20. SE CUMPLE EL PLAZO

El secretario entró por la puerta que un soldado mantenía abierta. Sus labios amoratados e hinchados se curvaban en una débil y gélida sonrisa. Hizo una reverencia al coronel y pareció pasar por alto la presencia de Arvardan.

—Señor, he comunicado al Primer Ministro los detalles de su presencia en este lugar y la forma en que llegó aquí —dijo el coronel—. Naturalmente, su permanencia aquí viola todas las reglas, y tengo el firme propósito de dejarle en libertad lo antes posible; pero también tengo aquí al doctor Arvardan, que como usted probablemente sabe ha presentado una acusación muy grave contra su persona. Dadas las circunstancias actuales, debemos averiguar si hay algo de cierto en esa acusación, y…

—Lo comprendo, coronel —replicó secamente el secretario—, pero como ya le he explicado antes creo que este hombre apenas lleva dos meses en la Tierra, por lo que su desconocimiento de nuestra política interna es prácticamente total. Le aseguro que dispone de una base muy poco firme sobre la que sostener cualquier acusación.

—Soy arqueólogo, y durante los últimos tiempos me he especializado en el estudio de la Tierra y en sus costumbres —dijo Arvardan en un tono bastante encolerizado—. Mis conocimientos sobre su política interior son bastante profundos y, de todas maneras, no soy el único que hace esa acusación.

El secretario no miró al arqueólogo ni entonces ni después. Cada vez que hablaba se dirigía exclusivamente al coronel.

—Uno de nuestros científicos también está complicado en este asunto —dijo—. Es un anciano muy próximo a cumplir los sesenta años, por lo que sufre delirios de persecución. También se halla involucrado otro hombre de antecedentes desconocidos, y que parece sufrir un cierto retraso mental. No me parece que sea un trío de acusadores muy digno de confianza, coronel.

—¡Exijo ser escuchado! —exclamó Arvardan poniéndose en pie.

—Siéntese —ordenó secamente el coronel—. Se ha negado a hablar del asunto conmigo, ¿no? Bien, pues ahora mantenga su negativa… Que entre el hombre que ha venido con la bandera de parlamentario.

Era otro miembro de la Sociedad de Ancianos, y cuando vio al secretario la única señal de emoción que dio fue un fugaz parpadeo. El coronel se puso en pie.

—¿Habla en nombre de la gente que está fuera? —preguntó.

—Sí, señor.

—Bien, entonces he de suponer que esta reunión tumultuosa e ilegal tiene como objetivo exigir que les devolvamos a este compatriota suyo, ¿no?

—Sí, señor. Debe ser puesto en libertad inmediatamente.

—¡Ya! Pero los intereses de la ley y el orden y el respeto debido a los representantes de Su Majestad Imperial en este mundo requieren que el asunto no sea discutido mientras haya hombres reunidos en rebelión armada contra nosotros. Tendrá que ordenar a sus compañeros que se dispersen.

—El coronel tiene toda la razón, hermano Cori —intervino afablemente el secretario—. Le ruego que calme a la gente. Estoy totalmente a salvo, y no hay ningún peligro…, para nadie. ¿Me ha entendido, hermano? Para nadie… Le doy mi palabra de Anciano al respecto.

—De acuerdo, hermano, y me alegra ver que se encuentra bien.

El emisario fue acompañado hasta la puerta.

—Haremos que salga de aquí sano y salvo en cuanto la ciudad haya vuelto a la normalidad —dijo secamente el coronel—, y le agradezco su actitud de cooperación en este conflicto que acaba de resolverse felizmente.

—¡Lo prohíbo! —exclamó Arvardan volviendo a ponerse en pie—. .Piensa dejar en libertad a este hombre que planea asesinar a toda !a raza humana, mientras que me impide ejercer mis derechos como ciudadano galáctico obteniendo una entrevista con el Procurador Ennius? ¿Es que piensa tratar con más consideración a un asqueroso terrestre que a mí? —acabó gritando en un paroxismo de frustración.

El secretario empezó a hablar apenas hubo terminado el estallido de furia casi incoherente de Arvardan.

—Coronel, si es lo que desea este hombre, yo no tengo ningún inconveniente en permanecer aquí hasta que mi caso sea sometido a la consideración del Procurador Ennius. Una acusación de traición es algo muy grave, y por muy absurda que pueda parecer, la mera sospecha podría llegar a ser suficiente para anular los servicios futuros que puedo prestar a mi pueblo. Así pues, le agradecería sinceramente que me brindase una oportunidad de demostrar al Procurador Ennius que el Imperio no tiene un servidor más leal que yo.

—Admiro sus sentimientos, señor secretario —replicó el coronel en un tono muy serio—, y le confieso que si me encontrara en su situación mi actitud sería muy distinta. Su pueblo puede sentirse orgulloso de usted… Intentaré comunicarme con el Procurador Ennius.

Arvardan no volvió a abrir la boca hasta que le condujeron a su alojamiento.


El arqueólogo esquivó las miradas de sus compañeros. Permaneció sentado e inmóvil durante largo rato mordisqueándose un nudillo con los dientes.

—¿Y bien? —acabó preguntando Shekt.

—Faltó poco para que lo estropease todo —respondió Arvardan meneando la cabeza.

—¿Qué hizo?

—Perdí los estribos, ofendí al coronel, no conseguí nada… Me temo que no he nacido para diplomático, Shekt. —Arvardan experimentó una súbita necesidad de disculparse—. ¿Qué podía hacer? —gritó—. Balkis ya había hablado con el coronel, de modo que no podía confiar en él. ¿Y si le habían ofrecido perdonarle la vida? ¿Y si había tomado parte en la conspiración desde el primer momento? Sé que son sospechas absurdas, pero no podía correr ese riesgo… Desconfiaba demasiado de él, así que quería ver a Ennius en persona.

El físico se incorporó con las manos sarmentosas entrelazadas a la espalda.

—¿Entonces Ennius vendrá?

—Supongo que sí, pero únicamente porque Balkis solicitó que viniera…, y eso es algo que no entiendo.

—¿Balkis pidió que viniera? Entonces Schwartz debe estar en lo cierto…

—¿Qué dijo Schwartz?

El terrestre bajito y regordete estaba sentado en su catre. Cuando todas las miradas se volvieron hacia él se encogió de hombros y movió las manos en un gesto de impotencia.

—Capté el contacto mental del secretario cuando pasó delante de nuestro cuarto hace unos momentos. Estaba claro que había mantenido una larga conversación con el mismo oficial con el que habló usted.

—Lo sé.

—Pero no había ni rastro de traición presente en la mente del oficial.

—Bien, entonces me equivoqué —comentó Arvardan tristemente—. Cuando venga Ennius tendré que tragar mi ración de bilis… ¿Y qué me dice de Balkis?

—En su mente no hay preocupación ni miedo, solamente odio; y ahora a quienes más odia es a nosotros por haberle secuestrado y traído a la fuerza hasta aquí. Hemos herido terriblemente su vanidad y planea vengarse de nosotros. Vi las imágenes que se iban formando en su mente: Balkis en solitario, impidiendo que toda la Galaxia pudiese hacer algo para detenerle a pesar de que nosotros estamos enterados de lo que planea y trabajamos contra él… Nos otorgaba ventaja y nos daba todos los ases, pero después nos aniquilaba y acababa triunfando sobre nosotros.

—¿Pretende decirme que Balkis está dispuesto a poner en peligro sus planes y todas sus ilusiones de poder para satisfacer el rencor que siente contra nosotros? ¡Es una locura!

—Lo sé —afirmó Schwartz—, pero Balkis está loco.

—¿Y cree que tendrá éxito?

—Sí.

—Entonces necesitamos que nos ayude, Schwartz. Vamos a necesitar sus poderes mentales. Escúcheme…

—No, Arvardan —dijo Shekt meneando la cabeza—. Eso no daría resultado. Desperté a Schwartz cuando se fue y discutimos el asunto. Resulta evidente que Schwartz aún no controla del todo sus poderes mentales, y que de momento no puede ser muy preciso en cuanto a su utilización. Puede aturdir a un hombre, paralizar sus músculos o incluso causar su muerte…, y lo que es más, puede controlar los músculos mayores contra la voluntad del sujeto, pero eso es todo. En el caso del secretario, no consiguió hacer que hablara. Los pequeños músculos de sus cuerdas vocales se negaron a obedecer al control mental de Schwartz, y tampoco fue capaz de coordinar los movimientos musculares con la precisión necesaria para que Balkis condujera el vehículo. Incluso le resultó bastante difícil conseguir que conservara el equilibrio mientras caminaba… Así pues, es evidente que no podría dominar a Ennius hasta el extremo de, por ejemplo, obligarle a emitir una orden o a redactarla. Yo también pensé en esa posibilidad, pero…

Shekt meneó la cabeza, y su voz se fue apagando poco a poco.

Arvardan experimentó la terrible desolación de la impotencia.

—¿Dónde está Pola? —preguntó de repente sintiendo una punzada de angustia.

—Está durmiendo en su cuarto.

Arvardan hubiese querido despertarla, hubiese querido… ¡Oh, hubiese querido hacer tantas cosas!

Echó un vistazo a su reloj. Ya casi era medianoche, y apenas quedaban treinta horas.

Después durmió un rato, y despertó cuando estaba amaneciendo. Nadie vino a verles, y Arvardan se fue dejando consumir poco a poco por la desesperación.


Arvardan consultó su reloj. Ya casi era medianoche, y apenas quedaban seis horas.

Miró a su alrededor sintiéndose aturdido y desesperanzado. Ya estaban todos allí…, incluido el Procurador Ennius, quien por fin había llegado. Pola estaba a su lado, con sus deditos tibios apoyados sobre sus muñecas. Su rostro tenía aquella expresión de temor y cansancio que siempre provocaba en Arvardan un terrible furor contra la Galaxia.

Quizá todos mereciesen morir. Estúpidos…, estúpidos…, estúpidos…

Apenas se fijó en Shekt y Schwartz, que estaban sentados a su izquierda. Y también estaba Balkis, el maldito Balkis, con los labios todavía hinchados y una mejilla amoratada, por lo que el hablar debía de producirle un dolor terrible. Pensar en eso hizo que los labios de Arvardan se tensaran en una sonrisa maligna, y abrió y cerró los puños. El pensar en el dolor de Balkis hizo que sintiera un poco menos el dolor de su mejilla hinchada.

Ennius estaba delante de ellos. El Procurador del Imperio tenía el ceño fruncido, y el ir vestido con aquellas ropas pesadas e informes impregnadas de plomo hacía que pareciese inseguro de sí mismo y casi ridículo.

Ennius también era un estúpido. Arvardan pensó en todos aquellos imbéciles de la Galaxia que sólo anhelaban la paz y la tranquilidad, y sintió que el odio se agitaba en su interior. ¿Dónde estaban los conquistadores de tres siglos atrás?

Quedaban seis horas…


Ennius había recibido la llamada de la guarnición de Chica dieciocho horas antes, y había recorrido medio planeta para responder a ella. Los motivos que le habían impulsado a obrar de aquella forma eran extraños y difíciles de definir, pero también eran muy poderosos. Ennius se dijo que, en esencia, sólo se trataba del deplorable secuestro de una de aquellas exóticas personalidades vestidas de verde que tanto poder tenían en el supersticioso planeta Tierra…, sí, era eso y una serie de acusaciones tan absurdas como infundadas. Nada que el coronel de la guarnición imperial no pudiera resolver por sí solo, evidentemente.

Y sin embargo Shekt estaba complicado en el asunto, y no como acusado sino como acusador; lo cual resultaba un poco extraño.

Ahora Ennius estaba frente a ellos, intentando pensar con claridad y siendo consciente de que la decisión que tomara podría apresurar el estallido de la rebelión, que quizá debilitaría su posición personal en la corte del Emperador y acabaría con sus posibilidad de ascenso. En cuanto al reciente discurso de Arvardan sobre cultivos de virus y epidemias provocadas, ¿hasta qué punto podía tomarlo en serio? Después de todo si basaba las medidas que adoptara en eso, ¿podría convencer luego a sus superiores de que había actuado correctamente?

Y sin embargo Arvardan era un arqueólogo de gran fama…

Ennius decidió retrasar un poco la toma de su decisión.

—Supongo que tendrá algo que decir acerca de este asunto, ¿no? —preguntó mirando al secretario.

—Sorprendentemente poco —replicó el secretario sin inmutarse—. Me gustaría preguntar con qué pruebas se puede apoyar la acusación presentada.

—Su Excelencia, ya le expliqué que este hombre hizo una confesión muy detallada mientras éramos prisioneros suyos antes de ayer —intervino Arvardan con evidente impaciencia.

—Quizá decida creer en lo que acaba de oír, Su Excelencia —dijo el secretario—, pero no se trata más que de otra afirmación sin pruebas que la respalden. En realidad los únicos hechos de los que hay testigos son dos: el primero es que fui yo el prisionero capturado mediante la violencia, no ellos; y el segundo es que fue mi vida la que corrió peligro, y no la de ellos. Ahora me gustaría que mi acusador explicase cómo ha podido descubrir todo eso durante las nueve semanas que lleva en el planeta, cuando Su Excelencia el Procurador del Imperio no ha encontrado nada en mi contra durante los varios años que lleva ocupando el cargo.

—El hermano tiene razón en lo que dice —murmuró Ennius de mala gana—. ¿Cómo descubrió esa conspiración de la que habla?

—Antes de que el acusado confesara fui informado de la existencia de la conspiración por el doctor Shekt —replicó Arvardan con voz gélida.

—¿Es cierto eso, doctor Shekt? —preguntó Ennius dirigiéndose al físico.

—Sí, Su Excelencia.

—¿Y cómo descubrió usted la existencia de esa conspiración?

—El doctor Arvardan fue admirablemente preciso y minucioso en su descripción del uso que se dio al sinapsificador, y en sus observaciones sobre las últimas palabras que el bacteriólogo F. Smitko pronunció durante su agonía. Smitko participaba en la conspiración. Sus palabras fueron grabadas, y la grabación se encuentra en mis manos.

—Pero doctor Shekt… Si es cierto lo que ha dicho el doctor Arvardan, las últimas palabras de un agonizante que delira no son una prueba que pueda tener mucho peso. ¿No puede agregar ninguna otra prueba que…?

Arvardan le interrumpió descargando un puño sobre el brazo de su sillón.

—¡No sabía que estuviéramos en un tribunal! —rugió—. ¿Qué ocurre, es que alguien ha violado una ordenanza de tráfico? No tenemos tiempo de sopesar las pruebas en una balanza de precisión ni de medirlas con un micrómetro. Le repito que el tiempo de que disponemos terminará a las seis de la mañana…, tenemos cinco horas y media para eliminar esta terrible amenaza. Su Excelencia, ya hace tiempo que conoce al doctor Shekt, ¿verdad? Bien, ¿cree que es un embustero?

—Nadie ha acusado al doctor Shekt de mentir deliberadamente —se apresuró a intervenir el secretario—. Lo único que ocurre es que el buen doctor está envejeciendo, y últimamente ha estado muy preocupado por la proximidad de sus sesenta años. Me temo que una combinación de edad y miedo ha acabado provocando una ligera tendencia paranoica, algo que es muy frecuente en la Tierra… ¡Fíjense en él! ¿Les parece que su estado es completamente normal?

Y, naturalmente, el estado de Shekt no parecía muy normal. Estaba nervioso y tenso, y muy preocupado por lo que había ocurrido y por lo que iba a ocurrir; pero cuando respondió logró que su voz sonara normal e incluso serena.

—Puedo decir que he pasado los dos últimos meses sometido a una vigilancia continua por parte de la Sociedad de Ancianos, que mi correspondencia ha sido abierta antes de que llegara a mis manos y que mis respuestas han sido censuradas; pero es evidente que todas estas denuncias serán atribuidas a la paranoia de la que ha hablado el secretario Balkis… Sin embargo, tengo aquí a Joseph Schwartz, el hombre que se ofreció como voluntario para someterse a tratamiento con el sinapsificador el día en que usted vino a verme al Instituto de Investigaciones Nucleares.

—Sí, lo recuerdo —asintió Ennius, sintiendo una leve satisfacción ante aquel momentáneo cambio de tema—. ¿Es éste el hombre?

—Sí.

—La experiencia no parece haberle sentado demasiado mal.

—Se encuentra mucho mejor de lo que estaba antes. El tratamiento con el sinapsificador tuvo un éxito excepcional, puesto que antes ya poseía una memoria fotográfica…, dato que yo no sabía en aquellos momentos. Bien, el caso es que su mente ha adquirido una considerable sensibilidad a los pensamientos ajenos…

—¿Cómo? —exclamó Ennius, inclinándose hacia delante en su sillón. El Procurador estaba extraordinariamente sorprendido—. ¿Quiere decir que puede leer los pensamientos de otras personas?

—Es algo que puede ser demostrado, Su Excelencia; pero creo que el hermano confirmará mis palabras.

El secretario lanzó una fugaz mirada de odio a Schwartz, y la expresión resultó salvaje en su intensidad y veloz como el rayo en la celeridad con que desapareció.

—Es cierto, Su Excelencia —dijo con un temblor casi imperceptible en la voz—. Este hombre posee ciertas facultades hipnóticas, aunque ignoro si se deben al tratamiento con el sinapsificador al que fue sometido. Puedo añadir que el tratamiento fue llevado a cabo de manera totalmente clandestina y extraoficial, una circunstancia que supongo Su Excelencia estará de acuerdo conmigo en calificar de sospechosa.

—Me limité a obedecer las órdenes que había recibido del Primer Ministro —replicó Shekt.

El secretario volvió a encogerse de hombros.

—Concentrémonos en el asunto que me ha traído hasta aquí e intentemos evitar las discusiones no relacionadas con él —ordenó Ennius con voz perentoria—. ¿Qué tiene que decir acerca de Schwartz? ¿Qué relación tienen sus facultades hipnóticas, telepáticas o lo que sean con este caso?

—Shekt va a decir que Schwartz puede leer mis pensamientos —se adelantó el secretario.

—¿De veras? Bien, ¿y qué está pensando ahora? —preguntó el Procurador, dirigiéndose a Schwartz por primera vez.

—Está pensando que no podemos convencerle de la veracidad de nuestros argumentos —respondió Schwartz.

—Muy cierto, aunque me temo que esta deducción no requiere excesivos poderes mentales —dijo el secretario con voz burlona.

—Y también está pensando —siguió diciendo Schwartz mirando fijamente a Ennius— que usted es un pobre infeliz que no se atreve a adoptar las medidas necesarias, que sólo desea la paz y que espera conquistar a los terrestres con su justicia y su imparcialidad…, y que eso le hace doblemente imbécil.

—¡Niego rotundamente todo eso! —exclamó el secretario sonrojándose —. Es un intento evidente de predisponerle en mi contra, Su Excelencia.

—No crea que es tan fácil predisponerme en contra de alguien —dijo Ennius—. ¿Y qué estoy pensando yo? —preguntó a continuación.

—Que aun suponiendo que yo pudiese ver con toda claridad lo que hay dentro del cráneo de un hombre, no tendría ninguna necesidad de decirles la verdad sobre lo que he visto —respondió Schwartz.

—Exacto, completamente exacto —asintió el Procurador poniendo cara de sorpresa, y arqueó las cejas—. ¿Confirma la veracidad de las afirmaciones hechas por los doctores Arvardan y Shekt?

—¡Completamente!

—¡Ah! Pero a menos que encontremos a otra persona como usted que no se halle involucrada en este asunto, su declaración no tendría ninguna validez legal aunque consiguiera convencernos a todos de que realmente posee facultades telepáticas.

—¡Pero no se trata de un formulismo legal, sino de la seguridad de toda la Galaxia! —gritó Arvardan.

—Su Excelencia, le agradecería que diese la orden de que Joseph Schwartz saliera de esta sala —dijo el secretario poniéndose en pie.

—¿Por qué?

—Porque este hombre no sólo lee los pensamientos, sino que además posee ciertas facultades de control mental. Fui secuestrado precisamente gracias a una parálisis provocada por Schwartz, y temo que ahora pueda tratar de usar un truco parecido sobre mí…, o incluso sobre usted, Su Excelencia.

Arvardan se puso en pie, pero el secretario se le adelantó.

—¡No puede haber ninguna audiencia imparcial mientras se halle presente un hombre capaz de influir sutilmente sobre las decisiones del juez mediante los poderes mentales que él mismo ha confesado poseer! —gritó.

Ennius tomó su decisión inmediatamente. Un guardia entró en la sala. Joseph Schwartz fue sacado de ella sin que ofreciese resistencia y sin que apareciese la más mínima señal de inquietud en su rostro regordete.

Aquello fue el golpe final para Arvardan.

El secretario se puso en pie, y permaneció inmóvil durante unos momentos, severo e imponente en su túnica verde. Bastaba con mirar a Balkis para ver que había recobrado toda la confianza en sí mismo.

—Su Excelencia —empezó diciendo en tono formal y ceremonioso—, todas las opiniones y afirmaciones del doctor Arvardan se basan en el testimonio del doctor Shekt y, a su vez, las opiniones del doctor Shekt se basan en el delirio de un moribundo. Y todo esto, Su Excelencia…, todo esto no salió a la superficie hasta después de que Joseph Schwartz fuese sometido a tratamiento con el sinapsificador.

»Así pues, se impone que nos preguntemos quién es Joseph Schwartz. Hasta que Joseph Schwartz apareció en escena, el doctor Shekt era un hombre perfectamente normal…, Su Excelencia estuvo con él la tarde del día en el que Schwartz fue llevado al Instituto para ser sometido a tratamiento con el sinapsificador. ¿Dio alguna muestra de anormalidad entonces? ¿Le informó de que se estaba tramando una traición contra el Imperio? ¿Le habló de los balbuceos de un bacteriólogo moribundo? ¿Le pareció preocupado, tuvo la impresión de que sospechaba que ocurría algo raro? Ahora afirma que el Primer Ministro le ordenó que falsificara los resultados de las pruebas del sinapsificador, y que no registrara los nombres de las personas sometidas a tratamiento con él. ¿Dijo algo de todo eso entonces…, o lo ha hecho únicamente ahora, después del día en que apareció Schwartz?

»Vuelvo a preguntárselo: ¿quién es Joseph Schwartz? Cuando fue llevado al Instituto no hablaba ningún idioma conocido. Eso es algo que averiguamos más tarde, cuando empezamos a tener dudas sobre la salud mental del doctor Shekt… Fue llevado allí por un granjero que no sabía nada sobre su identidad y que lo ignoraba todo sobre él…, y desde aquel entonces tampoco se ha descubierto absolutamente nada sobre Schwartz.

»Sin embargo, no cabe duda de que este hombre posee extraños poderes mentales. Puede aturdir a cien metros de distancia sólo con el pensamiento…, y puede matar a menor distancia. Yo mismo he sido paralizado por él. Schwartz manejaba mis brazos y mis piernas, y si lo hubiese deseado también podría haber manejado mi mente.

»Estoy seguro de que Schwartz manipuló las mentes de estas personas. Afirman haber sido retenidas contra su voluntad y haber sido amenazadas de muerte, y dicen que confesé ser un traidor que aspiraba a apoderarse del Imperio… Pero le ruego que les haga una sola pregunta, Su Excelencia. ¿Acaso no han estado expuestos en todo momento a la influencia de Schwartz…, es decir, de un hombre capaz de controlar sus mentes?

»¿No cabe la posibilidad de que Schwartz sea un traidor? Y, si no lo es, ¿quién es Schwartz?

El secretario se sentó con expresión confiada y casi alegre.

Arvardan tenía la impresión de que su cerebro había sido colocado dentro de un ciclotrón y que estaba siendo centrifugado con una rapidez cada vez mayor.

¿Qué podía alegar? ¿Que Schwartz había venido del pasado? ¿Qué pruebas tenía de ello? ¿La de que Schwartz hablaba un idioma primitivo? Pero el único que podía atestiguarlo era precisamente Arvardan, y era muy posible que la mente de Arvardan estuviera sometida a una influencia extraña. Después de todo, ¿cómo podía estar totalmente seguro de que no había sufrido ninguna manipulación mental? ¿Quién era Schwartz? ¿Quién había podido convencer a Arvardan hasta el extremo de que creyera con tanta firmeza en aquel descabellado plan para conquistar la Galaxia?

Arvardan siguió pensando. ¿De dónde surgía su convicción de que la conspiración era real? Era un arqueólogo, y estaba acostumbrado a la duda metódica, pero… ¿Había sido la palabra de un hombre…, o el beso de una muchacha? ¿O Joseph Schwartz?

¡No podía pensar con claridad!

—¿Y bien? —preguntó Ennius con impaciencia—. ¿Tiene algo que decir, doctor Shekt? ¿O usted, doctor Arvardan?

—¿Por qué se lo pregunta a ellos? —exclamó de repente Pola rompiendo el silencio que siguió a las palabras del Procurador—. ¿No se da cuenta de que todo es mentira? ¿No comprende que Balkis nos está confundiendo a todos con sus embustes? Oh, todos moriremos y ya no me importa… Pero podríamos impedirlo…, y en cambio nos quedamos aquí sentados y hablamos y hablamos…

Pola estalló en sollozos desesperados.

—Vaya, así que hemos quedado reducidos a tener que escuchar los chillidos de una jovencita histérica —dijo el secretario—. Voy a hacerle una proposición, Su Excelencia. Mis acusadores afirman que el gran plan, el supuesto virus y todo el resto de sus invenciones se pondrá en práctica a una hora determinada…, creo que a las seis de la mañana. Me ofrezco a permanecer bajo custodia durante una semana. Si lo que dicen es verdad, la noticia de que una epidemia está haciendo estragos en la Galaxia llegará a la Tierra dentro de pocos días, y las fuerzas imperiales todavía controlarán la Tierra.

—La Tierra a cambio de las vidas de los seres humanos de toda la Galaxia…, qué equitativo —murmuró Shekt palideciendo.

—Yo valoro mi vida y las de mi pueblo —dijo el secretario—. Seremos rehenes de nuestra inocencia, y estoy dispuesto a informar ahora mismo a la Sociedad de Ancianos de que permaneceré aquí durante una semana por mi propia voluntad, con lo que se evitará cualquier posible disturbio.

Balkis se cruzó de brazos.

Ennius levantó la mirada y le contempló con expresión preocupada.

—No me parece que este hombre sea culpable… —empezó a decir.

Arvardan se sintió incapaz de soportar aquello por más tiempo. Se puso de pie y fue rápidamente hacia el Procurador moviéndose con paso decidido y claramente amenazador. Nunca se llegó a saber qué había planeado hacer, y más tarde ni tan siquiera el mismo Arvardan consiguió recordarlo; pero daba igual. Ennius tenía un látigo neurónico y lo utilizó.

Y por tercera vez desde su llegada a la Tierra, todo lo que rodeaba a Arvardan estalló en una hoguera de dolor, giró locamente en torno a él y acabó desvaneciéndose.

Y durante las horas que Arvardan permaneció inconsciente se cumplió el plazo fatídico de las seis…

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