Una vez en casa, me di rápidamente cuenta de que me era imposible contestar cualquiera de mis preguntas, como don Juan había asegurado. De hecho, ni siquiera las podía formular. Pensé que quizá era porque el lindero de la segunda atención comenzaba a desplomarse sobre mí. En ese entonces fue que conocí a Florinda Donner y a Carol Tiggs en el mundo cotidiano. La confusión de no conocerlas en lo absoluto, y sin embargo conocerlas tan íntimamente como para ser capaz de morir por ellas, era sumamente nociva para mí. Ya había conocido a Taisha Abelar algunos años antes, y apenas estaba acostumbrándome a la detestable sensación de conocerla, sin tener la menor idea de cómo la conocía. Aumentar dos más a mi sobrecargado sistema fue demasiado para mí. Me enfermé de fatiga y tuve que pedirle ayuda a don Juan. Fui al pueblo, en el sur de México, donde él y sus compañeros vivían.
Todos ellos se rieron a carcajadas con la sola mención de mis tormentos. Don Juan me explicó que realmente no se estaban riendo de mí, sino de sí mismos. Mis problemas les recordaban lo que ellos habían pasado cuando los linderos de la segunda atención se derrumbaron sobre ellos, de la misma forma en que a mí me estaba pasando. Su conciencia, como la mía, no había estado preparada para tal golpe.
– Todos los brujos pasan a través de la misma agonía -don Juan prosiguió-. La conciencia es un área infinita de exploración para los brujos y para el hombre en general. No hay riesgo que no debamos correr, ni medios que debamos rehusar para incrementar la conciencia. Ten en mente, sin embargo, que la conciencia se puede incrementar únicamente con cordura.
Don Juan reiteró que su estadía en el mundo se estaba terminando y que yo tenía que usar mis recursos muy mesuradamente para cubrir tanto terreno como pudiese antes de que esto ocurriera. Aseveraciones de ese tipo me hacían entrar en estados de profunda depresión.
No se dijo nada más después de eso. Al día siguiente, cumpliendo con su pedido, llevé a don Juan a la ciudad de México. Llegamos alrededor del mediodía y fuimos directamente al hotel Del Prado, en La Alameda, donde usualmente se alojaba cuando estaba en la ciudad. Ese día don Juan tenía una cita con un abogado a las cuatro de la tarde. Ya que teníamos bastante tiempo, fuimos a comer al Café Tacuba, un restaurante en el corazón del centro, que tenía la reputación de servir verdaderas comidas.
Don Juan no tenía hambre. Sólo ordenó dos tamales dulces, mientras que yo me comí vorazmente un espléndido festín. Se rió de mí e hizo señas de desesperación silenciosa ante mi saludable apetito.
– Te voy a proponer que hagas algo muy importante -dijo en un tono frío, una vez que terminamos nuestra comida-. Es la última tarea de la tercera compuerta del ensueño y consiste en acechar a los acechadores; una maniobra sumamente misteriosa. Acechar a los acechadores quiere decir extraer deliberadamente energía del reino de los seres inorgánicos para poder realizar las proezas de la brujería.
– ¿Cuáles son esas proezas de la brujería, don Juan?
– Por ejemplo un viaje; un viaje que usa la conciencia como un elemento del medio ambiente -explicó-. En el mundo de la vida cotidiana, el agua es un elemento del medio ambiente que usamos para viajar. Imagina a la conciencia como un elemento similar que puede ser usado para viajar. Exploradores de todo el universo vienen a nosotros a través del medio de la conciencia; y viceversa, a través de la conciencia, los brujos van a los confines del universo.
Entre la cantidad de conceptos que don Juan me había presentado durante el curso de sus enseñanzas, hubo algunos que no necesitaron ser repetidos para atraer por completo mi interés. Este fue uno de ellos.
– La idea de que la conciencia es un elemento físico es revolucionaria -dije azorado.
– No dije que era un elemento físico -me corrigió-. Es un elemento energético. Tienes que hacer esa distinción. Para los brujos que ven, la conciencia es un resplandor. Pueden enganchar su cuerpo energético a ese resplandor e irse con él.
– ¿Cuál es la diferencia entre un elemento físico y uno energético? -pregunté.
– La diferencia es que los elementos físicos son parte de nuestro sistema de interpretación, pero los elementos energéticos no lo son. En nuestro mundo existen elementos energéticos como la conciencia, pero nosotros, como gente común y corriente, percibimos únicamente los elementos físicos, porque así nos enseñaron a hacerlo. Los brujos perciben los elementos energéticos por la misma razón: porque les enseñaron a hacerlo.
Don Juan explicó que el uso de la conciencia como un elemento energético de nuestro ambiente es la esencia de la brujería. Dijo que la trayectoria de los brujos era, primero, liberar la energía existente en nosotros por medio de la recapitulación y la disciplina del camino del guerrero; segundo, usar esa energía para desarrollar el cuerpo energético por medio del ensueño; y tercero, usar la conciencia como un elemento del medio ambiente para poder entrar en otros mundos, no sólo con el cuerpo energético, sino también con el cuerpo físico.
– Hay dos clases de viajes energéticos a otros mundos -prosiguió-. Uno es cuando la conciencia levanta al cuerpo energético y lo lleva adonde fuere; y el otro es cuando el brujo, con plena lucidez, decide usar la avenida de la conciencia para hacer el viaje. Tú has hecho la primera clase de viaje. Se requiere de una tremenda disciplina para hacer la segunda clase.
Después de un largo silencio, don Juan declaró que en la actividad de los brujos hay asuntos que requieren de un manejo muy delicado y experto. Tratar con la conciencia con un elemento abierto al cuerpo energético es el más importante, vital y peligroso de esos asuntos.
No tuve nada que comentar. Me puse ansioso de repente, pendiente de cada una de sus palabras.
– Por ti solo no tienes suficiente energía para llevar a cabo la última tarea de la tercera compuerta del ensueño -prosiguió-; pero si te aúnas a Carol Tiggs, ustedes dos pueden ciertamente hacer lo que tengo en mente.
Hizo una pausa, aguijoneándome con su silencio para que le preguntara qué era lo que tenía en mente. Lo hice. Su risa únicamente aumentó lo siniestro de mi estado de ánimo.
– Quiero que rompas con los limites del mundo diario y que entres en otro usando la conciencia como un elemento energético -dijo-. Este romper límites y entrar en otro mundo es el equivalente a acechar a los acechadores. Usar la conciencia como un elemento del medio ambiente pasa por alto la influencia de los seres inorgánicos, pero deja el paso libre para usar su energía.
No quiso darme más informes para no influenciarme demasiado. Creía que cuanto menos supiera de antemano, mejor. No estuve de acuerdo, pero me aseguró que si algo inusitado sucedía, mi cuerpo energético era perfectamente capaz de tomar las riendas.
Del restaurante fuimos a la oficina del abogado. Don Juan concluyó rápidamente con sus negocios, y en cosa de nada, nos encontrábamos en un taxi en camino al aeropuerto. Don Juan me informó que Carol Tiggs iba a llegar en un vuelo desde Los Angeles, exclusivamente a ejecutar la última tarea de ensueño conmigo.
– El valle de México es un espléndido lugar para llevar a cabo la clase de brujería que ustedes dos necesitan -comentó.
– Todavía no me dijo cuáles son los pasos exactos a seguir -dije.
No me contestó. No hablamos más, pero mientras esperábamos a que el avión aterrizara, me explicó el procedimiento a seguir. Tenía que ir al cuarto de Carol Tiggs, en el hotel Regis, y después de entrar junto con ella en un estado de total silencio interior, teníamos que deslizarnos velozmente al ensueño, expresando en voz alta nuestro intento de ir al reino de los seres inorgánicos.
Lo interrumpí para recordarle que yo siempre había tenido que esperar a que apareciera un explorador, antes de que pudiera manifestar en voz alta mi intento de ir al mundo de los seres inorgánicos.
Don Juan se rió entre dientes y dijo:
– Tú y Carol Tiggs nunca han ensoñado juntos. Vas a descubrir lo que es un deleite. Las brujas no necesitan de ningún sostén. Ellas simplemente van a ese mundo cuando quieren; para ellas hay siempre un explorador listo.
Yo creía tener cierto grado de experiencia en el trato con los seres inorgánicos, y no podía creer que las brujas fueran capaces de hacer lo que él aseveraba. Cuando le mencioné mis dudas, don Juan respondió que yo no tenía experiencia acerca de lo que las brujas eran capaces de hacer.
– ¿Por qué crees que traje a Carol Tiggs conmigo cuando tuve que sacarte del mundo de los seres inorgánicos? -preguntó-. ¿Crees que lo hice porque es hermosa?
– ¿Por qué lo hizo, don Juan?
– Porque yo no lo podía hacer solo; y para ella eso no fue nada. Tiene una afiliación natural con ese mundo.
– ¿Es ella un caso excepcional, don Juan?
– Las mujeres en general tienen una inclinación natural por ese reino; por supuesto que las brujas son las campeonas, pero Carol Tiggs es la mejor de las que yo he conocido. Como mujer nagual su energía es espléndida.
Creí haber sorprendido a don Juan en una seria contradicción. Me había dicho que los seres inorgánicos no estaban en lo absoluto interesados en las mujeres, y ahora afirmaba lo opuesto.
– No. No estoy afirmando lo opuesto -remarcó cuando le eché en cara su contradicción-. Te he dicho que los seres inorgánicos no persiguen a las mujeres, van únicamente tras los hombres; pero también te dije que los seres inorgánicos son femeninos, y que el universo entero parece ser femenino. Así que saca tus propias conclusiones.
Puesto que no tenía manera alguna de sacar mis propias conclusiones, don Juan me explicó que en teoría las brujas van y vienen a ese mundo a su antojo, debido a su conciencia acrecentada y a su feminidad.
– ¿Le consta a usted esto? -pregunté.
– Las mujeres de mi bando nunca han hecho eso -confesó-, no porque no puedan, sino porque yo las disuadí. Por otro lado, las mujeres de tu bando lo hacen tan fácilmente como si se cambiaran de vestido.
Sentí un vacío en el estómago. Realmente no sabía nada acerca de las mujeres de mi bando. Don Juan me consoló, dijo que mis circunstancias eran diferentes a las de él, al igual que mi rol como nagual. Me aseguró que no podría disuadir a ninguna de las mujeres de mi bando ni aunque me pusiera a llorar.
En el taxi de camino al hotel, Carol Tiggs nos deleitó con sus imitaciones de personas que conocíamos. Traté de ponerme serio y le pregunté sobre nuestra tarea. Murmuró algunas disculpas por no ser capaz de contestarme con la seriedad que me merecía. Don Juan se rió ruidosamente cuando ella imitó mi solemne tono de voz.
Después que Carol firmó el registro en el hotel, los tres caminamos sin rumbo alrededor del centro buscando tiendas de libros usados. Comimos una cena ligera en el restaurante Sanborns de la Casa de los Azulejos. A eso de las diez, entramos en el hotel Regis. Nos fuimos directamente al elevador. Mi miedo había agudizado mi capacidad para percibir detalles. El edificio del hotel era viejo y masivo. Los muebles del vestíbulo obviamente vieron mejores días. Sin embargo aún había en todo nuestro alrededor algo encantador, algo de la antigua gloria del Regis. Podía entender fácilmente por qué le gustaba tanto este hotel a Carol Tiggs.
Antes de subirnos al ascensor, mi ansiedad escaló tales alturas, que le tuve que pedir a don Juan instrucciones de último minuto.
– Dígame otra vez cómo vamos a proceder -le rogué.
Don Juan nos llevó a las gigantescas y antiguas poltronas en el vestíbulo y nos explicó pacientemente que una vez que estuviéramos en el mundo de los seres inorgánicos, teníamos que expresar en voz alta nuestro intento de transferir nuestra conciencia normal a nuestros, cuerpos energéticos. Sugirió que Carol y yo lo dijéramos al unísono, aunque eso no era realmente importante. Lo importante era que cada uno de nosotros intentara transferir la conciencia total de nuestro mundo cotidiano a nuestros cuerpos energéticos.
– ¿Cómo hacemos esta transferencia de conciencia? -pregunté.
– Transferir la conciencia es puramente una cuestión de expresar en voz alta nuestro intento y de tener la cantidad suficiente de energía -dijo-. Carol sabe todo esto porque lo ha hecho antes. Entró al reino de los seres inorgánicos con todo su cuerpo cuando te sacó de ahí, ¿te acuerdas? Su energía hará que tu tarea sea posible. Ella pondrá lo que falta.
– ¿Qué quiere usted decir con poner lo que falta? Estoy en las tinieblas don Juan.
Don Juan explicó que poner lo que falta significaba poner la energía necesaria para transportar la parte física de uno y ponerla en el cuerpo energético. Dijo que usar la conciencia como un medio para hacer el viaje a otro mundo no es el resultado de aplicar técnicas, sino el corolario de poseer la suficiente energía para intentar el viaje. La masa energética de Carol sumada a la mía, o mi masa energética sumada a la de Carol, nos iba a convertir en una sola entidad energéticamente capaz de transportar nuestra parte física, y de ponerla en el cuerpo energético para poder hacer ese viaje.
– ¿Qué es exactamente lo que tenemos que hacer para entrar a ese otro mundo? -Carol Tiggs preguntó.
Su pregunta me causó una enorme inquietud porque creía que ella sabía cómo proceder.
– La totalidad de tu masa física se tiene que volcar en tu cuerpo energético -contestó don Juan mirándola a los ojos-. Lo tremendamente dificultoso de esta maniobra es disciplinar al cuerpo energético, algo que ustedes dos ya han hecho. La falta de disciplina sería la única razón por la cual ustedes podrían fracasar en esta hazaña de máximo acecho. Algunas veces, de pura casualidad, una persona común y corriente la ejecuta y entra a otro mundo. Pero esto inmediatamente se aclara y se explica como un estado de locura o alucinación.
Hubiera dado cualquier cosa para que don Juan continuara hablando. Nos puso en el ascensor a pesar de mis protestas y mi necesidad de hacerle más preguntas. Subimos al segundo piso, al cuarto de Carol. En lo profundo de mí sabía que mi desasosiego no se debía tanto a que necesitara saber, sino a mi miedo. De alguna manera esta maniobra de brujos me aterraba más de lo que hubiera querido admitir.
Las palabras de despedida de don Juan fueron:
– Olvídense de sí mismos y no le temerán a nada.
La mueca que hizo y el movimiento de su cabeza eran invitaciones a examinar su aseveración.
Carol Tiggs se rió y empezó a hacer payasadas imitando la voz de don Juan al darnos sus enigmáticas instrucciones. Su ceceo añadió bastante color a lo que don Juan había dicho. Algunas veces su ceceo me parecía adorable, la mayoría de las veces lo detestaba; afortunadamente esa noche era casi imperceptible.
Fuimos a su cuarto y nos sentamos al borde de la cama. Mi último pensamiento consciente fue que la cama era una reliquia de principios de siglo. Antes de que tuviera tiempo de decir una sola palabra, me encontré acostado en una cama extraña. Carol Tiggs estaba conmigo. Se sentó al mismo tiempo que yo. Estábamos desnudos, cada uno cubierto con una delgada cobija.
– ¿Qué está pasando? -preguntó con voz tenue.
– ¿Estás despierta? -le pregunté neciamente.
– Claro que estoy despierta -dijo en un tono impaciente.
– ¿Te acuerdas dónde estuvimos hace un minuto? -pregunté.
Hubo un largo silencio. Obviamente estaba tratando de poner sus pensamientos en orden.
– Creo que soy real, pero tú no -dijo finalmente-. Yo sé dónde estaba antes de llegar aquí. Y tú me quieres hacer una jugarreta.
Pensé que ella estaba haciendo lo mismo conmigo; sabía lo que pasaba, me estaba poniendo a prueba o se estaba burlando de mi. Don Juan me había dicho que los demonios de nosotros dos eran la astucia y la sospecha. Carol me estaba dando un gran ejemplo de eso.
– Me niego a ser parte de tus juegos de mierda donde tú siempre controles la situación -dijo, mirándome con veneno en los ojos-. Me estoy refiriendo a ti, quien quiera que fueras.
Agarró una de las cobijas y se envolvió en ella.
– Me voy a acostar aquí y voy a regresar al lugar de donde vine -dijo con un aire de finalidad-. Váyanse tú y el nagual a rascarse las pelotas.
– Tienes que dejarte de necedades -le dije enérgicamente-. Estamos en otro mundo.
No me escuchó y me volvió la espalda como una niña consentida. No quise gastar mi atención de ensueño en inútiles discusiones. Empecé a examinar lo que estaba a mi alrededor. La luz de la luna brillaba a través de la ventana directamente enfrente de nosotros. Estábamos en un cuarto pequeño, en una cama alta, primitivamente construida. Cuatro postes gruesos plantados en el suelo servían de soporte a la armadura de la cama hecha de varillas de madera. La cama tenía un gruesísimo colchón, pero el grosor era más una cuestión de la densidad del material que de su volumen. No había sábanas ni almohadas. Costales de arpillera, al parecer llenos de grano, estaban amontonados contra la pared. Dos que estaban al pie de la cama acomodados uno encima del otro, servían como escalones para subirse a ella.
Al buscar dónde prender la luz, encontré que la cama estaba en una esquina contra la pared. Nuestras cabezas daban a la pared; yo estaba en la parte de afuera de la cama y Carol en la parte de adentro. Cuando me senté al borde de la cama me hallé quizá a más de metro y medio del suelo.
De repente Carol Tiggs se sentó y dijo con un pronunciado ceceo:
– ¡Esto es asqueroso! Ciertamente el nagual nunca me dijo que iba a acabar así.
– Yo tampoco lo sabía -dije.
Quería empezar una conversación, pero mi ansiedad había crecido fuera de toda proporción.
– Cállate la boca -me dijo bruscamente, su voz resquebrajada del enojo-. Tú no existes, eres un fantasma. ¡Desaparécete! ¡Desaparécete!
Su ceceo era tan encantador que disipó mi ansiedad. La sacudí de los hombros. Gritó, no tanto de dolor como de enojo.
– No soy un fantasma -dije-. Hicimos el viaje porque unimos nuestras energías.
Carol Tiggs era famosa entre nosotros por su rapidez para adaptarse a cualquier situación. En cuestión de segundos estaba convencida de lo real de nuestra situación y empezó a buscar su ropa en la semioscuridad. Me maravillaba el hecho de que no tuviera miedo. Se ocupó en razonar en voz alta dónde podría haber puesto su ropa si se hubiera desvestido en ese cuarto.
– ¿Ves alguna silla? -preguntó.
Vi vagamente un montón de tres costales uno encima del otro que podrían haber servido como una mesa o una banca. Carol saltó de la cama y se dirigió hacia ellos. Encontró su ropa y la mía cuidadosamente doblada de la forma en que ella siempre trataba las prendas de vestir. Me dio mi ropa. Era mi ropa, pero no la que tenía puesta unos cuantos minutos antes, en el cuarto de Carol en el hotel Regis.
– Esta no es mi ropa -ceceó-. Sin embargo sí lo es. ¡Qué extraño!
Nos vestimos en silencio. Le quería decir que estaba a punto de explotar de ansiedad. También le quería comentar acerca de la velocidad de nuestro viaje, pero en el lapso de tiempo que nos tomó vestirnos el pensamiento de nuestro viaje se volvió muy vago. Difícilmente podía yo recordar dónde habíamos estado antes de despertar en ese cuarto. Era como si hubiera soñado el cuarto del hotel. Hice un supremo esfuerzo para recordar, para romper la envoltura de niebla que me había empezado a cubrir. Lo logré, pero ese acto agotó toda mi energía. Acabé jadeando y empapado de sudor.
– Algo casi, casi me agarra -dijo Carol-. Y casi te agarra a ti también, ¿no? ¿Qué crees que fue?
– La posición del punto de encaje -dije con absoluta certeza.
No estuvo de acuerdo conmigo.
– Fueron los seres inorgánicos cobrando su paga -dijo temblando-. El nagual me dijo que iba a ser horrible, pero nunca me imaginé cuán horrible.
Estaba totalmente de acuerdo con ella, nuestra situación era horripilante; sin embargo no podía concebir cuál era el horror. Carol y yo no éramos novicios, habíamos visto innumerables cosas, algunas de ellas verdaderamente terroríficas, pero nada se comparaba con el horror silencioso de este cuarto de ensueño.
– ¿Estamos ensoñando, no es así? -Carol preguntó.
Sin dudar, le aseguré que ciertamente estábamos ensoñando, aunque hubiera dado cualquier cosa por tener a don Juan ahí para que me asegurara lo mismo.
– ¿Por qué tengo tanto miedo? -me preguntó, como si fuera yo capaz de explicar racionalmente lo que ella sentía.
Antes de que pudiera formular un pensamiento al respecto, ella misma contestó su pregunta. Dijo que lo que la asustaba era darse cuenta, en un nivel corporal, de que cuando el punto de encaje se ha inmovilizado en una nueva posición, percibir se convierte en algo total. Me recordó que don Juan nos había dicho que el poder que tiene nuestro mundo cotidiano sobre nosotros se debe al hecho de que nuestro punto de encaje está inmóvil en su posición habitual. Esa inmovilidad es lo que hace que nuestra percepción del mundo sea tan completa, tan abrumante que no nos deja oportunidad alguna de escapar de ella. Carol también me recordó otra cosa que el nagual dijo: que si queremos romper esta fuerza totalitaria, lo que tenemos que hacer es disipar la niebla; es decir, desplazar el punto de encaje intentando su desplazamiento.
Yo nunca había realmente comprendido lo que don Juan quería decir, hasta el momento en el que tuve que desplazar mi punto de encaje a otra posición para poder disipar la niebla de ese cuarto, de ese mundo, que me había empezado a envolver.
Sin decir otra palabra, Carol y yo nos dirigimos a la ventana y miramos afuera. Estábamos en el campo. La luz de la luna revelaba unas cosas oscuras, no muy altas. Todas las indicaciones eran que estábamos en un granero de una casa grande de campo.
– ¿Te acuerdas de haberte ido a la cama aquí? -preguntó Carol.
– Casi me acuerdo -dije con sinceridad. Le dije que tenía que luchar muchísimo para mantener la imagen del cuarto del hotel Regis en mi mente como un punto de referencia.
– Yo tengo que hacer lo mismo -dijo susurrando llena de miedo-. Sé que si dejo que esa imagen se vaya estamos perdidos.
Después me preguntó si quería salir del cuarto. No quise. Mi ansiedad era tan aguda que no pude pronunciar una sola palabra. Todo lo que pude hacer fue una seña.
– Tienes toda la razón en no querer salir -dijo-. Tengo la sensación de que si salimos de este cuarto, nunca jamás podremos regresar a él.
Estaba a punto de abrir la puerta solamente para echar un breve vistazo afuera, pero ella me detuvo.
– No hagas eso -dijo-. Al abrir la puerta puedes dejar que lo de afuera entre.
El pensamiento que me cruzó la mente en ese instante fue que nos habían puesto en una frágil jaula. Cualquier cosa, como abrir la puerta, podría haber roto el precario equilibrio de esa jaula. En el momento en que tuve ese pensamiento, los dos llegamos a la misma conclusión. Nos quitamos la ropa como si nuestras vidas dependieran de ello, y luego saltamos a la cama sin usar los costales que servían de escalones, sólo para brincar de nuevo abajo en el instante siguiente.
Se me hizo evidente que Carol y yo nos habíamos dado cuenta de algo al mismo tiempo. Confirmó mi suposición cuando dijo:
– Todo lo que usemos que pertenezca a este mundo nos debilita. Si me quedo parada aquí desnuda, lejos de la cama y de la ventana, no tengo ningún problema en recordar de dónde vine. Pero si me acuesto en esa cama, o uso esa ropa, o me asomo por esa ventana, estoy perdida.
Nos quedamos abrazándonos parados en el centro del cuarto por un largo rato. Una extraña sospecha comenzó a surgir en mi mente.
– ¿Cómo vamos a regresar a nuestro mundo? -le pregunté esperando que supiera.
– El regreso a nuestro mundo es automático si no dejamos que la niebla se fije -dijo con el aire autoritario que siempre era su estilo.
Y tenía razón. Carol y yo nos despertamos, al mismo tiempo, en la cama de su cuarto del hotel Regis. Era tan obvio que estábamos de regreso en el mundo de la vida cotidiana que no hicimos preguntas ni comentarios acerca de ello. La luz del sol era deslumbrante.
– ¿Cómo regresamos? -Carol preguntó-. O más bien, ¿cuándo regresamos?
No tenía la menor idea de qué hacer o decir. No podía ni siquiera pensar. Estaba demasiado entumecido para especular; porque eso era todo lo que podía haber hecho.
– ¿Crees que acabamos de regresar? -Carol insistió-. O quizá hemos estado dormidos aquí toda la noche. ¡Mira! estamos desnudos. ¿Cuándo nos quitamos la ropa?
– Nos la quitamos en ese otro mundo -dije, y me sorprendí con el sonido de mi voz.
Mi respuesta pareció dejarla perpleja. Me miró sin comprender y luego miró a su cuerpo desnudo.
Continuamos sentados en la cama sin movernos por un tiempo interminable. Los dos parecíamos estar despojados de voluntad. Pero luego, abruptamente, tuvimos exactamente el mismo pensamiento. Nos vestimos a una velocidad increíble, salimos fuera del cuarto corriendo, bajamos dos pisos de escaleras a la calle y fuimos a carrera abierta al hotel de don Juan.
Frente a don Juan, nos encontramos completamente sin aliento, algo inexplicable, ya que no nos agotamos físicamente a tal grado. Tomamos turnos para explicarle a don Juan lo que habíamos hecho.
Él confirmó nuestras conjeturas.
– Lo que ustedes dos hicieron fue una de las cosas más peligrosas que uno pueda imaginar -dijo.
Se dirigió a Carol y le explicó que nuestro ensueño había sido un éxito total y un fiasco. Logramos transferir nuestra conciencia del mundo cotidiano a nuestros cuerpos energéticos, haciendo así el viaje con toda nuestra masa física, pero habíamos fallado en evitar la influencia de los seres inorgánicos. Dijo que por lo común, los ensoñadores experimentan la maniobra completa como una serie de transiciones lentas, y que tienen que expresar su intento para poder así usar la conciencia como un elemento. En nuestro caso, todos esos pasos fueron eliminados. Debido a la intervención de los seres inorgánicos, fuimos realmente arrojados a un mundo mortal a una velocidad tenebrosa.
– No fue la energía de ustedes dos combinada la que hizo su viaje posible -continuó-. Algo más hizo eso. Y hasta seleccionó ropa adecuada para ustedes.
– ¿Quiere usted decir, nagual, que la ropa y la cama y el cuarto sucedieron sólo porque nos manejaban los seres inorgánicos? -Carol preguntó.
– No cabe la menor duda -contestó-. Ordinariamente, los ensoñadores son simples viajeros. Por la forma en que este viaje se desarrolló, ustedes dos tuvieron asientos de primera fila y vivieron la maldición de los brujos antiguos. Lo que les pasó a ellos fue precisamente lo que les pasó a ustedes. Los seres inorgánicos los llevaron a un mundo del cual no pudieron regresar. Debería haberlo presentido, pero ni siquiera me pasó por la mente que los seres inorgánicos fueran a hacerse cargo y a tenderles la misma trampa a ustedes dos.
– ¿Quiere usted decir que nos querían mantener ahí? -Carol preguntó.
– Si se hubieran salido de ese cuarto estarían ustedes ahora vagando sin esperanza en ese mundo -dijo don Juan.
Explicó que ya que habíamos entrado ahí con toda nuestra masa física, la fijación de nuestros puntos de encaje en la posición preseleccionada por los seres inorgánicos fue tan abrumadora que creó una especie de niebla que borraba cualquier memoria previa del mundo de donde veníamos. Añadió que la consecuencia natural de tal inmovilidad, como en el caso de los brujos de la antigüedad, es que el punto de encaje de los ensoñadores no puede regresar nunca más a su posición original.
– Piensen en esto -nos recomendó-. Quizá esto es exactamente lo que nos está sucediendo a todos nosotros en el mundo de la vida diaria. Estamos aquí, y la fijación de nuestro punto de encaje es tan abrumadora que nos ha hecho olvidar de dónde venimos y cuál era nuestro propósito al venir aquí.
Don Juan no quiso decir nada más acerca de nuestro viaje. Sentí que lo hacía para salvarnos de la angustia y del miedo. Nos llevó a cenar. Cuando llegamos al restaurante, a un par de cuadras del hotel, eran las seis de la tarde, lo que quería decir que Carol y yo habíamos dormido, si fue eso lo que hicimos, alrededor de dieciocho horas.
Sólo don Juan tenía hambre. Carol comentó con un toque de enojo que estaba comiendo como un puerco. Varias cabezas se volvieron en nuestra dirección al escuchar la risa de don Juan.
Era una noche tibia. El cielo estaba claro. Había una brisa suave y acariciante cuando nos sentamos en una banca de La Alameda.
– Hay un pregunta que me tiene loca -Carol Tiggs le dijo a don Juan-. No usamos la conciencia como un medio para viajar ¿verdad?
– Es verdad -don Juan dijo y dio un profundo suspiro-. La tarea era escabullirse de los seres inorgánicos, no ser manejados por ellos.
– ¿Qué es lo que nos va a pasar ahora? -Carol preguntó.
– Van a posponer acechar a los acechadores hasta que ustedes dos estén más fuertes -dijo-. O quizá nunca lo logren. Realmente no importa; si una cosa no funciona, otra lo hará. La brujería es un reto interminable.
Nos volvió a explicar, como si estuviera tratando de fijar sus palabras en nuestras mentes, que para poder usar la conciencia como un elemento del medio ambiente los ensoñadores deben primero hacer un viaje al reino de los seres inorgánicos. Después, deben usar la energía oscura obtenida en ese viaje como un trampolín, y mientras la posean deben intentar ser lanzados a otro mundo a través del medio de la conciencia.
– El fracaso de este viaje fue que ustedes no tuvieron tiempo suficiente para usar la conciencia como un elemento para viajar -prosiguió-. Antes de que llegaran siquiera al reino de los seres inorgánicos, estaban ya en otro mundo.
– ¿Qué nos recomienda que hagamos? -Carol preguntó.
– Les recomiendo que se vean lo menos posible -dijo-. Estoy seguro que los seres inorgánicos no van a dejar pasar la oportunidad de agarrarlos, especialmente si ustedes unen sus fuerzas.
A partir de entonces, Carol y yo nos mantuvimos deliberadamente alejados. La posibilidad de que pudiéramos provocar inadvertidamente otro viaje similar era un riesgo demasiado grande para nosotros. Don Juan alentó nuestra decisión repitiéndonos una y otra vez, que teníamos suficiente energía combinada para tentar a los seres inorgánicos a que nos capturaran.
Don Juan volvió a encaminar mi práctica de ensueño a ver energía en ensueños generadores de energía. Con el transcurso del tiempo, vi todo lo que se me presentó. De esta manera, entré en un estado de conciencia de lo más peculiar: me hallé incapacitado para interpretar inteligentemente lo que veía. Siempre creí que había alcanzado estados de percepción para los cuales no existe léxico.
Don Juan me explicó que mis incomprensibles e indescriptibles visiones se debían a que mi cuerpo energético usaba la conciencia como un elemento, no para viajar, ya que nunca tuve la suficiente energía para ello, sino para entrar en los campos energéticos de la materia inanimada o en los campos energéticos de seres vivientes.