13 VOLANDO EN ALAS DEL INTENTO

– Haz un esfuerzo nagual -me urgió la voz de una mujer-. No te hundas. Vuelve a la superficie, vuelve a la superficie. ¡Usa tus técnicas de ensueño!

Mi mente empezó a trabajar. Lo primero que se me ocurrió fue que era la voz de alguien cuyo idioma nativo era el inglés; también pensé que para usar técnicas de ensueño, tenía que encontrar un punto de partida para energetizarme.

– Abre los ojos -dijo la voz-. Ábrelos ahora. Usa la primera cosa que veas como punto de partida.

Hice un esfuerzo supremo y abrí los ojos. Vi árboles y un cielo azul. ¡Era de día! Una cara borrosa me estaba escudriñando, pero no pude enfocar mis ojos. Creí que era la mujer de la iglesia mirándome.

– Usa mi cara -dijo la voz.

Era una voz muy familiar, aunque no la podía identificar.

– Haz de mi cara tu punto de partida; después mira todo lo demás -repitió la voz.

Mis oídos se despejaron y también mis ojos. Miré fijamente a la cara borrosa, y luego a los árboles del parque; a una banca de hierro forjado; a la gente caminando, y de vuelta a la cara.

A pesar de que ésta cambiaba cada vez que la miraba fijamente, empecé a experimentar un sentido de mínimo control. Cuando tuve mayor dominio de mis facultades, se hizo obvio que la mujer estaba sentada en la banca sosteniendo mi cabeza en su regazo. Y no era la mujer de la iglesia; era Carol Tiggs.

– ¿Qué estás haciendo aquí? -dije jadeando.

Mi miedo y mi sorpresa eran tan intensos que hubiera saltado para salir corriendo, pero mi cuerpo no estaba en lo absoluto bajo el control de mis procesos mentales. Siguieron momentos angustiosos, en los que traté desesperada pero inútilmente de levantarme. El mundo a mi alrededor era demasiado claro, para permitirme creer que estaba todavía ensoñando, aunque mi completa falta de dominio muscular me hacia sospechar que esto era posiblemente un ensueño. Además, la presencia de Carol Tiggs era demasiado abrupta, no había antecedentes que la justificaran.

Cautelosamente, traté de levantarme sólo con mi voluntad, como lo había hecho cientos de veces en mis ensueños, pero no pasó nada. Si alguna vez necesité ser objetivo, ese era el momento. Tan cuidadosamente como pude, empecé a mirar todo lo que estaba dentro del campo de mi visión, primero con un solo ojo. Tomé la consistencia entre las imágenes de mis ojos, como una indicación de que me encontraba en la realidad consensual de la vida diaria.

Lo siguiente que hice fue examinar a Carol Tiggs. En ese momento me percaté de que podía mover los brazos. Era sólo la parte inferior de mi cuerpo la que estaba realmente paralizada. Toqué la cara y las manos de Carol Tiggs; la abracé. Era sólida, no tuve duda que era la Carol Tiggs verdadera. Mi alivio fue enorme, ya que por un instante me envolvió la oscura sospecha de que era la mujer de la iglesia disfrazada de Carol.

Con sumo cuidado, Carol me ayudó a que me sentara en la banca. Había estado tendido sobre mi espalda, con la mitad del cuerpo en la banca y la mitad en el suelo. Me di cuenta entonces de algo totalmente fuera de lo común. Traía puestos unos pantalones azules de mezclilla, descoloridos, y botas cafés de cuero. También traía una chaqueta de mezclilla y una camisa de algodón.

– Espera un poco -le dije a Carol-. ¡Mírame! ¿Es esta mi ropa? ¿Soy yo mismo?

Carol se rió y me sacudió de los hombros, de la manera en que siempre lo hacia para denotar camaradería, hombría, como si fuera uno de mis amigos.

– Estoy viendo tu hermosa persona -dijo en un chistoso tono de falseo forzado-. Mi dueño y señor, ¿quién más podría ser?

– ¿Cómo demonios puedo traer puestos pantalones de mezclilla y botas? -insistí-, si no tengo esta clase de ropa.

– Lo que traes puesto es mi ropa. ¡Te encontré desnudo!

– ¿Dónde? ¿Cuándo?

– Alrededor de la iglesia, hace como una hora. Vine a la plaza a buscarte. El nagual me mandó para ver si te podía encontrar. Te traje ropa en caso de que la necesitaras.

Le dije que me hacia sentir terriblemente vulnerable y avergonzado haber estado caminando ahí sin ropa.

– Lo raro era que no había nadie alrededor -me aseguró.

Pero sentí que me lo estaba diciendo solamente para disminuir mi zozobra. Su sonrisa juguetona me lo dijo.

– Debo haber estado con el desafiante de la muerte toda la noche; capaz que hasta esta mañana -dije-. ¿Qué día es hoy?

– No te preocupes por las fechas -dijo riéndose-. Cuando estés más centrado, tú mismo podrás contar los días.

– No te burles de mi, Carol Tiggs. ¿Qué día es hoy? Mi voz era tan áspera que no parecía pertenecerme.

– Es el día después de la gran fiesta -dijo, golpeándome suavemente en el hombro-. Todos te hemos estado buscando desde ayer en la noche.

– ¿Pero qué estoy haciendo aquí?

– Te llevé al hotel enfrente de la plaza. No te podía cargar todo el camino hasta la casa del nagual; hace unos minutos saliste corriendo del cuarto y terminaste aquí.

– ¿Pero por qué no le pediste ayuda al nagual?

– Porque este es un asunto que nos concierne solamente a ti y a mí. Lo tenemos que resolver juntos.

Eso me calló. Lo que decía tenía perfecto sentido. Le hice otra pregunta insistente.

– ¿Qué dije cuando me encontraste?

– Dijiste que habías estado tan profundamente en la segunda atención, por un tiempo tan largo, que todavía no estabas completamente racional. Todo lo que querías hacer era dormir.

– ¿Cuándo perdí el control de mis músculos?

– Hace sólo un momento. Ya te va a regresar. Tú mismo sabes que es normal perder el control del habla o de tus extremidades cuando entras en la segunda atención y recibes una considerable sacudida de energía.

– ¿Y cuándo perdiste tu ceceo, Carol?

La agarré totalmente desprevenida. Se me quedó mirando intensamente, y se rió de buena gana.

– He estado tratando de deshacerme de eso por un largo tiempo -confesó-. Creo que es terriblemente molesto oír a una mujer adulta ceceando. Además, tú lo odias.

Admitir que siempre había odiado su ceceo no me fue difícil. Don Juan y yo habíamos tratado de curarla, pero llegamos a la conclusión de que no estaba interesada en curarse. Su ceceo la hacía extremadamente atractiva a todos, y don Juan estaba convencido de que a ella le encantaba eso, y que no lo iba a dejar. Escucharla hablar sin cecear era tremendamente agradable y excitante para mí. Me demostraba que ella era capaz de cambios radicales por si misma, algo de lo que don Juan y yo nunca estuvimos seguros.

– ¿Qué más te dijo el nagual cuando te mandó a buscarme? -pregunté.

– Dijo que estabas en medio de un encuentro con el desafiante de la muerte.

En un tono confidencial, le revelé a Carol que el desafiante de la muerte era una mujer. Ella, imperturbable, dijo que ya lo sabía.

– ¿Cómo puedes saberlo? -grité-. Además de don Juan, nadie ha sabido esto nunca. ¿Te lo dijo don Juan?

– Por supuesto que me lo dijo -contestó, sin perturbarse por mis gritos-. Lo que has pasado por alto es que yo también conocí a la mujer de la iglesia. La conocí antes que tú. Hablamos amigablemente en la iglesia por un buen rato.

Creí que Carol me decía la verdad. Lo que estaba describiendo era algo que don Juan haría. Con toda probabilidad, había mandado primero a Carol como un explorador, para sacar conclusiones.

– ¿Cuándo viste al desafiante de la muerte? -pregunté.

– Hace un par de semanas -me contestó en un tono casi indiferente-. Para mí no fue gran cosa, no tenía energía que darle, o por lo menos, no la energía que esa mujer quiere.

– ¿Entonces por qué la viste? ¿Es también parte del acuerdo entre los brujos y el desafiante de la muerte tratar con la mujer nagual?

– La vi porque el nagual dijo que tú y yo somos intercambiables, y no por otra razón. Nuestros cuerpos energéticos se han fusionado muchas veces. ¿No te acuerdas? La mujer y yo hablamos de la facilidad con la que nos fusionamos. Me quedé con ella como tres o cuatro horas, hasta que el nagual entró y me sacó.

– ¿Te quedaste en la iglesia todo el tiempo? -pregunté.

No podía creer que se hubieran quedado arrodilladas ahí por tres o cuatro horas hablando simplemente de la fusión de nuestros cuerpos energéticos.

– Me llevó a otra faceta de su intento -concedió Carol después de pensar por un momento-. Me hizo ver cómo se escapó de sus captores.

Carol Tiggs me contó entonces una historia de lo más intrigante. Dijo que de acuerdo a lo que la mujer de la iglesia le hizo ver, todos los brujos de la antigüedad cayeron, irrevocablemente, presos de los seres inorgánicos. Después de capturarlos, los seres inorgánicos les daban poder para ser los intermediarios entre nuestro mundo y su reino; un reino que la gente conocía como el otro mundo.

El desafiante de la muerte fue inevitablemente atrapado en las redes de los seres inorgánicos. Carol estimaba que quizá había pasado miles de años como prisionero, hasta el momento en que fue capaz de transformarse en mujer. Llegó a la clara conclusión de que esa era su única salida de ese mundo el día que descubrió que los seres inorgánicos contemplan el principio femenino como indestructible. Descubrió que ellos creen intensamente que el principio femenino tiene tal flexibilidad, y que su campo es tan vasto, que los seres femeninos no caen fácilmente en trampas y arreglos, y que difícilmente puede caer o permanecer en prisión. Después de averiguar esto, la transformación del desafiante de la muerte fue tan completa y tan detallada que instantáneamente lo arrojaron fuera del reino de los seres inorgánicos.

– ¿Te dijo que los seres inorgánicos aún la persiguen? -pregunté.

– Por supuesto que la persiguen -me aseguró Carol-. La mujer me dijo que tiene que cuidarse de sus perseguidores cada momento de su existencia.

– ¿Qué le pueden hacer?

– Darse cuenta de que era un hombre, y capturarla de vuelta, supongo. Creo que les tiene miedo, más de lo que tú crees que sea posible temerle a nada.

Imperturbablemente, Carol me dijo que la mujer de la iglesia estaba totalmente consciente de mi encuentro con los seres inorgánicos; y que también sabía del explorador azul.

– Sabe todo acerca de ti y de mí -Carol continuó-. Y no porque yo le haya dicho nada, sino porque ella es parte de nuestras vidas y de nuestro linaje. Mencionó que siempre nos había seguido a todos nosotros; y a ti y a mi en particular.

Carol me enumeró los eventos de nuestras vidas que la mujer conocía, en los que Carol y yo habíamos actuado juntos. Al estar Carol hablando, empecé a experimentar una nostalgia única por la misma persona que estaba enfrente de mí: Carol Tiggs. Deseaba desesperadamente abrazarla. Traté de alcanzarla, pero perdí el equilibrio y caí al suelo.

Carol me ayudó a levantarme hacia la banca. Examinó ansiosamente mis piernas y las pupilas de mis ojos; mi cuello y la parte baja de mi espalda. Dijo que aún estaba sufriendo un impacto energético. Sostuvo mi cabeza en su regazo, y me acarició como si fuera un niño que fingía estar enfermo, y al cual había que seguirle la cuerda.

Después de un rato me sentí mejor, hasta empecé a recobrar el control de mi cuerpo.

– ¿Qué te parece la ropa que traigo puesta? -me preguntó Carol de repente-. ¿Estoy demasiado engalanada para la ocasión? ¿Crees que me veo bien?

Carol Tiggs estaba siempre exquisitamente vestida. Si había algo seguro acerca de ella era su impecable gusto con respecto a la ropa. Durante todo el tiempo que la había conocido, era una broma entre don Juan y el resto de nosotros que su única virtud era su pericia para comprar ropa y usarla con elegancia y estilo.

Su pregunta me pareció muy extraña, y le hice un comentario.

– ¿Por qué estarías tú insegura de tu apariencia? Nunca antes te ha molestado. ¿Estás tratando de impresionar a alguien?

– Por supuesto, estoy tratando de impresionarte a ti -dijo.

– Pero este no es el momento -protesté-. Lo que importa es lo que está sucediendo con el desafiante de la muerte, no tu apariencia.

– Te sorprendería saber lo importante que es mi apariencia -se rió-. Mi apariencia es un asunto de vida o muerte para nosotros dos.

– ¿De qué me estás hablando? Me haces recordar al nagual preparando mi encuentro con el desafiante de la muerte. Casi me vuelve loco con sus misterios.

– ¿Estaban justificados sus misterios? -preguntó Carol con una expresión mortalmente seria.

– Ciertamente que lo estaban -admití.

– También mi apariencia. Sígueme la corriente. ¿Cómo me encuentras? ¿Atractiva? ¿Común y corriente? ¿Repulsiva? ¿Abrumadora? ¿Mandona?

Pensé por un momento e hice mi evaluación. Encontré a Carol muy atractiva. Esto me pareció bastante extraño. Nunca había pensado conscientemente sobre su atractivo.

– Te encuentro divinamente hermosa -le dije-. De hecho, estás verdaderamente despampanante.

– Entonces esta debe ser la apariencia correcta -suspiró.

Trataba yo de comprender lo que ella quería decir cuando volvió a hablar. Me preguntó:

– ¿Cómo te fue con el desafiante de la muerte?

Le conté brevemente sobre mi experiencia; sobre todo el primer ensueño. Le dije que creía que el desafiante de la muerte me había hecho ver ese pueblo, pero en otro tiempo en el pasado.

– Pero eso no es posible -dijo abruptamente-. En el universo no hay ni pasado ni futuro; sólo existe el momento.

– Sé que era el pasado -dije-. Era la misma iglesia, pero un pueblo diferente.

– Piensa por un momento -insistió-. Lo único que hay en el universo es energía, y la energía tiene solamente aquí y ahora, un infinito y siempre presente aquí y ahora.

– ¿Entonces qué crees que me pasó, Carol?

– Cruzaste la cuarta compuerta del ensueño con la ayuda del desafiante de la muerte -dijo-. La mujer de la iglesia te llevó a su ensueño, a su intento. Te llevó a su visualización de este pueblo. Obviamente, lo visualizó en el pasado, y esa visualización está aún intacta en ella; como su visualización actual de este pueblo debe de estarlo también.

Después de un largo rato me hizo otra pregunta.

– ¿Qué más hizo la mujer contigo?

Le conté sobre el segundo ensueño. El ensueño del pueblo como existe hoy en día.

– Ahí tienes -dijo-. No sólo te llevó la mujer a su viejo intento, sino que además te ayudó a cruzar la cuarta compuerta haciendo que tu cuerpo energético viajara a otro lugar que existe hoy, por supuesto, únicamente en su intento.

Carol hizo una pausa, y me preguntó si la mujer de la iglesia me había explicado lo que significaba intentar en la segunda atención. Carol estaba hablando de conceptos que don Juan nunca mencionaba.

– ¿De dónde sacaste todas esas insólitas ideas? -pregunté verdaderamente maravillado de lo lúcida que estaba.

Carol me aseguró en un tono muy feliz y agradable que la mujer de la iglesia le había explicado muy a fondo lo intrincado de esos conceptos.

– En estos momentos estamos intentando en la segunda atención -continuó-. La mujer de la iglesia hizo que nos quedáramos dormidos; tú aquí, y yo en Tucson. Y luego nos volvimos a dormir en nuestros ensueños. Pero tú no te acuerdas de esa parte, mientras que yo sí. El secreto de las posiciones gemelas. Acuérdate de lo que la mujer te dijo; el segundo ensueño es el misterio de intentar en la segunda atención: la única forma de cruzar la cuarta compuerta del ensueño.

Después de una larga pausa, durante la cual no pude articular una sola palabra, dijo:

– Creo que la mujer de la iglesia verdaderamente te hizo un regalo, aunque no querías recibirlo. Su regalo fue añadir su energía a la nuestra, para movernos hacia adelante y hacia atrás en el aquí y el ahora del universo.

Me agité extremadamente. Las palabras de Carol eran precisas y apropiadas. Había definido algo que yo consideraba indefinible, aunque no sabía qué era lo que había definido. Si me hubiera podido mover, me hubiera levantado de un salto para abrazarla. Sonrió beatíficamente, mientras que yo le hablaba apasionado y nervioso sobre el significado que sus palabras tenían para mí. Comenté retóricamente que don Juan nunca me había dicho nada similar.

– A lo mejor no lo sabe -dijo Carol, no de una manera ofensiva o egoísta, sino conciliadora.

Me quedé callado por un rato, extrañamente vacío de pensamientos. Luego mis pensamientos y palabras explotaron como un volcán. La gente caminaba alrededor de la plaza, mirándonos fijamente de vez en cuando, o deteniéndose frente a nosotros para observarnos. Debíamos ser todo un espectáculo: Carol Tiggs acariciándome y besándome la cara, mientras yo hablaba frenéticamente de su lucidez y mi encuentro con el desafiante de la muerte.

Cuando fui capaz de caminar, me guió de la plaza al único hotel del pueblo. Me aseguró que aún no poseía la energía para ir a la casa de don Juan, pero que todos allí sabían dónde estábamos.

– ¿Cómo pueden saber dónde estamos? -pregunté.

– El nagual es un brujo muy astuto -contestó riéndose-. Él me dijo que si te encontraba energéticamente deshecho, debería de alojarte en el hotel, en lugar de arriesgarme a cruzar el pueblo llevándote a cuestas.

Sus palabras, y especialmente su sonrisa, me hicieron sentir tal alivio que seguí caminando en un estado de arrobamiento. Doblamos la esquina y llegamos a la entrada del hotel, media cuadra hacia abajo, casi enfrente de la iglesia. Atravesamos el desolado vestíbulo, y subimos unas escaleras de cemento al segundo piso, directamente a un frugal cuarto que realmente nunca había visto. Carol dijo que yo ya había estado ahí, sin embargo, yo no recordaba ni el cuarto ni el hotel, pero estaba tan cansado que no quise ni pensar en ello. Simplemente me hundí en la cama, boca abajo. Todo lo que quería hacer era dormir, a pesar de estar extremadamente agitado. Aunque todo parecía ordenado, había muchos cabos sueltos. Me llegó una oleada repentina de excitación nerviosa y me senté.

– Nunca te dije que no acepté el regalo del desafiante de la muerte -dije enfrentando a Carol-. ¿Cómo lo supiste?

– Oh, pero si me lo dijiste tú mismo -protestó sentándose en la cama junto a mí-. Estabas muy orgulloso de ello. Eso fue lo primero que te salió de la boca cuando te encontré.

Hasta entonces, esa fue la única respuesta que no me dejó completamente satisfecho. Lo que estaba relatando no sonaba como algo que yo hubiera dicho.

– Creo que me interpretaste mal -dije-. Simplemente no quería obtener nada que me desviara de mi meta.

– ¿Quieres decir que no te sentiste orgulloso de rechazarla?

– No, no sentí nada. No soy capaz de sentir nada, excepto miedo.

Estiré las piernas y puse la cabeza en la almohada. Sentía que si cerraba los ojos y no continuaba hablando, me quedaría dormido en un instante. Le conté a Carol cómo discutí con don Juan al principio de mi asociación con él, sobre lo que me confesó era su motivo para guardar el camino del guerrero. Había dicho que el miedo lo mantenía avanzando en línea recta, y que lo que más miedo le daba era perder al nagual, al abstracto, al espíritu.

– Comparado con perder al nagual, la muerte no es nada -había dicho con una nota de verdadera pasión en su voz-. Mi miedo de perder al nagual es la única cosa real que tengo, porque sin él estaría peor que muerto.

Le conté a Carol cómo inmediatamente le contradije, jactándome de que yo era impenetrable al miedo. Le aseguré que si tenía que guardar un camino estricto, la fuerza que me movería tendría que ser el amor.

Don Juan había contestado que a la hora de la verdad, el miedo es la única condición válida para un guerrero. Yo me había sentido secretamente victorioso porque hallé su mentalidad muy estrecha.

– La rueda ha dado una vuelta completa -le dije a Carol-, y veme ahora; te puedo jurar que la única cosa que me mantiene avanzando es el miedo de perder al nagual.

Carol se me quedó viendo con una mirada extraña que nunca le había visto.

– Me atrevo a no estar de acuerdo -dijo suavemente-. El miedo no es nada comparado con el afecto. El miedo te hace correr alocadamente, el amor te hace mover inteligentemente.

– ¿Qué es lo que estás diciendo, Carol Tiggs? ¿Son los brujos ahora gente de amores?

No me contestó. Se acostó junto a mí, y apoyó su cabeza en mi hombro. Nos quedamos allí en ese parco cuarto por un largo rato en silencio total.

– Siento lo que sientes -dijo Carol abruptamente-. Ahora, trata de sentir lo que yo siento. Lo puedes hacer. Pero hagámoslo en la oscuridad.

Carol estiró su brazo y apagó la luz encima de la cama. Me enderecé de un salto. Una sacudida de miedo me traspasó como electricidad. Tan pronto como Carol apagó la luz, se hizo de noche dentro del cuarto. En medio de una gran agitación le pregunté a Carol acerca de ello.

– Todavía no estás totalmente sólido -dijo con una gran tranquilidad-. Tuviste un encuentro de proporciones monumentales. Haberte sumergido tan profundamente en la segunda atención te dejó un poco maltrecho, por así decirlo. Por supuesto que es de día, pero tus ojos aún no se pueden ajustar a la tenue luz de este cuarto.

Me volví a acostar, más o menos convencido. Carol siguió hablando, pero no la estaba escuchando. Sentí las sábanas. ¡Eran sábanas reales! Recorrí la cama con mis manos. ¡Era una cama! Me estiré hacia el suelo, y toqué con mis manos las frías baldosas del piso. Me salí de la cama y revisé todos los objetos del cuarto y del baño. Todo era perfectamente normal, perfectamente real. Le dije a Carol que cuando apagó la luz, tuve la clara sensación de que estaba ensoñando.

– Date un respiro -dijo-. Acaba con estas tontas investigaciones, vente a la cama y descansa.

Abrí las cortinas de la ventana que daba a la calle. Afuera era de día, pero en el momento en que las cerré se hizo de noche adentro. Carol me rogó que regresara a la cama. Dijo que temía que me saliera corriendo y acabara en la calle, como sucedió antes. Tenía razón. Regresé a la cama sin darme cuenta de que no se me había ocurrido, ni siquiera por un instante, señalar las cosas con el dedo meñique. Era como si ese conocimiento no hubiera existido en mi mente.

La oscuridad en el cuarto del hotel era de lo más extraordinaria. Me provocó un delicioso sentido de paz y armonía. También me provocó una profunda tristeza; una añoranza de calor humano, de compañía. Me sentí más que abrumado. Nunca me había pasado algo así. Me acosté en la cama, tratando de recordar si esa añoranza era algo común en mi. No lo era. Las añoranzas que conocía no eran por compañía humana; eran abstractas. Eran más bien una clase de tristeza por no poder alcanzar algo indefinido.

– Me estoy haciendo añicos -le dije a Carol-. Estoy a punto de llorar por la gente.

Pensé que iba a interpretar lo que dije como algo chistoso, porque lo dije casi en son de broma. Guardó silencio y pareció estar de acuerdo conmigo. Suspiró. Estando en un estado mental inestable, me sentí inmediatamente arrastrado hacia la emocionalidad. Me volví hacia ella en la oscuridad, y murmuré algo que en un momento más lúcido me hubiera parecido bastante irracional.

– Te adoro total y absolutamente -dije.

Aseveraciones de esa índole entre los brujos de la línea de don Juan eran intolerables. Carol Tiggs era la mujer nagual. Entre nosotros dos no había necesidad de demostraciones de afecto. De hecho, ni siquiera sabíamos lo que sentíamos el uno por el otro. Don Juan nos había enseñado que entre los brujos no hay disposición ni tiempo para tales sentimientos.

Carol me sonrió y me abrazó. El afecto que yo sentía por ella me consumía de tal manera que involuntariamente comencé a llorar.

– Tu cuerpo energético se está moviendo hacia adelante en los filamentos luminosos de energía del universo -susurró en mi oído-; nos lleva el regalo del desafiante de la muerte.

Tenía suficiente energía para comprender lo que estaba diciendo. Hasta le pregunté si ella misma entendía lo que todo eso significaba. Me apaciguó con un susurro en mi oído.

– Sí, entiendo; el regalo que el desafiante de la muerte te dio fueron las alas del intento. Y con ellas, tú y yo nos estamos ensoñando en otro tiempo. En un tiempo que está aún por venir.

La hice a un lado y me senté. La manera como Carol estaba expresando esos complejos pensamientos de brujos me perturbaba. Su tendencia no era tomar los pensamientos conceptuales seriamente. Siempre bromeábamos entre nosotros sobre que ella no tenía una mente filosófica.

– ¿Qué es lo que te pasa? -le pregunté-. Tu desarrollo es nuevo para mí: Carol la bruja filósofa. Estás hablando como don Juan.

– Todavía no -se rió-. Pero en cualquier momento. Ya viene rodando, y cuando finalmente llegue, me va a ser la cosa más fácil del mundo ser una bruja filósofa. Ya verás. Y nadie será capaz de explicarlo porque simplemente sucederá.

Una campana de alarma sonó en mi mente.

– Tu no eres Carol -grité-. Eres el desafiante de la muerte disfrazado de Carol. ¡Lo sabía!

Carol Tiggs se rió, sin perturbarse por mi acusación.

– No seas absurdo -dijo-. Te vas a perder la lección. Sabía que tarde o temprano, me ibas a salir con esto porque no puedes controlarte. Créeme, soy Carol. Pero estamos haciendo algo que nunca hemos hecho: estamos intentando en la segunda atención, como los brujos de la antigüedad solían hacerlo.

No quedé convencido, pero no tenía más energía para continuar con mi discusión, ya que algo como los grandes vórtices de mis ensueños estaba empezando a jalarme. Escuché la voz de Carol vagamente en mi oído.

– Nos estamos ensoñando a nosotros mismos. Ensueña tu intento de mí. ¡Inténtame hacia adelante! ¡Inténtame hacia adelante!

Con gran esfuerzo expresé mi pensamiento más íntimo.

– Quédate aquí conmigo para siempre -dije con la lentitud de un tocacintas que no funciona bien.

Me respondió algo incomprensible. Quería reírme de mi propia voz, pero en esos momentos el vórtice me tragó.

Cuando desperté, estaba solo en el cuarto del hotel. No tenía la menor idea cuánto tiempo había dormido. Me sentí extremadamente desilusionado de no encontrar a Carol a mi lado. Me vestí apresuradamente y bajé al vestíbulo del hotel para buscarla. Además, quería sacudirme algo de la extraña soñolencia que se había pegado a mi.

En la recepción me dijeron que la mujer americana que había rentado el cuarto acababa de salir hacia la plaza. Corrí a la plaza, esperando alcanzarla, pero no estaba a la vista. Era mediodía, el sol brillaba en un cielo sin nubes. Hacia bastante calor.

Caminé hacia la iglesia. Mi sorpresa fue genuina, aunque lenta, al darme cuenta de que verdaderamente había visto el detalle arquitectónico de su estructura en aquel ensueño. Sin interés, jugué con la idea de que a lo mejor don Juan y yo habíamos examinado la parte trasera de la iglesia, y no me acordaba de ello. Pensé eso, pero no me importó. Mi esquema de validación no tenía ningún significado para mí. De todas maneras, estaba demasiado soñoliento para que me interesara.

De ahí caminé lentamente hacia la casa de don Juan, todavía buscando a Carol. Estaba seguro de que la iba a encontrar allí, esperándome. Don Juan me recibió como si yo hubiera resucitado de entre los muertos. Él y sus compañeros se hundieron en una gran agitación, y me examinaron de pies a cabeza con franca curiosidad.

– ¿Dónde estuviste? -preguntó imperiosamente don Juan.

No podía comprender la razón de todo ese alboroto. Le dije que había pasado la noche con Carol en el hotel cerca de la plaza, ya que no tenía energía para caminar de regreso de la iglesia a su casa, pero que ellos ya sabían esto.

– Nosotros no sabíamos nada de eso -contestó secamente.

– ¿No le dijo Carol que estaba conmigo? -le pregunté en medio de una débil sospecha, la cual, si no hubiera estado tan exhausto, me hubiera alarmado sobremanera.

Nadie contestó. Se miraban los unos a los otros penetrantemente. Encaré a don Juan y le dije que tenía la impresión de que él había mandado a Carol a buscarme. Don Juan se paseó de arriba abajo por el cuarto, sin decir nada.

– Carol Tiggs no ha estado con nosotros -dijo-. Y tú estuviste ido por nueve días.

Mi fatiga impidió que me desmoronara con tales aseveraciones. Su tono de voz y la preocupación que los otros mostraban eran prueba suficiente de que estaba hablando en serio. Pero yo me encontraba tan entumecido que no pude decir nada.

Don Juan me pidió que les contara, con todo detalle posible, lo que había sucedido entre el desafiante de la muerte y yo. Me sorprendió que fuera capaz de recordar tanto, y de poder transmitir todo eso a pesar de mi fatiga. Un momento de frivolidad rompió la tensión cuando les dije cuánto se había reído la mujer de mis gritos en su ensueño.

– Señalar con el dedo meñique funciona mejor -le dije a don Juan, pero sin ningún sentimiento de recriminación.

Don Juan preguntó si la mujer había tenido alguna otra reacción a mis gritos, además de reírse. No tenía memoria de ninguna otra reacción, excepto su regocijo y el hecho de que había comentado lo mal que ella le caía a él.

– No me cae mal -protestó don Juan-. Simplemente no me gusta lo coercitivo de los brujos antiguos.

Dirigiéndome a todos dije que personalmente esa mujer me gustaba inmensa e imparcialmente. Y que había amado a Carol Tiggs como nunca pensé que pudiera amar a nadie. No parecieron apreciar lo que les decía. Se miraban unos a otros como si me hubiera vuelto repentinamente loco. Quería decir más; explicarles todo, pero don Juan, quizá para prevenir que empezara a balbucear idioteces, prácticamente me arrastró fuera de la casa, de regreso al hotel.

El mismo gerente con quien había hablado antes escuchó atentamente nuestra descripción de Carol Tiggs, pero negó rotundamente habernos visto a ella o a mi antes. Hasta llamó a las mucamas del hotel quienes corroboraron lo que decía.

– ¿Cuál puede ser el significado de todo esto? -preguntó don Juan en voz alta.

Parecía ser una pregunta dirigida a él mismo. Gentilmente me condujo fuera del hotel.

– Salgamos de este maldito lugar -dijo.

Cuando estuvimos afuera, me ordenó no volver la cabeza para mirar a ver al hotel o a la iglesia en la calle de enfrente, y mantener la cabeza baja. Miré mis zapatos e instantáneamente me di cuenta de que ya no traía puesta la ropa de Carol Tiggs, sino la mía. Sin embargo, no podía recordar, por más que tratara, cuándo me había cambiado de ropa. Deduje que debió ser cuando me desperté en el cuarto del hotel. Me debí de haber puesto mi ropa en ese momento, aunque mi memoria estaba en blanco.

Para entonces habíamos llegado a la plaza. Antes de que la cruzáramos para dirigirnos a la casa de don Juan, le expliqué lo de mi ropa. Movía su cabeza rítmicamente, escuchando cada palabra. Luego se sentó en una banca, y con una voz que transmitía una verdadera preocupación, me advirtió que, en esos momentos, yo no tenía manera alguna de saber lo que había sucedido en la segunda atención entre la mujer de la iglesia y mi cuerpo energético. Mi interacción con Carol Tiggs en el hotel fue sólo la punta del témpano de hielo flotante.

– Es horrendo pensar que hayas estado en la segunda atención por nueve días -don Juan prosiguió-. Nueve días son sólo un segundo para el desafiante de la muerte, pero una eternidad para nosotros.

Antes de que pudiera protestar o decir nada, me paró con un comentario.

– Considera esto -dijo-. Si todavía no puedes recordar todas las cosas que te enseñé, y las cosas que hice contigo en la segunda atención, imagínate cuánto más difícil deberá ser recordar lo que te enseñó e hizo contigo el desafiante de la muerte. Yo sólo te hice cambiar de niveles de conciencia, el desafiante de la muerte te hizo cambiar universos.

Me sentí derrotado. Don Juan y sus dos compañeros me instaron a que realizara un esfuerzo titánico para recordar dónde me había cambiado de ropa. No pude. No había nada en mi mente; no había ni sentimientos, ni memorias. De alguna manera, no estaba totalmente allí con don Juan y sus compañeros.

La agitación nerviosa de don Juan llegó al paroxismo. Nunca lo había visto tan trastornado. Siempre había existido un toque de alegría, de no tomarse a si mismo en serio en lo que me decía o me hacia. Pero no esta vez.

De nuevo, traté de pensar; de traer alguna luz que pudiera iluminar todo esto; y una vez más, fracasé. Pero no me sentí derrotado, una inverosímil oleada de optimismo se apoderó de mi. Sentí que todo estaba sucediendo como debía suceder.

La preocupación que don Juan expresó era que él no sabía nada del tipo de ensueño que yo había hecho con la mujer de la iglesia. Para él, crear un hotel de ensueño, un pueblo de ensueño, y una Carol Tiggs de ensueño, eran ejemplos de la destreza para ensoñar de los brujos antiguos, cuyo campo total traspasaba más allá de la imaginación humana.

Don Juan abrió sus brazos ampliamente y finalmente sonrió con su usual deleite.

– Podemos solamente deducir que la mujer de la iglesia te enseñó cómo hacerlo -dijo en un tono deliberadamente lento-. Vas a tener una tarea gigantesca para hacer comprensible una maniobra incomprensible. Ha sido un movimiento maestro en el tablero de ajedrez, realizado por el desafiante de la muerte, como la mujer de la iglesia. Ha usado el cuerpo energético de Carol y el tuyo para levantarse, para romper con sus amarras. Te tomó la palabra con tu oferta de energía gratuita.

Lo que decía don Juan no tenía ningún significado para mí aparentemente, tenía un gran significado para sus dos compañeros brujos. Se agitaron inmensamente. Dirigiéndose a ellos, don Juan explicó que el desafiante de la muerte y la mujer de la iglesia eran diferentes expresiones de la misma energía; la mujer de la iglesia era la más poderosa y compleja de las dos. Al tomar control, usó el cuerpo energético de Carol Tiggs, de una manera oscura y portentosa, congruente con las maquinaciones de los brujos antiguos, y creó la Carol Tiggs del hotel; una Carol Tiggs de puro intento. Don Juan añadió que Carol y la mujer podrían haber llegado a una clase de convenio energético durante su encuentro. En ese instante, pareció haberle llegado un nuevo pensamiento. Miró fijamente a sus dos compañeros. Los ojos de todos ellos se movían rápidamente yendo de uno a otro. Estaba seguro de que no buscaban meramente llegar a un acuerdo, sino que parecía que se habían dado cuenta de algo al unísono.

– Todas nuestras especulaciones son inútiles -dijo don Juan en un tono seco y tranquilo-. Creo que Carol Tiggs ya no existe. Tampoco existe ya ninguna mujer de la iglesia; las dos se han fusionado y han volado en alas del intento, creo que hacia adelante.

"La razón por la cual la Carol Tiggs del hotel estaba tan preocupada por su apariencia fue porque era la mujer de la iglesia haciéndote ensoñar a una Carol Tiggs de otra clase; una Carol Tiggs infinitamente más poderosa. ¿No recuerdas lo que te dijo? Ensueña tu intento de mí. ¡Inténtame hacia adelante!

– ¿Qué quiere decir esto, don Juan? -pregunté perplejo.

– Quiere decir que el desafiante de la muerte encontró una vez más su escapatoria. Agarró un viaje con ustedes. Tu destino es el destino de ella.

– ¿Qué significa esto, don Juan?

– Significa que si llegas a la libertad, ella también llegará.

– ¿Y cómo va a hacer eso?

– A través de Carol Tiggs. Pero no te preocupes por Carol -dijo antes de que expresara mi aprensión-. Ella es capaz de esta maniobra y de mucho más.

Había inmensidades amontonándose encima de mi. Ya podía sentir su peso aplastante. Tuve un momento de lucidez y le pregunté a don Juan:

– ¿Cuáles son las consecuencias de todo esto?

No me contestó. Me miró fijamente, examinándome de pies a cabeza. Luego dijo despacio y deliberadamente:

– El regalo del desafiante de la muerte consiste en infinitas posibilidades de ensueño. Una de ellas fue tu ensueño de Carol Tiggs en otro tiempo, en otro mundo, un mundo más vasto, con un final abierto. Un mundo donde lo imposible puede ser factible. El sentimiento pendiente fue que algún día vas no sólo a vivir esas posibilidades, sino a comprenderlas.

Se levantó y empezamos a caminar en silencio hacia su casa. Mis pensamientos empezaron a brotar desesperadamente. En realidad, no eran pensamientos sino imágenes; una mezcla de memorias de la mujer de la iglesia, y de Carol Tiggs hablándome en la oscuridad, en el cuarto del hotel de ensueño. Un par de veces estuve a punto de condensar esas imágenes y llegar a la sensación de mi persona usual, pero tuve que pararlo; no tenía energía para tal tarea.

Antes de que llegáramos a su casa, don Juan se detuvo y me miró de frente. Me escudriñó cuidadosamente una vez más, como si estuviera buscando señales en mi cuerpo. Me sentí entonces obligado a aclarar algo en lo que yo creía que él estaba mortalmente equivocado.

– Estuve con la verdadera Carol Tiggs en el hotel -le dije-. Por un momento, yo también pensé que era el desafiante de la muerte, pero después de una evaluación cuidadosa, no puedo sostener esa creencia. ¡Era Carol! De una manera extraña y pavorosa, ella estaba en el hotel, de la misma forma que yo estaba en el hotel.

– Por supuesto que era Carol -don Juan dijo con gran fuerza-. Pero no la Carol que tú y yo conocemos. Esta era la Carol de ensueños, como te dije, una Carol hecha de puro intento. Tú le ayudaste a la mujer de la iglesia a hilar ese ensueño. Su arte fue hacer de él una total realidad. Ese es el arte de los brujos antiguos; la cosa más temible que uno puede imaginar. Te dije que ibas a recibir la máxima lección sobre el ensueño, ¿no es así?

– ¿Qué cree usted que le pasó a Carol? -pregunté.

– Carol Tiggs se fue -contestó-. Pero algún día vas a encontrar a la nueva Carol Tiggs; la del cuarto del hotel de ensueño.

– ¿Qué quiere decir con que se fue?

– Se fue del mundo -dijo.

Sentí una oleada de nerviosismo en mi plexo solar. Me estaba despertando. Mi conciencia de ser empezaba a serme familiar, pero no tenía completo control de ella todavía. Aunque ya había empezado a romper la niebla del ensueño; la ruptura empezó como una mezcla entre no saber lo que estaba pasando y la frenética sensación de que lo inconmensurable estaba a la vuelta de la esquina.

Debí de haber tenido una expresión de incredulidad, porque don Juan añadió en un tono enérgico:

– Esto es ensoñar. A estas alturas deberías saber que sus transacciones son finales. Carol Tiggs se fue.

– ¿Pero a dónde cree que se fue, don Juan?

– Adonde se fueron los brujos de la antigüedad. Te dije que el regalo del desafiante de la muerte fueron infinitas posibilidades de ensueño. No quisiste nada concreto, así que la mujer de la iglesia te dio un regalo abstracto: la posibilidad de volar en alas del intento.


Fin

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