Santorini .
Después de lo que Randall les había contado, Joey estaba seguro de que Santorini era un lugar casi tan peligroso como Long Valley. Quizá no hubiera un supervolcán, pero a cambio allí les aguardaba Minos, y probablemente Isashara.
¿Serían capaces de torturar a un niño rajándole la tripa como habían hecho con Randall?
Sin embargo, éste parecía muy tranquilo.
– Yo soy el Primer Nacido. Conozco algunos trucos que mis hijos nunca sospecharon.
– Entonces ¿por qué te apresaron y te encadenaron? -preguntó Joey.
Randall le miró de reojo con severidad fingida.
– Siempre poniendo el dedo en la llaga, ¿eh?
– Yo no…
– En aquel entonces eran diez. Cinco varones y cinco mujeres, todos ellos dotados del poder del Habla y muy enfadados con su padre después de haber estado cerca de un siglo castigados. Además, llegaron a la Atlántida de incógnito, disfrazados de comerciantes. -Randall se encogió de hombros-. Me pillaron por sorpresa.
– Pero luego nos contaste que en la Atlántida sólo gobernaban dos de tus hijos…
– Sí, los mayores.
– ¿Qué pasó con los otros ocho?
– Isashara y Minos se las arreglaron para irlos matando. Se aliaron con seis de sus hermanos para matar a los dos primeros, con cuatro para asesinar a dos más… Digamos que al final sobrevivieron los más fuertes. O los más despiadados.
Randall sonrió con tristeza.
– Creo que nunca supe enseñar a mis hijos las virtudes de compartir.
El reactor bajó de repente unos cuantos metros al pillar una turbulencia. Joey levantó los brazos y gritó «¡oooh!» como si hiciera la ola en un estadio. Nada podía ser peor que el despegue de Long Valley, entre las dos fauces recién abiertas del supervolcán. Estaba convencido de que, después de eso, sería capaz de montar en una lanzadera espacial sin marearse.
– Ya casi estamos llegando, Joey.
Randall miró hacia la cola del avión, y Joey le imitó. Alborada dormía, reclinado en el asiento. Joey ignoraba qué había ocurrido entre él y Randall, pero era evidente que después de aquello el español se había quedado mucho más tranquilo. La impresión que le daba a Joey era la de un presidiario al que le hubieran quitado la cadena y la bola de metal.
– Dejémosle que duerma. Ven conmigo, Joey.
Randall llamó a la puerta de la cabina de mando y esperó cortésmente a que le abrieran. Cuando la azafata se asomó, preguntó:
– ¿Les importa que veamos el aterrizaje desde aquí?
La piloto cruzó una mirada con el copiloto, y después se volvió hacia Randall.
– Está bien. Al fin y al cabo, va a hacer usted lo que quiera.
La azafata le cedió a Joey su puesto, y se retiró a la cabina de pasajeros. Randall se quedó de pie, sujetándose con las manos en los respaldos de los asientos.
– No es el modo más seguro de aterrizar -le dijo la piloto.
– Confío plenamente en sus capacidades, Olga -respondió Randall.
Estaba amaneciendo. Pero en lugar del gris acerado y frío propio del alba, el mar y el cielo se veían teñidos de rojo. A esas alturas, Joey ya sabía que el color se debía a la ceniza volcánica.
– Es la primera vez que contemplo mi antiguo hogar desde el aire -dijo Randall.
Se estaban acercando a Santorini desde el norte. Randall señaló con el dedo mientras daba explicaciones a Joey.
– Esa gran C es Tera, la isla principal. La que ves a la derecha, que no llega a cerrar la C, es Terasia. Antes de la erupción, las dos estaban unidas. Y esas islas pequeñas que ves en el centro de la bahía son las Kameni.
– ¿Son los restos de la gran isla central?
– No. -Randall se acercó más a Joey y bajó la voz-. Tras el hundimiento de la Atlántida, toda la bahía quedó vacía. Esos islotes aparecieron después, cuando el volcán volvió a despertar. No son más que una legaña comparada con lo que había antes. La montaña era el doble o el triple de alta que esa que se ve allí a la izquierda. Imagínate toda esa cantidad de rocas hundiéndose bajo tierra y luego volando por los aires.
Joey podía imaginárselo perfectamente. Si llegaba a viejo, cosa de la que a ratos dudaba, podría contar: «Yo estuve en Long Valley y sobreviví». Y no a veinte o treinta kilómetros del cráter, no: en el mismo centro de la erupción, huyendo de ella en un coche con el parabrisas roto.
El volcán de Santorini ya había despertado. Joey observó que de la mayor de las Kameni se levantaba una columna de humo blanco, como si hubiera una fábrica o una central térmica funcionando a pleno rendimiento.
Pero era tan sólo una humareda comparada con la columna de gas y vapor que se levantaba a la izquierda, desde el mar. Joey calculó un instante los puntos cardinales y pensó que estaba al este de Santorini.
– ¿Qué es eso?
– Kolumbo, un volcán submarino.
– ¿Es peligroso?
– Vaya que si es peligroso -intervino la piloto-. Éste debe ser el único avión que lleva pasajeros a la isla. Todos los demás la están evacuando.
– Tranquilo, Joey -dijo Randall-. Después de haber sobrevivido al gran dragón de Long Valley, el fuego de esta lagartija sólo puede hacernos cosquillas.
Joey se estiró en el asiento para ver mejor. Se veían llamaradas que salían del agua y grandes chorros de vapor blanco que se mezclaban con el humo negro. Pese al ruido de los motores, el fragor de la erupción les llegaba como un runrún constante y pesado.
– Tenemos suerte de que el viento sopla hacia el este -comentó la piloto-. Se lleva el humo y las cenizas lejos de la isla. De lo contrario, no podríamos aterrizar.
– Cuando acabemos -dijo el copiloto- habrá que darle un buen baño a este aparato. Ha atravesado ya demasiadas nubes de ceniza.
Al principio, tal como Joey había visto en la pantalla de información, tenían previsto llegar a Santorini sobrevolando Italia y el mar Adriático. Pero apenas despegaron de Londres habían recibido informes de que la erupción de Nápoles se había agravado durante la noche, y Joey volvió a oír la ominosa palabra «supervolcán». Una inmensa nube negra se dirigía hacia el centro y el norte de Italia. Las cenizas estaban cayendo ya sobre Roma como una espesa nevada, y no tardarían en llegar a Florencia. La piloto consultó con los controladores de vuelo, que desviaron al Gulfstream por otra ruta que los llevó a atravesar Austria y Serbia.
– Si llegamos a tardar más, no nos habrían dado permiso para volar hasta Santorini -dijo la piloto-. Si la erupción de Italia sigue y el viento continúa soplando hacia el norte, me temo que en poco más de veinticuatro horas todas las rutas que cruzan el centro do Europa quedarán Interrumpidas.
El avión desplegó el tren de aterrizaje. La sombra de la columna volcánica de Kolumbo se proyectaba sobre el terreno de la isla, que ascendía hacia la derecha, hacia los acantilados que se asomaban sobre la bahía central.
Joey hizo balance. Tenían cerca dos volcanes: uno en el mar, vomitando lava, y otro en el centro de la bahía, que por el momento se conformaba con mandar señales de humo. Los estaba aguardando un tal Spyridon Kosmos, que también se llamaba Minos, era un megamillonario y a la vez un inmortal que en el pasado se dedicaba a arrancar corazones y albergaba un odio encarnizado hacia Randall. Todo eso mientras otros volcanes seguían arrojando a la atmósfera cenizas y otras porquerías que amenazaban con provocar una nueva glaciación.
Y, sin embargo, Joey se sentía lleno de confianza. A esas alturas, ya sabía que Randall estaba influyendo en él por medio de ese poder al que llamaba el Habla aunque lo utilizara en silencio.
Pero le daba igual. Prefería sentir ese bienestar, aunque fuese inducido, que el miedo que habría experimentado de no ser por su amigo.
A Joey el aeropuerto londinense donde habían repostado, Heathrow, le había parecido una monstruosidad. El de Santorini, en cambio, era muy pequeño y le recordó más a los que había conocido hasta entonces, en Mammoth Lakes y Port Hurón.
Sin embargo, había mucho tráfico. Casi diez veces más de lo habitual, según les informó la piloto. En cuanto se posaron los mandaron lejos de la pista, pues no hacían más que aterrizar y despegar aviones privados y, sobre todo, del ejército.
Una vez en tierra, tuvieron que pasar por el control de pasaportes. Un pequeño problema. Alborada, que era el único que lo tenía, no lo necesitaba, ya que era ciudadano de la Unión Europea.
Joey tardó un rato en darse cuenta de lo que le pedían, porque estaba distraído viendo los carteles con esas letras tan raras -a algunas parecía que les hubieran quitado trazos con una tijera-, y oyendo cómo por megafonía decían todo el rato algo muy gracioso que sonaba parecido a Kirikekiri.
– Te estoy pidiendo el pasaporte, hijo -insistió el policía en un inglés tan abierto y lleno de erres como el de un mexicano.
– Éste es nuestro pasaporte -dijo Randall, enseñando el carnet de conducir falso que se había agenciado en el parque de caravanas-. Vale para los dos.
– Vale para los dos -asintió el policía.
Joey contuvo una risita. Acaba de imaginar a Randall como a Obi Wan y a sí mismo como Luke Skywalker, recién llegados a Mos Eisley y usando la Fuerza para convencer a las tropas de choque imperiales de que les dejaran pasar.
Eran las ventajas de ir con el bueno. Con el jefe de los superhéroes, con el maestro de los jedis, con el auténtico Mr. Spock. Nadie podría derrotar a Randall el inmortal, el Primer Nacido.
La sala de espera se hallaba atestada de gente con maletas, bolsas, mochilas, garrafas de aceite, sacos de patatas y hasta alguna que otra cabra. Se oía un guirigay de voces, protestas, llantos de niños e incluso risas histéricas. Todos eran turistas y habitantes de la isla que aguardaban su turno para salir de Santorini. Los únicos que llegaban eran ellos.
Pero tenían su pequeño comité de recepción. Una chica rubia muy guapa -«¿Los griegos pueden ser rubios?», se preguntó Joey- sujetaba un cartel blanco en el que se leía ΔTΔΔΣ. Bueno, pensó Joey, lo de leer era un decir.
– Atlas -dijo Randall-. Ése debo ser yo.
– Cuidado -avisó Alborada, poniendo la mano en el hombro de Randall-. Esto puede ser una trampa.
– Claro que es una trampa. Pero hemos venido voluntariamente a ella. Tranquilos, no pasará nada.
La joven los llevó hasta un Audi negro que ella misma conducía. Los tres montaron detrás y no tardaron en dar tumbos por los baches del camino, pese a la amortiguación del coche. Los vehículos con los que se cruzaban pasaban rozándoles. Allí no había líneas intermedias, ni continuas ni discontinuas, y cada uno parecía conducir como le daba la gana.
Al ver el gesto de Joey en el retrovisor, la chica sonrió.
– Pocos coches hoy. Todos van fuera de la isla. Otros días peor.
– Estamos locos -susurró Alborada-. Nos estamos metiendo en la boca del lobo.
– ¿Tiene miedo? -le preguntó Randall.
– No, pero sé que no lo tengo porque usted no me deja tenerlo. Y eso no me convence.
Llegaron a la pequeña capital de la isla, Fira. Tras aparcar, su guía los llevó hasta un teleférico. Desde allí, Joey tuvo la primera visión de la bahía central.
– Toda la bahía es una caldera volcánica -le dijo Randall.
No sería tan grande como la de Long Valley. Pero, a diferencia de ésta, la de Santorini se apreciaba con mucha más claridad, una nítida elipse de aguas oscuras.
Y el caso es que parecía muy grande. No era lo mismo verla en el mapa, en una foto o incluso desde el aire. Contemplándola desde las alturas del acantilado, a Joey le impresionó pensar que todo eso era, en realidad, un volcán cuya chimenea humeaba desde la isla central.
Muy cerca de la columna de vapor se veían construcciones, una especie de chalés adosados de colores muy vistosos.
– Ése es el palacio de señor Kosmos, Nea Thera -dijo la joven-. Allí donde vamos.
Joey se fijó mejor: en realidad no eran casas adosadas, sino un solo edificio muy extenso. Era el diseño escalonado de la terraza lo que le había engañado.
– ¿Cómo lo han permitido edificar ahí? -preguntó Alborada-. Tenía entendido que era una especie de parque geológico, un lugar protegido.
– Señor Kosmos es gran benefactor de Santorini. Con él Kameni está mejor protegida.
Joey nunca había montado en teleférico. La experiencia le encantó. Mientras descendían, Randall le señaló los diversos colores del acantilado, que parecía una gran tarta hecha de varias capas, y le dijo que cada color correspondía a una erupción distinta.
Una vez abajo, en el Puerto Viejo, poco más que un malecón, subieron a una lancha y cruzaron la bahía. También resultó una novedad para Joey, que se mareó un poco. Llegados a la isla, emprendieron la subida por un camino de arena crujiente que, como le explicó Randall, en realidad era ceniza.
– Así que estamos caminando por el volcán -dijo Alborada. Como no había escuchado la conversación anterior entre Randall y Joey, añadió-: ¿Éstos son los restos de la Atlántida?
Randall sonrió.
– Díselo tú, Joey. A ver si has aprendido bien la lección.
– No es la Atlántida -respondió Joey, muy serio-. Esta isla empezó a formarse hace trescientos años. La montaña de la Atlántida era mucho más alta que este islote, y diez veces más extensa.
Randall asintió y añadió:
– Con el tiempo volverá a formarse otra montaña en el centro de la bahía, que a su vez entrará en erupción y se hundirá de nuevo.
Después exhaló un suspiro.
– Es el ciclo de la vida. El eterno retorno…
Entraron al palacio por la puerta del ala este. Les hicieron pasar a un amplio vestíbulo en el que todo estaba decorado con colores muy vivos: el artesonado del techo, las columnas, las losas de piedra del suelo. En las paredes se veían escenas con toros, alegres paisajes, hombres vestidos con taparrabos y chicas con largas faldas de volantes y chaquetas que dejaban ver sus pechos.
La criada que vino a recibirlos vestía como las mujeres de los frescos; pero, para desencanto de Joey, llevaba la chaqueta cerrada.
– El señor Kosmos les espera en la sala contigua para servirles un refrigerio -dijo, en un inglés más fluido que el de la chófer rubia.
– Tranquilos -susurró Randall.
Joey sintió una nueva oleada de confianza que le inundó de calor el estómago.
Siguieron a la criada y pasaron a la estancia. Era más pequeña que el vestíbulo y de techo más bajo. No tenía ventanas: la luz provenía de unas antorchas sujetas a argollas clavadas en las paredes. Las pinturas también eran más abstractas y oscuras, levemente amenazantes.
Aunque le quedaba poca batería, Joey había usado el móvil para buscar información sobre el señor Kosmos. La única foto que había visto lo mostraba sentado en una silla de ruedas. Aunque la instantánea estaba tomada de lejos, se apreciaba que era muy anciano.
O lo parecía. Pues ése debía ser el disfraz que adoptaba Minos para que no se le reconociera. Joey podía entenderlo. Si él fuera rico e inmortal, usaría maquillaje para fingir que envejecía y, pasado un tiempo, simularía su propia muerte, se nombraría heredero a sí mismo con otro nombre y empezaría una nueva vida. Era un plan que tenía pensado desde mucho antes de saber que existían inmortales de verdad, como Randall y sus hijos.
Pero en esta ocasión Kosmos no se había disfrazado de anciano del siglo xxi, sino de noble de la Edad de Bronce. Llevaba sandalias, una falda azul que le llegaba hasta las rodillas y en la cabeza un casquete de piel con dos cuernos de toro.
Si se lo hubieran descrito así, a Joey le habría parecido ridículo. Pero no lo era. Sentado en un trono de piedra adosado a la pared, musculoso, bronceado y con el cuerpo depilado, Minos parecía el rey de la Atlántida.
«No», se corrigió. El auténtico rey estaba a su lado, y no era otro que Randall.
Joey observó que allí no había refrigerio alguno, ni siquiera una mesa. Los dos sirvientes que flanqueaban el trono de Minos, tan musculosos como él y aún más altos, no parecían precisamente camareros.
A un lado de la estancia había un gran tablón, una puerta arrancada de su vano. Un detalle que a Joey le resultó bastante extraño en un salón del trono. ¿Es que el palacio estaba en obras?
– Bienvenido a mi morada, padre -dijo Minos, en un inglés perfecto-. Espero que esta humilde reconstrucción te haga recordar tiempos mejores.
Randall se encogió de hombros.
– Es inútil reconstruir el pasado. Aquí no veo una morada de verdad, sólo una imitación de cartón piedra construida por alguien que no sabe resignarse al paso del tiempo.
Los dedos de Minos se crisparon sobre los brazos del trono. Al hacerlo, las fibras de sus antebrazos y deltoides se marcaron bajo la piel. No tenía una gota de grasa.
– Te he brindado hospitalidad, padre. Muestra respeto.
Randall miró a los lados.
– No veo comida, ni bebida. ¿Es ésta tu hospitalidad?
– Eres tú quien sigue chapado a la antigua. ¿También quieres que mis sirvientes te laven los pies?
– Dejémonos de rodeos, hijo. Sabes por qué he venido. Algo me dice que la cúpula ha vuelto a salir a la luz después de tanto tiempo.
– Te felicito por tu intuición, padre. En efecto, la cúpula está aquí, en los sótanos de mi palacio. Se encuentra en perfecto estado, como si los siglos no hubieran pasado por ella. En eso, tiene algo en común con nosotros.
– Quiero usar la cúpula. Debo comunicarme con la Gran Madre para saber qué está pasando.
– Para eso tendrías que abrirla, padre. Y ya sabes cuál es el requisito. ¿Es que ya no sigues tus propios principios?
– No eres quién para cuestionarlos. Minos soltó una carcajada.
– ¡Vamos! Sabes bien que para abrir la cúpula se necesita sangre. Nuestra Gran Madre está un poco sorda y sólo escucha las llamadas de sus hijos cuando oye gritos de muerte.
– Deberías hablar de ella con más respeto.
– ¿Por qué? Es una criatura poderosa, pero también torpe y estúpida. Y muy cruel. Como tú. Tú tampoco quisiste escuchar a tus hijos.
– Ni siquiera debí engendraros. Erais una abominación, una monstruosidad. Vuestra belleza exterior sólo ocultaba la fealdad de vuestras almas.
– A mi hermana no le va a gustar nada oír eso.
– ¿También va a venir?
– Sí, está invitada a la fiesta. Ya sabes que la Gran Madre sólo habla directamente a las hembras.
– Perfecto. Así podremos entrar a la cúpula juntos y averiguar qué está pasando.
– ¿Para qué? ¿Para detenerlo?
– Si está en mi mano, lo intentaré.
– ¡Qué humilde eres, padre!
«No sabes con quién estás hablando», pensó Joey. En su opinión, Randall ya estaba tardando demasiado tiempo en darle una lección al insolente de su hijo.
– Eso no va a ocurrir, padre -prosiguió Minos-. Tengo la intención de entrar en la cúpula, pero para asegurarme de que este Armagedón no se detiene. Ha llegado el día del crepúsculo de los hombres.
– Estás loco -dijo Randall, rechinando los dientes.
– Ese es un argumento muy manido, padre. Estaría loco si atentara contra mis propios intereses. Pero no es el caso. Yo no tengo nada en común con los humanos. Me da igual que mueran cien o que perezcan siete mil millones.
– Somos una mutación, creada o fruto del azar, poro en el fondo seguimos siendo humanos -contestó Randall.
– Lo serás tú, padre, Primer Nacido. -Minos pronunció aquel título con tanto odio que Joey casi se imaginó que le salían chorros de sangre por la boca-. Los Segundos Nacidos no vinimos al mundo con esas servidumbres.
– No he venido aquí para discutir. Esta vez harás lo que te digo.
– ¿Obediencia filial? No me hagas reír.
– Seré yo quien entre a la cúpula con tu hermana, Minos.
– Sabes que antes tendrás que renunciar a tus principios y derramar sangre de tus queridos humanos. ¿Empezarás por matar a tus amigos?
A Joey no se le había ocurrido esa objeción. Miró de reojo a Randall y sintió un estremecimiento.
«El no nos haría eso», pensó.
– Ya solucionaré ese problema llegado el momento. Ahora, llévame a la cúpula. Quiero verla.
– ¿Que te lleve? ¿Me estás dando una orden en mi palacio, padre? ¿En el palacio del rey Minos?
– Así es.
Minos se dirigió a sus criados con un gesto de hastío.
– Haced con él lo que os he dicho. Que sea lo más limpio posible.
Los dos jóvenes musculosos se dirigieron hacia Randall. Éste los miró con severidad y levantó una mano hacia ellos. Joey notó el aura de miedo que brotaba de Randall y retrocedió un poco para apartarse.
Los criados se detuvieron en seco. Un segundo después, ambos se hincaron de rodillas y le hicieron una reverencia a Randall.
– Soy el Primer Nacido, hijo. Ni cien años encadenado a la montaña me doblegaron. ¿Crees que puedes oponerte a la voluntad de Atlas?
Joey aplaudió por dentro. ¡Ése era su Randall!
Como si le hubiera leído la mente a Joey, Alborada dijo en voz baja:
– Bien hecho.
Minos se levantó del trono con gesto pausado. Había que reconocerle algo: sabía moverse con majestuosidad. Al pasar entre los dos sirvientes les rozó los hombros. El gesto de temor se borró de sus semblantes y ambos se incorporaron.
Minos seguía avanzando.
Y ahora fue él quien alzó la mano hacia ellos.
Joey sintió una bola de hielo sucio que se formaba en su tripa y desde ahí subía por el estómago hasta encogerle el corazón.
– De rodillas -ordenó Minos.
Joey y Alborada obedecieron al momento. Randall puso una mano en el hombro de cada uno, y Joey sintió un calor que irradiaba de su palma y luchaba contra la gelidez.
– Levantaos.
Pero era como calentarse con un mechero en medio de una tormenta de nieve. Joey miró a los ojos de Minos, y después a los de Randall.
Ambos los tenían oscuros. Los de Minos destellaban como brasas, hinchados de odio.
En los de Randall se leía indignación, cólera y algo más.
¿Sorpresa?
– Tú también, padre. Arrodíllate.
– Jamás…
– ¡TÚ TAMBIÉN!
El miedo subió por el esófago de Joey en una oleada tan intensa como un vómito. Se llevó las manos al pecho, convencido de que le iba a reventar el corazón.
Randall estaba temblando de los pies a la cabeza. Tenía las venas del cuello y de las sienes hinchadas, el rostro contraído en un gesto de esfuerzo supremo y se había hecho sangre mordiéndose los labios.
Joey volvió a mirar a Minos. Sus labios se estaban curvando en una sonrisa cruel. Sus ojos eran la viva encarnación del mal.
Y el mal, comprendió Joey, es más poderoso que el bien. Porque sólo se concentra en matar y destruir, algo que se puede hacer en segundos. Mientras que crear y construir es el trabajo de toda una vida.
Randall no podía vencer a su hijo. Tenía principios, ataduras, puntos débiles que reducían su poder. En cambio, a Minos su odio le servía de combustible para acrecentar su fuerza ciega y destructiva.
Por fin, Randall se arrodilló. Y Joey sintió que el mundo se hundía bajo ellos.
«Oh, no, Randall…».
Los dos sirvientes se acercaron, apartaron a Joey y Alborada empujándolos sin contemplaciones y llevaron a rastras a Randall hacia el extremo de la sala.
– Siempre has defendido a los humanos -dijo Minos-. Es como si quisieras ser su redentor. Pues bien, ya que deseas redimirlos, te doy la oportunidad de hacerlo en tu propia cruz.
Joey empezó a sospechar qué pintaba aquella puerta apoyada en la pared.
No quería mirar, pero Minos le obligó a hacerlo. No tuvo más remedio que contemplar cómo los sirvientes levantaban a Randall, lo aplastaban contra la puerta, le hacían extender manos y piernas y le clavaban a la madera con cuatro clavos de acero.
– Vas a morir por esto, Minos -masculló Alborada, con la voz temblorosa de miedo y de ira.
Joey empezó a llorar al oír el primer martillazo. El último lo vio ya borroso, a través de un mar de lágrimas.
En cuanto a sus propios sollozos, no llegó a escucharlos. Los gritos de Randall no dejaban oír nada más.
Santorini, Nea Thera .
Cuando se abrió la puerta, Iris esperaba ver de nuevo a la criada de los ojos almendrados. Para su sorpresa, quien le traía el almuerzo era Finnur. Al igual que la criada, echó el cerrojo antes de dejar la bandeja en la mesa. Al lado depositó la llave, una pieza de bronce de estilo antiguo. Por cómo sonó al golpear la madera, debía pesar cerca de un kilo.
– Hola, Iris.
– ¿Qué haces tú aquí?
– Le he pedido a Kosmos personalmente que me dejara traerte la comida.
Iris miró de reojo la bandeja. Moussaka y pinchos de cordero. Esta vez, además de agua, le habían traído una jarrita de vino. «Ni se te ocurra probarlo», pensó. Mucho se temía que contuviera algún sedante diluido.
– Entonces, ¿sabías que Kosmos me tiene secuestrada aquí?
– No te pongas melodramática, Iris. Simplemente quiere evitar que ciertas cosas salgan a la luz antes de tiempo. ¿Secuestrada? Esa comida tiene un aspecto suculento. Yo diría que eres más bien una huésped de honor.
– Dime qué está pasando aquí, Finnur. ¿Qué manejos se traen entre manos Kosmos y Sideris?
– En realidad tiene poco que ver con Sideris, aunque él se crea el actor más importante de esta obra. Es cosa de Kosmos, y también mía. -Finnur hinchó el pecho como un pavo-. No se trata de un asunto de arqueología, sino de ciencia. Y tiene que ver con la cúpula.
– ¿Qué es esa cúpula?
– Se te va a enfriar la comida, kanina.
– No vuelvas a llamarme así. No lo soporto.
Finnur puso cara de cachorro herido, como si el comentario de Iris hubiera destrozado su dignidad.
– Lo siento. ¿Por qué no me lo habías dicho nunca?
– Creí que se notaba.
– Pues no. Debiste confiar en mí lo bastante como para decírmelo antes. Una pareja…
– Está bien. Tienes razón. Debí confiar en ti -respondió Iris con un suspiro. Si quería información, era mejor no seguir desafiando a Finnur-. Cuéntame lo de la cúpula, por favor. Al fin y al cabo, no se lo puedo decir a nadie.
«Salvo a Gabriel Espada en cuanto deje de hablar contigo», añadió para sí.
Finnur le explicó que la cúpula era un artefacto antiguo, creado por una civilización desconocida. Al parecer, servía para explorar el corazón de la Tierra. Era al mismo tiempo tomógrafo, radar, sismógrafo y holograma: una ventana al centro de la Tierra.
– Imagínatelo, Iris. Descifrar de una vez todos los secretos del planeta. Comprender la verdadera dinámica de la tectónica de placas, cómo se genera el campo magnético, cuál es el origen del calor del núcleo de la Tierra.
– No me digas más: Kosmos te prometió el monopolio de ese conocimiento si le guardabas el secreto.
Según le había contado Gabriel, la cúpula no sólo servía para explorar el interior de la Tierra, sino también para manipular su comportamiento.
Por un momento, sopesó la idea de decírselo a Finnur. Quizá aún estaban a tiempo de detener aquella cadena de catástrofes.
Pero se lo pensó mejor. Aunque convenciera a Finnur, éste hablaría luego con el señor Kosmos.
Quien, según Gabriel Espada, se llamaba en realidad Minos y era un superviviente de la antigua Atlántida.
Descabellado, pero ¿por qué no? Iris lo había visto levantándose de la silla de ruedas y despojándose de la máscara. La descripción de Gabriel cuadraba. Y el temor sobrenatural que había inducido en ella también. Era evidente que Kosmos controlaba las emociones hasta un punto que ni siquiera Gabriel sospechaba. Estaba claro que Finnur era un peón en manos de Kosmos. No podía confiar en él.
Y había algo más.
– ¿Cuándo piensa abrir la cúpula?
– Esta misma noche.
Iris recordó las palabras de Kosmos. «Cuando ella llegue tendremos que abrir la cúpula de oricalco. Y eso no puede hacerse sin derramar sangre. El viernes, cuando salga la luna llena…».
«Ella» no podía ser otra que Sybil Kosmos, la presunta nieta del multimillonario. La perspectiva de conocer en persona a una famosa internacional con millones de entradas en los buscadores de Internet no llenó de emoción a Iris.
Tan sólo la preocupaba su propio e inmediato futuro.
Finnur proseguía con sus explicaciones, mucho más solícito de lo habitual en él.
– Gracias a la cúpula podremos comprender lo que está ocurriendo en el centro de la Tierra. Reconozco que tú tenías razón, Iris. No debí burlarme de ti y de tus súpererupciones. Y tampoco debí comportarme ayer de ese modo. Tú sabes que no soy un hombre violento…
Mientras escuchaba a Finnur, Iris pensaba a toda velocidad. Poco antes de amanecer, Gabriel Espada le había mandado un mensaje. El y unos amigos habían conseguido un reactor privado y se dirigían a Santorini. Traían con ellos a alguien que podía utilizar la cúpula, una mujer que no era Sybil Kosmos. Gabriel no había querido añadir más por precaución.
Pero aunque Ragnarok acudiera a su rescate como un caballero andante embutido en su brillante armadura, cuando quisiera llegar probablemente ya sería tarde para Iris. No, lady Gudrundóttir tendría que salvarse sola.
– Olvidémoslo, Finnur. Todo el mundo tiene derecho a cometer un error en su vida. -Iris se tragó su odio y su desprecio. Jamás perdonaría a un hombre que la había amenazado, pero ahora no era el mejor momento de decírselo a Finnur.
– Eso es cierto.
– Quizá la culpa fue mía.
– No, kanina. Toda la culpa fue mía.
Iris ni siquiera se molestó en recordarle que se le había vuelto a escapar el mote que tanto aborrecía. Extendió las manos hacia él, recorrió su cinturón con los dedos y luego empezó a juguetear con la hebilla.
– Bueno, repartamos la culpa entre los dos. -Iris apretó los labios como un pequeño corazón, en un mohín infantil que sabía que a él le gustaba-. Si yo hubiera sido más cariñosa contigo últimamente no te habrías puesto así. ¿Hacemos un trato?
Empezó a desabrocharle el cinturón. Finnur tragó saliva. Iris notó un leve temblor en su cuerpo. Lo conocía de sobra como para saber que era una señal palmaria de que estaba excitado.
Aparte de otros indicios que se marcaban en el pantalón.
– Claro, Iris. Dime lo que quieres.
– Estar a tu lado cuando abras la cúpula. Yo también deseo explorar las regiones más recónditas de la Tierra… -dijo, añadiendo un tono gutural a su voz.
– Eso está hecho.
Iris ya le había abierto los corchetes de la bragueta. Ahora tiró de sus pantalones hacia abajo. -Pero ahora quiero explorar otras cosas…
Finnur intentó abrir los ojos. Sentía un espantoso dolor de cabeza, y los párpados del ojo izquierdo tan pegados que no los podía separar. Al tocarse notó algo viscoso. Sangre, que había empezado a coagular sobre su piel.
Estaba tendido en el suelo. No recordaba cómo había llegado allí.
Recordó. La habitación donde tenían a Iris. ¿Habían practicado sexo salvaje sobre las baldosas?
Se incorporó sobre los codos y se quedó sentado en el suelo. Iris no estaba en la habitación. La bandeja seguía sobre la mesa, pero la comida y la botella de agua habían desaparecido.
«¿Qué hago así?», pensó al mirarse las piernas. Tenía los pantalones en los tobillos. Recordó vagamente que ella había empezado a desnudarle y que él se había dejado, convencido de que le iba a practicar una felación.
Y cuando lo tenía así, con los pantalones bajados, torpe como un pingüino, le había golpeado. ¿Con qué?
Cuando se levantó y trató de abrir la puerta, comprendió cuál había sido el arma agresora. La llave de bronce.
Ahora era él quien estaba encerrado.
Mediterráneo .
A mediodía del viernes, mientras la inmensa chimenea abierta bajo el antiguo lago Averno seguía vomitando rocas, gases y cenizas a más de cincuenta kilómetros de altura, la erupción de los Campi Flegri entró en una nueva fase. Una segunda boca se abrió en las aguas del golfo de Nápoles.
Para entonces, el Osservatorio Vesuviano había dejado de existir. Una nube de flujos piroclásticos que se desplazaba a setecientos kilómetros por hora había arrasado primero Pozzuoli y después todo Nápoles, enterrando la ciudad bajo un inmenso manto de escombros humeantes que se extendían hasta las faldas del Vesubio.
Desaparecido el Osservatorio, fue el Istituto Nazionale di Geofísica e Vulcanología el que, basándose en los sismógrafos y las imágenes por satélite, dio el aviso de tsunami.
Por desgracia, ni los medios de comunicación del siglo xxi podían superar en velocidad a la ira de la Tierra.
Cuando aquella boca se abrió y todo el promontorio del cabo Miseno se hundió en el mar, las incalculables fuerzas desencadenadas bajo las aguas dieron origen a una onda que partió del golfo de Nápoles a casi mil kilómetros por hora.
A los veinte minutos, tras barrer las pequeñas islas volcánicas conocidas como Lípari, la ola alcanzó Sicilia. Los habitantes de Palermo recibieron la alerta al mismo tiempo que el tsunami entraba por el puerto, arrasándolo todo a su paso. La mayor amenaza no residía en su altura, aun siendo ésta impresionante. Su poder destructivo radicaba en su longitud de onda: el frente de choque no venía seguido de aire que lo empujaba, como hubiera ocurrido en una ola normal, sino de kilómetros y kilómetros de agua, una ingente masa líquida que se desplazaba a la velocidad de un reactor.
La ola levantó los barcos, los arrastró sobre los muelles y los estrelló contra los almacenes. Siguió avanzando ciudad adentro, armada de su propia masa, su enorme inercia y las rocas, embarcaciones, casas, coches y árboles que arrastraba.
Aquella ola no era más que la primera onda en el estanque. La segunda, que la seguía a cien kilómetros de distancia, no tardó demasiado en llegar, y arrasó lo poco que quedaba en pie.
Palermo no fue la única. Pocos minutos después, el tsunami entró en el golfo de Túnez y penetró varios kilómetros tierra adentro, arrasando incluso el aeropuerto de la ciudad. Toda la zona costera quedó reducida a escombros que el reflujo arrastró mar adentro y que la segunda ola volvió a lanzar contra tierra.
Por el norte, el maremoto devastó las costas de Córcega y Cerdeña. La onda encontró un hueco entre las dos islas, por el estrecho de Bonifacio, y un vástago del tsunami se abrió paso por el Mediterráneo occidental. Casi dos horas después de partir del golfo de Nápoles, llegó a las costas de Cataluña.
Al menos, en Barcelona la alarma llegó con cierta antelación. Pero en una gran ciudad es imposible movilizar a la gente con tan poco tiempo, y hubo miles de muertos. Las olas arrasaron el puerto y la playa de la Barceloneta, se internaron por el Poblé Nou, anegaron el palacio de la Generalitat, recorrieron el barrio Gótico a su antojo e inundaron varias líneas de metro, ahogando a cientos de personas que no podían sospechar la amenaza que se cernía sobre ellos.
El número total de muertos provocado por la ola asesina era muy difícil de calcular. El tsunami de 2004 en Indonesia había matado a 230.000 personas. El que había nacido en el golfo de Nápoles era mucho más devastador.
Y mientras las últimas ondas del tsunami recorrían el Mediterráneo, el campo magnético de la Tierra se volvió caótico.
Sobrevolando el Egeo .
A las 15:01, hora de Greenwich, varios millones de personas volvieron a sufrir la misma pesadilla que había desazonado su sueño una semana antes. Esta vez el fenómeno afectó más a los habitantes del Extremo Oriente y de las islas del Pacífico, pues era allí donde reinaba la oscuridad de la noche.
Gabriel, que se había quedado dormido en la butaca del avión, también lo experimentó de nuevo.
Muévete. Huye. Vuela.
Sobrevive.
Perdura.
Se despertó con las pulsaciones aceleradas, tal como le había pasado en el apartamento de Málaga. Durante unos segundos se sintió desorientado.
Grandes esferas rojas que subían… Ahora comprendía qué eran. Enormes células de convección, masas de roca fundida subiendo desde las profundidades de la Tierra.
Todo estaba relacionado.
Miró a su alrededor y recordó dónde estaba, volando a Santorini en un Learjet 45, un reactor poco más grande que una avioneta.
Al otro lado del pasillo, Kiru miraba por la ventanilla. Tenía en brazos a Frodo, y el cachorro dormitaba apaciblemente. Ambos habían hecho buenas migas. Kiru parecía sentirse más tranquila acariciando aquella bolita tibia de pelo y no necesitaba pegarse tanto a Gabriel. Algo que éste agradecía, pues cada roce con la Atlante, por breve que fuese, le traía visiones telepáticas y agravaba su dolor de cabeza. En cuanto al cachorro, desde que estaba con Kiru sólo orinaba y defecaba encima de los papeles y las bolsas que ella le ponía a modo de retrete. Para alguien dotada del Habla, dominar a un perrillo resultaba algo tan natural como respirar.
Gabriel se asomó a su propia ventanilla. Antes de quedarse dormido, recordaba haber visto la costa de Ibiza.
Ahora seguían sobrevolando el mar, y por la sensación que notaba en el estómago era evidente que estaban bajando. Pero cuando salieron de España la atmósfera era tan diáfana que se veían todos los detalles, mientras que ahora una neblina gris lo desdibujaba todo.
Además, se dio cuenta de que en el avión reinaba un silencio ominoso.
O mucho se equivocaba, o los motores no sonaban.
Se levantó y se acercó a la cabina del piloto. En la puerta estaban ya Herman y Valbuena, con gesto preocupado. Gabriel los apartó un poco para hacerse sitio.
Dentro de la cabina, el piloto se dedicaba a pulsar botones y tocar en vano una pantalla táctil que se veía apagada. Enrique, que tenía licencia de piloto privado, iba en el asiento de al lado. Se estaba peleando a la vez con la radio del avión y con el teléfono móvil. Con poco resultado, al parecer.
– ¿Qué está pasando aquí? -preguntó Gabriel.
Enrique se volvió hacia él. Su gesto de inquietud, que lindaba con el pavor, no le tranquilizó nada.
– Es mejor que os sentéis todos y os abrochéis los cinturones.
Gabriel olfateó el aire. Olía a quemado.
– Antes decidme qué pasa.
Tras los cristales de la cabina se divisaba ya su destino, Santorini. Gabriel había estudiado tantas vistas del pequeño archipiélago y desde tantos ángulos que conocía su morfología de memoria. Pero ahora sus contornos se veían desdibujados por aquella neblina.
– Es más fácil decir lo que no pasa -respondió León, el piloto. Aunque controlaba los nervios mejor que Enrique, era obvio que estaba más que preocupado.
– Explícate.
– Todos los aparatos se han ido al carajo. No tenemos radio, ni GPS. Es imposible contactar con el control de tierra y también con los radiofaros.
– ¿Volamos a ciegas?
– Sólo tenemos el giróscopo láser. No vamos a ciegas del todo porque tenemos la isla ahí delante. Aunque podría verse mejor.
– El móvil tampoco funciona -dijo Enrique.
– Es el campo magnético -susurró Gabriel.
– ¿Qué has dicho?
El sueño. La primera vez, siete días antes, el momento de su sueño había coincidido sospechosamente con una anomalía magnética a nivel mundial, la misma que había desorientado y hecho encallar a una manada de ballenas.
Ahora había vuelto a experimentar el mismo sueño. No podía ser casualidad.
– Es el campo magnético terrestre -dijo-. Creo que ha sufrido alguna alteración. Se ha invertido, se ha multiplicado, ha desaparecido. No lo sé.
Enrique asintió.
– Eso debe haber producido un pulso electromagnético que ha inutilizado todos los sistemas de comunicación.
Valbuena carraspeó.
– Discúlpenme, señores. Sus hipótesis sobre el campo magnético de la Tierra me resultan fascinantes, pero ¿soy el único que se ha dado cuenta de que estamos volando sin motores?
Gabriel tragó saliva. Enrique le había dicho que aquel vuelo le iba a salir por sesenta mil euros, pues prácticamente había tenido que sobornar al piloto para convencerlo de que los llevara hasta una isla amenazada por una erupción.
Pero seguro que si volaban sin motores no era porque hubieran decidido dejar el avión en punto muerto para ahorrar combustible.
– Es el maldito viento -dijo el piloto-. Ha cambiado de repente, antes de que pudieran avisarme desde tierra.
– ¿Y qué tiene que ver el viento? -preguntó Herman.
– La ceniza. El volcán está al otro lado de la isla. -León señaló con el dedo. Tras la mole difusa de Santorini se veía una zona más oscura en la neblina, punteada por resplandores ocasionales, como una tormenta eléctrica-. Hasta ahora llevábamos el viento de cola, y empujaba la ceniza lejos de nosotros. Pero ha cambiado de repente, y ahora estamos atravesando una nube de ceniza.
– ¿Es grave? -preguntó Gabriel. Ahora comprendía el olor a quemado. El humo de la erupción estaba entrando en la cabina a través del sistema de aire acondicionado.
– No he parado los motores por capricho -dijo el piloto-. Se han detenido solos por culpa de la ceniza. -¿No puede ponerlos en marcha otra vez?
– Me temo que no.
Gabriel y Herman se miraron. Fue Valbuena quien expresó en voz alta el pensamiento de todos.
– ¿Vamos a morir?
– Si vuelven todos atrás, se ponen los cinturones y me dejan en paz, a lo mejor no. Intentaré aterrizar planeando. Sin instrucciones de la torre de control, sin radiofaros y con los cristales cada vez más sucios de ceniza. ¡Cojonudo! -El piloto se volvió hacia Enrique-. Te dije que era una locura venir aquí.
– Lo siento, de veras. Tenía que haberte hecho caso…
Al ver que su amigo enrojecía, Gabriel se compadeció de él.
– Ahora no tiene sentido lamentarse, León. No podemos dar marcha atrás.
– ¡Desde luego que no! Tero ustedes pueden irse atrás de una puta…
El piloto se calló y respiró hondo. Era evidente que intentaba no perder el control. Gabriel podía disculparlo: en su lugar, él se habría puesto a blasfemar y dar patadas al panel de mandos.
– Siéntense -dijo León-. Los aviones no caen a plomo. Podemos planear. Por cada mil pies de altitud que perdamos, avanzaremos unos dos kilómetros. Ahora mismo estamos a dieciséis mil pies.
Gabriel echó cuentas. Aún podían volar treinta y dos kilómetros.
– ¿A cuánto estamos de Santorini?
– ¡No tengo ni puñetera idea! ¿No ven que volamos sin aparatos? ¡Siéntense de una vez!
Valbuena agarró a Gabriel y a Herman y tiró de ellos.
– Vamos, señores. Dejemos al piloto que haga su trabajo. -Dirigiéndose a León, añadió-: Le deseo suerte. Sepa que confiamos en usted.
Gabriel y Herman cruzaron una mirada. Era evidente que Valbuena no podía haber visto a Leslie Nielsen en Aterriza como puedas, así que debía estar hablando en serio. Pero, aunque siempre que Gabriel veía la película se tronchaba de risa, ahora no le hizo ninguna gracia pensar en ella.
Se sentaron y se abrocharon los asientos. Kiru seguía murmurándole cosas a Frodo, ajena a todo. Gabriel pensó que era mejor no decirle nada.
En otras maniobras de aterrizaje, Gabriel recordaba la sensación de bajar, estabilizarse un poco, bajar de nuevo y así hasta llegar al aeropuerto. Ahora tenía la impresión de que sus pies se hundían, como si estuviera descendiendo en un ascensor ultrarrápido.
Gabriel pegó la nariz a la ventanilla y miró hacia el frente. El azul del mar era un borrón que se confundía con el cielo entre aquella especie de neblina. Desde ese ángulo no divisaba la isla.
«No hará falta que salves al mundo, Gabriel Espada», pensó. «Vas a morir en cuestión de minutos».
Se dedico a contar mentalmente kilómetros y minutos. Según había calculado, podían volar en el aire unos treinta kilómetros. Pero ¿y si se hallaban más lejos de la isla? El no tenía ojo para estimar distancias desde el avión, y el piloto, que seguramente sí estaba acostumbrado, no había querido decirles nada.
Miró a Herman y a Valbuena, cada uno sentado en una fila distinta, aunque podrían haber ocupado asientos contiguos. Su amigo no hacía más que mirar por la ventanilla, como él, y estaba blanco como una hoja de papel. A Herman nunca le había hecho demasiada gracia volar. Aquel descenso sin motor no iba a contribuir a paliar su fobia.
En cuanto a Valbuena, simplemente miraba al frente, y de vez en cuando consultaba su reloj de pulsera. Gabriel supuso que él también estaba calculando cuánto tiempo podrían mantenerse en el aire, o cuánto les quedaba de vida.
Bajaban en un silencio ominoso. Sólo se oía el silbido del aire en el fuselaje del avión.
De pronto, Gabriel escuchó un zumbido diferente.
Motores. De algún modo, el piloto había logrado ponerlos en marcha.
«Estamos salvados».
El zumbido se hizo más agudo, como si se acercara a ellos. Gabriel tuvo un horrible presentimiento. En ese momento se oyó un grito que provenía de la cabina del piloto. Era la voz de Enrique. Su tono agudo asustó a Gabriel.
Volvió a mirar por la ventanilla. En ese mismo instante, una sombra oscura pasó a su lado a tal velocidad que le hizo dar un salto en el asiento. El zumbido se alejó de nuevo, haciéndose más grave con la distancia, y el pequeño reactor empezó a sacudirse arriba y abajo.
– ¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha sido eso? -preguntó Herman, alarmado. Kiru abrazó con fuerza a Frodo y miró a los lados, perpleja.
– Nos ha pasado un avión casi rozando -contestó Gabriel. Habían estado a punto de morir en menos de un segundo. Ni siquiera se habrían dado cuenta de por dónde les venía el golpe.
– ¡Eso es imposible! ¡Hay corredores aéreos, y control de tierra, y todas esas mierdas! ¿Cómo pueden pasar dos aviones tan cerca?
– Porque, señor Gil -contestó Valbuena-, estamos viajando sin instrumentos, sin contacto con el control de tierra y en medio de una nube de ceniza. El aparato que ha estado a punto de colisionar con nosotros debe volar tan a ciegas como nosotros.
Después de las sacudidas sufridas al atravesar la turbulencia creada por el otro avión, el pequeño reactor se estabilizó. Gabriel volvió a pegar la nariz a la ventanilla.
De pronto vio el mar, más gris que azul. Y la mole de la isla destacándose negra sobre él. Habían atravesado un manto de ceniza y gas, o una simple nube, o lo que fuese. Allí estaba Santorini. A Gabriel le pareció ver la línea alargada de la pista. ¿A qué distancia? ¿Cinco kilómetros? Para recorrerlos iban a perder… ¿Cuánto había dicho el piloto? Mil pies de altura de caída por cada dos kilómetros de vuelo. Dos mil quinientos pies. Unos ochocientos metros.
¿Estaban a ochocientos metros de altitud? A Gabriel no se lo parecía. Podía distinguir perfectamente la espuma en las crestas de las olas.
«No vamos a llegar».
– ¡Esto es una mierda! -gritó Herman-. ¡Es una puta mierda!
– Señor Gil -dijo Valbuena, sin levantar la voz-. Es posible que antes de un minuto estemos muertos, en cuyo caso sus exabruptos no van a servirle de nada. O es posible que sobrevivamos y, si eso ocurre, seguramente cuando se acuerde lamentará haber perdido la compostura delante de testigos.
– ¡Me da igual la puta compostura! ¡¡Esto es una mierda!! -Herman aferró el respaldo del asiento que tenía delante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
– Herman no debe gritar-dijo Kiru, apretándose al cachorro contra el pecho-. Frodo se asusta.
Gabriel volvió a mirar. Ahora veía cómo las olas rompían contra la costa pedregosa de la isla. Más allá se hallaba el aeropuerto. Trazó dos líneas mentales, una roja que llevaba al aparato contra las rocas y otra verde que lo unía con la pista. «No sigas la línea roja, sigue la línea verde -ordenó mentalmente al avión-. La roja no, la verde».
– ¿Cuándo coño pensáis sacar el tren de aterrizaje, Enrique? -gritó Herman. Gabriel llevaba un rato pensando lo mismo.
– ¡Silencio ahí atrás! -contestó el piloto.
– Seguramente el hecho de sacar el tren de aterrizaje aumenta la resistencia al aire y, por ende, provoca un descenso en un ángulo más acusado -dijo Valbuena.
Pasaron por encima de una playa negra, tan cerca que Gabriel pensó que iban a clavarse en la arena. «Nos estrellamos, nos estrellamos». Un golpe bajo sus pies. ¿Ya habían chocado? No, era el tren de aterrizaje.
Volvió a pegar la nariz a la ventanilla. Veía la pista tan horizontal como una carretera desde un coche, pero aún no estaban encima de ella.
Una sacudida fuerte. El silbido del viento se convirtió en un sonoro traqueteo y el aparato empezó a balancearse de un lado a otro. «Vamos campo a través», comprendió Gabriel. Un segundo después, aquel ruido se transformó en otro más suave, el de ruedas sobre asfalto, y al momento se oyó el zumbido del aire chocando contra los spoilers de frenado.
– ¡Bienvenidos a Santorini! -gritó el piloto desde la cabina.
Herman contestó con un grito ronco y gutural y palmeando el respaldo del asiento con todas sus fuerzas. Kiru, aunque parecía no haberse enterado de gran cosa de lo que ocurría, aplaudió.
Cuando el avión se detuvo por fin, el suelo tembló durante unos segundos, como si la propia isla quisiera darles la bienvenida. Aunque la maniobra de aterrizaje sin motores le había recordado durante más de un cuarto de hora su mortalidad, Gabriel volvió a pensar que ya no estaba experimentando una vivencia de Kiru. Lo que le pasara, le pasaría a él.
Santorini, isla de Kameni .
Iris pasó todo el día escondida en una zona de aa, lava que se había desgasificado y fragmentado muy rápidamente, formando un paisaje de rocas quebradas, un laberinto de aristas afiladas en el que resultaba casi imposible caminar. Ella misma, pese a estar acostumbrada a moverse por terrenos similares, se hizo un corte en la pantorrilla y diversos rasguños. Pero lo que pretendía era, precisamente, ocultarse en un lugar donde no pudieran encontrarla.
Se escondió en un peñasco negro bajo el que había quedado un hueco en el que cabía sentada o agachada. La roca era grande y parecía sólida. No obstante, cada vez que el suelo se estremecía, Iris rezaba para que la piedra no se venciera a un lado y la aplastara debajo. Pero no se atrevía a permanecer a cielo abierto. Kosmos seguramente recibía imágenes por satélite en tiempo real que le mostraban hasta la última piedra volcánica de Kameni.
Intentó hablar de nuevo con Eyvindur, pero ella misma sabía que era un esfuerzo destinado al fracaso. Los Campi Flegri y Nápoles se habían convertido en un infierno y la devastación se extendía en ondas concéntricas. Las tinieblas habían cubierto Roma, que había despertado aquel viernes bajo una copiosa lluvia de ceniza. Las autoridades recomendaban abandonar la ciudad, pese a que se encontraba a doscientos kilómetros del centro de la erupción.
Después llamó a Gabriel Espada varias veces. Tenía el móvil apagado. Si había cumplido su palabra, probablemente ahora se encontraría volando de Madrid a Santorini. ¿La caballería? Iris trató de imaginarse a Gabriel como un agente secreto experto en armas marciales irrumpiendo a tiros en la mansión de Kosmos.
Definitivamente, no le cuadraba. Si iba a ayudarla, mucho se temía que no sería por la fuerza bruta.
Iris tenía el don de conciliar el sueño en cualquier parte. Bajo la roca de aa quedaba una concavidad más lisa, una especie de burbuja en la que consiguió acomodarse en posición fetal. Casi sin darse cuenta se quedó dormida.
Pero a media tarde despertó al notar un temblor más fuerte que los anteriores. Pese al temor a que la detectaran los satélites, salió de debajo de la piedra. Justo a tiempo, porque con un seco crujido la roca se desplomó sobre la concavidad y se partió en dos grandes fragmentos. Una esquirla salió despedida y arañó a Iris en el cuello.
«Por qué poco», se dijo, imaginándose aplastada bajo aquella masa de varias toneladas.
El viento había cambiado. La columna eruptiva del volcán de Kolumbo flotaba ahora sobre la bahía. Cuando la trepidación del suelo se calmó, Iris buscó otro escondrijo. Aunque había salido a cielo abierto, se hallaba entre unas sombras que tal vez ocultaran su imagen.
Olía a quemado y a huevo podrido. Iris se sacudió las mangas y brotó una pequeña polvareda. Era ceniza que caía del cielo y que provenía de Kolumbo. Pero ese hedor a azufre cada vez más intenso, mucho se temía, provenía de la misma Kameni.
Aunque no tenía sus instrumentos, le bastaba con pegarse al suelo para captar la grave vibración que subía desde las profundidades. Casi podía ver cómo la cámara de magma enterrada bajo la bahía se llenaba cada vez más y la roca fundida ascendía hacia la superficie, expulsando burbujas de gas que enseguida colapsaban bajo la presión y provocaban estallidos constantes, el origen del tremor volcánico.
«Tengo que salir de aquí», pensó. Pero no se atrevía a bajar hasta la ensenada que hacía de puerto, la única vía de escape de Kameni. Todas las embarcaciones que había allí amarradas pertenecían a Kosmos o a patrones que le debían su sueldo. Iris recordaba que, cuando llegó al islote el miércoles para asistir al cumpleaños, también había visto un par de lanchas. Tal vez alguna de ellas tendría las llaves puestas y…
«Y Superman va a venir volando a salvarme. No seas ilusa, Iris».
Tenía que esperar, al menos, hasta que se hiciera de noche. Confiaba en que la erupción no arreciara demasiado, o más bien rezaba para ello.
Pero, mientras el sol bajaba, el suelo seguía trepidando con temblores cada vez más frecuentes, agrupados en racimos.
Las horas se le hicieron eternas. A ratos el viento cambiaba y se llevaba lejos la nube de Kolumbo. Pero a última hora de la tarde, la lluvia de ceniza se intensificó. Cada vez resultaba más molesto respirar.
Iris se levantó y trepó a una roca. Estaba segura de que ya no podían verla, pues desde allí no alcanzaba a ver el mar. Ni siquiera la mansión de Kosmos: tan sólo intuía su presencia por el difuso resplandor de unas luces en aquella extraña niebla.
Con mucho cuidado, salió de la zona de aa y tomó el camino que bajaba hacia el embarcadero. Una vez allí, ya decidiría qué hacer.
El camino se le hizo más largo de lo habitual, pues tenía que avanzar con suma precaución para no tropezar o caer por las cuestas y barrancos que rodeaban el sendero. Por fin, llegó a la ensenada. En ese mismo momento estaba arribando un barco con las luces encendidas, un pequeño pesquero.
Iris se agazapó tras unas rocas. Seguramente, los recién llegados serían hombres de Kosmos. Cuando desembarcaran, quizá podría subir al barco y sacarlo de allí. Iris no tenía licencia de patrón, pero en Islandia y después en Hawaii había pilotado más de una barca. No podía ser tan difícil.
Salvo porque apenas había visibilidad.
Oyó pasos que subían por el camino, y se agazapó un poco más. Después oyó voces masculinas. No hablaban en griego, sino en español.
– ¿Y ése es tu fantástico plan? -preguntó una voz que le sonaba familiar.
– Deja de tocar las narices, Herman. Si se te ocurre algo constructivo, dilo. Si no, cierra el pico.
Esa segunda voz no sólo le era familiar, sino de sobra conocida. Iris salió de detrás de la roca y se plantó en el camino.
Cinco figuras brotaron de entre la niebla. Eran cuatro hombres y una mujer joven y muy guapa que llevaba en brazos un perrito al que trataba de cubrir de la lluvia de ceniza.
Al ver a Iris, Gabriel Espada se paró en seco en mitad del camino.
– ¡Iris!
Después de dos días de miedo, soledad y tensión, Iris se dejó llevar por el impulso, corrió hacia Gabriel y lo abrazó con todas sus fuerzas.
– ¡Has venido! ¡Has venido!
Gabriel la apartó un poco y la miró a los ojos.
– Claro que he venido. A veces puedo parecerlo, pero no soy un fraude, Iris Gudrundóttir.
El suelo tembló con tanta fuerza que Iris tuvo que agarrarse más fuerte a Gabriel para no caer. Unos segundos después, se oyó una fuerte explosión.
Iris se volvió. Todo lo que había más allá de cincuenta metros era un borrón difuso, que empezaba a teñirse de rojo por la caída del sol. Pero más allá se veía un carmesí más intenso, un resplandor que fue ganando altura poco a poco.
Lava, sin duda. La erupción había empezado. Iris cruzó los dedos para que fuera tan lenta como la del año 2012. Eso les dejaría unas horas.
Pero no confiaba demasiado en ello.
Santorini, Nea Thera .
Joey estaba empapado de sudor. En parte era por el calor y en parte de miedo.
Se hallaban en una especie de garaje o hangar subterráneo mal ventilado. El aire acondicionado estaba apagado para evitar que entraran los gases del volcán. Aun así, se notaba el olor a ceniza y a azufre.
En el centro del hangar había una cúpula metálica, de color dorado, cuya superficie emitía de vez en cuando destellos verdosos, como si estuviera viva.
Joey estaba de rodillas, con las manos atadas a la espalda, la boca amordazada con un pañuelo y los tobillos unidos por más ligaduras. A su derecha se encontraba Alborada, en situación tan comprometida como la suya. Un poco más allá se veía a Randall, clavado a la puerta que los criados de Minos habían apoyado en una columna de hormigón.
«Haz algo, Randall», pensó Joey, sollozando. No podía creer que su héroe se hubiera dejado derrotar con tanta facilidad por el archienemigo.
Pero Randall tenía la barbilla caída sobre el pecho y los ojos cerrados, y respiraba tan despacio que a ratos parecía más muerto que dormido. Al menos, sus heridas habían dejado de sangrar.
A la izquierda de Joey había más prisioneros arrodillados. El que tenía al lado era un hombre ya mayor, canoso y panzudo, que no dejaba de sudar y murmurar bajo la mordaza. El siguiente era un tipo rubio, mucho más joven y con músculos de gimnasio. Como era tan alto, le tapaba a Joey el resto de la fila. Pero al entrar al garaje los había contado: siete personas, todas ellas atadas y amordazadas por si sentían tentaciones de huir.
Era casi imposible que eso ocurriera. Randall ya les había explicado en qué consistía el Habla, y en el pequeño aeropuerto de Mammoth Lakes Joey había sido testigo de los asombrosos efectos de su poder.
Ahora había dos inmortales en el garaje. Minos, alias señor Kosmos, había demostrado ser más poderoso que Randall. Por si eso no bastara, tenía a su lado a su hermana Sybil o Isashara, o como demonios se llamara. Entre los dos emitían tales efluvios que la atmósfera que reinaba en el garaje era de puro pavor. Nadie osaba moverse, y se oían gemidos y sollozos constantes sofocados por las mordazas.
Cada pocos minutos, la tierra temblaba. Unas veces era tan sólo una leve trepidación que se sentía en las rodillas, pero otras veces el suelo se movía a los lados durante unos segundos haciendo que los prisioneros perdieran el equilibrio. Joey ya se había caído una vez, y un criado había acudido a enderezarlo sin contemplaciones.
Estaba aterrorizado. Tenía los pantalones mojados. Al menos, él sólo olía a orina. El hedor que despedía el viejo que tenía a su lado sugería algo peor.
Joey sabía que le podía ocurrir a él en cualquier momento. Tenía que hacer grandes esfuerzos para que no se le soltaran los intestinos allí mismo, lo que le hacía sudar todavía más.
Cuando llevaban arrodillados media hora, o tal vez más, una criada vestida con una larga falda de volantes bajó por la escalera.
– Señor Kosmos. Ya ha oscurecido.
– ¿Y la luna?
– No se ve. Hay demasiado humo.
– A estas horas la luna ya ha salido -dijo Sybil-. Podemos empezar.
Sybil Kosmos llevaba un vestido del mismo estilo que las criadas de la mansión. Pero el suyo era mucho más lujoso, y estaba cubierto de adornos de oro que tintineaban al andar. También llevaba unos pendientes que rozaban sus hombros y gruesas pulseras en los brazos y ajorcas en los tobillos.
Además, se había abierto la chaqueta a ambos lados y llevaba los pechos al aire. En otras circunstancias, las hormonas adolescentes de Joey le habrían hecho torcer el cuello y los ojos para no perder de vista las tetas de la famosa SyKa. Pero ahora no se le ocurría ningún pensamiento excitante. Tan sólo que esa psicópata iba a hacer algo muy malo con ellos.
O más bien lo iba a hacer su hermano mellizo. Minos empuñaba un hacha de doble hoja. Por la forma en que pasaba los dedos por el filo, daba la impresión de que no la llevaba de adorno.
– ¡Venid aquí! -dijo Minos.
La orden iba dirigida a los criados. Eran tres hombres ataviados como él y tres mujeres vestidas como Sybil. Los seis acudieron corriendo a la llamada de su jefe y formaron en fila ante él. La atmósfera de miedo que reinaba en el garaje también los afectaba a ellos: Joey observó que les temblequeaban las piernas.
– Os agradezco vuestra fidelidad y vuestra entrega. Ahora voy a pediros que me rindáis un último servicio. -Minos hizo una pausa dramática y añadió-: Vosotros también contribuiréis al sacrificio. ¡De rodillas!
Una nueva oleada de miedo brotó de Minos y se extendió por el hangar. Los criados se apresuraron a obedecer y se postraron ante su amo, con tanto brío que se oyó cómo los huesos golpeaban el suelo de hormigón.
Joey sintió un nuevo retortijón y apretó el vientre. Olía peor que en el remolque del viejo Ben, que tenía fama de ser el tipo más guarro del parque de caravanas de South Fresno. Era una mezcla de sudor agrio como yogur, orina, excrementos, azufre y humo. Y por encima de todo ello flotaba algo que era y no era olor. El miasma del miedo. El Habla que Minos y Sybil estaban utilizando para paralizar a sus víctimas.
Joey oyó un gemido ahogado a su lado. Miró al hombre viejo que tenía a la izquierda. Se acababa de desplomar sobre el grandullón rubio. Éste se lo quitó de encima con los hombros, y el viejo resbaló hasta el suelo. Allí se agitó unos segundos y después se quedó inerte, con la mirada clavada en el vacío.
Su corazón no había resistido. Al menos, pensó Joey, se ahorraría otros horrores.
Minos se acercó al viejo y se acuclilló junto a él, sin soltar el hacha. Después miró hacia la cúpula dorada.
Parte de su superficie se había vuelto verde, el equivalente a unos cinco minutos en la esfera de un reloj.
– Así que no es necesario derramar sangre -comentó Minos-. Es la muerte, en sí lo que hace que la cúpula cambie de color y se abra.
Mientras Minos se incorporaba, la tierra volvió a temblar. Esta vez lo hizo con más fuerza y la sacudida fue distinta. En las ocasiones anteriores el suelo se había movido de lado a lado, pero ahora subía y bajaba, subía y bajaba. Joey chocó contra Alborada, que aguantó su peso y evitó que cayera.
Pasados unos segundos, el temblor remitió.
En el suelo, cerca de la cúpula, se veía una grieta que Joey no había visto antes. Aunque el terremoto había cesado, notaba en las rodillas una vibración continua y grave que subía por su cuerpo y le hacía cosquillas en el pecho.
– Nuestro volcán ha despertado, amigos -dijo Minos-. Disculpadme si me doy prisa y no dedico a cada uno el tiempo que sin duda se merece.
Mirando de reojo a Joey y Alborada, Minos acarició el mango del hacha.
– Éste es un buen sitio para empezar.
– ¡Espera! -exclamó Sybil.
«Eso, espera», pensó Joey.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Minos, volviéndose hacia ella.
Sybil había sacado un móvil de un pliegue de su falda, Joey se preguntó si habría regresado la cobertura.
– Las cámaras del puerto. Hay intrusos que han desembarcado en la isla y suben a la mansión.
– ¿Cuántos son?
– Con la ceniza no se ve bien, pero creo que hay cinco o seis.
– ¡Justo lo que nos hace falta! -exclamó Minos-. ¿Podrás encargarte de ellos?
Sybil torció el gesto. Joey pensó que no le hacía ninguna gracia recibir instrucciones. Pero ella se guardó el móvil y se dirigió hacia la escalera de salida.
«Mientras los trae, viviremos un rato más», se dijo Joey.
Pero Minos le decepcionó. Volvió a empuñar el hacha en ambas manos, se plantó ante él y dijo:
– Lo siento, jovencito. Vamos a ir adelantando trabajo. Tú serás el primero.
Exterior de Nea Thera .
La mansión apareció casi de repente, a menos de veinte metros. Gabriel se sobresaltó al verla. Era como conducir por la autopista en un día de niebla y toparse con un camión surgido de la nada.
Sólo que aquella niebla estaba compuesta de cenizas y gases volcánicos. Gabriel se había atado un pañuelo en la cara a modo de máscara, pero los fragmentos de ceniza eran tan diminutos que se colaban por los poros del tejido y penetraban en la nariz y la boca, irritando la garganta y los bronquios.
Para llegar al edificio tenían que atravesar un estrecho sendero en cuesta, flanqueado a la derecha por grandes peñascos de basalto y a la izquierda por una abrupta pendiente que caía a una hondonada. De ella subían nubes de gas y un ominoso burbujeo, plop-plop-plop, como si la madre Tierra estuviera guisando un extraño estofado de lava y lodo.
El suelo temblaba constantemente, como el grave ronroneo de un gato gigante enterrado bajo tierra. Según Iris, aquel tremor volcánico precedía a la erupción definitiva.
Si es que ésta no había empezado ya.
El sol se había puesto hacía media hora. Pero la niebla seguía teñida de carmesí, como si la sangre del crepúsculo hubiera quedado colgada del aire, o como si la propia esencia de la bruma fuera el fuego. Todo el paisaje recordaba al infierno de Dante. La mansión que se alzaba oscura ante Gabriel podría haber sido la morada de Hades. Por detrás del edificio, a lo lejos, se atisbaban unos relámpagos rojos que subían a las alturas acompañados por sonoros truenos, como una tormenta que en lugar de caer del cielo brotara de la tierra.
Sí, la erupción ya había empezado. Gabriel experimentó una intensa sensación de deja vu. Con Kiru había estado junto a otro volcán. No, en realidad era el mismo volcán, pero tres mil quinientos años antes.
Con una diferencia. Gabriel ya no era un pasajero en la mente de otra persona. Era su propio cuerpo el que podía ser abrasado por el volcán.
Se volvió al oír pisadas. Aunque estaba agotado y dolorido, sus largas zancadas habían hecho que se adelantara. Los demás venían a pocos metros: Enrique, Valbuena, Iris y un poco más atrás Herman, que con sus ciento diez kilos estaba sufriendo para subir las cuestas que conducían a Nea Thera. Las linternas proyectaban haces fantasmales que en la niebla roja parecían largas espadas de jedi.
Faltaba Kiru. Gabriel se alarmó. Era muy extraño que se hubiese separado de él. ¿Se habría perdido entre la niebla?
– ¿Dónde está Kiru? -preguntó, levantándose el pañuelo.
Los demás miraron atrás, perplejos. Nadie se había dado cuenta de su ausencia.
– ¡Tenemos que entrar ya! -exclamó Iris. Con la ceniza, su pelo de cuervo parecía el de una anciana canosa-. ¡La luna ha salido ya, y ese psicópata debe estar matando gente!
Era una de las objeciones, y no pequeñas, que Gabriel había ido posponiendo. No tenía muy claro qué harían dentro de la cúpula, qué clase de diálogo o negociación podrían sostener con la Gran Madre. Pero incluso antes de entrar en la cúpula se les presentaba una dificultad. Para abrirla necesitaban vidas humanas.
Mientras Herman y Enrique desandaban sus pasos para buscar a Kiru, Gabriel se volvió hacia la mansión. Había oído el crujir de la ceniza bajo unos pies. ¿Se habría adelantado Kiru sin que él se diera cuenta?
De la bruma rojiza surgió una figura con una antorcha en la mano.
Era una visión del pasado. Gabriel se sintió de regreso a las vivencias que había compartido con Kiru. Por el angosto camino bajaba una mujer vestida con una chaquetilla ceñida y una falda de campana.
Antes de verle la cara, Gabriel supo quién era por el aura de miedo que la precedía.
Sybil.
– ¿Cuántos sois? -preguntó, sin más preámbulos. Ella misma debió contarlos, porque añadió a voces, para que se la oyera sobre el tronido constante de la erupción-. ¡Cinco personas! ¡No os hacéis idea de lo oportuna que es vuestra llegada!
Algo llameante surcó el aire con un silbido, cayó delante de Sybil y rodó por la cuesta hasta llegar a los pies de Gabriel. Era una roca incandescente del tamaño de un puño. De haber caído sobre uno de ellos, le habría partido el cráneo. «Iris tiene razón -pensó-. Debemos entrar cuanto antes».
El problema era que Sybil se interponía en el camino.
– ¿No la habéis traído a ella?
– ¡No! -mintió Gabriel.
Tal vez Kiru había percibido la cercanía de Sybil de alguna forma y había decidido huir de ella.
De su propia hija.
Algo rozó la pierna de Gabriel y le hizo dar un respingo. Estaba asustado, y no sólo por la erupción. El Habla de Sybil flotaba en el aire, espesa como la ceniza y sofocante como el gas.
Miró hacia abajo. Era Frodo, que lloriqueaba asustado. La última vez que lo había visto, viajaba cómodamente acurrucado en los brazos de Kiru. Pero ella debía haberlo soltado, y el cachorro se las había arreglado para alcanzarlos cuesta arriba a pesar de sus diminutas patitas.
«¿Dónde estás, Kiru?», se preguntó Gabriel.
Sybil hizo un gesto con la antorcha.
– ¡Acércate, Gabriel Espada! -dijo.
A la izquierda, en la hondonada, se oyó un borboteo más fuerte que antes y unas pellas de lodo oscuro cayeron en el camino. Su aspecto era inofensivo, pero al ver que humeaban Gabriel se preguntó qué temperatura tendría aquel barro.
Los dedos inmateriales del Habla tiraron de él. Caminó hacia Sybil.
Ella le acercó la mano al rostro y, sin rozarle la piel, le quitó el pañuelo de la cara.
– Tengo planes para ti -susurró, poniéndole la mano en la cara y acariciándole los labios…
… Gabriel tomó la mano de Sybil y caminó a su lado entre las columnas de hormigón de un garaje.
Sus pies chapoteaban en algo viscoso. Gabriel bajó la mirada. Era sangre, una piscina de sangre que llegaba hasta la cúpula de oricalco. Había dos hileras de cadáveres tendidos en el suelo, formando entre ambas un sendero por el que Sybil y Gabriel avanzaban con paso majestuoso, como un rey y una reina a punto de ocupar su trono.
No conocía a casi nadie. Pero al acercarse al final vio a Alborada, el esposo de su ex mujer, el pretencioso que tanto presumía de su código para triunfar en la vida. Ahora le habían rajado la garganta de lado a lado y miraba al techo con ojos vacíos. A su lado había un chico moreno y un tipo con barba al que reconoció como Atlas.
También estaban allí sus compañeros, todos muertos: Herman, Enrique, Valbuena, Iris. Sus rostros se veían borrosos, caricaturas dibujadas con trazo grueso. Sybil apenas se había fijado en sus rasgos. Sólo eran…
«Carne», comprendió Gabriel.
Siguieron andando. La cúpula estaba cubierta de un fino entramado de líneas verdes que casi tapaban el fondo dorado. La pared se había abierto formando una puerta trapezoidal. Una luz cálida brotaba del interior.
Pero antes de entrar, Gabriel pisó algo que era a la vez blando y duro. Cuando miró al suelo, vio que se trataba de una mano. La mano izquierda del último cadáver que acordonaba el sendero, un cuerpo semidesnudo y decapitado.
Aquella cabeza cortada lo miraba desde el suelo con una sonrisa congelada. Sus ojos negros chispearon con odio un segundo. Luego se volvieron opacos, como si alguien los hubiera recubierto con una película mate. La membrana de la muerte.
Era Minos.
{entra conmigo [Minos me traicionó | lo aborrezco] conviértete en el nuevo señor de la Atlántida}
«Yo no soy inmortal, Sybil», respondió Gabriel. Lo dijo o lo pensó con pena. De repente sentía un amor tan cálido y puro por ella como no había experimentado por ninguna mujer en su vida.
Pero el problema era precisamente su vida. Demasiado corta para brindarle a Sybil todo el amor que se merecía. La vida de un simple mortal, de un vulgar Homo sapiens.
«No podré ser tu compañero por mucho tiempo». {todo llegará | sacrifica por mí \ mata a tus amigos por mí \ te convertiré en inmortal}
Gabriel pensó que Sybil mentía. Pero que en realidad quería creer su propia mentira, deseaba creer que podía prescindir de su hermano. ¡Era una mujer tan adorable!
– ¡Suelta a Gabriel!
De pronto volvía a estar en la ladera del volcán, respirando cenizas y gases. Las sienes le palpitaban con el dolor que la fusión mental le dejaba como residuo.
Ante él, dos sombras rodaban entre la niebla. La antorcha de Sybil ardía en el suelo. Gabriel la recogió y la levantó sobre su cabeza, tratando de distinguir qué estaba ocurriendo.
– ¡Es Kiru! -exclamó Herman.
Gabriel se volvió hacia sus compañeros. Sus semblantes volvían a mostrar sus propios gestos, liberados de la influencia del Habla.
Después volvió a dirigir su atención al camino.
Kiru y Sybil se revolvieron por el suelo durante unos segundos, rodando enzarzadas como perros en una pelea. Después, Kiru soltó un grito y se apartó, tocándose el antebrazo. Tenía una herida de un palmo de longitud por la que manaba sangre.
Sybil se levantó también, peleándose con aquella falda abultada como un miriñaque. En la mano derecha empuñaba un cuchillo que debía llevar escondido en la ropa.
– ¡Puta! -exclamó con un odio tan corrosivo como los gases que flotaban en el aire-. Debí arrancarte la cabeza y cortarte el corazón cuando pude.
– Tú no tocas a Gabriel -respondió Kiru.
Gabriel se preguntó si Kiru recordaba tan siquiera a Sybil, si sabía que en realidad se llamaba Isashara y que era su hija primogénita. A juzgar por cómo miraba a Sybil, lo único que tenía contra ella era que se hubiera atrevido a tocarle.
– ¡Voy a matarte aquí mismo! -gritó Sybil, usando el cuchillo para practicar cortes en la cintura de su falda-. Espero que la cúpula pueda sentir tu muerte desde aquí y se abra. Si no, disfrutaré igual. Voy a sacarte las tripas y el corazón y arrojarlas al fuego del volcán, madre.
Sybil terminó con el cuchillo. La pesada falda minoica resbaló por sus muslos y cayó al suelo. Debajo llevaba tan sólo un tanga, pero Gabriel no se sintió en disposición de admirar sus nalgas prietas ni sus piernas esculturales.
Sin más aviso, Sybil se lanzó contra Kiru y le lanzó una cuchillada destinada a rajarle el vientre.
Pero sólo encontró el aire. Sin tan siquiera tomar carrerilla, Kiru saltó sobre ella, se volteó en el aire y apareció al otro lado.
Una vez en el suelo, levantó los brazos en el aire como un banderillero y bailó un momento sobre las puntas de los pies. «Es el ritual del toro», recordó Gabriel. La primera vez que se fundió con Kiru, ella había dado volteretas y cabriolas sobre un enorme semental armado con dos cuernos mucho más largos que el puñal de Sybil.
Con un grito de rabia y frustración, Sybil se giró y volvió a abalanzarse sobre Kiru. Esta no se molestó en saltar tan alto como antes. En lugar de dar una voltereta describió un trompo imposible en el aire, un tirabuzón justo sobre la cabeza de Sybil, que volvió a acuchillar la nada.
– ¡Bien, Kiru! -exclamó Herman. Era el mismo grito de ánimo que ella había oído al recortar al toro en el palacio de Cnosos.
Pero Gabriel recordaba que en una ocasión Kiru, por arriesgar demasiado y confiarse, se había llevado una cornada en el pecho.
Por tercera vez, Sybil embistió contra Kiru. Ahora, tras haber aprendido de los dos errores anteriores, tiró la cuchillada hacia arriba, buscando el cuerpo de Kiru sobre su cabeza.
Sólo que Kiru también había cambiado de táctica y no estaba allí. En lugar de levantarse del suelo, había girado sobre sus talones como una peonza para hurtar la cintura a un lado en un ágil recorte. Sybil pasó de largo y se tambaleó al borde de la hondonada que delimitaba el camino.
Kiru la empujó.
Esta vez Sybil también reaccionó con rapidez, enganchó el brazo de Kiru con su mano izquierda y tiró de ella en su caída.
Las dos mujeres desaparecieron por el barranco.
– ¡Kiru! -gritó Gabriel, corriendo hacia ellas.
Al asomarse a la hondonada, sintió el calor que emanaba del fondo y tosió al respirar los gases sulfurosos.
Kiru estaba un metro por debajo de Gabriel, colgada del borde afilado de una roca de basalto. Intentaba izarse a pulso, pero no tenía fuerzas en el brazo herido. Apenas conseguía levantarse unos centímetros, desfallecía y perdía la altura conquistada. Gabriel pensó que no aguantaría mucho rato antes de soltar los dedos.
– ¡Déjame a mí! -dijo Herman, apartando a Gabriel.
Herman se tendió en el suelo y reptó hasta sacar medio cuerpo por el borde de la hondonada. Al darse cuenta de que su amigo podía desequilibrarse y caer de cabeza, Gabriel se puso en cuclillas sobre sus piernas y le plantó las manos en los muslos, procurando poner todo su peso en ello.
Iris y Enrique llegaron al momento y agarraron los pies de Herman.
– ¡Dame la mano, Kiru! -gritó Herman.
Pero aún estaban demasiado lejos.
– ¡Bajadme un poco más!
No era tarea fácil controlar el peso de Herman. Ahora tenía ya la cintura fuera del borde. Gabriel se veía obligado a emplear todas sus fuerzas para evitar que las piernas se le levantaran. Si Herman caía, él se iría detrás.
La perspectiva no era nada agradable.
Cinco o seis metros más abajo, el lodo oscuro que llenaba el fondo de aquel agujero borboteaba en grandes burbujas que reventaban con viscosos sonidos de succión.
De lejos, cualquiera habría pensado que era inofensivo, un baño de barro medicinal.
Sybil, hundida hasta los hombros en aquel fango volcánico, no debía opinar lo mismo, a juzgar por los escalofriantes alaridos que brotaban de su boca.
– ¡Sacadme de aquí! ¡Sacadme! -gritaba desde el fondo.
Los brazos de Herman llegaron hasta la piedra negra de la que colgaba Kiru y sus manos buscaron las de ella. Kiru puso gesto de terror, pero Herman gritó:
– ¡Suéltate de la roca y agárrate a mí!
– ¡Kiru va a caerse! -dijo ella, aterrada.
– ¡Confía en mí!
Mientras hacía fuerza sobre las piernas de Herman, Gabriel no podía apartar los ojos de Sybil, que seguía manoteando en la hondonada. Sus gritos eran cada vez más roncos. Sobre el olor a azufre, a Gabriel le llegó un hedor a carne quemada, tan intenso como cuando un trozo de chuleta se desprende en la barbacoa y cae directamente sobre la resistencia eléctrica.
A esa distancia, Gabriel veía a Sybil poco más que como una sombra que se agitaba en el barro ardiente. De pronto, su pelo se incendió como una antorcha. Bajo su luz Gabriel vio cómo el calor abrasador del lodo convertía los rasgos perfectos de SyKa en una máscara negra y arrugada como una manzana podrida.
– ¡Sacadme! ¡Sac…!
Su cabeza se hundió en el lodo y un borboteo ahogó su último alarido. Ya tan sólo se le veían medio antebrazo y la cabellera, que quedó flotando sobre ella como una boya. Pero cuando el pelo terminó de arder y chisporrotear, lo único que quedó de Sybil Kosmos fue una mano achicharrada y seca como la de un fósil prehistórico.
– ¡Tengo a Kiru! -gritó Herman-. ¡Tirad de mí! Incluso entre tres personas no resultaba tarea fácil izar el peso de Herman sumado al de Kiru. Valbuena debió decidir que era un buen momento para intervenir, se agachó por fin, agarró el pie derecho de Herman y tiró con fuerza. Lo arrastraron unos metros por el suelo, y él remolcó a su vez a Kiru, hasta que ambos quedaron fuera de peligro.
Durante unos segundos, todos se quedaron sentados en el camino, jadeando y tosiendo, pues la atmósfera estaba cada vez más cargada de gases.
Gabriel le dio un pescozón amistoso a Herman.
– ¡Bien hecho! -le dijo.
Al tocarle la cabeza se dio cuenta de que la tenía tan caliente como si llevara cinco horas tumbado al sol del mediodía.
Kiru se levantó sin mirar a la hondonada, como si ya no se acordara de que dejaba allí a su hija, abrasada por el barro ardiente del volcán. Era como si hubiera olvidado incluso la pelea.
«Y tal vez la ha olvidado de verdad», pensó Gabriel.
Pero su amnesia no debía ser total, porque Kiru se dedicó a buscar por el suelo llamando «¡Frodo, Frodo!» hasta que encontró al cachorrillo. Con él acurrucado contra el pecho y lamiéndole la cara, se acercó a Gabriel.
«Me va a abrazar», pensó él, anticipando una nueva fusión mental y el consiguiente dolor de cabeza. Pero, para su sorpresa, Kiru pasó de largo y a quien abrazó fue a Herman.
– Herman amigo de Kiru -dijo, y le dio un beso.
Aunque todo se veía rojo en medio de aquella niebla infernal, Gabriel estaba seguro de que su amigo se había ruborizado.
Enrique quiso soltar una risilla, pero en su lugar le salió un ataque de tos.
En ese momento el suelo volvió a retemblar. Por detrás del edificio se levantó una lengua de fuego que subió más de cincuenta metros en el aire.
«Eso está caliente de verdad», se dijo Gabriel, al sentir en el rostro una estampida invisible de aire abrasador.
– ¡Tenemos que entrar ahí! -dijo Iris, apuntando hacia la mansión.
Era el momento de enfrentarse a la cúpula de oricalco.
Dentro de Nea Thera .
Alborada llevaba todo el rato experimentando un pavor que provenía de dos fuentes y que tenía paralizado a todo el mundo en el garaje. Salvo, obviamente, a los dos hermanos.
Ahora que veía a Minos-Kosmos sin maquillaje, el parecido entre él y Sybil saltaba a la vista. La nariz aguileña, los labios sensuales, los ojos algo juntos. Combinando los rasgos de los dos se obtenían, de alguna manera, los de su padre.
Un padre que había demostrado ser demasiado optimista. «El hombre optimista siempre es el más triste, porque fracasa por exceso de confianza». Era otro de los principios del código Alborada. Parecía mentira que alguien que contaba su edad en milenios hubiera caído en la trampa de subestimar a sus enemigos. Sus hijos lo habían derrotado una vez. Ahora volvían a hacerlo.
– Lo siento, jovencito. Vamos a ir adelantando trabajo.
Alborada levantó la cabeza. Minos tenía el hacha levantada sobre Joey. El miedo seguía atenazándolo por dentro, pero de pronto Alborada se imaginó que quien estaba de rodillas aguardando el golpe mortal era su hijo Luis. Una ira que no procedía de ningún Atlante, sino de sus propias visceras, se apoderó de él.
Balanceó el cuerpo hacia atrás y lo proyectó adelante. Su cabeza, acostumbrada a rematar balones en su época de futbolista, se clavó con violencia en la entrepierna de Minos.
El inmortal retrocedió un par de pasos y se arrugó sobre sí mismo, sin soltar el hacha. Alborada dio un par de saltitos sobre las rodillas para acercarse a él y atacarlo de nuevo, pero fue un intento ridículo con el que apenas logró avanzar un palmo de terreno.
Aunque a juzgar por su gesto todavía le dolía, Minos se enderezó y levantó el hacha de nuevo, esta vez apuntando a la cabeza de Alborada.
– ¡De rodillas!
La orden se clavó en la nuca de Alborada y corrió por su columna vertebral. No podía obedecerla, porque ya estaba postrado, pero agachó la barbilla sobre el pecho.
Para su sorpresa, Minos soltó el hacha y se dejó caer al suelo.
Sólo entonces se dio cuenta Alborada de que la voz que había sonado era la de Randall.
Aunque unos dedos invisibles tiraban de su barbilla hacia abajo, hizo un esfuerzo titánico y torció el cuello a la derecha.
Randall miraba fijamente a Minos, con los ojos muy abiertos. Las venas de su cuello y de su frente se habían hinchado como sogas a punto de partirse.
Después, Randall cerró el puño derecho. Durante unos segundos, su rostro se contrajo en un gesto de dolor, y se mordió los labios hasta hacerse sangre.
– ¡ Aaaag! -exclamó, separando el brazo de la puerta.
Se había desclavado la mano tirando con tanta fuerza que la cabeza del clavo le había atravesado la carne y los tendones. Randall repitió la maniobra la otra mano, y después con los pies, entre gruñidos de dolor. Sólo entonces su cuerpo resbaló hasta el suelo.
El garaje volvió a temblar. Una explosión sacudió las paredes. Dos segundos después la siguió otra.
«Estamos en un volcán en erupción -pensó Alborada-. Otra vez».
Pero ya no tenía miedo, ni del volcán ni de Minos.
Sin levantar la barbilla, miró de reojo a Joey. El muchacho estaba como él, encogido, casi a punto de clavar la frente en el suelo para prosternarse ante Randall.
La atmósfera del garaje había cambiado. Sobre los olores ácidos de la erupción flotaba un olor, una feromona o un hechizo distintos. Allí ya no reinaba el miedo, sino algo diferente.
Una mezcla de amor, respeto, obediencia. Reverencia.
Era como si se hallaran en presencia de Dios.
Y ese dios, el Dios, Randall, se agachó y recogió del suelo el hacha que había dejado caer Minos.
«¿Cómo he podido dudar de Ti?», se preguntó Alborada con adoración, aunque sabía que, al igual que el miedo anterior, ese fervor se debía al Habla.
– ¿De verdad creías que podías superar a tu padre, al Primer Nacido? -preguntó Randall-. El mismo que te engendró puede destruirte.
– Me… has… engañado… -articuló Minos a duras penas.
– Eres tú el único que se ha engañado siempre.
Minos alzó la mirada hacia su padre. Las mandíbulas le temblaban y los ojos parecían a punto de saltar de sus órbitas. Randall levantó el hacha sobre la cabeza de su hijo.
– No… tienes… cojones… -jadeó Minos.
«Mátalo -pensó Alborada-. Mátalo o estamos perdidos».
A su alrededor, los demás prisioneros amordazados mantenían los ojos clavados en la silenciosa batalla que se libraba en el rostro de Randall.
El Primer Nacido apretó las manos sobre la empuñadura del hacha. Las fibras de sus antebrazos se marcaron como cables de acero. Por un segundo, Alborada creyó que descargaría por fin el golpe mortal.
Pero Randall exhaló un profundo suspiro y arrojó lejos el hacha.
– No derramaré sangre ni siquiera por ti -dijo. «Esto se acabó», pensó Alborada.
– Ya te he dicho que no tienes cojones -dijo Minos. Randall se inclinó sobre él y le puso las manos sobre ambas sienes.
– Hay otros procedimientos, hijo -dijo Randall.
– Suél… ta… me…
Minos le agarró las muñecas para apartarlo de él. Pero los dedos de Randall se clavaron con más fuerza en su cabeza.
– Dicen que la muerte es el olvido total -dijo Randall-. Si es así, entonces el olvido total también es la muerte.
Por fin, Minos dejó de resistirse y puso los ojos en blanco.
– Voy a robarte todo lo que has sido, hijo mío. Espero que en tu nueva vida seas alguien mejor de lo que fuiste.
Alborada comprendió. Randall le había borrado a él un recuerdo, la memoria de algo malo que ahora sentía como una ausencia.
Ahora, iba a formatear por completo la mente de su hijo.
Cuando Gabriel y sus acompañantes entraron en la mansión, Iris los guió por el laberinto de pasillos hacia el garaje donde se hallaba la cúpula. Por el camino se cruzaron con varias personas que huían enloquecidas, algunas vestidas con ropas normales y otras ataviadas a la moda minoica. Entre ellos venía un tipo rubio que casi arrolló a Gabriel con su corpachón.
– ¡Váyanse de aquí! -gritó en inglés, sin detenerse-. ¡Ahí abajo están todos locos!
Después siguió corriendo y se perdió por un pasillo. Iris se volvió hacia él, levantó la mano y pareció a punto de gritarle algo, pero se arrepintió.
– ¿Quién es? -preguntó Gabriel.
– Es… -Iris vaciló un instante y meneó la cabeza-. No es nadie. Vayamos a buscar la cúpula.
Cuando llegaron al garaje, descubrieron que allí había cinco personas que no habían huido. En el caso de una de ellas, la razón era evidente. Estaba tendido en el suelo y, por su aspecto, no daba la impresión de que fuera a levantarse nunca más.
– Es Sideris, el director de las excavaciones -le informó Iris-. Debe haber sufrido un ataque al corazón.
A cierta distancia del cadáver había un chico moreno de doce o trece años con rasgos amerindios. Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en una columna y las rodillas apretadas contra el pecho. Pese a su propio abrazo, temblaba visiblemente.
Al lado del muchacho había alguien a quien Gabriel no habría esperado encontrar.
Alborada. El individuo que le había dejado sin trabajo y se había casado con su ex mujer.
Sin embargo, Gabriel se alegró al verlo allí, donde confluían todos los senderos.
– Marisa estaba muy preocupada por ti -le dijo, estrechándole la mano con fuerza.
Alborada le correspondió el apretón con sinceridad, e incluso le palmeó el hombro. Ni cuando coincidieron en el instituto se habían permitido tales familiaridades.
– Lo sé -respondió Alborada-. Todo ha sido muy complicado. Voy a presentarte a un amigo.
El amigo era un tipo con aspecto de hippy. O de Jesucristo, pensó Gabriel al percatarse de las heridas que tenía en las manos y en los pies. Después vio la puerta con los cuatro clavos ensangrentados y se dio cuenta de que la comparación con Jesucristo era más que acertada.
– Gabriel Espada, éste es Randall.
– También conocido como Atlas, ¿no es así? -preguntó Gabriel.
El aludido enarcó las cejas, sorprendido.
– ¿Cómo sabe quién soy?
Gabriel se giró y señaló a Kiru, que se había mantenido algo apartada del grupo. Al verla, los ojos de Randall se iluminaron en señal de reconocimiento, y avanzó unos pasos hacia ella.
– ¡Kiru! Estás… ¡Sigues viva!
Sí, seguía viva, y Gabriel pensó que no dejaba de ser un gran mérito después de tres mil quinientos años de vagar por el mundo con las neuronas medio abrasadas. Kiru apretó a Frodo contra su pecho y no hizo ademán de acercarse a Atlas, pero tampoco retrocedió.
– Kiru no te recuerda. Kiru no se fía de ti.
Ambas afirmaciones parecían contradictorias, lo que hizo sospechar a Gabriel que la última regresión había despertado en Kiru más memorias de las que ella misma quería reconocer. Algún recuerdo debía tener de Atlas si no confiaba en él.
– Si la señorita Kiru no se fía, tenemos un problema -dijo Valbuena, señalando a la quinta persona que había en el garaje.
Gabriel reconoció a Minos por sus visiones. Pero el gesto de determinación y crueldad del hermano de Sybil había desaparecido. A decir verdad, todo gesto se había borrado de su cara, que parecía una pizarra en blanco. Estaba tendido en el suelo, en posición fetal, chupándose el dedo y meciéndose entre balbuceos ininteligibles.
– ¿A qué se refiere, profesor? -preguntó Gabriel.
– Ahora que Isashara está muerta y, al parecer, Minos se ha convertido en un guiñapo sin cerebro, sólo quedan dos Atlantes. Y los dos deben entrar juntos a la cúpula.
– Kiru no entra con él -se empeñó ella.
Randall miró a Valbuena con gesto escrutador, como si se preguntara quién era aquel intruso que parecía dispuesto a organizarle la vida. Después, se volvió hacia la cúpula.
– Ese no es nuestro único problema. Entiendo que están ustedes informados sobre la situación. Antes de entrar en la cúpula, debemos abrirla. En teoría, sólo podemos hacerlo derramando sangre.
Randall se acercó al domo. Gabriel lo siguió, acompañado por Valbuena. Los filamentos verdes cubrían tan sólo una pequeña parte de su superficie. Por lo que había visto en las vivencias de Kiru, aquella especie de alga tenía que extenderse por toda la cúpula para que ésta se abriera.
– Sin embargo -dijo Randall, hablando casi para sí-, cuando ese hombre ha muerto sin que nadie lo tocara, la cúpula se ha teñido de verde. La clave no es la sangre, es la muerte.
– O la vida -dijo Valbuena.
Randall se volvió hacia él.
– ¿Qué quiere decir?
– Esa cúpula sirve para que los humanos nos comuniquemos con la mente colectiva de la Tierra, ¿cierto?
– Así es.
– La clave para abrirla es la fuerza vital -dijo Valbuena, acercando la mano a la cúpula. Al tocar su superficie, sus dedos parecieron hundirse en ella. Los retiró al momento. Durante un instante los filamentos verdes iluminaron sus yemas, y luego se borraron-. La vida nunca termina en realidad. Sólo pasa por transiciones…
Valbuena se volvió hacia Randall.
– Cuando una vida pasa de un estadio a otro, su energía colapsa como una especie de agujero negro en miniatura. Al hacerlo, provoca un estallido de energía, una onda cuántica que los humanos no pueden percibir. Pero la cúpula sí la percibe, y es esa energía lo que la abre.
– Ya sé que cree usted en la reencarnación, profesor -dijo Gabriel-. Pero si para abrir la cúpula hace falta que varias vidas humanas cambien de estadio, como usted dice… A efectos prácticos equivale a matar. Si las víctimas siguen habitando en una dimensión distinta de la realidad, ésa es otra cuestión.
– Un momento -dijo Randall. Él también tocó la pared de la cúpula un par de segundos y observó cómo los filamentos verdes se extendían por su mano-. Creo que lo que él dice tiene cierto sentido. La cúpula no busca la muerte en sí. No pretende destruir vidas, sino que esas vidas se unan a ella. Lo que quiere es… comunicación.
Se volvió hacia ellos, frotándose las yemas como si quisiera borrar de ellas el color verde.
– ¿Existe alguna forma de comunicación mejor que la fusión total?
– No entiendo -dijo Gabriel.
– Creo que sé cómo abrir la cúpula -respondió Randall. Un segundo después sacudió la cabeza-. El problema es que si lo hago no podré entrar para guiar a Kiru. Además, ella no confía en mí.
«Pero en mí sí», pensó Gabriel.
Sybil le había propuesto penetrar con ella en la cúpula. Al parecer, confiaba en que su don telepático serviría para comunicarse con la Gran Madre.
Y si podía hacerlo con Sybil, ¿por qué no con Kiru? Gabriel miró a Enrique, que contemplaba la cúpula con aire fascinado. Era su amigo quien lo había acusado de caer en el delirio del Emperador de Todas las Cosas. ¿Y si no fuera un delirio?
En la historia del Emperador de Todas las Cosas, el joven humilde, apartado en un rincón del mundo y menospreciado por todos, descubría que tenía un don único, una habilidad que lo capacitaba para enfrentarse a las fuerzas del caos y la oscuridad y salvar el mundo.
Pensó en sí mismo. Gabriel Espada. Distaba mucho de ser joven, pero vivía en un apartamento ruinoso de veinticinco metros cuadrados, abandonado por su mujer y despedido de su trabajo. Un fracaso como escritor y como persona. Definido por mucha gente con una sola palabra:
Fraude.
Y sin embargo poseía un don. Quisiera o no, el destino lo había señalado.
Era el Elegido.
«Vaya bromas gasta el destino», pensó. Pero dijo en voz alta:
– Creo que hay una solución. Randall se volvió hacia él.
– ¿Cuál?
– Cuando toco a Kiru, entro en contacto con su mente. Creo que puedo penetrar con ella a la cúpula y controlarla para evitar que su fusión con la Gran Madre sea total. Es posible que sea capaz de manejarla.
– ¿Es eso cierto? -preguntó Randall, mirando a su alrededor.
– Gabriel dice la verdad -respondió Herman.
– Así es -corroboró Valbuena-. Lo cual solucionaría uno de nuestros problemas. Pero -añadió, clavando los ojos en Atlas- usted tiene que solucionar el otro. La cúpula debe abrirse.
Randall dejó caer los hombros y exhaló un profundo suspiro.
– Lo sé.
Randall se acercó a Joey.
– Joey…
Joey se levantó del suelo. Todavía temblaba. Quizá tenía más miedo ahora, que había pasado lo peor, recordando lo cerca que había estado de morir bajo el hacha de Minos.
– Ven, Joey.
Joey se dejó llevar por un impulso, corrió hacia Randall y se abrazó a él, colgándose de su cuerpo y estrujándolo como si hubiera marcado el gol decisivo del partido.
– ¡Randall!
El Primer Nacido lo apartó un poco para mirarle a la cara y sonrió. Siempre le había fascinado la capacidad de los niños humanos de hacerle sonreír simplemente mostrándole su propia alegría.
Se dio cuenta de que la maldición de su vida era que ninguno de sus hijos lo había mirado nunca como lo estaba mirando Joey.
Así que, por oposición, la bendición de su vida tenía que ser el amor que sentía llegar desde aquel pequeño proyecto de hombre mortal, apenas una ola en el inmenso mar de tiempo que había conocido.
Esta vez fue Randall quien lo abrazó. Y de pronto recordó que había habido cientos, tal vez miles de olas como ésa. Muchos otros Joeys, y Elenas, y Abrahams, y Tarquinios, y Mustafás. Los había olvidado porque los había querido.
Porque ellos le habían querido.
– Randall -repitió Joey, abrazado a aquel cuerpo que irradiaba poder, apretujándolo como si el suelo alrededor de ellos ya no fuera fiable.
Y no lo era.
Hubo un nuevo temblor. Esta vez el suelo pareció moverse en ondas, a los lados y arriba y abajo a la vez. Randall se tambaleó y Joey no tuvo más remedio que soltarlo. Pero cuando se iba a caer, Randall le agarró la mano.
– ¿Ves la cúpula, Joey?
Joey asintió.
– Debemos conseguir que se abra. En realidad, debo hacerlo yo.
– ¿Cómo piensas hacerlo? -dijo Joey. El gesto de Randall no presagiaba nada bueno.
– ¿Tienes ahí tu móvil, Joey?
– Sí. Pero casi no le queda batería.
– No voy a llamar. Sólo quiero saber que lo tienes bien guardado. No vas a querer perderlo.
– Pero, ¿para qué…?
Visto desde fuera, Joey se detuvo como un vídeo en pausa mientras Randall le rodeaba la cabeza con las manos y le ponía los pulgares en las sienes.
Visto desde dentro, Joey se sintió desgajar de su cuerpo. Su mente entera era ahora un terrible dolor, como si le hubieran puesto un casco cuatro tallas menor que su cabeza. Tormentas atronadoras de palabras desconocidas en lenguas no soñadas cruzaron su pensamiento arrastradas por un huracán de fuego. Ura muruna ménin áeide virumque negaléshera urusamsha ulomenen murágkala valíminar…
Y como empezó, terminó. Ahora veía de nuevo a Randall, delante de él. Le estaba hablando en un idioma que Joey entendía desde hacía apenas unos segundos.
– Guarda lo que sabes. Recuerda lo que fui.
Randall soltó la cabeza de Joey. Después se acercó al español alto y delgado de los ojos verdes, Gabriel Espada.
– Suerte dentro de la cúpula -dijo Randall.
Luego se dirigió a la mujer joven que en realidad tenía miles de años.
– Adiós, Kiru. Si alguna vez te viene algún recuerdo y piensas en mí, por favor, no lo hagas con rencor.
Por último se aproximó a Alborada, le dijo algo al oído y le estrechó la mano. Todos estaban expectantes por ver qué hacía Randall, y en el silencio sólo se oían los tronidos cada vez más cercanos de la erupción.
Randall caminó hacia la cúpula. Pero Joey se interpuso en su camino.
– ¿Qué vas a hacer? ¡Me estás asustando!
– Me voy. Y tú te quedas.
– ¡No!
– No me discutas, Joey. Mi vida aquí ha terminado.
– ¡Pero tú decías que la vida es lo más importante, que cada vida es algo único!
– Precisamente por eso debo ofrecerla. La cúpula no acepta ofrendas sin valor.
No había ni rastro del Habla, era la voz del Randall de siempre. Joey sintió un nudo en la garganta al pensar en aquella paradoja. «Siempre» era una palabra que había adquirido un nuevo significado en los últimos días horas. Especialmente, referida a Randall. El Primer Nacido, el Inmortal.
Que ahora se había empeñado en morir.
– ¡Seguro que hay otra forma!
– No, Joey. No la hay. Además, quiero que mi vida en este mundo termine así. Estoy cansado de olvidar. Ya no olvidaré más.
– Pero…
– No te olvidaré a ti.
Joey abrió la boca. Mil palabras se agolpaban en su mente. Pero el corazón se le estaba desgarrando por dentro, y lo único que consiguió emitir fue un gemido casi animal, de cachorro. La cara de Randall se le desdibujó por completo, como si la viera a través de una cascada. Las lágrimas no le dejaban ver, el dolor del pecho no le dejaba respirar.
Randall pareció compadecerse de él. Le puso las manos en los hombros y dijo:
– Te quiero, Joey. Has sido un buen amigo. El mejor amigo de mi vida.
Joey volvió a abrazarse a él, llorando convulsivamente. Todos los conceptos de vida y muerte con los que había jugado en su alma de adolescente no parecían significar nada ante aquel momento de piedra. Randall iba a morir. Para siempre.
– Por favor -reclamó Randall, mirando alrededor.
Herman, el español gordo, se acercó y tiró de Joey. Éste se sintió de repente demasiado débil para mantenerse de pie y se dejó colgar de los brazos de Herman. Los mocos le caían por la cara sucia de ceniza como a un niño pequeño.
Randall los miró a todos y sonrió con una tristeza que al mismo tiempo estaba teñida de esperanza.
– Buena suerte -se despidió de ellos.
Gabriel contuvo el aliento, como todos. Lo que había visto unos minutos antes, cuando Valbuena y Randall tocaron la cúpula, le hacía sospechar lo que iba a ocurrir.
Randall se acercó al cuadrante de la cúpula que, tras la muerte de Sideris, se había teñido de verde. Una vez allí, abrió los brazos, plantó ambas manos en la superficie del artefacto y apoyó la frente.
El zumbido del campo eléctrico que rodeaba a la cúpula se hizo más intenso. Los zarcillos que coloreaban de verde aquel sector se extendieron por toda la pared. Era como contemplar el crecimiento de una hiedra o una enredadera en una película acelerada mil veces.
Lo más extraño era que aquel proceso también estaba afectando a Randall.
Sus manos se habían hundido ligeramente en la superficie de la cúpula, como si ésta fuese de mercurio dorado. Apenas un segundo después, los filamentos verdes empezaron a extenderse por sus dedos, y de ahí pasaron a sus muñecas y antebrazos, y también a su frente, apoyada en la cara exterior del artefacto.
Nadie hablaba. Gabriel se volvió hacia los demás. Todos tenían los ojos clavados en Randall, incluso el muchacho, que se apretaba contra Herman y trataba de contener los sollozos.
Pensó en preguntarle a Randall si sentía algún tipo de cosquilleo, o si aquella especie de metamorfosis era dolorosa. Pero se dijo que cualquier palabra podría perturbar el proceso o alterar la dignidad de aquel rito fantasmal.
Gabriel se había acercado tanto a Randall que, si estiraba los brazos, podría haberlo tocado. Así vio cómo los misteriosos zarcillos se extendían por su rostro y recorrían su larga barba, como finísimos cables de fibra óptica que se entrelazaban con sus pelos.
No, no se entrelazaban con ellos. Los estaban sustituyendo.
Fuese lo que fuese aquel material, orgánico, sintético, mineral o todo a la vez, se estaba apoderando del cuerpo de Randall. Los filamentos no sólo recubrían su piel, sino que se hundían bajo ella.
Quizá Randall no quería moverse, o tal vez no podía. Cuando todo su rostro era ya una máscara de hilos verdes, un débil aliento salió de sus labios. Gabriel se acercó más, con mucho cuidado de no tocarlo para no alterar el proceso ni verse atrapado en él.
– … los niños…
A Gabriel le pareció escuchar que había dicho «salva a los niños», pero de la boca de Randall no brotó ningún sonido más.
Él mismo notaba erizado todo el vello del cuerpo, y un peculiar cosquilleo dentro de la boca, como si estuviera chupando los bornes de una pila de petaca, e incluso le pareció sentir que saltaban chispas entre sus dientes.
Randall ya ni siquiera respiraba. Los filamentos verdes habían llegado a sus hombros, y de ahí se extendieron rápidamente por su cuerpo. La ropa no parecía interesarles: los tejidos se deshacían literalmente ante el avance de aquel extraño ejército invasor y caían convertidos en un polvo finísimo que, incluso antes de llegar al suelo, desaparecía en el aire.
Por fin, todo el cuerpo de Randall quedó envuelto por la delicada filigrana verde que cubría ya la superficie completa de la cúpula. Él mismo se había convertido en un apéndice del domo: en los minúsculos entresijos entre los filamentos, su piel o lo que hubiera sustituido a su piel mostraba el brillo metálico del oro.
Y fue entonces cuando, con el mismo chirrido estridente que había escuchado en las visiones de la Atlántida, la pared del artefacto se abrió.
La cúpula había aceptado a Randall.
Gabriel respiró hondo. Se dio cuenta de que llevaba un rato conteniendo el aliento. Y al volverse hacia sus compañeros, comprobó que no era el único que tenía los ojos llenos de lágrimas.
– No se demore más, señor Espada -dijo Valbuena-. Debe honrar el sacrificio de Atlas.
Los intervalos entre temblor y temblor se hacían más breves, y ni siquiera en ellos el suelo dejaba de vibrar del todo. El olor a azufre y ceniza quemada era cada vez más intenso.
«Estamos demasiado cerca», pensó Gabriel. Por muy bien construido que estuviese el palacio, no aguantaría mucho rato más. Sobre el fragor de la erupción se oían ruidos siniestros que le hacían pensar en un equipo de demolición.
Tenía que entrar a la cúpula ya. Pero antes, había una cuenta que debía saldar. Se acercó a Iris con paso cauteloso.
– Toma. Esto es tuyo -le dijo. Le metió algo en la mano derecha y él mismo le cerró los dedos.
Cuando Iris los abrió, vio que se trataba de un paquetito hecho con billetes de cincuenta.
– Cuatrocientos euros. Son tuyos. -Gabriel la miró a los ojos-. Siento haberte engañado, Iris. Créeme si te digo que me arrepentí al momento.
Ella asintió y se guardó el dinero en el bolsillo trasero del pantalón.
– Y yo siento haberte dicho que eras un fraude. Has demostrado ser muy valiente viniendo hasta aquí.
Ambos se cogieron las manos un segundo. El apretón podría haber acabado en algo más, pero Herman tiró de Gabriel.
– ¡Esto se nos va a caer encima! ¡Rápido!
Prácticamente lo llevó a empujones hasta la cúpula, donde ya le aguardaba Kiru. Ella entró la primera, agachándose, y Gabriel se dispuso a seguirla. En ese momento, Enrique dio una breve carrera y se acercó a él. Tenía las mejillas coloradas.
– No sabemos cómo va a acabar esto, así que…
Vaciló durante unos instantes, y luego acercó el rostro a Gabriel y le besó en la boca. Al hacerlo entreabrió los labios apenas unos milímetros. Dos latidos después se apartó.
– Mucha suerte, Gabriel. Te quiero.
Gabriel le miró desconcertado, pero después sonrió. Sospechaba que Enrique llevaba mucho tiempo deseando hacer eso. Curiosamente, no le había resultado desagradable, sino tierno.
– Gracias -dijo. Y un segundo después, aunque seguramente para él no significaba lo mismo que para Enrique, añadió de corazón-: Yo también te quiero.
Después dirigió una última mirada a Randall. Con las manos y la frente apoyadas en la cúpula, era como si la empujara, o acaso como si sostuviera su peso. Desnudo y fundido en aquel extraño metal orgánico entre verde y dorado, parecía una estatua de bronce unida al artefacto.
Entonces comprendió.
Según el mito, Atlas había sido castigado por sus rivales, los nuevos dioses, a cargar para siempre con la cúpula de bronce del firmamento.
Aquel mito debía haberlo propagado el propio Randall no como una interpretación del pasado, sino como una premonición del futuro. Ahora Atlas se había fundido con la cúpula de oricalco de la Atlántida, tal vez por toda la eternidad.
Gabriel respiró hondo. Era el momento de entrar.
Cúpula / manto / núcleo .
El interior de la cúpula era lo bastante espacioso para que Gabriel pudiera estar de pie sin agachar la cabeza. Por dentro, la superficie metálica también brillaba, pero con una luz más cálida, pues allí el dorado se mezclaba con líneas rojas que se desplazaban y ondulaban como una taracea cambiante.
Gabriel miró hacia la puerta. Seguía abierta, pero una cortina luminosa, como una especie de campo de fuerza, impedía ver qué había al otro lado.
Estaban solos dentro de la cúpula.
Kiru le tendió una mano. Las luces juguetearon en su dorso como reflejos de agua en el techo de una cueva.
Antes de decidirse a tocarla, Gabriel recordó cómo habían actuado Kiru y Minos dentro de la cúpula. No sabía si era imprescindible imitarlos en todo, pero seguramente tampoco perjudicaría a su misión.
– Sentémonos.
Una vez acomodados en la posición del loto, tan cerca que sus rodillas casi se rozaban, Gabriel extendió ambas manos y tomó en ellas las de Kiru. Al tocar su piel, sintió un estallido de dolor en la cabeza…
… que se convirtió en calor, un calor reconfortante que se extendió por sus miembros y los disolvió, hasta que de pronto no tuvo cuerpo.
Pero ahora no se hallaba dentro de Kiru, sino entrelazado con ella, en algún lugar que no era lugar. Estaba agazapado en una especie de bolsillo dimensional, un escondrijo seguro desde el que podía extender zarcillos inmateriales terminados en garfios de energía con los que podía engancharse a la red de la mente de Kiru.
Y gracias a ella podía asomarse y contemplar otra red increíblemente mayor.
La mente de la Gran Madre era una vastísima malla, de trillones o cuatrillones de puntos físicos. En su origen debía ser tridimensional, pero, al menos tal como la percibía Gabriel desde la cúpula, se extendía por muchas más dimensiones del espacio y del tiempo. Era una inmensa nebulosa de puntos luminosos, gemas talladas en verde, azul, carmesí, blanco, púrpura, y entrelazadas entre sí por senderos que se retorcían sobre sí mismos, como un cúmulo estelar en que cada estrella estuviese unida a las demás por túneles de plasma.
Algunos de esos túneles se internaban en universos paralelos, geometrías extrañas que en cierto modo eran pequeñas versiones de aquella mente colosal.
Kiru extendió sus propios zarcillos por la entrada de esos túneles. Gabriel la siguió y tiró de ella para que no se perdiera en aquellos desvíos. Pero él mismo se quedó maravillado durante un instante.
Pues cada uno de esos pequeños universos conectados a la Gran Madre era una vida. Una vida humana.
Allí estaban los recuerdos, la información vital de cada una de las personas que habían sido sacrificadas ante la cúpula de oricalco.
Tal como había sugerido Valbuena, la cúpula no exigía sangre ni reclamaba muertes. Era la vida en sí lo que abría el canal de comunicación. La cúpula quería vidas, más no para destruirlas, sino para conservarlas.
Pues todos aquellos hombres y mujeres seguían vivos allí, unidos a la Gran Madre y a la vez separados de ella.
Era una forma de eternidad.
Una de las vidas almacenadas conocía a Gabriel. Aquella conciencia le habló de la naturaleza de la mente colectiva, y le explicó que los nudos de la vastísima red mental eran nanobios, diminutas formas de vida primordial.
También le entregó un mensaje personal para un amigo, un recado que Gabriel no entendió. Por último, le recordó algo:
«No hay tiempo que perder. Debes cumplir tu misión para que lo que he hecho sirva de algo».
Gabriel regresó a la malla central, el núcleo de la mente de la Gran Madre.
En realidad, aquella mente no estaba en ningún sitio. Era lo que los expertos definían como una cualidad emergente: aunque se sumaran las características de sus componentes, los nanobios, no surgiría nada ni remotamente parecido. La mente colectiva no residía en los puntos materiales que eran los propios nanobios, sino en la nube difusa e inmensa formada por sus intercambios de material genético y sus reacciones químicas y eléctricas.
La conciencia de la Tierra era, pues, una propiedad casi abstracta, algo que flotaba y se movía entre las conexiones, y como éstas no dejaban de cambiar, la conciencia de la Gran Madre también se transformaba continuamente.
No era materia. Era pura estructura.
Gabriel también captó el gran riesgo que suponía entrar en la cúpula para la médium femenina. Esa mente era tan inmensamente superior a la humana que, si Kiru intentaba fundirse por completo con ella, corría el peligro de esparcirse, de abrir demasiado la malla de su propia red para abarcarla entera. Si lo hacía, sus propias conexiones neurales se harían tan tenues que acabarían rompiéndose, y ella se perdería como el caudal de un río en el océano.
Pero también entendía que Kiru se dejase llevar. La mente de la Gran Madre creaba belleza en forma de matemáticas que describían mundos inexistentes, de metáforas que Gabriel no comprendía pero que hacían tañer cuerdas de su espíritu como si fuera un arpa, de músicas y armonías sinestésicas que dibujaban fractales de luz en la nada.
Y, sobre todo, la estructura de esa mente era tan increíblemente compleja que en sí misma era pura belleza.
Por eso Gabriel tenía que sujetar las riendas de Kiru, mantenerse algo apartado, utilizarla como una especie de telescopio para enfocar diversos puntos de la mente colectiva, pero reteniendo siempre el control.
Más no era momento de disfrutar de los incontables deleites estéticos y abstractos que ofrecía aquel vasto cerebro. Como le había recordado aquella voz, Gabriel tenía una misión que cumplir.
Gracias a la visión que le ofrecía la cúpula, Gabriel observó cómo el inmenso holograma de la mente colmena se superponía sobre la capa exterior del manto terrestre y extendía sus redes más abajo, hasta el manto interno e incluso la capa exterior del núcleo metálico.
Gabriel captó la estructura del planeta como un todo, y percibió los flujos que se estaban produciendo en su interior.
En el núcleo externo, las corrientes de metal líquido habían modificado sus movimientos, alterando de paso el campo magnético. Pero las anomalías magnéticas no eran algo buscado por la Gran Madre, sino una consecuencia. La clave estaba en los flujos de metal líquido del núcleo, que suministraban energía a todo el sistema. La Tierra estaba gastando parte de su capital, que no era otro que el calor que conservaba en su centro como residuo de los colosales choques entre los planetesimales que la habían formado.
En lugar de disipar esa energía con tanta parsimonia como lo había hecho durante miles de millones de años, la Gran Madre había «decidido» emplear parte de ese calor para fundir enormes bolsas de roca en el manto y crear una reacción en cadena.
Todo ello estaba provocando un incalculable aumento de presión que sólo tenía una salida natural: la superficie terrestre.
Donde, para su desgracia, habitaban los humanos.
Algunas de esas bolsas de roca fundida ya habían surgido a la superficie, cerca de las franjas donde unas placas tectónicas se hundían bajo otras. Así había ocurrido en Long Valley, en los Campi Flegri y en el Krakatoa, y así estaba a punto de ocurrir en Santorini.
Otras subían aprovechando los puntos calientes de los que le había hablado Iris. Gabriel los vio, literalmente. Se trataba de lugares situados en el interior de las placas, lejos de las zonas de subducción, donde unas colosales burbujas de magma conocidas como «plumas» ascendían desde el manto y se abrían paso hasta la superficie creando volcanes en el proceso.
Gracias a la visión que le ofrecía la cúpula, Gabriel comprendió que muchas de esas plumas eran en realidad cicatrices que aún supuraban, residuos de impactos de asteroides y cometas que habían abierto grandes heridas en el planeta. Por esas cicatrices, aprovechando senderos ya establecidos, subían ahora nuevas inyecciones masivas de roca fundida.
Gabriel vio que Yellowstone estaba a punto de reventar: sólo era cuestión de horas. Pero también se estaba acumulando presión bajo otros puntos calientes. Islandia, la patria de Iris, corría peligro de sufrir una erupción que superaría en varios órdenes de magnitud cualquier otra que hubiera conocido.
Se dio cuenta de que estaba intentando abarcar demasiado. Empezaba a perder a Kiru. Tiró de ella para acercarla, y le recordó:
«Eres Kiru. Te llamas Kiru. Te conozco como Kiru. Soy Gabriel. Me llamo Gabriel. Me conoces como Gabriel».
«Eres Gabriel. Amigo de Kiru», respondió débilmente ella, una nube rojiza y desvaída que intentaba reconstruirse.
Mientras daba tiempo a Kiru a recuperarse, Gabriel se concentró en lo que tenía cerca. Bajo la bahía de Santorini, la cámara de magma se estaba llenando a gran velocidad. El volumen de roca fundida era ya la mitad del que había visto con sus propios ojos antes del hundimiento de la Atlántida. Aunque la erupción que acababa de empezar no fuera tan violenta como la de la Edad de Bronce, bastaría para mandarlos a todos ellos por los aires.
¿Por qué estaba ocurriendo todo eso? ¿Por qué la Tierra había aumentado su flujo energético y por qué en cierto modo malgastaba sus ahorros?
¿Porque tenía calor? Eso era absurdo.
«Eres Gabriel. Amigo de Kiru».
Volvió a sentir junto a sí la presencia de Kiru, cálida y flexible, ingenua y sabia a su manera. Y con ella volvió a sumergirse en las profundidades del planeta, buscando el motivo que había desencadenado aquella inconcebible fuerza de destrucción.
Porque si quería negociar con la Gran Madre, necesitaba saber qué deseaba ella.
Pero por más que se sumergía en las profundidades, por más que exploraba arcos de subducción y plumas del manto, no lograba descubrir qué sentido tenía aquello.
Fuera de la cúpula.
El trepidar era constante, y también se oían los contundentes impactos de las rocas que se estrellaban contra las paredes de Nea Thera. Iris se preguntó si podrían salir de allí, o si las puertas ya estarían bloqueadas por ceniza y piedra pómez.
Cada uno de los presentes intentaba sobrellevar los nervios como podía. No era tarea fácil. Estaban encerrados en un garaje donde cada vez hacía menos calor y se respiraba peor.
La cúpula seguía abierta, pero una especie de cortina de luz, como una aurora boreal a pequeña escala, cubría la puerta e impedía ver lo que ocurría en su interior. Iris se dio cuenta de que sentía un extraño resquemor al pensar en Gabriel en el interior de la cúpula con esa chica de mirada tan extraña. ¿Podían ser celos?
«Me temo que sí», se respondió.
«Centrémonos en la cúpula, Iris».
Por lo que había aprendido recientemente, la cúpula no sólo servía para explorar las entrañas de la Tierra, tal como creía Finnur. Hacía algo más: comunicarse con la mente de la Tierra, una mente colectiva. Esa Gaia en la que Iris siempre había creído.
¿De qué podía estar compuesta dicha mente? Necesitaban aprender algo sobre su naturaleza para negociar con ella. En los relatos de ciencia ficción, uno de los problemas básicos en el contacto entre humanos y alienígenas era la comunicación.
Pura etimología: si dos inteligencias no tienen nada en común, es imposible que encuentren elementos compartidos de referencia para hablar, para comunicarse.
Y sin comunicación, no hay negociación posible. La única alternativa para conseguir lo que se quiere es el uso de la fuerza. Pero la fuerza quedaba descartada con la Gran Madre. ¿Cómo utilizarla contra una criatura que podía presumir de seis mil trillones de toneladas de músculo?
– ¿Te has fijado en este diseño, Iris? -preguntó Enrique, uno de los amigos de Gabriel. Parecía un hombre muy agradable, y aunque no tenía modales afeminados Iris estaba casi segura de que era gay.
Iris se acercó a él. Los dedos de Enrique casi rozaban la superficie de la cúpula, pero después de lo que le había ocurrido a Randall ya nadie se atrevía a tocarla.
Las líneas verdes que cubrían el artefacto con una finísima malla y que también se habían apoderado de Randall no dejaban de moverse en tornadizos diseños.
– Esto parece un fractal -dijo Enrique, acercando el móvil a la cúpula. Cuando hizo zoom, Iris comprobó que el diseño ampliado diez veces era casi igual que el que veían a simple vista. Al subir a cincuenta aumentos ocurrió lo mismo.
Aquella filigrana parecía repetirse dentro de sí misma en toda su complejidad, pero cada vez a una escala más diminuta.
Un auténtico fractal.
– Y el campo eléctrico a su alrededor también varía -añadió Enrique, acercando los dedos a la figura metálica que había sido Randall. Los pelos del dorso de su mano subieron y bajaron a compás, como bailarinas sincronizadas-. ¿Cómo funcionará este artefacto?
– ¡Nanobios!
Iris y Enrique se dieron la vuelta. Quien había hablado era Alborada. Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en una columna, y tenía abrazado al muchacho, que a su vez apretaba contra su pecho al perrito.
– Si ese aparato sirve para ponerse en contacto con esa mente colectiva, debe tener algo que ver con los nanobios -dijo Alborada.
– ¿Nanobios? -preguntó Iris, acercándose a él-. ¿Ha dicho usted nanobios?
– Así los llamó él. Yo no había oído hablar de ellos en mi vida.
– ¡Nanobios! -exclamó Enrique, y volvió a examinar la superficie de la cúpula con la lente del móvil-. Qué curioso. Estaba pensando en una nanoestructura.
– Hoy día todo es nano -gruñó Herman, el corpulento amigo de Gabriel.
– Sospecho que esto puede ser una especie de malla molecular -prosiguió Enrique-. Una red metálica de poros diminutos que sirve de alojamiento a una colonia de nanobios. Esos nanobios harían de médium entre las personas que utilizan la cúpula y la mente colectiva.
– ¿Y quién construyó algo así? -preguntó Iris, acercándose de nuevo a la cúpula.
«A lo mejor tú podrías respondernos», se dijo, mirando a Randall, congelado en su gesto, con la frente apoyada en la cúpula como si compartiera para siempre sus pensamientos.
– Ni idea -respondió Enrique-. Pero es evidente que su función es comunicar a sus usuarios con la mente de la Tierra. Sospecho que tiene un diseño, una especie de hardware basado en el razonamiento humano, de tal modo que un hombre o una mujer puedan utilizarlo. Lo que sirve como puente para traducir nuestros pensamientos a los de esa mente colectiva y viceversa es la colonia de nanobios atrapada en esa malla molecular.
– Una teoría muy atractiva, señor Hisado -dijo Valbuena-, aunque podría tratarse de cualquier otra cosa ni remotamente parecida. Pero el problema que planteó el señor Espada antes de entrar en la cúpula sigue irresoluto. ¿Qué desea la Gran Madre? ¿Qué podemos ofrecerle los humanos antes de que nos envíe a todos volando a la Luna?
Los pensamientos de Iris formaron un remolino. Nanobios. La clave estaba en los nanobios, según Eyvindur. Pero también en la velocidad de escape. ¿Volar a la Luna, había dicho Valbuena? Para eso había que alcanzar la velocidad de escape, 11,2 kilómetros por segundo.
¿Para qué querría la Tierra proyectar fragmentos de sus propias entrañas a velocidad de escape?
Panspermia.
Según Eyvindur, la vida no era un fenómeno exclusivo de nuestro planeta, sino que se hallaba extendida por todo el Universo. Había llegado a la Tierra a bordo de fragmentos de cometas y asteroides, como si los nanobios fueran astronautas en improvisadas naves espaciales.
Así pues, la Tierra había sido fertilizada desde el espacio. Y ahora quería esparcir su propia semilla.
– ¡Eso es! ¡Fertilización cósmica! -exclamó, dando un saltito y aplaudiendo.
– ¿Puede explicarnos la razón de su entusiasmo, señorita? -preguntó Valbuena.
Iris se explicó atropelladamente. Alborada y Herman pusieron gesto escéptico, pero Enrique y Valbuena captaron la idea a la primera y la aceptaron.
– Enhorabuena, señorita Iris -dijo Valbuena, con una leve reverencia-. Su teoría se me antoja plausible en sentido literal, y además verosímil.
Pese al elogio, Iris se desanimó de repente y dejó caer los hombros.
– Ya es demasiado tarde. Ahora Gabriel está solo en la cúpula, y no creo que lo adivine. Me temo que él no sabía nada de la velocidad de escape.
– Usted ya ha hecho su parte, señorita Iris -dijo Valbuena-. Deje que ahora me encargue yo.
Cúpula / manto / núcleo .
El tiempo corría. La voz de Kiru era ya como un débil soplo de viento entre los sauces, e incluso ese viento se estaba agotando. Gabriel trató de retenerla junto a sí y se retiró a su refugio extradimensional a pensar. Pero por más que se esforzaba no comprendía nada. Los flujos de la Tierra continuaban y la cámara de magma se hinchaba bajo sus pies físicos. Y, mientras, la gran mente interpretaba para sí misma una vasta sinfonía que se dividía en miles de regiones musicales.
Gabriel podría haber disfrutado de aquella armonía el resto de su vida si el tiempo no apremiara tanto.
¿Qué estaba sucediendo?
¿Qué demonios quería la Tierra?
Fertilización cósmica.
Las palabras habían resonado en el interior de la cúpula, o dentro de su cabeza, o tal vez habían hecho vibrar las líneas inmateriales que unían a Gabriel con Kiru y, a través de ella, con la Gran Madre.
Lo que tenía claro era a quién pertenecía aquella voz.
A Valbuena.
No intente comunicarse. Este canal es unidireccional. Usted es receptor y yo emisor.
«Pues claro», pensó Gabriel, recordando la conversación sobre la telepatía que habían mantenido en casa de Valbuena.
¿Cree que adivinó aquella pregunta porque se me escapó un pensamiento sin querer? No ha nacido el alumno que copie conmigo si yo no quiero, señor Espada.
¿Por qué en vez de vanagloriarse no le explicaba qué quería decir con lo de «fertilización cósmica»? ¿O es que pensaba dejarle así, sin explicar más?
«Un momento», se dijo. La clave debía estar en los nanobios…
Teoría de la panspermia. La vida proviene del espacio y llega a la Tierra en los poros de meteoritos y fragmentos de cometas. Ahora la Tierra quiere poner su…
Gabriel dejó de oír en su mente la voz de Valbuena. Las últimas frases apenas las había percibido como un eco de su propio pensamiento. La transmisión telepática, al parecer, también empleaba recursos, y Valbuena los había consumido tontamente.
Pero había bastado para que Gabriel comprendiera el origen de aquellas catastróficas anomalías.
Todo el subsuelo de la Tierra estaba sembrado del contenido genético de la Gran Madre, de las semillas de la vida en forma de nanobios.
Ahora la Gran Madre estaba utilizando sus incalculables energías para lanzar al espacio fragmentos de roca poblados de nanobios y asegurarse de que su semilla se esparcía por el Universo. Gabriel recordó el programa especial de la NNC.
«Por la distancia que han alcanzado estos fragmentos volcánicos, la presión en el interior de la cámara de magma debe ser increíblemente alta. Quizá algunos proyectiles han superado los 11,2 kilómetros por segundo».
«¿Por qué esa velocidad en concreto?», había preguntado la periodista.
«Es la velocidad de escape de la gravedad terrestre. Esos fragmentos se han convertido en pequeños cohetes espaciales que han abandonado nuestro campo gravitatorio, y que podrían acabar en la Luna o Dios sabe dónde».
«Dios sabe dónde», se repitió Gabriel.
Dios sabe dónde.
¡Ésa podía ser la clave!
¿Qué porcentaje del material expulsado por la Tierra alcanzaría la velocidad necesaria para saltar al espacio? Considerando que las chimeneas volcánicas eran unos cañones de lanzamiento bastante toscos y que la presión de la columna eruptiva se dispersaba en todas direcciones, ese porcentaje debía ser minúsculo. ¿Un kilo de rocas por cada millón de toneladas? Tal vez era, incluso, un cálculo optimista.
Los disparos de la Gran Madre, puesto que no iban apuntados a un lugar en concreto, podían no alcanzar ningún objetivo. De ese modo, las semillas de la vida flotarían en la nada hasta el fin de los tiempos.
Sin duda, era un procedimiento ineficaz.
Pero la humanidad tenía algo que ofrecerle a la Gran Madre.
Alcance.
Precisión.
Y ahora Gabriel era su intermediario.
Sueños de la Tierra.
La noche del 7 de mayo de 20** -una fecha que en realidad no tenía significado alguno para ella- la poderosa mente colectiva que los iniciados conocían como Gran Madre y que a sí misma se llamaba simplemente NOS, o un concepto equivalente, sufrió un sueño extraño y desconcertante.
Un sueño que provenía del exterior de la Gran Madre. Un sueño que hablaba de un exterior infinitamente lejano.
En la visión, la Gran Madre se vio a sí misma desde fuera, una esfera azul y blanca que flotaba en una oscuridad aún más vasta que ella misma.
Una negrura de la que guardaba vagos recuerdos, almacenados en la memoria genética de los microorganismos de los que procedía. Un vacío insondable ante el que la Gran Madre era tan pequeña como los nanobios que la componían en comparación con ella.
Una cosa era la memoria genética, confusa y borrosa, y otra contemplar imágenes tan nítidas de aquel espacio que la rodeaba.
Aquello despertó su curiosidad.
Pues la curiosidad es el primer atributo de la inteligencia.
La mente de la Gran Madre se dividió en regiones de pensamiento que debatieron entre sí el significado de aquel sueño y si afectaba en algo a su impulso instintivo de reproducción.
Pues una de las cosas que sabía la Gran Madre -y sabía muchas, aunque la mayoría de ellas parecerían a los humanos abstractas o de poca utilidad- era que la vida busca multiplicarse por su propia naturaleza.
De hecho, la multiplicación es la naturaleza de la vida.
Pero, mientras esas submentes regionales se enlazaban entre sí para debatir con complejas redes de armonías, el sueño prosiguió.
La Gran Madre volvió a contemplarse desde fuera. Pero ahora esa imagen creció y creció, hasta centrarse en una zona de su hemisferio norte, muy cerca de los trópicos. Pues, por supuesto, la Gran Madre era bien consciente de dónde se hallaban todas sus partes, aunque no utilizara términos humanos como «trópicos» o «hemisferios».
Y la imagen siguió aumentando, cada vez más cerca de su piel. La Gran Madre soñó con una montaña de metal blanca, afilada como una estalactita, que se alzaba hacia el cielo en una extraña erupción. El fuego no provenía de la Tierra, sino que brotaba de la montaña y empuñaba a la montaña hacia el cielo…
Cúpula I Galaxia / Universo .
Ahora, en el interior de la cúpula, mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor, Gabriel comprendió que su vida formaba un círculo y que incluso sus mayores fracasos cobraban sentido.
Pues los universos que había concebido al crear aquellas dos novelas de ciencia ficción se convertían ahora en los futuros posibles que le proponía a la Gran Madre.
El cohete blanco que estaba imaginando partió hacia la Luna, y para ilustrar mejor el viaje Gabriel visualizó una panorámica que mostraba la Tierra y la Luna y la trayectoria entre ambas. Luego imaginó un módulo posándose en la superficie lunar, y un astronauta que salía al exterior y que no era otro que él mismo.
Pero en vez de clavar la bandera de su país, Gabriel excavaba en el suelo e introducía en él una roca que había traído de la Tierra. La visualizó por dentro, ampliada hasta niveles microscópicos, para que la Gran Madre comprobara que estaba plagada de nanobios que pululaban por todos sus poros.
Escucha, Gran Madre. Mira adonde podemos llevar tu semilla.
Después imaginó viajes cada vez más fabulosos.
Cohetes de formas audaces que sólo existían en la mente de los ingenieros volaron a Marte. Los nanobios colonizaron el planeta rojo y crearon otra Gran Madre, y después se extendieron por la superficie y evolucionaron hasta convertirse en una nueva biosfera, y la Tierra pudo ver a un gemelo azul que la contemplaba desde la cuarta órbita a partir del sol.
Después, las naves viajaron al cinturón de asteroides y a las lunas de Júpiter, y los fecundaron con la semilla de la Gran Madre, y una mente colectiva nació a la vida en el vasto océano bajo los hielos de Europa.
Escucha, Gran Madre. Mira cuántos mundos puedes fertilizar si nos salvas.
Aún viajó más lejos, en sondas no tripuladas que abandonaban la órbita dé Plutón, dejaban atrás la nube cometaria de Oort y se dirigían a otros sistemas estelares.
Como el tiempo de la Gran Madre era casi infinito comparado con el de los humanos, Gabriel incluso imaginó naves que se internaban en el abismal espacio que separaba las galaxias, siempre llevando con ellas fragmentos de la Tierra.
Escucha, Gran Madre. Salva a tus hijos y utiliza su saber. Podemos perpetuarte en lugares que nunca has soñado.
Gabriel fue más allá y concibió mentes mucho más vastas que la propia Gran Madre. Conciencias que se extendían por galaxias enteras y se comunicaban entre sí mediante agujeros de gusano que atravesaban el noespacio entre las dimensiones.
Un Universo vivo, consciente, unido.
Un Universo hijo de la Gran Madre.
Pero para eso los humanos tenemos que sobrevivir…
El tiempo de Kiru se agotaba. Gabriel imaginó una superficie terrestre plagada de volcanes. Multitudes de Gabrieles Espada se abrasaban y asfixiaban, o perecían aplastados por las rocas o devorados por grandes grietas. Y entre ellos había algunos que cargaban rocas fertilizadas con las semillas de la Gran Madre, pero antes de que pudieran entrar con ellas en sus cohetes el fuego de la Tierra los aniquilaba.
Y la semilla no llegaba a su destino.
¿Comprendería el mensaje la Gran Madre? ¿Poseía alguna lógica para ella? ¿Y si su concepto de causas y efectos no tenía nada que ver con el de los humanos?
Escucha, Gran Madre. Escucha a tu hijo. Escucha, Gran Madre…
No podía seguir. Kiru era apenas un hilo, estirado hasta rodear el ecuador de la Tierra, a punto de partirse. Si seguía un instante más, la perdería, y jamás podría ponerse en contacto de nuevo con la Gran Madre.
Era el momento de retirarse. Él había hecho todo lo que podía.
Sueños de la Tierra.
La Gran Madre pensó que aquél era un sueño que merecía la pena soñar.
Exterior de la cúpula .
Gabriel salió de la cúpula tambaleándose. Las luces del techo del garaje eran soles en miniatura que taladraban sus ojos. El suelo seguía balanceándose de un lado a otro como la cubierta de un barco.
«No he conseguido detener la erupción», pensó, y las escasas fuerzas que le quedaban lo abandonaron.
– ¡Ayuda! Sacad a Kiru… mejor… yo no la toque.
«Si no quiero que me estalle la cabeza», añadió para sí.
Herman se apresuró a entrar en la cúpula. Unos segundos después salió agachándose y con Kiru en brazos. La Primera Nacida abrió los ojos, le miró a la cara y le acarició la mejilla.
– Herman. Amigo de Kiru -susurró. Después volvió a cerrar los ojos y apoyó la cabeza en el pecho de Herman, con tanta confianza como un bebé en brazos do su madre
Gabriel trató de enfocar la visión. Enrique y Valbuena lo estaban mirando con gesto entre preocupado e interrogante. Incluso Alborada y el muchacho mexicano, del que no se separaba un instante, se acercaron.
Joey llevaba a Frodo tumbado sobre el antebrazo y recostado contra su cuerpo. Por alguna razón, el hecho de que el cachorro pudiera morir le pareció a Gabriel una tragedia mayor que la destrucción de Nápoles y las Vegas, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
«No lo he conseguido», quiso decir. Pero las palabras no brotaban de su boca.
Ni él mismo se había dado cuenta de lo débil que se encontraba. Cuando dio el tercer paso, su pie izquierdo tropezó con el derecho. Se tambaleó y braceó en el aire para no caerse.
Enrique hizo amago de ayudarlo, pero Iris, que estaba más cerca, corrió hacia él, lo agarró por debajo de la axila y lo enderezó. Gabriel se apoyó en ella y consiguió mantener el equilibrio. «Qué fuerza tiene», pensó.
Iris le miró a la cara. De cerca, sus ojos eran como el agua del mar en un atolón de coral. «Qué cursi me he vuelto», pensó Gabriel.
La joven sacó un pañuelo de papel del bolsillo y le secó por debajo de la nariz.
– Tienes una hemorragia -le dijo.
Lo extraño era que no le brotara sangre por las orejas e incluso por los ojos. Gabriel tenía la sensación de que su cerebro había aumentado de volumen y presionaba contra su cráneo, y esa sensación se extendía por todo su cuerpo. Notaba los dedos de las manos y los pies tan hinchados como si midieran tres o cuatro veces más. Y a sus pensamientos les pasaba igual. Se habían convertido en gruesas trenzas que se enlazaban entre sí, y cuando quería concentrarse en una idea, ésta se anudaba con otra y se confundía en una masa indistinguible.
Apenas era capaz de oírse a sí mismo. Salvo cuatro palabras.
«No lo he conseguido».
– El suelo… no deja… moverse… -balbuceó.
– El suelo está quieto -le dijo Iris-. Es tu cabeza la que da vueltas. Estás mareado. Deja que te ayude a sentarte.
– Cómo… el suelo… quieto… -trató de preguntar Gabriel.
La boca de Iris se acercó a su oreja. Cuando le susurró, los labios de la joven le rozaron la piel. Pese al embotamiento, Gabriel notó un delicioso escalofrío.
– Ya no hay temblores ni explosiones, Gabriel. La erupción se ha detenido.