España, Málaga .
Gabriel Espada. Investigador de lo oculto.
Sentado en una cafetería de la estación de tren, Gabriel miró la tarjeta negra, la última que le quedaba, y la hizo pedacitos.
Hoy cumplía cuarenta y cinco años. Un buen día para empezar a librarse de su pasado.
Según las estadísticas, y teniendo en cuenta que no fumaba, no tenía sobrepeso y solía hacer deporte -a cambio, había días, y sobre todo noches, en que bebía más de la cuenta-, Gabriel estaba justo a la mitad de su vida. Así se lo había confirmado la web www.howmanyyearsoflife.com
El problema era que, a los cuarenta y cinco, ya era demasiado mayor como para hacerse ilusiones. Era posible que a Gabriel le quedasen otros cuarenta y cinco años de vida. Pero a esas alturas ya sabía que durante ese tiempo no iba a hacer nada importante, nada que pudiera emocionarlo. Nada que dejara la huella con la que había soñado cuando era más joven y se le daba tan bien engañarse a sí mismo como engañar a los demás. Simplemente, no le quedaban fuerzas.
Tienez un menzaje, gorunko, canturreó el teléfono con la voz de Gordimandias, el personaje más popular de una serie de dibujos animados.
09:30
dnde stas? xq no kntxtas? no se k te e exo para k te vayas asi.
eres un fraude, un puto FRAUDE, Gabriel Espada.
Era el quinto mensaje que le mandaba C en menos de media hora, por no hablar de las llamadas.
Gabriel no podía sentirse ofendido. Ella tenía razón, era un fraude y llevaba siéndolo mucho tiempo. Lo peor era que se empeñaba en engañarse a sí mismo.
Al menos, C se había ganado una despedida.
Eres una gran chica. Te mereces algo mejor y lo tendrás. No te preocupes por mí. Siempre caigo de pie.
«Sólo que cada vez caigo más abajo», añadió para sí Gabriel. Tras enviar el mensaje, entró en el servidor de Vodafone para cambiar su número. Cuando se le ofreció la opción ¿Enviar nuevo número a todos los contactos?, Gabriel eliminó de la lista el nombre de C Después borró a cuatro personas más de las que se había ido distanciando en los últimos tiempos.
Una buena forma de cortar amarras y empezar a simplificar su vida.
Cuando terminó, se sentía culpable, pero también aliviado. Durante ese tiempo no había pegado un palo al agua, y además había gastado tanto dinero que desde hacía una semana no se atrevía a consultar su cuenta bancada.
Por no hablar del sexo. En las dos semanas y pico desde que la conoció en aquel garito habían copulado como conejos. Lo habían hecho incluso en el Audi deportivo de ella y en una carretera no tan secundaria, y después Gabriel había tenido agujetas durante tres días por los contorsionismos amatorios. En un momento dado, más ahíto y agotado de lo que él mismo querría reconocer, había perdido la cuenta de los polvos. Para que no se le cayeran los pantalones -el poco tiempo que ella le dejaba llevarlos puestos- había tenido que abrirse un agujero más en el cinturón.
La noche anterior, dándole vueltas a la decisión que tenía que tomar y al daño que, irremediablemente, le haría a la chica, Gabriel había tardado en dormirse.
Fue entonces cuando le llegó aquel sueño.
Se había despertado empapado en sudor, con el corazón desbocado y repitiéndose: «Tengo que salir de aquí». Un pensamiento parecido al último que había albergado antes de cerrar los ojos. Pero ahora la razón no era la chica, sino algo que había presentido en el sueño, y la nueva urgencia de huida superaba a la anterior en un orden de magnitud. Por eso había saltado de la cama y había salido de la terraza.
Ahora, mientras esperaba al AVE sentado en una cafetería de la estación, volvió a pensar en el sueño. Al tratar de recordarlo, las imágenes retrocedieron como la espuma del mar, dejando sensaciones imposibles de interpretar. Bultos informes, masas de oscura incandescencia que se movían con una lógica que a Gabriel se le escapaba, y sin embargo impulsadas por una voluntad hostil, ajena y tan intensa que su cercanía lo abrasaba.
Huye. Vuela. Sobrevive.
Pensó en pedir otro café por hacer algo, pero ya estaba bastante nervioso con el sueño, la huida de madrugada y sus calamitosas finanzas. A la hora de sacar el billete de tren con la VISA había sufrido un momento de sudor trío, aunque la máquina expendedora se lo había entregado sin problemas. Durante su fuga a ninguna parte con C y sus amigos pijos, cada vez que usaba la tarjeta lo hacía tapándose los ojos para no mirar el estado de la cuenta.
Ahora, sentado en la cafetería, Gabriel decidió afrontar lo inevitable y entró en la página de su banco. En la cuenta corriente le quedaban 150 euros, más una deuda de 2.354 euros en la tarjeta de crédito. Mordisqueó el puntero del móvil (no le gustaba manchar la pantalla con los dedos). Normalmente pagaba la VISA el día 10 de cada mes, pero ahora le iba a ser imposible. Por suerte, estaba en lo que él llamaba «los días intermedios»: desde el día 5, en que el banco le cerraba el recibo de la VISA, podía disponer de todo su crédito, que era de 3.000 euros.
Transferir dinero de tarjeta de crédito a cuenta corriente.
¿Aceptar?
Gabriel pulsó en Sí.
La entidad emisora de la tarjeta le cobrará un interés del 5%. ¿Está seguro?
«Qué remedio», pensó, y pulsó en Aceptar. La transferencia entre el mundo virtual del crédito y el mundo apenas un poco menos ficticio del dinero en efectivo fue instantánea. Ahora Gabriel tenía 2.550 euros, sacados de la VISA para pagar el recibo de la propia VISA que le llegaría tres días después. Una especie de canibalismo inverso. A partir del 10 se quedaría pelado y con una deuda de 2.400 euros más 120 de intereses que tendría que abonar en poco más de treinta días.
Y era de suponer que durante ese tiempo tendría que comer y pagar algún que otro recibo.
Por más que uno intente empezar de nuevo, a veces el banco no se lo permite. Marcó el número de Elena Collado, su «agente».
…
– Ése soy yo.
– …
– Sí, lo sé. Lo siento. Estaba oxigenándome. Me hacía falta.
– …
– No me encontraba bien de ánimo. Ya te he dicho que lo siento.
– …
– Pues era precisamente lo que te iba a…
– …
– Muy simpática, Elena. Yo también te quiero. Necesito que me busques clientas.
– …
– No, no te pases. Dos por noche como mucho. Cansa más de lo que crees.
– …
– Sí, esta misma tardenoche podría.
– …
– Vale, luego hablamos.
«Si mi padre me viera…». Era un pensamiento que le asaltaba muy a menudo. Su madre también estaba muerta -un derrame cerebral en la última noche de Reyes-, pero Gabriel no sentía su presencia como la de un ángel guardián o un superyó freudiano, cosa que sí le ocurría con su padre.
Don Hernán Espada, profesor de Física y director de instituto. Un hombre que, hasta que enfermó de cáncer, no había faltado jamás a clase, ni siquiera cuando nacieron sus hijos Gabriel y Natalia. Que nunca había comprado nada a plazos. A quien nadie en su vida vio borracho ni tan siquiera achispado. Que nunca había llamado a un fontanero, a un pintor o a un electricista, porque para eso, como decía él, tenía dos manos y un cerebro. Un hombre modélico, en suma. Al parecer, sólo había hecho algo mal en su vida.
Tener un hijo como él. C había resumido su existencia en una sola palabra.
Fraude.
Su padre había muerto cuando Gabriel estaba en la primera de las tres facultades por las que había pasado -Psicología, Historia y Periodismo-. Así pues, no había presenciado cómo no llegaba a licenciarse ni en Psicología ni en Histona ni en Periodismo. Tampoco había llegado a ver publicados los libros de su hijo, pero seguramente no se habría sentido orgulloso de ellos.
Su primera novela, Crisálidas de la galaxia, era un proyecto que arrastraba desde el instituto y que terminó poco después de casarse. La segunda, Sembradores de cometas, le Llevó otros cuatro años. Ambas eran obras muy ambiciosas sobre universos completos y coherentes, en las que hacía profundas especulaciones sociológicas. Habían supuesto un enorme trabajo y las críticas especializadas fueron excelentes. De la primera, Crisálidas, llegó a vender en total 417 ejemplares. Sembradores había tenido algo más de éxito y había rozado la barrera de los mil. Por la parte de abajo.
– ¿Sabes a cuánto te ha salido la hora de trabajo con Sembradores? -le dijo Marisa cuando Gabriel le habló de un nuevo proyecto aún más largo y ambicioso, La plenitud del inicio. Gabriel no se esperaba esa salida de Marisa.
– Seguro que tú ya lo has calculado.
– Pues sí. Han sido unas cuatro mil horas de trabajo, que has cobrado a sesenta y dos céntimos la hora, Gabriel. ¡Sesenta y dos céntimos! ¿Te das cuenta de que fregando escaleras ganarías diez veces más?
El comentario de Marisa le había dolido tanto a Gabriel que ya no volvió a escribir novelas. Desde entonces, había decidido probar con la divulgación a medias entre lo esotérico y lo científico, un género que solía tener buenas ventas.
Para su desgracia, Gabriel era, intelectualmente hablando, demasiado honrado. Al final las conclusiones de sus libros eran las mismas: la telepatía no estaba demostrada, aunque tal vez en el futuro se encontraran pruebas de ella; probablemente no existía más vida inteligente en el Universo; era muy posible que la Atlántida sólo fuese una broma pesada de Platón…
Aquello no era lo que la gente quería leer. Sus ensayos habían funcionado algo mejor que las novelas, entre los dos mil y los cuatro mil ejemplares, pero seguía sin ganar dinero de verdad.
– ¿Por qué no puedes mentir en tus libros, o al menos embellecer un poco la verdad? -le preguntó Marisa cuando publicó Desmontando la Atlántida y otros mitos.
Por aquel entonces llevaban divorciados un año. Además, Gabriel había perdido su puesto como redactor y presentador del programa Ultrakosmos. Era un trabajo bien pagado, pero a él no se le había ocurrido otra cosa que desenmascarar en directo al supuesto mentalista Diño Sbarazki, saltándose el guión que él mismo había escrito.
Precisamente, Marisa se acababa de liar con Saúl Alborada. Excompañero de colegio de Gabriel, directivo de la cadena Kosmovisión que producía y emitía el programa, Alborada era el tipo más competitivo que había conocido en su vida. Al recibirlo en su despacho, perfectamente trajeado como siempre, le había dicho en tono dramático: «Estás acabado. ¡Para volver a trabajar en televisión tendrás que hacerlo por encima de mi cadáver!».
A esas alturas, el dinero que pudiera ganar Gabriel le daba igual a Marisa, ya que no le pasaba ninguna pensión. Lo que más le dolía a él era saber que su ex mujer quería que vendiera más libros porque le tenía lástima y porque, en cierto modo, se sentía culpable por compartir la cama de un triunfador.
Ya que si algo tenía claro Gabriel sobre sí mismo era que los términos «Gabriel Espada» y «triunfador» nunca habían ido juntos ni irían en el futuro.
Tren de alta velocidad entre Málaga y Madrid .
OBITUARIO
Muerte de una arqueóloga
La arqueóloga Rena Christakos, de cincuenta y dos años, ha sido encontrada sin vida en las excavaciones de Akrotiri, en Santorini (Grecia). Su fallecimiento coincidió con un terremoto que sacudió la isla, pero al parecer la causa de la muerte fue un infarto agudo de miocardio. De origen griego y nacionalidad estadounidense, Rena Christakos se doctoró en Arqueología en la Universidad de Nueva York. Participó en numerosas excavaciones en Grecia, Turquía y Macedonia y, entre otros libros, escribió el manual Volcanes y arqueología. Actualmente era vicedirectora de las excavaciones de Akrotiri. Al tener noticia del fallecimiento, el director de dichas excavaciones, Telamón Sideris, declaró: «Rena era una mujer temperamental con la que me unía un fuerte afecto. El destino ha querido que muera sobre las mismas ruinas en las que falleció mi admirado maestro, el profesor Marinatos. Nunca la olvidaremos».
Por alguna razón, aquella noticia apenó a Gabriel. Había leído algunos fragmentos de Volcanes y arqueología como bibliografía para su propio capítulo sobre la Atlántida, y la autora le había caído simpática por su tono mordaz y hasta un tanto pendenciero. «Qué mala suerte para una mujer morir de un infarto», pensó. Era como si le hubiera tocado el antigordo de la lotería.
Ya había visto la película que ponían en el AVE, de modo que siguió viendo noticias en su móvil. Abundaban los tonos catastrofistas. Unos vendavales cada vez más Inertes seguían arrastrando arena de las estepas de Mongolia, enterrando las tierras cultivables de la región nororiental de China y haciendo la vida aún más difícil a los habitantes de Pekín. En Estados Unidos la temporada de tornados estaba siendo peor que nunca, o al menos así lo proclamaba la prensa, y los vientos del oeste que azotaban el centro del país recordaban la terrible época de la Dust Bowl.
En general, el clima se encontraba más revuelto que nunca, como si una horda de diablillos traviesos alimentara el sistema con nuevas dosis de energías para atizar el caos.
Incluso la corteza terrestre, cuyos movimientos y cambios solían producirse en una escala mucho más pausada, parecía haberse contagiado de la inquietud de la atmósfera. En las últimas horas se habían producido temblores de tierra en diversos lugares del globo, como en Santorini o el interior de Alaska. En Indonesia, un seísmo de más de 7 grados en la escala Richter había provocado casi mil muertos.
Algunos volcanes parecían dispuestos a sumarse a la fiesta. Un titular rezaba:
Nuevas señales de alerta en el Vesubio. Cuatro millones de personas amenazadas.
Gabriel pinchó en la noticia, cuyo enfoque le resultó peculiar. El sábado anterior se había celebrado en Nápoles un ritual que se repetía tres veces al año. Delante de miles de fieles congregados en la catedral, el obispo había levantado el relicario con las dos pequeñas ampollas que contenían la sangre deshidratada de San Genaro, patrón de la ciudad. Al acercar el relicario al lugar donde reposaban los restos del santo, la sangre debería haberse licuado. Pero esta vez, para gran consternación de los napolitanos, el milagro no se produjo.
Bajo una anciana que hablaba y gesticulaba en primer plano aparecieron unos diminutos subtítulos. Gabriel activó el proyector del móvil para ver la imagen ampliada sobre el respaldo del asiento delantero.
«Esto anuncia grandes desgracias», vaticinaba la mujer. «San Genaro ha retirado su protección a Nápoles porque aquí reinan el vicio y el pecado. Pero el fuego lo purificará todo».
La siguiente escena mostraba una hondonada humeante de la que sobresalía una torre de perforación metálica. Junto a una caravana, un periodista, micrófono en mano y con la nariz arrugada como si olisqueara comida putrefacta, entrevistaba a un científico.
«Estamos en la Sulfatara de Pozzuoli con Eyvindur Freisson, investigador asociado del Osservatorio Vesubiano. ¿Qué opina de que la sangre de San Genaro no se haya licuado, profesor? Cree que los napolitanos deberíamos alarmarnos?»
Gabriel esperaba una respuesta propia de un científico, desde un neutral «Las cuestiones de ciencia no deben mezclarse con la fe» hasta un despectivo «Eso son paparruchas». Pero el científico, que con su barba blanca y sus ojos azules y burlones irradiaba un atractivo entre patriarcal y canallesco, respondió:
«Lo más sensato que pueden hacer ahora mismo todas las personas que viven en el Golfo de Nápoles es empaquetar sus posesiones más valiosas, montarse en coche, en tren o en avión y poner tierra de por medio».
El periodista se quedó tan estupefacto como Gabriel.
«Profesor Eyvindur, sin duda sus palabras van a sembrar la alarma entre la población».
«Y, sin embargo, tu cadena las está emitiendo», pensó Gabriel. Seguramente, aquellas declaraciones sensacionalistas subirían la audiencia.
«De eso se trata, joven. De sembrar la alarma», respondió el científico.
«¿Tan grave es que no se haya licuado la sangre del santo?».
«No diga necedades. Mi advertencia se debe a razones científicas. En los últimos días el subsuelo de esta región se ha mostrado más agitado que una sesión del parlamento italiano».
«¿Cree que el Vesubio puede estallar?»
«Es probable, pero existe una amenaza aún peor bajo nuestros pies».
El periodista agachó la mirada, como si aquel suelo humeante fuera a tragárselo de un momento a otro.
«¿En este mismo sitio?»
«Así es. Nos encontramos sobre una bestia mucho más peligrosa que el Vesubio: los Campi Flegri».
La realización mostró una imagen por satélite de la región al oeste de Nápoles. El terreno estaba sembrado de estructuras circulares, restos de antiguas erupciones que en cierto modo parecían cráteres lunares. Una cruz roja señalaba el emplazamiento de la Sulfatara de Pozzuoli, donde estaban entrevistando al científico.
«¿Por qué los Campi Flegri son más peligrosos que el Vesubio, profesor Eyvindur?»
«Porque se encuentran sobre una inmensa cámara de magma que en las últimas semanas no ha hecho más que llenarse de roca fundida».
«¿Y eso qué significa?»,
«Que podríamos sufrir una erupción cien veces más destructiva que la que aniquiló Pompeya y Herculano hace casi dos mil años».
El tal Eyvindur se volvió, buscando la mirada de los posibles espectadores, como un locutor profesional. Gabriel pensó que debía estar muy familiarizado con las cámaras. «Un científico mediático», pensó. Entre los hombres de ciencia no se trataba de la especie más rigurosa, pero sí de la preferida por los periodistas.
«Mientras hablamos, tres millones de personas corren peligro de muerte. No hagan caso a las autoridades cuando les digan que la situación está controlada. Nada ni nadie puede controlar la ira de la madre Tierra. Lo único que se puede hacer es alejarse de ella».
Durante un segundo, Gabriel esperó que por detrás del científico aparecieran dos tipos vestidos con batas blancas para embutirlo en una camisa de fuerza y llevárselo a rastras. Aunque todavía quedaban veinte segundos de contenido, cerró la noticia y pinchó en otro titular que le había llamado la atención.
Anomalía magnética a nivel mundial.
Un tipo de rostro cetrino informó de que a las dos y nueve de la madrugada, hora de Greenwich, una hora más en hispana, se había producido en diversos lugares del inundo lo que él denominó un «incidente magnético».
«… dificultades con sus sistemas de navegación aérea. Problemas de orientación que también han afectado al reino animal.
Treinta ballenas grises han varado en la isla de Vancouver, donde, a pesar de los esfuerzos de los servicios de vigilancia costera y de cientos de voluntarios, la mayoría han perecido aplastadas por tu propio peso».
Lo más curioso era el momento del incidente: poco antes de las tres y diez. Gabriel se había despertado justo a esa hora con el corazón desbocado. ¿Estarían relacionados la anomalía magnética y aquel extraño sueño?
Eso le recordó que apenas había pegado ojo. Quedaba una hora para llegar a Madrid. Apoyó la cabeza en el respaldo y trató de dormir.
California, Fresno .
Joey Carrasco, estudiante de noveno grado, intentaba escribir una redacción sobre la inmortalidad. Un asunto que lo obsesionaba, y del que no podía sospechar que acabaría sabiendo mucho más de lo que se puede aprender en un instituto.
Miró la hora en la pantalla del ordenador. Ya eran casi las once de la mañana, y llevaba desde las nueve con el trasero pegado a la silla, tecleando y buscando datos. Para un chaval de catorce años, una eternidad, y más en una mañana de sábado.
¿Y si en vez de consultar tanto en Internet visitaba la caravana que estaba a cuatro parcelas de su casa móvil y le preguntaba a Randall? Su amigo, pese a sus problemas de memoria, sabía todo tipo de cosas raras. De paso, seguro que le invitaba a una coca-cola.
Su madre no le dejaba beber más de una al día, porque decía que con la cafeína Joey se aceleraba más que Speedy González. Randall opinaba algo parecido, pero siempre le daba otra coca-cola -«Que tu madre no se entere»-. Si era por la mañana, él se abría otra. Si era por la tarde, acompañaba a Joey tomándose una cerveza, la única del día.
En el parque de caravanas South Fresno Paradise, un hombre que se conformaba con beber una cerveza al día era algo tan exótico como un esquimal con un abrigo de foca en el desierto de Mojave. Pero no era aquélla la única rareza de Randall.
Aunque los padres de Joey respetaban a Randall, no dejaba de extrañarles aquella amistad entre un adulto y un adolescente. En una ocasión, la madre de Joey le preguntó:
– ¿Alguna vez se ha acercado demasiado a ti? ¿Te ha enseñado fotos raras o te las ha querido hacer?
– ¡Mamá, por favor! Randall no es ningún pederasta, si es eso lo que quieres saber.
Pero los padres de Joey habían comprobado que Randall suponía una buena influencia para él. No le dejaba fumar ni beber alcohol, le enseñaba a ser respetuoso con los demás y con el medio ambiente y además le insistía en que estudiara. Joey era uno de los pocos chicos del SF Paradise que seguía yendo al instituto a su edad, lo cual le valía de vez en cuando insultos de los demás, que lo llamaban «empollón», «comelibros» y cosas peores.
Nadie sabía de dónde había venido Randall. Ni siquiera él mismo. Cuando llegó al parque de caravanas, cinco años atrás, no recordaba de dónde venía ni en qué otro sitio había vivido. Sin embargo, era capaz de hablar de muchos lugares y describirlos como si los hubiera visitado en persona.
Por no acordarse, no se acordaba del año en que había nacido, ni siquiera de la fecha de su cumpleaños. A Joey le resultaba difícil calcular la edad de Randall, pero su madre decía que aquel hombre debía tener menos de cuarenta.
– Si se afeitara la barba y se cortara un poco el pelo, seguro que se quitaba veinte años de encima.
Pero a Joey le gustaba la barba de Randall, una cascada espesa y patriarcal que le llegaba más abajo del pecho. Entre ella y el flequillo castaño no se le veía demasiado la cara; pero era cierto que en la parte del rostro que quedaba a la vista no se apreciaban arrugas.
Randall tampoco recordaba su país de origen ni quiénes eran sus padres. Guardaba una vaga idea de haber tenido hijos, pero cuando intentaba pensar en el asunto se le torcía el gesto, lo que hacía pensar a Joey que, si esos hijos existían, Randall no debía de llevarse bien con ellos.
Su aspecto físico no ayudaba a deducir su procedencia. Tenía los ojos oscuros y algo juntos, la nariz aguileña y la piel morena.
– Esperemos que no sea un terrorista árabe infiltrado -comentaba el padre de Joey, que le veía un aire semita.
El trabajo de Randall era muy humilde: barría la hojarasca del parque de caravanas, recogía la basura y rastrillaba las zonas de hierba. En ello empleaba bastantes horas, ya que los vecinos de las doscientas ocho viviendas del SF Paradise no eran la gente más limpia del mundo. A Cambio de eso, el propietario del parque, el señor Espinosa, le había cedido a Randall gratis una vieja caravana y le pagaba ciento cincuenta dólares a la semana. Una miseria, pero a él le sobraba, porque apenas tenía gastos.
Además, Randall tenía una ocupación extra. Resumido en pocas palabras, ayudaba a la gente. Su auxilio consistía en solucionar ciertos problemas de comportamiento, como una especie de psiquiatra aficionado. Ni él mismo sabía muy bien como lo hacía, o al menos a Joey no se lo quería explicar.
Por ejemplo, había curado a William Ramírez de su adicción al crack. Cuando William, que era muy violento, le intentó dar un navajazo, Randall extendió las manos, le dijo «Cálmate» y el muchacho soltó la navaja y se tranquilizó al instante. Después se sentó frente a él en el suelo, le puso las manos en las sienes, le miró a los ojos y se quedó así un rato. Cuando se levantó y dejó a William, éste ni siquiera se acordaba de qué era el crack, y no quiso volver a probarlo.
También había conseguido curar dolencias más raras, como la fobia de la señora Cowan, que hacía tres años que no se atrevía a salir de su casa ni para ir al supermercado. En cambio después de hablar con Randall se pasaba casi todo el día en la calle, sentada en su tumbona de lona y charlando con cualquiera que pasara por delante.
Y estaban los ridículos tics de Frank Sallares, que iba pisando todas las juntas de las baldosas de la acera, pegaba palmadas en las farolas diciendo «¡tong!» y pellizcaba el lóbulo de la oreja izquierda a la gente con la que hablaba. Eso le había acarreado muchas burlas y más de un puñetazo. Pero en cuanto Randall le impuso las manos y le miró a los ojos, Sallares se convirtió en el tipo más normal y aburrido del parque de caravanas.
Randall se negaba a que le pagaran por arreglar lo que él llamaba «achaques mentales». Lo que no podía evitar era que las personas beneficiadas le llevaran comida: galletas caseras, pozole, tartas, pizzas o enchiladas. Pero entre los ingredientes nunca podía haber carne, pues Randall era vegetariano.
Otra de sus peculiaridades era la excursión anual. Cada verano se iba varios días a las montañas.
– Cuando acabes el instituto te llevaré conmigo -le había prometido a Joey.
En su marcha anual, Randall llegaba hasta la caldera de Long Valley casi en la frontera con el estado de Nevada. A Joey le parecía asombroso, porque Long Valley se hallaba a ciento treinta kilómetros a vuelo de pájaro de Fresno, y además había que atravesar las grandes alturas de Sierra Nevada. Si Randall era capaz de hacer etapas de cuarenta o cincuenta kilómetros al día, no era extraño que estuviera tan fibroso. Debía tener los pies duros como cuero curtido, porque en sus marchas llevaba tan sólo unas sandalias sin Calcetines y sin embargo regresaba sin ampollas.
¿Siempre vas al mismo sitio? -le había preguntado Joey después de la última excursión. -¿Por qué?
– No sé… Hay más lugares en California. El curso pasado nos llevaron de excursión al Parque Nacional de las Secuoyas. ¿No has estado allí nunca? -Puede que sí. No me acuerdo. Dicen que las secuoyas son los seres vivos más viejos que existen. El General Sherman, por ejemplo, tiene dos mil quinientos años.
Randall había puesto cara de escepticismo.
– ¿No crees que tenga tantos años? -le preguntó Joey
– No creo que ese General Sherman sea el ser vivo más viejo del mundo. Sospecho que aún quedan supervivientes de épocas más remotas -contestó con aire enigmático.
Joey, siempre curioso, quiso saber por qué Randall se empeñaba en visitar Long Valley Su amigo le explicó que aquel lugar era una antigua caldera volcánica.
– ¿Una caldera?
– La clase de volcán más grande del mundo. Imagínatelo. Ese volcán llegó a medir treinta kilómetros de largo por casi veinte de ancho. Hace más de setecientos mil años entró en erupción. ¿Te imaginas cómo pudo ser aquello?
Joey comprendió que a Randall le entusiasmaban los volcanes.
– Claro. El curso pasado nos pusieron un vídeo en 3D de la erupción del St. Helens.
– Pues la de Long Valley fue quinientas veces mayor dijo Randall, abriendo las manos en el aire y acompañando sus palabras con un ruido de explosión-. Aquella erupción cubrió de cenizas más de la mitad de Estados Unidos.
Joey empezó a sentirse intranquilo. Había oído que Long Valley era un volcán, pero hasta ahora creía que estaba demasiado lejos de Fresno para ser peligroso.
– ¿Qué pasaría si volviera a entrar en erupción? ¿Llegaría hasta aquí la lava?
– No creo. Pero hay algo peor que la lava. Los flujos piroclásticos. Si viste el documental del St. Helens, recordarás que cuando su cumbre estalló brotaron del cráter una especie de nubes que caían por sus laderas.
– ¡Es verdad! Pero no parecían tan peligrosas. Eran como nubes de algodón.
– De lejos pueden parecer inofensivas, pero son mortíferas. Están a más de trescientos grados de temperatura, y todo lo que tocan a su paso lo abrasan. Las víctimas mueren con los pulmones cauterizados, los ojos reventados y la piel carbonizada y llena de grietas.
A Joey le sorprendía la cantidad de cosas que sabía Randall. Siempre que no tuvieran que ver con su propio pasado, claro.
– Menos mal que esas nubes van despacio -dijo, recordando el documental.
– A ti te pareció que iban despacio porque las imágenes estaban tomadas desde muy lejos y las nubes eran muy grandes. Pero los flujos piroclásticos del St. Helens se movían a más de quinientos kilómetros por hora. Ni en el coche más rápido habrías podido escapar de ellos.
Joey tragó saliva. De pronto se imaginó corriendo perseguido por una nube ardiente y sin poder avanzar, como en una pesadilla.
– Pero esos flujos piroclásticos no llegarían aquí, ¿verdad? Estamos a más de cien kilómetros.
– Quién sabe. Si a los volcanes como Long Valley y Yellowstone los llaman «supervolcanes» es por algo. Por eso me gusta ir todos los años y estudiar el panorama. -Randall se sacó la pipa de la boca y se tocó la punta de la nariz-. O más bien olerlo. El olfato puede decirte muchas más cosas de las que te imaginas.
– ¿Crees que ese supervolcán volverá a entrar en erupción pronto? -preguntó Joey, con una mezcla de miedo y fascinación morbosa.
– Antes te habría contestado que no. Sin embargo, lo que me dijo mi nariz la última vez no me gustó. Los científicos dicen que no hay riesgo de erupción. Pero me temo que en las tripas de la vieja Tierra se está cocinando algo y ellos se lo callan para que no cunda el pánico.
AI ver el gesto de alarma de Joey, Randall soltó una carcajada.
No te preocupes. En cuanto recele del peligro, os avisaré para que tengáis tiempo de huir.
¿Y cómo te enterarás? Randall meneó la cabeza, confuso.
La verdad es que no sé cómo. Lo que sí sé es que, cuando haya peligro, lo sabré.
Joey Carrasco. Noveno grado, grupo C Trabajo de Biología. LA INMORTALIDAD
No tendríamos que envejecer ni morir si no fuera por culpa de Adán y Eva. ¿Qué culpa tenemos los demás de que se comieran la dichosa manzana? No me parece justo que Dios nos haga pagar a todos sólo por culpa de dos personas.
Joey se quedó pensativo. Quizá no era buena idea criticar a Dios de esa manera. Pero la profesora de Biología no parecía una beaturrona de las que aceptan la Biblia como si fuera una verdad literal, y pese a las presiones de algunos padres se negaba a enseñar el creacionismo en clase.
Precisamente para redactar el trabajo, Joey había consultado los primeros capítulos del Génesis y se había encontrado con un pasaje muy curioso:
«Cuando la humanidad empezó a multiplicarse por la faz de la tierra y les nacieron mujeres, los hijos de Dios se fijaron en las hijas de los hombres y, al ver que eran hermosas, tomaron de entre ellas como esposas a las que más les gustaban. […] Por aquel entonces aún existían en la tierra los nefilim, cuando los hijos de Dios se unían con las hijas de los hombres y tenían descendientes de ellos».
– ¿Quiénes eran esos hijos de Dios? -le preguntó a su madre, porque su padre era ateo y no quería ver la Biblia ni en pintura-. ¿No se supone que todos somos hijos de Adán y Eva?
Pero su madre no se había fijado jamás en aquellos versículos, que estaban al principio del capítulo 6, justo antes del relato del Diluvio, así que no supo explicárselos. Joey le había preguntado a Randall, que volvió a rascarse la cabeza como si tratara de recordar algo.
– Esto tiene una explicación -dijo-. Pero ahora mismo no consigo acordarme de cuál es.
«Qué raro», pensó Joey con cierto sarcasmo. A veces se preguntaba si la extraña amnesia de Randall no sería una excusa para callarse algunas cosas y no reconocer que ignoraba otras.
– Si esos tipos eran hijos de Dios, quiere decir que no descendían de Adán y Eva, ¿verdad? -preguntó Joey.
– Supongo que no.
– Entonces, el pecado original no pudo afectarles. -Lógicamente.
– Así que, si Dios no los castigó, seguían siendo inmortales.
– Supongo que sí.
– Luego, si eran inmortales, esos nefilim o hijos de Dios deberían seguir vivos ahora mismo, entre nosotros.
– Creo que no deberías tomarte la Biblia de forma tan literal, Joey. Al fin y al cabo, es una gran enciclopedia llena de tradiciones muy variadas, y a veces se contradice a sí misma.
– Ya lo sé -respondió Joey-. Pero me gusta pensar que entre nosotros existe una raza de inmortales que llevan viviendo miles de años.
– ¿Por qué?
– Porque así podríamos estudiar su ADN y copiarlo dentro de nuestras células para ser inmortales también.
Otra de las cosas que diferenciaba a Joey de los chicos de su edad era que pensaba mucho en la muerte. Y no le hacía ni pizca de gracia.
No acabo de entender por qué los humanos envejecemos y acabamos muriendo.
Las casas también envejecen. Los grifos empiezan a gotear, él frigorífico se estropea, la madera se pudre, los tornillos se oxidan y las cortinas se llenan de grasa. Pero si uno arregla los grifos y los aparatos o los sustituye, si va cambiando también las planchas de madera, los ladrillos, las tuberías, etc., podría tener una casa inmortal.
¿Por qué entonces, si las células de nuestro cuerpo van cambiando y dicen que nos renovamos del todo cada siete anos, los humanos nos vamos arrugando y cada vez estamos más enfermos y estropeados? Es como si yo voy a la carpintería a comprar tablones para mi casa y le digo al encargado: «Póngame treinta tablones de madera podrida», o voy a la tienda de fontanería y pido: «¿Me da un grifo oxidado y con goteras, por favor?». Vamos, que hay que estar tonto.
La cuestión, por desgracia, no era tan fácil. Consultando en internet, Joey había averiguado que las células del corazón y del cerebro -qué maldita casualidad, precisamente los órganos más importantes- no se reproducían ni se renovaban. Además, con cada división los extremos de los cromosomas, los llamados telómeros, se iban arrugando y estropeando, de modo que cada copia salía peor que la anterior
Para colmo, las células de todo el cuerpo se llenaban de porquerías como los radicales libres y funcionaban cada vez peor. Y luego había no sé qué problema con las mitocondrias, que por los dibujos parecían una especie de frijoles que vivían dentro de las células y que tenían su propio ADN. Por lo visto, las mitocondrias también se deterioraban con la edad y lo llenaban todo de toxinas.
Pero Joey acababa de encontrar una web muy interesante. Pertenecía al Proyecto Gilgamesh, una fundación de investigaciones sobre el envejecimiento y la muerte. Debían tener bastante dinero, ya que su principal patrocinador y presidente de honor era Spyridon Kosmos, un anciano megamillonario muy excéntrico que vivía en una isla del Egeo. Eso le gustó a Joey, pues opinaba que no había problema más grave en el mundo que la muerte, y había que dedicar todos los fondos que hicieran falta para vencerla.
Una de las páginas del Proyecto Gilgamesh ofrecía un resumen de las líneas de estudio que estaban siguiendo sus científicos para solucionar todos y cada uno de los problemas del envejecimiento. Según contaba, las personas que habían nacido después del año 2000 podían contar con una esperanza de vida media de entre ciento veinte y ciento cincuenta años.
– O sea, que todavía me quedarían más de ciento treinta años -murmuró Joey, que enseguida se apuntó a la cifra más alta. Aquello no era la inmortalidad, pero al menos ofrecía la posibilidad de seguir tirando hasta que se descubriera la verdadera fórmula para vencer a la muerte de una vez por todas.
Joey ya estaba cansado de leer y escribir, y le apetecía más tomarse su coca-cola con Randall que seguir pensando en la muerte. Seleccionó la página entera, la pegó en el procesador de texto y salió al salón.
Su padre estaba pulsando en vano los botones del mando de la televisión, que sólo mostraba una pantalla azul.
– Este cacharro sigue descarajado -dijo en español. La víspera, poco después de las siete de la tarde, se había producido una subida de tensión o algo parecido que había afectado a casi todos los aparatos de la casa. En aquel momento, Joey estaba viendo unos viejos episodios de Star Trek en el ordenador. La lámpara de su mesa dio un fogonazo y la pantalla empezó a vibrar como si a la Enterprise la hubieran alcanzado con un proyectil termonuclear. Al mismo tiempo el teclado, el ratón y el control de voz dejaron de funcionar. Fue cuestión de unos segundos, pero después Joey había tenido que restablecer manualmente todas las conexiones inalámbricas y había tardado más de media hora en recuperar Internet.
– ¡Todo es culpa de Espinosa! -se quejó ahora su padre, apretando los botones del mando con tanta fuerza que los dedos se le ponían blancos, como si así fuese a conseguir algo-. Si sigue ahorrándose dinero en las instalaciones eléctricas, cualquier día vamos a tener un incendio.
Cuando sus inquilinos se quejaban del abandono del lugar, el señor Espinosa contestaba que qué querían por la miseria que les cobraba de alquiler por las parcelas.
¿Adónde vas, por cierto? -preguntó el señor Carrasco a su hijo.
A ver a Randall, papá. Pues antes ayúdame a arreglar la tele.
Joey suspiró y se dispuso a perder un rato restableciendo la configuración del televisor. Su padre y la tecnología no hacían buenas migas.
Cuando consiguió sintonizar de nuevo todos los canales, Joey buscó uno de noticias, pues su padre quería ver los resultados deportivos. Allí encontró una referencia a un incidente que los científicos denominaban una «anomalía magnética» y que había afectado a muchísimos aparatos electrónicos. En California se había producido poco después de las siete de la tarde del día anterior, justo cuando se estropearon los aparatos. Pero, al parecer, había ocurrido en todo el mundo de forma simultánea.
Así que fue eso no más -dijo el señor Carrasco-. Creo que por el momento mejor no le diré nada a Espinosa.
Al leer la noticia, Joey pensó que aquello era muy emocionante, como si lo que le había ocurrido a su ordenador y a la tele del salón formase parte de una vasta catástrofe global. Pero cuando salió de casa para visitar a Randall se olvidó del asunto.
Madrid, La Latina.
Más que dormir, Gabriel estuvo dando cabezadas hasta que llegaron a Atocha. En aquel duermevela tuvo extrañas visiones hipnagógicas de gigantescas burbujas rojas que brotaban del interior de la Tierra. Cuando bajó del tren, se encontraba aún más cansado.
Quería llegar a casa cuanto antes. Pero un taxi era un lujo que no se podía permitir en aquel momento, de modo que tomó el metro hasta Tirso de Molina y desde ahí caminó un cuarto de hora hasta llegar a su casa, no muy lejos del Viaducto.
El paseo le abrió el apetito, y pensó en prepararse una buena ensalada. Después de tantos días de abusos etílicos quería cuidarse un poco. Aunque no se lo reconocía a sí mismo, le daba pavor acercarse a la edad en que su padre había muerto de cáncer de colon. Por eso alternaba las semanas de vida descontrolada con otras de deporte intenso y dieta frugal abundante en fibra.
Para entrar en el apartamento tuvo que cruzar un callejón cerrado en forma de triángulo isósceles, ya que el viejo edificio donde vivía estaba incrustado como una cuña entre dos bloques más nuevos. El bloque tenía cuatro pisos con otros tantos apartamentos. El casero, que era también dueño del Luque, el bar donde solía tomar cervezas y raciones con sus amigos Herman y Enrique, le cobraba sólo 500 euros al mes. Una ganga tratándose de Madrid. Incluso así, Gabriel se retrasaba y a veces juntaba dos pagos en uno y hasta tres. Por fortuna, Luque era un tipo comprensivo.
Las escaleras eran tan empinadas que Gabriel podía tocar los peldaños estirando el brazo. Pasó los dos primeros pisos, que estaban vacíos, y empezó a notar un olor a medias pútrido y a medias ácido. «Me temo que viene de mi casa», pensó.
Al llegar al tercero, abrió la puerta y pasó directamente al salón, pues el apartamento no tenía recibidor. Pulsó el interruptor de la luz, pero no ocurrió nada.
– Oh-oh -murmuró. Había luz en la escalera. El diferencial no había saltado. Eso auguraba causas más preocúpentes para el apagón.
La casa se hallaba en penumbras, pues la única ventana exterior se asomaba al angosto triángulo entre los dos bloques. Gabriel, que solía dejar las luces encendidas incluso de día, tenía una linterna cerca de la puerta para las frecuentes ocasiones en que se fundían los plomos de aquella instalación digna de la posguerra. Armado con la linterna, entró en la cocina siguiendo el rastro del olor. Rastro muy breve, como no podía ser de otra forma en un apartamento de veinticuatro metros cuadrados.
La fuente del hedor era el frigorífico. Al parecer, el apartamento llevaba bastantes días sin luz, tal vez tantos como había durado la ausencia de su dueño. Adiós al proyecto de ensalada y a cualquier otra alternativa. Las zanahorias estaban tan fofas que se podía hacer un lazo con ellas. El pan bimbo se había convertido en morada de una colonia de moho que no parecían dispuestos a compartirla, y a los tomates les había pasado lo mismo que al melón: se habían deshinchado y colapsado bajo su propio peso como estrellas de neutrones. Pero si una estrella deja como residuo de su catastrófico final un agujero negro, los tomates y el melón habían convertido parte de su masa crítica en unos líquidos oscuros que chorreaban por la puerta del frigorífico y formaban en el suelo un charco pútrido en el que no se habría atrevido a abrevar ni la cucaracha que había salido huyendo cuando el haz de la linterna alumbro la cocina.
Sospechando la verdad, Gabriel entró en la web de la compañía eléctrica. El banco había devuelto su último recibo. «¿No nos pagas? Pues te dejamos sin luz». Misterio resuelto.
La lavadora le dio otra alegría. La noche en que conoció a C la había dejado funcionando.
De aquello habían pasado más de dos semanas.
Al menos, la ropa estaba seca, aunque podría haber olido mejor. Gabriel sacó aquel mazacote de tejidos varios, que cayó sobre el barreño con el sordo impacto de un ladrillo. No había más remedio que lavarlo todo otra vez, pero mientras arreglaba sus problemas con la compañía eléctrica lo mejor sería tenderla para que el viento se llevara consigo algunos microorganismos.
Cargado con el barreño, Gabriel subió el último tramo de escaleras. El tendedero estaba en la terraza del cuarto piso y era comunal, lo que significaba que en aquel momento lo compartían Gabriel y el vecino que vivía encima de él, un tipo del que sospechaba que era camello.
Entre sus propias blasfemias al ver que no tenía luz, los insultos dirigidos contra la compañía eléctrica y los gruñidos de asco al abrir el frigorífico, Gabriel no había oído los gemidos que venían del piso de arriba. Al llegar al tendedero se encontró con la causa. Un cachorrito de color canela estaba lloriqueando junto a la puerta del cuarto.
Gabriel llamó con los nudillos a la puerta del vecino.
– ¡Eh, que te has dejado fuera a tu amiguito!
No obtuvo respuesta.
El cachorro se acercó a Gabriel meneando su minúscula colita. Gabriel se agachó y le acarició la cabeza redondeada. Era de una especie indeterminada, con ciertos rasgos de pequinés pero el morro más alargado. No debía haber cumplido ni un mes y era poco más que una bolita de pelo. En su collar de cuero se leía un nombre. Frodo.
– ¿Tienes hambre, Frodo?
Gabriel dejó el barreño en un rincón de la terraza y se dirigió a su apartamento. El perrito le siguió, pero al Llegar al primer escalón se acobardó. Para él, el peldaño era como una tapia de dos metros. Gabriel lo cogió en la mano derecha, agarrándole bien por la tripa para no hacerle daño, y bajó con él. El cachorro estaba tibio y el pequeño corazón le palpitaba a toda velocidad.
En el frigorífico había un cartón de leche abierto que, cuando Gabriel lo tiró al fregadero, contribuyó a enriquecer la mezcla aromática de la cocina con una nota agria de cuajarones de yogur. Buscando en la pequeña alacena, lo único que encontró fue un minibrik de batido de chocolate. También le quedaban cuatro galletas ya rancias, pero cuando las desmigajó sobre el batido Frodo se las comió con gran entusiasmo.
Tienez un menzaje, gorunko, le avisó el móvil. Era de Elena Collado.
Tienes una clienta a las ocho. Se llama Iris pero no me ha querido decir el apellido. Habla español con acento extranjero. Procura k kede contenta.
«Menos mal que no recibo a las clientas en mi casa», pensó Gabriel. Tenía que limpiar a fondo el frigorífico y el suelo con estropajo y lejía, pero estaba tan cansado que de momento se dejó caer sobre el taburete de la cocina. Frodo volvió a gemir, reclamando compañía, y Gabriel lo cogió y se lo puso en la rodilla. Después marcó el número de su amigo Herman, nombre de guerra de Germán Gil.
– ¿Qué pasa, tío? -contestó Herman-. Iba a llamarte para felicitarte por tu cumpleaños.
– Puedes ahorrártelo. No hay nada que felicitar.
– Tú siempre tan agradecido.
– Escucha, estoy de vuelta en Madrid. Necesito tu piso a las ocho.
– Joder, Gabriel, siempre me avisas deprisa y corriendo. ¿ Y si he quedado con una tía?
– Las únicas tías con las que quedas tú son las hermanas de tu padre cuando te invitan a tomar chocolate a su casa.
– No sé si tengo partida de rol.
– Hoy es sábado. La partida de rol es los viernes.
Gabriel sabía que Herman estaba enfadado porque se había largado quince días de Madrid sin avisarle. A veces era más celoso que una novia.
– Bueno -resumió-, un poco antes de las ocho estoy en tu casa. Cuando termine con ella, nos tomamos algo en el Luque, ¿vale?
Al mismo tiempo que colgaba, Gabriel sintió algo cálido en su muslo. Frodo se había orinado en su pantalón. Dejó al cachorro en el suelo y se dijo:
– Feliz cuarenta y cinco cumpleaños.
Si alguien le hubiera dicho que ese mismo día empezaría a verse involucrado en la salvación del mundo, Gabriel Espada se habría reído en su cara.
California, Fresno
La puerta de la caravana de Randall estaba entreabierta. Joey llamó con los nudillos y pasó directamente.
Randall estaba sentado en el suelo de linóleo, en la posición del loto, leyendo un libro que tenía aspecto de ser bastante antiguo.
– ¡Hola, Randall! -saludó Joey-. ¿Qué estás haciendo?
Al ver que su amigo no respondía, Joey se acercó más a él y se inclinó para mirarle la cara.
– Randall…
Tenía los ojos abiertos, aparentemente clavados en el libro. Pero cuando Joey le pasó la mano por delante, ni siquiera parpadeó.
– ¿Qué te pasa? ¿Estás haciendo yoga o algún rollo jedi?
«Está soñando con los ojos abiertos», pensó Joey. Había escuchado o leído en alguna parte que despertar a un sonámbulo podía ser fatal, así que prefirió dejarlo por el momento.
Detrás de Randall, sobre la mesa que por las noches convertía en cama, había varios libros más, diez o doce. Joey no los había visto nunca, así que imaginó que Randall debía tenerlos guardados en el arcón que había bajo la mesa-cama. Pasó al lado de su amigo, culebreando entre él y el pequeño frigorífico, ya que la caravana era bastante estrecha.
Los volúmenes, que no tenían título ni portada, estaban encuadernados en piel. Al abrirlos, comprobó que no estaban impresos, sino escritos a mano con una letra indescifrable. No por defecto de la caligrafía, pues los caracteres se veían trazados con pulso nítido y firme y en líneas perfectamente paralelas. Pero a Joey el alfabeto le resultaba tan desconocido como el élfico o el klingon.
Las hojas, con los bordes cortados a mano, no eran de papel, sino de un material amarillento más grueso y rígido. Al tocarlas, Joey las notó resbaladizas al tacto, como si estuvieran untadas en aceite, y pensó que tal vez eran de pergamino.
Mientras se dedicaba a pasar páginas, todas ellas garrapateadas con los mismos caracteres desconocidos, se preguntó quién habría escrito todo aquello. Joey habría jurado que algunos de esos libros tenían siglos de antigüedad. ¿Serían una herencia de la olvidada familia de Randall?
En varios de los manuscritos se veían ilustraciones coloreadas con tinta aguada. Algunos dibujos reproducían plantas, otros animales. También había figuras geométricas que parecían representar constelaciones o signos zodiacales, hombres y mujeres desnudos o vestidos con ropas muy extrañas, y paisajes y ciudades de arquitecturas diversas.
Tengo que dejarlo ya», pensó Joey, mirando de reojo a Randall. Pero su amigo seguía inmóvil, tanto que se acercó de nuevo a él para comprobar si respiraba.
Poniendo la mano delante de su nariz, notaba un leve soplo en el dorso. Cronometrando con su móvil, comprobó que esa espiración se repetía cada veintisiete segundos. ¿Cómo no se asfixiaba con tan poco aire?
– Randall. Randall, ¿estás bien?
Pero su amigo seguía absorto en su trance. Joey se inclinó sobre el libro que tenía apoyado en los muslos. Estaba escrito con la misma caligrafía que los demás, pero sus hojas se veían incluso más amarillentas.
Lo que más le llamó la atención fue el dibujo que había en la parte superior de la doble página, pero no lo distinguía bien, porque estaba al revés. Como no se atrevía a coger el libro para darle la vuelta, le hizo una foto con el móvil. Después, invirtió la imagen y la proyectó sobre la puerta de la caravana para examinarla.
El dibujo representaba una isla, o más bien dos. Había una isla exterior en forma de anillo, con una pequeña abertura por la que salía un barco, y otra en el centro de la bahía interior. Esa isla era en realidad una montaña, o más bien un volcán, a juzgar por la columna de humo y llamas que brotaba de su cima. Todo estaba rotulado con títulos ininteligibles, ya que el autor había empleado la misma caligrafía que para el resto de los libros.
Había también dos ciudades, una en cada isla. Las casas y los habitantes estaban representados con un tamaño desproporcionado, pues si el autor los hubiera dibujado a escala con el volcán habrían sido poco más que puntos de tinta.
En la ciudad interior, construida sobre la ladera del cráter, se levantaba una pirámide escalonada, como los teocalis de Chichen Itzá que Joey había visto en simulaciones 3D. Estaba rematada por una cúpula amarilla. Junto a ella, en lo alto de la pirámide, se veía a una mujer con falda de campana y una chaqueta abierta que dejaba ver sus pechos, y un tipo que la agarraba de la mano y llevaba unos cuernos en la cabeza.
Delante de la pareja había una especie de altar, y sobre el altar un hombre desnudo al que alguien le estaba arrancando el corazón. De nuevo, la imagen le recordó a Joey a los sacrificios mayas y aztecas.
«Esto se lo tengo que enseñar a los colegas de clase», pensó Joey, mientras enviaba la imagen directamente a su página de VTeeny.
El algoritmo de encriptación del móvil de Joey era tan sólo de 64 bits. De ellos, la mitad consistían en código vacío, pues desde hacía años a las autoridades les interesaba controlar las comunicaciones telefónicas y las compañías no les oponían demasiada resistencia. En cuanto a los archivos del VTeeny de Joey, ni siquiera estaban codificados, ya que ni se le había pasado por la cabeza protegerlos: no tenía cuentas bancarias, documentos comprometedores, ni guiones de cine que pudieran plagiarle.
Apenas habían pasado un par de minutos cuando un potentísimo motor de búsqueda que rastreaba Internet constantemente detectó unos patrones familiares en las imágenes que Joey acababa de enviarse a sí mismo. Fue la peculiar caligrafía de los libros de Randall la que disparó una señal de alarma, pues el buscador estaba programado para rastrear un sistema de escritura singular del que, hasta el momento, sólo se conocía una muestra en el mundo: el misterioso manuscrito conocido como el Códice Voynich.
Sin saberlo, Joey acababa de revelar el paradero de Randall a dos enemigos que llevaban buscándolo desde tiempo inmemorial.
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Madrid, La Latina .
Iris Gudrundóttir nunca había hecho algo así. Estaba tan nerviosa que, cuando llamó al timbre de la vieja casa que le habían indicado, le temblaban las rodillas.
«Acabo de cumplir treinta años. Ya soy mayorcita y puedo hacer lo que quiera. Incluso esto».
Se imaginó a Finnur diciéndole «Me has decepcionado». Desde luego, no so lo pensaba contar. Ni ahora ni nunca.
«No tienes por qué sentirte culpable», se repitió. A veces una mujer necesita algo distinto. Sobre todo si su pareja se empeña en no comprender lo que pide. «Estoy en crisis», se justificó, y la voz de su superyó le respondió: «Y por eso vas a gastarte cuatrocientos euros en algo que no te atreverás a confesarle a tu novio».
Volvió a llamar al timbre. Por fin, dentro de la vivienda se oyó el crujir de unos pasos sobre un suelo de madera y la puerta se abrió rechinando.
Al otro lado apareció un hombre de cuarenta y tantos años. Llevaba gafas, tenía entradas y lucía unas patillas largas y espesas. Debía medir cerca de uno ochenta y era muy corpulento. No habría sido correcto llamarlo «gordo», sino más bien fuerte, pero la camiseta de Lobezno se ceñía a una panza que sugería afición a la cerveza y a la comida rica en colesterol.
– ¿Vienes a buscar a Ragnarok?
Iris suspiró aliviada. No era él.
– Sí.
– Pasa.
Entraron a un recibidor que comunicaba con un larguísimo corredor. El hombre abrió la primera puerta de la derecha y le cedió el paso.
Ragnarok. Si Iris se había decidido a contratar sus servicios era por el nombre que había elegido. Ragnarok, el Crepúsculo de los Dioses, el día del fin del mundo. La batalla definitiva entre los Aesir, los dioses que habitaban en la mansión celeste de Asgard, y los poderes del Caos.
Iris se había criado escuchando la mitología nórdica. Cuando se acostaba, su madre le leía relatos de una versión para niños del Edda de Snorri Sturlurson. Pero le gustaba mucho más cuando se los contaba su abuela Brynja, que se los sabía de memoria y ponía voces distintas a cada uno de los personajes: el sabio y poderoso Odín; el noble heraldo Heimdal; Loki, el astuto dios del fuego; Midgard, la aterradora serpiente mundial; la gélida Hel, soberana de la muerte…
Ya nadie le leía ni le contaba historias del Edda. Su madre y su abuela habían muerto. En cuanto a Finnur, no le gustaban los mitos, y cuando veía a Iris leyendo algo sobre los antiguos dioses le decía: «Cualquier día te vestirás de vikinga para juntarte con esos chalados del Ásatrúarfélagiδ [2]
– Espera aquí, por favor. Perdona, ¿cómo te llamas?
– Iris.
– ¿Iris a secas?
Iris Gudrundóttir
El tipo de las patillas hizo esfuerzos visibles y audibles para repetir y memorizar su nombre, y después le dijo:
Voy a ver si Ragnarok ya está disponible. Enseguida le aviso.
Iris se quedó a solas en la habitación. El mueble más llamativo era una enorme pantalla de televisión conectada a un par de consolas de videojuegos. Sobre la alfombra raída se veían varios mandos, volantes, sensores de movimiento y hasta una espada inalámbrica, todo ello tirado sin la menor pretensión de orden. Al lado había un sillón con ruedas y un puf, pero Iris estaba demasiado nerviosa para sentarse y prefirió examinar las estanterías que cubrían dos de las paredes.
En ellas tan sólo encontró cómics. Sobre todo de Marvel, aunque no faltaban algunos de DC como Batman o Sandman. Su dueño los había organizado por orden alfabético, Iris encontró a Thor en la T y, por curiosidad, sacó un ejempla r. «Qué inmadurez», pensó al ver al dios del trueno combatiendo contra villanos ataviados con ridículos disfraces. Pero cuando siguió hojeando y encontró una página doble en la que Asgard y el puente del arco iris se recortaban contra las estrellas, se quedó embobada.
– Ya puedes pasar.
Casi dio un respingo, porque estaba tan distraída que no había visto entrar a su anfitrión. Pasó a su lado para salir de la estancia, pero luego le oyó soltar un gruñido y se volvió.
Con las prisas, Iris no había metido bien el cómic en la estantería. El tipo corpulento de las patillas terminó de encajarlo y después alisó toda la hilera de tebeos con la mano para comprobar que quedaban al mismo nivel.
«Son de él, no de Ragnarok», pensó Iris con alivio. Mejor así. No estaba dispuesta a ponerse en manos de un hombre con complejo de Peter Pan que aún leía tebeos. Ella no era como su madre, que se había casado con un tuno golfo e inmaduro.
O eso quería creer.
Volvieron al pasillo y dejaron atrás un par de puertas. Su guía abrió otra habitación y le hizo un gesto.
– Pase, señorita Gutlun… Gudrundóttir. Suerte.
«Me llamo Iris», pensó ella. Para los islandeses, el nombre verdadero es el de pila. A veces usan también el apellido, que es el nombre del padre o en ocasiones el de la madre seguido de los prefijos son, 'hijo', o dóttir, 'hija'. Por eso los apellidos van cambiando de generación en generación. Algo que despistaba a los amigos españoles de Iris y que disgustaba a su padre. «No entiendo esa manía de no querer llevar mi apellido», se quejaba a veces. Pero él debería saber de sobra que en Islandia Iris no podía empadronarse como Bermejo, ni menos como Bermejodóttir, porque no era un nombre oficial.
La puerta se cerró a sus espaldas. El tipo corpulento se quedó fuera.
Aquella estancia también tenía estanterías, pero éstas almacenaban libros de verdad, muchos de ellos encuadernados en piel. Iris no pudo distinguir mucho más, porque todo estaba bastante oscuro. Sólo había un flexo que proyectaba su foco sobre un escritorio y una silla vacía. Al hombre sentado al otro lado -¿Ragnarok?- se lo veía apenas perfilado contra la librería que tenía detrás. La luz del flexo deslumbraba ligeramente a Iris y no le dejaba distinguir sus rasgos. Aquello le recordó una sala de interrogatorios.
– Por favor, Iris. Siéntese aquí.
La voz de Ragnarok era profunda, bien modulada. Además, la había llamado de la forma adecuada, sólo por su nombre. Iris se acercó con paso cauteloso, y el viejo parquet crujió bajo sus pies. Olía a madera vieja y al cuero de las encuadernaciones, mezclado con el incienso de vainilla que ardía en un quemador de bronce. Sonaba una música oriental que en circunstancias normales habría sido relajante, pero Iris se sentía cualquier cosa menos relajada. Cuando se sentó, preguntó forzando un tono de broma que no sonó nada auténtico:
– ¿Me va a doler?
– ¡Tío, está como un queso! -le dijo Herman cuando vino a avisarle de que la clienta ya había llegado.
– Eso siempre es un incentivo -contestó Gabriel-. ¿Le has sacado el nombre?
– Iris Gurdu… Gudlun… Joder, qué nombrecito. Gudundótir o algo así.
A Gabriel le sonaba que aquel apellido debía ser islandés. Iris, hija de Gudrun. Según recordaba del Anillo de los Nibelungos, Gudrun era nombre de mujer. Lo cual significaba que su clienta había decidido tomar el apellido de su madre y no el de su padre. Eso tenía que revelar algo sobre su personalidad, así que Gabriel lo anotó mentalmente.
– ¿Cuántos años le calculas?
– Treinta. Dos arriba, dos abajo. Bueno, me bajo al Luque. No te enrolles mucho.
– La gracia de este trabajo está en enrollarse. Por eso me pagan.
Da igual. No tardes, que me aburro. Encima que me echas de mi casa…
No era cierto del todo. Aquel piso no era de Herman, sino de sus padres. Desde que se jubilaron, pasaban casi todo el año en la Manga, de modo que Herman podía fingir que la vivienda era suya.
Mientras aguardaba, Gabriel reparó en un extraño cosquilleo en el estómago. Estaba nervioso, casi ilusionado. No sólo porque la clienta fuera atractiva, sino por la pincelada exótica del nombre islandés. Normalmente atendía a cuarentonas o cincuentonas aburridas, más o menos acomodadas y que casi siempre venían con las mismas historias y los mismos problemas.
Cuando entró Iris, Gabriel la examinó con detenimiento, parapetado tras la zona de sombra que creaba la lámpara. Era alta, tal vez uno setenta y cinco, y tenía buen tipo. No demasiado pecho. Vestía de forma práctica, con un toque algo masculino.
Cuando se volvió un instante para ver cómo Herman cerraba la puerta tras ella, Gabriel la estudió de perfil y comprobó que el pantalón militar se le ceñía al trasero de una forma muy tentadora. Era el único detalle que se acercaba a lo pecaminoso en una vestimenta de lo más decente: camiseta color limón de cuello cerrado y sobre ella una camisa azul desabrochada y suelta.
Ella sí que estaba nerviosa. Sin duda, era la primera vez que hacía esto y se sentía algo tonta. Cuando se sentó, la joven se frotó las manos, aunque no hacía frío. Tenía las uñas cortas y no demasiado cuidadas. Gabriel sospechó que trabajaba con las manos.
– ¿Me va a doler?
Sonrió con timidez, y se le formaron dos hoyuelos junto a las comisuras de la boca. Su pelo, muy corto, era de un negro intenso que parecía natural. ¿Herencia por parte de padre? Eso explicaría que una islandesa hablara español.
«Dios, qué ojos», se dijo. Los tenía algo rasgados, pero lo que más llamaba la atención era el color. Tal vez parecían incluso más azules por contraste con el cabello negro. Pero no podía ser sólo el color, se dijo Gabriel. Era lo que transmitían y a la vez escondían.
No era la primera vez que se enamoraba de unos ojos. En una ocasión había viajado a Francia haciendo autostop por perseguir los ojos casi negros de una mulata. Pero entonces era muy joven. Ahora no tenía edad para hacer esas tonterías.
Eso, al menos, quería creer.
Gabriel recordó su papel. Bajando el tono de su voz para hacerla más solemne, respondió:
– Depende de lo que traigas contigo, Iris. Pronto lo descubriremos. ¿Es tu primera vez?
Ella juntó las palmas, refugió las manos entre sus piernas y, encogiendo un poco el cuello, asintió con la barbilla.
Gabriel sacó el mazo y se lo tendió a Iris. Sus dedos se rozaron un instante, y se le aceleró el pulso.
«Esto es un negocio», se recordó. «Sólo un negocio».
– Por favor, baraja las cartas lentamente y piensa en las cosas que más te importan.
Tras barajar el mazo, Iris se lo devolvió. Gabriel repartió las cartas en tres montones, el pasado, el presente y el futuro, mientras observaba a la joven. Empezó por la primera carta del mazo del pasado. Era el cinco de bastos.
– Una carta reveladora. Te sientes dividida. En tu pasado hay dos raíces contradictorias que pugnan entre sí por tu espíritu. -Gabriel jugaba casi sobre seguro, convencido de que ella era hija de padre español. Sin embargo, llevaba el apellido de su madre. Allí debía existir un conflicto, soterrado o no-. ¿Lo que te he dicho significa algo para ti?
Iris asintió. Gabriel observó que tenía un labio inferior adorable. Sus mejillas eran altas, de huesos elegantes. Aquel rostro era hermoso por su propia estructura y lo seguiría siendo dentro de muchos años.
Por no hablar de aquellos ojos de zafiro.
«Como si fuese a volver a verla», pensó con tristeza.
Gabriel le dio la vuelta a otra carta. El Emperador boca abajo.
– Tus dos herencias son ricas, culturalmente hablando. No obstante, te sientes más identificada con el legado de tu madre. ¿Es correcto?
– Mi padre es… era español, y mi madre era islandesa. Pero yo me considero cien por cien islandesa. No es por ofender, también me gusta mucho España, pero… Bueno, mi lugar es Islandia. Es allí donde pertenezco.
Iris era de esas clientas a las que les gustaba hablar. Poco a poco, Gabriel fue tirando del hilo y le sonsacó la historia de su familia, arriesgándose de vez en cuando con algunas conjeturas.
Supuso, por ejemplo, que era más probable que Gudrun, la madre de Iris, hubiera conocido a su padre en España que en Islandia, y acertó. Resultaba más fácil imaginarse a una joven nórdica viniendo a disfrutar del sol y las playas del Mediterráneo que a un español viajando a Islandia.
Después, gracias a que Iris reconoció que su padre era un hombre divertido, que cantaba muy bien y tocaba la guitarra, Gabriel «pescó» un poco más y averiguó que era tuno. Precisamente había aprovechado un viaje de la tuna de Derecho para viajar a Islandia y devolver la visita a Gudrun. Y ya se quedó en la isla, como le contó Iris de buen grado. Que su madre se casó embarazada fue una suposición de Gabriel con la que dio en el clavo y se ganó varios puntos ante Iris.
– El cinco de copas. Hummm. Veo pérdida y ruptura.
Las pupilas de la islandesa se dilataron. «Pérdida» y «ruptura» eran términos muy genéricos. ¿Quién no las experimenta a lo largo de su vida? Pero la respuesta emocional de Iris parecía implicar que para ella habían sido muy inmediatas. Al hablar de su padre había vacilado. «Es… era español». Debía haber fallecido hacía poco, y ella aún no se había acostumbrado a cambiar de tiempo verbal.
Por otra parte Iris, que no se sentía española, se encontraba en Madrid. ¿Qué podía haberla traído allí sino un asunto familiar?
– Tus padres finalmente no consiguieron conciliar sus contradicciones, ¿me equivoco?
– No. Ni finalmente ni desde el principio. Lo poco que recuerdo de ellos juntos son discusiones. Se separaron cuando yo tenía seis años y mi padre volvió a España. Desde entonces, yo lo veía un mes en verano y dos semanas en Navidades.
– Hemos hablado de pérdida. Una de ellas es muy reciente. -Gabriel apoyó la mano sobre el cinco de copas como si la carta pudiera transmitirle alguna vibración-. Tu padre…
Ella aguardó sin decir nada, pero todo en su lenguaje corporal decía «Sí».
– Has venido a España a solucionar asuntos relacionados con su muerte.
– Sí.
– Él ha muerto hace menos de una semana.
– Aja.
– Intuyo un problema en la zona del pecho.
Gabriel no estaba arriesgando demasiado. La mayoría de la gente moría por problemas coronarios o cáncer. Un ex tuno, aficionado a la juerga, el alcohol y probablemente el tabaco, era un buen candidato a cualquiera de los dos males. Por otra parte, el pecho se hallaba a un palmo de distancia de todo lo demás -la cabeza, el estómago, los intestinos- por si tenía que rectificar. Pues una de las reglas de lo que estaba haciendo Gabriel, conocido entre los expertos como «lectura en frío», era que el vidente acertaba siempre de una manera o de otra. El único que podía equivocarse era el cliente.
– Tenía cáncer de pulmón -dijo ella.
Tenía. Eso parecía indicar un proceso largo.
– Tu padre resistió un tiempo…
– Cuatro años. Le hicieron un trasplante, pero… -Iris se llevó la mano al pecho y se apretó el esternón con la palma. Fue sólo un instante, pero Gabriel tomó nota. Opresión.
A Iris se le habían empañado los ojos, lo que los embellecía todavía más. No odiaba a su padre, aunque tal vez en algunos momentos de su vida sí había llegado a hacerlo. Con la ayuda de Iris, Gabriel trazó un retrato de aquel hombre: superficial, voluble, fantasioso, encantador pero poco de fiar.
Por alguna razón se sintió incómodo pensando en sí mismo. Aunque estaba oculto tras las sombras y protegido tras su papel de Ragnarok el Vidente, sospechaba que, si ella descubría quién y cómo era en realidad, no le gustaría. ¿Qué pensaría de alguien que había pasado años aprendiendo los trucos de los falsos videntes para desenmascararlos, y que ahora los aprovechaba para hacer una lectura en frío de su cliente y sacarle el dinero?
«No seas idiota», se dijo. «En primer lugar, no eres como su padre. En segundo lugar, no quieres gustarle». Pero ninguna de las dos negaciones acabó de convencerlo a él mismo.
Sobre todo la segunda. Cuanto más contemplaba a la islandesa, más adorable le parecía y más le apetecía perderse mirando aquellos ojos que le hablaban de la lejana isla de hielo y de fuego.
«A tu trabajo», volvió a recordarse.
– Ahora vamos a centrarnos en el presente -dijo, dándole la vuelta a la primera carta de la pila central-. Espero que no te parezca una grosería si te digo tu edad.
– No, claro que no.
– Eres muy joven -dijo Gabriel. Un comentario así nunca molestaba a nadie-. Pero los treinta están llamando a tu puerta.
– La verdad es que los cumplí el mes pasado.
– Se trata de una edad muy importante. Te hallas ante la encrucijada fundamental de tu vida.
Iris asintió muy seria. No podía ser de otra manera: para toda persona, el momento más importante os el que esta viviendo ahora mismo, en el presente. Gabriel podría haberle dicho que la crisis que ella estaba atravesando a los treinta no era nada en comparación con la que le espetaba cuando, como él, sobrepasara los cuarenta y entrara oficialmente en la «mediana edad».
– Últimamente sientes opresión en el pecho.
– ¡Es verdad! ¿Crees que debo preocuparme?
– Tú no fumas.
– No, yo…
– No era una pregunta. Sé que no fumas. No debes temer que te pase lo mismo que a tu padre.
– Entonces, si no estoy enferma, ¿qué es lo que me pasa? -Tienes angustia vital. -No entiendo.
– Cuando eras pequeña estabas protegida de la gran amenaza por dos barricadas: tus abuelos y tus padres. Luego, poco a poco, las murallas fueron cayendo y sólo te quedó una, tu padre. Ahora has perdido la última línea de defensa y te encuentras cara a cara con el mayor enemigo.
– ¿A qué enemigo te refieres?
– Tú lo sabes.
«Como yo mismo lo sé», se dijo Gabriel, porque por primera vez desde el fallecimiento de su madre estaba expresando en voz alta pensamientos a los que ni siquiera se había atrevido a dar nombre.
Para desenmascarar a falsos psíquicos y mentalistas, Gabriel había aprendido algo de prestidigitación. Tenía una carta en la manga, literalmente. Ahora, aprovechando que Iris miraba hacia su rostro en sombras, la sacó de allí y la puso sobre el mazo del presente como si acabara de darle la vuelta.
– La Muerte.
Al ver al caballero de la armadura oscura y el pendón negro, Iris se estremeció.
– ¿Me voy a morir pronto?
¡No, claro que no! El azar ha hecho que te encuentres en primera línea de cómbate demasiado pronto. Pero eso no quiere decir que tu tiempo se agote. Simplemente que debes afrontar antes de lo esperado la verdad desnuda y abandonar las falsas ilusiones de tu infancia.
»Pero la carta de la Muerte significa también otras cosas. Transición. Al cerrar la puerta de esas ilusiones abres otra puerta, la que te enseña el verdadero camino.
– ¿Y cuál es ese camino?
– Debes hallarlo dentro de ti. Las cartas sólo ponen ante tus ojos lo que ya sabes en el fondo de tu corazón.
Gabriel dio la vuelta a la primera de las cartas de la pila del futuro. Era el tres de copas, y estaba al revés. Se quedó pensando en cómo utilizarlo.
– Comunidad y amistad, pero puestas al contrario.
Gabriel volvió a mirar las manos de Iris. No llevaba ningún anillo. Sin embargo, sospechaba que tenía pareja o la había tenido hasta hacía poco. Era demasiado atractiva para estar sola mucho tiempo.
– Hay una persona importante en tu vida. Muy importante. Pero la relación que tienes con esa persona no es satisfactoria para ti, al menos en este momento.
– ¿Cómo lo sabes?
Había muchas respuestas posibles para la pregunta de Iris.
Primera: de estar satisfecha no habría acudido a un vidente.
Segunda: según la estadística, a los treinta años las probabilidades de ser infiel a la pareja se multiplican, y también es cuando se producen más divorcios.
Tercera: por alguna estúpida razón, Gabriel no quería que la relación de Iris con su pareja fuese satisfactoria.
Nada de esto le dijo, por supuesto.
– Eres tú quien lo sabe, Iris, y quien me lo está contando por medio de las cartas. Yo soy un simple intermediario.
Gabriel descubrió otra carta. La Gran Sacerdotisa. -En tu interior se alberga un gran potencial latente. Pero no lo has desarrollado del todo porque ciertas personas a tu alrededor te coartan. -Gabriel acababa de recurrir a una «afirmación Barnum» que prácticamente podía aplicarse a cualquier persona. -Eso es verdad.
La Gran Sacerdotisa sugiere que ese potencial latente…
– ¡Qué gracia! Él me llama así. Es increíble… «Y tan increíble», pensó Gabriel, decidido a aprovechar su suerte.
– Tu pareja…
– Es mi novio.
– Así que tu novio te llama «Gran Sacerdotisa».
– Dice que tengo ideas muy místicas, y que parece mentira que me dedique a la ciencia. Bueno, también me llama «Madre Gaia», aunque lo que menos soporto es que me diga «kanina».
– Hablábamos de tu potencial dormido. En realidad, creo que eres muy buena en lo que haces.
Ella acababa de decir que se dedicaba a la ciencia. ¿A cuál en concreto? No tenía aspecto de ratita de laboratorio ni de biblioteca, sino de moverse al aire libre. «Su novio la llama Madre Gaia». Gabriel pensó que aquel comentario debía referirse a la llamada «hipótesis Gaia», según la cual la Tierra era un sistema complejo que se autorregulaba y conseguía mantener las condiciones necesarias para la vida. Para algunos la propia Gaia, a su manera, era un ser vivo.
De modo que el trabajo de Iris guardaba relación con la ecología. Mientras pensaba, Gabriel le dio la vuelta a otra carta.
– Tu trabajo es interesante. Te mueves al aire libre… -Normalmente sí.
– Estás muy unida a la tierra, y te relacionas con la Naturaleza. Veo un lugar que…
S antorini
Gabriel levantó la mano de la carta como si le hubiera picado una serpiente. Al hacerlo movió el flexo, que le deslumbró un instante. Intentó doblar de nuevo el tubo metálico para apartar la luz de su rostro, pero Iris le agarró la mano y no le dejó.
– ¿Cómo sabes eso?
– ¿El qué?
– Lo de Santorini.
Sin darse cuenta, Gabriel lo había dicho en voz alta. Ahora se estaban mirando a los ojos, y por primera vez Iris podía ver los suyos. Gabriel trató de controlar la emoción.
Le había vuelto a suceder.
Por segunda vez en su vida, había visto dentro de la mente de otra persona. Como un fogonazo amarillo, el nombre de Santorini se había materializado en su mente.
Lo que le acababa de ocurrir era inexplicable, pero Gabriel llevaba casi treinta años intentando explicárselo. Debido a aquella primera vivencia telepática con Valbuena, su profesor de historia, sus intereses se habían dirigido a la parapsicología y las ciencias ocultas. En cierto modo, por culpa de aquella experiencia había tirado su vida al desagüe.
Y ahora le ocurría de nuevo.
«Sólo que ahora ya no puedo caer más bajo», pensó. No tenía nada que perder.
– Ya te lo he dicho, Iris. -Intentó que su voz sonara tan neutra como una pila descargada-. No puedo saber más que lo que tú misma sabes.
– Estoy trabajando en Santorini. Me encontraba allí cuando me llamaron por lo de mi padre.
Un acierto como aquél habría bastado para terminar la sesión y cobrar su tarifa, y hasta el doble o el triple. Pero ahora era Gabriel quien quería saber más sobre Iris. ¿Qué había unido sus mentes durante aquel instante? ¿Por qué se había repetido el mismo fenómeno que había experimentado en el examen de Valbuena?
«Madre Gaia». Iris se dedicaba a una ciencia relacionada con la Tierra, y trabajaba en Santorini. Gabriel había consultado información sobre Santorini para uno de sus libros: según ciertas teorías Platón se inspiró en ese lugar para el mito de la Atlántida, pues hacía más de tres mil años había sufrido un cataclismo volcánico en el que buena parte de la isla se había hundido bajo las aguas.
«Ella es islandesa». Islandia, tierra de volcanes. Decidió arriesgar.
– Eres vulcanóloga.
– ¡Sí! ¡Es increíble!
Iris estaba feliz. Quería creer en las cartas. Quería creer en él.
– Ha llegado el momento de atisbar el futuro, Iris.
Gabriel dio la vuelta a la primera carta del último montón. La Luna. Apenas la miró.
– ¿Has tenido últimamente una sensación de desastre Inminente? ¿La impresión de que va a ocurrir algo malo?
Iris volvió a ponerse la mano sobre el esternón y asintió.
– Me siento un poco estúpida. Estoy convencida de que va a pasar algo terrible, pero Finnur me dice que soy una aprensiva y que exagero mucho los síntomas.
– Te refieres… a tu trabajo.
– Sí, eso es.
– Temes que el volcán de Santorini entre en erupción mientras estáis allí. Temes que vuestras vidas corran peligro.
– Temo algo mucho peor.
– ¿Qué puede ser peor que la erupción de un volcán?
– Una cadena de erupciones.
– Ahora soy yo el que no entiende -confesó Gabriel. Aquello había dejado de ser una lectura en frío para convertirse en algo que ya no controlaba.
– Yellowstone, Long Valley, los Campi Flegri. ¿Te suenan esos nombres?
– Algunos de ellos -contestó Gabriel. Yellowstone era conocido por todo el mundo, y todavía recordaba la entrevista en la que aquel científico de la barba blanca había alertado sobre el peligro de los Campi Flegri.
– Son supervolcanes, y cada uno de ellos podría matar por sí solo a millones de personas y cambiar el clima terrestre.
– ¿Es que pueden entrar en erupción todos a la vez?
– Estadísticamente no debería ser así. Es un suceso tan improbable que, aunque hay señales de aviso, la mayoría de los vulcanólogos piensan que no puede ocurrir. -Iris meneó la cabeza-. Pero lo cierto es que algo muy raro está pasando.
«Empiezo a creer que sí», pensó Gabriel. Iris tragó saliva y añadió:
– Si nadie lo remedia, creo que los humanos vamos a desaparecer de la faz de la Tierra.
Madrid, barrio de Salamanca
No pain, no gain. No pain, no gain…
Tumbado en una esterilla, Saúl Alborada apretó los dientes para aguantar la siguiente andanada de abdominales. Cuando los electrodos adhesivos transmitieron la corriente del estimulador, los músculos de su estómago y su vientre se contrajeron. A veces se ponían tan tirantes que llegaba a temer que se desgarraran. Pero cuando después pasaba los dedos por encima y notaba el relieve, tan marcado como las tabletas de chocolate que jamás se permitía comer, pensaba que merecía la pena. Aún usaba la misma talla que cuando tenía veinticinco años y jugaba al fútbol en Segunda División.
No pain, no gain. No hay ganancia sin dolor.
Mientras sus abdominales sufrían, Alborada buscaba los últimos titulares en la pantalla del salón. Una de las normas del código Alborada, clave de su éxito en la vida, era hacer siempre dos cosas a la vez. Al menos.
Anomalía magnética a nivel mundial.
La corriente eléctrica cesó durante un rato. Alborada aprovechó para seleccionar la noticia y ampliarla en la pantalla. En Canadá habían muerto casi treinta ballenas por culpa de aquella anomalía, que las había desorientado. También se habían producido desperfectos en muchos equipos electrónicos.
Según las declaraciones de una científica entrevistada para reportaje, aquella anomalía podía ser la antesala de una inversión del campo magnético de la Tierra. Alborada, Que no tenía noticia de que tal fenómeno pudiera ocurrir, subió el volumen.
«Sabemos que en el pasado el campo magnético de la Tierra ha sufrido inversiones, de tal manera que el Polo Norte magnético ha estado en la Antártida y el Polo Sur cerca del Ártico. La última se produjo hace 750.000 años».
«¿Qué ocurre durante esas inversiones?», preguntó el periodista.
«El campo magnético de la Tierra nos protege de las partículas de energía más peligrosas emitidas por el Sol, desviándolas Inicia los polos, donde producen el espectacular fenómeno conocido como "aurora boreal". En el caso de una inversión, es muy posible que el campo magnético quede anulado durante un tiempo indeterminado».
La corriente eléctrica lo atacó casi por sorpresa. Alborada se arqueó y apretó los abdominales. No pain, no gain…
Aquella posible inversión magnética era un asunto interesante. Podían enfocarlo de forma seria en Kosmonoesis, el programa científico de referencia de la cadena. Y de forma sensacionalista en la basura de Ultrakosmos, que era el más rentable.
Su móvil sonó en ese momento. Alborada puso el electroestimulador en pausa y consultó la pantalla. El número le era desconocido.
– Saúl Alborada-contestó.
– Buenos días. Siento molestarle a estas horas. Soy Adriano Sonsa. Le llamo de parte de Sybil Kosmos.
Al oír el nombre de Sybil, la famosa SyKa, el estómago de Alborada se encogió. Había pasado una semana de aquello, y al no tener noticias de ella casi había llegado a creer que no había ocurrido, que la violación era una ilusión, un falso recuerdo.
El hombre que hablaba por el móvil era moreno, vestía un traje oscuro y tenía el cabello recogido con una coleta. Por un momento, Alborada pensó que era el mismo tipo que conducía la limusina el día en que conoció a Sybil. Pero aquél tenía una dentadura muy extraña, con dientes de cristal que despedían destellos de colores. ¿Serían gemelos?
– Le escucho.
– Ella quiere verle cuanto antes en su casa. Tiene pistas sobre un misterioso documento llamado códice Voynich en el que está muy interesada, y cree que usted puede ayudarla a encontrarlo.
– La que se encarga de los misterios es mi mujer -respondió Alborada. Marisa seguía siendo redactora de Ultrakosmos, algo que a él no le hacía mucha gracia, pues despreciaba aquel programa.
– Sybil quiere verle a usted. Cuanto antes. Le envío la dirección.
Alborada recibió dos archivos. Uno era un mensaje de texto. El otro era un vídeo. Aunque sospechaba y temía lo que se iba a encontrar, lo abrió. Cuando se vio a sí mismo en el despacho de Sybil Kosmos, tumbado encima de la joven, se apresuró a cerrarlo. De pronto había empezado a sudar frío.
– Dígale que estaré en una hora -dijo.
Después de colgar, apagó el electroestimulador, se estiró en el suelo y cerró los ojos. No estaba de humor para completar la serie de abdominales.
«No. No voy a cambiar mis rutinas por nada», se dijo. Volvió a encender el aparato y se castigó por su momentáneo arrebato de dejadez subiendo la corriente diez puntos más.
¿Qué demonios era el códice Voynich y qué tenía que ver con él? Mientras seguía con los abdominales, hizo una búsqueda en el móvil y la pasó a la pantalla de la televisión.
El códice Voynich se llamaba así por Wilfrid Voynich, un librero americano que lo había comprado a principios del siglo XX. Se trataba de un libro escrito a mano en un alfabeto desconocido que llevaba siglos derrotando a todos los criptógrafos que intentaban descifrarlo. Ni siquiera las poderosas herramientas informáticas de finales del XX y principios del XXI habían conseguido penetrar en sus secretos.
Muchos estudiosos pensaban que no había secretos, que el manuscrito era la broma pesada de alguien que quería burlarse de la posteridad proponiendo un acertijo sin solución. A Alborada, que jamás había perdido el tiempo en su vida, no le cabía en la cabeza que alguien se molestara en escribir a mano un galimatías de más de 240 páginas simplemente por divertirse.
«¿Y si está escrito en un idioma que ya no existe y además encriptado en una clave secreta?», pensó Alborada. O peor, ¿y si el autor había utilizado más de una clave y más de un idioma? En tal caso, la pesadilla para los descifradores estaría garantizada.
Cuando vio en la pantalla las primeras palabras del códice, por un momento se preguntó si no estaría contemplando una fórmula secreta que explicaba el origen y el significado del Universo, algo así como el verdadero nombre de Dios.
«Paparruchas», se dijo. «Eres un hombre racional».
Según los datos de Internet, lo último que se sabía del códice Voynich era que el abuelo de Sybil, Spyridon Kosmos, había comprado el original pagándole una buena suma a la Universidad de Yale. De modo, pensó Alborada, que el interés de SyKa le venía de familia.
Pero ¿por qué recurría a él? ¿Al mismo hombre que la había violado?
De momento, era inútil preguntárselo. Le pidiera lo que le pidiera Sybil, tendría que obedecer. Después de lo que había hecho, estaba en sus manos.
La sesión de abdominales terminó por fin. Alborada se despegó los electrodos, recogió los cables meticulosamente hasta dejarlos tal y como venían de fábrica y guardó el aparato en el estuche. Después se levantó del suelo y fue al salón.
Marisa estaba leyendo en el sofá. El hijo de ambos, de nueve años, estaba delante de la televisión, ejecutando una especie de movimientos de karate. En la pantalla, un corpulento luchador en 3D recibía los golpes del niño.
– Muy bien, Luis -dijo Alborada, acariciándole la cabeza-. Tienes la misma coordinación que tu padre.
– ¿Qué has dicho, papá? -dijo el niño, quitándose los auriculares inalámbricos. El juego entró en pausa automáticamente.
– Nada, hijo. Sigue.
Aquel niño era uno de los pequeños milagros de Alborada. A los veintiséis años, le habían detectado un cáncer de testículos con metástasis en los pulmones. Aunque aquella enfermedad tenía una tasa de supervivencia alta, a él se lo habían detectado tarde. El médico se empeñó en que tenían que extirparle ambos testículos, pero Alborada se negó.
– Nada ni nadie me ha derrotado en mi vida. El cáncer no va a ser una excepción.
La lucha contra el cáncer duró casi dos años y estuvo a punto de costarle la vida. Después de aquello, no le renovaron el contrato en el equipo de fútbol. Alborada comprendió que debía cambiar radicalmente su proyecto de vida, y entre sesiones de quimioterapia, empezó a estudiar comunicación audiovisual.
A los treinta estaba curado, con un solo testículo perfectamente fértil, un título universitario bajo el brazo y un puesto de trabajo en la productora de Ultrakosmos.
El otro milagro era Marisa, su mujer. Alborada llevaba enamorado de ella desde los quince años, pero Marisa había cometido la estupidez de fijarse en Gabriel, el malote de la clase.
El problema de los chicos malos que tanto atraen a las mujeres es que, más que malos, acaban siendo dañinos. En opinión de Alborada, su antiguo compañero de colegio Gabriel Espada era una bomba de plutonio andante, que contaminaba a todo aquél a quien tocaba, empezando por el mismo. Personalmente, Alborada despreciaba la basura parapsicológica que se emitía en Ultrakosmos. Pero era un programa de la cadena, en el que él mismo había empezado su carrera en los medios, y había que respetarlo. Que Gabriel Espada, un presentador, ridiculizara a un invitado en directo era imperdonable, una gamberrada propia de alguien que todavía debía creer que seguía en el instituto.
Definición de Gabriel Espada: «Prototipo de capullo pretencioso que se las arregla para convertir en mierda todo lo que toca». Un tipo con talento natural, pero carente de toda disciplina. Uno de los principios básicos del código Alborada era: «El hombre que no sabe adónde va jamás llegará a ninguna parte». Y siempre que lo repetía en voz alta se imaginaba el rostro de Gabriel Espada.
Por suerte, Marisa había visto la luz y se había dado cuenta por fin de que seguir con Gabriel era arrojar su vida al vertedero.
No, se corrigió Alborada. No había sido por suerte. Si había convencido a Marisa de que dejara a Gabriel había sido gracias a su empeño. Como todo en su vida. Y sin saltarse las reglas: ni siquiera la había besado hasta que tuvo firmados los papeles del divorcio. Para Alborada no existían los atajos.
«Cuánto la quiero», pensó ahora, al verla sentada en el sofá, con la larga cabellera negra suelta sobre la camiseta, las piernas encogidas de lado y un libro sobre las rodillas.
Sabía exactamente por qué lo estaba pensando. Por culpa de Sybil Kosmos.
«Si la quisieras tanto, no habrías hecho lo que hiciste». Pero, por más que las imágenes que visualizaba al cerrar los ojos dijeran lo contrario, en realidad no había sido él, sino algo ajeno, una entidad extraña que lo había poseído.
«Cuéntale eso a la policía y al juez», se dijo.
– Tengo que salir, cariño -dijo, inclinándose para besar a Marisa en la frente-. Asunto de trabajo.
Marisa apartó el libro un momento y le miró.
– ¿Un sábado y a estas horas?
La conspiración del vanadio, rezaba el título. Una novela, y además de papel.
Alborada nunca había entendido por qué la gente leía libros que hablaban sobre cosas que sólo habían ocurrido en la mente de sus autores. Él, que había recibido varios seminarios de lectura rápida, sólo leía ensayos e informes, y con eso ya ocupaba horas más que suficientes como para perder el tiempo con ficciones.
Pero ahora prefirió ser amable y preguntarle a Marisa por el libro. Así podría cambiar de tema y no tendría que explicarle que iba a reunirse con Sybil Kosmos.
– ¿Qué tal está la novela? ¿Te gusta?
– No está mal. Pero no acaba de convencerme el malo -dijo Marisa.
– ¿Y eso?
– No sé, no tengo muy claras sus motivaciones.
– ¿Es que los malos tienen que tener motivaciones?
– Yo creo que sí. Incluso cuando se comete el peor de los crímenes, uno tiene un motivo, seguro.
«¿Y si uno no posee un motivo?», se preguntó Alborada. «¿Y si es el motivo el que lo posee a él?».
Madrid, La Latina
Cuando Gabriel le preguntó qué significaba la frase «Creo que los humanos vamos a desaparecer de la faz de la Tierra», Iris le brindó un curso acelerado de vulcanología.
– Los volcanes aparecen cuando las presiones y las tensiones del interior de la Tierra salen a la superficie, como el chorro a vapor de una olla. ¿Has oído hablar de la tectónica de placas?
La estudié. Pero me vendría bien refrescar la memoria.
La joven islandesa le pidió un folio y un bolígrafo, y dibujó un corte transversal de la Tierra. Ahora que estaba hablando de un tema que dominaba, se la veía mucho más relajada que mientras se movía a ciegas por los brumosos pantanos del tarot.
Por su parte, y casi sin darse cuenta, Gabriel se había despojado de la máscara de Ragnarok el Vidente. Ahora que era Iris quien hablaba, las convenciones del lenguaje corporal le permitían mirarla a los ojos sin apartar la vista de ellos.
– Esto que ves a la izquierda es una placa oceánica explicó Iris-. La dé la derecha es continental. En la superficie de la Tierra existen unas veinte placas de diversos tamaños. Unas son oceánicas y otras continentales, pero todas ellas flotan sobre la parte exterior del manto.
– Las capas de la Tierra -recordó Gabriel-. Corteza, manto y núcleo, ¿no es eso?
– Cierto.
El manto se encuentra debajo de la corteza y, como la temperatura asciende con la profundidad, allí abajo todo es roca fundida.
– Eso ya no es tan cierto. Debido a la enorme presión, las rocas que normalmente estarían fundidas mantienen el estado sólido.
– Eso pasa por hablar sin saber -reconoció Gabriel.
Iris le disculpó con una sonrisa.
– No te has equivocado del todo. La astenósfera, la capa superior del manto que se encuentra en contacto directo con la corteza, sí está fundida. Al menos en parte. Las placas de la corteza flotan encima de esa capa semilíquida y se desplazan muy lentamente.
Un el dibujo, la placa oceánica de la izquierda chocaba con la continental y, al hacerlo, se hundía debajo de ella en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados.
– Esto es lo que se llama un borde de subducción. La placa oceánica está compuesta por una roca más densa y pesada, principalmente basalto. En cambio la continental es sobre todo de granito, una roca más ligera.
Gabriel miró al pesado pisapapeles de granito que tenía a su derecha y deslizó sus dedos por su superficie pulida. Nunca habría pensado en aquella roca como algo ligero. Obviamente, todo era relativo.
– La placa más densa -continuó Iris- se introduce por debajo de la más ligera. De este modo, todo el material que antes formaba parte del fondo del mar se hunde paulatinamente. Y al hundirse…
– Se va calentando.
– Así es. Llega un momento en que toda esa roca se funde. Entonces se forman grandes burbujas de magma. Como son líquidas y tienen menos densidad que el resto de la roca, empiezan a subir. Es lo mismo que pasa con el gas en una copa de champán.
– Hasta ahí lo entiendo.
– Las burbujas de magma fundido y caliente llegan hasta el borde inferior de la placa continental. Su contacto hace que la roca inferior de la corteza se caliente y se acabe fundiendo, con lo que se convierte a su vez en magma que también intenta subir.
Iris dibujó cerca de la superficie un óvalo y lo rellenó de puntos.
– Cuando a pocos kilómetros por debajo de la superficie terrestre se acumula mucha roca fundida, forma lo que denominamos una cámara de magma. Ese magma se sigue calentando porque por debajo recibe la inyección constante de más material fundido.
– Y si se sigue calentando, se hará menos denso…
– …y querrá subir todavía más -completó Iris-. La presión del magma hace que busque fracturas o grietas entre las rocas, o si no las construye él mismo. Por esas chimeneas sube la roca fundida hasta que, por fin, llega a la superficie y sale al aire libre.
Y entonces tenemos un volcán.
Correcto. Siempre que tengamos en cuenta que por Loa volcanes no brota sólo lava fundida. El magma contiene vapor de agua y otros gases, comprimidos por las altísimas presiones del manto. Pero cuando el magma se acerca a la superficie, las burbujas de gas se expanden de forma brutal y… ¡pummmml
La joven imitó una explosión con las manos, acompañada por un sonido onomatopéyico que le hizo hinchar las mejillas. Aunque un gesto así no solía favorecer a nadie, a Gabriel le resultó simpático.
No. Simpático no. En realidad, le pareció adorable. Había conocido chicas más guapas que Iris. C, sin remontarse apenas en el tiempo. Pero aquella joven llegada del Círculo Polar Ártico poseía una calidez especial en la mirada y en la sonrisa que contradecía todos los tópicos que Gabriel había aprendido sobre los nórdicos.
– El magma caliente revienta en infinitas partículas que se proyectan por los aires -continuó Iris-: Fragmentos de piedra a los que llamamos «bombas», cenizas, aerosoles. Eso es lo que forma el penacho volcánico que se eleva a veces a más de treinta kilómetros de altura.
– Pensé que ese penacho consistía sólo de humo.
– No, hay mucho material sólido que acaba cayendo al suelo. Pero cuanto más pequeño sea ese material, más lejos llega. Las cenizas pueden caer a cientos de kilómetros de un volcán. Los aerosoles, que son partículas aún más pequeñas, pueden dar la vuelta al mundo y quedarse años suspendidos en las capas superiores de la atmósfera. Absorbiendo luz solar y provocando que la tierra se enfríe, de paso.
Gabriel volvió a mirar el croquis. Le venía bien que Iris lo hubiera dibujado. Así tenía una excusa para apartar la vista de ella. Sin saber por qué, al mirarla, en lugar de dirigir sus pupilas a la parte superior del rostro y la frente, tendía a centrar el foco más abajo, en el triángulo íntimo que se formaba entre los ojos y los labios.
En realidad sí sabía por qué. Porque le gustaban sus ojos, porque le gustaba ella. Lo malo era que, si insistía en mirarla así, iba a darse cuenta.
Pensó que sería mejor enfriarse centrándose, paradójicamente, en el magma fundido.
– Entonces, todos los volcanes aparecen cerca de las zonas donde chocan las placas tectónicas.
– No todos, aunque sí muchos. -De pronto Iris enrojeció levemente y apartó la mirada-. Debo estar aburriéndote. Los volcanes me apasionan tanto que cuando me pongo a hablar de ellos pierdo la noción del tiempo.
– De ninguna manera-respondió Gabriel, con toda sinceridad. Además, había decidido que no quería que Iris se fuese todavía. Herman podía esperar.
– No te he ofrecido nada. ¿Quieres tomar un café, un refresco?
Ella pareció sorprenderse, pero fue sólo un instante. -¡Claro! Un café me vendría bien. «Tampoco tiene muchas ganas de irse», pensó Gabriel.
– Ven conmigo -le dijo, levantándose de su trono de vidente.
Mientras recorrían el largo pasillo de camino a la cocina, Iris siguió explicándole.
– Como hemos visto, la corteza oceánica se hunde debajo de la continental en los bordes de subducción. Eso significa que tiene que levantarse por otra parte. De lo contrario, la Tierra encogería como una manzana vieja.
Al oír lo de la manzana, Gabriel se acordó por un instante de los contenidos de su propio frigorífico y arrugó la nariz. «Espero que Herman tenga su cocina más limpia que yo la mía», pensó. Pero cuando entraron en ella comprobó que se hallaba en perfecto estado de revista. No gracias a su amigo, que no era precisamente un estajanovista del hogar, sino a la señora Petro, que venía dos veces a la semana para limpiar.
Mientras Gabriel encendía la cafetera exprés y cargaba el filtro, Iris continuó con su explicación. Cuando decía que el tema la apasionaba, no mentía: por más que la interrumpieran, no perdía el hilo.
– Los lugares donde se crea corteza nueva son las llamadas dorsales oceánicas. Hay una de esas dorsales que atraviesa el centro del Atlántico, y de ella brota una placa hacia el este y otra hacia el oeste.
– Por eso Europa y África se alejan cada vez más de América -comentó Gabriel, que iba recordando poco a poco lecciones del libro de ciencias naturales.
– Justo. Esas dorsales son auténticas cordilleras submarinas, y a veces las montañas son tan altas que se levantan por encima del agua. Es lo que sucede con Islandia. Mi país está partido en dos por la fosa atlántica, y por eso no deja de crecer tanto hacia el este como hacia el oeste.
– O sea, que el que posea terrenos justo encima de esa fosa sólo tiene que sentarse para ver cómo crece su inversión.
– Si tiene mucha paciencia, sí.
– Ajá.
– Además, Islandia sufre más actividad volcánica que otros lugares porque está situada encima de una pluma del manto.
– Una pluma del manto. Eso es nuevo. ¿Entra también para el examen, profesora?
– Lo siento. -Iris sonrió y se le volvieron a marcar los hoyuelos-. Intento simplificar todo lo que puedo. No sabemos muy bien por qué, pero hay ciertas zonas fijas del interior de la Tierra en las que, independientemente de los movimientos de la corteza, se levantan gigantescas burbujas de roca fundida a las que llamamos plumas. ¿Has visto alguna lámpara de lava?
– Sí.
Pues las plumas son como esas burbujas de cera coloreada que suben por el aceite cuando se calientan. Es posible que las plumas sirvan como mecanismo de disipación del calor del núcleo de la Tierra.
– Calor del núcleo. Sube formando corrientes de convección, ¿no?
– Así es. Pero cuando las plumas del manto suben cerca de la superficie, aunque sea en una zona donde no existan bordes de placas, también crean volcanes. Por ejemplo, los de las islas Hawaii, que fue donde estudié la carrera.
– Después de los fríos de Islandia, debió ser todo un contraste estudiar junto a las playas del Pacífico -dijo Gabriel.
Sin querer, se imaginó a Iris en biquini tumbada junto a una palmera. O paseando por una playa aún más paradisíaca y solitaria en la que ni siquiera le haría falta el biquini.
«Pon las neuronas a refrigerar», se ordenó a sí mismo.
Iris debió captar algo en su mirada, porque apartó los ojos, nerviosa. Gabriel aprovechó para apretar el botón de la cafetera. El ruido del vapor y de los chorros de café que caían sobre las dos tazas sirvió para romper aquel pequeño instante de tensión.
– A ver si he asimilado la lección. Tenemos volcanes en tres sitios: en los bordes de choque de placas, en las regiones donde aparece placa nueva y también encima de las plumas del manto, ¿es así?
– Bien resumido. En términos más precisos, diríamos los bordes de subducción, las dorsales oceánicas y los hotspots, los «puntos calientes» situados encima de las plumas del manto. Por lo demás, perfecto.
– Y en todo esto, ¿dónde aparecen los supervolcanes?
Al hacerle esa pregunta, Iris dejó de sonreír. Al parecer, se tomaba aquella amenaza muy en serio.
– Hay algunos geólogos a los que no les gusta ese nombre. Finnur… Mi novio dice que el nombre de «supervolcanes» sólo sirve para la televisión y la prensa sensacionalista.
«Prefiere decir "mi novio" que individualizarlo con su nombre», pensó Gabriel. Era una forma de alejarlo de ella. Algo así como quitarse el anillo de casada si lo hubiera llevado.
«Estás extrapolando demasiado, señor Ragnarok», se dijo Gabriel, mientras le ofrecía a Iris la taza de café.
– ¿Tienes leche?
– En el frigorífico.
Gabriel se arrepintió de haberlo dicho en cuanto Iris lo abrió. El frigorífico de Herman era el ideal de un soltero, en las baldas superiores se hallaban las fiambreras de la señora Petro, y en las inferiores había un surtido de cervezas tan variado y abundante como para que diez varones sedientos como cosacos sobrevivieran durante una final entera del Mundial de fútbol con prórroga y penaltis.
– A Herman le gusta cuidarse -se apresuró a decir.
– ¿Herman?
– Es el que te abrió la puerta. La casa es suya.
«No vayas a pensar que yo soy un borrachuzo como él», sugería el tono de Gabriel. Luego se dio cuenta de que sus palabras implicaban otras preguntas. ¿Vives con tu amigo? ¿A tus años tienes que compartir piso con alguien? ¿O es que tu casa es peor que ésta y te avergüenza recibir a tus «clientas» en ella?
El catastrofismo geológico acudió en su ayuda. Al tiempo que sacaba la leche y se apresuraba a cerrar la nevera, Gabriel preguntó:
– Aunque a tu novio no le guste el nombre, ¿a qué llamáis un supervolcán?
– Un supervolcán es un volcán a una escala mucho mayor -continuó Iris-. Increíblemente mayor, de hecho. La erupción más potente de la historia fue la del monte Tambora en 1815. Las cenizas y los gases que expulsó el Tambora cambiaron el clima de toda la Tierra, hasta tal punto que al año siguiente lo llamaron «el año sin verano».
– Parece una amenaza grave, pero no creo…
– No me he explicado bien. La de Tambora fue una erupción devastadora, pero no un supervolcán. Un supervolcán puede ser diez, veinte, treinta veces más potente que el Tambora y expulsar miles de kilómetros cúbicos de magma y material volcánico. Ya no estamos hablando de un año sin verano, sino de muchos. ¿Qué crees que ocurriría si, durante varios años seguidos, las nieves de las montañas y los hielos de los casquetes polares no llegaran a fundirse en verano y siguieran avanzando en invierno?
– Una glaciación -aventuró Gabriel.
Iris asintió con gesto serio.
– O sea -dijo Gabriel-, que después de tanto preocuparnos por el calentamiento global, al final la peor amenaza podría ser el frío.
– No sabes hasta qué punto. En realidad, en los tres últimos millones de años los periodos cálidos como el que vivimos han sido más una anomalía que la regla general.
– Si el hombre de Neanderthal supo adaptarse a los hielos, no veo por qué no podríamos hacerlo nosotros.
– ¿Que por qué no? Entre otras razones, porque ahora somos más de siete mil millones de habitantes y hemos llenado todos los rincones de la Tierra como una plaga de langosta. Si los hielos cubren el norte de Europa y de Asia, Canadá, Estados Unidos…, ¿dónde crees que irá toda esa gente?
– Al sur, claro -murmuró Gabriel. De pronto se imaginó a casi trescientos millones de estadounidenses llamando a las puertas de México. Una ironía histórica. Pero algo le decía que los mexicanos no iban a recibir a sus vecinos gringos con los brazos abiertos. Simplemente, no tendrían sitio ni recursos para todos ellos.
¿Y qué pasaría en España cuando se produjera una nueva invasión de los bárbaros del norte, cientos de millones de refugiados desesperados huyendo del avance de los hielos?
Para empezar, que Herman podría despedirse de sus cervezas.
– ¿De verdad un volcán puede causar una glaciación?
– Ya ha ocurrido en el pasado. Hace 70.000 años se produjo una súpererupción en la isla de Sumatra, en un lugar llamado Toba. Las temperaturas de toda la Tierra bajaron cerca de ocho grados, y de resultas de ello murió el noventa y cinco por ciento de la población humana mundial. En realidad, nuestra especie estuvo a punto de extinguirse.
Gabriel hizo unos cálculos mentales.
– Si ocurriera ahora algo parecido, morirían siete mil millones de personas y quedarían vivas poco más de trescientos millones.
– No es la única vez que ha ocurrido algo así. Los supervolcanes han provocado extinciones aún mayores. Hace 250 millones de años, a finales del periodo pérmico, desaparecieron el 95 por ciento de las especies marinas y el 70 por ciento de las terrestres. La razón fue una inmensa erupción en Siberia que alteró de forma drástica el clima de la Tierra.
«Cincuenta millones de años después, más de la mitad de las especies se extinguieron, y dejaron un hueco que ocuparon los dinosaurios como animales dominantes. Esta vez la causante fue la llamada Provincia Magmática del Atlántico Central.
»Pero a los dinosaurios también les tocó su turno, y abandonaron el escenario hace sesenta y cinco millones de años.
– Un momento -la interrumpió Gabriel-. Que yo sepa, los dinosaurios se extinguieron por el impacto de un meteorito en el Yucatán.
– Muchos científicos siguen aceptando esa hipótesis, pero cada vez hay más pruebas de que la verdadera causa fue la actividad volcánica en la llanura del Decán, en la India.
– De modo que es un modelo que se repite cíclicamente. Supervolcán y extinción.
Iris asintió.
– Así es. Es como si la Tierra mudara su piel cada cierto tiempo. Al hacerlo, aunque no lo intente, acaba con sus parásitos. Que somos nosotros, los seres vivos.
– No resulta muy halagador imaginarnos a los humanos como piojos…
– Pero así es, desde el punto de vista de la Tierra. ¿Qué crees que va a ocurrir ahora?
Iris suspiró y se cruzó de brazos, como si quisiera protegerse de algo.
– Mi temor es que se avecine algo mucho peor que todo lo anterior. Normalmente los movimientos geológicos son muy lentos, pero ahora se están acelerando. Las plumas están subiendo del manto a mucha más velocidad de la prevista, y han aparecido otras nuevas. Las cámaras que hay bajo Long Valley, Yellowstone, los Campi Flegri, el Krakatoa y Santorini están recibiendo inyecciones de magma fundido. Todas a la vez. Es como si la Tierra entera estuviera acumulando presión, igual que una caldera gigante a punto de estallar.
– ¿Qué está ocurriendo allí abajo?
Gabriel empezaba a preocuparse de verdad. Iris llevaba un rato sin sonreír. Era evidente que se tomaba muy en serio lo que decía, y la corriente inconsciente de feromonas que flotaba entre ambos se había interrumpido.
– El flujo de energía de la Tierra se ha acelerado de forma exponencial. No es normal que disipe calor con tanta rapidez como ha empezado a hacerlo. Algo… algo extraño está pasando en las profundidades, más abajo incluso del manto. Es como si el núcleo de la Tierra fuera un corazón, y ahora le hubiera entrado taquicardia.
Gabriel recordó las noticias que había visto en el tren.
– ¿La perturbación magnética de esta noche tiene algo que ver?
Iris asintió, y volvió a coger la taza para dar un sorbo de café.
– Sin duda. El campo magnético de la Tierra se debe a los movimientos del metal fundido que forma el núcleo externo. La Tierra es una dinamo gigante que se ha vuelto errática.
– He oído que, si se invierte el campo, se producirá una gran extinción.
– Una inversión del campo magnético puede causar enfermedades, y seguramente problemas en nuestra tecnología. Pero ésa será la menor de nuestras preocupaciones.
– A mí no me parece tan menor…
– La verdadera extinción masiva se producirá cuando la 'I'ierra expulse de golpe decenas de miles de kilómetros Cúbicos de magma. Prácticamente todo el planeta quedará cubierto por una capa de cenizas. No se podrá cultivar nada. Cuando respiremos, las cenizas se mezclarán con las mucosidades de nuestros pulmones para convertirse en cemento dentro de nuestro cuerpo. Las tinieblas se extenderán por todo el mundo y las temperaturas se desplomarán.
– El final de la vida en la Tierra…
– Eso es casi imposible. Las bacterias sobrevivirán, y tal vez algún que otro organismo pluricelular. Los nanobios que viven bajo la superficie no se verán afectados.
– ¿Los nanobios? -se extrañó Gabriel.
Pero Iris, ensimismada en sus lúgubres pronósticos, no le escuchó y prosiguió.
– Pero nosotros… La humanidad sobrevivió a duras penas al supervolcán de Toba. Contra la combinación de varios supervolcanes no tenemos nada que hacer.
Los dedos de Gabriel repiquetearon sobre la taza como si rasgueara una guitarra. Como Ragnarok, se suponía que era él quien tenía que ofrecer respuestas sobre el futuro, pero no pudo evitar preguntar:
– ¿Cuándo ocurrirá todo eso?
– No lo sé. Puede que se produzcan varias crisis volcánicas separadas a lo largo de unos meses. Pero, por la forma en que se está acelerando el flujo de energía, sospecho que las erupciones van a estar mucho más concentradas. Puede ser cuestión de semanas…, quizá de días. No nos queda mucho tiempo.
– Tiempo ¿para qué?
Iris volvió a sonreír, pero esta vez no había la menor alegría en su gesto.
– En realidad, para nada. Si la amenaza procediera del espacio, si fuera un asteroide o un meteorito gigante, podríamos intentar desviarlo con cohetes nucleares.
– Como Bruce Willis… Ella negó con gesto triste.
– Ante una reacción en cadena de supervolcanes y un cambio climático como jamás se ha visto en este planeta, no hay nada que hacer. O algo desconocido hace que la dinámica de la propia Tierra cambie, o estamos condenados. Aquí no hay Bruce Willis ni héroes que valgan.
Una lástima, pensó Gabriel. Cuanto más se abismaba en aquellos ojos azules, más le habría apetecido ser el héroe que salvara al mundo para ganarse un beso de la protagonista.
Cuando Gabriel iba a salir de casa, recibió un mensaje de Herman.
Estoy con Enrique en el ruso. Nos invita a cenar. Aprovecha.
El restaurante ruso se encontraba a unos cuatrocientos metros de su casa, en una calleja escondida. Gabriel, que vivía en el barrio, había oído rumores sobre los negocios turbios del cocinero y dueño, un tal Vassily. Pero la comida era buena y abundante, y siempre disponía de mesas libres.
El local era una especie de laberinto, con varios comedores pequeños unidos en ángulos desconcertantes. Al no encontrar a sus amigos, Gabriel tuvo que bucear hasta el fondo culebreando entre las mesas. Por fin los vio solos en el último comedor, un lugar penumbroso y tan recóndito que los móviles perdían la cobertura.
– El hapkido es mucho más útil que el karate -estaba diciendo Herman. No encontrarlo discutiendo habría sorprendido y decepcionado a Gabriel-. El karate es una chorrada. Por eso lo dejé. En cuanto empecé a entrenar con mi maestro de hapkido me enseñó técnicas útiles de verdad para sobrevivir en la calle.
– ¿Como cuáles?
– Por ejemplo, ¿a que a ti en karate no te enseñaron a pelear en una cabina usando el cable del teléfono para estrangular al rival?
– Hombre, pues no.
– ¿Y a luchar dentro de un coche que se ha caído al agua?
– ¡Por favor, Herman! -Enrique levantó las manos en gesto de desesperación-. ¡Ya ni siquiera hay cabinas telefónicas! ¿Y quién quiere pelear en un coche dentro del Manzanares?
Tras decir esto, Enrique se volvió hacia Gabriel y le estrechó la mano por encima de la mesa. Siempre lo hacía al saludar y al despedirse, aunque se vieran tres días seguidos. También devolvía instantáneamente las llamadas, los mensajes y los correos electrónicos, se acordaba de los cumpleaños de todo el mundo y a los amigos que tenían hijos les preguntaba por sus pañales y sus biberones y, cuando se hacían mayores, por sus estudios.
En suma, todos aquellos detalles sin importancia que a Gabriel siempre se le olvidaban.
– Bienvenido de nuevo a la urbe.
– Me gusta tu camiseta -respondió Gabriel.
Sobre el pecho de Enrique se movía un cartel con efectos 3D creado por nanofibras luminiscentes o alguna otra tecnología que, en cualquier caso, empezaba por «nano». Unas letras explotaban como bengalas. Morpheus. Después las sustituía un eslogan, frase por frase, cada una en un color diferente. «Haz el sueño realidad. Sueña. Cuando quieras. Donde quieras».
– Veo que ya habéis empezado con el marketing -añadió Gabriel-. ¿Cuándo pensáis comercializarlo?
– Aún tenemos que pasar un par de pruebas, y luego conseguir la autorización sanitaria. Pero creo que estará listo para navidades.
– ¿Se puede saber de qué estáis hablando? -preguntó Herman. Al parecer, llevaba más de una hora viendo la camiseta de Enrique y no se le había ocurrido preguntarle por ella.
– El Morpheus es el mayor avance científico que verás en los próximos diez años -aseguró Enrique.
Mejor que así fuese, pensó Gabriel. El Morpheus era un proyecto de Onirocorp, una empresa cuyo fundador era íntimo amigo de Enrique, y éste había invertido un dineral en su desarrollo.
Y la palabra «dineral» referida a Enrique no tenía el mismo significado que si se hubiera tratado de Gabriel.
– Vale, muy bien -dijo Herman-. Pero ¿para qué sirve?
– Ya lo dice la camiseta -contestó Enrique, señalándose al pecho-. Para soñar.
– No lo entiendo.
– A ver, ¿cuánto dinero te gastas al año en pastillas para dormir?
– ¿Yo? Ni un euro. Esas mariconadas son para las tías y la gente fina como tú.
– El único somnífero que conoce Herman es la birra -intervino Gabriel, que a veces había tenido que despertarlo a pescozones para sacarlo del bar.
– Pues hay gente que no es tan afortunada y tiene que tomar barbitúricos -dijo Enrique-. Ahora, gracias al Morpheus, pasarán a la historia. ¡Adiós a las adicciones y a los intentos de suicidio de los adolescentes que asaltan el botiquín de mamá!
– Entonces, ¿no se trata de una pastilla?
– No. Es un aparato que induce ondas cerebrales para que el usuario se quede dormido al instante. Basta con ajustarse el Morpheus y programarlo para disfrutar en menos de un minuto de un sueño profundo y reparador, o echarte una cabezada más ligera si sólo quieres sacudirte el sopor.
Gabriel aplaudió.
– ¡Bravo! Veo que te tienes bien aprendido el rollo para venderlo.
– Y se venderá. Puedes estar seguro. Y si era así, se dijo Gabriel, su amigo se haría aún más rico.
Diez años atrás, Enrique había atravesado una crisis personal cuando salió del armario y tuvo que confesárselo a sus padres, unos señores encantadores, pero de derechas de toda la vida. Ahora, aunque él no lo reconociera, se hallaba en pleno proceso de abandonar un segundo armario y reconocer abiertamente que era rico.
Aparte de invertir en los proyectos de otros, como el Morpheus, Enrique poseía su propia empresa, V20, dedicada a crear efectos especiales más reales que la vida misma. Hacía tan sólo cuatro años la había sacado a la venta en bolsa y le había ido tan bien que, por el simple acto de firmar un documento, se había convertido en millonario entre las doce y veinte y las doce y veintiuno del mediodía. A sus amigos se lo había contado poco a poco, siempre enmascarando las cifras. Gabriel y Herman le calculaban un patrimonio de sesenta millones de euros, pero Gabriel empezaba a sospechar que se habían quedado cortos y que tal vez la cifra tenía tres dígitos más los seis ceros de los millones.
Enrique quería seguir viviendo como siempre, o al menos fingía quererlo. De ahí que todavía tuviera pendiente su segunda salida del armario. Por el momento, le daba miedo vivir con demasiado lujo y atraerse la envidia ajena, y además se sentía culpable cuando pagaba por lujos en los que antes ni siquiera había soñado.
Gabriel sabía que Enrique empezaba a concederse ciertos caprichos. Por ejemplo, comprarse un jet privado, aunque fuese de segunda mano. Tras sonsacarlo, Gabriel había averiguado que le había costado cinco millones de euros.
¡Cinco millones! Gabriel sabía que esas cifras existían. Al menos, en teoría. Desde que se divorció, los mayores números que había visto en sus cuentas tenían cuatro dígitos, y el primero de ellos raras veces había subido de 5.
Al pensar en dinero, se palpó el bolsillo y notó el bulto de los billetes plegados y apretados.
Cuatrocientos euros, un dinero más negro que el alma de Stalin. Al recibirlo, Gabriel le había devuelto a Iris una moneda de cincuenta céntimos.
– Es simbólica -le dijo con el tono solemne de Ragnarok.
No mentía del todo: esos cincuenta céntimos tenían algo de simbólico. Si a Iris o cualquier otra clienta se le ocurría denunciarlo por considerar que sus vaticinios eran una estafa, los tribunales tan sólo lo podrían condenar por falta, ya que el valor del dinero estafado sería inferior a 400 euros, frontera a partir de la cual se habría adentrado en el terreno mucho más peligroso del delito.
«Cuatrocientos euros en el bolsillo y ahora una cena gratis», hizo cuentas Gabriel. Al menos, sobreviviría un par de días.
Sus amigos ya habían acabado con un par de entrantes. Gabriel sabía positivamente que el ochenta por ciento reposaban en el estómago de Herman. Enrique, que medía menos de uno setenta y no era de complexión fuerte, comía con mucha más moderación que ellos.
– ¿Quieres que pidamos otros dos entrantes, Gabriel? -preguntó Enrique.
– Yo ya no tengo tanta hambre -dijo Herman.
– Me ha preguntado a mí. Además, al final te los vas a comer igual.
Herman se palmeó la barriga, como diciendo «Tengo que ponerme a dieta», y luego meneó la cabeza procrastinando la decisión. La historia de siempre.
Finalmente, Enrique pidió unos blinis de caviar de beluga y unas setas con nata y huevo. De segundo, Herman pidió un solomillo.
– ¿Hecho, en su punto o poco hecho, señor? -preguntó el camarero, que efectivamente tenía acento ruso.
– Muy poco hecho. Quiero que cuando llegue al plato suelte un mugido, ¿de acuerdo? -dijo Herman.
– Como quiera el señor.
Gabriel eligió un steak tartar, mientras Enrique, que procuraba cuidar su silueta, pidió un bacalao.
La discusión había cambiado sin que Gabriel se diera cuenta. A él no le gustaba el fútbol, pero sus dos amigos eran madridistas acérrimos. Al parecer, la polémica se centraba en un delantero centro del Real Madrid. Llegaron los blinis y los huevos con setas, y Herman, que supuestamente no tenía mucha hambre, se las arregló para zamparse más de la mitad de cada plato sin parar de hablar.
– Pero ¿qué sabrá de fútbol alguien como tú, a quien le gustan los tíos? -dijo.
Enrique puso los ojos en blanco y musitó: «Ay señor, señor». Mientras, Gabriel se dio cuenta de que la segunda ronda de entrantes había desaparecido y él tan sólo había conseguido ensartar una triste seta. El camarero se llevo los platos, mientras el estómago de Gabriel emitía unos ruiditos similares a los gemidos de Frodo.
– Ya que no me dejáis opinar de tíos musculosos que corren en pantalón corto porque soy marica, hablaré de mujeres atractivas. Ayer estuve en la presentación de la última película de James Bond y ¿adivináis con quién tomé una copa de champán? ¡Con la mismísima SyKa!
– ¡Dios da pañuelo a quien no tiene narices! -exclamó Herman.
Gabriel asintió. SyKa, alias de Sybil Kosmos, era jefa suprema de Kosmovisión, división audiovisual del imperio Kosmos a la que pertenecía la productora que realizaba Ultrakosmos, el antiguo programa de Gabriel. El no la conocía en persona, y por supuesto Sybil tampoco debía saber quién era él. Probablemente se había limitado a rascarse una oreja antes de firmar la autorización de su despido cuando se la pusieron delante.
– ¿Está tan buena en directo como en pantalla? -preguntó Herman.
– ¡Mucho más! Incluso a mí me estaba poniendo nervioso, Enrique miró a Gabriel y bajó la voz, ligeramente ruborizado-. No hacía más que rozarme el brazo, y os juro que empecé a notar cómo… Vamos, que casi tengo una… Ya me entendéis.
– ¿Que te empalmaste con una tía? -dijo Herman-. No jodas, a ver si te estás curando de tu perversión.
Normalmente, a Enrique le excitaban tanto las mujeres como a Gabriel las canciones de Julio Iglesias. Pensando que una hembra que había conseguido tal proeza debía tener algo especial, Gabriel quiso saber más sobre ella, y Enrique le puso en antecedentes.
Sybil Kosmos era nieta del multimillonario griego Spyridon Kosmos. Y, en teoría su única heredera, pues Kosmos sólo había tenido una hija: Alexia, madre (soltera) que murió al dar a luz a Sybil, algo casi inverosímil en las postrimerías del siglo XX. Hasta los dieciocho años, el señor Kosmos había tenido a su nieta oculta y encerrada, como una perla exquisita a la que trató de cultivar educándola con los mejores profesores, entre ellos un par de premios Nobel.
Al llegar a la mayoría de edad, la joven Sybil había irrumpido en la jet-set mundial con el fulgor de un bólido; con la diferencia de que siete años después su brillo todavía no se había apagado.
SyKa era una exhibicionista nata. Había desfilado como modelo en las mejores pasarelas luciendo transparencias que no dejaban nada a la imaginación y había aparecido en la portada de varias revistas, como el Vogue, donde posó ataviada tan sólo con un bolso de Hermès y unos zapatos de tacón decorados con diamantes.
Al ver precisamente las fotos del Vogue en el móvil de Herman, Gabriel comentó:
– Vaya con la presidenta de Kosmovisión. Tiene un cuerpazo.
– En realidad, Sybil es directora general -dijo Enrique-. Su abuelo ejerce la presidencia de todas las divisiones de sus empresas.
– ¿Y qué opina el abuelito Kosmos de que su nieta se exhiba?
– Que yo sepa, no dice nada. -Enrique se encogió de hombros-. Los megarricos tienen una moral y una mentalidad que no podemos entender.
– ¿Y lo dices tú, que estás forrado? -preguntó Herman.
Enrique torció el gesto. Le molestaba más que Herman sacara a relucir sus millones que sus comentarios homófobos.
– Kosmos no tiene nada que ver conmigo, con vosotros o con el resto de los mortales. Ahora mismo está en el puesto número 4 de la lista Forbes. Se le calculan casi cien mil millones de dólares de patrimonio personal.
«Y yo tan contento con mis cuatrocientos euros en el bolsillo», pensó Gabriel.
– A ver cuánto le duran a su nieta -dijo Herman.
– No creo que ella dilapide la fortuna familiar. Aunque tenga pinta de modelo, no es ninguna cabeza hueca. Cuando habla en las reuniones del consejo de administración de Kosmovisión, nadie se atreve a rechistarle.
Enrique miró a los lados y bajó la voz, aunque no había nadie más en el pequeño comedor.
– Hace unas semanas nuestra joven y frívola SyKa tuvo una agarrada nada menos que con un ex ministro que pertenece a veinte consejos de administración.
– Un chupóptero, vamos -dijo Herman.
– SyKa lo puso firme delante de todo el mundo. Al final, al ex ministro tuvieron que sacarlo de allí entre otros dos consejeros, porque sufrió tal crisis de ansiedad que creyeron que le había dado un infarto. Perdonad, porque estamos cenando, pero me han contado que se le soltaron los esfínteres.
– ¡Se cagó encima! -dijo Herman-. Esos parásitos arrogantes se quedan en nada en cuanto les quitan el coche oficial.
Gabriel se quedó pensativo. Así que Sybil era una mujer que conseguía que un gay tuviera una erección y que un antiguo ministro se ensuciara los pantalones.
Cuando empezó a indagar sobre la telepatía, una de las pistas que había seguido era la emisión de feromonas. No había tardado en abandonarla, porque tenía la impresión de que aquellas sustancias químicas transmitían mucha emoción, pero muy poca información. En cambio, en sus brevísimas experiencias telepáticas -eran dos con la de Iris- él siempre había recibido datos muy concretos.
Aun así, se preguntó si Sybil Kosmos no tendría la capacidad innata de emitir feromonas capaces de provocar en otros humanos emociones tan primarias como deseo sexual o pánico. Aquel procedimiento un tanto primitivo equivaldría, en la práctica, al control mental.
– Disculpadme un momento -dijo Enrique, levantándose-. Voy al baño.
Aprovechando su ausencia, Gabriel bajó la voz y dijo:
– Me ha vuelto a pasar.
– Que te ha vuelto a pasar, ¿qué?
– Lo mismo que cuando estábamos en COU, ¿no te acuerdas de que te lo conté?
– Vamos, hombre, no jodas. Eso es imposible.
– Te lo digo yo, Herman. Le he leído la mente a esa chica.
Gabriel, Herman y Enrique habían estudiado en el Galileo, un colegio privado del centro de Madrid. Se antojaba incoherente que Gabriel, hijo del director de un instituto público, recibiera clases en la enseñanza privada. Pero, como nunca había sido un estajanovista de los estudios, sus padres habían decidido matricularlo en un centro donde lo tuviesen más controlado.
En COU les había tocado como profesor de Historia del mundo contemporáneo César Valbuena, conocido simplemente como «el Valbuena» o, más a menudo, como «el cabronazo del Valbuena». Aquel hombre sabía un poco de todo, pero su verdadera pasión era la historia de Grecia. Para su desgracia, el programa oficial sólo le permitía explicarla durante poco más de una semana a los alumnos de primero de BUP, cuyas mentes eran todavía inmaduras para captar las excelencias de la cultura helénica.
– Y no se crean que las suyas están mucho más formadas -les decía a los de COU, mientras se atusaba las guías de su bigote imperial.
En clase, el profesor Valbuena solía hacer largos paréntesis para hablar de Alejandro Magno, las guerras médicas y, sobre todo, Platón, de quien era un fanático. Mientras que al explicar la asignatura oficial de Historia lo hacía con tanta desgana que contagiaba su aburrimiento a los alumnos, Gabriel aún recordaba la impresión que le habían dejado sus apasionadas versiones del mito de Er, el de la caverna y, sobre todo, de la Atlántida.
Con aquellas digresiones, Valbuena perdía casi un tercio de las clases. Después, cuando recordaba que la Selectividad se cernía sobre los alumnos como la sombra de un patíbulo, pisaba el acelerador y explicaba el reparto de África o la política de alianzas de Bismarck a más velocidad que un copiloto de rallys dando instrucciones al conductor.
A la hora de hacer exámenes, Valbuena era partidario de plantear preguntas breves que se pudieran responder en apenas diez palabras.
– Bastante tiempo intelectual me hacen perder ustedes intentando desembrutecer sus mentes -les decía a sus alumnos-. No pretenderán que, cuando regreso a la paz de mi hogar, deje de leer al divino Platón para sufrir las necedades que acostumbran escribir en los folios de examen.
Los exámenes de Valbuena demostraban un matiz de refinado sadismo. Siempre hacía diez preguntas, y para corregirlas utilizaba la lógica implacable de un circuito eléctrico. Todo o nada. O se acertaba o no. Con cinco aciertos, como era de esperar, se obtenía un cinco. Con cuatro, se suspendía.
Pero el toque magistral de Valbuena era que dictaba las preguntas de una en una, con una separación de dos minutos cronometrados. De esa manera, el alumno podía ir contando las cuestiones que había contestado bien, las que no, las dudosas…, y sufrir hasta el final de lo que, más que un examen, era una ordalía.
En aquella ocasión estaban en mayo. Gabriel quería aprobar COU y la Selectividad porque, si lo conseguía, sus padres le darían permiso para ir a la playa con Herman y otros dos amigos.
El último examen de todos era el de Valbuena. Los minutos fueron pasando y, para cuando llegaron a la novena pregunta, a Gabriel las cuentas no le salían demasiado bien. Tenía cuatro cuestiones en las que estaba seguro de que había acertado y había dejado cinco en blanco. Todo dependía de la última.
En aquel examen, Valbuena se había cebado especialmente con la época del colonialismo. Gabriel no dejaba de preguntarse para qué tenían que aprenderse de memoria el reparto de África si a España no le había correspondido casi nada.
Él, en concreto, se había saltado aquel tema. Tenía prisa y le costaba mucho memorizar las correspondencias entre países africanos y europeos. Como haría siempre a lo largo de su vida, había decidido racionar su esfuerzo. Tan sólo era una lección entre cinco más. ¿Quién iba a prever que Valbuena elegiría la mitad de las preguntas de allí?
Se cumplieron los dos minutos. Valbuena seguía de pie, con las manos enlazadas tras la espalda, y miraba fijamente a Gabriel. Podía ver que se había dejado en blanco todas las preguntas sobre África.
Por fin llegó el momento.
– ¿Qué explorador de origen italiano fundó Brazzaville, la capital del Congo?
Ranilla, el empollón de la clase, levantó del papel sus gafas de culo de vaso para exclamar:
– ¡Oiga, que eso no entraba!
Sonó un murmullo de indignación. Si lo decía Ranilla, que se estudiaba hasta los pies de las fotos, era indudable que no entraba. Pero Valbuena frunció el ceño, lo señaló con el dedo como Zeus tonante y dijo:
– Señor Ranilla, fuera del examen.
– ¡Que yo no he hecho…!
– Fuera.
Ranilla, conteniendo unas lágrimas de rabia, le entregó el examen a Valbuena, quien lo rompió de forma ostentosa y lo tiró a la papelera.
Más tarde, la directiva del colegio aprobó a Ranilla puenteando a Valbuena, porque nadie quería verse en problemas con el padre. Pero de momento, al ver lo que acababa de hacer, a Gabriel le pareció ver cómo a Valbuena le crecían cuernos y rabo y le brotaba un tridente en la mano, e incluso le pareció notar el olor a huevo podrido del azufre infernal.
«No me voy a poder presentar a Selectividad», pensó, y un reguero de sudor frío empezó a correr por su espalda. Si aquel inconcebible desastre caía sobre él, le esperaba un verano entero encerrado en casa con los libros.
– Repito. ¿Qué explorador de origen italiano fundó Brazzaville, la capital del Congo?
Valbuena volvió a mirar fijamente a Gabriel, como si quisiera taladrarlo con los ojos.
Fue entonces cuando algo inexplicable pasó entre ellos, como una chispa eléctrica entre los hilos de una bujía. De pronto, un nombre penetró en la cabeza de Gabriel. Ni entonces ni después habría sabido explicar cómo. Simplemente, apareció en su mente, prístino y esencial como las ideas platónicas de las que solía hablarles Valbuena, y él se apresuró a escribirlo antes de que se borrara.
PlERRE SAVORGNAN DE BRAZZA
Estaba seguro de que no lo había oído mentar en su vida. Al ver que lo escribía, Valbuena dejó de parpadear durante unos segundos.
– Me suena por un documental de la segunda cadena -dijo Gabriel, que se sentía culpable de no sabía qué pecado.
Aquel examen acarreó consecuencias trascendentales para su vida. No por la nota: Valbuena reculó -«Es verdad, eso no entraba», reconoció, aunque no por ello se molestó en pegar con papel celo los fragmentos del examen de Ranilla-, y la décima pregunta envió a Gabriel a septiembre y lejos de la playa.
Pero lo ocurrido lo había obsesionado. Gabriel decidió estudiar Psicología para comprender por qué había sentido aquel contacto mental. Allí no averiguó nada fiable ni consistente sobre la telepatía, de modo que abandonó la carrera y decidió indagar por otros conductos que lo llevaron a la parapsicología y el periodismo de investigación.
Convencido de que la telepatía existía, puesto que él la había experimentado, fue volviéndose cada vez más intolerante con los falsarios que pretendían ejercerla. La búsqueda de la verdad en un terreno tan propicio a las mistificaciones estancó y acabó hundiendo una carrera que, de haber sido más cínico, podría haberlo convertido en un personaje famoso y haber multiplicado los ceros de su cuenta corriente.
No, Gabriel no le guardaba ninguna gratitud al profesor Valbuena. A la larga, aquel instante de telepatía había arruinado su vida, haciéndolo correr detrás de una quimera tan inalcanzable como el rayo de luna que perseguía el joven Manrique en la leyenda de Bécquer.
Pero ahora el rayo de luna había vuelto a asomar entre las ramas del bosque.
– ¿Cómo iba yo a saber que trabajaba en Santorini?
– Casualidad.
– ¡Casualidad! Como si no hubiera lugares en el mundo. Sólo en el Egeo hay decenas de islas. ¡Te digo que lo vi en su mente! ¿Es que no me crees?
Herman le miró a los ojos unos segundos. Por fin, agacho la cabeza y asintió.
– Vale, te creo.
– Menos mal.
– Pero ¿de qué te vale? Si ni siquiera la primera vez te sirvió para aprobar aquel examen. Olvídate de ello.
– ¡Ahora es distinto! Esto significa que las cosas van a cambiar.
– ¿Por qué?
Gabriel se quedó pensativo. Ni él mismo lo sabía, pero albergaba la convicción de que tenía que ser así, de que la experiencia que acababa de sufrir suponía una especie de cierre en bucle. Como si ambas intromisiones telepáticas, la que recibió a los dieciocho y la que acababa de sentir el día en que cumplía cuarenta y cinco, fueran dos paréntesis que clausuraban una etapa larga e improductiva de su vida.
Enrique volvió del servicio. Gabriel se calló. Aunque Enrique era más sensible que Herman y seguramente más inteligente, prefería no contarle nada. Si invirtieran la situación y Enrique le contara que había tenido no una, sino dos experiencias telepáticas, Gabriel no lo creería. Puestos a elegir entre la palabra de un amigo y las leyes físicas más ortodoxas, tenía bien claro dónde estaban sus prioridades.
– Os he pillado -dijo Enrique al captar aquel embarazoso silencio-. Estabais hablando de mí.
Pero su comentario era jocoso, y él mismo inició otra conversación. En ese momento, con un cuarto de hora de retraso, el camarero trajo los platos de Herman y Enrique. Gabriel empezó a salivar al oler las salsas que acompañaban al solomillo y al bacalao.
– Id comiendo, que se enfría -dijo-. No esperéis por mí.
Como era de esperar, Enrique se negó tan siquiera a coger los cubiertos por más que Gabriel insistió en lo contrario. Herman debió hacer propósito de imitar a su amigo, pero la buena intención le duró apenas quince segundos y enseguida se aplicó a la autopsia del solomillo.
– Oh, oh.
Al ver que fruncía el ceño, Gabriel auguró problemas.
– ¿Qué pasa ahora? -preguntó en tono resignado. Herman pinchó un trozo de carne y se lo enseñó a Gabriel.
– Le he dicho al camarero que quiero que el filete muja. ¿Se lo he dicho, o no se lo he dicho? ¿Vosotros me habéis oído?
Enrique y Gabriel reconocieron que sí.
– ¿Le veis pinta de mugir a esta carne?
Aunque no estaba quemado, el solomillo, de dos dedos de grosor, mostraba en el centro tan sólo una estrecha franja de color levemente rosado. Ni el comensal más optimista habría podido etiquetarlo como «poco hecho».
– Vamos, Herman, no es para ponerse así -dijo Enrique.
– Dame a mí el solomillo y te comes mi steak tartar -se ofreció Gabriel-. Más crudo que eso no vas a encontrar nada.
– ¡A mí no me gusta la carne cruda! ¡La quiero poco hecha, que no es lo mismo! ¡Por treinta euros tengo derecho a exigir matices!
Herman no hacía más que mirar hacia la puerta de la cocina, esperando que volviera a salir el camarero.
– Ahora, encima, tendré que esperar a que venga ese incompetente. ¡Pues no estoy dispuesto!
– No creo que tarde tanto. Tiene que traer mi segundo -dijo Gabriel.
Sin hacerle caso, Herman se levantó de la mesa con el plato en la mano y empezó a llamar con los nudillos a la claraboya de la puerta que daba a la cocina.
– Oh, Dios mío, qué vergüenza -dijo Enrique, tapándose los ojos.
El camarero que los había atendido salió con cara de pocos amigos.
– ¿Qué ocurre, señor? ¿Algún problema?
– ¿Cómo que qué ocurre? ¿Te acuerdas de cómo te pedí el solomillo?
– Perdón, señor, si me deja pasar…
El camarero, que llevaba en la mano izquierda el plato con el tartar, intentó sortear a Herman. Pero éste se movió a un lado y lo interceptó con su corpachón.
– ¡Muy poco hecho! ¡Y subrayé el «muy»!
– Señor, si no le importa, tengo que hacer mi trabajo.
– Ah, ¿ahora pretendes hacer tu trabajo? ¿Ahora?
El camarero, desesperado de abrirse paso por las buenas, extendió la mano derecha para apartar a Herman.
Fue un error. Herman lo agarró por la muñeca y, en un movimiento increíblemente fluido para su corpulencia, cerró la llave sobre el hombro con la otra mano. Se oyó un crujido de huesos, y en un abrir y cerrar de ojos el camarero apareció estampado contra una pared, el plato acabó hecho añicos en el suelo y el steak tartar de Gabriel desparramado como comida para perros.
De pronto, Herman pareció darse cuenta de lo que había hecho y retrocedió unos pasos. El camarero, que había caído sentado, se levantó agarrándose la muñeca.
– ¿Qué coño has hecho, animal? ¡Me la has dislocado!
Herman se volvió hacia Gabriel.
– El me ha agredido. Lo habéis visto. Yo sólo he repelido la agresión. Es un gesto automático en artes marciales.
Al ver que la ira se había desvanecido, Gabriel agarró a su amigo del codo y tiró de él. Los batientes de la puerta volvieron a abrirse y apareció Vassily, el dueño del local, blandiendo un cuchillo de carnicero. Era un tipo enjuto, con el pelo muy rubio y corto y los ojos de un azul tan claro que daban miedo. Sobre todo si estaban abiertos de ira como ahora.
– ¡Tú, fuera de aquí! -dijo, señalando con el cuchillo a Herman. Luego se volvió hacia Gabriel y Enrique-. ¡Y tú y tú, también! ¡Todos, fuera de aquí, españoles gilipollas!
Enrique, muy colorado, se levantó y dejó dos billetes de cincuenta junto a su bacalao, que seguía intacto en el plato.
– ¡Que no os vuelva a ver aquí! ¿Habéis entendido? ¡No volváis a asomar cara vuestra por restaurante!
Al pasar junto a la mesa, Gabriel cogió los billetes y se puso a pensar a toda velocidad. ¿A quién se los estaba quitando, a su amigo o a Vassily? Enrique ya se había desprendido de ellos como pago por la cena interrumpida, ergo como símbolo de intercambio ya no le pertenecían. Habían entrado a formar parte de la economía de Vassily el ruso. El mismo personaje que les estaba prohibiendo la entrada en su restaurante in aeternum y al que, probablemente, Gabriel no volvería a ver.
De modo que se guardó los cien euros en el bolsillo mientras seguía a Enrique.
En los dos comedores más cercanos a la puerta exterior había varias mesas ocupadas cuyos comensales se giraron para ver la retirada, no demasiado digna, del trío. Enrique trataba de taparse el pecho para que no se viera el logo luminiscente de MORPHEUS y no dejaba de musitar: «Qué bochorno, qué bochorno». Cuando salieron del restaurante, cruzó la calle y no paró de andar hasta llegar a la siguiente esquina. Allí recompusieron filas.
– Esta vez sí que te has superado -dijo Gabriel. No estaba avergonzado como Enrique, sino furioso porque apenas había conseguido meterse cincuenta calorías en el cuerpo.
– Él me ha agredido, lo habéis visto. La culpa ha sido suya.
– ¡Qué demonios va a haberte agredido! Lo único que quería era quitarte de en medio para pasar.
– Bueno, todavía podemos ir a comer unas raciones al Luque. Os invito yo, ya que os empeñáis en echarme la culpa.
En ese momento, recuperada la cobertura, el teléfono de Gabriel sonó. Tienez un videomenzaje, gorunko. Lo miró de reojo, sin prestarle mucha atención, pero al darse cuenta del nombre que aparecía en pantalla se quedó tan extrañado que volvió a comprobarlo.
Celeste del Moral. Era una amiga psiquiatra con la que había estado liado una temporada, poco después de divorciarse. ¿Cuánto había pasado de aquello? Nueve o diez años. Desde entonces, sólo se habían visto un par de veces, y siempre acompañados por otras personas.
– Esperad un momento -dijo.
Se apartó unos pasos. Herman seguía explicando que todo había sido un automatismo provocado por el movimiento del propio camarero. Enrique, que nunca quería hurgar en las heridas ajenas, decía que sí, que lo comprendía, pero que se olvidara ya de aquel asunto tan desagradable.
En el videomensaje, Celeste aparecía con el pelo suelto sobre el cuello de una bata blanca. De pronto se había vuelto rubia, pero no le quedaba mal.
– Gabriel, tengo algo que creo que te puede interesar. Una mujer de ochenta años, demenciada y en fase terminal de Alzheimer, ha empezado a hablar en sueños en un idioma desconocido.
Celeste hizo una pausa ante la cámara de su teléfono y sonrió.
– Y esto es lo que te llamará la atención, don «Investigador de lo oculto». De las palabras que dice, sólo hay una que entiendo. Atlántida. Llámame cuando quieras. Chao.
En el cerebro de Gabriel se encendió un diodo luminoso:
Atlántida.
Gabriel había pensado en la Atlántida al leerle las cartas a Iris y al acordarse de Valbuena. Ahora, el nombre del continente perdido se le presentaba por tercera vez en el mismo día. ¿casualidad?
«Algo me dice que mi suerte va a cambiar», se dijo. Quería pensar que para bien, pero lo cierto fue que sintió un escalofrío.
Era de suponer que Celeste lo llamaba porque él había escrito Desmontando la Atlántida y otros mitos. En realidad, sólo había dedicado a la Atlántida un capítulo de poco más de diez páginas, pues nunca le había concedido demasiada importancia a aquella historia. Pese a las enseñanzas de Valbuena, estaba convencido de que la Atlántida no era más que un invento de Platón, un juego intelectual que con el tiempo había hecho correr tantos ríos de tinta que casi se había convertido en una broma pesada.
Que una anciana con la mente devastada soñase con la Atlántida tal vez no significara nada. Si la buena señora había sido aficionada a las lecturas esotéricas, el nombre «Atlántida» podía habérsele grabado en la memoria. Por eso ahora brotaba de sus labios, mezclado con balbuceos inconexos que alguien podría tomar por un idioma desconocido.
Pero Celeste era una persona inteligente y de pensamiento compacto, poco dada a fantasías. Como psiquiatra, debía haber visto de todo. Si ella pensaba que allí había algo interesante, sin duda tenía razones fundadas.
Quizá se debía al desazonante sueño de la noche anterior, al momento de comunicación mental con Iris o a la acumulación de referencias y recuerdos sobre la Atlántida en un mismo día. O, simplemente, a que estaba a dos velas y necesitaba sacar dinero de cualquier parte. Lo cierto era que Gabriel se encontraba en un estado de lo más receptivo, así que, mientras caminaba tras sus amigos de regreso a sus cuarteles de invierno en el Luque, llamó a Celeste.
– ¡Hola! -contestó una voz alegre tras apenas tres pitidos-. No esperaba recibir tu llamada tan pronto.
«Porque siempre has sido un impresentable y un informal», comunicaba el subtexto.
– Te habría contestado incluso antes, pero es que el restaurante no tenía cobertura.
– ¡Qué excusa más buena para no coger el teléfono!
«Cuando uno tiene mala fama, no hay remedio», se resignó Gabriel.
– He visto en el mensaje que llevabas la bata. ¿Estás de guardia? Por cierto, se te ve estupenda.
– Gracias. Pues sí, estoy de guardia este fin de semana. Trabajo en la clínica Gilgamesh. Cuando quieras, puedes venir a verme.
– ¿Qué te parece ahora mismo?
– ¡Caramba! Sí que te interesa la Atlántida. Te mando la dirección.
Gabriel no sabía muy bien en qué podía desembocar aquello. Pero si el caso de aquella anciana con Alzheimer resultaba interesante, o al menos lo parecía, tal vez podría sacarle provecho.
Recordó la melodramática frase de Alborada: «Para volver a trabajar en televisión tendrás que hacerlo por encima de mi cadáver».
Cierto era que Gabriel no había dejado muy buena fama en el mundillo de la comunicación. Demostrar en directo que los poderes telepáticos de una estrella mediática como Sbarazki eran una patraña no había sido una de sus mejores ideas. Pero todo se olvida, y los medios tan poderosos como Kosmovisión siempre tenían enemigos. Alguno de ellos podía darle trabajo si le llevaba un reportaje interesante.
– Chicos, me voy a casa -dijo a sus amigos cuando ya se veía el cartel luminoso del Luque. La calle estaba llena de grupos que salían de cenar o de tomar cañas y se dirigían a los locales de copas.
– ¡Pero tío, que llevamos un montón sin verte! -dijo Herman.
– Estoy hecho polvo, de verdad. Anoche no pegué ojo. Pero no has comido nada -dijo Enrique-. Por lo menos pica algo.
– Tranquilo, se me ha quitado el hambre -respondió Gabriel, aunque tenía un agujero negro en el estómago.
De pronto se le ocurrió algo. Fuera verdad o mentira la existencia de la Atlántida, había una persona que lo sabía todo sobre ella: Valbuena.
– Herman, tú sigues en el Socialnet del instituto, ¿verdad?
– ¿Qué marrón me quieres colocar ahora? -Averigua si nuestro querido profesor Valbuena sigue vivo.
– ¿Para qué demonios quieres saberlo? -preguntó Herman sin pensar. Luego añadió-: Ah, es por lo de la chica islandesa…
Gabriel habría querido fulminarlo con los ojos. Pero Enrique también le estaba mirando, así que interrumpió a Herman antes de que revelara más.
– Tú búscalo. No creo que esté en el Socialnet, pero seguro que hay algún antiguo profesor que te puede dar su dirección.
– ¿Por qué no entras tú mismo?
– Porque yo no estoy en el Socialnet.
– Pues apúntate -respondió Herman, y añadió con cierto retintín-: Es gratis.
– ¿Para qué? ¿Para humillar a todos mis ex compañeros cuando vean que soy el único de la clase que ha triunfado en la vida? Mañana te llamo para preguntarte.
Gabriel se despidió con un cabeceo de Herman. Este no dejaba de refunfuñar, pero Gabriel estaba seguro de que lo primero que haría al día siguiente sería entrar en el Socialnet para buscar la información que le había pedido.
A Enrique le estrechó la mano, y al hacerlo le dio los cien euros que había recogido de la mesa, mientras pensaba: «Mira que soy idiota».
– ¿Qué haces?
– Si te parece, después de que el ruso nos haya amenazado en plan Jack el Destripador todavía le dejamos propina.
Enrique meneó la cabeza, pero se guardó el dinero. Después rebuscó en su bandolera y le dio a Gabriel un paquetito envuelto en papel burdeos.
– ¿Y esto?
– Feliz cumpleaños.
Enrique se dio la vuelta y se alejó hacia el Luque, siguiendo a Herman. A Gabriel le pareció ver que se había vuelto a poner colorado.
Madrid, la Castellana.
Una de las normas del código Alborada era: «Controla siempre la situación». Pero ahora, mientras subía en el ascensor privado que llevaba al ático de Sybil Kosmos, Alborada se dio cuenta de que no tenía la menor idea de lo que iba a ocurrir en los próximos minutos. Mucho se temía que no dependía de él. Todo se le había ido de las manos después de aquello.
Cuando se abrió el ascensor, el hombre que le había llamado le estaba esperando.
– Adriano Sousa -se presentó, estrechándole la mano.
– Creí que lo conocía ya -aventuró Alborada-. Pero cuando le he visto en el móvil me ha despistado.
– ¿Se refiere usted a esto? -preguntó Sousa, señalándose los dientes.
Alborada asintió. El hombre que conducía la limusina de SyKa era idéntico al que tenía delante, pero tenía implantes de cristal bioluminiscente en la dentadura.
– A quien vio fue a Fabiano, mi hermano.
– ¿Gemelos?
– Nuestra madre era la única que nos distinguía. Decía que yo era el Sousa Malo, y él el Sousa Peor.
Alborada sonrió como si aquel comentario fuera una broma. Pero Adriano Sousa, el Malo, tenía aspecto de ser un hombre muy peligroso, lo cual le hizo preguntarse cómo sería el Peor.
– Acompáñame al living, por favor.
El llamado living era un salón de casi cien metros cuadrados. Las paredes estaban pintadas de blanco y decoradas con cuadros que, calculó Alborada en un rápido barrido, debían valer entre cinco y diez millones de euros. En el centro había una estantería con antigüedades griegas y egipcias. Sin duda eran auténticas, pero ignoraba su cotización.
Adriano le ofreció algo de beber. Alborada pidió agua mineral mientras esperaba a Sybil. La puerta del baño más cercano al salón estaba entreabierta y se oía correr el agua en la ducha.
Pasados los cuarenta años, Alborada consideraba que se había ganado el derecho a no esperar por nadie. No era la primera vez que abandonaba la antesala de alguien que se creía un pez gordo por hacerle aguardar más de dos minutos.
Pero con Sybil Kosmos era diferente. Alborada podía conseguir reservas de un día para otro en los restaurantes más exclusivos, y los presidentes de las compañías y los secretarios de estado le cogían el teléfono. A SyKa tan sólo le hacía falta aparecer por la puerta para que el maître perdiera el trasero buscándole mesa, y eran ministros y jefes de estado quienes la llamaban a ella.
Además, hablando en plata, Sybil lo tenía cogido por los huevos.
Se oyó el deslizar metálico de la mampara al abrirse y después el zumbido del secador. Sybil salió del baño poniéndose una bata. Terminó de cerrársela en el mismo instante en que cruzaba la puerta, ofreciéndole a Alborada una fracción de segundo de cuerpo desnudo.
«Qué exhibicionista», pensó. Sybil medía uno sesenta y cinco, pero sus miembros estaban tan proporcionados que parecía más alta, efecto que procuraba reforzar usando tacón hasta en las zapatillas de baño. Tenía el pelo de color cobre, los ojos muy oscuros y algo juntos, la nariz ligeramente aguileña y los labios carnosos. Por separado no eran rasgos perfectos. Sin embargo, las cámaras la adoraban. Y su efecto en vivo resultaba aún más devastador.
Pero lo que más sorprendió a Alborada era que, tan sólo siete días después, en su rostro no quedaba la menor huella de los golpes.
Alborada había conocido personalmente a Sybil tres semanas antes, cuando asistió a su primera reunión como miembro del consejo directivo de Kosmovisión. Alguien llamó para decirle que no llevara coche, que pasarían a buscarlo.
Cuando la limusina llegó a la puerta de su casa, el chófer bajó y le abrió. Alborada recordaba haber pensado que aquel tipo tenía aspecto de matón, y cuando le sonrió luciendo unos dientes de cristal que brillaban como bengalas de colores, pensó que era como un malo de película. «Fabiano Sousa, el Peor», se apuntó ahora.
En la parte trasera de la limusina iba sentada la mismísima SyKa. Mientras el coche se dirigía a la Torre de Cristal, donde se encontraban las oficinas de Kosmovisión en Madrid, Sybil, sin tan siquiera presentarse, se arrodilló delante de Alborada y le abrió la bragueta.
Durante un par de segundos, Alborada tuvo la tentación de dejarse hacer. ¡Una felación de Sybil Kosmos, nada menos!
Probablemente, las cosas le habrían ido mejor de haberlo permitido.
– No, por favor.
El se subió de nuevo la cremallera y se deslizó a un lado en el asiento. Agarrar a la joven millonaria de la cabeza para apartarla de su entrepierna le habría parecido excesivo.
Sybil lo miró con un destello de ira en los ojos. Fue una fracción de segundo, pero provocó en Alborada una punzada de miedo que le subió desde los riñones hasta la nuca y que ni él mismo comprendió. De alguna manera, se dio cuenta de que era un temor innatural.
– ¿Por qué no? -preguntó ella.
– Estoy casado.
– ¿Y eso qué tiene que ver?
La joven se lo preguntó con incredulidad e incomprensión totales, como si Alborada le hubiera dado alguna razón peregrina: «No me puedes hacer una mamada porque la ballena azul está en peligro de extinción».
– Soy fiel a mi mujer.
– ¿Siempre lo eres?
– Estoy comprometido con ella. Y siempre soy fiel a mis compromisos.
Sybil se sentó junto a la puerta y se recompuso la falda, que se le había arremangado al arrodillarse.
– Me habían dicho que eres muy íntegro. Un hombre de una sola pieza.
– Así me gusta considerarme -respondió él, con cierta vanidad-. Siempre he seguido mi propio código.
– Un hombre de una sola pieza… -repitió Sybil, mirando por ventanilla con aire ausente.
Alborada no sospechó entonces que desde ese mismo momento SyKa había empezado a planear su demolición.
El 24 de abril, dos semanas después de su primer encuentro, Sybil lo había citado en su despacho de la Torre de Cristal. Alborada sospechaba que quizá intentaría seducirlo de nuevo, pero venía mentalmente preparado. No porque la joven SyKa no lo atrajese. Como cualquier otro varón, sentía impulsos sexuales por otras mujeres, y no sólo por la suya. Pero el código Alborada le prohibía permitir que los impulsos primarios guiaran su conducta. Eso se lo dejaba a los tarambanas con complejo de Peter Pan como Gabriel Espada.
Sybil estaba apoyada en el ventanal. Eran las cinco de la tarde de un día otoñal y el sol empezaba a declinar. Su luz hacía que el vestido malva que llevaba la joven se transparentara ligeramente.
Cuando oyó los pasos de Alborada, Sybil dejó sobre el escritorio la copa de champán que estaba bebiendo y se acercó a él contoneándose.
– Quiero pedirte disculpas por lo que te hice el otro día en la limusina. Respeto a los hombres íntegros.
Olía a perfume de violetas, y a algo más que flotaba en el aire como una nube fantasmal en forma de mano.
– Mejor dicho, respetaría a los hombres íntegros si hubiera conocido a uno solo en mi vida -prosiguió Sybil-. No creo que tú seas tan honesto como crees.
Sybil Kosmos era directora general de Kosmovisión, una mujer que cortaba cabezas pulsando una sola tecla de su móvil. Pero en ese momento Alborada no fue capaz de pensar en la empresa, ni en su carrera profesional, ni siquiera en la ley.
De pronto las ingles le ardieron de lujuria. Eso lo habría podido comprender. Lo que no entendía era el odio irracional que se había apoderado de él. Sólo quería borrar la sonrisilla condescendiente del rostro de aquella niñata rica.
– Te vas a burlar de quien yo te diga -dijo, y le dio un bofetón.
El golpe fue tan violento que restalló como un trallazo y ladeó la cabeza de Sybil. La joven se llevó la mano al labio, que empezó a sangrar al momento, y lo miró con un genuino gesto de terror.
– ¿Qué demonios pretendes?
«¿Demonios?», pensó Alborada. Esa era la palabra apropiada. De pronto se sentía poseído por algo o alguien que, desde luego, no era él. Era como si unos dedos invisibles hurgaran dentro de su cuerpo y arrancaran emociones primarias y violentas de sus mismas vísceras, como si los hilos de un titiritero escondido manejaran sus miembros a su antojo.
Cuando se quiso dar cuenta, tenía a Sybil en el suelo. Con una fuerza que ni él mismo sabía que poseía, le desgarró el vestido de arriba abajo, riiiiiiiip.
– ¿Qué estás haciendo? -dijo ella.
«La estás violando», se contestó él mismo. «Crimen. Cárcel». Pero no podía detenerse, sólo quería poseerla con la mayor humillación posible, hacerle daño y escuchar su llanto y sus gritos. Cuando terminó, su orgasmo fue casi sobrenatural, tan intenso que le dolió como si le hubieran clavado un tizón en las entrañas.
Y, de pronto, el odio y el deseo habían desaparecido. Sólo vio a una muchacha desnuda, tendida sobre los restos de su propio vestido, con el cuerpo lleno de contusiones y marcas de dientes en los pechos. Alborada comprendió de golpe la enormidad de lo que había hecho, se levantó, se colocó la ropa como mejor pudo y huyó de allí.
Antes de salir por la puerta un extraño impulso, como un imán que atrajera la carne, le hizo volverse. Sybil se había puesto en pie y le miraba, con los brazos cruzados sobre sus pechos desnudos. Pero no era un gesto para protegerse. Aunque tenía el rostro ensangrentado, SyKa estaba sonriendo.
«Sólo he hecho lo que ella quería», se dijo.
Desde ese momento, Alborada comprendió que se había convertido en esclavo y rehén de Sybil Kosmos.
Alborada sacudió la cabeza, pero no consiguió ahuyentar de su mente la escena.
«Yo no soy culpable», se repitió. Durante lo que mentalmente llamaba aquello no había sido dueño de sus actos. Por supuesto, era lo mismo que alegarían muchos violadores. Pero Alborada sabía que lo que le había ocurrido no tenía nada que ver con sus propios impulsos.
Cuando pensaba en ello -algo que intentaba evitar, en vano-, se decía que no había sido exactamente una posesión mental, porque en el interior de su cerebro sus pensamientos seguían siendo independientes. Pero un instinto animal que parecía salir de sus entrañas se había apoderado de su cuerpo, y un torrente de emociones primarias y tan intensas como un ciclón tropical había dominado sus actos.
Ignoraba cómo lo había hecho Sybil. Lo que sí sabía era que no podía ser natural.
Y también sospechaba el motivo de que Sybil lo hubiera manipulado para convertirlo de repente en una bestia viólenla y lasciva. «Eres un hombre de una pieza», le había dicho ella en la limusina. Probablemente hablaba en serio y creía que él era alguien íntegro y fiel a su propio código.
Y por eso mismo, como un niño caprichoso y malvado que ve a otro construir en la playa un hermoso castillo de arena, Sybil se había empeñado en destruirlo.
Cosa que conseguiría si divulgaba el vídeo que el Sousa Malo le había enviado al móvil.
Ahora, Sybil se acercó a él, vestida con una bata de seda.
– Perdona por sacarte de casa a estas horas, Alborada.
– No importa. Pero te advierto de antemano que no soy experto en criptografía ni documentos antiguos.
Sybil se acercó más a él y estiró el cuello para darle un rápido beso en los labios. Alborada sintió un arrebato de cálida ternura que no se correspondía en absoluto con lo que estaba pensando.
«Me está manipulando de nuevo», se dijo. ¿Cómo lo hacía? ¿Tenía algún aparato electromagnético que inducía estados de ánimo o se trataba de un don natural?
– El Códice no tiene tanta importancia. En realidad, estoy buscando a una persona. El dueño de este libro.
La televisión del salón se encendió. La imagen que apareció en pantalla era de un manuscrito antiguo. Alborada se acercó, y comparó las letras con las capturas del códice Voynich que había guardado en el móvil.
– Es la misma caligrafía, desde luego-dijo.
Lo más curioso era la ilustración. Una isla con un volcán en el centro, y bajo el volcán una pirámide rematada por una cúpula amarilla. Sobre la pirámide, un sacerdote le arrancaba el corazón a una víctima, ante la atenta mirada de un hombre con cuernos en la cabeza y una mujer vestida con una falda de campana.
Por alguna razón, sintió un escalofrío, como si aquel dibujo representara una amenaza real para él.
– ¿Qué significa esa ilustración?
– Es la Atlántida poco antes de su hundimiento.
– ¿Qué tiene que ver la Atlántida con el Códice Voynich?
– Que la persona que lo escribió es un superviviente de la Atlántida.
Alborada miró a Sybil a la cara para saber si hablaba en serio.
«De verdad se cree lo que me está diciendo», concluyó.
– ¿Quieres que lo entrevistemos para que diga: «Yo sobreviví a la Atlántida»? Yo ya no trabajo en Ultrakosmos. Si tu idea es que le…
– Ese hombre tiene algo que me pertenece. Quiero que vayas a buscarlo y lo traigas aquí.
– ¿Dónde?
– Estados Unidos.
– ¿No puedes precisar más?
– Lo sabrás en su momento.
Alborada se volvió hacia el Sousa Malo, que aguardaba a unos pasos con los brazos cruzados. Después miró de nuevo a Sybil y bajó la voz.
– ¿Por qué debo ir yo? Soy un ejecutivo, no un ejecutor. Seguro que conoces gente mucho más persuasiva y eficaz que yo.
– Es un asunto importante para mí, Alborada. No puedo confiar en cualquiera. Y tú me dijiste que eras un hombre de principios. Sé que me puedo fiar de ti.
Sybil se acercó más a él. A Alborada le pareció sentir, a través del aire, la tibieza de su piel bajo la bata.
– Aquello no tuvo importancia -susurró, como si le hubiera leído la mente-. Ven conmigo ahora. Te daré lo que cogiste por la fuerza, y mucho más.
Sybil lo tomó de la mano y tiró de él hacia la puerta de su alcoba. Aunque por el momento no había vuelto a utilizar su extraño poder, Alborada decidió que era inútil resistirse.
Antes de llegar al dormitorio, Sybil se soltó la bata, que resbaló sobre su cuerpo. Alborada se volvió y vio que Adriano Sousa estaba mirando. Debía estar ya muy acostumbrado a esas escenas, pero él se sintió avergonzado. Esto no está bien», se dijo. «Soy un hombre casado».
Era mejor olvidar sus principios por un rato.
– Si quieres que haga bien las cosas -dijo mientras entraban a la habitación-, tendrás que darme más información, Sybil. ¿Qué tiene ese hombre que te pertenece?
La joven se volvió y le sonrió.
– Algo diminuto y muy valioso, Alborada. Se trata de ADN.
Alborada se quedó sorprendido. ¿ADN?
Pero no tardó mucho en olvidar las palabras de Sybil. Lo que ocurrió en aquella alcoba hizo que la violación anterior pareciera un juego de niños.
Clínica Gilgamesh, al norte de Madrid
El taxi tomó una salida lateral de la carretera de La Coruña poco antes de llegar a Villalba. Después paró ante la clínica Gilgamesh.
– Son ochenta y cuatro euros, señor.
«Para qué le habré devuelto el dinero a Enrique», pensó Gabriel.
– Por ese dinero, podría haberme ido a la playa en tren.
– Es la tarifa.
Cuando Gabriel dejó en la bandeja dos billetes de cincuenta, el taxista los miró como si le hubiera ofrecido una muestra de heces.
– ¿No tiene electrocash o tarjeta, señor?
– Lo siento. La policía me tiene bloqueadas las cuentas.
Gabriel se acercó a la mampara de plexiglás y añadió en susurros:
– Tráfico de armas.
– Señor, este taxi incorpora una cámara conectada con la policía.
– ¡Pues dese prisa! ¡Cóbreme antes de que aparezca el coche patrulla!
A regañadientes, el taxista le devolvió un billete de diez, otro de cinco y un euro en calderilla. Gabriel, que no estaba para dispendios, lo recogió todo y salió del coche.
La clínica Gilgamesh era una instalación de aire moderno, con dos edificios de tres plantas unidos por un pabellón alargado. Los techos estaban sembrados de placas fotoeléctricas y las ventanas también eran solares. Ahora emitían una suave luminiscencia azul; una manera de malgastar la energía acaparada durante el día, pero ofrecían una imagen muy vistosa. «Aquí hay dinero», pensó Gabriel.
Se acercó a la verja de entrada y llamó al portero automático. En la pantalla apareció el rostro moreno de una empleada de seguridad.
– Vengo a ver a Celeste del Moral.
– ¿Su nombre?
– Gabriel Espada.
La mujer tecleó algo en una terminal y, al cabo de un rato, dijo en tono adusto:
– Espere un momento. La doctora del Moral saldrá a buscarle.
«Qué hospitalidad». Gabriel se arrebujó en la cazadora. El viento parecía arreciar cada vez más y traía consigo la seca gelidez de la sierra. No debía haber mucho más de diez grados. Se metió las manos en los bolsillos y encogió los hombros. Enrique le había regalado en navidades uno de sus gadgets, unas bolsitas de nanotejido que se guardaban en los bolsillos y que, al apretarlas varias veces, desprendían un calor muy agradable. Quién le iba a decir que le habrían venido bien en el mes de mayo.
Se acordó de que Enrique le acababa de dar otro regalo. Abrió el paquete y dentro encontró un llavero plateado. Tenía un botón y una especie de pantalla circular. Gabriel pulsó el botón y, para su sorpresa, apareció ante él, flotando en el aire, un holograma de la Tierra de unos dos palmos de diámetro. España y Europa estaban sumidas en las sombras, pero en la parte occidental de América aún no había anochecido. Conociendo a Enrique, el holograma estaría recibiendo en aquel preciso instante datos en tiempo real de toda una red de satélites.
«Es preciosa», pensó, extasiado ante el majestuoso giro del planeta virtual.
La Tierra. La Gran Madre.
«Creo que los humanos vamos a desaparecer de la faz de la Tierra».
Por una parte, a Gabriel le había gustado tanto la joven islandesa que deseaba creerla y no pensar que se trataba de una histérica con arrebatos paranoicos.
Por otra, de aceptar sus palabras, el fin del mundo era inminente. Una perspectiva poco prometedora. Aunque en los últimos tiempos Gabriel había pensado más de una vez «que paren el mundo, que me bajo», los detalles desagradables concretos que podían acompañar a una catástrofe global -frío glacial, hambrunas, guerras, canibalismo- no le atraían en absoluto.
Mientras esperaba a Celeste, Gabriel activó una búsqueda con las palabras clave «alerta», «volcanes» y «cámara de magma». Después refinó resultados y comprobó que varios artículos científicos mencionaban actividad geológica no sólo en los Campi Flegri de Nápoles, como había visto por la mañana en el tren, sino también en otros volcanes de Estados Unidos, Japón y Java. En las primeras frases se repetían términos como new magmatic injections, que hablaban por sí solos, o resurgent domes, que se referían a cúpulas de lava cada vez más altas. Sin embargo, nadie parecía estar poniendo en común esos datos. ¿Existía algún tipo de autocensura o de silencio oficial para evitar un pánico general?
Tal vez no fuese algo voluntario. Recordó unas líneas de La llamada de Cthulhu que se le habían quedado grabadas. Según Lovecraft, los humanos vivimos engañados en una isla de ignorancia y evitamos juntar los fragmentos dispersos de nuestro conocimiento, porque la visión total de la realidad que descubriríamos bastaría para enloquecernos.
Un fantasma pálido apareció en la periferia de su visión. Gabriel casi dio un respingo, pero al apartar la vista del móvil comprobó que no era ninguna criatura lovecraftiana, sino Celeste, que venía andando hacia la verja. El viento hacía revolotear su bata blanca y le agitaba el cabello teñido de rubio. Lo que más le llamó la atención era que cojeaba y se apoyaba con el brazo derecho en una muleta de codo. Algún problema con el menisco o los ligamentos de la rodilla, pensó. A Celeste siempre le había gustado el deporte, jugaba muy bien al tenis y el pádel, y esquiaba siempre que podía. «Ya no tenemos edad para ciertas cosas», pensó Gabriel.
Estudió su figura con ojo crítico. Las caderas se veían un poco más anchas. Comprensible después de tener dos hijos.
Gabriel no los conocía. Tampoco había asistido a su boda. Habría sido una situación incómoda. Había empezado a acostarse con Celeste cuando ella, que por entonces llevaba el pelo de color natural, empezaba a plantearse romper con Pedro, su pareja. Se trataba de la típica crisis de los treinta que Gabriel había utilizado durante la lectura en frío de Iris. Sólo que, en el caso de Celeste, ella había salido de su encrucijada vital reforzando su relación. Al menos, desde el punto de vista legal.
En parte, si Celeste había emprendido la huida adelante casándose con su novio era porque Gabriel no se había atrevido a seguir con ella. Una noche, después de hacer el amor, Celeste encendió un cigarrillo, se tumbó boca arriba en la cama y le dijo:
– Se lo he contado todo a Pedro.
Aquello hizo dar marcha atrás a Gabriel, y más aún cuando ella añadió: «Te quiero». Una de Las primeras cosas que ella y Gabriel habían pactado era que estaba prohibido enamorarse. Típicas palabras que a la larga nunca servían para nada.
Celeste plantó la mano izquierda sobre una cerradura dactilar y la verja se abrió. Después aguardó sin trasponer el límite, mientras trataba de arreglarse el peinado. Ahora comprendía Gabriel por qué había tardado tanto en aparecer. Venía maquillada como quien sale a cenar, no como quien tiene guardia en una clínica.
– Tienes buen aspecto -dijo ella.
– El tuyo es mucho mejor que bueno -respondió Gabriel, con sinceridad.
Se besaron. Ella seguía haciéndolo igual que cuando se conocieron en aquella fiesta: le besó en las mejillas, pero rozándole las comisuras de los labios. Olía al mismo perfume de Verino que usaba diez años antes, y Gabriel se dio cuenta al instante de que seguía habiendo química entre ambos.
«Danger, danger, danger», le avisó su alarma interior.
– Hace frío -dijo Celeste, apoyando un momento la muleta en la verja para cerrarse mejor la bata-. Vamos dentro.
Cuando vio que volvía a coger la muleta, Gabriel se decidió.
– ¿Cómo ha sido, esquiando o jugando al tenis?
– Oh, no pasa nada. Ya está mucho mejor. Voy recuperando poco a poco, con rehabilitación.
Atravesaron un camino asfaltado con una especie de tartán rojizo y rodeado por un jardín muy cuidado. Las puertas de cristal se abrieron. Al ver a Gabriel junto a Celeste, la guardia de seguridad le saludó con más amabilidad.
– Si hubieras venido mejor vestido, a lo mejor te habría dejado pasar -susurró Celeste con una sonrisa traviesa.
Todo en el vestíbulo se veía nuevo, luminoso y de tonos alegres. Más que un centro para estudios geriátricos podría parecer una maternidad. Había mármol brillante, cuadros minimalistas de colores vivos y un par de estructuras retorcidas de metal plateado que quizá representaran algo. O quizá no.
– No conocía esta clínica -dijo Gabriel.
– Pertenece a la fundación del mismo nombre. El Proyecto Gilgamesh nació para combatir la mayor enfermedad del siglo XXI: el envejecimiento. Este es su primer centro en España, y uno de los más importantes que tiene en el mundo.
– Gilgamesh era un héroe babilonio, ¿no?
– Sumerio -le corrigió Celeste mientras llamaba al ascensor-. Gilgamesh tenía tanto miedo a la muerte que atravesó el mundo buscando al único hombre inmortal, un anciano llamado Utnapishtim que había sobrevivido al diluvio universal.
Al oír mencionar aquella catástrofe mítica, Gabriel tuvo una sensación de deja vu. La puerta del ascensor se abrió. Celeste siguió hablando, de forma casi automática. Debía de ser un discurso ensayado para los visitantes a los que querían sacar donativos.
– Utnapishtim le dijo que no podía enseñarle el secreto de la vida eterna, pues él sólo era inmortal por voluntad de los dioses. A cambio, le hizo un regalo: una planta con la que podía recuperar la juventud.
– Qué detalle.
– Nosotros intentamos hacer lo mismo. De momento, no tenemos una fórmula mágica para convertir a los humanos en inmortales. Pero podemos paliar los efectos de la vejez mientras esa fórmula llega.
– ¿Cuántos años vivió Gilgamesh?
– Por desgracia, cuando se estaba bañando una serpiente le robó la planta. Por eso las serpientes se renuevan cambiando la piel. -Celeste sonrió con cierta melancolía-. La mayoría de la gente no me pregunta el final de la historia. Me la has estropeado un poco.
Salieron del ascensor en el piso 3 y recorrieron un pasillo impoluto, decorado con más cuadros minimalistas y con plantas.
– Parece que aquí hay dinero.
– Lo hay. Uno de nuestros principales patrocinadores es Spyridon Kosmos. Tiene casi noventa años, así que está más que interesado en que hallemos cuanto antes una forma de detener el envejecimiento. Aunque no creo que a él le llegue a tiempo.
– Spyridon Kosmos. Qué curioso -murmuró Gabriel. Habían hablado de él esa misma noche. Las coincidencias parecían acumularse.
– ¿Por qué lo dices?
– Por nada. Pero entonces no tenéis dinero sin más, sino muchísimo dinero.
– ¿Te molesta?
– ¿Y por qué iba a molestarme?
– Hay gente que critica que se invierta dinero en estudios geriátricos. He llegado a leer artículos de periodistas que aseguran que existe un nuevo lobby de ancianos adinerados, y que por su culpa se desvían fondos que serían más útiles tratando otras enfermedades. Lo más gracioso es que esos tipos hablan como si no fueran a pasar por el mismo trance.
– A lo mejor pretenden suicidarse cuando cumplan los sesenta y cinco. Sería un gran alivio para el erario público.
– No lo sabes tú bien.
Se cruzaron con un enfermero, y Celeste cruzó unas breves palabras con él. Después, siguió dándole explicaciones a Gabriel, como si fuera un inversor ante el que justificara los gastos.
– Ya ha empezado a jubilarse oficialmente la vanguardia de nuestro babyboom. Ahora mismo hay un veinte por ciento de la población española que tiene más de sesenta y cinco años.
– Un país de jubilados.
– Todavía no. El grueso de los babyboomers se encuentra en edad de cotizar, como tú. De hecho, estrictamente hablando perteneces a la última generación del babyboom.
– Siempre llegué el último a todo.
– Lo cual significa que dentro de veinte años te tocará jubilarte.
«No sé de qué me voy a jubilar», pensó Gabriel.
– Para entonces -siguió Celeste-, nuestra pirámide de población parecerá más bien una seta. Además, el número de octogenarios superará al de mujeres de entre cuarenta y cinco y sesenta años.
– ¿Y eso qué tiene que ver?
– ¿Quién cuida a los ancianos? -preguntó Celeste, abriendo la puerta de la habitación 321.
«Las mujeres», pensó Gabriel, pero no dijo nada, temiéndose que le cayera de rebote algún comentario sobre la inmadurez o el egoísmo masculinos.
– En ese caso, no entiendo por qué tanto empeño en alargar la vida. No es que defienda la eutanasia, pero si me lo pintas tan negro…
– No se trata de prolongar la vida sin más. Lo que queremos es retrasar el envejecimiento lo bastante como para que todos tengamos vidas activas más largas.
– ¿Pretendéis hacerme trabajar hasta los setenta y cinco años?
– Aquí sólo hacemos milagros, Gabriel. Lo imposible se lo dejamos a Dios -dijo Celeste. «Touché», pensó Gabriel.
La habitación no era muy grande, pero se veía tan limpia y nueva como el resto del edificio. Había una cama con una mujer durmiendo, y una mampara extensible tras la que se recortaba la sombra de otro lecho.
– No se trata sólo de trabajar más años -dijo Celeste-, sino de que los ancianos puedan valerse solos durante más tiempo. De lo contrario, la Seguridad Social será inviable. Ahora mismo hay grandes dificultades para mantenerla en pie, y mucha gente se está quedando fuera del sistema. Como estas dos mujeres.
Se acercaron al pie de la primera cama. La mujer tenía la cara cubierta por una máscara blanca de un material brillante que la hacía parecer un androide de película de ciencia ficción.
– ¿Ésta es tu octogenaria con Alzheimer?
– No. Es una indigente a la que apalearon en un paso subterráneo. Después, por si era poco, le arrojaron ácido en la cara.
– Qué hijos de Satanás. -Por el moldeado que dibujaba la sábana sobre su cuerpo, Gabriel dedujo que no era ninguna anciana. De hecho, parecía tener buena figura-. No parece mayor. ¿Qué hace aquí?
– Tengo una amiga en Urgencias del Gregorio Marañón. Allí siempre están colapsados. Cuando mi amiga intentó averiguar quién era esta mujer, le fue imposible averiguar incluso su nombre. Tiene amnesia global. No sólo no se acuerda de nada de su pasado, sino que es incapaz de fijar los recuerdos recientes.
– ¿Síndrome de Korsakov? -Al ver que Celeste enarcaba las cejas, añadió-: Recuerda que empecé Psicología.
– Se parece mucho a un Korsakov. De hecho, sufre amnesia retrógrada y anterógrada. Pero el Korsakov auténtico suele ser resultado de alcoholismo crónico, así que esta mujer debería tener las transaminasas y otros indicadores por las nubes. Sin embargo, su sangre está limpia. Es un caso interesante.
– No acabo de entender qué pinta esta paciente en un centro de estudios sobre el envejecimiento.
– No es tan complicado de entender.
– Ilumíname.
– Mi papel en la clínica Gilgamesh es estudiar el deterioro de la memoria. Un Korsakov o un pseudoKorsakov en una persona joven pueden ayudarnos a comprender mejor los mecanismos del recuerdo y el olvido. Mi amiga sabe que me interesan esos casos, y por eso me ha derivado a esta mujer. Sólo lleva aquí tres días, pero cuando se cure un poco le pondremos los electrodos para monitorizar sus ondas cerebrales y le haremos una resonancia.
– Muy bien, madre Teresa. ¿Por qué no me enseñas a tu otra paciente, la que sueña con la Atlántida?
Pasaron al otro lado de la mampara. La mujer que dormía en la segunda cama era realmente anciana, y olía a la mezcla inconfundible de la edad y los hospitales, aunque la habían perfumado con una colonia de bebés que tenía un toque a limón.
– Se llama Milagros Romero. Alzheimer terminal, como te dije. Ni se levanta ni habla. Tampoco tiene medios económicos, así que ahora está bajo la tutela del Estado, que paga su estancia aquí gracias a un convenio con la clínica.
– ¿No tiene familia?
– Vivía con un hijo, su único pariente vivo, que sufría una psicosis depresiva y se tiró de un sexto piso.
Milagros tenía en la cabeza unos electrodos que monitorizaban su sueño y mostraban las ondas cerebrales en una pantalla situada sobre el cabecero de la cama.
– Éstas son ondas theta. Y esto de aquí son los complejos K -dijo Celeste, señalando unos picos que destacaban del trazado general-. Nos indican que Clara se encuentra en la fase 2 del sueño. Si ocurre como anoche, cuando entre en la fase 4 y aparezcan las ondas delta, empezará a hablar en sueños.
– Un momento. Si no recuerdo mal, el sueño se produce en la fase REM [3], no cuando uno está en la fase 4, durmiendo como un tronco.
Celeste sincronizó la pantalla con su móvil. El electroencefalograma quedó minimizado en una ventana lateral, mientras la imagen principal mostraba un vídeo de Milagros. Por la fecha, Celeste lo había grabado la noche anterior.
La cámara hizo un zoom muy rápido sobre los párpados de la anciana. Estaban cerrados y bajo ellos no se apreciaba movimiento ninguno de los globos oculares, como habría ocurrido en sueño REM. En un barrido que mareó a Gabriel -Celeste no tenía futuro como directora de cine-, La imagen se centró en el electro.
– ¿Ves? Ésas son ondas delta, así que cuando Milagros empezó a hablar estaba en la fase 4. El sueño más profundo de todos. Pero observa estos picos.
Alternando con las delta, que eran muy amplias, se veían episodios muy breves de ondas que parecían los dientes de una sierra diminuta.
– ¿Eso es normal?
– No. Nunca había visto esta mezcla de ondas -respondió Celeste-. Ahora, escucha lo que pasó.
La grabación volvió a centrarse en el rostro de la anciana, que había empezado a hablar. Lo que decía resultaba ininteligible, pero parecía un lenguaje articulado. A ratos cambiaba de tono, como si varios personajes dialogaran en su interior. Gabriel pensó en los endemoniados de la Biblia -«Mi nombre es Legión»- y sintió un escalofrío. Habia visto supuestos casos de posesión diabólica, pero esto era mucho más estremecedor.
– Impresiona un poco, ¿verdad? -dijo Celeste.
– Es como si hablara desde el más allá.
Celeste aceleró un poco la imagen.
– Vamos al minuto 16. Escucha esto.
Gabriel acercó la oreja al pequeño altavoz de la pantalla. Pudo distinguir por dos veces, claramente pronunciada, la palabra Atlántida, separada por diez segundos de más jerigonza incomprensible.
– A ver si sé resumirlo -dijo, enderezándose y apartándose un poco de la anciana-. Una mujer que hace semanas perdió la capacidad de hablar se dedica a soltar parrafadas en la fase más profunda del sueño, cuando según todos los manuales no debería ser capaz de soñar. Además, lo hace en un idioma desconocido y mencionando un lugar que nunca existió.
Así es. Investigue lo oculto, señor Espada. Es su trabajo. Yo no sé qué pensar.
– ¿Se lo has contado a alguien?
– No. Ya te he dicho que esta grabación la tomé anoche. Aún no lo he comentado con nadie, más que contigo.
– ¿Has hecho dos guardias seguidas?
– Y hasta tres. -Celeste puso cara de circunstancias-. Quiero mudarme de casa.
– Entiendo. Así que a tu marido le toca cuidar de los niños.
Celeste suspiró. Gabriel observó que apretaba la empuñadura de la muleta con fuerza, hasta que los nudillos se le ponían blancos.
En ese momento, el móvil de Celeste emitió un pitido.
– Perdona, tengo que dejarte un momento.
– Tranquila. Si alguna de las dos sufre una crisis le haré un bypass modular sinérgico. Es mi especialidad.
– No lo dudo. -Celeste le tiró de la oreja, en un gesto muy suyo-. Madura, Gabriel Espada. Madura.
– Sí, mami. Por cierto, ¿no tendrás una chocolatina? El restaurante donde he cenado era algo tacaño con las raciones.
– Veré lo que puedo hacer.
Frente a ambas camas había un sillón tapizado en color crema que estaba pidiendo a gritos que alguien lo usara. Cuando Celeste salió de la habitación, Gabriel se sentó en él, pulsó un botón que tenía junto al brazo derecho y comprobó que al hacerlo salía una extensión para estirar las piernas. Habían diseñado el asiento para alguien más bajo que él y el reposapiés apenas le llegaba por debajo de las rodillas, pero resultaba bastante cómodo.
Gabriel cerró los ojos. Mientras pensaba en ondas del sueño, las beta propias de la vigilia se convirtieron en alfa y su respiración empezó a acompasarse. Sus pensamientos empezaron a vagar en asociaciones libres, apenas controlados por su voluntad. Iris, Celeste y la jovencísima C le hablaban de volcanes que hundían continentes perdidos, mientras el camarero le traía una y otra vez un steak tartar achicharrado y se lo volvía a llevar.
Sus ondas se hicieron más lentas y amplias, su respiración se volvió más profunda y su cabeza se venció sobre la mullida oreja del sillón. Cuando aparecieron los complejos K, Gabriel ya no podía pensar en ellos. Se había hundido en las oscuras aguas de Morfeo, y estaba tan cansado que siguió buceando en picado hasta las ignotas profundidades de las ondas delta.
Y fue entonces, en el momento en que su mente debía hallarse en vacío y reposo absolutos, cuando empezó a soñar.
O algo parecido a soñar.
En algún tiempo y lugar
Extraño. Ajeno.
Fuera. Dentro.
Todo era distinto. Las dimensiones. Las formas. Los huecos. Los salientes. Erróneos.
Gabriel levantó los brazos sobre la cabeza, y al hacerlo notó que eran más cortos. «¿Me he vuelto más pequeño?», pensó.
A su alrededor se oían voces. Muchas. Decenas de voces hablando en un idioma desconocido y que, sin embargo, entendía.
Gabriel quiso mirar a la derecha, pero giró el cuello a la izquierda. Se dio cuenta de que no controlaba los movimientos. Los movimientos. No sus movimientos. Estaba escondido detrás de unas pupilas que no eran las suyas, agazapado entre unos tímpanos que no le pertenecían.
Estaba dentro de otra persona.
Por alguna razón, Gabriel pensó que aquella persona se hallaba tan desorientada como él. Era como si a ambos, a Gabriel Espada y a su anfitrión, los hubieran trasladado allí desde otro lugar.
No. En el caso de la persona en cuyo cuerpo se había aposentado Gabriel no había «otro lugar». Un pensamiento teñido de perplejidad y miedo resonó en el interior de su cabeza, y Gabriel captó sus reverberaciones como si aquel pensamiento lo hubiera concebido él mismo:
«No recuerdo nada antes de este momento».
Los ojos de su anfitrión giraron en derredor, explorando su entorno. Se encontraba en un patio de suelo enlosado, rodeado por una columnata de dos pisos e iluminado por antorchas que arrojaban luces y sombras cambiantes entre los pilares pintados de rojo y ocre. Las paredes del piso inferior se veían decoradas con hermosos frescos que representaban paisajes. Una balaustrada de madera rodeaba la galería del segundo piso, y sobre ella se acodaban decenas de personas, tal vez más de cien, hombres y mujeres mezclados. Era de noche, pero Gabriel no podía saber si lucían las estrellas o había nubes, pues el cielo se veía como una mancha negra e indistinta contra el perfil crepitante de las llamas.
Los hombres, de cabellos largos y trenzados, llevaban el torso al descubierto, salvo algunos más ancianos que vestían túnicas largas. Las prendas más comunes eran faldellines o taparrabos largos, muchos de ellos con taleguillas ceñidas que marcaban los genitales. Las mujeres, maquilladas y adornadas con diademas, collares y ajorcas de oro, vestían largas faldas de volantes de colores y vistosos corpiños que algunas llevaban abiertos para exhibir sus pechos.
El anfitrión de Gabriel siguió girando sobre sí mismo con los brazos en alto. Se hallaba en el centro del patio, pisando las losas frías con los pies descalzos. Pese a que aquella persona, fuese quien fuese, no recordaba cómo había llegado allí, sabía al menos que ese suelo era resbaladizo y que debía tener cuidado si no quería correr un grave peligro.
«Peligro, ¿por qué?», se preguntaron a la vez Gabriel y su anfitrión.
Además de la gente de la balaustrada superior, había tres personas más en el patio. Dos eran varones, jóvenes de veinte años como mucho. Ataviados con simples taparrabos, en sus cuerpos flexibles y morenos no sobraba una gota de grasa. La tercera era una muchacha de talle de junco, con el cabello recogido tras la nuca en una trenza rodeada por un cordón de oro. Vestía tan sólo una faja de tela alrededor de la cintura y las ingles, como los hombres. Cuando alzó los brazos para saludar, sus pechos, muy generosos para ser una joven tan delgada, se juntaron marcando una profunda línea de sombra entre los pezones pintados de bermellón.
La noche era fresca a pesar de las antorchas. Gabriel notó cómo sus propias tetillas se ponían de punta. Su anfitrión las miró de reojo, y Gabriel comprendió las sensaciones raras que estaba experimentando en diversos lugares de su anatomía.
La persona en cuya mente y cuyo cuerpo se había incrustado en silenciosa simbiosis era una mujer.
«Y bastante joven», pensó Gabriel, juzgando por su piel y el aspecto de sus pechos. A Gabriel se le habían erguido las tetillas de frío en muchas ocasiones, pero aquella impresión era más intensa, dolorosa y placentera al mismo tiempo. Sin embargo, lo más extraño para él era lo que tenía entre las piernas y lo que a la vez le faltaba, la sorda y palpitante presencia / ausencia de algo que no alcanzaba a comprender.
El aire estaba empapado de olores. Las maderas aromáticas y la resina que ardían en antorchas y pebeteros, el sudor mezclado con el aceite que impregnaba cabelleras y pieles, perfumado a su vez con rosa, mirto o canela. El yeso húmedo de una pared recién blanqueada. El aroma pungente del ozono en la atmósfera, presagiando tormenta.
Entonces captó otro olor dulzón y pesado. Desagradable para Gabriel, neutral para su anfitriona. Olor a establo. La joven se dio la vuelta.
Un toro enorme, negro como la noche, entró en el patio por una puerta de madera claveteada cuyos batientes se acababan de abrir. El animal emitió un mugido ronco y profundo y cargó contra ella. No era un toro de lidia, pero tampoco un buey ni un cabestro, sino un semental agresivo y con instinto de embestida, armado de cuernos ceñidos con guirnaldas de oro y tan largos y aguzados como espadas.
La joven no tenía recuerdos. Era como si acabara de nacer en aquel momento. Sin embargo, obedeciendo a un instinto grabado en algún rincón inaccesible de su ser, se puso de puntillas y danzó en el sitio, con las manos en alto y el corazón palpitando como un timbal. Gabriel quiso gritarle que se apartara, que huyera, pero ella aguantó mientras el toro se le venía encima con la inercia de un furgón blindado sin frenos.
En el último momento, la muchacha se revolvió sobre sí misma como una peonza, acompañando el giro con una torsión de cintura. El cuerno derecho del toro pasó a apenas dos dedos de su cuerpo y Gabriel sintió su aliento húmedo y caliente en la piel del costado. En la balaustrada superior del patio se oyeron chillidos de terror y excitación, seguidos por un «ooohh» de alivio y admiración que no necesitaba traducción.
– ¡Kiru, bien! ¡Kiru, bien! -gritaron varias voces, y Gabriel y su anfitriona comprendieron que aquél era su nombre.
La muchacha se apartó del toro y las ajorcas que rodeaban sus tobillos tintinearon como cascabeles. Un extraño calor corrió por su vientre, mezcla de miedo, emoción y placer al oírse aclamada por la gente.
El animal embistió en vano contra los demás participantes en el ritual, que lo burlaron con graciosos recortes, y luego se quedó en el centro del patio, confuso. La muchacha de los pechos opulentos se volvió hacia la anfitriona de Gabriel y gritó:
– ¡Kiru, tú! ¡Tú, Kiru!
La joven llamada Kiru volvió a levantar los brazos y correteó en círculos, tentando al toro como un banderillero, pero con las manos desnudas. Cuando el cornúpeta se decidió a embestir, Kiru corrió aún más rápida que él, directa contra sus astas. Gabriel habría querido cerrar los párpados, pero no le obedecían a él. No tuvo más remedio que ver cómo la negra testuz del toro y aquellos ojos que parecían de obsidiana se hacían cada vez más grandes al acercarse a Kiru y a él.
El pie derecho de la joven batió con fuerza en el suelo, y todo lo que veía Gabriel cambió de perspectiva. Kiru plantó las manos en la frente del toro, se revolvió en el aire sobre el corpachón negro y por un instante lo que estaba arriba pareció encontrarse abajo. Los pies de la chica volvieron a chocar con las losas del suelo y su cuerpo rodó en una ágil voltereta para absorber el impacto del golpe. Un segundo después estaba de nuevo en pie, contemplando cómo se alejaba la grupa del toro burlado y levantando los brazos a la gente que rodeaba el patio.
– ¡Kiru, bien! ¡Kiru, bien! -volvieron a gritar.
Después de aquello hubo un temblor, una ligera discontinuidad, como cuando se producían cortes en las desgastadas películas que se proyectaban en los cines de barrio. Gabriel vivió otra escena, y otra, y otra. Las imágenes y las sensaciones se sucedieron. A veces, Gabriel no estaba seguro de si pasaba de nuevo por la misma situación o se trataba de otra ligeramente distinta. Kiru y sus compañeros volvieron a saltar sobre toros negros, pero también sobre otros blancos, marrones o pintos.
Los jóvenes que acompañaban a Kiru en el patio también recibían aplausos y jaleos. Pero Kiru era la favorita de la gente. Ella aguantaba más tiempo que nadie antes de recortar al toro y arriesgaba con las cabriolas más originales, muchas veces sin apoyar siquiera las palmas sobre el animal o saltando tic espaldas, guiada tan sólo por el sonido de sus pasos. Gabriel empezó a pillarle el gusto a aquel ritual, como si estuviera participando en un videojuego hiperrealista.
En aquellas tauromaquias no se mataba al toro. Cuando el animal estaba cansado de correr en vano, le abrían la puerta y le dejaban salir de nuevo. Ya fuera del patio, lo apresaban con lazos y lo sacrificaban a Isashara y a Minos, y hombres y mujeres compartían su carne asada sobre brasas mientras bebían vino rebajado con agua y endulzado con miel.
Cuando Kiru pensó en Isashara y Minos, Gabriel leyó sus pensamientos y supo que eran los grandes dioses que moraban en la lejana montaña de fuego, cruzando el Gran Azul, al norte del país de Widina donde ahora vivía.
«¿Minos?», se preguntó Gabriel. ¿Sería el mismo Minos de la leyenda del Minotauro?
A veces Kiru no participaba en el rito, sino que asistía desde la balaustrada junto a Unulka, una de las sacerdotisas del Palacio de las Hachas. Al parecer, Unulka era su madre. Al menos, se comportaba como tal, aunque Kiru no tenía recuerdos de su infancia con ella, e ignoraba quién era su padre.
En realidad, Kiru no guardaba recuerdos anteriores al momento en que Gabriel se había unido a su mente y ambos habían bailado delante del toro. Antes de aquel instante sólo intuía una bruma amarilla y espesa como una nube de azufre. Y un nombre que flotaba en ese bruma.
Atlas…
En una de las ocasiones en que Kiru participaba en la tauromaquia desde la galería, una muchacha llamada Gubaini que intentaba rivalizar con ella en audacia apuró demasiado en un recorte. En el momento en que giraba sobre sus talones para esquivar al toro, el astado se revolvió y la hirió en el costado. Entre gritos de horror y excitación del público, Gubaini cayó al suelo, y cuando intentó levantarse sus pies resbalaron en las losas.
Kiru y los dos jóvenes corrieron hacia el toro, gritando para atraerlo y apartarlo de Gubaini. Pero el animal los ignoró, clavó el cuerno en el vientre de la muchacha y hurgó hasta sacarle los intestinos.
Gabriel empezó a pensar que aquello no era un videojuego.
Otras jóvenes se casaban y tenían hijos. Pero para Kiru el tiempo era como resina endurecida en una noche de helada. Su madre le decía que eligiera marido entre los mozos del palacio.
– Pues los hay muy apuestos. Incluso para una joven gacela como tú es dulce dejarse atrapar por la red del cazador en el lecho. ¿Es que no quieres escoger?
– Kiru no tiene prisa, madre. ¿Por qué habría de tenerla?
Unulka la miraba con gesto preocupado, y Gabriel comprendía que ella veía en su hija algo extraño que la propia Kiru no alcanzaba a captar.
Por ejemplo, que siempre hablara de sí misma en tercera persona.
– Las cosechas pasan, las nieves caen y se vuelven a fundir, pero para ti cada primavera es la misma, Kiru.
– Tus palabras suenan extrañas para Kiru, madre.
Durante una tauromaquia en la que Kiru no participaba, ella y Gabriel notaron algo extraño, un contacto inmaterial en su piel, como una débil corriente eléctrica. Kiru se volvió a la derecha y vio a un joven más alto que los demás, con hombros anchos y rectos y las sienes rapadas. Sus ojos en forma de almendra estaban clavados en sus pechos, de los que Kiru se sentía tan orgullosa. Ella apartó la mirada, sonrió y se cubrió el escote con el abanico, fabricado con plumas de un ave gigante que vivía en las lejanas tierras del sur, allí donde las arenas arden. Pero luego se volvió a destapar.
En el siguiente recuerdo, Kiru paseaba por las salas y pasillos del palacio, al atardecer. Las sombras empezaban a brotar de los rincones como manchas de tinta extendiéndose por el papel. Era el amparo de la oscuridad lo que buscaba Kiru. Llegó a una sala vacía, un almacén al que pronto traerían las grandes tinajas llenas de aceite de oliva recién exprimido. Allí la esperaba el joven alto con el que se había citado por medio de una sirvienta.
Kiru sentía el cuerpo tenso y las rodillas blandas. Se acercó a él contoneándose, y su cimbreo hizo que todas sus joyas tintinearan con un sonido cristalino. El joven sonrió y se tocó la taleguilla que tenía entre las piernas.
– Si sigues mirándome así, esto no me va a caber dentro.
Kiru se desató los lazos de su chaquetilla roja y sus pechos, comprimidos hasta ahora, subieron enhiestos con un ligero bote, como dos bailarines citando al toro. El toro, que en este caso era el joven apuesto, acudió al reclamo, rodeó el talle de Kiru, enterró la cara entre sus pechos y empezó a lamerlos. Kiru le agarró del pelo para que no se apartara y cerró los ojos. Una deliciosa corriente le subió por detrás de las orejas y un calor líquido le bajó desde el vientre hasta las ingles húmedas.
Gabriel habría querido esconderse, pero no podía huir de aquellas sensaciones tan intensas. Estaba excitado y a la vez asustado de lo que temía que iba a ocurrir. A Kiru, por razones distintas, le ocurría algo parecido.
De súbito, el joven se apartó de Kiru. En la penumbra de la bodega, los círculos negros de sus pupilas se veían rodeados de blanco.
– ¿Qué me estás haciendo? -El muchacho se golpeó con los nudillos en sus sienes rasuradas, tan fuerte que el hueso sonó como un pequeño tambor-. ¡Sal de mi cabeza! ¡Sal de mi cabeza!
El joven salió corriendo del almacén, sin dejar de gritar. Kiru se quedó con los brazos abiertos en el aire, los pechos desnudos y el vientre tembloroso de deseo, sin comprender qué había sucedido.
«Es una telépata activa», pensó Gabriel. Eso explicaría por qué estaba recibiendo sus visiones. Lo que no sabía era de qué manera las vivencias de Kiru habían cruzado el mar de tiempo que sin duda los separaba. ¿A través de la mente de la anciana? Pero ¿cómo?
En el siguiente ritual del toro, Kiru salió al patio con los demás jóvenes. Estaba frustrada, porque le habían puesto en la boca el dulce fruto del deseo para quitárselo de los labios. Gabriel quiso advertirla, pues se había dado cuenta de que Kiru parecía menos concentrada que otras veces, pero la comunicación entre ellos era unidireccional.
Kiru arrancó a correr hacia el toro. Tenía pensado empezar con una voltereta poniendo las manos sobre la cabeza del astado. Pero en su mente se cruzó la imagen de sí misma haciendo un trompo sin apoyarse, y en el último momento dudó sobre la maniobra que iba a realizar. La duda provocó que su pie derecho hiciera un extraño y resbalara en las losas.
Sobre el grito de la gente se oyó otro más agudo, el alarido de su madre. Kiru vio cómo la punta del cuerno se acercaba a su piel, y por un instante esperó el milagro de que rebotara en ella, inofensivo, pues ¿cómo podía ocurrirle lo mismo que le había ocurrido a la infortunada Gubaini? Esas cosas siempre les sucedían a los demás.
Pero el pitón rasgó la piel, desgarró los músculos del seno derecho y se abrió paso entre las costillas. Kiru notó una sacudida muy fuerte, y en el interior de su cuerpo ella y Gabriel pudo oír el áspero crujido de asta contra hueso. Un volteo, y de pronto el toro ya no estaba. Las piernas de sus compañeros se veían raras, torcidas en ángulo recto, y el cielo se había convertido en pared. Kiru estaba tumbada en el suelo, comprendió Gabriel. Los dos notaron cómo la boca se le(s) llenaba de sangre.
«Dios mío», pensó Gabriel. ¿Se podía morir en sueños? Corno en las pesadillas de su infancia, trató de abrir los ojos e incorporarse en el lecho. Pero en lugar de abrírsele se le cerraron, y todo se volvió oscuro.
Las tinieblas no duraron mucho. Kiru estaba sentada delante de un espejo. Detrás de ella, su madre le desenvolvía las vendas que le rodeaban el torso. Kiru no sentía nada. Gracias a las drogas que le habían administrado, el dolor lacerante de los primeros días había desaparecido. Pero temía el destrozo que se iba a encontrar al descubrir sus senos. ¿Se atrevería a lucirlos de nuevo, como las demás damas elegantes del palacio?
Su madre parecía incluso más aprensiva que ella cuando terminó de desenrollar la última vuelta. El espejo de cobre pulido no ofrecía un reflejo tan fiel como Gabriel habría querido. Pero, cuando Unulka emitió un gemido ahogado, vio lo suficiente para comprender el motivo de su desazón.
En el pecho de Kiru no se veía nada, ni el menor resto de la terrible cornada que había taladrado su pecho.
– Sabía que así sería -dijo Unulka-. Sabía que así sería, pero me decía con mi propia lengua que no.
– ¿Qué sabías, madre?
Unulka le puso las manos en los hombros y la hizo girar sobre el escabel para mirarla a la cara. Cuando la vio de cerca, fuera del espejo, Gabriel comprendió a qué se refería la mujer. Sus manos estaban surcadas de arrugas, como su rostro. Los párpados formaban bolsas y la piel del cuello empezaba a descolgarse en pliegues como una cortina. La Unulka de las primeras visiones no podía tener más de treinta y cinco años. Esta debía rondar los sesenta.
Kiru se miró sus propias manos y sus brazos. Su piel seguía tan tersa como en su primer recuerdo, cuando bailó ante el toro. Kiru no envejecía. Gabriel había compartido con ella visiones y momentos a saltos, a veces entremezclados y desordenados. Por eso no se había dado cuenta de la verdad. Pero ¿cómo podía haberle pasado desapercibida a la propia Kiru? ¿Acaso percibía la realidad en fragmentos inconexos como los que le mostraba a Gabriel?
– Tú no eres fruto de mi vientre, Kiru -dijo Unulka-. Llegaste aquí hace años en un barco de mercaderes, y yo te compré para que sirvieras en el templo. Pero cuando bailaste ante el toro con tanta gracia como yo lo había hecho de joven, te adopté como hija.
– Kiru no recuerda lo que dicen tus palabras, madre.
– Lo sé. Hubo un día en que olvidaste que no habías nacido de mis entrañas, y mi corazón se llenó de júbilo, porque siempre te he amado como a una auténtica hija. Mas con el tiempo empecé a recelar que había algo raro en ti. La prueba del tiempo me decía que eras uno de ellos.
«¿Quiénes son ellos?», se preguntó Gabriel. Al parecer, Kiru sí sabía de qué le hablaba su madre, porque no dijo nada.
– Pero mucho me quería engañar yo, y pensaba que los dioses te habían otorgado una larga juventud -prosiguió Unulka-. Sin embargo, aunque me negué a creer la prueba del tiempo, a la prueba de la muerte no puedo resistirme.
Unulka hizo una pausa para tragar saliva. Tenía la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas.
– Tu destino es grande y terrible, hija mía -dijo por fin-. Cuando la Madre Tierra me reciba en su cálida morada, tú seguirás. Cuando reciba también a tus hermanos y los hijos de tus hermanos, tú seguirás.
– Kiru seguirá aquí, madre -respondió Kiru, casi como en una letanía.
– ¡No, aquí no, Kiru!
– ¿Por qué, madre?
– Tu sitio no está aquí. Debes dejar el Palacio de las Hachas y el país de Widina y surcar el mar hacia las estrellas del norte. Los bienaventurados Isashara y Minos han enviado un barco para que acudas a su lado.
– Kiru tiene miedo.
Unulka la besó en la frente.
– El miedo y la locura son tu destino, hija mía. Debes ir a la montaña de fuego y soñar los sueños de la Madre Tierra bajo la cúpula de oro de la Atlántida.
Clínica Gilgamesh, al norte de Madrid .
Cuando abrió los ojos estaba solo. Ya no oía a Kiru ni dentro ni fuera de su cabeza.
El rostro que se apartaba del suyo tras haberlo besado no era el de Unulka, sino el de una mujer con el pelo amarillo que se apoyaba en una muleta.
Gabriel se tocó los labios. La mujer no le había besado en la mejilla, sino en la boca.
– Lo siento -dijo ella, al darse cuenta de que la habían pillado-. Tenías cara de niño bueno.
Gabriel se levantó tambaleándose. De golpe, sentía su cuerpo más grande y pesado, su piel olía distinta y era consciente de dolores en las rodillas y en los hombros que antes no parecían estar ahí.
Se hallaba en la habitación de un hospital. Quería saber la hora. Tenía la cazadora doblada sobre el respaldo del sillón. Buscó el móvil en el bolsillo.
– Tres cuarenta y cinco a.m. Dos de mayo. ¿Cuánto he dormido? -preguntó, mirando desorientado a su alrededor.
– Ha sido algo menos de una hora. Tenías cara de estar muy cansado, así que me daba lástima despertarte. ¿Qué te ocurre? -preguntó la mujer rubia, agarrándolo del brazo-. Gabriel, por favor, me estás preocupando.
– No pasa nada. Déjame un momento.
Gabriel entró al cuarto de baño, abrió el grifo del agua fría y se lavó la cara a conciencia. Ignoraba dónde estaba, cómo había llegado allí y quién era la mujer que lo había besado. Sabía que no tardaría en recordarlo, pero algo retardaba el acceso a esos archivos de memoria.
Cuando se miró en el espejo, no estaba muy seguro de qué cara iba a encontrar. Por un momento vislumbró una imagen tenue, como un reflejo en agua turbia. Un semblante de mujer, joven, con el cabello recogido tras las orejas, los ojos verdes y rasgados, los pómulos altos y los labios carnosos. El rostro de Kiru.
Pero aquella visión se esfumó al instante, y en su lugar encontró el rostro de un varón cuarentón, ojeroso y de rasgos afilados al que no le vendría mal afeitarse.
La mujer que le esperaba fuera del baño se llamaba Celeste. Él se encontraba en la clínica Gilgamesh. Había llegado allí para investigar un sueño sobre la Atlántida.
Y lo había encontrado. Pero de una forma mucho más dramática de lo que esperaba.
«Eso no ha sido un sueño», se corrigió. Conocía bien la naturaleza cambiante y tornadiza de los sueños, listaba convencido de que, si se pudieran rodar, las imágenes resultantes serían mucho más anárquicas e incoherentes de lo que la gente solía creer, y apenas podrían obtenerse dos fotogramas seguidos con un mínimo de continuidad.
La prueba más evidente la tenía cuando intentaba leer en sueños, en la típica pesadilla en que volvía al instituto y tenía que contestar un examen que, simplemente, no en tendía: las palabras que formaban las preguntas se retorcían y mutaban sobre el papel convirtiéndolo todo en un galimatías sin sentido que nunca se estaba quieto.
La impresión que le habían dejado las visiones que acababa de tener era muy distinta. Era como asistir a una sesión de cine sensorial, con la particularidad de que había compartido los pensamientos de la protagonista, y también el dolor, la excitación, el miedo, el tacto, los olores e incluso las sensaciones internas del cuerpo, desde el hambre a los movimientos intestinales o, algo mucho más desconcertante para él, las secreciones vaginales.
La experiencia había sido tan intensa, maravillosa y aterradora, que al pronto pensó en contárselo a Celeste. Pero, reflexionando algo más, se dio cuenta de que le convenía que lo sucedido reposara un poco en su mente. Antes de que los demás lo tomaran por loco, quería saber si él mismo se consideraba un chiflado.
– ¿Cómo han sido las ondas de Milagros? -preguntó al salir del baño-. ¿Ha hablado?
– Parece que a ratos. No he estado todo el tiempo aquí, pero he dejado el móvil grabando su voz. ¿Te encuentras mejor?
– Sólo estaba un poco aturdido. A veces me pasa cuando me despierto de golpe -dijo Gabriel, mientras se ponía la cazadora. Aunque en la habitación reinaba el calor típico de los hospitales, se había quedado frío-. Por cierto, ¿he hablado yo?
– ¿Tú? Tranquilo, no has pronunciado el nombre de otra mujer en sueños, si eso es lo que te preocupa.
– ¿He hablado o no?
– Pues que yo sepa no. No entiendo por qué…
– ¿Puedes pasarme la grabación de Milagros al móvil?
La anciana seguía durmiendo, pero ahora parecía hallarse en la fase 2 del sueño, con ondas theta y complejos K. Mientras la observaba, Gabriel escuchó algunos momentos de la grabación.
Al oírla, sintió una intensa emoción, y de nuevo tuvo la tentación de contarle a Celeste lo que le había pasado. De pronto las palabras le resultaban familiares. Sabía que las había escuchado en el sueño y notaba que estaba a punto de captarlas. Era como tener algo en la punta de la lengua, pero al revés. ¿Cómo se diría, «en la punta de la oreja»?
– Widina -repitió en voz alta al oírselo a la anciana.
– ¿Qué has dicho?
– Nada, nada.
Era uno de los nombres que recibía el país donde vivía Kiru. Y la joven sabía que la Atlántida se encontraba al norte del país de Widina.
¿Dónde se hallaba Widina? El estilo de la ropa, la forma de las columnas del palacio, los frescos que decoraban las paredes, el ritual del toro: todo apuntaba a Creta y a la cultura minoica.
Cruzando el mar hacia las estrellas del norte. Para Kiru la Atlántida y su montaña de fuego eran un lugar remoto. Pero, por lo que sabía Gabriel de ella, apenas había salido del Palacio de las Hachas en toda su vida. Una distancia de cien kilómetros atravesando el mar podía ser para ella como viajar a la Luna.
¿Qué había al norte de Creta? Santorini y su isla principal, Tera.
El lugar donde trabajaba Iris. El nombre que había leído en su mente. ¿Era Santorini la Atlántida?
Hacía poco más de veinticuatro horas que Gabriel había saltado de la cama, empujado por el pánico que había provocado en él un sueño incomprensible. Desde entonces, todo parecía moverse en el mismo terreno surrealista y onírico. Ahora, mientras escuchaba la grabación y contemplaba aquel rostro devastado por la edad y la demencia, se pellizcó con fuerza el dorso de la mano. La sensación era todo lo real que podía serlo, pero no más que las que había experimentado en sueños. De hecho, era muchísimo menos vivida y dolorosa que la cornada que había desgarrado su seno en el patio del viejo palacio.
De algo estaba seguro. No se había vuelto loco. Gracias a la anciana con Alzheimer, había recibido una visión del remoto pasado.
Una visión de los tiempos de la Atlántida.