mismo pulsó el botón de las ondas delta. En cuestión de segundos, todo se volvió negro, mientras pensaba que era el momento de viajar a…

Capítulo 38

La Atlántida , en algún otro tiempo .

– ¡ La Atlántida! ¡Ahí está, señora! -exclamó el capitán de la Mariposa Lunar.

Gabriel y Kiru volvían a ser uno.

El mar era azul oscuro y en el cielo brillaba un sol nítido y cortante, como si su luz poseyera la energía de las cosas recién inventadas.

Las olas rompían muy cerca. Los rociones de espuma que levantaba el viento y las salpicaduras de las olas contra la borda pintada de azul le(s) mojaban la cara y le(s) dejaban sabor a sal en los labios.

El dedo del capitán apuntaba más allá de la proa. Allí, en el horizonte, se levantaba una forma rocosa, la cima rota de una montaña.

«El volcán de la Atlántida», pensó Gabriel.

Kiru iba sentada bajo un toldo y protegida de las olas por pantallas de piel de vaca. En el centro de la nave se extendía otro largo dosel que cubría a los demás pasajeros. Eran habitantes de la Atlántida, orgullosos funcionarios y sacerdotes envueltos en largas túnicas y peinados con trenzas untadas de aceite que les caían sobre los hombros. Miraban a los tripulantes con desdén y, aunque hablaban el mismo idioma que Kiru, lo pronunciaban con un énfasis que sin duda creían aristocrático.

La Mariposa Lunar tenía una sola vela, pero aquel día no soplaba apenas viento y la propulsión la suministraban sesenta remeros de cuerpos atezados.

Aparte de los dignatarios, los remeros y los marineros, había otros seis pasajeros en la nave. Estaban armados con lanzas de punta de bronce y grandes escudos forrados de pieles. Llevaban los cabellos largos y barbas espesas y sin bigote. Hablaban entre sí un idioma extraño que Kiru no entendía más que parcialmente, y el que parecía ser su jefe lucía un lujoso casco adornado con decenas de colmillos de jabalí.

Y todos ellos eran tuertos del ojo izquierdo.

Kiru preguntó quiénes eran aquellos hombres. Algo que sorprendió a Gabriel, pues debían llevar muchas horas de travesía y seguro que ya había hecho esa pregunta antes. Pero en la visión anterior ya había comprobado que su anfitriona mental sufría lagunas de memoria.

El capitán, un tipo mantecoso cuya papada temblaba como gelatina cada vez que hablaba, miró a Kiru con cierta sorpresa, pero respondió.

– Son mercenarios aqueos, señora. Perros extranjeros procedentes de las tierras del norte. -Aunque su tono era de desprecio, hablaba en voz baja. Las armas de bronce de los guerreros debían infundirle un sano temor-. Impíos que sacrifican a su dios varón víctimas mejores que las que le ofrendan a la Gran Madre.

– ¿Por qué son todos tuertos?

– Ningún extranjero que quiera entrar en la Atlántida merece disfrutar de su belleza con los dos ojos, señora.

Aqueos. Gabriel recordó sus recientes lecturas sobre el mundo de la Edad de Bronce. Los aqueos eran antepasados de los griegos, y hablaban una variante primitiva del griego clásico. Sin duda, los atlantes debían pagarles con bastante generosidad para que aceptaran sacrificar uno de sus ojos.

Kiru miró a los lados. La Mariposa Lunar viajaba en el centro de una pequeña flota. Kiru observó aquellas naves como si reparara en ellas por primera vez y preguntó:

– ¿Por qué vienen tantos barcos?

– Ah, señora, me lo vuelves a preguntar para saber si le engaño. Jamás una mentira saldría de mis labios. Esos barcos vienen como escolta, pero en realidad son tan necesarios como lo sería la barba para una mujer.

– ¿Por qué?

– Con la Mariposa Lunar te habría bastado para navegar segura hasta la isla sagrada, señora. Nadie se atreve a atacar a los barcos de la Atlántida. Todos saben cuáles son las represalias.

– ¿Y cuáles son?

El capitán miró de reojo a los dignatarios que viajaban bajo el dosel, bajó la voz y dijo en tono misterioso:

– Terrible es la ira de la Gran Madre cuando ofenden a sus hijos. Si alguien se atreviera a atacarnos, su ciudad sería destruida. Pero no me corresponde a mí hablar de eso, señora.


* * * * *

La cima creció sobre el horizonte hasta convertirse en una montaña, y la montaña en una isla.

Casi veinte años atrás, Gabriel había visitado Santorini con su ex mujer. La estancia duró solo tres días, pero fue suficiente para grabar en su memoria la forma del archipiélago.

El paisaje que contemplaba ahora desde la Mariposa Lunar era distinto y, sin embargo, reconocible. Se estaban acercando a la isla desde el sur. En la costa se divisaba una ciudad. Por su situación, Gabriel pensó que aquella población no podía ser otra que Akrotiri, cuyas ruinas había visitado. Al comprobar el interés de Kiru en la ciudad, el capitán le dijo:

– Esa es Qwera. Pero Qwera no es tu destino, señora.

El capitán lo dijo señalando con el dedo a la mole que se alzaba por detrás de la ciudad. No era necesario, pues los ojos de Kiru ya se habían ido hacia allí.

Gabriel recordó que la mayor elevación de Santorini se hallaba en la parte sureste de la isla principal: Profitis Ilias, una montaña de mármol de seiscientos metros de altura. Pero el Profitis Ilias era poco más que una tachuela comparada con el enorme volcán que se alzaba en el centro del archipiélago. Gabriel calculó que la cima debía medir más de dos mil metros.

Y dos mil metros contemplados desde el nivel del mar eran una altura que encogía el aliento.

– La montaña de fuego -dijo el capitán, con tanto orgullo como si la hubiera plantado con sus manos.

La ladera meridional se abría en una enorme vaguada. Gabriel, que a raíz de su conversación con Iris había visto varios vídeos de volcanes, pensó que aquella palada gigantesca arrancada a la montaña debía ser fruto de una erupción. El St. Helens, uno de los volcanes más estudiados del mundo, había reventado también por un lado y su forma actual -o futura- era similar a la de la montaña que Gabriel tenía ante sus ojos.

Pero aquella erupción cuyos efectos contemplaba debía haberse producido mucho tiempo atrás, siglos o milenios, porque en la falda del volcán había una ciudad que llegaba prácticamente hasta la mitad de la ladera. De haberse hallado allí durante la catástrofe, la lava y los flujos piroclásticos la habrían arrasado. Y aquella ciudad no sólo no estaba en ruinas, sino que, aunque todavía se hallaban lejos de ella, saltaba a la vista que era mucho mayor y más próspera que Qwera.

Por encima de la ciudad, un penacho oscuro surgía de las profundidades del cráter. Tras ascender entre las paredes de roca que cerraban la chimenea por su parte norte, el humo se levantaba sobre la cima de la montaña, hasta difuminarse en las alturas en una columna casi vertical en aquel atardecer sin viento.

«El monstruo sigue despierto», pensó Gabriel. Los habitantes de la Atlántida estaban viviendo debajo de un volcán activo.

«No», se corrigió. Prácticamente vivían dentro de un volcán activo. No sabía a qué año ni a qué siglo pertenecían los recuerdos de Kiru. Pero empezaba a sospechar que se encontraban cerca de la erupción definitiva del volcán, la catástrofe que había hundido la Atlántida. Demasiado cerca para su tranquilidad. Y de nuevo se preguntó si podría morir dentro de aquel sueño que no era un sueño.


* * * * *

Rodearon la costa hasta llegar a la parte suroeste. Allí había una abertura estrechada por dos malecones que dejaban un espacio de poco más de cincuenta metros.

Cuando se acercaron a la bocana, Gabriel vio unas enormes cadenas recogidas en los dos espigones, que sin duda servían para cerrar el acceso a la Atlántida en caso de emergencia. Al lado de las cadenas había dos estatuas sentadas. La de la derecha representaba a una mujer ataviada con una falda y una chaquetilla abierta, y la de la izquierda a un varón con el torso desnudo y dos cuernos de toro en la cabeza.

Cada estatua debía medir veinte metros de altura, si no más. Como estaban pintadas, Gabriel no supo si las habían tallado en madera o en piedra. En cualquier caso, su peso debía ser colosal, por lo que supuso que los espigones se sostenían sobre sólidos pilotes clavados en el fondo del mar.

Cuando la Mariposa Lunar atravesó la bocana, un mecanismo interior hizo que las estatuas giraran la cabeza con un sonido chirriante. Sus miradas inexpresivas convergieron en los barcos que entraban a la bahía.

– ¡Están vivos! -exclamó Kiru.

Gabriel sintió cómo se le ponía la carne de gallina. En ese momento, Kiru se miró a los antebrazos: también se le había erizado la piel. Las sensaciones de ambos habían coincidido.

Aunque, seguramente, Gabriel se había emocionado más que ella. ¡Estaba entrando en la fabulosa Atlántida! Para Kiru, aquel nombre representaba un lugar lejano y misterioso, el centro de un poder que no alcanzaba a comprender.

Para Gabriel suponía mucho más. Se trataba del mito que había narrado Platón casi cuatro siglos antes de Cristo, y que desde entonces había inspirado a filósofos y visionarios, historiadores, científicos, novelistas, ilustradores, músicos y cineastas.

Y no sólo lo percibía con los ojos. Su nariz captaba el olor de la sal del mar, la brea que recubría la tablazón, el sudor acre de los remeros y la empalagosa mezcla de perfumes del adiposo capitán. Sus dedos rozaban la suave madera de cedro del asiento tallado, y bajo sus nalgas sentía los movimientos de las olas. Sus oídos captaban el rechinar de las estatuas al girar, el crujido del maderamen del barco, el hueco chapoteo de los remos rompiendo el agua y el son metálico de las trompetas que saludaban a la flotilla desde el malecón.

Mientras entraba en la bahía, Gabriel se dijo que ningún sueño podía albergar tanta riqueza de sensaciones. Habrían sido demasiados gigas de información. Aquello no podía ser una visión. Estaba de verdad en la Atlántida, transportado de una forma incomprensible a través de tres mil quinientos años.

A una época, se dijo sin saber muy bien por qué, en que los dioses todavía convivían con los humanos. Y aquel pensamiento le produjo un extraño temor. Porque comprendió que él, un simple mortal del siglo xxi, se estaba atreviendo a ocupar el cuerpo de una divinidad del pasado.


* * * * *

Tal como las recordaba Gabriel, las aguas de la bahía interior de Santorini eran oscuras, y tan profundas que los barcos no podían anclar allí, sino que se amarraban a enormes bidones flotantes situados a cierta distancia del acantilado y unidos al fondo del mar por gruesas cadenas.

En cambio, las aguas que contemplaba ahora tenían un tono verde claro, casi fosforescente, como si bajo las aguas palpitara un inmenso enjambre de luciérnagas. En aquella Atlántida anterior a la gran catástrofe, la bahía era mucho más somera, tanto que en algunos lugares se veían las rocas del fondo.

El volcán central estaba rodeado por pasarelas de madera sostenidas sobre pilotes, a modo de larguísimos palafitos. Desde la escasa altura de la Mariposa Lunar no se veía bien cuántas eran, pero el capitán le explicó a Kiru que las pasarelas eran dos y formaban otros tantos anillos que circundaban la isla. A su manera se trataba de ciudades alargadas, pues estaban sembradas de casas, almacenes, tenderetes y amarraderos.

– En esos dos anillos viven los extranjeros que comercian con la Atlántida, señora.

No tardaron en llegar al anillo de madera exterior. Sobre él se alzaban dos torres de madera en las que montaban guardia decenas de arqueros. Cuando la Mariposa Lunar se acercó, los vigilantes tendieron los arcos. Al oír el crujido de la madera al tensarse, Gabriel se preguntó qué pasaría si a alguno se le aflojaban los dedos y se le escapaba una flecha. Pero no sucedió.

Se veía un gran tráfico de barcas entre ambos anillos. Las que se dirigían al círculo central llevaban ovejas y cabritos, aves enjauladas, grandes ánforas que debían de contener vino o aceite, retales de tejidos de colores y espuertas de mimbre llenas de grano, frutas y verduras. Y también baúles cerrados con cadenas.

– En ellos se guardan los productos más valiosos -explicó el capitán, y añadió como en un recitado-: Perfumes, marfil, vajillas de vidrio, lingotes de cobre y estaño, gemas y joyas de plata y de oro.

La mayoría de las barcas volvían vacías del interior, lo que hizo sospechar a Gabriel que la economía de la Atlántida era más bien parásita.

– Aquí se reciben las mercancías del resto de las tierras -corroboró el capitán, cuyo tono implicaba «sin entregar nada a cambio».

Gabriel no dejaba de preguntarse en qué se basaba el poder de la Atlántida. Sin duda, no en su superioridad militar. Si los soldados que llevaban a bordo eran mercenarios griegos, significaba que los habitantes de la Atlántida no eran muy aficionados a empuñar las armas.

Todas las naves de la comitiva se quedaron en el segundo anillo. Ya sola, la Mariposa Lunar atravesó el último foso, llegó a la isla central y atracó en un muelle de madera.

Junto al muelle había una pequeña explanada de cenizas grises. Teniendo en cuenta la flotilla que había escoltado a Kiru hasta la Atlántida, Gabriel esperaba un comité de recepción más numeroso. Sin embargo, sólo había tres mujeres, y junto a ellas una litera cargada por cuatro jóvenes con los cuerpos depilados y untados de aceite.

– Ha sido un honor traerte hasta la bendita Atlántida, señora -se despidió el capitán con una reverencia servil-. Que tu vida aquí sea próspera y feliz.

Con Kiru bajaron de la nave los seis mercenarios tuertos, que en ningún momento le dirigieron la palabra. Kiru caminó por una alfombra azul que llevaba hasta la litera. Pero antes de que subiera, se acercó a ella una mujer cuyo aspecto le sorprendió. Sus ojos eran de un azul casi transparente y sus cabellos amarillos como el heno en verano.

«¿Una esclava traída del norte?», se preguntó Gabriel.

La mujer rubia hizo una reverencia.

– Bienvenida a Atlántida, mi señora Kiru. Soy Nun, y desde ahora mis ojos son tus ojos, mi boca es tu boca y mis manos son tus manos.

Kiru levantó la mirada. La ladera subía en una pendiente muy empinada, y la cima estaba a tal altura que para verla tuvo que torcer el cuello hasta que le dolió.

Para salvar aquel desnivel, la calle principal de la ciudad subía en zigzag. Aquella ancha avenida estaba rodeada de edificios, tan apretados que apenas quedaba sitio entre ellos para angostos callejones. Gabriel trató de contar las revueltas del zigzag, pero se perdió. ¿Siete, ocho, nueve? ¿Tal vez más? Lo cierto es que la ciudad era grande, mucho más de lo que Gabriel habría esperado para una población de aquella época. Calculó, a ojo, que podía albergar a más de cuarenta mil habitantes: una Nueva York de la Edad de Bronce.

Aunque tuviera más kilómetros cuadrados que en el siglo xxi, la isla no podía sustentar tantas bocas. Gabriel comprendió que la Atlántida era un auténtico imperio que necesitaba de sus colonias sometidas para recibir alimentos.

– Debemos subir allí arriba, señora, a la ciudadela sagrada -dijo Nun.

Las edificaciones se interrumpían a cierta altura. Más.illa se extendía un gran espacio de roca y ceniza, la ladera desnuda. Pero después volvían a divisarse casas y templos que, a juzgar por los reflejos, estaban adornados con láminas de metal o piedras muy pulimentadas.

Sobre aquellos edificios descollaba una construcción que C iabriel no habría esperado ver en el Egeo. Se trataba de una pirámide escalonada, un zigurat o teocali o como demonios quisieran llamarlo los expertos. Por comparación con las casas que la rodeaban, Gabriel calculó que debía medir cerca de treinta metros. Considerando la pendiente sobre la que se elevaba, supuso que su cara norte, que no alcanzaba a ver desde allí, se fundía prácticamente con la empinada ladera del volcán.

– Ésa es la mansión de la suprema Isashara y del supremo Minos. Ellos te esperan con impaciencia, señora -informó Nun.

Kiru tenía la vista muy aguda, algo que agradecía Gabriel. Gracias a eso, pudo contar en la pirámide siete terrazas de piedra gris unidas por una escalera roja. Sobre la última terraza había un templete, y coronándolo otra estructura que, según había estudiado Gabriel, suponía un imposible arquitectónico en la cultura minoica.

Una cúpula metálica.

«Debes ir a la montaña de fuego y soñar los sueños de la Madre Tierra bajo la cúpula de oro de la Atlántida», había dicho la madre de Kiru. Ahora ella estaba pisando el volcán y tenía ante sus ojos la cúpula. Alumbrada por los rayos del sol que empezaba a declinar, más parecía de sangre.

«Sangre», pensó Gabriel, y sin saber por qué sintió un estremecimiento mental.

– Sube a la litera, señora -dijo Nun, en tono suave-. El camino hasta la cúpula es largo y tedioso.

– ¿Por qué Kiru no puede subir andando? -preguntó Kiru, en tono caprichoso.

– Seguro que notas cómo el suelo se tambalea bajo tus pies.

– Así es. Toda esta isla se mueve. ¿Es que la Atlántida no tiene raíces en el suelo?

Nun esbozó una sonrisa que reprimió enseguida.

– Las raíces más firmes del mundo, mi señora. Éste es el ombligo de la Tierra, el lugar donde la suprema Isashara, con la ayuda del supremo Minos, se une con la Gran Madre y la convence para hacer su voluntad.

– Entonces ¿por qué se mueve a los lados como un barco?

– Porque acabas de bajarte de un barco, mi señora. El mar es muy posesivo, señora. Aunque ya hayas atravesado sus aguas, él seguirá tirando de tus piernas durante un rato para marearte y recordarte su poder. Por eso es mejor que subas a la litera.

Kiru dejó de resistirse y subió al palanquín. Cuando los porteadores la levantaron, hubo un instante de ingravidez en que se le revolvió el estómago, pero aguantó sin vomitar.

La pequeña comitiva se puso en marcha, escoltada por los seis soldados tuertos, que golpeaban el suelo con las tonteras de sus lanzas y daban voces para abrirse paso. La avenida estaba pavimentada con losas de piedra y tenía roderas para los carromatos. De ella salían atajos perpendiculares, angostos callejones con escalones tallados en la propia roca volcánica que subían entre las casas. Sin duda, los habitantes de la Atlántida debían desarrollar buenas pantorrillas y mejores glúteos a fuerza de recorrer esas cuestas todos los días.

Gracias a que la litera no tenía cortinas, Kiru podía mirar a los lados y brindar a Gabriel vistas de la ciudad, que procuraba absorberlo todo en su memoria. «¡Estoy en la Atlántida!», se repetía.

La mayoría de las casas tenían dos o tres pisos, y algunas hasta cuatro. Construidas a diversas alturas y adaptadas a los desniveles del suelo, formaban una suerte de laberinto tridimensional muy agradable a la vista. El efecto se veía reforzado por las vivas pinturas de las paredes, rojas, blancas, amarillas y azules.

En las puertas, terrazas y balcones había muchos vecinos que presenciaban con curiosidad aquella reducida procesión. También se veían cabras y ovejas, algunas en pequeños hatos y otras sueltas a su aire, y bueyes que tiraban de pesados carretones calle arriba o los frenaban avenida abajo. Al paso de la litera de Kiru, los arrieros los apartaban a los lados. Entre las casas crecían olivos, higueras y almendros que a mediodía debían brindar sombra. Ahora que caía la tarde, los rayos del sol se colaban bajo las ramas y hacían guiñar los ojos a los transeúntes que se habían detenido para contemplar el paso de Kiru.

– ¿Por qué miran tanto a Kiru? -preguntó Kiru, molesta.

– Eres una inmortal entre los inmortales, señora -respondió Nun-. Todos te respetan y admiran.

Pese a lo que decía la mujer rubia, Gabriel observaba más muestras de temor al paso de la litera que de auténtica reverencia. Empezaba a sospechar que la clave del poder de la Atlántida estaba relacionada con la propia naturaleza de aquellos supuestos inmortales, y que esa naturaleza ocultaba un sombrío secreto.


* * * * *

Subieron durante largo rato por el paseo central, y en cada giro de la avenida el mar quedaba más abajo y la pirámide y la cúpula se acercaban más. Cuando cayó el sol, se encendieron antorchas en las calles y en los terrados de las casas, y también en los anillos que rodeaban la isla central. La luna no tardó en salir sobre el mar. Al ver su faz casi redonda, Gabriel pensó que a la noche siguiente habría plenilunio.

Habían llegado al final de la ciudad inferior. Más allá se extendía el yermo que conducía hasta la ciudadela y la pirámide. En aquel erial sembrado de cenizas el camino seguía zigzagueando, pero ahora no se veía rodeado de casas, sino de pequeñas pilas de piedras negras. Las pilas estaban dispuestas muy juntas, apenas separadas entre sí por un metro.

Y sobre cada una de ellas descansaba una calavera.

– Aquí descansaremos antes de subir a la ciudadela sagrada -informó Nun.

Entraron en una casa de dos pisos, la última antes del descampado. Allí Kiru pudo descargar su vejiga en un pequeño retrete, tan limpio y perfumado como el de un hotel de cinco estrellas. Después la condujeron a una estancia iluminada con cientos de velas, donde había una gran bañera de piedra que recibía agua de dos caños que salían de la pared. De uno brotaba agua fría y del otro caliente, que sin duda provenía del corazón de la montana.

Para Gabriel fue una experiencia un tanto turbadora que otras mujeres le(la) desnudaran y lavaran, y que al terminar le ungieran todo el cuerpo con aceite. Después de bañar a Kiru, le dieron ropas limpias, perfumadas y planchadas con piedras calientes. También le dieron de beber vino con canela, y trozos de cordero lechal muy especiados a la brasa sobre obleas de pan.

A Gabriel le sorprendía la aparente falta de curiosidad de Kiru. Pero mientras cenaba a la luz de antorchas de resina, rodeada por criadas silenciosas e inmóviles, Kiru se decidió por fin a hacer preguntas.

– ¿Por qué han hecho venir a Kiru desde Widina?

– Porque éste es tu lugar, mi señora Kiru -respondió Nun.

– ¿Cómo puede ser su lugar si Kiru no lo recuerda? Como siempre, Kiru se sentía confusa sobre sus propias memorias.

– Te ruego que aceptes mis palabras. Éste es tu lugar. Tú perteneces a la Atlántida. Es tu destino.

– ¿Por qué?

– Por favor, mi señora, ten paciencia. Más adelante conocerás las respuestas.

Kiru estaba cansada, y el mareo que sentía después de desembarcar no había desaparecido. De hecho, la cabeza empezaba a darle vueltas. «Será culpa del vino con canela», pensó Gabriel.

Como fuere, Kiru no se encontraba de buen humor.

– Responde a las preguntas de Kiru ahora.

Su tono era imperioso. Al parecer, consideraba que, ya que era una «inmortal entre los inmortales», se le debía obediencia.

Pero hubo algo más, una sensación que Gabriel no había compartido con ella hasta entonces.

Primero fue una especie de tirón que partió de su nuca o algún pimío cercano, como si se le hubiera contraído un músculo cuya existencia desconocía Gabriel. ¿O aquello había ocurrido dentro de su cráneo? La sensación se extendió por sus venas a modo de fluido, como si le hubieran inyectado una sustancia cálida para hacerle una radiografía.

Las sirvientas que rodeaban a Nun retrocedieron con muestras evidentes de temor y algunas se arrodillaron. Nun se mordió los labios y abatió la mirada. Era obvio que también estaba asustada, porque le temblaban las manos, pero intentaba controlarse.

«Ese temor proviene de mí», pensó Gabriel. De Kiru, se corrigió automáticamente.

– Eres una de las bienaventuradas, mi señora, y no tengo más remedio que contestarte. Pero te ruego que no les digas a los supremos Minos e Isashara nada de lo que yo te cuente, pues tengo miedo al castigo.

Lo que Kiru diga es asunto suyo. Gabriel leyó aquel pensamiento que pasó por la mente de Kiru como un relámpago. Pero ella misma se arrepintió de una réplica tan arrogante y dijo:

– Kiru no les dirá nada. Habla, Nun. ¿Por qué han hecho venir a Kiru a la Atlántida?

Nun contestó sin mirarla a los ojos.

– La estirpe de los inmortales antes era más numerosa, mi señora. Tú…

– Habla de esa estirpe.

Nun miró a ambos lados.

– Deja que salgan ellas, por favor. No debo hablar ante otros oídos.

Kiru, que se había acostumbrado rápido a su nueva autoridad, hizo un gesto con la mano, y las criadas salieron.

– Mi señora Kiru, antes, al principio de los tiempos, gobernó aquí Atlas, el Primer Nacido, el Padre de Todos, el Odiado. Atlas engendró hijos de su esposa, la Primera Nacida: cinco parejas de mellizos. Puesto que no quería que le arrebataran el poder, los encerró en una isla desierta, donde los Segundos Nacidos tuvieron que devorar a sus propios hijos para sobrevivir.

»Pero ellos lograron escapar de la isla, vinieron aquí y derrotaron a su padre, tal como éste había temido. Desde entonces Isashara y Minos lo someten a castigo eterno.

– ¿Sólo ellos dos? ¿No habías dicho que Atlas y su esposa concibieron a cinco parejas de mellizos inmortales?

Nun se frotó las manos, nerviosa.

– No puedo…

– Mira a Kiru a los ojos y habla. Nun levantó la mirada.

– Por favor, vuelvo a suplicarte que no digas nada, mi señora. La verdad es que el supremo Minos y la suprema Isashara no desean compartir su poder. Hace tiempo que sus ocho hermanos dejaron de existir.

Nun le rellenó la copa de vino y Kiru dio un largo trago. «No lo hagas», pensó "Gabriel, que empezaba a sospechar algo raro. Pero Kiru no le escuchó, obviamente.

– ¿Cómo pudieron dejar de existir si son inmortales?

– El poder de Isashara y de Minos escapa de mi comprensión, señora. Pero tengo entendido que ni los inmortales pueden sobrevivir cuando los decapitan o queman sus cuerpos.

Las luces de las antorchas y las lámparas de aceite se veían cada vez más borrosas, como duendes bailando en el aire.

– ¿Por qué han hecho venir a Kiru? -insistió Kiru, luchando contra el vértigo que la invadía.

– Ya te lo he dicho, señora. Éste es tu lugar. Tú perteneces a la estirpe de los inmortales.

– Kiru no lo entiende. Kiru no los conoce.

«O no los recuerdas», pensó Gabriel.

– Los supremos Minos e Isashara no quieren procrear entre sí, pues el mundo no es lo bastante grande para más inmortales.

Gabriel observó con preocupación que Nun se mostraba cada vez más sincera y menos temerosa, como si el extraño poder de dominio de Kiru ya no la inquietara apenas.

– Tú, mi señora, has de ser una hija perdida del gran Minos, que a veces se disfraza de mortal y abandona de incógnito la Atlántida para recorrer el Gran Azul y comprobar que se cumplen sus leyes.

– Entonces… si es el padre de Kiru… ¿la ha traído para que viva con él?

Kiru notaba la lengua cada vez más pastosa y los ojos más pesados. Las luces se habían convertido en remolinos y el rostro de Nun en un borrón.

– No, mi señora -contestó Nun con cierta tristeza-. Para que vivas, no.

Los ojos de Kiru se cerraron. Un segundo después, su cabeza chocó contra la mesa de madera.


* * * * *

En la siguiente imagen seguía siendo de noche. Kiru viajaba en la litera, pero ahora llevaba las manos atadas a la espalda. Además sentía un extraño torpor en el cuerpo, una parálisis que embotaba sus sensaciones y que apenas le permitía mover las puntas de los pies.

«Sí, te han drogado», pensó Gabriel. Le hubiera gustado añadir «te avisé», pero el canal mental entre él y Kiru era claramente unidireccional.

La comitiva, precedida siempre por los seis mercenarios, marchaba por el camino que ascendía culebreando la ladera yerma. Las pisadas crujían sobre la ceniza. La noche era tan clara que los cráneos humanos que festoneaban el sendero parecían brillar bajo la luz de la luna.

«Esto es intolerable», pensó Kiru. Pero cuando quiso expresar su protesta en voz alta, comprobó que de su boca sólo brotaban ruidos ininteligibles.

– Lo siento, mi señora -se disculpó Nun, que caminaba al lado del palanquín-. Te he pedido que no hables, pero no podía arriesgarme.

Kiru tanteó con la lengua y comprobó que tenía los labios unidos por hilos de bramante.

Le habían cosido la boca.

Kiru comprendió algo que ya había sospechado Gabriel antes que ella. Los gobernantes de la Atlántida no la habían hecho venir para compartir con ella la inmortalidad.

Ese fue el último pensamiento de su visión. Gabriel…

Capítulo 39

Clínica Gilgamesh. Madrid.

… abrió los ojos y pensó que alguien le había pateado la cabeza. Le escocía el cuero cabelludo y lo veía todo tan borroso como si buceara en una piscina llena de cloro. Las pulsaciones se le habían desbocado y sentía un agudo dolor encima de los riñones.

Lo último que recordaba era el rostro de una mujer rubia y unas pirámides construidas sobre la ladera de un volcán.

Sin embargo, lo que tenía ahora delante de los ojos le resultaba irreconocible. Durante unos segundos, a Gabriel se le antojó que le habían puesto delante un cartel de neón de colores, rodeado por los rasgos demoníacos de una cara deforme.

Unas garras lo aferraron por la camiseta y tiraron de él para ponerlo de pie. Al enderezarse, Gabriel se encontró por encima de aquel rostro e intentó enfocar los ojos en el primer plano.

Lo que había creído un cartel de neón eran dientes. Postizos, perfectos y transparentes. Dentro de ellos corrían luces, como angulas de colores culebreando en un vivero. El dueño de aquella dentadura tenía la nariz en forma de porra, los ojos oscuros y tan juntos que parecían bizcos y el pelo engominado y tirante. Aunque no era un semblante tan grotesco como le había parecido de sopetón, no podía decirse que resultase tranquilizador.

«Chuloputas», fue la primera descripción que se le vino a Gabriel a la cabeza.

– Estabas hablando en sueños. ¿Qué has soñado?

La voz era tan desagradable como el rostro, o tal vez a Gabriel se lo parecía así por el dolor que le martilleaba las sienes.

Soñar.

Con una fuerza que sorprendió a Gabriel, el tipo de los dientes psicodélicos lo arrojó sobre la cama. Gabriel trató de detenerse con las manos, pero se topó con el muslo de la anciana que dormía en ella, resbaló y acabó golpeándola con la frente en la tripa. La mujer ni se inmutó.

Se corrigió. Aquella anciana no dormía. Estaba en un estado parecido a un coma. Era Milagros Romero, la enferma de Alzheimer cuyo cerebro demenciado, por alguna razón incomprensible, emitía vivencias de la Atlántida que Gabriel captaba como un receptor.

«No», se dio cuenta de repente, interpretando las imágenes de aquel sueño que no era sueño. No era exactamente como él y Celeste habían imaginado al principio. La explicación era otra, aún más inverosímil.

Pero también comprendió que no debía revelarla.

Junto a Milagros había una especie de araña negra y blanca: el prototipo del Morpheus.

Terminó de recordarlo todo. Era jueves y estaba en la clínica Gilgamesh.

Ahora se explicaba el escozor de su cuero cabelludo. El tipo de los dientes de luces debía haberle arrancado el Morpheus de un tirón. También entendía la repentina jaqueca y el dolor en todos sus músculos. Había salido de golpe de las profundidades de la fase delta como un buceador que ascendiera doscientos metros sin someterse a descompresión.

Unas manos lo agarraron por la camiseta y lo levantaron de la cama. Durante un instante creyó que se trataba del tipo de los dientes de cristal, pero no era así. Quien fuera, tenía tanta fuerza que lo manejaba como un guiñapo.

Ahora que la vista se le había aclarado, Gabriel comprobó que la habitación se había llenado de visitantes. Estaba Chuloputas, mirándolo de frente con cara de pocos amigos.

Llevaba un traje caro y bien cortado, y sin embargo no dejaba de parecer un proxeneta de película.

Junto a la puerta de la habitación había otro individuo vestido con un traje gris y con el cabello teñido de mechas blancas. Se le veía gordo, pero no fofo: daba la impresión de que, si alguien le golpeaba con un bate en la panza, zona$ría como un enorme timbal.

El gordo, que llevaba la chaqueta abierta, no se molestó en mirar a Gabriel. Estaba vigilando a Herman, que se encontraba en la pared opuesta, junto a la cabecera de la cama donde dormía o descansaba la mendiga del ácido. Herman, por su parte, le devolvía al gordo una mirada igual de hosca, pero no hacía ademán de moverse.

«Debe de estar esperando el momento oportuno», pensó Gabriel, confiando en el adiestramiento en hapkido de su amigo y, sobre todo, en su agresividad innata.

Entre Gabriel y la puerta había otra persona. Una mujer pelirroja, de unos treinta años. Llevaba una chaqueta negra y una falda blanca bastante corta que dejaba ver unas pantorrillas bien torneadas.

Y, por último, estaba el tipo que lo sujetaba por los codos, tirándole de los brazos hacia atrás, invisible por el momento. Gabriel trató de zafarse de él, pero el ch.p. le agarró del cuello, apretando lo justo para causarle dolor sin cortarle la respiración.

– Mejor será que te estés quieto. Te puedes hacer daño. Tu amigo el gordo nos ha dicho que ese aparato sirve para soñar. -Para sorpresa de Gabriel, Herman no protestó ante el comentario acerca de su sobrepeso-. ¿Qué estabas soñando?

– ¿Es que he dejado de soñar? Al ver tu careto pensé que seguía dentro de una pesadilla.

El ch.p. sonrió, en una mueca tan exagerada que sus dientes parecieron chisporrotear. Aunque era cinco o seis centímetros más bajo que Gabriel, por la forma en que la ropa se le ceñía a los pectorales saltaba a la vista que tenía músculos bien trabajados.

– ¿Has visto El padrino?

Gabriel tragó saliva y pensó, demasiado tarde, que podía haberse ahorrado el chiste malo. El ch.p. se frotó los nudillos de la mano derecha, mientras el otro matón juntaba con más fuerza los codos de Gabriel. A éste le vino en un fogonazo la imagen de Al Pacino con la mandíbula rota tras recibir el brutal puñetazo del capitán de policía.

Pero el ch.p., pese a sus palabras, no debía haber visto la película, porque el puñetazo se lo descargó en la boca del estómago.

El golpe pilló desprevenido a Gabriel, que no tuvo tiempo de contraer los abdominales. Primero sintió un dolor penetrante que le hizo resoplar con violencia. Luego se arrepintió de haber expulsado aquel aire, porque se dio cuenta de que era incapaz de absorber más.

Las piernas le fallaron. El tipo que le sujetaba hasta ahora le soltó. Gabriel cayó de rodillas, intentando respirar. El dolor crecía por momentos. Tuvo que tumbarse en el suelo y doblarse como una alcayata para conseguir al menos una pequeña bocanada de aire.

Desde el suelo, vio cómo los tacones de la pelirroja se acercaban un par de pasos.

– Soy Julia Gómez Romero, sobrina segunda de Milagros Romero.

Gabriel levantó la mirada. En otras circunstancias, le habría parecido atractiva. Pero ahora la única palabra que se le vino a la cabeza fue «arpía».

– Vengo a hacerme cargo de mi tía, visto que en este centro la someten a maltratos.

Gabriel se sentó en el suelo. Aún no se sentía capaz de ponerse en pie.

– ¿Y usted habla de maltratos? -jadeó-. Mis abogados se pondrán en contacto con usted para pedirle una indemnización por esta agresión gratuita.

La pelirroja soltó una carcajada desdeñosa.

– «Gratuita», señor Espada. Usted lo ha dicho bien. Conocemos sus finanzas, y el único abogado que puede permitirse es el de oficio. Yo sí soy abogada -dijo la mujer, Sacando una tarjeta de visita que le enseñó a Gabriel de lejos-. Y pienso denunciarle por someter a mi tía a experimentos que violan sus derechos constitucionales.

– ¿De qué demonios está hablando? Ni siquiera le he puesto un dedo encima a su tía. Sólo estaba probando el inductor del sueño que su amigo me ha arrancado a lo bestia. Algo que ha podido producirme daños mentales irreversibles, y que añadiré a mi demanda.

– Usted no va a demandar a nadie, y lo sabe.

Gabriel miró a Herman. Llevaba un rato esperando que soltara hiciera o dijera algo. Pero su amigo tenía los labios apretados, y no hacía más que mirar de reojo al gordo de la puerta.

«¿Cuándo demonios piensa utilizar su puñetero hapkido?», se preguntó Gabriel. Después giró el cuello para mirar al tipo que lo había sujetado por los codos y al que hasta ahora no había podido ver. Unos músculos de culturista le abombaban la chaqueta, tenía el cráneo afeitado y una nuca con un morrillo en el que se podría romper un tablón.

Suspiró. Poco a poco, sus pulmones volvían a recibir aire. Puesto que no podía confiar en las artes marciales de Herman para salir del apuro, tendría que arreglárselas solo. Al menos, mientras siguieran pensando en Milagros, la abogada y sus tres matones se fijarían en la persona equivocada.

– Está bien -le dijo a la pelirroja-. Pongamos que lo arreglamos todo por las buenas, sin pleitos. Pero ¿qué experimento cree usted que llevaba a cabo con su tía?

– Eso nos lo tiene que explicar usted.

– Ni siquiera le he puesto la mano encima. Esos tubos que lleva puestos son los normales: sondas, suero, qué sé yo. Como amantísima sobrina suya, sabrá usted que su tía está en las últimas fases del Alzheimer.

– Este tío es un bocazas -dijo el ch.p.-. Lo que no sabe es que los bocazas también se mueren.

Gabriel lo miró de reojo. Sospechaba que aquel tipo no poseía un CI demasiado elevado, pero la experiencia reciente le hacía sentir un gran respeto por su zurda.

La «sobrina» de Milagros hizo un gesto con la mano para contener a su lacayo.

– Por desgracia, he conocido demasiado tarde el estado de mi tía. Al menos haré lo que esté en mi mano para que viva sus últimos días con la dignidad que se merece.

– No creo que encuentre un sitio donde esté mejor atendida que aquí -dijo Gabriel.

En realidad, se estaba oponiendo a la abogada por disimular. Cuanto antes se llevaran a Milagros, mejor.

– Aquí atentan contra su dignidad. Usted estaba atentando contra su dignidad hace un momento.

– ¡Pero si no la he tocado!

– Le estaba usted leyendo la mente a mi tía.

– ¿Leyéndole la mente? ¡Eso es ciencia ficción!

La abogada le hizo una seña al ch.p. Este se movió con tal rapidez que Gabriel ni vio venir la patada. La recibió en plena mejilla, pero casi se hizo más daño al caer de lado y golpearse en la sien con las baldosas.

Cuando quiso levantarse, el calvo del morrillo de toro le plantó el pie en la cara y apretó. Gabriel pensó que si hacía suficiente fuerza podría zafarse, pero eso sólo serviría para llevarse más golpes. «Estos animales son capaces de matarme», pensó. De momento, más le convenía quedarse quieto.

La abogada se acuclilló junto a él, girando pudorosamente las rodillas para no mostrarle lo que había debajo de la falda.

– ¿Qué ha visto en la mente de mi tía, señor Espada?

– ¡Nada! ¿Cómo iba a verlo? La telepatía no existe.

La presión del zapato en su mejilla aumentó. Sin querer, Gabriel se había mordido el interior del carrillo entre las muelas. Ahora ya no podía separarlas, y notó el sabor metálico de su propia sangre.

«Maldito Herman, haz algo de una puta vez», pensó.

– Señor Espada, me está haciendo perder el tiempo -dijo la abogada-. Sus respuestas dejaron de hacerme gracia hace cinco minutos.

– No pretendía hacerle gracia. No soy su chimpancé.

El gesto de la abogada cambió. Fue como si alguien hubiera cortado los cables que sostenían sus rasgos. Su rostro, desprovisto de toda expresión, presagiaba una amenaza mayor que los puños de los matones.

– Hablemos claro. ¿Es cierto que ha visto en la mente de mi tía algo relacionado con la Atlántida?

¿Cómo lo sabía? Gabriel sólo se lo había contado a Valbuena y a Herman. ¿Quién lo había traicionado?

– La Atlántida no existe -articuló a duras penas.

El pie apretó aún más. Gabriel apenas podía abrir el ojo izquierdo.

– ¿Qué sabe usted de Kiru?

«Sé quién es, pero no te lo voy a decir», pensó Gabriel. Aunque él mismo se preguntó cuántos golpes más aguantaría antes de confesarlo.

La respuesta le llegó enseguida. El ch.p. le dio una patada en el vientre. Gabriel se encogió para protegerse de la siguiente, pero en ese momento el calvo le quitó el pie de la cara, sólo para tomar impulso y clavárselo en la espalda.

– ¡Herman! ¡Haz algo! -gritó Gabriel.

De las patadas del ch.p. consiguió protegerse mal que bien, aunque una de ellas le dio con tal violencia que, al intentar detenerla, su propia mano le golpeó con fuerza en la nariz. Pero los punterazos del matón que tenía detrás eran como coces de mula. «Me va a romper una costilla», pensó. Eso, si no le partía antes la columna y lo dejaba inválido.

– ¿Qué está pasando aquí?

Los golpes cesaron. Durante unos segundos, Gabriel siguió encogido en el suelo con los ojos cerrados. Luego comprendió que debía aprovechar el momento para ponerse de pie y no seguir a merced de sus agresores. Se levantó a duras penas, sintiéndose como un cajón de platos de cristal arrojado desde un tercer piso.

Celeste acababa de entrar en la habitación. Su bata blanca y su tarjeta de identificación debieron imponer algo de respeto a los matones, porque se apartaron de Gabriel, y el que montaba guardia en la puerta retrocedió un par de pasos.

– Soy Julia Gómez Romero, sobrina segunda de Milagros Romero -dijo la abogada, exactamente en el mismo tono con que se había presentado a Gabriel, como si fuera una locución-. He venido para llevármela.

Sin esperar la respuesta de Celeste, el ch.p. y el calvo le quitaron a la anciana los electrodos que monitorizaban sus ondas cerebrales. Después la levantaron sin miramientos y la sentaron en la silla de ruedas que había junto a la puerta del baño. Milagros pareció despertarse con aquellos tejemanejes, pero tan sólo emitió un leve gruñido y dejó caer la barbilla sobre el pecho.

– ¡Pero eso es imposible! -objetó Celeste-. Esta mujer necesita cuidados que sólo se le pueden ofrecer aquí.

Como respuesta, la abogada sacó de su bolso un papel impreso y se lo tendió a Celeste. Ésta se cambió la muleta al brazo izquierdo para coger el documento y lo examinó.

– Es un permiso firmado por la directora de la clínica- explicó la pelirroja-. Como verá, todo está en regla.

– Esto es de lo más irregular. Antes de que se vayan, hablaré de este asunto con la directora.

– Por mí, como si quiere hablar con ella de ese horrible tinte que lleva en el pelo. Nosotros nos vamos.

El matón calvo ya empujaba la silla de ruedas hacia la puerta, mientras el ch.p. arrastraba tras ella el gotero. Al pasar al lado de Gabriel, le sonrió con una mueca lobuna, luciendo sus dientes de cristal. Corroborando aquella amenaza muda, la abogada se volvió hacia Gabriel antes de salir por la puerta.

– Señor Espada, pronto nos pondremos en contacto con usted para ultimar la conversación que hemos dejado pendiente.

Gabriel pensó en una réplica venenosa, pero se mordió la lengua. Las anteriores ocurrencias le habían costado varias contusiones. Cuanto antes salieran de la clínica aquellos indeseables, tanto mejor.


* * * * *

¿Cómo tiene la cara de meterse con mi tinte una individua que lleva el pelo de color zanahoria? -dijo Celeste en cuanto se cerró la puerta de la habitación.

Gabriel se dio cuenta de que le temblaban las piernas. Se sentó, o más bien se dejó caer, sobre la cama que un minuto antes ocupaba la anciana. Después se palpó bajo el brazo derecho, después en la escápula izquierda y también en una rodilla. Finalmente renunció. Para tocarse en todos los sitios donde le dolía habría necesitado más brazos que un pulpo.

Celeste se acercó a él, clavando la muleta en el suelo con rabia.

– ¿Qué ha pasado aquí?

Como respuesta, Gabriel se volvió hacia Herman.

– Pregúntale a ése, que no se ha perdido una coma de lo que pasaba. Sin mover un dedo, eso sí.

– No podía hacer nada -respondió Herman en un tono suave muy poco frecuente en él.

– ¿Cómo que no? Pero ¿tú has visto la paliza que me han dado?

– No podía hacer nada.

– ¿Para qué te vale tanto hapkido y tanta leche? ¿Para pegar a los camareros y que nos echen de los bares?

Herman puso los ojos en blanco.

– No siempre se puede recurrir a las artes marciales.

– ¡Ah, claro! Deberían haberme pegado una somanta dentro de una cabina telefónica o en un coche hundido en el Manzanares. Seguro que así me habrías echado un cable.

– ¡Tenían una pistola, coño! ¡El de las mechas llevaba una puta pistola debajo de la chaqueta y me tenía enfilado todo el rato!

Gabriel comprendió la pose del matón gordo que estaba en la puerta con la chaqueta entreabierta. Aun así, no estaba dispuesto a rendirse.

– Me estás vacilando. ¿Cómo han podido entrar con una pistola en un sitio que tiene un vigilante jurado en la puerta?

Herman se encogió de hombros.

– Yo qué sé. Lo mismo era un arma fabricada en fibra de carbono.

– Aquí no tenemos detector de metales -dijo Celeste, mientras levantaba la camiseta de Gabriel para examinarle las contusiones-. A nadie se le pasa por la cabeza que alguien entre en este sitio para llevarse a una anciana a punta de pistola. Esto es una clínica de investigación geriátrica, no un laboratorio secreto del ejército. ¿Te duele aquí?

– ¡Auu! Pregúntame mejor dónde no me duele.

Gabriel apartó las manos de Celeste y se colocó la camiseta.

– Tengo que comprobar si te han roto una costilla. Aunque creas que no te…

– Ahora no tenemos tiempo, Celeste.

Gabriel se acercó a la otra cama, donde reposaba la mendiga a la que le habían quemado la cara con ácido. La máscara blanca que cubría su rostro le daba cierto aire de fantasma de la ópera. Por lo que le había explicado Celeste, en la cara interior de aquella máscara había un mecanismo inteligente que administraba un tratamiento de neopiel para curar las heridas.

Gabriel levantó la cabeza de la mujer para desabrochar los cierres que le sujetaban la careta a la nuca.

– ¿Que estás haciendo? -dijo Celeste.

Gabriel interpuso su propio trasero para impedir que ella le agarrara los brazos. Cuando Celeste le agarró por la cintura y tiró de él, sintió un ramalazo de dolor, pero no se movió.

– Déjame.

– ¡No se le puede retirar la máscara hasta dentro de tres días!

Haciendo eco a Celeste, una vocecilla interior le salmodio: «Estás loco, estás loco». Al empezar su maniobra, Gabriel estaba convencido de lo que hacía. Pero cuando levantó la careta, hubo un segundo aterrador en el que temió arrancar con ella jirones de piel y colgajos de carne ensangrentada.

El rostro de la mujer se hallaba intacto. Aunque Gabriel lo había visto en espejos de metal que deformaban ligeramente la imagen, aquellos labios carnosos, los pómulos altos y la nariz larga y de anchas aletas eran inconfundibles.

¡Kiru! ¡Kiru! ¡Despierta!

Ella abrió los ojos. Eran verdes y rasgados.

– Dios santo -musitó Celeste-. Cuando llegó aquí tenía la cara destrozada. Mira esto.

Celeste tecleó algo en su tableta y se la tendió a Gabriel, En la pantalla aparecía una fotografía frontal que acompañaba al historial de Kiru. Al verla, Gabriel se estremeció. La parte izquierda de los labios había desaparecido dejando al descubierto los dientes, la nariz había quedado reducida a la mitad, con las fosas abiertas como una grotesca calavera, y el ojo izquierdo era una masa ulcerada.

Aquellos daños sólo se podían reparar con cirugía. Incluso un trasplante de cara sólo habría conseguido otorgarle un aspecto menos espantoso. Pero Kiru parecía recién salida de una limpieza de cutis. Las únicas arrugas que se veían en aquel rostro ligeramente cobrizo eran los surcos que bajaban de las aletas de la nariz a las comisuras de los labios.

Si Gabriel albergaba alguna duda de que las visiones eran reales, aquel milagro las disipó.

– ¿Qué está pasando aquí? -preguntó Celeste.

– Es una historia complicada. Si te la cuento en voz alta, no sé si yo mismo me la creeré.

– Pues inténtalo.

Kiru sonrió a Gabriel. Su sonrisa era como la de un bebé que ve por primera vez a un desconocido que le cae bien: un puro gesto de agrado, sin más connotaciones, sin las segundas intenciones que suelen ocultarse en las sonrisas de los adultos.

– ¿Hablas español? -le preguntó Gabriel.

– ¿Y por qué no iba a hablarlo? -dijo Herman.

– Dejadme a mí, no la aturdáis. ¿Entiendes lo que digo, Kiru?

Ella frunció el ceño.

– Kiru te entiende. Kiru entiende lo que tú dices.

Había contestado en español, pero su acento estaba teñido de un deje extraño que no se parecía a ninguna lengua que Gabriel conociera.

Salvo, tal vez, a la que hablaban en la Atlántida.

Kiru sacó la mano de debajo de la sábana. Gabriel la reconoció al instante, pues durante las visiones había sido su propia mano. Tenía los dedos largos y finos, con las puntas casi afiladas.

Kiru extendió la mano y la acercó al rostro de Gabriel.

– Eres guapo -dijo con una mezcla de inocencia y deseo, como una niña que acaricia una muñeca en el estante de una tienda un segundo antes de decir: «Es para mí».

Herman soltó una carcajada.

– ¿Con esa boca que le da un mordisco a un cartón y saca un abanico? Vamos, no jodas.

La mano de Kiru se posó en la mejilla de Gabriel. Una corriente eléctrica unió los dedos de la mujer con algún lugar situado tras los ojos de Gabriel, como si el cerebro de éste se hubiera convertido en una lámpara de plasma.

La habitación se convirtió en un borrón y Gabriel volvió a hundirse en el pozo del tiempo.

Capítulo 40

La Atlántida.

Todo estaba oscuro.

Luego Gabriel empezó a distinguir algunas luces, muy vagas.

Su propia respiración -la de Kiru- rebotaba desde su nariz contra su rostro.

Comprendió que le habían tapado la cabeza con una capucha o un saco. Seguía teniendo las manos atadas a la espalda, pero ahora podía mover las piernas y ya no notaba aquel torpor que la paralizaba en la litera.

La contrapartida era que sentía un terrible dolor en la boca. Gabriel sospechaba que los labios de Kiru, cosidos con bramante, se le habían hinchado hasta parecer plátanos pegados a su rostro.

Estaba subiendo por una escalera muy empinada. A su lado oía pasos y gemidos, y también un canto monótono, una especie de ritual. Olía a resina quemada, a sudor, a miedo y a sangre, y también flotaba en el aire la fetidez a huevo podrido del volcán.

«Dominarlos. Dominarlos», se repetía Kiru. Gabriel se preguntó a qué se refería. Luego sintió la presión en la nuca y el calor en las venas, y comprendió que Kiru intentaba utilizar su poder para controlar a las personas que tenía a su alrededor. El problema era que no las veía ni podía dirigirse a ellas, de modo que actuaba a ciegas, disparando emociones contradictorias que sólo conseguían que el coro de gemidos que la rodeaban se redoblara o se convirtiera en risotadas destempladas.

– ¡Alto! -ordenó una voz masculina.

Sin saber muy bien por qué, tal vez porque tenía la cabeza tapada y la boca cosida y se sentía indefensa, Kiru obedeció la orden. El viento soplaba con fuerza. La única ropa que llevaba encima era la capucha. Aunque notaba el cuerpo resbaladizo, el aceite con que la habían untado no servía de gran protección contra el frío.

«La van a ejecutar», comprendió Gabriel.

Alguien le quitó la capucha.

Kiru parpadeó, desconcertada, y giró la cabeza a ambos lados. Gabriel aprovechó para captar todos los detalles posibles.

Comprendió enseguida que se encontraba en lo alto de la pirámide. Estaba, de hecho, en el último peldaño antes de llegar a la terraza donde se alzaba el templete que a su vez sustentaba la cúpula dorada. Aquella semiesfera perfecta parecía rielar bajo la luz de la luna llena, como si estuviera hecha de metal fundido contenido bajo una capa de cristal.

Detrás de ella, a lo largo de la escalera roja, había decenas de prisioneros desnudos, hombres y mujeres encapuchados y con las manos atadas a la espalda. Las llamas de las antorchas arrancaban reflejos cambiantes de sus pieles ungidas de aceite. A juzgar por la lozanía de sus cuerpos depilados, eran todos jóvenes. A ambos lados de la doble fila venían hombres armados con hachas y palos, que azuzaban a los prisioneros como a ovejas rezagadas.

Kiru volvió la mirada al frente. A unos pasos de ella había un altar, una especie de mesa de ceniza prensada y llena de manchas oscuras que sólo en algunas zonas conservaba su color blanco original. Un poco más allá se levantaba un estrado con un sitial en el que se sentaba una mujer, y a su lado había un hombre de pie, tocado con cuernos de toro.

«Ésos deben de ser Isashara y Minos», pensó Gabriel. Pero por el momento no pudo ver sus rostros, pues Kiru no tenía ojos más que para el altar. Algo lógico, considerando que iba a sufrir el mismo destino que la pareja que se acercaba al altar.

Junto a éste aguardaban un sacerdote y una sacerdotisa, vestidos tan sólo con taparrabos. Ambos tenían el cuerpo recubierto por una pintura oscura que se desprendía en costras. Sin dejar de entonar lúgubres cantos, cortaron las ligaduras de los dos jóvenes desnudos y les quitaron las capuchas.

Gabriel comprendió que habían destapado a Kiru antes de tiempo para que pudiese ver lo que la esperaba.

De modo que ése era su gran destino. ¿Soñar los sueños de la Madre Tierra bajo la cúpula de oro? No. Ser sacrificada delante de sus congéneres Minos o Isashara, para que éstos se cercioraran de que seguían siendo los únicos inmortales como ella.

Los oficiantes obligaron a los jóvenes a tenderse boca arriba sobre el altar, el sacerdote al varón y la sacerdotisa a la mujer. Siempre canturreando, ambos levantaron los brazos, empuñando los cuchillos de obsidiana con los que habían cortado las cuerdas.

¿Por qué las víctimas, que tenían las manos libres y veían perfectamente lo que las aguardaba, no se resistían ni intentaban huir? Tal vez, pensó Gabriel, las habían drogado antes. Pero la mirada de pavor con que contemplaban los puñales alzados sobre sus pechos no parecía propia de personas sedadas.

La razón no podía ser otra que Isashara y Minos estaban actuando sobre las víctimas con el mismo poder que Kiru había intentado utilizar en vano mientras subía por la escalera.

«¿Por qué no vuelve a hacerlo ahora?», pensó. Pero Kiru estaba tan absorta en lo que veía que la idea ni se le pasó por la cabeza.

Los cuchillos cayeron a la vez. El de la sacerdotisa se clavó entre los senos de la joven y el del sacerdote en el esternón del varón. Las víctimas gritaron al unísono, con un alarido tan penetrante como una broca de vidia taladrando ladrillo.

Kiru se estremeció, pese a que ya había visto muertes sangrientas en el ritual del toro. Gabriel se habría tapado los oídos de tener control sobre las manos, porque mientras los gritos de ambos jóvenes se convertían en gorgoteos y estertores, los cuchillos seguían escarbando en sus pechos entre crujidos de hueso astillado. Al mismo tiempo, los prisioneros que subían por la escalera empezaron a gemir y a llorar balanceándose sobre los pies, sabedores ya del destino que los aguardaba.

Ambos oficiantes metieron las manos en los pechos de los jóvenes, que ya habían dejado de moverse, y tras hurgar unos segundos sacaron los corazones, los levantaron sobre sus cabezas y se bañaron en el fluido que goteaba de ellos. Gabriel comprendió en qué consistía la pintura oscura que recubría sus cuerpos: sangre ya reseca de víctimas anteriores.

La cúpula zumbó. Kiru alzó la mirada hacia ella y comprobó que parte de su circunferencia se teñía de verde, como si sufriera una invasión de algas.

Los verdugos se acercaron a Isashara para ofrecerle los corazones. Ella extendió la mano sin llegar a cogerlos, otorgándoles su bendición.

Y fue entonces cuando las miradas de Kiru e Isashara se encontraron por fin.

– ¡Tú! -exclamó Isashara, tras unos segundos de duda-. Tú eres…

Gabriel podría haber dicho lo mismo. Porque la mujer sentada en el sitial y ataviada a la moda minoica, con una larga falda de volantes y un justillo abierto en el pecho, no era otra que…

Capítulo 41

Clínica Gilgamesh.

La visión se convirtió en una niebla blanca surcada por relámpagos rojos. Pero la imagen de Isashara-Sybil quedó flotando durante unos instantes, como la mancha verdosa que deja el sol en la retina cuando se cierran los ojos después de mirarlo directamente.

La habitación de la clínica volvió a materializarse ante los ojos de Gabriel, y en su mente se hizo el silencio. Kiru, que había retirado la mano, le miraba expectante.

Pero aquella sordina mental tardó apenas un instante en convertirse en un pitido interior. Un pinchazo como un chorro de hierro fundido taladró las cuencas de sus ojos y se extendió hasta su nuca. A su lado, la jaqueca que había sentido cuando le arrancaron el Morpheus era un hormigueo en el meñique.

Gabriel trató de sobreponerse al dolor y pensar. De algún modo, al tocar a Kiru se había conectado a un amplificador paranormal. En apenas un par de segundos -la caricia de ella no podía haber durado mucho más-, había recibido una visión equivalente a un largo rato de horror.

Aquella breve experiencia telepática había sido muchísimo más intensa que sus breves contactos mentales con Valbuena y con Iris. Era como comparar un viejo daguerrotipo en blanco y negro con una película en 3D proyectada sobre pantalla gigante.

De paso, lo que había visto en su mente explicaba algunas cosas.

Gabriel se volvió hacia Herman.

– Ya sé por qué han venido esos matones y la pelirroja.

– ¿Por qué?

– Sybil Kosmos está mezclada en esto.

Herman desvió la mirada hacia la izquierda, y luego se miró las uñas como si quisiera comprobar si las tenía sucias. Gabriel se dio cuenta al instante de que trataba de ocultarle algo.

– Tú ya lo sabías, ¿verdad?

– No tengo ni idea de qué me hablas -se defendió Herman.

– Sí que la tienes. ¿Qué ha pasado?

– Me gustaría saber de qué demonios estáis hablando -intervino Celeste.

Al oír su voz, Kiru la miró y frunció el ceño con desagrado, como si hubiera captado que existía o había existido algo entre Gabriel y ella. Celeste se apartó de la cama, pálida y con los ojos abiertos como platos. Gabriel, que estaba a su lado, notó que algo le rozaba el brazo, una especio de bruma helada que le hizo experimentar un intenso temor.

Un segundo después, Kiru volvió a mirarle sonriendo. La bruma gélida se desvaneció, pero en su lugar Gabriel notó una burbuja caliente que se expandía dentro de su vientre y bajaba hacia su entrepierna, ¡basta, Kiru! ¡No hagas eso!

Ella dejó de sonreír, y aquella incómoda excitación desapareció. Gabriel comprendió que, fuera por el vínculo que se había establecido durante las visiones o porque él le gustaba a Kiru, tenía cierto ascendiente sobre ella.

«Menos mal», pensó. Tal como había visto y sentido en los dos últimos trances, aquella mujer, al igual que Isashara y Minos, poseía poderes aterradores. Mejor que alguien los controlara.

Y al reparar en que era él quien tal vez pudiera controlarlos, creció en su interior la sensación de estar en el centro de la red de las Parcas, de ser el elegido para algo tan grande que lo superaba.

De adolescente, Gabriel había sido un fanático de Tolkien. Ahora recordó la frase de Gandalf a Frodo cuando éste se quejaba de su destino. «No depende de nosotros. Todo lo que podemos decidir es qué hacer con el tiempo que nos han dado».

Ante los acontecimientos que se desenvolvían a su alrededor, Gabriel se sintió infinitamente más pequeño que el más pequeño de los hobbits, y su jaqueca se agudizó.


* * * * *

Kiru se incorporó en la cama, miró el gotero con expresión perpleja y se arrancó el tubo con la aguja. Al hacerlo, se le escapó un quejido de dolor. Después recogió con el dedo una gota de sangre del antebrazo y la chupó.

Gabriel se apretó la frente para mitigar el dolor y suspiró. Era hora de largarse de allí.

– Kiru, ¿puedes levantarte?

La pregunta era superflua, pues Kiru ya había apartado las sábanas y se estaba poniendo en pie. Gabriel se volvió hacia Celeste.

– ¿Podrías conseguirle ropa para sacarla de aquí?

– ¿Sacarla de aquí? ¿Tú te has vuelto loco del todo?

– Esta mujer es joven y está sana como una manzana. ¿Qué crees que pinta en una clínica de investigación geriátrica?


Celeste no supo muy bien qué contestar. Gabriel la agarró por el brazo, se acercó a ella y bajó la voz para sonar más convincente.

– Esos tipos no buscaban a Milagros. En realidad venían a por Kiru, pero se han confundido.

– No entiendo a qué te…

– ¡Escúchame! No tenemos mucho tiempo. Seguro que vuelven en cuanto se den cuenta de su error. Y ya has visto que no se andan con contemplaciones.

– Si vuelven, esta vez no me pillarán desprevenido -dijo Herman, cascándose los nudillos.

– ¿Por qué la buscan? -preguntó Celeste.

– Recuerda por qué vine aquí la primera vez. Me dijiste que una anciana demenciada soñaba en un idioma desconocido y hablaba de la Atlántida. En realidad no era ella quien lo hacía, sino Kiru.

– Explícate.

«Me sería más fácil explicarme si no me doliera tanto la cabeza», pensó Gabriel.

– La mente de Milagros es como una pizarra vacía por causa del Alzheimer. Por eso resulta tan fácil escribir en ella. Milagros sólo repetía en voz alta lo que recibía de la mente de Kiru.

– Estás hablando de… telepatía. Es la típica basura paranormal contra la que tú mismo has escrito.

– ¡Es la típica basura paranormal que he experimentado! Yo también he compartido esas visiones, Celeste. Al principio creí que procedían de Milagros. Pero durante la… sesión de hoy me di cuenta de que no podía ser ella.

– ¿Por qué?

– Porque las vivencias que he experimentado jamás podrían ser las de una anciana. Durante el sueño comprendí que la mujer que ha compartido conmigo su mente -dijo Gabriel, mirando de reojo a Kiru, que a su vez lo contemplaba a él embelesada- tenía que ser joven. Eternamente joven.

– Esto suena cada vez más absurdo.

– Pues tendrás que aceptarlo o pensar que ahora mismo todos estamos en un sueño, Celeste. Esta mujer a la que creíais una mendiga es el Santo Grial que andáis buscando en esta clínica.

Las pupilas de Celeste se dilataron. Gabriel se dio cuenta de que empezaba a vencer su incredulidad.

– ¿No lo entiendes? Sus tejidos se regeneran espontáneamente, reparando cualquier daño que sufra, por grave que sea. Para ella, envejecer es imposible.

Los tres miraron a Kiru. La joven no apartaba los ojos de Gabriel, al que volvió a sonreír.

– Eso es imposible -objetó Celeste en tono cada vez más débil-. Quieres decir que ella es… Es…

– Sí, eso es justo lo que quiero decir.

Gabriel hizo una pausa dramática, disfrutando del momento. Pocas veces en su vida había estado más convencido de lo que decía.

– Esta mujer es inmortal.

Capítulo 42

Madrid, Coslada .

«Inmortal», se repitió Celeste.

Si no era así, al menos la supuesta mendiga tenía un cuerpo con el que habría podido posar para la escultura de una diosa. Esbelta, con las líneas de los músculos insinuándose bajo la piel como en un suave boceto, sin ser masculina, podría haber sido Ártemis la cazadora.

Celeste estaba contemplando las formas de Kiru al otro lado de la mampara translúcida. Había tenido que entrar con ella al cuarto de baño de su casa, y ayudarla como hacía con Nadia, su hija de cuatro años. Kiru reconocía algunos objetos sencillos, como el peine. Pero el resto -los botes de champú y de gel con dispensador, el secador, la propia ducha- le resultaban desconocidos. Si estaba fingiendo esa ignorancia, lo hacía tan bien que ella misma debía creérselo.

Gabriel también había entrado al cuarto de baño. Al pronto, Celeste le había dicho que esperara fuera, pero la joven -si es que lo era- Kiru se negaba a alejarse de él.

Y no convenía contrariarla. Ya lo habían comprobado cuando subieron al coche para ir a casa de Celeste. Gabriel se había sentado delante, junto a Celeste, y le había dicho a Kiru que montara atrás, sola, mientras Herman los seguía en su propio vehículo.

– No. Gabriel con Kiru -dijo frunciendo el ceño. En ese momento, Celeste sintió un miedo intenso, un pavor instantáneo que le encogió las tripas e hizo que la frente se le perlara de sudor frío. Era la segunda vez que le ocurría.

– Kiru, no hagas eso -dijo Gabriel-. Celeste es amiga.

– Sí, amiga. Pero siéntate aquí con Kiru.

Cuando Gabriel accedió a viajar detrás, la sensación de miedo de Celeste desapareció como por ensalmo. Pero descubrió con cierto rubor que se le habían escapado algunas gotas de orina. «Podría haber sido peor», pensó.

Durante el trayecto desde la clínica hasta Coslada, habían tenido que contarle a Kiru qué era un coche, cómo funcionaba y por qué había tantos vehículos en la carretera. Si aquello no era el síndrome de Korsakov, se le parecía mucho. Kiru no sólo no recordaba su pasado, sino que era incapaz de fijar nuevos recuerdos en su mente. Todo lo que veía o escuchaba era tan fugaz para ella como si lo hubiera escrito en el agua o en el viento. Pero el Korsakov aparecía sobre todo en alcohólicos crónicos, mientras que Kiru tenía la sangre limpia y un aspecto tan lozano que podría haber personificado a la diosa de la salud.

Ahora, mientras se duchaba, Kiru sufrió una nueva amnesia, la segunda desde que recuperó la conciencia en el hospital. Tenía todavía el pelo enjabonado cuando se volvió hacia ellos, aporreó la mampara con la palma de la mano y empezó a gritar algo en ese extraño idioma que Gabriel parecía entender parcialmente. Después, por enésima vez en ese día, preguntó en español:

– ¿Qué es esto? ¿Dónde está Kiru?

Celeste abrió la hoja deslizante y trató de tranquilizarla, pero Kiru sólo se calmó de nuevo cuando vio a Gabriel.

En realidad, fue algo más. Sus pupilas volvieron a dilatarse, sus mejillas enrojecieron y ensanchó las aletas de la nariz, al tiempo que sonreía. Sobre el olor de manzana del champú, Celeste captó un fugaz aroma almizclado, y para su desazón notó una oleada de excitación sexual.

Sin duda, Kiru era muy atractiva. Pero, aunque Celeste apreciaba la belleza de las formas femeninas, no se trataba de eso. Kiru parecía rodeada de una nube de estados de ánimo cambiante, como el campo eléctrico que rodea a las torres de alta tensión; sólo que, en su caso, aquel campo no erizaba el vello, sino que disparaba emociones primarias.

Tras explicarle dónde estaba y para qué servía la ducha, Celeste ayudó a Kiru a aclararse el pelo.

– ¿Tú también lo has vuelto a notar? -le preguntó Gabriel.

– Sí. Me resulta cada vez más incómodo.

– ¿A qué crees que puede deberse, Celeste? ¿Cómo altera nuestras emociones?

– No lo sé.

Alrededor de Kiru flotaban aromas fugaces, olores intensos, tan efímeros que Celeste no atinaba a definirlos. Sin embargo, sospechaba que no se trataba sólo del olfato, y que el cuerpo de la joven -si es que era joven- emitía algo que los sentidos conocidos no alcanzaban a percibir, pero que producía unos efectos casi sobrenaturales.

En cualquier caso, saltaba a la vista que existía un vínculo entre Kiru y Gabriel, y que ella se había encaprichado de él.

Celeste se corrigió: no se había encaprichado, se había enamorado. O más bien se enamoraba de él constantemente. ¡Qué historia tan romántica y a la vez tan triste! Una joven que conocía a un hombre, se prendaba de él, lo olvidaba antes de una hora y, al volver a conocerlo, se enamoraba de nuevo.

Celeste se preguntó, y no por primera vez, qué tendría Gabriel Espada que atraía a las mujeres como una trampa luminosa a los insectos. No era una comparación gratuita. Ella misma había experimentado esa llamada. Y, al acercarse a la supuesta luz que emitía Gabriel, había terminado achicharrada.

Mientras terminaba de aclararle el pelo a Kiru, recordó con tristeza lo que había pensado al conocer a Gabriel: «Este hombre puede ser mi perdición». Fue una profecía a medias excitante y a medias romántica, pero que luego se cumplió de forma devastadora y literal. Después de conocer a Gabriel, el corazón de Celeste no había vuelto a ser el mismo.

De estar tanto tiempo de pie sin apoyarse en la muleta, le dolía la rodilla. El dolor sacó al primer plano de su memoria algo que nunca desaparecía del todo.

El accidente.

Aunque Celeste había retirado de la vista todas las fotos de su marido y había regalado su ropa, su ausencia llenaba la casa. Era como esos globos que los cirujanos introducen en el cuerpo de algunos obesos mórbidos y que se hinchan hasta chocar con las paredes del estómago para reducir su capacidad. Así percibía Celeste su hogar: el vacío que había dejado Iñaki latía desde el centro de cada habitación, presionaba contra las paredes y al hacerlo retiraba el oxígeno. A veces Celeste no podía respirar y tenía que salir al jardín a tomar aire y a gritar en silencio.

Sin embargo, al pensar en la muerte de su esposo, Celeste sentía más culpa que dolor. Culpa por no haberle entregado del todo su amor, por traicionarlo en lo más recóndito de su alma. Pues jamás había querido desalojar el rincón que tenía reservado en su corazón a Gabriel Espada.

Y ahora que estaba de nuevo al lado de Gabriel, aquel vacío se había llenado. No de oxígeno, sino de algún gas que no debía ser del todo respirable, pues Celeste seguía notando opresión en el pecho. Se preguntó si no sería como el dióxido de carbono, un vapor inofensivo en apariencia, pero que acababa intoxicando.

«No. No caeré otra vez», se dijo, resuelta a no quemarse de nuevo en la trampa.

– ¡Qué bien se ve! -dijo Kiru, arrobada ante su propia imagen mientras Celeste le secaba el pelo.

– Eso es porque en su época no había espejos tan pulidos como éste -dijo Gabriel.

– ¿En su época? -preguntó Celeste.

– Ya te lo he dicho. Hace más de tres mil quinientos años.

– Por más que me lo digas, no me lo voy a creer.

– ¿Al menos te crees lo que estás viendo? Tú misma me has enseñado sus fotos. ¿Te parece que un destrozo así se arregla espontáneamente en unos pocos días?

Celeste tenía ganas de gritar con todas sus fuerzas: «¡Esto no está pasando!». Pero negar la realidad, por más que ésta pareciera imposible, no la llevaría a ninguna parte.

Cuando el cabello de Kiru quedó seco, Celeste se lo recogió en un moño. Tenía un pelo espléndido, negro, denso y brillante. Después la ayudó a vestirse con la ropa que le había comprado Herman en un centro comercial cercano a la clínica Gilgamesh.

– Espero que sepas lo que estás haciendo -le dijo a Gabriel- Esto me puede costar el puesto.

– Si las cosas se siguen poniendo feas, ésa será la menor de tus preocupaciones -respondió Gabriel.

– ¿Qué cosas se están poniendo feas? -dijo Kiru, que no dejaba de mirarse al espejo para ver qué tal le sentaban los vaqueros y la camiseta-. Kiru no ve nada feo. -Con una sonrisa de coquetería ingenua, añadió-: Todo es muy bonito.


* * * * *

Cuando salieron del baño y bajaron la escalera, vieron a Herman en el salón, jugando con los niños a la videoconsola en una enorme pantalla de pared. Mientras él manejaba a un encantador dragoncito rosa que recorría las piala formas del juego, Nadia y Alfonso le daban instrucciones. Aunque a los dos les encantaba jugar, eran tan pequeños que incluso un juego tan inofensivo como aquél les daba miedo y preferían que fuera un mayor quien arrostrara los peligros.

– ¡Métete a la derecha! -dijo Nadia, señalando a la izquierda. Solía confundirse con la orientación-. ¡A la dedecha, que hay amapolas mágicas!

Gabriel insistió en informarse sobre la erupción de Long Valley, como si tuviera algo que ver con aquella extraña historia de Kiru y la Atlántida. Celeste, que no quería asustar a los niños con noticias de catástrofes, se lo llevó a la cocina, donde tenía otra televisión más pequeña. Por supuesto, Kiru siguió a Gabriel.

Celeste buscó la NNC. El último reportaje sobre el volcán se había empezado a emitir media hora antes, pero Celeste lo descargó para reproducirlo desde el principio.

Se alegró de que los niños no hubieran visto nada, ya que el noticiario empezó hablando de muertes. En Nevada, Utah y Arizona ya se habían producido miles de fallecimientos. Había personas que no tomaban la precaución de usar filtros para respirar al aire libre, y los pulmones se les llenaban de cenizas que se mezclaba con la humedad interior, creando una especie de hormigón que las mataba por asfixia. También se habían producido muchísimas silicosis, la misma enfermedad que solía afectar a los mineros después de años de exposición al polvo de sílice, pero en una forma aceleradísima. Muchas de esas personas estaban condenadas a morir en breve tiempo, y otras a sufrir incapacidad permanente. Y estaban, además, los casos de ceguera producidos por la abrasión de la ceniza en las córneas.

«En teoría», explicó la presentadora, «lo más seguro es quedarse en casa y no salir al exterior. Pero sólo en teoría, porque las chimeneas del volcán de Long Valley no dejan de escupir ceniza ni un segundo»

En la pantalla apareció la imagen de un cuerpo rocoso, plagado de agujeros y de aristas afiladas. Tenía el aspecto de un asteroide capaz de destruir la Tierra, pero según la escala que se veía al lado no medía ni una décima de milímetro.

«Éste es un fragmento de ceniza», continuó la presentadora. «La mayoría son tan diminutos que se cuelan por todas partes. Muchas atraviesan los filtros del aire acondicionado, y otras se acumulan en ellos y los saturan, de modo que al final no queda más remedio que abrir puertas y ventanas para que entre el aire exterior, que también está cargado de ceniza».

Celeste respiró hondo. Le bastaba con ver las imágenes de la gente tosiendo y tapándose la boca con pañuelos para que le picara la garganta. Había personas que caminaban por la calle con bolsas de plástico en la cabeza, anudadas en la garganta como si se estuvieran dedicando a extrañas prácticas sexuales.

Otra amenaza de la ceniza era su peso. Aquella nevada constante se depositaba sobre los edificios hasta formar capas de varios palmos de espesor. Los tejados, sobre todo los planos, acababan hundiéndose y aplastando a los moradores de las casas. Era un peligro del que las autoridades habían alertado por todos los cauces, pero la alternativa que se le ofrecía a la gente era diabólica: quedarse dentro de los edificios escuchando los crujidos que presagiaban el derrumbamiento o salir al exterior para respirar aquellas partículas cuyas microscópicas aristas acababan destrozando las mucosas internas y los pulmones.

– Dios mío -musitó Celeste al ver imágenes de soldados protegidos con máscaras de gas que sacaban cadáveres de entre los escombros, todo ello bajo la luz fantasmagórica que dejaba pasar la nube de cenizas-. Es horrible. Menos mal que eso no puede pasar aquí.

– Seguro que esa gente pensaba lo mismo que tú -dijo Gabriel en tono lúgubre-. Y por supuesto que puede pasar aquí.

La ceniza no sólo era una asesina implacable: además, poseía recursos variados para matar. Al caer sobre los campos y los pastos, arruinaba las cosechas y dejaba sin alimento al ganado. También se introducía en el circuito de agua potable, contaminándola toda.

«La situación en las zonas afectadas es dramática…».

Celeste pensó que decir «las zonas» era un eufemismo. Por lo que mostraba el mapa, las cenizas habían producido ya daños irreparables en una extensión mayor que España y Francia juntas.

«…y se ve empeorada porque los aviones no pueden sobrevolarlas para llevar ayuda. Apenas hay visibilidad, y además la abrasión producida por la ceniza estropea los motores y produce otros daños en la aviónica y en los instrumentos de navegación».

La imagen se alejó para mostrar un mapa completo de los Estados Unidos, sircado por una tupida red de líneas rojas.

«Éstos son los vuelos que han tenido que suspenderse hasta el momento», dijo la presentadora. La mitad izquierda del entramado de líneas desapareció, y la derecha quedó reducida a una tercera parte de lo que se había visto antes. «Lo más grave es que, si la situación sigue así, es muy posible que antes de cuarenta y ocho horas tengan que suspenderse todos los vuelos sobre los Estados Unidos».

Gabriel silbó entre dientes.

– Madre mía, qué caos. Es el fin de la civilización.

– Será el fin de la civilización americana.

Celeste quería creer lo que ella misma acababa de decir, pero en la mirada de Gabriel encontró una tristeza y una resignación tan sinceras que la sangre se le heló en las venas.

«En las zonas de las que aún recibimos noticias hablamos de decenas de miles de muertos», prosiguió la presentadora. «Pero en las regiones más cercanas al volcán, de las que no se sabe nada desde hace más de 24 horas, los expertos calculan que se pueden haber producido millones de muertos. A estas alturas, la erupción del supervolcán de Long Valley es seguramente la peor catástrofe natural de la historia de la humanidad».

– Ya lo llaman abiertamente «supervolcán» -dijo Gabriel.

– ¡Millones de muertos! -exclamó Celeste. De pronto se imaginó a toda la población de Madrid muerta en un solo día, y se le revolvió el estómago-. Pero eso es… es imposible.

«Sin embargo, las consecuencias de esta erupción pueden ser aún peores y causar efectos globales. Hace unas hora hemos hablado de nuevo con el científico Eyvindur Freisson».

– Hombre, el vulcanólogo cañero -dijo Gabriel.

– ¿Lo conoces? -preguntó Celeste.

– Como si fuera de mi familia.

En la pantalla apareció un hombre de unos sesenta años, de barba blanca y unos agradables ojos azules. Tras él se veía la silueta del Vesubio.

«Las cenizas y aerosoles que el volcán está expulsando han llegado a la estratosfera e incluso más arriba, hasta la mesosfera, a más de cincuenta kilómetros de altitud», explicó. «Una vez allí, pueden rodear la Tierra en poco más de diez días y cubrir todo el hemisferio norte».

Como si lo vieran desde un satélite, la pantalla mostró la imagen de un gran surtidor negro que se elevaba sobre las nubes y esparcía las cenizas a modo de sombrilla, primero sobre los Estados Unidos, después sobre Canadá y el Atlántico y más tarde sobre España y Europa occidental. En la siguiente imagen, más alejada, una gran sombra cubría ya medio planeta.

«Pero esa nube no se detendrá allí. Las cenizas no tardarán en saltar la divisoria del ecuador para extenderse hacia el hemisferio sur», dijo el vulcanólogo.

«¿Con qué resultados?», le preguntó un periodista.

«Si la erupción se desarrolla según mis cálculos, la temperatura en este mismo verano puede bajar como media casi cinco grados en todo el mundo».

«¿Y eso es mucho?», preguntó el reportero. Gabriel comentó entre dientes algo sobre los «periodistas anuméricos». El vulcanólogo debía compartir su opinión, pues miró al entrevistador sin molestarse en disimular su desdén.

«Mucho no. Es una barbaridad. Una bajada de temperaturas tan brusca causará todo tipo de desastres climáticos, arruinará las cosechas y provocará una hambruna generalizada. Eso si no estalla ningún volcán más».

«¿Qué ocurriría entonces? Quiero decir, si hubiera más volcanes como el de Long Valley».

«Que se produciría una glaciación más brutal que ninguna que haya sufrido la Tierra. Eso supondría la extinción de nuestra especie».

«Pero… los hombres de las cavernas sobrevivieron a las glaciaciones. Nosotros somos superiores a ellos, ¿no?».

El científico miró al reportero de arriba abajo.

«¿Realmente se considera usted superior a un hombre de las cavernas, joven? ¿Cree que sobreviviría a una sola noche en plena montaña?».

«Bueno, con un equipo adecuado…».

«De eso se trata. Dependemos por completo de nuestras herramientas, pero esas herramientas ya no las obtenemos directamente de la naturaleza, como hacían los neandertales o los cromañones. Ahora todos nuestros bienes los conseguimos a través de procesos de elaboración muy complicados que constan de infinitos pasos y que nadie domina en su totalidad».

«Muy interesante, profesor. Pero las exigencias de la televisión…».

Eyvindur no se dejó cortar y tiró de la mano del periodista para acercarse el micrófono a la boca. Gabriel soltó una carcajada. Celeste se dio cuenta de que, por alguna razón, aquel científico prepotente le caía bien.

«Nuestra economía y nuestra tecnología siguen teniendo sus cimientos en la naturaleza, pero por encima de esos cimientos hemos construido un edificio gigantesco, cada vez más alejado del suelo. Casi todos habitamos en las últimas plantas. Sólo un puñado de personas siguen trabajando en los sótanos de ese edificio. Son los pocos que mantienen el contacto con la naturaleza, los que saben plantar y recoger cosechas, cazar y pescar y construir refugios sin apenas herramientas. Sólo ellos podrán sobrevivir por sus propios medios cuando todo lo demás se derrumbe».

«Una imagen muy sugerente, profesor, pero…».

«Porque el edificio está a punto de derrumbarse, de eso podemos estar bien seguros», insistió el vulcanólogo. Hablaba casi sin parpadear, con más mirada de fanático que de científico. «La civilización hipertecnológica de la que tanto nos ufanamos es un gigante con los pies de barro. Y la Madre Tierra está a punto de rebanarnos esos pies a la altura de los tobillos».

– Da la impresión de que ese hombre se alegra de que llegue el fin del mundo -dijo Celeste.

De repente, la imagen empezó a temblar. Durante unos segundos, Celeste creyó que se debía a una avería de la televisión o a un fallo de la emisora. Pero tanto el científico como el periodista se tambalearon, y sus palabras quedaron ahogadas en medio de un estrépito que saturó el sonido de la grabación. La propia cámara se cayó al suelo, y con un chasquido la imagen se convirtió en un borrón de estática.

A continuación volvió a aparecer la presentadora del programa, ahora recortada sobre un mapa del centro de Italia.

«Estas son las últimas noticias que hemos tenido hasta ahora de nuestro reportero Jim Bradt y del vulcanólogo Eyvindur Freisson. Hace unos veinte minutos hemos perdido el contacto con ellos. Aunque las noticias son confusas, parece que se ha producido un gran terremoto cuyo epicentro se sitúa muy cerca de Nápoles. Ignoramos todavía si el seísmo está acompañado de actividad volcánica».

– Dios mío, ¿qué ha pasado ahora? -dijo Celeste.

– Me temo que aquello que decías que aquí no puede pasar ya se nos está acercando -respondió Gabriel en tono lúgubre.

Más que inquieta, Celeste estaba realmente asustada.

«También se ha perdido toda comunicación con la ciudad de Las Vegas. Según ciertas fuentes, es posible que haya sido destruida por flujos piroclásticos. De ser así, la cifra de…».

En ese momento sonó su móvil. Celeste casi agradeció la interrupción para apartar la mirada de los horrores que enumeraba la televisión.

En la pantalla aparecía el nombre de Diana Gálvez, vicedirectora de genética molecular de la clínica Gilgamesh.

Debía ser la segunda vez que Diana llamaba a Celeste en su vida. No podía ser casualidad que ocurriera el mismo día en que habían sacado a Kiru de la clínica. Reprimió la tentación de rechazar la llamada, aunque sospechaba que de allí no podía salir nada bueno.

– Sí -contestó en el tono más neutro posible.

– Hola, Celeste. Tengo algo importante que quiero comentar contigo.

– Mañana podemos vernos a la hora del café.

– No. No quiero hablar en la clínica, y además tiene que ser hoy.

Diana era una persona de la que convenía precaverse. Un menos de un año había conseguido que expulsaran a todos los demás miembros de su departamento. Sólo se había salvado el director; pero según las malas lenguas tenía los días contados, pues Diana le estaba segando la hierba bajo los pies.

– Mira -dijo Celeste en tono suave-, es tarde, estoy en casa y tengo que dar la cena a mis hijos. Mejor lo hablamos mañana. Si quieres que comamos…

– Es urgente, Celeste.

– ¿Qué puede ser tan urgente como para sacarme de casa ahora?

– ¿Qué te parece darle el alta de forma irregular a una paciente tutelada por la Comunidad de Madrid? Celeste suspiró.

– Está bien. ¿Dónde quieres que nos veamos?

Capítulo 43

Madrid, distrito de Chamberí .

Se reunieron en el Café Comercial, a las ocho y media. Nada más atravesar la puerta giratoria, Celeste vio a Diana. Estaba sentada cerca de una ventana, mirando a la calle ton gesto ausente.

Diana tenía cuarenta y siete años. Se podría decir que bien llevados, porque conservaba un tipo envidiable, aunque a costa de que en la clínica nadie la hubiera visto tomar nada que no fuera café solo con aspartamo.

Ahora, por una vez, no estaba bebiendo café, sino un gin tonic. Al ver a Celeste, sonrió y levantó la copa hacia ella.

– ¿Quieres otro? Esto hay que celebrarlo.

– ¿Celebrar qué? -preguntó Celeste, sorprendida por aquel recibimiento.

– Querida, no intentes insultar mi inteligencia. No lo soporto.

«Insultar mi inteligencia -pensó Celeste-. Qué peliculera es».

– No pretendo insultarte, Diana. Pero, ya que te pones tan directa, tendrás que explicarme para qué me has hecho venir hasta aquí.

Un camarero pálido y serio se acercó y preguntó a Celeste qué quería. Ella se lo pensó un rato, tentada de pedir otro gin tonic. Tenía que coger el coche y conducir de vuelta a Coslada, así que se resignó a tomar una cerveza sin alcohol. El lingotazo que necesitaba después de las emociones del día tendría que esperar hasta la noche, cuando acostara a los niños y se quedara a solas en el salón.

Nadia y Alfonso se habían quedado con la chica que los llevaba al colegio por la mañana y que le hacía de canguro las escasas veces que Celeste salía de noche. En cuanto a Gabriel, Herman y Kiru, ella misma los había hecho marcharse de casa antes de salir para la reunión con Diana. Fuese quien fuese Kiru, la asustaba el extraño poder que ejercía sobre las emociones ajenas y que ni ella misma parecía capaz de controlar. Celeste no quería que esa mujer anduviera cerca de sus niños, y así se lo había dicho a Gabriel.

– No sé dónde llevármela -había contestado él, rascándose la cabeza-. Los tipos que se han llevado a Milagros me tienen localizado, seguro. No me la puedo llevar a mi apartamento.

– Haz lo que quieras. Prefiero no saber dónde te la llevas -le dijo Celeste.

– Pero necesito que me ayudes a comprender qué le pasa a su memoria.

– Me da igual lo que le pase a su memoria. Quiero mantenerme al margen de todo esto. Ya me he metido en bastantes líos por ti.

– Se supone que eres científica. ¿No sientes una mínima pizca de curiosidad?

Celeste había dicho que no, pero mentía. Su problema era que tenía miedo. Miedo de aquellos individuos siniestros a los que había sorprendido propinándole una paliza a Gabriel. Miedo de Kiru y de las sensaciones que provocaba en ella. Miedo de seguir relacionándose con Gabriel y quemarse una vez más.

No, definitivamente no quería saber nada de aquella historia.

– ¿Me estás escuchando, querida?

Celeste parpadeó. Hacía un rato que la voz de Diana se había convertido en lluvia repiqueteando en los cristales de su mente.

– Claro, Diana. Perdona, estoy un poco cansada. Me estabas diciendo…

– … lo que ya te he explicado por el móvil. He visto que has firmado el alta a la mendiga del ácido.

– ¿Desde cuándo supervisas las altas?

El departamento de genética molecular se dedicaba a la investigación, no a la atención clínica. Celeste no tenía por qué rendir cuentas ante Diana.

– No suelo molestarme en hacerlo. Pero da la casualidad de que fui a buscarla a la habitación esta tarde, un rato antes de llamarte, y cuál no sería mi sorpresa al ver que ya no estaba.

El camarero volvió con la cerveza. Celeste aprovechó la ocasión para concentrarse unos segundos en ella y rehuir la mirada de Diana.

– ¿No tienes nada que decir, Celeste?

– Pensaba que eras tú quien iba a decirme cosas. Esta cita es cosa tuya, ¿no?

Diana tamborileó con sus uñas de gel sobre el mármol negro de la mesa.

– Vamos a hablar claro. Hoy has salido de la clínica casi una hora antes que todos los días. Ibas con dos hombres y, según me ha dicho el guardia de seguridad, con una chica joven muy atractiva que no había entrado como visitante.

– Sí, esa chica era la mendiga del ácido -reconoció Celeste.

– He visto el vídeo. Tenía el rostro perfecto, como una modelo.

– Por eso mismo le di el alta. ¿Cómo íbamos a retenerla? Somos un centro geriátrico.

– Esa no es la cuestión, y lo sabes. ¿Cómo es posible que tuviera la cara intacta después de que le arrojaran ácido?

– Hay curaciones sorprendentes.

– Eso no es una curación sorprendente. Más bien es un milagro.

Celeste suspiró y dio un par de vueltas a la copa, observando cómo giraba la cerveza.

– Dime adonde quieres ir a parar, Diana. No tengo mucho tiempo.

– ¿Sabes por qué fui a buscar a esa mendiga a la habitación?

– No.

– Por su perfil genético. En primer lugar, nuestra mendiga tiene su reloj molecular totalmente desfasado. Fuera de hora.

– No te sigo.

– Llamamos reloj molecular a una serie de indicadores que sirven para fechar en qué momento se separan dos especies o dos poblaciones distintas de una misma especie. Gracias a eso, sabemos por ejemplo que nuestros antepasados y los de los chimpancés se separaron hace siete millones de años, o que los primeros hombres que llegaron a Australia lo hicieron hace cincuenta mil años, cuando Europa aún estaba poblada por neandertales.

– Entiendo. ¿Y qué le pasa al reloj de Kiru?

– Vaya, así que esa chica tiene nombre.

A Celeste se le había escapado. Sin saber por qué, se arrepintió, como si conocer el nombre de aquella misteriosa mujer le otorgara a Diana cierto poder sobre ella.

– Cuando me llegó una muestra de sangre de tu amiga Kiru -prosiguió Diana-, introduje su ADN en el ordenador por pura rutina. Como no aparecía en ninguna base de datos y no había forma de identificarla, le apliqué un programa que calcula distancias genéticas entre poblaciones. Así, al menos podría hacerme una idea de dónde venía. -Diana se encogió de hombros-. De entrada, no es que tuviera mucho interés. Sólo pulsé la tecla ENTER para que el ordenador hiciera la tarea por mí.

– Me hago cargo -dijo Celeste con cierto sarcasmo. Diana tenía fama de trabajar mucho más en los pasillos y en los despachos que en su laboratorio.

– Ese programa utiliza más de ciento cincuenta marcadores genéticos cuya tasa de mutación está muy bien estudiada. Cuando terminó de procesar los datos, descubrí que los genes de Kiru no se corresponden con los de ninguna población humana actual.

A su pesar, el interés de Celeste se avivaba cada vez más.

– Y… ¿con alguna población del pasado sí?

– Es curioso que lo digas. -Diana frunció el ceño-. Tú sabes más de esa chica de lo que reconoces.

– Has dicho que no se corresponde con ninguna población actual. La única alternativa es el pasado, ¿no?

– No del todo, querida. Pero en parte sí. La mayoría de los marcadores indican que Kiru pertenece a una población aislada que se separó de la euroasiática hace unos cuatro mil años. Tal vez más.

Celeste recordó que, al preguntarle a Gabriel a qué se refería al hablar de la época de Kiru, él le había contestado:

«Hace más de tres mil quinientos años».

– Lo que te he dicho se aplica a los genes normales -prosiguió Diana-. Genes que no presentan mutaciones extrañas. Pero hay mucho más.

– Te escucho.

– He encontrado cadenas de ADN que simplemente han vuelto loco al ordenador. Las respuestas que me daba no tenían ningún sentido, hasta que he conseguido que un amigo sueco me enviara un simulador de evolución genética que él mismo ha diseñado.

– Un sueco -repitió Celeste, imaginándose por un instante tórridas escenas entre Diana y el nórdico.

– Según el simulador, es como si muchas de las mutaciones que tienen los genes de Kiru procedieran del futuro. Bueno, de un hipotético futuro. Al fin y al cabo, las mutaciones son imprevisibles. Hay algunas de ellas, como las que activan la telomerasa en sus células, que según el programa podrían haberse producido… dentro de 250.000 años.

– ¿Me estás diciendo que esa mujer viene del futuro?

– Eso sería absurdo. Digo que tal vez algunas de las mutaciones que he descubierto en su ADN podrían haberse producido de manera accidental si observáramos a una población de miles de millones de personas evolucionar durante 250.000 años a partir de ahora. Pero sólo tal vez.

– Lo que quieres decir es que esas mutaciones son imposibles ahora y que sólo podrían producirse dentro de 250.000 años…

– …en el caso de que se produjeran, sí. Porque la herramienta que maneja la naturaleza es el azar. Pero no creo que las mutaciones que presenta tu amiga sean fruto del azar.

– ¿Qué quieres decir?

– Vamos, Celeste, piensa un poco.


* * * * *

– ¿Que todas esas mutaciones son artificiales? -preguntó Gabriel.

Celeste caminaba hacia el aparcamiento donde había dejado el coche. Apenas salió del Comercial, había llamado a Gabriel para contarle su conversación con Diana. Lo primero que le había dicho era que no quería saber dónde se encontraban ahora él, Herman y Kiru. Tal vez se estaba volviendo muy paranoica, pero todo aquel asunto era tan inverosímil y podía haber en juego una cantidad de dinero tan inconcebible que bien creía que alguien hubiera pinchado su móvil.

– Eso parece -contestó-. Es como si fuera un producto de diseño.

– ¿Puede tratarse de un experimento genético que hayáis llevado a cabo vosotros mismos?

– Ni en la clínica ni en los demás centros del Proyecto Gilgamesh existen medios para crear un engendro como el ADN de Kiru.

– Entonces… ¿quién?

La misma pregunta le había hecho Celeste a Diana mientras ésta se tomaba su segundo gin tonic.

– No tengo ni puñetera idea, querida -le había respondido ella, encogiéndose de hombros-. Pero la cuestión es que, aunque es imposible que tu amiga exista, existe. Y eso es lo que tenemos que aprovechar nosotras dos.

Celeste trató de repetirle a Gabriel lo que le había explicado Diana. Uno de los problemas en la búsqueda de la inmortalidad, o al menos de una longevidad muy extendida, era el límite de Hayflick, el número máximo de veces que podía dividirse una célula antes de envejecer o, según el término técnico, entrar en senescencia.

Dicho límite estaba relacionado con los telómeros. Para explicarle a Gabriel qué eran, Celeste recurrió al mismo símil que había utilizado Diana.

– Los telómeros son como las fundas de plástico que protegen el extremo de los cordones de los zapatos para que no se deshilachen. Sólo que, en lugar de cordones, hablamos de cromosomas. Los telómeros están en sus extremos y, de alguna manera, evitan que los cromosomas se deshilachen o enreden con otros.

– Aja.

– El problema de los telómeros es que, cada vez que una célula y sus cromosomas se dividen en dos, se acortan. Llega un momento en que los telómeros son tan cortos que la célula ya no puede seguir dividiéndose.

– Así que por culpa de los telómeros envejecemos y morimos.

– No es tan simple, pero tiene mucho que ver.

El caso, prosiguió Celeste, era que el organismo de Kiru producía telomerasa, una enzima que aparecía en las células embrionarias, pero no en las adultas.

– La telomerasa permite alargar los telómeros -le explicó a Gabriel-. Gracias a ella, los cromosomas y las células pueden seguir dividiéndose indefinidamente.

– ¿Y qué hacen que no venden telomerasa en las farmacias?

– En los experimentos con telomerasa sólo se han conseguido células que se reproducen sin control alguno. O sea, células cancerígenas.

– Es evidente que Kiru no es una masa de tumores malignos. ¿Qué ocurre con su telomerasa?

– No he entendido muy bien los detalles. Mi biología está un poco anquilosada. Los genes de Kiru consiguen «domar» la telomerasa para que se limite a reparar los telómeros sin estimular un crecimiento celular desatado. En realidad, parece que su cuerpo utiliza una especie de telomerasa mutante.

No eran las únicas mutaciones de Kiru. Había otras que afectaban a los lisosomas, a las mitocondrias y a todo el sistema inmunitario. Pero Celeste mencionó a Gabriel la más sorprendente.

– Sus células nerviosas también se regeneran. Antes de verme, Diana hizo un experimento con unas neuronas que le habían extraído de la médula.

– ¿Cómo lo hizo? ¿Le clavó una aguja en la espalda?

– Así es.

– ¿Y con qué derecho hizo eso?

– Con el de su santa voluntad. No conoces a Diana… El caso es que descubrió que se producía remielinización.

– ¿Y en cristiano?

– Si Kiru sufre un accidente y se parte el cuello, bastará con ponerle las vértebras en su sitio para que su médula espinal recupere su cubierta de mielina y vuelva a funcionar.

– De modo que no se quedaría en silla de ruedas…

– No. Tú mismo has comprobado cómo se han regenerado los tejidos de su cara. Pero parece, además, que algunas de sus mutaciones sirven para dar la orden de reproducirse a células que normalmente no lo hacen, como las neuronas o las células cardíacas.

– Sorprendente -dijo Gabriel, con tono de estar muy poco sorprendido.

– ¿Comprendes lo que todo eso significa? Que esa mujer es virtualmente inmortal.

– Yo ya te lo había dicho -respondió Gabriel, con toda convicción.


* * * * *

«Esa mujer es un don de la naturaleza, de los extraterrestres o del mismo Dios. Me da igual. Pero ahora es nuestra, y tenemos que aprovecharnos».

Las últimas palabras de Diana seguían resonando en la cabeza de Celeste. Su compañera le había propuesto que ambas, por su cuenta, examinaran a fondo el ADN de Kiru y las reacciones de su cuerpo. Como si fuera un conejillo de indias.

– Ya sabes cómo son los protocolos de investigación le había dicho Diana-. Para cuando se autoricen y comercialicen las terapias genéticas que guarda esa mujer en su cuerpo, nosotras ya estaremos en la residencia, comiendo sopitas y saliendo a pasear con un andador. Yo me niego a esperar. ¿Y tú?

Mientras bajaba por la calle de Génova, Celeste se preguntó si estaba dispuesta a correr los riesgos que suponía aliarse con Diana para destripar los secretos del ADN de Kiru. ¿Cuánto se podría ganar patentando el genoma de una mujer prácticamente inmortal? Cualquiera de las mutaciones que le otorgaban tanta longevidad valdría una fortuna. Todas juntas, calculaba Diana, podrían equivaler al PIB de una nación desarrollada.

Precisamente por eso, porque estaban hablando de sumas casi cósmicas, Celeste se hallaba cada vez más asustada. «Yo sólo quiero una vida tranquila», se repitió como una letanía para alejar la tentación. Una vida tranquila como la que había perdido.

Pero parecía evidente que, cada vez que Gabriel Espada entraba en su vida por la puerta, la tranquilidad huía por la ventana.

Celeste se paró un momento para descansar. Tenía el coche en la plaza de Colón, a una distancia que con la muleta se le hacía eterna. Mientras se masajeaba la rodilla dolorida, pensó que no le vendrían mal unos cuantos genes milagrosos de Kiru para curar esos malditos músculos y ligamentos que tanto se resistían a las sesiones de rehabilitación.

«Dios mío, lo estoy pensando en serio», se dijo.

– Señora…

Celeste se volvió a su izquierda, pensando que le iban a preguntar por alguna calle. Una limusina negra y de lunas tintadas se había detenido junto a ella. El hombre que acababa de abrir la puerta llevaba traje, se peinaba con coleta y tenía los dientes de cristal.

«Ya está», pensó Celeste al reconocer a uno de los matones de la clínica.

– Suba al coche, por favor.

«Ni borracha», pensó Celeste, disponiéndose a huir de allí a la máxima velocidad que le permitiese su cojera. Pero entonces notó una oleada de confianza y docilidad que se extendió desde su vientre con un agradable calorcillo. Nada podía ocurrirle si obedecía, así que pasó al interior del vehículo.

Mientras el matón de los dientes falsos entraba tras ella y cerraba la puerta, Celeste se dio cuenta de que conocía a la mujer que iba sentada dentro de la limusina. En otras circunstancias se habría emocionado de compartir coche con una persona tan famosa como Sybil Kosmos.

Pero hoy no.

Capítulo 44

Port Hurón, Michigan .

En la habitación que le había correspondido en la comisaría no había televisión, así que Joey no tenía mucho más que hacer que navegar con su móvil para pasar las horas. Aun así, la conexión con Internet se interrumpía constantemente, unas veces por falta de cobertura y otras porque la propia red de comunicaciones se caía. También se produjeron varios cortes de luz. El último había empezado a las nueve de la mañana, y todavía no habían restablecido la corriente.

Aunque las noticias eran cada vez peores, Joey las recibía con una fascinación morbosa. Si había escapado con vida de una explosión de dióxido de carbono y de una súpererupción, pensaba, ya nada podría matarlo. En cierto modo, se sentía como uno de esos nefilim de la Biblia, un inmortal que podía contemplar el fin del mundo desde fuera.

Cada vez resultaba más difícil obtener imágenes de Long Valley. La mayoría eran recreaciones por ordenador a partir de los escasos datos que se recibían. Pero se sabía que la erupción ya tenía cuatro focos. Por alguna razón, cuando se abría una chimenea nueva, la presión se reducía en otra. Eso había ocurrido en la boca volcánica situada más al este de la caldera, y las consecuencias habían sido catastróficas.

Lo que mantenía en pie aquella columna de gases, polvo y rocas de más de cincuenta kilómetros de altura era la presión de la cámara de magma. Cuando ésta se redujo localmente, la gigantesca columna se desplomó y se esparció en forma de nube piroclástica. Su enorme peso y la fuerza de la gravedad le imprimieron una velocidad casi supersónica: mil kilómetros por hora. Aquella nube de destrucción se abrió paso en todas direcciones, pero sobre todo hacia el este, donde el terreno era más llano.

La ciudad de Las Vegas ya estaba sufriendo graves problemas con la lluvia de cenizas. Pero nadie esperaba que los flujos piroclásticos pudieran llegar allí, a más de trescientos cincuenta kilómetros de distancia. Cuando se dio la alerta en la ciudad, ya era demasiado tarde. Una nube de veinte metros de altura cargada de gases y fragmentos de roca incandescente barrió la ciudad en poco más de dos minutos y la convirtió en una ruina humeante.

Si quedaban supervivientes encerrados entre los restos de algún edificio, el destino que les esperaba no era nada halagüeño: morir de asfixia, hambre y sed bajo decenas de metros de cenizas y escombros. Técnicamente, se daba por fallecidos a todos los habitantes de la ciudad de los casinos. El desierto había vuelto a reclamar lo que era suyo.

No sólo Las Vegas había sufrido aquel atroz destino. La devastación superaba todo lo imaginable, pues a aquella nube ardiente la habían seguido varias más. En una región que abarcaba prácticamente toda Nevada y muchas zonas de California, Utah y Arizona, cientos de miles de kilómetros cuadrados de terreno eran ahora escoria humeante donde la vida tardaría muchos años en asentarse de nuevo. La evacuación había sido imposible, puesto que desde el principio de la erupción las cenizas habían bloqueado las carreteras, averiado los motores e impedido los vuelos. La mayoría de la gente se había quedado en sus hogares o lugares de trabajo, esperando que la erupción amainara o que llegase algún tipo de ayuda.

Pero lo único que llegó fue la nube, que, según los cálculos del FEMA, había matado a unos tres millones de personas.

A Joey se le escapaba el verdadero significado de esa cifra. Trató de pensar en ella. Fresno tenía más o menos medio millón de habitantes, lo que significaba que esas nubes incandescentes habían aniquilado a seis Fresnos. O a seis mil institutos. O a cien mil clases de secundaria.

Pero esas tres millones de víctimas sólo lo eran de los flujos. Nadie sabía a cuánto podía ascender la cifra total de muertos por la súpererupción. Fresno, por ejemplo, se había salvado de las nubes ardientes gracias a que las montañas de Sierra Nevada se interponían entre el supervolcán y la ciudad. Pero, a cambio, estaba enterrada ya bajo una capa de cenizas de más de diez metros de grosor. Si había supervivientes, no se tenía noticias de ellos. Joey llevaba dos días intentando contactar con sus compañeros de clase por mensajería, por Vteeny o por Socialnet, pero ninguno le contestaba.

Aunque no era el chico más popular del instituto, Joey tenía amigos por los que debería haber llorado. Pero era incapaz de derramar lágrimas. A ratos se sentía un malvado por ello y a ratos un ser insensible o superior, una especie de Mr. Spock.

Curiosamente, lo único que hacía que sus ojos se empañaran era pensar en su casa. Había vivido en ella desde que podía recordar. Aunque era una imitación de una casa de verdad y a través de los tabiques se oían los ronquidos de su padre y el chorro de orina cuando cualquiera entraba al baño, era su hogar.

¿Se habría derrumbado ya el techo bajo el peso de la Ceniza? Si los tejados de verdad se hundían, el suyo se habría desplomado el primero. Al imaginarse su ordenador, su videoconsola y su bicicleta negros de hollín, tan llenos de polvo que ninguna limpieza podría reparar ya sus mecanismos, se sintió tan desvalido y desposeído como el dueño de una empresa cuyas acciones se hubieran hundido en la bolsa.

Joey no podía saber que el dolor por las pequeñas pérdidas y la aparente indiferencia ante el destino de sus semejantes no eran culpa suya: la catástrofe, simplemente, superaba el umbral de sensibilidad de las personas normales. Si los estampidos sónicos provocados por las sucesivas explosiones de la caldera de Long Valley habían dejado sordas a miles de personas en lugares tan alejados como Idaho o Colorado, las ondas inmateriales de una destrucción tan inconcebible habían reventado los tímpanos éticos de media nación.

Pronto tuvo una muestra.

Joey se estaba volviendo loco de aburrimiento, así que entró en unos foros de Star Trek. Al encontrar una sala nueva llamada Supervivientes del Este, pensó, con toda lógica: «Aquí tiene que haber gente». Pero cuando se dio de alta en ella y entró con su avatar, un muñequito animado que llevaba su foto en la cabeza, los demás avatares le dieron la espalda y la pantalla se llenó de bocadillos que mostraban el recibimiento no muy cálido de los foreros.

«Ké haces akí, chikano de mierda».

«¿Pero todabía kedan de los tuyos? ¿No se los a kargado todos el volkan?».

«Largo de aquí. Sólo se admite a los miembros de la Liga de los Trece».

Joey se apresuró a salir de allí antes de que lo banearan. No era la primera vez que recibía insultos racistas, pero le sorprendía que ocurriera en un foro de Star Trek. Si había gente tolerante con todas las razas e incluso las especies distintas, ésos eran los trekkies.

– Buscar «Liga de los Trece» -dictó, intrigado por aquel nombre.

Encontró Cientos de miles de entradas. Al parecer, la Liga de los Trece había nacido el mismo lunes por la noche, cuando empezaba a conocerse el alcance de la erupción de Long Valley. La idea se había propagado por la red con la rapidez de la propaganda viral.

Una de las frases que resumía el breve ideario de aquella sociedad virtual era: «Si el supervolcán está en el oeste, en las Montañas Rocosas, que se lo coman ellos». Lo que proponían quienes se sumaban a aquella iniciativa era trazar una nueva línea divisoria en los Estados Unidos. Pero no como la línea Mason-Dixon, que separaba el norte del sur. La nueva frontera transcurriría de Canadá al Caribe, y dejaría a un lado -el lado seguro- el territorio de las Trece Colonias originarias y sus conquistas tras la Guerra de la Independencia, y al otro todo el resto del país. La Liga de los Trece incluía entre los parias a estados de los que a duras penas podría afirmarse que fuesen el Far West, como Iowa, Missouri o Arkansas.

Y la idea, por supuesto, era cerrar con una alambrada esa frontera y abandonar a sus propios recursos a todos aquellos que moraban más allá.

«No tenemos nada contra ellos, pero si no hay alimentos para todos, tendrán que quedarse fuera», era una las frases más compasivas.

«Si en un barco no hay botes salvavidas para todos, lo que no se puede hacer es que se sobrecarguen y se hundan por intentar salvar a todos», razonaba otro.

«Que les jodan. En California siempre han sido unos sodomitas y unos drogadictos, y el Señor les castiga por eso». Sobre este tema había diversas variaciones que incluían también a las Vegas. Lo que no explicaban era por qué Dios castigaba también a un estado tan piadoso como la mormona Utah

Lo preocupante no eran aquellas opiniones. Chorradas siempre se habían leído en Internet. Pero la búsqueda «Liga de los Trece» no sólo ofrecía como resultado entradas de foros, blogs o debates de redes sociales. También había noticias de verdad.

«Tiroteo en la frontera entre Kansas y Missouri. Un grupo de hombres armados, autodenominados Patriotas de la Liga de los Trece, ha cortado la carretera 54 entre Port Scott y Deerfield y ha obligado a dar la vuelta a todos los conductores que venían del oeste. Cuando la policía del condado intervino, fue repelida por los disparos de los alborotadores, que causaron seis bajas entre los agentes».

Ése había sido el primer incidente. Después se habían producido más, hasta que llegado un momento las agencias ya ni informaban.

«Censura oficial», clamaba un usuario. «El país se está viniendo abajo y nos lo quieren ocultar».

En ese momento, el móvil emitió el tema de Jerry Goldsmith para Star Trek, y en la pantalla apareció una animación de su madre diciendo: «Joey, cómete las espinacas. Joey cómete las espi…».

Joey se apresuró a aceptar la llamada. Jamás se había sentido tan contento de hablar con su madre.

– ¡Hola, mamá! ¿Qué tal están?

– Estamos bien, Joey. Ya hemos entrado en México. Tengo poca batería, así que si se corta…

– ¡Qué coño vamos a estar bien! -exclamó su padre, quitándole el teléfono a su madre-. Mira cómo nos tienen, hijo.

Su padre giró en redondo con el móvil. Se hallaban en una tienda de campaña que era poco más que una lona tendida sobre dos palos y un enrejado de madera a modo de suelo. El interior estaba oscuro y abarrotado de gente.

Después salió de la tienda. Aunque era de día, no se veía mucho más que en el interior. Había muchísimos más pabellones, tan pegados unos a otros que apenas quedaba espacio entre ellos. Parecía que estaba nevando, pero cuando su padre dio una patada en el suelo y se levantó una nube de polvo, Joey comprendió que era ceniza.

– Pero ¿dónde les tienen, papá?

– Nos han dejado cruzar la frontera, pero luego nos han llevado a un descampado fuera de Tijuana y nos han plantado aquí. ¡En un cochino campo de refugiados, como si fuéramos bestias!

– ¿No les dejan seguir hacia el sur para alejarse del volcán? ¡Eso no es justo!

– Pues claro que no lo es. Pero dicen que somos unos yanquis no más, y que bastante con que nos dejaron pasar la frontera. Nos dan una garrafa de cuatro litros de agua al día para toda la familia y cuando les…

La comunicación se interrumpió de golpe. Su madre ya le había avisado de que el móvil andaba corto de batería. Mucho se temía Joey que ya no podrían recargarlo.

Y él tampoco si no volvía la luz. En la pantalla ya había aparecido un aviso: Te quedan diez minutos de batería.

Joey se resignó a aburrirse aún más y apagó el móvil. Tal como estaban las cosas, podría necesitar esos diez minutos más adelante.

Capítulo 45

Madrid, La Latina.

Tras salir de casa de Celeste y deliberar un rato, decidieron ir al piso de Herman. En el momento en que salieron de la M 30 para tomar la calle de Toledo, Kiru volvió a perder la memoria y sufrió de nuevo aquel enamoramiento por Gabriel que provocaba a su alrededor una especie de estallido primaveral comprimido en segundos.

– Estoy harto de esos reseteos mentales -masculló Herman, mirando a la presunta joven por el espejo interior-. ¿Por qué no te acuestas con ella para que deje de calentarnos a todos?

– No seas bruto. No serviría de nada. Se volvería a olvidar de que lo he hecho y empezaría de nuevo.

Gabriel viajaba detrás para no alejarse mucho de Kiru, pero procuraba no rozarla. Al verla desorientada, le explicó:

– Tranquila, Kiru. Yo soy Gabriel y él es Herman. No te acuerdas ahora, pero somos amigos tuyos.

Ella le sonrió. Gabriel no sabía cómo comportarse ante aquella sonrisa. Era el gesto de una niña de doce años dibujado sobre un rostro que aparentaba poco más de veinte y que, según las pruebas genéticas, debía tener como poco treinta y cinco siglos. Gabriel intentaba resistirse a aquella ambigua atracción, pues se sentía al mismo tiempo un pederasta y un saqueador de tumbas.

– Tú eres amigo de Kiru, Gabriel -dijo Kiru, extendiendo la mano entre ambos sobre el asiento trasero.

Gabriel dudó un momento. Tocar a Kiru suponía entrar en contacto con su mente, lo que le provocaba jaqueca sobre jaqueca. Pero quería averiguar qué había ocurrido cuando ella e Isashara-Sybil se miraron y cómo terminaba el siniestro ritual que había presenciado bajo la cúpula dorada.

Por otra parte, aunque temía el dolor que le producían las visiones, casi se estaba convirtiendo en un adicto a ellas. Los recuerdos eran tan vividos, los sentidos de Kiru tan aguzados y la luz del sol sobre el Egeo tan diáfana que cuando visitaba Creta-Widina o la Atlántida llegaba a creerse en un mundo más real que el suyo propio.

– Sí, Kiru. Tu amigo -dijo Gabriel, entrelazando sus dedos con los de ella.

Fue sólo un instante. Algo hizo que ambos se soltaran. Durante una fracción de segundo Gabriel no supo qué había ocurrido, pero al notar el tirón del cinturón de seguridad en el pecho se dio cuenta de que Herman había dado un frenazo.

– ¡Tío, no hagas eso sin avisarme!

– ¿A qué te refieres?

– Cuando entras en trance se te ponen los ojos en blanco. Y tienes las venas tan hinchadas como si te fueran a reventar. ¡Me has dado un susto de muerte!

Gabriel miró a Kiru. Ella lo estaba mirando con preocupación.

– ¿Te duele la cabeza? -le preguntó.

– ¿Cómo lo sabes?

Kiru volvió a estirar el brazo para tocarle la frente, pero Gabriel se apartó.

– Ahora no. Por favor.

Kiru retiró la mano sin llegar a rozarlo, aunque lo hizo con gesto dolido.

Ya estaban en la zona centro. Se había hecho de noche y apenas había gente en la calle. Gabriel fingió que miraba por la ventanilla y aprovechó para masajearse el puente de La nariz. Dentro de la burbuja de dolor que ya tenía antes se había formado otra que, paradójicamente, era más grande que la burbuja que la contenía. En ella seguían centelleando las visiones, aunque no había conseguido lo que quería. La vivencia evocada por Kiru no pertenecía a su época de la Atlántida, sino a la de Creta, cuando danzaba y hacía cabriolas ante los toros.

Gabriel ya lo había intentado un par de veces en casa de Celeste, pero en vano. Fuera por casualidad o porque Kiru tenía un bloqueo mental, no había conseguido traspasar el momento en que Sybil y ella se miraban a la cara.

Gabriel empezaba a concebir una teoría sobre la memoria de Kiru. No parecía sufrir un auténtico Korsakov. Los afectados por aquel síndrome perdían tanto los recuerdos antiguos como la capacidad de generar otros nuevos. En el caso de Kiru, resultaba innegable que sufría amnesia anterograda: era incapaz de trasvasar información de la memoria de corto plazo a la de largo plazo, de modo que su cerebro, como bien había expresado Herman, se «reseteaba» cada poco tiempo.

Pero también era obvio que conservaba recuerdos antiguos y muy vividos. Sin ser psiquiatra ni psicólogo, Gabriel sospechaba que Kiru se había quedado anclada en las vivencias de hacía tres mil quinientos años porque o bien había sufrido una experiencia traumática que la había dejado mentalmente clavada en aquella época o bien, después de tanto tiempo, sus conexiones neuronales estaban saturadas de información. Tal vez el cerebro humano, aunque fuese mutante como el de Kiru, no estaba preparado para la eternidad. Quizá las únicas respuestas de la mente que el largo paso de los siglos y los milenios fuesen el olvido, la locura o ambos a la vez.

Gabriel se decantaba más por la hipótesis del trauma, porque Kiru parecía haber asimilado algunos recuerdos nuevos después de la Atlántida. No se trataba de vivencias ni hechos, lo que los psicólogos denominaban «memoria declarativa», sino de habilidades prácticas o «memoria procedimental». Así, aunque fuese con un acento peculiar, Kiru hablaba español, y cuando Gabriel se dirigía a ella en inglés o en francés también le contestaba correctamente.

Se preguntó qué lugares habría visitado Kiru a lo largo de los siglos. Si en el Madrid del siglo XXI le habían quemado el rostro con ácido, ¿qué otras brutalidades habría sufrido de las que ni su cuerpo ni, por suerte, su mente guardaban registro?

– ¿Has visto cómo está el cielo?

Acababan de pasar el Viaducto y se habían detenido delante de un semáforo. Gabriel miró a su derecha. Allí había una terraza en la que solían tomar raciones cuando hacía buen tiempo y que ofrecía una vista espléndida del noroeste de Madrid.

Ahora los clientes del restaurante estaban señalando a lo lejos y hacían comentarios entre ellos. Algunos se habían levantado para acercarse hasta el borde de la cuesta que delimitaba la terraza, de modo que los árboles no les estorbaran el panorama.

Gabriel había visto atardeceres espectaculares, pero ninguno como ése. Bajó la ventanilla y asomó la cabeza para contemplarlo mejor. En la zona cercana al horizonte, el cielo parecía oro líquido. Más arriba el amarillo se transformaba en un naranja que daba paso a un intenso carmesí, y éste se extendía pasado el primer cuadrante de firmamento, convirtiéndose poco a poco en un tono cárdeno que por fin, ya casi en el cénit, se diluía con el añil de la noche inminente.

Era como si medio cielo estuviera ensangrentado, o como si al otro lado del horizonte se hubiera desatado un incendio incontenible.

– Son los aerosoles del volcán -dijo Gabriel-. Desvían los rayos del sol por todo el cielo.

– ¿Cómo pueden haber llegado hasta aquí tan pronto? -preguntó Herman-. California está muy lejos.

Gabriel se encogió de hombros. Cuando Enrique se estaba sacando el carnet de piloto, recordaba haberle oído hablar del jet stream, la corriente en chorro que soplaba de oeste a este casi en la estratosfera y que alcanzaba más de doscientos kilómetros por hora.

Fuera por la corriente en chorro o por otra razón, lo cierto era que las cenizas habían llegado. Un hermoso atardecer como heraldo de las plagas que traería el volcán: cenizas grises, frío, hambruna. La ilusión de que aquella catástrofe era algo que sólo afectaba a los americanos empezaba a desvanecerse.


* * * * *

Ya en casa de Herman, cenaron tres pizzas en la cocina. Gabriel se dejó la suya a medias, pues el dolor de cabeza le quitaba el apetito. Pensaba que Herman daría cuenta del resto, como era habitual. Pero, para su sorpresa, los dedos que se abalanzaron sobre las porciones de pizza fueron los de Kiru.

– Está muy rica. A Kiru le gusta la pizza -dijo con la boca llena.

No había hecho falta que le dijeran que se trataba de pizza. Evidentemente, aquél era uno de sus recuerdos procedimentales».

Cuando terminaron de cenar, Kiru empezó a bostezar, y su extraño poder provocó que Herman empezara a dar cabezadas por contagio. Gabriel se levantó y se apartó para huir del halo de sopor que rodeaba a la mujer. Pero, aunque la cocina de los padres de Herman era lo bastante espaciosa para albergar una isla central y una mesa en la que podían comer seis personas, incluso desde la puerta sentía una leve modorra que no colaboraba a aliviar su dolor de cabeza.

– ¿Por qué no le acuestas, Kiru?

– Kiru no tiene sueno.

Gabriel insistió, pero Kiru se empecinaba en seguir levantada. Puesto que delante de ella no podían discutir tranquilos sobre lo que debían hacer a continuación, Gabriel decidió recurrir al Morpheus. Cuando se lo enseñó a Kiru y le dijo que se lo iba a poner a modo de diadema, ella se apartó como si aquel aparato de aspecto arácnido fuera una tarántula de verdad.

– ¿Qué es eso?

– Sirve para tener sueños hermosos, Kiru.

Ella miró a un lado, como si rastreara en el baúl de sus recuerdos perdidos.

– A Kiru le gusta soñar. Pero algunos sueños hacen daño.

– Con esta diadema no te ocurrirá. Confía en mí.

No era necesario que Gabriel insistiera, pues saltaba a la vista que Kiru se fiaba en él. Se sintió un poco miserable, ya que no podía garantizarle que no sufriera pesadillas. Por eso, cuando le colocó el casco en la cabeza y le pegó los microelectrodos, programó el Morpheus en ondas delta para que durmiera profundamente, sin sueños.

Apenas habían pasado treinta segundos cuando Kiru cerró los ojos, tumbada sobre el sofá de la sala de juegos.

– ¿Para cuánto tiempo has programado este cacharro? -preguntó Herman, mientras tapaba con una manta a Kiru.

– Sueño indefinido. Ya la despertaremos.

Gabriel le hizo un gesto para que salieran de la habitación. Volvieron a la cocina, donde él mismo abrió el frigorífico y sacó una lata de cerveza. «No tomes más que una», se recordó a sí mismo. Aunque lo que más le apetecía era repantigarse en un sofá y beber hasta olvidarlo todo, incluidos el dolor de cabeza y de costillas, sospechaba que la jornada todavía no había terminado. No quería que el alcohol lo embotara.

– ¿Es que bebes como los indios cabreados? -preguntó Herman.

– No te entiendo.

– Que sólo has sacado birra para ti.

– Es mejor que tú no bebas. Ya te has tomado una cerveza cenando.

– ¿Desde cuándo te has convertido en mi madre?

– No pretendo ser tu madre. Pero creo que deberíamos irnos de aquí.

– ¿Y eso qué tiene que ver? -preguntó Herman. Pero Cuando ya tenía el dedo metido en la anilla de la lata, comprendió-. Ya. Quieres que conduzca. ¿Por qué no coges el coche tú esta vez?

Gabriel se encogió de hombros.

– Por mí, de acuerdo. Pero luego no me critiques si voy demasiado rápido.

– ¿Y adonde piensas ir?

– Aún no lo sé.

– ¿Pretendes montarte en mi coche y conducir a la aventura?

Gabriel se clavó los dedos sobre el puente de la nariz. La cerveza no le estaba ayudando a mitigar el dolor de cabeza. Apartó la lata al otro lado de la mesa, aunque le quedaba más de la mitad.

– Ya te he dicho que no lo sé. Déjame pensar.

– ¿Por qué tenemos que irnos?

– No estoy tranquilo ni aquí ni en ningún sitio.

– Entonces, razón de más para no ir a ninguna parte.

En vez de contestar, Gabriel sacó el móvil y llamó a Celeste. La conversación en que le había contado su entrevista con la experta en genética no había hecho más que avivar sus temores. Para Gabriel, Kiru representaba el secreto de la Atlántida, el misterio de un antiguo poder que quería comprender. Pero para otros podía significar la eterna juventud, el sueño más ansiado de la humanidad. Por un premio como aquél muchas personas serían capaces de matar o torturar.

Celeste no contestó al móvil. Tras pensárselo unos segundos, Gabriel decidió llamar al teléfono de su casa aunque despertara a los niños.

Tampoco recibió respuesta.

– Esto no me gusta -dijo, guardándose el teléfono en el bolsillo del vaquero-. Es mejor que nos vayamos cuanto antes.

– No te pongas tan nervioso. Ya sé que esos tipos te han metido el miedo en el cuerpo…

– Más bien me han metido en el cuerpo las punteras de sus zapatos.

– … pero no saben que vivo aquí.

– Eso es lo que tú crees.

– ¿Cómo van a saberlo?

– Vamos, Herman. Estamos hablando de Sybil Kosmos. Tiene todo el dinero del mundo a su disposición. ¿Crees que no te sacaron fotos en la clínica?

– ¿Por qué iban a sacarme fotos?

– Para tenerte controlado.

– Qué tontería. ¿Qué podrían hacer con una foto mía?

– Hay cientos de bases de datos ilegales, si no miles. No tienen más que usar un software de reconocimiento facial para saber dónde vives, cuántas multas le debes al Ayuntamiento y cada cuántos días ves porno en la Red.

– No me lo creo, tío -dijo Herman, cada vez menos convencido.

Mientras dejaba que Herman se cociese un poco más en la salsa de su propia paranoia, Gabriel volvió a llamar a Celeste.

Nada.

Era posible que Celeste hubiese silenciado tanto el móvil como el fijo para acostarse. Pero Gabriel estaba cada vez más preocupado.

– Vamos a pensar en dónde podemos ir. Algún lugar donde no nos tengan localizados. Un hostal de carretera… -Gabriel miró a Herman-. ¿Cuánto dinero llevas encima?

– ¿Por qué?

– Porque no podemos pagar con tarjeta.

– Vamos, tío. Me vas a hacer salir de casa a estas horas, y encima me toca pagar. De puta y poniendo la cama.

– Si Enrique y tú no os hubierais ido de la lengua, ahora no tendríamos que huir como forajidos en la noche.

Durante el camino en coche, Gabriel le había sacado a Herman toda la verdad.

– ¿Cómo? -se defendió Herman-. ¿Que encima la culpa la tengo yo?

– Enrique y tú, sí. Por meteros en camisa de once varas y hablar con Sybil Kosmos.

– ¡Ah, disculpa! Ahora resulta que hacerle un favor a un amigo es un delito.

– ¿Qué favor pretendíais hacerme?

– ¡Ayudarte a salir adelante! Pensamos que ese rollo de la Atlántida podía ser una buena ocasión profesional para ti.

– Lo mismo pensaba yo. Y por eso lo estaba haciendo a mi manera.

– Tu manera de hacer las cosas no suele ser la más adecuada.

Aquello disparó a Gabriel.

– ¿Por qué coño os metéis en mi vida? Yo sé llevar mi carrera.

– ¿Tu carrera? ¿Tu carrera? ¿De qué carrera estás hablando? No es que últimamente saltes de éxito en éxito.

– Dímelo tú, que vas presumiendo del piso de tus padres y de que trabajas en un instituto.

– ¿Y es que no trabajo en un instituto?

– Sí, pero eres conserje, y te das tantos aires como si fueras el puto director. Herman soltó un bufido.

– Pues con lo poco que tengo me basta para prestarte dinero y llevarte a todas partes como si fuera tu puñetero chófer.

Gabriel se dio cuenta de que estaba pisando un campo de minas. Pero estaba tan cansado y le dolían tanto la cabeza y la espalda que no controlaba del todo sus reacciones y se le escapaban comentarios que habría preferido callar.

– Si tanto te molesta llevarme en tu lujosa flota de vehículos, puedes quedarte en tu casa. Kiru y yo nos apañaremos solos.

Gabriel se levantó. Herman lo miró con incredulidad.

– ¿Que os apañaréis solos? Vamos, no jodas.

– Llevo cuarenta y cinco años arreglándomelas sin que nadie me ayude.

– ¿Sin que nadie te ayude? Venga, hombre, siempre estás tirando de la gente, y sobre todo de mí. Me extraña que no me pidas que te la sacuda después de mear.

– Si es así como lo ves, te aseguro que desde ahora mismo se va a acabar.

Gabriel se dirigió a la puerta de la cocina con una dignidad que, en el fondo, a él mismo se le antojaba ridícula.

– ¿Se puede saber adonde vas?

– A mi casa, a hacer la bolsa. Si no te importa que abuse de tu hospitalidad un poco más, voy a dejar que Kiru duerma hasta que termine. Luego la recogeré y me la llevaré de aquí. No quiero meterte en más líos.

Sin mirar atrás, Gabriel cruzó el pasillo y abrió la puerta de entrada. Justo antes de cerrarla con cierta contundencia, oyó a sus espaldas un chasquido familiar. Herman había abierto otra lata de cerveza.

«Arréglalo todo bebiendo, capullo», pensó.

Pero en un nivel más profundo se dijo: «Aquí el único capullo eres tú, Gabriel Espada».

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