A pesar de que don Juan parecía no sólo desinteresado en hablar sobre el tema del ensueño sino hasta molesto, yo aún solicitaba su consejo, pero únicamente en casos de extrema necesidad. Cada vez que hablábamos de mis prácticas de ensueño, él minimizaba la importancia de cualquier cosa que hubiese logrado. Yo consideré esa reacción suya como una confirmación de su perenne desapruebo.
En ese entonces, mi interés en los seres inorgánicos se había convertido en la parte crucial de mis prácticas de ensueño. Después de encontrar a seres inorgánicos en mis sueños y, especialmente, después de mi encuentro con ellos en el desierto, debería haber estado más predispuesto a tomar en serio su existencia. Pero esos eventos tuvieron más bien el efecto contrario. Mi objetivo se tornó en probar que no existían.
Entretuve entonces la idea de una investigación objetiva. El método de esta investigación iba a consistir en compilar una meticulosa crónica de todo lo que aconteciera durante mis sesiones de ensueño; y luego, usar esa crónica como base para averiguar si mi ensueño confirmaba o refutaba lo que don Juan decía de los seres inorgánicos. Escribí cientos de páginas de minuciosas anotaciones sobre detalles que yo consideraba importantes, cuando debería haberme sido claro que había obtenido la evidencia de su existencia casi desde el comienzo de mi investigación.
Después de unas cuantas sesiones, descubrí que lo que había creído ser una recomendación casual de don Juan: suspender todo juicio y dejar que los seres inorgánicos se manifestaran por su propia cuenta, era en realidad el procedimiento usado por los brujos antiguos para atraerlos. Don Juan estaba simplemente siguiendo su tradición al dejarme que lo descubriera por mí mismo. La advertencia que me hizo una y otra vez fue que es muy difícil hacer que el yo quite sus barreras, excepto bajo una disciplina implacable. Decía que ciertamente nuestra razón es la línea de defensa más fuerte del yo; y cuando se trata de la brujería, la más amenazada. Don Juan consideraba que la existencia de los seres inorgánicos es el más temible asaltante de nuestra racionalidad.
Algo más que quedó aclarado en el curso de mi investigación fue la rutina que me había impuesto don Juan. Al parecer algo muy simple. Primero, observaba cada objeto de mis sueños, y luego, cambiaba de sueños. Puedo sinceramente decir que siguiendo tal rutina observé universos de detalles en sueño tras sueño. Inevitablemente, en un momento dado, mi atención de ensueño empezaba a disminuir y mis sesiones de ensueño terminaban ya fuera quedándome dormido y teniendo sueños normales de los que no tenía ninguna atención de ensueño, o quedándome despierto sin poder conciliar el sueño.
Sin embargo, de vez en cuando, tal como don Juan lo había descrito, una corriente de energía forastera, lo que él llamaba un explorador, se introducía a mis sueños. Saber de antemano que esto iba a suceder me ayudó a ajustar mi atención de ensueño y a estar alerta. La primera vez que noté energía foránea, estaba yo soñando que andaba de compras en un gran almacén. Iba yo de mostrador en mostrador buscando objetos antiguos de arte. Finalmente encontré uno. La ridiculez de buscarlos en un almacén era tan obvia que me causó risa, pero encontrar lo que buscaba borró la incongruencia. La pieza era el puño de un bastón. El vendedor me aseguró que estaba hecho de iridio, y dijo que era una de las sustancias más duras en el mundo. Era una pieza tallada: la cabeza y el hombro de un simio. A mi me parecía como de jade. El vendedor se sintió insultado cuando le insinué que quizá era jade, y para probar mi error, arrojó el objeto contra el piso de cemento con gran fuerza. No se rompió, rebotó como una pelota y salió del almacén girando como si fuera un frisbee. Lo seguí. Desapareció detrás de unos árboles. Corrí a buscarlo, y lo encontré hundido en el suelo. Se había transformado en un bastón largo, extraordinariamente bello, de color verde profundo con negro.
Lo codicié al punto de aferrarlo con toda mi fuerza. Forcejeé para arrancarlo del suelo, antes de que alguien más viniese. Pero por más que hice, no pude sacarlo. Tenía miedo de romperlo si trataba de extraerlo moviéndolo para adelante y para atrás. Empecé a cavar a su alrededor con mis manos. A medida que continuaba cavando, el bastón comenzó a derretirse, hasta que quedó únicamente un charco de agua verdusca en su lugar. Me quedé mirando fijamente el agua, la cual, de repente, pareció explotar; se convirtió en una burbuja blanca y desapareció. Mi sueño continuó con otras imágenes y otros detalles que aunque eran cristalinamente claros, no eran sobresalientes.
Cuando le conté a don Juan este ensueño, me dijo:
– Aislaste a un explorador. Los exploradores son más numerosos en nuestros sueños comunes y corrientes. Los sueños de los ensoñadores están extrañamente libres de exploradores. Al momento que aparecen, son identificados por su extrañeza y la incongruencia de su presencia.
– ¿Incongruencia, de qué manera, don Juan?
– Su presencia no tiene ningún sentido.
– En un sueño muy pocas cosas tienen sentido.
– Es únicamente en los sueños comunes y corrientes que las cosas no tienen sentido, yo diría que es así debido a que la gente común y corriente sufre asaltos más intensos de lo desconocido. En sus sueños hay muchísimos exploradores.
– ¿Y por qué es así, don Juan?
– En mi opinión, lo que ocurre es un equilibrio de fuerzas. La gente común y corriente tiene estupendas barreras para protegerse contra esos asaltos. Barreras tales como preocupaciones diarias. Mientras más fuerte es la barrera, más fuerte es el ataque.
"Por otro lado, los ensoñadores tienen menos barreras y menos exploradores en sus ensueños. Parece que en sus ensueños hay menos exploradores, quizá para asegurar que los ensoñadores se percaten rápidamente de su presencia.
Don Juan me aconsejó poner mucha atención y recordar todo detalle posible del ensueño que tuve. Hasta me hizo repetirle lo que ya le había contado.
– Me desconcierta usted -le dije-. Primero no quiere escuchar nada acerca de mis ensueños, y luego si quiere. ¿Hay algún orden en rechazar y acceder?
– Por supuesto que hay orden detrás de todo esto -dijo-. Algunas cosas son de importancia clave, ya que están asociadas con el espíritu; otras no tienen absolutamente ninguna importancia, ya que están asociadas con nuestras pinches personalidades.
"El primer explorador que aislaste, va a estar siempre presente de una forma o de otra, igual que los detalles de tu ensueño. Así que será un bastón, o un frisbee, o un vendedor, o iridio. Por cierto, ¿qué es iridio?
– Realmente no lo sé.
– ¡Ahí lo tienes! ¿Y qué dirías si resultara ser una de las sustancias más duras del mundo?
Los ojos de don Juan brillaban de deleite, mientras yo me reía nerviosamente de tan absurda posibilidad, la cual resultó ser cierta.
Una vez que hube aceptado el esquema de don Juan de que energía foránea se filtra en los sueños, empecé a tomar en cuenta la presencia de objetos extraños en mis ensueños. Invariablemente, después de haberlos aislado, mi atención de ensueño se enfocaba en ellos con una intensidad que no me ocurría en ninguna otra oportunidad. Lo primero que noté fue el gran esfuerzo que mi mente hacia para transformarlos en objetos conocidos. La desventaja de mi mente era su incapacidad de llevar totalmente a cabo tal transformación; el resultado era un objeto espurio, casi desconocido. Después, la energía foránea se disipa fácilmente, convirtiéndose en una burbuja de luz que era rápidamente absorbida por otros apremiantes detalles de mis ensueños.
– En el nivel de ensueño en que te encuentras ahora, los exploradores son rastreadores que vienen del reino de los seres inorgánicos -dijo don Juan, comentando acerca de lo que me sucedía-. Son muy rápidos, y esto quiere decir que no se quedan por mucho tiempo.
– ¿Por qué dice usted que son rastreadores, don Juan?
– Porque siguen el rastro de la conciencia. Ellos tienen conciencia de ser y propósito, aunque eso sea incomprensible para nuestras mentes.
– ¿Cuál es la diferencia entre un rastreador y un explorador?
– Los rastreadores van en pos de las huellas que deja la conciencia de ser a su paso. Los exploradores la exploran una vez que la encuentran. Como ya te lo he dicho, los exploradores vienen del mundo de los seres inorgánicos; su conciencia y propósito quizá sea comparable al propósito y la conciencia de los árboles.
Explicó que la conciencia de ser es como una velocidad interna y que la velocidad interna de los árboles y de los seres inorgánicos son infinitamente más lentas que la nuestra y por lo tanto, incomprensibles para nosotros.
– Ambos, los árboles y los seres inorgánicos, están hechos para durar mucho más que nosotros -añadió-. Son inmóviles, pero hacen que todo se mueva alrededor de ellos.
– ¿Quiere usted decir, don Juan, que los seres inorgánicos son estacionarios como los árboles?
– Naturalmente. Lo que ves en tus ensueños, como palos oscuros o luminosos, son sus proyecciones. Lo que oyes como la voz del emisario de ensueño es también su proyección. Al igual que lo son los exploradores.
Me puse repentinamente muy ansioso, agobiado por sus aseveraciones. Le pregunté a don Juan si los árboles también tenían proyecciones de esa naturaleza.
– Las tienen -dijo-. Para nosotros los seres humanos las proyecciones de los árboles son menos amigables aun que las de los seres inorgánicos. Los ensoñadores nunca las buscan, a menos que estén en un estado de profunda amenidad con los árboles; un estado muy difícil de lograr, ya que nosotros no tenemos amigos en esta tierra -se rió entre dientes y añadió-: no es un gran misterio la razón de esto.
– Quizá no lo sea para usted, don Juan, pero ciertamente lo es para mí.
– Somos destructivos a más no poder. Hemos ganado la enemistad de todos los seres vivientes de esta tierra; es por eso que no tenemos amigos.
Me sentí más mal aún y quise terminar la conversación. Pero una repentina oleada de curiosidad me hizo regresar al tema de los seres inorgánicos.
– ¿Qué cree usted que debería hacer para seguir a uno de los exploradores? -pregunté.
– ¿Qué razón podrías tener para seguirlos?
– Estoy haciendo una investigación objetiva sobre los seres inorgánicos.
– Ahora sí que me estás tomando el pelo, ¿verdad? A poco no estabas totalmente convencido de que los seres inorgánicos no existen.
Su tono burlón y su risa entrecortada me dieron a entender lo que pensaba de mi investigación.
– Cambié de parecer, don Juan. Ahora quiero explorar todas esas posibilidades.
– Acuérdate que el reino de los seres inorgánicos era el terreno de los brujos antiguos. Para llegar ahí, tuvieron que fijar tenazmente su atención de ensueño en los objetos de sus sueños. De esa manera, eran capaces de aislar a los exploradores. Y una vez que tenían a los exploradores enfocados, gritaban su intento de seguirlos. En el instante en que los brujos antiguos manifestaban en voz alta su intento, una fuerza incontenible los jalaba.
– ¿Así tan simplemente como eso, don Juan?
No me contestó. Se sonrió mirándome a los ojos, como retándome a que lo hiciera.
En mi casa, traté de indagar y de deducir, hasta el cansancio, lo que don Juan quiso realmente decir. No estaba en absoluto dispuesto a considerar que quizá hubiera descrito un proceso factible. Un día, después de haber agotado todas mis ideas y mi paciencia, tuve un extraño sueño. En él, un pez repentinamente brincó fuera de una alberca, al borde de la cual yo caminaba. El pez se retorció a mis pies y luego voló como si fuera un pájaro con alas coloridas, y se sentó en una rama, siendo aún un pez. La escena era tan poco común, que mi atención de ensueño se galvanizó. Supe instantáneamente que se trataba de un explorador. Un segundo más tarde, cuando el pez-pájaro se transformó en un punto de luz, grité mi intento de seguirlo, y tal como don Juan lo había dicho: una fuerza incontenible me jaló a otro mundo.
Volé a través de un túnel oscuro, como si fuera yo un insustancial insecto volador. La sensación de un túnel terminó de una manera abrupta, exactamente como si yo hubiera sido arrojado fuera de un tubo. El impulso me dejó, de un golpe, frente a una inmensa masa física; me encontraba casi tocándola. En cualquier dirección que mirara, no podía ver su fin. Cínicamente me puse a pensar que yo mismo estaba construyendo la visión de esa masa, al igual que uno construye un sueño -¿y por qué no? pensé, después de todo, estaba dormido, ensoñando.
Sin otra cosa que hacer, seguí mi rutina y empecé a observar los detalles de mi ensueño. Lo que estaba frente a mí se parecía mucho a una gigantesca esponja. Era una masa porosa y cavernosa. No podía sentir su textura, pero se veía como si fuera áspera y fibrosa. Era de un color café oscuro. No cambiaba de forma; tampoco se movía. Al mirarla fijamente, tuve la absurda impresión de que esa masa estacionaria era algo real; estaba fija en algún sitio, ejerciendo una atracción tan poderosa sobre mí que me era totalmente imposible desviar mi atención de ensueño para examinar algo más. Una extraña fuerza que jamás había encontrado antes en mis ensueños, me tenía aprisionado.
Luego, sentí claramente cómo la masa dejaba libre mi atención de ensueño, la cual se enfocó en el explorador que me había transportado hasta allí. En la semioscuridad se veía como una luciérnaga flotando a mi lado, por encima de mí. En su reino, era una pequeña masa de pura energía. Yo era capaz de ver su chisporroteo energético. Parecía estar consciente de mí. De repente se me echó encima y me jaló o me aguijoneó. No sentí su toque, sin embargo, sabía que me estaba tocando. Era una sensación nueva y asombrosa; sentí como si una parte de mi, que no estaba presente ahí, hubiese sido electrificada por ese toque; una tras otra, oleadas de energía pasaron por ese yo ausente.
A partir de ese momento, todo en mi ensueño se volvió mucho más real que antes, al punto de que se tornó muy difícil mantener la idea de que estaba meramente ensoñando. Una dificultad incrementada por la certeza de que con su toque, el explorador había hecho una conexión energética conmigo. Empecé a adivinar lo que quería que yo hiciera, en el instante mismo en que parecía jalarme o empujarme.
Lo primero que hizo fue empujarme hacia adentro de la masa física, a través de una enorme caverna o apertura. El interior era tan homogéneamente poroso como el exterior, pero de apariencia más pulimentada, como si la asperidad hubiese sido lijada. Me encontré frente a una estructura semejante a una amplificación de un panal de abejas. Innumerables túneles de forma geométrica partían en todas direcciones. Formaban ángulos entre uno y otro; o iban hacia arriba o hacia abajo en leves inclinaciones, grandes empinadas, o verticalmente.
La luz era muy tenue, sin embargo, todo era perfectamente visible. Los túneles parecían estar vivos y conscientes de sí; chisporroteaban. Al quedarme mirándolos fijamente me di cuenta de que estaba viendo. Esos eran túneles de energía. En el instante de comprender esto, la voz del emisario de ensueño rugió en mis oídos, tan fuerte que no pude entender lo que dijo.
– ¡Baja el tono! -grité con mi usual impaciencia, y comprobé que si hablaba, bloqueaba la visión de los túneles y entraba en un vacío en el cual lo único que podía hacer era escuchar.
El emisario moduló su voz y dijo:
– Estás adentro de un ser inorgánico. Escoge un túnel y hasta puedes vivir en él. -La voz se calló por un instante y luego añadió -: eso es, si así lo deseas.
No pude decir nada. Tenía miedo de que cualquier afirmación que hiciera, pudiera ser interpretada de manera opuesta a lo que quería decir.
– Hay infinitas ventajas para ti -continuó la voz del emisario-. Podrías vivir en tantos túneles como te plazca. Y cada uno de ellos te enseñaría algo diferente. Los brujos de la antigüedad vivieron así y aprendieron cosas maravillosas.
Aunque sin sentirlo, tuve la sensación de que el explorador me empujaba por detrás. Parecía urgirme a seguir adelante. Tomé el túnel inmediatamente a mi derecha. Tan pronto como estuve en él, comprendí que estaba flotando. Era yo una masa de energía igual al explorador.
La voz del emisario sonó una vez más en mis oídos.
– Sí, eres una masa de energía -dijo, reafirmando lo que yo ya sabía. Pero aun así, su redundancia me causó alivio-. Y estás flotando adentro de un ser inorgánico -prosiguió-. Esta es la forma en que el explorador quiere que te muevas en este mundo. Cuando te tocó, te cambió para siempre. Ahora, prácticamente eres uno de nosotros. Si te quieres quedar aquí, simplemente tienes que manifestar tu intento en voz alta.
El emisario dejó de hablar y pude ver nuevamente el túnel. Pero cuando volvió a dirigirme la palabra, algo se había ajustado; podía escuchar la voz del emisario sin perder de vista a ese mundo.
– Los brujos antiguos aprendieron todo lo que sabían acerca del ensueño, quedándose aquí con nosotros -dijo.
Estaba a punto de preguntarle si habían aprendido todo lo que sabían simplemente viviendo en esos túneles, pero el emisario me contestó antes de que se lo preguntara.
– Sí, aprendieron todo simplemente viviendo dentro de los seres inorgánicos -dijo-. Lo único que los brujos antiguos tuvieron que hacer para vivir adentro de ellos, fue decirlo; de la misma manera que lo único que tuviste que hacer tú para llegar aquí, fue expresar tu intento en voz alta, de una manera fuerte y clara.
El explorador me señaló que continuara moviéndome. Por un momento dudé qué hacer; el explorador hizo algo similar a darme un empellón de tal magnitud que volé a una velocidad inverosímil por innumerables túneles sin chocar contra nada cambiando direcciones sin saber cómo. Finalmente me detuve, porque el explorador se detuvo. Nos quedamos flotando por unos instantes, y luego caímos en un túnel vertical. No sentí el drástico cambio de dirección. De acuerdo a mi percepción, continuaba moviéndome en forma paralela al suelo.
Cambiamos de direcciones verticales arriba y abajo varias veces, y en todos esos cambios experimenté la misma percepción. Estaba a punto de formular un pensamiento al respecto, cuando escuché la voz del emisario.
– Creo que te sentirías mejor si gatearas en lugar de volar -dijo-. También te puedes mover como una araña o una mosca, para arriba, o para abajo, o volteado de cabeza.
Me calmé instantáneamente. Era como si hubiera estado hueco, y de repente tuviera ahora un peso que podía mantenerme fijo en el piso. No sentía las paredes de los túneles, pero el emisario tenía razón en cuanto a que me sentiría mejor moviéndome contra las paredes como si estuviera gateando.
– En este mundo la gravedad no te inmoviliza -dijo. De lo cual por supuesto ya me había dado cuenta-. Tampoco tienes que respirar -la voz continuó-. Y únicamente para tu conveniencia, puedes retener la vista y ver cómo ves en tu mundo. El emisario parecía indeciso, decidiendo si añadir algo más o no. Tosió de la misma forma que un hombre lo hace cuando se aclara la garganta, y dijo-: la vista nunca se menoscaba en este mundo, por lo tanto, un ensoñador habla siempre de sus ensueños en términos de lo que ve.
El explorador me dio la señal de entrar a un túnel a mi derecha. Era más oscuro que los otros. De una manera absurda, me pareció acogedor, amigable, y hasta conocido. Se me ocurrió que yo era como ese túnel, o que ese túnel era como yo.
– Ustedes dos ya se conocieron antes -dijo la voz del emisario.
– ¿Cómo dijiste? -pregunté. Entendí lo que me había dicho, pero no podía comprender lo que quería decir con eso.
– Ustedes dos forcejeaban una vez, y por esa razón, ahora llevan consigo la energía del uno y del otro.
Se me ocurrió que la voz del emisario estaba llena de malicia o hasta de sarcasmo.
– No, no es sarcasmo -me aseguró el emisario-. Me da gusto que tengas familiares aquí entre nosotros.
– ¿Qué quieres decir con familiares? -pregunté.
– Cuando se comparte energía, se crea un parentesco -contestó-. La energía es como la sangre.
No fui capaz de decir nada más. Sentí de un modo muy vago lejanas punzadas de terror.
– El miedo es algo que no existe en este mundo -dijo el emisario. Y esa fue su única aseveración no cierta.
Mi ensueño terminó ahí. La impresionante intensidad y claridad de mi ensueño, y la continuidad de las aseveraciones del emisario me impresionaron de tal manera, que estaba más que ansioso por contárselo a don Juan. Me sentí terriblemente perturbado y sorprendido cuando don Juan no quiso escuchar mi relato. No dijo nada, pero tuve la clara impresión de que creía que todo había sido el resultado de mis exageraciones.
– ¿Por qué se comporta usted así conmigo? -le recriminé-. ¿Está usted molesto conmigo?
– No. No estoy molesto contigo de ninguna manera -dijo-. El problema es que no puedo hablar de esta parte de tu ensueño. Estás completamente solo en este asunto. Te he dicho que los seres inorgánicos son reales. Ahora te estás dando cuenta de lo reales que son. Pero lo que hagas con tus descubrimientos es asunto tuyo, únicamente tuyo. Algún día te darás cuenta de la razón por la cual tienes que estar solo.
– ¿Pero no hay nada que usted me pueda decir acerca de ese ensueño? -insistí.
– Lo que te puedo decir es que no fue solamente un ensueño. Fue un viaje a lo desconocido. Un viaje necesario, y extremadamente personal.
Inmediatamente cambió de tema, y empezó a hablar sobre otros aspectos de sus enseñanzas. Pero a partir de ese día, a pesar de mi miedo y la falta de consejos, me convertí en un viajero diario a ese mundo esponjoso. Comprobé que cuanto más intensa era mi capacidad de observar los detalles de mis ensueños, más fácil era aislar a los exploradores. Si admitía que los exploradores eran una energía foránea, se mantenían dentro de mi campo de percepción por un rato. Si los tomaba como objetos casi conocidos, se quedaban por un rato aún más largo, cambiando de forma erráticamente. Pero si los seguía, expresando en voz alta mi intento de ir con ellos, los exploradores transportaban mi atención de ensueño a un mundo más allá de lo que puedo normalmente imaginar.
Don Juan me había dicho que los seres inorgánicos están siempre dispuestos a enseñar. Pero no me había dicho que lo que están dispuestos a enseñar es ensoñar. Me aseguró que el emisario de ensueño, siendo una voz, es un perfecto puente entre ese mundo y el nuestro. Lo que descubrí fue que la voz del emisario no era solamente la voz de un maestro sino la voz del más sutil de los vendedores. Repetía una y otra vez, en la ocasión y el momento precisos, las ventajas que su mundo ofrecía. Sin embargo, también me enseñó cosas de incalculable valor sobre diferentes aspectos del ensueño.
– Para que el ensueño sea perfecto, lo primero es parar el diálogo interno -me dijo en una ocasión-. A fin de pararlo, pon entre tus dedos dos cristales de cuarzo que midan entre seis y nueve centímetros de largo, o un par de piedras de río pulidas, del largo y del ancho de tus dedos. Dobla un poco tus dedos, y presiona los cristales o piedras con ellos.
El emisario añadió que pedazos de metal pulido, siempre y cuando fueran de la misma medida que los dedos, eran igualmente efectivos. El procedimiento consistía en presionar dos o hasta tres objetos delgados entre los dedos de cada mano, creando de esta manera una presión casi dolorosa en las manos. Una presión que tenía la extraña propiedad de parar el diálogo interno. El emisario expresó su preferencia por los cristales de cuarzo; dijo que daban los mejores resultados, aunque con práctica cualquier cosa era adecuada.
– Quedarse dormido en un momento de silencio total garantiza una perfecta entrada al ensueño -dijo la voz del emisario-, y también garantiza el incremento de la atención de ensueño.
– Los ensoñadores deberían usar un anillo de oro -me dijo el emisario en otra ocasión-, y es preferible que les quede un poco apretado.
Su explicación fue que un anillo sirve a los ensoñadores como puente para emerger del ensueño y regresar al mundo cotidiano, o para sumergirse, desde nuestra conciencia cotidiana, en el reino de los seres inorgánicos.
– ¿Cómo funciona ese puente? -pregunté. No había comprendido lo que esto implicaba.
– El contacto de los dedos con el anillo tiende el puente -dijo el emisario-. Si un ensoñador ensueña con un anillo puesto, ese anillo atrae la energía de mi mundo, y la guarda; y cuando es necesario, el anillo libera esa energía en los dedos del ensoñador, y eso lo transporta de regreso a este mundo.
"La presión que ese anillo ejerce alrededor del dedo, sirve igualmente para asegurar que el ensoñador regrese a su mundo, al crear en su dedo una sensación familiar y constante.
Durante otra sesión de ensueño, el emisario dijo que nuestra piel es el órgano perfecto para transformar ondas energéticas de la forma del mundo cotidiano a la forma del mundo de los seres inorgánicos, o viceversa. Recomendó mantener la piel fresca y libre de aceites o pigmentos. También recomendó que los ensoñadores usaran un cinturón apretado, o una cinta en la frente, o un collar, para así crear un punto de presión, el cual sirve como un centro de intercambio energético en la piel.
Explicó que la piel automáticamente filtra energía, y lo que se necesita para que la piel no sólo la filtre sino también la intercambie de una forma a la otra es expresar nuestro intento en voz alta durante el ensueño.
La voz del emisario me hizo un día un maravilloso obsequio. Dijo que para poder asegurar la agudeza y precisión de nuestra atención de ensueño debemos sustraerla de atrás de nuestro paladar, donde se localiza un enorme depósito de atención en todos los seres humanos. Las direcciones específicas del emisario fueron emplear disciplina y control para presionar la punta de la lengua contra el paladar, mientras se ensueña. La caracterizó como una tarea tan difícil y desgastante como encontrarse las manos en un sueño, pero que una vez perfeccionada da asombrosos resultados en el control de la atención de ensueño.
Recibí del emisario instrucciones en todos los temas concebibles, instrucciones que rápidamente olvidaba si no me eran repetidas infinidad de veces. Le pedí consejo a don Juan acerca de este problema de no poder retener las informaciones que me daba el emisario.
Su comentario fue tan breve como me lo esperaba.
– Enfócate solamente en lo que el emisario dice acerca del ensueño -dijo.
Fiel a esa recomendación, únicamente seguí sus instrucciones cuando trataban sobre el ensueño, y corroboré personalmente su valor. Lo más vital para mí fue que la atención de ensueño está localizada atrás del paladar. Tuve que llevar a cabo un tremendo esfuerzo para sentir que estaba presionando el paladar con la punta de mi lengua mientras ensoñaba. Una vez que lo logré, mi atención de ensueño tomó su propio curso, y se volvió quizá más aguda que mi percepción normal del mundo cotidiano.
No me costó trabajo deducir cuán profundo debe de haber sido el trato y compromiso de los brujos antiguos con los seres inorgánicos. Los comentarios y advertencias de don Juan, sobre los peligros de tal relación, se volvieron para mí más apremiantes que nunca. Hice lo mejor que pude para vivir de acuerdo a su criterio de una autoexaminación de misericordia. Solamente así el emisario se pudo convertir en un reto para mí: el reto de no sucumbir a la tentación de sus promesas de conocimiento y poder ilimitado, logrados con sólo expresar el deseo de vivir en ese mundo.
– Me debería usted dar por lo menos una idea sobre lo que debo hacer -insistí en una ocasión en la que hablamos del ensueño.
– No puedo -dijo de modo concluyente-. Y no me lo pidas otra vez. Te dije que en esta situación los ensoñadores tienen que estar solos.
– Pero ni siquiera sabe usted lo que quiero preguntarle.
– Por supuesto que lo sé. Quieres que te diga que está bien que vivas en uno de esos túneles; aunque tu única razón para vivir allí sea la de averiguar de qué te está hablando la voz del emisario.
Tuve que admitir que ese era exactamente mi dilema. Quería por lo menos saber qué implicaba la aseveración del emisario de que uno puede vivir dentro de esos túneles.
– Yo tuve que pasar por el mismo tormento -prosiguió don Juan-, y nadie me pudo ayudar. La decisión de vivir en ese mundo es algo extremadamente personal y final; una decisión que se finaliza en el instante mismo en que se expresa en voz alta el deseo de vivir allí. Los seres inorgánicos satisfacen los más íntimos caprichos de los ensoñadores, con tal de que expresen tal deseo.
– Esto es realmente diabólico, don Juan.
– ¡Y cómo! Pero no solamente por lo que estás pensando. Para ti, la parte diabólica es la tentación de ceder, especialmente cuando las recompensas son tan grandiosas. Para mí, la naturaleza diabólica del reino de los seres inorgánicos es que puede que sea el único refugio que los ensoñadores tienen en un universo hostil.
– ¿Es realmente un refugio para los ensoñadores, don Juan?
– Ciertamente es un refugio para algunos ensoñadores. Estoy solo en un universo hostil y he aprendido a decir: ¡pues que así sea!
Ese fue el final de nuestra conversación. No dijo lo que yo quería oír, sin embargo, entendí perfectamente bien que el solo deseó de saber cómo sería vivir en uno de esos túneles significaría escoger ese modo de vida. Yo no estaba interesado en tal cosa. En esos momentos, tomé la decisión de continuar con mis prácticas de ensueño, sin ninguna otra implicación. Se lo dije a don Juan rápidamente.
– No digas nada -me aconsejó-, pero sí entiende que si escoges permanecer en ese mundo, tu decisión será final. Te quedarás allí para siempre.
Me es imposible juzgar objetivamente qué fue lo que sucedió durante las innumerables veces que ensoñé ese mundo. Puedo decir que parecía ser un mundo tan real como cualquier sueño puede ser real. O también puedo decir que parecía ser tan real como nuestro mundo cotidiano lo es. Ensoñando ese mundo me di cuenta de lo que tantas veces don Juan me había dicho: que bajo la influencia del ensueño, la realidad sufre una metamorfosis. Me encontré frente a las dos opciones que enfrentan todos los ensoñadores. Don Juan dijo que o ajustamos nuestro sistema de interpretación sensorial, o hacemos caso omiso de él.
Para don Juan, el ajustar nuestro sistema de interpretación significaba renovarlo. Dijo que al vivir de acuerdo a las premisas del camino del guerrero, los ensoñadores ahorran y almacenan la energía necesaria para suspender todo juicio, y facilitar de esta forma, la renovación del sistema de interpretación. Explicó que si les da por renovarlo, la realidad se vuelve fluida, y la esfera de lo que puede ser real aumenta sin poner en peligro la integración de la realidad. Ensoñar abre la puerta a otros aspectos de lo que es real.
Si a los ensoñadores les da por hacer caso omiso del sistema de interpretación, el campo de lo que puede ser percibido sin interpretación aumenta sin medida. La expansión de la percepción es tan gigantesca, que se queda con muy pocos medios de interpretación sensorial, y por lo tanto se queda con el sentido de una infinita realidad que es irreal, o una irrealidad infinita que podría muy bien ser real, pero que no lo es.
La única opción aceptable para mí fue la de reconstruir y expandir mi sistema de interpretación. Al ensoñar el reino de los seres inorgánicos tuve que enfrentar, de ensueño en ensueño, la consistencia de ese mundo, empezando por encontrar a los exploradores, expresar mi intento de seguirlos, escuchar la voz del emisario, y entrar en los túneles. Los atravesé una y otra vez sin sentir nada, pero estando consciente de que el tiempo y el espacio eran constantes, aunque no en términos discernibles para la razón bajo circunstancias normales. Sin embargo, al notar la diferencia, ausencia, o profusión de detalle en cada túnel; o al notar el sentido de distancia entre los túneles; o al notar el largo o ancho aparente de cada túnel por el cual viajé, llegué a tener un mínimo sentido de observación objetiva.
El ajuste más dramático de mi sistema de interpretación fue en la idea del yo en el mundo de los seres inorgánicos. En ese mundo, yo era una masa de energía que podía deslizarse por los túneles, como una veloz luz, o podía gatear en sus paredes, como un insecto. Si volaba, una voz me daba consistente información sobre los detalles de las paredes en las cuales había enfocado mi atención. Esos detalles eran intrincadas protuberancias, como el sistema Braille. Cuando gateaba en las paredes, podía ver los mismos detalles con mayor precisión, y escuchar la voz dándome descripciones más complejas.
Una consecuencia inevitable fue el desarrollo de dos tipos simultáneos de enfoque. Por un lado, sabía que aquello era un ensueño, y por otro, sabía que aquello era un viaje pragmático, inimaginable, pero tan real como cualquier viaje en el mundo. De ese modo corroboré la aseveración de don Juan de que la existencia de los seres inorgánicos es el más temible asaltante de nuestra razón.
En un momento dado, cuando la tensión de mi insostenible posición -creer seriamente en la existencia de los seres inorgánicos, y al mismo tiempo, creer seriamente que todo era sólo un ensueño-, estaba a punto de destruirme, algo cambió drásticamente en mi actitud, aunque sin habérmelo propuesto.
Don Juan explicó mi cambio en términos de energía; dijo que mi energía, la cual había estado aumentando continuamente, un día alcanzó un nivel que me permitió ignorar las conjeturas y los prejuicios sobre la naturaleza del hombre, la realidad, y la percepción. Ese día me enamoré del conocimiento, sin considerar su lógica o su valor funcional y, sobre todo, sin considerar mi conveniencia personal.
Cuando mi investigación sobre la existencia de los seres inorgánicos me dejó de importar, don Juan, por su propia cuenta, me habló de mis prácticas de ensueño.
– Creo que no estás consciente de la regularidad de tus encuentros con los seres inorgánicos -dijo.
Tenía razón. Nunca me había tomado la molestia de pensar en mis viajes de ensueño. Los hacía sin más ni más. Le comenté sobre lo raro de mi descuido.
– No es un descuido -dijo-. El carácter de ese reino es fomentar los secretos, el sigilo. Los seres inorgánicos se encubren en el misterio y la oscuridad. Piensa en esa masa porosa que es su mundo: estacionario, fijo para atraernos como polillas a la luz o al fuego.
"Hay algo que el emisario no se atrevió a decirte; que los seres inorgánicos buscan nuestra conciencia, o la conciencia de cualquier ser que caiga en sus redes. Nos dan conocimiento, pero cobran su precio: todo nuestro ser.
– ¿Quiere usted decir, don Juan, que los seres inorgánicos son como pescadores?
– Exactamente. En un momento dado, el emisario te va a mostrar hombres que han sido atrapados ahí por ellos, o a lo mejor te mostrará otros seres que no son humanos, los cuales también fueron ahí atrapados.
Mi reacción debería de haber sido miedo y repugnancia. Las revelaciones de don Juan me afectaron profundamente, pero en el sentido de que me despertaron una incontenible curiosidad que me hacía casi jadear.
– Los seres inorgánicos no pueden forzar a nadie a que se quede con ellos -prosiguió don Juan-. Vivir en su mundo es un asunto voluntario. Sin embargo, son capaces de aprisionarnos, concediéndonos todos nuestros deseos, consintiéndonos y llenándonos de mimos. Ten cuidado con la conciencia inmóvil. La conciencia de ese tipo tiene que buscar movimiento, y como te dije, lo hace creando proyecciones; proyecciones fantasmagóricas en algunas ocasiones.
Le pedí a don Juan que me explicara eso de las proyecciones fantasmagóricas. Dijo que los seres inorgánicos, se agarraban de los sentimientos más íntimos de los ensoñadores, y jugaban con ellos sin misericordia, creando fantasmas ya sea para agradar o para atemorizar a los ensoñadores. Me recordó que yo había forcejeado con uno de esos fantasmas. Explicó que los seres inorgánicos son estupendos manipuladores que se deleitan proyectándose a sí mismos, como películas.
– Los brujos antiguos se vinieron al suelo por su estúpida fe en esas proyecciones -continuó-. Los brujos antiguos creían que sus aliados tenían poder. Ignoraban el hecho de que sus aliados eran una tenue energía proyectada a través de dos mundos, como una película cósmica.
– Se está usted contradiciendo, don Juan. Usted mismo dijo que los seres inorgánicos son reales. Y ahora me dice que son meramente proyecciones.
– No dije que los seres inorgánicos son meramente proyecciones. Dije que se proyectan en nuestro mundo como películas; y me permití añadir que eran como películas de tenue energía proyectada a través de las líneas fronterizas de dos mundos. No hay contradicción en lo que dije.
– ¿Pero qué me dice acerca de los seres inorgánicos en su propio mundo? ¿Son también meras proyecciones?
– De ninguna manera. Ese mundo es tan real como el nuestro. Los brujos antiguos describieron el reino de los seres inorgánicos como una masa de cavernas porosas flotando en un espacio oscuro. Y describieron a los seres inorgánicos como cañas huecas atadas en manojos inconcebibles, como las células del cuerpo. Los brujos antiguos llamaban a esos inconcebibles manojos, el laberinto de la penumbra.
– Entonces todos los ensoñadores ven a ese mundo de la misma forma, ¿no?
– Por supuesto que sí. Todos los ensoñadores lo ven tal cual es. ¿Qué? ¿Crees que eres único?
Confesé que algo en ese mundo me había hecho sentir que yo era único. Lo que creaba esta clara y placentera sensación de ser exclusivo no era la voz del emisario de ensueño, ni nada que yo pudiera conscientemente imaginar.
– Eso es exactamente lo que derribó a los brujos antiguos -dijo don Juan-. Los seres inorgánicos les hicieron lo mismo que te están haciendo a ti; les hicieron sentir que eran únicos, exclusivos; y algo aún más pernicioso: les hicieron sentir que tenían poder. La sensación de tener poder y ser únicos es invencible como fuerza de corrupción. ¡Ten cuidado!
– ¿Cómo evitó usted ese peligro?
– Fui unas cuantas veces a ese mundo, y luego no volví más.
Don Juan explicó que, en la opinión de los brujos, el universo es predatorio, y que los brujos tomaban esto en cuenta al llevar a cabo sus actividades diarias de brujería. Su idea era que la conciencia está esencialmente obligada a expandirse, y la manera en que se puede expandir es por medio de luchas, por medio de confrontaciones de vida o muerte.
– La conciencia de los brujos se expande cuando ensueñan -prosiguió-. Y en el momento en que se expande, algo allá afuera reconoce su expansión, y se propone conseguirla. Los seres inorgánicos son los postores para esa nueva y expandida conciencia. Los ensoñadores deben estar siempre alertas. En el momento en que se aventuran en ese universo predatorio, se convierten en presas.
– ¿Qué es lo que me sugiere que haga para estar a salvo, don Juan?
– ¡No te descuides ni por un segundo! No dejes que nada ni nadie decida por ti. Ve al mundo de los seres inorgánicos, únicamente cuando tú quieras ir.
– Honestamente, don Juan, yo no sabría cómo hacer eso. Una vez que aíslo a un explorador, una tremenda presión se ejerce sobre mí para que vaya. No tengo ni la menor idea cómo cambiar de parecer.
– Déjate de idioteces. Tú puedes parar cuando se te dé la gana. No lo has intentado, eso es todo.
Insistí con vehemencia que me era imposible parar. Él no prosiguió con el tema, y me sentí agradecido por ello. Un perturbador sentimiento de culpa había empezado a corroerme. Por una razón desconocida, jamás se me había ocurrido ni siquiera la idea de parar conscientemente la atracción de los exploradores.
Como de costumbre, don Juan tenía razón. Descubrí que realmente podía cambiar el curso de mi ensueño, intentado ese curso. Después de todo, había intentado que los exploradores me transportaran a su mundo. Era factible que si intentaba deliberadamente lo opuesto, mi ensueño seguiría un curso opuesto.
Por medio de la práctica, mi capacidad de parar o de intentar mis viajes al reino de los seres inorgánicos se volvió extraordinariamente aguda, y esto trajo consigo un control más profundo de mi atención de ensueño. Poder parar o intentar mis viajes cuando se me antojara me volvió más osado.
– Tu confianza es aterradora -fue el comentario que hizo don Juan, cuando le conté acerca de los nuevos aspectos de mi control sobre la atención de ensueño.
– ¿Por qué aterradora? -pregunté-. Yo estaba verdaderamente convencido del valor práctico de lo que había descubierto.
– Porque tu confianza es la confianza de un tonto -dijo-. Te voy a contar una historia de brujos, a propósito de esto. Yo no fui testigo de ella, pero el maestro de mi maestro, el nagual Elías, sí.
Don Juan dijo que el nagual Elías y el amor de su vida, una bruja llamada Amalia, se perdieron en su juventud, en el reino de los seres inorgánicos.
Nunca había oído a don Juan hablar acerca de brujos que fueran el amor de la vida de nadie. Me sorprendió tanto que inmediatamente le eché en cara su inconsistencia.
– No es inconsistencia. Es que siempre he rehusado contarte historias del afecto de brujos -dijo-. Has estado tan sobresaturado de amor toda tu vida que quería darte un respiro.
"Bueno, el nagual Elías y el amor de su vida, la bruja Amalia, se perdieron en el reino de los seres inorgánicos -prosiguió don Juan-. Ellos no se fueron allí en ensueño, sino en su conciencia diaria y con sus cuerpos.
– ¿Cómo sucedió eso, don Juan?
– Su maestro, el nagual Rosendo, en práctica y temperamento, era como tú, muy parecido a los brujos antiguos, su intención era ayudar a Elías y a Amalia, pero en vez de eso, los empujó a cruzar unos límites funestos. Lo que quería hacer era aplicar las técnicas de los brujos antiguos, y conducir a sus dos discípulos a la segunda atención, pero lo que logró fue la desaparición de los dos jóvenes.
Don Juan dijo que era una historia muy larga y complicada, y que no cabía entrar en detalles, solamente me iba a contar cómo se perdieron en ese mundo. Dijo que el error en el cálculo del nagual Rosendo fue asumir que, los seres inorgánicos no estaban en lo absoluto interesados en las mujeres. Su razonamiento se basaba en la certeza que tienen los brujos de que el universo, en su totalidad, es marcadamente femenino, y que lo masculino, al ser una ramificación de los, femenino, es escaso; por lo tanto, codiciado.
Don Juan comentó que quizá la escasez de lo masculino es la razón del injustificado dominio de los hombres en nuestro planeta. Yo quería seguir con ese tema, pero él continuó con su historia; dijo que el plan del nagual Rosendo era instruir a Elías y a Amalia exclusivamente en la segunda atención. Y para efectuar su plan, usó la técnica prescrita por los brujos antiguos. Durante el ensueño, aisló a un explorador, y manifestó en voz alta su intento de que el explorador transportara a sus discípulos a la segunda atención. Expresar en voz alta un intento de tal naturaleza es un mandato que un explorador no puede desoír. Teóricamente para una energía tan poderosa como un explorador, desplazar los puntos de encaje de Elías y Amalia a la posición apropiada no requería mucho esfuerzo. Lo que no consideró el nagual Rosendo fue la malicia de los seres inorgánicos. El explorador desplazó el punto de encaje de sus discípulos, pero los desplazó a una posición desde la cual era muy fácil transportarlos corporalmente a su reino.
– ¿Es esto posible, don Juan? ¿Ser transportado corporalmente?
– Sí, es enteramente posible. Somos energía, y esa energía se mantiene en una forma y posición específicas debido a la fijación del punto de encaje en su sitio habitual. Si esa ubicación cambia, la posición de nuestra energía cambia de acuerdo a ese cambio de ubicación. Todo lo que los seres inorgánicos tienen que hacer es desplazar el punto de encaje a la posición correcta, y salimos disparados como una bala, con sombrero, zapatos, y todo lo demás.
– ¿Puede esto ocurrirle a cualquiera de nosotros?
– Exactamente. Especialmente si nuestra suma energética es considerable. Obviamente, la suma de la energía de Elías y Amalia juntos era algo que los seres inorgánicos no podían desechar. Confiar en los seres inorgánicos es absurdo. Ellos tienen su propio ritmo, y ese ritmo no es humano.
Le pregunté a don Juan qué fue exactamente lo que el nagual Rosendo hizo para mandar a sus discípulos a ese mundo. Sabía que hacer esta pregunta era una estupidez de mi parte. Me sorprendí cuando respondió.
– Los pasos son la simpleza misma -dijo-. Puso a sus discípulos dentro de un espacio muy reducido; algo así como un armario. Luego se puso a ensoñar, y mandó venir a un explorador del reino de los seres inorgánicos manifestando en voz alta su intento de llamarlo. Después expresó en voz alta su intento de ofrecerle a sus discípulos.
"Naturalmente, el explorador los aceptó como un regalo y se los llevó consigo en un momento de descuido, cuando ellos estaban haciendo el amor, dentro del armario. Cuando el nagual fue a buscarlos, se habían esfumado.
Don Juan explicó que hacer regalos de gente a los seres inorgánicos era precisamente lo que los brujos antiguos solían hacer con sus discípulos. El nagual Rosendo no quería de ninguna manera hacer eso; lo ofuscó la absurda creencia de que los seres inorgánicos estaban bajo su control.
– Las maniobras de los brujos son mortales -continuó-. Te suplico que seas de lo más cauteloso. No dejes que te enceguezca la estúpida sensación de confianza en ti mismo.
– ¿Qué fue lo que les pasó finalmente al nagual Elías y a Amalia? -pregunté.
– El nagual Rosendo tuvo que ir corporalmente a buscarlos a ese mundo -contestó.
– ¿Los encontró?
– Si, después de luchas indescriptibles. Pero no pudo sacarlos del todo. Así que fueron siempre semiprisioneros de ese reino.
– ¿Los conoció usted, don Juan?
– Por supuesto que los conocí, y te puedo asegurar que eran sobremanera extraños.