Don Juan y yo nos quedamos sentados en silencio. No tenía más preguntas que hacerle y parecía que él ya me había dicho todo lo que era pertinente. No podrían haber sido más de las siete, pero la plaza estaba desierta. Era una noche cálida. En ese pueblo, en las noches, la gente usualmente se pasea por la plaza hasta las diez u once.
Empecé a reconsiderar lo que sucedía. Mi aprendizaje con don Juan se acercaba a su fin. Él y su bando iban a realizar el sueño de los brujos: dejar este mundo y entrar en dimensiones inconcebibles. Basándome en mi limitado éxito en el ensueño, creía que esa meta no era ilusoria, sino en extremo sobria, aunque contraria a la razón. Buscaban percibir lo desconocido y lo habían logrado.
Don Juan estaba en lo correcto cuando decía que al inducir un desplazamiento sistemático del punto de encaje, ensoñar libera la percepción, agrandando el campo de lo que puede ser percibido. Para los brujos de su bando, el ensueño no solamente les había abierto las puertas a otros mundos perceptibles, sino que también los preparó para entrar completamente conscientes de si en esos reinos. Para ellos, el ensueño se había convertido en algo inefable, sin precedentes: algo cuya naturaleza y alcance sólo podían ser aludidos, como refirió don Juan cuando dijo que el ensoñar es la puerta a la luz y a la oscuridad del universo.
Sólo una cosa quedaba pendiente para ellos: mi encuentro con el desafiante de la muerte. Lamentaba que don Juan no me hubiera avisado con anterioridad para poder prepararme mejor. Pero él era un nagual que siempre hacía todo lo que era de importancia en el momento, y sin previo aviso.
Por un rato, me sentí muy bien; tranquilamente sentado con don Juan en esa plaza, esperando a que los eventos se desarrollaran; pero luego mi estabilidad emocional sufrió un altibajo, y en fracciones de segundo me encontré dentro de una oscura desesperación. Me asaltaron triviales consideraciones acerca de mi seguridad, mis metas, mis esperanzas y mis preocupaciones en el mundo. Al examinar todo esto, tuve que admitir que la única preocupación real que yo tenía era acerca de mis tres compañeras en el mundo de don Juan. Aunque si lo pensaba, ni siquiera eso me preocupaba verdaderamente. Don Juan les había enseñado a ser la clase de brujas que siempre sabían qué hacer; y lo más importante aún, las había preparado para saber qué hacer con lo que sabían.
Habiendo sido despojado, desde hacía mucho tiempo, de toda razón mundana posible para sentirme angustiado, lo único que me quedaba era el miedo de morir a manos del desafiante de la muerte: la preocupación por mí mismo. Y me entregué a ella desvergonzadamente, una última jugada antes de desaparecer. Me puse tan asustado, que me dio náusea. Traté de disculparme, pero don Juan se rió.
– El que te vomites de miedo no te hace de ninguna manera único -dijo-. Cuando yo conocí al desafiante de la muerte, me oriné en los pantalones. Créeme.
Esperé en silencio durante un momento intolerablemente largo.
– ¿Estás listo? -preguntó.
Dije que si. Levantándose de la banca añadió:
– Entonces ya nos vamos. Y ahora descubriremos cómo vas a actuar cuando estés en la línea de fuego.
Me condujo de regreso a la iglesia. Hasta el día de hoy, de lo único que me puedo acordar de aquella caminata es que tuvo que arrastrarme todo el camino. Pero no recuerdo haber llegado a la iglesia o haber entrado en ella. Lo próximo que supe es que estaba arrodillado en un largo y desgastado banco de iglesia, junto a la mujer que había visto antes. Me estaba sonriendo. Miré alrededor tratando de localizar a don Juan, pero no estaba a la vista. Hubiera salido de ahí volando si no me hubiera detenido la mujer, agarrándome del brazo.
– ¿Por qué habrías de tener tanto miedo de una pobrecita como yo? -me preguntó en inglés.
Me quedé pegado en el lugar donde estaba arrodillado. Lo que me cautivó por completo e instantáneamente fue su voz. No puedo describir qué es lo que había en el sonido rasposo de su voz que llegaba a lo más recóndito de mí. Era como si siempre hubiera conocido esa voz.
Me quedé allí inmóvil, atrapado por ese sonido. Me preguntó algo más en inglés, pero no pude entender lo que decía. Me sonrió con dulzura.
– Está bien -susurró en español.
Estaba arrodillada a mi derecha.
– Entiendo perfectamente lo que es el verdadero miedo, vivo con él -añadió.
Estaba a punto de hablarle, cuando escuché la voz del emisario en mi oído:
– Es la voz de Hermelinda, tu nodriza -dijo.
Lo único que sabía yo de Hermelinda era la historia que me contaron, que había muerto en un accidente, atropellada por un camión. Que la voz de la mujer me trajera esas memorias era algo impactante. Experimenté una momentánea y agonizante ansiedad.
– Soy tu nodriza -exclamó la mujer suavemente-. ¡Qué extraordinario! ¿Quieres mi chichi? -su cuerpo se convulsionó de risa.
Hice un supremo esfuerzo para mantenerme calmo; sabía que estaba perdiendo la ecuanimidad rápidamente, y que en cualquier momento iba a perder el control de mi razón.
– No te preocupes por mi broma -dijo en voz baja-. La verdad es que me caes muy bien. Estás llenísimo de energía. Y nos vamos a llevar muy bien.
Dos hombres viejos se arrodillaron enfrente de nosotros. Uno de ellos volteó la cabeza y nos miró con curiosidad. Ella no les puso ninguna atención, y continuó susurrándome al oído.
– Déjame tomar tu mano -pidió.
Pero su petición era como una orden. Le di mi mano, incapaz de negarme.
– Gracias. Gracias por tu confianza en mi -susurró.
El sonido de su voz me estaba volviendo loco; un sonido rasposo, tan exótico, tan absolutamente femenino. Bajo ninguna condición la hubiera considerado como la voz elaborada de un hombre tratando de sonar como una mujer. No era una voz ronca ni dura. Era como el sonido de pies descalzos caminando suavemente sobre grava.
Hice un tremendo esfuerzo para romper una capa invisible de energía que parecía haberme envuelto. Creí haberlo logrado. Me levanté, listo para irme, y lo hubiera hecho si la mujer no se hubiera también levantado y susurrado en mi oído.
– No huyas. Hay tantas cosas que te tengo que decir.
Detenido por la curiosidad, me senté automáticamente. Increíblemente, mi ansiedad y mi miedo se desvanecieron repentinamente. Hasta tuve la suficiente presencia de ánimo para preguntarle:
– ¿Es usted verdaderamente una mujer?
Se rió entre dientes, como una niña, y luego me dijo una intrincada frase.
– Si te atreves a pensar que me transformaría en un hombre temible para causarte daño, estás gravemente equivocado -dijo, acentuando aún más esa extraña, hipnótica voz-. Tú eres mi benefactor. Yo soy tu sirvienta, como he sido la sirvienta de todos los naguales que te precedieron.
Haciendo acopio de toda la energía que pude, le dije lo que pensaba.
– Puede usted tomar mi energía -dije-. Es un regalo para usted, pero no quiero que me dé ningún regalo de poder. Y le digo esto sinceramente.
– No puedo tomar tu energía gratis -susurró-. Yo pago por lo que recibo, ese es el trato. Es una tontería regalar tu energía.
– Créame, he sido un tonto durante toda mi vida -dije-. Puedo darme el lujo de hacerle un regalo. No me causa ningún problema. Usted necesita la energía, tómela. Pero yo no puedo cargar cosas innecesarias. No tengo nada, y me encanta no tenerlo.
– A lo mejor -dijo con un aire pensativo.
Le pregunté agresivamente si quería decir que a lo mejor tomaría mi energía o que no me creyó que no tenía nada y que me encantaba no tenerlo.
Se rió con deleite y dijo que a lo mejor tomaría mi energía ya que yo era tan generoso de ofrecérsela. Pero que tenía que hacer un pago; me tenía que dar algo de valor similar.
Al escucharla hablar, me di cuenta de que hablaba el español con un extravagante acento extranjero. Añadía un fonema extra en la sílaba media de cada palabra. Nunca en mi vida había escuchado a nadie hablar así.
– Su acento es verdaderamente extraordinario -dije-. ¿De dónde es?
– De casi la eternidad -dijo suspirando.
Habíamos empezado a entablar una conexión. Comprendí por qué suspiró. Ella era lo más cercano a lo permanente, mientras que yo era transitorio. Esa era mi ventaja. El desafiante de la muerte estaba acorralado, y yo era libre.
La examiné de cerca. Parecía tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Era de piel oscura; una mujer completamente india, casi corpulenta, pero no gorda, ni siquiera pesada. Podía ver que la piel de sus brazos y sus manos era suave; sus músculos firmes y jóvenes. Juzgué que medía entre un metro setenta o setenta y cinco. Tenía puesto un vestido largo, un rebozo negro y huaraches. Estando arrodillada también le podía ver sus tobillos y parte de sus bien formadas pantorrillas. Su cintura era delgada. Tenía unos senos grandes los cuales no podía, o quizá no quería esconder bajo su rebozo. Su cabello era negro azabache y estaba atado en una larga trenza. No era hermosa, pero tampoco era fea. Sus facciones no eran de ninguna manera sobresalientes. No podía haber atraído la atención de nadie, excepto por sus ojos, que los mantenía bajos, escondidos debajo de sus enormes, largas y espesas pestañas. Eran unos ojos magníficos, claros y serenos. Aparte de los ojos de don Juan, yo nunca había visto otros ojos más brillantes, más vivos.
Sus ojos me inspiraron total confianza. Ojos como esos no podrían ser malévolos. Sentí una oleada de optimismo, y la sensación de que la había conocido toda mi vida; pero también estaba consciente de algo más: mi inestabilidad emocional. Esta era, en el mundo de don Juan, como mi enfermedad crónica. Tenía momentos de agilidad mental, esperanza y sencillez, pero luego entraba en la desconfianza y las dudas abominables. Este evento con la mujer de la iglesia no iba a ser diferente. Mi mente sospechosa se salió repentinamente con el pensamiento de que ya estaba cayendo preso del encanto de esa mujer.
– Aprendió español cuando era ya grande ¿no es así? -dije sólo para salirme de mis pensamientos y evitar que los leyera.
– Sólo ayer -replicó, con una risa cristalina; sus pequeños y blancos dientes brillaban como una hilera de perlas.
La gente se dio vuelta para mirarnos. Bajé mi frente como si estuviera orando profundamente.
– ¿Hay algún lugar donde podamos hablar? -pregunté.
– Estamos hablando aquí -dijo-. Aquí he hablado con todos los naguales de tu línea. Si susurras, nadie se dará cuenta de que estamos hablando.
Me moría de ganas de preguntarle cuántos años tenía, pero un pensamiento sobrio vino a mi rescate. Me acordé de que por años un amigo mío estuvo tendiéndome toda clase de trampas para que le confesara mi edad. Detestaba sus banales preocupaciones, y ahora yo estaba a punto de comportarme de la misma manera. Dejé mi empeño instantáneamente.
Le quise contar eso a ella sólo para seguir conversando. Parecía saber lo que estaba pasando por mi mente; me apretó el brazo en un gesto amistoso, como diciendo que acabábamos de compartir un pensamiento.
– En lugar de darme un regalo, ¿me puede decir algo que me ayude en mi camino? -le pregunté.
Movió la cabeza negativamente.
– No -susurró-. Somos extremadamente diferentes. Más diferentes de lo que creí posible. Se levantó y se deslizó fuera de la banca. Hizo hábilmente una genuflexión frente al altar mayor. Se persignó, y me hizo una seña para que la siguiera a un altar que estaba a un costado, a nuestra izquierda.
Nos hincamos en la banca, frente a un crucifijo de tamaño natural. Antes de que tuviera tiempo de decir nada, ella habló.
– He estado viva por larguísimo tiempo -dijo-. La razón por la cual he durado tanto es porque controlo los cambios y movimientos de mi punto de encaje, y porque no me quedo aquí en tu mundo por mucho tiempo. Tengo que ahorrar la energía que obtengo de los naguales de tu línea.
– ¿Cómo es existir en otros mundos? -le pregunté.
– Es como estar en un ensueño, excepto que tengo más movilidad y me puedo quedar en cualquier lugar cuanto quiera. Tal como si te quedaras todo el tiempo que quisieras en cualquiera de tus ensueños.
– ¿Cuando está usted en este mundo, está atada solamente a esta área?
– No. Voy a todos lados, adonde se me da la gana.
– ¿Va siempre como mujer?
– He sido más tiempo mujer que hombre. Me gusta definitivamente mucho más ser mujer. Creo que ya casi se me olvidó cómo ser hombre. ¡Soy una mujer! ¿Sabes?
Me tomó de la mano y me hizo que le tocara la entrepierna. Mi corazón latía en mi garganta. Era realmente una mujer.
– No puedo simplemente tomar tu energía -dijo cambiando el tema-. Tenemos que llegar a otro acuerdo.
En esos momentos me llegó otra oleada de raciocinios mundanos. Le quería preguntar dónde vivía cuando estaba en este mundo. No necesité decirle en voz alta mi pregunta para obtener una respuesta.
– Eres mucho, muchísimo más joven que yo -dijo-, y ya tienes dificultades para decirle a la gente dónde vives. Y aunque los lleves a tu propia casa o la casa que alquilas, no es ahí donde vives.
– Hay tantas cosas que le quisiera preguntar, pero todo lo que hago es tener pensamientos estúpidos.
– No necesitas preguntarme nada. Tú ya sabes lo que sé. Todo lo que necesitaste fue un empujón para reclamar lo que ya sabías. Yo te di y aún te estoy dando ese empujón.
No sólo tenía pensamientos estúpidos sino que estaba en un estado de tal sugestión que tan pronto acabó de decir que yo sabía lo que ella sabía ya sentía que sabía todo, y que no necesitaba hacerle más preguntas. Riéndome, le conté cuán crédulo era yo.
– No eres crédulo -me aseguró con autoridad-. Sabes todo porque ahora estás totalmente en la segunda atención. ¡Mira a tu alrededor!
Por un momento, no pude enfocar mi vista. Era exactamente como si se me hubiera metido agua a los ojos. Cuando acomodé mi vista, supe que algo portentoso había ocurrido. La iglesia era diferente; más oscura, siniestra, y de alguna manera más dura. Me levanté y di un par de pasos hacia la nave. Lo que atrapó mi atención fueron las bancas; no estaban hechas de tablas de madera, sino de largos, delgados y retorcidos postes. Estas eran bancas caseras, puestas adentro de un magnífico edificio de piedra. También la luz de la iglesia era diferente; era amarillenta, y su brillo creaba las sombras más oscuras que jamás había yo visto. Venía de las velas de todos los altares de la iglesia, y era una luz que se mezclaba de lo más bien con las masivas paredes de piedra y los adornos coloniales de la iglesia.
La mujer me miraba, la brillantez de sus ojos era verdaderamente notable. En ese momento supe que estaba ensoñando y que ella dirigía el ensueño. Pero no le tenía miedo ni a ella ni al ensueño.
Me alejé del altar lateral y volví a mirar a la nave de la iglesia. Había gente arrodillada rezando; mucha gente, extrañamente pequeña, de piel oscura casi negra. Podía ver las cabezas de la muchedumbre, un mar de cabezas inclinadas. Los que estaban más cerca de mí me miraban con obvio desapruebo. Estaba boquiabierto ante ellos, y ante todo lo demás. La gente se movía, pero no había sonido.
– No puedo oír nada -le dije a la mujer, y mi voz retumbó, haciendo eco, como si estuviera dentro de una concha hueca.
Casi todas las cabezas se dieron vuelta a mirarme. La mujer me jaló de regreso a la oscuridad del altar lateral.
– Los escucharás si no los oyes con tus oídos -dijo-. Escucha con tu atención de ensueño.
Pareció como si todo lo que necesitara fuera su insinuación. De repente me inundó el monótono sonido de una multitud rezando. Fui inmediatamente arrastrado por el sonido. Me parecía que era el sonido más exquisito que jamás hubiera escuchado. Quería hablar entusiastamente de esto con la mujer, pero no estaba a mi lado. La busqué. Ya casi estaba en la puerta. Se dio la vuelta para señalarme que la siguiera. La alcancé en el atrio. No había luces en las calles. La única iluminación era la luz de la luna. La fachada de la iglesia era también diferente; no estaba terminada. Había pedazos de cantería por todos lados. No había casas ni edificios alrededor de la iglesia. A la luz de la luna, la escena era espectral.
– ¿A dónde vamos? -le pregunté.
– A ningún lado -contestó-. Venimos aquí afuera simplemente para tener más espacio, para estar solos. Aquí podemos hablar hasta por los codos.
Me instó a que me sentara en una pieza de piedra caliza medio cincelada.
– La segunda atención tiene infinitos tesoros que pueden ser descubiertos -comenzó-. La posición inicial en la que el ensoñador pone su cuerpo es de importancia clave. Y es ahí donde está el secreto de los brujos antiguos, que aun en mis tiempos ya eran antiguos. Cavila sobre esto, tú que estás siempre empeñado en saber la edad de esos brujos.
Se sentó tan cerca de mí, que sentí el calor de su cuerpo. Me puso un brazo alrededor de mi hombro, y me presionó contra su pecho. Su cuerpo tenía una fragancia de lo más peculiar; me recordaba al olor de árboles o de artemisa. No era que ella trajera puesto un perfume; parecía como si todo su ser exudara ese olor característico de los bosques de pino. El calor de su cuerpo tampoco era como el mío o como el de cualquiera que yo conociera. Su calor era fresco y mentolado, parejo y balanceado. El pensamiento que se me vino a la mente fue que su calor presionaría implacablemente, pero sin prisa.
Empezó a susurrar en mi oído izquierdo. Dijo que los regalos que había dado a los naguales de mi línea tenían que ver con lo que los brujos antiguos llamaban las posiciones gemelas. Lo que significaba que la posición inicial en la que el ensoñador mantiene su cuerpo para empezar a ensoñar es imitada en la posición en que mantiene su cuerpo energético durante los ensueños, a fin de fijar el punto de encaje en cualquier sitio que escoja. Las dos posiciones forman una unidad, dijo, y a los brujos antiguos les llevó miles de años descubrir la relación perfecta entre posiciones gemelas. Comentó, con una risita, que los brujos de ahora nunca tendrán ni el tiempo ni la disposición para hacer todo ese trabajo, y que los hombres y las mujeres de mi línea tenían verdaderamente suerte de tenerla a ella para que les diera regalos. Su risa tenía un notable sonido cristalino.
No comprendí su explicación sobre las posiciones gemelas. Le dije descaradamente que no quería practicar esas cosas sino solamente saber de ellas como posibilidades intelectuales.
– ¿Qué es exactamente lo que quieres saber? -me preguntó suavemente.
– Explíqueme qué quiere decir con las posiciones gemelas, o la posición inicial en la que el ensoñador pone su cuerpo para empezar a ensoñar -le dije.
– ¿Cómo te acuestas para empezar a ensoñar? -preguntó.
– De cualquier manera, no tengo ningún patrón. Don Juan nunca hizo hincapié en este punto.
– Bueno, yo sí hago hincapié en él -dijo, y se levantó.
Cambió de posición. Se sentó a mi derecha y susurró en mi otro oído que de acuerdo a lo que ella sabía, la posición en la que uno pone el cuerpo es de mayor importancia. Propuso una manera muy fácil de comprobar eso, llevando a cabo un ejercicio extremadamente delicado pero sencillo.
– Empieza tu ensueño acostándote en tu lado derecho, con las rodillas ligeramente dobladas -dijo-. La disciplina es mantener esa posición y quedarse dormido en ella. Luego, en el ensueño, el ejercicio es ensoñar que te acuestas exactamente en la misma posición y te quedas dormido otra vez.
– ¿Qué sucede con eso? -pregunté.
– Eso hace que el punto de encaje se fije, y quiero decir que realmente se fije, en cualquier posición en la que se encuentre en el instante en que uno se quede dormido por segunda vez.
– ¿Cuáles son los resultados de este ejercicio?
– La percepción total. Estoy segura que tus maestros ya te han dicho que mis regalos son regalos de percepción total, ¿no es así?
– Sí. Pero creo que nunca me fue claro lo que es la percepción total -mentí.
Me ignoró y continuó diciéndome que las cuatro variantes del ejercicio eran: quedarse dormido acostado del lado derecho, del izquierdo, boca arriba y boca abajo. Y luego, en el ensueño, el ejercicio era ensoñar que uno se quedaba dormido por segunda vez en la misma posición en la que había comenzado a ensoñar. Me prometió resultados extraordinarios, e imposibles de predecir.
Cambió bruscamente de tema y preguntó:
– ¿Cuál regalo quieres para ti?
– No quiero ningún regalo. Ya se lo dije antes.
– Insisto. Te tengo que ofrecer un regalo y tú lo tienes que aceptar. Es nuestro convenio.
– Nuestro convenio es que nosotros le damos energía. Así que tómela de mí. Esto corre por mi cuenta. Es mi regalo para usted.
La mujer pareció quedarse atónita. Y persistí en decirle que estaba bien que ella tomara mi energía. Hasta le confesé que ella me gustaba inmensamente. Naturalmente lo dije con toda sinceridad. Había algo en ella sumamente triste y al mismo tiempo sumamente atractivo.
– Vamos de regreso a la iglesia -murmuró.
– Si realmente quiere darme un regalo -dije-, lléveme a dar un paseo por este pueblo, a la luz de la luna.
Movió la cabeza afirmativamente.
– Siempre y cuando no digas una sola palabra -dijo.
– ¿Por qué no? -pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
– Porque estamos ensoñando -dijo-. Te voy a llevar a un sitio aún más profundo en mi ensueño.
Explicó que mientras nos quedáramos en la iglesia, yo tendría suficiente energía para pensar y conversar, pero más allá de los límites de esa iglesia era una situación diferente.
– ¿Por qué es eso? -pregunté atrevidamente.
En un tono muy serio que no sólo aumentó su misterio sino que me aterró, la mujer dijo:
– Porque no hay allá afuera. Esto es un ensueño. Estás en la cuarta compuerta del ensueño, ensoñando mi ensueño.
Me dijo que su arte era ser capaz de proyectar su intento, y que todo lo que veía a mi alrededor era su intento. En un susurro dijo que la iglesia y el pueblo eran el resultado de su intento; no existían y sin embargo sí existían. Mirándome a los ojos, añadió que este era uno de los misterios de intentar las posiciones gemelas del ensueño en la segunda atención, y que se podía hacer, pero no explicar ni comprender.
Me dijo entonces que venía de una línea de brujos que sabía cómo proyectar su intento en la segunda atención y moverse con él. Su versión era que los brujos de su línea practicaban el arte de proyectar sus pensamientos durante el ensueño, para así poder lograr una verdadera reproducción de cualquier objeto, o estructura, o punto sobresaliente, o escena que escogieran.
Dijo que los brujos de su línea empezaban por mirar fijamente un simple objeto, memorizando cada uno de sus detalles. Luego cerraban los ojos y visualizaban el objeto, y después corregían su visualización con el objeto real hasta que pudieran verlo en su totalidad con los ojos cerrados.
El próximo paso en este esquema de desarrollo era ensoñar con el objeto y crear en el ensueño, desde el punto de vista de su propia percepción, la completa materialización del objeto. Este acto, dijo la mujer, era llamado el primer paso hacia la percepción total. De allí pasaban a visualizar más y más complejos artículos. Su objetivo final era que todos ellos juntos visualizaran un mundo total y después lo ensoñaran para así crear un reino totalmente real donde pudieran existir.
– Cuando cualesquiera de los brujos de mi línea eran capaces de hacer eso -la mujer prosiguió-, podían fácilmente jalar a cualquiera adentro de su intento, adentro de su ensueño. Esto es lo que estoy haciendo ahora contigo, y lo que hice con todos los naguales de tu línea.
La mujer se rió como si le diera pena hacer tales aseveraciones.
– Es mejor que lo creas -dijo como si supiera que no le había creído-. Poblaciones enteras desaparecieron ensoñando de esta manera. Esa es la razón por la que te dije que la iglesia y el pueblo aquí son uno de los misterios de intentar en la segunda atención.
– Usted dijo que poblaciones enteras desaparecieron de esta manera, ¿cómo fue esto posible? -pregunté.
– Primero visualizaron y luego recrearon en su ensueño la misma escena -contestó-. Tú nunca has visualizado nada, así que para ti es muy peligroso entrar en mi ensueño.
Me advirtió que cruzar la cuarta compuerta y viajar a lugares que existen solamente en el intento de alguien era peligrosísimo, ya que cada objeto en ese ensueño tenía que ser lo máximo de lo personal.
– ¿Todavía quieres ir? -preguntó.
Dije que sí, y me dio más información sobre las posiciones gemelas. La esencia de su explicación era que por ejemplo, si yo estuviera ensoñando con mi pueblo natal, y mi ensueño hubiera comenzado al acostarme en mi lado derecho, podría fácilmente quedarme en el pueblo de mi ensueño, si me acostara en mi lado derecho en el ensueño y ensoñara que me había quedado dormido. El segundo ensueño no sería sólo un ensueño de mi pueblo natal, sino el ensueño más concreto que uno se pueda imaginar.
Estaba yo seguro de que en mi entrenamiento de ensueño había tenido innumerables ensueños que fueron tan reales como el mundo diario, pero ella me aseguró que todos sucedieron de pura casualidad, ya que el único modo de tener absoluto control de los ensueños es usando la técnica de las posiciones gemelas.
– Y no me preguntes cómo sucede, porque no lo sé -añadió-. Simplemente sucede, como todo lo demás.
Hizo que me levantara y volvió a advertir que no hablara ni me alejara de ella. Me tomó de la mano gentilmente, como si fuera un niño, y se dirigió a un grupo de oscuras siluetas de casas. Estábamos en una calle empedrada. Piedras de río habían sido enterradas de lacio. Una presión desigual había creado superficies desiguales. Parecía que los albañiles siguieron los contornos del suelo, sin tomarse la molestia de nivelarlo.
Las casas eran grandes edificios polvorientos de un piso, pintados de blanco y con techos de tejas. Había gente andando silenciosamente a la luz de la luna. Sombras oscuras adentro de las casas me daban la sensación de vecinos curiosos pero asustados, chismorreando detrás de sus puertas. También podía ver las montañas alrededor del pueblo.
Al contrario de lo que me había sucedido en todos mis ensueños, mis procesos mentales estaban intactos. Mis pensamientos no eran cancelados por la fuerza de los eventos en el ensueño. Y mis cálculos mentales me decían que estaba en la versión de ensueño del mismo pueblo donde don Juan vivía, pero en una época distinta. Mi curiosidad llegaba al máximo. Realmente estaba con el desafiante de la muerte en su ensueño. Quería observar todo, estar totalmente alerta. Quería probar todo viendo energía. Me sentí avergonzado de tener que gritar mi intento, pero la mujer me apretó firmemente la mano señalándome que estaba de acuerdo conmigo.
Sintiéndome aún absurdamente apenado, automáticamente grité mi intento de ver. A lo largo de mis prácticas de ensueño, siempre usé la frase: "quiero ver energía". Algunas veces, lo tenía que repetir una y otra vez hasta obtener resultados. Esta vez, al empezar a repetirlo de la manera usual, la mujer empezó a reír a carcajadas. Su risa era como la de don Juan: el resultado de un total abandono.
– ¿Cuál es el chiste? -pregunté de alguna manera contagiado por su hilaridad.
– A Juan Matus no le caen bien los brujos antiguos en general, y yo en particular -dijo la mujer entre ataques de risa-. Todo lo que tenemos que hacer para ver en nuestros ensueños, es señalar con nuestro meñique el objeto que queremos ver. Hacerte que grites en mi ensueño es su manera de mandarme su mensaje. Tienes que admitir que es verdaderamente ingenioso.
Hizo una pequeña pausa, y luego dijo en tono de revelación:
– Claro está que gritar como un idiota también funciona.
El sentido del humor de los brujos me dejaba siempre perplejo. Se reía tanto, que pareció incapaz de proseguir con nuestra caminata. Me sentí estúpido. Cuando se calmó y estuvo otra vez perfectamente serena, me dijo con cortesía que yo podía señalar cualquier cosa que quisiera en su ensueño, incluyéndola a ella misma.
Señalé una casa con el dedo meñique de mi mano izquierda. No había energía en esa casa. La casa era como cualquier objeto de un sueño regular. Señalé todo a mi alrededor, con el mismo resultado.
– Señálame a mí -me urgió-. Tienes que corroborar que este es el método que los ensoñadores usan para ver.
Estaba totalmente en lo cierto. Ese era el método. En el instante en que la señalé con mi dedo meñique, se volvió una masa de energía muy peculiar. Su forma energética era exactamente como don Juan me la había descrito: una enorme concha de mar enroscada hacia adentro a lo largo de una hendidura longitudinal.
– Soy el único ser generador de energía en este ensueño -dijo-. Así que sería apropiado que solamente observes.
En ese momento, me cayó de golpe por primera vez la inmensidad de la broma de don Juan. Había planeado enseñarme a gritar en mis ensueños para que pudiera gritar en lo personal e intimo del ensueño del desafiante de la muerte. Este detalle me pareció tan chistoso que me inundaron oleadas sofocantes de risa.
– Continuemos con nuestra caminata -dijo la mujer suavemente cuando ya no me quedaba más risa.
Había sólo dos calles que se cruzaban, cada una tenía tres cuadras de casas. Caminamos a lo largo de las dos calles, no una vez, sino cuatro. Miré todo y escuché con mi atención de ensueño cualquier tipo de ruido. Había muy pocos ruidos, sólo perros ladrando en la distancia, o gente hablando en susurros cuando pasábamos.
El ladrido de los perros me trajo una desconcertante y profunda añoranza. Tuve que detenerme. Busqué alivio recargando mi hombro contra la pared. El contacto con la pared me asombró, no porque la pared fuera en lo mínimo inusitada, sino porque me había recargado en una pared sólida, como cualquier otra pared en el mundo de todos los días.
La sentí con mi mano libre, haciendo correr mis dedos por su áspera superficie. ¡Era verdaderamente una pared!
El impacto de su realidad acabó de inmediato con mi añoranza y renovó mi interés por observar todo. Estaba buscando, específicamente, características que pudieran ser correlacionadas con el pueblo de mis días. Sin embargo, a pesar de cuán atentamente observara, no tuve éxito. Había una plaza en ese pueblo, pero estaba enfrente a la iglesia, de cara al atrio.
A la luz de la luna, las montañas alrededor del pueblo eran claramente visibles y casi reconocibles. Traté de orientarme, observando la luna y las estrellas, como si estuviera en la realidad consensual de la vida diaria. Era una luna menguante, tal vez un día después de llena. Estaba alta en el horizonte. Serian entre las ocho y las nueve de la noche. Podía ver la constelación de Orión a la derecha de la luna; sus dos estrellas principales, Betelgeuse y Rigel estaban en una línea derecha horizontal con la luna. Calculé que eran los comienzos de diciembre. Mi tiempo era mayo. En mayo, Orión no está a la vista a esa hora. Me quedé mirando fijamente la luna tanto tiempo como pude. Nada cambió. En lo que a mí concernía, esa era la luna en diciembre. La desigualdad de tiempo me excitó mucho.
Al volver a examinar el horizonte del sur, podía distinguir el mismo pico como de campana que era visible desde el patio de la casa de don Juan. Lo siguiente que traté de hacer fue descubrir donde se podría localizar su casa. Por un instante creí encontrar el sitio. Esto me causó tal euforia que solté la mano de la mujer. Una tremenda ansiedad se posesionó de mí inmediatamente. Y con ello, la clarísima idea de que tenía que regresar a la iglesia, porque si no, iba a caer muerto ahí mismo. Me di la vuelta y salí corriendo a toda velocidad. La mujer me tomó rápidamente de la mano y corrió conmigo.
Al aproximarnos a la iglesia, noté que en ese ensueño, el pueblo estaba detrás de la iglesia. Si hubiera tomado esto en consideración quizá me podría haber orientado. Pero en esos momentos ya no tenía más atención de ensueño, y enfoqué lo que me quedaba de ésta en los detalles arquitectónicos y ornamentales de la parte trasera de la iglesia. Nunca había visto esa parte en el mundo de todos los días, y pensé que si pudiera grabar en mi memoria sus características, tal vez podría más tarde compararlas con los detalles de la verdadera iglesia.
Ese fue el plan que fabriqué en el momento. Sin embargo, algo dentro de mí despreciaba mis esfuerzos de validación. Durante todo mi aprendizaje tuve siempre la necia insistencia por la objetividad, la cual me había forzado a revisar todo lo referente al mundo de don Juan. Pero en realidad, lo que estaba en juego no era la validación en sí, sino la necesidad de usar este impulso de objetividad como un soporte para protegerme en los momentos de intensa desconexión cognitiva. De modo que cuando llegaba el tiempo de comprobar lo que había confirmado, nunca lo llevaba a cabo.
Dentro de la iglesia, la mujer y yo nos arrodillamos frente al pequeño altar en el lado izquierdo de la nave, donde habíamos estado, y en el siguiente instante, me desperté en la bien iluminada iglesia de mis días.
La mujer se persignó y se levantó. Automáticamente hice lo mismo. Me tomó del brazo y empezó a caminar hacia la puerta.
– Espere, espere -dije, sorprendiéndome de que pudiera hablar. No podía pensar claro, pero traté de hacerle una intrincada pregunta. Lo que quería saber era cómo podía ella tener la energía para visualizar todos los detalles de un pueblo entero.
Sonriendo me contestó la pregunta que no había hecho; me dijo que era muy buena visualizando, porque después de una vida entera de hacerlo, había tenido muchas, muchas vidas para perfeccionarlo. Añadió que el pueblo que yo había visitado y la iglesia donde habíamos hablado eran ejemplos de sus más recientes visualizaciones. La iglesia era la misma donde Sebastián fue sacristán. Ella misma se había dado la tarea de memorizar cada detalle de cada rincón de esa iglesia y de ese pueblo, en este caso, por una necesidad de supervivencia.
Terminó con una idea de lo más perturbadora.
– Ya que tú conoces bastante este pueblo, aunque nunca hayas tratado de visualizarlo -dijo-, ahora me estás ayudando a visualizarlo. Te apuesto a que no me lo creerías si te dijera que este pueblo que estás mirando realmente no existe afuera de tu intento y el mío.
Me escudriñó y se rió de mi sentido de horror, ya que acababa de comprender lo que me estaba diciendo.
– ¿Estamos todavía ensoñando? -pregunté asombrado.
– Sí, estamos ensoñando -dijo-. Pero este ensueño es más real que el otro, porque tú me estás ayudando. No me es posible explicarlo más allá de decir que simplemente está sucediendo. Como todo lo demás -señaló su alrededor-. No hay manera de decir cómo sucede, pero sucede. Acuérdate siempre de lo que te dije: este es el misterio de intentar en la segunda atención.
Me jaló gentilmente más cerca de ella.
– Paseemos por la plaza de este ensueño -dijo-. Pero quizá debería de arreglarme un poco para que te sientas más a gusto.
Cambió expertamente su apariencia, mientras yo la miraba sin comprender. Lo hizo con maniobras simples y mundanas. Se quitó su falda larga, revelando una falda común y corriente a media pantorrilla que traía puesta debajo. Luego acomodó su trenza en un moño; cambió sus huaraches por unos zapatos de tres centímetros de tacón que traía en una pequeña bolsa de tela. Volteó su rebozo negro reversible, quedando con una estola de color amarillento. Se veía como una típica mujer mexicana de clase media de la ciudad, de visita en ese pueblo.
Entrelazó los dedos de su mano con los míos con el aplomo de una mujer y se dirigió a la plaza.
– ¿Qué le pasó a tu lengua? -dijo en inglés-. ¿Se la comió el gato?
Estaba yo totalmente absorto con la inconcebible posibilidad de que todavía estuviera en un ensueño. Lo que es más, estaba empezando a creer que si fuera verdad, corría el riesgo de nunca despertarme.
En un tono indiferente que no pude reconocer como el mío, dije:
– No me había dado cuenta hasta ahora de que me habló en inglés antes. ¿Dónde lo aprendió?
– En el mundo de allá afuera. Hablo muchos idiomas -hizo una pausa y me escudriñó-. He tenido tiempo para aprenderlos. Ya que vamos a pasar mucho tiempo juntos, algún día te enseñaré mi propio idioma.
Se rió, sin duda, al ver mi desesperación. Me detuve.
– ¿Vamos a pasar mucho tiempo juntos? -pregunté traicionando mi terror.
– Por supuesto -contestó en tono de jubiloso-. Tú, y te lo tengo que decir muy generosamente, me vas a dar tu energía gratis. Tú mismo me dijiste eso. ¿No es cierto?
Yo estaba estupefacto.
– ¿Cuál es el problema? -preguntó cambiando de nuevo al español-. No me digas que te arrepentiste de tu decisión. Somos brujos. Es demasiado tarde para que cambies de parecer. No tienes miedo ¿verdad?
Una vez más, estaba yo a punto de perder el conocimiento de puro terror, pero si hubiera tenido que explicar qué era lo que me aterraba, no hubiera sabido qué decir. Ciertamente no tenía miedo de estar con el desafiante de la muerte en otro de sus ensueños, o de perder la razón, o hasta la vida. Me pregunté si tenía miedo de algo maligno. Pero la idea de algo maligno no podría pasar mi examen. Como resultado de todos esos años en el mundo de los brujos, había aprendido, sin lugar a dudas, que lo único que existe en el universo es energía; lo maligno es simplemente una configuración de la mente humana abrumada por la fijación del punto de encaje en su posición habitual. Lógicamente, no había nada que pudiera temer. Yo sabía eso, pero también sabía que mi verdadera debilidad era no tener la fluidez para fijar instantáneamente mi punto de encaje en cualquier posición nueva a la que se desplazara. El contacto con el desafiante de la muerte estaba desplazando mi punto de encaje a una tremenda velocidad, y yo no tenía la destreza para sostener la presión. El resultado final era una vaga seudosensación de miedo de que quizá no iba a ser capaz de despertarme.
– No hay ningún problema -dije-. Continuemos con nuestra caminata de ensueño.
Entrelazó su brazo con el mío y llegamos al parque en silencio. No fue de ningún modo un silencio forzado. Pero mi mente daba vueltas sin parar. Hacía solamente unas horas había caminado con don Juan del parque a la iglesia, en medio del más horrible miedo. Ahora, estaba caminando de regreso de la iglesia al parque con la causa de mi miedo, y estaba aterrado como nunca, pero de una manera diferente, más madura y más mortal.
Empecé a mirar a mi alrededor para ponerle un alto a mis preocupaciones. Si esto era un ensueño, como creía que lo era, habría una manera de probarlo. Señalé con mi dedo meñique las casas, la iglesia, el pavimento, la calle. Señalé a gente. Señalé todo. Hasta agarré a un par de personas atrevidamente, a quienes parecí asustar más de la cuenta. Sentí sus masas. Eran tan reales como cualquier cosa que considero real, excepto que no generaban energía. Todo parecía real y normal, sin embargo era un ensueño.
Giré hacia la mujer, quien estaba apretada contra mí, y la cuestioné al respecto.
– Estamos ensoñando -dijo con su voz rasposa y se rió.
– ¿Pero cómo pueden la gente y las cosas alrededor nuestro ser tan reales, tan tridimensionales?
– ¡El misterio de intentar en la segunda atención! -exclamó reverentemente-. Esas personas ahí son tan reales que hasta tienen pensamientos.
Ese fue el último golpe. No quise saber más. Me quería abandonar a ese ensueño. Un considerable jalón del brazo me trajo de regreso al momento. Habíamos llegado a la plaza. La mujer se detuvo y me jaló para que me sentara en una banca. Supe que tenía problemas cuando al sentarme, no sentí la banca debajo de mí. Empecé a girar. Sentí que estaba elevándome. Le di un fugaz vistazo al parque como si lo estuviera viendo desde arriba.
– Aquí me acabé -grité.
Creí que me estaba muriendo. Las vueltas ascendentes a la luz se convirtieron en vueltas descendentes a la oscuridad.