– Tienes que ser muy pero muy cuidadoso, porque estás a punto de caer en manos de los seres inorgánicos -me dijo don Juan inesperadamente; estábamos hablando de algo que no tenía relación con el ensueño.
Su aseveración me tomó por sorpresa. Como siempre, traté de defenderme.
– No tiene usted que prevenirme, soy bastante cuidadoso -le aseguré.
– Los seres inorgánicos están tramando algo -dijo-. Lo siento en los huesos, y no me puedo consolar diciendo que tienden trampas al principio, y que de esta manera, los ensoñadores que no valen la pena son efectiva y permanentemente descartados.
El tono de su voz era tan urgente que me sentí obligado a asegurarle inmediatamente que no iba a caer en ninguna trampa.
– Debes considerar muy seriamente que los seres inorgánicos tienen extraordinarios medios a su disposición -prosiguió-. Su conciencia de ser es espléndida. En comparación, nosotros somos unos niños; niños con muchísima energía, la cual, por cierto, los seres inorgánicos codician sin medida.
Le quería decir, pero no lo hice, que en un nivel abstracto, había comprendido lo que me decía, y su preocupación al respecto, pero que en un plano concreto, no podía ver la razón de su advertencia, ya que yo tenía control de mis prácticas de ensueño.
Pasaron varios minutos de incómodo silencio, antes de que don Juan volviera a hablar. Cambió de tema y dijo que me debía hacer notar un aspecto muy importante de su instrucción sobre el ensueño; un aspecto que hasta ahora yo había ignorado.
– Ya has entendido que las compuertas del ensueño son obstáculos específicos -dijo-, pero lo que no has comprendido todavía es que el ejercicio para alcanzar y cruzar una compuerta no es realmente lo que permite alcanzar y cruzar dicha compuerta.
– Esto no me es claro en absoluto, don Juan.
– Lo que quiero decir es que no es verdad afirmar, por ejemplo, que la segunda compuerta se alcanza y se cruza cuando el ensoñador aprende a despertarse en otro sueño, o cuando el ensoñador aprende a cambiar de ensueños sin despertarse en el mundo de la vida diaria.
– A ver, ¿cómo es esto, don Juan?
– La segunda compuerta del ensueño no se alcanza ni se cruza, hasta que el ensoñador aprende a aislar y a seguir a los exploradores.
– ¿Por qué entonces la tarea de cambiar de sueños?
– Despertarse en otro sueño, o cambiar de sueños, es el procedimiento que los brujos antiguos idearon para ejercitar la capacidad del ensoñador de aislar y seguir a un explorador.
Don Juan me aseguró que la habilidad de seguir a un explorador era un gran logro, y que cuando los ensoñadores eran capaces de llevarlo a cabo, la segunda compuerta se abría de golpe, y el universo que existe detrás de ella se tornaba accesible para ellos. Dijo que ese universo está ahí todo el tiempo, pero que no podemos entrar en él, por falta de destreza energética; que la segunda compuerta del ensueño es la entrada al mundo de los seres inorgánicos; y que el ensueño es la llave que abre esa compuerta.
– ¿Puede un ensoñador aislar a un explorador directamente, sin tener que pasar por el procedimiento de cambiar sueños? -pregunté.
– No, no hay cómo -dijo-. El procedimiento es esencial. Lo correcto sería preguntar si ese procedimiento es el único que existe. O ¿puede un ensoñador seguir otro?
Don Juan me miró inquisitivamente. Parecía como si realmente esperara que yo contestara la pregunta.
– Es demasiado difícil idear un procedimiento tan complejo como el que los brujos antiguos diseñaron -dije sin saber por qué, pero con una autoridad irrefutable.
Don Juan admitió que yo estaba en lo cierto, y dijo que los brujos antiguos diseñaron una serie de procedimientos perfectos para alcanzar y atravesar las compuertas del ensueño y entrar a mundos específicos que existen detrás de cada compuerta. Reiteró que al ser el ensueño una invención de los brujos antiguos tiene que realizarse bajo sus reglas. Describió la regla de la segunda compuerta como una cadena de tres eslabones: uno, por medio de la práctica de cambiar sueños, los ensoñadores descubren a los exploradores; dos, al seguir a los exploradores entran en otro mundo real; y tres, a través de sus acciones en ese universo, los ensoñadores descubren por si mismos las leyes y regulaciones naturales que rigen y afectan a ese mundo.
Don Juan dijo que en mis tratos con los seres inorgánicos había yo seguido la regla tan al pie de la letra, que temía devastadoras consecuencias, como la inevitable reacción de los seres inorgánicos de intentar mantenerme en su mundo.
– ¿No cree que exagera, don Juan? -pregunté.
No podía creer que la perspectiva fuera tan sombría como la pintaba.
– No exagero en lo mínimo -dijo en un tono seco y serio-. Ya verás. Los seres inorgánicos no dejan ir a nadie; no sin una verdadera contienda.
– ¿Pero qué le hace pensar que ellos desean retenerme?
– Te han enseñado ya demasiadas cosas. ¿De verdad crees que se están tomando todas estas molestias simplemente para entretenerse?
Don Juan se rió de su propia observación. No me pareció graciosa. Un miedo extraño me hizo preguntarle si creía que debería interrumpir o hasta descontinuar mis prácticas de ensueño.
– Tienes que continuar ensoñando hasta que hayas atravesado el universo que está detrás de la segunda compuerta -dijo-. Quiero decir que tienes que aceptar o rechazar la atracción de los seres inorgánicos, por tu cuenta, sin ayuda de nadie. Es por eso que me mantengo apartado y casi nunca hago comentarios sobre tus prácticas de ensueño.
"Me vi obligado a enseñarte a ensoñar -continuó-, únicamente porque ese es el patrón establecido por los brujos antiguos. El camino del ensueño está repleto de trampas, y el evitar esas trampas o el caer en ellas es un asunto individual y personal de cada ensoñador, que no se puede discutir, porque es un asunto final.
– ¿Son esas trampas el sucumbir a la adulación o a las promesas de poder? -pregunté.
– No solamente sucumbir a eso, no admitir a cualquier cosa que los seres inorgánicos ofrezcan. Lo ideal sería que los brujos no acepten nada de lo que ellos ofrecen, más allá de cierto punto.
– ¿Y cuál es ese punto, don Juan?
– Ese punto depende de nosotros como individuos. El reto para cada uno de nosotros es tomar de ese mundo únicamente lo que es necesario y nada más. El saber qué es lo necesario es la virtud de los brujos; pero tomar únicamente lo que es necesario es su mayor triunfo. No lograr entender esta simple regla es la manera más segura de caerse de cabeza en una trampa.
– ¿Qué pasa si uno se cae, don Juan?
– Si te caes, pagas el precio, y el precio depende de las circunstancias y de la profundidad de la caída. Pero realmente no hay forma de hablar sobre una eventualidad de ese tipo, ya que no estamos encarando un problema de castigo. Lo que está en juego aquí son corrientes energéticas que crean circunstancias más terribles que la muerte. En el camino de los brujos todo es cuestión de vida o muerte, pero en el camino del ensueño esto se incrementa cien veces.
Le aseguré otra vez a don Juan que siempre tenía mucho cuidado en mis prácticas de ensueño, y que era extremadamente disciplinado y escrupuloso.
– Sé que lo eres -dijo-. Pero quiero que seas aún más disciplinado y que trates con cautela todo lo relacionado al ensueño. Ante todo, estáte atento. No puedo predecir por dónde va a venir el ataque.
– ¿Está usted viendo como vidente peligro inminente para mí don Juan?
– He visto peligro inminente para ti desde el día en que caminaste en esa ciudad misteriosa, la primera vez que te ayudé a alcanzar tu cuerpo energético.
– ¿Pero sabe usted específicamente qué es lo que debo de hacer y qué es lo que debo de evitar?
– No, no lo sé. Solamente sé que el universo que está detrás de la segunda compuerta es el más cercano al nuestro; y el nuestro es bastante artificioso y despiadado. Los dos no pueden ser tan diferentes.
"El universo de los seres inorgánicos está siempre listo a atacar -prosiguió-. Pero también lo está nuestro propio universo. Por ello es que tienes que ir a ese reino exactamente como si te aventuraras en una zona de guerra.
– ¿Quiere usted decir, don Juan, que los ensoñadores siempre deben tener miedo de ese mundo?
– No, no quiero decir eso. Una vez que el ensoñador atraviesa el mundo que está detrás de la segunda compuerta, o una vez que el ensoñador se rehusa a considerarlo como una opción viable, se acaban los dolores de cabeza.
Don Juan afirmó que sólo entonces los ensoñadores pueden continuar. Yo no estaba seguro de lo que esto significaba; me explicó que el mundo detrás de la segunda compuerta es tan poderoso y agresivo, que sirve como una barrera natural o un campo de prueba, donde se vuelven obvias las debilidades de los ensoñadores. Si las vencen pueden proseguir a la siguiente compuerta; si no, se quedan prisioneros para siempre en ese universo.
Mi ansiedad me sofocaba, pero por más que traté de persuadirlo, eso fue todo lo que dijo al respecto. Cuando me fui a casa, continué con sumo cuidado mis viajes al reino de los seres inorgánicos. Mi cuidado únicamente incrementó el gozo que sentía en esos viajes. Llegué hasta el punto de que sólo el hecho de contemplar el reino de los seres inorgánicos era suficiente para producirme un júbilo imposible de describir. Temía que mi deleite se acabara tarde o temprano, pero algo inesperado lo hizo aún más intenso.
En una ocasión, un explorador me guió rudamente por innumerables túneles, como si estuviera buscando algo, o tratando de extraer mi energía hasta dejarme exhausto. Cuando finalmente se detuvo, parecía que estábamos en las afueras de ese mundo, y yo me sentía como si hubiera corrido un maratón. No había más túneles, solamente oscuridad. De pronto algo iluminó el área frente a mi; la luz provenía de una fuente indirecta; una luz mortecina que tornaba todo gris o pardusco. Cuando me acostumbré a ella, distinguí vagamente unas formas oscuras moviéndose. Después de un momento, me pareció que el enfocar mi atención de ensueño en esas formas movedizas las volvía sustanciales. Diferencié tres tipos distintos: unas eran redondas, como pelotas; otras como campanas; y otras, como ondulantes llamas de vela, pero gigantescas. Todas eran básicamente redondas y del mismo tamaño. Se me ocurrió que tenían entre un metro o metro y medio de diámetro. Había cientos o quizá miles de ellas.
Sabía que estaba experimentando una visión sofisticada y extraña; y sin embargo esas formas eran tan reales que me sentí verdaderamente asqueado. Tuve la nauseabunda sensación de estar en un nido de gusanos gigantes, grises y parduscos. Aunque el estar flotando encima de ellos me hacia sentir de alguna manera más seguro, descarté esa sensación inmediatamente al darme cuenta de que era estúpido sentirme asqueado, como si mi ensueño fuera una situación de la vida real. Pero luego, al ver cómo se retorcían esas formas con apariencia de gusanos, empece de nuevo a sentirme inquieto ante la idea de que estaban a punto de tocarme.
– Somos la unidad móvil de nuestro mundo -dijo de repente la voz del emisario-. No tengas miedo. Somos energía, y te aseguro que ni se nos ocurre tocarte. De todas maneras sería imposible. Estamos separados por verdaderos linderos.
Después de una larga pausa, la voz añadió:
– Queremos que te unas a nosotros. Baja adonde estamos. Y no tengas asco. Los exploradores no te asquean y yo tampoco. Los exploradores y yo somos exactamente como los otros. Yo tengo forma de campana, y los explotadores tienen forma de llamas de vela.
Esa última aseveración fue un tipo de palabra clave para mi cuerpo energético. Al escucharla, mi asco y mi miedo se esfumaron. Descendí a su nivel, y las bolas, las campanas y las llamas me rodearon. Se me acercaron tanto, que si hubiese tenido cuerpo físico, me hubieran tocado. Pero en vez de eso, pasaron a través de mí y yo pasé a través de ellas como soplos de aire encapsulados, creando una increíble sensación. Aunque no sentía nada con mi cuerpo energético, sentía y registraba el más insólito cosquilleo en alguna otra parte de mí; cosas suaves como esponjas de aire me atravesaban, pero no ahí donde yo estaba. La sensación fue rápida y vaga, y no me dio tiempo de captarla completamente. En lugar de enfocar mi atención de ensueño en ella, me quedé totalmente absorto observando esos enormes gusanos de energía.
En el nivel en el que nos encontrábamos, había un vínculo entre esas entidades y yo: el tamaño. Quizá fue porque me parecían ser del mismo tamaño que mi cuerpo energético que me sentía casi cómodo con ellos. Al examinarlos, llegué a la conclusión de que realmente no me molestaban tanto. Eran entidades impersonales, frías, desapegadas; y eso me gustaba inmensamente. Me pregunté si el hecho de sentir en un momento aversión por ellos y atracción en el siguiente, sería una consecuencia natural del ensueño, o producto de una influencia energética que esas entidades ejercían sobre mí.
– Son muy simpáticos -le dije al emisario, al instante que me sentí abrumado por una profunda oleada de amistad o hasta de afecto por ellos.
Tan pronto como expresé lo que pensaba, las oscuras formas se escabulleron, como si fueran abultados conejillos de Indias, dejándome solo en la semioscuridad.
– Proyectaste demasiado sentimiento y los asustaste -dijo la voz del emisario-. Sentir es algo demasiado difícil para ellos; o para mí. -El emisario se rió, y a mí se me ocurrió que lo hizo con verdadera timidez.
Mi sesión de ensueño terminó ahí. Al despertarme mi primera reacción fue empacar mi maleta para ir a México a ver a don Juan. Pero un acontecimiento inesperado en mi vida personal hizo imposible el viaje, a pesar de mis frenéticas preparaciones. La ansiedad, resultado de ese retraso fue tal, que interrumpió por completo mis prácticas de ensueño. No traté de pararlas voluntaria y conscientemente, sino que el influjo de este ensueño en especial fue tan poderoso que al no poder relatárselo a don Juan, no tuvo ningún sentido para mí el continuar ensoñando.
Después de una interrupción de más de medio año, empecé a sentirme muy desconcertado. No tenía la menor idea de que mis sentimientos detendrían mis prácticas. Me pregunté entonces si mi solo deseo de reanudarlas sería suficiente para restablecerlas. Sí lo fue. Una vez que formulé el pensamiento de volver a ensoñar, mis prácticas continuaron como si nunca hubieran sido interrumpidas. El explorador reasumió su guía, y me condujo directamente a la misma visión de mi última sesión.
– Este es el mundo de las sombras -dijo la voz del emisario, tan pronto como estuve allí-. Pero aun cuando somos sombras, impartimos luz. No somos únicamente móviles, también somos la luz de los túneles. Somos otra clase de seres inorgánicos que existen aquí. Hay tres clases: una es como un túnel inmóvil, la otra es como una sombra con movilidad. Nosotros somos las sombras con movilidad. Los túneles nos dan su energía y nosotros cumplimos sus mandatos.
El emisario paró de hablar. Sentí que estaba esperando que le preguntara acerca de la tercera clase de seres inorgánicos. También sentí que el emisario no me lo diría a menos que lo preguntase.
– ¿Cuál es la tercera clase de seres inorgánicos? -dije.
El emisario tosió y se rió entre dientes. Me pareció como si gozara el hacerme preguntarle.
– Oh, ese es nuestro aspecto más misterioso -dijo-. La tercera clase se les revela a nuestros visitantes sólo cuando escogen quedarse con nosotros.
– ¿Por qué es eso? -pregunté.
– Porque se requiere de mucha energía para verlos -contestó el emisario-. Y nosotros somos los que tendríamos que proveer esa energía.
Sentí que el emisario me decía la verdad. También sentí un horrendo peligro latente; no obstante, estaba yo poseído por una curiosidad sin límites. Quería ver a esa tercera clase.
El emisario pareció darse cuenta de lo que sentía.
– ¿Te gustaría verlos? -preguntó casualmente.
– Seguro que sí -dije.
– Todo lo que tienes que hacer es decir en voz alta que te quieres quedar con nosotros -dijo el emisario con un tono indiferente.
– Pero si digo eso, me tengo que quedar aquí ¿no es cierto? -pregunté.
– Naturalmente -dijo el emisario con suma convicción-. Todo lo que digas en voz alta en este mundo es para siempre.
No pude pasar por alto la idea de que si el emisario hubiese querido tenderme una trampa para que me quedase, todo lo que tenía que hacer era mentirme. Yo no hubiera notado la diferencia.
– No te puedo mentir, porque la mentira no existe -dijo el emisario entremetiéndose en mis pensamientos-. Te puedo hablar acerca de lo que existe. En mi mundo, lo que existe es el intento; detrás de una mentira no hay intento, por lo tanto no tiene existencia.
Quería discutir que aun detrás de las mentiras había intento. Antes de que pudiera decirlo, el emisario me aseguró que había intención detrás de las mentiras, pero que intención no es lo mismo que intento.
Fallé en mantener mi atención de ensueño enfocada en la discusión que el emisario estaba planteando. La enfoqué en los seres sombra. Tenían la apariencia de una manada de extraños animales con aspecto de niños. La voz del emisario me previno que mantuviera mi emoción bajo control, ya que sus repentinos estallidos tenían la capacidad de hacer que los seres sombra se dispersaran, como una bandada de pájaros.
– ¿Qué quieres que haga? -pregunté.
– Baja aquí junto con nosotros, y trata de empujarnos o jalarnos -la voz del emisario dijo con tono de urgencia-. Cuanto más pronto aprendas a hacer esto, más pronto podrás mover cosas en tu mundo con el solo hecho de mirarlas.
Mi mentalidad de comerciante enloqueció con anticipación. Me encontré instantáneamente entre ellos, tratando desesperadamente de empujarlos o jalarlos. En un momento, agoté completamente mi energía, y sólo me quedó la impresión de haber hecho algo equivalente a tratar de levantar una casa con la fuerza de mis dientes.
Otra impresión que me quedó fue que mientras más me esforzaba, mayor era el número de sombras. Era como si vinieran de todos los rincones para observarme, o para alimentarse de mí. En el instante en que se me ocurrió ese pensamiento, las sombras se escabulleron una vez más.
– No nos estamos alimentando de ti -dijo el emisario-. Todos venimos a sentir tu energía; muy similar a lo que tú haces con la luz del sol en un día de frío.
El emisario me aconsejó que me abriera a ellos, cancelando mis sospechosos pensamientos. Oí la voz, y al escuchar lo que decía, me di cuenta de que estaba oyendo, y pensando exactamente como lo hago en mi mundo cotidiano. Giré lentamente para ver a mi alrededor. Usando la claridad de mi percepción como medida, concluí que estaba en un mundo real.
La voz del emisario sonó en mis oídos. Dijo que la única diferencia entre percibir mi mundo y percibir el suyo era que percibir su mundo comenzaba y terminaba para mi en un abrir y cerrar de ojos, mientras que percibir el mío no; porque mi conciencia estaba fija en mi mundo junto con la conciencia de un inmenso número de seres como yo, quienes lo mantenían en su lugar con su intento. El emisario añadió que para los seres inorgánicos percibir mi mundo comenzaba y terminaba de la misma forma: en un abrir y cerrar de ojos, pero que percibir su mundo no, ya que había un inmenso número de ellos que lo mantenían en su lugar con su intento.
La escena empezó a disolverse. En ese instante, yo era como un buzo y despertar de ese mundo era como nadar hacia arriba para alcanzar la superficie.
En la siguiente sesión, el emisario comenzó su diálogo conmigo exponiendo nuevamente que existía una relación totalmente coordinada y coactiva entre los túneles y las sombras móviles. Terminó diciendo:
– No podemos existir los unos sin los otros.
– Entiendo lo que quieres decir -dije.
Noté un tono desdeñoso en la voz del emisario cuando replicó que no había manera de que yo pudiera entender lo que significaba estar relacionado de esa forma; que tal relación era infinitamente más que una de mutua dependencia. Mi intención era pedirle que expandiera su explicación, pero en el instante siguiente me encontraba adentro de lo que solamente puedo describir como el tejido de un túnel. Vi unas protuberancias de aspecto glandular grotescamente chisporroteantes que emitían una luz opaca. Cruzó por mi mente el pensamiento de que esas eran las entidades sombra y las protuberancias parecidas al Braille. Considerando que estas eran masas energéticas de metro o metro y medio de diámetro, me pregunté cuál sería el verdadero tamaño de esos túneles.
– El tamaño aquí no es como el tamaño en tu mundo -dijo el emisario-. La energía de este mundo es una clase diferente de energía; sus características no coinciden con las características de la energía de tu mundo, sin embargo, este mundo es tan real como el tuyo.
El emisario añadió que me había dicho todo acerca de los seres sombra, al explicar y describir las protuberancias de las paredes de los túneles. Repliqué que no había prestado atención a sus explicaciones, ya que creí que no estaban directamente relacionadas con el ensueño.
– En este reino, todo está relacionado con el ensueño -afirmó el emisario.
Quería pensar en la razón de mi equivocación, pero mi mente se puso en blanco. Mi atención de ensueño estaba debilitándose. Me era difícil enfocarla; me preparé para despertarme. El emisario habló nuevamente, y el sonido de su voz me reforzó. Mi atención de ensueño se avivó considerablemente.
– El ensueño es el vehículo que trae a los ensoñadores a este mundo -dijo el emisario-, y todo lo que los brujos saben acerca del ensueño se lo enseñamos nosotros. Nuestro mundo está conectado al tuyo por una puerta llamada sueños. Nosotros sabemos cómo cruzar esa puerta, pero los hombres no. Para cruzarla, tienen que aprender cómo hacerlo.
La voz del emisario continuó explicándome lo que yo ya sabía.
– Las protuberancias en las paredes de los túneles son seres sombra -dijo-. Yo soy uno de ellos. Nos movemos dentro de los túneles, en sus paredes, cargándonos con la energía de los túneles, la cual es nuestra energía.
El pensamiento de que el emisario estaba en lo cierto cruzó mi mente: realmente yo era incapaz de concebir una relación simbiótica tal como la que estaba presenciando.
– Si te quedaras entre nosotros, llegarías a sentir lo que es estar conectado como nosotros estamos conectados -dijo el emisario.
Definitivamente el emisario parecía estar esperando que le respondiera. Presentí que lo que realmente quería era mi declaración de que había decidido quedarme con ellos.
– ¿Cuántos seres sombra hay en cada túnel? -pregunté para cambiar el tema, de lo cual me arrepentí inmediatamente, ya que el emisario empezó a darme una descripción detallada sobre los números y las funciones de los seres sombra en cada túnel.
Dijo que cada túnel tenía un número especifico de entidades sombra, las cuales llevaban a cabo funciones específicas relacionadas con las necesidades y expectativas de los túneles que las sustentaban.
No quería que el emisario me diera más detalles. Razoné que mientras menos supiera acerca de los túneles y los seres sombra mejor sería para mí. El emisario paró de hablar en el instante en que formulé ese pensamiento, y mi cuerpo energético se sacudió repentinamente como si hubiera sido tirado por un cable. Al momento siguiente, me encontraba totalmente despierto en mi cama.
De ahí en adelante, todos los miedos que pudieron interrumpir mis prácticas se esfumaron. La idea que empezó a regirme era el haber encontrado la fuente de una inigualable excitación. Todos los días esperaba ansiosamente empezar a ensoñar y a que el explorador me llevara al mundo de las sombras. La atracción aumentó exorbitantemente cuando el realismo de mis visiones del mundo de las sombras se acentuó aún más. Juzgando por el criterio subjetivo de pensamientos ordenados, ordenada percepción visual y auditiva, y ordenadas respuestas, tanto del emisario como de las mías, mis experiencias eran tan reales como cualquier situación en nuestro mundo cotidiano es real. Nunca hubiera concebido experiencias perceptuales donde la única diferencia entre mis visiones y mi mundo diario era la velocidad con la que mis visiones terminaban; perduraban inalteradas por un periodo indefinido, situándome en un mundo real y extraño, y luego en un instante me encontraba en mi cama.
Deseaba de manera vehemente escuchar las explicaciones y comentarios de don Juan, pero aún me hallaba aprisionado por mis circunstancias en Los Angeles. Mientras más aguda se volvía mi necesidad de hablar con don Juan, mayor era mi ansiedad; hasta empecé a sentir que algo se estaba tramando, y a gran velocidad, en el reino de los seres inorgánicos.
A pesar de que mi mente continuaba absorta, contemplando el mundo de las sombras, al aumentar mi ansiedad, mi cuerpo entró en un estado de profundo terror. Para empeorar las cosas, la voz del emisario se introdujo en mi conciencia cotidiana. Un día, mientras estaba en clase en la universidad, la escuché diciéndome una y otra vez, que cualquier intento de mi parte para dar por terminadas mis prácticas de ensueño, sería pernicioso para mis propósitos totales. Argumentó que los guerreros no huyen de un reto, y que yo no tenía ningún motivo válido para descontinuar mis prácticas de ensueño. Estuve completamente de acuerdo con el emisario. No tenía intención alguna de parar nada y la voz no estaba más que reafirmando lo que yo sentía.
Pero no solamente el emisario cambió; un nuevo explorador apareció en escena. En una ocasión, antes de que hubiera empezado mi rutina de examinar los objetos de mis sueños, un explorador literalmente saltó enfrente de mí y capturó agresivamente mi atención de ensueño. La notable característica de este explorador fue que no tuvo necesidad de pasar por la usual metamorfosis energética: fue una masa de energía desde el principio. En fragmentos de segundo, sin tener que expresar en voz alta mi intento de ir con él, me transportó a otra parte del reino de los seres inorgánicos: al mundo de los tigres con dientes de sable.
En mis otros trabajos he descrito vislumbres de esas visiones. Digo vislumbres, porque en ese entonces me faltaba energía para traducir esas visiones en algo comprensible para mi mente lineal.
Mis visiones de los tigres con dientes de sable ocurrieron regularmente por un largo periodo, hasta una noche en la que un explorador, sin esperar que se lo pidiera, me transportó a los túneles.
Inmediatamente empezó su prédica de vendedor; fue la más larga y elocuente de todas las que había escuchado hasta entonces. Me habló de las extraordinarias ventajas del mundo de los seres inorgánicos. Habló de adquirir conocimiento de inimaginable naturaleza; y de adquirirlo por el simple hecho de quedarse a vivir en esos túneles. Habló de una increíble movilidad; de tener infinito tiempo para buscar y encontrar lo que uno quisiera, y por encima de todo, habló del incalculable placer de ser consentido y mimado por sirvientes cósmicos que complacerían todo capricho.
– Seres conscientes de todos los rincones del cosmos se quedan aquí con nosotros -dijo el emisario, terminando su discurso-. Y les encanta quedarse aquí con nosotros; de hecho, nadie se quiere ir.
El pensamiento que tuve en ese momento fue que la servidumbre era definitivamente antitética a mí. Nunca me había sentido cómodo con sirvientes o siendo servido.
El explorador me hizo luego volar por muchos túneles. Se detuvo en uno que parecía de alguna manera más grande que los otros. Mi atención de ensueño fue cautivada por el tamaño y la configuración de ese túnel; y se hubiera quedado ahí, si algo no me hubiera hecho voltear. Mi atención de ensueño se enfocó entonces en una masa de energía un poco más grande que las entidades sombra. Era azul, como el color azul en el centro de la llama de una vela. Estaba completamente seguro de que esta configuración energética no era una entidad sombra y que no procedía de ese lugar.
Me quedé absorto viéndola. El explorador me hizo una señal para partir, pero algo me tornaba insensible a sus señales. Me quedé inquietamente donde estaba. De todas maneras, la señal del explorador rompió mi concentración y perdí de vista a la forma azul.
De repente, una considerable fuerza me hizo girar y de nuevo enfrentarme a ella. Al observarla fijamente, se convirtió en la figura de una persona; muy pequeña, delgada, delicada y casi transparente. Traté desesperadamente de determinar si era un hombre o una mujer, pero por más que me esforcé no pude.
Mi tentativa de hablar con el emisario falló. El explorador se fue abruptamente, dejándome solo, suspendido en ese túnel frente a una persona desconocida. Traté de hablar con ella, de la misma forma en la que hablaba con el emisario. No obtuve respuesta. Sentí una oleada de frustración al no poder romper la barrera que nos separaba, y miedo de estar solo con alguien que podría ser un enemigo.
Tuve una variedad de reacciones provocadas por la presencia de ese desconocido, hasta júbilo; sospeché que al fin el explorador me había puesto al frente de un ser humano atrapado en ese mundo. Me desesperaba la posibilidad de que no fuéramos capaces de comunicarnos, quizá porque ese desconocido era uno de los brujos de la antigüedad y pertenecía a otro tiempo diferente al mío.
Mientras más intensos eran mi júbilo y mi curiosidad, más pesado me volvía, hasta un momento en el que fui tan sólido que me encontré de regreso en mi cuerpo y de regreso en el mundo. Me encontré en Los Angeles, en un parque cerca de la Universidad de California. Estaba parado en el césped, justo en la línea de gente jugando golf.
El desconocido que me enfrentaba también se había solidificado con la misma velocidad. Nos miramos el uno al otro por un instante fugaz. Era una niña de seis o siete años. Pensé que la conocía. Al verla, mi júbilo y mi curiosidad crecieron tan fuera de proporción que provocaron una inversión. Perdí solidez tan rápidamente que en el siguiente instante era una vez más una masa de energía en el reino de los seres inorgánicos. El explorador regresó por mi y me sacó de ahí apresuradamente.
Desperté con una sacudida de miedo. En el proceso de emerger al mundo cotidiano, se me había colado un fragmento de mensaje. Casi enloquecí tratando de deducir lo que era. Me pasé más de cuarenta y ocho horas continuas e infructuosas empeñado en consolidar una sensación oculta que se me había pegado. Lo único que logré fue percibir una fuerza que parecía estar afuera de mi y que parecía decirme que no confiara en mis ensueños.
Después de pocos días, una misteriosa certeza empezó a apoderarse de mi; creció gradualmente hasta que no dudé en absoluto de su autenticidad: la masa azul de energía era un prisionero en el mundo de los seres inorgánicos.
Necesitaba el consejo de don Juan más desesperadamente que nunca. A pesar de que desperdiciaría años enteros de trabajo, dejé todo lo que estaba haciendo y me fui a México.
– ¿Qué es lo que realmente quieres? -me preguntó don Juan, a fin de contener mis histéricos balbuceos.
No le pude explicar lo que quería porque ni yo mismo lo sabía.
– Tu problema debe ser muy serio para que te haya hecho correr de esta manera -dijo don Juan con expresión pensativa.
– Lo es, aun a pesar del hecho que no pueda explicar cuál es mi problema -dije.
Me pidió que le describiera mis prácticas de ensueño con todos los detalles que fueran pertinentes. Le conté sobre mi visión de la niñita, y cómo me había afectado en un nivel emocional. Me aconsejó instantáneamente olvidar ese evento y considerarlo como una evidente tentativa de los seres inorgánicos de complacer mis fantasías. Remarcó que si el ensueño se acentúa demasiado, se convierte en lo que era para los brujos antiguos: una fuente inagotable de vicios y caprichos.
Por una razón inexplicable, no le quise hablar a don Juan acerca del reino de las entidades sombra, pero cuando descartó mi visión de la niñita, me sentí obligado a describirle mi visita a ese mundo. Se quedó en silencio por un largo rato, como si estuviera abrumado.
Cuando finalmente habló, me dijo:
– Estás más solo de lo que pensé, ya que no puedo discutir en lo más mínimo tus prácticas de ensueño. Te encuentras en la posición de los brujos antiguos. Lo único que puedo hacer es repetirte que debes ejercer todo el cuidado posible.
– ¿Por qué dice usted que me encuentro en la posición de los brujos antiguos?
– Te he dicho muchísimas veces que tu manera de ser es peligrosamente parecida a la de los brujos antiguos. Eran seres muy capaces; su defecto era que se sentían en el reino de los seres inorgánicos como patos en el agua. Estás ahora tú en la misma situación. Sabes cosas de ese mundo que ninguno de nosotros puede siquiera imaginar. Por ejemplo, hasta este momento, yo nunca supe del reino de las sombras; ni tampoco lo supo al nagual Julián o el nagual Elías, a pesar de que él pasó un largo tiempo en el reino de los seres inorgánicos.
– ¿Pero en qué puede afectarme conocer el mundo de las sombras?
– Te puede afectar en todo lo que haces. Los seres inorgánicos llevan a los ensoñadores ahí únicamente cuando están seguros de que se van a quedar en ese mundo. Sabemos esto por las historias de los brujos antiguos.
– Le aseguro don Juan que no tengo ninguna intención de quedarme ahí. Usted habla como si yo estuviera a punto de ser atraído por las promesas de halago o de poder. No estoy interesado en nada de eso; le doy mi palabra.
– A este nivel el asunto ya no es tan fácil. Has llegado más allá del punto en el que podrías simplemente dejar todo de lado. Además tuviste la mala suerte de forcejear con un ser inorgánico acuoso. ¿Te acuerdas cómo te revolcaste con él? ¿Y cómo lo sentiste? En aquella ocasión te dije que los seres inorgánicos acuosos eran los más cargosos. Son pegajosos y posesivos; y una vez que te ponen la mano, nunca te dejan.
– ¿Qué significa esto en mi caso, don Juan?
– Significa que el ser inorgánico específico que está detrás de todas estas maniobras es el mismo que agarraste ese día fatal. Se ha familiarizado contigo a través de los años. Te conoce íntimamente.
Le comenté sinceramente a don Juan que la sola idea de que un ser inorgánico me conociera íntimamente me provocaba un tremendo desconcierto.
– Cuando los ensoñadores se dan cuenta de que los seres inorgánicos no son tan simpáticos como parecían al comienzo -dijo-, es generalmente demasiado tarde para ellos, porque para ese entonces, los seres inorgánicos ya se los metieron en la bolsa.
En lo profundo de mí sentía que don Juan estaba hablando abstractamente acerca de peligros que quizá existían teóricamente, pero no en la práctica. Yo estaba secretamente convencido de que no había ningún peligro.
– No voy a permitir de ninguna manera que los seres inorgánicos me desvíen, si es eso lo que está usted pensando -dije.
– Estoy pensando que te van a tender una trampa -dijo-, de la misma forma en que le tendieron una trampa al nagual Rosendo. Y ni siquiera vas a notar o sospechar que es trampa. Son refinados. Ahora hasta han inventado una niñita.
– Pero yo no tengo la menor duda de que esa niñita existe -insistí.
– No existe ninguna niñita -dijo abruptamente-. Esa masa de energía azulina es un explorador. Un explorador atrapado en el reino de los seres inorgánicos. Te he dicho que los seres inorgánicos son como pescadores; atraen y atrapan a la conciencia.
Don Juan dijo que creía, sin lugar a dudas, que la masa de energía azulina era de una dimensión completamente ajena a la nuestra; un explorador que se perdió y quedó atrapado como una mosca en una telaraña.
No aprecié su analogía. Me preocupó de tal manera que sentí malestar físico. Le mencioné esto a don Juan, y me confesó que mi preocupación por el explorador prisionero lo estaba haciendo sentirse casi desesperado.
– ¿Por qué le molesta tanto, don Juan? -pregunté.
– Algo se está tramando en ese maldito mundo -dijo-. Y no me puedo figurar lo que es.
Mientras estuve en la casa de don Juan y sus compañeros, no soñé con el mundo de los seres inorgánicos. Como siempre, mi práctica de ensueño consistía en la rutina de enfocar mi atención de ensueño en los objetos de mis sueños o en cambiar de sueños. Diariamente, don Juan me hacía mirar fijamente nubes y picos de montañas lejanas para equilibrar mis inquietudes. Cada vez que lo hacía, mi sensación inmediata era la de estar al nivel de las nubes, o la sensación de que realmente estaba en los picos de las lejanas montañas.
– Estoy muy satisfecho, pero muy preocupado -dijo don Juan, comentando mi esfuerzo-. Estás aprendiendo maravillas y ni siquiera lo sabes. Y no quiero decir que soy yo el que te las enseña.
– Se refiere usted a los seres inorgánicos, ¿no es así?
– Sí, me refiero a ellos. Y ahora te recomiendo que no fijes tu mirada en nada; mirar fijamente es una técnica de los brujos antiguos. Eran capaces de alcanzar sus cuerpos energéticos en fracciones de segundo, sólo mirando fijamente objetos de su predilección. Una técnica muy impresionante, pero inservible para los brujos de ahora. No hace nada para aumentar nuestra sobriedad o nuestra capacidad de buscar la libertad. Lo único que hace es mantenernos fijos en lo concreto; un estado de lo más indeseable.
Don Juan añadió que a menos que me mantuviera en total control, cuando fusionara la segunda atención con la atención de mi vida cotidiana, me iba a convertir en un hombre aún más intolerable. Dijo que había una gran separación entre mi movilidad en la segunda atención y mi insistencia en permanecer inmóvil en mi conciencia del mundo cotidiano. Señaló que la separación era tan grande que en mi estado de conciencia diario yo era casi un idiota; y en la segunda atención era un lunático.
Antes de regresar a mi casa, me tomé la libertad de discutir mis visiones de ensueño del mundo de las sombras con Carol Tiggs, aunque don Juan me había recomendado no discutirlas con nadie. Puesto que ella era mi contraparte total, se interesó mucho en el tema y fue muy comprensiva. Don Juan estaba muy molesto conmigo por haber revelado mis problemas. Me sentí peor que nunca. Caí presa de la autocompasión y empecé a culparme de que siempre actuaba equivocadamente.
– Todavía no has hecho nada equivocado -me dijo don Juan rudamente-, pero espérate que ya lo harás.
¡Tenía razón! Al volver a casa, en mi primera sesión de ensueño, se me vino todo encima. Llegué al mundo de las sombras como lo había hecho en incontables ocasiones; lo diferente era la presencia de la forma de energía azul. Estaba entre los otros seres sombra. Imaginé que podría ser posible que la masa de energía azul hubiese estado ahí antes, y que yo no la hubiese notado. En cuanto la localicé ella atrapó sin más mi atención de ensueño. En un instante me encontré junto a ella. Las otras sombras se me acercaron como siempre, pero no les presté atención.
De repente, la forma azul dejó de ser redonda y se convirtió en la niñita que ya había visto antes. Estiró su largo y delicado cuello hacia un lado, y dijo en un susurro que apenas se podía escuchar, "¡ayúdame!". O dijo eso, o me imaginé que lo dijo. El resultado fue que me quedé congelado, galvanizado por un fuerte sentimiento de preocupación. Sentí un escalofrío, pero no en mi masa energética, sino en otra parte de mí. Esta fue la primera vez que estuve perfectamente consciente de que mi experiencia estaba totalmente separada de mis sensaciones. Estaba experimentando el mundo de las sombras, con todas las implicaciones normales de experimentar algo: podía pensar, valorar, y tomar decisiones; tenía continuidad psicológica; en otras palabras, yo era yo mismo. Lo que me faltaba era mi ser sensorial. No tenía sensaciones corporales. Todo me llegaba por la vista y el oído. Mi razón tuvo entonces que considerar un extraño dilema: el escuchar y el ver no eran facultades físicas, sino cualidades de las visiones que tenía.
– Estás realmente viendo y oyendo -dijo la voz del emisario irrumpiendo en mis pensamientos-. Esa es la belleza de este mundo. Puedes experimentar todo viendo y oyendo sin tener que respirar. ¡Piensa en ello! ¡No tienes que respirar! Puedes ir a los confines del universo sin tener que respirar.
Sentí la más alarmante oleada de emoción, y una vez más, no la sentí ahí mismo en el mundo de las sombras. La sentí en otro lado. Me sentí extremadamente agitado por la obvia, aunque velada certeza, de que había una conexión viviente entre la parte de mí que estaba experimentando mi visión y una fuente de energía y sensaciones que estaba localizada en algún otro lado. Se me ocurrió que ese otro lado era mi cuerpo físico, el cual sin duda estaba dormido en mi cama.
En el instante en que tuve este pensamiento, los seres sombra se escabulleron, y lo único que quedó en mi campo de visión fue la niñita. La observé y me convencí de que la conocía. Parecía titubear como si estuviera a punto de desmayarse. Me inundó una ilimitada oleada de afecto por ella.
Le traté de hablar, pero no era capaz de emitir palabras. En ese momento se me hizo evidente que todos mis diálogos con el emisario se habían producido y llevado a cabo con la energía del emisario. Abandonado a mis propios recursos, era un incompetente. Lo que hice luego fue intentar dirigirle mis pensamientos. Fue inútil. Estábamos separados por una membrana de energía que yo no podía traspasar.
La niñita pareció entender mi desesperación y se comunicó conmigo a través de mis pensamientos. Me dijo esencialmente lo que don Juan ya me había dicho: que era un explorador atrapado en las telarañas de ese mundo. Después añadió que había adoptado la forma de niñita porque esa forma me era familiar y también le era familiar a ella; y que necesitaba tanto de mi ayuda como yo la de ella. Me dijo todo esto en un amasijo de sensaciones energéticas, era como si todas las palabras se me vinieran encima al mismo tiempo. Aunque esta era la primera vez que algo así me sucedía, no tuve ninguna dificultad en entender a esa niña.
No supe qué hacer. Le traté de transmitir mi sensación de incapacidad. Ella pareció entenderme instantáneamente. Me suplicó en silencio con una vehemente mirada. Hasta se sonrió como para dejarme saber que había puesto en mis manos la tarea de liberarla de sus cadenas. Cuando le contesté con mi pensamiento que no tenía absolutamente ninguna habilidad, me dio la impresión de estar sufriendo un ataque de desesperación.
Traté frenéticamente de hablarle. La niñita se puso a llorar, como una niña de su edad lloraría de desesperación y miedo. No pude soportar más. Traté de levantarla en vilo, pero no dio resultado. Mi masa energética pasó a través de ella. Mi idea era levantarla y llevarla conmigo.
Intenté realizar la misma maniobra una y otra vez hasta que quedé exhausto. Me detuve a considerar mi próximo paso. Tenía miedo de perderla de vista, una vez que mi atención de ensueño se debilitara. Dudaba que los seres inorgánicos me volvieran a llevar a esa parte de su reino. Me pareció que iba a ser mi última visita con ellos: la visita clave.
Hice entonces algo impensable. Antes de que mi atención de ensueño se esfumara, grité en voz alta y clara mi intento de fusionar mi energía con la energía de ese explorador prisionero y liberarlo.