Ya que nuestro acuerdo era discutir acerca del ensueño únicamente cuando don Juan lo considerara necesario, yo raramente lo interrogaba al respecto, y si lo hacía nunca insistí en continuar con mis preguntas después de cierto punto. Cada vez que él decidía hablar del tema, yo estaba, sin embargo, siempre preparado, aunque sus discusiones invariablemente iban aunadas a otros tópicos de sus enseñanzas, y siempre eran presentadas rápida y abruptamente.
Una vez, en su casa, durante una conversación no relacionada con el ensueño, don Juan comentó que los brujos antiguos mediante sus contactos con los seres inorgánicos adquirieron una enorme experiencia en el manejo del punto de encaje; un tema que clasificó como inmenso y nefasto.
Inmediatamente aproveché la oportunidad y le pregunté en qué época él calculaba que vivieron los brujos antiguos. En varias oportunidades anteriores, ya le había hecho la misma pregunta, pero nunca me dio una respuesta satisfactoria. Esta vez, ya que era él quien había abierto la discusión, yo confiaba que se vería obligado a contestarme.
– Ese es un tema muy difícil -dijo. Su tono de voz me hizo pensar que estaba descartando mi pregunta. Me quedé muy sorprendido cuando continuó hablando-. Es un tema tan abrumador para la razón como el de los seres inorgánicos. Por cierto, ¿qué es lo que piensas de ellos ahora?
– He dejado mis opiniones totalmente de lado -le dije-. No me puedo dar el lujo de pensar en ellos ni de un modo ni de otro.
Mi respuesta lo deleitó. Se rió y comentó acerca de sus propios miedos y aversiones a los seres inorgánicos.
– Nunca han sido santos de mi devoción -dijo-. Por supuesto que la razón principal fue el miedo que les tenía. No fui capaz de vencerlo cuando lo debería haber hecho, ahora es muy tarde.
– ¿Todavía les tiene miedo, hoy en día, don Juan?
– Lo que siento no es exactamente miedo, es más bien repugnancia. No quiero tener nada que ver con ellos.
– ¿Hay alguna razón, en particular, para que sienta usted esa repugnancia?
– La mejor razón del mundo: somos antitéticos. A ellos les encanta la esclavitud y a mi la libertad. A ellos les encanta comprar pero yo no vendo.
Me puse inexplicablemente agitado, y le dije bruscamente que nuestra conversación me parecía tan estrafalaria que yo no podía tomarla en serio.
Me miró fijamente y dijo sonriendo:
– Lo mejor que uno puede hacer con los seres inorgánicos es lo que tú haces: negar su existencia y al mismo tiempo visitarlos, regularmente, sosteniendo que uno está ensoñando, y que en los ensueños todo es posible. De esta forma uno no se compromete.
Me sentí culpable y me vi obligado a preguntar:
– ¿A qué se refiere usted, don Juan?
– A tus visitas a los seres inorgánicos -me contestó secamente.
– ¿Está usted bromeando, no? ¿Cuáles visitas?
– Aún no quería discutir esto, pero creo que es hora de que te lo diga; la voz que oías en tus sueños, urgiéndote a que fijaras tu atención de ensueño en los objetos de tus sueños era la voz de un ser inorgánico.
No cabía duda de que don Juan estaba diciendo disparates. Me sentí tan irritado con él que hasta le grité. Se rió de mí como si hubiera sido yo el disparatado y me pidió que le contara todo acerca de lo que llamó mis "sesiones irregulares". Su pedido me asombró sobremanera porque no le había contado a nadie que a veces mis ensueños se tornaban insólitos. La sesión irregular comenzaba cuando mi atención de ensueño era poderosamente atraída por cualquier objeto de mis ensueños, pero eso, en lugar de hacerme cambiar de ensueño, como debería, me empujaba a una dimensión totalmente desconocida. Una dimensión en la cual remontaba yo el vuelo, dirigido por una fuerza invisible que me hacía dar vuelta tras vuelta. Siempre al despertarme de uno de esos ensueños, yo seguía retorciéndome en la cama, por un largo rato, antes de estar completamente consciente.
– Esos son auténticos encuentros con tus amigos, los seres inorgánicos -comentó don Juan.
Sus aseveraciones me provocaron tal malestar que hasta olvidé mi pregunta acerca de los brujos antiguos. Don Juan, por su cuenta, volvió a ella.
– Mi idea es que los brujos antiguos existieron hace quizá diez mil años -dijo sonriendo y observando mi reacción.
Basándome en datos arqueológicos actuales sobre la emigración de las tribus nómadas asiáticas a las Américas, le dije que diez mil años era una fecha irrazonable.
– Tú tienes tu conocimiento, y yo tengo el mío -dijo-. El mío es que los brujos antiguos rigieron por cuatro mil años. Hace tres mil años, se fueron a pique. Y desde entonces, los nuevos brujos han estado reagrupando y reconstruyendo lo que quedó de los antiguos.
– ¿Cómo puede usted estar tan seguro de sus fechas? -pregunté.
– ¿Cómo puedes tú estar tan seguro de las tuyas? -replicó.
Le dije que los arqueólogos tienen métodos infalibles para establecer las edades de las culturas del pasado. Y él me aseguró una vez más que los brujos también tenían sus propios métodos infalibles.
– No estoy tratando ni de llevarte la contraria ni de pelearme contigo -continuó-, pero muy pronto vas a tener la oportunidad de preguntarle esto mismo a alguien que lo sabe con absoluta certeza.
– Nadie puede saber esto con absoluta certeza, don Juan.
– Sí se puede, y eso es otra de esas cosas de brujos que son imposibles de creer. Hay alguien que puede verificar todo esto. Algún día conocerás a esa persona.
– Vamos, don Juan, usted tiene que estar bromeando. ¿Quién podría verificar lo que sucedió hace tantos miles de años?
– Muy sencillo, uno de los brujos antiguos de los cuales hemos estado hablando. El mismo que yo conocí. Él es quien me dijo todo lo que sé acerca de los brujos de la antigüedad. Espero que siempre recuerdes lo que te voy a contar acerca de ese hombre. Él es alguien a quien estás obligado a conocer, porque es la clave de muchos de nuestros asuntos.
Don Juan me escudriñó por largo rato, y luego me acusó de no haberle creído una sola palabra de lo que me había dicho acerca de los brujos antiguos. Admití que en mi estado cotidiano de conciencia, naturalmente, no le había creído una sola palabra. Sus historias me parecían historias descabelladas. En la segunda atención, tampoco le creí, aunque ahí debería haber tenido una reacción diferente.
– Se vuelven historias descabelladas, únicamente cuando te pones a examinarlas como si fueran eventos del mundo diario -remarcó-. Si no involucraras tu sentido común, todo esto sería estrictamente una cuestión de energía.
– ¿Por qué dijo usted, don Juan, que estoy obligado a conocer a uno de esos antiguos?
– Porque es imperativo; es vital que los conozcas algún día. Por ahora, simplemente déjame que te cuente otra historia traída de los cabellos acerca de uno de los naguales de mi línea, el nagual Sebastián.
Don Juan dijo que a principios del siglo dieciocho, el nagual Sebastián era el sacristán en una iglesia del sur de México. Recalcó cómo los brujos, del pasado o del presente, han buscado y han encontrado refugio en instituciones establecidas, tal como la Iglesia. Explicó que el soberbio sentido de disciplina que los brujos poseen los convierte en empleados dignos de confianza, codiciados por instituciones que constantemente tienen extrema necesidad de tales personas; y siempre y cuando nadie se entere de que son brujos, sus prácticas mismas los hacen aparecer como trabajadores modelo.
Una tarde mientras Sebastián estaba cumpliendo con sus tareas de sacristán, un indio de aspecto raro entró en la iglesia; era viejo y parecía estar enfermo. Con voz débil, le pidió ayuda a Sebastián. El nagual pensó que el hombre debería hablar con el cura de la parroquia. Haciendo un gran esfuerzo, el hombre se dirigió al nagual y en un tono áspero y directo le dijo que sabía que Sebastián era no solamente un brujo, sino un nagual.
Sebastián, bastante alarmado por el repentino giro de los acontecimientos, llevó al indio hacia un lado, más privado, y lo recriminó por su osadía. El hombre le contestó que estaba ahí para obtener ayuda, no para dar o pedir disculpas. Necesitaba la energía del nagual para mantener su vida, la cual, le aseguró a Sebastián, había durado miles de años, pero en ese momento se desvanecía.
Sebastián, quien era un hombre muy inteligente, no se encontraba dispuesto a escuchar tales disparates; instigó al viejo indio a que se dejara de tonterías. El indio se enojó y lo amenazó con delatarlo a él y a su grupo a las autoridades eclesiásticas, a menos que accediera a su pedido.
Don Juan me recordó que en esos tiempos, las autoridades eclesiásticas erradicaban brutal y sistemáticamente las prácticas religiosas autóctonas de los indios del Nuevo Mundo. La amenaza del indio no era algo que Sebastián pudiera tomar a la ligera; el nagual y su grupo realmente se hallaban en peligro mortal. Sebastián le preguntó al indio cómo podría darle energía. El hombre explicó que los naguales almacenan en sus cuerpos una peculiar energía producto de su disciplina, y que él era capaz de sacarla a través de un centro energético que todos nosotros tenemos en la región umbilical. Le aseguró a Sebastián que no sentiría dolor alguno y que, a cambio de su energía, podría no sólo continuar sano y salvo con sus actividades, sino que también obtendría un regalo de poder.
Al nagual Sebastián no le cayó nada bien el haber entrado en tratos con ese indio, pero el hombre fue inflexible y no le dejó otra salida más que cumplir con sus deseos. Don Juan comentó que el indio no estaba en lo absoluto exagerando acerca de lo que afirmó. Verdaderamente era uno de los brujos de la antigüedad, conocidos como los desafiantes de la muerte. Aparentemente, había sobrevivido hasta el presente, por medio de maniobras que sólo él podía realizar.
Lo que aconteció entre Sebastián y aquel hombre se convirtió en la base de un acuerdo que ligó a los seis naguales que siguieron a Sebastián. El desafiante de la muerte mantuvo su palabra: a cambio de la energía que obtuvo de cada uno de esos hombres, les hizo a cada uno de ellos una donación, un regalo de poder. Sebastián fue el primero en recibirlo aunque con desagrado. Todos los demás naguales, por el contrario, aceptaron gustosamente sus regalos.
Don Juan concluyó su historia diciendo que los naguales de su línea cumplieron con ese convenio por más de doscientos años, creando así una relación simbiótica que cambió el curso y el objetivo final de su linaje, y que, con el transcurso del tiempo, el desafiante de la muerte llegó a ser conocido como el inquilino.
Don Juan no explicó nada más acerca de esta historia, pero me quedé con una extraña sensación de veracidad que me molestó más de lo que yo pudiera haber imaginado.
– ¿Cómo pudo ese hombre sobrevivir por tanto tiempo? -le pregunté.
– Nadie lo sabe -contestó-. Todo lo que sabemos de él, por generaciones, es lo que él nos dice. El desafiante de la muerte es a quien le pregunté sobre los brujos de la antigüedad, y es él quien me dijo que llegaron a su final hace tres mil años.
– ¿Está usted seguro de que le estaba diciendo la verdad? -le pregunté.
Don Juan me miró con ojos de asombro.
– Cuando uno está allí frente a ese inconcebible desconocido -dijo, señalando a su alrededor-, uno no se sale con mentiras pinches. Esas mentiras son para la gente que no sabe, lo que está allá esperándonos.
– ¿Qué es lo que nos está esperando, don Juan?
Su respuesta, al parecer una frase inofensiva, se me hizo más aterrorizante que una descripción de algo horrendo.
– Lo enteramente impersonal -dijo.
Se debe de haber dado cuenta de mi estado de ánimo y me hizo cambiar de niveles de conciencia, para que mi miedo se desvaneciera.
Unos meses más tarde, mi práctica de ensueño tomó un giro inusitado. En mis ensueños, empecé a obtener respuestas a preguntas que estaba planeando hacerle a don Juan. Lo más raro de esta extraña situación fue que en un santiamén me empezó a ocurrir lo mismo cuando estaba despierto. Un día recibí respuesta a una pregunta acerca de la realidad de los seres inorgánicos. Los había ensoñado tantas veces que empecé a creer que realmente existían. Tenía muy en cuenta el haber tocado a uno de ellos, en ese estado de conciencia seminormal, en el desierto de Sonora. Además, en mis ensueños periódicamente entraba en mundos que yo seriamente dudaba fueran producto de mi imaginación. Por ello, quería hacerle a don Juan una pregunta concisa. La formulé en mi mente: ¿si los seres inorgánicos son reales, en qué parte del universo está el reino donde ellos existen?
Después de repetir la pregunta en mi mente, escuché una risa extraña, igual a la que había escuchado el día que forcejeé con el ser inorgánico. Luego, una voz de hombre me contestó:
– Ese reino existe en una posición particular del punto de encaje. De la misma forma en que tu mundo existe en la posición habitual del punto de encaje.
Lo que menos quería era entablar un diálogo con una voz incorpórea. Me levanté de un salto de donde estaba sentado y salí corriendo fuera de la casa. Pensé que me estaba volviendo loco. Una preocupación más que añadir a mi colección de preocupaciones.
La voz fue tan clara y autoritaria, que no solamente me intrigó sino que me aterrorizó. Esperé con nerviosismo total el próximo asalto de esa voz, pero eso nunca se repitió. En la primera oportunidad que tuve, consulté con don Juan.
No quedó en lo más mínimo impresionado.
– Debes entender, de una vez por todas, que cosas como ésta son muy normales en la vida de un brujo -dijo-. No estás enloqueciendo; simplemente oíste la voz del emisario del ensueño. Al cruzar la primera o la segunda compuerta del ensueño, los ensoñadores llegan a una fuente universal de energía y empiezan a ver cosas o a escuchar voces. Realmente no son voces, es una sola voz. Los brujos la llaman la voz del emisario de ensueño.
– ¿Qué es el emisario de ensueño?.
– Una carga de energía diferente a la nuestra. Es una energía forastera que pretende ayudar a los ensoñadores diciéndoles cosas. El problema con el emisario de ensueños es que únicamente puede decirles a los brujos lo que ellos ya saben o deberían saber, si realmente fueran brujos que valen la pena.
– El que me diga usted que es una carga de energía no me ayuda en absoluto, don Juan. ¿Qué clase de energía? ¿Benigna, maligna, o qué?
– Es simplemente lo que te dije, una energía diferente de la nuestra. Una fuerza impersonal, que nosotros convertimos en algo muy personal, por el hecho de que tiene voz. Algunos brujos juran que les aconseja. Hasta la ven. O, como tú, simplemente la oyen como una voz de hombre o de mujer. Una voz que les describe situaciones del momento. La mayoría de las veces los brujos toman estas descripciones erróneamente como consejos sagrados.
– ¿Por qué se llega a oír a esa energía como una voz?
– Los ensoñadores oyen o ven al emisario, cuando tienen suficiente energía para mantener sus puntos de encaje fijos en una nueva posición específica; mientras más intensa es esta fijación, más intensa la experiencia del emisario. ¡Ten cuidado! A lo mejor un día lo ves o lo sientes como una mujer desnuda.
Don Juan se rió de su propio comentario, pero yo estaba demasiado asustado para frivolidades.
– ¿Es esta fuerza capaz de materializarse? -pregunté.
– Por supuesto -contestó-. Y todo depende de cuán fijo esté el punto de encaje. Sin embargo, si se mantiene cierto grado de desapego, nada sucede. El emisario permanece como lo que es: una fuerza impersonal que actúa con nosotros debido a la fijación de nuestros puntos de encaje.
– ¿Es el consejo del emisario algo que se puede tomar en serio?
– Nada de lo que dice es consejo. Únicamente describe lo que está frente a uno. Las conclusiones son nuestras propias deducciones.
Le dije a don Juan lo que la voz me había dicho.
– Ya ves, es exactamente lo que te dije -recalcó-. El emisario no te dijo nada nuevo. Sus aseveraciones fueron correctas, pero únicamente parecía que te estaba revelando algo nuevo. Lo que el emisario hizo fue meramente repetirte lo que tú ya sabías.
– Lo siento mucho, don Juan, pero no puedo decir que yo sabía todo eso.
– Sí, puedes decirlo. Tú sabes ahora infinitamente más de lo que racionalmente sospechas acerca del misterio del universo. Pero esa es la dolencia del género humano: saber más de lo que sospechamos acerca del misterio del universo.
A pesar de todo lo que dijo don Juan, el haber experimentado el increíble fenómeno de la voz del emisario, por mi propia cuenta, me causó una tremenda euforia. Durante otra discusión sobre el ensueño, aproveché la oportunidad y le pregunté a don Juan si él también lo oía como una voz.
Con una amplia sonrisa dijo:
– Sí, sí, el emisario me habla. En mi juventud lo veía como un fraile con capuchón negro que me hacía medio morir de miedo cada vez que me hablaba. Cuando mi miedo disminuyó, se convirtió en una voz incorpórea, la cual me habla hasta hoy en día.
– ¿Qué le dice a usted, don Juan?
– Me habla de las cosas en que enfoco mi atención; cosas que no me tomo la molestia de averiguar por mi mismo. Como por ejemplo, detalles sobre el comportamiento de mis aprendices. Lo que hacen cuando yo no estoy con ellos. Me dice cosas de ti, en particular. El emisario me dice todo lo que haces.
En ese momento, realmente perdí el interés de continuar nuestra conversación. Busqué frenéticamente en mi mente preguntas sobre otros temas, mientras que él se reía a carcajadas.
– ¿Es el emisario de ensueños un ser inorgánico? -le pregunté.
– Digamos que el emisario de ensueños es una fuerza que viene del reino de los seres inorgánicos. Esa es la razón por la cual los ensoñadores siempre la encuentran. Todos la oyen, son muy pocos los que la ven o la sienten.
– ¿Tiene usted alguna explicación para esto?
– No. Además, realmente no tengo ningún interés en el emisario. En un determinado momento de mi vida tuve que decidir entre concentrarme en los seres inorgánicos y seguir los pasos de los brujos antiguos, o renunciar a todo eso. Mi maestro, el nagual Julián, me ayudó a rechazar todo eso. Nunca me he arrepentido de esa decisión.
– ¿Cree usted que yo también debería rechazar todo esto, don Juan?
En lugar de contestarme, me explicó que el reino entero de los seres inorgánicos está siempre dispuesto a enseñar. Dijo que quizá debido a que los seres inorgánicos tienen una conciencia de ser más profunda que la nuestra se sienten obligados a tomarnos bajo su tutela.
– Yo no encontré ninguna razón para convertirme en su alumno -añadió-. El precio de su instrucción es demasiado caro.
– ¿Cuál es su precio?
– Nuestras vidas, nuestra energía. Demandan total devoción hacia ellos. En otras palabras, nos roban la libertad.
– ¿Pero, qué es lo que ellos enseñan?
– Cosas que atañen a su mundo. Del mismo modo que nosotros les enseñaríamos, si fuéramos capaces de enseñarles, cosas que atañen a nuestro mundo. Su método es tomar nuestro ser básico como medida de lo que necesitamos, y de acuerdo a eso enseñarnos. ¡Un método sumamente peligroso!
– No veo por qué pueda ser peligroso.
– Si alguien va a tomar a tu ser básico como medida, con todos tus vicios, tus miedos y avaricia y envidias, y toda tu porquería, y va a enseñarte lo que satisfaga a ese desastroso estado de ser, ¿cuál crees que sea el resultado?
No tuve nada que responder. Pensé que había comprendido perfectamente bien.
– El problema de los brujos de la antigüedad es que aprendieron cosas maravillosas, pero sobre las bases de una inconciencia de ser sin enmendar -prosiguió don Juan-. Los seres inorgánicos realizaban las acciones prácticas necesarias para lograr una u otra cosa y así con ejemplos guiaban a los brujos antiguos paso a paso a copiar esas acciones, sin que cambiaran en absoluto nada de su naturaleza básica.
– ¿Todavía existe esta clase de relaciones con los seres inorgánicos hoy en día?
– No te puedo contestar eso con certeza. Lo único que me cabe decir es que yo no puedo concebir una relación de ese tipo. Lo que hace es disminuir nuestro apego a la libertad, al consumir toda nuestra energía disponible. Para poder realmente seguir el ejemplo de sus aliados, los brujos de la antigüedad tuvieron que pasarse la vida entera en el reino de los seres inorgánicos. La cantidad de energía necesaria para lograr eso es asombrosa.
– ¿Quiere usted decir, don Juan, que los brujos antiguos eran capaces de existir en esos reinos de la misma forma en que nosotros existimos aquí?
– No exactamente como nosotros existimos aquí, pero ciertamente vivían ahí, y retenían su conciencia y su individualidad. Para ellos el emisario de ensueño fue una entidad vital, porque es el puente perfecto; habla, y su tendencia es enseñar, guiar.
– ¿Ha estado usted, en ese reino, don Juan?
– Innumerables veces. Al igual que tú. Pero no tiene ningún caso hablar de esto ahora. Todavía no has recordado toda tu atención de ensueño. Ya hablaremos sobre ese reino uno de estos días.
– A mi parecer, don Juan, a usted ni le gusta ni aprueba al emisario.
– Ni lo apruebo ni me gusta. Pertenece a otra modalidad, la de los brujos antiguos. Además, en nuestro mundo, sus enseñanzas y su guía son disparates. Y por esos disparates, el emisario nos cobra enormidades en términos de energía. Algún día estarás de acuerdo conmigo. Ya lo verás.
En el tono de sus palabras, pude captar la velada implicación de que yo no coincidía con él en lo que al emisario se refería. Estaba a punto de argüir que eso era un error de su parte, cuando escuché la voz del emisario en mis oídos.
– Él tiene razón -dijo la voz-. Yo te caigo bien porque no encuentras nada malo en el hecho de explorar todas las posibilidades. Tú estás en pos de conocimiento; el conocimiento es poder. Tú no quieres meramente la seguridad de tus rutinas y las creencias de tu mundo.
El emisario dijo todo esto en inglés, con un marcado acento de la costa del Pacifico. Después cambió a español. Noté un tenue acento argentino. Nunca había escuchado hablar al emisario de esta manera. Me fascinó. El emisario me habló de logros, de sabiduría, de cuán lejos me encontraba de mi lugar natal; de mi ansia de aventura y de mi obsesión con nuevos horizontes. La voz hasta me habló en portugués, con una definida inflexión de las pampas del sur.
Escuchar a esa voz, llenándome de halagos, al final no solamente me asustó, me asqueó. Le dije a don Juan ahí mismo que tenía que dejar de ensoñar. Me miró sorprendido, pero cuando le repetí todo lo que había escuchado, accedió, aunque dándome la impresión de que únicamente lo hacía para apaciguarme.
Unas semanas más tarde, con más calma, me pareció que mi reacción fue un poco emocional y, por lo tanto, errónea mi decisión de parar mi entrenamiento. Regresé, por mi cuenta, a mis prácticas de ensueño. No le consulté a don Juan, pero estaba seguro que de algún modo él estaba al tanto de mi vuelta.
Una de las veces que lo fui a visitar, muy inesperadamente empezó a hablar sobre los sueños.
– El mero hecho de que no nos hayan enseñado a tomar a los sueños como un genuino campo de exploración, no quiere decir que no lo sean -comenzó-. Los sueños son analizados por su significado, o son considerados como indicaciones proféticas, pero nunca son valorados como un reino de eventos reales.
"De acuerdo a lo que sé, solamente los brujos antiguos hicieron eso -don Juan prosiguió-, pero al final lo echaron todo a perder. Su ambición los cegó y cuando llegaron a una encrucijada crucial, tomaron el camino equivocado. Se enfocaron en una sola maniobra: la fijación del punto de encaje en las miles de posiciones que puede adoptar.
Don Juan dijo que lo asombraba el hecho de que, a todas las cosas maravillosas que los brujos antiguos aprendieron explorando esas millares de posiciones, el arte del ensueño y el arte del acecho eran lo único que quedaba hoy en día. Reiteró que el arte del ensueño tiene que ver con el desplazamiento del punto de encaje; y definió al acecho como el arte de la fijación del punto de encaje en cualquier posición a la cual se haya desplazado.
– Fijar el punto de encaje en una de las posiciones significa adquirir cohesión -dijo-. Eso es lo que has estado haciendo en tus prácticas de ensueño: adquirir cohesión.
– Yo creía que estaba perfeccionando mi cuerpo de ensueño le dije, sorprendido por su cambio de énfasis.
– Estás adquiriendo cohesión -insistió-. El ensueño hace que eso ocurra al forzar a los ensoñadores a fijar el punto de encaje. La atención de ensueño, el cuerpo energético, la segunda atención, la relación con los seres inorgánicos y el emisario, son todos productos de la fijación del punto de encaje en diferentes posiciones de ensueño.
– ¿Qué es una posición de ensueño, don Juan?
– Una nueva posición a la que el punto de encaje ha sido desplazado durante el sueño.
– ¿Cómo es que fijamos el punto de encaje en una posición de ensueño?
– Sosteniendo la vista de cualquier objeto en los ensueños, o cambiando de ensueño a voluntad. Con tus prácticas de ensueño estás realmente ejercitando tu capacidad de cohesión; esto quiere decir que estás ejercitando tu capacidad de sostener una nueva forma energética, al mantener el punto de encaje fijo en la posición que adopta con el ensueño.
– ¿Realmente mantengo otra forma energética, don Juan?
– No exactamente, y no porque no puedas, sino simplemente porque estás empezando por desplazar tu punto de encaje dentro del huevo luminoso, en lugar de moverlo fuera de él. Los cambios del punto de encaje causan pequeñas transformaciones, las cuales prácticamente no se notan. El reto de tales cambios es que son tan pequeños y tan numerosos que mantener cohesión en todos ellos es un verdadero triunfo.
– ¿Cómo podemos saber que mantenemos la cohesión?
– Lo sabemos por la claridad de nuestra percepción. Cuanto más clara sea la visión de nuestros ensueños, mayor es nuestra cohesión.
Dijo que ya era hora de que yo aplicara en la práctica lo que había aprendido en mis ensueños. Sin darme tiempo a preguntar nada, me pidió que enfocara mi atención, como si estuviera ensoñando, en el follaje de un árbol del desierto que creía cerca de ahí: un mezquite.
– ¿Quiere usted que lo mire fijamente? -le pregunté.
– No quiero que lo mires fijamente; quiero que hagas algo muy especial con ese follaje -dijo-. Acuérdate de que en tus ensueños, una vez que eres capaz de sostener la vista en cualquier objeto, estás realmente sosteniendo una nueva posición de ensueño. Ahora, mira fijamente a esas hojas, como si estuvieras en un ensueño, con una muy significativa variación: vas a sostener tu atención de ensueño en las hojas de ese mezquite, en la conciencia de ser del mundo cotidiano.
Mi nerviosidad me hizo imposible seguir el hilo de sus instrucciones. Me explicó pacientemente que al mirar fijamente al follaje, se llevaría a cabo un diminuto desplazamiento de mi punto de encaje. Luego, al entrar en mi atención de ensueño, a consecuencia de mirar fijamente a cada hoja, lo que yo haría es fijar ese diminuto desplazamiento, y al hacerlo mi cohesión me haría percibir en términos de la segunda atención. Añadió, riéndose, que el proceso era ridículo de tan simple que era.
Don Juan tenía razón. Todo lo que necesité fue enfocar y mantener mi atención en las hojas, y en un instante, fui atraído por una sensación de vórtice, como en mis ensueños. El follaje del mezquite se convirtió en un universo de datos sensoriales; fue como si el follaje me hubiese engullido. Si tocaba las hojas, podía realmente sentirlas. También podía olerlas. Mi atención de ensueño era multisensorial, en lugar de ser únicamente visual, como en mis ensueños diarios.
Lo que empezó con fijar la vista en el follaje del mezquite se convirtió en un ensueño. Creí que me encontraba en un árbol irreal, como me había encontrado en árboles de incontables ensueños. Y, naturalmente, me comporté en ese árbol irreal como había aprendido a comportarme en mis ensueños; me moví de objeto en objeto, atraído por la fuerza de un vórtice que se formaba en cualquier parte del árbol en la cual enfocara mi multisensorial atención de ensueño. Estos vórtices se formaban no sólo al fijar mi vista, sino también al tocar cualquier cosa, con cualquier parte de mi cuerpo.
En un momento dado tuve un ataque de dudas racionales. Comencé a preguntarme si sería posible que me hallara físicamente subido al mezquite en un estado de confusión, abrazando las hojas y perdido en el follaje sin saber lo que hacía. O quizá me había quedado dormido, hipnotizado por el revoloteo de las hojas en el viento, y estaba ensoñando. Pero, al igual de lo que me ocurría en ensueños, mis preguntas fueron tan fugaces que duraron sólo un instante, y luego la fuerza de lo que estaba sucediendo las anuló por completo.
Un repentino movimiento a mi alrededor sacudió todo, y me hizo virtualmente emerger de la hojarasca como si me hubiera desprendido de la atracción magnética del árbol. Me encontré entonces mirando a un inmenso horizonte, desde un terreno elevado. Me rodeaban oscuras montañas y verde vegetación. Otro empellón de energía me depositó en otro lugar. Árboles enormes se asomaban por todos lados en forma amenazadora. Eran más grandes que los pinos de los estados de Oregon y Washington. Nunca jamás había yo visto un bosque como ese. El panorama era de tal contraste con la aridez del desierto de Sonora que no me quedó ninguna duda de que estaba ensoñando.
Me enfoqué en esa extraordinaria visión con temor de salir prematuramente de ella. Sabía que era en realidad un ensueño, y que una vez que agotara mi atención de ensueño, saldría de él. Pero las imágenes duraron, aun cuando calculé que ya había agotado mi atención de ensueño. Lo que dio lugar a que cruzara por mi mente un pensamiento aterrador: ¿y si este no fuera un ensueño, ni tampoco el mundo cotidiano?
Asustado, de la misma forma que un animal debe de experimentar el susto, regresé a la hojarasca de la cual había emergido. El ímpetu de mi retroceso me empujó de un extremo a otro del follaje, y me jaló fuera del árbol; en un abrir y cerrar de ojos estaba parado junto a don Juan, en la puerta de su casa, en el desierto de Sonora.
Inmediatamente tomé conciencia de que había entrado en un estado en el que podía pensar coherentemente, pero no podía hablar. Don Juan me instó a que no me preocupara; dijo que nuestra facultad del habla es extremadamente frágil, y que los ataques de mudez eran comunes entre los brujos que se aventuraban más allá de los límites de la percepción normal.
Mi primera impresión fue que don Juan sentía lástima por mí. Pero la voz del emisario de ensueño dijo claramente en ese instante que en unas horas, después de dormir, estaría yo perfectamente bien.
Al despertarme, y a petición de don Juan, le describí lo que había visto y hecho. Me advirtió que no me fiara de mi racionalidad para comprender mi experiencia, no porque estuviera de ninguna forma perjudicada, sino porque lo sucedido era un fenómeno fuera de los límites de la razón.
Naturalmente, argüí, porque así lo creía, que no podía haber nada fuera de los límites de la razón; que puede haber cosas que no estén claras, pero que tarde o temprano, la razón siempre encuentra una forma de aclararlas.
Con extrema paciencia don Juan señaló que la razón, el sentido común, el buen juicio, fuentes de gran orgullo para nosotros, porque las consideramos consecuencia directa de nuestro valor personal, son meramente el resultado de la fijación del punto de encaje en su posición habitual; cuanto más rígido y fijo, más grande nuestra confianza en nosotros mismos; más grande nuestra idea de que podemos explicar lo que fuera.
Añadió que el ensueño, al darnos fluidez para entrar en otros mundos, destruye nuestra idea del yo que sabe todo. Llamó al ensueño una empresa de dimensiones inimaginables que, después de hacernos percibir todo lo que puede ser percibido, hace que el punto de encaje dé un salto fuera del reino humano a fin de hacernos percibir lo inconcebible.
– Nos encontramos, de nuevo, frente al tema más importante del mundo de los brujos antiguos: la posición del punto de encaje -prosiguió-. El anatema de los brujos antiguos, al igual que la aflicción de la humanidad actual.
– ¿Por qué dice usted eso, don Juan?
– Porque ambos, la humanidad actual y los brujos de la antigüedad son las víctimas de la posición del punto de encaje. La humanidad, por no saber que el punto de encaje existe. Por no saberlo estamos obligados a considerar a los productos de su posición habitual como cosas finales e indiscutibles. Y los brujos antiguos, por saber que el punto de encaje existe y que se le puede manejar con relativa facilidad.
"Debes evitar caer en esas dos trampas -continuó-. Sería realmente repugnante que te aunaras a la humanidad, como si no supieras acerca de la existencia del punto de encaje. Pero sería aún más odioso que te aunaras a los brujos antiguos, y manejaras al punto de encaje para tu ganancia personal.
– Todavía no entiendo, ¿cuál es la conexión de todo esto con la experiencia que tuve ayer?
– Ayer te encontrabas en otro mundo, diferente pero real. Si me preguntas dónde se encuentra ese mundo, yo te tendré que contestar que está en la posición del punto de encaje. Si mi respuesta no tiene ningún sentido para ti, entrarás en un enredo diabólico.
El argumento de don Juan era que me quedaban dos alternativas si no entendía su proposición. Una era seguir la línea de la humanidad en general, lo que me llevaría a un caos: mi experiencia me diría que otros mundos existen, pero mi razón me diría que esos mundos no pueden existir. La otra alternativa era seguir la línea de los brujos antiguos, en cuyo caso, automáticamente aceptaría la existencia de otros mundos, y mi avaricia me haría sostener la posición del punto de encaje que crea esos mundos. El resultado sería otro tipo de caos: tener que moverme físicamente a mundos diferentes del nuestro, forzado por expectativas de poder y ganancia personal.
Yo estaba demasiado aturdido para poder seguir el hilo de su razonamiento, pero sí sentía que él estaba totalmente en lo cierto. Era un sentimiento, una certeza ancestral que yo parecía haber perdido y estar recobrando lentamente.
Regresar a mis prácticas de ensueño disipó todas estas tribulaciones, pero creó otras; por ejemplo, después de escucharla diariamente, por meses, la voz del emisario dejó de ser una molestia o un asombro y se convirtió en algo casi común y corriente para mí. Cometí tantos errores influenciado por lo que me decía, que comprendí la renuencia de don Juan a tomarlo en serio. Un psicoanalista se habría muerto de gusto interpretando esa voz de acuerdo a todas las posibles minucias de mi dinámica intrapersonal.
Don Juan mantenía inmutablemente que el emisario es una fuerza impersonal y constante procedente del reino de los seres inorgánicos, por lo tanto, todos los ensoñadores lo experimentan, más o menos en los mismos términos. Y si eligen seguir lo que les dice, como si fuera un consejero, son unos tontos incurables.
Yo era definitivamente uno de ellos. No había manera de mantenerme impasible frente a un evento tan extraordinario una voz que clara y concisamente me decía en tres idiomas datos ocultos sobre cosas o personas en las cuales enfocaba mi atención. La única desventaja, que no tenía grandes consecuencias para mí, era que la voz y yo no estábamos sincronizados. Generalmente, el emisario me daba información acerca de cosas, gente o eventos, cuando ya había olvidado mi interés en ellos.
Le pregunté a don Juan acerca de esta falla; me dijo que tenía que ver con la rigidez de mi punto de encaje. Me explicó que, habiendo sido yo criado por abuelos, estaba saturado de opiniones e ideas de gente vieja, y que debido a ello, yo era peligrosamente rígido. Dijo que su método de darme pociones de plantas alucinógenas, no había sido otra cosa sino un esfuerzo para sacudir mi punto de encaje, y así permitir que tuviera un margen mínimo de fluidez.
– Si no desarrollas ese margen -continuó-, o te vuelves más rígido, o te conviertes en un brujo histérico, o haces las dos cosas. Mi interés en contarte anécdotas de los brujos antiguos, no es para hablar mal de ellos sino para ponerte al tanto de lo que eran. Tarde o temprano, tu punto de encaje va a adquirir más fluidez, pero no lo suficiente como para contrarrestar tu tendencia a ser como ellos: rígido e histérico.
– ¿Cómo puedo evitar eso, don Juan?
– Hay un modo. Los brujos lo llaman el puro entendimiento. Yo lo llamo el romance con el conocimiento. Es el impulso que los brujos utilizan para saber, para descubrir, y para quedarse boquiabiertos de asombro y admiración con lo que descubren.
Don Juan cambió de tema, y pasó a explicar en mayor detalle la fijación del punto de encaje. Dijo que al ver el punto de encaje de los niños, oscilando constantemente y cambiando fácilmente de lugar como movido por un temblor, los brujos antiguos llegaron a la conclusión de que su posición habitual no es innata sino creada por los hábitos. Viendo también, que es solamente en los adultos que éste se fija en un lugar definido, supusieron que la ubicación específica del punto de encaje promueve una manera específica de percibir. A consecuencia del uso, esta manera específica de percibir se convierte en un sistema para la interpretación de datos sensoriales.
Don Juan señaló que para existir, dicho sistema, precisa de una leva general; todos nosotros los seres humanos, al nacer, somos reclutados en él. Y nos pasamos una vida entera ajustando imperiosamente nuestra percepción para que concuerde con las demandas de este sistema. Por ello, tenían razón los brujos antiguos al sostener que el acto de revocarlo y percibir energía directamente es lo que transforma a una persona en brujo.
Don Juan expresó su admiración, una y otra vez, por lo que llamó el mayor logro de nuestra socialización básica como seres humanos: inmovilizar nuestro punto de encaje en su posición habitual. Explicó que una vez que su posición es fija, nuestra percepción puede ser entrenada y dirigida a interpretar lo que percibimos. Nuestro proceso de socialización empieza entonces a guiarnos a percibir más en términos de nuestro sistema que en términos de nuestros sentidos. Don Juan aseguraba que la percepción humana es universalmente homogénea debido a que el punto de encaje de toda la raza humana está fijo en el mismo sitio.
Don Juan dijo que los brujos prueban todo esto al comprobar que lo que se percibe no tiene sentido alguno cuando el punto de encaje se ha desplazado fuera de cierto nivel y nuevos filamentos energéticos universales empiezan a ser percibidos. La razón de ello es que los nuevos filamentos traen nuevos datos sensoriales, que no son parte de dicho sistema.
– Percibir sin nuestro sistema es, por supuesto, algo caótico -don Juan continuó-. Pero por más extraño que parezca, cuando nos creemos realmente perdidos, nuestro sistema se recupera y viene a nuestro rescate, transformando nuestra nueva e incomprensible percepción, en un mundo totalmente comprensible. Exactamente como te sucedió cuando fijaste tu mirada en las hojas del árbol de mezquite. Tu percepción fue caótica. Por un momento todo se te vino encima y tu sistema de interpretación no funcionó. Después, el caos se aclaró, y ahí estabas: frente a un mundo nuevo.
– Nos encontramos otra vez en el mismo atascadero de antes. ¿Existe realmente ese mundo? ¿O es una mera elaboración de mi mente?
– Ciertamente regresamos a lo mismo y la respuesta es aún la misma. Ese mundo realmente existe en la precisa posición en que se encontraba tu punto de encaje en ese momento. Para percibirlo claramente, necesitaste cohesión; necesitaste mantener tu punto de encaje fijo en esa nueva posición; lo cual hiciste. El resultado fue que por un rato fuiste capaz de percibir un mundo totalmente nuevo.
– ¿Pero, podrían otros percibir ese mismo mundo?
– Sí, si tuvieran la uniformidad y cohesión que tenías tú en ese momento. Uniformidad es mantener al unísono la misma posición del punto de encaje. Acechar la percepción era como los brujos antiguos llamaban al acto de adquirir uniformidad y cohesión fuera del mundo normal.
"El arte del acecho -continuó-, como ya lo dije antes, tiene que ver con la fijación del punto de encaje. A través de la práctica, los brujos antiguos descubrieron que como es importante desplazar el punto de encaje, es aún de mayor importancia hacer que se quede fijo en su nueva posición, cualquiera que ésta fuere.
Explicó que si el punto de encaje no se logra estabilizar, no hay forma posible de que podamos percibir coherentemente. Lo que entonces percibiríamos sería un caleidoscopio de imágenes disociadas. Dijo que esta fue la razón por la cual los brujos antiguos pusieron tanto énfasis en el ensueño como en el acecho, y que un arte no puede existir sin el otro, especialmente en la clase de actividades en las cuales los brujos antiguos estaban envueltos.
– ¿Cuáles eran esas actividades, don Juan? -pregunté.
Don Juan dijo que eran actividades complejísimas derivadas de los desplazamientos del punto de encaje. Los brujos antiguos al aprender a desplazar sus puntos de encaje a miles de posiciones en la superficie, o adentro de sus masas energéticas, también aprendieron a fijar su punto de encaje en esas posiciones, para así retener su cohesión indefinidamente.
– Los brujos antiguos llamaban a eso las marañas de la segunda atención, o la gran aventura de lo desconocido -añadió.
– ¿Cuál era el beneficio de todo esto, don Juan?
– No podemos hablar aquí de beneficios. Aquí podemos únicamente hablar de resultados finales.
Dijo que la cohesión de los brujos antiguos era tal que les permitió llegar a ser, perceptual y físicamente, todo lo que sus puntos de encaje dictaban. Podían transformarse en cualquier cosa dentro del inventario especifico que cada uno de ellos poseía. Don Juan llamaba un inventario a todos los detalles perceptibles necesarios para convertirse, por ejemplo, en jaguares, pájaros, insectos, etcétera, etcétera.
– Para mi es muy difícil creer que esa transformación pueda ser posible -le dije.
– Es posible -aseguró-. No tanto para ti o para mi, pero si para ellos. Para ellos eso no era nada.
Dijo que los brujos antiguos tenían tan espléndida fluidez que todo lo que necesitaban era un ligero desplazamiento de su punto de encaje, una mínima señal en su ensueño para instantáneamente acechar su percepción; es decir, para arreglar su cohesión y hacerla encajar en su nuevo estado de conciencia, sea ésta la de un animal, otra persona, un pájaro, o lo que fuera.
– ¿Pero, no es eso lo que los enfermos mentales hacen? ¿Crear su propia realidad? -pregunté.
– No, no es lo mismo -dijo-. Los dementes imaginan su propia realidad, porque no tienen, en lo absoluto, un propósito preconcebido. Los dementes añaden caos al caos. Los brujos, por el contrario, traen orden al caos. Su propósito preconcebido y trascendental es liberar su percepción. Los brujos no inventan los mundos que perciben; ellos perciben energía directamente y luego descubren que lo que están percibiendo es un mundo nuevo y desconocido; un mundo que se los puede tragar enteros, porque es tan real como cualquier cosa en nuestro mundo diario.
Don Juan me dio entonces una nueva versión de lo que me sucedió en el árbol de mezquite. Dijo que empecé por percibir directamente la energía del árbol. En mi nivel subjetivo, sin embargo, yo creí que estaba ensoñando ya que utilicé el ensueño para percibir energía. Aseveró que usar el ensueño en el mundo de la vida diaria es una de las estratagemas más efectivas de los brujos. Hace que el percibir energía directamente sea como un ensueño, en lugar de ser una experiencia totalmente caótica. Luego, cuando la percepción se arregla, los brujos se encuentran frente a un mundo nuevo. Exactamente lo que a mí me sucedió.
Le conté acerca del pensamiento que casi no me atrevía a pensar: que el panorama que vi no era un ensueño, ni tampoco nuestro mundo cotidiano.
– No lo era -dijo-. Te lo he dicho una y otra vez, pero tú crees que estoy senil y me repito sin ton ni son. Sé cuán difícil es para la mente aceptar que todo esto no es una idiotez de locos. ¡Créeme, existen mundos nuevos! Están envueltos los unos en los otros, como las capas de una cebolla. El mundo en el cual existimos no es más que una de esas capas.
– ¿Quiere usted decir, don Juan, que el propósito de sus enseñanzas es prepararme para ir a esos mundos?
– No. No quise decir eso. Vamos a esos mundos solamente como un ejercicio. Esos viajes son los antecedentes de los brujos de ahora. Hacemos el mismo tipo de ensueño que los brujos antiguos solían hacer, pero en cierto momento, nos desviamos a un nuevo terreno. Los brujos antiguos preferían los cambios del punto de encaje, por lo tanto siempre se encontraban en territorios más o menos conocidos o predecibles. Nosotros preferimos los movimientos del punto de encaje. Los brujos antiguos iban en pos de lo humanamente desconocido. Nosotros buscamos lo desconocido que está fuera de lo humano.
– No he llegado a eso todavía, ¿verdad?
– No, tú estás solamente empezando. Y al empezar todo ensoñador tiene que seguir los pasos de los brujos antiguos. Después de todo, ellos fueron quienes inventaron el arte del ensueño.
"A ti todavía te queda mucho pan por rebanar. Además, tengo que ser extremadamente cuidadoso contigo, porque tu carácter está totalmente ligado al de los brujos antiguos. Ya te he dicho esto muchas veces, pero siempre te las ingenias para descartarlo. A veces hasta pienso que una energía de otro mundo te guía y te aconseja, pero luego dejo a un lado esa idea, porque eso sí que es algo descabellado.
– ¿De qué está usted hablando, don Juan?
– Inconscientemente has hecho dos cosas que me preocuparon sin medida. La primera vez que te presté mi energía para que ensoñaras viajaste con tu cuerpo energético a un lugar fuera de este mundo. ¡Y ahí caminaste! Y luego, volviste a viajar con tu cuerpo energético, a través del mezquite, a otro sitio fuera de este mundo; las dos veces, partiendo desde la conciencia del mundo diario.
– ¿Por qué lo preocupa esto?
– Ensoñar es demasiado fácil para ti. Y si no tenemos cuidado, esa puede ser tu perdición. Ensoñar así conduce a lo desconocido que aún es cuestión humana. Como te dije, los brujos de hoy se esfuerzan por alcanzar lo desconocido que ya no es cuestión humana.
– ¿Qué puede ser lo desconocido que no es cuestión humana?
– Mundos inconcebibles que están fuera de la banda del hombre, pero que aún podemos percibir. La predilección de los brujos de hoy en día es entrar en mundos fuera del dominio humano; mundos completamente inclusivos, no meramente entrar en el reino de los pájaros, o en el reino de los animales, o en el reino de los seres humanos, aunque éste fuese el reino del hombre desconocido. Te estoy hablando de mundos como en el que vivimos; mundos completos, con un sinfín de reinos.
– ¿Dónde están esos mundos, don Juan? ¿En las diferentes posiciones del punto de encaje?
– Efectivamente, en las diferentes posiciones del punto de encaje. Digamos que los brujos llegan a esos mundos usando los movimientos del punto de encaje, no simplemente los cambios. Entrar en esos mundos requiere del tipo de ensueño que solamente los brujos de ahora practican. Los brujos antiguos se mantuvieron alejados de él, porque requiere un gran desapego y absoluta ausencia de importancia personal. Un precio que no estuvieron dispuestos a pagar.
"Para los brujos que ensueñan hoy en día, ensoñar es la libertad de percibir mundos más allá de todo lo imaginable.
– ¿Pero cuál es el sentido de percibir todo eso?
– Ya me hiciste hoy la misma pregunta. Hablas como un verdadero mercachifle. ¿Me va a dar buen resultado? ¿Cuál es el riesgo o la ganancia de mi inversión?
"No hay manera de responder a esas preguntas. La mente del mercachifle está hecha para el comercio. Pero la libertad no puede ser una inversión. La libertad es una aventura sin fin, en la cual arriesgamos nuestras vidas y mucho más, por unos momentos que no se pueden medir con palabras o pensamientos.
– No fue mi intención hablar como mercachifle al hacerle esa pregunta, don Juan. Lo que quiero saber es, ¿cuál podría ser la fuerza que impulse a un perfecto haragán como yo para que hiciera todo esto?
– La búsqueda de la libertad es la única fuerza que yo conozco. Libertad de volar en ese infinito. Libertad de disolverse, de elevarse, de ser como la llama de una vela, que aun al enfrentarse a la luz de un billón de estrellas permanece intacta, porque nunca pretendió ser más de lo que es: la llama de una vela