DÉCIMA PARTE

SÁBADO

Capítulo 81

Santorini .

El mundo que conocían había terminado.

Pero, fuera mejor o peor, al menos Joey vería el nuevo mundo. No estaba muerto.

A su lado, Iris se sacudía el pelo polvoriento. De pronto, Joey se dio cuenta de que era morena, como él. Una islandesa con el pelo negro. «Qué curioso», pensó.

Iris le sonrió y le sacudió el flequillo también a él. Joey soltó un estornudo, y después respiró mejor. Se había acostumbrado al olor a quemado y a azufre, y a que cada inhalación irritara la nariz y la garganta. Pero ahora el aire estaba limpio.

– Si tengo la cara la mitad de sucia que tú, debo parecer una mendiga -dijo Iris-. ¿Estás bien?

– Estoy vivo -respondió él.

Ambos habían salido los primeros al terrado del ala oeste de Nea Thera. Al caminar por él tenían que sortear rocas volcánicas, con cuidado de no torcerse el tobillo con los fragmentos de piedra pómez y de pisar con suavidad la ceniza para no levantar nubes de polvo.

La mujer que los había traído en coche desde el aeropuerto les había dicho que el cielo del Egeo era el más azul del mundo. Ahora Joey pudo comprobar que no mentía. El viento soplaba con fuerza y levantaba crestas de espuma en las oscuras aguas del mar, y la luz del sol arrancaba mil matices rojos, ocres y amarillos a los acantilados que se alzaban al otro lado de la bahía.

La erupción de Kameni se había detenido. Tampoco se divisaba ya la columna de gas y ceniza del volcán submarino de Kolumbo.

¿Qué estaría ocurriendo en el resto del mundo?

A Joey le quedaban sólo unos minutos de batería, pero necesitaba saber. Dejó en el suelo al cachorro, del que apenas se había separado desde que Kiru entró en la cúpula, y le dijo:

– Quieto ahí, Frodo. Enseguida te cojo.

El cachorrillo movió el rabo un par de veces, soltó un gañido a medias entre un lloriqueo y un ladrido y se sentó. Era difícil que escapara de allí, pues estaba rodeado de pedruscos más grandes que él.

Joey encendió el móvil y esperó un rato.

Nada.

Un momento…

– ¡Sí! -exclamó, y le enseñó el móvil a Iris-. ¡Mira, ha vuelto la cobertura!

– Déjame un segundo -dijo ella, y se apresuró a escribir algo en la pantalla.


* * * * *

Iris leyó los titulares de la NNC a toda velocidad.

– Aquí dice… ¡Sí! La erupción de Long Valley está remitiendo. Se cree que en unas horas se detendrá por completo. Lo mismo pasa con los Campi Flegri y con el Krakatoa. El nivel del terreno vuelve a bajar en Yellowstone. ¡Síii!

Iris y Joey se abrazaron, y al hacerlo levantaron entre ambos una nube de polvo.

– ¿Qué más pone? ¿Dice que hemos sido nosotros?

Iris se rió.

– Me temo que no. Veamos… «Según muchos expertos, la actividad volcánica puede haber disminuido por su misma intensidad».

– ¿Qué quiere decir eso?

– Algo así como que el combustible de la Tierra se ha agotado porque lo ha gastado demasiado deprisa. Ya no hay suficiente presión interna en las cámaras de magma para mantener todos esos volcanes activos.

Iris miró a su alrededor, sonriendo. Después, la sonrisa se le congeló por dentro, aunque la mantuvo al darse cuenta de que Joey seguía observándola.

Tal vez habían salvado a la especie humana de su extinción. Pero no de gravísimas dificultades en un futuro muy próximo.

Iris sospechaba que ese año no iban a tener verano. Era muy difícil, o casi imposible, calcular el volumen de cenizas y aerosoles que ahora mismo flotaban en las capas altas de la atmósfera en su viaje alrededor del mundo y que bloqueaban un gran porcentaje de los rayos del Sol.

Esos desechos volcánicos seguirían suspendidos en la atmósfera durante años. Los suficientes, sospechaba Iris, para provocar una nueva glaciación.

Mucho se temía que Islandia, su país, iba a volverse inhabitable excepto en las zonas donde, paradójicamente, los volcanes abrieran pequeños oasis en la capa de hielo.

Probablemente, todo el hemisferio norte más allá del paralelo 50 se convertiría en una región inhóspita por culpa del hielo. La mitad de los Estados Unidos ya lo eran debido a la gruesa capa de ceniza que cubría el suelo. Se avecinaban tiempos difíciles.

Pero ahora que se encontraba en el Egeo y el sol empezaba a calentar en el cielo, Iris decidió no pensar en fríos glaciales, y miró en derredor.

Milagrosamente, la azotea donde se encontraban, la misma donde había visto al señor Kosmos maquillado de anciano y sentado en su silla de ruedas, había aguantado sin derrumbarse. Si volvía la mirada a la izquierda, podía ver cómo varias alas de la mansión se habían desplomado, ya que los terrados no habían soportado el peso de las rocas y las cenizas.

En el fondo, pensó, a Nea Thera no le sentaba tan mal el cambio. Ahora parecía realmente un palacio minoico.

De hecho, quizá a nadie le sentara mal el cambio. Tal vez el mundo entero lo necesitaba. Quizá así la humanidad que había despreciado toda vida que no fuera la suya propia podría por fin conectarse con la verdadera esencia común de todas las cosas.

Fuese lo que fuese esa esencia. La Gran Madre o una nueva mente colectiva que surgiría del intercambio entre el Homo sapiens y Gaia.

Quizá también, con el tiempo, los humanos llegarían a conectar con los misteriosos diseñadores que habían creado la cúpula para comunicar entre sí dos formas de vida tan distintas como un planeta entero y unos simios bípedos y parlanchines.

Los mismos diseñadores, sospechaba Iris, que habían creado también a Kiru y a Randall.

Randall. Atlas. Pensar que había conocido a uno de los antiguos dioses. Ahora aquel Homo immortalis había trascendido a otra forma de inmortalidad, fundido con la cúpula como una escultura de bronce. ¿Seguiría manteniendo su conciencia en algún rincón de la mente colectiva o del hardware de la cúpula, o habría perdido toda noción de individualidad perdido en la vasta malla tejida por los nanobios? En el segundo caso, ¿podría afirmarse que continuaba vivo, o que seguía siendo la misma persona que habían conocido como Randall?

Al menos, su sacrificio no había sido en vano. No sólo la Gran Madre había escuchado a esos hijos de cuya existencia apenas había sido consciente durante milenios. Además, la puerta de la cúpula no se había vuelto a cerrar. Al parecer, ya no sería necesario entregar más vidas para abrirla. Iris esperaba que siguiera así para siempre.

Si es que el adverbio «siempre» tenía algún sentido.

– Joey… -dijo Iris.

¿Sí?

– Erais muy amigos, ¿verdad?

Él jugueteó con el móvil.

– Mucho.


* * * * *

Joey estaba muy triste. Pero había algo que le hacía sentirse algo mejor.

Él no albergaba las mismas dudas que Iris. Estaba convencido de que Randall no había muerto. Seguía vivo en el interior de su cuerpo de metal orgánico, o tal vez dentro de la mente de la Gran Madre. Y si seguía vivo, del mismo modo que había escapado de los grilletes que lo encadenaban a las rocas del volcán, quizá algún día podría salir de nuevo de su prisión y reunirse con él.

Joey lo sabía porque, cuando salió de la cúpula y se recuperó del desmayo, Gabriel le había entregado un mensaje de Randall.

– Alguien me ha dado un recado para ti.

– ¿Cuál?

– Que ahora ya puedes estar seguro de que el General Sherman no es el ser vivo más viejo del mundo y de que quedan supervivientes de épocas más remotas.

Joey había sonreído al escucharlo. En efecto, pese a sus dos mil quinientos años de edad, el gran árbol del Parque Nacional de Secuoyas no era la criatura más anciana del mundo. Randall la superaba en muchos siglos. Y no era el único.


* * * * *

Quedaban dos inmortales en el planeta. A uno, Minos, lo habían dejado dentro de una alcoba. Primero lo habían tumbado en una cama, pero él no se tranquilizó un poco hasta que tiraron el colchón en un rincón de la estancia y le colocaron encima una mesa. Acurrucado contra la pared y tapado por el tablero de la mesa, el antiguo rey de la Atlántida se mecía en posición fetal, como si hubiera vuelto al vientre materno.

En cambio su madre, que había olvidado que lo era, parecía encantada con la nueva situación. Kiru había encontrado en una de las salas unas ánforas con vinos especiados y un juego de copas de oro, y sin dudarlo se había dedicado a servir a los demás en una mesa que habían sacado a la azotea. Era como si los estuviera agasajando en su propia casa.

Algo que, por otra parte, tenía su lógica, pensó Gabriel. Kiru pertenecía a este lugar o este lugar pertenecía a Kiru, por múltiples razones.

Para empezar, era la madre del anterior propietario de Nea Thera… y ahora su única familiar viva.

Mientras veía a Kiru llenando las copas, Gabriel caviló sobre las complicaciones legales. Era obvio que el señor Kosmos estaba incapacitado para gobernar su imperio económico. Tal vez seguiría estándolo siempre: era muy posible que el borrado de memoria hubiese producido en su mente daños peores que los que había sufrido Kiru.

Además, ¿quién demostraría que ese varón oligofrénico que no aparentaba más de treinta años era el mismo Spyridon Kosmos al que todo el mundo conocía como un anciano decrépito sentado en una silla de ruedas?

Sospechaba que el Kosmos no iba a tener la iniciativa de solicitar la prueba de ADN. Y, desde luego, no sería Gabriel quien testificara por él.

Lo cual dejaba sólo a Kiru. Si se sometía a esa prueba, podría heredar una inmensa suma, pero al mismo tiempo demostraría que su cuerpo transportaba un dineral aún mayor en genes mutantes.

Dos fortunas que tampoco se hallaba en disposición de manejar, al menos sin la ayuda de un tutor legal.

Kiru le miró y sonrió. No parecía plantearse problemas de herencias ni pruebas genéticas. Había encontrado aceitunas, queso y frutos secos y se dedicaba a ejercer de perfecta anfitriona atlante.

Era evidente que Kiru seguía encaprichada de él. Gabriel se preguntó qué pasaría si se casaban. Como administrador de una fortuna de miles de millones de euros, seguro que le bastaba para llegar a fin de mes y pagarle el alquiler a Luque. Y permitirse algún que otro capricho más.

Después miró a Iris, que seguía hablando con Joey. La islandesa se percató de que Gabriel la estaba observando y también le sonrió. Al hacerlo, se le volvieron a marcar los hoyuelos que le habían encandilado durante la lectura de las cartas.

«Interesante dilema», se dijo. ¿Dinero o amor? Ya lo pensaría mañana.

Con la copa llena, Gabriel se acercó al corrillo que formaban Herman, Enrique y Valbuena.

– Nadie nos va a creer. ¿Qué nos inventamos? -dijo Herman. La terraza del palacio de Minos se abría a los acantilados y al mar. Sin duda, era la mejor ubicación de la isla para mirar el paisaje. También lo era para contemplar la destrucción. O la esperanza.

– Veamos -dijo Gabriel-. ¿Qué tal si le decimos a la prensa: «Vinieron los marcianos y, en vez de traer el fin del mundo, se lo llevaron?»

Después dio un sorbo de vino.

– Hmmm. Exquisito. Ventajas de ser el tipo más rico del mundo:

– Y probablemente el más malvado -apostilló Enrique.

– Lo uno tiene que ver con lo otro -añadió Herman-. Las grandes fortunas siempre nacen de grandes crímenes.

– No siempre -dijo Gabriel, rodeando los hombros de Enrique, que se puso colorado.

– ¿Por qué están ustedes tan seguros de que es menester inventarse una explicación? -preguntó Valbuena, retomando la discusión anterior.

Sus antiguos alumnos se volvieron hacia él como un solo hombre. Estaban perfectamente adiestrados para saber cuándo Valbuena iba a decir algo y no quería que aleteara ni una mosca.

– Un buen misterio puede acarrear menos inconvenientes que una mala mentira. La Humanidad no necesita saber lo que ha ocurrido. Me atrae la idea de que la gente se interrogue sobre el motivo de que esta concatenación de catástrofes haya cesado de forma espontánea. Sin duda, esto generará en el futuro algunos mitos muy interesantes.

Herman no parecía muy de acuerdo. Mientras lo discutía con Valbuena y Enrique, Gabriel se acercó a Alborada, que estaba solo, apoyado en el terrado y mirando los acantilados. O más bien contemplando la nada.

– Oye -le dijo.

Alborada se dio la vuelta. Tenía la copa en la mano, pero aún no la había probado.

– Qué -respondió, sin ninguna entonación. Parecía tan afectado como Joey por lo que le había ocurrido a Randall, o incluso más.

Gabriel le tendió su móvil.

– Ya ha vuelto la cobertura. Llama a Marisa.

Alborada frunció las cejas, sorprendido.

– ¿Cómo?

– Es tu mujer, ¿no? Estaba muy preocupada por ti. Llámala, anda.

«Hacéis muy buena pareja», estuvo a punto de decir, pero pensó que era un comentario demasiado sobrado. Una cosa era que ya considerara a Alborada menos capullo, y otra hacerle reverencias. De modo que regresó al corrillo que seguía discutiendo si presentarse ante los medios de comunicación como salvadores del mundo o seguir en el anonimato.

De momento, Gabriel les dejó hablar. Había una cuestión que lo atormentaba, pero de momento prefería no mencionarla.

Él le había hecho una promesa a la Gran Madre. Llevar su semilla por todo el Sistema Solar y, más tarde, por el resto de la galaxia.

Y cuando se le hace una promesa a una diosa, hay que cumplirla. De lo contrario, las consecuencias son imprevisibles.


* * * * *

Cuando Alborada terminó de hablar, se acercó al grupo y le devolvió el móvil a Gabriel. Después alzó la copa y dijo en voz alta:

– Quiero proponer un brindis.

Todos miraron en su dirección.

– Por Randall. Un hombre bueno. Yo… -Casi se le quebró la voz, pero se sobrepuso y dijo-: Le echaremos de menos.

– ¡Yo también quiero brindar! -exclamó Joey. Kiru le sirvió vino, y ella misma alzó su copa.

«En el fondo quizá sí se acuerda de él», pensó Gabriel.

– ¡Por Randall! -dijo Joey.

– Por Randall -corroboró Gabriel.

Pero nadie bebió, porque se dieron cuenta de que Valbuena todavía quería añadir algo.

– ¡Brindo por Atlas! El auténtico señor de la Atlántida.

Y todos bebieron a la salud del inmortal que se había entregado por salvar al mundo.

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