8. AHORA: Sharon

El subconsciente es algo maravilloso. Nunca duerme, no importa lo que haga el resto de la mente. Y no deja de pensar. No importa lo que haga el resto de la mente. Sharon estaba en mitad de su clase de estructura galáctica (siete graduados de física de primera fila) cuando, al volverse después de hacer una afirmación, sus ojos se posaron en la gráfica tamaño póster de la distribución del virado al rojo.

«Naturalmente.»

Guardó silencio. El estudiante que acababa de responder a su pregunta se agitó incómodo en su asiento, preguntándose en qué se había equivocado. Hizo tamborilear su bolígrafo sobre la mesa y buscó apoyo en sus compañeros de clase.

—Lo que quería decir… —contemporizó, buscando una pista.

Sharon se dio media vuelta.

—No, no, tiene razón, Girish. Pero acabo de darme cuenta… La clase ha terminado.

La curiosa diferencia entre un graduado y su primo no graduado es que al estudiante graduado puede no gustarle un regalo semejante. En su mayor parte, están ahí porque quieren estarlo, no porque la sociedad diga que deben estar. Por eso los alumnos salieron de la clase del seminario murmurando entre sí mientras Sharon corría a su despacho, donde se puso a escribir frenéticamente.

Cuando Hernando llegó media hora más tarde, tiró su gorra a la estantería y dejó caer la mochila junto a su mesa, estaba tan absorta que ni siquiera reparó en él. Hernando la miró un rato antes de ponerse a clasificar sus notas para su clase de nucleónica.

—Es porque el tiempo está cuantizado —dijo Sharon, sacando a Hernando de su propia reflexión.

—¿Qué? ¿El tiempo, cuantizado? Sí, supongo. ¿Por qué no?

—No, son los virados al rojo. Por qué las galaxias se alejan a velocidades discretas. El universo farfulla.

Hernando se giró en la silla para mirarla.

—Cierto.

—Bueno, energía de vacío. La lambda de Einstein, la que él consideró su mayor torpeza.

—El factor chapuza cósmico que introdujo para poder obtener el resultado que quería.

—Eso es. Claro, Einstein era un genio. Incluso cuando cometía un error era brillante. Lambda separa las galaxias más y más rápido. Pero la cantidad de energía en el vacío depende de la velocidad de la luz… y viceversa.

—Eso es lo que parece sugerir tu teoría.

Ella ignoró sus dudas.

—Si la velocidad de la luz disminuye, eso reduce la cantidad de energía que puede contener el vacío. Así que, ¿dónde va el exceso de energía?

Hernando frunció los labios, pensativo.

—¿Fuera del universo?

—No, dentro del universo. Dentro de la radiación y la materia corriente. En las nubes de polvo y las microondas, estrellas y planetas y galaxias, en las ballenas y las aves y los profesores universitarios.

El posgraduado silbó.

—El Big Bang mismo…

—Y sin ningún campo de inflación descabellado necesario como epiciclo. El tiempo cuantizado es lo único que explica los huecos del virado al rojo.

—¿Qué hay de la exactitud de las mediciones? —sugirió Hernando—. O de que las muestras sean insuficientes o que no sean representativas.

—Eso es lo que le dijeron a Tifft cuando lo descubrió. Y… tenían razón en gran parte; pero también eran campeones de la ortodoxia aferrándose al dogma establecido. Mira, la luz está cuantizada, el espacio está cuantizado, ¿qué hace que el tiempo sea tan especial? Es sólo otra dimensión del continuum.

—Oh, es un argumento convincente. Además, si tienes razón, no es exactamente un con-tinu-um.

—Y por eso hay huecos en los virados al rojo. Lo que parece una película continua es en realidad sólo una serie de fotogramas. El universo tiene «grietas».

El musculoso joven se echó a reír.

—¿Y que hay en esas grietas?

—¡Oh, nos encantaría saberlo! Otros universos completos, creo. Mundos paralelos.

Hernando ladeó la cabeza y pareció pensativo.

—¿Pruebas objetivas? —dijo después de un rato.

—Ahí es donde entras tú.

—¿Yo? —Pareció alarmarse, como si Sharon estuviera a punto de enviarlo a uno de aquellos mundos paralelos.

—Tienes que construirme un detector de cronones.

—Claro, tengo la tarde libre después de la clase de las dos. Supongo que un cronón es…

—Un «cuanto» de tiempo.

Él se lo pensó.

—Vale. ¿Pero cómo se detecta una cosa así?

—Tú y yo, Hernando, vamos a descubrirlo. Piénsatelo. Algún día, puedes caminar por otro planeta, o por un mundo paralelo.

El posgraduado hizo una mueca.

—Tengo algo que hacer ese fin de semana.

Sharon se apoyó en su sillón, segura ahora de que la mente escéptica de Hernando había picado el anzuelo. Todo entusiasta necesita un escéptico o pierde el control.

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