PRIMERA PARTE

MADRUGADA DEL VIERNES AL SÁBADO

Capítulo 1

España, Málaga .

Entre las personas afectadas por aquel sueño se hallaba Gabriel Espada, varón caucásico de mediana edad y escasa solvencia económica cuya tarjeta de visita rezaba: «Investigador de lo oculto».

En tiempo subjetivo la pesadilla le pareció muy larga, pero no debió durar más de uno o dos segundos. Después, Gabriel abrió los párpados y se incorporó con el corazón latiendo como un tambor.

Muévete. Huye. Salta. Vuela lejos.

Sobrevive.

Por el momento, la huida que le aconsejaba aquella voz interior fue de corto alcance, pues Gabriel se limitó a salir a la terraza del apartamento.


* * * * *

Minutos después, C., la joven que compartía la cama con Gabriel, se despertó con una sensación de frío y vacío en el costado. Se volvió hacia la izquierda buscando el calor del hombre con el que llevaba durmiendo dos semanas, pero sólo encontró un hueco desarropado.

C. se levantó de la cama con un escalofrío. La puerta corredera de la terraza estaba medio abierta, y ella tenía la ropa desperdigada por el parquet. Al entrar con Gabriel, se la había arrancado con tanta prisa que el suéter se le había enganchado en la cabeza y los pantalones se los había quitado a la pata coja.

Recogió el tanga y la camiseta, se los puso y salió a la terraza. Gabriel estaba allí, mirando al mar. C se puso a su lado y durante un rato contempló cómo las crestas plateadas de las olas rompían en la arena.

Había salido demasiado ligera de ropa. La noche estaba despejada, pero un tanga y una camiseta de tirantes eran poco abrigo para primeros de mayo. C notó cómo los pezones se le endurecían bajo la tela y aquella caricia involuntaria la excitó.

– ¿No vuelves a la cama? -ronroneó.

Gabriel tardó unos segundos en girar el cuello para mirarla, como si la voz de C le llegase a través de un fluido enrarecido que retardara el sonido. Cuando por fin se volvió, a C se le detuvieron las pulsaciones por un segundo. La culpa era de aquellos ojos verdes, casi fosforescentes.

Parpadeaban despacio, como el diafragma de una cámara que tomara una foto para guardársela y luego examinarla a solas.

La chica se preguntó qué pensaría Gabriel cuando estudiara la instantánea que le acababa de tomar. ¿Miraría la imagen con ternura o la examinaría con la frialdad de un entomólogo contemplando su colección de insectos? La angustiaba no saber qué se escondía detrás de aquella mirada, misteriosa y remota como la de un gato que en cualquier momento se escapa por los tejados para no regresar.

Un gato. Gabriel Espada le recordaba en cierto modo a ese animal. Medía casi uno noventa y, por lo delgado y zanquilargo, uno se esperaba que se moviera con desgarbo. Sin embargo, sus ademanes poseían la flexibilidad casi sinuosa de un felino.

– Qué bonita se ve la luna -dijo C, buscando una excusa para apartar la mirada de él.

– Sí.

– ¿Te has desvelado?

– Eso parece.

– ¿Has soñado algo raro?

El entornó los ojos, como si tratara de recordar algo. La chica aprovechó para mirarlo de reojo otra vez y contemplar su perfil.

No podía decirse que Gabriel Espada fuera guapo. Sus rasgos eran duros y afilados, tenía la frente muy alta, la nariz larga y la boca y los dientes demasiado grandes, por no hablar de las arrugas de edad y expresión que no se molestaba en retocar con inyecciones cosméticas. Pero el conjunto orbitando alrededor de aquellos ojos de fósforo, poseía una extraña armonía que había fascinado a C.

En opinión de C, uno de los detalles que convertía en atractivo a Gabriel era que no parecía consciente de serlo. No se preocupaba demasiado por su imagen ni se complicaba vistiendo. Téjanos sin marca y camisetas de grupos prehistóricos, ionio Metallica o un tal Jethro Tull. Una cazadora vaquera envejecida por el uso, no de fábrica.

Y nunca se entretenía delante de los espejos. Incluso parecía huir de ellos como un vampiro.

– Ha sido algo muy raro -dijo Gabriel.

Había pasado tanto rato que ella casi se había olvidado de la pregunta. «El sueño», recordó.

– Pues cuéntamelo.

El volvió a entornar los ojos. Después meneó la cabeza.

– Era inquietante. Sentía como si algo hubiera penetrado en mi cerebro.

– ¿Una especie de posesión?

Gabriel se quedó pensativo antes de responder.

– Era más bien como si yo me hubiera convertido en ese algo. Como si me hubiera fundido con otra mente.

– Y esa mente ¿qué pensaba?

– No sé. Era tan ajena, tan inhumana… Podría haber sido la inteligencia de una nebulosa, o de una colmena formada por millones de individuos. Por dentro era como inmensas burbujas rojas, como nubes de gas flotando en la atmósfera de Júpiter. Chocaban entre ellas, subían, reventaban, se fundían…

Gabriel hizo una pausa, como si buscara palabras más precisas.

– Esa mente estaba llena de energía. Una energía aletargada, pero a punto de despertar.

Gabriel seguía hablando más para sí mismo que para C, pero lo hacía en un tono tan serio que la joven empezó a asustarse.

– ¿Y qué ocurrirá cuando esa mente despierte?

– No lo sé. En el sueño tenía la sensación de que esa energía iba a desatarse de forma devastadora, y de que yo tenía que ir… Da igual.

C se dio cuenta de que esta vez Gabriel no se había interrumpido por falta de palabras, sino porque había algo que no quería decir.

– Tú has escrito sobre el significado de los sueños. ¿Qué crees que significa éste?

– La conclusión que saqué al escribir fue que los sueños no significan nada.

Ella no sabía por qué a Gabriel le salía tan a menudo aquella sonrisa amarga. Al fin y al cabo, era un hombre con una vida apasionante. Cuando se conocieron en aquella discoteca de Madrid, C le había preguntado a qué se dedicaba.

– Es una ocupación un poco absurda. Me da vergüenza decirlo -había contestado él.

– Venga, ¿qué eres? ¿Vigilante de parking? -preguntó C. Fue entonces cuando él le dio una tarjeta negra con letras blancas.

Gabriel Espada. Investigador de lo oculto.

Antes de lanzarse al primer morreo con él, C se había metido en el servicio con M, y ambas habían comprobado en el móvil el nombre de Gabriel Espada. Al parecer, había publicado dos novelas, tres libros sobre telepatía, ovnis, la Atlántida, los misterios de las pirámides y cosas así, y además había escrito artículos para varias revistas. También había trabajado en Ultrakosmos, un programa sobre esoterismo. ¡Incluso había estado en la isla de Pascua!

Se trataba de una vida muy interesante comparada con la que llevaban -o con la que C suponía que llevaban- otros cuarentones o cincuentones que conocía. Por eso no entendía la amargura de su sonrisa ni la tristeza de sus ojos.

«Tarde o temprano conseguiré que se le borre».

Tenía un recurso infalible. C sabía que estaba buena y, además, se le daba bien el sexo. Gabriel nunca se resistía a su cuerpo. Usándolo, C pretendía conquistar su alma.

«El amor siempre vence», se dijo. Lo había oído en tantas series y películas que para ella se había convertido en una verdad científica.

– ¿Volvemos a la cama? -preguntó, abrazándolo por la cintura y restregándose los pechos contra su brazo.

El titubeó un instante.

– Sí, claro.

Se acariciaron un rato, pero no llegaron a hacer el amor. C, que tenía el sueño fácil, se quedó dormida enseguida sobre el hombro de él. Su última imagen fue la de Gabriel mirando al techo, con la mano izquierda tras la nuca y los ojos fosforescentes clavados en el techo.

A C no le quedaría más remedio que atesorar esa imagen. Cuando volvió a despertarse a las nueve de la mañana, ni Gabriel ni su vieja bolsa de viaje estaban allí.


* * * * *

El supuesto investigador de lo oculto había huido siguiendo el impulso de estampida de su sueño. Vuela lejos. Sobrevive. De haber sabido que su huida a Madrid lo llevaría a encontrarse con dos mujeres que iban a arrastrarlo hasta la fuente de la que emanaba aquel sueño aterrador, tal vez Gabriel habría tomado un tren o un avión a cualquier otro lugar.

Capítulo 2

Italia, Pozzuoli (cerca de Nápoles)

A la misma hora en que Gabriel Espada se despertó, también lo hizo en su caravana el vulcanólogo islandés Eyvindur Freisson. Tenía casa en Nápoles, muy cerca de las oficinas del Observatorio Vesubiano, pero a menudo se quedaba a pasar la noche en el remolque que le servía de laboratorio móvil.

Hacía un tiempo que no dormía bien. Exactamente, desde que le diagnosticaron el cáncer. Por eso aquella pesadilla no le extrañó demasiado. La ira ajena que Gabriel Espada no había sabido descifrar, Eyvindur la juzgó como expresión onírica de su propia furia ante la sentencia de muerte que le habían dictado los médicos. En cuanto a las inmensas burbujas rojas que Gabriel imaginaba como bolsas de gas en Júpiter u otro planeta gigante, Eyvindur las interpretó como visiones normales de algo que lo obsesionaba en sus horas de vigilia: los movimientos del magma fundido en el corazón de la Tierra.

Se incorporó en la cama y se quitó el antifaz de fieltro. Dormía con los ojos tapados porque en la caravana había un sinfín de aparatos y monitores siempre encendidos. Después consultó el medirreloj que, con cierta malicia, le habían regalado sus compañeros del Observatorio por su sesenta y dos cumpleaños.

No era extraño que notara el corazón como un tambor. La pesadilla había elevado sus pulsaciones a ciento cincuenta y su tensión sistólica a veinte.

Aparte de medir el ritmo cardíaco y la tensión, el medirreloj desempeñaba la anticuada función de dar la hora. Eran las 03:11. Mal momento para ir a ningún sitio. Pero el sueño había provocado en él un impulso inconsciente de huida, y lo calmó saliendo al exterior.

La caravana estaba situada en un extremo de la Solfatara, en el corazón de la gran zona volcánica conocida como los Campi Flegri. Se trataba una serie de estructuras circulares similares a los cráteres de la Luna que hacían que en las imágenes por satélite el terreno pareciera un queso de gruyer. Algunos de esos círculos, como el de Astrosi, estaban cubiertos de vegetación, mientras que otros se habían convertido en lagos, como el Averno, un nombre infernal que a Eyvindur le parecía de lo más apropiado.

El más conocido de esos cráteres era la Solfatara, una gran elipse cuyo fondo yermo y blanquecino estaba sembrado de fumarolas que expulsaban gases sulfurosos y dióxido de carbono, y también de charcos de barro hirviente en los que las burbujas de lodo reventaban con sonoros plop.

Bajo la luz de la luna, la explanada de la Solfatara se veía bañada en una luz fosforescente, casi fantasmagórica. En el aire flotaba el olor a huevo podrido característico del azufre. Para la gente normal, los civiles, como llamaba Eyvindur a la inmensa mayoría de la humanidad que no se dedicaba a la vulcanología, aquel hedor resultaba desagradable. Pero dentro de la Solfatara él se sentía en su hogar.

De hecho, pasaba muchas noches en el pequeño laboratorio de la caravana, analizando los datos obtenidos de la torre de perforación instalada a veinte metros del remolque.

Eyvindur encendió uno de los porros de marihuana que guardaba ya liados por prescripción médica y se lo fumó poco a poco dando un paseo bajo las estrellas. Para cuando terminó, se notaba mucho más tranquilo y volvió a la caravana.

Antes de acostarse de nuevo, examinó las lecturas de los diversos monitores. Así descubrió que unos minutos antes se había producido una anomalía magnética. Algunos aparatos incluso se habían reiniciado por culpa de aquel fenómeno. Según los magnetómetros, el campo magnético había saltado de 40 a más de 800 microteslas en cuestión de un segundo, luego se había hundido hasta casi desaparecer y por último había vuelto a la normalidad.

Eyvindur pensó que, si esa alteración magnética era local, algo muy extraño debía estar ocurriendo bajo sus pies, en la inmensa cámara de magma de los Campi Flegri. Pero enseguida comprobó que la perturbación se había producido en todo el mundo.

– ¿Vamos a tener una inversión del campo magnético terrestre? -se preguntó en voz alta.

Si era así, esperaba que aquel fenómeno ocurriera antes de su muerte. La última inversión se había producido hacía 780.000 años. Nadie sabía muy bien qué efectos tendría que el polo norte magnético se convirtiera en el sur y viceversa, pero Eyvindur sospechaba que serían espectaculares.

Después verificó los monitores que mostraban las lecturas de las sondas de la torre de perforación. Las más profundas se hallaban a seis mil metros bajo el suelo.

– ¡Helvitis!

Esas sondas eran la niña de los ojos de Eyvindur, su carísimo capricho, y para conseguirlas había tenido que emplear todos sus encantos otoñales con Adriana Mazzello, la directora del Osservatorio. Pero gracias a ellas disponía de lecturas en tiempo real de la actividad biológica en la corteza terrestre: era como consultar un microscopio electrónico incrustado en la roca a cinco kilómetros de profundidad.

Y ahora ese microscopio le mostraba que el número de nanobios se había duplicado. Aquellos minúsculos organismos, diez veces menores que las bacterias más diminutas, eran capaces de vivir en ambientes extremos, desde las profundidades ardientes de la Tierra hasta meteoritos procedentes de Marte.

– ¿Celebráis una fiestecita, pequeños? -murmuró Eyvindur, mientras consultaba las lecturas de sondas situadas en otros lugares del mundo. La más profunda se halaba en la depresión de Nankai, a nueve mil metros bajo el fondo marino, en las primeras capas del manto.

Allí, a más de trescientos grados de temperatura, donde no deberían existir formas de vida, había también nanobios, pululando en los diminutos poros de las rocas.

Eyvindur calculaba que la biomasa de los organismos microscópicos que habitaban bajo la superficie terrestre superaba entre cuatro y diez veces la de las formas de vida que moraban al aire libre y en los océanos. Aquellos minúsculos desconocidos eran, en cierto modo, los amos del planeta.

A menudo, otros científicos lo tildaban de excéntrico por considerar que la vida primigenia se había desarrollado bajo el suelo, lejos de los rayos del sol, y que esa vida subterránea seguía siendo la forma biológica dominante. No sólo en puro volumen: Eyvindur -y aquí lo habrían tachado directamente de loco- sospechaba que la inmensa biomasa de los nanobios controlaba la vida terrestre en otros aspectos insospechados.

Los datos de la sonda de Nankai parecían confirmarlo. Allí también había crecido la actividad nanobiana. Para que aquellos diminutos microorganismos pudieran multiplicarse, necesitaban una fuente de energía. Y esa energía en aumento sólo podía provenir de las profundidades de la Tierra.

Eyvindur empezaba a sospechar que en sus últimos días de vida iba a presenciar algo mucho más grande que una erupción volcánica. Al parecer, la Gran Madre Tierra les tenía reservada una sorpresa a sus hijos.

Pero dudaba de que esa sorpresa fuera agradable para aquellos que moraban sobre la superficie. Sobre todo, para la especie conocida como Homo sapiens. Pues tal vez no sobreviviría a lo que estaba a punto de pasar.

Capítulo 3

Madrid, la Castellana

A las 03:11, una persona que era y a la vez no era Femina sapiens se incorporó en la cama del ático de la Castellana que utilizaba como vivienda cuando pasaba por Madrid.

Sybil Kosmos, la megamillonaria heredera conocida como SyKa por los medios de comunicación, apenas había llegado a adormilarse, pues no mucho rato antes había llegado de una fiesta para promocionar el estreno del último 007. En ella se había aburrido. «Mortalmente» habría sido el adverbio habitual para complementar aquel verbo, pero Sybil no solía aplicarse esa palabra a sí misma.

Además, lo cierto era que casi siempre se aburría. Quienes decían de ella que era una joven de vuelta de todo acertaban mucho más de lo que sospechaban al recurrir a aquel tópico.

SyKa miró a los lados. Sus empleados, Adriano y Fabiano Sousa, se habían quedado dormidos después de una breve sesión de sexo que había resultado no mucho más apasionante que el cóctel. Sybil recurrió durante un segundo al Habla y les envió una señal de alerta para despertarlos. Después, le bastó chasquear los dedos para que ambos gemelos se levantaran, recogieran sus ropas del suelo y salieran de la alcoba pisando de puntillas. Los dientes de Fabiano, implantes de cristal bioluminiscente, brillaron en la oscuridad como un diminuto enjambre de luciérnagas antes de desaparecer tras la puerta.

Sybil tomó el móvil de la mesilla, pronunció un nombre de dos sílabas y añadió: «Sólo audio».

– Así que tú también lo has notado -afirmó una voz masculina al otro lado de la línea.

– Sí.

Hubo un instante de silencio. Habían hablado tanto entre ellos que muchas veces no encontraban palabras que decir.

– Tú eres la mujer. Eres quien mejor entiende cómo funciona su mente -dijo él por fin.

– Una vez creíste que había otra mujer que podía entenderla mejor.

– Escucha…

– Y por eso lo echaste todo a perder.

– No fue culpa mía, Isa. -Aquél era el diminutivo de su antiguo nombre, un nombre que sólo él conocía-. Además, aquello ocurrió hace mucho.

– Ya sabes que yo nunca perdono.

«Y por eso nunca volviste a tener mi cuerpo, ni lo tendrás», añadió Sybil para sí.

– Está bien -dijo él-. Hazme todos los reproches que quieras, pero dime cómo lo interpretas.

– La Gran Madre ha despertado cargada de energías -respondió Sybil-. Es una lástima que no podamos aprovecharlas.

– Todo se puede aprovechar.

– No, a menos que consigamos que ella nos oiga. Y ya no tenemos la herramienta que necesitamos.

– Quizá sí. Ayer recibimos una lectura magnética que podría deberse a lo que buscamos.

«La cúpula de oricalco», pensó Sybil. Las pulsaciones se le aceleraron, pero respondió en tono indiferente.

– ¿Cuántas veces has creído que la habías encontrado?

– Esta vez será la buena. Confía en mí.

– Yo no confío en nadie. Por eso sigo viva.

Sybil cortó la llamada y encendió un cigarrillo, un lujo prohibido por la ley y los médicos de todo el mundo. Podía dejarlo cuando quisiera, pero sabía que el tabaco no hacía daño a sus pulmones y, además, le gustaba el aire retro de aquel vicio.

SyKa sonrió en la oscuridad. Ella también presentía que la cúpula estaba a punto de salir de nuevo a la luz. Con ella, las cosas serían muy distintas. El poder de ambos se había diluido mucho entre más de siete mil millones de humanos. Ahora, Sybil sospechaba que pronto surgiría un nuevo escenario en el que los dos dominarían de nuevo sin rivales.

Aunque antes tendrían que asegurarse de que los pocos que eran como ellos y podían plantearles competencia, si es que todavía existían, desaparecieran de la faz de la Tierra.

Capítulo 4

Santorini, Grecia

A la misma hora en que Gabriel Espada, Eyvindur Freisson y Sybil Kosmos se despertaban, la arqueóloga Rena Christakos fumaba un cigarrillo acodada en la barandilla del mirador de su habitación. No la había desvelado ningún sueño. Ella misma había programado la alarma de su móvil para despertarse en mitad de la noche. Ahora, mientras apuraba el cigarro, se preguntó si tendría valor para cumplir su plan: colarse como una intrusa en las ruinas de la ciudad minoica de Akrotiri.

Jugar a espías a los cincuenta y dos años no parecía una gran muestra de madurez. Sobre todo, teniendo en cuenta que Rena Christakos era la vicedirectora de esas excavaciones.

«Vicedirectora por poco tiempo», se recordó.

La luna creciente brillaba en el cielo, tapada de cuando en cuando por jirones de nubes grises como el hierro. El viento soplaba con fuerza y el aire estaba impregnado del olor a azufre del volcán que dormitaba en el centro de la bahía.

Rena contempló cómo el reflejo de la luna se quebraba en hilos de plata sobre las aguas de la gran bahía central de Santorini, doscientos metros más abajo. Su habitación se levantaba sobre el Puerto Viejo, encaramada a un acantilado cuyas capas de ceniza y piedra pómez revelaban la historia de antiguas erupciones. El panorama que contemplaba cada vez que abría la puerta o las ventanas encarecía el precio un cincuenta por ciento. Pero, aunque conocía de sobra aquel paisaje, la seguía cautivando su belleza.

Belleza que escondía una inquietante amenaza. Mucho tiempo antes, casi toda la bahía era tierra firme coronada por una montaña volcánica. Pero hacía tres mil quinientos años, tras una erupción de proporciones apocalípticas, el volcán se hundió y todo el centro de Santorini desapareció en una explosión equivalente a sesenta mil Hiroshimas.

Aquella catástrofe sembró la devastación en el Egeo en forma de nubes ardientes, tsunamis y lluvias de ceniza, y acabó con la floreciente civilización minoica. Pero a cambio cubrió la antigua ciudad de Akrotiri, en el sur de Santorini, con una capa de ceniza que la preservó en una especie de cámara del tiempo para la posteridad.

Akrotiri. La joya arqueológica del Mediterráneo. Casas y calles perfectamente conservadas, pinturas que pese al tiempo no habían perdido una pizca de su frescura.

Desde que tenía ocho años y visitó Santorini por primera vez, Rena Christakos había soñado con convertirse en arqueóloga y trabajar desenterrando Akrotiri. Aquel sueño se había cumplido, pero ahora el duro despertar parecía inminente. El patrocinador de las excavaciones, el anciano megamillonario Spyridon Kosmos, le había dejado bien claro que no iba a renovarle el contrato.

– Con un director es más que suficiente -le había dicho esa misma mañana, engarfiando los dedos sobre los brazos de su silla de ruedas y clavándole aquella mirada oscura que hacía que a más de uno le temblaran las piernas.

Los ojos de Rena buscaron la sombra oscura del islote de Kameni, en el centro de la bahía. Allí, en el mismísimo corazón del volcán, parpadeaban las luces de Nea Thera, la mansión del señor Kosmos. Rena volvió a preguntarse cómo el Gobierno griego había permitido aquella tropelía urbanística. Puestos a edificar en lugares inverosímiles, ¿por qué no le habían permitido construirse un chalet dentro del Partenón?

Una de las excusas para otorgar a Kosmos la licencia de construcción era que su mansión respetaba las antiguas tradiciones del Egeo. Nea Thera era un edificio diseñado al estilo minoico, como el palacio cretense de Cnosos: un laberinto de columnas rojas y azules que se ensanchaban en el capitel, terrados con cornisas que se sucedían en niveles escalonados siguiendo el accidentado relieve del islote y puertas coronadas por el doble cuerno minoico.

Existía otra razón incluso más fácil de entender: el dinero. Spyridon Kosmos no sólo financiaba las excavaciones, sino que había invertido grandes sumas de dinero en la reconstrucción de Santorini tras la erupción y el terremoto de 2012. En cierto modo, el anciano se había convertido en dueño del pequeño archipiélago.

Por eso podía hacer y deshacer a su antojo. Siempre con la inestimable ayuda de Telamón Sideris, director de las excavaciones y superior directo de Rena, que más que como un asalariado de Kosmos se comportaba como un auténtico esbirro.

Rena sabía de sobra que, si iba a perder su puesto, era por intervención directa de Sideris, pues el resto del equipo de arqueólogos estaba contento con su labor. Pero lo que más la torturaba ahora, mientras apuraba el cigarro contemplando la bahía, era la convicción de que Sideris le estaba ocultando algo. Aquel viejo zorro se guardaba un descubrimiento espectacular que no sacaría a la luz hasta que se librara de ella. Sólo así podría llevarse todo el mérito a solas.


Extractos de la entrevista emitida por la NNC (Net News Channel) el 28 de abril a las 03:00.


Entrevistador: Tenemos con nosotros a los arqueólogos Telamón Sideris y Rena Christakos, director y subdirectora de las excavaciones de la ciudad minoica de Akrotiri, en Santorini. Buenas noches, profesores.

Sideris: Buenas noches.

Rena: Buenas noches.

Entrevistador: ¿Podrían explicarnos en pocas palabras qué era la cultura minoica y por qué tiene tanto interés para los occidentales del siglo XXI? Doctor Sideris…

Sideris: Por caballerosidad, prefiero ceder la palabra a mi colega.

(Rena lo mira de reojo antes de contestar).

Rena: La minoica fue una civilización muy próspera que se desarrolló en la isla de Creta y alcanzó su mayor esplendor entre los años 2000 y 1500 antes de Cristo. Pero no se limitó a Creta, sino que extendió su influencia a buena parte del Egeo y del Mediterráneo oriental, y se relacionó en igualdad de condiciones nada menos que con el poderoso país de Egipto.

Entrevistador: Si apareció en Creta, ¿por qué no la llaman cultura cretense?

Sideris: Es una tradición llamarla «minoica» porque, según los mitos griegos, en Creta reinó un soberano llamado Minos. Este Minos poseía una flota tan poderosa que dominaba los mares y recibía tributo de todas las islas y ciudades del Egeo.

Entrevistador: ¿No era ese mismo Minos el padre del Minotauro, el monstruo mitad hombre y mitad toro?

Sideris: Eso no es del todo correcto. Se trata de una cuestión algo escabrosa…

Entrevistador: Tranquilo, doctor Sideris. No estamos en horario infantil.

Sideris: Verá, la esposa de Minos tuvo relaciones sexuales con un toro…

Entrevistador: ¡Prefiero no imaginarme cómo lo hizo!

Sideris: Yo tampoco. El caso es que de esa unión nació el Minotauro. Así que no podemos decir que dicho monstruo fuera exactamente hijo de Minos…

Rena: Aunque sí es cierto que fue el rey Minos quien hizo construir el Laberinto para encerrar al Minotauro.

Entrevistador: ¿Qué tenían de especial los minoicos para que nos interesen tanto hoy día?

Sideris: En primer lugar, que influyeron muchísimo en Grecia. Los griegos de la Época Clásica debían a los minoicos mucho de su arte, su religión o sus mitos.

Entrevistador: Y todos sabemos que Grecia es la cuna de Occidente…

Sideris: Así es. Eso significa que, en realidad, buena parte de lo que somos hoy día se lo debemos a los minoicos. En Creta, y sobre todo en Santorini, estamos desenterrando las verdaderas raíces de Europa y de toda la civilización occidental.

Entrevistador: Muy inspirador, doctor Sideris.

Rena: Mi ilustre colega tiene un gran talento para las frases grandiosas. Pero, por bajarnos un poco de la retórica y ceñirnos a nuestros hallazgos arqueológicos, me gustaría añadir que la cultura material de los minoicos era increíblemente avanzada para la época.

Entrevistador: ¿Puede ponerme algún ejemplo?

Rena: Claro. En sus palacios y en muchas de sus casas disfrutaban de agua corriente y de retretes, un lujo que después desapareció y sin el que hoy día no seríamos capaces de vivir.

Entrevistador (riéndose): Yo, desde luego, no.


«Debería haber sido más diplomática con Sideris en aquella entrevista», pensó Rena. Al fin y al cabo, él era su superior.

«Para eso tendría que volver a nacer», se corrigió a sí misma. No soportaba a Sideris, la exasperaban su falsa galantería, su vanidad y su afán por arrogarse todos los méritos de un equipo de más de doscientas personas.

Y, sobre todo, la sacaba de quicio pensar que le estaba ocultando algo.

«Decidido», pensó, aplastando la colilla en el cenicero. Iba a entrar en las excavaciones y descubrir qué escondía Sideris.

Rena subió las escaleras que serpenteaban entre los apartamentos colgados sobre el acantilado, ciento cincuenta peldaños de dimensiones irregulares que quemaban las piernas de cualquiera. Al llegar arriba, respiró hondo y se masajeó los muslos. Tras un breve descanso, cruzó la carretera, entró en su coche y arrancó.

Por el camino se cruzó con dos motoristas que no llevaban casco; lo habitual entre los lugareños, incluso en pleno invierno. Como solía ocurrirle, se sintió un poco culpable por haber alquilado un coche en lugar de una moto. Iris Gudrundóttir, la joven islandesa miembro del equipo de vulcanología, solía reprocharle:

– ¿No te parece absurdo usar una máquina que pesa más de una tonelada para transportar a una persona que no llega a sesenta kilos?

Rena ya no se veía con edad para acostumbrarse a conducir una moto. Además, con el viento que solía soplar en la isla, temía que cualquier racha la arrojara por un acantilado. Al menos, el coche que llevaba era eléctrico, tan silencioso que el ruido del aire en el exterior ahogaba el zumbido de su motor.

Cuando llegó al primer cruce, Rena tomó el camino de la derecha. Al cabo de un rato, la carretera se apartó de los acantilados y empezó a descender hacia la costa sur por un valle recubierto de capas de ceniza volcánica en las que la erosión había trazado diseños tan caprichosos como los dedos de un niño en la arena de la playa.

Cuando llegó a las excavaciones, Alex, el guardia que estaba de turno aquella noche, dejó la videoconsola y salió de la caseta.

Rena lo había calculado bien. Alex se llevaba bien con ella y, sobre todo, no soportaba a Sideris a raíz de una bronca que le había echado delante de veinte personas.

– ¿Cómo es que viene a estas horas, doctora?

– Me he dejado unas notas. -«Y tengo que terminar un artículo muy importante esta misma noche», pensó en añadir; pero se dijo que dar demasiadas explicaciones a un subordinado haría menos verosímil su excusa.

– ¿La acompaño? -preguntó Alex, desenganchándose del cinturón una gruesa linterna-. Es fácil tropezar ahí dentro y…

«Y romper algo», podría haber completado. Obviamente, no se atrevió a explicarle a una arqueóloga con treinta años de experiencia lo delicado que era el yacimiento.

– No hace falta -dijo Rena, encendiendo su propia linterna.

Rena tomó la antigua entrada, situada en el lado sur. Durante décadas, las excavaciones habían estado abiertas al público. Pero en 2005 se había producido un accidente un tanto esperpéntico. El yacimiento estaba protegido por un tejado de uralita sostenido sobre columnas de Dexion. Para minimizar el impacto visual sobre el medio ambiente, se decidió recubrir la uralita con una capa de tierra y musgo, de tal manera que desde las alturas que rodeaban el valle de Akrotiri las excavaciones resultaran prácticamente invisibles.

Para que el musgo se mantuviera verde, los operarios lo regaban de vez en cuando. La tierra se fue empapando hasta compactarse y aumentar de peso, y la carga debilitó poco a poco la estructura. Un fatídico día de septiembre un sector entero de techo se vino abajo. Un turista gales murió y seis personas resultaron heridas.

Desde entonces, los turistas no habían vuelto a entrar en las ruinas de Akrotiri. El mismo mes en que estaba previsto abrirlas al público, en abril de 2012, el volcán habló de nuevo y todos los planes cambiaron. Ahora la razón para cerrar las excavaciones a los turistas no era la seguridad, sino que los visitantes podían entorpecer el trabajo de los arqueólogos, que trabajaban durante todo el año, pese al viento, la lluvia o el frío.


Entrevistador: Como nuestros espectadores sabrán, el año 2012 no fue el fin del mundo.

Rena: ¿Es que alguien lo esperaba en serio?

Entrevistador: No obstante, Santorini sufrió una erupción volcánica acompañada de un fuerte terremoto. El yacimiento en el que ustedes trabajan sufrió importantes destrozos, ¿no es cierto?

Sideris: Así es.

Entrevistador: Según los informes de los expertos, es posible que en el futuro se produzca una erupción mucho más violenta. Dicha erupción podría dañar de forma irreparable las ruinas de Akrotiri. ¡Dañar unas ruinas! Suena paradójico, ¿verdad?

Sideris: Sí, pero se trata de una amenaza muy real. Por eso, desde que el consorcio presidido por nuestro patrocinador, el señor Spyridon Kosmos, tuvo a bien nombrarme director de las excavaciones, he multiplicado por diez el ritmo de trabajo.

Entrevistador: ¡Por diez! Eso sí que es mejorar resultados.

Sideris: Quiero desenterrar todos los edificios y obras de arte que pueda para fotografiarlos, estudiarlos y, en lo posible, trasladarlos a un lugar seguro antes de que se produzca la erupción.

Rena: Aunque aquello que no podamos desenterrar seguirá bien protegido bajo una capa de unos cuantos metros de ceniza que, simplemente, será más gruesa. (Sideris mira de reojo a Rena y frunce el ceño, pero no dice nada).


Era la primera vez que Rena entraba de noche en la antigua ciudad. Un aquel silencio espectral, apenas iluminado por las luces de emergencia y el haz de su linterna, le pareció oír las voces de los niños que jugaban por los callejones, y sintió una mezcla de reverencia y temor.

Caminó entre casas de dos, tres y hasta cuatro pisos de altura que se levantaban arracimadas unas con otras. Las calles eran estrechas y tortuosas, construidas en aparente desorden. Sin embargo, ofrecían sombra en verano y en invierno sus ángulos cambiantes protegían de los ventarrones tan habituales en la isla. El empedrado estaba pulido por el paso de los viandantes, y bajo él corrían las alcantarillas que llevaban los residuos de los retretes privados a los pozos negros.

Todo el conjunto se había salvado gracias a la gran erupción de la Edad de Bronce. En circunstancias normales, los vecinos de Akrotiri habrían construido viviendas nuevas encima de las antiguas, borrando así las huellas del pasado. Pero el volcán hizo que los habitantes evacuaran la población y después enterró las casas bajo una espesa capa de cenizas, como una fotografía eternamente congelada.

Rena llegó a la calle que habían bautizado como «de los Caldereros» porque allí habían hallado calderos de cobre y de bronce. Algo raro en Akrotiri: antes de evacuar la ciudad, los habitantes se habían llevado prácticamente todos los objetos de valor, y eso incluía los enseres metálicos.

Sospechaba que era en esa zona donde Sideris había hecho algún hallazgo espectacular que quería ocultar hasta que llegara el mejor momento para sacarlo a la luz y colgarse todas las medallas. Desde hacía varias semanas, cada vez que Rena se acercaba a la calle de los Caldereros le salía al paso algún miembro de la cuadrilla personal de Sideris para consultarle dudas o hacerle comentarios intrascendentes. Era como si quisieran ganar tiempo para tapar algo.

En teoría, todo lo que había en el subsuelo de Akrotiri aparecía en las imágenes del radar de penetración terrestre. Pero, sin ser ninguna hacker, Rena sabía muy bien que las lecturas en 3D del radar se podían ocultar y cifrar, sustituyéndolas por otras para engañarla a ella y a la mayoría del equipo.

Para frustración de Rena, el aspecto que presentaban la calle y las casas era el mismo de todos los días. «Era evidente que no podía ser tan fácil», pensó.

Estaba planteándose dar media vuelta cuando se detuvo en seco. Sintió un vacío en el estómago y empezó a sudar frío.

Se miró los antebrazos. Tenía el vello erizado.

Bajo sus pies notó una vibración sorda, y después escuchó una grave trepidación, como si las tripas de la Tierra rugieran de hambre. Brrrrmmmm…

Medio segundo después llegó el terremoto. El rugido se convirtió en un bramido ensordecedor y el suelo se sacudió como una cuna agitada por las manos de un gigante loco.

Rena recordó las instrucciones de su madre, que había vivido más de un temblor de tierra. «Si no te da tiempo a salir a la calle, ponte bajo el dintel de una puerta».

Ahora, la «calle» se hallaba debajo de un cielo de metal que en el pasado ya se había derrumbado con consecuencias letales. Rena prefirió correr hacia la derecha y refugiarse bajo la puerta de una casa, sin pensar que aquel dintel tenía tres mil quinientos años y seguramente no resistiría mucho.

Pero no fueron ni la pared ni la viga de madera del dintel las que cedieron, sino el suelo. Con un grito de terror, Rena se hundió bajo tierra.


Entrevistador: Ustedes dos trabajan en las excavaciones de Akrotiri, a la que muchos han llamado «la Pompeya del Egeo». ¿Por qué esa comparación?

Rena: Porque, al igual que Pompeya, la ciudad de Akrotiri quedó enterrada bajo las cenizas de un volcán hace tres mil quinientos años.

Sideris: Sólo que la erupción de Santorini fue muchísimo más violenta que la del Vesubio. Su magnitud fue tal que precipitó el fin de la civilización minoica no sólo en Santorini, sino también en Creta, cien kilómetros al sur. En Egipto provocó las tinieblas que se mencionan en la Biblia, y a nivel global hizo bajar las temperaturas en todo el mundo.

Entrevistador: Eso no nos vendría mal hoy día con el calentamiento…

Sideris: Algunos expertos, entre los que me encuentro, postulan que esa tremenda catástrofe originó el mito de la Atlántida.

Entrevistador: Eso es muy interesante. Pero seguro que usted tiene otra opinión, doctora Christakos. ¿Cree que Santorini pudo haber sido la Atlántida?

Rena: Sólo en un sentido muy metafórico. Es cierto que el volcán hundió bajo las aguas más de media isla. Pero Santorini no era el centro de una auténtica civilización, sino una colonia de Creta.

Sideris: Siento disentir, con todo respeto, de las opiniones de mi colega la doctora Christakos. Creo que en las excavaciones que dirijo encontraremos pruebas de que Santorini no era una simple colonia. Se trataba de una metrópoli por derecho propio que no dependía de Creta, sino que ejercía una gran influencia sobre ella. En mi opinión, Santorini era el verdadero corazón de la civilización minoica.

Rena: Discrepo. También con todo respeto, por supuesto.

Sideris: No esperaba menos de usted, mi querida Rena.

Rena: Akrotiri, la ciudad que ambos excavamos, debió tener unos doce mil habitantes. Se trataba de una cifra respetable para la Edad de Bronce, pero estaba lejos de ser una urbe tan populosa como Cnosos. Yo sigo fiel a la ortodoxia: el núcleo de la civilización minoica se hallaba en Creta.

Sideris: Mi querida Rena, da usted por supuesto que sólo había una ciudad en Santorini. Pero los espectadores han de saber que en el centro de la bahía se alzaba una isla coronada por un volcán.

Rena: Aunque así fuera…

Sideris: Estoy convencido de que en las laderas de ese volcán había otra ciudad mucho mayor que Akrotiri, y que era la auténtica capital de la isla. Pero todo eso se hundió bajo las aguas durante el gran cataclismo.

Entrevistador: ¿No hay restos de esa capital?

Rena: No, no los hay.

Sideris: Todavía no se han descubierto, lo que no significa que no existan. Gracias al generoso mecenazgo de nuestro patrocinador, el señor Spyridon Kosmos, el buque oceanográfico Poseidón está rastreando los fondos de la bahía en busca de vestigios de esa ciudad perdida.

Entrevistador: ¿Y creen ustedes que los hallarán?

Rena: Nada me agradaría más que equivocarme, pero dudo que el Poseidón encuentre nada de interés.

Sideris: Yo soy más optimista. La erupción del año 2012 ha elevado y removido el fondo de la bahía. Presiento que pronto encontraremos alguna sorpresa que ha permanecido oculta durante siglos. Entrevistador: ¿Sorpresa que corroboraría su teoría de que Santorini era la auténtica Atlántida?

Sideris: Prefiero no anticipar acontecimientos.


Mientras el suelo cedía bajo sus pies y el mundo rugía y chirriaba a su alrededor, Rena resbaló casi dos metros, tratando de cubrirse la cabeza con los antebrazos por si le caía encima algún cascote.

Pasados unos diez segundos, el suelo dejó de sacudirse. Durante u n rato se oyeron rechinos de metal, como lamentos de un robot oxidado desperezándose en una mañana invernal. Rena volvió a acurrucarse y se tapó la cabeza, temiendo que las vigas de acero y el techo de uralita se vinieran abajo.

Poco a poco, los crujidos se apagaron y toda la estructura pareció asentarse. Rena contuvo la respiración. Esperaba escuchar de un momento a otro cómo se desplomaba alguna casa. Por alguna razón pensó que, si aquello ocurría, todos los edificios de Akrotiri se derrumbarían como piezas de dominó. Pero no se oyó nada.

Por suerte, llevaba la linterna atada a la muñeca y no la había perdido. Se incorporó y alumbró a su alrededor. Estaba sobre una escalera de piedra que se hundía bajo tierra. Miró hacia arriba y comprobó que se había caído al pisar en la juntura entre dos planchas de hierro estriado que se habían desplazado con el seísmo.

Obviamente, aquellas planchas no eran de la Edad de Bronce. Alguien las había cubierto con tierra y ceniza para que no se notara su presencia.

¡Tenía razón! No era ninguna paranoica: Sideris le ocultaba algo.

A lo lejos escuchó la voz de Alex.

– ¡Doctora Christakos! ¡Doctora Christakos!

No estaba bien dejar que el vigilante se preocupara por ella. Pero tenía que bajar por aquella escalera y comprobar adonde conducía. Sólo así desenmascararía los manejos de Telamón Sideris.

«Te ha salido el tiro por la culata, mi querido Sideris. De ésta acabo con tu carrera».

Rena bajó quince escalones, sin pensar en el peligro que suponía entrar en el sótano de un edificio construido hacía miles de años, y mucho más después de un temblor de tierra. O tal vez lo pensó, pero le dio igual. La emoción del descubrimiento y la furia por haber sido engañada neutralizaban cualquier otra sensación.

En el sótano había varias metretas, grandes ánforas ordenadas en hileras de cuatro. Entre ellas se alzaban vigas metálicas de Dexion que apuntalaban el techo.

Rena se sintió defraudada, pero su decepción apenas duró dos segundos. En una de las paredes se abría otra puerta de la que partía una segunda escalera.

Respiró hondo y emprendió el descenso a las tinieblas. Cuando llevaba un rato bajando se detuvo a olisquear. El aire no era tan rancio como esperaba. El túnel debía tener conductos de ventilación construidos por los antiguos teranos y reabiertos por Sideris.

Los peldaños estaban tallados en la roca viva. Rena alumbró las paredes y las tocó. Eran de ignimbrita rojiza, producto de una erupción anterior a la que había enterrado la ciudad, en aquella capa se habían encontrado algunas cuevas excavadas por el hombre, tumbas de tiempos prehistóricos.

Pero el túnel que recorría Rena parecía más moderno. Sospechaba que lo habían excavado en la Edad de Bronce, tal vez ampliando alguna galería natural. «Esto debe de conducir a algún tipo de santuario», pensó.

Había perdido la cuenta de los peldaños cuando el haz de la linterna alumbró el final de la escalera. Rena volvió a aguantar la respiración al vislumbrar los vivos colores de un fresco. En Akrotiri se habían hallado decenas de pinturas murales, pero cada nuevo hallazgo suponía una emoción indescriptible. Y mucho más en un pasadizo secreto excavado bajo tierra.


Entrevistador: Tengo entendido que la cultura minoica también destacó por sus artes.

Rena: Así es. La prueba son los frescos que decoran los palacios y las casas de Creta y Santorini. Son increíblemente vivos y elegantes, y demuestran que los minoicos eran un pueblo que amaba la naturaleza y que sabía disfrutar de la vida.

Entrevistador: Hay quien dice que eran prácticamente pacifistas… (Sideris carraspea).

Sideris: Llamarlos pacifistas resulta un tanto excesivo. Es cierto que sus ciudades no tenían murallas…

Rena: Lo cual ya demostraría algo sobre ellos.

Sideris: Sólo demuestra que no necesitaban murallas porque su flota dominaba los mares y no temían invasiones del exterior. Por otra parte, en contra de esa visión tan pacifista está el asunto de los sacrificios humanos.

Entrevistador: ¿Sacrificios humanos? Eso no suena muy civilizado. ¿A qué se refiere?

Sideris: En un lugar llamado Anemospilia se encontraron pruebas de que dos sacerdotes, un hombre y una mujer, habían sacrificado a un joven.

Entrevistador: ¿Qué tiene que decir ante eso, doctora Christakos?

Rena: Yo no generalizaría a partir de ese hecho. Un solo sacrificio no es más que una anécdota en una civilización que duró tantos siglos. Me cuesta creer que la misma cultura que otorgaba tanta importancia a la mujer y prefería representar fiestas que batallas se complaciera arrancando corazones humanos.


El pasadizo desembocaba en una sala rectangular. La pared sur era de roca viva, pero las otras tres estaban recubiertas de yeso y pinturas. Olía a resina acrílica, lo que significaba que Sideris había empezado con las tareas de conservación: en algunos puntos se veían tiras de gasa y papel japonés que evitaban que los fragmentos descascarillados se desprendieran.

Las escenas representadas en la sala eran tan complejas y abigarradas que Rena decidió estudiarlas poco a poco, empezando por la pared occidental.

Allí había una ciudad, representada por unas quince casas apelotonadas cuyos moradores estaban asomados a las ventanas y subidos a las azoteas. Sobre sus cabezas se elevaba un risco por encima del cual se veía el suave azul del cielo. Y allí estaba lo que más sorprendió a Rena.

Escritura. Cinco signos nítidamente trazados en negro.

Era la primera vez que veía escritura y pintura combinadas en el arte minoico. Se trataba de Lineal A, un sistema de caracteres silábicos cuya equivalencia fonética se conocía, aunque el idioma que plasmaban aun no había sitio descifrado por completo.

– A… ta… na… ke… mi -silabeó Rena.

En la parte derecha de la pared, unos barcos abandonaban la ciudad. En ellos viajaban jóvenes desnudos y muchachas vestidas tan sólo con faldellines. Aunque apenas se les apreciaban los pechos, Rena supo que eran mujeres, pues el arte minoico siempre representaba a las hembras con la piel blanca, en contraste con la tez bronceada de los varones.

Cruzó al otro lado de la sala para examinar el mural oriental. La figura principal era una mujer sentada sobre una plataforma con cojines. Vestía una falda larga de volantes y una chaquetilla que mostraba sus senos. Debía tratarse de la gran diosa de la Tierra, la divinidad principal de la religión minoica. O de su sacerdotisa. O tal vez de ambas cosas a la vez: una mujer mortal poseída por el espíritu de la divinidad.

A Rena se le erizó el vello de la nuca al ver la escena que se desarrollaba a los pies de la diosa. Había un altar blanco, y sobre él un hombre y una mujer, ambos desnudos. Un sacerdote estaba abriendo el pecho del varón con un cuchillo. En cuanto a la mujer, la sacerdotisa le había extraído va el corazón y se lo ofrecía a la diosa con sus manos ensangrentadas.

«Sideris ya había visto esto cuando nos hicieron la entrevista», pensó. Por eso había insistido tanto en el asunto de los sacrificios humanos. ¿Qué más información privilegiada guardaba el endiosado director?

Rena se acercó a la pared norte, la última que le quedaba, listaba cubierta prácticamente del suelo al techo por una gran escena mural que representaba dos poblaciones.

En la ciudad que se encontraba en la parte inferior del fresco había unas veinte casas de colores ocres y azulados. Los vecinos del lugar miraban hacia la izquierda, por donde llegaba un barco que, aparentemente, procedía de la ciudad representada en el primer fresco que había examinado.

Junto a las casas había otros cuatro signos de lineal A. Rena los leyó uno por uno.

– Qwe… ra… ke… mi-después volvió a acercarse a la pared oeste y alumbró los símbolos que había leído antes-. A… ta… na… ke… mi.

Si prescindía de los dos últimos símbolos, que eran iguales, le quedaban dos palabras: Qwera y Atana.

– Un momento -susurró, volviendo a la pared norte y a la población pintada en su parte inferior. Qwera era la forma antigua del nombre de…

– ¡Tera!

Aquella ciudad tenía que ser la propia Akrotiri, en cuyos subterráneos se encontraba ahora mismo. Por lo tanto, Atana no podía ser otra que Atenas. Y Kemi debía significar «ciudad».

A-ta-na-ke-mi, «la ciudad de Atenas». Qe-ra-ke-mi, «la ciudad de Tera».

Las pulsaciones de Rena volvieron a acelerarse. Los barcos que partían de Atenas en dirección a Tera llevaban a bordo a jóvenes desnudos. Sin duda, se trataba de las mismas víctimas que se sacrificaban ante la Gran Diosa en el fresco que tenía a su derecha.

Pensó en el mito del Minotauro. Cada cierto tiempo, los atenienses enviaban a catorce jóvenes de ambos sexos para ser sacrificados en el Laberinto de Creta. Siempre se había pensado que aquella leyenda obedecía a una razón histórica: hacia el año 1500 antes de Cristo, los minoicos de Creta dominaban todo el Egeo, y las islas y ciudades ribereñas se veían obligados a mandar tributos al palacio de Cnosos, un edificio tan grande y de planta tan enrevesada que había inspirado la leyenda del Laberinto.

Pero, según el fresco, el lugar donde los atenienses enviaban a aquellos infortunados jóvenes no era Cnosos, sino la isla de Tera. De ser así, el centro del imperio marítimo del fabuloso rey Minos no se hallaba en Creta, sino en Santorini. Un descubrimiento de tal calibre obligaría a modificar los manuales de historia antigua y a reinterpretar muchos mitos.

«En mi opinión, Santorini era el verdadero corazón de la civilización minoica», había dicho Sideris en la entrevista. ¿En su opinión? El viejo granuja tenía pruebas, y las había ocultado. ¿Qué más sorpresas escondía aquel fresco?

El haz de la linterna trepó poco a poco por la pared, buscando nuevos detalles. Sobre las casas de la ciudad se veía una cinta azul, una circunferencia de agua que debía representar la bahía central de Santorini.

En medio de la bahía se levantaba una gran montaña. De su cumbre brotaban dos penachos negros que se retorcían en volutas: gases volcánicos. Pero lo que más le llamó la atención fueron las construcciones que se alzaban bajo la cima de aquel volcán.

Allí había otra ciudad.

«Estoy convencido de que en las laderas de ese volcán había otra ciudad mucho mayor que Akrotiri, y que era la auténtica capital de la isla».

Sideris había jugado sobre seguro en aquella entrevista. Si todo le salía bien, los titulares hablarían de LA PRODIGIOSA INTUICIÓN DE UN VETERANO ARQUEÓLOGO.

«Ya procuraré yo que le retiren incluso la licencia para excavar», pensó Rena. El engaño de Sideris la enfurecía, pero el asombro y el deleite ante lo que estaba descubriendo superaban su indignación.

Bajo la cima del volcán se veía un edificio de forma triangular -¿una pirámide?- coronado por una cúpula amarilla. Rena jamás había visto una cúpula en el arte minoico, pero aquélla era sólo una sorpresa más entre las maravillas que estaba encontrando.

Sobre el tejado del edificio, justo bajo la cúpula, había un hombre y una mujer. Ella vestía una falda y un corpiño que mostraba sus pechos, y parecía una versión a escala reducida de la diosa que recibía el corazón sangrante en la pared de la derecha.

En cuanto al hombre, llevaba sobre la cabeza unos cuernos de toro. ¿Sería el auténtico rey Minos? ¿Explicarían aquellos cuernos la leyenda del Minotauro?

Pero Minos reinó en Creta. Al menos, según la tradición. ¿Y si la tradición se equivocaba?

Al pie de la pirámide, los jóvenes prisioneros que venían de Atenas se acercaban en dos hileras, desnudos y con las cabezas cubiertas por capuchas. ¿Era allí donde les arrancaban el corazón?

«¿Qué mejor lugar para ofrecer un sacrificio a la Gran Diosa Tierra que junto al cráter de un volcán?», pensó Rena.

A unos centímetros de la cúpula se veían otros ocho signos de Lineal A, esta vez trazados en azul sobre el ocre del volcán. Rena se acercó a menos de un palmo y los alumbró. No recordaba cómo se leía el cuarto. Cerró los ojos y se concentró en visualizar la tabla de silabogramas.

Na. ¿Na? Sí, sin duda era «na».

Volvió a abrir los ojos y leyó muy despacio.

– A… ta… ra… na… ti… da… ke… mi. La ciudad de Ataranatida.

Aquellos silabogramas sólo tenían una pronunciación posible.

Conteniendo la respiración, Rena alumbró de nuevo la cúpula amarilla y recordó una palabra que aparecía en un diálogo de Platón. Oricalco. El «bronce de la montaña», un metal dorado que sólo se encontraba en…

– La Atlántida -dijo una voz a sus espaldas.

Rena se volvió. Sin que ella lo oyera, alguien había entrado en la cripta.

«Es imposible. No puede haber salido de la pared», se dijo, a sabiendas de que era un pensamiento absurdo.

Al igual que la figura del fresco, el hombre iba tocado con dos cuernos de toro y vestido tan sólo con un faldellín rojo. Las llamas de la antorcha que empuñaba en la mano derecha arrancaban brillos cobrizos a su torso musculoso y untado de aceite. Llevaba el rostro tiznado como un soldado de operaciones especiales, de tal modo que sólo se distinguía el blanco de sus ojos.

Toparse con un desconocido en una cripta enterrada bajo los restos de una ciudad muerta era razón suficiente para asustarse. Pero el terror que invadió a Rena fue tan intenso que a ella misma le pareció sobrenatural.

Tal vez la causa estaba en los ojos de aquel hombre. Apenas parpadeaban, y tenían unos iris como manchas de tinta que se confundían con las pupilas. Ante aquella mirada, Rena sintió un retortijón en el vientre, como si se hubiera tragado un bloque de hielo obtenido de una charca putrefacta.

«Son los ojos del mal», pensó.

Rena echó a correr hacia la salida. En lugar de impedírselo, el intruso se apartó a un lado. Pero cuando Rena empezó a subir la escalera, sintió unos pasos descalzos tump, tump- que la perseguían.

Sin girar la cabeza., apretó el paso. A su edad no se habría imaginado subiendo peldaños de dos en dos como Cuando era adolescente, pero el miedo cerval que la poseía le otorgaba fuerzas insospechadas.

Mientras el haz de su linterna bailaba como un fantasma huidizo sobre los escalones, Rena tuvo una extraña visión en la que se contempló a sí misma tumbada en un altar bajo una cúpula dorada y con el corazón arrancado del pecho.

Y fue el corazón lo que empezó a dolerle, incluso antes que las piernas. Jamás había tenido problemas con él ni con la circulación, salvo unas pequeñas varices de las que se había operado tres años antes. Pero cuando llegó a la bodega de las ánforas y a la escalera por la que se había caído durante el seísmo, notó cómo las pulsaciones se le aceleraban más de lo que recordaba haber sentido en toda su vida.

Me va a dar un infarto», pensó.

Sin embargo, no podía dejar de correr. Salió a la calle de los Caldereros y giró hacia el sur, buscando la salida de las excavaciones.

– ¡Alto!

La orden taladró su nuca y sus riñones como un clavo. Rena se frenó en seco y se dio la vuelta. El hombre de los cuernos de toro, que había salido ya del sótano, avanzó hacia ella con la antorcha en la mano, pero se detuvo a unos pasos.

Rena apoyó las manos sobre las rodillas y trató de recuperar el aliento. Le fue imposible. El miedo que le infundía aquel hombre era algo animal, visceral, y le impedía respirar más que unas breves bocanadas de aire que apenas llenaban sus pulmones.

Lejos de ralentizarse, sus pulsaciones se dispararon. Al mismo tiempo que una nueva oleada de miedo encogía sus tripas, Rena sintió cómo un puño helado entraba en su pecho y le estrujaba el corazón. El dolor era tan insoportable que Rena cayó de rodillas al suelo.

«Es imposible. No se puede morir de miedo», se dijo.

Fue su último pensamiento.

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