Carol Tiggs estaba a mi lado, en un sueño absolutamente absurdo. Me hablaba, aunque no podía entender lo que decía. Don Juan también estaba en mi sueño, al igual que todos los miembros de su partida. Parecía como si estuvieran tratando de sacarme de un sitio neblinoso y amarillento.
Después de un serio esfuerzo de su parte, durante el cual los perdía de vista y luego los volvía a ver, consiguieron sacarme de ese lugar. Ya que no podía concebir el sentido de lo que pasaba, finalmente deduje que era un sueño incoherente y normal.
Mi sorpresa fue total cuando me desperté y me di cuenta de que estaba en cama en la casa de don Juan en México. No me podía mover. No tenía pero ni un ápice de energía. No supe qué pensar al respecto, aunque inmediatamente me percaté de la gravedad de mi situación. Tenía la vaga sensación de que había perdido mi energía debido a la fatiga causada por el ensueño.
No obstante, los compañeros de don Juan parecían estar extremadamente afectados por lo que me estaba sucediendo. Venían uno por uno a mi cuarto. Cada uno se quedaba por unos momentos en completo silencio, hasta que otro de ellos llegaba a reemplazarlo. Me pareció que tomaban turnos para cuidarme. Demasiado débil para pedirles una explicación de su comportamiento, los dejé hacer como quisieran.
Durante los días subsiguientes, me empecé a sentir mejor, y ellos comenzaron a hablarme de mi ensueño. Al principio, no supe qué querían de mí. Después, por el tenor de sus preguntas deduje que estaban obsesionados con los seres sombra. Todos ellos me dieron la impresión de estar asustados. Me decían más o menos las mismas cosas; insistían en que jamás habían estado en el mundo de las sombras. Algunos de ellos afirmaron que no sabían que existía. Sus afirmaciones y reacciones aumentaron mi confusión y mi temor.
No podían creer que los exploradores me hubieran transportado a ese mundo; no les cabía duda que yo había estado ahí, pero como no podían usar su experiencia personal para guiarse, no comprendían lo que yo estaba diciendo. Aun así, querían saber todo lo que yo les pudiera decir acerca de los seres sombra y de su reino. Los complací. Con la excepción de don Juan, todos se sentaban en mi cama a escuchar lo que yo dijera. No obstante, cada vez que los interrogaba acerca de mi situación, se escabullían, exactamente como los seres sombra.
Que evitaran a toda costa cualquier contacto físico conmigo, era una alarmante reacción suya que nunca antes había presenciado. Mantenían su distancia, como si estuviera yo infectado con una enfermedad. Su reacción me preocupó tanto que me sentí obligado a indagar la razón. La negaron. Parecían ofendidos, y llegaron hasta insistir en probarme que estaba equivocado. Me reí de buena gana de la tensión que les provocaba tocarme. Sus cuerpos adquirían una rigidez muy cómica cada vez que trataban de abrazarme.
Florinda Grau, la persona más cercana a don Juan, fue la única que no tuvo inconveniente en tratar físicamente conmigo dando masajes a mis músculos acalambrados, o cambiando mi cama, o ayudándome a ir al baño. Trató también de explicarme qué era lo que me pasaba. Me dijo que toda mi energía se había descargado y perdido en el mundo de los seres inorgánicos, y que don Juan y sus compañeros la habían recargado otra vez, pero que mi nueva carga energética era ligeramente perturbadora para la mayoría de ellos.
Florinda me trataba cariñosamente como si fuera un inválido. Hasta me hablaba como si fuera yo un bebé; algo que todos ellos celebraban con explosiones de risas. Pero a pesar de toda su burla su preocupación se me antojaba ser real y genuina.
Ya he escrito antes acerca de Florinda, con relación a mi encuentro con ella. En mi opinión, era una de las mujeres más hermosas que había conocido. Una vez le dije, y no era broma, que la veía muy fácilmente como modelo de revistas de modas.
– De revistas de mil novecientos diez -replicó.
Aunque Florinda era mayor, no era en absoluto vieja. Era joven y vibrante. Cuando le comenté a don Juan acerca de su insólita juventud, me contestó que la brujería la mantenía en un inigualable estado de fuerza y vitalidad. La energía de los brujos, remarcó, es visible al ojo como juventud y vigor.
Después de satisfacer, a través de mis historias, la curiosidad de los compañeros de don Juan, no volvieron más a mi cuarto, y su conversación se mantuvo al nivel de preguntas rutinarias sobre mi estado de salud. Sin embargo, cada vez que trataba de levantarme, había siempre alguien que delicadamente me lo impedía. Su vigilancia no me era del todo grata, pero parecía que la necesitaba ya que me sentía tremendamente débil. Aceptar estar mal, no me fue difícil, lo que si me afligía era no tener a nadie que me explicara cómo había llegado a México cuando lo último que recordaba era haberme acostado a ensoñar en mi cama, en Los Angeles. Les pregunté esto repetidamente, y todos ellos me respondieron que se lo preguntase al nagual, porque él era quien tenía la obligación de explicármelo.
Finalmente Florinda me explicó un tanto.
– Caíste en una trampa; eso es lo que te pasó -dijo.
– ¿Dónde caí en una trampa?
– En el mundo de los seres inorgánicos, por supuesto. Ese es el mundo con el cual has estado tratando por años. ¿No es así?
– Pues, tú sabes que sí, Florinda. Pero, ¿me podrías decir qué clase de trampa fue?
– No todavía. Todo lo que te puedo decir es que ahí perdiste toda tu energía. Pero peleaste muy bien.
– ¿Por qué estoy enfermo, Florinda?
– No estás enfermo de una enfermedad; digamos que fuiste energéticamente herido. Estabas en estado crítico, pero ahora sólo estás gravemente herido.
– ¿Cómo sucedió todo esto?
– Entraste en un combate mortal con los seres inorgánicos y fuiste derrotado.
– No me acuerdo de haber peleado con nadie, Florinda.
– Que te acuerdes o no, no tiene ninguna importancia. Peleaste con alguien que tenía infinitamente más capacidad que tú; unos maestros de la manipulación que te dejaron chiquitito.
– ¿Peleé con los seres inorgánicos?.
– Sí. Tuviste un encuentro mortal con ellos. Realmente no sé cómo sobreviviste su golpe de muerte.
Se rehusó a decirme nada más, pero insinuó que el nagual iba a venir a verme muy pronto.
Don Juan se presentó al día siguiente; muy risueño y encantador. Anunció jocosamente que me estaba haciendo un visita en calidad de doctor de energía; me examinó, mirándome fijamente de pies a cabeza.
– Estás casi curado -concluyó.
– ¿Qué fue lo que me pasó, don Juan? -pregunté.
– Caíste en la trampa que los seres inorgánicos te tendieron -contestó.
– ¿Cómo llegué aquí?
– Ahí está el gran misterio -dijo sonriendo jovialmente, obviamente tratando de hacer un chiste de un asunto muy serio-. Los seres inorgánicos te robaron; con cuerpo y todo. Primero, se llevaron tu cuerpo energético a su reino, cuando seguiste a uno de sus exploradores, y después se llevaron tu cuerpo físico.
Los compañeros de don Juan parecían estar en estado de parálisis. Con voz trémula uno de ellos le preguntó a don Juan si los seres inorgánicos podían atrapar a cualquiera. Don Juan contestó que ciertamente podían. Les recordó que el nagual Elías había sido transportado a ese mundo, contra su voluntad.
Todos asintieron con una inclinación de cabeza. Don Juan continuó hablándoles, refiriéndose a mí en tercera persona. Dijo que la conciencia combinada de un grupo de seres inorgánicos había primero consumido mi energía, forzándome a tener una explosión emocional: liberar al explorador azul. Luego la conciencia combinada del mismo grupo de seres inorgánicos había transportado mi inerte masa física a su mundo. Don Juan añadió que sin el cuerpo energético, uno no es más que una porción de materia orgánica que puede ser fácilmente manipulada por una conciencia superior.
– Los seres inorgánicos están pegados, juntos, como las células del cuerpo -don Juan prosiguió-. Cuando unen su conciencia son invencibles. Para ellos no es nada sacarnos de un tirón de nuestros lares energéticos y sumergirnos en su mundo. Especialmente si nos hacemos conspicuos y accesibles, como lo hizo él.
El sonido de suspiros y respiraciones entrecortadas rebotaba en las paredes. Todos ellos daban muestras de estar verdaderamente asustados y preocupados.
Quería quejarme y recriminar a don Juan por no haberme detenido, pero me acordé de cómo había tratado él de advertirme; de desviarme una y otra vez, sin ningún resultado. Don Juan, consciente de lo que yo pensaba, me sonrió.
– La razón por la que te sientes enfermo -dijo- es porque los seres inorgánicos descargaron tu energía y te dieron la suya. Eso debería haber sido suficiente parar matar a cualquiera. Gracias a tu energía de nagual, sobreviviste, aunque a duras penas.
Le mencioné a don Juan que recordaba pedazos de un sueño bastante incoherente, en el cual estaba en un mundo de neblina amarillenta. Y que tanto él como Carol Tiggs y sus compañeros trataban de sacarme de ahí.
– El ojo físico ve al reino de los seres inorgánicos como un mundo de neblina amarillenta -dijo-. Lo que creías un sueño incoherente, era ver el mundo de los seres inorgánicos con tus ojos físicos. Tú y todos nosotros lo vimos por primera vez con nuestros ojos. Sabíamos acerca de la neblina amarillenta únicamente a través de las historias de los brujos, pero no a través de nuestra experiencia.
Entendí lo que me dijo, pero no le pude captar ningún sentido. Don Juan me aseguró que darme una explicación más elaborada era imposible debido a mi falta de energía; tenía que quedar satisfecho, dijo, con su explicación y de la manera como yo la entendí.
– No entendí su explicación -insistí.
– Entonces no has perdido nada -dijo-. Cuando estés más fuerte, tú mismo te contestarás tus propias preguntas.
Le confesé a don Juan que tenía bochornos esporádicos. Mi temperatura se elevaba repentinamente y, mientras me sentía afiebrado y sudoroso, tenía extraordinarias e inquietantes clarividencias acerca de mi situación.
Don Juan escudriñó todo mi cuerpo con su penetrante mirada. Dijo que perder mi energía me había afectado temporalmente; y lo que yo sentía como bochornos eran explosiones de energía, durante las cuales retomaba el control de mi cuerpo energético y estaba al tanto de lo que me había sucedido.
– Haz un esfuerzo y dime qué fue lo que te pasó en el mundo de los seres inorgánicos -me ordenó.
Le dije que de vez en cuando tenía la clara sensación de que él y sus compañeros habían ido a ese mundo con sus cuerpos físicos y me habían arrancado de las garras de los seres inorgánicos.
– ¡Bien! -exclamó-. Ahora convierte esa sensación en una visión de lo que te sucedió.
Por más que traté, no fui capaz de hacer lo que me pedía. No poder lograrlo me hizo sentir una fatiga fuera de lo común, que parecía secar mi cuerpo desde adentro. Le lloriqueé a don Juan que mi ansiedad estaba a punto de hacerme explotar.
– Tu ansiedad no significa nada -dijo sin preocuparse-. Recupera tu energía y no te preocupes de tonterías.
Pasaron más de dos semanas durante las cuales recuperé lentamente mi energía. Lo cual no me impidió seguir preocupándome por todo. Mi mayor preocupación era el sentirme desconocido a mí mismo; había un rasgo de frialdad en mi que no había notado antes; un tipo de fría indiferencia, un desapego que primero atribuí a mi falta de energía. Pero luego que la recuperé, me di cuenta de que era una nueva característica de mi ser que me tenía permanentemente fuera de sincronización. Para poder evocar los sentimientos, a los que estaba acostumbrado, los tenía que convocar y esperar unos momentos hasta que hicieran su aparición en mi mente.
Otra nueva característica de mi ser era un extraño anhelo que se apoderaba de mí de vez en cuando. Anhelaba a alguien a quien no conocía; era un sentimiento tan abrumador que cuando lo experimentaba, tenía que caminar alrededor del cuarto para poder aliviarlo. Permanecía aprisionado por esa emoción hasta que un rígido control sobre mí mismo, que tampoco había tenido antes, me liberaba; era un control tan nuevo y poderoso, que sólo añadió más combustible a mi preocupación general.
Al final de la cuarta semana, don Juan y sus compañeros llegaron finalmente al acuerdo de que yo me encontraba sano y salvo. Cortaron sus visitas drásticamente. Me pasaba la mayoría del tiempo solo, durmiendo. El descanso era tan completo que mi energía incrementó notablemente. Me sentía una vez más como el yo de antes. Hasta empecé a hacer ejercicio.
Un día, después de una ligera comida, alrededor del mediodía, regresé a mi cuarto para dormir una siesta. Antes de sumergirme en un profundo sueño, y el revolcarme en mi cama buscando una posición más confortable, cuando una extraña presión en mis sienes me hizo abrir los ojos. La niñita del mundo de los seres inorgánicos estaba parada al pie de mi cama, escudriñándome con sus fríos y metálicos ojos azules.
Brinqué de mi cama y grité tan fuerte, que tres de los compañeros de don Juan entraron en el cuarto aun antes de que acabara de gritar. Se quedaron estupefactos. Miraron con horror cómo la niñita se me acercaba deteniéndose justo frente a mí. Nos quedamos mirándonos por una eternidad. Me dijo algo que al principio no pude comprender, pero que un momento después era clarísimo. Me dijo que para que yo la entendiera, tendría que transferir mi conciencia de ser de mi cuerpo físico a mi cuerpo energético.
En ese momento, don Juan entró en el cuarto. La niñita y don Juan se quedaron mirándose. Sin decir una sola palabra, don Juan dio vuelta y salió del cuarto. La niñita lo siguió, cortando el aire como un silbido.
La conmoción que esta escena causó entre los compañeros de don Juan fue indescriptible. Perdieron toda su ecuanimidad. Evidentemente, todos ellos vieron a la niña cuando salió del cuarto con el nagual.
Yo me sentía a punto de explotar físicamente. Me iba a desmayar y me tuve que sentar. La presencia de esa niña fue como un golpe en mi plexo solar. Tenía un asombroso parecido con mi padre. Me golpearon oleadas de sentimiento. Compulsivamente me preguntaba a mí mismo una y otra vez, qué podía significar todo esto.
Cuando don Juan retornó al cuarto, yo había recuperado un mínimo control sobre mí mismo. Mis expectativas acerca de lo que él diría sobre la niñita hacían que mi respiración fuera muy difícil. Todos estaban tan excitados como yo. Le hablaron a don Juan al unísono y se rieron también al unísono al darse cuenta de lo que habían hecho. Su principal interés era saber si había alguna uniformidad en la forma en que habían percibido la apariencia del explorador. Todos estuvieron de acuerdo en que habían visto a una niña de seis o siete años; muy delgada, con hermosas facciones angulares. También estuvieron de acuerdo en que sus ojos eran de color azul acero y que ardían con una emoción silenciosa; sus ojos, dijeron, expresaban gratitud y lealtad.
Yo había corroborado todos esos detalles acerca de la niñita. Sus ojos eran tan brillantes y abrumadores que me habían causado realmente algo como dolor. Había sentido el peso de su mirada en mi pecho.
Una interrogación muy seria que le hicieron sus compañeros a don Juan, y a la cual yo también me suscribía, era acerca de las posibles implicaciones de ese evento. Sostenían que el explorador era una energía foránea que se había filtrado a través de las paredes que separan la segunda atención de la atención del mundo cotidiano. Su punto de vista era que, a pesar de no estar ensoñando, todos ellos vieron esa energía forastera proyectada en la figura de una niña humana, por lo tanto, esa niña existía en nuestro mundo.
Argumentaron que posiblemente habría cientos, o hasta miles de casos, en los que energía forastera se escurría a nuestro mundo humano sin ser advertida; pero que en la historia de su linaje, no había absolutamente ninguna mención sobre un evento de esta naturaleza. Lo que más les preocupaba era que ni siquiera existían historias de brujos sobre el asunto.
– ¿Es la primera vez en la historia de la humanidad que algo como esto ocurre? -uno de ellos le preguntó a don Juan.
– Yo creo que esto pasa todo el tiempo -contestó-, pero nunca de manera tan premeditada.
– ¿Qué significa esto para nosotros? -le preguntó otro de ellos a don Juan.
– Para nosotros nada, pero para él todo -dijo señalándome.
Esta aseveración los empujó al más inquietante de los silencios. Don Juan se paseaba ida y vuelta por el cuarto. Después se detuvo frente a mí y me escudriñó, dando todas las indicaciones de alguien que no puede encontrar palabras para expresar un aplastante descubrimiento.
– No puedo ni siquiera empezar a valorar lo que ha ocurrido -don Juan me dijo en un tono de perplejidad-. Caíste en una trampa, pero no fue la clase de trampa que esperaba. Tu trampa fue diseñada únicamente para ti, y fue más mortal que cualquier otra que pudiera haber yo imaginado. Me preocupaba que cayeras por pinches deseos de ser halagado y de que te den todo. Con lo que nunca conté fue con que los seres sombra te tenderían una trampa, usando tu aversión por las cadenas.
Don Juan hizo una vez una comparación de su reacción y la mía a lo que nos presionaba más en el mundo de los brujos. Dijo, sin que pareciera como una queja, que aunque él quería y trataba de lograrlo, nunca había sido capaz de inspirar el afecto que su maestro, el nagual Julián, inspiraba en la gente.
– Mi reacción fidedigna, la cual te estoy mostrando para que la examines, es decir, con completa sinceridad: no es mi destino poder evocar un afecto ciego y total; pues, ¡que así sea!
"Tu reacción fidedigna -prosiguió- es no poder soportar cadenas y ser capaz hasta de perder la vida con tal de romperlas.
Yo estaba sinceramente en desacuerdo con él, y le dije que estaba exagerando. Mis puntos de vista no eran tan claros.
– No te preocupes -dijo riendo-, la brujería es acción. Cuando llegue la ocasión, actuarás de acuerdo a tu pasión; de la misma forma en que yo actuaré de acuerdo a la mía. La mía es aceptar mi destino; no de una forma pasiva, como un idiota, sino activamente como un guerrero. La tuya es tirarte, sin capricho ni premeditación, a romper las cadenas de quien sea.
Don Juan explicó que al fusionar mi energía con la del explorador azul, había yo verdaderamente dejado de existir. Todo mi cuerpo físico había sido entonces transportado al reino de los seres inorgánicos, y si no hubiera sido por el explorador azul, quien guió a don Juan y a sus compañeros hasta donde yo estaba, estaría muerto, o inextricablemente preso en ese mundo.
– ¿Por qué lo guió el explorador adonde yo estaba? -pregunté.
– El explorador es un ser sensitivo de otra dimensión -dijo-. Ahora es una niñita; y como tal, me dijo que para obtener la energía necesaria a fin de romper la barrera que la tenía aprisionada en el mundo de los seres inorgánicos, tuvo que tomar toda la tuya. Esa es ahora su parte humana. Algo parecido a un sentimiento de gratitud la condujo hacia mí. Cuando la vi, supe instantáneamente que estabas perdido.
– ¿Qué hizo usted entonces, don Juan?
– Junté a todos los que pude, especialmente a Carol Tiggs, y nos fuimos al reino de los seres inorgánicos.
– ¿Por qué Carol Tiggs?
– En primer lugar, porque tiene infinita energía, y en segundo lugar, porque se tenía que familiarizar con el explorador. Todos nosotros obtuvimos algo invaluable de esta experiencia. Tú y Carol Tiggs obtuvieron al explorador. Nosotros obtuvimos una razón para unir nuestros cuerpos físicos con nuestros cuerpos energéticos; nos convertimos en pura energía.
– ¿Cómo hicieron ustedes eso, don Juan?
– Desplazamos nuestros puntos de encaje al unísono. Nuestro intento impecable de salvarte hizo que esto fuera posible. En fracciones de segundo, el explorador nos llevó adonde yacías tendido, medio muerto, y Carol te arrastró hacia afuera.
Su explicación no me explicó nada, porque carecía de sentido. Don Juan se rió cuando le dije esto.
– ¿Cómo podrías entenderlo, si ni siquiera tienes suficiente energía para salirte de tu cama? -replicó.
Le revelé algo que se insinuaba en mi mente: que sabía infinitamente más de lo que racionalmente admitía, pero que algo obturaba apretadamente mi memoria.
– Falta de energía es lo que ha puesto una tapa en tu memoria -dijo-. Cuando tengas suficiente energía te funcionará perfectamente.
– ¿Quiere usted decir que podré recordar todo, si así lo deseo?
– No exactamente. Puedes desearlo tanto como quieras, pero si tu nivel de energía no está a la par con la importancia de lo que sabes, ya te puedes ir despidiendo de tu conocimiento: no te será nunca accesible.
– ¿Entonces, qué es lo que hay que hacer, don Juan?
– La energía tiende a acumularse; si sigues impecablemente el camino del guerrero, va llegar el momento en que tu memoria se abrirá.
Le confesé que al escucharlo hablar, me venía la sensación de que me estaba entregando a mi antiguo vicio de la autocompasión, y que realmente estaba bien, solamente simulando estar mal.
– No estás únicamente entregándote a tu vicio -dijo-. Estuviste enérgicamente muerto hace cuatro semanas. Ahora no estás más que aturdido. Estar aturdido y con falta de energía es lo que te hace esconder tu conocimiento. Tú ciertamente sabes más que ninguno de nosotros acerca del mundo de los seres inorgánicos; te hemos dicho que todo lo que sabemos de él nos viene de las historias de brujos. Imagínate lo extraño que será para nosotros que te hayas convertido en otra fuente de historias de brujos.
Le reafirmé que me era imposible creer que yo había hecho algo que él no hubiera hecho, o creía que estaban meramente tomándome el pelo.
– Ni te estoy halagando ni me estoy burlando de ti -dijo visiblemente molesto-. Te estoy describiendo un acto de brujería. El que sepas más de ese mundo que ninguno de nosotros, no debería de ser una razón para sentirte contento. No hay ninguna ventaja en ese conocimiento; de hecho, a pesar de todo lo que sabes, no te pudiste salvar a ti mismo. Nosotros te salvamos, porque te encontramos. Pero sin la ayuda del explorador azul, no hubiera habido ningún caso en siquiera tratar de buscarte. Estabas tan infinitamente perdido en ese mundo que me estremezco con sólo pensar en ello.
En el estado emocional en el que me encontraba, no me pareció raro ver pasar una oleada de emoción a través de todos los compañeros y aprendices de don Juan. La única que permaneció inalterable fue Carol Tiggs, quien parecía haber aceptado completamente su papel. Ella era una conmigo.
– Liberaste al explorador -continuó don Juan-, pero perdiste tu vida. O peor aún, perdiste tu libertad. Los seres inorgánicos dejaron libre al explorador azul, pero a cambio de ti.
– Difícilmente puedo creer eso, don Juan. No es que dude de usted, pero describe una maniobra tan taimada que me deja pasmado.
– No consideres a los seres inorgánicos como granujas y todo se aclarará. Los seres inorgánicos están buscando eternamente conciencia y energía; si tú los abasteces con ambas, ¿qué crees que van a hacer? ¿Mandarte besitos desde el balcón de enfrente?
Sabía que don Juan tenía razón. Pero no podía sostener esa certeza por mucho tiempo; mi claridad mental venía y se alejaba de mí.
Los compañeros de don Juan continuaron haciéndole preguntas. Querían saber si había pensado qué hacer con el explorador.
– Sí he pensado en eso. Es un problema de lo más serio, que el nagual tiene que resolver -dijo señalándome-. Él y Carol Tiggs son los únicos que pueden liberar al explorador.
Naturalmente que le hice la única pregunta posible.
– ¿Cómo lo puedo liberar?
– En lugar de que yo te diga cómo, hay una mejor y más justa manera de averiguarlo -dijo con una gran sonrisa-. Pregúntale al emisario. Como tú sabes, los seres inorgánicos no pueden mentir.