Don Juan me dijo que para poder ver en ensueños, no sólo tenía yo que intentar ver, sino también expresar mi intento en voz alta. Insistió en lo de la voz alta por razones que se rehusó a explicar. Sin embargo admitió que había otras maneras de obtener el mismo resultado, pero aseveró que expresar en voz alta el intento de uno es la forma más simple y directa.
La primera vez que en ensueños puse en palabras mi intento de ver, estaba soñando con una venta pública de toda clase de objetos; la venta se realizaba en un campo abierto. Había tantos artículos, que no podía decidir cuál ver. Un jarrón gigantesco y llamativo me hizo decidir. Me le quedé mirando fijamente, y luego expresé en voz alta mi intento de ver. El jarrón permaneció en mi vista por un instante, y luego se transformó en otro objeto, como sucedía en mi práctica diaria de ensueño.
Vi tantas cosas como pude en ese ensueño. Después de expresar mi intento de ver, cada objeto que escogía se esfumaba o se transformaba en cualquier otra cosa. Finalmente mi atención de ensueño se agotó y desperté tremendamente frustrado, casi enojado.
Por meses enteros miré fijamente cientos de objetos en mis sueños, y pronuncié deliberadamente mi intento de ver cientos de veces, pero nunca pasó nada. Cansado de esperar, tuve que preguntarle finalmente a don Juan acerca de esto.
– Necesitas paciencia. Estás aprendiendo a hacer algo nuevo y extraordinario -remarcó cuando le conté mis fracasos-. Estás aprendiendo a ver en tus sueños. Algún día no vas a necesitar más declarar tu intento en voz alta sino simplemente desearlo, en silencio.
– Creo que no he entendido la función de lo que estoy haciendo -dije-. No pasa nada cuando grito mi intento de ver. ¿Qué quiere decir esto?
– Quiere decir que hasta ahora tus ensueños han sido ensueños ordinarios; proyecciones fantasmagóricas; imágenes que tienen vida únicamente en tu atención de ensueño.
Don Juan me pidió una descripción exacta de lo que había pasado con los objetos en los que enfoqué mi atención de ensueño. Le dije que o se desvanecían, o cambiaban de forma o hasta producían vórtices que eventualmente cambiaban mis ensueños.
– Lo único fuera de lo común -dije- es que estoy aprendiendo a gritar a todo pulmón en mis ensueños.
Don Juan comenzó a reír a carcajadas, lo cual me desconcertó. No podía encontrarle la gracia a lo que yo había dicho, ni comprender la razón de su reacción.
– Algún día vas a apreciar lo chistoso que es todo esto -dijo como respuesta a mi silenciosa protesta-. Mientras tanto, no te desanimes ni te des por vencido. Continúa lidiando. Tarde o temprano, darás con la solución adecuada.
Como siempre, tuvo razón. Como unos dos meses más tarde, me saqué el premio gordo; tuve un ensueño de lo más raro. Empezó con la aparición de un explorador del mundo de los seres inorgánicos. Tanto el explorador como el emisario de ensueño habían estado extrañamente ausentes en mis sueños. No los había extrañado, y ni siquiera pensaba en ellos. De hecho, me sentía tan bien sin ellos que hasta se me olvidó preguntarle a don Juan acerca de su ausencia.
En ese ensueño, el explorador era un gigantesco topacio amarillo que encontré pegado en la parte trasera de una gaveta. En el momento en que expresé mi intento de ver, el topacio se convirtió en una masa de energía chisporroteante. Tuve miedo de ser impulsado a seguirlo y desvié mi mirada; la enfoqué en un acuario de peces tropicales. Dije en voz alta mi intento de ver, y me llevé una tremenda sorpresa. El acuario emitió un tenue resplandor verdoso y se transformó en un retrato surrealista de una mujer adornada de joyas. Cuando expresé mi intento de ver, el retrato también emitió el mismo resplandor verdoso.
Al mirar fijamente a ese resplandor, todo el ensueño cambió. Me encontré entonces caminando por la calle de una ciudad que me parecía familiar, quizá era Tucson. Miré una exhibición de ropa de mujer en el escaparate de una tienda y declaré en voz alta mi intento de ver. Instantáneamente, un maniquí negro que resaltaba prominentemente, empezó a resplandecer. En ese momento entró una vendedora a reacomodar el escaparate. Me miró. Yo también la miré fijamente y después de haber dicho en voz alta mi intento de ver, vi su resplandor. Era tan estupendo, que temí que algún detalle en su esplendoroso fulgor me atrapara, pero la mujer dio media vuelta y salió antes de que yo tuviera tiempo de enfocar toda mi atención en ella. Ciertamente intentaba seguirla dentro de la tienda, pero mi atención de ensueño fue atrapada entonces por un brillo que se movía. Me embistió lleno de ira. Había algo repulsivo y perverso en él. Salté para atrás. El brillo detuvo su embestida; una sustancia negra me tragó y desperté.
Las imágenes de ese ensueño habían sido tan vividas que creí firmemente haber visto energía, y que mi ensueño había sido una de esas condiciones que don Juan llamaba generadoras de energía. La idea de que los ensueños pueden ocurrir en la realidad consensual de nuestro mundo cotidiano me intrigaba de la misma forma que las imágenes del reino de los seres inorgánicos me habían intrigado.
– Esta vez no sólo viste energía, sino que cruzaste unos linderos muy peligrosos -don Juan dijo después de escuchar mi relato.
Reiteró que el ejercicio para la tercera compuerta de ensueño es hacer que el cuerpo energético se mueva por sí solo, y que yo había sobrepasado inadvertidamente ese ejercicio y había entrado en otro mundo.
– Tu cuerpo energético se movió -dijo-. Viajó. Esa clase de viaje está más allá de tus posibilidades actuales, y por ello algo te atacó.
– ¿Qué cree usted que fue, don Juan?
– Este es un universo enemigo. Pudo haber sido uno de los millones de seres que existen en el universo.
– ¿Por qué cree usted que me atacó?
– Por la misma razón por la que los seres inorgánicos te atacaron: porque te pusiste a su alcance.
– ¿Es así de simple?
– Por supuesto. Es tan simple como lo que tú harías si una araña estrafalaria se trepara a tu escritorio, mientras escribes. La aplastarías del puro susto, en vez de admirarla o examinarla.
Me sentí perdido, busqué las palabras adecuadas para hacer una pregunta correcta. Le quería preguntar dónde había ocurrido mi ensueño, o en qué mundo estaba yo mientras ensoñaba. Pero mis preguntas no tenían ningún sentido; yo mismo podía deducir eso. Don Juan fue muy comprensivo.
– Quieres saber dónde estaba enfocada tu atención de ensueño, ¿no es cierto? -me preguntó con una sonrisa maliciosa.
Así era exactamente como quería expresar mi pregunta. Razoné que en mi ensueño había estado viendo algún objeto real. Exactamente como cuando veía los diminutos detalles de los pisos, o las paredes, o las puertas de mi cuarto, detalles que más tarde había corroborado que existían.
Don Juan dijo que en ensueños especiales, como el que tuve, nuestra atención de ensueño se enfoca en el mundo cotidiano, y que se mueve instantáneamente de un objeto real a otro objeto real en el mundo. Lo que posibilita este tipo de movimiento es que el punto de encaje se encuentra en la posición adecuada, y esto le da a la atención de ensueño tal fluidez que puede recorrer distancias increíbles en fracciones de segundo; al hacerlo, produce una percepción tan rápida y tan efímera que da la impresión de ser un ensueño ordinario.
Don Juan explicó que en mi ensueño había visto un jarrón real, y que mi atención de ensueño se movió grandes distancias para ver un verdadero cuadro surrealista de una mujer adornada con joyas. El resultado, con la excepción de ver energía, había sido algo muy cercano a un ensueño ordinario, en el cual los objetos se transforman rápidamente en algo diferente cuando se les mira fijamente.
– Sé lo desconcertante que es todo esto -prosiguió, completamente consciente de mi perplejidad-. Por alguna razón, pertinente a la mente, ver energía en ensueños es de lo más agobiante que uno puede imaginar.
Señalé que ya había visto energía en mis ensueños antes, pero que nunca me había afectado de esa manera.
– Ahora tu cuerpo energético está completo y funciona -dijo-, por lo tanto, que veas energía en tu ensueño implica que estás percibiendo un mundo real, a través del velo de un ensueño. Esa es la importancia del viaje que hiciste. Fue real. Te encontraste con objetos generadores de energía, uno de los cuales casi acaba con tu vida.
– ¿Fue así de serio, don Juan?
– Créemelo que sí. Ese ser que te atacó estaba hecho de pura energía y conciencia y era mortal. Viste su energía. A estas alturas ya te has dado cuenta de que a menos que veamos en el ensueño, no podemos distinguir una cosa real, generadora de energía, de una proyección fantasmagórica. Aunque hayas luchado con los seres inorgánicos y de verdad hayas visto a los exploradores y a los túneles, tu cuerpo energético no sabe a ciencia cierta si eran reales, es decir, si eran generadores de energía. Estás casi seguro, pero no del todo seguro.
Don Juan insistió en hablar del viaje que hice. Por razones inexplicables, yo rehusaba abordar ese tema. Sus aseveraciones me habían producido una instantánea reacción; un extraño miedo, profundo, oscuro y obsesivo de una manera visceral.
– Decididamente viajaste a otra capa de la cebolla -dijo don Juan. Había hablado por largo rato pero yo no le había puesto atención.
– ¿Qué significa otra capa de la cebolla, don Juan?
– El mundo es como una cebolla, tiene varias capas. El mundo que conocemos es una de ellas. Algunas veces cruzamos los linderos de estas capas y entramos en otra de ellas, en otro mundo, muy parecido a éste, pero no el mismo. Y tú entraste en uno de esos mundos.
– ¿Cómo es posible un viaje de los que usted habla, don Juan?
– Tu pregunta no tiene sentido, ya que no hay nadie que la pueda responder. Desde el punto de vista de los brujos, el universo está construido de capas, y el cuerpo energético las puede cruzar. ¿Sabes dónde existen los brujos antiguos hasta hoy en día? En otra capa de la cebolla.
– La idea de un viaje pragmático y real hecho en ensueños es algo muy difícil de entender o de aceptar, don Juan.
– Hemos discutido este tema ya muchísimo. Estaba convencido de que habías entendido, de una vez por todas, que el viaje del cuerpo energético depende exclusivamente de la posición del punto de encaje.
– Ya lo sé y lo he pensado una y otra vez; pero aun así, decir que el viaje depende de la posición del punto de encaje no me explica nada.
– Tu problema es tu cinismo. Yo era exactamente como tú. El cinismo no nos permite cambios drásticos en la manera como entendemos al mundo. También nos fuerza a presumir estar siempre en lo correcto.
Entendí perfectamente lo que quería decir, y le recordé de mi lucha contra todo esto.
– Te propongo que hagas algo que vas a considerar absurdo, pero que quizá cambie las cosas -dijo-. Repítete a ti mismo incesantemente que la clave de la brujería es el misterio del punto de encaje. Si te repites esto por un tiempo, una fuerza oculta tomará las riendas y provocará en ti los cambios apropiados.
Don Juan no me dio ninguna indicación de estar bromeando. La idea de repetir incesantemente esa fórmula me pareció estúpida.
– Acaba con tu actitud de cínico profesional -me dijo mordazmente-. Repite lo que te dije, pero hazlo de una manera fidedigna.
"El misterio del punto de encaje es todo en la brujería -continuó sin mirarme-. O más bien, en la brujería todo depende de la manipulación del punto de encaje. Tú ya sabes, pero tienes que repetirlo sin cesar.
Al escuchar sus observaciones, pensé por un instante que me iba a morir de angustia. Una increíble sensación física de tristeza me abrumó y me hizo gritar de dolor. Parecía como si mi estómago y mi diafragma se movieran hacia arriba, y entraran en mi cavidad torácica. El empuje fue tan intenso que mi conciencia cambió de nivel y volví a mi estado normal. Lo que fuera que hubiésemos estado hablando, se volvió un pensamiento vago acerca de algo que quizá hubiese ocurrido, pero que de acuerdo a mi sentido común cotidiano realmente no había ocurrido.
La próxima vez que don Juan y yo hablamos sobre el ensueño, discutimos las razones por las cuales yo no había podido continuar con mis prácticas por meses enteros. Don Juan me advirtió que debía redondear el tema para explicar mi situación. Primero señaló la enorme diferencia entre los pensamientos y las acciones de los hombres de la antigüedad y los pensamientos y las acciones del hombre moderno. Dijo que los hombres de la antigüedad tenían una visión muy realista de la percepción y de la conciencia, ya que esta visión provenía de su observación del universo que los rodeaba. Al contrario, el hombre moderno tenía una visión absurdamente irreal de la percepción y de la conciencia, ya que su visión proviene de su observación del orden social, y de sus tratos con éste.
– ¿Por qué me explica usted esto? -pregunté.
– Porque tú eres un hombre moderno envuelto en las observaciones y las visiones de los hombres de la antigüedad -contestó-. Y ninguna de esas observaciones o visiones te son familiares. Ahora necesitas más cordura y aplomo que nunca. Estoy tratando de hacer un puente sólido por el cual puedas caminar, entre las visiones de los hombres antiguos y aquellas de los hombres modernos.
Señaló que de todas las observaciones trascendentales de los hombres de los tiempos antiguos, la única con la cual yo estaba familiarizado, era la idea de vender el alma al diablo a cambio de la inmortalidad; una idea que admitió venía directamente de los tratos de los brujos antiguos con los seres inorgánicos. Me recordó cómo el emisario de ensueño había tratado de seducirme a quedarme en su reino, ofreciéndome la posibilidad de mantener mi individualidad y conciencia de ser por casi una eternidad.
– Como tú sabes, sucumbir a la atracción de los seres inorgánicos no es sólo una idea; es algo real -don Juan prosiguió-. Pero todavía no estás completamente convencido de la totalidad de esa realidad. Ensoñar es real; es una condición que genera energía. Escuchas mis aseveraciones y claro que las entiendes, pero tu conciencia todavía no ha alcanzado a comprender todo lo que esto implica.
Don Juan dijo que mi razón estaba tan alerta acerca de la importancia de una comprensión de esta naturaleza que durante nuestra última conversación me forzó a cambiar de niveles de conciencia. Me empujó a mi estado de conciencia normal, antes de que pudiera examinar los diferentes aspectos y peculiaridades de mis ensueños. Mi razón se había protegido aún más al suspender mis prácticas de ensueño.
– Le aseguro que estoy perfectamente consciente de lo que una condición generadora de energía significa -dije.
– Y yo te aseguro que no lo estás -replicó-. Si lo estuvieras, medirías tu atención de ensueño con mayor cuidado. Puesto que crees que solamente estás soñando, tomas riesgos a ciegas. Tu falso razonamiento te dice que no importa lo que pase, en un momento dado, el sueño se terminará y te despertarás.
Tenía razón. A pesar de todo lo que había atestiguado en mis prácticas de ensueño, de alguna manera, todavía retenía el sentido general de que todo había sido un sueño.
– Te estoy hablando acerca de las opiniones y miras de los hombres de la antigüedad en contraposición a las del hombre moderno -don Juan prosiguió-. Tú, como hombre moderno, prefieres tratar un concepto que no te es familiar como si fuera meramente una idea vacía.
"Si dependiera de ti, considerarías el ensueño como una idea vacía. Yo sé muy bien que tomas muy en serio al ensueño, pero no crees en la realidad del ensueño.
– Comprendo lo que usted quiere decir, don Juan, pero no entiendo por qué me lo dice ahora.
– Te lo digo porque ahora estás en la posición correcta para comprender que ensoñar es una condición generadora de energía. Por primera vez, puedes entender que los sueños ordinarios son los instrumentos de entrenamiento que se usan para adiestrar al punto de encaje a fin de que alcance la posición que crea la condición generadora de energía que llamamos ensueño.
Me advirtió que los ensoñadores, como entran en mundos reales de efectos contundentes, deben permanecer en un estado de la más intensa y sostenida vigilancia; cualquier desviación pone al ensoñador en un indescriptible peligro.
En este punto de nuestra conversación, empecé a experimentar nuevamente un movimiento en mi cavidad torácica, exactamente como el que sentí el día que mi conciencia cambió de niveles por sí sola. Don Juan me sacudió del brazo fuertemente.
– ¡Ensoñar es algo extremadamente peligroso! -me gritó-. No empieces ahora a efectuar una de tus maniobras para proteger a tu razón.
Su tono era tan urgente que paré lo que estaba inconscientemente haciendo.
– ¿Qué me está pasando, don Juan? -pregunté.
– Lo que te está pasando es que puedes desplazar tu punto de encaje rápida y fácilmente -dijo-. Pero esa facilidad hace que ese desplazamiento sea desorientado. Disminuye tu velocidad. Cálmate y no te confíes demasiado en tus habilidades.
Podría haberle dicho que no sabía a qué se refería, pero sí lo sabía. Y también sabía que disponía de sólo unos segundos para reunir mi energía y cambiar de actitud; y lo hice.
Ese fue el final de nuestra discusión de ese día. Me fui a casa, y durante casi un año, repetí diaria y fielmente lo que don Juan me había sugerido. Los resultados de mi invocación, la cual parecía una letanía, fueron increíbles. Llegué a la conclusión de que había tenido el mismo efecto en mi conciencia de ser que el ejercicio tiene en los músculos del cuerpo. Mi punto de encaje se volvió más ágil, lo que significó que ver energía en mis ensueños se convirtió en la única meta de mis prácticas. Mi habilidad de ver creció en proporción a mis esfuerzos. Llegó el momento en que yo era capaz de ver, sin decir una sola palabra, y experimentar el mismo resultado que cuando expresaba en voz alta mi intento de ver.
Don Juan me felicitó por mi logro. Naturalmente, asumí que se estaba burlando de mí. Me aseguró que me felicitaba de verdad, pero me urgió a que siguiera gritando, por lo menos cuando me sintiera perdido. Su petición no me pareció extraña. Por mi cuenta gritaba en mis ensueños, a toda voz, cada vez que lo creía necesario.
En mis prácticas descubrí que la energía de nuestro mundo oscila, centellea. No solamente los seres vivientes sino todo en nuestro mundo centellea con una luz interior propia. Don Juan me explicó que la energía de nuestro mundo consiste en diferentes capas brillantes. La capa superior es blancuzca; y otra más profunda e inmediatamente adyacente a ésta es de color verde pálido, y otra, aún más honda es ámbar.
Encontré los tres tonos, o más bien, vi vislumbres de éstos cada vez que los objetos que encontraba en mis ensueños generaban energía. Sin embargo, el primer impacto de ver cualquier cosa que generase energía era siempre un resplandor blancuzco.
– ¿Hay nada más que tres diferentes tonos? -le pregunté a don Juan.
– Hay un número interminable -contestó-, pero para establecer un orden inicial, tres es suficiente. Más tarde, cuando seas más sofisticado en tu ensueño podrás aislar docenas de tonos.
"La capa blancuzca es el tono de la posición presente del punto de encaje de la humanidad -don Juan continuó-. Digamos que es un tono moderno. Los brujos creen que todo lo que el hombre hace hoy en día está teñido con ese resplandor blancuzco. En otros tiempos, la posición del punto de encaje de la humanidad hacía que el tono de la energía que regía en el mundo fuera verde pálido; y en otro tiempo, más distante aún, hacía que fuera color ámbar. El color de la energía de los brujos es ámbar, lo que significa que están energéticamente asociados con los hombres que existieron en un pasado lejano.
– ¿Cree usted, don Juan, que el presente tono blancuzco cambiará algún día?
– Si el hombre es capaz de evolucionar. La gran tarea de los brujos es implementar la idea de que para evolucionar el hombre debe primero liberar su conciencia de ser de sus ataduras con el orden social. Una vez que esté libre, el intento la dirigirá por un nuevo camino evolutivo.
– ¿Cree usted que los brujos triunfarán en esa tarea?
– Ya han triunfado. Ellos mismos son la prueba. Convencer a otros del valor y la importancia de evolucionar es otro asunto.
La otra clase de energía que encontré presente en nuestro mundo, aunque ajeno a él, era la energía de los exploradores. La energía que don Juan llamaba chisporroteante. En mis ensueños, encontré cantidades de objetos que, al verlos, se convertían en masas de energía que parecían estar friéndose, burbujeando con una actividad interior como de calor.
– Ten en mente que no todos los exploradores que encuentres pertenecen al reino de los seres inorgánicos -don Juan remarcó-. Todos los exploradores que has encontrado hasta ahora, excepto el explorador azul, provienen de ese reino, pero eso fue porque los seres inorgánicos te están acorralando; estaban dirigiendo la función. Ahora, estás solo. Algunos de los exploradores que vas a encontrar no van a ser del reino de los seres inorgánicos, sino de otros niveles de conciencia aún más distantes.
– ¿Están conscientes de sí mismos los exploradores? -pregunté.
– Por supuesto -respondió.
– ¿Entonces por qué no hacen contacto con nosotros cuando estamos despiertos?
– Lo hacen. Nuestra gran desgracia es estar tan completamente ocupados que no podemos poner atención a nada. Sin embargo, al dormirnos, la compuerta de doble sentido se abre y ensoñamos. Y en nuestros ensueños hacemos contacto.
– ¿Hay alguna manera de saber si los exploradores son de otro nivel que no es el mundo de los seres inorgánicos?
– Mientras mayor es su chisporroteo, de más lejos vienen. Suena como una simpleza ¿no? Pero no lo es. Deja que tu cuerpo energético decida. Te aseguro que al enfrentar a una energía forastera, hará muy sutiles distinciones y juicios infalibles.
Una vez más, estuvo en lo cierto. Sin mucha dificultad, mi cuerpo energético distinguió dos tipos generales de energía foránea. La energía de los exploradores del reino de los seres inorgánicos chisporroteaba ligeramente, no emitía ningún sonido, pero tenía todas las apariencias de efervescencia, de agua que está empezando a hervir.
La energía del segundo tipo general de exploradores me daba la impresión de tener considerablemente más vigor. Esos exploradores parecían estar a punto de quemarse. Vibraban por dentro como si estuvieran llenos de gas comprimido.
Mis encuentros con energía extranjera fueron siempre fugaces, ya que puse total atención a las recomendaciones de don Juan.
– A menos de que sepas exactamente lo que quieres de esa energía forastera -dijo-, tienes que conformarte con un breve vistazo. Ir más allá de un vistazo es tan peligroso y tan estúpido como acariciar a una víbora.
– ¿Por qué es peligroso, don Juan? -pregunté.
– Los exploradores son siempre peligrosos y extremadamente agresivos -dijo-. Tienen que ser así para realizar sus exploraciones. Sostener nuestra atención de ensueño en ellos es equivalente a pedir que se enfoquen en nosotros. Una vez que lo hacen, nos sentimos obligados a ir con ellos; y ese, por supuesto, es el peligro. Podemos acabar en mundos muy lejanos de nuestras posibilidades energéticas.
Don Juan explicó que hay muchísimos tipos de exploradores, pero que en mi nivel energético presente, únicamente podía enfocarme en tres. Describió los dos primeros tipos como los más fáciles de reconocer, porque sus disfraces en nuestros ensueños son tan extravagantes que de inmediato atraen nuestra atención de ensueño. Dijo que exploradores del tercer tipo son los más peligrosos, en términos de agresividad y poder, porque se esconden detrás de disfraces muy sutiles.
– Una de las cosas más extrañas que los ensoñadores encuentran, y con la cual te vas a topar tarde o temprano -don Juan continuó-, es el tercer tipo de exploradores. Hasta ahora, has encontrado solamente muestras de los dos primeros, pero eso se debe a no haberlos buscado en el lugar apropiado.
– ¿Y cuál es el lugar apropiado, don Juan?
– Has caído otra vez en la trampa de las palabras; esta vez las palabras culpables son "los exploradores se esconden detrás de los elementos de nuestros ensueños". Has creído que elementos significa únicamente objetos. Bueno, el más feroz de los exploradores se esconde detrás de gente en nuestros ensueños. Me aguardaba una formidable sorpresa cuando una vez enfoqué mi atención de ensueño en la imagen de mi madre. Después de haber expresado en voz alta mi intento de ver, mi madre se convirtió en una feroz burbuja de energía chisporroteante.
Don Juan hizo una pausa como para cerciorarse de que sus palabras tuvieran el debido efecto en mí. Me sentí tremendamente molesto con la idea de encontrar un explorador detrás de la imagen de mi madre.
– Es insoportable que estén siempre asociados con la imagen de nuestros padres o amigos -prosiguió-. Quizá es por eso que a menudo nos sintamos mal cuando soñamos con ellos.
Su sonrisa irónica me dio la impresión de que estaba disfrutando de mi molestia.
– Por lo general los ensoñadores asumen que siempre que se sienten perturbados al soñar con sus padres o sus amigos, el tercer tipo de exploradores está presente. Es muy razonable aconsejar a los ensoñadores que eviten esas imágenes en sus ensueños, pues son peligrosísimas.
– ¿Cuál es la posición del explorador azul con relación a los otros exploradores? -pregunté.
– La energía azul no chisporrotea -contestó-. Es como la nuestra; oscila, pero es azul en lugar de blanca. La energía azul no existe en nuestro mundo.
"Y eso nos pone frente a algo de lo que nunca hemos hablado. ¿De qué color eran los exploradores que has visto hasta ahora?
Nunca había pensado en ello, hasta el momento en que lo mencionó. Le dije que eran de color rosa claro o rojizo encendido. Él añadió que los exploradores del tercer tipo eran de color anaranjado brillante.
Yo mismo descubrí que el tercer tipo de explorador es francamente pavoroso. Cada vez que encontraba uno de ellos, estaba detrás de la imagen de mis padres, especialmente la de mi madre. Verlo, me recordaba siempre a la masa de energía que me atacó. La energía de aquellos exploradores parecía estar a punto de saltar sobre mi y mi cuerpo energético reaccionaba con horror aun antes de que la viera.
Durante nuestra siguiente discusión sobre el ensueño, le pregunté a don Juan sobre la ausencia total de los seres inorgánicos en mis prácticas de ensueño.
– Aparecen únicamente al principio -explicó-. Después de que los exploradores nos llevan a su mundo, no hay más necesidad de las proyecciones de los seres inorgánicos. Si queremos verlos, un explorador nos lleva a su mundo, puesto que nadie, pero nadie, puede viajar por si mismo a ese reino.
– ¿Por qué es eso, don Juan?
– Su mundo está sellado. Nadie puede entrar o salir de él sin el consentimiento de los seres inorgánicos. Lo único que se puede hacer, una vez que uno está adentro es, por supuesto, expresar el intento de quedarse allí. Decirlo en voz alta significa desatar corrientes de energía que son irreversibles. En tiempos pasados, la palabra era increíblemente poderosa. Ahora no lo es; pero en el reino de los seres inorgánicos, aún no ha perdido su poder.
Don Juan se rió y dijo que era engorroso para él hablar del mundo de los seres inorgánicos, ya que yo realmente sabía más acerca de ese mundo que él y todos sus compañeros juntos.
– Hay un asunto relacionado con ese mundo del cual no hemos discutido -dijo.
Hizo una larga pausa, como si estuviera buscando las palabras apropiadas.
– Para decirte la verdad -comenzó-, mi aversión por las actividades de los brujos antiguos es muy personal. Como nagual, detesto lo que hicieron. Buscaron cobardemente refugio en el mundo de los seres inorgánicos. Argüían que en un universo enemigo hecho para destruirnos, nuestro único posible refugio está en ese reino.
– ¿Por qué creían eso, don Juan?
– Porque es la verdad. Puesto que los seres inorgánicos no pueden mentir, el emisario de ensueño vende lo cierto. Ese mundo puede ampararnos y prolongar nuestra conciencia por casi una eternidad.
– Lo que el emisario vende, aunque sea la verdad, no me interesa -dije.
– ¿Quieres decir que te arriesgarías a tomar un camino que quizá te descuartice? -preguntó con un tono de perplejidad.
Le aseguré que yo no deseaba el mundo de los seres inorgánicos, a pesar de las ventajas que ofreciera. Mi aseveración pareció complacerle infinitamente.
– Entonces estás listo para encarar el aspecto final de ese mundo. El más espantoso aspecto que uno puede encarar -dijo, y trató de sonreír, pero no pudo.
Don Juan buscó en mis ojos, supongo, un vislumbre de comprensión. Se quedó callado por un momento.
– La energía necesaria para mover el punto de encaje de los brujos viene del reino de los seres inorgánicos -dijo como si tuviera prisa de terminar con el asunto.
Comprendí lo que don Juan dijo, mejor de lo que hubiera creído. Viajar a ese mundo siempre había significado para mi, en un nivel energético, recibir un empellón de energía oscura. Hasta había pensado en ello en estos términos, mucho antes de que don Juan me lo dijera. Sentí vértigo y tuve que pararme firmemente sobre mis pies para no perder el equilibrio.
– Esa es la verdad -don Juan prosiguió-, y la herencia que los brujos antiguos nos dejaron; una herencia que nos tiene inmovilizados hasta el día de hoy. Esta es la razón por la que los seres inorgánicos no me gustan. Son nuestra única fuente de energía. Personalmente, me niego a tomar su energía, y siempre trato de alejarte de ella. Pero sin éxito alguno, ya que algo te atrae a ese mundo como un imán.
– ¿Qué podemos hacer al respecto? -pregunté.
– No podemos tener tratos con ellos -contestó-, y sin embargo, no podemos dejarlos de lado. Mi solución ha sido tomar su energía pero sin caer bajo su influencia. Esto se conoce como el máximo acecho. Y se lleva a cabo sosteniendo el intento inviolable de la libertad; aunque ningún brujo sepa realmente qué es la libertad.
– ¿Me puede usted explicar, don Juan, por qué tienen los brujos que tomar energía del reino de los seres inorgánicos?
– No hay otra energía disponible. Los brujos necesitan una cantidad excesiva de energía para maniobrar el punto de encaje de la manera en que lo hacen.
Don Juan dijo que ningún brujo dispone por sí mismo de tal cantidad y cualidad de energía, y que no importa cuánto reestructuren su conciencia de ser. La energía natural básica de los seres humanos no es suficiente. Le recordé su propia afirmación: que ahorrar y dirigir nuestra energía básica era necesario para poder ensoñar.
– Eso es muy cierto -contestó-. Para empezar a ensoñar, los brujos necesitan redefinir sus premisas y ahorrar su energía; pero esa redefinición nos da únicamente la energía necesaria para preparar el ensueño. Energía para volar a otros reinos, para ver energía, para forjar el cuerpo energético, es otro asunto. Para esas maniobras los brujos necesitan energía oscura; cantidades de energía forastera.
– ¿Pero cómo la toma uno del mundo de los seres inorgánicos?
– Con el solo hecho de ir a ese mundo. Todos los brujos de nuestra línea tienen que hacer esto. Sin embargo, ninguno de nosotros es suficientemente idiota como para hacer lo que tú hiciste. Pero esto es porque ninguno de nosotros tiene tus inclinaciones.
Don Juan me mandó a casa a pensar seriamente lo que me había revelado. Yo tenía una cantidad increíble de preguntas, pero no las quiso escuchar.
– Tú mismo puedes contestar todas tus preguntas -dijo al decirme adiós.