SEXTA PARTE

MIÉRCOLES

Capítulo 26

Madrid, La Latina.

Eran las siete de la tarde cuando Gabriel entró en el bar Luque. Tenía los ojos irritados y le dolía la cabeza. Llevaba dos días pegado a la pantalla, empapándose en un curso intensivo sobre las culturas egeas de la Edad de Bronce. ¿Por qué les habrían puesto unos nombres tan parecidos? A la de Creta la llamaban «minoica» y a la de Grecia continental «micénica»: no era extraño que los estudiantes de historia las confundieran.

Había acordado con Celeste que el jueves volvería a la clínica Gilgamesh para grabar las palabras de la anciana enferma de Alzheimer. Aunque la visita sería por la mañana, como Milagros se pasaba casi todo el día dormitando, era muy probable que en algún momento entrara en fase de sueño profundo y volviera a sufrir aquellas extrañas visiones del mundo de la Atlántida.

Lo que Gabriel no le había confesado a Celeste era que él también las había compartido. Y su intención era repetir la experiencia.

Había recibido las visiones mientras dormía. Al parecer, en el estado de sueño su mente era más permeable a las «emisiones» de Milagros. Sabía que, desde que se quedó dormido en el sofá de la habitación hasta que Celeste volvió y lo despertó, no había pasado mucho tiempo. Eso le hacía sospechar que no había llegado a entrar en la laso REM, sino que se había sumido en el sopor de las ondas delta, el primer estadío del sueño y el más profundo, donde no se producían los procesos mentales conocidos como «sueños». (Cuando había escrito algo sobre el asunto, Gabriel se lamentaba a menudo de que el español no tuviese dos términos distintos como el inglés: sleep para el acto de dormir y dream para el acto de soñar).

Si quería unirse de nuevo con la mente de Milagros, tendría que sumergirse en sueño profundo a media mañana. ¿Cómo conseguirlo? Las dos primeras ideas que se le vinieron a la cabeza, emborracharse y empastillarse, no le convencieron. Mientras vivía las extrañas memorias de Kiru, su mente había conservado una extraña lucidez. No sabía en qué podrían afectarla el alcohol o los barbitúricos, pero no quería correr el riesgo.

Por suerte, Enrique tenía la solución y había prometido traérsela hoy.

Enrique y Herman estaban sentados en su mesa habitual, situada en el centro del bar, el punto estratégico para ver los partidos de fútbol en la pantalla grande. Ambos estaban discutiendo; lo contrario habría sorprendido a Gabriel.

– El problema de los chavales de ahora es que no hacen la mili -sostenía Herman, clavando su dedazo en la mesa-. Ahí sí que nos enseñaban respeto y disciplina. Y también aprendíamos a dominar nuestro cuerpo, en lugar de dejarnos dominar por él. ¡Ah, esas marchas de cincuenta kilómetros bajo el sol! ¡Qué bien les vendrían a estos gandules de ahora!

Al ver a Gabriel, Herman se volvió y sonrió, como si evocara algún recuerdo placentero.

– ¿Os había dicho que me enseñaron cinco formas distintas de matar a alguien sin que llegue a emitir ni un sonido?

– Sin duda es lo que les haría falta a los jóvenes de hoy día -dijo Enrique, en tono resignado. Tenía un maletín de cuero sobre la mesa-. Hola, Gabriel -saludó, estrechándole la mano-. Te lo he traído. Te recuerdo que es un prototipo. Prefiero no decirte cuánto cuesta, no sea que te pongas tan nervioso que se te caiga al suelo.

– Tranquilo. Lo cuidaré.

Enrique abrió el maletín. Dentro había un extraño aparato, una especie de araña de cuerpo negro y brillante y patas blancas y elásticas rematadas por electrodos.

– Ésta es la correa para sujetárselo a la barbilla. No te olvides de abrochártela, por favor.

– El nombre para esa correa es «barbuquejo» -precisó Herman, recordando de nuevo sus tiempos de la mili.

– Éste es el mando a distancia. Tiene varias posiciones. La alfa es para ondas relajantes. La theta para un sueño ligero. La delta para pasar a sueño profundo, y la REM es por si el usuario quiere soñar.

Aquél era el Morpheus, el aparato inductor del sueño en el que Enrique había invertido varios millones de euros, incluyendo camisetas con logos en tres dimensiones.

– También puedes programar la duración del sueño -dijo Enrique, señalando la pantalla del mando a distancia-. Marcas por ejemplo las ocho, y unos minutos antes el Morpheus empieza a activar tus ondas cerebrales para que estés despierto, alerta y descansado a la hora elegida.

– ¿Y para qué coño quieres ese cacharro, Gabriel? -preguntó Herman-. No será para…

Gabriel clavó los ojos en Herman y entrecerró los párpados. Su amigo comprendió el mensaje y se calló. A Enrique sólo le había dicho que estaba realizando un estudio sobre el sueño (en sus dos facetas, dream y sleep) para escribir un libro por el que le iban a pagar un suculento anticipo. Nada de telepatía ni visiones de la Atlántida: se sentía ridículo hablando de aquello en voz alta.

No obstante, Enrique debió darse cuenta de algo, porque miró a Herman con suspicacia.

– ¿Qué ibas a decir, Herman?

En ese momento, la televisión acudió en ayuda de Gabriel.


noticias nnc. última hora sobre el posible supervolcán de california.


– ¡Dale voz, Luque! -dijo Gabriel.

– A ver si ahora nos va a cortar el partido de fútbol -rezongó Herman.

– Calla, Herman -le espetó Enrique, en un tono brusco muy poco habitual en él. Acababa de consultar algo en su móvil que le había demudado el rostro. Gabriel se preguntó qué podía ser.

Capítulo 27

Santorini, Nea Thera.

Era la primera vez que Iris iba a visitar Nea Thera, la mansión minoica de Spyridon Kosmos. El magnate celebraba su nonagésimo cumpleaños, y por alguna razón desconocida, en lugar de rodearse de ministros, banqueros o estrellas del cine y el deporte, había invitado al equipo de las excavaciones de Akrotiri.

Estaban cruzando la bahía en un barco de madera cuyos esbeltos mástiles sólo servían de adorno, pues la propulsión la brindaba un ruidoso motor. Desde allí, podían ver el palacio de Kosmos, encaramado sobre las rocas volcánicas del islote. Y, por encima del palacio, el penacho blanco de la fumarola, una columna de humo que se elevaba a varias decenas de metros, como la chimenea de una central térmica.

No era la actividad geológica en el centro de la bahía lo más preocupante. La boca volcánica de Kameni sólo estaba eructando unos cuantos gases, como un bebé aquejado de cólicos. La propia Iris sabía que de momento el magma acumulado a miles de metros bajo ellos no intentaría salir a la superficie. Aunque «de momento» podía significar cuatro o cinco días.

La joven volvió la mirada hacia la popa. Por encima de los abruptos acantilados de Tera se levantaba otra nube, pero mucho más alta y oscura que la de Kameni. Provenía del volcán submarino de Kolumbo, a unos ocho kilómetros al nordeste de Santorini.

La última erupción de Kolumbo se había producido en el año 1650, y los gases y flujos piroclásticos mataron a más de setenta personas en Santorini. Desde entonces el volcán había dormido bajo las aguas.

El martes, sin embargo, se había producido un temblor de 5,4 mientras Iris y Finnur examinaban el fondo de la bahía con el Poseidón. Aquel seísmo fue el heraldo del inesperado despertar del Kolumbo, que los había pillado por sorpresa tanto a ellos como a los miembros del ISMOSAV.

Durante unos minutos, las aguas habían borboteado. Después, el volcán empezó a arrojar lava a más de quince metros por encima de las olas y la columna de gases sulfúricos se elevó hasta tres kilómetros de altura. El espectáculo atrajo a los turistas en masa a la parte este de Tera, sobre todo por la noche: en la oscuridad, la lava brillaba sobre las aguas como un corazón palpitante al rojo vivo.

Pero la misma noche del martes empezaron a caer cenizas sobre Santorini, y el viento trajo gases que irritaban los ojos y la garganta y se agarraban a los bronquios. Las autoridades decretaron la alerta naranja y la evacuación empezó el miércoles por la mañana. Durante todo el día no habían dejado de aterrizar y despegar aviones en el pequeño aeropuerto de la isla, y el tráfico de ferrys atestados de pasajeros era constante.

– Pandilla de cobardes… -mascullaba Sideris, sentado en la proa.

Se refería al resto del equipo. De las treinta personas a las que había invitado Kosmos, sólo diez acudían a la fiesta. De hecho, Iris sabía que muchos trabajadores de las excavaciones, incluyendo arqueólogos titulados, habían solicitado plaza en los vuelos de evacuación. Algunos ya ni siquiera estaban en la isla.

Por supuesto, eso no se aplicaba a ella ni a Finnur. Como vulcanólogos, se encontraban donde debían. Además, en teoría no corrían peligro. Aunque el volcán de Kolumbo produjera un tsunami, la masa de Tera, la isla mayor de Santorini, protegía a Kameni en una especie de abrazo.

No obstante, Iris no las tenía todas consigo. La erupción de Kolumbo parecía relativamente pequeña. Por ahora. Tal como se estaba comportando la Tierra en los últimos días, temía que en cualquier momento el volcán submarino recibiera una inyección suplementaria de roca fundida a modo de anabolizantes. Si eso ocurría y la presión aumentaba lo suficiente, la explosión resultante podría lanzar sobre Santorini una nube de gases tóxicos o, aún peor, flujos piroclásticos.


* * * * *

Cuando el barco llegó a Kameni, los invitados del señor Kosmos desembarcaron en una minúscula bahía. Después emprendieron la subida, rodeados por cenizas y rocas volcánicas agrupadas en zonas amarillas, rojizas, blanquecinas, negras; todas ellas, restos de erupciones independientes.

Sideris tenía que esforzarse para aguantar el paso de los demás. Su retraso no era sólo cuestión de edad, sino también de la abultada panza que cultivaba cenando asados de cordero y cerdo en Simos, la taberna donde cenaba casi todas las noches. Aprovechando que había que detenerse de vez en cuando a esperar al jefe, Iris se volvía y contemplaba el penacho de gases de Kolumbo. El fragor de la erupción se oía desde allí como una tormenta alejada, pero que no dejaba de tronar.

– Tranquila, kanina -le dijo Finnur-. No se va a convertir de repente en un supervolcán porque tú dejes de mirarlo.

– ¿Quién ha hablado de supervolcán?

– Estás obsesionada con lo de Long Valley, lo sé.

«Parece mentira que un vulcanólogo no comprenda la gravedad de lo que está pasando en California», pensó Iris. Según las noticias, en Long Valley se habían abierto ya tres bocas volcánicas que no dejaban de vomitar rocas y cenizas en volúmenes que no se habían visto en tiempos históricos. Ni siquiera en 1815, cuando la erupción del Tambora provocó el llamado «año sin verano».

«Es cierto que, por mucho que piense en ello, no voy a remediarlo», se dijo Iris.

El camino pasó junto a una elevación de basaltos negros y quebrados, un tipo de lava que los vulcanólogos llamaban aa. Allí giraron a la izquierda. El olor a huevo podrido se hizo más intenso, pues se acercaban a la chimenea del volcán. Pero lo que más saltaba a la vista en aquel lugar no eran las fumarolas blanquecinas que brotaban del suelo, sino la mansión de Kosmos, que trepaba terraza tras terraza sobre el abrupto relieve.

– Esa reconstrucción no es más que una falsificación hortera -le había dicho Rena en una ocasión, refiriéndose a Nea Thera.

No siendo arqueóloga, Iris no era ni de lejos tan purista. Cuando entraron en la mansión no pudo evitar una emoción casi infantil. Por un instante se sintió la joven princesa Ariadna recorriendo el laberinto encargado por su padre Minos para contener al Minotauro. Caminaron entre columnas rojas y ocres que sustentaban un artesonado de madera pintado en vivos colores. En las paredes se veían frescos donde sacerdotisas vestidas con faldas de volantes enseñaban los pechos y jóvenes acróbatas brincaban sobre los cuernos de grandes toros.

– ¿Te gusta, kanina? -preguntó Finnur. Como pelotillero número dos de Kosmos, había visitado muchas veces Nea Thera.

– Es muy bonito -reconoció Iris.

– El señor Kosmos siempre ha tenido un gusto exquisito -dijo Sideris, el pelotillero número uno. Todo en una clasificación que había inventado Iris y que sólo compartía con Rena. O que había compartido, se corrigió.

El sirviente que vino a recibirlos vestía tan sólo un faldellín enrollado a la cintura, como los jóvenes de los frescos.

– El señor Kosmos los espera en el mirador -les dijo. Tras cruzar varias estancias decoradas con el mismo estilo, llegaron a una escalera interior que salvaba los desniveles entre Las diversas plantas del palacio, adaptadas al relieve de la ladera. Junto a la escalera había un detalle anacrónico, el único que Iris había visto hasta ahora: una rampa con una barandilla eléctrica preparada para subir una silla de ruedas.

La escalera desembocaba en una amplia azotea. Desde allí bastaba con girar sobre los talones para contemplar todo Santorini: a un lado los acantilados de Tera, al otro los de su hermana pequeña Terasia, e incluso el islote de Aspronisi en la bocana suroeste de la bahía. Hacía años las autoridades habían puesto en venta Aspronisi. Todos los habitantes de Santorini se rieron. ¿Quién iba a estar tan loco de comprar aquel pegote de roca?

No podían sospechar entonces que alguien lo bastante loco y con suficiente dinero compraría una isla mucho más grande y peligrosa: Kameni, el corazón del volcán.

El loco en cuestión, Spyridon Kosmos, estaba asomado a una balaustrada decorada con pinturas de delfines y pájaros. Al oír las pisadas de los invitados, accionó el mando de la silla de ruedas para dar la vuelta.

Iris no conocía en persona a Kosmos, y apenas había visto fotos de él. Cuando el millonario se acercó, acompañado por el leve zumbido del motor eléctrico de su silla, Iris pensó que no envejecía con demasiada dignidad. Se había teñido el pelo de un color negro que más parecía betún para zapatos y llevaba el rostro maquillado como un actor de cine mudo.

Para completar el cuadro, Kosmos llevaba un traje blanco de lino tan arrugado y mal puesto que lo hacía parecer aún más contrahecho. La impresión que ofrecía el anciano era de suma debilidad, como si cualquiera de las fuertes rachas de viento que solían soplar en Santorini pudiera levantarlo sobre el pretil y arrojarlo a la bahía tras destrozar aún más su cuerpo contra los picudos relieves del basalto.

– Bienvenidos a mi morada -les saludó. Su voz sonaba más limpia y enérgica de lo que su aspecto habría hecho sospechar.

– Es un honor para nosotros compartir con usted una fecha tan especial -dijo Sideris, haciendo una reverencia más propia de un japonés que de un griego.

Tras tan breve salutación, Kosmos se despidió de ellos hasta la cena. El sirviente acompañó a los invitados escaleras abajo, y procedió a repartir las habitaciones.

Los dormitorios también estaban decorados al estilo minoico, y disponían de cuartos de baño que mezclaban detalles antiguos con instalaciones modernas. Había varios candiles encendidos, pero la iluminación principal provenía de luces eléctricas tan disimuladas que apenas se veían. La ilusión de encontrarse en un auténtico palacio de la Edad de Bronce era casi completa.

Mientras Finnur se lavaba los dientes y orinaba, complaciéndose en el potente gorgoteo de su chorro sobre el agua de la taza, Iris se sentó en un taburete y abrió su tableta para buscar información sobre la erupción de Long Valley. Al parecer, la NNC iba a emitir un reportaje especial en menos de media hora.

«Justo durante la cena», pensó Iris. Tenía que buscar la forma de verlo. Lo que estaba ocurriendo en Long Valley era mucho más importante que cualquier fiesta de cumpleaños, por muy rico e importante que fuera el homenajeado.

Capítulo 28

Madrid, La Latina.

La erupción había empezado cuarenta y ocho horas antes, en un lugar de California llamado Long Valley. Gabriel estaba casi seguro de que Iris lo había mencionado.

Según el noticiario, a mediodía -ya de noche en España se había abierto una boca eruptiva en un centro turístico conocido como Mammoth Lakes. Aquello había ocurrido sin apenas avisar. Tan súbita como una explosión nuclear y mucho más potente, la erupción había superado en pocas horas los efectos del monte St. Helens, hasta entonces el volcán más destructivo de la historia de Estados Unidos.

En realidad, no se trataba de una sola erupción: apenas unos minutos después se había abierto una segunda chimenea a diez kilómetros de la primera. Y, pasadas doce horas, había ya un tercer foco.

En una imagen por satélite, las tres bocas de la erupción aparecían señaladas con puntos rojos que palpitaban como diminutos corazones. Una línea de puntos marcaba un óvalo apaisado de más de 30 kilómetros de este a oeste. El reportaje era americano, pero lo habían traducido, y la locución en español se superponía a la voz de la periodista de color que lo presentaba.

«Esa línea señala el contorno de la caldera de Long Valley. Se trata de una gran depresión, el vestigio de una erupción gigantesca que se produjo hace 750.000 años.

»En la peor hipótesis posible, la mayor parte de las rocas que rellenan esa caldera pueden haberse fundido a miles de metros de profundidad. Se habría formado así un inmenso depósito de magma a presión, magma que estaría empujando para salir a la superficie».

El montaje dio paso a un hombre que hablaba delante de un atril. Estaba tan gordo que la corbata se hundía bajo la papada como el dogal en el cuello de un ahorcado. Bajo él se leía: Lewis Spawforth. Director de la FEMA, Federal Emergency Management Agency.

– ¿Por qué no traducen también eso? -se quejó Herman.

– Agencia de gestión de emergencias federales -dijo Enrique.

– Chssss -dijo Gabriel.

«La prensa ha aireado con mucha ligereza el término "supervolcán"» declaró el tal Spawforth. «No hay por qué ser alarmistas. La erupción está siendo extremadamente violenta. Pero por eso mismo es más probable que la presión del magma fundido que hay en la caldera baje rápidamente y la erupción se detenga o adquiera proporciones más… manejables».

– ¿Cómo se maneja una erupción? -comentó Gabriel.

«Aunque se ha declarado la condición de catástrofe en California, Nevada y Arizona, queremos tranquilizar a los ciudadanos. Pronto llegarán suministros a las zonas afectadas. Debemos añadir que en el resto de la nación no se prevé mayor peligro que, tal vez, una ligera caída de cenizas».

– ¿No os da la impresión de que a ese tipo le está creciendo la nariz? -dijo Enrique.

– Los políticos son iguales en todas partes -comentó Herman-. Siempre mintiendo al pueblo.

– No le queda otro remedio -dijo Gabriel-. En este momento se debe estar desatando el pánico por medio país.

Como si los autores del reportaje le hubieran leído la mente, en la siguiente escena apareció un supermercado. Todos los estantes se habían quedado vacíos y la gente hacía cola ante las cajas con los carritos llenos a rebosar. Aquello estaba ocurriendo en Washington, a más de tres mil kilómetros.

Otras imágenes mostraron escaparates rotos. Un par de saqueadores se llevaban a cuestas una enorme pantalla de televisión. «¿Para qué querrán una tele gigante si se hunde la civilización?», pensó Gabriel.

«Como se puede ver», prosiguió la periodista, «las declaraciones del director de la FEMA no han tranquilizado a todo el mundo».

– Eso es evidente -dijo Enrique, que llevaba un rato trasteando con su móvil.

– ¿A qué te refieres?

Enrique bajó la voz y se acercó a Gabriel.

– No se lo digas a nadie -susurró-. Pero me acaban de enviar un confidencial.

– ¿Y qué dice?

– Que se van a suspender las cotizaciones en Wall Street. Indefinidamente.

Gabriel se apartó un poco y miró a su amigo. Era evidente que estaba muy preocupado.

– ¿Y eso en qué te afecta a ti?

– En todo. Quieren evitar que la bolsa se hunda. Pero lo que va a ocurrir es que, en cuanto se sepa, los mercados de todo el mundo se van a venir abajo. Todo está interconectado.

Gabriel comprendió. La fortuna de su amigo se hallaba en la cuerda floja. Sus acciones, sus opciones, incluso sus cuentas bancarias: si se producía una catástrofe como la que había vaticinado Iris, la economía mundial se hundiría a tales profundidades que las crisis del 29 y del 2009 parecerían por comparación épocas doradas.

Y los que tenían números rojos en sus cuentas, como él, se encontrarían en la misma situación que los ricos como Enrique. Todos igualados en la miseria.

– No soy un gran consejero bursátil -dijo Gabriel-. Pero te recomendaría comprar cosas materiales, productos que se puedan tocar e intercambiar. Sobre todo comida. Mucha comida. Y un lugar seguro y alejado de la ciudad donde poder almacenarla.

– Puede que la crisis producida por ese volcán nos afecte económicamente, pero no creo que…

– Créeme, Enrique. Las cosas se van a poner mucho peores. Ese volcán es sólo el principio.

Enrique le miró a los ojos unos segundos. Después asintió.

– Voy a la calle un momento. Tengo que hacer unas gestiones.

Enrique salió del bar, tecleando en la pantalla del móvil con dedos frenéticos. En la televisión, la presentadora proseguía:

«También hay voces discordantes entre la comunidad científica. Veamos a continuación una entrevista con Eyvindur Freisson, miembro hasta hace pocos días del Osservatorio Vesuviano, que acaba de presentar su dimisión por una presunta falsa alarma de erupción en Nápoles».

En la siguiente imagen apareció un hombre con cabello y barba blancos. Gabriel recordaba haberlo visto en una breve entrevista durante el viaje en AVE de Málaga a Madrid. De modo que aquella alarma le había costado el puesto. Y, aun así los medios seguían recurriendo a él.

El personaje había despertado su curiosidad. Gabriel hizo una búsqueda en su móvil y descubrió que era vulcanólogo y biogeoquímico. El nombre le sonaba a islandés, lo que le impulsó a hacer una segunda búsqueda cruzada con el nombre de Iris Gudrundóttir.

¡Bingo! Eyvindur había sido profesor de Iris, y ambos habían publicado dos artículos a medias.

Inconscientemente, Gabriel se tocó la mejilla, donde le había besado Iris al despedirse.

«Olvídate de esa chica, gilipollas romántico», se dijo al darse cuenta de su gesto. En bastantes líos se había metido ya como para buscarse un amor al otro lado del Mediterráneo.

Sin embargo, mientras el reportaje seguía en la tele, sus dedos recorrieron la pantalla para abrir la carpeta de contactos y buscar el móvil de Iris.

Capítulo 29

Santorini .

De momento, el señor Kosmos no se había dignado a aparecer en su propia cena. El único recordatorio de la fiesta era una gran tarta cubierta de nata, con unas letras de chocolate que lo felicitaban, Xαpουμενα γενεθλια σας Κοσμος, y dos velas apagadas en forma de 9 y de 0. Mientras los comensales entretenían la espera de los entrantes mojando pan en tsatsiki, Iris recibió un mensaje en su móvil extraoficial. Era de Eyvindur.


¿Estás viendo la NNC, Iris? No deberías perdértelo.


A Iris le daba tanta rabia no estar viendo el informativo especial sobre de Long Valley como a un hincha futbolero perderse una final de la Copa de Europa.

– Ya lo verás más tarde, kanina -le había dicho Finnur mientras bajaban al comedor.

– Lo que está pasando allí es muy grave.

– ¿Y crees que por verlo en directo vas a salvar el mundo? Vamos, Iris, no podemos desairar al señor Kosmos.

Hasta entonces, la joven había reprimido su curiosidad. Pero al recibir el mensaje de Eyvindur no pudo aguantar más y se levantó. Para colmo, en ese momento Sideris acababa de desempolvar una de sus historias de la época en que era estudiante y trabajaba con el gran Marinatos. Iris ya se sabía de memoria aquel relato, que culminaba con la muerte del legendario arqueólogo en las ruinas de Akrotiri.

Mientras Sideris se extendía en un panegírico de Marinatos que, en realidad, era más bien alabanza propia, Iris se acercó a una bonita joven de ojos almendrados vestida con corsé y falda de campana.

– ¿Hay alguna pantalla en esta sala?

La muchacha asintió y la condujo hasta la pared más apartada de la mesa. Después pulsó un mando que llevaba entre los volantes de la falda, y un fresco que representaba delfines azules saltando entre las olas se transparentó y se convirtió en una pantalla de televisión. Cuando sintonizó la NNC, la primera imagen que apareció fue la de un volcán vomitando nubes de humo negras. La joven puso cara de preocupación.

– ¿Crees que estamos en peligro aquí? -preguntó en voz baja.

– No. El volcán de Kolumbo está controlado. Si las cosas se ponen realmente feas, lo sabremos con tiempo -respondió Iris. No tenía sentido inquietar más a la joven.

Al ver que estaban entrevistando a Eyvindur, Iris no se resistió a la tentación de llamarlo.

– Sæl, Iris! -respondió Eyvindur, sonriendo desde la pantallita del teléfono-. ¿Cómo estás?

– Viéndote por duplicado en la tele y en mi móvil.

– Yo también me estoy viendo. Debo ser la celebridad del momento -dijo Eyvindur, y su sonrisa creció aún más. Siempre había sido bastante vanidoso.

– ¿Lo están poniendo a la misma hora en Italia?

– Y en todos los países. Es porque se cumplen cuarenta y ocho horas de la erupción.

– ¿Cuándo te han entrevistado?

– Calcúlalo tú misma.

A la espalda del vulcanólogo se divisaba la silueta del Vesubio. Aunque no se veía el sol, por la luz rojiza que bailaba el volcán debía de estar atardeciendo.

– ¿Hace unas tres horas?

– Más o menos. Ha sido una periodista. Morena, joven y guapa. No se me ocurre nada más positivo que decir de ella.

La joven en cuestión apareció en pantalla con un grueso micrófono que lucía el logotipo de la cadena. Mientras intentaba que el viento no le alborotara demasiado los rizos negros, preguntó a Eyvindur:

«La velocidad del proceso eruptivo… ¿Se dice así, profesor Freisson?».

«Eyvindur, por favor. Sí, puede llamarlo así, si quiere».

«La velocidad del proceso eruptivo ha asombrado a los científicos. O a casi todos los científicos. Hay voces discrepantes, y una de ellas es la suya. ¿Qué nos puede usted decir?».

«Llevo meses alertando de que algo así podía suceder. Y no sólo en Long Valley. También podría ocurrir aquí».

«¿Se refiere usted al Vesubio?». La joven se soltó el pelo para señalar hacia el volcán. Sus rizos se descontrolaron y algunos se le metieron en la boca.

«Me refiero a una bestia mucho más peligrosa que el Vesubio, señorita. Y nos encontramos justo sobre esa bestia: los Campi Flegri, o Campos Llameantes».

La realización mostró una imagen por satélite de la región al oeste de Nápoles, un lugar que Iris conocía bien, sembrado de cráteres circulares.

– Kanina…

Iris se volvió. Finnur la había agarrado por el codo y tiraba ligeramente de ella.

– ¿Por qué no vuelves a la mesa? No es muy educado dejar a Sideris con la palabra en la boca.

– Que yo sepa, no se la he quitado. Tiene público de sobra -repuso Iris, tapando el móvil para que Eyvindur no la viera ni oyera-. Lo que está pasando en Long Valley es más urgente que cualquier anécdota que pueda contarte tu jefe.

– A mí también me interesa informarme sobre la erupción, kanina. Pero podemos volver a ver el reportaje cuando queramos.

«Si vuelve a llamarme conejito le doy un puñetazo». No era la primera vez que Iris lo pensaba, pero de momento no se había atrevido a llevar a cabo su amenaza.

– Estoy hablando con Eyvindur -dijo, a sabiendas de que eso molestaría a Finnur-. Déjame, por favor.

– ¿Te sigue poniendo ese carcamal? ¿No ves cómo está babeando con la periodista? ¡Qué asco!

– He dicho por favor.

Finnur abrió los dedos como si soltara una serpiente y regresó a la mesa. Pero antes de sentarse se volvió y le dirigió una mirada que Iris conocía y temía de sobra. Cuando se quedaran a solas en el apartamento, la esperaba una ristra de reproches enumerados con una voz tan glacial como la de Hel, reina de los muertos en el Niflheim. Al final, Iris siempre acababa llorando. Y luego, cuando apagaban la luz y fingían dormir, se odiaba a sí misma por ser débil y eso hacía que llorara todavía más.

Pero hoy no ocurriría.

– ¿Sigues ahí, Iris?

– Sí, perdona la interrupción -dijo Iris, destapando el móvil. En la tele, un Eyvindur más grande proseguía con sus explicaciones.

«Que la Tierra se haya comportado de un modo lento y más o menos previsible desde que existen observaciones científicas no quiere decir que vaya a comportarse así siempre».

«¿Qué quiere usted decir? ¿Que nuestro planeta puede hacer cosas imprevisibles?».

«A su manera, la Tierra es un inmenso ser vivo. Los seres vivos, como usted o como yo, podemos atravesar largos periodos de estabilidad. Tan largos que creemos que la estabilidad es la norma y que tenemos nuestras vidas controladas».

«Muy interesante, profesor. Pero…».

«Sin embargo, en el momento más inesperado e inconveniente sufrimos crisis emocionales, accidentes o enfermedades agudas que provocan cambios espectaculares y terribles en nuestra existencia. Y todo eso en muy breve espacio de tiempo».

«De todo lo que nos ha comentado, ¿qué diría que le está pasando a la Tierra? ¿Sufre una enfermedad aguda?»

«Enfermedad no es la palabra apropiada. Lo comparo más bien a la crisis emocional que mencionaba».

«No le entiendo».

«Ya me doy cuenta. Verá: la Tierra está preparándose para un gran cambio. Una transición, un paso de la adolescencia a la madurez. De esa transición surgirá una nueva Tierra, completamente transformada. Y, sin embargo, nuestro planeta seguirá siendo tan activo y tan rico en vida como siempre. En cambio, nosotros los humanos…».

El vulcanólogo meneó la cabeza con una sonrisa triste.

«¿Qué quiere decir? ¿Tan grave es el peligro?».

«Somos los piojos de la Tierra. ¿Qué les ocurre a los piojos si el animal al que parasitan cambia de piel? No es una cuestión personal. La Tierra tiene sus propios intereses… que pueden chocar con los nuestros».

El reportaje abandonó a Eyvindur, al menos de momento. La presentadora del programa volvió a aparecer, recortada sobre una imagen por satélite del oeste de Estados Unidos.

«Los comentarios de Eyvindur Freisson pueden sonar apocalípticos. Pero los estragos que ha causado el volcán de Long Valley en tan sólo 48 horas parecen darle la razón. Las tres chimeneas están arrojando millones de toneladas de lava, cenizas y gases volcánicos.

– Millones no. Miles de millones-comentó Iris, que tenía facilidad para el cálculo.

– Así es -dijo Eyvindur por el móvil-. En el primer día ya vomitó más material que el St. Helens en dos meses.

«Las impactantes imágenes que les vamos a mostrar son de las primeras horas de la erupción, cuando el volcán sólo tenía dos bocas activas».

Unas cámaras lejanas mostraban dos nubes negras gemelas que se elevaban hacia el cielo, como gigantescos hongos que se esparcían en las alturas hasta formar un oscuro dosel que se extendía poco a poco.

Después se vieron unos planos tomados desde el suelo por la cámara de un aficionado, un turista que se encontraba en Mammoth Lakes y que intentaba huir en su todoterreno junto con su mujer y sus hijas, pero que al verse parado en un atasco había decidido bajar del coche para rodar imágenes.

Sólo desde el nivel del suelo se apreciaba la verdadera magnitud de aquellas nubes que ocupaban casi todo el campo de visión y que no dejaban de crecer y devorar en sus entrañas los rayos del sol, como agujeros negros en expansión.

«La persona que tomó este vídeo lo subió a Internet al mismo tiempo que lo rodaba. Gracias a eso podemos presentar este impresionante testimonio».

«¡Papal ¡Papal». La cámara de vídeo se volvió hacia el todoterreno. Una niña rubia aporreaba la ventanilla. Sus palabras apenas se distinguían entre el fragor de la erupción, pero las habían subtitulado. «¡Métete al coche! ¡Corre!».

El turista se giró hacia su izquierda. El sonido de la cámara, que se oía muy distorsionado por el estruendo del volcán, terminó de saturarse.

Conforme las cenizas habían cubierto el cielo, la imagen se había oscurecido con rapidez. Pero cuando la cámara se volvió hacia la izquierda, su objetivo encontró una nueva fuente de luz. Una nube alargada, como el frente de un alud inmenso, descendía hacia las casas del pueblo. Su textura era algodonosa, con excrecencias y bulbos móviles, una especie de coliflor monstruosa dotada de movimiento. La luz procedía de aquella nube.

– Es un plano magnífico -dijo Iris, a su pesar.

Bajo la sombra casi impenetrable del inmenso hongo de cenizas, el calor de la nube hacía que ésta resplandeciera como una miríada de brasas ardientes mientras arrasaba los edificios y los árboles del pueblo y avanzaba hacia el todoterreno.

El turista volvió la cámara hacia su propio rostro. Sus rasgos, iluminados por el resplandor rojizo de la nube, parecían los de un condenado. Y sus ojos mostraban la resignación opaca de quien, como los que entraban en el infierno de Dante, había abandonado toda esperanza.

La voz del hombre sonó chirriante y entrecortada. Los subtítulos tradujeron sus palabras:

«Les informó Walter Morrell para la NNC. Que Dios nos proteja a todos…».

La cámara se volvió una vez más hacia la nube piroclástica, que cubrió los últimos metros con la voracidad de un depredador llameante. Entre el estruendo se oyó algo parecido a un grito que los subtítulos interpretaron como: «¡Dios, Dios, Dios…A». Después todo se volvió negro y hubo dos segundos de silencio.

En aquel silencio, Iris pudo oír el latido de su corazón. Nadie hablaba en la sala. Se dio la vuelta y comprobó que todos en la mesa estaban mirando la pantalla. Incluso Sideris se había callado.

Miró de nuevo a la televisión. Recuadrada en una esquina pantalla, apareció una foto de Walter Morrell, sonriente y con un micrófono de la NNC en la mano. Con gesto serio, la reportera que presentaba el informativo dijo:

«Walter Morrell era redactor de la NNC. Tenía treinta y cuatro años, estaba casado y tenia dos hijas. Los cuatro disfrutaban de unos días de vacaciones en Mammoth Lakes. Hasta el último momento cumplió con su deber como periodista. Desde aquí, sus compañeros queremos rendirle un último homenaje. Descanse en paz».

– Siempre corporativos estos plumillas -dijo Eyvindur.

– Por Dios, Eyvindur -susurró Iris, volviendo la mirada hacia el móvil-. Ten un poco de sensibilidad.

– Lo que intento es perderla, Iris. Vamos a contemplar muchas imágenes como ésta. Lamento la muerte de ese hombre, pero me alegro de que estuviera allí con esa cámara y tuviera la presencia de ánimo de subir el vídeo a la red.

Según mostraban las imágenes térmicas del satélite, la nube ardiente se había precipitado sobre el pueblo de Mammoth Lakes a más de cuatrocientos kilómetros por hora. Los habitantes que habían sobrevivido a la amenaza anterior, una nube asfixiante de dióxido de carbono, habían encontrado a cambio una muerte horrible. Para ilustrarlo, el reportaje mostró la fotografía de una víctima de los flujos piroclásticos del Monte Pelado en 1902. El cuerpo de aquel hombre había alcanzado tal temperatura que sus propios intestinos le habían reventado el abdomen y habían brotado de su cuerpo como la clara de un huevo que se rompe al hervirlo.

Iris había visto muchas veces esa antigua foto en blanco y negro, pero se estremeció al pensar en el destino de Walter Morrell, de su familia y de los demás residentes de Mammoth Lakes. Según los cálculos, más de quince mil personas habían muerto en apenas un minuto. Iris se imaginó el grito colectivo de quince mil gargantas abrasadas en las llamas del infierno, y después el silencio escalofriante de un vasto cementerio.

Para ilustrar el desastre, la NNC mostró cómo era Mammoth Lakes apenas unas horas antes, un pueblo pintoresco al pie de una montaña nevada, rodeado de verdes pinares y lagos que brillaban como espejos. Sobre esa imagen superpuso la grabación tomada por un drone, un avión por control remoto que había penetrado bajo el gran manto negro de cenizas para grabar un vídeo. En aquellas condiciones, el aparato no había tardado en estrellarse. Pero antes de hacerlo envió un vídeo infrarrojo que, una vez tratado por ordenador, mostraba un paisaje lunar del que brotaban columnas de humo. Iris aceptó que aquel paraje era el mismo de antes porque así se lo decían, pero no encontraba el menor parecido entre ambos. Era como si el Enola Gay hubiera arrojado su bomba atómica sobre Mammoth Lakes.

«Pero esto es sólo el principio», dijo la presentadora.

– Por una vez, tiene razón -comentó Eyvindur. Iris y él llevaban un rato callados, cruzando de vez en cuando miradas a través de la pantalla del móvil.

Un pequeño sobre amarillo apareció sobre el rostro de Eyvindur. Un mensaje de texto.


¿Ha empezado ya lo que temías, Iris? ¿Cuál será el siguiente lugar?


A Iris se le aceleró el corazón al comprobar que el número era el de Ragnarok, alias Gabriel Espada. De un modo absurdo, se alegró de tener noticias suyas, de saber que seguía existiendo y se acordaba de ella. Pero fue una fracción de segundo, y luego pensó en español: «Cabrón mentiroso».

Borró el mensaje sin contestar. De haber podido, en vez de borrarlo lo habría incinerado.

«La nube de cenizas ha cruzado ya los límites del estado de California y, tras sobrepasar Sierra Nevada, empieza a amenazar las grandes llanuras cerealísticas del centro», proseguía la presentadora.

En una imagen virtual de la zona occidental de Norteamérica, tan alejada que se apreciaba la curvatura de la Tierra, se veía cómo brotaban tres penachos negros del suelo. Conforme subían, el humo y las cenizas so desplegaban en las alturas como una sombrilla en forma de elipse desplazada hacia la parte derecha de la pantalla.

«Esos chorros no dejan de inyectar cenizas y aerosoles en la parte superior de la estratosfera, y los vientos dominantes están arrastrando ese material hacia el este. Aquí pueden ver la extensión actual de la nube…».

– Fíjate, Iris -dijo Eyvindur desde el móvil-. Sólo han pasado cuarenta y ocho horas. Mira hasta dónde llegan las cenizas.

En la imagen aparecieron unas líneas amarillas que marcaban las fronteras interestatales. La nube ocupaba prácticamente toda California, y también los estados vecinos de Nevada, Utah y Arizona, y empezaba a internarse en Nuevo México y Colorado.

En Santa Fe, a unos mil kilómetros del volcán, la gente acostumbrada a un sol cegador caminaba cabizbaja bajo un cielo plomizo. La mayoría llevaba el rostro tapado con pañuelos, algunos con mascarillas sanitarias y otros incluso con bolsas de plástico agujereado. En primeros planos se veía a algunas personas con el pelo lleno de cenizas, como si les hubieran volcado sobre la cabeza los rescoldos de una chimenea. Sus rostros parecían de zombis, con los ojos irritados como manchas sangrientas entre la ceniza.

Los coches avanzaban con los limpiaparabrisas en marcha, pero era una solución momentánea. Enseguida se les agotaba el agua de los depósitos y la mezcla de la ceniza formaba sobre los cristales una capa de barrillo en la que las escobillas se atascaban. La gente terminaba dejando los vehículos en los arcenes o directamente en medio de la calzada, lo que había provocado atascos de decenas de kilómetros. Finalmente, aquellas trombosis automovilísticas se habían unido en una sola y la red de carreteras se había colapsado víctima de una necrosis total. Los coches paralizados poco a poco eran enterrados por la ceniza, que en algunos casos cubría ya por completo las ruedas.

«Todo esto que ven ustedes sucede a mil kilómetros del foco de la erupción. Apenas recibimos noticias de lo que está pasando más cerca, pero se teme que las imágenes sean dantescas. Hay lugares con los que se han perdido prácticamente las comunicaciones. Ocurre con buena parte de Nevada y Arizona y, por supuesto, con casi toda California».

– Y sólo han pasado cuarenta y ocho horas -murmuró Iris-. ¿Qué ocurrirá si no se detiene la erupción?

– Nada bueno, Iris -respondió Eyvindur-. Nada bueno.

Capítulo 30

Port Hurón, Michigan, Estados Unidos.

Joey no estaba viendo el documental, porque por fin había conseguido hablar con su familia, tras dos días de intentarlo en vano. Cuando le cogió el teléfono, su madre rompió a llorar.

– ¡Oh, Joey, gracias a Dios que estás bien! Nos habían dicho que Fresno estaba destruida, pero no nos lo creíamos… -Mamá, no estoy en Fresno. Estoy en Michigan.

– ¿Cómo? ¿Qué haces ahí?

Joey se lo explicó rápidamente. Tras huir de la erupción a bordo del Gulfstream, habían atravesado los Estados Unidos en dirección noreste. Pero cuando el reactor ya se encontraba cerca de la frontera con Canadá, el control de vuelo de la región aérea en la que habían entrado les ordenó tomar tierra en el Aeropuerto Internacional de Clair County. Pese a su rimbombante título, se trataba de una instalación modesta con categoría de reliever o «alivio» que servía para reducir la congestión de tráfico en aeropuertos comerciales mayores.

Llegados allí, los estaban esperando ocho agentes de policía de Port Hurón, la ciudad más cercana. A los niños y a sus monitores los montaron en un autocar, mientras que a Joey, Randall y Alborada los llevaron en un coche patrulla.

Era la primera vez que Joey viajaba en un vehículo de la policía. Aunque no los habían esposado, sentado en aquellos asientos de plástico sin tapizar se sentía un poco delincuente.

– ¿Qué le pasa a tu amigo? -le había susurrado Alborada en español-. ¿Por qué no nos saca de aquí?

Randall llevaba callado desde un rato antes del aterrizaje. Apenas parpadeaba y tenía la vista perdida en la nada, como en el extraño trance que había experimentado el día de la anomalía magnética. Joey se preguntaba si se debía a que se había pasado casi todo el vuelo examinando en el móvil las fotografías de los libros que habían abandonado en Long Valley.

«Son mis recuerdos», le había dicho a Joey. ¿Había recuperado por fin su memoria gracias a esos textos ininteligibles? Y, si así era, ¿habían provocado aquellos recuerdos algún trauma que bloqueaba su mente?

Al menos, los policías eran bastante amables, y durante el breve viaje les informaron a Alborada y a Joey de dónde se encontraban. Port Hurón, al sur del lago Hurón, una ciudad de poco más de treinta mil habitantes, de casas bajas, sembrada de pinos y muy tranquila. De lo poco que podían alardear era que Thomas Alva Edison había vivido allí durante diez años.

La jefatura de policía estaba a orillas del río St. Clair. Cuando el coche de patrulla aparcó y les hicieron bajar de él, Joey pensó que la vista no estaba mal. El río era tan ancho y azul que más parecía un brazo de mar, y al otro lado se veían los edificios de Sarnia, la vecina canadiense de Port Hurón.

Por desgracia, la habitación en que lo confinaron, separado de sus compañeros de aventura, no tenía ventanas.

Eso no le habría importado tanto. Pero no tener televisión…

– ¿Y por qué les han detenido? -le preguntó su madre cuando Joey terminó con sus explicaciones.

– Dicen que no estamos detenidos. Sólo retenidos.

– ¿Y por qué? -insistió su madre.

– No tengo ni idea -respondió Joey.

Era la pura verdad. Al llegar a la comisaría, le habían separado de Randall y de Alborada sin explicarle el motivo. Después, al día siguiente, lo habían llevado al despacho de la jefa de policía, donde ésta le preguntó qué hacía un estudiante de Fresno en Mammoth Lakes un día de colegio y en compañía de un individuo como Randall.

Joey contestó que sus padres estaban de viaje en San Diego, que antes de irse habían encargado a Randall que le echara un ojo, ya que era amigo de la familia, y que Joey lo había convencido para que lo llevara a Mammoth Lakes para hacer un trabajo sobre el efecto del dióxido de carbono sobre los árboles. La jefa de policía no pareció muy convencida, pero no le preguntó nada más.

Seguramente a su madre tampoco le habría convencido aquella historia del dióxido, pero ni siquiera le preguntó. Le bastaba con saber que su hijo estaba a salvo a miles de kilómetros de la erupción.

– Es increíble, Joey. La vemos desde aquí.

– ¿Dónde están, mamá?

– En la frontera -respondió ella, apuntando con el móvil a su esposo, que estaba sentado al volante, empapado en sudor y con cara de muy pocos amigos. Después enfocó a Linda, la hermana de Joey, que iba en el asiento trasero con su bebé en brazos.

– ¡Hola, Joey! -le saludó. Sonreía, pero tenía los ojos tristes.

Cuando Joey le preguntó dónde estaba su marido, Linda se puso a llorar. Fue su madre quien le explicó que William había tenido que quedarse en la Base Naval de San Diego, donde trabajaba. Al parecer, todos los barcos estaban zarpando para alejarse lo más posible de los efectos de la erupción.

Después, la madre de Joey salió del coche e hizo una panorámica con el móvil. Primero apuntó en la dirección de la carretera. Estaban detenidos en un atasco del que no se divisaba el final, y por todas partes se oían bocinas y gritos airados.

– Estamos intentando entrar en México, hijo. Pero nos quedan más de dos kilómetros para llegar a la aduana, y esto está parado. Todo el mundo quiere salir de aquí.

– ¿Por qué? -preguntó Joey, aunque ya sospechaba la respuesta.

Su madre se volvió hacia el norte y apuntó con la cámara hacia el cielo. Desde allí podía verse una inmensa nube negra que ocupaba medio cielo y en cuyo interior no dejaban de saltar relámpagos. Era como si en aquella zona fuese de noche. Cuando su madre hizo zoom con la cámara, a Joey se le antojó que la gran nube era una flota de siniestros acorazados gigantes navegando por el aire.

– La gente está muy asustada, Joey -dijo su madre, intentando controlar el temblor de su voz-. Dicen que cuando esa nube nos alcance moriremos todos.

– Tranquila, mamá. Esa nube sólo lleva ceniza.

– ¿Y no quema?

«¿Quema o no? -se preguntó Joey-. Supongo que no».

– No, no. Sólo les manchará el pelo y ensuciará los cristales del coche.

– ¡Contento se va a poner tu papá!

Joey se mordió los labios. Lo de mancharse sólo era el principio. Luego empezarían las toses, la asfixia… Cuando el reactor consiguió alejarse de la erupción, Joey le había preguntado a Randall qué ocurriría si seguía cayendo ceniza y más ceniza.

– A la larga, la ceniza es incompatible con la vida -le había contestado su amigo.

Por supuesto, no se lo dijo a su madre. Bastante angustiada se la veía mientras apuntaba con el móvil hacia aquella masa tan negra como las montañas de Mordor.

– No hay derecho -se indignó Joey-. ¿Por qué no abren la frontera y les dejan pasar a todos ustedes? ¡Es una emergencia!

– Eso es lo mismo que decimos nosotros, Joey -respondió su madre-. Pero aquí nadie nos atiende ni nos hace caso.

En segundo plano oyó a su padre blasfemando y comentando algo sobre la chingada que había parido a la policía de fronteras. Normalmente su queja era la contraria, pues no tenía problemas para entrar en México, sino para volver a Estados Unidos.

«Ahora los mexicanos se están vengando», pensó Joey.

– Aguarda, hijo, que te paso a tu papá -le dijo su madre.

– ¿Qué tal, Joey? Espero que a ti…

La imagen y la voz se cortaron. Joey pulsó la rellamada, pero el mensaje que recibió fue el mismo que llevaba dos días escuchando. El móvil solicitado está apagado o fuera de cobertura.

Al menos sabía que sus padres estaban vivos. Los niños que habían viajado con ellos en el avión no podían decir lo mismo.

Capítulo 31

Santorini .

«Lo escalofriante de esta erupción», continuó la presentadora del reportaje, «no es sólo que haya arrojado en un solo día más material que el monte St. Helens en dos meses, sino la increíble violencia con que lo expulsa. Los penachos volcánicos han llegado a casi cincuenta kilómetros de altura, un récord que supera a cualquier otro volcán de tiempos históricos. Incluso han caído fragmentos de roca de varios kilogramos de peso a más de mil kilómetros de Long Valley».

La imagen mostró un coche con el capó perforado por una de aquellas piedras. A continuación intervino Dolores Pendergast, una vulcanóloga americana con la que Iris había coincidido en varios congresos.

«A juzgar por la distancia que han alcanzado estos fragmentos volcánicos, la presión en el interior de la cámara de magma debe ser increíblemente alta. Tanto que quizá algunos proyectiles hayan superado los 11,2 kilómetros por segundo».

«¿Por qué esa velocidad en concreto?», preguntó la presentadora.

«Es la velocidad de escape de la gravedad terrestre. Significa que esos fragmentos se han convertido en pequeños cohetes espaciales que han abandonado nuestro campo gravitatorio, y que podrían acabar en la Luna o Dios sabe dónde».

– Velocidad de escape, Iris -dijo Eyvindur desde el móvil-. ¿Sabes lo que implica eso?

– Que la erupción es incluso más violenta de lo que esperábamos.

– Eso ya lo ha dicho incluso la periodista, Iris. Piensa un poco, por favor.

– No sé a qué te refieres…

– Iris, por favor, ¿no te parece que ya has hablado suficiente?

Finnur se había vuelto a levantar. Pero, en vez de agarrarla por el codo como antes, la esperaba a metro y medio de distancia, con los brazos cruzados y tamborileando en el suelo con la puntera de la bota derecha.

Iris le hizo un gesto para que se apartara un poco.

– Vamos, Iris -dijo Eyvindur-, lo único que tienes que hacer es relacionar. No te ciñas tan sólo a lo evidente.

– Déjate de enigmas. -Iris se tocó la cuenca del ojo izquierdo. Empezaba a dolerle allí, lo que vaticinaba una buena jaqueca en cuestión de una hora o menos-. Explícame qué quieres decir.

– Ah, no, Iris. Tú misma tendrás que averiguar la respuesta si quieres que te cuente más…

Eyvindur la había seducido con juegos intelectuales y emocionales de ese tipo. Pero Iris no se encontraba de humor para acertijos.

– Mira, Eyvindur, dímelo o no me lo digas, pero no me hagas pensar más. No me encuentro en condiciones.

– La mente de un científico debe estar siempre en condiciones. Cuando estés dispuesta a pensar, vuelve a llamarme -dijo Eyvindur, y colgó.

De repente, su voz había sonado gélida, como la de un catedrático encaramado en su tarima. Cuando no le seguían el juego, Eyvindur solía enfurruñarse como un niño consentido. «Malditos hombres», se dijo Iris, pensando tanto en él como en Finnur, que seguía mirándola ceñudo.

Cuando se iba a guardar el móvil, sonó una llamada. En la pantallita apareció el número de Ragnarok.

«Malditos hombres», se repitió Iris. Rechazó la llamada y empezó a escribir un mensaje mientras volvía a la mesa. Apenas reparó en la mirada de furia de Finnur.

Capítulo 32

Madrid, La Latina.

Gabriel sabía que Iris había recibido el mensaje, pues así lo certificaba el informe de entrega. Una voz interior, la racional, le dijo que si ella no se apresuraba a contestarle era porque probablemente tenía algo más importante que hacer en ese momento. Pero otro impulso que no tenía voz, que más bien era una sensación irracional aferrada a las tripas, le hizo sentirse menospreciado, y mientras seguía viendo el informativo de la NNC se dio cuenta de que las pulsaciones se le habían acelerado. En aquel instante sintió un odio intenso e instantáneo por Iris, una mujer a la que apenas conocía.

«Oh, oh», le avisó una segunda voz, susurrando por debajo de la primera y tratando de elevarse por encima de aquel impulso de adrenalina y latidos. «Si la odias por una tontería así es que estás…».

«¡Silencio!», ordenó a todas sus voces e instintos.

Trató de concentrarse en las imágenes del reportaje, y casi lo consiguió durante la estremecedora secuencia de la nube ardiente que devastaba el pueblo de Mammoth Lakes. Pero sus pensamientos volvían de nuevo a Iris, y también a la visión de la Atlántida.

Notaba una extraña desazón en su interior. De algún modo, se veía a sí mismo en el centro de una vasta red tejida por el azar, como si el azar lo hubiera señalado a él con su dedo implacable para decirle: «Tienes una misión».

Gabriel había estudiado suficiente psicología para saber que la sensación de ser el protagonista de acontecimientos importantes, una especie de elegido, era típica de muchos delirios paranoides. «¿Cree que hay una conspiración global contra su persona? ¿Siente que el futuro inmediato de todo el mundo depende de usted?» eran preguntas típicas de cuestionario para detectar tales psicopatías.

Sin embargo, se habían producido demasiadas coincidencias a su alrededor como para no pensar que sobre él se cernía algo grande, un destino que lo sobrepasaba. Como si las Parcas quisieran encomendarle a él, a un cuarentón fracasado que tenía que trampear para llegar a mediados de mes, una misión digna de Superman.

Pero ¿cómo no pensar que lo que le había ocurrido en los últimos días ocultaba un significado? Primero había conocido a Iris, una vulcanóloga que trabajaba en Santorini. Al hablar con ella, se le había vuelto a despertar la capacidad telepática, algo que sólo había experimentado una vez en su vida, hasta el punto de que él mismo dudaba si no se trataría de un recuerdo adornado o inventado con el paso del tiempo.

Esa capacidad se había vuelto a manifestar horas después con Milagros. Una mujer cuyo cerebro devastado debería haber sido una pizarra en blanco, y que sin embargo soñaba con la Atlántida, situada en Santorini y destruida por su volcán.

Volcán que lo llevaba de nuevo hasta Iris, la geóloga que le había alertado del fin de toda la especie humana debido a la amenaza de supervolcanes como el que estaba viendo en directo en la televisión.

Iris, la Atlántida, la telepatía, Santorini, los volcanes, otra vez Iris… Era imposible no ver allí algún tipo de designio.

«Voy a llamarla», decidió, saltándose su propio manual de relaciones con las mujeres. Artículo 1: «Nunca manifiestes demasiado interés por ellas».

Para su sorpresa, Iris le rechazó la llamada. «Puede estar en una reunión o…». ¿O tal vez dándose un revolcón en la cama con su novio? Censuró ese pensamiento, que debería serle indiferente, y fingió ante sí mismo que se concentraba en el reportaje.

Tienez un menzaje, gorunko, le avisó el móvil.


Sé quién eres, Gabriel Espada. Tu propio libro me ha hecho ver que he sido una tonta estafada. Contarás en otro libro cómo engañaste a una crédula islandesa? Gracias por la lección que me has enseñado. Vale de sobra los cuatrocientos euros.

P.S. Eres un fraude.


– Mierda -dijo Gabriel, y se guardó el teléfono. ¿Cuántas veces lo habían llamado «fraude» en los últimos días? «Será que es verdad», se dijo.

– ¿Pasa algo? -le preguntó Herman, que había estado más atento a sus movimientos que al volcán de la tele.

– Nada. Otra cagada de las mías.

En ese momento, Luque cambió de canal.

– ¡Eh, vuelve a poner eso, que no ha terminado! -protestó Gabriel.

– ¿Estás tonto? -respondió el camarero-. Va a empezar el partido del Madrid.

Cuando Gabriel intentó persuadir al resto de la parroquia de que lo que estaba pasando en California era más importante que una semifinal de la Copa de Europa, fracasó de forma lamentable, incluso con Herman. Uno de los clientes, el señor Eugenio, opinó que todo aquello del volcán era un rollo de los americanos para llamar la atención como siempre, y que, en cualquier caso, que se jodieran.

En ese momento sonó el teléfono de Gabriel.

«Es Iris», pensó, y se apresuró a sacarlo del bolsillo.

Pero se trataba de su ex mujer. Aunque Gabriel no estaba de humor para hablar con ella, sabía lo insistente que podía ser Marisa, de modo salió del bar para oír mejor. Al hacerlo, se cruzó con Enrique, que entraba guardándose el móvil en el bolsillo.

– ¿Te vas ya? -preguntó Enrique, con cara de desilusión.

– No, sólo salgo a hablar.

Una vez fuera, Gabriel aceptó la llamada.

– Hola, Marisa. ¿Qué tal estás?

Era evidente que muy preocupada, a juzgar por su gesto.

– Alborada está allí -respondió ella. Siempre lo llamaba por su apellido.

– ¿Dónde?

– En California. ¿No lo estás viendo por la tele?

– ¿En California? ¿Qué demonios hacía allí?

– El domingo salió de viaje de repente. Era un encargo personal de ese zorrón de Sybil Kosmos, pero no me explicó para qué.

En la mente de Gabriel se encendió un diodo luminoso. ¿Más coincidencias? Apenas unos días antes había hablado de Sybil Kosmos con Herman y Enrique.

– Cuando intento llamarle al móvil me sale una voz diciendo que las comunicaciones están colapsadas por culpa de la erupción.

«Con un poco de suerte, el chorro volcánico habrá enviado a Alborada directo a la estratosfera», pensó Gabriel. Pero Marisa tenía los ojos hinchados y se notaba que hacía esfuerzos por contener las lágrimas, así que trató de tranquilizarla.

– Seguro que habrá ido a San Francisco o Los Ángeles. Allí hay problemas con la ceniza, pero no creo que haya muerto nadie. -Ni él mismo estaba muy convencido de lo que decía.

– No me dijo adonde iba.

– Cuando la gente va a California, va a esas ciudades, no a Long Valley. ¿A que ni siquiera sabías que existía un sitio llamado así?

– No, pero…

– Seguro que él está intentando llamarte o volver cuanto antes, pero ya sabes cómo son los americanos. Apuesto a que han restringido las comunicaciones y los vuelos.

– Ojalá tengas razón -dijo Marisa.

«Bueno, parece que sólo ha llamado para que la tranquilice un poco», pensó Gabriel. Pero se equivocaba. Mansa cambió de tema sin transición y le dijo:

– Me he enterado de que has visto hace poco a Celeste.

Gabriel enarcó una ceja.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque ella y yo hablamos a veces. Deberías tener cuidado con ella.

– Sé protegerme yo solo, no te preocupes.

– Lo digo por ella, Gabriel, que nos conocemos.

– También es mayorcita.

– Mira, Gabriel. Tú eres material radiactivo, y lo sabes. Toda mujer a la que te acercas acaba jodida, y lo digo en todos los sentidos. Celeste está hecha polvo y como tú…

– ¿Hecha polvo? ¿Por qué, si está felizmente casada?

Hubo un segundo de silencio.

– ¿Es que no te has enterado?

– ¿De qué?

– Su marido y ella tuvieron un accidente de tráfico hace unos meses. El murió en el acto.

La sorpresa de Gabriel duró sólo unos segundos. De pronto, comprendió por qué Celeste llevaba muleta y por qué, cuando él le había comentado algo sobre su esposo, ella había cambiado de tema y desviado la mirada.

– No lo sabía, de verdad. De todos modos, se trata de un asunto profesional. Ahora, si no te importa…

Pero a Marisa sí le importaba. Estaba nerviosa y tenía ganas de hablar. Una de las características de su ex mujer era que no captaba fácilmente las señales que suelen dar por terminada una conversación. «De todos modos, Luque ha cambiado de canal», pensó Gabriel, y se resignó a escucha r a Marisa otro rato.


* * * * *

– Estoy preocupado por Gabriel -dijo Enrique, mirando hacia la ventana del bar. Al otro lado de los cristales, Gabriel hablaba por el móvil. Por los aspavientos que hacía con la mano izquierda, debía de estar discutiendo-. Deberíamos hacer algo.

– Ya. ¿Como qué?

Sin apartar la vista de la televisión, Herman tendió la mano hacia la jarra de cerveza. Enrique se la quitó y la colocó en su parte de la mesa, casi en el borde. Los dedos de Herman tan sólo agarraron aire. No tuvo más remedio que volverse hacia Enrique, con cara de sorpresa.

– Como olvidarnos unos minutos del partido y hablar de ello.

– Tío, que es una semifinal…

– Seguro que Gabriel vuelve enseguida. Quiero hablar ahora que no está delante. ¿No te das cuenta de que está más callado que nunca? Le pasa algo.

– Será la depresión de los cuarenta, que todavía le dura. -Herman se encogió de hombros-. Ya saldrá de ella, como todos.

– No lo creo. La gente se suele replantear su vida a esa edad. Incluso cuando te va bien, tiendes a preocuparte de más y a pensar que has fracasado. Pero piensa en los palos que se ha llevado Gabriel últimamente.

– El los aguanta bien. Está acostumbrado a vivir con poco dinero. Yo le veo igual que siempre.

Enrique meneó la cabeza.

– Tienes menos empatía que un cactus de plástico, Herman.

– Será porque yo no voy por la vida de sensible como vosotros.

Enrique pensó que el «vosotros» debía incluir a todo el colectivo gay, pero no embistió contra aquel capote.

– Tengo la impresión de que Gabriel puede desmoronarse de un momento a otro -dijo Enrique-. Aunque cuando está contigo le gusta decir burradas y hacerse el insensible como tú, te aseguro que es más frágil de lo que parece. Si se hunde en una depresión, va a ser muy difícil sacarlo de ella.

– ¿Y qué se te ocurre para evitar que se hunda?

– No sé, una nueva relación sentimental. -Enrique enrojeció un poco. «Se me va a notar demasiado. Y sabes de sobra que Gabriel no es de ésos», pensó-. O un éxito profesional. Si acertara a escribir sobre un tema interesante…

Herman bajó la voz.

– Escucha, creo que Gabriel ya ha encontrado un tema interesante. Pero prométeme que no le vas a decir que te lo be contado.

– Te lo prometo -contestó Enrique, intrigado.

– Te lo voy a contar rápido -dijo Herman, mirando de reojo hacia la ventana. Ahora que se trataba de revelar un secreto que debería guardar, parecía más interesado en la conversación-. Así que, aunque te suene increíble, no me preguntes nada. El caso es que…


* * * * *

– Tenías razón. Suena increíble -dijo Enrique cinco minutos después, retrepándose en la silla. Herman sólo se había interrumpido para brincar celebrando un gol del Madrid, pero había sido un salto frustrado, porque el árbitro lo había anulado por fuera de juego.

– Yo tampoco me lo creí al principio. Pero el profesor Valbuena me convenció. Créeme, ese tío siempre ha sido un cabronazo con pintas, pero sabe lo que dice.

Gabriel seguía manoteando al otro lado de la ventana, con el móvil pegado a la oreja. Enrique se acarició la barbilla.

– Si esa historia de la Atlántida llegara a alguna parte… Gabriel no sólo podría publicar un libro. Incluso podría hacer un reportaje para televisión. A lo mejor eso relanzaba su carrera.

– Bueno, su carrera nunca estuvo muy lanzada -dijo Herman, que solía ser implacable con la trayectoria profesional del prójimo-. Pero sí que podrían readmitirlo en esa chorrada de Ultrakosmos.

– ¡No! Con lo mal que se le da la política de pasillos, seguro que su ex mujer y Alborada se llevan todo el mérito del reportaje.

– En eso tienes razón. A su ex se le da genial eso de rebañarle el poco dinero que gana.

Ni Enrique ni Herman habían tragado nunca a Marisa. En el caso del primero, tan amable, atento y cumplidor con todo el mundo, la razón era un misterio para todos.

Aunque él la conocía de sobra. No tenía nada en contra de Marisa, salvo que había sido la mujer de Gabriel.

De pronto se le ocurrió algo.

– ¡Ya está! Voy a hablar con Sybil Kosmos.

– ¿Con SyKa? Pero si dirige la misma cadena que expulsó a Gabriel…

– Fue Alborada quien se encargó de eso. Vamos a puentearlo. Con un poco de suerte, le darán una producción propia. Tú déjalo de mi mano. Esto lo arreglo yo.

Capítulo 33

Madrid, la Castellana

Cuando Sybil Kosmos recibió el correo de un tal Enrique Hisado, estuvo a punto de borrarlo, como hacía con la mayoría de los que recibía. Pero su móvil tenía activado un programa que rastreaba palabras clave. Y en ese mensaje había varias de ellas.

Atlántida.

Santorini.

Kiru.

Tras leer el correo, dejó el móvil en el borde de la bañera y pensó, mientras los chorros de agua masajeaban su cuerpo.

No estaba sola en el cuarto de baño. Fabiano Sousa, vestido con un traje gris, aguardaba junto al lavabo, con las manos cruzadas como un soldado en posición de descanso. A su lado, en una pose similar, se encontraba Luh, una joven de asombrosos ojos negros a la que Sybil había contratado en su último viaje a Bali. Ambos la contemplaban sin apartar la mirada de su cuerpo desnudo, apenas tapado por los islotes do espuma que flotaban en el agua.

Pese a lo que se contaba sobre SyKa en muchos programas del corazón, no se trataba de exhibicionismo gratuito. Sybil necesitaba que la miraran. Constantemente. Cuando no sentía unos ojos posados en ella, todo se volvía negro en su interior, como si su mente fuera un televisor apagado.

¿Quién había dicho «El hombre creó a los dioses a su imagen y semejanza»? A Sybil, que no era mujer de muchas lecturas, le sonaba la frase, pero no el autor. Hasta cierto punto, enunciaba una verdad. Los verdaderos dioses habían llegado al mundo después que los hombres, una versión mejorada del Homo sapiens.

Más, a pesar de ser superiores, los dioses se habían acostumbrado a depender de los humanos. No podían existir sin ellos, sin sus miradas de adoración, sin sus sacrificios, sin el tributo de sus vidas. Lo contrario habría sido como volver a aquella isla pequeña y mísera en la que sus parientes y ella tenían que competir por la comida y el agua como náufragos famélicos.

No obstante, tampoco era necesario que existieran tantos humanos. Ya había más de siete mil millones, una plaga de cucarachas que infestaban la Tierra. Con un millón, incluso menos, había más que de sobra. Sobre todo, ahora que quedaban tan pocos del linaje de Sybil. Durante un tiempo había llegado a pensar que su hermano y ella estaban solos.

Pero en los últimos días había recibido una pista sobre el Primer Nacido, el odiado padre de todos ellos. Y ahora también sobre Kiru.

«Kiru ugundukwa», la insultó en un idioma tan antiguo que hasta las lenguas que descendían de él se habían perdido en el olvido.

Sybil se levantó y salió de la bañera. Mientras Luh la secaba con una toalla gruesa y esponjosa, le dijo a Fabiano Sousa:

Tengo un trabajo para ti. Espero que no te pierdas por el camino como tu hermano.

Fabiano hizo una mueca, enseñando sus dientes de cristal. No sentía ninguna inquietud por el destino de su gemelo. En la isla sin nombre habría sido tan despiadado con su propia sangre como lo habían sido los miembros del linaje de Sybil.

Mientras Luh untaba de crema de seda el cuerpo de Sybil, ésta caviló sobre lo que debía hacer. Según el mensaje, Kiru se encontraba internada en la clínica Gilgamesh, uno de los centros médicos de la fundación del mismo nombre. Sybil y Spyridon Kosmos eran accionistas mayoritarios del Proyecto Gilgamesh, pues pensaban que la mejor forma de evitar que los humanos dominaran el secreto de la inmortalidad era patrocinar y controlar sus investigaciones.

Siendo así, entrar en la clínica para llevarse a Kiru, alias Milagros Romero, no debía suponer ningún problema. Pero el tiempo había enseñado a Sybil que en la sociedad occidental era conveniente respetar las apariencias legales.

– Avisa a Julia para que te acompañe -le dijo a Sousa.

Este torció el gesto un instante. No se llevaba bien con la abogada de Sybil. Probablemente había intentado ligar con ella y, conociendo a Julia, se habría llevado una negativa más que contundente.

Cuando Sousa salió del baño para llamar, Sybil pensó: «Debería conocer también a ese tal Gabriel Espada». Si era capaz de conectarse con la mente de Kiru, tal vez él mismo llevara en sus venas sangre del Primer Nacido.

Mientras Luh la vestía, Sybil sonrió al pensar que al día siguiente tendría en su poder a Kiru.

Kiru. La mujer a la que ella misma había perdonado la vida, en el único impulso de amor desinteresado que recordaba. ¿Y cómo se lo había agradecido ella? Provocando el fin de su largo reinado y desencadenando el hundimiento de la Atlántida.

Capítulo 34

Port Hurón, Michigan .

– La jefa quiere verlos -dijo el agente que abrió la puerta de la habitación.

– ¿A él también? -dijo Alborada, señalando a su compañero. De no ser porque respiraba muy lentamente y de vez en cuando parpadeaba, Randall habría podido pasar por una estatua de cera.

– A él también.

El agente los llevó hasta el despacho de la jefa de policía, que se presentó como Carol Ollier.

– Les pido disculpas por no haber hablado antes con ustedes. Esa erupción será en la otra punta del país, pero la mierda nos está llegando ya hasta el cuello, y perdonen por la expresión.

Alborada le calculó unos cincuenta años. Estaba algo entrada en carnes y era guapa, aunque tenía una lozanía un tanto vulgar para su gusto, con unas mejillas tan brillantes como una manzana a la que le han sacado brillo con la manga.

– ¿Qué le pasa a su amigo? -preguntó.

Alborada se volvió hacia Randall. Seguía en un estado que él sólo habría sabido definir como catatónico. Aunque tal vez no fuera el término más exacto. ¿Aislamiento autista? Tenía los ojos abiertos, pero con la mirada perdida en la lejanía, y no hablaba. Si lo sentaban, se quedaba sentado; si lo ponían de pie, se mantenía erguido; y si le agarraban de un codo y tiraban de él, andaba con pasitos muy cortos y sin mover los brazos.

– Su amigo parece un viajero del tiempo -insistió la jefa de policía-. Es como si hubiera aterrizado aquí directamente desde los años setenta. ¿Qué ha fumado para estar así?

– Nada que yo haya visto. Pero no es exactamente mi amigo.

– ¿Y cómo es que han llegado juntos en ese reactor?

– Ya se lo expliqué a sus agentes. ¿Puede decirme por qué nos retienen aquí?

– No se impaciente, señor Alborada. Vuelva a contarme su historia.

Aunque la paciencia no era la mayor virtud de Alborada, se resigno y le contó a la jefa de policía una versión edulcorada de la verdad, según la cual había viajado a California para conocer y entrevistar al señor Randall, que poseía información valiosa sobre el misterioso manuscrito Voynich. En su relato, los matones armados que lo acompañaban no iban armados con pistolas, sino equipados con cámaras, luces y equipos de sonido, y su muerte había sido un heroico acto de servicio.

No había peligro de que el Sousa Malo ni los demás contradijeran su versión. Si sus cadáveres no habían volado por los aires con la primera explosión, ahora debían estar enterrados bajo miles de toneladas de escombros volcánicos. Como todo aquello que se encontraba en un radio de cien kilómetros a la redonda.

– ¿Ha hablado con su familia para tranquilizarla? Me han dicho que perdió el móvil.

– No tengo familia cercana -mintió Alborada con todo su aplomo-. ¿Va a decirme de una vez por qué me tiene retenido aquí? Soy ciudadano de la Unión Europea y tengo mis derechos.

– En la Unión Europea seguro que sí. Pero aquí el Presidente ha decretado el estado de emergencia nacional. Eso equivale prácticamente a la ley marcial.

– Eso no quiere decir que pueda usted retenernos sin motivos.

– No soy yo quien los retiene, señor Alborada. Estoy obedeciendo instrucciones del FBI.

– ¿Del FBI? ¿Es que hemos cometido un crimen federal?

– No exactamente. Pero al montar a esos treinta niños en un reactor y llevárselos a miles de kilómetros de su casa se han metido en un pequeño problema.

Alborada se volvió hacia Randall, y se preguntó por enésima vez por qué no despertaba y usaba sus poderes para convencer a la policía de que les dejara marchar.

– ¿Qué pretendía que hiciéramos? Si los hubiéramos abandonado allí, ahora estarían muertos.

– Lo que han hecho es una heroicidad, sin duda -reconoció Carol-. Pero vivimos en una sociedad hiperprotectora con los menores. A mí misma me pusieron una multa por hacer fotos a mis propios hijos en las cataratas del Niágara. ¿Lo puede usted creer?

– Yo ya me creo todo -dijo Alborada. Evidentemente, el motivo de que al muchacho chicano lo tuvieran en una habitación separada era evitar que los dos adultos cometieran abusos con él.

– No tenemos noticias de los padres de los críos ni de la dirección del colegio-prosiguió la jefa de policía-. Por lo que se sabe, su pueblo ha sido sepultado por una nube ardiente.

– Una terrible tragedia.

– En efecto. El caso es que la tutela de esos niños debería pasar al estado de California. Pero resulta imposible contactar con las autoridades de allí. De hecho, es posible que en California ya no exista nada remotamente parecido a la autoridad.

La jefa de policía meneó la cabeza y dio un sorbo de su lata de Dr. Pepper. Al pensar en la cantidad de calorías basura que tenía ese mejunje azucarado, Alborada frunció el ceño. No era extraño que Carol Ollier estuviera tan oronda.

– No me puedo creer que esté diciendo una frase tan melodramática. «Nada remotamente parecido a la autoridad». Pero me temo que las cosas son así. La tutela de esos niños ha pasado a las autoridades federales, de modo que el FBI se ha puesto en contacto conmigo aduciendo la Federal Kidnapping Act.

– ¿Secuestro federal? -protestó Alborada-. Eso es ridículo.

– Eso mismo he dicho yo. Pero de momento no me queda más remedio que retenerlos, señor Alborada. Cuando los agentes del FBI vengan a hablar con usted…, bueno, y con su silencioso amigo -añadió, mirando a Randall-, seguro que todo se aclara.

– ¿Y eso cuándo ocurrirá?

– No lo sé, señor Alborada. Ya le he dicho que estamos en medio de una emergencia nacional, El FBI está desbordado, como las demás agencias federales. Mientras tanto, les trataremos bien, se lo aseguro.


* * * * *

Cuando volvió a quedarse solo con Randall en la habitación, Alborada pensó en la pregunta de la jefa de policía.

«¿Ha hablado con su familia para tranquilizarla?».

«No tengo familia cercana…».

Antes de subir al Gulfstream, Alborada había tirado el móvil a la pista y lo había pisoteado hasta romperlo. Fue una ocurrencia del momento: si llevaba el móvil encima, Sybil podría localizarlo en cualquier momento y lugar. Y ahora que Adriano Sousa estaba muerto y SyKa a miles de kilómetros, lo último que quería era que ella lo encontrara.

Aun así, podría haber hablado con Marisa durante el vuelo, ya que la piloto del reactor había permitido que los niños utilizaran los móviles para hablar con sus familias. Lo cual, por otra parte, fue un esfuerzo inútil. Tres de ellos habían conseguido contactar con sus padres, pero las comunicaciones se interrumpieron enseguida. Aquellos chicos provenían de la escuela elemental de Bishop, un pueblo situado a unos cincuenta kilómetros de Long Valley. Una distancia segura para un volcán normal, pero saltaba a la vista que lo que había estallado allí no lo era. Todos los medios de comunicación hablaban ya sin ambages de «supervolcán».

En cualquier caso, Alborada, aunque podría haber pedido un móvil, había decidido no ponerse en contacto con Marisa y su hijo, ni siquiera para mandar un brevísimo «estoy vivo». Si no lo había hecho no era sólo por evitar que Sybil lo localizara. Empezaba a pensar que era preferible que Marisa lo creyera muerto. Mejor ser la viuda de un ejecutivo fallecido en la erupción de Long Valley que la esposa de un presidiario encerrado por un asesinato con sórdidas implicaciones sexuales. Entre las acciones y cuentas a su nombre y el seguro de vida, Marisa tenía de sobra para salir adelante.

Otra cuestión era si él podría vivir sin Marisa y, sobre todo, sin el niño. Además, ¿adonde podría ir?

«¿Y si me dejo barba y me dedico a recorrer el mundo con Randall?», fantaseó. Librarse de todas las ataduras, el tunero, los coches, las acciones, las casas. Dormir en un pajar, en un polideportivo o al raso, hacer autoestop, trabajar con las manos en cualquier parte para ganarse el pan…

Saboreó aquellas ensoñaciones que él mismo sabía absurdas. Dudaba de que esa vida tuviera tantos atractivos reales para alguien acostumbrado al lujo. Además, estaba convencido de que no le resultaría tan fácil escapar de Sybil. Para empezar, había venido hasta Port Hurón en su Culfstream. No era una moto que se pudiera aparcar en cualquier parte sin que su dueño se enterara.

Miró a Randall. Éste parpadeó, y durante un instante Alborada creyó que había salido del trance.

Falsa alarma. Aquel individuo tan peculiar que se decía padre de Sybil Kosmos seguía ausente, perdido en sus propios pensamientos o en la nada.

Alborada se levantó, lo agarró de los hombros y lo sacudió con fuerza.

– ¡Maldita sea, despierta de una vez! ¡Tú eres el único que puede sacarnos de aquí! ¡Despierta!

Fue como mover un saco de garbanzos. Cuando se cansó, Alborada cayó de rodillas y contuvo un sollozo. «Un caballero nunca llora en público» era otra de las normas del código Alborada.

– Tú eres el único que me puede salvar… -musitó, desesperado.

Ciertamente, si alguien le hubiera pedido que resumiera en una sola palabra el estado de su espíritu, le habría contestado: «Desesperación».

Capítulo 35

Santorini .

Las previsiones de Iris se habían cumplido en parte. El dolor que había empezado bajo su ojo izquierdo se convirtió, en efecto, en jaqueca. Por no agravarla, tan sólo tomó una copa de vino durante la cena. Spyridon Kosmos apareció ya al final, a la hora de partir la tarta. Por si no hubiera hablado ya suficiente, Sideris pronunció un elogio del magnate griego tan lisonjero que muchos de los presentes intercambiaron discretas miradas de vergüenza ajena.

Aunque no había más que dos velas, Kosmos tuvo que soplar varias veces para apagarlas. Cumplida la misión, probó un trozo de la tarta y se despidió de sus invitados. No había pasado con ellos ni quince minutos, pero Iris agradeció que se marchara. En aquel anciano que atesoraba más poder que muchos jefes de estado había algo que la inquietaba, una especie de aura maligna.

La previsión que no se cumplió fue la relativa a su inminente discusión con Finnur. Su novio no había esperado a quedarse a solas con ella en la habitación. En cuanto Kosmos abandonó la sala, Finnur empezó a reprocharle por haber contestado al mensaje de Eyvindur.

– Lo de antes ha sido una descortesía imperdonable. No se pueden perder los papeles así.

La primera vez se lo había dicho en susurros, pero conforme fue bebiendo más vino y más ouzo subió la voz. Finnur estaba obsesionado con su cuerpo, no comía pan ni grasas y apenas probaba el alcohol. Por eso, en cuanto bebía un poco más de lo habitual, se le subía a la cabeza. A veces se volvía simpático y divertido. Pero eso ocurría una vez de cada cinco. Y esa noche no tocó en suerte.

Durante la sobremesa surgieron varios temas de conversación, en los que Finnur, delante de todos, se opuso sistemáticamente a las opiniones de Iris. Tras hablar de la política griega, de arte e incluso de deportes, la joven decidió que lo mejor era callarse, echó atrás su silla y se dedicó a pensar en la conversación que había tenido con Eyvindur.

«¿Por qué es tan importante la velocidad de escape de la gravedad terrestre?», se preguntaba una y otra vez. Para desesperación de Iris, si ella misma no obtenía la solución de los acertijos que Eyvindur le planteaba, él jamás se la revelaba.

La velada se prolongó hasta las dos, y después los invitados se retiraron a las habitaciones. «Ahora viene la discusión», pensó Iris al cerrar la puerta. Sin decir nada, se sentó en la cama para quitarse los zapatos. Finnur se acercó por detrás y empezó a acariciarle los hombros y el cuello.

Normalmente a Iris le gustaba que su novio la masajeara; sobre todo si sufría dolor de cabeza, como ahora. Pero estaba muy enfadada con él y además no podía dejar de pensar en Gabriel Espada, aquel canalla cuyos ojos de fósforo la tenían obsesionada. Por una razón o por otra, sentía el contacto de los dedos de su novio como el de las escamas de una serpiente o la viscosa tripa de un sapo, y se le erizó el vello de la nuca.

– Se te ha puesto la piel de gallina -dijo Finnur, halagado, pensando que era por el placer que le provocaban sus manos.

Iris no quería decirle que en aquel momento la repelía su roce, de modo que se puso de pie y se dirigió al baño. Pero antes de que llegara a la puerta, Finnur la abrazó por detrás, aferrando un pecho en cada mano. Iris notó que a su novio se le estaba poniendo dura. «Pues esta noche tendrás que recurrir al autoservicio», se prometió, mientras le apartaba los brazos.

Finnur la obligó a darse la vuelta.

– ¿Se puede saber qué te pasa?

– ¿Que qué me pasa? Te has pasado toda la noche haciéndome de menos y ahora pretendes arreglarlo echándome un polvo.

Finnur frunció las cejas. ¿Haciéndote de menos? ¿De qué demonios estás hablando?

– No has perdido una sola ocasión de llevarme la contraria. ¡Dios, y para una vez que cuento algo, me interrumpes «Esa historia de la erupción del Strómboli es demasiado larga. Vas a aburrir al personal». Si tanta vergüenza ajena te doy, ¿qué demonios haces conmigo?

– Lo siento. No sabía que eso te iba a molestar. Además, una pareja no tiene por qué coincidir en todas las opiniones.

– Tus opiniones me dan igual. Por mí, como si piensas que dos y dos son cinco. ¡Lo que no soporto es que me trates como si fuera inferior!

Finnur volvió a agarrarla por la cintura y tiró de ella para que sus caderas se tocaran.

– Vamos, ¿no crees que lo mejor para arreglar una discusión es un poco de sexo?

– ¡Qué típico masculino! En el momento en que más enfadada me tienes y en que menos atracción siento por ti, se te ocurre que me puede apetecer tirarme en la cama y abrirme de piernas para que me la metas.

La misma Iris pensó que estaba siendo demasiado agresiva, pero parecía que su lengua hubiera tomado el control por sí sola.

– No estoy hablando de follar con una prostituta, sino de hacer el amor con mi pareja. No seas tan vulgar, Iris.

– Y tú no finjas ser romántico de golpe.

Iris se intentó apartar, pero él la agarró de los hombros con más fuerza y le acercó los labios al oído.

– Llevamos casi un mes sin hacerlo -susurró Finnur. El cosquilleo del aire en su oreja le resultó insoportable. «¿Qué demonios me está pasando? -pensó-. Sigue siendo mi novio. No debería darme asco».

Finnur la intentó besar. Los labios y la lengua le sabían a vino. Cuando ella también estaba achispada le resultaba incluso agradable y excitante. Pero en aquel momento fue como probar vinagre revenido.

– Ya que llevas la cuenta de cuándo fue la última vez que hicimos el amor, ¿recuerdas también cuándo fue la última vez que hiciste algún comentario elogioso hacia mí o hacia mi trabajo?

Se estaba disparando. No quería provocar una pelea. Si por ella fuera, habría esperado a que Finnur empezase a roncar, cosa que solía ocurrir un minuto después de que cerrara los ojos, y sólo entonces se habría metido en la cama, en silencio.

Pero la chispa se había encendido ya. Y no era la del amor precisamente.

– Estás obsesionada con que te hago de menos. Eso es porque tienes complejo de inferioridad.

– ¿Qué complejo voy a tener? Los dos hemos hecho los mismos estudios, y yo saqué notas más altas que tú. Si te han nombrado a ti jefe del equipo es porque Sideris y Kosmos son dos machistas.

– Ya estás de nuevo con lo del machismo. En el fondo, creo que estás deseando saber lo que es un auténtico macho, kanina.

Finnur la hizo girar y la empujó hacia la cama. Iris cayó do espaldas, la nuca le rebotó en el colchón y por un momento se mareó. El aprovechó para tenderse encima de ella, estirarle los brazos por encima de la cabeza y apresarle las muñecas con la mano derecha. Era un hombre fuerte por naturaleza, pasaba muchas horas en el gimnasio y además sus dedos eran duros como tenazas. Con la otra mano le abrió la camisa de un tirón, haciendo saltar un botón por los aires. Después le estrujó los pechos como si quisiera sacar zumo de ellos y empezó a lamerla en el escote.

«Si me dejo se quedará dormido y acabaremos con esto de una maldita vez», pensó Iris.

Pero al sentir la lengua de Finnur se imaginó que una babosa reptaba entre sus senos. No podía soportarlo. Aprovechando que él había aflojado la presión sobre sus manos, liberó la derecha y le dio un palmetazo en la oreja.

Finnur se incorporó con un grito de dolor y la miró entre enfadado y perplejo.

– ¡Vamos, kanina! Me has dicho muchas veces que tienes la fantasía de que te violen.

– No confundas una fantasía con hacerlo de verdad.

– ¿Ahora me estás llamando violador? ¡Claro que sí! ¡Vean aquí a Finnur el machista, el que desprecia a las mujeres, el violador!

– No des esas voces. Se va a enterar toda la mansión.

El respiró hondo y respondió en voz más baja, conteniendo la ira a duras penas.

– ¿De qué se van a enterar? ¿De que estás loca?

– Si no te das cuenta de que en este momento lo último que quiero es satisfacer tus fantasías, es que eres incluso más majadero de lo que pareces.

Al momento se arrepintió de las palabras que acababa de pronunciar. Finnur podía aguantar que lo llamaran «egoísta», «frío», «insensible», porque en el fondo esos calificativos coincidían con la imagen que quería dar de sí mismo como hombre racional y calculador que controlaba su entorno. Pero los insultos a su inteligencia o a su dignidad le provocaban estallidos de cólera.

Una luz peligrosa se encendió en los ojos de Finnur. Agarró la muñeca de Iris con la mano izquierda y apretó con tanta fuerza que ella pensó que se la iba a dislocar. Al mismo tiempo, levantó el brazo derecho con el puño cerrado y lo echó hacia atrás para tomar impulso. La violencia de su ademán y, sobre todo, el odio de su mirada aterraron momentáneamente a la joven, que cerró los ojos esperando el golpe.

Pero no llegó.

Iris abrió los ojos. El puño de Finnur temblaba en el aire.

– No vuelvas a hablarme así -dijo él, rechinando los dientes-. En tu puta vida se te ocurra volver a hablarme así.

Iris reaccionó por fin. De un tirón se soltó el brazo, y luego empujó con todas sus fuerzas a Finnur. Éste cayó de espaldas en el colchón, rebotó y rodó por los pies de la cama hasta el suelo. Iris no se lo pensó un segundo, salió corriendo de la habitación y cerró de un portazo.


* * * * *

Una vez fuera, se detuvo sin saber adonde ir. Los pasillos de la mansión estaban iluminados con antorchas que desprendían olor a resina. Las sombras cambiantes proyectadas por las llamas convertían en figuras amenazantes a los mismos personajes de los frescos que de día sonreían optimistas y joviales. Las sacerdotisas de pechos desnudos parecían de repente arpías sanguinarias, y los alegres diseños de plantas se antojaban criaturas lovecraftianas provistas de tentáculos.

«Respira hondo, Iris», se dijo a sí misma. En el silencio del pasillo, su corazón palpitaba como un timbal. Pero aquella quietud duró un instante. La puerta de la habitación se abrió y en el hueco apareció la silueta de Finnur, perfilada contra la luz del fondo.

Cuando se conocieron, a Iris le encantó que Finnur fuera tan alto y musculoso. Ahora, de pronto, se le antojó un oso enfurecido a punto de atacar, y deseó haberse emparejado con alguien más bajito que ella.

– ¡Iris! ¡Vuelve ahora mismo!

A la izquierda, al fondo del pasillo, había una escalera. Iris corrió hacia ella, agradecida de no haberse descalzado ni cambiado de ropa para acostarse. A ambos lados había puertas de madera que daban a las habitaciones de los demás invitados. No sabía quién dormía en cada una, pero tampoco quería presentarse a esas horas en el cuarto de nadie pidiendo socorro por lo que podía parecer una vulgar pelea de pareja. Los gritos de Finnur le hacían sentir tanto bochorno que pensó en volver a la habitación con él para que se callara. Pero al recordar su mirada de odio, que la había asustado incluso más que su puño levantado, apretó el paso.

Los escalones apenas se distinguían entre las sombras. Iris los bajó de dos en dos, y cuando creyó llegar al final todavía se encontró con tres peldaños más. Al chocar con el suelo tras aquel último salto inesperado, su rodilla derecha crujió y la joven ahogó un gruñido de dolor. El impulso la lanzó adelante, pero manoteó como una funambulesca y para su propia sorpresa, después de unas cuantas zancadas sin control, logró recuperar el equilibrio y no caer de bruces al suelo.

– ¡Iris! ¡Deja de hacer tonterías! ¡Ven aquí!

La voz de Finnur sonaba más arriba, lo que significaba que no había bajado todavía las escaleras. Iris dobló hacia la derecha, y luego siguió por un pasillo tortuoso como una greca. Avanzó a trompicones, chocando con las paredes y usando las manos para cambiar de dirección y tomar impulso, como una nadadora haciendo largos en una piscina minúscula.

Las llamadas de Finnur se oían cada vez más lejanas. Iris encontró otra escalera y la bajó, y después recorrió más pasillos y cruzó varias estancias, muchas de las cuales estaban a oscuras. En aquel laberinto, se sintió como un Teseo que hubiera extraviado el hilo de Ariadna.

No tardó en perder toda orientación, mientras atravesaba zonas cada vez más lóbregas. Su intención era salir de Nea Thera.

Estaba dispuesta a dormir fuera, acurrucada entre las rocas, o bajar hasta el embarcadero y pedir que la dejaran acomodarse en alguno de los veleros amarrados allí.

Por lo que recordaba, la entrada principal se hallaba en la parte más baja de la mansión. Ignoraba cuántas escaleras tenía que bajar, puesto que el palacio estaba construido sobre un terreno abrupto y empinado. Su alzado se adaptaba a él en un diseño de terrazas y niveles ascendentes, de tal modo que, aunque ninguna pared tenía más de tres pisos, la diferencia de altura entre la puerta principal y la azotea más alta debía ser de unos treinta metros.

Cuando ya hacía rato que había dejado de oír las llamadas de Finnur, dio con una escalera más larga y empinada que las demás. Al llegar abajo, pensó que estaba en un callejón sin salida. En vez de un rellano que se bifurcaba en dos o tres galerías, como hasta ahora, se había topado con una puerta metálica, cerrada con una barra. Dudó un segundo, y después empujó la barra hacia abajo, con la absurda idea de que al abrir se encontraría ante el garaje de un centro comercial.

En cierto modo, aquella gran sala recordaba a un aparcamiento. Estaba iluminada por bombillas que dibujaban un círculo de luz en el centro, había varias columnas cuadradas que sustentaban el techo y el suelo era de cemento gris. Aunque no podía saberlo con seguridad, sospechó que aquella especie de hangar era un subterráneo excavado en la roca.

Pero enseguida dejó de pensar en ello, porque dentro del círculo de luz había algo que reclamaba toda su atención.

Una semiesfera perfecta de unos cinco metros de diámetro.

Iris recordó la cúpula que habían detectado el día anterior con el perfilador de fondos. No podía ser casualidad que la forma y el tamaño coincidieran. ¿Por qué se habían dado tanta prisa en sacarla del mar y traerla aquí?

No sólo la habían traído, sino que la habían limpiado a conciencia. Las luces le arrancaban brillos de oro entreverados con destellos verdosos. Aunque las bombillas encastradas en el techo emitían una luz estable, su reflejo sobre la cúpula metálica parecía vivo, como si la superficie del objeto fuera de mercurio.

Iris se acercó más. Al hacerlo, se le erizaron la nuca y los antebrazos y creyó oír una vibración, un zumbido casi imperceptible. Por lo que recordaba, aquel artefacto emitía un campo magnético.

Tocó la cúpula. Al hacerlo sintió en los dedos un cosquilleo inquietante. Aunque la superficie era lisa, le pareció palpar bajo ella un relieve. Sí, se sentía lisa y rugosa a la vez, como si sus dedos se hubieran duplicado y estuvieran en dos sitios simultáneamente.

El metal de la cúpula ondeó como un líquido. Sobre el fondo dorado apareció una especie de filigrana trazada con finísimos hilos verdes. Los hilos se extendieron y trenzaron tejiendo una red que rozó los dedos de Iris. El cosquilleo se hizo más intenso y las falanges se le tiñeron de verde, como si aquella especie do alga estuviera contaminando su piel. Al mismo tiempo escuchó un susurro casi imperceptible en su cabeza, un coro de infinitas voces fantasmales.

Iris apartó la mano como si la hubiera mordido una cobra. Cuando se miró las yemas de los dedos, le pareció ver cómo el trazado de líneas verdes se desvanecía ante sus ojos.

«¿Qué demonios es esto?», se preguntó, fascinada y asustada a la vez.

– Así que ha descubierto la cúpula de la Atlántida.

Al oír la voz a su espalda dio un respingo y se volvió, levantando las manos como si la apuntaran con una pistola.

Era Sideris, con cara de pocos amigos.

– Es usted. Qué susto me ha dado.

– No debería estar aquí, señorita.

«¿Desde cuándo es usted el portero de la mansión Kosmos?», pensó Iris, pero se mordió la lengua. Había algo en el gesto de Sideris que no presagiaba nada bueno.

– Lo siento, salí a dar una vuelta y me he extraviado. ¿Ha dicho usted que ésta es la cúpula de la Atlántida? ¿Qué quiere decir?

Sideris se acercó al artefacto y extendió la mano, sin llegar a rozar su superficie. Sus dedos tenían las uñas curvadas hacia abajo. «Dedos en palillo de tambor», pensó Iris. Era síntoma de que el sistema circulatorio de Sideris no conducía suficiente oxígeno. Lo sabía porque su padre los tenía igual.

– Hace unos días, el terremoto en el que murió la doctora Christakos nos hizo descubrir una cripta secreta. En ella había unas pinturas que representaban esta cúpula. ¿Sabe dónde estaba originalmente?

– ¿Cómo puedo saberlo?

Sideris se volvió hacia ella.

– En la ciudad que se alzaba en la isla central de la Atlántida, al pie del volcán. Es tal como sostenía yo. Esas pinturas y esta cúpula demuestran que tenía razón.

– Pero, aunque hubiera una ciudad, ¿cómo puede saber que se trataba de la Atlántida?

– Porque había signos escritos en lineal A. Justo al lado de la cúpula se lee «A-ta-ra-na-ti-da». Teniendo en cuenta que en lineal A la l y la r se escriben igual, sólo hay una lectura posible. Atlántida.

Iris volvió a mirar a la cúpula. A cierta distancia, la filigrana era tan fina que apenas se intuía como una mancha cambiante que teñía de verde la superficie dorada.

– Entonces la Atlántida existió…

– Es algo de lo que yo siempre he estado convencido. Los frescos y esta cúpula lo demuestran. ¿Ha oído hablar del oricalco?

Iris hizo memoria.

– ¿No era un metal con propiedades desconocidas?

– Eso se ha dicho a menudo. En realidad, oricalco no significa más que «bronce de la montaña» en griego clásico. Como ya le he dicho, esta cúpula estaba situada bajo la cima del volcán, según demuestra el fresco que hemos hallado en la cripta. Ignoramos de qué material está construida esta semiesfera, pero de lejos se parece al bronce. ¿Lo entiende? Bronce más montaña nos da oricalco.

– Ya veo.

– Así que aquí tenemos la auténtica cúpula de oricalco, el metal secreto de la Atlántida. El descubrimiento más importante de la historia de la arqueología.

El rostro de Sideris resplandecía. Sin duda, ya se veía, apareciendo en informativos de máxima audiencia.

De pronto su gesto cambió. Frunciendo el ceño, se volvió hacia Iris.

– No puede contarle a nadie nada de lo que ha visto aquí. Aún es demasiado pronto para decir nada.

– No se preocupe por mí. Siempre he respetado la cláusula de confidencialidad.

– Eso no me basta.

– ¿Cómo que no le basta?

Sideris avanzó un paso hacia ella. Su mirada era inquietante. ¿Pensaba atacarla? Era un hombre corpulento, pero duplicaba en edad a Iris y, por su barriga, el color sanguíneo de su cara y sus dedos, daba la impresión de que cualquier esfuerzo podía provocarle una angina de pecho.

«¿Con cuántos hombres tendré que pelearme hoy?», pensó.

– Escuche, Sideris. Soy vulcanóloga, no arqueóloga. No pretendo llevarme ninguna gloria por redescubrir un artefacto de la Atlántida. Se la dejo toda para usted -dijo, retrocediendo para alejarse de la cúpula.

– ¿Cree que es la gloria personal lo que me mueve, jovencita? -dijo Sideris, enrojeciendo-. ¡Soy un científico! ¡Mi único afán es descubrir la verdad y ofrecérsela a la humanidad!

– Tranquilícese -dijo Iris, poniendo las palmas por delante y sin dejar de recular-. Le prometo que no le diré nada a nadie, ni siquiera a Finnur. Seré una tumba.

– ¡Las promesas de una mujer no me sirven! -dijo Sideris, sin dejar de avanzar hacia ella.

«Dios mío, se ha vuelto loco», pensó Iris. Se dio la vuelta y, por segunda vez esa misma noche, se dispuso a correr.

Entre las sombras que rodeaban el círculo de luz oyó un rechinar metálico que le era familiar. Primero la pelea con Finnur y después la extraña actitud de Sideris la habían asustado. Pero ahora la invadió un pánico inexplicable, tan intenso que se agarró a su pecho y a su estómago y le arrugó las entrañas. Al igual que un conejo que cruza la carretera y se topa con los faros de un coche, Iris cayó de rodillas y se quedó paralizada.

– Usted no va a ir a ninguna parte, señorita -dijo una voz áspera como esmeril.

Iris se volvió hacia su derecha. La silla de ruedas del señor Kosmos entró en el círculo iluminado. El anciano tenía el cuello ladeado sobre la hombrera de la chaqueta, que formaba bolsas sobre su cuerpo. Pero toda la fuerza que les faltaba a sus miembros les sobraba a sus ojos duros y negros como obsidiana.

Iris no habría tenido más miedo aunque hubiese viajado en un avión con los motores ardiendo y cayendo en picado hacia el mar. Aquel oscuro temor que la poseía emanaba de Kosmos, como un olor putrefacto que no se captaba por la nariz, sino por algún sentido más antiguo conectado directamente con las vísceras. Iris pensó que aquel anciano maligno era capaz de descuartizar su cuerpo y después devorar su alma.

– Yo no… no le diré nada a nadie, lo juro -balbuceó.

– De eso estoy seguro -dijo Kosmos, cada vez más cerca.

– Señor Kosmos, por favor, no me haga nada… -suplicó. Los ojos se le habían llenado de lágrimas. ¿Por qué? ¿A qué se debía ese miedo innatural?

– ¿Qué interés tendría yo en hacerle daño? Soy yo quien paga su seguro. -El anciano soltó una carcajada-. Pero tendrá que aceptar mi hospitalidad unos cuantos días más. Después de lo que ha visto, no puedo dejar que salga de Nea Thera.

La sensación de pavor era tan intensa que Iris se agarró el pecho, temiendo que el corazón le estallara como una granada de mano.

«Dios mío -pensó-. ¿Será así como murió Rena?».

Para asombro de Iris, el señor Kosmos se enderezó en la silla, apoyó las manos en ella y se puso en pie sin ningún esfuerzo. Al hacerlo, aquel traje que le formaba bolsas en los hombros y el pecho resbaló y se colocó por sí solo sobre su cuerpo. Aunque le quedaba grande, su caída revelaba que el cuerpo del anciano, lejos de estar contrahecho, era el de un atleta.

«¿Qué locura es ésta?», pensó Iris, respirando en bocanadas tan breves y apresuradas que apenas le llegaba oxígeno a los pulmones.

Kosmos avanzó hacia ella, muy despacio pero con el paso elástico y seguro de un hombre joven. Mientras lo hacía, se llevó la mano a la barbilla y tiró de la piel hasta arrancársela.

Piel no, se corrigió Iris. Era una máscara de látex o algún material parecido. Ahora comprendía el exceso de maquillaje. Era, en efecto, para disimular la edad, pero no del modo que ella había creído al principio. El rostro del hombre que seguía acercándose a ella no tenía apenas arrugas, aunque por lo serio de su gesto y lo duro de sus rasgos no lo habría calificado como joven.

«Si ha revelado delante de mí este secreto, es porque no me considera una amenaza», pensó Iris. Lo que significaba que pensaba matarla. ¿No habría hecho algo parecido con Rena?

Ella estaba en las excavaciones aquella noche. ¿Y si descubrió la cripta? Por eso Kosmos acabó con Rena provocándole un infarto.

«Eso es imposible», se rebatió a sí misma. Pero el pecho le dolía cada vez más, como si hurgaran bajo sus costillas con un picahielos.

– Déme su móvil -dijo el millonario, tendiéndole la mano.

Iris seguía tan aterrorizada que, aunque intentaba controlar sus esfínteres, se le habían escapado unas gotas de orina. Sin embargo, conservaba una mínima chispa de lucidez. Su única posibilidad de seguir viva era mantener una vía de comunicación con el exterior.

Se metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón y palpó un instante. El móvil extraoficial tenía una pequeña pegatina transparente. Tanteó hasta coger el otro, lo sacó del bolsillo y se lo entregó a Kosmos.

– No pienso contar nada, señor Kosmos. -No le hacía falta fingir para que su voz sonara con un trémolo de miedo-. Puede confiar en mí.

– Desde luego que no va a contar nada -respondió Kosmos, guardándose el teléfono. Sus ojos eran tan oscuros que el iris no se distinguía de la pupila.

Iris se llevó la mano al pecho. Hacía rato que los pinchazos eran tan insoportables que ya ni sentía el dolor de la mandíbula. Su corazón debía estar acercándose a las doscientas cincuenta pulsaciones. «Voy a morir», comprendió. No pudo evitarlo y cayó de rodillas ante Kosmos.

– ¡No me mate, por favor! -sollozó-. ¡No sé qué he hecho, pero no me mate! ¡Por favor, por favor…!

El le puso la mano en la cabeza. De su palma emanaba un calor seco que, por contraste con la gelidez que sentía en su interior, hizo que Iris se estremeciera. Pero la sensación de pánico desapareció de repente. La ausencia de aquel miedo animal era casi equivalente a la felicidad absoluta, e Iris estuvo a punto de abrazar las rodillas de Kosmos para darle las gracias.

Pero aunque él estaba dominando sus emociones como un titiritero, en el fondo de su mente la razón de Iris seguía funcionando, y le decía: «No vas a salir de ésta».

Para confirmar aquel pensamiento, Kosmos le dijo:

– Aún no ha llegado el momento de eso, Iris. Cuando el la llegue tendremos que abrir la cúpula de oricalco. Y eso no puede hacerse sin derramar sangre.

»El viernes, cuando salga la luna llena, hablaremos.

Y, aunque ella misma no podía creer lo que le estaba pasando, cuando oyó aquellas palabras Iris sintió que una cálida felicidad se apoderaba de su cuerpo.

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